Se dice que no se puede ser juez y parte a la vez, pero en el caso que nos ocupa, se es juez y parte, porque el fruto que adorna la madera posee una doble naturaleza. Por una parte es viscera pero por otra parte es entraña extraordinaria; y esta última cualidad es la que le confiere su capacidad de juicio y su virtud de la decisión correcta.
Repartir equitativamente justicia siendo parte del poder de la fuerza sería en cualquier circunstancia una tarea ardua, dura y finalmente impo sible de cumplir. Así ocurre normalmente en la mayoría de los casos en
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este hombre de hoy que hace de su entraña extraordinaria una caricatura, y hace de su viscera un juez penitente... Pero en la vía del retorno, para resaltar la naturaleza original del hombre, aún se conserva, la posibilidad de que, inmiscuido en el poder, el juez esté asistido por la clarividencia creativa de Lo Supremo y reparta su equitativa justicia y llegue a conseguir el privilegio del indulto, haciéndose así digno y respetable en todos los reinos. Generando en su reino humildad y generosidad.
Su impronta en la naturaleza del hombre es expansiva y llega a todos los rincones y, haciendo honor a la emanación de la pupila, se constituye en un rayo de justicia dócil y severa a la vez, convirtiéndose en una pupila maestra desde su comienzo.
Y en su segundo paso sabe escuchar a los que se encuentra a la vez que se comporta como huésped y anfitrión en su tercera estancia, retirán dose a deliberar como mentón pensante en su cuarta andadura y llegar a la resolución de que la justicia en el reino del seno del hombre siempre se referencia en el centro de la esencia y en la comunicación con ésta.
Así su veredicto siempre genera una felicidad suspendida que se per petúa a través del sinuoso camino del tiempo, sin que ley alguna quede escrita, sino que todo quede culminado en un valle de continuidad prós pero, que sea una ofrenda a manera de asalto a lo Celeste, que posibilite en todos los súbditos una claridad creciente en sus mentes y que la conser ven en su cavidad de cuenco para que su estructura integral conviva bajo los dictámenes de la providencia fundamental.
Así, cada ser despliega su pensamiento en claridad y es capaz de vivir sus lágrimas bajo el signo del perdón; sabe aguardar la llegada flore ciente de la pupila iniciática y se decide a combinar todo lo correcto.
En este instante el hombre despierta a la herencia espiritual del ini cio y hace de su ser una vacuidad desde lo alto, para que los vientos no se vuelvan convulsos y el hombre no caiga en el pozo de su posesión; sepa abrirse al abismo de las aguas y disuelva la brusquedad de sus acciones. Actuando con el psiquismo luminoso que le permita ser un depósito de soplo vivificante que le conduzca a replicar en lo circular de su estancia y sepa dirigir cualquier decisión hacia todos los lugares; pueda caminar en unión con cada uno, sabiendo valorar el reposo que permita estar prepa rado hacia el asalto de la gran circularidad.
Marchar con el viento, a través del canal central que borra las barre ras y que florece en la colina más prominente. En este descenso se afilia al misterio de los fluidos luminosos y se convierte en un altar que hace su ofrenda al Cielo y la Tierra, para que su claridad radiante sea el depósito
A l k i m i a. Tr a d i c i ó n y Mi l a g r o s
del gran invitado que llegará al son de campanas y que confluirá en la colina de la decisión acertada para alcanzar así el día del gran perdón, que haga de toda la humanidad una reunión trascendente que se defienda del torrente de los egoísmos y que permita la comunicación entre los hom bres para que cada corazón esté en el corazón del otro.
Toda esta historia de justicia, decisión y firmeza, puede resultar, hoy, impensable. Toda esta historia puede resultar tan inviable que el hombre termine por olvidarse de ella. Pero toda esta historia, está impresa en el código de honor de la naturaleza del hombre. Toda esta historia está sinuosamente expresada en el código de su herencia. Toda esta historia es un anhelo ansiado, aunque desesperadamente lejano.
Cuando el sanador se disponga a ser vehículo de despertar este recuerdo, tendrá la posibilidad, en cada una de las estancias, de activar aquel elemento que, en justicia, es imperioso rescatar, sabiendo que a la vez todos los demás elementos van a vibrar en su ansiado reconocimiento. Tampoco se ha de olvidar que la labor será ardua y no estará exenta de enfrentamientos, pero si se actúa con la convicción de que estamos ante una función equiparable a la Decisión del Innombrable, se evitará la con frontación y el juez severo y castigador terminará por escuchar al verda dero juez y dejará de escribir sus leyes dogmáticas, sus ajusticiamientos y sus condenas perpetuas. Dejará igualmente de ser juez y parte a la vez, dejando la parte para sí mismo y el juicio para el extraordinario.
La duda, el rencor, la justicia indiscriminada en la que vive el hom bre contemporáneo, se alkimiza milagrosamente cuando el sanador sabe depositar su instrumento alkímico que haga retomar la verdadera esen cia del juez y que posibilite así la facción misericordiosa de cada hom bre, despertando al reconocimiento de su pequeñez y dándose cuenta de la insolente posición de sus mandatos. Cualquier estancia puede ser un buen comienzo, pero cada una de ellas tiene la decisión puntual de cada momento. Bien hará entonces el sanador en recordar cada una de las sen tencias que sentaron jurisprudencia en su tiempo, en el tiempo del verbo revelador de cada una de estas estancias. Quedará desprovisto de boato, de toga y de martillo, para que, con su sola presencia, se reinstaure la reconciliación y se minimice la contradicción, dando paso, a un caminar conjunto que haga del reino de los hombres y de cada uno de ellos, un fruto de vida que sintonice los opuestos, aclare el pensamiento, serene el corazón y sepan juntar sus manos como signos de una gran oración.
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