“Los cristianos no son perfectos”
, dice el viejo refrán, “solamente han sido perdonados”. Y es cierto, pero solo parcialmente.Somos perdonados para que seamos diferentes. Somos justificados para que seamos santificados. Aunque nunca seremos perfectos en esta vida, Dios está comprometido en hacernos conforme a Jesús (Rom. 8:29).
Pablo nos dice:
Pero todos nosotros, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu. 2 Corintios 3:18 Mientras contemplamos la gloria del Señor, el Espíritu de Dios está operando para transformarnos a la imagen del Hijo de Dios. Esta es una de las razones primarias por la que nos reunimos: contemplar y ser cambiados.
Quisiera sugerirte seis maneras de adorar a Dios los domingos que deben transformar la manera en que vivimos el resto de la semana.
ADORAR A DIOS DEBE HACERNOS HUMILDES
Captar tan solo un destello de la gloria y el esplendor de Dios producirá una humildad genuina en nuestros corazones. Esa fue la respuesta de Moisés, de
los israelitas, Isaías, Jeremías, Pedro y el apóstol Juan, y de muchos otros en la Escritura. Nada nos debe exaltar en el encuentro con Dios.
Una razón por la que a menudo no nos sentimos humillados cuando adoramos es que nos centramos en otras cosas y terminamos oscureciendo la gloria de Dios. Sería como visitar el Gran Cañón del Colorado y fascinarnos tontamente con las señales de parqueo, las tiendas de souvenirs y las barandillas. Disfrutamos una comida, lanzamos una pelota de fútbol y nos marchamos. Felices, pero sin ser afectados por la gloria de la creación de Dios.
Eso no le pasa a nadie. No permitimos que los alrededores nos distraigan del esplendor maravilloso del cañón. Y el efecto es siempre el mismo. Repentinamente nos sentimos pequeños, indefensos, insignificantes. Como dice John Piper, nadie sale del Gran Cañón sin sentirse sobrecogido.
Por eso es tan importante que adoremos a Dios a través del lente del evangelio. Nada nos humilla más que adorar a los pies de la cruz. Ningún pensamiento penetra la raíz de nuestro orgullo como percatarnos de que Dios mismo tuvo que pagar por nuestra rebelión contra Él.
Yo soy un adorador de Dios porque Jesús murió y resucitó para hacerme uno, no porque gané el derecho de serlo.
Si adorar a Dios nos deja pensando en lo increíbles que somos, hemos puesto las cosas al revés. La adoración en general, y la adoración congregacional en particular, tienen la intención de hacernos humildes.
Hemos encontrado letras, como esta, que nos ayudan a cultivar actitudes que no se centran en nosotros mismos sino que exaltan a Cristo en nuestros corazones:
En rumbo a mi perdición Indiferente aún
De mí tuviste compasión Me guiaste a la cruz
Y contemplé tu gran bondad Sufriste tú por mí
Al tú morir en mi lugar42
Tu gracia recibí.
ADORAR A DIOS DEBE DARNOS SEGURIDAD
El fundamento de nuestra seguridad en Dios no es nuestra preparación y planes, ni lo que otros puedan proveer para nuestra protección. Nuestra seguridad no descansa en nuestro sistema de alarma, nuestro poder militar, la policía o nuestra cuenta de bancos. Nuestra seguridad en definitiva descansa en el amor inmutable de Dios, manifestado gloriosamente en el Calvario.
Una de las razones por la que los cristianos a menudo cuestionan el amor y la protección de Dios es que el Salvador crucificado y resucitado no es central en su adoración. El consuelo y la fortaleza que la adoración congregacional nos transmite es más que el resultado de música relajante o un ambiente conocido. Es el recordatorio de que nada en el cielo, infierno o lo que haya entre ambos “nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rom. 8:39). Joel Scebel captura bien esta idea:
¿Qué puede separarnos de Tu amor? ¿Podrá romperlo prueba o aflicción? ¿Podrá acusarnos la condenación Contra el perdón que Tu sangre nos dio? Y aunque el viaje largo es
Yo triunfante cantaré
Nada en la tierra o en las alturas
Podrá arrancarnos de Tu eterno amor, Señor 43.
ADORAR A DIOS DEBE HACERNOS AGRADECIDOS
Existe una razón por la cual Dios manda “Entren por Sus puertas con acción de gracias, Y a Sus atrios con alabanza” (Sal. 100:4). “Porque el Señor es bueno; Para siempre es Su misericordia” (Sal. 100:5). Él ha sido indeciblemente bondadoso para con nosotros.
Cuando las personas le preguntan a mi amigo C. J. Mahaney cómo está, él normalmente menciona la bondad de Dios al responder: “Mejor de lo que merezco”. Alguien pensaría que acaba de recibir un regalo o que es un tipo optimista. Pero es algo mucho más profundo. Está recordándose a sí mismo el evangelio.
La verdad es que estamos mucho mejor de lo que merecemos. Porque a causa de nuestro pecado, todos merecemos el infierno.
Aun así, muchas veces, las personas entran insatisfechas, descontentas y malagradecidas a las reuniones de la iglesia. Han estado pensando en otras
personas que son más ricas, más hermosas, mejor conocidas, más fuertes, más talentosas o más piadosas.
Adorar a Dios correctamente debe abrir nuestros ojos a la increíble gracia de Dios. Recordamos cómo en Cristo Jesús somos redimidos y reconciliados con el Padre, y por eso somos capaces de abundar en gratitud y acciones de gracias. Nuestra necesidad más grande ha sido resuelta en la cruz.
Cuando miramos la cruz de Cristo y reconocemos que nosotros somos los que deberíamos estar colgados allí, ¿qué otra respuesta puede haber sino gratitud abundante? El canto de Pat Sczebel es una expresión de esto:
El misterio de la cruz no puedo comprender La angustia que llegó a sufrir.
El perfecto Dios, Su Hijo entregó La copa amarga Él bebió por mí. Tu sangre, mi maldad lavó Gracias, Cristo.
Fue satisfecha la ira de Dios Gracias, Cristo.
Tu enemigo fui y hoy me siento a Tu mesa Gracias, Cristo44.
ADORAR A DIOS DEBE HACERNOS SANTOS
Es imposible pensar correctamente en Dios separado de Su santidad. Su ira en contra de nuestro pecado, Su firme oposición a la injusticia y Su justo juicio al
malvado. Estos no son temas populares, pero describen al Dios que adoramos. Y mientras más amemos adorarlo, más aborreceremos el pecado en todas sus manifestaciones. Si Dios no estuviera celosamente opuesto a la maldad en todas sus formas, incluyendo nuestro pecado, no merecería nuestra adoración. Él no sería bueno. Él no sería Dios.
Por eso, aquellos que llevan Su nombre y habitan en Su presencia son llamados santos como Él: “Serán, pues, santos, porque yo soy santo” (1 Ped. 1:16, citando Lev. 11:44-45).
Una manera en que hemos buscado incrementar nuestra percepción de la santidad de Dios es confesando, ocasionalmente, juntos como iglesia, nuestros pecados ante Dios. No es que disfrutemos de una malsana introspección. No es que hemos olvidado que somos salvos. Al contrario, estamos buscando contrarrestar nuestros continuos esfuerzos de justificar, minimizar e ignorar nuestros actos de desafío contra un Dios santo.
Dios es santo. Como líderes de adoración tenemos el privilegio de recordar a la iglesia que Dios nos ha redimido para compartir esa santidad, para Su gloria. Steve y Vicki Cook nos ayudan a hacerlo en su canto I Bow Down [Me postro]:
Tu inmensa belleza
Y majestad cubren todo el firmamento Santo eres, Señor.
Exaltado sobre todo
Los cielos no encierran Tu presencia. Santo eres, Señor.
Y mientras contemplo Tu gloria Quebrantado soy.
Me salvaste siendo pecador
Tu sangre me hizo blanco como nieve. Te amo, mi Señor.
Me amaste, Tu enemigo
Tu gracia mi corazón ganó por siempre. Te amo, mi Señor.
Y al contemplar Tu misericordia Quebrantado soy45.
ADORAR A DIOS DEBE MOTIVARNOS A AMAR
Cuando nos reunimos para adorar, lo que debe capturar nuestra atención, agitar nuestros afectos y despertar nuestra adoración es Dios mismo, revelado en Jesucristo. Pero mientras contemplamos Su gloria, nuestro afecto por aquellos que Él creó se profundizará también. “Si alguien dice: ‘Yo amo a Dios’, pero aborrece a su hermano, es un mentiroso. Porque el que no ama a su hermano a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto” (1 Jn. 4:20).
Jesús dejó a Sus seguidores con un claro mandato: “Este es mi mandamiento: Que se amen los unos a otros, así como Yo los he amado” (Juan 15:12). Él entonces da el importante ejemplo de amor entregando Su vida por aquellos que vino a redimir. Es inconsistente profesar que amamos a Dios y no mostrar amor por aquellos que Él vino a salvar.
Los buenos líderes reconocen que exaltar el evangelio de Cristo debe motivarnos a entregar nuestras vidas en amor para otros. Isaac Watts expresó esa realidad en su himno When I Survey the Wondrous Cross [La cruz excelsa al contemplar]:
El mundo entero no será Dádiva digna de ofrecer. Amor tan grande sin igual, En cambio exige todo el ser.
ADORAR A DIOS DEBE INSPIRARNOS A LAS MISIONES
Las personas que están centradas en las misiones son aquellos que comparten las buenas nuevas de la salvación de Dios con otros a través de sus palabras y sus vidas.
Los líderes de adoración somos grandes evangelistas. Después de todo, es nuestra pasión ayudar a las personas a ver claramente por qué Dios merece adoración, y queremos que tantas personas como sea posible compartan el gozo de conocerlo. Alabamos al Dios que desea que todas las personas vengan al conocimiento de la verdad y que no desea que nadie se pierda (1 Tim. 2:4; 2 Ped. 3:9).
¿Cómo no quisiéramos que nuestra familia, amigos, vecinos, compañeros de trabajo y algunas veces completos extraños conocieran acerca del glorioso Salvador que adoramos? ¿Por qué no les contaríamos acerca de la fuente de toda verdad, vida, significado y gozo?
Mientras dirigimos a la iglesia para que medite en estos pensamientos, queremos evitar cantos que pongan mucho énfasis en la energía y poco en el contenido. Es fácil entusiasmarse momentáneamente con alcanzar las naciones y no poder cultivar ningún deseo de compartir el evangelio con nuestros vecinos.
Nuestra iglesia consistente y apasionadamente predica el evangelio, ofrece capacitación de evangelización y ofrece reuniones orientadas para los amigos no cristianos. Pero también animamos a tener un panorama más claro del corazón de Dios por los perdidos a través de cantos como estos:
Tu causa, ¡oh Señor! llena nuestro ser Que a Cristo el Salvador puedan conocer. No a nosotros Dios, la gloria sea a Ti. La cruz ya nos salvó
Tu reino venga ¡Oh Dios! Venga Tu reino, Dios Se haga Tu voluntad.
Sea Tu nombre dado a conocer. Se oiga Tu canción
En cada nación.
Hasta que Tu obra hecha esté ¡Venga Tu reino, Dios!46
LA ADORACIÓN GENUINA CAMBIA VIDAS
En su teología bíblica de la adoración, Recalling the Hope of Glory [Recordando la esperanza de la gloria], Allen Ross confirma las observaciones que he hecho en este capítulo:
Si los adoradores se marchan de un servicio sin pensar en llegar a ser más piadosos en sus vidas, entonces el propósito de la adoración no se alcanzó. Si se marchan de una asamblea sin la convicción de que necesitan conformar sus vidas de acuerdo a la Santa Escritura, aunque signifique cambiar sus estilos de vida, entonces la adoración se ha pervertido en alguna parte… La clara enseñanza de la Escritura es que la adoración genuina cambia la vida47.
¿En realidad crees esto? Que “la adoración genuina cambia la vida”.
Si comprendemos las implicancias de esa declaración, la forma que pensamos en cuanto a la adoración en la iglesia y en cuanto a la dirección de la adoración será dramáticamente impactada. Nunca más estaremos contentos con simplemente prepararnos para una reunión. No estaremos tentados a esperar solo “un buen tiempo de adoración”. Haremos todo lo que podamos para servir al propósito de Dios para la iglesia mientras contemplamos Su gloria.
Recordaremos esto:
Pero todos nosotros, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu. 2 Corintios 3:18
Dios tiene la intención de transformarnos a Su imagen mientras contemplamos Su gloria.
La clase de cambio que Dios quiere producir en nosotros se da en el contexto de la iglesia local. Mientras juntos glorificamos a Dios el domingo, Él produce en nosotros “tanto el querer como el hacer, para Su buena intención” (Fil. 2:13).
El gozo es nuestro. La gloria es de Él.