Sam Olivella • Fisioterapeuta • Maestra de Un curso de milagros
Sara es fisioterapeuta y maestra de Un curso de milagros. Actualmente es la presidenta de la Associació Cultural per a la Lectura i la Pràctica del Llibre Un curso de milagros. Dicha asociación sin ánimo de lucro tiene como objetivo la extensión del mensaje de este curso a todos aquellos que deseen conocerlo y practicarlo. Este es su testimonio.
Cuando te enfrentas al mundo laboral actual, la competencia profesional parece ser lo que más te hace progresar. Salí de la Universidad pensando en cómo ampliar mis conocimientos y hacer especialidades para progresar, sentirme feliz y tener éxito. Quería recordar los protocolos de tratamiento que me habían enseñado tantos profesores reconocidos en fisioterapia. Debía conocer cuantas más técnicas mejor para poder aplicarlas a mis pacientes con la mayor garantía de que ésta u otra sería la mejor para su recuperación. Vi que debería estar estudiando toda mi vida, oyendo cuán maravillosa y efectiva era tal o cual técnica cuando las enseñaban previo pago en los postgrados. A pesar de eso, yo, feliz de dedicarme a lo que había elegido, iba a trabajar todos los días orgullosa de estar haciendo las cosas «bien»: veía a mi paciente, leía su historial, estudiaba su lesión e intentaba recuperar ese «tejido» a base de un protocolo «aprendido» o memorizado, y todo ello con la mayor amabilidad posible que podía ofrecerle.
Cuando conocí Un curso de milagros no sabía cómo unirlo con mi trabajo, pues te enseña que la enfermedad no existe en realidad y que todo es un reflejo de mis pensamientos. Y ¡yo trabajaba con gente que creía en la enfermedad! Un curso de milagros no es algo que pueda practicarse «aparte» de la vida cotidiana; de hecho, es inevitable no hacerlo. Yo me preguntaba: «¿Cómo puedo extender, compartir, hacer llegar, demostrar que esto funciona en mi trabajo?». Hubo un día en concreto en que me di cuenta de aquello que provocaría un cambio en mi manera de afrontar mi trabajo: sentí por fin que era yo la que seguía creyendo en la enfermedad, la que veía a ese paciente como eso, un paciente, un enfermo, alguien que carecía de salud completa. Pude ver que la patología sólo era el primer velo de una infinidad de capas de separación que yo había interpuesto entre todo lo que me rodeaba y yo misma. Utilizaba ese mundo para mantenerme en mi papel, cómoda, segura... con la intención de seguir viendo «enfermos» hasta mi jubilación. Darme cuenta de que esa persona a la que trataba era sólo mi idea de separación fue lo más impresionante que puede pasarle a alguien que trabaja con personas.
Posiblemente la transformación de esa idea fue lo que permitió la apertura de mi trabajo. Pude experimentar cómo quien está frente a mi desea exactamente lo mismo que yo; de hecho, somos dos unidades de una misma cosa y no podemos sino ser y compartir lo que somos, ¡no lo que creemos que somos! Y no podemos ser cuerpos enfermos, no es nuestra naturaleza, ¡no dependemos de eso! ¡Qué increíble es esta idea! Bien, y ahora... ¿con qué motivación iba yo a trabajar? ¿Cómo podía ofrecer otra manera de ver la enfermedad a mis pacientes, que cada día vienen diciéndome: «Esto me duele, esto no mejora, yo no podré
trabajar, etc.»? ¿Cómo puedo ver «esto» como algo que no es verdadero y ofrecerles a ellos, de una manera fácil y accesible, la solución completa a sus lesiones sin que me tachen de idealista, comecocos o paranormal? La idea tenía que ser fácil, progresiva de entrada, que no se viera como algo imposible de acceder, y yo debía demostrar en mí misma que era posible. La necesidad de ver un cambio real en los resultados de mi trabajo fue otro de los grandes regalos que Un curso de milagros me aporta cada día. En las próximas líneas expongo bastante claramente cómo aplico a mi profesión esta nueva conciencia.
Los casos y las patologías que nos encontramos a diario donde ejerzo profesionalmente son producto de caídas, accidentes y situaciones traumáticas. Llegan a mi después de pasar un proceso más corto o más largo de shock, duelo personal y presión emocional; todo condicionado al tipo de lesión que se produzca. La persona se ve condicionada por una situación totalmente nueva, en la que literalmente se ve limitado en todos los aspectos de su vida y no ve positividad alguna en lo que le ha sucedido. Trae ese miedo a un futuro incierto al momento presente. El resultado de esto es físico: más dolor, más enfermedad, más limitación.
En verdad, los terapeutas tratamos con actitudes. Las identidades humanas personales desaparecen y estas actitudes, reflejadas en una lesión física, cambian literalmente al aceptar simplemente esta idea: un solo pensamiento puede curar. El ofrecimiento es siempre a través de comunicar el amor que somos, pero el amor entendido como la vida, lo único existente y la alternativa verdadera a la enfermedad y la muerte (fuera del concepto romántico y limitado que teníamos hasta ahora). Sea a través de las manos, de la palabra o de los medios que dispongamos, se transmite directamente el poder que yace en cada uno de nosotros de decidir por esta alternativa para ver un resultado distinto. Es decir, a través de la aceptación de lo que me está ocurriendo ahora, acepto también que puedo cambiar mi manera de vivirlo, e inevitablemente, al cambiar esa actitud, el paciente ya no depende directamente de si le aplico electroterapia o cualquier otra técnica. El cambio en su pensamiento desencadena irremediablemente el cambio en su estructura física. Puede haber una lesión o patología, pero ya no se identifica con ella y mira más allá.
Hay casos, una mayoría, que mejoran «milagrosamente». Y es por el cambio producido en esa «actitud», de eso estoy segura. Hay otros que están completamente cerrados a este cambio y no paro a esforzarme en ellos. Simplemente, para ellos no es el momento. Aunque quieran o no, ven algo distinto frente a ellos. La atmósfera que respiramos en la sala ya transmite parte del mensaje, y eso lo nota cualquiera que entre en ella, sin duda. La inevitabilidad de que todos los colectivos que trabajamos con personas podamos extender la nueva conciencia que ofrece Un curso de milagros es no sólo un deseo personal, sino la expresión del reconocimiento de nuestro verdadero papel en este mundo.