BILL O'HANLON
Marisa, una emigrante italiana que residía en Nueva Zelanda, tra- bajaba como asistenta. Aunque era una mujer muy inteligente que ha- blaba un inglés impecable, su bloqueo a la hora de escribir le había im- pedido conseguir un trabajo más acorde con sus capacidades. Hacía poco, y después de más de dos decenios de infeliz matrimonio, había visitado a un vidente que le dijo que toda la vida había sido pisoteada «como un felpudo». Entonces se inscribió en un cursillo de autoafir- mación en un centro comunitario cercano, pero durante un ejercicio de dramatización le entró el pánico y se marchó corriendo de la sala. Creía que se estaba volviendo loca. Poco después fue a ver al terapeu- ta narrativo David Epston y al cabo de unos minutos de iniciarse la pri- mera sesión exclamó: «¡Soy mala! ¡Mala! ¡Mala!».
Luego Marisa le contó su vida a Epston. Había nacido en Italia jus- to después de la II Guerra Mundial y era el vigésimo primer hijo que había tenido su madre. Muchos años después, supo que su verdadero padre era un amigo de la familia de 72 años de edad que había estado a p u n t o de morir cuando ella nació. A u n q u e durante los pocos años que le quedaron de vida su madre le había dado muestras de cariño, tanto ella como sus hermanos la trataban como un ser inferior, di- ciéndole que sólo serviría para criada. A los trece años de edad la ha- bían enviado a Inglaterra para que trabajara como ama de llaves para
* El título original de este artículo era «The Third Wave» y fue publicado en Family Therapy Networker en noviembre/diciembre de 1994.
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una hermana mayor y allí fue maltratada y abusada sexualmente por su cuñado. Cuando tenía 18 años de edad, decidió huir de su familia y emigró a Nueva Zelanda, d o n d e se casó y empezó a trabajar como sirvienta. Hacía poco había empezado a hartarse del papel sumiso que tenía en su matrimonio y, a veces, su ira era tan intensa que ella misma se asustaba.
Después de la sesión, Epston, que por aquel entonces estaba de- sarrollando su m é t o d o narrativo de terapia, le escribió una carta a Marisa:
Por lo que he visto, el hecho de que haya contado su vida a una perso- na prácticamente desconocida, una vida que en el fondo es la historia de una continua explotación, ha hecho que se haya liberado un poco de ella. Cuando uno cuenta su vida, hace que ésta se convierta en un relato, un re- lato que se puede dejar atrás y que hace más fácil crear un futuro diseña- do por uno mismo. [Además,] su relato se debe documentar para que us- ted misma no lo olvide y para que puedan disponer de él otras personas a las que usted desee inspirar. Esas personas comprenderán, como he com- prendido yo, cómo se ha ido fortaleciendo usted ante las adversidades con el paso del tiempo. Paradójicamente, todos los intentos que han hecho los demás de debilitarla y convertirla en una esclava han fortalecido su deter- minación de llegar a ser usted misma aunque haya sido a costa de mucho dolor y sufrimiento. Estuvo a punto de aceptar la actitud de su familia ha- cia usted y esto explica que se sintiera pisoteada durante tanto tiempo.
Probablemente se preguntará por qué [su padre] la amaba tanto si su madre no la quería. Fue ella quien le enseñó a ser servil, a hacer mucho por los demás y a esperar muy poco a cambio. Para que su madre la trai- cionara así, inculcándole esa mentalidad de servidumbre, debió conven- cerse a sí misma de que usted era mala: de no ser así, no hubiera podido traicionarla como lo hizo. Y las otras personas que se encargaban de usted la veían como una Cenicienta. Su familia le hizo a usted lo peor e intenta- ba que usted creyera que esto era lo mejor que podía o debía esperar por- que era «mala». Intentaron convencerla (y es indudable que lo consiguie- ron muchas veces) de que usted era merecedora de sus castigos y su crueldad.
Su visita al vidente que le dijo que era usted como un «felpudo» fue un momento crucial en su vida y usted empezó su revolución con la persona que tenía más a mano, su marido. Cuando usted era una esclava, eligió a un compañero que fuera su amo y al que pudiera servir, agradecida por poder
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recoger las migajas de su mesa. Su marido debió de quedar mudo de asombro al escuchar sus reivindicaciones de justicia y de igualdad en su re- lación. No había agotado usted todas sus fuerzas en su sufrimiento y su es- clavitud y empezó a tomar medidas para solucionar la situación de su fa- milia. Empezó a aceptar su propia experiencia y a confiar en ella. Y por primera vez recurrió a su propio poder para moldear los sucesos de su vi- da y romper con muchas de las cosas que la deprimían y le impedían le- vantar cabeza. Se demostró a sí misma que su ira estaba más que justifica- da. Al parecer, este cambio tan profundo que experimentó hizo que su marido la viera con más respeto.
Entonces, con más de treinta años, su propio poder salió a la superfi- cie y usted misma acabó aceptándolo: nadie más volvería a enterrarlo. Sen- tía usted tanto coraje que decidió reclamar justicia y poner las cosas en su sitio. Y ahí trazó una línea entre su pasado y su futuro. En el pasado, su vi- da estaba definida por las ideas y actitudes de los demás; en el futuro, su vida estaría definida por el amor propio y el respeto a sí misma. Al final, la muerte de su madre la liberó: pudo usted dejar de buscar a la madre que nunca existió. Era libre de vivir su propia vida, creyendo en usted misma, y es natural que se sintiera asustada por la posibilidad. Recuerde que, cuando se es un prisionero, uno llega a acostumbrarse a la prisión. La li- bertad puede ser desconcertante y muchas personas vuelven a su celda en busca de refugio. Creo que usted siempre ha sido consciente del daño que se le hacía y que, por esta razón, nunca se ha convertido en una verdadera esclava. Al contrario, usted ha sido como una prisionera de guerra, humi- llada, sí, pero nunca vencida. Por eso creo que es usted una heroína y que aún no es plenamente consciente de su propio heroísmo.
Varias semanas después, Marisa volvió a la terapia acompañada de su marido. Había releído la carta muchas veces. Decía que era «la rea- lidad misma» en negro sobre blanco y que no la podía negar. Ahora se veía como una persona que había tenido una vida horrible, pero siem- pre había sido fuerte y nunca se había sometido por completo a esa imagen tan devaluada de sí misma. Los sucesos que hacía poco la ha- bían alarmado los veía ahora como una prueba de que por fin estaba dejando atrás sus antiguas pautas de «víctima» y de que podía empe- zar una nueva vida. Le dijo a Epston que en aquellos momentos no sentía la necesidad de visitarlo más.
Cinco años después, volvió a ponerse en contacto con Epston. Por aquel entonces se dedicaba a diseñar vestidos y le dijo: «Ahora mi vida
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tiene un futuro. Nunca volverá a ser como antes». Dijo que la primera sesión y la carta habían sido el principio de una nueva vida marcada por el respeto y el logro. Después había releído la carta en varias oca- siones, sobre todo cuando recordaba los abusos sexuales de su cuña- do. Pero llegó un momento en que ya no necesitaba volver a leerla y, al final, la destruyó.
Leí la carta de Epston a Marisa por primera vez hace unos años, cuando volvía en avión de Nueva Zelanda. La encontré metida entre el material que Epston me había dado sobre la terapia narrativa. Duran- te todos estos años he leído docenas de casos que exponían las virtudes de alguna técnica nueva, pero éste era distinto: me hizo llorar. Me con- movía ver cómo había salvado Marisa su vida y me maravillaba ver có- mo se había logrado esta transformación.
Entonces, como ahora, trabajaba principalmente con terapias bre- ves orientadas a soluciones. Aunque de vez en cuando había observa- do algunas transformaciones espectaculares, la mayor parte de mi tra- bajo era mucho más modesto que el de Epston con Marisa. Yo ayudaba a las personas a salirse de las pautas en las que se habían es- tancado y a seguir adelante con su vida. Si Marisa hubiera acudido a mí, probablemente la habría ayudado con su bloqueo al escribir. Le hubiese preguntado qué otras cosas había llegado a dominar después de pensar que serían imposibles. ¿Podría transferir esta sensación de competencia a la escritura del inglés? Probablemente también le hu- biera preguntado cómo había aprendido a hablar y a comprender el in- glés y hubiese intentado emplear los mismos métodos para ayudarle a aprender a escribirlo. Creo que habría sido capaz de ayudar a Marisa. Podría haber encontrado un trabajo mejor, podría haber mejorado al- go su vida y podría haber activado otros cambios positivos. Creo que Marisa hubiera quedado satisfecha. Pero mis aspiraciones nunca ha- brían sido tan ambiciosas como las de Epston.
«Si viene usted a mi consulta —parecía decir su carta— voy a ayu- darle a reinventar su vida. Usted es mucho más que el relato que me ha contado.» Marisa no sólo iba a poder escribir: iba a conseguir una nue- va vida, una nueva oportunidad. Para Epston, en cualquier momento podía sonar la última campanada de nochevieja y cada sesión ofrecía la posibilidad de empezar de nuevo. Su trabajo, pensaba yo, contenía las ambiciones de la terapia a largo plazo pero en un marco temporal a
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corto plazo. Sin embargo, estaba claro que había algo más y no acaba- ba de captar del todo cómo lo había conseguido.
En los años que han pasado desde aquel día en el avión he leído y observado muchas otras entrevistas terapéuticas de David Epston y de su amigo y ocasional colaborador Michael White, los principales dise- ñadores del método narrativo. Al principio, parecía pura magia. En- traba una persona como Marisa, que llevaba años andando por el mis- mo camino, un camino que sólo parecía conducir a más dolor y sufrimiento, pero durante la conversación aparecía una bifurcación, un nuevo camino que siempre había estado ahí, pero que, de alguna manera, había pasado inadvertido.
Y no es que nunca hubiera visto algo parecido en una sesión de te- rapia. Yo mismo había ayudado a muchas personas a encontrar cami- nos en los que no habían reparado en forma de soluciones y recursos que ya habían empleado con éxito en otras ocasiones y que podían vol- ver a emplear. Otras veces las ayudaba a encontrar un nuevo destino buscando y experimentando hasta encontrar la nueva senda.
Pero Epston y White parecían ir más allá: abrían puertas a nuevas identidades que parecían surgir de la nada. Era algo a la vez inexplica- ble, radical y elegante. Cuando la persona se sentía atrapada en un rin- cón, Epston y White pintaban una puerta en la pared allí donde hacía falta y entonces, como Bugs Bunny en sus películas, se la abrían y le ayudaban a atravesarla. Yo quería aprender a pintar puertas como aquéllas. Pero las primeras veces que intenté imitar lo que les había vis- to hacer, más que parecerme a Bugs Bunny me parecía al personaje de Elmer, que intenta atravesar las puertas que Bugs Bunny ha pintado y lo único que consigue es darse de narices contra la pared.
Total, que hace un par de años invité a David a Omaha, Nebraska, donde yo vivía entonces, para que impartiera un taller. Nos enseñó un vídeo de su tercera entrevista con Rhiannon, una muchacha de quince años de edad que estaba a punto de morir de anorexia. Acompañada de su prima y del novio de ésta, Rhiannon era un esqueleto perdido dentro de un jersey enorme que intentaba hacerse invisible, rodeando con sus brazos su frágil cuerpo mientras se hundía en su asiento. Son- riendo levemente en respuesta a las persistentes preguntas de David, insistía en que se encontraba bien, que se sentía llena de energía. Da- vid estaba tan metido en su interés por las respuestas de Rhiannon que
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apenas se podía contener. Se retorcía en su asiento, se inclinaba hacia la chica y le hacía sin cesar pregunta tras pregunta: «¿Me puedes decir cómo consigue la anorexia engañar a la gente llevándola a la muerte mientras piensa que se siente perfectamente? ¿Qué sentido puede te- ner eso de llevarte hasta la muerte sonriendo?».
Rhiannon no daba su brazo a torcer. Hundida en su asiento, seguía diciendo que se encontraba bien. Hacía poco le habían dado el alta del hospital después de haber perdido unos doce kilos en tres semanas y de que un médico controlara su estado tres veces al día. Estaba literal- mente al borde de la muerte. En casa, se había quedado echada en po- sición fetal y se había puesto a chillar hasta que sus padres, exhaustos, la llevaron a casa de su prima. Cuando vi la cinta, pensé que incluso yo, un optimista psicótico, me habría dado por vencido con Rhiannon y hubiera centrado mis intervenciones en su prima y en el novio de ésta. Pero David parecía ser un optimista aún más psicótico que yo. Seguía insistiendo: «Vale, vale, vale. Si es así como te sientes, ¿cómo consigue engañarte? La mayoría de las personas, cuando ven que la muerte se acerca, saben que van a morir, ¿no? Pues entonces, ¿cómo consigue hacerte esto la anorexia? Porque, si hace que te encuentres bien o te dice que te encuentras bien, me gustaría que te hicieras estas preguntas: ¿por qué te lo dice? ¿Por qué lo hace? ¿Por qué quiere ma- tarte? ¿Por qué no quiere que protestes? ¿Por qué no quiere tampoco que te resistas?».
Entonces, de una manera repentina e inexplicable, Rhiannon con- testó. La anorexia la engañaba diciéndole que estaba gorda cuando en realidad estaba delgada, dijo. «¿Te lo está diciendo ahora mismo?», preguntó David. «No —dijo Rhiannon— estoy demasiado delgada.» Y se incorporó en su silla.
David le preguntó cómo lo sabía y ella le contestó que las personas que la querían le decían que estaba demasiado delgada. «¿Crees que la anorexia te quiere?», le preguntó. «No —dijo ella— lo que hace es ma- tarme.»
Su voz se fue haciendo más fuerte. Su lenguaje corporal cambió. En respuesta al incesante torrente de preguntas de David, empezó a hacer planes para enfrentarse a la anorexia y no dejar que la volviera a en- gañar haciendo que pasara hambre. David iba agrandando la nueva puerta, preguntándole cómo había conseguido en el pasado demos-
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trarse a sí misma que se podía enfrentar a algo como la anorexia. Ha- cia el final de la sesión, ya nadie hablaba de su hospitalización. David, Rhiannon, la prima y su novio, todos parecían llenos de esperanza y se- guridad. En diez o quince minutos Rhiannon se había convertido en una aliada en el tratamiento, en lugar de limitarse a ser una espectado- ra reacia. La rapidez de este cambio no era nueva para mí, pero estos cambios tan drásticos sólo suelen darse cuando un cliente coopera ac- tivamente. Rhiannon, al igual que muchas personas anoréxicas, no pa- recía una cliente muy predispuesta al cambio, pero eso era antes de que cayera en manos de David.
Durante los últimos cinco años, terapeutas de todo el mundo se han sentido intrigados por el método narrativo y otros métodos similares que allanan la jerarquía tradicional entre cliente y terapeuta y tratan la identidad personal como un constructo social fluido. Es evidente que el interés en la narración no parte del cliente. Mis clientes no entran en la consulta pidiendo ayuda para «hacer frente a la anorexia», para te- ner una «conversación liberadora» o pidiendo que «deconstruya su identidad social». La popularidad del método narrativo y de otros mé- todos similares tiene que ver con el atractivo que tiene para los tera- peutas porque aumenta nuestro sentido de lo posible y hace que vol- vamos a sentir esperanza y entusiasmo.
Hace poco, la sede local que tiene en Omaha el Departamento de Servicios Sociales de Nebraska ha adoptado un método narrativo. «Ha tenido un impacto asombroso», comenta Bob Zimmerman, su director. En el centro había una asistente social que ya llevaba allí muchos años y que tenía claro que estaba muy quemada; sin embar- go, seguía aguantando porque necesitaba la seguridad del puesto de trabajo. Pero, cuando empezó a trabajar con el método narrativo, sin- tió tal entusiasmo que incluso le recomendó a su compañera de piso que solicitara una plaza en el centro. «Cuando le pregunté a su com- pañera durante la entrevista por qué quería trabajar en un lugar con una atmósfera tan burocrática como el Departamento de Servicios Sociales, me dijo que su compañera le había contado tantas cosas in- teresantes sobre lo que se hacía en el centro que quería formar parte de él. —señala Zimmerman-— No hace falta decir que no era esa la percepción que tenía del Departamento el aspirante típico que solici- taba una plaza en él.»
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El atractivo de la terapia narrativa supone mucho más que un nuevo conjunto de técnicas. A mi modo de ver, representa una dirección total- mente nueva en el mundo de la terapia, un movimiento al que se podría llamar la «tercera oleada de la psicoterapia». La primera oleada, que em- pezó con Freud y estableció las bases para el campo de la psicoterapia, estaba centrada en la patología y estaba dominada por las teorías psico- dinámicas y la psiquiatría biológica. La primera oleada fue un avance muy importante porque ya no consideraba que las personas con pro- blemas fueran moralmente deficientes y nos dio un vocabulario común —codificado en el Diagnostic and Statistical Manual— para describir los problemas del ser humano, aunque se centraba tanto en la patología que sesgaba nuestra noción de la naturaleza humana. Muchas personas aca- baban identificándose con etiquetas estigmatizadoras como «narcisis- ta», «personalidad fronteriza» o «hijo de padres alcohólicos».
Nunca fui muy entusiasta de la primera oleada. Parecía otorgar a nuestros dictámenes una autoridad excesiva y convertía en verdades absolutas y eternas unos diagnósticos que eran poco más que prejui- cios sociales o suposiciones imaginativas. El carácter absurdo y perju- dicial de nuestra ilusión de que podíamos determinar qué era malsano o saludable, qué era correcto o incorrecto, quedó claramente demos- trado durante los años setenta, cuando los psiquiatras decidieron con mucho retraso y por votación democrática que la homosexualidad ya no era una enfermedad.
La segunda oleada de la psicoterapia —las terapias centradas en los problemas— apareció durante los años cincuenta, aunque no sustituyó por completo a la primera. La segunda oleada intentaba compensar la excesiva fijación en la patología y en el pasado. Las terapias centradas