María Cristina • Monja contemplativa de clausura
Naciendo de nuevo
Este testimonio me resulta especialmente conmovedor. Conocí a María Cristina hace poco más de un año. La conocí gracias a su pasión por Dios y por querer ella un contacto más real que el que había tenido. Es una persona entrañable donde las haya. Me siento unido a ella por una profunda amistad que va mucho más allá del poco tiempo que hace que nos encontramos. Éste es su relato.
Un curso de milagros llegó a mi vida cuando todo en mi interior confluía hacia un
momento de fuerte búsqueda y la sensación de que la vida es mucho más de lo que aparenta ser... Apareció en un momento de crisis personal en el que, después de doce años de vivir una forma de vida contemplativa en clausura, una nueva conciencia iba emergiendo en mí. Desde esa conciencia percibía la vida y a un Jesús diferente del que se me había mostrado hasta entonces por tradición religiosa, familiar y cultural. Desde entonces, Un curso de
milagros aporta fundamentalmente dos cosas a mi vida: claridad sobre quién soy y qué es la
realidad, y encuentro con Jesús desde su autoconciencia (redescubrimiento de la persona de Jesús). Comento cada una. Desde las horas de soledad y silencio que jalonan una vida contemplativa, poco a poco me he ido haciendo más consciente de la dualidad que atraviesa nuestra existencia humana: amor-temor, luz-oscuridad, alegría-tristeza, apertura de corazón- aislamiento, fortaleza-fragilidad, generosidad-egoísmo, etc. Y, a menudo, tenía una sensación de estar en un callejón sin salida a pesar de trabajar a todos los niveles: mental, emocional, espiritual. Sin embargo, me sentía atrapada en una espiral que no libera a la persona y que tampoco me liberaba a mí. Ahora comprendo cómo ha forjado mi mente su propia identidad y cómo interpreta una y otra vez la realidad a través de los pensamientos, desde su errónea creencia de separación de Dios y creando un mundo y una percepción que no son reales. Aprenderlo a través de Un curso de milagros me está ayudando a comprenderme y comprender mejor el mundo que me rodea.
Una vida monástica ayuda a enfocarse en lo esencial. Como en un matrimonio, la vida de relación es también la piedra angular en nuestro cotidiano vivir, con sus luces y sombras. Un
curso de milagros me está ayudando a redescubrir y redimensionar esta vida de relación que
en algunos momentos he vivido desde la amenaza, la culpa, las discusiones, el egoísmo, la separación. El reconocimiento de que las hermanas con las que formo la fraternidad monástica no me están haciendo nada, que todo conflicto surge en mí, en las proyecciones de separación que realiza mi mente desde el olvido de su unión con Dios, desde el olvido de quién soy, me permite abrirme y mirar a las hermanas desde otro lugar de la conciencia. Éste es un lugar de reconocimiento mutuo de nuestra inocencia, de nuestra divinidad. Un lugar desde el perdón, una mayor paz y amor.
El segundo aspecto que agradezco a Un curso de milagros es mi redescubrimiento de la persona de Jesús. Se me ha hecho más evidente que Jesús, a medida que avanzaba su vida, tenía una autoconciencia muy definida y muy clara de quién era Él: el Hijo de Dios Amado. Y es esta autoconciencia la que Jesús quiere compartir con todas las personas, no unos dogmas, unas actitudes sociales, culturales o una moral... ¡No! Él nos ha hablado de que hay otro orden de cosas implícito en nuestra realidad cotidiana que no nace del esfuerzo personal, de las buenas obras o el mucho rezar... ¡Es otra cosa! El reino de los cielos está en otra onda y Jesús, con su vida, fue reflejo nítido del Padre, de cómo es, desde ahí, la vida y la realidad:
El Padre y yo somos Uno.
Lo que hagáis a uno de mis pequeños a mí me lo hacéis. Pedid y se os dará.
¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco, vete en paz. Perdonad no siete veces, sino setenta veces siete. ¡Padre! Perdónales porque no saben lo que hacen.
Jesús nos ofrece despertar y vivir desde la realidad de quiénes somos. Y, para ello, Él la refleja. No se trata de ser buenos y ayudar a los pobres, sino, como nos dice Pablo de Tarso: «Transformaos por la renovación de la mente». En contacto con el Misterio que nos vive, actualizar quiénes somos, creerlo y vivirlo.
Un curso de milagros está aportando a mi existencia una nueva comprensión y un nuevo
enfoque de mi vida en el Monasterio, de la comunión fraterna, de la vida litúrgica que celebramos cada día y de mi vida de oración y encuentro personal con Dios.
Me siento, como Nicodemo, naciendo de nuevo a una percepción diferente de qué es la vida. Esta percepción, aunque me descoloca de mis creencias del hombre viejo, es una percepción y una vida que me está tomando, que irreversiblemente me acontece y que deseo abrazar, acoger, amar, unificarme con ella, Ser en ella. Siento una paz profunda, una vida más reconciliada, más abierta al perdón y al amor bondadoso y sereno. Una vida más unificada con Todo lo que Es y fluye en torno a mí. Son sencillas y luminosas estelas que