5�2�1�2�2� Prólogos y postfacios
5.3. Análisis textual
5.3.1. Voz narrativa
El problema de quién narra la historia ha estado tradicionalmente asociado al de desde qué punto de vista se narra. Sin embargo, los esfuerzos de las clasificaciones genettianas han separado ambos conceptos para mostrar que la voz narradora puede enfocar la historia desde ángulos ajenos, como por ejemplo desde los ojos de otros personajes (es decir, ¿quién habla? y ¿quién mira?). Esta división (voz/focalización) se mantendrá en el presente estudio a pesar de que, por lo que respecta a la autoficción, la voz correlacionará mayoritariamente con el punto de vista del personaje narrador. Como parece lógico, la reconstrucción del propio pasado se encauza de manera preferente desde una perspectiva personal, pues se trata de componer un repaso de apariencia biográfica donde nadie conoce mejor su propia vida que el mismo protagonista. Pero a pesar de todo, la separación entre voz y punto de vista sí resultará útil aquí para señalar mejor las divergencias irónicas entre el narrador maduro que enfoca de forma irónica el relato de su propia vida y la figura del protagonista juvenil que vive esas peripecias. Dicho protagonista, aunque rara vez toma la palabra en la narración autoficticia, sí puede guiar a veces el discurso, como si el narrador volviera a mirar desde los ojos de su «yo» pasado.
La elección de una voz narrativa resulta, ya desde la primera línea de cualquier relato, un primer paso imprescindible para ofrecer una pauta de acceso al mundo ficticio elaborado por el texto. La fiabilidad otorgada por el lector a esa voz narradora dependerá en gran medida del grado de conocimiento que revele y de la coherencia de su organización. Normalmente, en la autobiografía y la novela personal, la voz del narrador situado en el presente encauza un discurso sobre sucesos del pasado, en tiempo indefinido o imperfecto, donde se relatan las peripecias de un personaje con el que este narrador se identifica. En este sentido, mientras que la novela personal tiende a permitir que el personaje pasado tome la palabra directamente y se exprese de manera independiente, la autobiografía utiliza un formato más controlado y dirigido por la voz del narrador. Pero en el caso de la autoficción, ambas tendencias se combinan para fomentar la ambigüedad. Así, al igual que en la novela, se permitirá al personaje autobiográfico encauzar su propia voz en estilo directo al tiempo que la voz del narrador adquiere también importancia excepcional (pues, en vez de volverse hacia el pasado para desarrollar la trama biográfica, parece paralizarse en un bucle de reflexiones diversas sobre el presente). Todo ello atestigua la complejidad polifónica con que se construye la autoficción, donde la actualización de las voces narrativas buscará poner de relieve la problemática
relación de identidad entre el narrador con el personaje y, por ende, con el autor (sobre todo en textos como Negra espalda del tiempo o Historia de un idiota contada por él mismo).
En la autoficción la voz del narrador casi siempre recurre a la homodiégesis (es decir, la expresión que generalmente se identifica con la primera persona).
Esta vía de enunciación conlleva que la narración pierda en objetividad pero
la historia gane en dosis de verosimilitud227; lo cual, de hecho, se corresponde con los propósitos de la escritura autoficticia, que no está tan interesada por la realidad en sí como por las posibles formas de focalizarla y mostrarla. Además, el uso de esta voz narrativa para encauzar el relato también contribuye a favorecer los parecidos de la autoficción con el género autobiográfico, puesto que el «yo» también es la voz por antonomasia (aunque desde luego no privativa) de este tipo de textos. Por ello, más que ningún otro recurso, la homodiégesis resulta fundamental para dotar al texto de un aura de realidad. La enorme capacidad persuasiva de la primera persona fomenta la tendencia del lector a interpretar como autobiográficas las obras ficticias y a buscar confesiones sinceras bajo las narraciones noveladas. Todo ello favorece la identificación del autor y del narrador. Pues a pesar de la clara ficcionalización autobiográfica practicada por la autoficción, el discurso homodiegético posee siempre un enorme poder de convicción. Tal y como afirma Darío Villanueva acerca de la autobiografía: Nada más creíble que la vida de otro, por él contada, cuando la hacemos nuestra mediante una lectura desde determinada intencionalidad, nada excepcional por otra parte. El yo narrador y protagonista sustenta una estructura de incalculable fuerza autentificadora, avalada por un acto de lenguaje de entre los más comunes de la conducta verbal de los humanos. Y el lector es seducido por las marcas de verismo que el yo-escritor-de-sí, sea sincero o falaz, acredita con su mera presencia textual228�
Es decir, la fuerza de la primera persona narrativa es tal que unas cuantas dosis de ambigüedad pueden bastar para que el lector se deje llevar por la apariencia confesional de una ficción e incluso identifique al narrador con el propio autor del texto229. En el nivel de la historia, esta capacidad de la homodiégesis para imprimir un efecto de verosimilitud al texto se combina además en la autoficción con tópicos del autobiografismo y también del realismo
227 F. Gómez Redondo, El lenguaje literario, op. cit., p. 117.
228 Darío Villanueva, «Realidad y ficción: la paradoja de la autobiografía», Escritura
autobiográfica. Actas del II Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria y Teatral, op. cit., p. 28.
229 Para profundizar en las confusiones entre el autor real y el implícito en el texto, véase el epígrafe 5.4.2 «Esquema de comunicación de la autoficción».
que funcionan como un reclamo de las vivencias arquetípicas del ser humano. La coincidencia, como se verá más abajo, del nombre propio entre autor y narrador completará el efecto de cara al lector.
Por otra parte, aunque sea más raro, algunas autoficciones recurren a
la heterodiégesis (es decir, la narración normalmente llamada en tercera
persona). Esta disposición de la voz narrativa se combina por lo general con una focalización omnisciente, para fabricar un artefacto de evidente ambigüedad autobiográfica y ya cercano a las estrategias narrativas propias de la novela
(Volver a casa, y algunas secciones de Sefarad)� En estos casos, el narrador
se sitúa fuera del relato y ejerce un control absoluto sobre la dosificación de la información. Así por lo que respecta a la autoficción, para que este ente despersonalizado no impida una lectura ambigua, el autor se deberá asegurar luego de que el lector reconozca su intervención a través de otras estrategias (uso de nombres propios, paratextos, etcétera).
Pero tanto en el caso de la narración homodiegética como heterodiegética,
el aspecto más característico de la autoficción radica sin duda en la ambigua identificación entre autor y narrador-personaje. Dicha identidad viene asegurada por diferentes recursos, siendo desde luego el mecanismo más efectivo la coincidencia del nombre propio o seudónimo público del autor con el del narrador o personaje. J. Lecarme, Ph. Lejeune y M. Alberca230 consideran
que esta coincidencia nominal entre categorías narrativas es, de hecho, una de
las características básicas e indispensables de la autoficción aunque también señalan que existen otros elementos contextuales y paratextuales que animan al lector a identificar al narrador con el autor231. Aquí la autoficción imita
230 J. Lecarme, «L’autofiction: un mauvais genre?», art. cit., pp. 237-238;Ph� Lejeune,
Moi aussi, op. cit., pp. 70-72; M. Alberca, «La invención autobiográfica. Premisas y problemas de la autoficción», Autobiografía en España: un balance, op. cit., pp. 235-255, esp. pp. 237-239. En este artículo M. Alberca considera que la ficción no desvirtúa la seriedad del compromiso nominal a menos que llegue a un punto de ficcionalización excesiva. A este respecto, comenta
sobre la novela corta Cómo me hice monja del argentino César Aira: «[…] al insertar al personaje en una historia totalmente disparatada, que impide una adhesión seria a la historia que cuenta, termina por ficcionalizar profundamente la identidad nominal propuesta. Sin embargo, aunque la identidad nominal quede contradicha y subvertida por la ficción, el autor, como propone V. Colonna, podría estar indicando que simbólicamente se adhiere al personaje de una manera imaginaria y descomprometida, haciendo de su relato una suerte de autoficción grotesca» (pp. 238-239). Por supuesto, si la autoficción consiste precisamente en una ficcionalización del «yo», cabría preguntarse en qué punto se encuentra el límite entre la ficcionalización aceptable como seria y la que no lo es. 231 A este respecto cabe añadir una crítica a la teoría de los actos del lenguaje aplicada a la autoficción. Si resulta evidente que arriesgar el nombre propio es una garantía de la plena adhesión del autor con los actos que narra, sería necesario replantearse la paradoja que supone
abiertamente a la autobiografía, donde la firma adquiere siempre un carácter social ineludible y ayuda a establecer un compromiso ético que va más allá de la mera textualidad232� A este respecto, es imposible no recordar las consideraciones sobre la firma desarrolladas por Derrida en «Firma, acontecimiento y contexto». Este ensayo, dedicado en principio a rebatir las posiciones de la teoría de los actos de habla y la preeminencia de un punto de vista oral en el estudio de las comunicaciones lingüísticas, reflexiona sobre las peculiaridades de la presencia autorial en la escritura. En concreto, plantea que la firma, acción asociada al momento y lugar en el que ésta se produjo, no deja de ser una señal del distanciamiento y ausencia del autor: «Una firma escrita implica la no presencia actual o empírica del signatario. Pero, se dirá, señala también y recuerda su haber estado presente en un ahora pasado, que será también un ahora futuro, por tanto un ahora en general, en la forma trascendental del mantenimiento»233. Frente a esta presencia fantasmagórica que ligaría tanto como separaría al autor de su texto gracias al nombre propio, la autoficción, aunque no se compromete con ningún pacto social, sí utiliza el nombre propio para imitar y subvertir los procesos culturales tradicionalmente asociados a la autobiografía. En este sentido, la autoficción no sólo no se resiente de la crítica derrideana al concepto de firma, sino que aprovecha felizmente dicha teoría para extraer nuevos sentidos literarios. El nombre propio se asume como una marca ambigua que hace patente la presencia del autor dentro del texto al tiempo que refuerza su ausencia como
escritor real�
En definitiva, resulta innegable que el uso del nombre propio en un texto autoficticio funciona como un marcador cuya poderosa capacidad autorreferencial dota al texto de un halo de verosimilitud. Sin embargo, la presencia autorial que el nombre propio parece invocar, no implica por supuesto ningún compromiso ético real. De ahí la importancia para la autoficción de este recurso; pues sin aportar ningún detalle privado, proyecta de inmediato en todo el texto un lazo biográfico cuya impronta permanecerá aunque no se vea luego refrendada por ningún pacto con el autor. Pero aunque la aparición del nombre propio es muy común en la autoficción (El cuarto de atrás, Estatua con palomas, Negra espalda del tiempo, Cosas que
después, considerar la autoficción como una forma poco seria de escritura. Desde este punto de vista la autoficción resultaría un híbrido imposible entre el compromiso de acto de habla serio que garantizaría la identidad nominal y el poco serio que impondría la ficción
232 Véase J. M.ª Pozuelo Yvancos, De la autobiografía, op. cit., pp. 41 y ss. 233 J. Derrida, Márgenes de la filosofía, op. cit., pp. 369-372, p. 370.
ya no existen, Como un libro cerrado, Soldados de Salamina, La loca de la casa, No ficción, La lección de anatomía) a veces la identificación puede llevarse a cabo por otros métodos igual de efectivos (véase el anexo 19 para un análisis del juego que Justo Navarro logra con sus iniciales y la traducción de su nombre). En este sentido, si el texto aporta otro tipo de referencias que posibilitan la identidad entre autor y narrador (por ejemplo, datos biográficos como lugar y época de nacimiento, profesión o referencias a libros publicados con anterioridad) se suple hasta cierto punto la coincidencia del nombre propio234� Más arriba ya se mencionó la diferencia propuesta por Ph. Gasparini entre la «identidad estática» y la «identidad dinámica» que puede quedar plasmada en un texto235. La primera vendría dada por elementos administrativos como su nombre propio, la fecha y lugar de nacimiento, el estado civil y otros aspectos legales. Sería por tanto un tipo de identidad inmutable y que resulta útil sobre todo desde un punto de vista social, pues señalaría a un individuo de entre el resto de modo inconfundible. Sobre esta forma de identidad se compone por supuesto el pacto de lectura que garantiza el compromiso ético de la autobiografía. Por su parte, la identidad dinámica vendría a aglutinar un conjunto abierto de rasgos cambiantes como la profesión, el medio social, la trayectoria personal, los gustos, las creencias, el perfil intelectual, etc. Este tipo de datos biográficos no suele ser de conocimiento público, pero compone una parte fundamental de la personalidad. En dichos aspectos se basa la novela autobiográfica para establecer vínculos más o menos evidentes entre las instancias del personaje y del autor. La autoficción toma ambas formas de reconocimiento de la identidad para trabajar con ellas de manera libre, construyendo un retrato voluble y fragmentario. Así, la similitud entre el narrador que habla dentro del texto con el hombre que vive en la realidad empírica puede quedar sugerida a través de otros recursos ambiguos más allá del uso del nombre propio. Así sucede por ejemplo en Historia de un idiota contada por él mismo, París no se acaba nunca y La velocidad de la luz, donde la identificación entre autor y narrador se sugiere por similitudes con el perfil público del escritor más propias de la novela autobiográfica. Además, este 234 En la narración los nombres propios funcionan a modo de anclas con el mundo real. En el caso de la no-ficción, si una indicación paratextual del tipo «autobiografía» o «diario» aparece como subtítulo de un libro, entonces el lector se enfrentará a este texto tomando las alusiones personales o geográficas no sólo como idénticas al mundo real, sino como plenamente referenciales. En un primer acercamiento a un texto novelesco, por el contrario, los marcadores de lugar, de tiempo o de persona deben ser interpretados epistemológicamente como puras estrategias textuales, a pesar de su posible parecido con el mundo real. Eso sí, su fuerza de atracción influirá de forma determinante en la descodificación lectora (es decir, ante una referencia a Madrid, el lector entenderá que se habla de a la capital de España hasta que se mencione lo contrario. Es un proceso inevitable dado el carácter semánticamente infinito de las palabras, pues a riesgo de caer en una descripción inacabable de cada aspecto de lo real, los mundos ficticios deben construirse con un número limitado de rasgos imaginarios).
juego de sugerencias nominales entre autor y narrador también alcanza límites extremadamente lúdicos y ambiguos en casos como Volver a casa (donde
Millás aprovecha su doble nombre para dividirse en dos personajes llamados respectivamente Juan y José236), Finalmusik (donde Justo Navarro se identifica con su narrador a través de sus iniciales y de las variaciones fonéticas de su nombre en otras lenguas) o Penúltimos castigos (donde el narrador innominado
habla sobre un Carlos Barral paródico que aparece sólo como personaje). También el narrador que permanece en el anonimato arroja ya de por sí una sombra de indefinición y duda sobre el resto del texto. De hecho, en obras de formato autobiográfico evidente como por ejemplo Cielo nocturno, la carencia
de identificación nominal entre autora y narradora es el resorte que aporta un sentido autoficticio al texto; precisamente esta resistencia a adoptar un pacto de lectura autobiográfico con el lector a través del nombre propio constituye un poderoso mecanismo de ficcionalización del «yo» que de inmediato pondrá
sobre aviso a los lectores237�
En definitiva, aun en todos estos casos en que la identificación nominal no es explícita, la mimetización de autor y narrador llega a ser efectiva por otros cauces y muestra, finalmente, de qué manera el autor se niega a romper definitivamente su vínculo de unión con el narrador tal y como exige la pura ficción. Por todo ello, en resumen, la identidad nominal no se impone como un requisito indispensable para la autoficción, pero sí como un importante recurso para favorecer el efecto de realidad y la identificación del autor con el
narrador�
236 Un recurso autobiográfico inspirado tal vez por el uso que de sus dos nombres ya hiciera Ramón J. Sender en la Crónica del alba (escrita en 1942), donde su desdoblamiento en José Garcés (nombre compuesto a partir de su segundo nombre y su segundo apellido) le permitió encauzar unas memorias noveladas de amplio contenido lírico.
237 Véase en el anexo 17 el análisis que J. M.ª Pozuelo Yvancos lleva a cabo sobre la falta de identificación biográfica y contextualización en esta obra.