desarrollo
% PEA femenina en servicio doméstico
Ingreso por habitante (PPP) 0.406 0.165
Desigualdad % PEA femenina en servicio doméstico
Coeficiente de Gini 0.145 0.020
Pobreza 1 % PEA femenina en servicio doméstico
% de hogares bajo la línea nacional de pobreza
-0.390 0.152
Pobreza 2 % PEA femenina en servicio doméstico
% de pobres entre los empleados domésticos urbanos
-0.421 0.177 Ocupación alternativa % PEA femenina en servicio doméstico % de la industria manufacturera en empleo femenino no agrícola
-0.467 0.218
Fuente: Rodgers, 2009, p.87
Rodgers (2009) sugiere como hipótesis a partir de su análisis, que el servicio doméstico es menor en aquellas zonas donde las mujeres pobres tienen otras oportunidades de empleo, lo que se deriva de cruzar la proporción de la PEA femenina empleada en el servicio doméstico con relación a la PEA femenina ocupada en la industria manufacturera, cuya relación es, además, inversa, vale decir, mientras más empleo manufacturero existe, menos importancia del servicio doméstico.
No obstante las afirmaciones de Rodgers (2009), se debe insistir en el carácter poco contundente de sus conclusiones, como la misma autora advierte. Al respecto se debe señalar algunas dudas que surgen, pues no se hace mención al p-value ni se conoce el tamaño de la muestra desde la cual desprende sus conclusiones. Sin embargo, también es necesario destacar que es correcta la interpretación de la correlación inversa entre empleo en la manufactura y servicio doméstico, pero lo mismo ocurre con Pobreza 2, en la que el porcentaje de la PEA femenina en servicio doméstico correlaciona de manera inversa con el porcentaje de pobres entre los trabajadores/as domésticos urbanos.
Ahora respecto a la correlación entre servicio doméstico y Ocupación Alternativa, la dependencia solo es explicada en un 21,8 %, por lo que un casi un 78% la PEA femenina en
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servicio doméstico no es explicada por el porcentaje de la industria manufacturera en empleo femenino no agrícola. Así, los hallazgos de Rodgers (2009) deben ser considerados con extremo cuidado.
En otra dimensión, y con referencia a sus condiciones laborales, el escenario en Latinoamérica es claramente desventajoso para las trabajadoras domésticas. Blofield (2009) indica que en todos los países, las horas diarias de trabajo superan largamente las ocho horas, los salarios son inferiores al mínimo establecido para los otros trabajadores, en la mayor parte de la Región, y en muchos casos están excluidas de seguro maternal y por cesantía.
Con relación a los salarios al interior del servicio doméstico, como se aprecia en el Cuadro 2.4 en los 18 países analizados, el ingreso en la ocupación, medido en múltiplos de las respectivas líneas de pobreza per cápita, ha disminuido en la mitad de ellos y en los restantes ha mejorado. Aunque éstos son siempre más bajos en comparación al ingreso medio de la población total del sector privado ocupada en zonas urbanas. Según este cuadro, en los distintos países esta brecha varió entre 1,1 y 3,1 en 1990, mientras que en el 2002 oscilaba entre 0,9 y 4,0. Aunque con menos intensidad, esta brecha salarial también se presenta al comparar el ingreso de las trabajadoras domésticas con el resto de la población femenina ocupada en las zonas urbanas, en donde para 1990 variaba entre 0,6 y 2,2 y para el 2002, entre 0,4 y 2,7. Esto ratifica la diferencia salarial que afecta a esta población.
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Cuadro 2.4 Ingreso medio de la población asalariada ocupada en zonas urbanas en del sector privado y en el servicio doméstico
(en múltiplos de las respectivas líneas de pobreza per cápita) País (**) Ingreso medio del
total de asalariados del sector privado
Ingreso medio de asalariados de servicio doméstico Brecha 1990* 2002* 1990* 2002* 1990 2002 Cambio Cono Sur Argentina 4.7 3.5 2.5 1.7 2.2 1.8 - Brasil 4.1 3.5 1.0 1.4 3.1 2.1 - Chile 3.8 5.3 1.4 2.4 2.4 2.9 + Paraguay 2.5 3.4 1.2 1.4 1.3 2.0 + Uruguay 3.7 4.4 1.5 2.0 2.2 2.4 + Región Andina Bolivia 3.9 4.0 1.6 2.0 2.3 2.0 - Colombia 2.5 3.1 1.3 1.7 1.2 1.4 + Ecuador 2.8 3.1 0.8 1.5 2.0 1.6 - Perú 3.7 3.8 2.3 2.9 1.4 0.9 - Venezuela 3.6 2.4 2.1 1.2 1.5 1.2 -
Centro América y México
Costa Rica 4.4 6.0 1.5 2.0 2.9 4.0 + El Salvador 3.0 3.7 1.0 2.0 2.0 1.7 - Honduras 2.5 2.4 0.8 0.8 1.7 1.6 - México 3.5 3.2 1.4 1.4 2.1 1.8 - Panamá 4.4 6.3 1.3 2.5 3.1 3.8 + Guatemala (***) 2.5 3.0 1.4 1.6 1.1 1.4 + Nicaragua (***) 3.2 2.7 2.1 1.4 1.1 1.3 + El Caribe Rep. Dominicana 3.7 3.7 1.4 1.3 2.3 2.4 +
(*) O el año más cercano disponible. (**) Fuente: Rodgers, 2009, p.90
(***) Fuente: CEPAL, 2005, cuadro 7, pp.296-297.
Blofield (2009) analiza cómo las trabajadoras domésticas han ganado derechos legales y políticos en el contexto de pos transición democrática de América Latina y de auge del neoliberalismo, pese a la resistencia de los empleadores comúnmente pertenecientes a las clases más privilegiadas. En este contexto económico y político, Blofield (2009) informa que sólo seis de los países de la región han realizado reformas a favor de esta población económica. En tres países se logró virtualmente iguales derechos
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para las trabajadoras domésticas (Bolivia, Colombia y Uruguay), mientras en los otros tres (Chile, Perú y Brasil) se alcanzó mejoras parciales.
Afirma que estos logros han seguido dos caminos principales: como reformas específicas para el sector, lo que exige mayor presión política y social, o como parte de reformas laborales más amplias, lo que acarreó mejorías que no alcanzaron a igualarlas al resto de las/os trabajadoras/es. Examinando los casos de Bolivia y Chile, como ejemplos que ilustran ambos caminos respectivamente –desde el 2000 en el primer caso y desde los noventa y años siguientes en el segundo–, concluye que la organización autónoma de las trabajadoras –que por cierto enfrenta serias dificultades dado el aislamiento en que se desempeñan las trabajadoras y las largas horas de trabajo que realizan–, con liderazgos fuertes y las alianzas políticas, han sido fundamentales para lograr avances en sus derechos. Ambas sendas tienen implicaciones distintas.
Cuando los avances en materia de derechos laborales ha sido incluidas en reformas más amplias, la discusión sobre el servicio doméstico puede tomar ventaja del hecho que las reformas laborales ya son parte de la agenda política, aunque es probable que no derive en igualar completamente los derechos de estas trabajadoras respecto del resto, como ha sido el caso chileno. Contrariamente, un debate y proyectos específicos, que exigen una fuerte presión social, probablemente deriven en una mayor igualdad de derechos. La alternativa de uno u otro camino han dependido de las posibilidades de incluir esta materia en la agenda política, lo que a su vez depende de las correlaciones de fuerza entre los legisladores y del estado de las fuerzas sociales.
En virtud de los antecedentes expuestos, se concluye que el servicio doméstico tiene lazos que determinan las condiciones de trabajo y vida de quienes ejercen esta ocupación. A un nivel más micro, la relación con los empleadores da cuenta de la valoración social hacia las trabajadoras. A un nivel más macro, la legislación laboral dice relación con el respeto de derechos, los que a la fecha no se igualan al resto de la población trabajadora en todo el mundo. Igualmente, las políticas públicas en materia de trabajo y familia coarta derechos de las trabajadoras domésticas, quienes son reconocidas sólo –y en forma limitada– como unidades productivas individuales y aisladas, y en términos generales estas
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mismas políticas reproducen la división sexual del trabajo propia del orden patriarcal, presionando a las mujeres que se incorporan al mercado laboral –incluyendo las propias trabajadoras domésticas–, a resolver de manera privada los conflictos que surgen de esta situación.
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