La historia ha dejado como lección que para lograr comprender el pasado se debe tomar en consideración todas las miradas que de él se hagan. Puede costar mucho aceptarlo, pero esa debiera ser la obligación de todo aquel que se interese por el análisis de realidades complejas; más aún en aquellas donde la violencia política ha estado presente dejando su impronta en cada uno de los sujetos que la padecieron o la ejercieron.
Los testimonios suelen privilegiar las voces de las víctimas y de sus
salvadores, dejando de lado los mensajes de aquellos que actuaron como
perpetradores. Esta prerrogativa en la selección del testimoniante empuja a producir una mirada de la realidad desde una perspectiva parcial. Lo moral instiga a abandonar cierto tipo de testimonios privilegiando el recojo de otros.
Predilección que imposibilita recuperar la memoria del acontecimiento de forma adecuada.
Hay dos maneras de comprender el testimonio. La primera, sugiere entenderlo como una relación que se da entre dos sujetos: uno que narra los hechos de los cuales ha sido testigo y otro que escucha el relato del primero. Aquí se produce una relación de exterioridad con la cosa narrada.
“El testimonio en tanto relato se encuentra en una posición intermedia entre una comprobación realizada por un sujeto y un crédito asumido por otro
sujeto acerca de la fe del testimonio del primero.” (Ricoeur 2008: 112).
La segunda forma refiere a la acción misma del sujeto, producida en un tiempo pasado y que hoy decide contar como prueba de su convicción, como expresión de su vida. Mostrando con ello una relación de interioridad con las acciones de una existencia, con el sentido de una vida vivida de cierta manera y guiada por determinados valores.
“[…] se denomina testimonio a una acción, una obra, al movimiento de una vida, en tanto constituyen la señal, la prueba viviente de la convicción y la
consagración de un hombre a una causa.” (Ricoeur 2008: 118)
El testimonio es la base sobre la que descansa el proceso de hacer memoria, de recordar lo sucedido. Para ser fijado como memoria, el curso del recuerdo pasa por dos momentos: primero, de las cosas dichas, a través de la mediación de un relato coherente podrán alcanzar el segundo momento, de las
cosas escuchadas. En este proceso se conjuga la interioridad del acto (relato) y la
exterioridad del signo (documento testimonial).
Cuando un testigo afirma que algo existió o sucedió dice mucho más que su sola afirmación. Ricoeur (2004) encuentra en esta aseveración tres ideas contenidas. La primera, el testigo nos está diciendo yo estuve allí, ello expresa lo que vivió y sufrió, por tanto resulta irremplazable como información de primera mano. La segunda, el testigo nos dice créanme, es decir, intenta compartir su recuerdo, busca que quien le escucha reciba como argumento de verdad su narración; pretende que el otro sujeto confíe en su relato de hechos vividos. Por último, sostiene si no me crees, pregúntale a otro. Con esta frase el testigo busca que su relato sea contrastado con otros que le garanticen fiabilidad al suyo. De
esta forma asegurará un contexto para su declaración de hechos. Es en ese momento que sus recuerdos obtienen carácter colectivo, trascendiendo más allá de su experiencia personal para incorporarse a la memoria social del grupo.
Lo expuesto aquí exige formular algunas preguntas básicas: ¿por qué dar voz a determinados testimonios mientras que otros son silenciados?, ¿por qué preferimos escuchar testimonios de víctimas o héroes y no de victimarios o criminales? Acaso los perpetradores están impedidos de testimoniar, justamente su condición de haber estado allí sería la principal razón para que digan lo indecible de aquellos acontecimientos de violencia en los que tomaron parte activa. En ese sentido ha sido señalado:
“Por mor del privilegio del pensamiento, que no se sustrae al tiempo más que para reconocer mejor los actos que han formado su pasado, el yo se enfrenta a sí mismo, buscando de alguna manera recomponerse e integrar en su historia las faltas cuyo recuerdo no cesa de abrumarle. Su presente está hecho de una especie de duda entre la actualidad de un pasado que le prohíbe toda esperanza y el pensamiento de un futuro que confirmaría la
regeneración de su ser.” (Nabert 1999: 115)
El presente punto de la investigación girará en torno a tres interrogantes: ¿En qué medida privilegiar cierto tipo de testimonios produce miradas parciales sobre una realidad donde la violencia política ha jugado rol preponderante?, ¿Cuál es el aporte de los testimonios para la recuperación de memorias en contextos donde la violencia política ha dejado su impronta? ¿Cómo controlar, en el investigador social, la intervención de lo moral en la selección de testimoniantes para la reconstrucción de sucesos de violencia política?
Este conjunto de interrogantes facilitará la aproximación a una realidad compleja como ha sido la sociedad peruana del periodo 1980 – 2000. Coyuntura política donde dos agrupaciones político-militares, como el Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso (PCP-SL) y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), desarrollaron procesos armados y usaron la violencia organizada -que devino en acciones terroristas- en su afán de hacerse del poder estatal para construir uno nuevo. Por el otro, y en respuesta, el Estado peruano -a través de las fuerzas armadas y policiales- hizo defensa y preservó el control de poder
estatal. Sin embargo, el costo en vidas humanas ha sido muy elevado para el país: 69,280 víctimas ha registrado la estimación del informe final de la CVR (2003).
1.3.2DE UN SIGLO A LA DERIVA AL CAMBIO EPOCAL
Para Hobsbawn (1998) el siglo XX puede sintetizarse a través de su aporte para la historia universal, su legado es un término: genocidio. Un siglo caracterizado por dos guerras mundiales, que han servido como referentes pedagógicos de la violencia extrema y de las matanzas establecidas como parte de una política estatal y/o de un delirante proyecto ideológico.
Bruneteau (2006) se refiere a la centuria pasada como el siglo de los genocidios. En su texto Identifica el caso de los armenios en Turquía, bajo el gobierno de los denominados jóvenes turcos (1915) como el punto de partida de los genocidios del Siglo XX, pasando por los casos de los kulaks durante la Rusia soviética (1932-1933), el exterminio judío a cargo del nazismo enraizado en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, para terminar dando cuenta del caso bosnio, durante la guerra de la ex Yugoslavia (1991), y ruandés (1994). Y otros casos que el autor no cita.
Mate (2008) ha señalado que toda la barbarie desatada a lo largo del siglo XX ha dejado fuera de la discusión, en la trastienda de la política, a las víctimas de estas masacres. Será a finales del siglo XX e inicios del presente siglo que las víctimas se visibilizan. Una herramienta decisiva en este proceso han sido las Comisiones de Verdad y Reconciliación cuyo uso se ha extendido a varias regiones del mundo. Lo nuevo es que hoy se piensa en la justicia desde el punto de vista de las víctimas, quienes reclaman el derecho de ser reconocidas como tales. Ahí radica el meollo del asunto. El autor señalado considera que la víctima se define por un conjunto de acciones que, estando al margen de lo legal, producen sufrimiento y muerte a las personas, ya sean éstas de uno u otro bando en la confrontación armada.
El caso peruano de las dos últimas décadas del siglo XX encaja, con sus matices, dentro del contexto de la historia universal contemporánea. La violencia política iniciada en mayo de 1980 ha dejado dos décadas de desastre para el país, pero sobre todo miles de víctimas que no han desistido de pedir justicia para
y por sus deudos. Es en este sentido que las victimas “vuelven” del pasado a reclamar la deuda que el presente tiene con ellas y lo hacen desde todos los vértices de la sociedad peruana; un conjunto de víctimas se han posicionado rápidamente (los que encajan cómodamente en el concepto tradicional de víctima), a un segundo conjunto de ellas les cuesta lograr su visibilización y otros simplemente no lo han conseguido por varias razones que no daremos cuenta aquí.
Luego de once años de la entrega del informe final de la CVR, cuesta hablar sin apasionamientos y sin poner por delante las sensibilidades que todavía moviliza la violencia política desatada en el país durante las dos últimas décadas del siglo pasado.
Este apartado reúne una serie de testimonios de los actores que tuvieron participación en dicho proceso armado, conjuntando las miradas que del tema tiene para cada uno de los entrevistados. Son estos testimonios que parecen irreconciliables los que nos permiten tener una mirada de conjunto en torno de las percepciones que se han hecho alrededor del pasado reciente peruano. Como ha señalado Zizek (2000) es necesario mirar al sesgo en situaciones límites. Esta temática ha sido preocupación de reconocidos cientistas como Ricoeur (2004, 2008), Levinas (2001), Jelin (2002a).
Tenemos un conjunto de entrevistas en profundidad que podemos dividir en dos grupos: el primero de ellos corresponde a los perpetradores (una a un miembro del MRTA y otra a uno del PCP-SL) recluidos en el Penal Castro Castro de la ciudad de Lima. El segundo grupo de entrevistas, al que denominaremos víctimas, recoge testimonios de campesinos y campesinas de Chuschi y Urihuana en la provincia de Cangallo, departamento de Ayacucho. Este “encuentro” de percepciones es la razón que vertebra este apartado de nuestra investigación, los diálogos que se producen entre ambas perspectivas permiten dar cuenta de cómo fue sentida y vivida una realidad compleja marcada por la violencia política que se produjo en el Perú entre 1980 – 2000.
1.3.3TESTIMONIOS: MIRADAS PARALELAS DE LA VIOLENCIA
Los testimonios aquí reunidos pretenden ser muestra de dos grandes miradas sobre el proceso de violencia:
La primera, con matices y variantes, recoge las voces de aquellos que decidieron tomar las armas para enfrentarse al Estado peruano, la perspectiva de las dos organizaciones levantadas en armas (PCP-SL y MRTA) están representadas por dos exdirigentes que se encuentran recluidos en un centro penitenciario de máxima seguridad de Lima.
La segunda mirada proviene desde un espacio regional que fue centro neurálgico del conflicto armado interno durante la década de 1980: Ayacucho. La voz de dos campesinos de la provincia de Cangallo traen, a través de sus recuerdos, todo aquello que les tocó vivir, que no es conocido ni recogido por la historia oficial. Sus testimonios intentan hacer visible todo aquello que permaneció oculto por décadas para la mayoría de los peruanos. Aquí, la decisión de testimoniar se convierte en un intento por dejar de callar, de salir de las sombras del silencio al que fueron postrados.
Los cuatro testimonios reunidos, pese a sus diferencias, se caracterizan por ser voces silenciadas. Las razones y los porqués son distintas, pero como investigadores debemos tener plena conciencia de la dimensión que ello acarrea. Este encuentro de voces de lo que se vivió en el Perú es de vital interés para el conocimiento ampliado del pasado reciente de violencia.
Otra característica, común en los testimonios reunidos, radica en que son voces de supervivientes (perpetradores y víctimas) de la violencia política que sólo después de reconocerse como tales deciden testimoniar, resuelven ser testigos de algo que no ha transitado por el espacio de las verdades oficiales ni ha formado parte en la elaboración del relato público acerca del pasado reciente acontecido entre los años 1980 y 2000.