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el triunfo de la voluntad

In document Muy Historia 2015 01-ADI-ARIT (página 36-38)

En su salsa.En este cuadro, Schliemann y su mujer, Sofía, desentierran joyas de una tumba micé- nica en 1876. Saca- ron a la luz millares de ellas, pero des- trozaron el contexto.

CORBIS

Ilios, la obra monumental en la que describe sus excavaciones en Troya, comienza con su autobiogra- fía. En ella incluye datos increíbles, pero ciertos, junto a datos falsos pero muy creíbles. Juzgada desde el presente, su aportación a la arqueo- logía fue tan decisiva como devas- tadora. Es evidente que desenterró maravillosas muestras del pasado europeo, e incluso podría decirse que contribuyó a fundar la arqueo- logía moderna, pero no es menos verdad que, al hacerlo, destruyó para siempre un cúmulo de datos que nos habrían ayudado a entender mucho mejor lo que recuperó.

Marcado desde la infancia.Aque- llos espectaculares tesoros se expli- caban a sí mismos en virtud de un en- torno que su afán excavatorio contri- buyó a destruir irremediablemente.

La obsesión que lo dominaba había arraigado en la infancia. Él mismo lo declara en las primeras frases de su autobiografía: “Lo que me empuja a poner la historia de mi vida al fren- te de esta obra no es la vanidad, si- no mostrar hasta qué punto las im- presiones de mi infancia marcaron el trabajo de toda mi vida”.

Había nacido el día de Reyes de 1822 en una aldeíta prusiana, hijo de un pastor protestante que pronto fue destinado a la vecina Ankersha- gen. En aquella ciudad cargada de

H

einrich Schliemann fue

un hombre dominado por una obsesión. Su perso- nalidad lo hacía antipá- tico, pues lo que en ella predomi- naba era la ciega determinación de alcanzar sus propósitos. No fue un tipo imaginativo ni talentoso, sino un metódico y calculador espíritu prusiano a cuya biografía habría cua- drado el título que mucho más tarde usaría Leni Riefenstahl para mayor gloria de su Führer: El triunfo de la voluntad. Pues sólo a base de volun- tariosa constancia –y del desarro- llo de un ego formidable– se puede entender que aquel rapaz que corría por las calles de la pequeña Fürsten- berg llevando mandados del tendero Holtz llegara a convertirse en uno de los individuos más célebres y respe- tados del último tercio del siglo XIX.

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supersticiones y leyendas, que el niño Schliemann asimiló a su mane- ra infantil, se desarrollaron los ocho años que determinarían el resto de su vida y sus éxitos. Su padre, el pastor, era un fanático de la Historia Antigua que hubiera deseado estar entre los afortunados que desenterraron los tesoros de Herculano y Pompeya en el siglo anterior. En lugar de cuen- tos, le narraba a su hijo las hazañas de Aquiles y Eneas, de manera que el crío se familiarizó íntimamente con los héroes que describía Homero.

El sueño homérico, la pesadilla cotidiana. El punto de inflexión en la infancia de Schliemann –declarado por él mismo– ocurrió exactamente el día de Navidad de 1829, cuando su padre le regaló un ejemplar de la His- toria Universal contada a los niños, de Jerrer. Era una edición ilustrada, y hojeando sus páginas topó con un gra- bado en el que se veía a los héroes tro- yanos huyendo de su ciudad en llamas. El pequeño Heinrich dijo a su padre: “Con esos muros tan grandes tiene que haber quedado algo en pie. Yo en- contraré Troya cuando sea mayor”.

Para eso tuvieron que transcurrir 44 años, pero de momento le espe- raba el primer gran revés de su vida. Mientras empezaba a saborear sus éxitos escolares a la vez que su primer amor juvenil, murió su madre. Y po-

co después el pastor Schliemann fue acusado de los feos delitos de abu- sador de mujeres y desaparición de caudales y desposeído de su dignidad y de su salario. El efecto de aquella vergüenza debió de ser devastador para Heinrich. En su autobiografía no hace la mínima mención a su padre a partir de este punto de su vida.

Había que ganarse el sustento, así que con 14 años trabajaba sin des- canso desde las cinco de la maña- na hasta las once de la noche como chico de los recados en una tienda de comestibles de Fürstenberg. Y en

esas mismas condiciones continua- ba, entre arenques, café, manteca y azúcar, cuando cumplió los 20. Hasta que una mañana, al ir a cargar en el carro un barril más pesado de lo ha- bitual, sintió un crujido en el pecho y empezó a escupir sangre. Incapaz de seguir ejerciendo aquel trabajo, lo abandonó y, desesperado, cami- nó más de 200 km hasta Hamburgo, donde obtuvo un empleo mísero del que también fue despedido a causa de su estado de salud. Finalmente, a través de un amigo de la infancia de su madre, fue aceptado como gru- mete en el bricbarca (un tipo de na- vío) La Dorotea, que debía llevarle a Venezuela. Pero el destino de Schlie- mann no estaba en América.

Idiomas por el método Schliemann. La Dorotea, que había zarpado de Hamburgo a fines de noviembre, nau- fragó dos semanas más tarde frente a la costa holandesa de Texel. Fue un naufragio nocturno. Tras nueve horas espantosas en el bote salvavidas, za- randeados por la borrasca y el viento helado, los supervivientes consiguie- ron alcanzar la playa al amanecer.

En Holanda, la vida del joven Schliemann encontró por fin su pun- to de reposo. Obtuvo un pequeño empleo burocrático en Ámsterdam que le dejaba tiempo para hacer lo que más deseaba en el mundo: cul- tivarse. Decidió dedicar la mitad de su modestísimo sueldo a subsistir y la otra mitad a sus estudios. Para em- pezar, se obstinó en aprender inglés y puso en práctica un sistema propio, muy peculiar, al que se atuvo el resto de su vida con gran éxito, pues llegó Schliemann escri-

bió miles de pági- nas de minucio- sos diarios, en los que, como se puede ver en esta imagen, describió detalladamente y dibujó muchos de sus hallazgos arqueológicos.

A

demás de ser un tipo volun- tarioso, Heinrich Schliemann era lo que se dice un hombre metódico, atento al menor deta- lle de su vida. No hizo nada por intuición o capricho, sino que siempre actuó motivado por razo- nes estrictas y a partir de planes bien establecidos. Con una salve- dad: los años que siguieron a su desafortunada primera boda, en

los que vagó por todo el mundo fantaseando con emprender una nueva vida en cualquier parte.

Ni un minuto que perder. Duran-

te los tres meses que empleó en realizar su crucero solitario por el Nilo, escribió un diario que da cuenta del rigor con el que distri- buía su tiempo: “Me levanto a las

7 y paseo media hora de un extre-

mo al otro del barco antes de to- mar el té. Después, desayuno tres huevos y camino en círculo una hora mientras fumo. A continua- ción leo un libro en árabe durante una hora, y a Eurípides durante dos horas. Como, camino una hora más y leo obras científicas hasta las 16:30. Después camino hasta las 18, ceno y vuelvo a an- dar media hora más disfrutando de la brisa. Luego redacto mi diario y me voy a la cama”.

“Cuando sea mayor, encontraré Troya”.Eso se propuso en 1829, con siete años, y en 1873 lo logró (ruinas de Troya, Hisarlik, Turquía).

LIBRO

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