(Si alguien debió recurrir a la traducción, no se ponga mal. No es un lenguaje sofisticado pero tampoco es infalible. Muchas veces da lugar a equívocos. Por eso yo, aquella noche, lo leí alrededor de
cincuenta y tres veces. Es que no podía entenderlo mal. Podría haber sido un enorme papelón. Imaginen que yo entendía “Bueno, dale, vamos a vernos”, cuando en realidad ella me había querido decir, por
ejemplo: “Boludo, no. Dale. Vayamos el viernes”. Y eso terminaba en desencuentro. O peor: “Verano. Dejame. Vamos a vajonearnos”. La ortografía es un arma de doble filo).
Pero dijo “vamos a vernos”. Sí. Impresionante. El empatador resultó ganador.
Me despedí de los muchachos. Y por suerte no me tocó llevarme la bolsa con todas las camisetas para lavar. Ya a bordo de un taxi, fui a casa escuchando música, mucho más relajado, con el partido
totalmente detrás y la cita por delante, musicalizando en mi mente todos los momentos que seguirían. Llegué a casa, me metí casi directo en la ducha, con un fin más higiénico que reparador. Como distraído, recordaba algunas de las incidencias más destacadas del cotejo. Salí, elegí con cuidado el perfume (según la estación del año, lo voy
cambiando) y, mientras terminaba de secarme, busqué la ropa
adecuada. Debía ser cómoda pero lo más elegante posible. Esa noche me encontré con ella.
Esa noche de empate fuimos a beber algo. Después caminamos mientras charlábamos, hasta que llegamos a su casa. Me invitó a subir y tomar un té. Adoré la propuesta. Un té. Lógicamente, también podría haber aceptado un whisky, un gin-tonic, un vascolet, un vaso de Pritty limón, soda. Pero fue un té y resultó más que tentador. Apenas
entramos, nos besamos en su living y, cuando pasamos a segunda base, ya en el cuarto, nuestras ropas empezaron a volar. Y con cierta velocidad. El clima era el ideal (aunque no hubo té). Besos, caricias, miradas, algunas risitas nerviosas y otras, provocadoras. Estando yo a medio vestir, de repente y sin aviso, desde el infierno mismo, un
calambre gigantesco me dejó fuera del partido. No pude continuar con la maniobra romántica. Sin dar explicaciones — imaginen lo que pudo haber pensado esta pobre mujer—, me puse a saltar en una pata al lado de la cama, tratando de apoyar la planta del pie y de lograr que
mermara el dolor, el dolor insoportable que me estaba liquidando. Hasta grité un poco. Y puteé. Como en la cancha. No quiero dar mayores detalles. Por lo pronto, terminé en el piso, frotándome los gemelos, con los pantalones bajos y enrollados en el pie, el boxer a medio camino, la camisa desabrochada y enroscada... Como es obvio, fue imposible luego de esa maniobra recuperar el clima. Juro que fue la primera vez que me pasó. El calco de lo que había ocurrido en la cancha se hacía eco en la realidad. Esa noche todo fue un gran empate.
A veces esa sucesión mágica de eventos que es la vida, nos regala la posibilidad de asumir como fórmulas matemáticas que si X ocurre, quizá Y pueda ocurrir también. Pero aprendí que no es una ley, que es algo más bien azaroso. Y que si bien no está mal guiarse por el ánimo deportivo en cuestiones del corazón, también es bueno y prudente separar las cosas, dar a cada disciplina su ámbito y entorno, pues muchas veces lo que en un campo de juego parece una regla
inamovible, en el mundo real puede fallar y sorprendernos. Yo no debí nunca librar mi suerte en aquella cita al dios del balompié. A lo sumo, podía usar ese ánimo ganador para lograr más seguridad en la cita. En fin, no volví a hacer algo así. Preferí disociar y entregarme al azar. Mi hermano me dice siempre: “Hacete amigo de la fortuna. Hay que tentar más a la suerte”. Y así voy, intentándolo cada vez que puedo y me atrevo.
De todos modos, después de aquella experiencia seguí, y sigo, recurriendo a conjuros como el narrado. Me parecen divertidos. Esperar la aparición del elemento mágico, ese que, como de la nada, hace que el encuentro con alguien sea eso, mágico, me sigue
pareciendo interesante. O al menos eso quiero para mí. Entonces, no sé si puedo pararme a indicar cosas como “Guarda con los
pensamientos irracionales, eh”. Aportan su color. Eso sí, tal vez sea aconsejable no combinar en un mismo día un partido de fútbol y una noche apasionada. De no quedar otra, no estaría mal antes o durante el make out se incluya un poco de elongación. Por ejemplo, mientras se toman un buen té. Sin azúcar, por favor.
Me preguntarán qué otras actividades no son recomendables realizar el mismo día de la cita. Veamos.
El mismo día de una cita, evite… 1. Participar en una orgía.
La explicación es más que obvia: una buena orgía demanda mucho tiempo, por lo cual es probable que usted llegue tarde a su posterior cita, lo cual nunca es bien visto y es de un extremo egoísmo. (Un buen ser orgiástico puede ser de todo, menos egoísta.)
2. Renovar el registro.
Además de llevarse un nuevo carnet, usted se lleva también un lindo bodoque de mal humor. No lo
contagie.
3. Enrolarse en el ejército.
Usted conoce a una dama que lo embelesa. Le propone que se vuelvan a ver y ella acepta. Acepta porque algo de usted le agradó. Sus modos, su charla, sus proyectos. Algo. Imagine ahora que el día de la cita usted, de buenas a primeras, le suelta sin anestesia: “¿Sabés que hoy me enrolé en el ejército? Está buenísimo. No tengo que terminar el secundario. Empiezo el lunes. Me toca Comodoro Rivadavia”. Piénselo: ¿a dónde quiere llegar después de tamaña confesión? Para meditarlo.
4. Ir a terapia.
Hay quienes opinan lo contrario, pues muchos han encontrado en el psicoanálisis el aliento necesario, el impulso final para abordar una cita con buen temple y con el amor propio a tope. Pero ¿por qué arriesgarse a terminar con un pico de angustia en un restaurante, con los ravioles con estofado abandonados, golpeando la mesa y sollozando cosas como “¡¿Por qué mi mamá no me quiere?!”.
5. Asistir a un asado con amigos.
Los motivos, en este caso, son variados. Vistos en forma individual, tal vez no parezcan negativos a una cita, pero veámoslos como una suma: comida en exceso + cantidades excesivas de alcohol, en diferentes formas + olor a humo + manchas de carbón + horas y horas de contacto sumidas en lagos de testosterona + charlas derivadas de los raudales de testosterona + ánimo para dormir una siesta + insolación + transpiración + cansancio por traslados.¿Ya hizo la cuenta?
Héroes (1987, Tony Maylam)
“El fútbol es el depor te profesional más popular del