—¡Cuidado! —Regaña la Hermana Serafina—. No dejes que hierva o se convertirá en resina y no tendrá ninguna utilidad.
—Sí, Hermana— Mantengo los ojos fijos en el pequeño frasco que sostengo sobre la llama. Pequeñas burbujas han empezado a formarse a lo largo de los costados de vidrio, pero no está haciendo ebullición. Aún no.
—Excelente —dice, desde detrás de mi hombro—. Ahora, ponlo a un lado para que se enfríe.
Usando unas pinzas de hierro, levanto el frasco y lo pongo sobre una piedra de enfriamiento. Estamos abrevando una tanda fresca de suspiros nocturnos. En su estado volátil actual, podría matar a cualquiera que respire sus vapores, provocando que los pulmones se endurezcan y se vuelvan rígidos y frágiles como el cristal.
Cualquiera, excepto la Hermana Serafina y yo. Nosotras somos inmunes. —Una vez que se enfríe —dice ella—, vamos a agregarlo a esa cera para vela, y entonces… —La interrumpe un golpe en la puerta—. ¡No entre! —dice, en voz de alarma.
—No lo haré. —Es Annie, que seguramente sabe que es mejor no entrar—. La Reverenda Madre ha pedido que Ismae vaya a su oficina de inmediato.
La emoción de esta convocatoria me hace palpitar el corazón. La única vez que he sido llamada a la oficina, desde que llegué, fue para recibir noticias de una nueva asignación. Sin esperar a que la monja me despida, me apresuro a ir hasta una pila de piedra, donde empiezo a depurar los últimos restos de veneno de mis manos.
La Hermana Serafina suelta un suspiro de fastidio.
—Cómo espera la Reverenda Madre que yo abastezca todos nuestros venenos sin ayuda, es seguramente uno de los mayores misterios de Mortmain.
La miro de reojo.
La Hermana Serafina me punza con una mirada severa.
—La Reverenda Madre tiene sus razones. Ahora, ve. No la hagas esperar.
Lo hago, asegurándome de hacerle una reverencia para no contrariarla aún más. Ella cree que no me ha dicho nada, pero es precisamente lo opuesto. Ahora sé que hay una razón real para que Annith no sea enviada. Y si la Hermana Serafina sabe cuál es, seguramente Annith podría averiguarlo.
En mi camino a la oficina de la Reverenda Madre, me enderezo el velo y cepillo un poco el polvo de mi falda. Hago una pausa frente a la puerta, inspiro profundamente y compongo mis rasgos, entonces llamo.
—Entre.
Cuando entro a la oficina, la visión de hombre sentado allí, es tan impactante como el retumbo de un trueno en la habitación silenciosa. Su cabello es de color blanco, al igual que su barba, bien recortada. Una pesada cadena de oro, con colgantes adornados con joyas, me guiña desde el cuello de piel de su gruesa túnica de brocato.
—Entra, Ismae —dice la abadesa—. Me gustaría que conozcas al Canciller Crunard. Es un patrocinador de nuestro convento y actúa como enlace entre nosotras y el mundo exterior.
También es cabeza principal de una de las más antiguas y nobles familias de Bretaña y un héroe de las últimas cuatro guerras. Ha luchado largo y duro por nuestra independencia. De hecho, cada uno de sus hijos ha muerto luchando contra los franceses. —Me inclino en una respetuosa reverencia.
—Buenos días, mi señor.
Él asiente con la cabeza, en un breve saludo, pero sus ojos no reflejan nada de sus pensamientos.
—Tenemos otra asignación para ti, —dice la Reverenda Madre y un triunfo feroz se alza en mi interior ante esta nueva oportunidad de demostrar mi valía.
La abadesa se reclina en su silla y se cruza de brazos.
—¿Qué te ha contado la Hermana Eonette sobre nuestra situación política? — Hace la pregunta con la suficiente ligereza, pero con la Reverenda Madre, todo es una prueba. A ella no le preocupa cuantas conferencias de la Hermana Eonette he perdido porque la Hermana Serafina necesitaba mi ayuda o porque me quedaba atrapada en el scriptorium, luchando con mis cartas.
—Nuestro amado Duque Francisco murió hace casi dos meses, acosado a muerte por la agresión de la regente de Francia. Él y otros nobles lucharon duramente para poner fin a la extralimitación de la autoridad francesa, pero fueron derrotados. Debido a esta derrota, nuestro duque fue obligado a aceptar el Tratado de Verger, en términos que son favorables a los franceses y hacen difícil que nuestro país pueda mantener su independencia.
La abadesa se ve complacida y mira al canciller como diciendo «¿Lo ve?». Él asiente y luego alza las cejas hacia ella, en una pregunta. Tras su permiso, habla con una voz profundamente estruendosa, discordante en este lugar donde sólo he oído hablar a mujeres.
—¿Qué hay de nuestra joven duquesa4? ¿Qué sabe de ella?
Me remuevo ligeramente, incómoda con este extraño hombre interrogándome. —Sé que su mano ha sido propuesta en matrimonio a la mitad de los príncipes de Europa y que ella se ha comprometido a mantener la independencia de nuestro país. —No puedo evitar sentir simpatía por nuestra pobre duquesa—. Ella ha sido vendida al mejor postor, sólo por haber nacido noble.
Los ojos del canciller se dilatan de sorpresa y le dirige una mirada burlona a la abadesa.
—¿Eso es lo que les enseñan?
—No en esas palabras, Lord Canciller, pero debe entender que aquellas que se sienten atraídas hacia el trabajo de Mortain, por nuestra propia naturaleza, no sienten amor por el estado matrimonial o por los matrimonios arreglados o forzosos. De hecho, muchas se han unido a nuestro convento para escapar de tales cosas. —La fría mirada azul de la abadesa se enfrenta con la cansada mirada azul del canciller, y algo tácito ocurre entre ellos. El Canciller Crunard es el primero en apartar la mirada y la abadesa se vuelve hacia mí.
—Tenemos razones para creer que los franceses están enviando un espía, para encontrarse con el Baron Lombart, en un intento de comprar su lealtad. El control del puerto Lombart será fundamental, si vuelve a estallar una guerra entre nuestros países. Deseamos que tú interceptes a ese contacto, antes que él se reúna con Lombart. No podemos darnos el lujo de perder otro de nuestros nobles ante los franceses.
Mi corazón se acelera ante esta nueva tarea. Es mucho más completa que la taberna, una verdadera prueba de todo lo que he aprendido, y estoy ansiosa por superarla.
—Acompañarás al Canciller Crunard, como su amante, en el pabellón de caza de Lombart, en Pont-Croix, esta noche, —dice la abadesa. Me arriesgo a otra
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mirada al canciller. Es tan viejo, que estoy segura que todo el mundo verá a través del engaño. En todo caso, creerán que soy su hija.
—Ahora —continúa la abadesa—, hay mucho para preparar… ¡ah! Aquí están, —dice cuando llaman a la puerta. Sin esperar una invitación, la Hermana Annette y la Hermana Beatriz entran en la habitación—. Ve con las hermanas y ellas se encargarán de que tengas todo lo que puedas necesitar esta noche. Cuando lo hayan hecho, te llevarán con la Hermana Vereda. Ella ha visto esto, Ismae, y te dirá lo que necesitas saber. Luego, te encontrarás con Sir Crunard en el patio trasero.
—Sí, Reverenda Madre. —Me inclino en otra reverencia. Mientras sigo a las dos monjas que salen de la habitación, lucho para evitar saltar de emoción.
—Vamos a la armería, en primer lugar —anuncia la Hermana Arnette, cuando entramos al pasillo.
La Hermana Beatriz protesta.
—Creo que tendríamos que vestirla primero. ¿Cómo vas a saber lo que puede llevar, si primero no ves su vestido?
—Eso es cierto —dice la Hermana Arnette, pero el suspiro que se le escapa me hace pensar que no siente más amor por las artes femeninas de la hermana Beatriz que yo.
Aún así, cuando entramos a la cámara interior de la Hermana Beatriz, me quedo sin aliento. Es la primera vez que estoy aquí, y vestidos de todo tipo cuelgan de ganchos o están doblados en pilas, seda sobre terciopelo, terciopelo sobre brocado, en todos los colores imaginables. Los ojos de la Hermana Beatriz ya están buscando entre las mejores galas.
—Ah. Este podría funcionar. —Extrae un vestido de terciopelo bermejo de una pila. Tiene un corsé bordado de dorado y verde, y nunca había visto algo tan delicado. Ella lo sostiene frente a mí y me mira de reojo, luego sacude la cabeza—. Te hace lucir frívola. —No estoy segura de lo que significa frívola, pero el vestido es precioso y mis ojos lo siguen con nostalgia, cuando lo echa a un lado.
A continuación, levanta un vestido de brocado bermellón. Sin agradarme por lo brillante del color, murmuro:
—¿Por qué no, simplemente, pintarme una señal en la frente?
—¿Crees que aparecer en el pabellón, de negro como un cuervo entre pavos reales, te ayudará en tu sigilo? —pregunta.
Ella da un resoplido de satisfacción porque yo le haya dado la razón, y entonces empieza a sacar docenas de vestidos de las perchas. Pero todos son demasiado flojos o demasiado cortos o el color no le agrada. O a mí. Por último, levanta un vestido de color Burdeos y lo sostiene en algo. Ella y la Hermana Arnette intercambian una mirada.
—Es perfecto para ella, ¿no?
—Salvo que le falta el corpiño —señalo.
La Hermana Beatriz hace a un lado mis preocupaciones.
—El corpiño está cortado bajo, al estilo veneciano, para que puedas mostrar mejor tus encantos femeninos.
La Hermana Arnette estudia el vestido, los dedos tamborileando sobre la barbilla mientras piensa.
—Podemos trabajar con eso —dice finalmente y mi corazón da un vuelco. No estoy segura que yo pueda trabajar con eso. O en eso, como sea el caso.
Pero ése es el fin de la discusión y la Hermana Beatriz me arroja el vestido.
—Pruébatelo, para ver si te ajusta. —Me lleva hacia un biombo de vestir, en el rincón más apartado. Sostengo el vestido con tanta delicadeza, como si fuera un bebé recién nacido, temerosa que mis dedos pudieran arruinar la suave tela. Detrás del biombo, me quito el hábito con rapidez.
—Toma. —La Hermana Beatriz me arroja una delicada pieza de lino por sobre el biombo—. Necesitas ropa interior más fina bajo eso.
Dolorosamente consciente de las dos mujeres mayores al otro lado de la pantalla, me deslizo fuera de mi vieja camisa, temblando en mi desnudez. Me siento aliviada cuando, por fin, me pongo la nueva; entonces doy un paso dentro de la falda de rico terciopelo y anudo las cintas alrededor de mi cintura. Deslizo mis brazos dentro de las apretadas mangas y me maravillo de cuán perfecto encajan, como si las hubieran hecho para mí.
Cuando levanto el corpiño por mis hombros, veo que la Hermana Beatriz está en lo correcto: cubre mi pecho, pero a duras penas. Siempre he sabido que, en ocasiones, tendría que pasar por una mujer noble, pero me resisto a vestir como una prostituta.
—No creo que esto vaya a funcionar —digo en voz alta, demasiado avergonzada para salir de detrás de la pantalla.
La Hermana Beatriz está allí, aparta mis torpes dedos con firmeza y hace los lazos por sí misma.
—Es perfecto. Captará la atención de cada hombre, de modo que nadie se molestará en ver qué hacen tus manos. Ahora, ven conmigo. La Hermana Arnette está esperando en la armería. Aquí están tus zapatillas y tu capa. Te peinaré cuando ella haya terminado contigo.
A pesar que la armería palidece en comparación con el vestidor de la Hermana Beatriz, la prefiero con mucho. De hecho, es una de mis salas favoritas del convento. Además de cuchillos y dagas de toda forma y tamaño, allí había rondelas con filos como navajas que se usaban para matar a distancia. Ballestas de todos los tamaños colgaban de las vigas del techo e hileras de flechas se alineaban en bandejas. Había garrotes de alambre enrollados sobre ganchos, así como toda clase de arneses de cuero y vainas para ocultar las armas en nuestros cuerpos. Un metálico y agudo martilleo permanecía en el aire y se mezclaba con el aroma de la grasa de oca que se utiliza para el pulido de las hojas.
La Hermana Arnette me coge la mano y tira de mí hacia una pared completamente cubierta de cuchillos alineados. Le da una rápida ojeada a mis mangas ajustadas.
—Nunca podremos poner una hoja bajo ésas. Toma. —Me arroja una vaina de tobillo. Mientras me inclino para atraparla, mis encantos femeninos están a punto de desbordar mi corpiño. Merde.
Una vez que aseguro la vaina de tobillo, me entrega un fino estilete con incrustaciones de piedras preciosas. Estoy a punto de dejarlo caer por la sorpresa. —Esto es demasiado fino.
—Es la última moda en Venecia. Pero será tu principal arma esta noche. —Extrae un brazalete finamente labrado, que parece un grueso cable, bañado en oro y enrollado en muchas vueltas. Coge los extremos, luego tira, desenrollándolo para revelar un trozo de delgado, mortal alambre.
—Sólo tienes que poner tus manos en su cuello, como para un abrazo. Si te mueves con la suficiente rapidez, no sabrá qué está pasando, hasta que sea demasiado tarde. Incluso, si es necesario, podrías hacerlo en el rincón más oscuro de una habitación llena de gente.
Vuelve a enrollar el brazalete y me lo pasa. Lo deslizo en mi muñeca. La Hermana Beatriz me estudia, pensativamente.
—Tal vez, debería maquillarte los pezones con ocre rojo.
—¡Hermana! —Estoy bien y verdaderamente conmocionada. Annith me ha advertido que la Hermana Beatriz tiene los atributos de una cortesana fina, pero me he perdido demasiadas de sus clases, como para ver ese lado de ella.
—No seas pacata —descarta mi angustia con un gesto de su mano y se gira hacia la Hermana Arnette—. Si levanta sus brazos de esa forma… —La vieja monja levanta los suyos como si los estuviera poniendo alrededor del cuello de una persona—, el corpiño se abrirá. Ya que las mujeres venecianas se maquillan los pezones, deberíamos hacer lo mismo con ella, ¿no cree? ¿Para mantener el disfraz completo?
La Hermana Arnette me dirige una sonrisa de simpatía.
—Creo que si él le alcanza a ver los pezones, no importará si están con colorete o no. Estará muerto en cuestión de segundos.
Es la Hermana Arnette quien me conduce al santuario interno del convento, donde reside la Hermana Vereda, y eso me alegra porque estoy harta de la Hermana Beatriz. Ante la puerta de la vidente, la monja me palmea el brazo. —Buena suerte —dice, y no sé si se refiere a mi asignación de esta noche o a mi visita a la anciana monja. La Hermana Arnette se va y me vuelvo hacia la puerta. Incluso antes que pueda llamar, una voz grita: —¡Adelante!
Entro a los cuartos de la vidente, los cuales están tan oscuros y calientes como un vientre. Hay un débil resplandor rojizo, proveniente de un brasero de carbón. La Hermana Vereda no necesita luz, pero a sus viejas articulaciones les gusta el calor. Entorno los ojos en la oscuridad, tratando de verla mejor. Ella inclina su cabeza, cubierta con un velo, hacia un costado y me estudia con sus ojos ciegos. Es inquietante.
—Ven más cerca —dice.
Hago a tientas mi camino en la habitación a oscuras, el pesado y poco familiar vestido me dificulta tanto como la falta de luz.
—La Reverenda Madre dice que ha visto mi asignación para esta noche y que puede darme indicaciones para que pueda llevarla a cabo.
—¿Llevarla a cabo? ¿Eso es lo que tu corazón desea, entonces?
—¡Pero por supuesto! Mortmain y Su convento me han levantado de un sótano y me han dado una vida más gloriosa de lo que pude haber imaginado. Voy a pagar esa deuda en todos los sentidos que pueda.
Ella me observa en silencio, con sus ojos de un desconcertante blanco lechoso. —Recuerda, la fe verdadera nunca viene sin angustia.
Antes que pudiera responder, mete la mano en una pequeña bolsa que lleva en la cintura, saca un puñado de algo –parecen pequeños huesos y una maraña de plumas– y lo arroja al brasero.
Las llamas cobran vida y un sabor acre llena la habitación. La Hermana Vereda observa el interior del pequeño fuego, como si estuviera leyendo las llamas rojas doradas que se reflejan en sus ojos ciegos.
—Veinte pasos, luego sube una escalera. Pequeño para un hombre, y enjuto como el zorro al que se asemeja. El polvo de Amboise se aferra a sus botas y un rojo rubí, dado por la regente francesa, pende en su oreja. Martel es su nombre. Es el que Mortain ha marcado. —Las llamas chisporrotearon hasta apagarse y los ojos de la Hermana Vereda regresaron a su color blanco lechoso.
Sin saber qué hacer, hice una reverencia.
—Sí, Hermana. La voluntad de Mortain será cumplida.
A continuación, ella levantó una pequeña caja del estante bajo el brasero. Sus ojos pueden ser ciegos, pero sus dedos son ágiles y rápidos, y extraen una botellita pesada del interior. En la negrura más profunda, su pulida superficie capturaba pequeñas chispas de luz de las brasas, de modo que parecía como si ella sostuviera un trozo del cielo nocturno lleno de estrellas.
—A pesar que aún no estás completamente iniciada, la Reverenda Madre pide que recibas las Lágrimas de Mortain. Arrodíllate.
Manteniendo mis ojos fijos en la punta afilada y cónica del tapón, me arrodillo a sus pies.
—Por la gracia de Mortain, te otorgo Visión para que puedas ver Su Voluntad y actuar en consecuencia. ¿Prometes obedecer al santo y actuar sólo cuando Él lo mande?
—Lo prometo.
Ella sumerge la punta del tapón en el contenido del vial, luego busca mi rostro a tientas.
—Abre bien los ojos, niña.
Incluso cuando tengo algo de miedo de la aguda punta, hago lo que me ordena. Ella la mueve certeramente hacia mis ojos, una única gota pesada cuelga del extremo cónico y yo oro para que su mano se mantenga firme.
Hay un toque de calidez, luego mi vista se torna borrosa, y todos los colores y luces de la pequeña habitación corren juntos. Mis ojos se tornan más y más calientes, hasta que temo que ardan en llamas. Por un momento, tengo miedo que me haya cegado, pero entonces la sensación pasa, el calor y la confusión cesan, y puedo ver nuevamente. Me parece que todo es algo más brillante ahora, y que los bordes son más nítidos, como si la misma cosa lechosa que nubla la vista de la Hermana Vereda hubiera sido removida de la mía.
Pero, no sólo mi visión es diferente. También mi piel ha cambiado y siento el aire como una cosa casi sólida contra mis brazos y rostro. Soy consciente de la presencia de la Hermana Vereda en un modo que antes no lo era. Puedo sentirla, sentir la chispa de vida que brilla tan resplandeciente en su interior.
—Estas Lágrimas de Mortain son un regalo para aquellas de nosotras, que lo Sirven