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arto de una constatación: no disponemos todavía de otras uni- dades para la historia literaria que las lenguas y las culturas na- cionales. Desde el siglo XIX, estas conformaron la infraestruc- tura de la historia literaria; la historia de la disciplina misma coincide, en las fechas de origen e institucionalización complementarios de las filologías nacionales, la romanística y el estudio de las literaturas ex- tranjeras, con los tiempos históricos del desarrollo de los nacionalis- mos. La literatura comparada no alcanzó a forjar herramientas de análisis capaces de sobrepasar el paradigma teórico de la historiogra- fía de la literatura y la cultura nacionales, con sus periodizaciones es- tablecidas, sus criterios de especificación y definición de sus objetos, sus modelos dominantes de desarrollo y modernización literarios, sus modos culturalistas de articular la literatura con la sociedad y la polí- tica –aunque, por supuesto, el comparatismo hizo y hace intentos de ir más allá del medio mismo que lo vio nacer, todos ellos más o menos gloriosos en el fracaso teórico y epistemológico inevitable.Esta carencia se vuelve más flagrante ante una agenda política y científica que, por razones diversas que me llevaría mucho tiem- po explicar aquí –pero que al menos podría etiquetar así: #globaliza- ción, #multiculturalismo, #poscolonialismo, #universidad corporati-
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115 va, #crisis de las humanidades–, dificulta cada vez más recurrir, para
comprender el presente y el pasado, a la trabazón conceptual y axioló- gica de las categorías de una lengua, una cultura y una literatura que las convirtió, a cada una de ellas, en nacionales. Pero hay que tener en cuenta que esto también desarma desde su misma base la hipótesis historiográfica modernista –en el sentido más amplio del término– que cifró la superación, solo aparente, de una literatura nacional definida según el principio de su supuesta –y sin dudas imaginada– autoctonía, en un cosmopolitismo internacionalista, en apariencia espontáneo, implicado solamente por el uso desterritorializado, abstraído, forma- lizante y autónomo de una lengua antes definida como nacional. Ope- ra alegóricamente, detrás de este tipo de relato de la constitución de las literaturas nacionales como literaturas modernas y autónomas, el modelo teleológico de la emancipación nacional cuando esta se piensa como acceso de un pueblo o una nación sin Estado al ejercicio de la soberanía que este implicaría, identificada en este caso con la promo- ción moderna a la autonomía literaria como vía de acceso a la lucha por la hegemonía literaria mundial.
Trataré de esbozar algunos posibles lineamientos para una agen- da teórica actual para la literatura comparada en estos horizontes. Para ello, hay que empezar por desarmar el modelo teleológico de la ecuación de Estado, nación y cultura con que se ha pensado la historia social e institucional de la literatura. Antes de convertirse en acervo nacional, la literatura tuvo que pasar a ser, de anterior atributo de poder y distinción para las élites gobernantes, una institución del Es- tado moderno. La institucionalidad separada de la literatura no es un a priori de la crítica literaria ni una consecuencia de una identidad nacional preexistente, sino un proceso político complejo, no lineal, de balances siempre parciales, objeto de resistencias e impugnacio- nes, que forma parte integral de los procesos de constitución de los estados nacionales modernos. Haciendo registro de estas vicisitudes, la historia de la literatura –hoy, abandonada por la industria editorial, cada vez más asunto de erudición, archivo y patrimonio, y subsidio y promoción, es decir, completamente en manos de las instituciones del Estado– podría recuperar así su politicidad constitutiva, sin restrin- girla a su vieja pretensión cultural monumental en torno a un canon de obras y autores ni a las fronteras de un territorio nacional.
Hay una manera de desarmar este modo de pensar las tareas de la historia literaria desde una perspectiva comparada que ya se viene desarrollando dentro de la crítica académica: tiene que ver con estudiar cómo la literatura participa de dispositivos de gobierno no basados en la producción de consenso a partir de representaciones ideológico-culturales unificadas de la identidad, es decir, en el mode-
lo nacional, y, por el contrario, más ligados a los recursos estatales de administración de lo que Michel Foucault denominó “gubernamen- talidad” ([1978] 1999), pero que luego se diseminó en distintas for- mas de análisis histórico-político de operaciones de control social. La contribución de las perspectivas foucaultianas –de marcada influen- cia en la crítica literaria con orientación de género, en los estudios de la subalternidad, en los análisis biopolíticos y glotopolíticos de la literatura– a esta posible agenda de investigaciones para la literatura comparada consiste en conceptualizar la producción de subjetividad institucionalizada en la literatura no solo a partir de la mediación de un conjunto de representaciones hegemónicas –lo que todavía llama- mos ‘cultura nacional’– que se han constituido de forma eminente- mente verbal o que toman la construcción discursiva como modelo para la elaboración de cualquier imaginario, sino también, y funda- mentalmente, en relación con dispositivos materiales de ordenamien- to y clasificación de cuerpos, afectos, hábitos y discursos, donde estos últimos ya no ocupan una posición de mediación privilegiada, y entre los que la literatura se inscribiría a partir de una exploración de los límites de dichas clasificaciones y de sus efectos de representación, y ya no solo de los supuestos límites del ‘lenguaje en cuanto tal’, según la hipótesis modernista.
Pero este tipo de análisis resulta insuficiente si queremos tener en cuenta también los problemas de lo que hasta ahora vinimos con- cibiendo como el orden de la representación propiamente literaria: los mundos de ficción, los recursos formales, las figuras del discurso, los imaginarios singulares. Los investigadores sabemos perfectamente cómo lidiar con ellos y legitimar científicamente nuestros pasos bajo criterios públicos y abiertos si nos movemos en el marco conceptual de la mediación entre cultura y sociedad: podemos orientarnos con comodidad entre los vínculos que allí guardan entre sí identidades co- lectivas, hegemonías políticas, comunidades imaginadas y discursos sociales sin perder de vista la especificidad de la literatura, porque para eso nos hemos educado. Todavía estamos acostumbrados a pensar que la forma es algo intrínseco de la obra literaria, que presupone la distin- ción entre un interior y un exterior y una lectura concentrada en la obra en sí misma, y para lo que solo sirven los procedimientos de análisis lingüístico, retórico, filológico, a los que solo en un segundo momento se podrían sumar cuestiones histórico-sociales más distantes. Pero no es tan fácil pensar la relación de literatura y Estado, como intentamos hacer ahora, al no poder disponer de la parafernalia conceptual de es- tas mediaciones –que son las de nación, cultura y sociedad civil–, como sucede bajo la hipótesis de su interpretación biopolítica, por ejemplo. Los estudios culturales, en este sentido, se han servido, para salir de
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este paso, de una teoría radical general –y, por eso, paradójicamen- te descontextualizada– del uso material en un contexto determinado: todo elemento objeto de análisis no posee otra entidad que el haz de valencias que lo ligan al conjunto desagregado de las relaciones socia- les y culturales en un momento dado de la historia.
Sin embargo, la vastedad y complejidad de los usos imaginables de los elementos de distinto registro, nivel y materia implicados por lo que todavía podemos denominar el análisis literario tienden a re- ducirse, en la práctica de la historia contemporánea de la literatura, a la circulación y recepción de objetos cuya materialidad depende de recortes extrínsecos y, en última instancia, a una opción binaria y ma- niquea a propósito de sus fines últimos: ¿la literatura replica de forma directa, a través de aquellos rasgos que hemos tendido a reconocerle como más o menos propios, los dispositivos de control, y de este modo se inscribe sin más entre el conjunto más amplio y desagregado de aparatos discursivos y no discursivos que reunimos catacrésticamente bajo la denominación de ‘Estado’, o, por el contrario, los transgrede dando voz y volviendo visibles y registrables las resistencias y hete- rotopías que ellos excluyen, enrevesando sus clasificaciones y órdenes, y singularizándose de paso a sí misma –o, al menos, a algunas de sus zonas–, como resultado de estas prácticas anómalas, respecto de un universo discursivo microfísicamente atravesado por el poder que, sin embargo, Foucault nunca podría haber descrito de este modo?
A priori, tendemos a pensar automáticamente que la segunda opción es la correcta, según la interpretación que los estudios cul- turales hicieron de Foucault, recientemente reactualizada gracias a la incorporación de los trabajos sobre arte y literatura de Jacques Rancière. O, al menos, esa es nuestra voluntad progresista. Sin em- bargo, las cosas no son tan simples ni podrían resolverse a puro vo- luntarismo. La tradición de la reflexión sociológica weberiana sobre el Estado, de Norbert Elias a Jürgen Habermas, nos ha mostrado cómo la literatura ha contribuido a la configuración de las condi- ciones de posibilidad del sujeto jurídico moderno de la ciudadanía. Ella proporcionó un conjunto de instrucciones para inscribir un cú- mulo de afectos, disposiciones y comportamientos –en fin: modos de existencia– en la órbita de las significaciones y las acciones públicas y racionales y, por lo tanto, de la lógica representativa del Estado, haciendo que lo invisible, intangible o virtual de la subjetividad se incorporara culturalmente bajo la figura unitaria del sujeto indivi- dual, forma moderna de la sociabilidad cuya difusión generalizada se convirtió, en la Europa posrevolucionaria, en razón de Estado. Así la literatura contribuyó a la producción del sujeto moderno: instauró un medio de sociabilidad ilusoria e inmersiva, pero relativamente es-
table y experimentable, que suplementó la trama constitucional que establecía jurídicamente la distinción de Estado y sociedad civil, en un escenario de complejidad creciente de las interacciones sociales que redundaba cada vez más en su mudez petrificada y caótica ante la experiencia individual. Pero lo hizo, como indicó Peter Bürger, en un contexto literario lleno de contradicciones, de una manera para nada lineal, con idas y vueltas que es lícito revisar en la historia mis- ma de su difícil conformación como institución moderna autónoma, y también en las resistencias que provocó. Y sabemos también que este proceso solo pudo tener lugar en el horizonte suplementario pero omnipresente de las comunidades nacionales imaginadas, que al mismo tiempo contribuyó a conformar.
Según esta tradición de pensamiento sociológico, la crítica litera- ria se encargó, como hemos visto, de mediar y resolver todo aquello que en la literatura impugnara o pareciera resistirse al debate público y racional en el marco de la sociedad civil, lentamente emancipada respecto de la concepción clásica del gusto, y al mismo tiempo nacio- nalizada por las instituciones culturales y educativas del Estado. La crítica sujetó a procedimientos públicos de intercambio algo que al principio parecía puramente privado e idiosincrático, e incluso irra- cional o incomprensible. No siempre fue exitosa en sus operaciones, y en sus fracasos hay otra posible historia de la literatura. Pero es cierto que la abstracción de las formas estéticas por parte de la actividad crí- tica, institucionalizada o no, se constituyó como el medio más fértil y propicio para tales operaciones, en el arco crítico que va –y que se me disculpe la sinopsis, dado el tiempo que me queda– de los románticos de Jena a la teoría estética de Adorno, cuyas inversiones y decepciones explica la creciente inverosimilitud de la idea de una sociedad civil y una cultura realmente autónomas respecto de los poderes conjuntos del Estado y el mercado. La negatividad de la forma literaria buscó garantizar definitivamente su derecho a la independencia respecto de esos poderes a costa de su vaciamiento radical, aunque siempre toda- vía según la lógica propia del campo modernista de la disputa entre espacios literarios nacionales por la hegemonía mundial. Pero incluso en esta radicalización de la manera en que se piensa la forma, como operación de autodiferenciación respecto de un horizonte material de pareceres ‘privados’ e irracionales, nos encontramos con que la crí- tica sigue constituyendo sus objetos tal y como lo hacen los hechos sociales bajo la égida del Estado moderno, no solo los literarios: como fenómenos públicos abiertos, en su abstracción respecto de cualquier interés individual, a la opinión general. Por algo Adorno fue uno de los maestros de Habermas. La forma fue la manera en que la literatura se relacionó con el Estado en la época de la autonomía.
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119 La literatura es social e histórica de cabo a rabo, y esto solo quie-
re decir que todo en ella dispone modos de relacionalidad, lógicas de lo público, racionalidades de la imaginación colectiva. Hasta -o especialmente- su forma. Pero, sin embargo, este carácter mediador de la forma coincide en la literatura con su invisibilización: el diseño formal aspira a algún grado de ilusión, de suspensión de la increduli- dad, a través de la ficción, de realización no pública, no racional, no formal, paradójicamente, de los recursos formales. En la literatura siempre hubo algo de eso que Habermas denuncia en los medios de comunicación de masas contemporáneos: que crean agenda propia, sin someterse completamente al procedimiento del intercambio pú- blico, aunque el alcance de aquella sea más limitado. La crítica litera- ria atenta a la forma no pasó solo por la explicitación de la racionali- dad pública o política implicada por la obra, sino que además debió tener en cuenta cómo ella operó también retirándose de ese plano de lo social-procedimental, produciendo efectos de ilusión, o de inmer- sión ficcional (como diría Marie-Laure Ryan) de distinto carácter, sin operar solo de manera racionalizante, como quien rompe el hechizo, que es el modelo ilustrado habermasiano por excelencia para pensar la racionalidad de la crítica.
La crisis de esta empresa de formalización y desformalización hizo que la investigación literaria buscara su legitimación en la cien- tificidad proporcionada por la lingüística. La teoría literaria inventó categorías sui generis a partir de ella para improvisar una especifici- dad en los frentes de conflicto académicos con las ciencias sociales que fueron el efecto secundario de esta academización de la crítica ante la pérdida de importancia social de la literatura ante los medios de comunicación masivos. Pero esas categorías no alcanzaron a con- mover el edificio modernista de la disputa por la hegemonía litera- ria mundial a partir del capital literario nacional, y progresivamente abandonaron la hipótesis de la implicación política de las formas de la literatura, para buscar su politicidad en otros aspectos, ligados con sus usos, pero según vías demasiado limitadas.
Mi propuesta consiste en que, para volver a pensar la relación de la literatura con el Estado y, por lo tanto, dar curso a una reflexión radicalmente comparatista que ya no dé por sentadas sus respectivas conformaciones como literatura nacional y Estado-nación, debemos tomar distancia de estos modelos lingüísticos de la teoría. Caroline Levine, en su libro Forms, sostiene que hoy nuestra idea misma de la forma en literatura está completamente atravesada, tras la crisis de sus definiciones estéticas y como consecuencia de la teoría, por una precomprensión lingüistocéntrica. Llama, por lo tanto, a concebirla, atenta a la promoción unilateral y abstracta de la noción de uso por
parte de los estudios culturales, como la entiende el diseño: las formas como algo pensado para algo que se va a usar, y en relación con ese uso, aunque sin reducirse al mismo, ni someterlo a criterios generales, y sin predeterminar el nivel o registro de definición de la utilidad. Este diseño, agrego, lo podríamos pensar a la manera del diseño de sí, del autodiseño y de las tecnologías del yo que teorizó el último Foucault: del mismo modo que estas vías de autoafectación se definen por su su- perficialidad, dispersión y carácter práctico respecto de lo que se con- sideró la unidad y profundidad metafísica de la formación del sujeto moderno, en lugar de constituirse, a la manera de la forma concebida estéticamente, como la vía para el establecimiento de una institución literaria autónoma –incluso a escala mundial–, estos diseños formales en uso a los que se refiere Levine podrían pensarse, en cambio, como tecnologías desagregadas de la ficción y la dicción, de la expresión y la representación, de la poiesis y la mimesis, que no habría por qué se- guir pensando como unificadas bajo una institución abarcadora, pero que guardarían de todos modos su especificidad frente a otros tipos de tecnologías gracias a la densidad histórica de nuestras propias prácti- cas y experticias críticas.
Esto implica simplemente no prescindir de la noción de litera- tura en nuestra práctica crítica. Tampoco, como decía al principio, podemos prescindir de la idea de nación. Hay que conservar lo que más importa de aquella en la tradición de la teoría literaria del siglo pasado, que es su problematicidad. Si se tiene esto en cuenta, puede afirmarse que un curso de investigación interesado más en las rela- ciones entre literatura y Estado, que entre ella y nación, cultura o sociedad civil, no solo proporcionaría a la literatura comparada una plataforma para la elaboración de categorías historiográficas alterna- tivas, sino que también incorporaría una reflexión sobre la crítica, es decir, sobre nuestras prácticas específicamente ligadas con el manejo de nuestros objetos de investigación. Los paradigmas dominantes de la historia literaria solo se conmueven realmente cuando empezamos a leer –y a mirar y escuchar– de otra manera.
Referencias bibliográficas
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Elias, Norbert, [1939] 1987, El proceso de la civilización.
Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas, Madrid, Fondo de Cultura Económica.
El Estado en el análisis literario comparado
Foucault, Michel, [1978] 1999, “La ‘gubernamentalidad’”, Estética, ética y hermenéutica. Obras esenciales, Volumen III, Barcelona, Paidós, pp. 175-98.
Habermas, Jürgen, [1962] 1994, Historia y crítica de la opinión pública. La transformación estructural de la vida pública, Barcelona, Gustavo Gili.
Levine, Caroline, 2015, Forms.Whole, Rhythm, Hierarchy, Network, Princeton, Oxford, Princeton University Press.
Ryan, Marie-Laure, [2001] 2004, La narración como realidad virtual. La inmersión y la interactividad en la literatura y en los medios electrónicos, Barcelona, Paidós.
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