ADYASHANTI
Para mis padres, Larry y Carol Gray con amor.
Título original: Emptiness Dancing
Índice
Agradecimientos Introducción Prólogo 1. Despertar 2. Satsang 3. Apertura 4. Inocencia 5. Armonización 6. Libertad
7. El núcleo radiante 8. Silencio
9. Conciencia 10. Profundidad 11. Ego
12. Amor
13. Adicción espiritual 14. Ilusión
17. Compasión
18. El fuego de la verdad 19. Iluminación
20. Implicaciones
21. Relaciones auténticas 22. El eterno ahora 23. Fidelidad
Agradecimientos
Gracias, de corazón, a todas las personas que han ayudado en la elaboración de este libro:
Edición: Bonnie Greenwell, Marjorie Bair, Prema Maja Rodé. Corrección:
Barbara Benjamín, Dwight Lucky, Tara Lucky, Priya Irene Baker, Alison Gause, Gail Galanis, Ed West, Barbara Glinn, Gary Myers. Asistencia editorial: Dorothy Hunt, Stephan Bodian, Eric Schneider, Gary Wolf, Jenny Stizt, Shannon Dickson, Jerilyn Munyion. Audiograbación: Larry Gray, Peter Scarsdale, Nancy Lowe, Charly Murphy. Transcripción: Hamsa Hilker, Rosanna Sun, Kamala Kadley, Marna Caballero, Dorothy Hunt, Valerie Sher, Peter Humber, Michael Coulter, Annie Gray. Gestión del voluntariado: Pralaya. Asistencia legal: Gary Wolf. Diseño gráfico sobre la edición original: Susan Kurtz, Diane Kaye, Rita Bottari, Wil Nolan, Prema Maja Rodé.
Introducción
El amor no sigue ninguna agenda.
Se mueve porque obedece a su naturaleza: el movimiento.
Estas palabras reflejan la esencia de las charlas del maestro espiritual Adyashanti sobre la naturaleza del despertar espiritual. Adyashanti ofrece su enseñanza a través de encuentros semanales, de seminarios intensivos de fin de semana y de retiros. Este libro es una colección de algunas de sus extraordinarias charlas; la selección de los temas tratados responde a criterios de consistencia y valor, y comprende cuestiones que sus estudiantes han considerado importantes.
«El propósito de lo que hago, y de lo que te trae aquí, es obtener una experiencia directa de lo que tú eres», dice Adyashanti. «¿Cómo quieres saber qué es la iluminación, si ni siquiera sabes quién eres?» A través de su excepcional transmisión de Verdad y de libertad, Adyashanti ofrece a sus estudiantes unas orientaciones en pos de la conquista de este descubrimiento: la realización de su verdadera naturaleza.
ADYASHANTI
compartido está claro que disfrutó de una infancia feliz, y de una alegre familia numerosa compuesta por dos hermanas, cuatro abuelos y otros cuantos parientes más. A uno de sus abuelos le encantaba realizar danzas ceremoniales nativo-americanas cuando Adyashanti le visitaba con sus primos. En la adolescencia y los primeros años de su juventud Adyashanti competía en carreras ciclistas, pero a la edad de diecinueve años se topó con la palabra «iluminación» en un libro y le invadió un ferviente anhelo por conocer la Verdad suprema. Comenzó a formarse bajo la tutela de dos maestros: Arvis Justi, discípula de Taizan Maezumi Roshi, y Jakusho Kwong Roshi, discípulo de Suzuki Roshi.
Adyashanti practicó intensamente la meditación zen durante quince años y, según cuenta, estuvo al límite de la desesperación antes de despertar, finalmente, tras una serie de profundas visiones sobre su verdadera naturaleza; dichas visiones le permitieron desapegarse de toda identidad personal. Su maestra, Arvis Justi, le pidió que enseñara el dharma en el año 1996. Lo que empezó en forma de pequeñas reuniones semanales, se transformó en pocos años en multitudinarias charlas semanales sobre el dharma a cientos de estudiantes. Dharma es la palabra utilizada en budismo para la verdad suprema, la naturaleza subyacente de todos los fenómenos físicos y mentales: el verdadero destino espiritual de todos los seres. Las enseñanzas del dharma son ofrecidas por una persona que vive en esta verdad, y su realización tiene que haber sido reconocida claramente por un linaje de maestros que se retrotrae hasta el propio Buda.
Adya, así le llaman sus estudiantes, es un hombre delgado y elegante, y lleva la cabeza rapada. Tiene una presencia cálida y un enorme don para la claridad y la empatia. Sus estudiantes sienten a menudo que la mirada fija de sus grandes ojos azules, casi transparentes, penetra sus corazones y desarma sus mentes. Tiene un estilo de enseñanza sincero y directo, exento de jerga zen, aunque lleno de enriquecedoras orientaciones hacia la verdad universal. En los años que han transcurrido desde que diera su primera lección, muchos estudiantes han experimentado despertares gracias a las revelaciones de sus enseñanzas y a la transmisión obtenida en sus retiros y sus sesiones de satsang.
El estilo de enseñanza de Adya (estilo también conocido como satsang) ha sido comparado al de algunos maestros chinos del primer Chan (zen) y al de los maestros indios del Vedanta Advaita (no dualismo). El se siente muy afín al último sabio del Advaita, Nisargadatta Maharaj, así como a otros maestros iluminados de tradiciones orientales y occidentales. Aunque sus retiros son una mezcla de meditación silenciosa, enseñanzas del dharma y conversaciones con sus estudiantes, no se centra en el desarrollo de prácticas espirituales para llegar a despertar, sino en la disolución y deconstrucción de la identidad personal.
Al igual que muchos de sus estudiantes, yo también experimenté un poderoso despertar en la presencia de Adyashanti. A pesar de que había dejado de interesarme por la idea de un maestro años antes de conocernos, y aunque había dejado de buscarlo, ese despertar me hizo ver que él era mi maestro. Entonces descubrí que un maestro/guía puede indicar a la mente la puerta de salida y abrir el corazón al amor y al radiante vacío que subyace a la existencia.
Es una experiencia extraordinaria, profunda e indescriptible, que anula todo interés adicional en la búsqueda espiritual. Aquellos que tienen esta experiencia permanecen conectados a un lugar extraordinariamente sencillo, tranquilo y abierto de su interior. Yo había estudiado seriamente las enseñanzas espirituales orientales de varias tradiciones y había sido profesora y terapeuta de buscadores espirituales; sin embargo, hasta que no descubrí a este maestro, el maestro que me hacía vibrar, no vi con claridad el poder de la extraordinaria relación entre estudiante y maestro. Me siento profundamente agradecida por este afortunado encuentro.
LAS LECCIONES DE ESTE LIBRO
Esta colección de lecciones nace de cientos de conferencias ofrecidas por Adya en encuentros de satsang, en intensivos de fin de semana y en retiros realizados entre 1996 y 2002. Al hacerlas públicas, este libro persigue dos objetivos: acercar a sus estudiantes, de un modo permanente, las sugerencias, el amor y la transmisión que ofrecen, y poder llegar a muchas otras personas que no tienen la posibilidad de conocerle directamente.
Estas charlas tratan los principales problemas que afrontan los estudiantes que empiezan a investigar, con la ayuda de un maestro iluminado, la naturaleza del despertar, de la liberación y de la encarnación, y por esta razón fueron seleccionadas entre el total. También describen algunas de las experiencias personales del despertar de Adya e ilustran el mundo de experiencia que queda abierto ante el iluminado, compuesto por cualidades como la inocencia, la apertura, el amor, la impermanencia, la armonía, la paz, la profundidad y la libertad. Sus palabras, que son una deliciosa reflexión de la verdad que surge del profundo silencio interior, resuenan en nuestro corazón porque expresan lo que en verdad somos. Son verdad dirigiéndose a la verdad, la fuente autorrevelándose el misterio.
Esta resonancia tiene la capacidad de romper nuestros patrones habituales de pensamiento y de reacción emocional, y sirve para acabar con el trance del ego, permitiéndonos entrever la realidad subyacente de nuestra vida. Al liberarnos de las ilusiones mentales, estas percepciones pueden dejar nuestro mundo patas arriba, literalmente. Esta apertura revela una forma de vivir completamente nueva, vibrante y libre, como expresa la vida de este maestro y las vidas de muchos de sus estudiantes.
Al ofrecer una mayor comprensión intelectual, los maestros espirituales pueden tranquilizar la mente, pero cuando la conciencia se mueve por la sinceridad de su ser y de sus palabras, esa conciencia tiene la capacidad de encender el fuego del corazón y dirigir la atención hacia la realización del Ser. En último término, todos debemos interiorizarnos para descubrir la conexión directa con la Verdad. Un maestro podrá orientarnos, ofreciéndonos herramientas para el viaje y estimulando nuestra interiorización por medio de su presencia, pero en el acto final los conceptos desaparecen y todo deja de tener sentido. Tú eres el camino, y el camino se mueve, dedicándose de lleno a autodescubrirse. Te despertará a tu verdadera naturaleza. Cuando nos sentamos en silencio tenemos la única obligación de permitir que la conciencia surja de forma natural. El verdadero maestro es aquel que conoce esto a fondo. Vivir esta verdad implica el final del sufrimiento.
UNA OFRENDA PARA LA COMUNIDAD
Según la tradición budista, el Buda (todo lo que existe), el Dharma (las verdades de la vida o las enseñanzas) y el Sangha (la comunidad espiritual) son los Tres Refugios que sostienen el proceso transformador de la realización espiritual. Aunque un maestro ofrezca la presencia viva de la verdad y nos brinde sus enseñanzas, no podrá proporcionar la comunidad ni llevar a cabo el trabajo implícito en la organización de docenas de encuentros y de retiros anuales.
La comunidad cuenta con muchas personas comprometidas que han invertido innumerables horas en grabar y transcribir las cintas seleccionadas para este libro, en elaborar y enviar miles de boletines y libros, en organizar y presentar eventos, en responder a llamadas y a correos electrónicos y en realizar la infinidad de tareas que permiten la pervivencia del Open Gate Sangha como organización no lucrativa.
Este libro existe gracias a la dedicación de todos los que llevaron a cabo este trabajo. Quiero dar las gracias, en particular, a todas las personas que grabaron y transcribieron estos encuentros y a todas las que los revisaron ofreciendo sugerencias editoriales: a Marjorie Bair, que donó numerosas horas de su extensa experiencia editorial; a Dorothy Hunt y a Stephan Bodian, que colaboraron en la primera edición; y a Prema, diseñadora de este volumen en su formato original y pieza clave del personal del Open Gate Sangha durante cuatro años. En la actualidad, Prema ejerce de directora creativa, supervisando la publicación de los numerosos libros y cintas de Adya, y revisando cualquier otro medio de comunicación.
Quisiera dar las gracias a todos los seres increíbles que integran el personal del Open Gate Sangha y a los cientos de voluntarios que los ayudan. También quisiera dar unas gracias especiales a Annie, la esposa de Adya. Todas estas personas han creado y nutrido una base sólida y sensible para la comunidad, gracias a la cual el despertar y la verdad continúan expandiéndose por el mundo que nos rodea. Por muchas razones, me siento muy afortunada de haber entrado en contacto con esta comunidad, aunque debo decir que me alegro infinito de haber podido realizar este trabajo de compilación y edición como un servicio a la verdad en una comunidad que, sin duda alguna, iba a valorarlo, nutrirlo y apoyarlo. Es nuestro regalo para esta comunidad y para la comunidad más extensa, formada por mentes y corazones en proceso de iluminación por todo el mundo. Es nuestra danza del vacío en la vasta apertura de la fuente para que se despierte por completo.
BONNIE GREENWELL,
Prólogo
Te doy la bienvenida. Sí, a ti que estás leyendo estas palabras en este preciso instante. Este libro es sobre ti y para ti. ¿Acaso nadie se había referido antes a ti como lo que en verdad eres? ¿Te has referido tú a ti mismo como lo que en verdad eres o te has dejado engañar por la mera apariencia de tu nombre, tu género, tu situación familiar, tu personalidad, tus secretos deseos de un futuro mejor o de hacerte mejor persona? Te aseguro que estas trivialidades no te describen, y tampoco revelan lo que en verdad eres. Ni siquiera un poco.
Ahora dime la verdad. ¿No has tenido nunca la sospecha de que tú eras algo más, o menos, que la imagen que proyectas en el espejo? En tus momentos más tranquilos, ¿no has anhelado en secreto poder atravesar el velo de las apariencias, tanto las tuyas como las de los demás?
Hay algo en ti más brillante que el sol y más misterioso que el cielo de la noche. Probablemente hayas sospechado estas cosas en secreto, pero ¿te has metido del todo en tu esencia misteriosa?
El libro comienza con un capítulo sobre el despertar espiritual y termina con un capítulo sobre la fidelidad a la verdad eterna. Si lo terminas y quieres seguir leyendo, te anticipo que el siguiente libro que se publicará tratará sobre la vida tras el despertar. Pero basta ya de preámbulos y de pistas sobre lo venidero. El momento es éste, ahora, y mi bienvenida queda extendida a tus manos bajo la forma de este libro.
Así que sigue leyendo si te apetece, pero ten en cuenta que el despertar espiritual no es lo que te imaginas.
ADYASHANTI,
La danza
del vacío
1
Despertar
El propósito de mi enseñanza es la iluminación, despertar de la ilusión del estado de separación para alcanzar la realidad del Uno. En pocas palabras, lo que pretendo es que comprendas lo que eres. Es posible que también descubras otros elementos en esta enseñanza, los cuales surgen simplemente como respuesta a las necesidades concretas de los demás en un determinado momento, pero básicamente lo único que me interesa es que te despiertes.
La verdad es que tú ya eres lo que buscas. Estás buscando a Dios con sus propios ojos. Esta verdad es tan simple y tan chocante, tan radical y tan tabú, que te la pierdes fácilmente en la tormenta de tu búsqueda. Tal vez hayas oído ya lo que te estoy diciendo y es posible que incluso te lo creas, pero lo que te pregunto es si lo has comprendido con todo tu ser. ¿Lo estás viviendo?
Mi discurso pretende despertarte, no darte un método para soñar mejor. Esto último lo sabes hacer muy bien. Podré parecerte amable y muy suave, en función de tu estado mental y emocional, pues en otras ocasiones tal vez no te parezca tan amable ni tan suave. Posiblemente te sientas mejor después de hablar conmigo, pero eso es secundario al despertar. ¡Despierta! Tú eres todos los Budas vivientes. Eres el vacío divino, la nada infinita. Lo sé porque yo soy lo que tú eres y tú eres lo que yo soy. Deshazte de todas las ideas e imágenes de la mente; aparecen y desaparecen, y ni siquiera las generas tú. ¿Por qué prestas tanta atención a tu imaginación, cuando la realidad existe para que te realices en este preciso instante?
Pero no creas que la iluminación es el final. La iluminación es el final de la búsqueda, el final del buscador, pero también es el comienzo de una vida protagonizada por tu verdadera naturaleza. Descubrirás algo totalmente nuevo: la vida desde la unicidad, encarnando lo que eres, una expresión humana de esta unicidad. Indefectiblemente te conviertes en el Uno; eres el Uno. La pregunta es si eres o no una expresión consciente del Uno. ¿Está despierto ese Uno? ¿Has recordado lo que en verdad eres? Y si lo has hecho, ¿lo estás viviendo? ¿Estás viviendo desde el Uno, de un modo realmente consciente?
Todas mis charlas versan sobre el despertar o la vida tras el despertar. Independientemente de cuál parezca ser el tema de mi charla, en realidad sólo estoy hablando de estas dos cuestiones.
solía decir que «los locos son los únicos que permanecen». Una de mis locuras consistía en levantarme temprano todos los domingos (a eso de las cinco o las cinco y media de la mañana) para sentarme a meditar durante un tiempo extra antes de ir a la meditación de dos horas en grupo con mi maestra. Me sentaba a meditar en una habitación pequeña y me quedaba helado hasta los huesos.
Una de esas mañanas en las que estaba ahí sentado me sucedieron dos cosas, una después de la otra, y eran aparentemente muy paradójicas. En primer lugar obtuve la visión espontánea de que todo era uno. Lo sentí al oír el canto de un pájaro en el jardín; al oír el gorjeo, la siguiente pregunta surgió de mi interior: «¿Qué es lo que oye el sonido?». Nunca me había hecho esa pregunta antes. De pronto me di cuenta de que yo era el sonido del pájaro, y también el que oía al pájaro; comprendí que el oído, el sonido y el pájaro eran manifestaciones de la misma cosa. No puedo decir de qué, pero sí puedo decir que sólo es una cosa.
Cuando abrí los ojos descubrí que pasaba lo mismo con la habitación: la pared y el que veía la pared eran la misma cosa. Pensé que todo era muy extraño y me di cuenta de que quien pensaba era otra manifestación más de lo mismo. Me levanté y empecé a deambular por la casa buscando algo que no formase parte del Uno. Pero todo era un reflejo de ese Uno. Todo era divino. Entré en el cuarto de estar. De repente, a mitad del movimiento de un paso, la conciencia (o atención) se separó de todo, ya fuese físico, corporal o exterior.
En el espacio de un solo paso desapareció todo. Luego surgió la imagen de un número infinito de encarnaciones pasadas, al menos eso parecía, en la que las cabezas formaban una fila tan larga como abarcaba mi vista. La conciencia comprendió algo así como «Dios mío, he estado identificándome con diversas formas desde hace tropecientas vidas». En ese momento, la conciencia (el espíritu) comprendió que había estado tan identificada con todas esas formas que hasta ese mismo momento se había creído que realmente era una forma.
continuamente sin creérmelo del todo. Pero tampoco podía negarlo. Aunque esté utilizando la palabra «yo», ahí no había ningún «yo», sólo el Uno.
Estas dos experiencias sucedieron juntas, separadas tan sólo por unos instantes. En la primera me convertí en la Unicidad de todo y en la segunda me convertí en la conciencia (o espíritu), que se despertó completamente y salió de cualquier identificación, incluso de la Unicidad. Al ir más allá de la Unicidad, seguía habiendo una conciencia básica, pero tenía dos aspectos diferentes: yo soy todas las cosas, y yo no soy absolutamente nada. Esto era el despertar, la realización del Ser.
Lo que sucedió después es que di un paso, un paso normal y corriente. Y me sentí como un bebé cuando da su primer buen paso y mira después a su alrededor como para preguntar si lo has visto, exhibiendo abiertamente su alegría. Así que di otro paso más y sentí algo así como «¡vaya, el primer paso!», y después di otro paso más, y luego otro, y segui moviéndome en círculos, pues cada paso era como si hubiese dado el primer paso. Era un milagro.
En cada «primer» paso, la conciencia sin forma y la Unicidad se fundían de tal manera que la conciencia, que se había identificado siempre con una forma, estaba entonces en el interior de la forma, exenta de cualquier identificación. No veía a través de ningún pensamiento ni de ningún recuerdo de lo que hubiese sido antes, sino a través de los cinco sentidos, nada más. Libre de cualquier historia o memoria, sentía cada paso como si fuese el primero.
No le mencioné esta experiencia a mi maestro hasta pasados tres meses, pues me parecía que contárselo no tenía ningún sentido. ¿Qué necesidad tenía de que alguien lo supiese? No sentía necesidad de contárselo a nadie ni de que me felicitasen. Para mí, la experiencia era completa en sí misma. Más adelante descubrí que mi experiencia se correspondía con lo que mi maestro llevaba contándome toda la vida. Entonces comprendí que sus enseñanzas hacían referencia a este despertar. De un modo muy real, esa experiencia, que aún perdura y que todavía hoy sigue siendo la misma, es la base de todo lo que digo.
Cuando realmente empezamos a observar lo que creemos ser, nos volvemos propensos a la gracia. Comenzamos a ver que, aunque tengamos diversos pensamientos, creencias e identidades, no nos dicen quiénes somos, ni a nivel individual ni colectivo. Un misterio se hace presente: nos damos cuenta de que cuando nos observamos con atención y cuidado, lo verdaderamente sorprendente es que nos definimos totalmente a partir del contenido de nuestra mente, de nuestros sentimientos y de nuestra historia. Hay muchas formas de espiritualidad que intentan librarse de los pensamientos, de los sentimientos y de los recuerdos para poner la mente en blanco, como si eso fuese un estado espiritual, o un estado deseable. Pero tener la mente en blanco no es necesariamente sabio. En cambio, lo más útil es ver a través de los pensamientos y reconocer que un pensamiento no es más que un pensamiento, una creencia o un recuerdo. Entonces podremos dejar de vincular la conciencia o el espíritu a nuestros pensamientos y a nuestros estados mentales.
Después de ese primer paso, cuando comprendí que lo que veía a través de mis ojos y de mis sentidos era la conciencia o el espíritu, en vez de los condicionamientos o la memoria, vi que ese mismo espíritu era el que miraba a través de todos los otros ojos. Sí miraba desde otro condicionamiento, daba lo mismo; era exactamente igual. Se estaba viendo en todas las cosas, no sólo en los ojos, sino también en los árboles, en las piedras y en las flores.
que somos es totalmente atemporal, que está fuera del mundo y de todo lo que sucede, mejor comprendemos que esa misma presencia es el mundo, todo lo que sucede y todo lo que existe. Son como las dos caras de una misma moneda.
La mayor barrera para el despertar es pensar que es algo raro. Cuando se cae esta barrera, o al menos empiezas a decirte: «Realmente no estoy seguro de que sea cierta mi creencia de que el despertar es difícil», todo se vuelve accesible de forma instantánea. Como esto es lo único que existe, no puede ser raro ni difícil, a no ser que insistamos en que así sea. La base de todo esto no es teórica, sino experimental. A mí no me lo enseñó nadie, y nadie podrá enseñártelo a ti.
Lo más bonito del despertar es que cuando dejas de reaccionar a tus condicionamientos, la sensación del «yo» que estaba viviendo esta vida deja de existir. La mayoría de la gente está familiarizada con la sensación de un yo que vive esta vida. Pero cuando vamos más allá, la experiencia nos muestra que el amor es lo que hace que esta vida funcione realmente, y ese amor está en todo el mundo, todo el tiempo. Cuando intenta abrirse camino entre tus cosas personales, este amor se disipa, pero sigue ahí. Nadie es dueño de este amor.
Todo el mundo es, en esencia, la manifestación de este amor.
A lo largo de tu vida habrás experimentado ocasiones, conscientemente o no, en las que te hayas olvidado momentáneamente del «yo» con el que te habías identificado. Esto puede ocurrir espontáneamente ante una hermosa vista, o cuando olvidas el ego. La gente normalmente pasa por alto estos momentos. Después de experimentar el «momento agradable», volvemos a construir nuestra sensación habitual de identidad. Pero estas oportunidades son, de hecho, pequeñas mirillas a través de las cuales puedes experimentar la verdad. Si te pones a buscarlas, las detectarás. De repente, la mente dejará de pensar en su historia. Tal vez percibas que tu identidad o tu sensación del yo separado se toma un descanso, y lo que tú eres de verdad no desaparece. Entonces te preguntas: «¿Quién soy realmente? Si mi identidad puede tomarse un descanso y yo no desaparezco, ¿entonces quién soy?», o mejor: «¿Qué soy cuando
desaparezco?».
eso no es más que pensamiento». Quizá percibas entonces un espacio de tranquilidad entre los pensamientos y, si estás muy presente en ese espacio, dejarás de funcionar con tu identidad habitual. En cuanto la identidad entre en ese espacio, dejarás de sentirte presente. No ser nadie suele ser tan desconcertante para la mente que enseguida se pone a llenar ese espacio. «¿Cómo puedo no ser nadie?» Pero llenarlo con alguien no tiene ningún sentido. Si quieres saber quién eres realmente, experimenta simplemente el espacio, experimenta la apertura y deja que florezca en tu interior. Es la mejor manera de descubrir quién eres.
De este modo, la espiritualidad no sólo se vuelve real, sino también aventurera y divertida. Te preguntarás: «Esta apertura, esta presencia —como quiera que la llames— es lo que soy?». Empezarás a sentir que estás llegando a algo que no es fruto de la creación de ningún pensamiento, idea o fe. Y cuando comiences a asimilarlo y percibas esta mera conciencia que está libre de toda identidad, te parecerá alucinante. El zen lo denomina lo no creado; es la única cosa de tu alrededor que no ha sido creada por tu mente.
En la Biblia hay una parábola maravillosa que dice que es mucho más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que entre un rico en el reino de los cielos. Si intentas aferrarte a tus identidades, por muy espirituales y santas que sean, es como si intentases pasar un camello por el ojo de una aguja. Tus identidades son demasiado vastas, demasiado grandes, demasiado falsas, demasiado elaboradas como para entrar en la verdad. Pero existe algo que puede pasar por el ojo de la aguja más pequeña. El espacio, tu propia nada, podrá pasar directamente al cielo. Nadie podrá llevarse consigo la más mínima pizca de identidad.
precisos, antes de nacer comprendemos que la nada eterna es lo que está viviendo esta vida a la que llamamos «mi vida».
Pero comprender esta verdad y despertar espiritualmente no significa que la buena fortuna crezca sin fin en tu vida. Ésa no sería la paz que supera todo entendimiento. Cuando nos sentimos bien en la vida, tener paz es fácil. Pero la vida sigue su ritmo, como un océano en movimiento. Las olas serán altas o pequeñas, pero el océano será igual de sagrado y, como tú no eres nadie, nada te puede hacer daño. La paz que supera el entendimiento reside en esta conciencia, pero tu vida no irá necesariamente mejor. Tal vez se limite a seguir su ritmo, fluyendo simplemente, sin más. A ti te dará igual.
Estudiante: Deshacernos de nuestro ego para experimentar la conciencia... ¿nos deshacemos de él como si fuera la piel de una naranja?
Adyashanti: Deshacernos de la piel sería algo así como tener un sueño en el que acudieses a un terapeuta, empezaras a sentirte cada vez mejor y creyeras que te estabas encaminando. El despertar es como si estuvieras en el sofá contando tu historia, hecho un lío, sin avanzar mucho, y te dieras cuenta, de pronto, de que todo es un sueño, que no es real, que te lo estás inventando. Eso es el despertar. La diferencia es enorme.
Estudiante: ¿Me lo he inventado todo?
que cambia es la sensación del cuerpo. Si cuentas una historia triste, el cuerpo reacciona. Y si te cuentas una historia de exaltación, el cuerpo se siente engreído, confiado. Pero cuando te des cuenta de que sólo son historias, cuando salgas de la mente, del estado de sueño, experimentarás un gran despertar. Tú
2
Satsang
Venimos aquí para reconocer la Verdad que es eterna. Estar en satsang conlleva relacionarse con la Verdad. Si somos capaces de comprender esto, nos podremos reunir aquí con una intención común.
Cuando vienes al satsang para relacionarte con la Verdad, estás deseando preguntar «¿quién soy yo?» o «¿qué soy yo?», sin ningún papel ni guión, sin la historia de lo que tú eres, liberándote del guión de tu vida. Toda sensación de identidad va asociada a un guión. Algunos de los papeles de esos guiones podrían ser «soy el que triunfa» o «soy el fracasado» o «soy aquel al que nunca le funcionan las relaciones» o «soy el buscador espiritual que ha tenido muchas experiencias espirituales». Todos tenemos un papel determinado y nos contamos historias en relación a ese papel. Pero no somos ni nuestros papeles ni nuestras historias.
La belleza del satsang reside en que te da la oportunidad de despertar de tu historia. Cuando empiezas a ver la Verdad, reconoces que no es una abstracción, que no está separada de ti y que no es algo que puedas aprender en un futuro. Descubres que tú eres la Verdad, sin historia ni guión, en este preciso instante.
identidad. Crees que eres tú, pero no es así. Eres un ser eterno. El momento del despertar es éste. No mañana. Ahora.
Cuando el yo empieza a darse cuenta de por qué está aquí en el satsang, piensa lo siguiente: «Éste no es lugar para mí. Yo creía que iba a obtener algún beneficio por venir, pero no hay ninguno». Ir a algún sitio o hacer algo sin obtener ningún beneficio es una idea revolucionaria para cualquiera de nosotros. No hay nada malo en obtener beneficios de vez en cuando. Pero al satsang venimos a ver que nuestra felicidad y nuestra libertad no tienen nada que ver con la obtención de beneficios. Sin embargo tienen mucho que ver con que nos demos la oportunidad de experimentar cómo nos sentimos en este preciso momento sin ninguna estrategia, ni siquiera la de librarnos de cualquier estrategia. Podemos detener todo tipo de estrategias.
Le damos la bienvenida a la experiencia directa de la disolución de mi yo y la felicidad surge de ahí. Esa sensación de disolución se queda, casi siempre, ignorada y oculta; ni siquiera hablamos de ella, y tampoco la reconocemos. Sin embargo, aquí podemos hacernos la pregunta «¿qué soy yo y quién soy yo
ahora, sin mi historia, sin mi deseo actual, sin mi guión?». Si la mente pudiese decir algo, contestaría «no lo sé», pues la mente no sabe estar disuelta, no sabe qué o quién es sin su papel o sin su personaje.
El actor que interpreta todo esto recibe el nombre de «yo». Incluso cuando vamos al satsang de buena gana o cuando nos sentimos llamados a asistir, ese actor sigue presente y lo que la mente suele decir es «estoy aquí». Pero si miramos qué hay detrás de ese «estoy aquí», es como si estuviésemos gritando en una habitación vacía; oímos un eco, «estoy aquí», y eso es lo único que encontramos cuando miramos. ¿Quién? «Estoy aquí.» ¿Quién?
Si te disuelves de esa manera, permitirás que la experiencia sin palabras se haga presente. Se trata de la experiencia sin palabras del ser, y podrás experimentarla por ti mismo. Te darás cuenta de que no se trata de ningún guión ni de ningún papel; no sigue agenda alguna y no le pide nada al momento presente. Tú tampoco eres el actor. Lo que tú eres es previo a la idea que tienes sobre ti.
A menudo asumimos que lo que tú eres, sin tu papel, está oculto en alguna parte. Por tanto, si te deshaces de tu papel, si vas más allá del personaje llamado «yo» y alcanzas la verdad de tu ser, tal vez pienses que tienes que encontrar algo o a alguien oculto. «No hay nadie ahí, pero de todas formas seguiré buscando, seguiré buscando al Ser, a la Verdad, a mi yo iluminado.» La búsqueda de tu yo iluminado no es más que otro papel, otro guión. Forma parte del guión del buscador espiritual. Si te deshaces de ese guión, ¿ahora qué eres?
Evidentemente, si quiero que te preguntes quién eres es porque estás viviendo la respuesta en este preciso instante. Nada de lo que pudiera decirte podría sustituir esa vivencia de la respuesta. Por eso se ha dicho tantas veces que sólo están despiertos aquellos que no saben quiénes son. El resto del mundo sabe quién es. Son su guión, sea el que sea, aunque ese guión sea el de «no estoy despierto». Despertar es no tener ningún guión, es saber que un guión no es más que un guión, a fin de cuentas, y que una historia no es más que una historia.
Nuestra cultura espiritual se ha vuelto muy confusa. Cada vez contamos con más conceptos espirituales sutiles. Muchas personas han sustituido las viejas y pesadas nociones de Dios y el pecado por los conceptos de conciencia y condicionamientos, que resultan un poco más suaves. La espiritualidad moderna se encuentra ante estos conceptos extremadamente abstractos. Cuanto más abstractos son los conceptos, también son más transparentes. No es fácil elaborar una imagen de la conciencia que podamos poner sobre el altar. Tu altar se vacía continuamente. Si quieres ver la Verdad, no pongas nada ahí. El mejor altar sería un altar vacío.
Sin embargo, si te identificas con los conceptos abstractos, éstos también podrán atraparte, lo que impediría que tu mente se disolviera. Aunque tengas una experiencia de iluminación repentina, la mente entrará fácilmente en este espíritu de conciencia viva, le pondrá un sello y lo convertirá en algo: «Esto es iluminación, o conciencia, o atención, o el Ser». Con tal de no disolverse, la mente le pondrá cualquier nombre. Por consiguiente, a no ser que los cojamos con pinzas, los conceptos más sagrados también pueden convertirse en una forma sutil de defenderse de ese estado presente del ser que no puede ser encasillado en ningún concepto.
Si nos preguntamos: «¿Quién soy yo sin mi concepto del yo? ¿Quién soy yo sin mi yo?», lo que no tiene palabras ni conceptos podrá abrirse enseguida. Permite esa experiencia, pues es la respuesta viva a las preguntas de «¿quién soy yo?» o «¿qué soy yo?». La respuesta no es ningún concepto muerto, tiene vida. ¡Está viva!En este preciso instante de radiante iluminación, un misterio se abre paso permanentemente, a cada momento. Este estado vivo del ser, independientemente del nombre que le pongas, es lo único que has sido desde siempre, lo único que siempre serás y lo único que eres ahora mismo. No eres un ser humano, eres un ser con apariencia humana.
Misteriosamente, cuando te des la oportunidad de reconocer esa conciencia, podrás despertar y te darás cuenta de que tú eres esa conciencia.
Cuando le des paso a la conciencia, te darás cuenta de que está jugando con tu vida. No sigue la agenda de tu yo, que tiene todas esas ideas sobre los efectos de la iluminación. Tu agenda no tiene ninguna importancia para tu conciencia. Esta última se mueve, no escucha tus deseos, y tú se lo agradeces. Descubres que tiene movimiento propio y comprendes que la verdadera entrega consiste en fluir con ese movimiento. Eso es lo que significa, precisamente, «hágase tu voluntad».
La mente tal vez se preocupe al disolverse y desprenderse de todos sus conceptos y de todos sus guiones. Podría decir: «Quizá no consiga lo que quiero». Sin embargo, ¡qué suerte tienes si no consigues lo que quieres! El despertar no me dio nada de lo que yo esperaba. Creía que iba a resolver muchas cosas. Tenía muchas ideas sobre lo que me iba a aportar. ¡Olvídalo!No es que no consigas lo que quieres, sino que ya no te importa conseguir una cosa u otra. Desde mi despertar, lo único que sucedió es que dejé de esperar nada. Descubrí que la necesidad de cosas para ser feliz no era más que un espantoso sueño.
En el satsang le das la bienvenida al misterio de tu ser. Esto contrasta con el desplazamiento del ser producido por una espiritualidad que define el misterio o lo llena de perlas, de flores y demás, para que parezca un misterio aún más poderoso. El satsang
3
Apertura
Cuando nos reunimos para explorar la Verdad, una parte importante del satsang es la apertura del corazón. Algunas personas tienen más facilidad para abrir la mente, otras abren el corazón con más facilidad, pero para estar aquí tenemos que abrir ambos. Cuando estás abierto no filtras tu experiencia, no construyes barreras. No intentas defenderte, sino que te abres al misterio y te cuestionas lo que crees.
Cuando te des la increíble oportunidad de dejar de buscarte en ningún concepto o sentimiento, la apertura se expandirá y tu identidad se convertirá, cada vez más, en apertura. Esto contrasta con cualquier lugar de referencia de la mente llamado creencia o con cualquier sensación específica del cuerpo. No se trata de deshacerse de los pensamientos ni de los sentimientos, sino de situarse fuera de ellos.
El satsang tiene que ver con el acto de recordar. Es como si hubieses olvidado que eres esta apertura y te creyeras que eres otra cosa. Los seres humanos han elaborado un sinfín de mitologías sobre este olvido, aunque el cómo de este olvido realmente no importa. El satsang no tiene como objetivo cambiarte ni modificarte, sino recordarte lo que eres. La Verdad tiene que ver con el mero hecho de recordar, reconocer o comprender tu verdadera naturaleza.
¿Has olvidado alguna vez algo que hubieras tenido en la mente un momento antes? Aunque la mente se esfuerce por recordarlo, lo más probable es que eso sólo lo dificulte aún más. ¿Qué podrías hacer? Relajarte un poco. Olvidar lo que quieres recordar y relajarte. «¡Vaya, sí, eso es!» La respuesta surgirá de la nada. Con la realización pasa lo mismo: se produce en este preciso instante, cuando nos relajamos en el no saber.
Puedes sentir la apertura ahora mismo. No tienes que abrirte, y tampoco tienes que expandir tu apertura. Limítate a reconocer la apertura tal y como es, aquí y ahora. Conócela por dentro, por fuera, por todas partes. Limítate a sentir la experiencia de la apertura. Deshazte de la palabra «apertura». Cuando desaparezca, la experiencia se hará más profunda y, progresivamente, más indescriptible. Limítate a ser desde ese lugar indescriptible. Las palabras dejarán de agobiarte y tu experiencia se expandirá más allá de la limitación de esas palabras. Pero en cuanto impongas la palabra «apertura», tu experiencia adquirirá un sabor determinado, que no será del todo exacto. Aunque sea muy parecido, no será igual que antes del concepto.
Esta relajación puede hacernos profundizar. Tal vez parezca una caída libre a lo desconocido de la mente, que en general conceptualiza la profundización y limita así la experiencia, pero en realidad se trata de un conocimiento más profundo de la experiencia del ser. En esa experiencia más profunda, el ser limitado que creías ser comienza a darse cuenta de que es esta otra apertura. Verás que los demás también son esta apertura. Cuando te liberas, no se libera sólo tu yo: se libera el Ser. Recuerdas el Ser de todo el mundo, pues es el mismo. Cuando entiendes esto, la interacción humana se transforma por completo.
sensación de separación y aislamiento que te proporcionan esas barreras. Tu necesidad de protección se debía a un malentendido muy inocente. Este malentendido se originó en tu primera infancia, pues cuando recibiste tu imagen personal, también obtuviste un kit para levantar muros que pudiesen proteger esa imagen. Aprendiste a ir añadiendo cosas al kit según las circunstancias. Si una buena dosis de rabia te parecía útil, la añadías al kit; o le añadías resentimiento, vergüenza, condena o victimismo. Independientemente de que la imagen a la que te aferres sea la de una buena persona o no, el kit de identidad te sirve para proteger esa imagen.
Es muy inocente. No te das cuenta de lo que está pasando. Y seguirá sucediendo hasta que comprendas que la imagen de tu «yo», tanto en la mente como en el cuerpo, va asociada a la necesidad de protección. No puedes tener la una sin la otra. Van en el mismo paquete.
Cuando dejas de protegerte, la verdad sale a la superficie y acaba con tu imagen personal. Esto explica que la imagen vaya asociada a un muro, pues, si no fuera por él, el recuerdo de tu verdadera naturaleza afloraría enseguida y acabaría con la imagen, fuese buena o mala. No existe ninguna imagen sin muros y todas las imágenes conllevan sufrimiento. Pero no te limitas a levantar muros a tu alrededor, también proyectas muros en los demás, y las imágenes que elaboras sobre ellos te impiden ver su verdadera naturaleza.
Si estás preparado para ver que las imágenes no son reales, los muros acabarán cayéndose. Cuando el muro intelectual se abre, tu mente se abre. Cuando el muro emocional se abre, tu corazón se abre. Cuando la comprensión de la Verdad desplaza al yo limitado, de repente dejas de tener imágenes personales y percibes, únicamente, una presencia total. ¡Presencia total! Esta apertura está presente y no contiene ninguna imagen. No tienes que protegerla. Podríamos pegarle un grito, pero el sonido se perdería por el espacio. No importa. Podríamos amarla, lo cual sería agradable, pero no le añadiría ni le restaría nada.
siempre ha estado ahí. Si tuviera voz, habría estado diciendo algo así: «¡Por el amor de Dios, me pregunto cuánto tiempo va a durar todo este asunto de tu imagen!».
Este Ser sin imagen, llámese iluminación, conciencia o apertura (cualquier cosa que te ayude a recordarlo), es muy silencioso. Pero no me creas. Asimila las palabras. Descúbrelo por ti mismo. Tú eres la autoridad. Yo sólo soy el mensajero.
Cuando asimiles que eres apertura, tu cuerpo físico irá entendiendo que no necesita proteger nada. Entonces podrá abrirse. A nivel emocional sentirás algo en tus músculos y en tus huesos. Después, las funciones más profundas del cuerpo empezarán a desplegarse y se convertirán en la expresión de la apertura en tu cuerpo físico. Será una expresión de verdad, no una protección del yo. Tu cuerpo se convertirá en una extensión de la apertura. El movimiento de tu pie, o de tu mano, se convertirá en una expresión de apertura; percibirás el contacto con un objeto como una extensión de la apertura. Sentirás una fascinación casi infantil hacia el movimiento, hacia tus sentidos y hacia lo que está presente en el mundo. La diferencia con el niño reside en que cuando el despertar espiritual madura y se hace más profundo, tú obtienes algo que el niño no posee: sabiduría. Con el tiempo, el niño se identifica con los objetos de su atención y con los mensajes que los demás le dan sobre él. Cuando el cuerpo-mente maduro comienza a ser una extensión de la apertura, de su verdadera naturaleza, redescubre la inocencia, con la diferencia de que ahora posee una profunda sabiduría que le permite quedarse fascinado sin aferrarse a nada y sin quitarse nada, pues no es necesario. El movimiento y la fascinación, por tanto, no son infantiles. Son como los de un niño, aunque absolutamente sabios. Esta apertura contiene la sabiduría más profunda. Por fin podrás fascinarte sin perderte en ninguna identidad y sin sentir amenaza alguna.
Otro aspecto de la apertura es la intimidad. El acceso más rápido a la Verdad, y también a la belleza, se produce cuando intimas plenamente con la experiencia completa, la interior y la exterior, aunque ésta no sea «buena». Cuando intimas con la totalidad de la experiencia, la mente dividida se ve obligada a deshacerse de todo lo que esté proyectando en ese momento. En esta intimidad nos abrimos enormemente y descubrimos una gran vastedad. En cuanto intimas con la experiencia completa accedes a la apertura, independientemente de que la experiencia tenga una cualidad bella o desagradable.
Cuando intimas con la experiencia total del momento, la conciencia no se limita a lo que sucede en tu cuerpo emocional, en tu cuerpo físico, en tus percepciones o en tus pensamientos. Tendrás una única gran percepción, sensación o pensamiento, y todo tenderá a desaparecer. Cuando el todo se percibe a sí mismo, no se parece nada a la experiencia. Como decía el maestro zen Bankei, cuando conseguimos llegar a ese tipo de relajación «todo se gestiona a la perfección en lo No Nacido». El usaba el término No Nacido para referirse a lo que yo llamo Verdad. Cuando el todo se percibe a sí mismo, da la impresión de que lo No Nacido se autogestiona totalmente. Jamás se aferra a experiencia alguna. Y cuando te liberes de tu proyecto o de tu planificación, verás que lo No Nacido lo gestiona todo a la perfección.
El acceso más rápido a esta apertura de tu verdadera naturaleza no depende tanto del pensamiento como de los cinco sentidos. Si escuchas la totalidad del momento y no te limitas a los sonidos disponibles para tus oídos, por ejemplo, si sientes la totalidad del momento, te abrirás más allá del espacio limitado del yo. Tendrás una determinada sensación en el cuerpo y simplemente la sentirás: se expandirá. Sentirás la quietud absoluta. Sentirás los pájaros. Percibirás qué se siente al escuchar un sonido.
Los cinco sentidos te ofrecen un acceso inmediato a aquello que no ha sido creado por la mente, a lo que está más allá de la realidad mental. Cuando permitas que tus cinco sentidos comiencen a abrirse te llevarás una sorpresa. Te darás cuenta de que el noventa y nueve por ciento de tu problema residía en que todo estaba limitado, concentrado en una sola dirección, y cuando te abras al todo verás todas las cosas con claridad. En cuanto empieces a sufrir, verás que tus cinco sentidos habrán dejado de centrarse en el todo para enfocarse en una sola cosa, la que esté causándote el sufrimiento.
Empezarás a ver que el sufrimiento surge, en gran medida, porque esta concentración en un punto estrecho de la experiencia dificulta enormemente la autogestión del No Nacido. Pero en cuanto la concentración se expande, lo No Nacido se autogestiona y, aunque parezca lo contrario, todo estará bien. Entonces podrás ir más allá de las limitaciones de los puntos de vista y verás que no eres tú el que percibe todas estas experiencias, sino que se trata del todo
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Inocencia
Mi despertar profundo determinó que surgieran en mí tres cualidades: sabiduría, inocencia y amor. Aunque forman parte del mismo todo, podríamos expresar esta totalidad a través de estas tres cualidades.
La iluminación le abre la puerta a la sabiduría. Cuando hablo de sabiduría no quiero decir que me volviera listo de repente. Me refiero, simplemente, a que comprendí la Verdad. Esta Verdad es lo que yo soy. Es lo que el mundo es. Es lo que es. La sabiduría es la comprensión de lo que eres. Es la comprensión de la Verdad, la única, la exclusiva y auténtica verdad. Esta Verdad no pertenece a la filosofía, ni a la ciencia, ni a la fe, ni a las creencias, ni a la religión. Está más allá de todo eso, mucho más allá.
La tercera cualidad que surgió fue el amor. Este amor se refiere simplemente a la existencia. La iluminación despierta un amor por lo que es, por todo lo que es. El mero hecho de que algo exista parece maravilloso, pues cuando la visión del despertar es profunda, nos damos cuenta de lo delicada que es la existencia. No me refiero a que podamos morirnos en cualquier momento. Lo que quiero decir es que presenciamos un milagro increíble, vemos lo fácil que sería que no hubiese absolutamente nada aquí. (En realidad no hay absolutamente nada, aunque ésa es otra historia.) Percibimos la existencia de algo como un verdadero milagro, y a partir de esta visión nace un amor enorme por lo que simplemente es. Este amor difiere del que sentimos cuando amamos porque hemos conseguido lo que queremos, o cuando encontramos la pareja perfecta. Se trata de un amor al mero hecho de tener cordones en los zapatos, o a que existan las uñas de los pies; es ese tipo de amor. Cuando comprendemos que todo y todos somos el Uno, surge un tremendo amor por el mero milagro de la vida.
Cuando el despertar es muy profundo, dejamos de funcionar desde el yo personal, es decir, dejamos de relacionarlo todo «conmigo». Los pensamientos no tienen que ver conmigo; las sensaciones no tienen que ver conmigo; lo que hacen los demás no tiene que ver conmigo. Cuando la conciencia se encuentra inmersa en el ego, todo lo que ocurre, literalmente, me ocurre a mí, ¿verdad? Ése es el estado «normal» de conciencia.
Nadie puede explicar realmente qué es el yo personal; simplemente lo sentimos. Es algo visceral. No es sólo nuestra forma de actuar o lo que decimos; es la fijación central de nuestro yo. Cuando vemos a través de él, nos damos cuenta de que el yo personal no es lo que somos y comprendemos que nada es sustancial. Cuando vemos nuestra verdadera naturaleza, aparece una paradoja: a medida que comprendemos que no existe ningún yo, nos hacemos más presentes.
madurez espiritual, sigue siendo inocente, haciéndose más inocente. Cuando estamos en el estado de conciencia del ego, cuanto más sabemos menos inocentes nos sentimos. Pero con nuestra verdadera naturaleza, cuanto más sabemos, nos sentimos más inocentes.
Si llamo inocencia a esta sensación no es sólo porque conlleve la sensación de inocencia con la que todos podemos identificarnos, sino porque también lleva implícita una sensación de gran desprotección. Cuando estamos desprotegidos nos damos cuenta de que esta inocencia sólo procede de ella misma. Podemos entenderlo así: cuando nos relacionamos desde el ego, partimos básicamente de una idea, de un punto de vista que es un conjunto de creencias o de recuerdos. Cuando partimos de la inocencia, no procedemos de ninguna idea, de ningún punto de vista y de ninguna creencia. Venimos de la inocencia, que no implica ningún punto de vista concreto. No tiene ninguna ideología, ninguna teología; no lleva asociada ninguna lista de creencias ni de ideas. Es la única cosa del mundo que está segura de no saber qué es lo que pasa. En la inocencia no tenemos ni idea de lo que pasa, y en eso reside la maravilla. Cuando digo que no sabemos lo que pasa, lo que quiero decir es que no utilizamos el pensamiento para relacionarnos con la experiencia. Al experimentar algo, damos un rodeo al pensamiento. No filtramos la experiencia en absoluto. Por eso es inocente.
Este aspecto del yo iluminado, esta inocencia, en realidad está presente en todos los seres de alguna forma. La mente o el ego tal vez consideren que es un lugar agradable para ir de visita, pero les aterra la idea de quedarse ahí, pues se quedarían sin las herramientas del estado de conciencia egoísta; dichas herramientas quedarían inutilizadas. Al ego le gusta visitar este lugar porque le produce un pequeño alivio agradable, como si nos fuéramos de viaje a las Bahamas en nuestro interior durante un par de minutos. Pero a la hora de quedarse, la mente no se siente muy cómoda, pues ahí deja de ser operativa. Vemos que no somos lo que creíamos ser y que el mundo tampoco es lo que creíamos. Todo es nuevo, abierto e impredecible, y esto hace que el ego se sienta inseguro.
sensación clasificada como miedo por la mente, pues no la percibiría a través de ésta. La vería como «madre mía, ¿qué es esto?». Cuando te interesa algo, vas hacia ello. Si te interesa un sonido, te acercas a él. Si te interesa un olor lo hueles. La inocencia se limita a mirar con curiosidad y se pregunta «¿qué es esto?». Y se acerca mucho a la sensación. Descubre la sensación a través de la experiencia, en vez de la idea. La sensación de miedo recibida de la experiencia difiere mucho de la que se recibe a través de nuestra idea sobre el miedo. Como la palabra «miedo» ha pasado de generación en generación, en cuanto surge en la mente el pensamiento que dice «miedo», ya no está refiriéndose a este preciso instante y pasa a hacer referencia a incontables generaciones de miedo.
Pero la inocencia no ve a través del pensamiento, así que le da un rodeo a la historia. Cada instante es un nuevo descubrimiento. El ego de la mente no lo elige: «De acuerdo, voy a ser inocente, voy a descubrir cada instante y voy a prestar atención». Esto imposibilitaría la inocencia, pues la convertiría en un proyecto del ego. La inocencia ya existe, y se acerca a cada momento experimentándolo de forma plenamente inocente. Cuando entras en contacto con esto, comienzas a sentir la curiosidad infantil implícita; descubres que sientes curiosidad por cada experiencia, por cada cosa. Por eso muchas religiones aconsejan ser como un niño (que no es lo mismo que infantil), pues esa actitud se interesa mucho por la naturaleza de las cosas. Ésta es la cualidad de novedad que sentimos cuando dejamos de vivir desde un yo separado.
Evidentemente, seguimos teniendo cerebro y pensamientos, así que continuamos aprendiendo cosas y acumulando experiencias. El ego siempre percibe las cosas a través de este conocimiento acumulado. Cuando vivimos desde un yo no separado, la única diferencia es que no percibimos desde esa acumulación, aunque podamos acercarnos a ella cuando lo creamos necesario. Cuando percibimos a través de la experiencia, obtenemos la extraordinaria capacidad de ser sabios en cada momento, pues la sabiduría más profunda del momento surge en ese estado. Esta sabiduría sólo le pertenece al momento y no forma parte de nuestro conocimiento acumulado. En zen lo llamamos prajna,
El despertar también me descubrió la cualidad de amar el mero hecho de existir. No era un amor generado por nada. No se basaba en un buen día, en una buena persona, en un buen encuentro o en una buena sensación. En realidad, aunque no fuera un día tan bueno, ni un encuentro tan bueno, ni una persona tan buena, ni una sensación tan buena, yo sentía el mismo amor. Es un amor que ama la vida porque ésta le permite encontrarse permanentemente consigo mismo.
El despertar revela la inexistencia del yo separado, y así descubres que eres todas las cosas. Resulta paradójico. Descubrimos que no somos nada y, al mismo tiempo, que somos absolutamente todo. Cuando lo vemos nos damos cuenta de que lo único que ocurre es que el amor se encuentra consigo mismo, o que te encuentras contigo mismo, o que la Verdad se encuentra consigo misma, o que Dios se encuentra consigo mismo. El amor se encuentra consigo mismo a cada momento, aunque el momento sea terrible. Esto no sucederá nunca desde el estado de conciencia del ego, que lo filtra todo a través de la mente. Desde la inocencia, sin embargo, el amor se encuentra consigo mismo a cada momento. Si me amas, se encuentra consigo mismo. Si me odias, bien, también se encuentra consigo mismo. Y eso le encanta. Me estoy refiriendo al Uno, que se encuentra consigo mismo, comprendiéndose y experimentándose.
Es un amor que incluye las sensaciones positivas asociadas al amor, pero también trasciende totalmente estas sensaciones. Es un amor mucho más profundo que la experiencia. Si te fijas en alguna cualidad del amor que hayas experimentado, no importa de qué tipo, ¿has observado que el amor verdadero te abre la mente y las emociones? El ego cierra puertas continuamente. A nivel emocional e intelectual, en cuanto el momento deja de ser «adecuado», lo que sucede en el noventa y nueve por ciento de los casos, el ego empieza a dar portazos. Pero, aunque se encuentren ante algo muy desagradable, la inocencia y el amor no dan ningún portazo.
inocencia también. La inocencia hace posible que haya más amor y, cuanto más amor haya, habrá más sitio para la sabiduría, y así se perpetúa el círculo.
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Armonización
Una de las definiciones de la iluminación, según el zen, es la armonización del cuerpo y la mente. Esto también implica la armonización del espíritu y la materia. Cuando el espíritu y la materia están en armonía es como si naciese una tercera entidad; en realidad se trata del «Camino Medio» del budismo. El Camino Medio no tiene nada que ver con la idea de estar a medio camino entre dos opuestos. En el Camino Medio la materia y el espíritu están en armonía, y se entiende la unicidad innata. El espíritu y la materia no son dos cosas distintas, sino dos aspectos del Uno. La realización de nuestra verdadera naturaleza consiste precisamente en esto.
Los seres humanos nos identificamos con la materia en cualquiera de sus manifestaciones, sutiles o groseras. La materia es cualquier cosa que podamos tocar, ver, sentir, percibir o pensar. Una sensación es materia y una emoción también lo es, al igual que un cuerpo, un coche o una superficie.
La realización consiste, entre otras cosas, en desplazar nuestra identificación con la materia (que se manifiesta como personalidad o «yo») hacia la identificación con el espíritu. La verdadera iluminación se produce cuando la materia y el espíritu están en armonía. Nos podemos referir a esta armonía con los términos de no diferenciación o unicidad.
Cuando comprendemos que somos espíritu podemos tener una armonía mucho más profunda que antes, aunque quizá sigamos sintiendo cierta disonancia. Debemos comprender el valor de exponernos a la enseñanza, que es lo mismo que exponernos a lo que es, en cada momento y en todos los momentos, pues esto puede ser muy útil. Tenemos que exponernos igual que lo haríamos al sol si quisiéramos ponernos morenos. En vez de ponernos la ropa, nos la quitaríamos. Si queremos ser libres, no nos vestimos de conceptos, ideas y opiniones; nos los quitamos. Entonces, sin hacer prácticamente nada, sucede algo. Si queremos profundizar esta armonía no podemos aferramos a los conceptos, del mismo modo que tampoco podemos ponernos morenos por todas partes si seguimos medio vestidos. Así no nos transformaremos. Pero cuando estamos completamente desnudos y plenamente expuestos, podemos transformarnos e iluminarnos de un modo muy natural.
Hace muchos años, uno de mis dos maestros (Kwong Roshi) se enteró de que me iba a ir con la mochila a la montaña durante unos meses, así que me enseñó a descubrir el lugar adecuado para pasar la noche. No me dio ninguna instrucción. Simplemente habló de ello durante un rato y, de repente, me di cuenta de que yo sería capaz de sentir directamente el entorno que fuese apropiado para mí. De la misma forma en que sentimos nuestro entorno, también podemos sentir si el espíritu y la materia están armonizados en ese entorno. Si lo están, será el adecuado para quedarse en él, pues nos armoniza de un modo bastante natural.
poderosa ni potente. Si estamos dispuestos a exponernos a las experiencias y a los lugares que lo potencian, lo conseguiremos.
En todos los retiros que organizo puedo sentir el momento en el que el retiro, como conjunto, comienza a armonizarse en materia y espíritu (unas personas antes, otras después). Cuando esto sucede, algunas personas se sienten felices y otras se asustan, pues el retiro se hace más poderoso. Dicen que para despertar hay que pasar tiempo con seres despiertos, para armonizarse. Podría tratarse de seres humanos despiertos, de árboles despiertos, de montañas despiertas, de ríos despiertos, o de cualquier entorno. Los seres humanos pueden estar más o menos despiertos; lo mismo ocurre con los árboles, con una montaña, con un cañón, con la cima de un monte o con una esquina de nuestro barrio. Cuando nos exponemos a esa conciencia, a ese entorno donde la materia y el espíritu están en armonía, eso nos ayuda a despertar. Al fin y al cabo, el satsang hace lo mismo. Y la meditación. Nos exponemos a nosotros mismos y entonces, de un modo bastante natural, el espíritu y la materia se armonizan. De repente todo encaja, sin hacer nada. Cuanto menos hagas, mejor.
Cuando nos relajamos y permitimos que surja esta armonización natural, nos despertamos profundamente a la belleza de nuestro entorno, tal y como es, y a la belleza de nuestro yo. Es el Camino Medio, aunque realmente no está en el medio; lo engloba todo. Esta influencia sutil puede llegar a ser muy fuerte. Es resbaladiza, como la niebla que se mete por las grietas y hendiduras de nuestra vida. No es proclive a anunciarse con fanfarrias.
con este parloteo, palabras y más palabras». Me di cuenta de que eso no era lo que estaba sucediendo, o al menos tan sólo era una pequeña parte de lo que estaba sucediendo. Recuerdo que seguí ahí sentado con una sonrisa, pensando en lo escurridizo que era el maestro porque, por alguna razón, sin ninguna elección por su parte ni por la de ninguno de los presentes, lo que ocurrió fue una magnificación de algo muy sutil, pero muy penetrante.
Es escurridizo, pues creemos que no está sucediendo nada. Así que no tratamos de conseguir nada. Por consiguiente, yo me lo había perdido hasta ese preciso día, con ese preciso discurso, a partir del cual experimenté la fuente sutil que brillaba y brillaba. La vi y la sentí, y después también brilló en mi interior. Yo tenía lo mismo dentro. Empecé a ver, ¡esto es lo que soy! Esto le da vida a todo. Sentí una armonización hermosa y perfecta entre el cuerpo y la mente, la materia y el espíritu. Sucedió por simple exposición. Yo no lo llamaría un auténtico despertar, pero lo pude saborear percibiendo la presencia sagrada.
El carisma puede ser muy hermoso. Pero si un maestro es demasiado carismático, los estudiantes tienden a quedarse enganchados a él. Tienden a limitarse a ver el cuerpo, para luego decir: «¡Qué persona tan maravillosa!». Tal vez sea una persona maravillosa, pero eso no es lo que importa. Considero que el hecho de que ninguno de mis maestros poseyera una personalidad carismática constituyó un regalo para mí. En cuanto nos metemos a adorar el carisma o cualquier otra cosa, empezamos a pasar por alto, inconscientemente, la presencia que en verdad es, la presencia que puede operar a través de grandes personalidades y, también, a través de personalidades mansas y suaves. Puede operar a través de un gran carisma o de ningún carisma en absoluto. No podemos elegirlo. Puede moverse por una abuela de la misma forma que por el gurú de la Madre Divina.
Los taoístas de antes dirían que esto es una «rectificación del chi». En los viejos tiempos, y probablemente también suceda en la actualidad en algunos lugares, cuando la población tenía algún problema recurría al sacerdote taoísta. Si la comunidad no se llevaba bien, o si había alguna tormenta, invitaban al sacerdote. Éste salía de su ermita, acudía a la ciudad y decía algo así como «dadme un lugar tranquilo y una cabaña, y dejadme solo». Se sentaba dentro y se exponía al chi del entorno, a la energía. Eso implica una gran compasión, pues, cuando te expones al entorno, si éste no funciona puedes sentir ese desorden en el propio ser. Pero si tienes suficiente estabilidad, si tienes suficiente visión, no te preocupará en absoluto. No te creará ningún problema. Ni siquiera te hará sufrir, simplemente sucederá: turbulencias. Sólo podrás hacerlo sin ningún temor cuando te hayas realizado del todo. Si no, al exponerte podrías perderte por completo.
El sacerdote taoísta se sentaba en su cabaña y se limitaba a exponerse al chi o energía del entorno: la sentía, la experimentaba y se abría a la luz de su conciencia. Podía durar un día, una semana, a veces un mes, pero se limitaba a exponer el chi a la luz de su conciencia, y la energía se rectificaba sola. Las gentes del lugar empezaban a sentirse mejor y se llevaban bien por un tiempo.
Esto explica que las escrituras nos recomienden pasar tiempo con seres despiertos. Puede ser un ser humano despierto, un árbol despierto o la esquina de una calle. Exponte a ellos. No los adores ni los coloques sobre un pedestal. Exponte y la rectificación se producirá; esta armonización se produce gracias a su estado de conciencia. Pero no te vuelvas dependiente. Despiértate a ti mismo.
6
Libertad
Una vez le preguntaron al sabio Nisargadatta Maharaj cuándo se había iluminado, a lo que él respondió: «Mi gurú me dijo que yo soy la fuente suprema de todas las cosas; que yo soy el supremo. Lo sopesé hasta que supe que era cierto, hasta que me convertí en eso mismo». Después añadió: «Fui afortunado, pues confié en lo que me dijeron».
La libertad es darse cuenta de que tú eres esta paz profunda, de que tú eres lo desconocido. Lo demás no es más que una extensión de lo desconocido. Los cuerpos no son más que una extensión de lo desconocido. Los árboles no son más que una extensión de lo desconocido, en el tiempo y la forma. El pensamiento y la sensación también son extensiones de lo desconocido en el tiempo. En realidad, la totalidad del universo visible no es más que una mera extensión de lo desconocido en el tiempo, de esta montaña de silencio.
Es muy importante alcanzar el grado de madurez que te permite observar lo fundamental. Debemos marcar la diferencia que existe entre quitar los hierbajos de la confusión y llegar a la raíz de la Verdad.
que parecía que no las habías quitado nunca? Esto mismo es lo que ocurre cuando queremos deshacernos de la identificación.
Para eliminar desde la raíz tu identificación con el yo limitado, debes enfrentarte a ella del modo más básico, lo que implica ir más allá de la típica preocupación por tus problemas personales. Cuando te limitas a observar tus problemas personales, es como si te limitases a arrancar la punta de los hierbajos de la pradera: saldrán otra vez. Tal vez consigas algún alivio para los problemas cotidianos, pero la raíz seguirá ahí, totalmente intacta. Aunque las experiencias resuelvan tus problemas y te ofrezcan visiones hermosas, el hecho de tener esas experiencias no te descubrirá la raíz de lo que tú eres. Si no llegas a la raíz, terminarás obteniendo otro hierbajo más.
Así que nos hacemos la siguiente pregunta: «¿Cuál es la raíz de este lugar llamado yo?». Tienes que saber cuál es la raíz, desde el comienzo, desde su génesis. Hubo un tiempo en el que esa inocente fascinación sin palabras y ese amor, que es tu esencia, dejó de estar inocentemente fascinado y enamorado de
lo que era para identificarse con lo que pensaba. En ese preciso movimiento, de la fascinación inocente a la identificación, perdimos la libertad. Sucedió hace mucho, en el principio de los tiempos, y sigue sucediendo ahora mismo. La inocencia, la fascinación con lo que es, simplemente tal y como es, existe permanentemente. Pero después aparece la mente y dice «mío». Eso es mío. Es mi pensamiento. Es «mi problema». También puede decir lo contrario, que el pensamiento o el problema son «tuyos». La génesis reside, precisamente, en ese momento; ahí es donde se encuentra la raíz del sufrimiento y de la separación.