Bajalibros.com
ISBN: 978-950-15-2518-2
Edición general: Silvia Itkin Producción: Soledad di LucaDiseño de portada e interior: Donagh I Matulich
Mi método
Sebastián De Caro 1ra edición
© Sebastián De Caro, 2011
© Ediciones B Argentina S.A., 2011 para el sello Javier Vergara Editor
Av. Paseo Colón 221, piso 6 - Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina
Dedicatoria
Quiero dedicar este libro por anticipado a
mi
hijo o hija:
“Hijo o hija, ojalá algún día (bajo el árbol
que
aún no he plantado) leas esto (que sí he
escrito)”.
Quiero agradecer a:
Liliana Carpenzano (mi mamá), que me hizo
lector de aventuras y fomentó mi amor por
todos los libros, librerías y etc., y a Mónica
Intraub que estaba ahí al lado, ayudando con
la misma misión.
Pablo De Caro (mi hermano), que vivió
conmigo muchísimas de esas aventuras y que es
el amigo que me inspira.
Miguel De Caro (mi papá), que se suscribió
en los 80 a la colección BRUGUERA y que
permitió que me robara muchos de esos
ejemplares (también me presentó a El pirata
hidalgo, cuando la dieron por tv).
Los Carpenzano, los Garland y los De Caro.
Mis amigos que pueblan —dentro o fuera de
campo— varias de las historias aquí narradas:
Sebastián Rotstein “R” (mi otro hermano),
Costas, El Cinéfilo, Rubin, Barbi, Font, Facu,
Gaita, Hernán Saez, Moya, Adrián G.B.,
Roque, Wino, Axel K., El Nene y “el bro”
Clemente.
Mis socios Diego Fernández y Javier Faciutto
que creen en mí y así me hacen creer (en mí) un
poco más.
Silvia Itkin, por confiar en mí, retarme y
sacarme bueno para llevar esto adelante.
Martín Vittón, que descifró lo indescifrable,
ayudándome a que mi cerebro incoherente se
lea algo más coherente.
Nicolás Lescano, la primera persona que me
impulsó a que alguna vez escribiera algo y por
muchas cosas le estaré eternamente
agradecido.
Paz Pérez Rojas, mi amor, la princesa que es
la fuente de inspiración más grande (la única
novia fanática de la sangre, las tripas, la saga de
Saw, el gta de Play 3 y Racing, todo junto).
Por último, a todos lo que me acompañaron
en estas peripecias y que se alegraron de corazón
por la existencia de este libro.
Axel:
Para mí es un hermoso honor que el hijo de
mi primer pediatra, del médico que me ayudó en
mis primeros pasos, sea el Señor Axel K., quien
escribe la contratapa de este libro. Ya que hay
algo de círculo completo en esa coincidencia.
Axel fue, a través de todos estos años, un
maestro para mí. Me enseñó a la distancia a
pensar el cine, ver el cine y sobre todo amar el
cine. No sé si en todas las charlas que hemos
tenido le terminé de decir la real influencia que
tuvo en mí. Es el nerd cinéfilo definitivo, el
modelo. Te quiero Kucheva.
Seba
CAPÍTULO 1
La historia del cine en cinco minutos
“La primera
condición para hacer
magia es, por lo
menos, saber un truco”
Luciana siempre acertaba con el cotillón en las fiestas. Tenía la virtud de pararse debajo de la piñata y que le cayera cerca todo lo mejor. Lograba ser la que, en medio de un casamiento, conseguía el mejor sombrero, la mejor maraca, el mejor disfraz. Tenía buena
estrella cotillonera y era fanática de los caramelos de uva, ya sea en su versión masticable o en la ácida. En realidad — hay que decirlo—, era casi una fanática de los Fizz. Muy linda. Tenía un lunar en su cachete izquierdo, chiquito pero muy tierno. Durante toda la escuela primaria había sido para mí un tótem aristotélico, un Rosebud, un tesoro.
Cuando se cumplieron varios años de nuestro egreso de aquella escuela primaria de Villa Crespo, se creó un comité para organizar algo así como la Fiesta del Reencuentro. Facebook mediante, todos nos pusimos en contacto con todos y fuimos viendo dónde y cómo
reunirnos para empezar a soñar de qué manera debía ser esa fiesta. Se barajaron todo tipo de posibilidades para el evento, desde un karaoke temático con canciones de aquellos años hasta un tour nocturno por el colegio, pasando por una entrega de premios con categorías absurdas.
Finalmente di con mi primer amor —solicitud de amistad mediante—. Primero fuimos amigos de Facebook, luego incluso fuimos parte del comité organizador y, por último, seres en una reunión con otros ex compañeros del primario fingiendo interés en cómo hacer la fiesta más que participando como locos.
Esta situación era totalmente apasionante: dialogar y compartir momentos con una mujer que había sido una fantasía de la infancia, poder pensar todo el tiempo “Es ella, es ella, pero ahora es una
mujer...”.
Los encuentros eran realmente interesantes. Por un lado, los hombres estaban obsesionados por ver quién estaba gordo y quién flaco (un tema apasionante). Y por el otro lado, las mujeres se ponían al día con lo “ganador” o “perdedor” de la vida de cada ex compañerito.
Y se pedía buena comida. Sí que comíamos rico... La verdad, se lo pasaba bien. Pero yo, en mi interior, solo quería una cita con el amor de toda mi infancia.
Una noche, por esa magia que tienen los radiotaxis de demorar lo que se les ocurre, fui el último del grupo de los que se iban. Ella y yo nos habíamos quedado solos en su casa levantando todos los platos y demás restos de la tertulia. Era mi momento. Entonces, arriesgué un “¿Vamos al teatro?”. Del otro lado hubo un correcto y levemente entusiasmado “Dale”.
Diez días después, me encontraba viendo una función de Los padres terribles, de Cocteau, en el teatro El Cubo. A la salida, como es costumbre, se dio paso a un café y a la charla sobre el espectáculo visto, más una larga lista de etcéteras. Mientras charlábamos, se me ocurrió comparar un gesto de uno de los actores con un momento de una película. No me acuerdo sinceramente ni qué actor ni qué gesto ni qué peli. Pero, presten atención, lo que pasó fue revelador.
—Cuánto sabés de cine —dijo ella.
—Mmm... Saber de cine no es nada muy complicado, un poco de memoria nada más...
—Bueno, pero me parece que vos sabés muchísimo.
—Mmm... Mirá, es muy simple: si a mí me dejaran quince días encerrado con cualquier persona —por favor, que ella se imagine que somos nosotros dos—, sería capaz de enseñarle todo lo que sé de cine y esa persona podría filmar lo que quisiera.
—Mirá vos...
—Es más, puedo contarte la historia del cine en solo cinco minutos por reloj.
> Y acá nos detendremos. Este gag, o truco, o tarjeta de
presentación con forma de speech ya lo había hecho antes. Lo había practicado una y mil veces. Campamentos, reuniones que se tornaban aburridas, incluso frente al espejo, en la soledad de mi cuarto... Ese era mi truco número uno, mi puntapié inicial, mi primer greatest hit.
A continuación, entonces, el speech, ese que me sé de memoria, ese que hice mil veces y que después de sacarme el reloj, ponerlo a un lado y hacer arrancar el cronómetro, atestiguó Luciana:
El hombre siempre estuvo obsesionado por retratar la imagen en movimiento. Desde la Antigüedad, fue una meta poder graficarlo de algún modo. Y así lo
muestra la cueva de Altamira, en España, considerada la Capilla Sixtina de las pinturas rupestres, donde se muestran animales de cuatro, de ocho y de dieciséis patas. Claro, los animales de varias patas son los que corren. Vayamos ahora a Egipto, donde hay una especie de medianera que tiene una serie de grabados y que, vistos en cierta perspectiva, generan una especie de animación. Pensemos también en el ojo humano y en Da Vinci, que descubre la cámara oscura. Pensemos en el foco, en la memoria de la retina, en la forma... De la cámara de fotos a una apuesta de si un caballo en una carrera tenía sus cuatro patas en el aire o no, para lo cual un millonario de apellido Stanford (fundador de la universidad homónima) llevó adelante el proyecto poniendo cámaras que serían activadas por el caballo al pasar corriendo. De esa manera podrían ver las fotos en secuencia y saber si elevaba las cuatro patas o no. Más allá del resultado de la apuesta, lo que quedó fue una serie de fotografías que, pasadas a cierta velocidad, generaban una secuencia.
¡Eureka!, gritaron los hermanos Lumière,
¿qué es una cámara de cine si no una cámara de fotos ultrarrápida? A partir de entonces, experimentos variados, pero claro, todo se basaba más en la novedad del invento que en la narrativa. Hasta que los rusos establecieron con un experimento —que constaba en montar el plano de la cara de un hombre con el plano de un plato de comida, una mujer desnuda y un bebé llorando— que, según qué montaje viera la audiencia, las interpretaciones podían ser diferentes: los que veían al bebé, decían “Está triste”; los que veían a la mujer, “Está excitado”; y los que veían el plato, “Tiene hambre”. Al otro lado del Atlántico, D. W. Griffith hacía
El nacimiento de una nación, la primera peli que tiene
todos los tamaños de planos de la historia y muchas innovaciones en montaje y lenguaje, esa fragmentación tan común para nosotros hoy. De ahí a adaptar todos los géneros de la literatura y crear uno nuevo —el más
cinematográfico—, el western. Después el sonido y luego el color y los formatos para competir con la TV, Panavision, Vistavision, 70 mm y muchas cosas más. En los años 50 el cine llega a su punto clásico, su momento cumbre. Se define qué es una peli y ahí la revolución, un grupo de franceses —con Truffaut y Godard a la cabeza— desafían todo lo postulado y entonces, inspirados por Shadows, de John Cassavetes, se lanzan a la calle y sin luces y con cámara en mano saltan el eje y crean la nouvelle vague. En los 70, en Estados Unidos se empezaron a hacer las mejores pelis de la historia, de Toro salvaje a Busco mi destino. En los 80 pasa lo mejor: Scorsese, De Palma, Coppola, Lucas, Spielberg, Cimino, Terence Malick y tantos otros que habían estudiado cine y crecido con Ford, Houston, Wilder y compañía, ahora influidos por la nueva ola francesa. Son los que iban a mixturar lo mejor de ambos mundos y darnos El padrino, Taxi driver,
Tiburón y muchas cosas más. Una peli nacida en fines
de los 70, Star Wars, iba a dejar su sello y de ahí la idea del merchandise, de la secuela, del blockbuster del verano, y así los
80 nos dan muchas pelis con números detrás, muñequitos y a Drew Struzan. Llegamos a los
90 y Tarantino, Linklater y compañía demuestran que el cine independiente está vivo, una reacción a la idea megalómana de la economía millonaria, y salen otra vez a las calles. Y así llegamos hasta el día de hoy, donde el calendario nos indica que si esto fuera la historia de la pintura, estaríamos entrando al Renacimiento y deberíamos ver las mejores pelis de la historia ahora.
A veces suelo estirar el final para que dé cinco minutos exactos. Con Luciana me salió casi perfecto. Me miró, se sonrió y me dijo:
—Me aburren las pelis.
Yo creo que es un embole ser monotemático, pero también creo que todos deberíamos tener nuestra historia de algo en cinco minutos. Creo que ahorra tiempo, acorta caminos y, sobre todo, salva cinco minutos de cualquier cita importante.
Por eso, me parece prudente pensar bien en nuestro speech de cinco minutos. Hay que probarlo en fiestas, en reuniones familiares, con amigos, pulirlo, ver dónde cae, ver cuáles son los puntos altos y cuáles los bajos, estudiarlo y perfeccionarlo hasta hacerlo un arma irresistible y lograr lo que yo no.
> ¿Y qué temática puede abordar ese speech? Las posibilidades
son amplísimas. Algo es seguro: el punto de partida debería ser algo que no nos resulte ajeno. Por ejemplo, si uno es un lego absoluto en mecánica y automovilismo, dudo que resulte interesante armar algo que gire en torno a la cadena de ensamble de piezas en el fordismo para llegar a las virtudes de la palanca de cambios de un camión Scania. Porque lo que necesitamos es transmitir nuestra pasión por algo. No se trata de decir “Je, mirá todo lo que sé”. Para nada. Sí hay que tener en cuenta que el speech debe gozar de cierta originalidad, que puede estar dada tanto por el tópico elegido como por la manera de contarlo. A continuación, algunos posibles temas que sirven de ejemplo y, por qué no, quizá como puntapié para algún futuro speech:
>Te gustan las golosinas. Sos de pararte en el
kiosco, mirar el exhibidor y hacer comentarios
críticos sobre cada producto, conocés las equivalencias en cada marca, lo sabés todo sobre obleas bañadas y no bañadas. Incluso has probado hasta el más reciente alfajor, ese del que hablan sólo los entendidos. Y como yapa, los comparás con golosinas de la década del 80. Si ese es tu caso, y te sentás a investigar un poco, son muchas las posibilidades de speech que se te abren:
• Génesis y evolución de los muñequitos del chocolatín Jack. Comentario especial sobre los muñequitos dedicados a Titanes en el Ring. Nota nostálgica: las sorpresas del Topolino, decadencia y resurrección.
pasando por el Milka y los híbridos derivados de otras golosinas: alfajor Bon-o-bon, alfajor Shot, etc. “Yo probé un alfajor Ringo.” Mitos y realidades del Capitán del Espacio. Zonas de injerencia.
Sos un melómano de esos en vías de extinción. No te limitás a un estilo en particular. Te gusta la música. “La música buena”, corregís. Entre tus preferencias hay muchas cosas que podrían clasificarse como “pop”. Por eso, no te incomoda reconocerte popero y hasta defendés a ciertas luminarias del género. Esquivando lo fácil que puede ser un speech que cuente la discografía de un grupo o solista, hay muchas opciones a desarrollar:
• Los Traveling Wilburys como punto de partida: es posible abarcar gran parte de las historia del rock desde esta súper banda. Con decir que estuvo integrada por Roy Orbison, George Harrison, Bob Dylan, Tom Petty y Jeff Lyne, alcanza para partir desde “Crying” hasta llegar a Modern Times, pasando —y deteniéndonos— por All Thing Must Pass, Damn the Torpedoes y bailando “Last Train to London”.
• Mapa conceptual de músicos: elegís un punto de partida y vas armando redes entre ellos. Ejemplo cíclico: tal vez el mejor disco de Paul McCartney solista sea Chaos and Creation at the Backyard, que fue producido por Nigel Godrich, quien también produjo
OK Computer, de Radiohead, disco que contiene
“Karma Police”, canción que guarda muchas similitudes con “Sexy Sadie”, de los Beatles, banda en la que, como todos sabemos, participó el viejo Paul. Y así ad infinitum.
Al momento de armar el speech, recuerden ser breves. Que no sea un plomazo. Y sean pacientes: pruébenlo mucho, en ámbitos diversos, con gente de distintos palos. Estén atentos a las caras para hacer luego algunos ajustes. ¿Cuándo va a estar cocinado? La ocasión de
estrenarlo como herramienta de conquista lo pedirá naturalmente. Lulu, te quiero igual. No lo volveré a hacer.
Bienvenidos.
Hora de empezar.
El mago de Oz (Victor Fleming, 1939)
“Toto, no estamos en Kansas”.
A continuación, a modo de arranque en perfeccionamiento de técnica para desarrollar en 5 minutos una narración atrapante , una sugerencia de lo que va y lo que no.
Historias que SI van en 5 minutos
1. Newton y la manzana.
2. De cómo cebándole un mate a Rosas se inventó el dulce de leche.
3. Cómo Maradona jugó infiltrado contra Brasil en el 90.
4. El Y2K.
5. Qué hizo Scorsese para evitar que censuren Taxi Driver.
Historias que NO van en 5 minutos
1. Toda la verdad sobre el asesinato de JFK.
2. La historia de cómo el hombre descubrió el fuego.
3. Waterloo.
4. La conspiración para fraguar la llegada del hombre a la luna.
CAPÍTULO 2
El cine gay. Roque, Bárbara, Kiefer, Meg y
Titanic
“En la situación más
d e s e s p e r a n t e
debemos dejar que la
idea más ingeniosa
aflore, superar el
ridículo y poner a
andar El Plan”
El Plan
Cuando el plan conocido como “el cine gay” llegó a nuestras mentes, creímos haber dado en el clavo con una idea que parecía
simple pero enriquecedora y no tan difícil de llevar a la práctica. Roque y yo llevábamos mucho tiempo en soledad, esperando que la historia de amor correcta apareciera para alegrarnos. Habíamos intentado muchas ideas diversas con El Nene, que sábado tras sábado nos
presentaba mujeres de lo más variadas pero sin dar en la tecla. Habían desfilado como planes fallidos simulaciones de lecciones, llamados al azar por teléfono, citas a ciegas, ICQ (una antigüedad), el Casino Gancia (un juego cuyas reglas se cambiaban para besar de manera muy arbitraria), en fin, una cantidad de proyectos inconducentes.
La propuesta era bastante lineal: ir a ver películas cuya temática estuviera dirigida a la mujer (Hechizo de amor, Todos dicen te quiero, de ese estilo) y, a la salida de la función, esperar que las féminas,
subyugadas por esos sensibles relatos del corazón y queriendo vivir esas historias en carne propia, cayeran en nuestros brazos. Claro, la nomenclatura “gay” era totalmente aleatoria: las películas no eran de temática gay. De ser así, habríamos visto la maravillosa Mala noche, de Gus Van Sant, por ejemplo, y no la pésima Un ángel enamorado.
Los meses pasaban y con Roque vimos las últimas cintas de Nicole Kidman, de Sandra Bullock y algunos galanes de turno. Nuestra suerte no cambiaba, pero sabíamos que tarde o temprano tenía que suceder.
tenían un altísimo porcentaje de presencia femenina y el factor masculino estaba reducido a su mínima expresión. Perfecto. Pero la parte dos fallaba: concluida la función, en el hall no lográbamos
establecer contacto, pese al estado sensible de aquellas espectadoras. Cuando estábamos a punto de renunciar a la idea y pensar otra cosa, todo cambió. Fue en febrero del 97, cuando la más grande película para chicas de toda la década se estrenó: James Cameron estaba a punto de autoproclamarse el rey del mundo. Titanic había llegado a la Argentina. Roque sabía que no podíamos faltar a ese
evento. La peli venía precedida de una ola de rumores: el presupuesto de producción más alto de la historia del cine, DiCaprio como galán del momento, efectos fotorrealistas y el mito naval más grande de todos los tiempos llevado a la pantalla grande.
Aquel viernes, Roque salió del banco donde trabajaba y, cerca de las 0.30, nos encontramos en la cola del Cine Belgrano. La expectativa de la gente era enorme. Hacía unos días se había estrenado y ya el boca a boca hacía crecer la idea de que un nuevo clásico había llegado para quedarse. En la entrada, con Roque charlábamos sobre la métrica en la música: él trataba de explicarme por qué se decía que el tango era 2 x 4, el vals 3 x 4 y así sucesivamente. Todo esto, en un volumen
elevado. De pronto, una señorita que se encontraba delante de nosotros se dio vuelta, miró a Roque a los ojos y le dijo: “¿Podés explicarme a mí lo que le estás contando a tu amigo?”. Silencio. Con Roque nos miramos. Había sucedido el milagro. Ella, un ser divino de la creación, nos había contactado. Aquella intrascendente diatriba acerca de métrica y ritmos había suscitado interés en... ¡una mujer! El milagro era doble, o en realidad triple. Lo primero y milagroso: que un tópico tan anti-romántico y aburrido (con perdón de mi padre y de mi hermano, ambos músicos) como la métrica en el tango, el vals y el blues, atrajera a una chica. Lo segundo: Bárbara, bastante atractiva, cara de nena, muy linda sonrisa. Lo tercero era que hubiera hecho la vista gorda con nuestros atuendos, realmente desastrosos.
Roque empezó a tratar de contarle cómo era el asunto y yo me ocupé de que el resto de la gente que estaba con Bárbara no se
aburriera, para que mi amigo “trabajara” tranquilo. La acompañaban tres personas: un primo de Santiago del Estero y dos mellizas. En el intento desesperado por generar conversación con estos desconocidos, saqué lo peor de mi repertorio:
—Yo trabajé en tele, ¿sabían?
Todo lo que tuviera a mano por mi amigo, sin importar cómo quedar, como anécdotas del medio, teorías absurdas, chistes malos e
improvisados: saqué todo lo que tuviera a mano para divertir a ese crew espontáneo que había heredado producto de la casualidad. En fin. Ingresamos a la sala y nos sentamos de la siguiente manera: Roque, Bárbara, yo, Melliza 1, Melliza 2, primo santiagueño. Mientras yo
seguía “cortineando” a esta gente, escuchaba de rebote el diálogo de la flamante pareja. Así fue que frases como “¿Nunca te dijeron que sos parecida a Meg Ryan?” (él) o “¿Y vos a Kiefer Sutherland?” (ella) llegaban a mis oídos, que no daban crédito de lo bien que estaba jugando Roque ese partido del amor.
La peli terminó. Y, la verdad, si bien no era una maravilla, la pasamos bien, las escenas del hundimiento eran espectaculares y la recreación del barco, de una exactitud escalofriante (soy fanático de las historias de hundimientos). Salimos del cine, la pareja reía y yo caminaba atrás con el resto del grupo. Llegamos a la esquina de
Cabildo y Juramento. Se despidieron. Roque había aprovechado esos metros de caminata para saber sobre los padres de Bárbara, sus
hermanos, el supuesto radio donde vivía (también por Belgrano), sus estudios, en fin, un variopinto abanico que incluía todo tipo de
información acerca de ella. Parecía un mal periodista: el cuestionario no iba al punto y, por el contrario, era más bien un interrogatorio policial o la clase de preguntas que uno contesta cuando llena una ficha por un trabajo o un contrato de alquiler. Roque quería
información de Bárbara y la estaba obteniendo toda. O casi...
Porque después de verlos despedirse, cuando me acerqué para estrechar su mano y felicitarlo por lo bien que había manejado la escena y los tiempos de seducción, una pregunta mía hizo explotar todo por los aires:
—Le pediste el teléfono, ¿no?
Tengamos en cuenta que era la época pre Facebook, pre Twitter, pre mail.
—No, Seba, no se lo pedí.
—¡Corramos, Roque, corramos al taxi!
Iniciamos —en vano— una carrera por Juramento tratando de alcanzar aquel bólido negro y amarillo. Nuestro estado físico no era óptimo, debo reconocerlo, pero pusimos todo de nosotros corriendo por el medio de la calle a un taxi que, tras doblar por Crámer, se perdió en la inmensidad de la noche de Belgrano.
Llegamos al edificio donde Roque vivía con sus padres. El silencio era total. Mi amigo estaba destrozado. Estábamos acostumbrados a la indiferencia del mundo femenino, pero haber estado tan cerca de concretar la maniobra y que un detalle menor la hubiera arruinado,
era demasiado.
Una vez en su cuarto, dispusimos un colchón al lado de su cama para que yo durmiera con una sola banda de sonido de fondo: una colección de lamentos por parte del joven enamorado. Roque no paraba de insultarse a sí mismo y de lamentarse todo el tiempo. Intentamos dormir. Roque no podía, la angustia le oprimía el pecho. Eran cerca de las 4.30 y ese joven parecía no tener consuelo. Lágrimas en sus ojos, vueltas y vueltas en la cama, nerviosismo a pesar de la hora. Alguien que lo había perdido todo en un segundo, después de tenerlo todo...
—Seba, la perdí para siempre. Soy un bobo, ¿cómo pude?, ¡¿cómo?!
En ese momento (eso pasa excepcionalmente, pero pasa) la vida se vio invadida por los vericuetos aristotélicos y el drama surgió de mis adentros para que pueda decir una frase que es de una épica de
caballería más que de la vida, pero la dije: “Tranquilo. Mañana pensamos un plan para recuperar a Bárbara”.
Así y todo, esa sentencia no alcanzó. Roque no podía dormirse sin sentir que aquella noche lo había hecho todo mal.
Le pedí que se vistiera. Me miró con asombro: —¿A dónde vamos?
—A la cancha de River.
Siguió mirándome con asombro, pero sabía que yo alguna idea tenía. Salimos a la calle con el auto de su padre, atravesamos la ciudad de madrugada, algunos puestos de diarios que recibían los periódicos de ese día, llegamos al barrio de Núñez. Estacionamos y nos dirigimos a Diseño Bar, ubicado en las inmediaciones del Monumental y abierto las 24 horas para estudiantes universitarios y donde hay, entre otras cosas fotocopiadoras para los apuntes. Roque, extrañado, no entendía por qué lo había llevado ahí, pero no preguntaba, confiaba en que había algún motivo. Lo miré y ahí nomás encargamos 500 volantes con una inscripción como la siguiente:
Gastón (Kiefer) busca a Bárbara (Meg Ryan), que vio Titanic en el Cine Belgrano la noche del viernes tal. Su papá se llama tanto y su hermano tanto. El teléfono es 4567... bla, bla,
Quinientos volantes que decían eso, 500 volantes que pedían a gritos que Bárbara apareciera, 500 volantes a repartir en casas, dentro los diarios, por dos amigos dispuestos a todo. Lo primero fue
reconstruir en nuestras cabezas los datos perdidos sobre el radio donde se encontraba la vivienda de Bárbara. Sabíamos que era entre Belgrano y Saavedra, sabíamos que de Crámer para el sur. Sabíamos que era un edificio y no una casa. El reparto empezó de modo
aleatorio. Elegíamos algunas cuadras, salteábamos otras, y a los diarieros que estaban armando los periódicos les pedíamos que
incluyeran los volantes en algunos ejemplares. Calculo que, con toda esa maniobra, aproximadamente cerca de 200 hogares de Belgrano recibieron esa mañana el volante de la búsqueda de Bárbara.
Se hicieron las 6 y 20. Amaneció, todo se sentía como un sueño. Roque por fin pudo dormir. Sabíamos que habíamos hecho algo bastante particular para buscar a una persona a horas de haberla conocido. Sabíamos que aquello tenía el riesgo de parecer
desesperados pero no importaba. Roque lucía calmo, más tranquilo, sabiendo que había arrojado con esos volantes una botella al mar con un mensaje...
Pasaron tres días cuando el teléfono sonó. Del otro lado
preguntaron si a Bárbara la habían secuestrado. Roque cortó y se
lamentó muchísimo, ya que ese fue el único llamado que esos volantes habían generado.
Un año pasó y la historia era contada hasta este punto. Un año de reírnos con otra gente de esa noche de búsqueda desesperada y de amor trunco. Claro, cada vez que la historia era narrada, Roque me miraba callado como diciéndome “este no es el final que debía ser”.
Un buen día yo estaba sentado en su living cuando vi un avance de
Televisión abierta, aquel programa donde uno pedía una cámara y
podía hacer cualquier cosa.
—¿Querés que busquemos a Bárbara una vez más? —le dije. —Claro, Seba —dijo Roque sin dudar.
Pedí la cámara, compré el afiche de Titanic (que ya estaba en video). Roque relató en pocas líneas aquella noche en el Cine
Belgrano, pasó su teléfono, recitó los datos que recordaba y tuvo fe. Mucha fe.
A las 48 horas de emitido el programa, una abuela con voz dulce llamó y dijo la frase que todos queríamos escuchar: “¡Está buscando a mi nieta! Bárbara es mi nieta...”.
Pasó un teléfono y Roque llamó. Efectivamente, era Bárbara. Con muchos nervios, concertó una cita. En las horas previas, frente a su colección de remeras, Roque eligió como un ajedrecista el modelo a lucir. Quería que todo fuera perfecto, que nada escapara al control. Quería que Bárbara tuviera una excelente primera impresión. Había
pasado mucho tiempo, sus caras eran casi nuevas para ambos, pero de algo estaban seguros: aquella espera y aquella aventura habían dado sus frutos. Mi amigo iba a encontrársela casi 400 días después.
Partió hacia el Scuzzi de Crámer y Echeverría. Lo despedí augurándole una tarde de amor (y de sexo).
Dos horas después, Roque volvió. Con cara de decepción y una angustia enorme. No podía creer que cuando esperaba abrir la puerta y ver a mi amigo con la sonrisa y la certeza de un plan realizado con éxito, vi lo contrario. Me hizo polvo. Pero faltaba lo peor: esa cara sólo era el prólogo de la cita más horrible que me han narrado.
—¡¿Que pasó, man?!
—Seba... fue la peor primera cita de mi vida. —¿Por?
—Me dijo las cinco peores frases que jamás le escuché decir a una mujer.
1. “¿Cómo es una película porno? ¿Tiene argumento?”
2. “Si mi hijo va a un colegio y el profesor es bisexual, lo cambio.”
3. “Mis mejores amigos son mis padres.”
4. “Estudio medicina para devolver a la humanidad mi suerte en la vida.”
5. “¿Sabés qué pasa? Ustedes son muy carpe diem y yo soy más ‘Cosecharás tu siembra’.”
Impresionado por las frases —y por las charlas que supuse habrán tenido para que emergieran— me limité a mirarlo. Pero era claro que Roque había caído en manos de una mujer errada. Parecía que iban a tener un encuentro importantísimo en sus vidas, pero fue un error. Bárbara se mostró como alguien que no tenía nada que ver con él. Esas frases eran la prueba cabal de que jamás debimos haber hecho el más mínimo esfuerzo por encontrarla.
—Y eso no fue todo —agregó Roque. —¡¿No?!
—No. Besa como alfombra. —¿...?
—Te mete la lengua adentro y no la mueve para nada, queda así, muerta. Casi me ahogo...
espanto. A veces, el mejor plan es utilizado en la peor misión. Ojo: volvería a hacerlo, una y mil veces volvería a volantear con mi amigo a las 5 de la mañana. Sin dudarlo.
Conclusión
¿Qué pasó con Roque? ¿Cómo puede ser que un plan tan perfecto, después de mil intentos, nos lleve al fin a puerto, aparezca una mujer y, casi cuando está en sus garras, él olvide pedirle su teléfono?
Claro, luego hay un hiato y cuando Bárbara aparece de nuevo, nos trae las peores cinco frases y una alfombra en la boca. La magia se ha extinguido, todo termina de un modo triste.
Pensemos: ¿qué habría ocurrido si aquella noche él le hubiera pedido el teléfono? ¿Ella hubiera sido la misma? Podemos discutir todo un día y jamás llegaremos a una conclusión. Lo que sí es fácil concluir —y la experiencia nos ha dado la diestra— es que el plan (el delirio) no solo se hace para la mujer que se persigue, también se hace para la historia. En el punto de la noche de los volantes por debajo de la puerta, cuando Bárbara había sido perdida, esa historia, narrada a través del tiempo, impactó, conmovió y sedujo a muchísimas mujeres. Algo había ahí para tomar como mensaje, y era esa idea de vivir para ganar y vivir también para narrarlo.
A esa mujer la olvidamos, pero cada vez que nos enfrentamos a desafíos similares, nunca dejamos de tener en cuenta el valor de un plan y una aventura. Titanic (1997, James Cameron)
If you jump, I jump…
(“Si vos saltás, yo salto”)
CAPÍTULO 3
Del Reino Unido con amor
“Nunca hay que
subestimar el
alcance de la histeria
ni creer que, por
cercanía, un hecho
histérico no puede
repetirse”
Lorena estaba destinada a ser mi “primera vez”. Nuestros papás eran amigos de la juventud (creo que más de militancia, en realidad) y siempre fantaseaban con que ella y yo íbamos a formar una bella
familia. Si bien había una leve diferencia de edad entre nosotros, las cuentas daban y esa fantasía paternal animó asados y reuniones allá por los ochenta.
Mucho después, en el 92, empecé a estudiar teatro y allí, por arte de magia, volvió a aparecer Lorena. Ya éramos más grandes, yo 16 y ella 15, y las hormonas, sumadas al clima de una clase de teatro, hacían suponer que ese “debut” prefijado por padres y tíos era inminente. Pero no fue así. Terceros, terceras, la poca estabilidad emocional de ambos... todo eso impidió la concreción de tal evento. Pero, claro, había algo pendiente, había algo mítico encerrado ahí, una idea de eterno retorno a ese cuerpo predestinado a relacionarse con el mío. Era solo cuestión de cómo y cuándo.
El cuándo, por lo pronto, hizo que el cómo resurgiera un poquito tarde: en el año 2002, mientras yo empezaba a rodar una comedia sobre excrementos del espacio que intentan conquistar la Tierra (de eso hablaré en el próximo libro), recibí un llamado de Lorena:
—Quiero verte, quiero que la pasemos bien, tenemos una deuda... Nada más estimulante que haber dejado ese vino en barrica y ahora estar a punto de beberlo. Qué bien se sentían esos años que habían pasado como si fueran miles. Se concertó la cita. El lugar: su casa. Ella iba a cocinarme mexicano. Nada podía salir mal.
Llegué a su casa cerca de las nueve de la noche. El departamento olía realmente bien. Un hornito lo había convertido en el Centro
Porteño de la Lavanda, luz tenue y dicroica, un gato llamado Allen recorría el lugar...
La cantidad de comida era épica: todo lo que alguna vez integró la carta de un restaurante en Puebla estaba ahí. Mi aporte al festín eran dos botellas de vino tinto. Al principio, la charla iba por los previsibles senderos de la puesta al día. ¿Qué hiciste? ¿Qué hacés? ¿Qué harás? ¿Qué tal el trabajo? Etcétera.
La ansiedad me hacía beber casi compulsivamente aquel vino. Ella charlaba, yo la miraba y bebía. Otra anécdota olvidable más, ella
charlaba y yo bebía. Bebía. Y bebía más y más...
En un momento advertí que estaba casi entrando en zona de
borrachez severa. Fue cuando pregunté “¿Dónde queda el baño?” y me puse de pie. Lorena amablemente me lo indicó. Y fue el camino más largo de toda mi vida. Claro, en un camino largo el destino puede poner sorpresas, y así fue. Cuando me encontraba atravesando el cuarto de Lorena para llegar al baño (en suite), sobre su mesita de luz descubrí unos dados fluorescentes —todavía en su packaging— que tenían grabados partes del cuerpo y acciones. Por ejemplo, tetas, cola, boca, tocar, besar, apretar... Sin dudarlo los tomé y los llevé conmigo. Cuando volví, ella se encontraba levantando la mesa, y con un tono entre lascivo y destrozado, exclamé: “¿Y estos dados...?”. “Son de una despedida de soltera, por eso están cerrados”, me respondió. “Vamos a abrirlos”, dije, y sin esperar respuesta los abrí, los acerqué a una
lámpara para cargarlos —no sé si lo dije pero brillaban en la oscuridad —. Apagamos todas las luces, tiré los dos y la combinación fue la
siguiente: lamer - tetas. A partir de ahí (y sin que esto se transforme en Yo necesito amor[1]) lo que sucedió a la acción de efectivamente “lamer tetas” fue un descontrol propiciado por el alcohol y en este punto voy a pedir a los caballeros recordar una situación y a las damas aquí presente imaginarla: ¿qué pasa cuando vamos a jugar al fútbol con desconocidos y, por arte de magia, en los primeros 15 minutos clavamos tres goles, un par de caños y nos sale lo que nunca nos había salido? Uno sabe internamente que ese no es su nivel pero que algo, alguien o el destino nos ha regalado un maravilloso momento de fortuna con una habilidad ajena. Bueno, esta performance sexual fue así. No sé si fue el vino, o las ganas, o la deuda, pero ese no era yo. Ese semental salvaje, casi pornográfico, que hablaba sucio, que coordinaba movimientos firmes y se conducía al límite de la violencia, ese no era yo.
Amaneció. Me dolía todo. Sentía que todo aquello que recordaba entre sueños había pasado hacía siglos. Cuando me desperté, ella
entró con el desayuno en una bandeja. Todo era todo precioso, pero yo tenía que partir al rodaje.
Vuelvo un segundo a la evocación futbolística (y qué homoerótico queda ligarlo con esta anécdota, ¿no?): cuando uno sabe
positivamente que ese no es su nivel de todos los días, evita jugar por siempre con ese grupo de gente. Bueno, acá era lo mismo. Lorena quería al semental y yo sabía que yo no era ese, no era Rocco Siffredi, no era John Holmes. Yo, en un buen día, con viento a favor, podía llegar a ser un Ron Jeremy. (Cabe aclarar que la comparación, por supuesto, no es por el tamaño sino por la profesión de ambos actores porno. En el caso de Jeremy, además, tenemos la hermosa historia del antigalán devenido en recordman que se acostó con muchísimas y hermosas mujeres).
Pasaron años, décadas, siglos. Ella se fue a probar suerte a Europa, yo me quedé haciendo pelis independientes, trabajando en radio,
escribiendo sobre cine. Pero, claro, en cuanto nos cruzábamos en el msn o por mail, las frases no bajaban de “Con lo caliente que me dejaste, la próxima vez que te vea... ¡te voy a coger no sabés cuánto, hijo de puta!”. De ahí para arriba, todo.
Después de años, se venía la fecha de su arribo: faltan tres meses, falta un mes, faltan quince días, hasta que llegó el “Anotá, este va a ser mi teléfono”.
Finalmente Lorena volvió a la Argentina. Me llamó y fue muy clara:
—Quiero ir a tu casa, quiero que hagamos todo toda la noche. Pedí sushi, con muchas piezas, quiero vino y helado.
Viernes, 23 horas, lo tengo grabadísimo. Limpié mi depto, ordené, dejé a mano todo el combo, los DVD de música, los CD, el iTunes
abierto en mis playlists favoritos, aromaticé el living, me bañé y pedí el sushi —50 piezas—, un kilo de helado de limón, vino tinto fino y
champagne. Sí, era un combo caro, pero la situación no era para
menos. Cuando faltaba una hora para el encuentro, ya con todo listo, recibí un llamado:
—Seba, no te enojes pero no puedo ir... —¿Cómo? ¿Qué pasó? No entiendo...
—No es algo con vos, pero pasa que... pasa que... Este, ejem... —¡¿Qué pasa, Lore?!
—AMO A ALGUIEN EN INGLATERRA .
Acá debemos poner pausa. Lo contundente de la sentencia
proviene del poder que otorga a la frase lo anónimo del “alguien” y lo certero de la ubicación planetaria de ese ser X, el Reino Unido. Ella
sabe que ama (sentimiento poderoso) a un ser anónimo (rellenar con fantasía) en Inglaterra (país del primer mundo). Sigamos.
—¡¿Cómo que amás a “alguien” en Inglaterra?! —Sí, Seba: AMO A ALGUIEN EN INGLATERRA .
Traté de explicarle que podía venir aunque fuera sólo a charlar, que el sushi estaba acá, que ya había pedido todo, pero no, ella decía que se iba a tentar, que prefería evitarlo y, en tal caso, vernos de día, tomar un café por la tarde, algo menos dating. No quería
complicaciones. Me armé de paciencia, me olvidé del asunto y, sobre todo, comí bastante (mucho) sushi aquella noche.
Los días pasaron sin novedad hasta que el miércoles Lorena llamó. —Hola, Seba.
—Hola, Lore. ¿Querés arreglar para ir a tomar un café?
—NO , SEBA , QUIERO VERTE Y COGERTE MUCHO , MUCHO , QUIERO CABALGAR FUERTE , QUIERO QUE ME DIGAS...
—Pará, tranqui... ¿Te acordás de que teníamos una cita y la frenaste?
—SÍ,PERO ESO ERA PORQUE RECIÉN HABÍA LLEGADO Y
ESTABA CONFUNDIDA . DALE SÉ BIEN LO QUE QUIERO, QUIERO HACERTE TODO ...
Y uno, que no es inmune a tanta decisión, ¿qué podría responder? —Dale.
Misma hora, mismo lugar, mismo menú. Mismo costo.
Viernes, 23 horas, lo tengo grabadísimo. Depto limpio, ordenado, combo a mano, DVD, música, el iTunes, aromatización, me bañé, llegó el sushi, 50 piezas (mismo delivery boy). Faltando una hora, Lorena llamó.
—¿Qué pasa, Lore? —Estoy saliendo. —Okay, Lore.
Me tranquilicé. De modo que la esperé, llegó, abrí la puerta. Estaba preciosa. Perfumada, muy bien vestida. Procedimos a cenar el sushi, a escuchar música, a ver el DVD de Elvis Aloha From Hawaii, a
perdernos en trivialidades. Hasta que llegó el helado de limón con champagne, brindamos y la rúbrica de ese brindis fue un beso. Un beso apasionado. Y caliente. Bajé la mano desde su cara hasta su seno para poner primera. Y entonces se escuchó una frase que cruzó —y rompió— el aire del living en la madrugada:
—Pará, Seba... AMO A ALGUIEN EN INGLATERRA . ¿¿¿Cómo??? ¿¿¿Qué??? ¿¿¿Cuándo???
Me distancié. Ella trató de explicarme que seguía confundida, que el vuelo, que la vida, que le encantaban mis besos, pero que esa
imagen de Mr. X de Europa volvía a su mente.
Me preguntó si me había enojado, dije que no. Solo me quería
matar. No sabía qué pensar ni qué hacer. Me pidió que llamara un taxi, lo hice, partió y me quedé viendo mi living desolado, triste, como si hubiera sido la antesala de una noche de pasión que jamás sucedió. Pasaron varios días —quince, si mal no recuerdo—, llegaron las fiestas, el 24 y luego el 31. Como hijo de padres separados, con mi hermano estamos condenados al clásico navidad con mamá, año
nuevo con papá, y ahí estábamos, brindando el 31 de diciembre cuando a las 12 sonó mi celular. Me aparté del grupo buscando privacidad y sí, era Lorena, otra vez:
—Seba, quiero dormir hoy con vos, quiero recibir el año teniendo mucho sexo...
—Pero acordate de que amás a uno en...
—No, olvidate, eso era antes. Ahora sé que quiero coger. Basta, por favor... Vení a buscarme, estoy en lo de unos amigos.
Le robé a mi padre champagne y una bolsa de hielo y salí al encuentro de sexo descontrolado.
Toqué timbre, Lorena bajó y seguimos hacia mi casa. Entramos, puse el hielo en la pileta de la cocina, el champagne dentro, y sin decir ni mu ella se fue a recostar en mi cama invitándome a tirarme a
besarnos. Me tiré en la cama a su lado, empezamos a besarnos,
mucho, manos que tocaban partes que necesitaban saciar esa deuda, besos más besos, remeras afuera, pantalón afuera, vestido afuera, yo en bóxer, ella en bombacha, en un momento dije “Ya está, afuera bombacha”, cuando...
—Pará, Seba... AMO A ALGUIEN EN INGLATERRA . Silencio. Ella: —¿Te enojaste? Yo: (silencio).
Ella: —Seba... Yo: (silencio). Ella: —Decime, ¿te enojaste?
Yo: —Sí. Andate ya de acá, ya, ahora.
Se paró, se fue viendo que mi paciencia había llegado a un límite. Dos semanas después me fui de vacaciones con mi amigo Nico, el cinéfilo. Estábamos tomando sol en la playa cuando sonó mi celular. Era ella.
—Seba, me voy en avión donde estés. Quiero sexo ya. —Ni lo sueñes.
Siempre recuerdo con enorme afecto esta aventura. ¿Cómo no voy a hacerlo? ¿Voy a recordarla con bronca? Nada de eso. Además, toda esa película con final malo —y obvio— salió así por ambos
protagonistas.
Lo que aprendí —sobre todo de mí— es que esa especie de
obstinación puede llegar a ser tan, tan grande, que te lleva a negar el poder de la histeria. Claro, podría elegir una posición cómoda y
descansar en el hecho de que fui estafado con una noche salvaje que jamás llegó. Sería un hipócrita si dijera que eso fue lo único que pasó. Tengo que sincerarme: en gran medida, el tiempo me demostró que lo ocurrido en aquellos episodios fue también porque no ocupé el lugar de caballero, más allá de la galantería, de la invitación, del sushi y el vino, no fui lo suficientemente claro sobre mis deseos. Tendría que haber sido más claro en mis intenciones, sí, y no dar lugar a la duda. Y tal vez tendría que haber escarmentado con la primera suspensión de la cena y proponer un café de día, en vez de intentar una fallida
remake.
Igualmente, ahora, a la distancia, reconozco que no es fácil eludir a un posible histeriqueo. A ver: te llaman y te dicen que quieren verte, que quieren hacerte esto y lo otro, que hagas aquello... Bueno.
Compleja situación, ¿verdad? Porque ¿cómo anteponerse a toda la fantasía que se está rodando en nuestra cabeza? ¿Cómo?
No voy a dejar acá esa duda sin responder, más allá de no haber podido yo resolverla en su momento con Lorena. Y la posibilidad de zafarla, o al menos de intentarlo, puede venir de otros. De los amigos. Puede ser vital, entonces, en situaciones como esta, tener a algún amigo cerca. Si es uno sincero irrefrenable, descarado, que no tiene problemas en vomitar opiniones, mejor. Y si cuenta además con cierta cuota de pesimismo, mejor todavía. Alguien lo suficientemente frío como para decirnos, ignorando por completo nuestra ebullición sexual (y la necesidad implícita, claro), en la cara y sin prolegómenos: “Che, esta mina te está verseando”.
The Rocky Horror Picture Show
(1975, Jim Sharman)
“Lo que ellos no sabían es que esa sería una noche que recordarían por un largo, largo tiempo”.
CAPÍTULO 4
Cómo el fútbol de los jueves fue la final del
mundo
“Tan sólo basta una
mujer observando
para convertir una
discusión menor en
una batalla de pesos
pesados”
“Vamos a necesitar camisetas para que esto se ponga mejor”, dijo El Poeta. Aldo —alias El Poeta— vende ropa. Me pasa a buscar con su camioneta de trabajo. Viene de zona sur. Me avisa cuando está cerca. Ultimo detalles en mi vestuario (generalmente, la camiseta alternativa del Liverpool o alguna de Boca), bajo, me subo al móvil y juntos nos dirigimos hacia el barrio de Colegiales, donde todos los jueves a las siete de la tarde, más allá de las inclemencias del clima, de los avatares de la vida en esta ciudad y de los conflictos personales de carácter
metafísico, un grupo de hombres deja todo para jugar. Al fútbol. Es mucho más que un encuentro deportivo: es un momento místico de la semana.
El fútbol de los jueves es el ritual que desde hace muchos años nos congrega —suena religioso, y no está mal que así sea, amén— para ver de qué estamos hechos, quiénes somos esa semana, cómo se
encuentra nuestro ánimo y qué podemos esperar de nuestro cuerpo. ¿Goles? ¿Habilidad? ¿Alguna que otra jugada de fantasía? Todo es misterio. Coqui, Calito, Juan, Waty, Tavi, El Enmascarado, Pablo, Mike, Buti, Aldo y muchos más son mis compañeros de esa tradición. Alguna que otra vez se ha sumado algún extranjero para completar las escuadras, pero en general son —somos— los mismos jugadores que han ido conociendo todos los secretos y vericuetos del estadio de cemento, perfeccionando sus posiciones y estrategias, gastando suela tras suela de calzado deportivo.
Aquel jueves fue diferente. Cuando salí de casa rumbo a la cancha, yo era un hombre con dudas, o mejor dicho, con una duda. Una duda que no estaba vinculada estrictamente al evento del deporte más
popular. Quien haya jugado al fútbol entre amigos, o incluso de un modo más profesional, sabe que cuando un partido concluye, la liberación de endorfinas es tal que —como dice mi hermano— uno puede encarar el plan que sea. Mi duda, entonces, tenía que ver como una dama —una princesa— y el futuro con ella, el futuro inmediato: ¿debía salir con ella esa noche, post partido?
La había conocido meses atrás, en una reunión en una casa, entre birras y mala música a volumen elevadísimo. Era la clase de dama con el nivel de sofisticación justo, alta (o más alta que yo, que no es lo mismo), pelirroja, muy delgada, casi una modelo europea, con un irresistible lunar cerca de su boca, ojos redondos y marrones, y una voz fina que para la mayoría era insoportable pero para mí aportaba su onda. Y tenía un perro llamado Cacho. Yo tenía su celular y muy pocas certezas.
¿Aceptaría salir conmigo? El plan era proponerle vernos aquel mismo jueves, tomar algo por Palermo, quizá cenar, nada muy preestablecido. Así fue que decidí jugarlo todo al fútbol: “Voy a
mandarle un mensaje para invitarla a salir. Apago el teléfono y entro a jugar. Si gano el partido, su mensaje será positivo. Si pierdo,
significará que nunca tendremos una cita, no va a aceptar nada que yo le proponga”. Ese fue el trato que al dios del fútbol proferí. Sería La Señal. Así, ciegamente confiado en una quimera, mandé el sms de la fortuna, así apagué mi celular y así salí del vestuario a ocupar mi lugar dentro de la cancha, ya plenamente concentrado en el encuentro. Me paré sobre la línea lateral con ambos pies, respiré hondo, sereno. Perdí la mirada en la cancha. Di un paso adelante, muy lento, el paso inicial. Me ubiqué cerca del palo izquierdo del arquero, marcando el lateral con pierna cambiada, dispuesto a no perderles pisada a los delanteros rivales, y listo para ayudar en la salida de mi equipo.
Comienza el cotejo. Durante los primeros minutos, los goles brillan por su ausencia. Esto es algo que sucede ocasionalmente. Como somos gente que juega seguido, cuando estamos todos con energía desde el arranque, suele haber un primer momento en el que el partido se hace trabado, no abundan las jugadas de riesgo, hay mucho pelotazo y mucha marca. De la dura. Se grita, se aplauden los intentos. Hay paciencia y, poco a poco, se prueba al arco. Se prueba. Por fin el marcador se abre primero para nosotros. Pero la alegría nos dura una nada, apenas dos jugadas. Logran empatarnos y tres goles más de los contrarios nos dejan 4 a 1 abajo en el marcador cuando llegamos a la media hora del encuentro. Preocupado, me acerco a Tavi y en tono confesional, ofuscado, le digo:
—Hoy no podemos perder. Posta.
Me mira como diciendo “No te entiendo, pero dale”. Quiero
detenerme un segundo en Tavi. Él venía lesionado, por lo que estuvo confinado al arco durante todo el encuentro. Tanto él como El Poeta son los arqueros. Ambos tienen fallas y tienen virtudes. Al Poeta, por ejemplo, se le complican los tiros por lo bajo. A Tavi le cuesta recibir pelotazos cruzados. Pero aquel jueves la cosa empezó a emparejarse por el buen día que tenía Tavi y la mala jornada del Poeta, guardavallas del equipo contrario. Con un tiro desde afuera del área pudimos
empatar y a partir de entonces mi partido empezó a jugarse de verdad. Yo sabía que el destino de una cita pendía de ese resultado, y
mientras los demás jugaban con intensidad pero sin ponerlo todo, empecé a pelear cada bocha, a defender y atacar como si se tratase de un encuentro de nivel internacional, en instancias finales. Claro, mi calidad es apenas aceptable y, con viento a favor, podría ser buena (como para aspirar a nivel internacional...). Pero yo quería a toda costa mi cita.
Así transcurrían los minutos de un partido en el que había logrado contagiar mi actitud a los demás, convirtiéndolo en una verdadera final: faltas por acá y por allá, reclamos y quejas, malas caras, aspereza, pedidos de cordura, fallos injustos y discutidos, todo el colorido folklore del picado... Esta vez, al extremo.
Íbamos ganando por dos goles cuando tan solo faltaban diez minutos para finalizar el encuentro. Todos estábamos cansadísimos. No podíamos ni levantar las piernas. Se notaba en el poco pero tenso movimiento que había en la cancha. De pronto, en una jugada
inesperada y sorpresiva, se produjo un centro cruzado, un pelotazo se dirigió al segundo palo de Tavi y... gol de ellos. Faltaban cinco minutos. Corrimos al centro de la cancha y salimos jugando. Pasé la mitad del área y le pegué abajo, punto débil del Poeta. Palo. Sin tiempo para putear, ellos salieron de contra con toda la furia, y nos empataron con un misil ejecutado por Waty.
Empate, señores. Empate. El encuentro terminó sin ganador. Ahí entendí que estaba jugando el partido de mi vida y que tenía que dejar todo para que terminara al menos en empate. No perder. Desde el juego, era lo más justo. Pero no desde mis expectativas para aquella noche...
Nos saludamos sin hablar, con palmadas en el hombro y en la mejilla, casi sin cruzar miradas. El empate deja un sabor difícil de identificar pero se acerca, sin duda, a lo amargo. Lo único que ahora quedaba en mi mente del partido era el resultado y su relación con mi
posible salida. Todavía en el campo de juego, mientras miraba el piso y trataba de aflojar un poco las piernas (bastante entumecidas, por
cierto), dejaba que el resto de mis compañeros salieran de la cancha rumbo a los vestuarios. Fui uno de los últimos en dejar el escenario, cuando ya había quedado vacío. Sin apurarme, seguí el camino.
Busqué evadir los comentarios post partido. No por desinterés, ya que son parte del ritual, y como tal siempre los disfruto. Pero en aquel momento mi concentración ponía el foco en otro lado.
“Empate. Empatamos. ¿Qué respuesta recibiré?
¿No me responderá? ¿Tal vez nunca le llegó mi mensaje?”. Aunque totalmente irracional, tenía la convicción de que el resultado del
partido decidiría mi suerte aquella noche. No me pregunten por qué. A veces me abordan esas ideas y no las cuestiono.
Me parecen divertidas, siento que aportan un halo de misterio, de fantasía. Y más cuando involucran cuestiones amorosas. Como si el amor, por default, requiriese de ciertos elementos fantásticos,
irracionales, o mejor dicho, que no pueden explicarse desde la razón. Me gusta eso. El elemento mágico que hace del amor lo que es.
Ya en el vestuario, me ubiqué en un rincón un poco más alejado de la muchachada. Sin apuro, cuando las duchas quedaron despejadas, me quedé bajo el chorro caliente de agua —que en el vestuario es zarpada; ya lo dice el viejo dicho: “Más caliente que agua de
vestuario”— y dejé que me diera de lleno sobre la cabeza, durante quince, veinte minutos, una, dos, cinco horas... Bueno, no, en realidad habrán sido solo minutos, pero fue una ducha muy lenta. Y así
también lentamente me cambié, guardé la ropa y salí a la calle. Muchos de mis compañeros ya se habían ido. Mientras algunos todavía estaban en la puerta analizando jugadas y situaciones, arriesgando hipótesis y proyectando futuros cambios, me senté en unos escalones y busqué mi celular. Había tratado de posponer todo lo posible el momento del chequeo de mensajes. Pero había llegado. Finalmente, acepté mirar qué me había regalado el destino.
bno dale vmos a vr ns
Traducción: “Bueno, dale, vamos a vernos”.
(Si alguien debió recurrir a la traducción, no se ponga mal. No es un lenguaje sofisticado pero tampoco es infalible. Muchas veces da lugar a equívocos. Por eso yo, aquella noche, lo leí alrededor de
cincuenta y tres veces. Es que no podía entenderlo mal. Podría haber sido un enorme papelón. Imaginen que yo entendía “Bueno, dale, vamos a vernos”, cuando en realidad ella me había querido decir, por
ejemplo: “Boludo, no. Dale. Vayamos el viernes”. Y eso terminaba en desencuentro. O peor: “Verano. Dejame. Vamos a vajonearnos”. La ortografía es un arma de doble filo).
Pero dijo “vamos a vernos”. Sí. Impresionante. El empatador resultó ganador.
Me despedí de los muchachos. Y por suerte no me tocó llevarme la bolsa con todas las camisetas para lavar. Ya a bordo de un taxi, fui a casa escuchando música, mucho más relajado, con el partido
totalmente detrás y la cita por delante, musicalizando en mi mente todos los momentos que seguirían. Llegué a casa, me metí casi directo en la ducha, con un fin más higiénico que reparador. Como distraído, recordaba algunas de las incidencias más destacadas del cotejo. Salí, elegí con cuidado el perfume (según la estación del año, lo voy
cambiando) y, mientras terminaba de secarme, busqué la ropa
adecuada. Debía ser cómoda pero lo más elegante posible. Esa noche me encontré con ella.
Esa noche de empate fuimos a beber algo. Después caminamos mientras charlábamos, hasta que llegamos a su casa. Me invitó a subir y tomar un té. Adoré la propuesta. Un té. Lógicamente, también podría haber aceptado un whisky, un gin-tonic, un vascolet, un vaso de Pritty limón, soda. Pero fue un té y resultó más que tentador. Apenas
entramos, nos besamos en su living y, cuando pasamos a segunda base, ya en el cuarto, nuestras ropas empezaron a volar. Y con cierta velocidad. El clima era el ideal (aunque no hubo té). Besos, caricias, miradas, algunas risitas nerviosas y otras, provocadoras. Estando yo a medio vestir, de repente y sin aviso, desde el infierno mismo, un
calambre gigantesco me dejó fuera del partido. No pude continuar con la maniobra romántica. Sin dar explicaciones — imaginen lo que pudo haber pensado esta pobre mujer—, me puse a saltar en una pata al lado de la cama, tratando de apoyar la planta del pie y de lograr que
mermara el dolor, el dolor insoportable que me estaba liquidando. Hasta grité un poco. Y puteé. Como en la cancha. No quiero dar mayores detalles. Por lo pronto, terminé en el piso, frotándome los gemelos, con los pantalones bajos y enrollados en el pie, el boxer a medio camino, la camisa desabrochada y enroscada... Como es obvio, fue imposible luego de esa maniobra recuperar el clima. Juro que fue la primera vez que me pasó. El calco de lo que había ocurrido en la cancha se hacía eco en la realidad. Esa noche todo fue un gran empate.
A veces esa sucesión mágica de eventos que es la vida, nos regala la posibilidad de asumir como fórmulas matemáticas que si X ocurre, quizá Y pueda ocurrir también. Pero aprendí que no es una ley, que es algo más bien azaroso. Y que si bien no está mal guiarse por el ánimo deportivo en cuestiones del corazón, también es bueno y prudente separar las cosas, dar a cada disciplina su ámbito y entorno, pues muchas veces lo que en un campo de juego parece una regla
inamovible, en el mundo real puede fallar y sorprendernos. Yo no debí nunca librar mi suerte en aquella cita al dios del balompié. A lo sumo, podía usar ese ánimo ganador para lograr más seguridad en la cita. En fin, no volví a hacer algo así. Preferí disociar y entregarme al azar. Mi hermano me dice siempre: “Hacete amigo de la fortuna. Hay que tentar más a la suerte”. Y así voy, intentándolo cada vez que puedo y me atrevo.
De todos modos, después de aquella experiencia seguí, y sigo, recurriendo a conjuros como el narrado. Me parecen divertidos. Esperar la aparición del elemento mágico, ese que, como de la nada, hace que el encuentro con alguien sea eso, mágico, me sigue
pareciendo interesante. O al menos eso quiero para mí. Entonces, no sé si puedo pararme a indicar cosas como “Guarda con los
pensamientos irracionales, eh”. Aportan su color. Eso sí, tal vez sea aconsejable no combinar en un mismo día un partido de fútbol y una noche apasionada. De no quedar otra, no estaría mal antes o durante el make out se incluya un poco de elongación. Por ejemplo, mientras se toman un buen té. Sin azúcar, por favor.
Me preguntarán qué otras actividades no son recomendables realizar el mismo día de la cita. Veamos.
El mismo día de una cita, evite… 1. Participar en una orgía.
La explicación es más que obvia: una buena orgía demanda mucho tiempo, por lo cual es probable que usted llegue tarde a su posterior cita, lo cual nunca es bien visto y es de un extremo egoísmo. (Un buen ser orgiástico puede ser de todo, menos egoísta.)
2. Renovar el registro.
Además de llevarse un nuevo carnet, usted se lleva también un lindo bodoque de mal humor. No lo
contagie.
3. Enrolarse en el ejército.
Usted conoce a una dama que lo embelesa. Le propone que se vuelvan a ver y ella acepta. Acepta porque algo de usted le agradó. Sus modos, su charla, sus proyectos. Algo. Imagine ahora que el día de la cita usted, de buenas a primeras, le suelta sin anestesia: “¿Sabés que hoy me enrolé en el ejército? Está buenísimo. No tengo que terminar el secundario. Empiezo el lunes. Me toca Comodoro Rivadavia”. Piénselo: ¿a dónde quiere llegar después de tamaña confesión? Para meditarlo.
4. Ir a terapia.
Hay quienes opinan lo contrario, pues muchos han encontrado en el psicoanálisis el aliento necesario, el impulso final para abordar una cita con buen temple y con el amor propio a tope. Pero ¿por qué arriesgarse a terminar con un pico de angustia en un restaurante, con los ravioles con estofado abandonados, golpeando la mesa y sollozando cosas como “¡¿Por qué mi mamá no me quiere?!”.
5. Asistir a un asado con amigos.
Los motivos, en este caso, son variados. Vistos en forma individual, tal vez no parezcan negativos a una cita, pero veámoslos como una suma: comida en exceso + cantidades excesivas de alcohol, en diferentes formas + olor a humo + manchas de carbón + horas y horas de contacto sumidas en lagos de testosterona + charlas derivadas de los raudales de testosterona + ánimo para dormir una siesta + insolación + transpiración + cansancio por traslados.¿Ya hizo la cuenta?
Héroes (1987, Tony Maylam)
“El fútbol es el depor te profesional más popular del
CAPÍTULO 5
El tao de David Addison
“Tener un modelo no
garantiza llegar a
ser un héroe, pero
es el primer paso
para intentarlo”
Bruce Willis salvó al mundo en, por lo menos, tres ocasiones. Se sacrificó y volvió del futuro en 12 monos, completó con el amor El
quinto elemento y viajó hasta un meteorito para dinamitarlo en Armageddon.
La presencia en pantalla, el gesto canchero y cierto tono disfónico le otorgan toda la aptitud para convertirse en heredero directo de Cary Grant y Steve McQueen. Claro que mucho antes de todas estas
peripecias —entre las que se incluye, por supuesto, el desesperado salvataje al Nakatomi Plaza en Duro de matar— Bruce Willis fue David Addison, personaje de la ochentosa serie Moonlighting, co-protagonizada por Cybill Shepherd.
Para mí, Addison fue mucho más que un personaje. Fue un modelo, un ejemplo, un hombre que con todas sus enseñanzas, impartidas entre marzo de 1985 hasta mayo de 1989, cambiaría mi vida para siempre. Yo había terminado el colegio primario en Villa Crespo en diciembre del 88 y aquel verano sería muy distinto. La suerte había querido que no pudiera ingresar en el Nacional 17, en Primera Junta, donde la mayoría de mis mejores amigos del primario iban a concurrir. En cambio, caí en el tradicional Nacional Mariano Moreno, en Almagro. Así pasé de vivir literalmente a la vuelta de la escuela a tener que caminar, cada mañana, por Julián Álvarez hasta Corrientes y allí, en la mismísima unión de Vera con la avenida, en esa plazoleta tomaba el colectivo 111 hacia el barrio de Almagro. Ese
colegio era gigante. No conocía a nadie, no sabía qué esperar. En
principio, era un micro-mundo. Me acuerdo de que cuando me anoté, supe que existían seis primeros años. Tenía un enorme plantel de profesores, un patio extraño y un pasillo laberíntico. Su edificación tiene algo de gótico, a medio camino entre el presidio de Sueños de
libertad (The Shawshank Redemption, la de Tim Robbins y Morgan Freeman) y Hogwarts, la escuela donde iba Harry Potter.
Los primeros tres meses de aquel primer año transcurrieron sin pena ni gloria. Me sentaba en el medio del aula y mi ubicación
geográfica estaba en correlato perfecto con mi situación social dentro del curso: no era de “los de atrás” (léase: un temerario que se
aventuraría a lo que fuera) ni era de “los de adelante” (chicas lindas y chicos estudiosos sin problemas). Yo era de “los del medio”: un
intrascendente, uno que si faltaba un día, nadie iba a enterarse, un mitad de tabla. Claro que como casi no mantenía diálogo con nadie, tenía mucho tiempo para observar, para prestar atención al resto, para ver cómo era aquel entramado de los que sí sobresalían, los que tenían la última información. Y así, entre esas cuarenta personas, descubrí a Luli.
Luli era parecida a Helen Hunt pero con (más) carisma. Hacía patinaje artístico. Tenía una letra preciosa, con muchas curvas. Era de Sagitario, extremadamente encantadora y muy fresca. Por supuesto, yo no era nada original en mi apreciación: en cada recreo, visitantes de otro planeta —gente de tercero, cuarto y hasta quinto año— venían a verla. Aquella quimera, que era la posibilidad de ir al cine o compartir algún momento extraescolar, se volvía en cada recreo más lejana. Así pasé el año, viajando de ida en el 111 y volviendo en el 19. Meses y más meses. Llegamos a septiembre, mi mes favorito. Aquel día no imaginé que iba a ser el comienzo de algo que no se detendría jamás.
Sonó la campana del segundo recreo (el más largo de la mañana), casi todos salieron. Un grupo de unas quince personas, entre las que se encontraba ella, nos quedamos en el aula.
—Ese chico tiene cara de propaganda —dijo señalándome.
Yo no entendía nada. Ella, Luli —Helen Hunt con carisma—, ¿me había hablado? ¿Tenía una opinión sobre mí? Es decir, ¿me
identificaba? Y por último, ¿qué quería decir con “cara de
propaganda”? ¿Cara graciosa? ¿Cara de bobo? ¿De comediante?
Me limité solo a una sonrisa estúpida y no dije nada, como era de esperar. Pero el viernes siguiente a la observación que me había
posicionado en el mundo publicitario, hubo una especie de asalto por la zona de San Telmo, en la casa de la mamá de alguno, X, qué
importa. En ese cumpleaños, el cupo de extranjeros estaba excedido y muchas personas ajenas a nuestro curso estaban ahí a la espera de carne fresca, digámoslo claramente, muchos hombres esperando pollitas nuevas. En medio de la jornada, apareció el primo del dueño de la fiesta, o sea Y, primo de X. Tampoco Y era, digamos, muy original
y clavó su mirada en Luli. Bailaba cerca de ella, le hablaba, le hacía chistes, en fin. ¿Que dónde estaba yo mientras tanto? Sin bailar, sin beber, observando todo. En un momento pude notar que Y el primo de X le dijo algo al oído y ambos partieron a encerrarse en un cuarto. En el cual permanecieron por más de 45 minutos. Pasado ese lapso
(eterno), Y salió dejando a Luli adentro.
Con temor a lo que podía encontrar, pero sin dudarlo, me aventuré a ingresar en el cuarto. Para mi sorpresa, lo que encontré cuando
ingresé fue algo absolutamente inesperado. Luli estaba llorando, sentada al borde de la cama, sin consuelo.
—¿Qué pasó, Luli?
Me miró llorando y me dijo algo así como que se sentía mal. Que no tenía ganas de haber entrado ahí con Y el primo de X, pero que lo hizo y que ahora le daba vergüenza. La miré y solté algo así como que ella era preciosa, y que Y el primo de X era un tarado que no tenía ni idea de a quién le había dado un beso. Le dije también que en su condición de princesa —lo que era para mí— no tenía que dejar que cualquiera la encerrara en ningún cuarto. Y también le dije que para mí no había pasado nada, que todo estaba bien. Me miró, se sonrió. Se quedó callada y en ese momento entraron a comunicarme que me habían venido a buscar. Me retiré tranquilo. No sabía bien por qué, pero me sentía en paz.
Cuando llegué a casa, había una reunión de amigos de los
mayores. Fui corriendo al espejo a verme la cara y tratar de entender qué era tener “cara de propaganda”. Me puse serio, me reí, me sonreí y ahí sucedió, ahí pasó. Ahí me di cuenta de que mi sonrisa había
cambiado. Que no me reía más de manera común. Que mi gesto había sido alterado para siempre. Que aquella sonrisa que yo miraba en televisión cada noche de miércoles se me había pegado y se había transformado en parte de mi persona. Para siempre. Yo tenía 13 años, sí, pero sonreía como David Addison. Esa sonrisa de costado, con cara de superación y tranquilidad. Sin quererlo, la había copiado.
A los 11 yo había empezado a ver Moonlighting y a soñar con aquel vínculo de screwball comedy, de frases cortas y punzantes, de histeria diaria y culto al humor ácido. Yo quería que me pasara eso. Quería ser David Addison y tener a mi Maddie Hayes, poder jugar y enloquecerla todo el tiempo. Ese era el sueño y ahí comenzó a pasar.
Los días siguientes a la charla en el cuarto, Luli empezó a tener conmigo el vínculo que yo había estado esperando tener con alguien durante dos años. El primer moonlightineo de mi vida había
Monlightinear (verbo): acción de histeriquear
con altura, mucho humor y estilo, con una persona en particular, en el marco de una rutina dada por trabajo, estudio u otras prácticas.
Veamos un ejemplo:
—Estás histeriqueando con Mariana, je.
—No. Con Mariana estamos moonlightineando. Y acá cabe precisar un detalle: ¿en qué se diferencia histeriquear de mooonlightinear? La histeria es casi siempre sexual, sin
componente de pertenencia por parte de los implicados y
generalmente es a mansalva. La histeriqueada no tiene exclusividad ni futuro, mientras que el moonlightineo es practicado por dos que han elegido transitar con humor, guerritas y conflictos divertidos el
camino a enamorarse profundamente.
Podrán preguntarme: ¿cómo me doy cuenta de que estoy
moonlightineando? Pues acá mismo les paso a detallar los siete (7)
signos del moonlightineo, para que sepan con certeza si están cerca de dicha situación o no.
Los 7 signos del moonlightineo
1. De buenas a primeras, sobreviene el cambio de tuteo por usteo.
2. Se establece una suerte de código secreto que no es advertido por los demás. Por ejemplo, secretos intrascendentes, apodos a terceros, etc., sólo compartidos entre esas dos personas.
3. Los testigos del vínculo manifestarán que “algo pasa”. Ambos miembros del moonlightineo negarán a muerte dicha situación.
4. Casi todo en el vínculo se desarrolla a la vista de todo el mundo y cuanta más gente lo atestigua, mejor. Los moonlightineadores, orgullosos de su vínculo, lo exponen.
5. Se estira lo más que se puede el pasaje a algo físico. Para ser moonlightineador, se estiman de 8 a 12 meses de situaciones moonlightinísticas.