CAPÍTULO 4: Dimensión mercantil de la información
4.2. Las transmutaciones del libro
El libro ha sido desde siempre un elemento de cambio social, desde su concepción, elaboración y especialmente su contenido. El libro posibilita el tránsito de las ideas, transforma las relaciones sociales y libera al espíritu de toda clase de ataduras. En sus orígenes, su producción impresa, trajo consigo una racionalización aplicada a la división del trabajo, que dio paso a otras formas de producción estandarizada que iban a ocasionar una completa revolución en el panorama cultural occidental.
Sí bien los primeros libros pretendían reproducir la apariencia de los manuscritos, gradualmente empezaron a surgir elementos de estandarización: se emplearon grabados en madera en vez de las laboriosas iniciales dibujadas a mano, los impresores intervienen en la regularización de la ortografía, adoptando y unificando sistemas más lógicos de puntuación y clarifican la división del texto mediante párrafos en cada página.
Poco a poco el libro impreso alcanza un lugar definido en el orden social. El íncipit, literalmente "aquí empieza", en la parte alta de la primera página de un manuscrito se convirtió en la página para el título, que proclamaba el tema del libro, daba el nombre del autor e informaba al comprador de la dirección del editor, se puede considerar la primera información publicitaria.
Las consideraciones prácticas llevaron a la aparición, primero de números o letras en signaturas y después a números de folios o páginas, y de ahí a páginas con índices de materias que se referían más a los números de las páginas que a las divisiones del texto. Todas estas innovaciones quedaron establecidas en torno al año 1530. Con el triunfo del humanismo, las formas de letra romana se utilizaron a modo de sello de marca del nuevo espíritu y desde Italia y Francia, se difundieron a la mayor parte de Europa, desplazando a la letra gótica que resultaba menos legible acotando su utilización casi exclusivamente a lo que ahora conocemos como Alemania.
Así nace el libro moderno, gracias al conjunto de esfuerzos para hacer el texto más accesible, dividiéndolo en unidades para facilitar el volver a cualquier pasaje, contribuyendo a iluminar la labor de la lectura.
Esto abrió paso a nuevas formas de lectura, más rápidas y más personales y por tanto, también nuevas formas de utilizar los libros, abriendo la puerta al enriquecimiento intelectual. Los primeros impresos contribuyeron al mejor conocimiento de los autores de la antigüedad, la lengua latina y la difusión del humanismo (Febvre, 2004:294), pero también, ampliaron el abismo entre la élite cultivada y la cultura oral o semioral de la gran mayoría.
Las hermosas bibliotecas privadas de la época, reflejan la pasión del coleccionista por sus objetos. Simultáneamente, son también un signo de prestigio y, un almacén de información. Por encima de ello, también establecen un símbolo inequívoco que diferencia y marca que sus dueños son los poseedores tanto física como intelectualmente de la cultura.
Durante casi trescientos años, la cultura del libro surgida de la imprenta, sólo podía poseerse completamente tras cursar un largo aprendizaje en el que las aptitudes mentales para leer se iban adquiriendo con lentitud: la habilidad de conectar y asociar, la familiaridad con el idioma, la facilidad de expresión, la destreza en seguir un argumento, la comprensión de distinciones refinadas y, por fin, una mayor confianza y una mejor aptitud para adquirir nuevos conocimientos.
Por eso, quienes poseían esa educación podían aspirar a múltiples beneficios, destacadamente los relacionados con el poder político.
De ahí, el deseo de proclamar su educación con su biblioteca, su correcta ortografía y clara dicción. Luego entonces, es evidente que el acceso a los libros ha contribuido desde siempre a la estructuración del orden social. (ibid. 22-27).
Con el transcurso del tiempo, la lectura -y en sus primeras etapas exclusivamente los libros- se democratizo en cuanto a lectores, el lenguaje se tornó más llano, las temáticas de los contenidos también se diversificaron y las técnicas de producción se mejoraron notablemente; por lo que en conjunto, los impresos fueron factores decisivos en el rompimiento de estructuras sociales.
Hoy la letra se acompaña de la imagen, el sonido y movimiento en una simbiosis que aparta la imaginación y el pensamiento de lo que se informa, orienta la imaginación hacia el contenido que se torna tácito; el contenido es guiado y sobrecargado. No se ha perdido el hábito de la lectura, al contrario ha aumentado, lo que ha cambiado es lo que se lee y la forma en que se lee, pero sobre todo lo que se hace con lo que se lee.
¿Los libros para ser considerados como tales, únicamente tienen que ser impresos?; ¿el lector tiene que tenerlos en sus manos, pasar las hojas, tomar notas al margen y asignarles un espacio particular?; ¿solamente en los libros o a través de ellos se puede tener acceso a la información que se convertirá en conocimiento?; ¿se debe de leer únicamente de forma lineal?; ¿las bibliotecas tienen que ser las únicas depositarias de la información?
Estas y más preguntas más pueden surgir como resultado de la competencia que parece existir entre el formato tradicional impreso y las múltiples posibilidades que ofertan las tecnologías de la información. En realidad, ¿es válida esa discusión o es solo producto de nuestra resistencia al cambio?
Hay algunas voces como Derrida (1998) que proclama el fin del libro y el comienzo de la escritura, invitando a ampliar las fronteras del lenguaje y dejando entrever la necesidad de la relación interpersonal cara a cara. Todo parece indicar que la reunión de Bolonia sobre el futuro del libro y muchas más de las discusiones sobre el mismo tema, ponen en claro la presencia de una lucha del todo o nada, carente de matices que incluso atentan contra la libertad de elección o toman rumbos impositivos sobre lo que debe ser. No se debiese olvidar que al final son las personas quienes deciden lo que requieren y en la forma como lo desean.
Para quiénes están familiarizados con los dispositivos electrónicos (especialmente los jóvenes), probablemente preferirán utilizar un Ipad, tal vez un Kindle o quizá el Reader o alguna aplicación para lectura de textos en su teléfono móvil o computador, para leer un libro, el periódico, una revista o unas notas que posiblemente comparta enviándolas por correo o manipule de otra forma. De nueva cuenta surge el elemento conveniencia.
Si otros prefieren tomar el libro en sus manos, sentir su peso, aroma, leer y releer un mismo párrafo, subrayarlo o guardar hojas de árbol o pétalos de alguna flor, como tratando de integrar al libro alguna evocación, conseguir que el autor estampe su firma en una dedicatoria y atesorarlos en su biblioteca, pues necesariamente ese lector elegirá el libro impreso. De igual forma pueden combinarse todas las formas y no se tiene por ello que entrar en disputa con nadie.
No debiese ser necesario caer en ninguna discusión donde se sabe de antemano que no se resolverá nada, puesto que ni el libro ni la biblioteca desaparecerán. Solamente se transformaran y continuaran satisfaciendo las necesidades de quien las requiera.
El problema proviene principalmente de algunos elementos del sector empresarial: editores, impresores y libreros; que ven amenazada su actividad frente a nuevos actores que mejor equipados y con mayores recursos tecnológicos (hipertexto, multimedios, interactividad) o al menos con atractivos diferentes, evidencian su cerrazón por aferrarse a formas tradicionales y no diversificar sus opciones de mercado. Por el contrario, es natural que las nuevas propuestas resulten atractivas y de interés para grandes sectores de población, sobre todo si cuentan con la capacidad económica para acceder a ellas y están ansiosos por aprovechar las novedades.
Son los soportes más no los contenidos los que necesariamente habrán de variar. Son las actitudes de los responsables del manejo de la información, frente al reto del cambio lo que marcará la diferencia en el cumplimiento de su función social. Es la capacidad de adaptación al cambio y la percepción oportuna de necesidades lo que les dará funcionalidad. En suma son los bibliotecarios quienes deben adaptar, modificar e innovar su función cotidianamente, con la misma dinámica de las transformaciones sociales, enfrentando los retos con mente abierta, sin atacaduras ni resabios de un pasado que ya no existe.