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Teorías causales de la acción

In document [Carlos Moya] Filosofia de La Mente (página 155-163)

TERCERA PARTE MENTE Y ACCIÓN

13. Teorías causales de la acción

La teoría causal de la acción intencional más elaborada e influyente en la actualidad la debemos a Donald Davidson. Analizaremos, pues, aquí su propuesta teórica en representación de las teorías causales de la acción.[1]

La teoría de la acción de Davidson enlaza con la propuesta de Elizabeth Anscombe que tratamos en el capítulo anterior, según la cual la noción de acción intencional guarda una estrecha relación con la noción de razones para actuar. Davidson acepta la tesis, inspirada en Anscombe, según la cual una acción intencional es aquella que posee una explicación verdadera en términos de razones. Así, la clarificación de la naturaleza de la acción intencional requiere la clarificación de la naturaleza de la explicación por razones. Davidson considera que esta última no ha sido adecuadamente elucidada por los teóricos no causales, incluyendo a la propia Anscombe, y concibe gran parte de su tarea como la elaboración de un análisis adecuado de ese tipo de explicación. El resultado de este análisis será la tesis según la cual las explicaciones por razones constituyen un tipo especial de explicaciones causales y con ello una concepción causal de la acción intencional.

Davidson acepta, con los teóricos no causales, como Winch, que la explicación por razones de una acción desempeña, de modo característico, una función de justificación racional de la acción. Esta función de justificación racional constituye, según Davidson, una condición necesaria de la verdad de una explicación. Para que una razón pueda explicar una acción ha de presentarla como razonable, o al menos como inteligible. Davidson analiza este requisito de justificación racional diciendo que una razón ha de tener en último término, explícita

o implícitamente, la forma de una razón primaria. Y para que una razón primaria pueda cumplir esta función de justificación ha de consistir en una creencia y un deseo (u otra actitud similar) cuyas descripciones mantengan relaciones lógicas adecuadas con la descripción apropiada de la acción. Davidson enuncia esta condición (C1) como sigue:

C1. R es una razón primaria por la que un agente llevó a cabo la acción A bajo la descripción d sólo si R consiste en una actitud favorable del agente hacia acciones que tengan cierta propiedad y en una creencia del agente según la cual A, bajo la descripción d, tiene esa propiedad.[2]

El prototipo de actitud favorable es el deseo, pero la actitud puede también consistir en un sentimiento de deber u obligación. La razón primaria justifica la acción sólo bajo cierta descripción, a saber, la que figura en el contenido de la creencia del sujeto. De este modo, la explicación por razones nos permite ver que la acción realizada ha sido anticipada por el agente y considerada por éste, bajo cierta perspectiva o descripción, como un medio para un fin que valora positivamente. La función de justificación racional depende esencialmente de esta conexión entre las descripciones de la razón y de la acción. Sobre esta base, la acción se

nos presenta, bajo la descripción adecuada, como razonable, o al menos inteligible, a la luz de lo que el agente deseaba conseguir y de sus creencias acerca de cómo conseguirlo. Una razón puede adoptar muchas formas. Anscombe, por ejemplo, indica que puede consistir en una redescripción o reinterpretación de la acción o en la alusión a un objetivo o finalidad que se pretende conseguir.[3] Sin embargo, según Davidson, estas formas sólo explican racionalmente la acción porque sugieren fácilmente y permiten reconstruir la forma de una razón primaria, de una creencia y un deseo con los contenidos apropiados. Así, en el ejemplo del capítulo anterior, la redescripción de mi acción de cortar unos cartones como «estoy haciendo una casa de juguete para mi hija» explica racionalmente mi acción en la medida en que sugiere claramente una razón primaria: mi deseo de construir esa casa y mi creencia de que cortar esos cartones es un medio de lograrlo. En realidad, si no sugiriese ese deseo y esa creencia, la mera redescripción no constituiría una explicación racional de mi acción.

Para los teóricos no causales de la acción, la explicación por razones es, fundamentalmente, justificación racional. Davidson, sin embargo, sostiene que la explicación por razones no puede reducirse a justificación racional, en el sentido indicado, porque un agente puede tener una razón para una acción que satisface las especificaciones mencionadas, y llevar a cabo la acción en cuestión sin que esas razones fuesen las razones por las que la llevó a cabo: «...Una persona puede tener una razón para una acción, y llevar a cabo la acción, sin que esta razón sea la razón por la que la lleva a cabo».[4] Así, un agente puede tener razones distintas para realizar una acción, cada una de las cuales justificaría racionalmente la realización de esa acción, y realizar la acción por una de esas razones y no por las demás. Entonces, si reducimos la explicación por razones, como hacen los teóricos no causales, a la justificación racional, no podemos distinguir entre tener una razón para hacer algo y hacerlo, aunque no por esa razón, y tener una razón para hacer algo y hacerlo precisamente por esa razón. El modo más natural de trazar esta distinción, según Davidson, es decir que, en el segundo caso, pero no en el primero, la razón causó la acción. Sólo en este segundo caso la razón puede explicar la realización de la acción. Así, pues, una razón primaria ha de satisfacer, además del requisito de justificación racional (C1), una condición adicional (C2) de causalidad. En palabras de Davidson: «C2. Una razón primaria de una acción es su causa».[5] Así, para Davidson, las explicaciones por razones son un tipo particular de explicaciones causales, que se distinguen de otros tipos por su peculiar función de justificación, y las razones son un tipo especial de causas.[6]

Sin embargo, como vimos en el capítulo anterior, hay un conjunto de argumentos destinados a mostrar que las razones no pueden ser causas de las acciones. Davidson, como defensor del carácter causal de las razones, necesita, pues, responder a ellos. La estrategia de Davidson frente a estos argumentos consiste, generalmente, en aceptar sus premisas pero negar que de ellas se deduzca la conclusión pretendida. Davidson rechaza, pues, la validez de tales argumentos.

Frente al argumento según el cual las razones no pueden ser causas porque el conocimiento de nuestras razones no es inductivo ni se basa en la observación de regularidades en nuestro comportamiento, Davidson señala que en ocasiones nuestro conocimiento de las relaciones causales entre fenómenos físicos no se basa tampoco en la inducción ni en la previa observación de regularidades.[7]

Frente al argumento según el cual las razones no pueden ser causas porque constituyen, al menos en algunas ocasiones, redescripciones de la acción, David-son responde, como hemos visto, que una redescripción de la acción sólo es explicativa si sugiere la existencia de una razón primaria, de un deseo y una creencia apropiados. Además, según Davidson, la redescripción como forma de explicación no es exclusiva de las acciones, sino que la encontramos también en el caso de otros tipos de eventos, sin que esto excluya el carácter causal de la explicación. Así, si vemos una herida en el brazo de una persona y le preguntamos por qué tiene esa herida, su respuesta puede ser: «Es una quemadura». Esta persona ha redescrito la herida en términos de su causa, es decir, como una quemadura, sin que esto excluya que la explicación sea causal y que la quemadura sea la causa de la herida.[8]

El argumento más importante y sólido contra el carácter causal de las razones es, como indicamos en el capítulo anterior, el argumento de la conexión lógica entre razones y acción. Como vimos, el argumento puede adoptar dos formas. De acuerdo con una de ellas, razones y acciones, a diferencia de causas y efectos, no están conectadas por regularidades empíricas, por lo que si admitimos, con Hume, que toda relación causal es un caso particular de una regularidad o ley empírica, las razones no pueden ser causas de las acciones. En respuesta a este argumento, Davidson reconoce que no hay leyes empíricas estrictas que conecten razones con acciones. Pero señala que lo mismo sucede en el caso de muchos enunciados que describen relaciones claramente causales entre sucesos físicos. Cuando vemos, por ejemplo, que alguien rompe un cristal de una pedrada, podemos decir, con verdad, que la pedrada causó la rotura del cristal, pero es obvio que no tenemos leyes empíricas estrictas que conecten las pedradas con las roturas de cristales.[9] Del mismo modo, puede ser verdad que una determinada razón causó que un sujeto actuase de cierta forma sin que haya leyes empíricas estrictas que conecten razones y acciones de esos tipos. Ello no muestra, sin embargo, que no haya leyes que respalden los enunciados causales y que la concepción humeana de la causalidad sea errónea. Lo único que muestra es que las leyes que respaldan tales enunciados causales pueden estar formuladas en un vocabulario muy distinto de aquél con el que se formulan dichos enunciados.[10] Así, las leyes que respaldan el enunciado «la pedrada rompió el cristal» son, presumiblemente, leyes físicas que no emplean términos como «pedrada» o «cristal».

Es preciso distinguir, pues, los enunciados causales singulares, que afirman la existencia de una relación causal entre dos fenómenos, de las explicaciones causales nomológicas, en las que se deduce una determinada descripción del efecto a partir de leyes científicas y de una descripción adecuada de las circunstancias particulares del caso, alguna de las cuales es considerada como la causa.[11] Mientras que los enunciados causales singulares relacionan eventos de modo extensional, las explicaciones nomológicas relacionan enunciados o descripciones de eventos y son, por tanto, intensionales. La relación entre los enunciados causales singulares y las explicaciones nomológicas es la siguiente: si un enunciado causal singular es verdadero, entonces, bajo alguna descripción apropiada, la relación causal enunciada es explicable nomológicamente.

Sobre esta base, Davidson puede responder a la otra forma del argumento de la conexión lógica, según la cual el vínculo entre razón y acción no puede ser causal porque hay relaciones lógicas entre ambas, en el sentido de que el concepto de la acción forma parte del concepto

de la razón, mientras que causa y efecto son lógicamente independientes.[12] Davidson acepta la existencia de estas relaciones lógicas entre razones y acción. Como vimos en su concepción de las razones primarias, la existencia de una conexión apropiada entre las descripciones de la creencia, el deseo y la acción es esencial para que la razón pueda desempeñar la función de justificar la acción. Una explicación por razones tiene, grosso modo, esta forma: S hace A porque desea O y cree que hacer A le permitirá conseguirlo. Vemos que el concepto de la acción A figura también como objeto de la creencia que, junto con el deseo, explica esa acción. Pero si causa y efecto son, como Hume mostró, lógicamente independientes, ¿no hemos de concluir entonces que las razones no son causas de la acción? Davidson responde negativamente. Decir que causa y efecto son lógicamente independientes es confundir las relaciones causales, que se expresan en enunciados causales singulares, con las explicaciones causales nomológicas. No tiene sentido decir que causa y efecto son, o dejan de ser, lógicamente independientes. Las relaciones de dependencia e independencia lógica no se dan entre eventos, como lo son la causa y el efecto, sino entre enunciados o descripciones de eventos. Así, la existencia de una relación causal entre dos eventos es independiente de las relaciones lógicas o no lógicas que pueda haber entre las descripciones de ambos eventos. Supongamos que un evento particular, un cortocircuito, causó el incendio de un edificio. Podemos entonces decir que el cortocircuito fue la causa del incendio y reformular el enunciado anterior diciendo que la causa del incendio causó el incendio. Tenemos ahora una conexión lógica entre las descripciones de ambos eventos, pero esto no afecta al hecho de que el primero causó el segundo. Del mismo modo, la conexión lógica, característica de las explicaciones por razones y esencial para su función de justificación, entre las descripciones de la razón y de la acción no excluye que la razón pueda ser la causa de la acción.[13]

La respuesta de Davidson al argumento de la conexión lógica constituye también, implícitamente, una respuesta al argumento de Winch, expuesto en el capítulo anterior, según el cual la relación de justificación entre razones y acción excluye la relación causal entre ambas.

Puesto que Davidson acepta la concepción humeana de la causalidad, según la cual todo enunciado causal está respaldado por una ley, y acepta asimismo que las razones causan la acción y que no hay leyes que conecten razones con acciones así descritas, ha de aceptar que ha de haber leyes de otro tipo, de carácter físico, que respaldan las relaciones causales entre razones y acción. Ello le compromete a aceptar que razones y acción tienen descripciones físicas y son, así, eventos físicos.[14]

La teoría causal de la acción intencional de Davidson, cuyas líneas básicas hemos expuesto, se enfrenta con dos dificultades importantes. La primera la constituye la posibilidad de las llamadas «cadenas causales desviadas». La segunda es la tendencia hacia el epifenomenismo de lo mental que deriva del carácter físico de las leyes que respaldan las relacione causales entre razones y acción.[15] Tras exponer estas dificultades, ofreceremos un diagnóstico tentativo de las mismas y una propuesta para su posible solución.

Fue Roderick Chisholm quien detectó por primera vez el problema que las cadenas causales desviadas representan para las teorías causales de la acción intencional. Comenzaremos con el ejemplo clásico de cadena causal desviada construido por él. Chisholm trata de mostrar que las nociones de creencia, deseo y causa son insuficientes para captar la noción de propósito.

Y para ello construye el siguiente caso:

Supongamos, por ejemplo, que (i) cierto sujeto desea heredar una fortuna; (ii) cree que, si mata a su tío, heredará una fortuna; y (iii) esta creencia y este deseo le excitan de tal modo que conduce con excesiva rapidez, con el resultado de que, accidentalmente, atropella y mata a un peatón que, sin que el sobrino lo sepa, no es otro que su tío.[16]

Sería erróneo, en este caso, decir que el sujeto atropelló a su tío con el propósito de heredar una fortuna. No es difícil reformular el ejemplo de Chisholm en términos de las dos condiciones propuestas por Davidson. El ejemplo satisface estas dos condiciones, pero es falso afirmar que el sobrino mató a su tío intencionalmente (bajo esa descripción).

Algunos teóricos causales han tratado de afrontar este problema refinando la formulación del componente causal de la teoría, sin modificar el componente de justificación. El modo más usual de hacerlo ha consistido en exigir que las razones causen la acción «del modo correcto» (in the right way). Sin embargo, especificar este modo en términos no circulares (es decir, en términos que no usen o presupongan el concepto mismo de acción intencional) parece una tarea irrealizable. El propio Davidson reconoce tal cosa: «Por mi parte, desespero de la posibilidad de especificar el modo en que las actitudes han de causar la acción para que puedan explicarla racionalmente».[17] Un camino aparentemente más prometedor consiste en sostener que las causas propiamente dichas de las acciones intencionales no son las creencias y deseos, sino otras actitudes mentales. Una interesante propuesta en esta línea es la defendida por Irving Thalberg.[18] Según Thalberg, deberíamos considerar las intenciones, no las creencias y los deseos, como las causas propiamente dichas de la acción intencional. Además, es necesario especificar cuidadosamente el contenido de la intención: ha de quedar fijado q u é es lo que el agente tiene intención de hacer, así como cuándo y c ó m o tiene intención de hacerlo, pues si el modo de llevarlo a cabo o el momento no son los que el agente pretendía, éste es un signo de que la causa de su acción no fue su intención, sino alguna otra cosa. En tercer lugar, la intención ha de causar la conducta del agente de modo genuino o directo, con vistas a excluir factores intermedios, tales como la excitación o el nerviosismo. En cuarto lugar, la conducta del agente ha de ser una acción, no algo que meramente le sucede, como parece ser el caso en algunos ejemplos de cadenas causales desviadas. Y, finalmente, la intención ha de causar la acción de modo continuo o sostenido. Parece claro que la teoría de Thalberg no se ve afectada por el ejemplo del sobrino ambicioso de Chisholm, pues este ejemplo no satisface algunas de las condiciones exigidas en dicha teoría. Sin embargo, creemos que propuestas como la de Thalberg y otras similares no resuelven el problema de las cadenas causales desviadas. Hallar contraejemplos a ellas es únicamente cuestión de un poco de ingenio. He aquí un contraejemplo a la propuesta de Thalberg, basada en el caso ideado por Chisholm.[19] Un sujeto desea heredar una fortuna y cree que matando a su tío heredará una fortuna. Forma entonces la intención de matar a su tío atropellándole hacia las 7.30 de la tarde en la calle Ancha. Sabe que su tío, una persona muy metódica, cruza la calle Ancha cada tarde a esa hora, como parte de su paseo vespertino habitual. Así las cosas, a las 7.15 nuestro hombre entra en su coche con su avieso designio en su mente y conduce hacia la calle Ancha (la cual podemos suponer que, de hecho, es bastante estrecha). A las 7.29 se encuentra ya en la calle Ancha cuando, de repente, un anciano peatón empieza a cruzar la calle con desesperante lentitud (el pobre hombre no podía andar más deprisa, pues se había roto una pierna el día anterior). Entonces el sobrino piensa, con toda frialdad, que si espera a

que el inoportuno anciano acabe de cruzar la calle, no conseguirá atropellar a su tío a las 7.30 y quién sabe si al día siguiente se atreverá a intentarlo de nuevo. De modo que decide atropellar al anciano peatón y así lo hace. En ese momento, en el reloj de la torre comienzan a sonar las siete y media. Como ya podemos suponer, el anciano peatón era su tío. Todas las condiciones exigidas por Thalberg se han cumplido, pero, aunque el ambicioso sobrino mató intencionalmente al anciano peatón, no mató intencionalmente a su tío (bajo esa descripción). Creo que nuevas propuestas en la línea de Thalberg, se verían expuestas también a nuevos contraejemplos con sólo un poco de imaginación.

En nuestra opinión, y éste es el diagnóstico que anunciábamos, la raíz de este problema reside en una concepción errónea de la justificación, según la cual la justificación es independiente de la causalidad. Según esta concepción, la justificación no involucra como tal una relación causal entre aquello que justifica y aquello que es justificado, sino que es únicamente una cuestión de relaciones lógicas o conceptuales entre ambos elementos, a la manera de la condición C1 de Davidson. La relación causal se añade a estas relaciones como

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