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TEORIAS EXPLICATIVAS DEL AUTISMO

2.2 Teoría de la intersubjetividad (Hobson)

Para algunos autores la teoría propuesta por R. Peter Hobson (1993), es una teoría de la mente que privilegia el desarrollo afectivo sobre el cognitivo. Según este autor, hacia los seis meses de vida, los niños tienden a preocuparse relativamente más de los objetos no sociales que les rodean y los adultos tienen que proporcionales una estimulación muy intensa y organizada si quieren mantener con ellos periodos largos de interacciones diádicas. Esto se realiza generalmente por medio de juegos que implican la atención conjunta en un objeto o en un conjunto de sucesos, es decir, en un “tema” compartido.

Hacia los ocho meses el niño adquiere nuevas formas de relación con las personas que le crían y es capaz de coordinar acciones y actitudes interpersonales con otras dirigidas a los objetos. En los siguientes tres meses adquiere un conjunto de habilidades bastante significativas: logra seguir la mirada de otra persona o determinar el punto al que esta señala, puede pedir ayuda y responder a peticiones verbales simples de otras personas, indica o muestra objetos a otros, se cerciora de que está siendo atendido, inicia juegos o acepta invitaciones a ellos, sacude la cabeza para indicar rechazo, imita gestos convencionales (lanzar un beso), saluda, emite vocalizaciones parecidas a nombres y puede simular actividades adultas como hablar por teléfono.

En este momento del desarrollo el bebé parece darse cuenta de que las demás personas son, al mismo tiempo, como él y diferentes de él psicológicamente. Al imitar acciones y gestos convencionales, el niño demuestra su capacidad de identificarse con las acciones de otras persona y asumirlas, una capacidad que exige apreciar los aspectos comunes como los que distinguen al sí mismo de los otros. En estas formas tempranas

de comunicación intencional ya está implícito el reconocimiento de que uno mismo y los otros son al mismo tiempo subjetiva y objetivamente semejantes y diferentes.

También a esta edad los niños tienen la capacidad de percibir y responder a las orientaciones afectivas de las personas que les rodean con respecto a las cosas y los acontecimientos del medio; a esto se le denomina asignación de referencia social: el niño parece reconocer que la expresión de la otra persona posee un significado referido a un ambiente que comparte con ella.

Hobson le da mucha importancia a la significación evolutiva que tiene la capacidad del bebé de percibir la actitud de la otra persona con respecto a objetos y sucesos particulares: esa capacidad puede servir de fundamento a la captación, por parte del niño, de que los objetos y los sucesos tienen “significados para los otros” que pueden ser diferentes de sus “significados para uno mismo”.

Además, existen mecanismos independientes por medio de los cuales los bebes perciben que la orientación subjetiva de la otra persona está “volcada en algo”. No se quiere decir que el bebé pueda conceptualizar lo que es una “actitud”, para que la perciba en otra persona y perciba también la significación funcional que tiene, lo que es necesario es que el niño posea la capacidad de captar los significados emocionales y de responder a ellos como referidos al mundo “de fuera”.

Para Hobson varios desarrollos se ponen de manifiesto en contextos sociales: El primero, la conciencia de las otras personas no sólo como núcleos de conciencia con los que es posible compartir, sino también como individuos que pueden sentir, a los que puede consolar o provocar, y para los que los objetos tienen una significación personal; en segundo lugar, el desarrollo en el niño del propio sentido del sí mismo como individuo, y en tercer lugar, el desarrollo de capacidades de reflexión sobre las características y los estados psicológicos de los “sí mismos” individuales y de la capacidad de actuar en consecuencia con esa reflexión.

Hacia la mitad del segundo año el niño reconoce a las otras personas como seres que tienen sus propios motivos de adquirir, poseer o persuadir, como seres que tienen sentimientos y relaciones con el medio: ese medio del que tienen experiencia y al que otorgan significado. La comprensión inicial que el niño tenía de la naturaleza de las personas como una clase especial de seres con la propiedad a la que se podría denominar de “orientación subjetiva” se integra ahora en una captación conceptual de las personas como “sí mismas”, que tienen sus propias formas de otorgar significado al mundo de las personas y las cosas. Así el niño llega a apreciar la fuerza de “acordar el mundo con el otro” y también ejercer su propia posibilidad de resistirse a ese acuerdo.

Para Hobson, los estudios muestran que hay ciertas clases de deficiencias sociales que son relativamente específicas de los autistas que no pueden atribuirse a niveles bajos de capacidad cognitiva o lingüística ni tienen un carácter general, en el sentido de que no afectan a todas las clases de intercambios sociales (Lord, 1984; Lord & Magill, 1989; Hobson & Lee, 1989; Landry & Loveland, 1989). Los autistas responden de forma vivaz a juegos de contacto físico, como las cosquillas, y son capaces de establecer contacto ocular y a veces de combinarlo con gestos en situaciones de “petición”. Esto indica que los autistas no están igualmente afectados en todas las clases diferentes de “implicaciones” entre personas. Su idea es que existe un cierto tipo de implicación psicológica interpersonal, una ligazón subjetiva con la vida subjetiva de otras personas (que al mismo tiempo se diferencia de la propia), que los autistas sólo experimentan de forma muy parcial.

Según Hobson, una de las formas por las que las experiencias subjetivas de un individuo pueden relacionarse con las de otro es a través del proceso de empatía o de “compartir sentimientos”; considera que las formas primitivas de empatía sirven de fundamento a otras clases más elaboradas de contacto y comprensión intersubjetiva; la tesis opuesta sería que la capacidad de sentir con y para otras personas se deriva de ciertas capacidades “cognitivas”

Hay una serie de evidencias (Ricks, 1975, 1979; Izard, 1979; Snow, Hertzig & Shapiro, 1987; Hobson, Houston & Lee, 1988; Dawson & cols., 1990; Kasari & cols., 1990; Ozonoff, Pennington & Rogers, 1991; Sigman & cols., 1992) que indican que hay conexiones indisolubles entre las capacidades de relación interpersonal configuradas afectivamente, las respuestas afectivas y la percepción de las expresiones emocionales

Como muy bien lo indica Valdez (2001), la tesis de Hobson es que el individuo adquiere el conocimiento acerca de la naturaleza de las personas a través de la experiencia de relaciones afectivas interpersonales, para la que está biológicamente predispuesto, la que permite la comprensión de la naturaleza subjetiva.

La dimensión interpersonal comienza con las interacciones cara a cara entre las figuras de crianza y los bebés en los primeros meses de vida; los intercambios coordinados de afectos establecen una conexión primaria entre las experiencias subjetivas de los bebés y las de sus personas cercanas. El bebé percibe a la persona, y se relaciona con ella, como una “cosa” con propiedades muy especiales que “halan” las reacciones emocionalmente configuradas del propio bebé.

Posteriormente, hacia los nueve meses, los niños perciben las actitudes emocionales de los otros como “dirigidas” a las cosas y los acontecimientos del mundo; comienzan a imitar las acciones y actitudes de otras personas, y pueden reproducir aquellas acciones o asumir estas actitudes incluso después de intervalos de horas o semanas; al mismo tiempo, siguen siendo el foco de muchas de las actitudes de las figuras de crianza, y pueden asumir actitudes evaluativas con respecto a sí mismos como fuentes de actitudes. Este es el elemento final del triángulo de relación: esa doble flecha entre el bebé y el bebé mismo; este aspecto de la situación es el que, junto con el progreso en la maduración cerebral y en otras capacidades cognitivas, influye en la tardanza que se observa en los niños para llegar a comprender que “ellos mismos” son fuentes de actitudes subjetivas, independientes de las de otras personas, pero ligadas a ellas por el hecho de formar parte de las actitudes que las personas tienen en común.

La tesis principal de Hobson (1995) plantea que “..el autismo es un trastorno severo de la implicación personal intersubjetiva con las personas. Los niños autistas tienen una capacidad profundamente limitada de experimentar la relación personal”, (p. 238). Ello necesariamente implica las áreas de funcionamiento cognitivo y motivacional en que los niños autistas tienen mayores deficiencias: la raíz del déficit reside en la incapacidad del niño de implicarse psicológicamente con las otras personas en el triángulo de relación, y “cualesquiera que sean las consecuencias de ello tienen que ser tanto cognitivas (la dificultad para comprender lo que significa designar con símbolos) como motivacionales (la imposibilidad de verse arrastrado a adoptar papeles y perspectivas psicológicas alternativas)” (p. 242).