3. LA TENTACIÓN EN LA VIDA CRISTIANA HOY, A LA LUZ DE LA NUEVA
3.4 Ante nuestras tentaciones
3.4.1. Vivir el discernimiento
“La susceptibilidad a las tentaciones me parece un rasgo valioso de las personas: indica
sensibilidad, atención a lo real, interés por ello, percepción de los valores, vitalidad interna. La ausencia de tentaciones revela sequedad, pobreza, pusilanimidad, falta de generosidad,
cobardía”.217 Asumir la realidad de las tentaciones como inherentes al ser humano, reconocerlas en su justo valor, sin espiritualizarlas o descalificarlas, es una gran posibilidad para el crecimiento personal y eclesial. Pero reconocerlas no es suficiente, es preciso también entrar en un proceso de discernir el manejo adecuado de las mismas, para poder superarlas y
216 Häring, “Pastoral del pecado”, 89. 217 Molla, “Acompañar la tentación”, 3.
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evitar que tengan efectos negativos en nuestro ser, es un discernir abocado a la gracia de Dios. La tentación es la pendiente que nos lleva al pecado; la conversión a través del discernimiento, es el medio por el cual se sale de él.
El discernimiento es una tarea permanente de todo hombre y mujer en toda situación, que permite distinguir el bien y el mal, y que orienta para vivir y actuar con autenticidad la libertad y responsabilidad en relación con Dios, con el entorno y con el prójimo. La acción de todo cristiano, su praxis en la fe, debe ser un permanente ir hacia a Dios, tener sed de él, con un deseo que lleve a buscarlo continuamente; de esto se trata el ser Hijos del Padre. En palabras de Vives, la vida del cristiano ha de ser asumida no como el peso de la ley, sino como ejercicio de libertad que desea establecer una relación amorosa con su Creador, y que en dicha relación es importante vivir la experiencia del discernimiento que hace posible distinguir el camino y los obstáculos que nos acercan o alejan de Él:
Porque lo central en la enseñanza práxica de Jesús es que no hemos de regular solamente nuestra conducta por sujeción a un código preestablecido, a un sistema de leyes morales o de prácticas religiosas y cultuales, sino por el ejercicio responsable de la libertad de hijos. […] vivir la relación con el Padre desde nuestra libertad de hijos, supone que los hijos buscan responsablemente ‘discernir’ cuál es la voluntad del Padre. En sustancia, se trata de vivir, no del cumplimiento de la Ley, sino de una relación amorosa con Dios, revelado como Padre, y a impulsos de una fuerza interior que proviene del mismo Dios, mediada a través de Cristo, que es el Espíritu del Padre derramado en lo hondo de nuestros corazones (Rom 5,5).218
Discernir la tentación implica entonces, de acuerdo a lo citado anteriormente, situar la vida, situarse a sí mismo, con criterio propio en el proyecto de Dios para el mundo y en el momento concreto en que se vive. Este camino de examen, se constituye conforme lo hemos recogido en la manera como Jesús asume su humanidad, en un ejercicio de atención; es preciso asumir el compromiso cristiano en relación con las tentaciones, en un ir por la vida observando, fijándose, estar atentos al detalle. Una de las características de las tentación, es justamente la de presentarse con apariencia de bien; así, que el examen atento de lo que se manifiesta desde
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nuestro interior, nos permite captar la presencia de Dios, el querer de Dios y finalmente, establecer la respuesta puntual que queremos manifestar desde la propia libertad. Es un ejercicio que desde el mismo Espíritu que acompañó a Jesús, nos abre al amor de Dios y su
palabra salvadora: “la convicción de que el Espíritu Santo mueve el corazón del hombre no es un espiritualismo de equívocos esfuerzos ascéticos ‘pseudo-místicos’, sino que pide, en
cambio, el ‘seguir haciendo’ y el ‘seguir diciendo’ el Evangelio de forma concreta”.219 La vida de filiación que establece Jesús con su Padre, esta sostenida por la fuerza del Espíritu Santo, él mismo lo conduce al desierto para ser tentado; pero es por ese mismo Espíritu, en su relación íntima como se construye un amor sin egoísmos; su discernimiento a la luz del Espíritu Santo, le permite anunciar el Reino de Dios, asumiendo su humanidad, sin dar paso a las tendencias negativas; enfrenta las tentaciones, porque conoce que si estas no son vencidas, deshumanizan la vida. Así, el cristiano, movido por las mociones interiores del Espíritu, y desde un trabajo consciente y responsable debe asumir su filiación reconociendo la paternidad de Dios en la vivencia práxica de su humanidad.
Discernir diligentemente, finalmente, no nos permite caer en la alienación que es propia de la tentación, nos aleja de la irresponsabilidad alienante del conformismo, de la injusticia y de la falsa humanidad que busca establecer; discernir nos lanza a vivir en proyección a la vida de la auténtica dignidad querida por el Padre, “es que en el discernimiento uno se pone en
tensión hacia lo mejor, en un movimiento que lleva a crecer y a profundizar en el amor”.220 Ante nuestras tentaciones se nos plantea una responsabilidad absoluta por contemplar nuestra humanidad a la luz de Jesús, identificarnos afectiva y efectivamente con sus principios de vida, para finalmente, poder establecer un análisis crítico sobre nuestra propia situación socio-histórica, nuestras formas concretas de actuar y de ser en el mundo; nuestra responsabilidad es la de hacernos conforme a las actitudes de Jesús.
219 Cordes, “el discernimiento espiritual en la vida del cristiano”, 12. 220 Vives, “Principio y fundamento del discernimiento cristiano”, p. 8.
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