• No se han encontrado resultados

Traducido por pamii1992 Lore

En el convento, la Madre Superiora me mir fijamente, mientras se inclina hacia adelante.

—¿Estás segura que dijo Duval?

—Sí, Madre Superiora. Ése fue el nombre que dio, aunque quizás era falso. También usaba la hoja de roble plateada de San Camulo, —le digo también en caso de que ayudara de alguna manera.

La abadesa mira a Crunard y él asiente con renuencia.

—Duval sirve a San Camulo, como lo hacen la mayoría de los caballeros Y soldados.

—Aun así, —dijo—, sería demasiado fácil apoderarse de dicha insignia para completar el engaño.

Crunard se removió en su silla. —Pero era Duval… —dice

—Podría haber otras razones para que estuviera ahí –—señala la abadesa.

—Podría haberlas —afirma Crunard a regañadientes—. Pero también es posible que hayamos atrapado un pez grande.

La abadesa posa sus penetrantes ojos azules sobre mí. —¿Cómo reaccionó al encontrarte en el cuarto?

—Asumió que estaba ahí para algún tipo de enlace/alianza y fue coqueto al principio. Después se enfadó. —Quería mirar hacia otro lado, temía que se diera cuenta de cuán pobremente interpreté mi papel con él, pero tratar de evitarla sólo la haría prestar más atención.

Repito toda la conversación para ella, palabra por palabra. Cuando termino, ella mira a Crunard, quien se encoge de hombros.

—Podría no significar nada; podría significar todo. Ya no puedo decir que conozco a todos los enemigos de la duquesa. Se escoden demasiado bien entre sus aliados

—Pero Duval… —dice la abadesa, negando con la cabeza. Se recarga sobre el respaldo de su silla y cierra los ojos. No puedo decir si está pensando o está rezando. Quién sabe, tal vez ambas. Mientras sus ojos siguen cerrados, respiro profundamente mientras ansío llegar a mi cama. Los deberes de esta noche han sido emocionantes pero muy cansados. Que Duval pudiera ver a través de mi engaño, me sacudió completamente. Pensaba que ya había solo pocas cosas que necesitaba aprender, pero esta noche me di cuenta de cuán equivocada estaba. Juro que voy a ponerle más atención a las lecciones de la hermana Beatriz, en las artes femeninas. Quizá Annith y yo podamos practicar juntas.

—Entonces… —dijo la madre superiora, saliendo de su ensimismamiento—, esto es lo que haremos. Los invitados del Barón Lombart se quedarán toda la semana. El canciller Crunard estaba de regreso a la corte, pero ha cambiado de opinión, ¿no es así, Canciller?

Él asiente y después extiende sus manos. —Temo que mi caballo se ha lesionado… La abadesa sonríe.

—Así que por supuesto volverá con el Barón Lombart y su joven invitado. Y tú —sus ojos hacen que me quede quieta sobre mi silla—, regresarás junto con él y encontrarás una manera de encontrar a Duval otra vez. Preferentemente a solas, y con suerte, podrías convencerlo de que juegue contigo un juego de seducción, un enlace o algo parecido…

—Pero madre superiora… Su cara se hace fría y distante.

—¿Juraste o no usar todas y cada una de las habilidades que posees en el servicio de Mortain?

—Claro que sí, pero…

—No hay peros. El arte de la femineidad es una gran parte de tu arsenal así como tu daga o tu adorada poción. Duval debe ser vigilado. Tú misma encontraste evidencia de eso. Así que entre más cercana seas a él, más cosas aprenderás. Quizás incluso seas capaz de sacarle algunas verdades bajo el disfraz de una charla de almohada.

Estoy segura de que podría sacarle más secretos al sombrío y enojado Duval de lo que podría hacer que la abadesa bailara Gavota en las calles de Nantes, pero mantuve ese pensamiento para mí. Ya había tenido un suficientemente pobre desempeño esta noche y temo que si me pongo a discutir con ella, pensará que ya no soy apta para servir al convento. Y de pronto algo se me ocurre.

—¿Por qué no sólo eliminarlo desde ahora y nos evitamos correr tantos riesgos? —¿Viste la marca de Mortain en él?

Dudo un momento y después contesto sinceramente.

—No. Pero Martel la tenía escondida debajo de su collar. Tal vez Duval también la esconde.

Ella sonríe y me doy cuenta demasiado tarde que ha jugado conmigo hasta tenerme en sus manos.

—Muchas más razones para acercarte a él, ¿no?

No puedo siquiera empezar a comprender porque Mortain insiste en esconder esas marcas suyas haciendo que tenga que jugar al escondite.

—Ismae —dice seria una vez más—. Duval es uno de los consejeros en los que más confía la duquesa. Es fundamental que sepamos cual es su posición.

—Tiene el oído y la confianza de la duquesa, como muy pocos la tienen —explica Crunard.

—Y si nos está traicionando, sentirá el castigo de Mortain muy pronto —el rostro de la abadesa se torno sombrío—, quizás incluso de tus manos… —es interrumpida por un forcejeo en la puerta. La abadesa sólo tiene tiempo de fruncir el ceño antes de que la puerta se abra bruscamente. Mi respiración se atasca en mi garganta al ver como el mismo Gavriel Duval entra a la habitación.

Annith entra pisándole los talones.

—¡Lo siento, Madre Superiora! Le dije que había dejado instrucciones de no ser molestada, pero no me quiso escuchar —dijo enviándole una mirada feroz al intruso.

—Sí, puedo verlo —dijo la abadesa, enviándome una interrogante mirada rápida. Yo asiento, indicando que es él a quien vi en Lombart, ella se vuelve hacia el hombre en su puerta—. Bueno, Duval, pase. No se quede ahí.

Duval se interna un poco más en la habitación y yo casi retrocedo ante su mirada airada. De verdad, el hombre estaba tan enojado como para respirar fuego.

—Abadesa, Canciller Crunard… —les hace un asentimiento de cabeza a ambos. Su ira consume todo el espacio vacío en la habitación—. Hay algunas cosas que debemos discutir.

La abadesa levanta una ceja. —¿Es así?

—Sí. La incompetencia de sus novicias, por ejemplo —hace un indebido énfasis en la palabra novicia, creo—. Ya van dos veces que, ella —apunta con su dedo en mi dirección—, interfiere con mi trabajo. El convento no puede seguir mandando agentes que destruyan valiosas fuentes de información.

—¿Dos veces? —lo reto, puesto que sólo lo había visto una vez.

—La taberna —ante mi mirada en blanco, mueve sus hombros y me mira de soslayo—. Apúrate a regresar a Hervé cuando hayas terminado, ¿eh?

¡El idiota! Era el idiota de la taberna. Mis puños se aprietan ante el recuerdo. La Madre Superiora habla, consiguiendo atraer la atención con su fría voz.

—El convento siempre ha actuado sólo en llevar a cabo la voluntad de Mortain. ¿Está sugiriendo que necesitamos su permiso? —su tono hacía entender que no tenía que estar sugiriendo tal cosa.

Duval cruza los brazos sobre su pecho.

—Sólo propongo que reflexionen un poco sobre sus acciones. Van dos veces ya que ustedes llegan a los hombres antes que yo. Y mientras ustedes y su santo están interesados en repartir su castigo, a mí me interesa la información que pueda guiar a nuestro país fuera de este agujero de miseria en el que estamos. —Usted los busca para interrogarlos —el tono seco de la Madre Superiora no revela si siente o no remordimiento por haber arruinado sus planes. Duval asiente. —Estoy seguro, que con el incentivo correcto, podrían guiarnos al titiritero que está controlándolos —Crunard se sienta en su silla, súbitamente alerta.

—¿Seguramente provienen de la regente francesa?

—Tal vez… —dice Duval cautelosamente—. Pero está trabajando con alguien de la corte y me gustaría saber con quién —Crunard extiende sus manos, invitándolo. —¿Podrías compartir tus sospechas con nosotros?

—No en este momento —responde Duval suavemente, pero su negación nos sorprende de igual forma. Crunard se recobra primero.

—No sugiero tal cosa, pero sería poco prudente de mi parte expresar mis sospechas sin tener la suficiente evidencia. Desafortunadamente —dice mandándome otra mirada mordaz— alguien sigue destruyendo mi evidencia. Con la boca fruncida por encontrarse pensando, la abadesa se cruza de brazos. —¿Cómo propone que rectifiquemos esto? ¿Debemos consultarlo con usted cada vez que el santo nos ordene actuar? —Duval pasa sus dedos por su cabello y se voltea hacia la ventana.

—No necesariamente. Pero debemos hallar una manera para coordinar nuestros esfuerzos. Ya que debido a las acciones de su novicia, la duquesa ha perdido información muy valiosa.

Siento como si me hubieran abofeteado.

—Podría haber perdido —le corrijo en voz baja. Él me mira sorprendido. —¿Disculpa?

Con gusto, cedo ante mi Dios y mi abadesa, pero sería condenada si cedo ante este hombre. Levanto la cabeza y encuentro su mirada.

—Dije que puede haber perdido. No es seguro que esos hombres tuvieran alguna información importante.

Avanza hacia mí, acercándose tanto que debo echar mi cabeza hacia atrás para encontrarme con su ceño fruncido. Posa sus manos en los brazos de mi silla, aprisionándome.

—Pero ahora nunca lo sabremos, ¿verdad? —su voz es suave y burlona, y se encuentra tan cerca que siento sus palabras moverse a través de mi piel

—¡Duval! —La cortante voz de la Madre Superiora rompe nuestro tenso silencio—, deje de intimidar a mi novicia

Se ruboriza y se aleja de mi silla.

—No fui intimidada —murmuro en voz baja. Él me lanza una mirada enojada pero no dice nada. Un pequeño tic empieza a formarse en la base de su mandíbula. Recurre al canciller Crunard.

—Dígales. Dígales cuán delicado es el equilibrio. Cómo cada pedazo de información tiene el poder de influir en él.

—No tiene necesidad de decirme —dice la abadesa con voz cortante. Crunard extiende sus manos.

—Entonces sabe que es cierto. Los buitres están por todas partes. El regente de Francia ha prohibido que Anne sea nombrada duquesa. Es el deseo de nuestros enemigos hacerla formar parte de la Sala Francesa para que así puedan reclamar Bretaña para sí mismos. También demandan el derecho de decidir con quién debe casarse.

Duval empieza a pasearse por la habitación.

—Hay espías por todas partes. Podemos escasamente seguirles la pista a todos. Los franceses han instalado un séquito permanente en nuestra corte, lo que ha puesto incómodos a los países fronterizos.

Crunard agrega:

—Sin mencionar que su presencia hace imposible ver coronada a nuestra duquesa sin su conocimiento. Pero hasta que no pongamos la corona sobre su cabeza frente a su pueblo y la Iglesia, somos vulnerables.

No puedo evitar sentir simpatía por nuestra pobre duquesa.

—Seguramente hay alguna manera de salir de esto, ¿no? —Mi pregunta iba dirigida a la Madre Superiora, pero es Duval quien la responde.

—Forjaré una con mis propias manos, si es necesario —dice él—. Juro que voy a ver coronada a la duquesa y la veré casarse debidamente. Pero necesito información en contra de nuestros enemigos si quiero lograrlo.

El cuarto de pronto se torna tan silencioso que temo que pudieran escuchar el latir de mi corazón. La promesa de Duval me conmueve, y que lo hiciera sobre suelo sagrado probaba que era, ya sea, muy valiente o muy tonto.

Al final, la abadesa habla.

—Debo admitir que su experiencia es mayor en la materia de reunir información. Ante sus palabras, Duval se relaja un poco. Tonto. La mirada que ella le está dando es una que todos nosotros en el convento hemos aprendido a temer, y yo, por mi parte, por primera vez no me preocupé ni un poco por ese brillo.

—Su preocupación por nuestro país es admirable y es cierto que pocos están tan comprometidos como usted —sus cumplidos lo hicieron calmarse y sumergirse en una ilusión de seguridad—. Y sé que usted está tan ansioso de ayudarnos como nosotros lo estamos de ayudarlo.

La cara de Duval fue frunciendo el ceño mientras intentaba recordar haber expresado algo así. Mi corazón se hincha de orgullo ante como la Madre Superiora lo está encajonando. La abadesa mira al canciller Crunard, quien le da un pequeño asentimiento.

—Estaremos felices de trabajar con usted. Y para poder hacerlo aún mejor, colocaremos a Ismae en su hogar por algunas semanas.

El shock que sus palabras me provocan, saca todo el aire de mis pulmones, lo cual es lo único que me detiene de gritar ¡NO!

Duval me lanza una mirada horrorizada. —¡Como si esto estuviera siendo obra mía!

Abre la boca, claramente para protestar, pero la abadesa habla antes que él. —Necesitamos a alguien en la corte. No me gusta estar tan lejos cuando hay tanta agitación alrededor de la duquesa. Haciéndose pasar como su amante, Ismae tendrá acceso a todas las personas e información que el convento requiere. Más importante aún, ella estará lista para actuar cuando se necesite. Y… —la abadesa le da una sonrisa inocente—, así será posible coordinar nuestros respectivos deberes.

No puedo hacer nada más que admirar como la trampa perfectamente planeada de la Madre Superiora daba resultado. Y la admiraría mucho más si yo no hubiese tenido que ser la carnada.

—Pero, Madre Superiora… —intento replicar, pero ella me silencia con una sola mirada.

Duval, sin embargo, no le debe la misma obediencia incondicional.

—Usted está loca —dice simplemente, haciendo que la expresión en el rostro de la Madre Superiora se vuelva dura—. No debería hacer algo así. No tengo tiempo para hacer de niñera de una de sus novicias.

—Entonces, cualquier oportunidad de que coordináramos nuestros esfuerzos está perdida —dice ella, con actitud fría y distante.

—Me está chantajeando —le dice Duval, agraviado.

—No, sólo estoy aceptando la cooperación que usted mismo ha pedido.

Ahí está. Ha caído total y completamente en la trampa. Está atrapado y lo sabe. Cuando deja salir un suspiro de resignación, sé que la Madre Superiora ha ganado.

—No la presentaré como mi amante. Deberemos decir que es mi prima —Ese martillo da en el clavo. ¿Soy tan repugnante, acaso? La Madre Superiora luce incrédula.

—¿Y quién le creerá? Su familia y sus lazos son demasiado conocidos como para que eso funcione.

—Además —añade Sir Crunard—, nadie pondría a una dama soltera bajo tu cuidado sin que un miembro femenino de la familia sea su carabina. Es mucho más creíble que simplemente hayas encontrado una amante.

Aclaro mi garganta para llamar la atención, la Madre Superiora alza una ceja, dándome permiso para hablar.

—¿No sería más fácil si fuera instalada en sus cocinas? ¿O como una sirvienta? — La abadesa agita su mano, quitándole importancia a mi sugerencia.

—Si así fuera, no tendrías acceso a la corte, lo cual es lo más importante de todo esto.

—Excepto que —señala Duval—, soy conocido por no estar a favor de tener amantes. Sin mencionar que si lo hiciera, no sería alguien que está más verde que una manzana en invierno.

Aprieto mis dientes ante su comentario. No me falta tanto por pulir.

La Madre Superiora se recarga de nuevo en el respaldo de su silla y emite un tss.

—Exagera, Milord. Ismae ha sido entrenada en todo tipo de cosas, incluido el cómo actuar como la amante de un hombre.

Obviamente este no es el mejor momento para confesar que no he puesto atención en la mayoría de las lecciones de la Hermana Beatriz.

—Pero lo más importante es —Duval continua hablando—, que la forma en que están las cosas en la corte, no puedo asegurarle protección.

—No necesito protección —digo, ofendida ante la sugerencia.

—No, ella no la necesita —la Madre Superiora lo confirma—. Lo único que necesita es una oportunidad para actuar.

—¿Dejaría ese tipo de decisiones de vida o muerte en manos de una novicia? —Claro que no —responde la madre superiora—. Dejaremos esas decisiones de vida o muerte en las manos de Mortain, que es a donde pertenecen.

La Madre Superiora se voltea hacia mí.

—Partirás con Duval en menos de una hora. Ve y empaca un bolso pequeño para que lo lleves contigo. El resto de tus cosas, las enviaremos a su residencia en Guérande. Puedes irte.

Mareada ante la velocidad con la cual mi mundo ha dado un giro de arriba abajo, permanezco ahí parada, intentando pensar un último argumento que pueda hacer. Me había unido al convento para renunciar al mundo de los

hombres, no para ser puesta bajo la merced de uno. Ante esto, la abadesa se recarga sobre su escritorio.

—¿Has olvidado tu juramento de completa e inquebrantable obediencia en todo? —Me pregunta en voz baja—. No eres más que una novicia. Y aún tienes muchas cosas que probar antes de que puedas tomar tus votos finales.