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2.7. EL INTERPRETANTE 2.7.1. La teoría de Peirce - Semiocitas1_Eco_1975_1979.pdf

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Las siguientes fichas contienen pasajes cruciales de libros de Umberto Eco en los que se refiere al modelo de la semiosis triádica en Peirce. Con letra [rojo entre corchetes] están mis aclaraciones para cada pasaje. Atte FF.

ECO UMBERTO. 1975.

A Theory of Semiotics

(Milano: Bompiani). Traducción castellana de

C.Manzano,

Tratado de semiótica general

(Barcelona: Lumen,1977). pp.133-140.

2.7. EL INTERPRETANTE

2.7.1. La teoría de Peirce

El interpretante no es el intérprete del signo (aunque ocasionalmente Peirce parezca justificar tan deplorable confusión). El interpretante es lo que garantiza la validez del signo aun en ausencia del intérprete.

Según Peirce, el interpretante es lo que el signo produce en esa 'casi-mente', que es el intérprete: pero eso puede concebirse también como la DEFINICION del representamen y, por lo tanto, su intensión [con “s”] . No obstante, la hipótesis filológica más fructífera parece ser aquella por la que el interpretante es OTRA REPRESENTACION REFERIDA AL MISMO ‘OBJETO’. En otras palabras, para establecer el significado de un significante [el contenido de una expresión] es necesario nombrar el primer significante que puede ser interpretado por otro significante y así sucesivamente. Tenemos, así, un proceso de SEMIOSIS

ILIMITADA. Por paradójica que pueda parecer la solución, la semiosis ilimitada es la única garantía de un sistema semiótico capaz de explicarse a si mismo en sus propios términos. La suma de los diferentes lenguajes sería un sistema auto-explicativo, o bien un sistema que se explique mediante sistemas sucesivos de convenciones que aclaren el uno al otro.

Por tanto, un signo (Peirce llama “signo” [y no siempre, propia y correctamente “Representamen”] lo que nosotros llamamos “significante” [Saussure] o “expresión” [Hjemslev] ) es “toda cosa que determina alguna otra cosa (su interpretante) a referirse a un objeto al que ella misma se refiere... del mismo modo, con lo que el interpretante se convierte, a su vez, en un signo, y asi sucesivamente hasta. el infinito” (2.300). De modo que la propia definición de signo supone un proceso de semiosis ilimitada.

“Un signo representa algo para la idea que produce o modifica... Aquello que representa, se llama su objeto; aquello que transmite, su significado; y la idea a que da origen es su interpretante” (1.339). Esta, definición parece, conceder todavía un lugar decisivo al objeto [que ingenuamente podríamos creer que es aquello (material, extensional o físico) que el signo representa]; pero

inmediatamente después Peirce añade: ”El objeto de la representación no puede ser sino una representación de aquello cuyo interpretante es la primera

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una representación. De hecho, no es sino la representación en sí, concebida como despojada de sus vestiduras menos relevantes. Pero dichas vestiduras no pueden eliminarse del todo: simplemente se las substituye por algo más diáfano. Así, se da una regresión infinita. Por último, el interpretante no es sino otra representación a la que confía la antorcha de la verdad: y como representación tiene, a su vez, su propio interpretante. Y ahí tenemos otra serie infinita.”

Esta fascinación por la regresión infinita, aparece en muchos otros pasajes de Peirce: “Ahora bien, el Signo y la Explicación constituyen otro Signo, y, puesto que la Explicación será un signo, éste requerirá probablemente una explicación

adicional, que tomada con el Signo ya ampliado dará origen a un Signo mayor; y, procediendo del mismo modo, llegaremos o deberemos llegar al final a un Signo de sí mismo, que contenga su propia explicación y la de sus partes significantes; y, de acuerdo con esta explicación, cada una de dichas partes tiene alguna otra parte por Objeto” (2.230). En esta página la imagen fascinante de un signo que genera otros signos quizá vaya demasiado lejos, hasta el punto de impedir a Peirce comprender que el Signo final de que habla no es realmente un signo, sino el campo semántico en su totalidad como estructura que conecta los signos entre sí. (…)

2.7.2. La variedad de los interpretantes

Existe una razón por la que el concepto de interpretante ha espantado a muchos estudiosos incitándoles a exorcizarlo mediante la identificación con el de intérprete. La idea de interpretante convierte a una teoría de la significación en una ciencia rigurosa de los fenómenos culturales y la separa de la metafísica del referente.

El interpretante puede adoptar formas diferentes. Enumeremos algunas de ellas:

(a) puede ser el significante equivalente (o aparentemente equivalente) en otro sistema semiótico. Por ejemplo, puede hacer corresponder el diseño de una silla [función-signo de un sistema semiótico de objetos] con la palabra /silla/ [palabra dicha de la lengua castellana];

(b) puede ser el indicio directo sobre el objeto particular, que supone un elemento de cuantificación universal («todos los objetos corno éste»); [dicho de otra

manera: el acto de señalar un objeto particular como caso ejemplar de una definición general]

(c) puede ser una definición científica o ingenua en términos del propio sistema semiótico (por ejemplo, /sal/ [palabra dicha en lengua castellana] por /cloruro de sodio/ [definición propia del universo de discurso químico] y viceversa);

(d) puede ser una asociación emotiva que adquiera el valor de connotación fija (como /perro/ por «fidelidad» y viceversa).

(e) puede ser la traducción de un término de un lenguaje a otro, o su sustitución mediante un sinónimo.

En el marco de la presente exposición podríamos identificar el interpretante con cualquier propiedad intensional [con “s”] de un contenido debidamente codificada, y, por lo tanto, con la serie (o sistema) entera de las denotaciones y connotaciones de una expresión (cf. 2.9.). Este modo de entender la categoría de Peirce reduciría su imprecisión, pero empobrecería su capacidad sugestiva. Para Peirce el

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de una premisa regular. Además, el interpretante puede ser una respuesta de comportamiento, un hábito determinado por un signo, una disposición, y muchas otras. cosas.

Así, que, aun suponiendo que el interpretante sea el conjunto de las denotaciones de un signo, que las connotaciones sean el interpretante de las denotaciones subyacentes y que una nueva connotación sea el interpretante de la primera. El concepto de Peirce no queda todavía agotado. (…)

Así, pues, puesto que una teoría de los códigos [del conjunto de códigos de todo tipo que puede regular la interpretación completa de una substancia de la expresión cualquiera] debe proporcionar la descripción de todas las marcas atribuidas por uno o más códigos [que sirva para explicar un signo de un tipo según signos diversos de cualquier tipo] a un semema [signo] particular, el interpretante se presenta como una categoría que satisface las exigencias de la teoría en cuestión [abarca los posibles interpretantes codificados no los que aún no lo están pero, que en algún tipo de signos, no por ello no pueden ser interpretantes válidos, aún al margen y antes de estar codificados, sobre todo si se trata de íconos e índices], mientras que la teoría de los códigos no agota las posibilidades explicativas de la categoría de interpretante, útil también en el marco de una teoría de la producción de signos [esta teoría permitiría saber cómo son aquellos signos cuyos significados o

interpretantes no están perfectamente codificados]. Efectivamente, define también los tipos de proposición y de argumentación que desarrollan, explican, interpretan un signo determinado, más allá de la interpretación que pueda dar de él una teoría de los códigos. (…)

2.7.3. La semiosis ilimitada

En este momento la categoría de interpretante podría parecer demasiado amplia, apropiada para cualquier uso y, por lo tanto, para ninguno. No obstante, su imprecisión es al mismo tiempo su fuerza y la condición para su pureza teórica.

La fertilidad de esta categoría viene dada por el hecho de que nos muestra que la significación (y la comunicación), mediante desplazamientos continuos, que refieren un signo a otros signos o a otras cadenas de signos, circunscriben las unidades culturales, de modo asintótico, sin llegar a tocarlas directamente [a definirlas con corrección objetiva], pero volviéndolas de hecho accesibles a través de otras

unidades culturales [otros signos que las explican y, a su vez, son explicables]. Así, una unidad cultural no pide nunca, que se la substituya por algo que no sea una entidad semiótica, sin por ello exigir que se la explique mediante una entidad platónica [una idea objetiva existence fuera de las cadenas de interpretantes] ni en una realidad física [un objeto]. La semiosis se explica por sí misma.

Esa continua circularidad es la condición normal para la significación y es lo que permite el uso comunicativo de los signos para referirse a cosas. Rechazar esa situación por considerarla insatisfactoria [o no-objetiva] equivale simplemente a no comprender cuál es el modo humano de significar, el mecanismo gracias al cual se hacen historia y cultura, el propio modo como, al definir el mundo, se actúa sobre él y se lo transforma.

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el signo sustituiría] son abstracciones metodológicas, pero son abstracciones ‘materializadas’ por el

hecho de que la cultura, continuamente traduce unos signos en otros, unas definiciones en otras, palabras en iconos, iconos en signos ostensivos, signos ostensivos en nuevas deiniciones, funciones proposicionales en enunciados ejemplificativos y así sucesivamente; nos propone una cadena ininterrumpida de unidades culturales que componen otras unidades culturales (nota 7, véase abajo).

En ese sentido, podemos decir que las unidades culturales; están físicamente a nuestro alcance. Son los signos que la vida social pone a nuestra disposición, imágenes que interpretan libros, palabras que traducen definiciones y viceversa. El comportamiento ritual de una fila de soldados, que interpreta la señal de “¡firmes!” de la corneta nos da una información cultural (en este caso, una orden) transmitida por el significante musical. Soldados, sonidos, páginas de libro, colores sobre una pared son todos ellos entidades físicamente verificables en forma del significante MATERIAL a que remiten continuamente.

Las unidades culturales resaltan sobre el fondo de una actividad social que las vuelve equivalentes entre sí, y son POSTULADOS SEMIOTICOS de esa ecuación entre códigos que la sociedad realiza continuamente, de esa, correlación entre formas y contenidos que dan substancia a una cultura.

Si el común productor de signos no las ‘ve’, sino que las ‘usa’, una teoría, de los signos (que es la ciencia de esa, competencia puesta continuamente en ejecución por quien no es consciente de ello) no las ‘usa’ sino que las ‘ve’.

Nota 7:

Por otra parte, siempre que la lógica y la filosofía del lenguaje estudian el funcionamiento de una lengua natural, la idea de interpretante se presenta siempre de algún modo. Cuando Carnap (1947) explica lo que entiende por intensión [con “s”] habla en términos de 'propiedad'. Las propiedades no son ni expresiones lingüísticas ni datos sensoriales y se conciben como propiedades objetivas de una cosa. Sin embargo, Carnap especifica que por propiedades no entiende sólo las propiedades cualitativas en sentido estricto (como Azul, Caliente, Duro, etc.), sino también propiedades cuantitativas (como Pesar Cinco Libras), las Propiedades relacionadas (Tío de Alguien), las propiedades espaciotemporales (Al Norte de Chicago). Dichas propiedades parecen bastante semejantes a las que nosotros hemos llamado “unidades culturales” y parece que sólo pueden expresarse mediante interpretantes [más que existir en sí, siendo cosas o estados del mundo, tan solo existen porque pueden pensarse como interpretantes]. De hecho, cuando Carnap intenta establecer la posibilidad científica de determinar las intensiones de una expresión (1955) y se plantea el problema de cómo instruir a un robot para que comprenda una serie de expresiones y

aplique un predicado C a un objeto A a partir de una descripción intensional B del mismo objeto (previamente recibida), el tipo de instrucciones que el robot recibe sobre las propiedades objetivas consta de (a) imágenes visuales, (b) descripciones verbales y (c) predicados del propio objeto. Por tanto, el robot se alimenta mediante interpretantes que no son simples sinónimos. Si el problema no aparece tan claro en la obra de Carnap es porque es incapaz de aceptar la idea de intensión como totalmente separada de la de extensión: su tesis intensionalista va siempre unida a un

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Winter, 1973). Sin embargo, Carnap insiste en el hecho de que el problema del significado (y de la intensión) es independiente de las condiciones empíricas de verdad de la expresión y, por tanto, de la existencia o inexistencia del referente. Su robot puede también recibir descripciones de entidades como /unicornio/. Por lo que se refiere a los predicados compuestos, un predicado como HV (Humano y Veinte Pies de Alto) tiene significado porque expresa una propiedad, aunque dicha propiedad no parezca tener aplicabilidad específica. Así, pasando continuamente de afirmaciones como “los test de intensión son independientes de cuestiones de existencia” a otras como “la intensión de un predicado puede definirse como su rango, que comprende todos los posibles tipos de objetos para los que es válido dicho predicado” (1955, 3.), Carnap muestra que es difícil aceptar una teoría de los interpretantes en el marco de una semántica referencial; al mismo tiempo, ese hecho sugiere que- hay que radicalizar la solución de Peirce y postular para una teoría de los interpretantes un marco no referencial y una teoría estructural de los códigos y de los sistemas semánticos.

Fin de la cita de ECO, 1975

ECO UMBERTO. 1979.

Lector in fabula

(Milano:

Bompiani). Traducción castellana de Ricardo

Pochtar,

Lector in fabula

(Barcelona: Lumen,1981).

Cap. 2., pp. 41-72.

2.1. Interpretante, ground, significado, objeto

En 1895 (CP., 1.339), Peirce daba la siguiente definición del interpretante: “Un signo está en lugar de algo respecto de la idea que como tal produce o modifica... Aquello en cuyo lugar está se denomina el objeto del signo; (…) y la idea que origina es su interpretante.” La definición sonaba todavía bastante mentalista, pero en 1897 (2.228) Peirce especificaba:

“Un signo o representamen (nota 1, ver más abajo) es algo que está para alguien en lugar de algo en cuanto a algún aspecto o capacidad. Se dirige a alguien, es decir, crea en la mente de esa persona un signo equivalente o, quizás, un signo mis desarrollado. Al signo que crea lo denomino

interpretante del primer signo. Este signo está en lugar de algo que

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el cual, a cada interpretante o bien a cada objeto le corresponda un determinado representamen (y no otro cualquiera), ése se denomina

fundamento o ground. Este último sería la razón particular por la cual, según una ley, a un interpretante, a una idea, le corresponde un representamen determinado. O bien, la razón por cual, un parecido (icónico) o una relación de causa efecto (indicial) da forma o aspecto determinado a un

representamen]

Se ve claramente -que, en el segundo texto, el interpretante ya no es una idea, sino un segundo signo. (…)

Nada nos autoriza a pensar que Peirce usaba el término “objeto” para referirse a determinada cosa concreta (lo que en la semántica de Ogden y Richards se denomina “el referente”). En realidad, Peirce no niega la posibilidad de indicar objetos concretos, pero esto sólo ocurre en expresiones como “este perro” (…) […o en fotografías, radiografías y otros signos que tengan por significado, además de una idea explicable a travñés de signos, una cosa particular concreta o bien, un estado del mundo]. Sin embargo, hay que recordar que, para Peirce, también ‘ir’, ‘sobre’, ‘de todos modos’ (y, por consiguiente, también ‘en vez’ y ‘aunque’) son representámenes. Naturalmente, para un realista, como pretendía ser Peirce, también estas expresiones se refieren [con cierta complejidad] a experiencias concretas; por otra parte, toda teoría semántica que trata de determinar el significado de los términos sincategoremáticos organiza pares opositivos, como sobre/debajo o ir/venir, como elementos del contenido, precisamente en cuanto reflejan y legitiman nuestra experiencia concreta de las relaciones

espaciotemporales. (…)

En el caso de una expresión como ‘Hamlet era loco’, Peirce dice que su objeto es sólo un mundo imaginario [o sea, un mundo posible y no nuestro mundo de referencia] y está determinado por el signo, mientras que una orden como ‘¡Des-canso!’ tiene como objeto propio ya sea la acción respectiva por parte de los soldados o bien “el universo de las cosas que el Capitán desea en ese momento” (5-178). El hecho de que, en este pasaje, Peirce mezcle la respuesta de los soldados con las intenciones del capitán revela la existencia de cierta ambigüedad en su definición de objeto [indefinición entre lo material que caracteriza a la cosa y lo inmaterial de un objeto que se parece a un interpretante]. De hecho, el primer caso representa mis bien una interpretación del signo, como veremos más

adelante. Pero en ambos casos está claro que el objeto no es, necesariamente, una cosa o un estado del mundo: es más bien una regla, una ley, una prescripción (podríamos decir: una instrucción semántica). Es la descripción operativa de una clase de experiencias posibles.

En realidad, Peirce habla de, dos tipos de objetos (4.536, este texto es, de 1906). Hay un Objeto Dinámico que “de alguna manera obliga a determinar el signo por su representaclón” [recordemos: se lo denomina dinámico porque dinamiza (empuja, obliga) y participa en la configuración del Representamen. Esto es, cuando existe, a veces en el caso de los íconos que se le parecen y siempre en el caso de los índices que por él son causados] y hay un Objeto Inmediato que es “el objeto tal como el signo mismo, lo representa, cuyo Ser depende, pues, de la Representación que de él se da en el Signo”. [y que por lo tanto, se parece confusamentea un

interpretante]

Nota 1

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concreto de comunicación, y por ‘representamen’, el tipo [type] al que el código asigna determinado significado, a través de los

interpretantes capaces de traducirlo. O bien entiende por signo a los artificios explícitamente comunicativos, y por representamen, todo objeto posible de ser correlacionado con un contenido, aunque no se lo emita intencionalmente. (…) Sin embargo, Peirce usa a menudo un término en lugar del otro, de modo que no, insistiremos en esta distinción.

2.2. Interpretantes del discurso e interpretantes de los términos

Sepamos, sin embargo, que el interpretante no es sólo el significado de un término, sino también la conclusión que se extrae de las premisas de un razonamiento (1.559). [dicho de otra manera: todos los predicados inferibles a partir del

representamen] ¿Diremos, entonces, que el interpretante tiene una acepción más amplia que el significado? [si, es la cadena o el poliedro de todos los significados posibles, desde los más sensatos (y convincentes) a los más disparatados (nada persuasivos); desde los más próximos y útiles hasta los más lejanos e inútiles] Cuando, en 4.127, Peirce dice que, en su acepción primaria, el significado es la traducción de un signo a otro signo, también dice que según otra acepción, “también aplicable aquí” (Peirce está analizando el problema de una lógica de la cantidad), el significado es “una segunda aserción de la que también se sigue todo lo que se sigue de la primera aserción, y viceversa”. Vale decir que una aserción “significa la otra”. El significado de una proposición, así como su interpretante, no agota las posibilidades que tiene dicha proposición de ser desarrollada en otras proposiciones; en tal sentido, es “una ley, una regularidad de futuro indefinido” (2.293). Tal significado de una proposición abarca “todas sus obvias deducciones necesarias” (5.165).

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