a. La pareja padre-madre
A continuación, se describirán diferentes postulados relacionados con los vínculos entre madre-bebé, padre-bebé, madre-padre y madre-padre-bebé. Para ello se tendrán en cuenta a Freud, Klein, Meltzer, Bion y Botero. Se hará un recorrido por la relación madre y padre, la importancia de la pareja combinada, cómo ésta construye y fortalece el grupo familiar y el psiquismo de cada uno de los habitantes. Así mismo, se ilustrará el daño que causa la ausencia del padre, y la protección emocional de la madre en el vínculo madre-hijo y padre-hijo.
Botero (2000) hace referencia, al padre y el valor de éste en el sostenimiento de la psiquis de la madre y del bebé en el período de maternidad. El texto relaciona ambos estados emocionales en preñez (padre-madre).
Botero (2000) toma como referente la familia conyugal. En este texto no como una familia construida de padre y madre, sino como el inicio de toda vida, la unión de dos sexos, procreando: “La pareja madre-padre que opta por la
procreación es la primera diada y ha decidido “realizarse” en un espacio
continente para la gestación del producto de su intercambio amoroso y extensivo
de sus relaciones” (p. 64). Ambos padres al quedar en embarazo, pasan por una
serie de vivencias emocionales fuertes, siendo objetos de situaciones que los llevan a recordar sus propias vivencias infantiles, sus ansiedades, persecuciones,
sus gratificaciones, ambos son bebés necesitados de alimento y abrigo” (Botero,
2000).
El padre como pareja lo suficientemente buena, resulta siendo ese continente, es decir, ese recipiente que recibe todas las emociones, de la madre, las metaboliza (piensa las necesidades de la madre y se las devuelve) un albergue: capaz de proteger, cuidar y comprender la maternidad. Así mismo, él también necesita ser sostenido, por tanto termina siendo una relación reciproca de cuidados mutuos; un Grupo de Trabajo.
Lo anterior facilita la función maternal y la capacidad reverie de la madre, preparada para entender las necesidades y satisfacerlas por medio de la función de generar amor con el hijo. Este contenido y sostén de manera adecuada por
parte de ambas figuras parentales, brindan el sentido de seguridad y confianza del hijo para desenvolverse en el mundo (Botero, 2000).
Sin embargo, no en todas las familias o parejas en estado de preñez se da este tipo de relación o de grupo. En algunos casos, el padre abandona física y emocionalmente a la madre, dejándola desprotegida. En otros casos, está físicamente pero ausente emocionalmente, no teniendo en la mente a la madre ni al bebé. Es decir que no está emocionalmente involucrado con la maternidad de la cual hace parte.
Ahora bien, este maltrato causado por el abandono o la ausencia física y emocional, hacia el bebé, en ocasiones no sólo es realizado por el padre. También hay madres que se abandonan a sí mismas, sin importarles su propio bienestar y el del bebé. Esto quiere decir que no tienen en la mente a su bebé, o cuando nace, es dejado al cuidado de un familiar, sin darle los cuidados necesarios, desprotegiéndolo, y prohibiéndole el contacto emocional con el pecho materno.
Botero (2000) anuncia “que la mujer que se deja a sí misma, o se abandona, está
abandonando a su bebé en la mente. El padre también como protagonista de esta dinámica, no puede desentenderse de ella; el padre que abandona a la madre
activa en ella la situación de abandono” (p. 66).
b. El vínculo madre-bebé
Siguiendo con el orden de las ideas, y para que haya más claridad con relación al continente es importante resaltar al psicoanalista postkleiniano, Wilfred Bion y sus postulados acerca de la teoría vincular, la experiencia emocional de la
madre y su capacidad de pensamiento. Bion (1961), describe la función continente-contenido, como el colocar y sostener los pensamientos, emociones, deseos y necesidades.
Con lo anterior Bion (1961) quiere decir, que la madre es capaz de entender el lenguaje y emociones que su bebé le expresa por medio del contacto pecho- boca. Este pecho sirve de continente de las proyecciones del lactante, es decir, que el bebé pone en la madre por medio del llanto, movimientos del cuerpo, sensaciones y emociones (contenidos) sus necesidades como por ejemplo el hambre, calor, frio, dolor, etc. La madre recibe estas proyecciones (contenidos) y les da un sentido devolviéndoselas al lactante, de manera adecuada para satisfacer la necesidad que amerita el bebé.
Otro aspecto importante es la capacidad de reverie de la madre de la cual Bion (1980) hace referencia. Es un ser que se construye a través de la experiencia emocional, siendo capaz de recibir todos los contenidos del lactante, independientemente si son sentidas como buenos o malos. Una madre con capacidades y cualidades mentales o psíquicas adecuadas sabrá satisfacer las necesidades de amor y comprensión del bebé, lo cual, le permitirá un impacto
positivo sobre las cualidades psíquicas del lactante. “El amor expresado a través del ensueño”
Es por ello, que Bion (1980) argumenta que: “la capacidad de reverie de la madre es considerada aquí como inseparable del contenido porque claramente uno depende del otro. Si la madre que alimenta no tiene capacidad de reverie o si se da, pero no es asociado con amor hacia el niño o su padre, ese hecho le será
comunicado al lactante. Se impartirá a los canales de comunicación (los vínculos del niño) la cualidad psíquica, por medio de la experiencia emocional” (p. 74). Con
relación a esto la madre que ha tenido experiencias emocionales adecuadas y de amor, logra tener una capacidad mental de escuchar y comprender a su hijo, pues es una madre capaz de conectarse con las experiencias emocionales del lactante. Ahora bien, es importante señalar que a través de la relación y el vínculo de los padres con el bebé se empieza a generar la simbolización, la cual, da paso al lenguaje. Bransky y Padilla (2009) argumentan: “el proceso de formación de
símbolos es un proceso continuo que permite unir e integrar lo interno y externo, el sujeto y objeto, y, las experiencias arcaicas con las posteriores” (p. 89). Segal
(1981) refiere que cuando hay una falla por parte de los padres, los cuales, fueron incapaces de contener las emociones del bebé, las necesidades de una forma adecuada y amorosa, se presenta la carencia o pérdida de la capacidad de
simbolización. Teniendo en cuenta, que uno de los fines del símbolo es “proteger
al objeto de impulsos hostiles cuando el bebé se percata de que el objeto de amor es también su objeto de odio, que la mamá que lo cuida es la misma que lo hace esperar. En otras palabras el símbolo es una creación del mundo interno para
restaurar, recrear, recapturar, y poseer el objeto original nuevamente” (Bransky y
Padilla (2009), p. 90). c. La entrada del tercero
Dentro de este contexto, al cual se viene haciendo referencia, cabe señalar la entrada del tercero a la diada (madre-bebé). Es decir, la entrada del padre; esta
es permitida por la madre, desde el momento de la procreación, generando un espacio para él en su mente y en el espacio de la casa. Así mismo, accediendo a que él la acompañe, la cuide y proteja, en la etapa de preñez, dejándolo cumplir con su lugar de padre en la relación con el hijo, pasar de una diada a la triada. Esa entrada del padre a la diada permite una elaboración del complejo de Edipo.
En el complejo de Edipo Freud (1923) describe la relación triangular del niño con los padres; el punto de partida en la relación con la madre, es el contacto que este tiene con el pecho de ella. La niña se identifica con la madre y con sus cualidades; durante un tiempo de su crecimiento está relación se mantiene, hasta que surge el deseo de la niña por poseer al padre. Es allí, donde nace el deseo de aniquilar a la madre, para sustituirla, quedando ella al lado del padre, haciendo de la madre un obstáculo. Surge en la niña un sentimiento ambivalente (amor y odio) hacía la madre y un anhelo hacia el padre; emerge el complejo de Edipo en la niña positivo o completo. Éste dura hasta que se abandona la descarga libidinal por el objeto, la identificación con el padre nace o se incrementa la que la niña tiene con la madre, dando paso a una relación cariñosa o tierna con el padre.
Así mismo, Freud (1920) señala “la identificación es la manifestación más
temprana de un enlace afectivo a otra persona, en el caso del Edipo, el niño o niña manifiesta un especial interés por su padre; en el caso de las niñas por la madre, quisiera ser como ella y remplazarla en todo. Podemos pues, decir que hace de su
madre su ideal” (p. 2585). Es probable que el complejo de Edipo vivencie una
inversión cuando no se instaló o se perdió de vista la identificación con las cualidades de la madre, es decir, que la niña adopta una actitud masculina, como
si fuera un niño (el padre). La madre pasa a ser vivida como la persona de quien desea la satisfacción de la pulsión sexual (la madre es su objeto de deseo), la carga erótica es sentida hacia la madre y no hacia el padre, convirtiéndose él para la niña en una persona hostil, agresiva y celosa (Freud, 1920). Lo mismo ocurre en el caso del niño, pero con la identificación hacia las cualidades de la madre, el padre es de quien desea la satisfacción de la pulsión sexual. Un Edipo negativo.
El niño como la niña vivencian por el padre del sexo opuesto una identificación y una descarga efectiva (libido), hacía el padre o madre; la cual, es experimentada como un deseo sexual. Por ende, en la diada madre-bebé es importante que surja el tercero, quien pondrá el límite en la relación que se está gestando en la diada. Sin embargo, en ocasiones no siempre hay un tercero o la madre no permite la entrada del padre. No se logra elaborar el Edipo, quedando la confusión en la identificación con el padre del mismo sexo; lo cual, enmarcara la elección de pareja del bebé con el tiempo.
FUNCIONAMIENTO PSÍQUICO