© 2007 MARGUERITE A. PEETERS -actualizado en 2010
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CLADEM Comité por la Defensa de los Derechos de la Mujer de América Latina y el Caribe
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OMD Objetivos del Milenio para el Desarrollo
OMS Organización Mundial de la Salud
ONG Unión Internacional para el Estudio Científico de la Población
ONU Organización de las Naciones Unidas
ONUSIDA Programa de las Naciones Unidas contra el Sida
OTAN Organización del Tratado del Atlántico Norte
PNUD Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo
UNESCO Agencia de la ONU para la Educación y la Cultura
UNICEF Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia
UNIFEM Organización de la Mujer para el Medioambiente y el Desarrollo
Introducción
El objetivo práctico de este ensayo es proporcionar el conocimiento y discernimiento de los conceptos clave y de los mecanismos operativos de la revolución cultural global.
Por revolución cultural global entendemos la propagación mundial, al final de la guerra fría, de una nueva ética, laicista en sus aspectos radicales, que es fruto de las revoluciones feminista, sexual y cultural occidentales del siglo pasado, y del largo recorrido de Occidente hacia la posmodernidad. Una ética para marionetas que modela conductas y establece un nuevo diseño sobre el bien y el mal, suprimiendo presupuestos antropológicos básicos e imponiendo su ley a mayorías culturalmente indefensas.
Este ensayo no pretende ser exhaustivo. Se centra en el análisis de los procesos históricos que revelan las tendencias culturales más importantes de la revolución.
La revolución cultural global integra todos los aspectos de la vida social. En efecto, creemos que la deconstrucción de la antropología judeo-cristiana está en el origen de las disfunciones sociopolíticas que caracterizan la actual gobernanza mundial.
Hemos incorporado pocas citas al texto, pero los datos que contiene provienen de fuentes muy numerosas y de contactos personales muy diversos. La autora se basa principalmente en los encuentros que tuvo, desde la Conferencia de El Cairo de 1994, en las grandes conferencias internacionales de la ONU. A través de su servicio de información, Interactive Information Services, ha difundido, desde 1995, más de 290 informes analíticos sobre la evolución de las instituciones multilaterales. Estos informes remiten directamente a los documentos y textos de base de las organizaciones internacionales, y a las entrevistas con los actores de la gobernanza mundial que realizó la autora.
Podríamos creer que todos conocen ya los resultados de estos análisis, sobre todo los responsables de tomar decisiones en los ámbitos de la educación, la salud y la política. Sin embargo, la ignorancia de los aspectos antropológicos que la revolución cultural y la nueva ética ponen en juego es abismal. El resultado es una apatía general, e incluso una indiferencia, que pueden tener consecuencias muy graves para el futuro de la humanidad. Es un tema complejo, en el que discernir requiere un esfuerzo. Procuraremos ofrecer los elementos necesarios para ello. Una vez hecha esta distinción, tendremos vía libre para un nuevo impulso, para un liderazgo capaz de responder de modo positivo y lleno de esperanza a las verdaderas aspiraciones de la humanidad en este principio del tercer milenio.
En Occidente, la revolución ya ha realizado sus objetivos e incluso parece perder aliento, como si estuviera llegando a la fase de autodestrucción. En realidad, el frente de
batalla se ha desplazado a los países en vías de desarrollo. Este libro se dirige prioritariamente a quienes todavía se mantienen fieles a su identidad y pueden así ofrecer al mundo la recuperación de la realidad, la verdad y el amor.
I. La Revolución feminista, sexual
y cultural occidental
La revolución feminista y sexual del siglo X Xha alcanzado ya la mayoría de sus objetivos. Sus propuestas, que a principios del siglo XXestaban proscritas, impregnan hoy el tejido de la sociedad occidental y están en vías de convertirse en cultura mundial. Habiendo vencido todos los baluartes de resistencia política y neutralizado todo resto de oposición cultural, siguen propagándose sin necesidad de lucha, como si el radicalismo hubiese alcanzado su paroxismo. La revolución ha terminado, pero la civilización occidental está catando hoy sus frutos amargos y debe examinar sus devastadoras consecuencias existenciales y socioeconómicas.
Este capítulo nos introduce en la historia de la revolución feminista y sexual occidental y en las ideas maestras de los individuos que han sido su punta de lanza. No se trata de ser exhaustivos, sino de facilitar la comprensión de las intenciones de los ingenieros sociales y tomar conciencia del radicalismo que puede ocultarse tras sus objetivos.
Occidente ante las consecuencias de su revolución
En menos de un siglo, las ideas de ciertas minorías revolucionarias han transformado a fondo las mentalidades y las costumbres de la mayoría en Occidente. La nueva cultura no sólo acepta, permite y tolera, sino que «celebra» el vagabundeo sexual de los jóvenes, la sucesión y multiplicidad de parejas sexuales, la diversidad de «orientaciones sexuales», la convivencia fuera del matrimonio. Desde hace varias generaciones, los programas de educación sexual en las escuelas, no sólo públicas sino también privadas, fomentan la promiscuidad (implícita o explícitamente) y promueven una ética de libre elección, eludiendo la formación humana y moral de los adolescentes. Internet y otros rápidos avances tecnológicos ponen la pornografía al alcance de un público cada vez más joven y numeroso. ¿No es cierto que con 18 años la mayoría de los jóvenes occidentales lo han probado ya todo y que han perdido la esperanza y el deseo de formar una familia? Como además proceden con cierta frecuencia de familias quebrantadas, muchos no se atreven ya a comprometerse.
La mayoría de los estados occidentales ha despenalizado o legalizado el aborto y ha promulgado leyes que permiten la fecundación artificial. Algunos permiten efectuar manipulaciones genéticas en embriones sobrantes con fines puramente científicos, y no reproductivos. Varios, bajo la presión del poderoso lobby homosexual, que parece ganar terreno constantemente, han otorgado a las parejas homosexuales un estatus jurídico
comparable al del matrimonio.
El proselitismo homosexual en las escuelas, la eutanasia (tanto fetal como de enfermos graves), la legalización de las relaciones sexuales a edades cada vez más tempranas, las llamadas «madres de alquiler», la «homoparentalidad»1, el «embrión medicamento»2, el «eugenismo privado»3, la investigación sobre embriones y células madre embrionarias, su financiación y uso médico son prácticas que se van aceptando. Estas aberraciones parecen no chocar ya a las mentalidades, aunque acentúan un malestar de civilización cada vez más perceptible.
La nueva cultura reivindica el derecho a realizar todo lo que es técnicamente posible. Esta idea, de trágicas consecuencias en la cultura occidental, se remonta a Baruch Spinoza (1632-1677). Lleva a los dilemas prácticamente insolubles que analiza actualmente la bioética, e incluso abre la puerta a la clonación y a la «maternidad artificial»4. La cultura occidental está gobernada por una ética que, aunque llamada
consensual, es radicalmente ambivalente y está desprovista de contenido estable. Ha
deconstruido la conciencia. Por consiguiente, muchas personas ya no disciernen entre el bien y el mal, y son fácilmente manipulables: es una situación malsana y peligrosa.
Al atacar la estructura misma del ser humano, la revolución ha provocado un cataclismo antropológico. Ha hecho bascular la cultura occidental de padres hacia parejas
e individuos, de esposos a pareja, de matrimonio a amor libre, de la familia a la familia en todas sus formas, de felicidad a bienestar y calidad de vida, de autoridad parental a derechos del niño, de don de sí a posesión de su cuerpo y control de su destino, de conciencia a libre elección, de comunión entre personas a fusión de
individuos sin nombre ni rostro, de complementariedad hombre-mujer a contrato entre
sexos, de padres a reproductores, de cualquier forma de autoridad legítima a autonomía
y experimentación de los individuos.
La cultura de posesión, poder, autonomía y disfrute instaurada por la revolución no ha aportado la liberación esperada. El radicalismo revolucionario se enfrenta hoy al fracaso de su proyecto utópico. Nadie puede negar las consecuencias existenciales y socioeconómicas de la infidelidad conyugal, del divorcio, del aborto, de la eutanasia, de la mentalidad contraceptiva, de la fecundación in vitro, de la banalización de la «píldora del día después». Estas prácticas, que se han convertido en moneda corriente, hieren y hacen sufrir, tanto a quienes las ejercen como a quienes las sufren o presencian. Las consecuencias de la revolución son visibles: fragmentación familiar, social e intergeneracional, soledad y abandono de los mayores, carencias y heridas afectivas de niños que viven en familias «monoparentales» o «reconstituidas», aumento de las depresiones, desestructuración antropológica, fracasos escolares, desorientación profesional, aumento de los suicidios, de la desesperación y de la sensación de inseguridad de muchos jóvenes, que se refugian en la droga, la violencia, las sectas y el satanismo, pérdida de las tradiciones culturales y de la fe. Por las proporciones que han alcanzado, estas disfunciones desestructuran la sociedad en su conjunto. Paradójicamente, la deconstrucción es ya sistémica.
la revolución no es duradero y que, de algún modo, está ligado a una descomposición del orden internacional. ¿No pueden explicarse las dificultades actuales de reformar satisfactoriamente el sistema multilateral por la falta de voluntad de acometer el problema en su raíz?
Sin embargo, los ingenieros sociales siguen negándose a reconocer las causas reales del estado actual de las sociedades occidentales. Perpetúan y agravan así el mal, asignándole falsos remedios. Incluso se consideran más importantes que nunca para resolver los problemas que ellos mismos han contribuido a crear: la prevalencia elevada de las enfermedades de transmisión sexual y del sida, el aumento de la violencia contra las mujeres, la pedofilia, las madres solteras, el aumento de lo que denominan embarazos «no deseados» y abortos «con riesgo»... Fortalecidos por poderosas redes mundiales partidarias de sus causas, los agentes de transformación social conservan toda su capacidad agitadora.
Los dirigentes políticos no son capaces de aprovechar la autodestrucción derivada de los objetivos perversos de la revolución para proponer una alternativa positiva y duradera. Ante su falta de liderazgo moral, la masa está abandonada a sí misma. Un deseo difuso y espontáneo de volver al sentido común, a la felicidad, a la estabilidad, se manifiesta sobre todo entre los jóvenes, pero este deseo a menudo se queda sin respuesta, ya que los adultos no les ofrecen la orientación esperada.
El fin de los mitos
A pesar de su activismo, los militantes, que identificaremos más concretamente a lo largo de los capítulos, han perdido su impulso doctrinario. Llegando al final de su recorrido, la revolución ya no produce nuevos conceptos ni «grandes teorías», ya no hay una ideología global5. De hecho, los mitos sabiamente construidos sobre los cuales se fundó la revolución han caído por su propio peso, unos tras otros, sin hacer ruido:
El mito de la superpoblación forjado por Malthus6 alimentó el movimiento de control demográfico y las políticas demográficas occidentales durante un siglo y medio. Este mito se cae ante la realidad. Los signos de un «invierno demográfico» son visibles: dramático descenso de las tasas de fertilidad y de crecimiento demográfico, pirámide poblacional invertida, tasa de natalidad por debajo del nivel de reemplazo generacional, envejecimiento inexorable de la población. La crisis permite vislumbrar, particularmente en Europa, un panorama de ruptura social, aumento inmanejable del gasto público, problemas de sostenibilidad en el sistema de la Seguridad Social, recesión económica, pobreza creciente de los pensionistas. La capacidad de Occidente de ejercer en el mundo la responsabilidad que le corresponde disminuye. Muchos hablan del fin de Occidente, una evolución que tiene consecuencias importantes para el mundo.
El mito de la liberación de la mujer y de la «opresión masculina» ya no seduce a los jóvenes. De hecho, el movimiento feminista militante, representado hoy por una generación sexagenaria que ya no se renueva, empieza a revisar algunas de las posiciones que ha defendido en los últimos veinte años. Recientemente, una corriente en Estados
Unidos trata de deconstruir lo que denomina el «mito del poder masculino»7 y pretende demostrar hasta qué punto la histeria femenina ha abusado de él.
El mito del «amor libre» se está disolviendo por sí mismo ante el panorama devastador de una sociedad de familias separadas, de solteros, de divorciados, de niños y jóvenes sin padres y sin puntos de referencia, de proliferación de las enfermedades de transmisión sexual y del sida, y de las consecuencias ineludibles del aborto. Si bien los jóvenes, abandonados a sí mismos por las generaciones que han hecho la revolución, siguen vagabundeando, están desengañados y no se adhieren ya a la doctrina del mito. Descubren amargamente, por experiencia, que el «amor libre» no es el camino hacia la felicidad duradera. La exaltación que supone la abolición de las prohibiciones y la ilusión de poder hacerlo todo es efímera y pronto deja paso al desencanto.
El mito del progreso ha sido sustituido hoy por la obsesión por la sostenibilidad y por una cultura del miedo orientada hacia el «crecimiento cero». El cambiar nuestro estilo de vida para asegurar la supervivencia de la humanidad y del planeta se ha convertido en una prioridad de la educación. El consumismo hedonista es práctico, pero no ya doctrinario.
Por último, el mito de la autonomía de la ciencia y de la absolutización de las
«certezas científicas» también se ha derrumbado. La psicología y, sobre todo, la
sociología, renuncian a identificar claramente las «leyes» del comportamiento humano como lo hacían antes. El psicoanálisis de Freud y su dogma de la libido han pasado de moda. El psicoanálisis pierde terreno. Como lo veremos más adelante en este capítulo, se ha denunciado recientemente el aspecto fraudulento de la supuesta «ciencia de la sexualidad» que ha estado en la base de los programas de educación sexual utilizados en Occidente en los últimos cincuenta años.
El derrumbamiento de los mitos que ha utilizado la revolución no impide que industrias poderosas con gigantescos intereses económicos sostengan la deconstrucción en Occidente y la propaguen por otras partes del mundo: en particular las industrias del cine y de la música, y también los medios de comunicación, la publicidad, la pornografía, el aborto, los contraceptivos8 y preservativos, las discotecas, la prostitución, la moda y la droga. La propaganda dispone de medios técnicos y operativos cada vez más eficaces y sofisticados para condicionar y transformar las mentalidades.
En realidad, el verdadero frente de batalla se ha desplazado hoy hacia los países en vías de desarrollo, donde subsisten ciertos valores y tradiciones humanas y culturales que aún no se han alineado a la nueva ética. Los países «en transición» (ex comunistas) y los Estados en vías de formación también ofrecen nuevos terrenos para la propagación de la revolución, y ésta se ha apresurado a ocuparlos. Por último, como veremos en el capítulo VI, las religiones monoteístas representan la última línea de combate de la revolución. Los agentes de transformación social tratan de penetrar, de modo más evidente desde hace unos años, el interior de las religiones para cambiar tanto su doctrina como el comportamiento de los creyentes. A fin de cuentas, si ya no se opone a ella ningún actor social influyente ¿no se impone de facto la nueva ética mundial?
La revolución feminista y los principios de la revolución sexual en Occidente
Para entender mejor los temas cruciales de la revolución cultural mundial de los años noventa, que analizaremos en los próximos capítulos, repasemos ahora el recorrido de la revolución feminista y sexual occidental del siglo xx.
Revolución feminista, revolución sexual y revolución cultural son fenómenos históricamente distintos. Sin embargo, por su contenido radical, las tres revoluciones se han ido integrando cada vez más a lo largo del siglo XX. Primero vino la revolución feminista, cuya primera oleada se remonta al siglo XIX9. A principios del siglo XX, cierta corriente feminista empezó a reivindicar el acceso a los métodos anticonceptivos, al aborto y a la libertad sexual, sentando las bases de la revolución sexual. Ésta estalló de lleno en los años sesenta, confundiéndose en parte con la segunda oleada del movimiento feminista y provocando la revolución cultural de mayo 1968. Hoy, el maremoto de la revolución cultural occidental ha alcanzado todas las orillas y esparce sus efectos sobre el mundo entero.
A principios del siglo XIX, las mujeres no gozaban del derecho de voto ni del de propiedad, y estaban excluidas de la función pública y de la enseñanza superior. La legislación de Napoleón y el código civil francés, promulgado en 1804, conferían al hombre una condición superior y, por consiguiente, excluían a la mujer de ciertas actividades sociales y políticas. La revolución industrial separó la vida doméstica de la vida económica, que antes estaban integradas. Esta separación tuvo consecuencias sociales particularmente negativas para las mujeres y para las madres pobres. El movimiento feminista nació como reacción contra la marginación social y jurídica de la mujer. En un principio, el movimiento se organizó sobre todo en Francia, Inglaterra y Estados Unidos.
El primer congreso por los derechos de la mujer se celebró en Seneca Falls (Nueva York, Estados Unidos) en 1848. La declaración de Seneca Falls reivindica la total igualdad de las mujeres ante la ley, y su derecho a acceder a la educación y al poder económico, a un sueldo igual por un trabajo igual y al voto. Un congreso feminista tuvo lugar más adelante, en París, en 1878.
El movimiento sufragista se desarrolló a finales del siglo XIXy recurrió alguna vez a la violencia. Numerosos países otorgaron el voto a las mujeres a principios del siglo X Xy, a partir de entonces, el feminismo tomó una nueva orientación: empezó a luchar por la paridad socioeconómica y por el acceso de las mujeres a empleos tradicionalmente reservados a los hombres. El acceso a la contracepción y al aborto se convirtió, para la mayoría de las feministas, en la condición sine qua non del respeto de los derechos de la mujer.
El movimiento feminista se radicalizó rápidamente, de distintas maneras según las ideologías, convirtiéndose en una lucha contra el orden social y sus valores, la familia y el matrimonio, considerados como formas de opresión femenina.
En Estados Unidos, Margaret Sanger (1879-1966)10 y Emma Goldman (1869-1940)11 lanzaron campañas anticonceptivas, y empezaron a hablar de amor libre y
homosexualidad. En Inglaterra, Marie Stopes (18801958)12, discípula de Sanger, trabajó en el mismo sentido. Sanger abrió la primera clínica americana de planificación de nacimientos en Brooklyn, en 1916. Stopes abrió una clínica de control de nacimientos en Londres, en 1921. En esa época, las ligas maltusianas antinatalistas eran particularmente activas en Europa. Sus campañas en favor de la anticoncepción reforzaron las reivindicaciones feministas.
En 1920, los precursores de la revolución sexual formaban ya una red internacional pequeña pero muy agresiva. Se reunieron en congreso en Londres, en 1929, y fundaron la Liga Mundial por la Reforma Sexual. Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) consideraban que la «liberación de la mujer» formaba parte de la revolución socialista. En 1918, se celebró una conferencia de mujeres en Moscú. Bajo Lenin, en los años veinte, el régimen soviético promovió la igualdad de la mujer.
El perfeccionamiento de la píldora contraceptiva en los años cincuenta13 proporcionó a la revolución feminista y sexual los medios técnicos para alcanzar sus objetivos subversivos. Restringida en un primer momento al marco de la familia, la contracepción se empezó a utilizar más y más fuera del matrimonio. Poco después de su comercialización a principios de los años sesenta, se vivió en Occidente la revuelta de la juventud, que alcanzó su paroxismo en mayo 1968. La legalización del aborto no se hizo esperar: en 1973 en Estados Unidos (decisión Roe contra Wade de la Corte Suprema), y en 1975 en Francia. Con el derecho a abortar, las feministas estimaron que habían adquirido un control definitivo sobre su sexualidad. En los años sesenta, el feminismo se convirtió en una fuerza política en los Estados Unidos.
Un fenómeno complejo
El feminismo es uno de los movimientos sociopolíticos más importantes de los dos últimos siglos. Es un fenómeno complejo. Al principio, y aún hoy en ciertas situaciones de injusticia objetivamente inaceptables, en particular en los países en vías de desarrollo, el feminismo trata de promover y defender la dignidad humana de la mujer y su derecho a ser igual que el hombre ante la ley. Pero una concepción individualista y dialéctica de la relación entre el hombre y la mujer14 ha corrompido desde el principio las distintas interpretaciones que el movimiento hace de los conceptos de igualdad e identidad en Occidente.
A lo largo de su historia, el feminismo se ha apoyado en corrientes ideológicas diversas, como por ejemplo el liberalismo, el marxismo, el ecofeminismo, la posmodernidad, el anarquismo, el lesbianismo, el postcolonialismo, el existencialismo, el individualismo, la ideología de género... El objetivo común de las diversas formas de feminismo es erradicar de la cultura las causas de «desigualdad» y de «opresión» femenina, y reestructurar la sociedad por completo según su propio esquema ideológico, un esquema de deconstrucción del orden establecido y del orden inscrito en la naturaleza. La diversidad de las tendencias y el carácter a veces contradictorio de sus
reivindicaciones hacen del feminismo un movimiento incoherente y condenado a la autodestrucción. De hecho, ciertas feministas hablan ya de post-feminismo.
Margaret Sanger y Simone de Beauvoir
Margaret Sanger es la figura emblemática de la revolución feminista y sexual. Su influencia cultural, la de la Federación Internacional para la Planificación Familiar (IPPF) que fundó15, y su papel en la deconstrucción moral de Occidente son incalculables. En este capítulo examinaremos, aunque sea fugazmente, su pensamiento y sus objetivos, para comprender el radicalismo que reina en los programas actuales de lo que se llama salud reproductiva, que a su vez se hallan en el centro de los programas demográficos y de desarrollo.
Sanger quería «liberar» a la mujer de lo que llamaba «la esclavitud de la reproducción». Según ella, la mujer debía poder ser «dueña» de su cuerpo y de su sexualidad y así disponer de ella según su deseo, gozando de la «libertad de su cuerpo» y de sus «derechos», y «controlando su vida»: «ninguna mujer puede decir que es libre — afirmó—, mientras no posea y controle su propio cuerpo... mientras no pueda elegir conscientemente ser madre o no», mientras deje la maternidad al «azar». Cada niño debe ser «deseado», «elegido», «planificado», ya que según Sanger, «una raza libre no puede nacer de madres esclavas»16.
Para adquirir esta «libertad», Sanger se rebeló tanto contra la Iglesia como contra el Estado, es decir contra todo aquello que, según ella, «oprime» a la mujer ejerciendo un control sobre su cuerpo en cuanto «medio de reproducción»: la institución social de la familia, las leyes civiles, morales y religiosas, los dogmas, las tradiciones culturales, los moralistas conservadores, los sistemas patriarcales, la dominación masculina, la injusticia social y económica, la pobreza, la falta de educación y de información, la imposibilidad de acceder a la contracepción17. La Iglesia católica era para Sanger, de cepa católica irlandesa, el principal obstáculo a la realización de sus objetivos subversivos.
Sanger era socialista. Su pensamiento se ha prolongado en feministas marxistas como la americana Shulamith Firestone (1945-)18, para quien la fertilidad de la mujer es la fuente de su opresión. Según Firestone, hay que «luchar contra las estructuras opresivas de poder erigidas por la naturaleza y reforzadas por los hombres»19. La mujer debía tomar el control de los medios de reproducción, de la misma manera que el proletariado debía tomar el control de los medios de producción. Firestone quiso demostrar que el feminismo era el vínculo entre Marx y Freud. «El freudismo», dijo, «con sus confesonarios y sus penitentes, sus adeptos y sus conversos, con los millones que se gastan para sostenerlo, se ha convertido en nuestra iglesia moderna». Para Firestone, «el objetivo final de la revolución feminista es la eliminación de la distinción entre sexos»20.
Para llevar a cabo la revolución, las feministas tenían que tomar el poder, el poder político, el poder social y el poder económico. De ahí su militancia cultural y política
congénita. La revolución necesitaba mujeres «valientes y enfadadas» («brave and angry women»), según el famoso eslogan del IPPF. Con el fin de tomar el poder, la revolución sexual vinculó sus objetivos individualistas («amor libre», búsqueda del placer, rienda suelta a la libido) a objetivos geopolíticos. Para promover la contracepción y el aborto, sus agentes invocaron en primer lugar el argumento demográfico (la superpoblación es una amenaza para el bienestar y la supervivencia de la humanidad), seguido por el argumento medioambiental (la superpoblación tiene un efecto en la degradación medioambiental), y por último el argumento de la seguridad (el sida, el aborto llamado «de riesgo», la pobreza, se presentan como amenazas a la seguridad tanto individual como mundial). La comunidad internacional pasó así del control demográfico 21 al
desarrollo sostenible, y de ahí a la seguridad humana.
La elección individual arbitraria, es decir, la libertad de elegir, es la piedra angular del nuevo edificio. Este concepto tiene su fuente en el existencialismo ateo de Simone de Beauvoir 22 (1908-1986) y de Jean-Paul Sartre 23 (1905-1980). Los líderes del existencialismo ateo querían hacer salir («ex-istir») al individuo de las condiciones de existencia tal y como Dios las había establecido, para que el individuo, libre de ellas, pudiera elegir «libremente» y vivir para sí mismo. Para poder ejercer su derecho a
elegir, el individuo debe, según la lógica del existencialismo ateo, negar lo que existe
fuera de él, fuera de lo que le es dado por la naturaleza y por la Revelación divina. Insistimos en este punto: no se trata de negar pasivamente la realidad de lo que es dado, ni de quedarse sin hacer nada, sino de comprometerse activamente en esta negación. La negativa a comprometerse moralmente contrasta, pues, con esta exigencia a comprometerse en el activismo social.
Al feminismo radical pertenece esta negación: «Una no nace mujer, se convierte en mujer», dijo Simone de Beauvoir en su famosa fórmula que dio la vuelta al mundo. Según de Beauvoir, el ser de la mujer no es algo «dado» sino una construcción social. Esta construcción puede tomar dos formas, dependiendo de la actitud de la mujer. Si la mujer adopta una actitud pasiva y se somete a las tradiciones, se convierte en esposa y madre: precisamente el «estereotipo» o la «construcción social» que las feministas quieren deconstruir porque lo consideran represivo. En cambio, si la mujer se construye a sí misma de modo radicalmente autónomo del hombre, de los demás y de Dios, entonces se «libera» y vive para sí misma. De esta manera, puede poseerse a sí misma y controlar su destino. La existencia de la mujer ocurriría, por lo tanto, al margen del diseño de Dios, de forma radicalmente autónoma.
El fraude de Alfred Kinsey y de su «ciencia» de la sexualidad
Biólogo y zoólogo, llamado por sus discípulos el «padre de la sexología», Alfred Kinsey (1894-1956)24 inició estudios sobre sexualidad humana en la universidad de In-diana (Estados Unidos) en los años treinta. Kinsey pretendía establecer los parámetros de
una «ciencia exacta» de la sexualidad. Su objetivo real era provocar la «liberación sexual» de la sociedad, una revolución que instaurara una sociedad permisiva. Ateo militante, Kinsey esperaba de-construir así la moral judeo-cristiana occidental, que consideraba represiva.
Sus dos publicaciones, El comportamiento sexual masculino («Sexual behavior in the human male», publicado en 1948, que resultó ser un best-seller), y El comportamiento
sexual femenino (1953, «Sexual behavior in the human female») dieron el pistoletazo de
salida a la revolución sexual occidental. Kinsey ha sido, pues, uno de los hombres más influyentes de nuestro tiempo. En los años cincuenta, la pornografía, que para él era «neutra» e «inofensiva», empezó a extenderse. Su influencia se hizo notar sobre todo en los programas de educación sexual que se utilizaron en Occidente a partir de los años sesenta. El movimiento homosexual utilizó sus análisis para darse una justificación «científica».
Kinsey se presentaba como «un hombre de ciencia desinteresado», pero la supuesta objetividad de sus dos informes ha sido denunciada recientemente como un importante fraude científico25. Para conseguir sus estadísticas, Kinsey recurrió a voluntarios perversos, criminales detenidos, prostitutas, proxenetas, pedófilos, pederastas, homosexuales, violadores, delincuentes y predadores sexuales, a quienes cualificaba de «casos normales». En cuanto a los americanos «normales», se negaban a contestar a sus cuestionarios.
El ateísmo radical de Kinsey y su rechazo de la persona y del amor le llevaron a una
sexualización integral del ser humano, a un reduccionismo antropológico aberrante y
perverso. Por ejemplo, Kinsey enseñaba que ya a los cuatro meses los niños eran proclives a ejercer su sexualidad, y que tenían derecho a hacerlo a cualquier edad. Consideraba «vital» que pudieran ejercer ese «derecho» antes de los seis años, antes de que fueran prefijados por tabúes culturales y religiosos. El destino personal del hombre, su alma y los valores espirituales no tenían, para él, ninguna significación.
Según Kinsey, la liberación sexual pasa por el conocimiento que tiene el ser humano, gracias a la ciencia, de su «naturaleza total». Afirmaba que la historia de la medicina demuestra que el hombre sólo «se libra del miedo, de la culpabilidad o de la hipocresía» cuando trata de «conocerse» y de «afrontar su naturaleza total»26 («whole nature»). Pero Kinsey ve la naturaleza a través del prisma de un naturalismo materialista radical, y no como es en realidad.
Kinsey considera, por una parte, que «el único acto sexual que no es natural es el que no se puede practicar»27 y, por otra parte, que todo acto sexual es bueno, siempre y cuando produzca placer a la persona. En otras palabras, todos los actos sexuales, incluso los pedófilos, incestuosos, homosexuales, heterosexuales, bisexuales u otros, son «naturales», según Kinsey. Y su lógica implica que si estos actos son «naturales», también son «buenos». La cita siguiente de la actriz Mae West (1893-1980) lo ilustra: «Si Kinsey tiene razón, sólo he hecho lo que es natural, lo que el americano medio hace a
escondidas, impregnado de fijaciones de culpabilidad y de fobias que vienen de su impresión de estar pecando. Nunca me he sentido pecadora y nunca he cometido lo que llamaría un pecado»28.
Kinsey se niega a clasificar a los individuos según lo que llamamos actualmente «orientación sexual». Para él, la liberación sexual pasa por la consciencia de que «el mundo de los vivos es un continuo en todos y cada uno de sus aspectos»29. La categoría «homosexual-heterosexual» es, para él, una fabricación del espíritu humano que debemos deconstruir para llegar a «una comprensión sana de las realidades del sexo»30. Todo acto sexual, sea de la naturaleza que sea, se inscribe en un continuo. Las personas son «individuos que han tenido cierta cantidad de experiencias heterosexuales y de experiencias homosexuales»31. La homosexualidad, observa Kinsey, se practicaba en la Antigua Grecia y se practica hoy en numerosas culturas donde no constituye un tabú. Según él, este «hecho» demuestra que la «capacidad de un individuo a reaccionar eróticamente a un estímulo cualquiera por parte de una persona del mismo sexo o del sexo opuesto, es una característica básica de la especie»32. Kinsey considera que los esquemas de comportamiento sexual de un individuo están determinados por sus experiencias y hábitos, o por las presiones sociales a las que está sometido.
Kinsey construye una nueva ética según la cual las leyes morales y religiosas que imponen un control de los impulsos son contrarias a la «dignidad humana». La revolución que lanzó es en gran parte responsable de la abolición de la distinción entre lo que está bien y lo que está mal, entre lo «normal» y lo «perverso» en la cultura occidental. Recalquemos que la supuesta «autoridad científica» de Kinsey ha tenido engañada a la generación de los años sesenta, que en 1990 ocupaba los puestos clave de la globalización de la revolución sexual occidental.
Herbert Marcuse y la revolución cultural33
Herbert Marcuse (1898-1979) es el maestro de la revolución cultural occidental de los años sesenta, una revolución cultural que se basa en el erotismo, el placer, el eros.
Al convertirla en cultura, Marcuse hizo de la poderosa y creciente ola de las revoluciones feminista y sexual un maremoto.
En el prefacio de Eros y civilización 34 , Marcuse anunciaba sin rodeos que su objetivo era hacer la revolución social. Al igual que Freud (1856-1939), opinaba que la civilización era represiva, que debilitaba las pulsiones, «civilizándolas». Recordemos que Freud había creado las tres instancias de la persona: el id (el ello), es decir, el inconsciente, que no conoce ni el bien ni el mal, que es libre y fundamental; el ego (el yo), mediador entre el id y el mundo exterior, que coordina las pulsiones del id para minimizar los conflictos con la realidad (el ego no está en paz consigo mismo: está a la defensiva, porque la realidad es hostil); y el superego (el super-yo), es decir, la influencia de los padres, de los maestros, del estado, de las instituciones, de las leyes...
Marcuse preconizaba una revolución cultural o erótica que convirtiera en no represiva a nuestra civilización. Pretendía sustituir el sistema existente por una civilización que permitiera al individuo «ser él mismo», liberado de toda presión social e institucional. Según él, el nuevo sistema debía ser formado y determinado por los propios impulsos sexuales. Marcuse quería transformar las necesidades instintivas del individuo en valores políticos, la satisfacción de sus impulsos individuales en objetivo deseable para la sociedad. De acuerdo con su ideología, la fuerza motriz de la revolución no eran la lucha de clases o el desarrollo económico, sino la psicología del individuo, la naturaleza instintiva. Marcuse hizo una síntesis de Marx y de Freud.
Freud definía la personalidad humana como un sustrato psico-material motivado por la búsqueda hedonista del placer. El psicoanálisis freudiano radicaliza el principio según el cual el placer es la pulsión humana fundamental: lo reduce todo a la libido. El error fundamental de Freud fue el de considerar que la realidad era contraria al placer, que era su enemiga natural y por lo tanto enemiga de la humanidad. Así se entiende por qué la civilización occidental se ha apartado cada vez más de la realidad desde el freudismo.
Marcuse adoptó la visión nihilista y maniquea que tenía Freud de la cultura. Freud consideraba que la civilización se basa en el permanente sometimiento de los instintos, lo cual provoca represión y sufrimiento. El pesimismo de Freud era innato: según él, «la felicidad no es un valor cultural»35, y «la historia del hombre es la historia de su represión»36. Marcuse va más lejos: la «fuerza destructora» de los instintos, explica, «se debe a que luchan por una gratificación que la cultura no puede proporcionarles: el placer sensual mismo, como fin en sí, en todo momento»37 . Los instintos se vuelven humanos bajo la influencia represiva de la realidad exterior, no la de la naturaleza, sino la del hombre y de la sociedad. Por lo tanto, la realidad es una experiencia traumatizante, una fuerza que se opone a nuestras aspiraciones. En cuanto al inconsciente, mantiene como objetivos los del principio del placer.
El principio de realidad se ha materializado como sistema de instituciones. La conciencia, la «agencia moral más querida por el individuo civilizado, aparece imbuida del instinto de muerte; el imperativo categórico que el superego aplica se mantiene como imperativo de autodestrucción a la vez que construye la existencia social de la personalidad»38.
Los beneficios que resultan de la civilización, ¿compensan el sufrimiento que ésta impone a los individuos? Marcuse contesta por la negativa. Tratará de formular una alternativa a la civilización represiva, objetivo que considera alcanzable.
Marcuse define la libertad pura y sencillamente como ausencia de represión. La libertad se convierte en un fin en sí, un valor supremo sin contenido. La memoria y la imaginación se convierten en facultades salvíficas: volver al pasado y huir de la realidad mediante los sueños nos libera de la civilización represiva. En efecto, Marcuse habla de una «compulsión inherente de la vida orgánica a restaurar un estado de cosas anterior, que el ente vivo se ha visto obligado a abandonar bajo la presión de fuerzas externas
perturbadoras»39. La regresión es la tendencia dominante de la existencia humana. Se supone que la memoria del pasado debe ayudarnos a reencontrarnos. Por otra parte, la imaginación es, para Marcuse, una forma de actividad mental que «conserva un alto grado de libertad con respecto al principio de realidad»40. Lo imaginario liga las capas más profundas del inconsciente a las producciones más elevadas de actividad consciente. Vincula el sueño a la realidad, nos libera de la realidad represiva mediante el sueño.
Marcuse preconizaba también las perversiones sexuales. El niño no sólo no es deseado, sino que tampoco es natural, puesto que se opone al instinto. El niño es la contradicción viviente del placer; es represivo por la responsabilidad que impone a los padres. Las perversiones sexuales contienen una promesa de felicidad superior a la sexualidad normal: «reivindicando la libertad instintiva en un mundo de represión, a menudo se caracterizan por un fuerte rechazo del sentimiento de culpabilidad que acompaña a la represión sexual»41. Los visionarios y militantes de la revolución erótica occidental han deconstruido la realidad, la naturaleza, la cultura, la civilización, la tradición, la autoridad, el estado de derecho, la imagen del padre, la moralidad, la religión, la verdad, el bien y el mal, la racionalidad, la conciencia, el conocimiento objetivo, la personalidad individual, la felicidad personal, la vida eterna, la inmortalidad, el amor al prójimo, la amistad, el cariño.
Han sustituido la realidad por el placer sensual, el progreso espiritual por la regresión, la razón capaz de discernir por la razón negadora, la sexualidad normal por las perversiones, el amor espiritual por el amor narcisista, la conciencia moral por el inconsciente, la imaginación y la sensualidad. Como veremos en el capítulo siguiente, los frutos culturales de la deconstrucción se convirtieron en normas mundiales durante el proceso de construcción de un nuevo consenso global, en la primera mitad de los años noventa.
1 Adopción de niños por parejas homosexuales.
2 «Bebé probeta» matado para utilizar sus células madre con fines médicos. 3 Selección genética de embriones según su «calidad» biológica.
4 Concepción in vitro y desarrollo en una incubadora hasta el «nacimiento». 5 Lo que los posmodernos llaman, en inglés, «meta-narratives».
6 Thomas Robert Malthus (1766-1834), economista británico, elaboró teorías según las
cuales el crecimiento demográfico amenazaba el bienestar de la humanidad.
7 Título de una obra de Warren Farrell publicada en 1993.
8 Es posible que la píldora contraceptiva sea actualmente el «medicamento» más vendido
en el mundo.
9 Durante la Ilustración, las primeras manifestaciones aparecen, entre otros, en el
pensamiento de Lady Mary Wortley Montagu, del marqués de Condorcet (1743-1794) y en la obra de Mary Wollstonecraft A Vindication of the Rights of Women, publicada en 1792. Ciertos historiadores del feminismo se remontan aún más lejos, a la Edad Media y a Christine de Pisan. Conviene recalcar además la influencia de los pensadores británicos que tuvieron un papel determinante en el período intermedio entre el siglo de las Luces y la edad de la ciencia (Auguste Comte): en particular, Jeremy Bentham, padre del utilitarismo (1748-1832), Thomas Robert Malthus (1766-1834), James Mill (1773-1836), John Stuart Mill (1806-1873) y Walter Bagehot (1826-1877).
10 Margaret Sanger fundó la Federación Internacional para la Planificación Familiar
(IPPF). En 1914, lanzó en Nueva York la revista mensual feminista The Rebel Woman (La Mujer Rebelde) con el fin de promover el control de la natalidad. Fue encarcelada por difundir material pornográfico. En 1921, fundó la Liga Americana de Control de Natalidad, que se convirtió, en 1942, en la Federación Americana de Planificación Familiar. En 1922, publicó The Pivot of Civilization (El eje de la civilización). Murió en 1966.
11 Emma Goldman era anarquista y nihilista. Aceptaba la violencia como un mal
necesario en el proceso de transformación social.
12 La organización Marie Stopes International, fundada en Londres en 1976, es hoy una
de las principales promotoras de la «salud sexual y reproductiva» en el mundo. Marie Stopes trabaja en 39 países en los 5 continentes y afirma que proporciona información y servicios a unos 4,3 millones de personas.
13 Apoyado por Margaret Sanger, el doctor Gregory Goodwin Pincus inventó la píldora
contraceptiva. Efectuó sus primeros ensayos sobre conejas y, a partir de 1956, sobre mujeres portorriqueñas.
14 Es significativo que la palabra feminismo haya sido forjada por un pensador socialista
utópico, Charles Fourier (en 1837). Fourier pensaba que la ampliación de los derechos de la mujer era el principio de todo progreso social.
15 La International Planned Parenthood Federation, una federación de ONG de
planificación familiar conocida bajo las siglas IPPF, fue fundada en 1952 en Bombay, durante una reunión de voluntarios que trabajaban en asociaciones de planificación en ocho países. En esa época, el mundo era hostil al IPPF. El uso y la venta de contraceptivos eran objeto de conflictos con la policía.
16 Véase womenshistory.about.com/library/qu/blqusang.htm (traducción nuestra). 17 El acceso a la contracepción era para Sanger una cuestión de «justicia social».
18 Firestone es autora de The Dialectics of Sex - The Case for Feminist Revolution
(1979). Su pensamiento se inspira en Freud, Marx, de Beauvoir y Engels.
19 Véase Seattle.wa.lwv.org/pubs/womhist2002.pdf (traducción nuestra). 20 Véase en.wikiquote.org/Wiki/shulamith_firestone (traducción nuestra).
21 De dos billones y medio en 1950, la población mundial pasó a más de seis billones en
el 2000. El objetivo de las conferencias internacionales sobre población era «demostrar» los «peligros» del crecimiento demográfico, y su «relación» con la disminución de los recursos naturales y con la pobreza creciente.
22 En 1948, Simone de Beauvoir publicó Le Deuxième Sexe y Ethique de l’Ambigüité. En
1971, se unió al Movimiento de Liberación de la Mujer que reivindicaba en Francia la liberación sexual, el control de la natalidad y el aborto. En su Manifiesto de 1971, 343 mujeres confesaban haber abortado. Emma Goldman, Betty Friedan, Jane Fonda, Bella Abzug, Gloria Steinem, Kate Millett, Susan Brownmiller son algunos de los nombres conocidos que ejercieron una influencia determinante en el movimiento feminista.
23 Jean-Paul Sartre (1905-1980) conoció a Simone de Beauvoir en 1929. En 1943,
publicó su principal obra filosófica, L’Etre et le Néant.
24 Kinsey venía de una familia rigurosamente metodista. Estudió bajo la influencia del
Darwinismo ateo que prevalecía en Harvard cuando hizo su doctorado. En 1947, fundó en la Universidad de Indiana el Institute for Sex Research, Instituto para la investigación sexual, que sigue activo hoy bajo el nombre de Kinsey Institute.
25 En abril 2004, un importante grupo de juristas americanos (American Legislative Exchange Council) llegó a la conclusión de que el trabajo de Kinsey contenía estadísticas
fabricadas. En su libro The Kinsey Corruption: An Exposé on the Most Influential ‘Scientist’
of our Time, Judith Reisman y Susan Brinkmann demuestran el carácter fraudulento del
trabajo de Kinsey. Se basaba, por ejemplo, en datos que le había proporcionado Rex King, famoso violador que había agredido a más de 800 niños. Aunque era bisexual y pedófilo, Kinsey hacía lo posible por preservar su reputación de hombre casado, esencial para mantener su imagen de «científico serio».
26 Véase en.wikiquote.org/wiki/Alfred_Kinsey (traducción nuestra). 27 Ibíd. 28 Ibíd. 29 Ibíd. 30 Ibíd.
32 Ibíd.
33 El análisis que contiene esta sección sobre Marcuse procede del estudio del Profesor
Paul L. Peeters: «Herbert Marcuse: Eros and Civilization», 1974.
34 Herbert Marcuse, «Eros and Civilization», Vintage Edition, 1962. 35 Véase www.marxists.org/reference/archive/marcuse/works/
eroscivilisation/introduction.htm (traducción nuestra).
36 Citado por P. Peeters, p. 7.
37 Herbert Marcuse, «Eros and Civilization», Vintage edition, 1962, p. 11 (traducción
nuestra).
38 Ibíd., p. 48. 39 Ibíd., p. 22. 40 Ibíd., p. 127. 41 Ibíd., p. 45.
II. Revolución cultural mundial, posmodernidad y
nueva ética mundial
En los años ochenta, la revolución cultural occidental había alcanzado su paroxismo y llegaba a su fin. Mientras la guerra fría concluía, la revolución sentaba sólidamente sus «logros» en el ámbito de la política y extendía sus efectos a todos los aspectos de la vida social en occidente, en particular a la educación. Cabalgando sobre la ola de la globalización, la revolución cultural occidental se propagó al resto del mundo a una velocidad vertiginosa, provocando así una revolución cultural mundial. A la vez, la comunidad internacional emprendía la elaboración de nuevas normas que constituyeran un «marco ético» para la nueva era que empezaba.
Este capítulo nos introduce en el contexto histórico de la nueva ética y del complejo fenómeno de la posmodernidad, el rasgo predominante de esta ética. También evidencia la relación causal entre revolución cultural occidental y posmodernidad.
Coyuntura internacional en 1989
La caída del muro de Berlín en 1989 marcó la entrada de la humanidad en una nueva era. El fin del antagonismo este-oeste y la apertura de las fronteras políticas coincidieron con la aceleración muy rápida de la globalización económica. El poder financiero y económico de las multinacionales aumentaba de modo exponencial, mientras que el poder de los estados nación parecía disminuir. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) trataba de reforzar sus instituciones para incrementar su poder normativo mundial y posicionarse así en el centro estratégico de la gobernanza mundial. Afirmando que había recibido un mandato ético y que gozaba de una autoridad moral universal, la ONU se presentó como la única institución capaz de dar un rostro humano, ético y
duradero a la globalización. Se ofreció como contrapeso ético al poder económico del
mercado y pretendió hacerse con el monopolio de la ética en los años decisivos que siguieron a la caída del muro de Berlín.
A partir de 1990, la ONU organizó una serie sin precedentes de grandes conferencias intergubernamentales que cubrían todos los aspectos de la vida en sociedad (véase el anexo C): educación (Jomtien, 1990); los niños y sus derechos (Nueva York, 1990);
medioambiente (Río, 1992); derechos humanos (Viena, 1993); población (El Cairo,
1994); desarrollo social (Copenhague, 1995); mujer (Pekín, 1995); habitat (Estambul, 1996); y alimentación (Roma, 1996). El objetivo de este proceso de conferencias era construir una nueva visión del mundo, un nuevo orden mundial, un nuevo consenso
el siglo XXI.
A principios de los noventa, se proclamaba el fin de las ideologías. Según el razonamiento preponderante en ese momento, el «fin de las ideologías» había puesto al mundo en estado de consenso: la democracia, la libertad, los derechos humanos, el libre mercado, Occidente —la modernidad— parecían haber triunfado y se habían convertido en el horizonte infranqueable de la humanidad. Era, según la famosa fórmula de Francis Fukuyama, el fin de la historia1 . Como todo el mundo estaba de acuerdo con esta
visión, que parecía evidente, los problemas de la humanidad no eran ya, supuestamente, más que de orden práctico. La pobreza, la degradación medioambiental, el crecimiento demográfico, la desigualdad hombre-mujer, los abusos contra los derechos humanos se trataban como problemas que no requerían un debate político de fondo, y cuya resolución incumbía sobre todo a los técnicos. Resultaba obvio que había que transferir una parte del poder y de la autoridad de los gobiernos a los expertos.
Los expertos que llevaban las riendas de la gobernanza mundial a principios de los noventa tenían, en realidad, ambiciones normativas mundiales. Los problemas de la humanidad, decían, eran ahora mundiales, y requerían no sólo soluciones mundiales, sino también valores mundiales. Esta afirmación no se discutió, aunque escondía un programa ideológico y mundialista evidente.
Después de la revolución cultural que había deconstruido los valores tradicionales occidentales, se aceptó tácitamente que la nueva ética mundial debía construirse, por así decir, ex nihilo, es decir, como si la naturaleza y la ley de Dios no existieran, mediante un proceso de consenso (ya que la humanidad se hallaba entonces supuestamente en una
situación de consenso) y no mediante una confrontación hostil de opiniones como la que
había marcado la modernidad y la guerra fría.
En realidad, la lógica de este razonamiento era simplista y errónea. Se basaba en el
mito de la neutralidad, un legado del laicismo que parecía triunfar en ese momento y
que se manifestaba bajo varios aspectos que conviene analizar:
— el mito de la neutralidad de la ciencia y la fe ciega en la labor de los expertos: la experiencia de los años que siguieron a la caída del muro de Berlín pronto demostró que los «expertos» estaban al servicio de programas ideológicos ocultos. La debilidad moral de Occidente al entrar la humanidad de pleno en la globalización permitió a estos ideólogos tomar el poder e integrar las conquistas de la revolución cultural occidental en la codificación de la nueva ética mundial.
— La absolutización de la democracia y de la libertad: como vimos en el capítulo anterior, la revolución cultural occidental radicalizó la libertad y deconstruyó los valores tradicionales que habían dado a Occidente una responsabilidad particular en el mundo y a la democracia una legitimidad moral. Ahora bien, la democracia no es un fin o un bien en sí mismo y no todo lo occidental es necesariamente bueno y digno de ser aplicado universalmente.
sin comprometerse y sin un contenido claro. El «consenso mundial», que es totalmente ambivalente (y, por su ambivalencia, hace imposible el compromiso), no es duradero.
Nuevo lenguaje y revolución cultural mundial
El nuevo consenso mundial consiste en un conjunto de nuevos paradigmas que se expresan a través de un nuevo lenguaje. Algunos ejemplos de palabras y expresiones que forman parte de este lenguaje2:
Globalización con rostro humano, ciudadanía mundial, consenso, desarrollo sostenible, partenariado, sociedad civil, ONG, buena gobernanza, democracia participativa, calidad de vida, educación para todos, igualdad de acceso, apoderamiento de la mujer, salud y derechos sexuales y reproductivos, consentimiento informado, género, igualdad de género, igualdad de oportunidades, acceso igual y universal, clarificación de los valores, capacitación, mejores prácticas, responsabilidad social corporativa, seguridad humana, diversidad cultural, educación para la paz, parlamento de los niños...
Los conceptos deconstruidos por la revolución cultural occidental tienden a desaparecer del lenguaje mundial. Por ejemplo:
Verdad, amor, caridad, marido, mujer, esposos, padres, padre, madre, hijo, hija, hermano, hermana, familia, comunión, corazón, conciencia, razón, inteligencia, voluntad, complementariedad, identidad, virginidad, castidad, pudor, decencia, felicidad, crecimiento, alegría, esperanza, fe, bien, mal, pecado, sufrimiento, sacrificio, don, gratuidad, servicio, bien común, moralidad, ley, dogma, respuesta, misterio, significado, definición, realidad, representación (democrática)...
¿Acaso no sugirió Jacques Derrida, en un artículo publicado en Le Monde poco antes de su muerte en 2004, eliminar la palabra «matrimonio» del código civil francés para resolver el problema del estatus jurídico de las parejas homosexuales? La exclusión de ciertas palabras es un factor importante a tener en cuenta en el análisis.
El nuevo lenguaje refleja dramáticos cambios de paradigma, que marcan el paso de Occidente de la modernidad a la posmodernidad. Es tal la magnitud y la profundidad de los cambios, que podemos hablar de revolución cultural mundial. La revolución cultural mundial sobrepasa las fronteras de la revolución erótica: afecta a la política, al desarrollo, a los derechos humanos, a la salud, a la educación, a la cultura, al diálogo interreligioso, a la política nacional y multilateral. Demos algunos ejemplos de estos cambios de paradigma:
ANTIGUO PARADIGMA: NUEVO PARADIGMA:
Modernidad Posmodernidad
Desarrollo como crecimiento Desarrollo sostenible
Crecimiento Estabilización, equilibrio
Imposición desde arriba («top-down») Responsabilidad de la base («bottom-up»)
Gobierno Gobernanza
Democracia representativa Democracia participativa
Enfoque sectorial Holismo
Confrontación Diálogo
Voto por mayoría Consenso
Valores universales Valores mundiales
Poder de las instituciones Derechos de los individuos
Control demográfico Derechos sexuales y reproductivos
Corto plazo Largo plazo
Necesidades objetivas Derecho individual a elegir
Intergubernamental Multi-actores («multi-stakeholder»)
Soberanía nacional Gobernanza mundial
Conocimientos objetivos Preparación para la vida («lifeskills»)
Autoridad Habilitación, apoderamiento
Jerarquía Igualdad radical
Centralización del poder Descentralización
Liderazgo de subordinación Liderazgo de integración
Poder del mercado Autoridad de la ética mundial
Poder «sobre» Poder «con»
Seguridad internacional Seguridad humana
Respuestas, certeza, dogma Preguntas, tolerancia
Felicidad Calidad de vida, bienestar
Familia Familia en todas sus formas
Patriarcado Igualdad de sexos
Derecho internacional Derecho cosmopolita
Ciudadanía nacional Ciudadanía mundial
Vida humana Vida en todas sus formas
Religión Espiritualidad
Imposición Internalización, apropiación
Educación Formación
Identidad cultural Diversidad cultural
Tradición Libertad cultural
Esposos Pareja
Vida Vitalidad
Contenido Proceso
Instrucciones, órdenes Consejos, facilitación
Director, presidente Facilitador, acompañador
Padres Planificadores, reproductores
Dogma Libre elección
Verdad Derecho al error
...
El poder mundial de ciertos medios de comunicación occidentales y, sobre todo, la revolución tecnológica de Internet a mediados de los noventa, permitieron la difusión inmediata y planetaria del nuevo lenguaje. Los nuevos paradigmas se extendieron como un reguero de pólvora de oeste a este y de norte a sur, del nivel mundial al nivel local pasando por los niveles regional y nacional, de la ONU a las demás organizaciones internacionales, a la Unión Europea, a la Unión Africana, al Departamento de Estado de Washington, a la Duma de Moscú, a los gobiernos de los países en vías de desarrollo y a sus ministerios, a los servicios públicos, a las asociaciones y ONG, a las empresas, a los medios de comunicación, a los dispensarios y escuelas en África, a las autoridades locales, a los grupos de jóvenes, a las familias, a las comunidades de base e incluso a las comunidades religiosas, desde Nueva York hasta la aldea africana más remota. Ni una sola institución quedó intacta. El maremoto cultural transformó las mentalidades, los estilos de vida y los comportamientos, en todas partes del mundo. A pesar de su eficacia radical, la revolución cultural mundial pasó ampliamente inadvertida. Se produjo por
encima del nivel nacional (en la ONU) y por debajo (en el «movimiento de la sociedad
civil»).
Los nuevos paradigmas están unidos entre sí por una lógica interna. Son interdependientes, indivisibles e interactivos. Se refuerzan mutuamente y forman parte de un todo, de un sistema en el que todo está en todo. Por ejemplo, según el nuevo sistema, la buena gobernanza, que presupone, entre otras cosas, la construcción de consenso y la
participación de la base (es decir, de las ONG), es el camino a seguir para aplicar el desarrollo sostenible; éste pasa por la igualdad de sexos, cuya condición previa es el acceso universal a la salud reproductiva, basada a su vez en el derecho a elegir y en el aborto «sin riesgos». Los nuevos paradigmas son holísticos3: se incluyen mutuamente
hasta tal punto que se incluyen totalmente los unos en los otros. Adhieren a una ética común.
El «consenso mundial» secuestrado: ¿Hacia una era post-democrática?
El proceso de construcción del nuevo consenso mundial post-Guerra Fría fue secuestrado. Cuando empezó la revolución cultural mundial, tras la caída del muro de Berlín, la generación de mayo 1968 tenía 40-50 años y ocupaba puestos clave en la ONU. Desde los años sesenta, mientras los gobiernos occidentales trataban de contener la amenaza soviética durante la guerra fría, se atareaba dentro y en torno a las burocracias internacionales, estableciendo redes, convirtiéndose innegablemente en experta en los ámbitos socioeconómicos tratados en las conferencias. Por entonces, empezaban a organizarse las ONG (medioambientales, feministas, pacifistas, a favor de
los derechos humanos...), el poderoso lobby de control demográfico, su multimillonaria industria y varios grupos marcados por la apostasía occidental. Constituían redes cada vez más operativas. Después de 1989, estos grupos e individuos se presentaron como «los» expertos que necesitaba la comunidad internacional para dar respuesta a los nuevos retos de la humanidad. Sin encontrarse con oposición alguna, una minoría de ideólogos que compartían unas mismas opiniones y formaban parte de una intelligentsia occidental de tendencia posmoderna, utilizó su condición de «experta» para ejercer un liderazgo normativo mundial. El factor político determinante de la revolución cultural mundial fue el control efectivo que esta minoría, fuertemente financiada por la maquinaria y el Secretariado de la ONU, logró ejercer sobre los gobiernos.
Las grandes ONG occidentales participaron en el proceso de conferencias de la ONU y en otros foros de toma de decisiones, nacionales e internacionales, de manera cada vez más notoria e influyente4. Esta participación se designó abusivamente como «movimiento de la sociedad civil». El concepto de «sociedad civil» se ha interpretado de modo burdamente reductor para indicar principalmente a las ONG que ejercen su influencia sobre la ONU. En la práctica, la familia, la empresa y la Iglesia estuvieron excluidas de lo que se entendía por «sociedad civil». Con el Secretariado de la ONU a su favor, la «sociedad civil» se impuso rápidamente en la gobernanza mundial.
Como consecuencia del debilitamiento de la autoridad y del poder de los gobiernos, consecuencia a su vez de la revolución cultural occidental, el nuevo consenso mundial no es intergubernamental sino «multi-actor». En la conferencia de Río de 1992, la ONU identificó nueve grupos de «socios» que supuestamente podían «ayudar» a los gobiernos a aplicar mundialmente el desarrollo sostenible y sus distintos componentes: las mujeres, los niños y los jóvenes, las poblaciones indígenas, las organizaciones no gubernamentales (ONG), las autoridades locales, los sindicatos, las empresas y la industria, la comunidad científica y tecnológica, y los agricultores.
A medida que el movimiento de los «actores no estatales» adquiría mayor amplitud, lo que empezó como una práctica informal se convirtió en un principio normativo, que los gobiernos adoptaron en la conferencia de Estambul de 1996: el principio de
«partenariado». Cuando Kofi Annan fue nombrado Secretario General de la ONU, en
1996, los «partenariados», o alianzas, se convirtieron en su caballo de batalla. Empezaron a proliferar, y se han generalizado de tal modo que se vive hoy, en todas partes del mundo, una cultura de «partenariados».
No fueron los gobiernos, sino las minorías no estatales, quienes desempeñaron el papel central a lo largo de todo el proceso revolucionario. Fueron a la vez punta de lanza, pioneras, expertas, lobby, responsables de concienciar, constructoras de consenso, facilitadoras, socias, ingenieros sociales, agentes operativos, organismos de control, campeonas de la nueva ética.