Hace ya bastante tiempo, propuse y dicté por tres semestres consecutivos en una universidad de Caracas, el curso optativo Arquitectura como fenómeno concreto. Recientemente, a propósito de aquel curso, un exalumno me recordó uno de los textos que en aquel contexto utilicé; uno que describía —en sus palabras— «de manera muy hermosa, la multi-funcionalidad de ciertos elementos de la ciudad». La intención con ese escrito, según recuerdo, era la de dar voz a nuestra propia subjetividad al imaginar qué podrían decir, sobre sí mismos, ciertos elementos de aquellos con los que uno se podría encontrar a diaro en la ciudad; evaluando con ello su literalidad, o la claridad o complicación de su sintaxis. La boca de ventilación del Metro (fig.1), por ejemplo, decía: —«como de la cabeza de una jeringa cuando el pistón de goma recorre el barril, el ruido y el viento que expulso refieren el aire desalojado del túnel por el tren cuando lo recorre; y cuando no, soy como un pequeño edificio de hormigón, sin puertas ni ventanas, que aflora misteriosamente del subsuelo; ¿una escultura abstracta?; tal vez un transformador eléctrico»—. La fuente ornamental (fig.2) diría —«soy el lugar del agua; con un origen ancestral en el ducto circular de mampostería que, al asomar, abastecía a personas y animales. Humedezco y alegro el ambiente organizando el espacio público como ningún otro elemento podría; soy asiento perimetral de encuentro, bebedero para los pájaros que ven el agua brillar desde arriba, pequeño balneario para el niño descalzo, y un dispensador de agua para el perro exhausto. Oculto, sin duda, un ingenio tecnológico que filtra el agua, la hace circular, compensa su rebalse si llueve, y la colorea con luces nocturnas». El propósito del texto, desde luego, era el de que eventualmente tomase la palabra algún edificio singular, para constatarse lo dificil que le resultaría a veces dar a entender a las personas lo que es, y por qué, muchas veces debe ser «explicado» en vez de pasar simplemente a ser «habitado». La oferta del curso iba acompañada de un afiche, que contenía una imagen y el siguiente texto:
1. Boca de ventilación del Metro, Altamira, Caracas. Foto: M. Grez.
2. Fuente ornamental, Plaza Diego Ibarra, Caracas.
El edificio solía ser la extensión de mi cuerpo en el espacio, la potenciación del instrumental de mis sentidos, la posibilidad de recibir las cosas en el marco de una existencia armónica. Pero todo ello dejó de funcionar cuando ya no pude leer, en su fragmento, la familiaridad de aquello cuyo significado pudo ser siempre el de mi propio cuerpo experimentando el mundo.
M. Grez, Caracas, 2000 En una suerte de lamento, el breve escrito mencionaba así este problema de comprensión que suscitaba la singularidad del edificio disciplinar, —«el edificio, solía ser (…) la posibilidad de recibir las cosas en el marco de una existencia armónica [pero] ya no pude leer, en su fragmento, la familiaridad…»—. «Problema», no está demás decirlo, que era viva cualidad del edificio que como profesores, semestre tras semestre, justamente invitábamos a los alumnos a producir en los Talleres de la facultad; aquel cuya singularidad vi muchas veces «por primera vez» al integrar las comisiones de rigor en la etapa final de la evaluación. Eran generalmente, ensamblajes hechos al unir lo genuinamente producido por el alumno, a pedazos formales, espaciales o técnicos extraidos de alguna obra ejemplar del ámbito de la Arquitectura; esos «referentes» que se hizo casi obligatorio sugerir a cada alumno utilizar para formalizar su proyecto, o quizá para contar convenientemente en cada caso, con un punto de partida ya resuelto arquitectónicamente. Aunque se invitaba al alumno a que, con mirada teórica y paciencia de cirujano, abriese la médula de esas formasreferentes para insertar unidades vivas del mundo actual, y de su propia creatividad; aunque el compromiso era el de no tomar literalmente la inspiración, el genio y hasta la obsesión presente en esas obras, sino extraer sus procesos lógicos —o al menos sus tipologías generativas, como tantas veces hicimos al volver a leer el arquetipo «villa» (fig.3) en Dominó (fig.00 Cap.0); el tipo del monasterio Dominicano (fig.4) en las dislocaciones de La Tourette (fig.00 Cap.0), o el cilíndro del Panteón romano (fig.5) en el museo Guggenheim (figs.00-00 Cap.0)—, lo que terminabamos evaluando en esos edificios era, menos el contenido propuesto por el alumno, que la tranquilidad de reconocer ese origen arquitectónico, esas virtuosas propiedades que también presuponían, como en los edificios reales que producía la disciplina, un observador o usuario que, para percibirlas, debía suspender por un momento, tanto la condición de singularidad del artefacto, como el pragmatismo del mundo que lo recibía, para easumirlo, como un teórico o un crítico, recontextualizado en una narrativa humana puramente idealizada. Pero al mismo tiempo, ese breve escrito introductorio al curso, seguido del nombre del mismo, enunciaban la apertura de una propuesta disciplinar que atendía ese problema, y que contenía tanto su planteamiento como la posible conjetura para su solución: —«[el] significado [del edificio] pudo ser siempre el de mi propio cuerpo experimentando el mundo»—; es decir, se contemplaba la
3. Villa capra (Rotonda), Andrea Palladio. 1566. Vincenza, Italia.
4. Monasterio Dominicano de Dubrovnik, S. XIV-XV, Croacia.
posibilidad, como objetivo académico, de resignificar el edificio, pese a singular, para el cuerpo y su sentido perceptual; de concebir y proyectar edificios que, en una comunicación natural con el observador o usuario, le «dijesen» claramente qué son. Y la conjetura que como metodo de proyectación propuesto guiaba este posible trabajo con la forma, era la que viajaba inscrita en el propio nombre del curso; porque, el que la arquitectura pudiese pensarse como un «fenómeno concreto», la insertaba en el fertil tereno en el cual, con ese nombre, la filosofía existencialista reiteraba constantemente la posibilidad de una experiencia directa con lo real, lo presente y lo perceptible en sí mismo. Lo que el curso proponía era, de este modo, buscar simplemente una «semiótica» que permitiese escribir de manera comprensible la singularidad del edificio.