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Michaels, Jess Albright Sisters 01 Todo Lo Prohibido

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Academic year: 2019

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Argumento

Por veranos Miranda Albright ha visto horrorizada pero vergonzosamente excitada como su malvado vecino Ethan Hamon, el famoso conde de Rothschild, "entretiene" a una sucesión de amantes en su propiedad. Ahora que su padre ha fallecido, dejando atrás una montaña de deudas, Miranda debe hacer lo impensable. A causa de eso Ethan se ha comprometido a patrocinar a sus hermanas menores, financiera y socialmente, a un precio escandalosamente caro: Miranda debe ofrecerse a él por entero durante tres meses completos, sin remordimientos y sin restricciones.

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Prólogo

1814

"¿Oslo?"

Miranda Albright se escondió debajo de una rama, y las ramitas golpeando su cara mientras trataba de calmarse. La frustración burbujeaba en su interior, amenazando con desbordarse y raspar su último hilo de control. El impulso de arrojarse al medio del bosque, y tener una rabieta infantil era casi abrumador.

"¡Oslo!" siseó por segunda vez, esta vez con los dientes apretados.

Ningún perro apareció milagrosamente.

"Maldito animal", murmuró mientras pasaba por encima de un tronco caído y se alejaba de las ramas enmarañadas de los árboles.

Ha estado siguiendo al perro de su madre, desde que se escapo de su cuidado, en lo que parecían horas. A la velocidad que sus cortas piernas podían llevarlo, bien podrían estar en el condado vecino ahora.

O por lo menos, en la propiedad de su vecino.

Justo cuando el pensamiento cruzaba por su mente, escuchó una risa baja, masculina haciéndose eco en las inmediaciones. Al instante, se detuvo y miró alrededor para determinar su origen. La escuchó de nuevo, esta vez ronca.

En realidad, era su vecino, se dio cuenta con un salto. Oyó hablar de la risa del conde Rothschild antes y era sin duda él. Morboso, como si tuviera un secreto que nunca compartiría con ella. Era una risa de burla, una risa burlona.

En silencio, se movió hacia el sonido. Todo lo que podía esperar era que el maldito Pomerania1 de su madre no hubiese interrumpido al hombre durante sus

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entretenimientos de la tarde. Sólo se había reunido con él algunas veces, sobre todo en reuniones del campo con sus padres, pero nunca le pareció un hombre de mucha paciencia. Sólo por la forma en que se manejaba, la forma en que miraba a los demás, estaba claro que estaba acostumbrado a conseguir lo que quería, cuando lo quería.

Ciertamente, Rothschild nunca pareció ser la clase de hombre que apreciaría al diablo disfrazado de piel suave anaranjada y esponjosa que corriera a través de su manta de picnic. Estaba segura escucharía un sonido suyo y de sus compañeros si sus peores imaginaciones resultaban ciertas.

Preparada para una severa reprimenda, se metió en un área donde los árboles estaban dispersos y miró en dirección en que la voz provenía. Lo que vio la heló en su lugar, aflojándole la mandíbula.

Había asumido que encontraría al conde con un grupo de amigos, pescando en la laguna, tal vez, o compartiendo el almuerzo. Cualquier clase de diversión normal que podría esperar con el buen tiempo del verano.

En su lugar, lo que veía era un tipo muy diferente de entretenimiento. Lo que las viudas y mujeres casadas hablaban en voz baja, en secreto, pero aún no lo habían compartido con ella, diciéndole que su momento iba a llegar muy pronto. Una actividad de la que su madre prometió hablar con Miranda solo cuando estuviera preparando su noche de bodas.

Pero esto no era la noche de bodas de Miranda. Y, sin embargo no podía apartar la mirada. Allí, justo al aire libre para que todos lo vieran, estaba el apuesto conde de Rothschild, y junto a una mujer.

Había tantas cosas en la escena que chocaron con ella, que Miranda no estuvo segura de por dónde empezar. Por un lado, Rothschild estaba sin camisa. Oh, había visto a hombres sin camisa antes, a pesar de los intentos de su madre de escudarla. A veces los trabajadores del campo estaban sin ellas y Miranda vislumbraba

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brevemente a los transportistas de su padre, que cabalgaban por la ciudad. El espectáculo le había dado siempre una prohibida emoción. Una sensación multiplicada por lo que estaba presenciando en este secreto momento.

Esos trabajadores, que a menudo parecían suaves, incluso desde la distancia, no se parecían en nada al conde. Músculos afilaban su cuerpo delgado, moviéndose debajo de la superficie que cambiaba de posición sobre la manta de picnic tendida a orillas del lago. Tenía la piel bronceada, como si a menudo estuviera sin la protección digna de una camisa. Y unos cuantos mechones de oscuro cabello revueltos caían por su frente como un despeinado demonio tentador.

Cuando la mujer gimió debajo de él, Miranda la vio. Estuvo tan centrada en el hombre, que no vio realmente a su amante. ¿La conocería? No había nada inmediatamente familiar en ella, no que Miranda pudiera reconocer la cabeza que le colgaba a un lado, de espaldas a la maleza donde Miranda se ocultaba. Y en ese momento, su rostro no le refería a Miranda tanto como su estado de desnudez que iba más allá incluso del de Rothschild.

El vestido de la dama estaba en una pila al lado de la camisa del conde y su chaqueta. Llevaba sólo una pura camisa, que se elevaba alrededor de su estómago, dejándola completamente desnuda de la cintura para abajo a excepción de un par de medias blancas de encaje y zapatillas de satén de tacón alto. Las zapatillas eran imposibles de pasar por alto, ya que estaban lanzadas sobre los definidos hombros bronceados del conde.

Él estaba de rodillas entre sus piernas y la estaba...

Miranda inclinó la cabeza, entornando los ojos para ver mejor a pesar de saber que no debía.

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arqueó, con cada movimiento de su lengua. Sus gritos se hicieron más fuertes con cada íntimo beso.

Miranda se movió. Debería darles la espalda. ¡Debería huir! Este no era un lugar para ella. No se trataba de un lugar de interés. Pero no podía dejar de mirar por sí misma. Deteniéndose a esperar por lo que vería a continuación. No podía detener el dolor creciendo más profundo en su cuerpo, que había sentido antes, pero nunca tan fuerte y necesitado. Cerró los ojos brevemente, pero los gemidos continuaron haciendo eco y provocaron una breve imagen.

Una en la que Miranda complacía al conde en lugar de esta mujer sin rostro.

Sus ojos se abrieron de golpe, ampliándose con el súbito pensamiento. ¿En qué diablos pensaba? Se cubrió la boca para evitar el suspiro sobresaltado que revelara su espionaje, pero aún no apartaba la mirada de la escena que se desarrollaba ante ella.

Ahora Rothschild se puso de pie y Miranda tuvo una visión más clara de su compañera.

Definitivamente era una extraña, no una mujer del pueblo o un miembro de alguna familia del barrio. La mujer se incorporó un poco, apoyándose en los codos con una sonrisa mientras observaba a Rothschild quitarse los pantalones y darles una patada para hacerlos a un lado.

Miranda lo miró. Aunque había visto el pecho de un hombre antes, esto era algo completamente diferente. Musculosas piernas se unían en una parte trasera también musculosa, y ambos estaban tan curtidos como su espalda y brazos. Dios mío, eso significaba que salía desnudo de manera regular.

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La mujer debajo de él se lamió los labios mientras lo miraba tan descaradamente como Miranda lo hacía. La desconocida sonrió, con una expresión malvada, sin saber que hacía a Miranda sentirse muy joven e ingenua. Y celosa. Había total confianza en la otra mujer con cada movimiento. Una segura sensualidad que Miranda reconocía, pero no estaba todavía en condiciones de dominar, gracias a las críticas constantes de su madre y sus intrusiones.

"Ven aquí", ordenó la mujer, abriendo las piernas un poco más.

"Ah, muy bonito", Rothschild arrastró las palabras mientras miraba su flagrante ofrenda con una sonrisa maliciosa.

Se dejó caer de rodillas entre los muslos extendidos de la mujer. Su boca bajó con sobre la de ella, con los brazos cubriéndola encima de su cabeza. Y entonces, empujó sus caderas hacia delante y su pene desapareció dentro su cuerpo.

Miranda había oído rumores sobre sexo entre los sirvientes y amigos casados. Diferentes versiones lo describían como de algo celestial a horrible. Pero a juzgar por los lujuriosos gemidos de la mujer en la manta de picnic, Miranda estaba comenzando a pensar que celestial era una descripción más cercana. Si esto hacía que la mujer sintiera algo como lo que sentía Miranda simplemente observándolos, tenía que ser celestial.

Miranda se movió con un poco, deseosa por tocarse a sí misma, deseando calmar la creciente tensión infernal entre sus muslos. Sabía que sus propias manos podían darle placer. Lo hizo en el pasado, deleitándose con la exquisita liberación.

¿Sería eso lo que sentiría mientras un hombre como el conde la extendía como lo estaba haciendo con esa mujer, y se metía en ella con cortos y circulares movimientos de sus musculosas caderas?

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Cerró los ojos otra vez mientras la sangre caliente corría en sus mejillas. Cómo quería saber las respuestas a esas maliciosas preguntas, de las que no se hablaba. Lo mucho que querría experimentar ese tipo de pasión.

Un codazo en su mano hizo que Miranda diera un grito de sorpresa. Miró hacia abajo para ver que Oslo había encontrado su camino de regreso y estaba sentado a su lado, meneando la colita salvajemente y con la cabeza doblada con una inclinación burlona mientras la esperaba.

Lanzó una mirada rápida a la pareja mientras recogía al perro y lo sostenía contra su pecho para que no se escapara por segunda vez. Con su suerte, Oslo no irrumpiría en el claro y revelaría su humillante intrusión.

Rothschild no pareció haber oído su grito, pero la mujer debajo de él apretó las manos alrededor de sus musculosos brazos.

Ella gimió, con un sonido roto, sin sentido, antes de decir, "¿Has oído eso?"

Inmediatamente Miranda se puso en cuclillas bajándose, mirando a través de la hierba alta y orando por no tener que soportar la desgracia final de ser descubierta. Sin duda, el malvado Conde asumiría que los estuvo espiando desde hace bastante tiempo. Peor aún, que estaba excitada por lo que había visto. Nunca podría olvidarlo. Nunca. ¿Cómo podría encararlo después?

Peor aún, ¿y si iba a su casa y le decía a sus padres lo que estuvo haciendo? No podría soportar sus reacciones. Su madre, sobre todo, haría su vida un infierno si lo supiera.

Miranda contuvo la respiración mientras Rothschild levantaba la cabeza. Su respiración se entrecortó.

"¿Qué?"

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Rothschild lentamente hizo círculos con sus caderas y la mujer maldijo, con una palabra que Miranda no había oído antes, pero no necesitaba estar familiarizada para saber que no era propio de una dama. ¿Por qué esa frase vulgar volvía a sus muslos, incluso más húmedos? Era como si todo lo prohibido también y sin lugar a dudas la excitara.

"Es probable que fueran los absurdos pavos reales que Brendan trajo con la semana pasada", jadeó, conduciendo sus caderas hacia delante de nuevo con un gemido. "Ignóralo".

"Hmmm, pavos reales, ¿eh?" La mujer rió mientras envolvía sus brazos alrededor de su cuello y lo arrastraba hacia abajo para un profundo beso.

Miranda esperó hasta los dos estuvieran absorbidos por completo en su copula antes de reunirse con Oslo y comenzar a arrastrarse fuera de su línea de visión. Aun cuando sabía que no podían verla y no se atrevió a ponerse de pie, siguió escuchando los gemidos del aliento de la mujer y los gruñidos de placer de Rothschild a la distancia. Peor aún, cuando esos sonidos decadentes ya no se escucharon, ella todavía no podía dejar de recordarlos, con perfecta claridad, por todo lo que había presenciado. Y las imágenes continuaban excitándola sin medida.

Rebuscó en su capa la cadena de plomo rota de Oslo y ató con torpeza el collar del perro antes de ponerlo en el suelo y comenzar su camino de regreso a casa. Con cada paso, recordaba las calientes imágenes de Rothschild enterrándose en la mujer. De él degustándola de la forma más íntima. De los gemidos. De la unión, piel sobre piel.

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Capítulo Uno

Tres años más tarde.

1817

"Mamá", dijo Miranda Albright con un suspiro mientras observó a su madre ponerle la bata de seda a Penélope su hermana menor. "Honestamente, ¡No debiste haber comprado esas cosas sin hablar conmigo primero!"

Dorothea Albright se volvió hacia ella con un rotundo y duro ceño fruncido a su hija mayor. "¡Esta es mi casa, Miranda! No le pido permiso a mis hijos por cualquier cosa que hago."

Miranda cerró los ojos y contó hasta diez en su mente muy lentamente. La vacilación no era suficiente para mantener su ira y frustración en jaque. Aún así, de alguna manera mantuvo un tono tranquilo cuando respondió.

"Pero, mamá, ¡El costo de todas estas cosas!", Dijo con los dientes bien apretados mientras hacía un gesto a la pila de tela, sombreros y joyas... que estaban apilados en el sofá. "He manejado las finanzas durante seis meses y sé mejor lo que puede encajar en nuestro presupuesto y lo que no."

Su madre resopló mientras rodaba sus ojos hacia el cielo. "¿Lo sabes mejor? ¡Ja! Tú sabes cómo mantenernos con harapos."

Miranda empuñó sus manos en sus costados. "Si insistes en vivir más allá de nuestros medios, por lo menos habla conmigo para que pueda prepararme para el costo adicional. Y tal vez juntas podamos encontrar la manera de ser más frugales. Nuestras deudas... "

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vivo, se las arreglaba para darnos todo lo que queríamos, necesitábamos y mucho más! ¿Por qué eso ha cambiado simplemente porque ha dejado este mundo?"

Su madre llorisqueo y a pesar de la frustración Miranda, sintió una punzada de empatía por los sentimientos grabados en la cara de Dorthea. Cualquiera que fueran las faltas de su padre, toda su familia lo había amado y lo extrañaba muchísimo.

Penélope le dio a Miranda una mirada de comprensión antes de poner una mano en el brazo de su madre. "Mamá, ya sabes que Miranda sólo nos cuida. Y no necesito tres vestidos verdes. Tal vez si devolvemos dos de ellos..."

"El verde le queda mejor a tus ojos", su madre la interrumpió. "Hacen que sea menos obvio que están demasiado cerca uno del otro."

Miranda se estremeció. Dios mío, su madre no tenía tacto. Había pasado toda la vida criticando. No podía soportar ver todo el veneno de buenas intenciones vuelto hacia su hermana.

"¡Los ojos de Penélope están perfectamente separados!"

Su madre la miró. "Necesitará todos los trajes cuando su temporada comience. ¡No tendré a nadie diciendo que mis hijas no están bien vestidas! Esa es mi palabra final sobre el asunto."

Dorthea recogió las batas y tomó la mano de Penélope, dio a Miranda una enérgica mirada antes de salir de la habitación con toda la pompa y circunstancia de una reina.

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Para empeorar las cosas, como el tercer hijo de un no particularmente rico marqués, su padre no tuvo tierras para compensar sus pérdidas. Lo único que tuvo fueron malos hábitos, deudas, y sonrisas amables.

"Dios lo tenga en su gloria", murmuró Miranda cuando veía los números por segunda vez. Nada había cambiado. Apoyó la cabeza contra el borde del escritorio con un suspiro.

¿Qué demonios iban a hacer?

"¿Miranda?” Dijo una voz desde el sofá al lado de la ventana.

Miranda se sobresaltó con sorpresa. Su media hermana, Beatrice, la miraba con los brazos cruzados. Casi olvidó que la chica estaba en la habitación. Un caso paradójico, ya que la mimada mujer rara vez se permitía ser otra cosa que el centro de atención.

"¿Qué pasa, Beatrice?", Preguntó Miranda con otro suspiro.

"¡No nos puedes negar nuestras Temporadas!" Declaró Beatrice, y sus zapatillas empezando a golpear el dobladillo bajo de su extravagante bata. "Sólo porque estás decidida a ser una solterona no significa que el resto de nosotras deba ser forzada a seguir tus pasos."

Miranda se estremeció. "Difícilmente puedes considerar solterona a una veinteañera, Beatrice. Y tu temporada no pasará al menos dentro de otro año, así que no te preocupes todavía."

"¡Ja!" Beatrice se movió hacia ella con tres pasos largos. "¿Cómo no voy a preocuparme? ¡Si ya le estás negando vestidos a Penélope! Si sigues así, ¡Yo tampoco estaré a la moda ni deseable para cuando entre en sociedad!"

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"Y una solterona está hecha por sus acciones, no por su edad” le espetó Beatrice. "Podrías haberte casado con una docena de hombres ricos..."

"Fue apenas una docena,” murmuró Miranda.

Su hermana siguió, sin trabas por la interrupción "... y nos hubiese salvado de ese juicio, en primer lugar, pero te negaste. ¡No quieres ser feliz!" Los labios de Beatrice comenzaron a temblar y sus ojos azules se llenaron de lágrimas. "¡Y te niegas a dejar que cualquiera de nosotras sea feliz, también!"

Miranda suspiró mientras su hermana recogía sus faldas y corría de la habitación, cerrando la puerta tras de sí con un ruido discordante. Si Beatrice no hiciera lo mismo cada dos días, Miranda podría conmoverse, pero hoy estaba demasiado cansada para jugar a los juegos infantiles de su hermana.

Se quedó mirando las cifras financieras de nuevo. Dios, para el momento que Bea se presentará, tal vez no tendrían dinero suficiente para comprar alimentos, menos aún vestidos.

La puerta hizo clic y le tomó todo a Miranda no poner la cabeza sobre la mesa y llorar. No podía soportar una rabieta más. Simplemente no podía.

Pero fue Penélope quien entró en la sala, no Beatrice o su madre. Las dos chicas intercambiaron una sonrisa cansada. Al menos Miranda podría contar con Penélope. Su mejor amiga y confidente... al menos en la mayoría de los asuntos. Aunque había un secreto, que incluso Penélope no sabía.

Y si Miranda se salía con la suya, nunca se enteraría.

"He tratado de convencer a mamá para devolver los vestidos, pero se niega." Penélope se hundió en la silla frente a Miranda con un suspiro cansado. "Lo siento."

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Penélope se inclinó hacia delante sorprendida. "¿Tú? ¿Pedir disculpas? ¿Por qué? Desde que padre murió hace seis meses, has sido la única persona que evitó que esta familia sea arrojada a la calle como mendigos. Me doy cuenta de eso incluso si mamá y Beatrice no lo hacen. No tienes nada que lamentar."

Miranda se puso de pie y caminó hacia la ventana. Echó un vistazo afuera y evitó una maldición mientras observaba a tres sirvientes plantando nuevos rosales. ¿Cuándo los había ordenado? Eso simplemente significaba más dinero saliendo de la escasez de sus recursos para cosas frívolas que sólo su madre se atrevería a llamar necesidades. Su cabeza comenzó a latir con fuerza.

"Como señala Beatrice a diario, podría haber tomado las ofertas de matrimonio de varios hombres que tenían la situación financiera para salvar esta familia de la ruina. Si tan sólo lo hubiera hecho, nuestros problemas ahora no serían tan apremiantes.” Miranda continuó mirando a los jardines, pero apenas los vio. "A causa de mis decisiones, tu temporada no será lo que debería. Y ahí estará Beatrice, ¡Sin mencionar a Winifred!"

Penélope se puso de pie y fue a envolverla con un brazo. La apretó y Miranda se llenó de consuelo, aunque fue brevemente.

"Ignora a Beatrice. Si le dices que el cielo es azul, discute sólo para oír su propia voz. Y Winifred sólo tiene dieciséis años. Todavía tiene la cabeza en las nubes. Ni siquiera piensa en su temporada todavía. En cuanto a mí, desde luego no te culpo por no aceptar esas ofertas. Por otro lado, se hicieron todas antes de saber de nuestra..." Vaciló. "Nuestra situación. Y dos de los caballeros eran bastante horribles. El otro era, bueno, no lo amabas. Y tu quieres amor."

Miranda hizo una mueca. No, deseaba pasión. Pero no iba a decirle eso a su hermana. Tampoco iba a decirle exactamente lo mucho que sabía sobre el tema de la pasión.

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"Las mujeres de nuestra posición no pueden esperar el amor. Yo fui egoísta y ahora todas estamos pagando el precio." Miranda suspiró. "Simplemente no me di cuenta de lo terrible que nuestra situación se había vuelto hasta que Papa murió. Para entonces ya estaba etiquetada como una mujer que negaba sus propuestas. Una solterona en formación. Dudo que pueda obtener otra oferta, aunque lo intentara. Desde luego, no una de un hombre con la capacidad de ayudarnos."

Penélope le apretó el brazo. "¿Qué tan grave es, Miranda? Dímelo con franqueza."

Miranda se volvió a su hermana y frunció el ceño. Había mantenido la mayor parte de los detalles apartados de sus hermanas, pero el peso de la verdad estaba empezando a irritarla. Y no habría escondite una vez que tuviera que comenzar a alterar la comodidad de su vida cotidiana. Ya estaba empezando un inventario de los elementos que podrían ser vendidos sin despertar las sospechas de su madre. Lamentablemente, no les quedaba mucho en la casa que se ajustara a esa descripción. Su padre hizo muy bien en limpiar esas cosas él mismo. Si su madre se diera cuenta hasta qué punto gran parte de sus amadas joyas ya no estaban...

"Si no encontramos una manera de traer dinero a esta familia pronto", susurró, "bien podríamos perderlo todo, incluida nuestra casa."

Penélope palideció. "Oh mi Dios. Sabía que era malo, pero esperaba que nos encontráramos en una posición ligeramente mejor que esa." Se paseó alejándose unos pasos mientras levantaba un puño hacia su corazón. "Oh, papá... ¿cómo pudiste ser tan tonto?"

Miranda asintió en silencio, ignorando el dolor de la pérdida que todavía sentía cuando pensaba en su padre. Sus sentimientos por el hombre se mezclaban, en el mejor de los casos. La ira y el dolor, la pena y la vergüenza combinadas.

"¿Qué podemos hacer?" La suave voz de Penélope interrumpió sus reflexiones.

Miranda se frotó los ojos. "Un buen matrimonio puede ser la única manera."

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"Sí, me temo que es verdad." Suspiró Miranda. "He fallado, pero todavía hay esperanza para ti antes que todo el mundo se entere de nuestros problemas y nuestro nombre sea ennegrecido. Se necesita una temporada. Una temporada espectacular. Y tengo que encontrar la forma de proporcionártela. En realidad, he estado pensando en eso últimamente y creo haber encontrado una solución."

Penélope inclinó la cabeza con sorpresa. "¿Qué quieres decir?"

Miranda negó. "No. No te preocupes por eso. Sólo vete y pruébate los vestidos y hace feliz a mamá. Si ella es feliz, no se dará cuenta que me he ido."

"¿Ido?" La sorpresa de Penélope se convirtió en alarma. "¿A dónde irás?"

Miranda se estremeció. Esa era una pregunta que no podía responder. “T-tengo algo que hacer."

Penélope se mordió el labio mientras consideraba a Miranda con preocupación. Pero entonces se encogió de hombros. "Muy bien. Pero ten cuidado."

Miranda dio unas palmaditas a su hermana y salió de la habitación. Pero mientras recogía sus cosas, no pudo reprimir un escalofrío. Lo que estaba a punto de hacer bien podía ayudarla o arruinarla por completo. Era lo que temía y deseaba desde hace mucho tiempo.

Estaba a punto de ofrecerle un trato al hombre que le había enseñado todo lo que sabía sobre el deseo y la pasión. Al hombre que nunca imaginó que fuera su tutor.

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Excepto éste. Ninguna mujer había sacudido sus fantasías lo suficiente como para traerla a su finca de verano por largos días y noches de placer decadente.

A decir verdad, estaba empezando a aburrirse del juego. El coqueteo de remilgadas mujeres. La renuencia pretendida. La aquiescencia final. La pasión manufacturada. Deseaba algo... diferente este año.

No es que supiera lo que significaba diferente. Tal vez lo reconocería cuando lo viera.

"¿Mi lord?"

Ethan se volvió a su mayordomo con una ceja arqueada. "¿Sí, Winston?"

"Tiene una visita, mi lord. Le dije que no estaba en la residencia, pero insiste. Parece estar muy consciente de su horario."

El mayordomo masticó su desacuerdo con su estilo de vida, pero Ethan lo ignoró. Se había acostumbrado a los aires de Winston, y debido que era un mayordomo perfecto en todos los demás asuntos, valía la pena soportar su censura sutil y sus miradas de reojo.

"¿Ella? Vaya, muy interesante." Ethan bajó el vaso. "¿Conozco a la señora?"

La boca de Winston se demacró. "Ha estado aquí antes, señor, si eso es lo que quiere decir. Es la Señorita Miranda Albright, la hija de su vecino, el Sr. Thomas Albright."

La frente de Ethan se arrugó. “¿Miranda Albright estuvo aquí?”

"¿Está su madre con ella?" Preguntó con un escalofrío. Dorthea Albright era su peor pesadilla y hacía todo lo posible por evitarla a toda costa.

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En ese momento, Ethan se enderezó. ¿Miranda estaba sola? No creía haber estado alguna vez a solas con la dama. Sobre todo porque no era más que eso... una dama. No iba a ninguna parte sin una manada de acompañantes para controlar todos sus movimientos.

A pesar de ese hecho repugnante, Ethan se había fijado en ella. Era cuidadoso con las mujeres que optaba por cortejar, por supuesto, pero eso no significaba que fuera inmune a los encantos que estaban fuera de su alcance. Y no había nada de malo en mirar.

Así que si lo hizo. Miranda Albright era una belleza. Pelo rubio, brillantes ojos azules. Y era alta, esbelta, con las extremidades que había imaginado envueltas a su alrededor unas cuantas veces.

Todas esas cosas lo habían atraído, pero fue otra cosa lo que la hacía inolvidable. Como era propio de una dama de su clase, casi nunca lo miraba directamente, pero cuando lo hacía, siempre había sentido que sabía que algo secreto respecto a él. Algo de lo que nadie más estaba al tanto.

No era cierto, por supuesto. Una chica protegida como Miranda ni siquiera podría empezar a comprender la vida que Ethan llevaba, pero aún así... la mirada era por sí misma seductora.

Y ahora estaba en su casa. Sola. Exigiendo una audiencia con él.

Intrigante.

"Voy a verla", dijo en voz baja.

Winston dejó escapar un alto suspiro y claro que dejó pocas dudas de su disgusto por esa decisión. "Lo espera en la sala del frente, mi lord."

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pequeña señorita cuando entrara en la sala con la sombra de una barba en el mentón y con aroma a jerez en los labios?

¿No sería interesante verlo?

Él sonrió mientras se dirigía por el pasillo y abría la puerta de la sala.

Miranda estaba sentada en una silla junto al fuego, con su pie dando espasmos nerviosos. Cuando la puerta se abrió, se levantó sobre sus pies y se volvió hacia él. Por un breve momento, su rostro reflejó el nerviosismo y la conciencia de la inconveniencia de la situación.

Pero entonces realmente lo miró y todo cambió. Abriendo ampliamente, sus ojos azules de un color tan brillante que casi imaginó el mar de las partes más calientes del mundo que en Inglaterra, se deslizaron hacia arriba y abajo por su cuerpo. Y no fue una lectura rápida, nerviosa. No, eso fue algo más.

Ella se detuvo en cada centímetro de su forma y por un breve momento algo brilló en su rostro que hizo que Ethan casi se enderezara sobre los talones.

Deseo. Caliente, embriagador, imperturbablemente apasionante.

Se dio cuenta en ese momento que estaba mirando directo a exactamente lo que estuvo buscando en todas las cortesanas y viudas de Londres mientras buscaba una amante para este año.

Y estaba frente a él con la imagen de una mujer a la que nunca podría tener, no sin una banda de oro que rodeara su dedo.

Esto era un error. Un error terrible, terrible. Y sin embargo, Miranda no pudo encontrar la fuerza para correr. Todo lo que podía hacer era estar en el centro del salón de Rothschild y mirarlo. Bebiéndoselo. Pensando en todo lo malo que lo había visto hacer alguna vez.

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no lo mirara y perdiera la cabeza. De hecho, sabía que ella no podía. Había visto a tantas entregarse a su contacto en los tres años que estuvo espiando sus citas.

Las cosas que hizo a las mujeres dispuestas. La forma en que hizo esas cosas...

Sólo la idea la hacía retorcerse mientras la húmeda necesidad inundaba sus muslos. ¡No! No, no podía pensar en eso ahora. No, si quería hablar con él y no terminar como un boba podrida.

"H-Hola,” balbuceó ella, con su voz quebrándose.

Para su sorpresa, él dejó la puerta abierta y se apoyó contra la puerta de entrada con su amplio hombro.

"Qué sorpresa, Señorita Albright," dijo con un toque de humor en su voz. Como si se estuviera riendo de ella. Siempre parecía estarse riendo de ella. La sangre caliente inundó sus mejillas.

"Me doy cuenta que no era esperada." apretó sus manos detrás de la espalda con la esperanza de alguna manera de borrar su nerviosismo.

"Ni invitada", intervino con una amplia sonrisa que pareció fluir sobre todo su hermoso rostro. "Pero no he dicho que fuera una sorpresa desagradable. Admito, que tengo bastante curiosidad en cuanto a la razón de su visita. ¿Le importaría iluminarme?”

Ella se movió con nerviosismo, mirando la puerta abierta. ¿Por qué no había entrado?

"Er, es un asunto delicado el que deseo discutir", balbuceó. "Prefiero que los sirvientes no escuchen."

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"Mis sirvientes no tienen oídos, mi querida,” dijo al fin quedándose en la puerta.

Ella frunció el ceño. "Todos los sirvientes tienen oídos, mi señor, incluso cuando fingen que no lo hacen. Lo sabe tan bien como yo."

"Se olvidó que, también es una pequeña descarada."

Sonrió de nuevo, como un lobo, pero fue como si el comentario hubiera sido más para él que para ella. Ella cruzó los brazos sobre su pecho como una barrera.

"¿No cerrará la puerta?" Le preguntó, inclinando la barbilla con orgullo.

Su sonrisa se hizo menos real. "No, querida, no lo haré. No tendré a su madre diciéndome que te arruiné y exija que tome tu mano en matrimonio. No seré atrapado, si eso es para lo que viniste aquí."

Ella se movió hacia adelante sin pensar. "¡Cómo se atreves! ¡Por supuesto que no he venido aquí para atraparlo! ¡Y mi madre no tiene nada que ver con esto!" se detuvo. "Bueno, lo tiene pero sólo indirectamente. Ciertamente no me envió aquí como parte de un plan."

Se echó hacia atrás para examinarla. "Filosa, descarada y hermosa, también. Es una lástima." Pareció reflexionar sobre su declaración un momento, luego se encogió de hombros mientras entraba en la habitación y cerraba la puerta detrás de él. "Muy bien. Pero reconoce que si miente, no me casaré con usted para salvarte de cualquier mancha a su reputación. Si crea una situación, vivirá con las consecuencias."

Si Miranda no hubiese estado tan nerviosa, podría haberse reído. Querido Dios, el hombre no tenía idea de lo que estaba a punto de proponerle. Bueno, era demasiado engreído y seguro de sí mismo para su propio bien, de todos modos. Podría ser entretenido verlo completamente en shock.

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"Hable Señorita Albright," dijo mientras se servía una copa. "Por supuesto que tiene mi atención, no la pierda mirándome en silencio."

Ella comenzó. Lo estuvo mirando. Era difícil no hacerlo con la camisa extendiéndose sobre sus brazos cuando se flexionaba para alcanzar un vaso.

"Sí, por supuesto." Se detuvo, aclarándose la garganta al pensar en las palabras que había preparado. Había practicado ese discurso por lo menos un centenar de veces, pero aún así tenía dificultad con él. "Debo ser franca, me temo, porque tengo poco tiempo."

Él se echó a reír, con un sonido rico y ronco que había oído tantas veces antes. Al instante ella cerró los ojos y se agitó ahogando un suspiro.

"La franqueza es de mi preferencia, porque tengo poca paciencia."

Sus ojos se abrieron. Se podría decir eso, pero ella sabía que no era cierto. Desde la primera tarde que lo había espiado hacía tres años, ¿cuántas veces había visto que él mentía en ese mismo lugar en el lago y con el placer de una mujer durante horas sin apagar sus propias necesidades? Con la paciencia necesaria y, sus gemidos de alivio cuando finalmente lograba entrar en sus amantes con alguna indicación, eso era generosidad.

"Vaya, no me gustaría saber lo que está pensando ahora mismo", dijo. Su voz se había vuelto baja y suave y su mirada centrada e intensa.

Miranda se quedó sin aliento mientras se alejaba. Maldita sea, esto era más difícil de lo que pensaba que sería. Temblando, se recompuso. Esta era su última opción. No podía desperdiciarla.

"Estoy segura que es consciente que mi padre murió hace seis meses".

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