LA HISTORIA DE GÓNGORA MARMOLEJO, UNO DE LOS RELATOS DE LA CONQUISTA DE CHILE
Tenemos cinco textos principales que narran los sucesos de la conquista de Chile. Son ellos las cartas de relación de Pedro de Valdivia, escritas entre 1545 y 1552; tres crónicas: la primera es la que hemos conocido más recientemente en su texto original, la que aparece bajo el nombre de jerónimo de Vivar y que llega hasta el año de 1558, la segunda la de Alonso de Góngora Marmolejo, que conduce el relato hasta 1575 y la tercera la de Pedro Mariño de Lobera, rehecha por el padre Bartolomé de Escobar y que se prolonga hasta 1595, en los comienzos del gobierno de Martín García Oñez de Loyola. Fuera de estos escritos en prosa, contamos con el poema de Ercilla; la primera parte de La Araucana se publicó en 1569 y de todas las obras indicadas es la única que fue impresa en la época(1).
El corpus de las relaciones de Pedro de Valdivia está compuesto de once documentos: una carta a Gonzalo Pizarro (1545), otra a Hernando Pizarro, que estaba en la corte (1545), seis dirigidas al emperador Carlos V (entre 1545 y 1552), una al Consejo de Indias, escrita a sugerencia de La Gasca (1548), una al príncipe don Felipe (1552) y un extenso memorial de instrucciones a sus apoderados en la corte (1550). Los relatos de Valdivia se refieren en detalle a los sucesos de la empresa militar y fundadora, a su actuación frente a la rebelión de Gonzalo Pizarro y traen muy importantes datos sobre su gestión administrativa y jurídica. Constituyen el primero y valioso fundamento de la historia de Chile(2). Es posible
que el cronista mayor de Indias, Antonio de Herrera, haya aprovechado en cierta medida alguna de las cartas de Pedro de Valdivia, a que pudo tener acceso por su empleo oficial(3).
Dos páginas del manuscrito original de la Crónica de Góngora Marmolejo, que se conserva en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia, en Madrid. Al frente aparece su firma autógrafa.
La primera crónica del período es aquella en cuyo manuscrito aparece como autor jerónimo de Vivar. Era conocida por León Pinelo, que la tenía en su biblioteca y se ha sugerido que fue utilizada por el padre Rosales, fue según Barros Arana(4), pero su texto no había sido
encontrado. Esto ocurrió felizmente hace pocas décadas y el manuscrito está en la Newberry Library de Chicago y fue publicado en Santiago, en facsímil y con transcripción de Irving Leonard, por el Fondo Medina en 1958(5). El relato que está destinado a "poner por
memoria, y hacer relación y crónica de los hechos heroicos de don Pedro de Valdivia y de los españoles que con él se hallaron en la jornada", se extiende con sus noticias hasta 1558, casi cinco años después de ocurrida la muerte de Valdivia. Un dato interesante es la comprobación de que el autor utilizó las cartas del conquistador(6). La crónica de Vivar tiene
un auténtico valor histórico y trata una serie de aspectos, que no aparecían en los textos hasta ahora conocidos. La impresión que deja su lectura es que el autor fue un testigo presencial de los hechos, estando junto a Valdivia desde su salida del Cuzco. Cuando las noticias del autor fueron de oídas, ellas se vierten en capítulos más breves(7).
advierte que éste es a veces testigo presencial de lo que cuenta o que está enterado de ello por los decires del tiempo. Trata de mantener una visión ecuánime frente a las personas y ha sido considerado por los historiadores del período una de las fuentes más dignas de crédito. Su texto es interesante como modelo de obra de un capitán que no pretende lucir galas eruditas, que a menudo atosigan ciertas obras de este tipo, sino que, a pesar de tratarse de un hombre de buena cultura, utiliza un estilo directo y sencillo. El relato llega hasta el año 1575, con el fin de la presidencia de Bravo de Saravia, la supresión de la audiencia de Concepción y el nombramiento como gobernador de Rodrigo de Quiroga.
Dice Góngora Marmolejo que lo ha movido a escribir su historia el hecho de que no haya ninguna relación sobre la conquista de Chile. Advierte que Ercilla "caballero que en este reino estuvo poco tiempo en compañía de don García de Mendoza, escribió algunas cosas acaecidas en su Araucana... y por no ser tan copiosa como fuera necesario para tener noticia de todas las cosas del reino, aunque por buen estilo(9), quise tomarlo desde el principio hasta
el día de hoy, no dejando cosa alguna que no fuese a todos notoria... ".
El autor, comenzó a redactar su libro en 1572 y lo terminó en 1575. Poco después de haberlo despachado a su destinatario, que era el presidente del Consejo de Indias, Juan de Ovando, quien había muerto unos meses antes, también falleció Góngora Marmolejo. La dedicatoria a Ovando nos sugiere que el impulso que tuvo para escribir fueron las órdenes de éste encaminadas a que el Consejo de Indias lograra la más completa información de las cosas del nuevo mundo, de la que carecía, con gran daño para sus decisiones. Juan de Ovando, jurista de alta categoría y hombre político de la confianza de Felipe II, había sido nombrado visitador del Consejo en 1567 y terminada la visita, presidente de ese alto cuerpo, cargo que ejerció hasta su muerte el 8 de septiembre de 1575. Ovando es el gran organizador del Consejo. Sus tareas primordiales fueron subsanar dos fallas esenciales que encontró en éste, que era el organismo encargado de la gobernación superior de todas las Indias y de dictar la legislación que las circunstancias requerían para ellas. Esos defectos eran la falta de información geográfica e histórica y la falta de orden en la abundante legislación que se había ido produciendo desde el descubrimiento.
Desde 1569 Ovando se dirige a todas las autoridades americanas pidiéndoles las más completas informaciones sobre cada territorio. Luego, en 16 de agosto de 1572, puntualizó en una real cédula el pedido; en ella se lee: "sabed que deseando que la memoria de los hechos y cosas acaecidas en esas partes se conserve y que en el nuestro Consejo de las Indias haya la noticia que debe haber de ellas y de las dichas cosas de esas partes que son dignas de saberse, habemos proveído persona(10) a cuyo cargo sea recopilarlas y hacer
historia de ellas, por lo cual os encargamos que con diligencia os hagáis luego informar de cualesquier personas, así legas como religiosas, que en el distrito de esa audiencia hubiere escrito o recopilado o tuvieren en su poder alguna historia, comentarios o relaciones de alguno de los descubrimientos, conquistas, entradas, guerras o facciones de paz y de guerra que en esas provincias o en parte de ellas hubiere habido desde su descubrimiento hasta los tiempos presentes" y ordena que se envíen al Consejo los originales y si esto no fuera posible, copia de esos textos(11).
noticias dadas por Medina en 1878 y por Barros Arana en 1884, pero ignoran las ulteriores investigaciones de Medina y la incansable búsqueda de datos en los documentos de Tomás Thayer Ojeda después, las que permiten bosquejar una semblanza biográfica que nos muestra al autor como una persona de la conquista y población de Chile que, fuera de los hechos de armas, desempeñó cargos de responsabilidad y de honor(13).
Barros Arana en 1884 había enfatizado lo poco que se sabía sobre el cronista y llegado a suponer que era un hombre oscuro, a pesar de sus valiosas condiciones de testigo y de escritor. Dice: "No lo vemos figurar entre los regidores de los cabildos, ni entre los procuradores de ciudad, ni en ninguno de los cargos que requieren dotes más altas que las de los simples soldados"(14). Esquemáticamente las que siguen son las noticias que hoy
tenemos sobre sus hechos.
Alonso de Góngora Marmolejo nació en Andalucía, en Carmona, en 1523. Fue hijo del regidor de la villa Juan Jiménez de Góngora Marmolejo y de Teresa Núñez de Tanfarva. En abril de 1551 se hallaba en Santiago y poco después se traslada a Concepción para integrar como soldado la expedición que preparaba Valdivia para proseguir las conquistas y poblaciones meridionales. Asistió a la fundación de Valdivia, en cuya ciudad se avecindó y fue regidor de su cabildo en 1555. En 1557 se trasladó por mar, desde Valdivia, a servir con don García de Mendoza que se hallaba en la isla Quiriquina y participó en las operaciones militares; estuvo de guarnición en el fuerte de Tucapel y le correspondió ayudar a frustrar el ataque que hizo Caupolicán, a raíz del cual cayó prisionero el caudillo mapuche y fue luego ajusticiado. Don García lo hizo vecino encomendero de Cañete y allí fue también regidor en 1558 y 1559. Se encontraba en Santiago, en junio de 1561, cuando Francisco de Villagra tomó el mando provisorio; es probable que lo acompañara en su campaña al sur. Privado por Villagra de su encomienda, volvió a su anterior vecindad en Valdivia. En esta ciudad desempeñó el cargo de oficial real bajo el gobierno de Pedro de Villagra. En la visita a que en tal carácter lo sometió el oidor Egas Venegas, resultó con una condena bastante seria(15). En 1571 era corregidor de Villarrica. Pretendió de Bravo de Saravia el empleo de
protector de indios, pero fue desairado. Rodrigo de Quiroga lo nombró, en 1575, juez pesquisidor de los hechiceros indígenas, pero a fines de ese año debió ocurrir su muerte, pues en 23 de enero de 1576, expresando ese motivo, es nombrado otro capitán para dicho empleo.
Tuvo un hijo, al parecer mestizo, nacido en Valdivia en 1555, el capitán Luis de Góngora Marmolejo, que se distinguió como militar en la defensa que se presentó en Quintero contra los hombres del corsario Cavendish. En 1605 lo encontramos en el empleo de intérprete general del reino. Fue casado y dejó descendencia.
El último cronista a que nos hemos referido es el caballero gallego don Pedro Mariño de Lobera, nacido en 1530 y que llegó a Chile en 1552. Fue militar, encomendero, corregidor de Valdivia en 1575 y más tarde se radicó en el Perú donde fue corregidor de Camaná. Murió en Lima en 1594(16). Escribió una extensa Crónica del reino de Chile desde la expedición de
Almagro hasta un tiempo cercano a la muerte del cronista. Desgraciadamente no ha llegado hasta nosotros el texto original de Mariño de Lobera. Su manuscrito fue entregado por don García de Mendoza, que era a la sazón virrey del Perú, después de la muerte del autor, al jesuita Bartolomé de Escobar para que lo corrigiera estilísticamente(17). El padre Escobar
metió mano en toda la obra, principalmente con el ánimo de transformarla en un escrito en loor del virrey. Resulta así que es la primera de la serie de obras costeadas por don García y por sus descendientes destinadas a engrandecer sus hechos. Los autores encargados de esta tarea fueron literatos de mucho prestigio: Pedro de Oña, Cristóbal Suárez de Figueroa, Lope de Vega, Juan Ruiz de Alarcón, y otros. Esto hace que el empleo de ese libro como testimonio histórico haya que tomarlo con extremadas precauciones(18).
En nuestros días las crónicas, como las memorias y las cartas han adquirido un renovado interés como fuentes históricas. Llamaron mucho la atención de los historiadores del siglo pasado, en particular para el período de la conquista y población, pero presentaban el riesgo del subjetivismo de los autores que obligaba a usar respecto de ellas una muy severa crítica de veracidad. Luego la atención se centró en otros testimonios que parecían más seguros: los documentos oficiales y muchos investigadores, desde Gay, Barros Arana, Vicuña Mackenna y Crescente Errázuriz, y muy principalmente Medina, realizaron intensas búsquedas en los archivos. El fruto fue copioso y de enorme importancia y una gran parte de ese material ha sido publicado, de manera que así se facilitó grandemente la labor de los historiadores. Esto hizo que las crónicas resultaran una fuente complementaria, o una guía de datos no muy precisos que debían ser contrastados con los documentos.
Hoy día cuando las preocupaciones de los historiadores se han extendido con intensidad en nuevos campos, no centrados en los acontecimientos políticos y militares, las crónicas han cobrado una nueva vitalidad. El reflejo que ellas muestran del sentido colectivo frente a tantos asuntos les ha agregado un nuevo interés. A través de ellas se pueden apreciar las creencias, los grupos sociales y su manera de vivir y constituyen fuente para la historia de las mentalidades, la historia económica y social, la jurídica, la antropología, la historia de los conocimientos geográficos, todo ello sin perder su condición de acarreadoras de datos de todas clases y reveladoras de la personalidad de sus autores.
La obra de Góngora Marmolejo llegó al destino que quería el autor: el Consejo de Indias, pero su nominal destinatario, el gran presidente que fue Juan de Ovando, había muerto y su tarea de intensificar la información sobre América y de recopilar sus leyes, quedó truncada. El volumen original fue encontrado por el diligentísimo cronista de Indias Luis de Salazar y Castro(19) y, a través de conocidas vicisitudes, llegó a incorporarse, con su
colección de manuscritos, a la biblioteca de la Real Academia de la Historia. Esta corporación la dio a la estampa, en 1850, en el tomo IV del Memorial histórico español, en edición cuidadosa con que corrió el erudito Pascual de Gayangos. Unos años más tarde, en 1862, ese mismo texto, con retoques ortográficos, fue incorporado en el tomo II de la Colección de historiadores de Chile y documentos relativos a la historia nacional. Barros Arana cotejó los textos publicados con el manuscrito original de la Academia y escribió su satisfacción por la corrección de aquellos. En 1960, ha sido incorporado en la serie de Crónicas del reino de Chile que, con estudio preliminar de Francisco Esteve Barba, forma el tomo CXXXI de la Biblioteca de Autores Españoles. Esta última versión, con su ortografía más modernizada es la que se ha seguido ahora aunque con algunas ligeras correcciones. Las ilustraciones, fotografías del manuscrito, las debemos a la gentileza del Secretario Perpetuo de la Real Academia de la Historia don Dalmiro de la Válgoma y Díaz Varela, a quien expresamos nuestros agradecimientos.
El Comité de Publicaciones de la Universidad quiso acompañar esta edición con un estudio preliminar que fue pedido a la profesora Lucía Invernizzi Santa Cruz, quien se ha distinguido por sus interesantes análisis de las crónicas y de la actitud de los cronistas al escribirlas. El estudio de la profesora Invernizzi Santa Cruz proporciona sin duda a los historiadores nuevos puntos de vista, de auténtico valor, para la crítica del texto.
__________
Notas
(1)El valor histórico de La Araucana ha sido estudiado por varios autores, principalmente por José Toribio Medina, en diversas partes de su edición monumental del poema, Santiago, 1910-1918; especialmente en la "Ilustración XIX" que está en el quinto tomo, p. 405-440, cuyo es "Verdad Histórica de la Araucana". La obra más minuciosa y extensa destinada al tema es la de Tomás Thayer Ojeda: Ensayo crítico sobre algunas obras históricas utilizables para el estudio de la conquista de Chile, Santiago, 1917, p. 1 a 406.
(2)Lentamente se fueron descubriendo estos documentos: un primer grupo fue encontrado y copiado en Simancas por Juan Bautista Muñoz a fines del siglo XVIII y publicado por Claudio Gay en el tomo I de Documentos de su Historia. Fueron acrecentados por las búsquedas de Barros Arana y José Toribio Medina. Todos ellos fueron publicados por este último en facsímil y transcripción: Cartas de Pedro de Valdivia que tratan del descubrimiento y conquista de Chile, Sevilla, 1929; edición reproducida por el Fondo Histórico y Bibliográfico José Toribio Medina, en 1953, con una introducción de Jaime Eyzaguirre.
(4)Benjamín Vicuña Mackenna, en su Prefacio a la edición de la Historia general del reino de Chile, de Diego de Rosales, t.I, Valparaíso, 1877, p. XLI y XLVI. Su sugerencia se ha transformado en afirmación en la pluma de otros autores. Sin embargo, no encuentro en la Historia de Rosales tal aprovechamiento, de la crónica de Vivar.
(5)El texto ha aparecido como tomo II, proyectándose uno primero con estudios sobre la crónica que presenta, entre otros problemas, el establecer, si ello es posible, quién es su autor: si Vivar, que se indica como secretario de Valdivia, que no consta que lo fuese, o Juan de Cárdenas, que lo fue y que ya Barros Arana pensaba que podía ser el autor, encubierto, no se sabe por qué, con otro nombre. Ese tomo I está encargado de prepararlo la Academia Chilena de la Historia, que tiene el asunto en su programa de trabajo.
(6)Así quedó en claro en una erudita comunicación hecha recientemente en la Academia Chilena de la Historia por D. Rodolfo Oroz Scheibe.
(7)Un interesante estudio, que se debe a Sonia Pinto, aparece como introducción a una cuidada antología de la obra publicada por Editorial Universitaria, Santiago, 1987, pp. 19-35.
(8)Había dicho Medina en Historia de la literatura colonial de Chile, t. II, Santiago, 1878, que había venido a Chile en 1547, Barros Arana: Historia general de Chile, t. II, Santiago, 1884, p. 278, cree que fue en 1549, pero Tomás Thayer Ojeda, en Formación de la sociedad chilena, Santiago, 1941, p. 63, parece comprobar que no llegó sino en 1551.
(9)La primera parte de la Araucana, que termina con la llegada de don García de Mendoza en 1557, debe haber sido conocida en Chile alrededor de 1571.
(10)Recientemente había sido nombrado Juan López de Velasco, a propuesta de Ovando, como cronista-cosmógrafo de Indias.
(11)Juan Manzano Manzano: Historia de las recopilaciones de Indias, I, Madrid, 1950, pp. 225-226, publica esta cédula, que se conserva en el Archivo de Indias, Indiferente General, leg. 427, lib. 30, fol. 233v-234. Está dirigida al virrey de Nueva España, pero en el registro aparece la anotación de que se despachó a Chile: "Ídem otra cédula del mismo tenor a la audiencia de las provincias de Chile".
(12)Así, por ejemplo, el erudito Francisco Esteve Barba en Historiografía indiana, cit. p. 520 y s., y poco antes en su edición de las Crónicas del reino de Chile, en Biblioteca de Autores Españoles, tomo CXXXI, Madrid, 1960, p. XXXS.
(13)José Toribio Medina: Diccionario biográfico colonial de Chile, Santiago, 1906, pp. 368-369 y Thayer Ojeda: Formación de la sociedad chilena, cit., t. II, pp. 63-64.
(15)La visita de Egas Venegas a la Real Hacienda ha sido muy bien estudiada por Fernando Silva, quien utilizó sus infinitos legajos, los que se conservan en el Archivo de Indias: Una visita a la Real Hacienda en el siglo XVI, en Boletín de la Academia Chilena de la Historia, N° 77, Santiago, 1967, pp. 189-205. El Consejo de Indias condenó a Góngora Marmolejo en una multa de cien pesos y en supresión de oficio por dos años.
(16)Noticias biográficas de Mariño de Lobera en Medina: Diccionario, cit., pp. 503-506 y Thayer Ojeda: Formación de la sociedad chilena, t. II, pp. 244-245.
(17)El texto trae noticias hasta del año 1596. A lo que parece sus últimos trozos son obra exclusiva de Escobar.
(18)No fue publicado en su tiempo. Su primera edición, con el título de Crónica del reino de Chile, escrita por el capitán don Pedro Mariño de Lobera. Dirigida el Exmo. señor don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, vice-rey y capitán general de los reinos del Perú y Chile, Reducida a nuevo método y estilo por el padre Bartolomé de Escobar, de la Compañía de Jesús: forma el tomo vi de la Colección de historiadores de Chile y documentos relativos a la historia nacional, Santiago, 1865. Ha sido vuelta a publicar en la serie de Crónicas del reino de Chile en la Biblioteca de Autores Españoles, tomo CXXXI, Madrid, 1960, a cargo de Francisco Esteve Barba, quien ha corregido numerosas lecciones erróneas de la edición anterior.
ESTRUCTURA DE LA HISTORIA DE GÓNGORA MARMOLEJO
De manera casi unánime, quienes se han referido a la Historia de Chile desde su descubrimiento hasta el año de 1575 de Alonso de Góngora Marmolejo han reparado en la escasa presencia de él como personaje de los hechos que narra. Este "verdadero arte con que ha sabido dejar entre bastidores su personalidad para no ocuparse más que de sus compañeros le sean simpáticos o no, I de los indios, sus enemigos...", al decir de José Toribio Medina(1), es signo de una modestia digna de destacar, pero a la vez, para el historiador
interesado en la figura de Góngora Marmolejo, constituye una "falta grave" pues ese olvido de sí priva de antecedentes necesarios para configurar con exactitud la semblanza de quien no sólo es el relator de los sucesos ocurridos en Chile entre 1536 y 1575 sino también soldado, héroe que ha desempeñado en esa historia "un papel no despreciable". Insistiendo en ello, Francisco Esteve Barba señala "si su vida nos resulta oscura es porque tiene la rara modestia de relatar las hazañas de todos, mientras él se queda en penumbras"(2).
Sale de esa penumbra sólo en contadas ocasiones para mostrarse no tanto en cuanto actor del acontecer sinobásicamente como testigo u observador directo de él avalando con ese "estar presente" o "haber visto" los hechos, la verdad de lo narrado. Así lo señala Medina al decir que "el falso silencio" de Góngora se rompe "cuando se trata de vindicar la memoria de un compañero ultrajado por falsos díceres, cuando se trata de una acción sorprendente o de una curiosa ceremonia", en esos casos -agrega Medina- "ahí está él siempre para testificar y dar peso a sus palabras, expresando que se halló presente al acto"(3). Esteve Barba destaca
Marmolejo en el discurso; en el capítulo XXVI, narrativo de la batalla de Millarapue, esa presencia se hace manifiesta en un enunciado que se destaca porque va puesto entre paréntesis y en el cual se afirma la condición de testigo y actor del sujeto, al decir el enunciante: "(que me hallé presente y peleé en todo lo más contenido en este libro)"; en el capítulo LII reitera su situación de observador del acontecer al advertir que estuvo presente cuando el Licenciado Peñas exigió pago para pronunciarse en el conflicto creado por las diferencias de pareceres respecto a quien detenta el cargo de gobernador, si Pedro de Villagra o Rodrigo de Quiroga. El momento de más relevante presencia de Alonso de Góngora Marmolejo es, para Esteve Barba, el capítulo LXXVIII, en el cual el sujeto no se muestra como mero testigo sino como persona a quien afectan de modo directo las decisiones del gobernador Bravo de Saravia. Ese episodio, a juicio de Miguel Ángel Vega, da lugar a la "única queja que hemos encontrado en el relato"(4) por constituir para el afectado
una situación de injusta postergación y no reconocimiento de sus méritos y dilatados servicios. Esta misma situación es destacada por Luis Montt(5) como la "única vez" en la que
Góngora "se menciona para decir que se halla sin recompensa de sus largos servicios", lo que para este autor es, además, indicio que puede verificar la sospecha que él tiene acerca de que Góngora Marmolejo fue uno de los "secuaces de Gonzalo Pizarro" a quienes se les conmutó la pena de muerte por la del destierro del Perú, los cuales en su casi totalidad corrieron luego su misma suerte en cuanto a la no retribución de servicios.
En la mayoría de los autores que se han ocupado de la obra de Góngora Marmolejo este aspecto de la escasanotoriedad de su presencia en el relato se articula con rasgos de su obra valorados como meritorios. Así, Esteve Barba señala que de esa modestia del autor "podemos inferir su sobriedad, su elegancia espiritual y el sentido ecuánime de la vida que confirma su obra"(6), lo que se ilustra cabalmente en la narración del episodio del capítulo
final en la cual, "en vez de prorrumpir en denuestos", registra la negativa de: Bravo de Saravia de otorgarle el cargo al que aspira "tan sencillamente como haría constar un dato histórico, sin apasionamiento". De esto deriva Esteve Barba que Góngora Marmolejo "debió de ser un hombre ni envidiado ni envidioso, pues no puede decirse que en las páginas que escribió delatara ninguna ambición, ningún deseo, ninguna predisposición a favor o en contra de cualquier persona, ningún prurito de adulación"(7).
Además de esa objetividad, imparcialidad, desapasionamiento se reconocen como méritos de la Historia... de Góngora Marmolejo la exactitud de los datos consignados, la directez de sus enunciados que refieren sólo hechos, lo que él vió, y que no se "desvían del curso de los acontecimientos para pintar imaginarias costumbres indígenas o aburrirnos con declamaciones"(8); tampoco aparecen en la obra esas "chocantes exageraciones que consisten
en contar a los enemigos por decenas o centenares de miles, pues si sus cifras son muchas veces muy elevadas, son casi siempre inferiores a las que se hallan en otras relaciones"; "ni se encuentran en su libro esa abundancia de cuentos y de patrañas que con el nombre de milagros han hecho ridículas a otras crónicas"(9); todo lo cual, a juicio de Barros Arana,
"una notable ponderación de juicio" son destacados por Encina que ve en ellos el único mérito de esta crónica de "forma incorrecta y ramplona, fiel reflejo de la inhabilidad de un soldado sin mayores dotes naturales de escritor ni cultura literaria"(11), aspecto éste sobre el
cual hay distintos pareceres y acerca del cual me referiré más adelante.
Casi todos los autores citados, concuerdan en que esa objetividad y ponderación de juicio se muestra con relieve en la caracterización de las figuras, en especial las correspondientes a los seis gobernadores. Así lo señala Luis Montt:
"Como figuras de primer término de ese cuadro, los gobernadores aparecen retratados con su abnegación, su intrepidez, sus talentos, sus perfidias, sus crueldades, su venalidad, su fortuna, sin manifestar el autor por ninguno de ellos cariño o aversión que le haga suavizar o ennegrecer las tintas. Igualmente alejado de todos, estuvo en aptitud de aplicarles un criterio uniforme que inspira confianza y hace de su libro un guía seguro para conocer aquel período"(12). Barros Arana alude también a ello, diciendo que Góngora Marmolejo "en su
crónica no oculta los defectos de los jefes, pero tiene cuidado de señalar sus buenas cualidades y de reunir los antecedentes necesarios para que el lector pronuncie su fallo sin prevenciones y sin parcialidad"(13) ;. Miguel Ángel Vega observa en el discurso de Góngora
un resentimiento contra Francisco de Villagra por haberle privado de su repartimiento de indios en Cañete y una "crítica acerba y amarga contra el gobernador Bravo de Saravia"; pero también afirma que el interés del relato reside en la "imparcialidad de su palabras y en la dignidad severa con que juzga a los hombres y a los hechos de aquella época"; y, añade Vega: "no hay que engañarse con este cronista. Recto y filudo como una espada, cuenta sus impresiones sin eufemismos ni medias tintas; Valdivia, Villagra, García Hurtado de Mendoza, Rodrigo de Quiroga, etc. , gobernadores y capitanes insignes de la conquista y de la colonia pasan por las páginas del libro vistos sobria y directamente tales como ellos eran"
(14).
Otros lugares del texto en los que se manifiesta la imparcialidad del narrador son aquellos frecuentes enunciados en los que recoge juicios y murmuraciones, "lo que corría como voz general, lo que se pensaba y se decía, sin manifestar odio y sin dejarse seducir por el halagüeño prisma de la amistad"(15), "sin desviarlo de su propósito justiciero e
independiente"(16).
También se atraen como signos de la modestia del autor que busca "desaparecer a nuestra vista", la ausencia de ejemplos tomados de autores antiguos, "las muestras de falsa erudición", según afirma Medina. En palabras de Esteve Barba: "no pretende que le supongan o reconozcan una cultura de la que no hacía gala: ni una sola vez incurre en alusiones pedantescas con la pretensión de demostrar a sus lectores una erudición inoportuna y fácil"(17). Sobre lo mismo y con énfasis valorativo, Barros Arana dice: "Sea
obedeciendo a una inspiración de buen gusto literario, raro entre los escritores de su tiempo, o sea, por escasez de ilustración histórica, Góngora Marmolejo cuenta los hechos normalmente, al correr de la pluma, sin embarazar su narración con digresiones estrañas al asunto, sin esas frecuentes referencias a la historia bíblica ni a los griegos y romanos que alargan y afean otros escritos" (18).
algunos de sus rasgos dominantes, conviene, sin embargo, hacer algunas necesarias precisiones.
Considerando las proposiciones que sobre el discurso histórico han formulado Roland Barthes, Hayden White y Walter Mignolo(19), corresponde señalar que, como todo discurso,
el histórico es una estructura verbal en la que se postula un sentido para los hechos narrados, sentido que se construye en la red de relaciones internas que se establecen entre diferentes planos y elementos discursivos. Para el logro de los propósitos que me animan de revisar la propiedad de la reiterada afirmación acerca de la escasa presencia y notoriedad de Alonso de Góngora Marmolejo en su Historia... requiero advertir, apoyándome en las proposiciones de Roland Barthes, que deben distinguirse dos planos para observar este fenómeno discursivo. Esos planos son el de la enunciación y el del enunciado(20). En éste se
constata no la ausencia, pero sí la escasa presencia de Góngora Marmolejo como personaje de la historia narrada puesto que sólo en muy pocas unidades del enunciado es él el sujeto de las proposiciones; ni siquiera aparece en ellas en la forma menos perceptible que sería aquella del pronombre 'nosotros' que lo incluyera corno uno de los sujetos participantes en los hechos narrados. Regularmente en el discurso de Góngora Marmolejo los sujetos de las proposiciones que designan acciones son el nombre propio, cuando se trata de protagonismo individual, o los sustantivos "soldados", "españoles", "vecinos" y, dominantemente, "cristianos", cuando se trata de la mención de hechos o situaciones de participación grupal o colectiva.
Sin embargo, tal como lo han advertido los estudiosos de la obra, hay algunas unidades del enunciado en las que el 'yo' que identifica a Góngora Marmolejo es el sujeto de las proposiciones. No son más de diez en todo el discurso. De ellas, cinco se construyen con la forma verbal "me hallé presente"; en dos de estos casos, los determinativos del verbo expanden el significado de él más allá de la situación particular aludida; son los enunciados de los capítulos XXVI y XXXIV: "(que me hallé presente y peleé en todo lo más de lo contenido en este libro)", "porque yo me hallé presente con Valdivia al descubrimiento y conquista, en la cual hacia todo lo que era en sí como cristiano "(21). En tres unidades del
enunciado, se reconocen los signos que Barthes denomina shifters "de escucha" o testimoniales(22) que señalan a Góngora Marmolejo no tanto en cuanto actor o testigo
Todas estas unidades discursivas contribuyen a instaurar la imagen de Góngora Marmolejo como testigo de la historia que narra y no como activo participante en ella, de lo cual el único signo sería "peleé" que alude a su condición de soldado. Y como el ser testigo y poseer un saber, un conocimiento de los hechos que se funda en su propia experiencia y en lo dicho o informado por otros, es atributo de quien registra los hechos históricos, todos esos signos del discurso antes que mencionar a Góngora Marmolejo soldado, refieren a él como historiador y más aún como historiador que afirma la verdad de los hechos y de su escritura desde "lo visto y lo vivido" que es, en la época y especialmente en el discurso hispanoamericano sobre el descubrimiento, conquista y colonización de América, concepción dominante y privilegiada acerca de la realidad y la verdad históricas(23). Por ello, esos
signos no aluden a Góngora Marmolejo sujeto del enunciado, sino más bien a él en cuanto sujeto de la enunciación que se hace presente en el discurso para exhibir su competencia en cuanto emisor de un discurso histórico que exige, entre otras cosas, de acuerdo a la preceptiva de la época, regularse por el "criterio de verdad" (24), el que en este caso es el de
"lo visto y lo vivido".
Se concluye, entonces, que es efectivo lo aseverado por Medina, Barros Arana, Montt, Esteve Barba acerca de la renuncia de Góngora Marmolejo a representarse en su Historia... como personaje o actor del acontecer, pues en el plano del enunciado la única forma de presencia que adquiere es la de observador o testigo y ello incluso no marcado de manera relevante sino con gran contención que se manifiesta en el número reducido de unidades del enunciado que lo indican como sujeto. Pero lo que acontece en el plano del enunciado no es proyectable al de la enunciación, pues se constata en el discurso de Góngora Marmolejo la presencia de múltiples signos que se refieren a ella; unos remiten a la situación, acto y proceso de enunciación, otros, a los protagonistas de ella: el destinatario y el enunciante del discurso. Si los signos de destinación son escasos en la Historia de Chile desde el descubrimiento hasta el año de 1575 pues, como señala Barthes, "en el discurso histórico están generalmente ausentes y sólo se encuentran cuando la historia se presenta como lección", abundan los signos del enunciante los que van llenando ese yo que identifica al emisor del discurso de "predicados diversos destinados a fundarlo como una persona, provista de plenitud psicológica o, más aún (la palabra es una figura) de una capacidad"(25).
Probaré lo dicho mostrando los diversos modos de la presencia personal -y no mera voz que emite el discurso- de Góngora Marmolejo enunciante, historiador, en su Historia. Con ello demostraré que son muy relativas la 'objetividad', desapasionamiento e imparcialidad que se le han asignado como rasgo relevante, pues de las dos opciones polarmente diferentes que tiene el historiador para construir su discurso: "hacerse presente", en él o "ausentarse", él ha elegido la primera y no aquella otra, propia del discurso histórico llamado "objetivo" en el cual "la carencia sistemática de todo signo que remita al emisor del mensaje histórico" y la consiguiente anulación de la "persona pasional" del enunciarte para sustituirla por la "persona objetiva", procura producir el efecto de que el historiador no interviene y los hechos hablan por sí mismos, "la historia se cuenta sola"(26). Nada más distante, a mi juicio,
pero, además el enunciante en su discurso se manifiesta, si bien con contención y mesura, como interioridad traspasada de afectividad. De esas plurales dimensiones del sujeto dan cuenta los signos que remiten al enunciante, esparcidos profusamente a lo largo del discurso; ésos son los signos que lo fundan como "persona, provista de plenitud psicológica", pero además de ellos, la persona del historiador se manifiesta en la selección de los hechos que narra, en la elaboración a que los somete y en la disposición narrativa con que los organiza en la Historia. De ello me ocuparé a continuación.
Ya me referí, aunque de manera parcial a algunos de los signos que indican en el discurso de la Historia... el acto de proferirlo, pues los shifters testimoniales o "de escucha", que conectan los hechos narrados con el acto del informante y la palabra del enunciante, al mencionar recurrentemente la experiencia personal del sujeto o el testimonio de testigos como fuentes de información y conocimiento, definen el acto de enunciación como actividad de un historiador testigo que registra hechos cuyo conocimiento proviene básicamente de la experiencia personal, de la observación directa del acontecer, fundando en ellas el valor de verdad de su discurso. Así, el acto del enunciante y la situación de enunciación de la Historia... de Góngora Marmolejo se instaura con los rasgos propios de la tendencia historiográfica "realista" para la cual discurso verdadero es la reproducción fiel de "lo visto y lo vivido" por un sujeto que narra lo que constituye su experiencia de observador y actor del acontecer histórico.
Pero también se observan en la Historia... de Góngora Marmolejo enunciados como los siguientes: "como tengo dicho", "para hacerse lo arriba dicho", "los nombres de los cuales (soldados) dijimos en el capítulo de atrás", "ya dije atrás como...", "como adelante se dirá", "otros muchos (nombres de soldados) que dejo por evitar prolijidad". Son éstos indicadores de organización interna del discurso, reveladores de diversos movimientos de éste respecto a su materia y al desarrollo que va adquiriendo, signos mediante los cuales el enunciante "organiza su propio discurso, lo retoma, lo modifica a lo largo de su camino, en una palabra, le asigna referencias explícitas"(27); indicios, por lo tanto, de la conciencia que tiene el
enunciante de la estructura y disposición de su discurso en el cual articula las unidades constitutivas con un orden que no es sólo el de la sucesión, sino también, espacial y formal (división en capítulos). Esa conciencia es la que lo faculta para decir "ya dije atrás" o "se dirá" y también "lo arriba dicho" o "dijimos en el capítulo atrás".
materia de la escritura histórica y es ésta la que, al registrarlos y fijarlos, los conserva en el recuerdo y los perpetúa. Esas afirmaciones aproximan a Góngora Marmolejo a la tendencia historiográfica, propia de los círculos caballerescos medievales y renacentistas que concibe la realidad histórica en relación con esferas de valores, modelos y paradigmas de conducta dentro de los cuales, los heroicos adquieren especial relieve. Son entonces los hechos históricos que objetivan esos valores, los dignos de ser notados y anotados por el historiador en una escritura cuya función primordial es hacer manifiesto ese fondo valórico que existe tras el acontecer particular y concreto, destacarlo y proponerlo como paradigma digno de ser imitado. Escritura, por lo tanto, que advierte y conserva, e incluso, confiere valores a los hechos y a los hombres que los protagonizan y así los rescata del silencio y del olvido, los graba en la memoria y reconocimiento de las generaciones presentes y futuras, inscribiéndolos en el ámbito de la fama(28).
A esta historiografía de la fama que tanto relieve adquirió en Hispanoamérica en el siglo XVI, se adscribe la Historia... de Góngora Marmolejo, según lo dicho en enunciados como los anteriormente transcritos y en los de la Dedicatoria a Don Juan de Ovando, Presidente del Consejo de Indias, a quien el autor dirige la obra. En el texto de la Dedicatoria, que cumple la función retórica del exordio, Góngora Marmolejo expone su concepción de la historiografía, los principios y normas que regulan su escritura de los acontecimientos ocurridos en el reino de Chile, ,los modelos en que se inspira, los propósitos que le mueven a escribir y las finalidades que se propone alcanzar con su obra. Por todo ello, la dedicatoria se constituye en metatexto historiográfico(29), lugar en el que se formula la teoría que
sustenta el discurso y donde se muestra la conciencia que el historiador tiene de su quehacer y de su texto.
Conviene detenerse a considerar esta dedicatoria. Ya en su primer párrafo, Góngora Marmolejo afirma la concepción de la escritura histórica como conservadora de los "acontecimientos grandes y hechos de hombres valerosos", ocurridos en el pasado y del historiador como persona virtuosa. Así dice: "Si los acontecimientos grandes y hechos de hombres valerosos no anduviesen escriptos, de tantos como han acaecido por el mundo, bien se cree, Illmo. Señor que de mui poco dello tuviéramos noticia, si algunas personas virtuosas no hubieran tomado trabajo de los escribir" (p. XI). De ello dan prueba griegos y romanos que dejaron registro no sólo de los grandes hechos heroicos sino incluso de las "menudencias" pues, como dice Salustio, como hombres sabios que eran, además de virtuosos, "entendiendo que con la vida todo se acaba, procuraron escribir todas las cosas que en su tiempo acaecían" (p. XI).
Ese modelo de historiografía que es la que confirió gloria a griegos y romanos -"pues con su elocuencia mucha levantaron sus hechos en tanta manera, que las demás naciones los tienen por espejo y dechado; y si a otros hombres honraron en casos grandes fué para más gloria suya, que al cabo ellos los vencieron y triunfaron de sus reinos" (p. XII)- es el que declara seguir Góngora Marmolejo para narrar en prosa lo que nadie hasta entonces ha narrado, salvo Ercilla en verso y buen estilo, pero no en la forma "tan copiosa cuanto fuera necesario para tener noticia de todas las cosas del reino" (p. XII). Para llenar ese vacío de información(30), Góngora Marmolejo se propone narrar "las cosas del reino", "desde el
reino de Chille de tantos años como há que se descubrió han acaecido, mas que en ninguna parte otra de las Indias, por ser la jente que en el hai tan belicosa" (p. XII).
Muchas de las afirmaciones contenidas en la Dedicatoria revelan la preferencia de Góngora Marmolejo por la tendencia historiográfica que concibe la escritura histórica como registro que conserva los grandes hechos y las hazañas de hombres valerosos y así los perpetúa en el recuerdo y les confiere gloria. A ello apuntan tanto las referencias a la historiografía de la antigüedad clásica como a La Araucana, texto también inspirado en la concepción de las letras como dadoras de fama; enunciados del prólogo y del exordio de la primera parte del poema de Ercilla resuenan como un eco en la dedicatoria de la Historia... de Góngora Marmolejo. Así, lo dicho sobre los historiadores romanos, quienes "si a otros honraron en casos grandes fue para más gloria suya, que al cabo ellos los vencieron y triunfaron de sus reinos" apunta al mismo sentido de la segunda octava real de La Araucana:
Cosas diré también harto notables De gente que a ningún rey obedecen Temerarias empresas memorables Que celebrarse con razón merecen; Raras industrias, términos loables Que más los españoles engrandecen; Pues no es el vencedor más estimado De aquello en que el vencido es reputado.
También se percibe la relación con el poema en la proposición del asunto de la Historia... en la cual se señala que el carácter extraordinario de los sucesos de Chile, que sobrepujan todo lo acontecido en Indias, se debe a "se la jente que en el hai tan belicosa", lo que es también rasgo central de la caracterización de los araucanos en el texto de Ercilla, enunciado ya en la sexta estrofa con que se inicia la descripción de Chile, en los tan citados versos.
La gente que produce es tan granada Soberbia, gallarda y belicosa
Que no ha sido por rey jamás regida Ni a extranjero dominio sometida(31)
que por su honor no digo quién es, o según otros decían haberse ido a visitar ciertos amores que tenía" (p. 103) y por cuya negligencia se perdió la ciudad de Cañete.
Sin embargo, casi toda vez que Góngora Marmolejo, enunciante del discurso, anuncia que "aconteció una cosa notable", "digna de escribirse" no se refiere a "acontecimientos grandes y hechos de hombres valerosos" sino más bien a ese tipo de sucesos que en la dedicatoria denomina "menudencias". Así, por ejemplo, en el capítulo II, propone como "cosa notable" el caso de Pedro Cano, un soldado español que se encuentra Almagro, convertido en señor de comunidades indígenas del valle de Aconcagua donde llegó huyendo del Perú luego que allí le cortaron las orejas como castigo por el delito de hurto. También en el capítulo XX en que se expone como notable lo acontecido con una negra de Valdivia a quien los indios llevaron a la ribera de un río y la ataron de pies y manos, tendida a lo echaban cántaros de agua encima y con arena la fregaban con toda la cabeza a ellos posible, creyendo que la color no era natural, sino compuesto les que vieron que no podían quitarle aquella color negra la mataron, desolándola como gente tan cruel; y el pellejo lleno de paja traían por la provincia" (pp. 57-58). Y también la escena protagonizada por un soldado " llamado Juan Morán de la Cerda, natural de Guillena, en la ribera del Guadalquivir, junto a Alcalá del Río" que se propone como "cosa dina de e.,;cribilla" y cuya narración, si bien destaca el heroísmo del soldado, pone ,acento en la nota de horror: "y fué que, andando peleando, le dio un indio una lanzada en un ojo que se lo sacó del casco y lo llevaba colgando sobre el rostro; y porque le impedía pelear y recibía pesadumbre traerlo colgando, asiéndolo con su mano propia lo arrancó y echó de sí..." (p. 41).
Escasas son también las unidades en las cuales el narrador por la vía de exclamaciones manifiesta su entusiasmo, admiración, júbilo o valoración positiva de los hechos bélicos que narra. Frente a frecuentes expresiones del tipo: "¡cuánto puede el miedo en casos semejantes!", "¡tanto iban medrosos!", "¡tan enemistados estaban con estos indios!", "¡cosa. de gran crueldad!"; muy pocas semejantes o equivalentes a la exclamación "¡era hermosa cosa de ver!", intercalada en la narración de la batalla del fuerte de Quiapo (capítulo XXX) y que con su resonancia épica atrae una nota de exaltación de los valores heroicos que españoles y araucanos despliegan en la lucha.
De todo esto resulta que hay en la Historia... de Góngora Marmolejo una efectiva reducción del componente heroico, lo que ya se manifiesta en los términos empleados en la dedicatoria para hacer la proposición del asunto que se desarrollará en el discurso. Reparemos en que lo propuesto allí no son hazañas propiamente tales sino "los muchos trabajos e infortunios que en este reino de Chile de tantos años como há que se descubrió han acaecido mas que en ninguna parte otra de las Indias".
La mención de los hechos a narrar como "trabajó, e infortunios" pone el acento en el carácter dificultoso e infausto del acontecer que será materia de la narración, no en su relieve o grandeza heroica. Cabe advertir que la palabra "trabajos" en su acepción de dificultades, impedimentos, perjuicios, penalidades, sucesos infortunados, es modo habitual de mención de las situaciones que constituyen la materia de la literatura picaresca española y dentro del discurso historiográfico narrativo de la conquista de América, es término de presencia recurrente en el llamado "discurso del fracaso"(32) y no en aquél que
Todos estos signos y muchos otros esparcidos en el discurso revelan que la adscripción de la Historia... de Góngora Marmolejo a la historiografía de la fama es relativa, opera sólo en forma parcial pues, si bien la obra se propone en la dedicatoria en términos que la articulan con esa tendencia historiográfica, hay muchos elementos en el discurso -incluso ya en la formulación de la misma proposición del asunto- que advierten acerca de orientaciones y sentidos diferentes a los propios del tradicional discurso narrativo de hazañas. Y eso está en directa relación con la conciencia y perspectiva del enunciante. Para precisar estos asuntos y los alcances que ellos tienen en la estructura y sentido de la Historia, será necesario volver sobre la persona de quien enuncia el discurso para determinar su condición, posición y situación desde la que narra y organiza los procesos históricos que constituyen la materia de su discurso.
Debo aquí atraer el segmento del capítulo final sobre el cual ya señalé que constituye el lugar del texto donde el personaje Alonso de Góngora Marmolejo, sujeto del enunciado, alcanza el mayor grado de notoriedad. En ese capítulo se hace la caracterización del gobernador Melchor Bravo de Saravia poniendo especial acento en su condición de ser "amigo de hombres ricos y por algunos de ellos hacía sus negocios, porque de los tales (era presunción) recibía servicios y regalos: sus cargos de correjidores y los demás que tenía que proveer como gobernador, los daba a hombres que estaban sin necesidad. Presumíase lo hacía por entrar a la parte, pues había en el reino muchos caballeros hijosdalgo que a su majestad habían servido mucho tiempo, a los cuales no daba ningún entretenimiento, y dábalo a los que tenían feudo del Rey en repartimiento de indios" (pp. 210-211); se ilustra esta situación de injusticia con la mención del otorgamiento de "un cargo de protector de indios, con seiscientos pesos de salario" a "Francisco de Lugo, mercader, hombre rico y que al Rey jamás había servido en cosas de guerra en Chile" (p. 211); y a continuación el narrador declara: "Este cargo lo pidieron muchos soldados, y yo Alonso de Góngora fui uno de ellos que desde el tiempo de Valdivia había servido al Rey, y ayudado a descubrir y ganar este reino, y sustentado hasta el día de esta fecha, y estaba sin remuneración de mis trabajos" (p. 211).
Esa postergación que padece el sujeto es para mí determinante de la posición que él asume frente a los hechos y de la situación en que se establece como enunciante del discurso. Desde ella, su visión, su perspectiva, su interpretación de la realidad, se condicionan y desde ella también se definen los propósitos y finalidades que pretende alcanzar con su Historia... que son bastante más amplios que proporcionar información sobre lo acaecido en Chile desde su descubrimiento hasta 1575 o que otorgar "el talento que merece" a la "belicosa, ardidosa y arriscada" gente araucana por la denodada defensa que ha hecho de su tierra; intenciones y propósitos bastantes más serios también que el simple dar a Juan de Ovando "algún rato de entretenimiento en el tiempo desocupado que tuviere" (p. XII) o procurar que genéricos lectores se huelguen de saber sobre los exóticos asuntos relativos a esta "jente desnuda, bárbara y sin armas", "que en el cabo del mundo" luchan por su tierra.
orienta a obtener la reparación de hechos injustos, pero planteando que éstos no le conciernen sólo a él sino al conjunto de antiguos y leales soldados y de vecinos, buenos servidores del rey que han padecido los mayores "trabajos e infortunios" sin obtener nunca la debida retribución o recompensa y sin que esa injusticia se repare por no estar el monarca enterado de lo que sucede, pues "como el reino de Chile estaba tan lejos de España, no podía su majestad ser informado con tanta brevedad como convenía, pasábase todo, recibiendo los vasallos del Rey tantas vejaciones" (p. 2 11). En la confianza de que el soberano es un justo gobernante que, enterado del mal o de la injusticia que impera en sus dominios, actuará para corregirlos, Góngora Marmolejo cumple la misión de proporcionar esa información, si no directamente al rey, a uno de los representantes del poder real -Don Juan de Ovando, Presidente del Real Consejo de Indias- a quien por su investidura y autoridad se concibe como el juez que deberá pronunciarse sobre los hechos que se le presentan en esta Historia... que, junto con referir los sucesos ocurridos en Chile, incluye la discusión y debate de un problema de justicia, la presentación y exposición de una causa en términos de defensa de los derechos de los antiguos soldados y vecinos del reino de Chile y de acusación de quienes -los gobernadores, especialmente- los han tratado injustamente manteniéndolos en situación de marginación y postergamiento dentro de la sociedad colonial. Se incorporan así a la Historia... los elementos propios del discurso judicial y también los del deliberativo o político(33), pues la causa expuesta compromete problemas de
gobierno y administración del reino de Chile y de conducción de la guerra de Arauco que también serán objeto de las referencias y de la severa crítica del narrador.
De ese carácter judicial del discurso de Góngora Marmolejo se deriva la sobriedad, contención y ponderación con que él, como personaje y enunciante, se exhibe en su Historia..., respetando así la recomendación de la retórica que advierte sobre la conveniencia de que el orador se presente en términos de modestia y evite toda manifestación que lo haga sospechoso de arrogancia, todo lo cual vale como recurso apto para lograr la persuasión del juez sobre la justicia de la causa que el sujeto expone y defiende. Por eso también, y siguiendo los dictados de la retórica, como también los postulados ciceronianos sobre el historiador, el enunciante de la Historia... se muestra como "vir bonus" persona virtuosa que, por ese atributo necesario tanto al orador como al historiador, da garantías de verdad, credibilidad, objetividad e imparcialidad de juicio y también de honestidad y carencia de interés mezquino y egoísta, pues como hombre de virtud no actúa por personales motivaciones sino por el bien comunitario.
escribiera, si no me hubiera ofrecido en el principio de mi obra escribir vicios y virtudes de todos los que han gobernado; y porque me he preciado escribir verdad, no paro en lo que ningún detractor puede decir" (pp. 211-212).
La condición de "vir bonus" que Góngora Marmolejo enunciante proclama para sí, se demuestra en múltiples unidades del discurso que van construyendo su imagen de sujeto de ponderado juicio, que no se inclina caprichosamente en pro ni en contra de nada o nadie y cuyo acto de narrar se motiva en el deseo de procurar la justicia y el bien comunitarios y no en su personal interés egoísta. De los signos que van trazando esa imagen, no es el menos significativo el de la ausencia -alterada sólo una vez en el capítulo final- de enunciados en los que el enunciante narre su propia experiencia o haga explícita la protesta, el reclamo por su propia situación personal; siendo lo normal y frecuente que hable por y en defensa de soldados meritorios o esforzados vecinos que no han recibido retribuciones de sus servicio; narrando situaciones generales que afectan a ese colectivo o casos particulares (como el del infortunado soldado Martín de Peñalosa, en el capítulo XLII) que se atraen como pruebas efectivas del injusto trato que ese sector de la sociedad ha recibido de los gobernadores y autoridades del reino. Todo ello opera en el discurso como argumentación narrativa en defensa de la causa que Góngora Marmolejo sustenta, argumentación que se refuerza con frecuentes y enfáticos momentos de discurso del comentario en los cuales el enunciante expone su posición, reflexión e interpretación de los hechos. Decenas de segmentos de ese tipo se registran en la Historia... transcribiré uno de los que me parece más ilustrativo del fenómeno que estoy describiendo. Se nos ofrece en el capítulo LIV: "Y porque los vecinos de Santiago habían gastado mucho en aquella jornada como de ordinario lo han hecho con todos los gobernadores, siguiéndolos y sirviendo al Rey, aunque de ello nunca fue informado, pues es cierto han merecido mucho; porque el sustento ordinario de todo el reino ha dependido de ellos, recibiendo soldados en sus casas, curándoles sus enfermedades, dándoles de comer a ellos y a sus criados y caballos, vistiendo a los desnudos, dando caballos a los que estaban a pié, gastando en general sus haciendas sirviendo al Rey; que de justicia habian de ser jubilados, lo que no se ha hecho ni hace; sino derramas e pensiones, si en el reino se echan por los gobernadores con los colores que quieran, ellos han sido los primeros que las pagan y lo son en el día de hoy, sin tener atención a lo que tengo dicho; porque en las Indias del Rey D. Felipe, nuestro señor, no es tan señor de ellas como lo son sus gobernadores, que les parece que el tiempo que gobiernan lo han heredado todo de sus padres. Y es verdad, por la profesión que tengo de cristiano, no me mueve a lo que dicho tengo sino decir la verdad" (p. 146).
conjunto o grupo social al que el capitán Góngora Marmolejo pertenece: el de los antiguos soldados y vecinos del reino de Chile, meritorios servidores del rey que permanecen sin reconocimiento ni retribución de servicios y de los cuales él se constituye en vocero y defensor de sus derechos. Así anula toda posible impugnación de incompetencia jurídica pues no aparece como defensor de su situación personal sino de los intereses de ese colectivo en un discurso en el cual su caso particular no será hecho central de la causa, sino una de las muchas pruebas efectivas que el enunciante presenta en apoyo de su argumentación de defensa. Con ello, además de acreditarse el receptor del discurso como sujeto moralmente irreprochable, aumenta el grado de defendibilidad de la causa que de ser presentada por un sujeto que fuese a la vez "persona de quien trata la causa" y enunciante del discurso en que se la expone "chocaría contra el resentimiento jurídico o contra la conciencia de los valores y de la verdad del público", constituyendo una causa del "admirabile genus" que según la clasificación retórica "plantea elevadas exigencias al orador"(34) para su defensa. Y esa causa
del "admirabile genus" se transforma en causa del "honestum genus"(35) en virtud de las
estrategias discursivas de ocultamiento de sí que Góngora Marmolejo emplea en su Historia... las que, difuminando su presencia en el enunciado, lo descubren en el plano de la enunciación como autorizado y competente enunciante de un discurso judicial de defensa de una causa difícil por su reducido grado de defendibilidad.
Todo esto significa que, para la conciencia del enunciante, el "status"(36) de la causa o
"cuestión capital" que sedebate en su discurso no es tanto la ocurrencia misma de los hechos, ni su definición o cualidad jurídica inobásicamente la legalidad de "la actio", es decir, de los componentes del proceso y concretamente la suya, pues por su condición de soldado postergado y no reconocido como tal ni como historiador ni orador, puede ser objeto de impugnaciones por parte de detractores, hombres no virtuosos y murmuradores que, según lo dicho en la Dedicatoria, abundan "porque la malicia el dia de hoy es mayor que nunca ha sido". Causa, por lo tanto, del "status translationis"(37) que resuelve las dudas
sobre la legalidad del proceso mediante el recurso de la "translatio"(38) que desplaza en el
enunciado el centro de la "cuestión capital" desde lo particular personal (el caso del soldado Alonso de Góngora Marmolejo) a lo general (la situación del conjunto de antiguos y meritorios soldados y vecinos) y últimamente en lo que concierne a la persona de Góngora Marmolejo, lo establece no como sujeto de la causa sino como enunciante del discurso donde ella se expone y donde él da pruebas de su competencia y autoridad, siendo el discurso mismo, prueba efectiva de ello; todo lo cual opera como argumentación que da fuerza a la defensa de la causa y como recurso para el convencimiento del receptor -el Presidente del Consejo de Indias y a través de él, el monarca español-, concebido como juez y como autoridad que representa el poder político, de quien se espera un fallo favorable y justo y una decisión conveniente para el interés de un sector postergado- de la sociedad chilena colonial.
Pero también la estructura que el enunciante confiere a los hechos en la narración es elemento fundamental de la argumentación de defensa. Observemos este aspecto de la Historia...
Primeramente se observa la organización del discurso en tres partes perfectamente identificables: El discurso se inaugura con la Dedicatoria a Juan de Ovando que cumple la función de exordio; a partir del capítulo primero se desarrolla la "narratio" que es la expansión narrativa del asunto propuesto en el exordio, la que se extiende hasta el capítulo LXXVIII en el cual se contiene la conclusión, esparcida en varios segmentos del final del capítulo.
En la narración, los acontecimientos que conforman la historia de Chile desde el descubrimiento hasta el año de 1575, se organizan en seis grandes unidades construidas en torno a las figuras y actuación de los seis primeros gobernadores del reino; ellas van precedidas por dos unidades introductoras: descriptiva del territorio y caracterizadora de la gente araucana, la del capítulo I, y narrativa, de modo muy sumario, de la frustrada expedición de Diego de Almagro, en el capítulo II. A partir del capítulo III la narración dispone los hechos en la sucesión de los gobernadores, ateniéndose al criterio natural de ordenamiento cronológico sin que ello signifique rigor en la precisión de fechas de ocurrencia de los sucesos, pero sí respecto a la linealidad de la cronología. La secuencia de gobernaciones se inicia con Pedro de Valdivia, sigue con García Hurtado de Mendoza, Francisco de Villagra, Pedro de Villagra, Rodrigo de Quiroga para terminar con Melchor Bravo de Saravia. Los hiatos producidos en esa sucesión -entre Valdivia y Hurtado de Mendoza y entre Quiroga y Saravia- se llenan con la narración de las querellas y pugnas por el poder entre Francisco de Aguirre y Francisco de Villagra y con el relato de los sucesos ocurridos durante el gobierno de la Audiencia, respectivamente.
Cada una de estas seis unidades narrativas se estructura de acuerdo con un esquema mantenido que dispone el relato, organizándolo en secuencias centradas en la figura de cada gobernador el que se representa en diversos planos: el de su acción guerrera en el que se muestra a la figura como capitán de las tropas españolas en su lucha con los araucanos, en sus aciertos y desaciertos en la conducción de la guerra, en el éxito y fracasos obtenidos en ello; el de su acción colonizadora, atraída en las referencias a fundaciones de ciudades, puertos, fuertes y refundaciones de ellos por destrucción y pérdida provocadas por los araucanos; en el de su acción política de gobernante y administrador del reino, plano éste en el que la figura se representa enfrentada a los conflictos del poder, a las dificultades en la conducción del reino y a los diversos modos de relación que establece con los gobernados, todo ello valorado en términos de aciertos y errores, logros y fracasos, buen y mal gobierno; en su condición de cristiano ante las alternativas de vicio y la virtud, del bien y del mal, tanto en la vida pública como en la privada.
se despliega a partir de la fórmula introductora: "Era" más el nombre del gobernador ("Era Valdivia. . . ", "Era Francisco de Villagra. . . ").
Destacado como mérito por casi toda la crítica que se ha ocupado de la Historia... de Góngora Marmolejo, el retrato de los gobernadores revela técnica, destreza retórica al construirse y disponerse como unidad discursiva que reúne sintéticamente al final de la narración de los hechos protagonizados por cada uno de ellos, los rasgos más relevantes de la figura, anteriormente esparcidos a lo largo del discurso narrativo en el que el personaje se ha mostrado actuando en diversos planos. El esquema del llamado "sintagma diseminativo recolectivo"(39), sirve aquí al propósito de trazar la semblanza de los seis
primeros gobernadores del reino de Chile desde una perspectiva que los caracteriza tanto en el dinamismo de su acción y comportamiento como en la fijeza del retrato que condensa e integra los rasgos más relevantes para la identificación de la figura.
Con estos retratos, Alonso de Góngora Marmolejo se inserta en la tradición representada por Fernán Pérez de Guzmán en sus Generaciones y Semblanzas (1450) y Fernando del Pulgar en Claros varones de Castilla (1486) que revalidaron en España el antiguo prestigio de Valerio y Plutarco, del francés Vernada y del italiano Bartolomé Faccio.
Esos retratos, al estructurar la imagen de los gobernadores en torno a la oposición vicio/virtud, revelan también con evidencia la perspectiva ética desde la cual el enunciante registra, comprende e interpreta la historia y la realidad del reino de Chile, las que en la narración se representan como ámbitos en los que se objetivan valores morales y como proceso cuyo curso se determina desde ellos, pues si bien el enunciante afirma la intervención de Dios en la realidad histórica ella se manifiesta como mala o buena fortuna, castigo o premio, fracaso o éxito concedidos por la divinidad en conformidad con los vicios y virtudes de los hombres. Así dice el enunciante, por ejemplo: "mas cuando las cosas están ordenadas por el Divino juez, no se puede ir contra ellas: y así es de entender que quiso a Valdivia castigarlo por sus culpas y vivienda pública, dando mal ejemplo a todos, con una mujer de Castilla siempre amancebado" (p. 35); o por el contrario, "como dicen de ordinario a los hombres que con ánimo valeroso se determinan a cosas grandes, cuando son justas
Dios les favorece"
(p. 11).
Resulta entonces que esa oposición vicio/virtud, mal/bien se instaura en la narración de Góngora Marmolejo como principio o ley interna que regula, ordena y estructura el discurso y desde la cual se proponen sentidos para la historia y la realidad chilenas representadas en él, las que así se verán reducidas en su dimensión heroica por el relieve que alcanza la dimensión moral que es la enfatizada por el enunciante, quien antes que orientar la narración hacia la representación de "acontecimientos grandes y hechos de hombres valerosos" -como proponía en la Dedicatoria, la encamina a dar cuenta de los "vicios y virtudes de todos los que han gobernado", como declara en la conclusión.
participación relevante o secundaria en el acontecer. Se observa en esas secuencias que, salvo las excepciones de Rodrigo de Quiroga y unos cuantos capitanes y soldados meritorios, verdaderos paradigmas de virtud, lo que domina son los vicios y pecados de los hombres que actúan en el plano histórico de lo cual derivan errores, desaciertos, inadecuados modos de acción que tienen negativas consecuencias para el reino, pues ellos son la causa de la dilación de la guerra con los araucanos y también de un estado de permanente inestabilidad y conflicto que afecta a la realidad chilena donde las cosas están siempre "tan vedriosas" que cualquier hecho por nimio que parezca, representa riesgo grave de alteración, de pérdida y retroceso en los logros penosamente alcanzados.
Así, la soberbia y sobre todo, la codicia y ambición de Valdivia, oscurecen sus virtudes de prudencia, valentía, habilidad y destreza en "los cargos y cosas de guerra" y son determinantes no sólo de su muerte en manos de los araucanos, sino de las posteriores pérdidas de lo conquistado y colonizado que sufre el reino a lo cual contribuyen también las querellas y rivalidades de los que se disputan la sucesión en la gobernación. El caso de Valdivia, para el narrador, resulta ejemplar y lo propone como motivo de reflexión y advertencia para el cristiano que debe atenerse a los designios de Dios y no actuar impulsado por sus personales ambiciones que llevan a transgredir las normas éticas que deben regular las conductas. Así lo manifiesta el narrador luego de referir la muerte de Valdivia: "Este fué el fin que tuvo Pedro de Valdivia, hombre valeroso y bien afortunado hasta aquel punto. ¡Grandes secretos de Dios que debe considerar el cristiano! Un hombre como éste, tan obedecido, tan temido, tan señor y respetado, morir una muerte tan cruel a manos de bárbaros. Por donde cada cristiano ha de entender que aquel estado que Dios le da es el mejor; y si no le levanta más es para bien suyo; porque muchas veces vemos procurar los hombres ambiciosos cargos grandes por muchas maneras y rodeos, haciendo ancha la conciencia para alcanzarlos; y es Dios servido que después de haberlos alcanzado los vengan a perder con ignominia y gran castigo hecho en sus personas, como a Valdivia le acaeció cuando tomó el oro en el navío y se fué con él al Perú, que fué Dios servido y permitió, que por aquel camino que quiso ser señor, por aquel perdiese la vida y estado" (p. 39).
Las ambiciones de poder, las querellas entre Francisco de Aguirre y Francisco de Villagra por la gobernación que no logran resolver ni los letrados licenciados Altamirano y Peñas y que hacen que anden "todos revueltos y desasosegados con aquella manera de discordia" (p. 53), unidas a la desastrosa conducción de la guerra que Villagra lleva a cabo como capitán general, son determinantes del estado de alteración y penuria que padece el reino luego de la muerte de Valdivia y que se traduce en alzamiento general de los araucanos, derrotas militares, pérdida y despoblamiento de fuertes y ciudades.
trabajado mucho, natural de la isla de Lipar, frontero de Nápoles, estando el pobre cansado, se escondió para tomar algún reposo y comer; Don García lo mandó con mucha diligencia buscar; y luego que pareció lo mandó ahorcar. Sin admitirle descargo alguno, mandaba se pusiese en efecto, y porque no había árbol en la parte en donde estaba para ahorcarlo, era tanta la cólera que tenía, que sacando su espada misma de la cinta la arrojó al alguacil para que con ella le cortase la cabeza. A este tiempo llegaron unos religiosos frailes que en su campo llevaba; estos le amansaron, y el pobre hombre volvió a remar" (p. 71).
A pesar de que el narrador justifica en atención a la juventud, el comportamiento de Don García, destaca sus vicios, especialmente la soberbia, de la cual y de sus consecuencias, el joven gobernador será caso ejemplar no imitable así como Valdivia lo fue de la codicia y ambición. En varios momentos del discurso, el enunciante se refiere a la altivez del gobernador, y así dice: "porque en aquel tiempo Don García estaba tan altivo como no tenía mayor ni igual. Libremente disponía en todas las cosas como le parecía, porque en el tratamiento de su persona, casa, criados y guardias de alabarderos estaba igual al marqués su padre; y como era mancebo de veinte años, con la calor de la sangre levantaba los pensamientos a cosas grandes" (p. 70); "Don García después de haberlos oído y enojado con las disculpas que daban (Reinoso y Juan Ramón) les dijo que no habia ninguno de ellos que tuviese plática de guerra a las veras, sino al poco más o menos, y que vía y sabía que no entendían la guerra, por lo que ellos había visto, más que su pantuflo. Entre los presentes tenido fué por blasfemia grande para un mancebo reptar capitanes viejos y que tantas veces habían peleado con indios, venciendo y siendo vencidos por hombres tan torpes de entendimiento. Fué causa lo que aquel día dijo para que desde allí adelante en los ánimos de los hombres antiguos fuese malquisto" (p. 73).
Pero el más ilustrativo de los segmentos del discurso, en el que, además de representar a Hurtado de Mendoza en su soberbia, el narrador lo propone como caso digno de no ser imitado y así evitar las negativas consecuencias que derivan del actuar soberbio, es el siguiente: