DESVESTIR MIS OTRAS
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“DESVESTR MIS OTRAS”
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UNIVERSIDAD DISTRITAL FRANCISCO JOSÉ DE CALDAS
FACULTAD DE ARTES-ASAB MAESTRÍA EN ESTUDIOS ARTÍSTICOS
“DESVESTR MIS OTRAS”
TRABAJO DE INVESTIGACION PARA OPTAR POR EL TITULO DE: MAESTRA EN
ESTUDIOS ARTÍSTICOS
Por: RUTH ELVIRA GUTIERREZ CASTAÑEDA
Directora: SONIA CASTILLO BALLÉN
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RESUMEN:
Este es un estudio sobre las prácticas del vestir y como estas son motivadas y condicionadas
por diversos factores culturales y sociales. Es un estudio realizado desde mi propia práctica de
vestirme a diario para indagar cómo se da mi experiencia con la ropa, y mi interacción con los
otros a través de mis diversos atuendos en espacios
cotidianos
y hago uso del performance
como medio de indagación.
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CONTENIDO
INTRODUCCIÓN ...9
CAPITULO I: SOBRE EL VESTIDO Y EL CUERPO ... 15
Vestir mi cuerpo ... 18
Vestido performativo - Vestir el género ... 19
Yo soy mi Cuerpo ... 21
Vestirse en Colombia ... 25
Sentir para Aprender. ... 27
Interacciones Sociales, toda una puesta en escena ... 30
CAPITULO II: EL CAMINO DEL PERFORMANCE ... 33
Para indagar sobre las Prácticas del Vestir ... 35
Diseño Metodológico Fases de la Investigación ... 38
Fotos Mías ... 40
Vestir a Diario ... 43
Vestido Performativo: El Hábito SÍ hace al Monje... 53
CAPITULO III: DESVESTIR MIS OTRAS ... 73
Transfiguración prenda a prenda ... 76
Conversando conmigo misma. Metodología de la Transfiguración ... 82
RESULTADOS CREATIVOS ... 85
CONCLUSIONES ... 145
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INTRODUCCIÓN
Esta es una reflexión sobre los condicionamientos que se implican en la acción de vestirse a diario y sobre cómo la imagen materializada en este proceso, expresa estéticamente, es decir desde lo sensible, la construcción identitaria en la imagen de mi persona y determinan mis interacciones sociales.
Se dice que el hábito no hace al monje, pero ciertamente el ámbito sí. Este es un cuestionamiento que me acompaña a diario tanto en el momento de vestirme como en mi labor de vestuarista en los procesos de diseño de vestuario para la construcción de personajes escénicos como un elemento fundamental para materializar diferentes realidades personales en lo escénico. No hay que olvidar que la realidad está cosificada, o sino mírese en su casa: ¿Qué es usted? Usted es su espacio, su tiempo, su peso, su olor, su cena, su cama, sus deudas, su ropa, sus libros, su espejo, su imagen, su entorno, su ya. A usted lo identifica su cédula de ciudadanía y su lugar y fecha de nacimiento; ahora usted también es la historia que tuvo con su familia, toda esta historia está llena de recuerdos, muchos de los recuerdos que una persona conserva son materiales, otros son imágenes y aún éstas contienen objetos y las personas que aparecen, casi siempre están vestidas.
Este estudio se plantea y se realiza desde mi propia condición de estésis, entendida en Mandoki, como la sensibilidad o condición de apertura o permeabilidad del sujeto al contexto en que está inmerso (Katya Mandoki, 2004); En mi atuendo que constituye la imagen de mi persona dispuesta como recurso comunicativo en diversos entornos y acciones sociales, y en mi práctica del vestir, se ha evidenciado mi apariencia personal como elemento fundamental en la construcción de “mi misma”. Esta indagación, desde la dimensión performatica-performativa del vestido, propicia una reflexión sobre la acción de vestirme cotidianamente como un acto de auto reconocimiento y reafirmación de mi identidad, y para definirme dentro de los espacios en los que me muevo y en mis interacciones sociales, esta es una reflexión del vestirse como una práctica estética del vivir cotidiano.
Mi experiencia en el diseño y creación de vestuario para personajes escénicos, en la que el atuendo, no solo construye la imagen del personaje, sino que constituye la motivación para acentuar las posturas y gestos que lo caracterizan fundamentalmente, me ha llevado a reconocer la acción de coser y transformar mis propias prendas, como un acto de construcción de mi propia singularidad desde mi apariencia personal, y a observar cuáles han sido las consideraciones o los principios para seleccionar las prendas de los atuendos que he usado y que uso, y cómo mi apariencia personal resulta representativa de mi persona y afecta mis interacciones sociales, en cuanto a que según Erving Goffman, la presencia inmediata de unos individuos con otros, se influencian recíprocamente en situaciones interactivas, propongo además la intimidad de la acción de vestirse como la tras escena que dispone al sujeto – actor para presentarse en la escena pública (Goffman, 1959).
Aquí propongo el vestido como instrumento de búsqueda de diversos modos de habitar juntos la ciudad y como elemento significante de la fuerza creadora resumida en la apariencia personal, o como opción de resistencia a los mecanismos para el ejercicio del poder impuestos desde la generación de modelos y cánones a consumir: para ser más bella, más joven o más deseada, para venderme mejor en la “carrera hacia el éxito”. Propongo pensar la acción del vestir con el ánimo de promover una reflexión sobre las libertades individuales sobre el cuerpo y sobre los condicionamientos sociales que implican las decisiones al vestir.
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del vestir se consolida en mi oficio de vestir personajes artísticos escénicos, en mi practica de vestirme a diario y en las diversas versiones de mí misma en las intervenciones realizadas para esta indagación.
El objetivo general, entonces, será argumentar mediante un proceso creativo, las prácticas del vestir como una de las dinámicas de interacción social que por medio de la apariencia personal direccionan los procesos constitutivos de la persona. Esta es una reflexión sobre los condicionamientos e implicaciones que conllevan las prácticas del vestir.
Me propongo: 1. A partir de la consulta de autores y teorías, así como de mi experiencia en diseño de vestuario, configurar las categorías teóricas y creativas sobre las cuales se estructura esta investigación – creación. 2. Definir las acciones performativas desde el vestir y sus espacios de interacción social en Bogotá, como campo para el análisis y la interrelación de los condicionamientos e implicaciones que tienen mis prácticas del vestir en estos ámbitos, a partir de las categorías que estructuran este estudio sobre las prácticas del vestir. 3. Configurar los elementos argumentativos y creativos que fundamenten teórica y metodológicamente las prácticas del vestir como elemento significante del potencial creativo contenido en la apariencia personal. Y 4. Socializar los resultados creativos y teóricos alcanzados, en ámbitos artísticos y académicos para exponerlos a la consideración de pares para el enriquecimiento de estudios sobre las practicas del vestir.
El vestido, un objeto que trasciende
Aunque en mi casa todo era ropa, accesorios y moda, el vestirse como tal, no me resultaba de vital importancia. Recuerdo en el colegio cuando mis compañeras invitaban a fiestas o eventos que exigían un atuendo especial, yo no tenía problema en asistir tal y como iba vestida cotidianamente, sin embargo, esto causaba cierta incomodidad y hasta rechazo por parte del grupo. Para mí era claro, la amistad estaba adentro, no en el vestido que me pusiera para ir a una fiesta, el hecho de ponerme una prenda u otra, no cambiaba el afecto que yo sentía por mis amigas.
Decido entonces, ejercer mi diferencia y mostrarme diferente, mi entorno me dio la respuesta y encuentro en el vestido un medio para confrontar la actitud de los grupos en los que me movía. Entre los 13 y los 18, decido reinventarme cada vez, caracterizarme para cada escena asegurándome de no pasar desapercibida, no recuerdo haber sido especialmente rebelde, pero me interesaba traer la novedad para la interacción con mis amigos y con los no tan amigos. Muchas veces sin duda, logré despertar su curiosidad y hasta su admiración, de eso se trataba. Sin embargo, también hubo miradas críticas y desconcierto, no siempre tuve la misma suerte con algunos de sus padres, les costaba un poco lidiar con mi actitud, un poco desafiante, ahora que lo pienso, aunque en su momento no lo sentí así, ya que en lugar de confrontar o incomodar a alguien, mi intención siempre fue la de agradar, acercarme a las personas, conocerlas, relacionarme con ellos. Debo admitir que no fue así todas las veces, y reconozco que algunas de sus respuestas a, solo mi presencia, hicieron que cuestionara mis valores como persona.
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Desarrollé particular interés por la historia del traje, esto sumado a mi afición por la práctica de danzas y escénicas, reveló mi pasión por el vestuario escénico descubriendo también que para entonces, no había ninguna formación profesional en esta área en el país. Comencé a estudiar el tema por mi cuenta, a indagar todo sobre construcción del personaje, sobre la significación y la dramaturgia de los objetos en la escena y así, rápidamente me vi excluida del mundo de la moda comercial para concentrarme en el diseño de vestuario para artes escénicas: Lo primero, postular el vestuario como un elemento de apoyo fundamental en la construcción del personaje, el vestuario visibiliza al personaje representado en la escena.
Este ejercicio constante de disponer el vestuario como un elemento de apoyo para la consolidación de personajes escénicos, afinó mi método para indagar en la historia, en las costumbres, el arte, y la cultura y así dar piso a las imágenes corporales propuestas para los personajes que vestía. He desarrollado una mirada minuciosa de cuanto me rodea porque todo me resulta un insumo que puede sustentar la veracidad del mundo escénico y sus posibles personajes a materializar. Ahora es automático, es inevitable el análisis inconsciente del vestir de las personas, de los colores y las telas, de cómo llevan las prendas y accesorios, de cómo estas han afectado su silueta y condicionan su andar. Pero sobre todo de lo que estos atuendos me dicen de esta persona, el vestido es el primer gesto que representa el origen y que nombra a las personas.
En mi experiencia, el vestirme como acto de construcción de identidad preservando la singularidad en la “exclusividad” de unas prendas con sello original, representa un potencial medio para fomentar la personalización
de los accesorios y las prendas; para preservar mi oficio de costurera que también me ha construido como persona, y como resistencia al consumo masivo de moda: Resistencia / re existencia. Resistirse al folclorismo y a la cultura del consumo.
El interés por indagar sobre la significación del vestir trasciende de mi experiencia en el diseño de vestuario para artes escénicas con la que se configura parte del método de indagación de esta investigación.
A mediados de 2009, en el marco del trabajo de grado para mi profesionalización en Diseño de Modas, en el semillero de investigación de Proyección Social del Área Andina, realizamos un estudio sobre el diseño y desarrollo estético del transformismo y el travestismo masculino para su visibilidad social. Se observaron los procesos creativos que mediante el vestido definen una estética particular que determina e identifica como sujetos, a este grupo. En los casos estudiados vimos como el atuendo y el maquillaje expresaba y representaba de manera específica definiendo el género de la persona implicada.
Con este trabajo confirmé nuevamente que el vestido es tanto una expresión profunda de la identidad personal, como un elemento comunicativo y muchas veces transgresor, usado por el sujeto para rebatir actitudes sociales perpetuadas desde la ignorancia de la naturaleza humana. Esta realidad agremia a los diversos excluidos en grupos que los congregan, no por nada que esté escrito (códigos de comportamiento o ideología), sino porque comparten la misma situación de exclusión y rechazo, es decir, su propia realidad, su verdad, con principios inscritos desde las emociones, desde la percepción común de una experiencia.
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que, a través de sus vestidos, se re significan socialmente, aunque cuestionando los cánones de lo “correcto” en su vestir, actitud por demás provocadora, se expongan al rechazo y la agresión.
El tema del vestido, se ha abordado desde la historia del traje y la moda, en estudios como el de Albert Racinet, (1888) que ilustra minuciosamente los detalles, colores y formas de las prendas sobre rígidos personajes ilustrados, que representan icónicamente los diferentes momentos del traje en la historia clásica de occidente con algunas referencias de “pueblos lejanos” orientales y americanos. Un siglo después James Lavern, (1987) plantea una mirada del traje desde lo estético, en paralelo con la historia del arte, apoyándose en grabados, pinturas y esculturas de todos los periodos del arte para identificar los cambios en las siluetas y materiales. Otros como Maguelone Tousant Samat en su Historia técnica y moral del Vestido, (1990) abordan el tema localizado culturalmente en episodios que describen los modos desarrollados por diferentes grupos sociales para usar los materiales y las prendas en función de su significado, así como lo trata Roland Barthes (1967), en El Sistema de la Moda, define la moda en el vestir como un sistema de significaciones desde un análisis semántico.
“El atuendo es el primer elemento de comunicación con nuestro entorno y parte fundamental de nuestra identidad; a través del atuendo nos reconocemos, definimos y reafirmamos como personas. El traje como señal que distingue al hombre, como signo de civilización, es también revelador de la personalidad de quien lo lleva”. Deslandres (1987). Los estudios sobre la indumentaria desde perspectivas antropológicas ubican el traje como una evidencia cultural de los grupos humanos que se aglutinan por gustos afines, como lo señala Michele Maffesoli (2000), en su libro sobre Tribus Urbanas. Desde la sociología, textos como El imperio de lo efímero del sociólogo Gilles Lipovetski, (1996), observa que a la moda como concepto le queda corto al fenómeno que suscita. Aquí he contextualizado mis prácticas del vestir en Bogotá, a partir de la definición de la identidad latinoamericana caracterizada por Jorge Larrain, intento decantar una de las identidades de mujer bogotana representada en mi persona.
Observar el vestir implica observar el cuerpo, tanto desde la perspectiva filosófica como lo retoma Foucault, en las prácticas de sí, como desde lo performatico, desde sus acciones y prácticas generadoras de conocimiento como lo menciona Amilkar Borges de Barros.
En este estudio trataré el tema del vestirse desde la relación entre cuerpo y moda que establece Joanne Entwistle, (2002), la performatividad del vestido en la construcción de sujeto desde Judith Butler, (1993) y la relevancia del vestido evidenciada por Erving Goffman en su libro Presentación del sujeto en sociedad, (1959). El registro de la percepción de las prendas desde la estética subjetiva de Katia Mandoki, (2006), y el concepto de cuerpo colectivo planteado por Arturo Rico Bovio, (1998).
La definición de conceptos desde los diversos campos para el estudio de mis prácticas del vestirme como persona y de vestir personajes, arroja entonces tres categorías: la práctica del vestir como práctica estética y cultural, la
persona y los procesos identitarios, y la performatividad de la apariencia personal desde el vestido y sus interacciones sociales.
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Por su componente reflexivo con el sustento teórico que fundamenta el carácter experiencial y creativo, el estudio sobre las prácticas de mi vestir cotidiano, es una Investigación Basada en las Artes (IBA), que demanda una reflexión profunda desde los estudios culturales, los estudios de la sensibilidad, de la corporeidad y las artes relacionales. En este estudio se observará y se experimentará el vestido como la materialidad de la identidad de la persona,para la visibilización de las fuerzas invisibles que constituyen procesos identitarios en el cuerpo social.
Desde mi manera personal de asumir el vestido he podido observar las consecuencias de crecer oponiéndome a códigos y comportamientos impuestos y cómo todo va quedando escrito en mi cuerpo por todas las prendas que he usado y dejado de usar y que además me han permitido entrar o salir de diversos círculos.
Así mismo desde mi experiencia en construcción de personajes escénicos quiero, a través del “vestido performativo”, compartir la experiencia de quienes ejercen su diferencia pensándose desde su apariencia, transformar mi imagen corporal como instrumento para indagar en los alcances de la apariencia de mi cuerpo, desde la estésis con las prendas que me aproximan o distancian de los otros y con el entorno.
He confirmado la acción de vestirme como una acción performativa que me ha permitido interactuar en diversas escenas de mi vida cotidiana, pero que también ha sido objeto de conflicto en otros contextos. Ahora la retomo con una consciencia creativa para reinventar mi imagen corporal en otro intento por reafirmarme como persona en diversas versiones de mí misma.
¿Ser o parecer? Vestirme como una acción performativa que ha tenido implicaciones políticas definitivas en mis interacciones sociales, representa hoy una herramienta para nuevas exploraciones. Se trata de explicar lo que se define de mí como persona, con la imagen que elaboro de mí misma, mediante el vestido, el maquillaje y los accesorios para pertenecer, confrontar o transgredir mi entorno bogotano.
Este estudio ha focalizado su mirada en el ejercicio de vestirse en mi ciudad, práctica en donde convergen los conceptos de persona - cuerpo-vestido-performativo, intercambios estéticos e interacciones sociales, conceptos que enmarcan y explican la pertinencia de esta exploración por las indumentarias representativas de diversos discursos estéticos femeninos que a partir de atuendos, trazarán mi ruta de indagación desde mi experiencia sensible y mis interacciones sociales, aunque condicionados por los imaginarios colectivos del entorno sobre las representaciones de la apariencia personal.
Para esta indagación, se ha observado la acción de vestirse en Bogotá en paralelo con el vestir del personaje escénico, a partir del planteamiento de Goffman (1959) en su“Presentación de la Persona en Sociedad”, en donde equipara la escena teatral como el espacio público en este caso Bogotá, y la tras-escena como espacio privado y personal, en donde se prepara el sujeto para salir a lo público. La réplica de esta metáfora ilustra mi ruta de indagación en el paralelo persona – personaje, es decir, yo y mis “otras”. Luego me apoyo en el modelo de Mandoki, para determinar las tensiones relacionales que se generan desde la apariencia personal descritas en los relatos y registros de mis experiencias.
Se han procesado los hallazgos con base en tres referentes: mi experiencia del vestir cotidiano, mi experiencia del vestido performaivo, y mi percepción de la afectación en los otros.
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comprender en profundidad muchos de los factores implicados en las maneras de enfrentar el entorno diariamente. Mi experiencia del “vestido performaivo”, y mi percepción de la afectación en los otros, se ha registrado tanto en los relatos de pretextos y motivaciones para envestirme “otra”, como en fotografías y descripciones detalladas de las experiencias mismas que además constituyen la fase creativa de este estudio. Este trabajo está adscrito a la línea de estudios críticos de las corporalidades, las sensibilidades y las performatividades y consta de tres capítulos.
En el primero se relacionan los antecedentes tanto experienciales como académicos que despertaron mi interés en el vestuario, lo escénico, el cuerpo y las practicas del vestir, sustentado enseguida por los referentes teóricos correspondientes a los diversos campos y disciplinas que se ven involucrados en mi investigación.
El segundo capítulo describe la pertinencia del performance como ruta metodológica y relaciona los registros y las valoraciones obtenidos de las tres fases de indagación diseñadas en la metodología: “Fotos mías”, “Vestir a diario” y Vestido Performativo”.
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SOBRE EL VESTIDO Y EL CUERPO
Se dice que el vestir nace de la necesidad de protegerse fundamentalmente de factores climáticos y facilitar los movimientos del cuerpo en las actividades cotidianas, para satisfacer las necesidades básicas humanas.
Hacer referencia a las prácticas del vestir es hablar de los tamaños, las siluetas, el peso y las posturas de las personas. Es claro que las prácticas de vestir se ejercen sobre el cuerpo, y esto genera gran relevancia del vestido en el proceso de legitimación de las identidades, y de cómo la indumentaria ha acompañado este proceso “materializando” y haciendo legibles socialmente los cuerpos. El mejor acceso a la información y a los medios de comunicación, y las aperturas de mercado internacional durante el proceso de globalización, con su tendencia homogeneizadora, en las últimas dos décadas, son los factores que, sin duda, han afectado con más relevancia tanto el oficio de pensar y hacer la ropa, como los criterios de selección de las prendas que llevamos actualmente.
El “yo vestido” es una redundancia, ninguna persona se define sin ropa, accesorio o maquillaje que dé cuenta de su origen, de quién es. El cuerpo humano es un cuerpo vestido que se relaciona en colectivos humanos de cuerpos vestidos. Vestir es un hecho básico de la vida social común en todas las culturas humanas.
Aceptar vestirse es entrar en la sociedad civilizada. Se ha especulado en la manera como las antiguas civilizaciones decidieron vestirse, si bien la necesidad de protegerse contra los peligros de la naturaleza es inminente, se evidencia aún más fuerte, el deseo de diferenciarse entre ellos, de los animales o de las otras tribus. De este deseo se forjan las ideas y las técnicas que facilitan el surgimiento de atuendos significantes del género y las jerarquías, por lo que lo bello y lo estético son también factores evidentes en la evolución de las prendas, los adornos y la cosmética desde la antigüedad.
Durante la edad media, las referencias en el vestir cotidiano estaban pautadas por el pudor como control moral del ejercicio religioso. Sin embargo, hasta el siglo XIV la ropa solo era expresión de la clase social o de la posición de su portador. No era aún elección de un gusto propio o decisión personal. La moda como tal, solo aparece en el periodo siguiente y con ella un traje con marcadas diferencias según los sexos. Al principio se manifiesta como un fenómeno específicamente occidental, aunque existían las mismas diferencias económicas y de clase en el atuendo, en los países orientales no se observó el mismo fenómeno hasta la aparición de los viajeros europeos.
El traje personalizado tiene lugar durante el Renacimiento, periodo en el que se promovió una forma de pensamiento que exaltaba los valores individuales de la persona. Se define una nueva concepción del traje que adquiere rasgos simbólicos de expresión de la personalidad y exaltación del gusto personal. La burguesía proveía los medios comerciales ideales para cumplir las expectativas de las cortes, y se suscita un enorme interés por conocer las costumbres y usos de otras regiones. Desde entonces se instala en las cortes europeas una preocupación por mostrarse novedoso, exótico.
De esta preocupación nace la moda. Sin embargo, no se limita a los cambios en las formas y los materiales de los vestidos si no que comprende un espectro más amplio que va desde la conceptualización de un estilo en un contexto determinado por su cultura, hasta las motivaciones económicas, y significaciones políticas y artísticas. Lo cierto es que persiste una inclinación del mercado por absorber lo novedoso y difundirlo masivamente lo antes posible.
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Las variaciones en las prendas se han acentuado junto con los roles de género que exige el lugar y el momento histórico, en las prácticas de la vida social. Una vez las mujeres comienzan a asumir labores que se suponían de hombres, que exigen otros desplazamientos, comienzan a simplificarse las formas de las prendas de las mujeres, acercándose más a las siluetas masculinas. Sin embargo, se conservan algunos rasgos como la exaltación de las curvas y otras maneras de mostrar partes del cuerpo femenino con connotaciones evidentemente eróticas. Por el otro lado, el ideal masculino resalta la espalda ancha y las posturas burdas como signo de virilidad.
Vestirse es cubrir, adornar, caracterizar nuestro cuerpo. Sin embargo, no es simplemente vestir el cuerpo sino vestirme yo. Cuando me visto me visto yo, como persona, cuando elaboro trajes y prendas, coso para personas. Desde mi oficio de sastre, yo visto personas en sus dimensiones sensibles particulares, no solo en las proporciones materiales de los cuerpos. Estar vestido es una condición de ser humano. La imagen que me representa es la de un cuerpo vestido. Me reconozco en diversos espacios siempre vestida. Vestida es la manera como me presento públicamente, para abordar distintos espacios sociales, a los que quiero o debo acceder, en el intento de resolver el diario vivir en Bogotá.
Vestirse es una acción política en la que se ejercen relaciones de poder entre clases sociales, desde lo económico y con la cultura material, desde lo histórico y lo tradicional, desde lo local y lo global. Vestirse diariamente está relacionado con aspectos psicológicos, afectivos, anímicos y con los roles de género. La acción de vestir involucra la consciencia del sujeto de su imagen corporal, evidencia aspectos de su subjetividad, define su identidad y por lo tanto condiciona sus relaciones estéticas, ya que constituye una base importante del conjunto de los símbolos representativos de uno u otro contexto. Vestirse es una práctica estética y cultural que puede evidenciar muchas de las tensiones emergentes de las crisis de las sociedades y también se ha usado como práctica de resistencia a los mecanismos hegemónicos establecidos. El vestido define el rol de los personajes en la escena y reafirma el rol de las personas en sus interacciones sociales.
Vestir mi cuerpo
El vestir no es solo “moda”. “La moda indica en su significado más amplio una elección o, mejor dicho, un mecanismo regulador de elecciones, realizadas en función de criterios subjetivos asociados al gusto colectivo. La moda son aquellas tendencias repetitivas, ya sea de ropa, accesorios, estilos de vida y maneras de comportarse, que marcan o modifican la conducta de las personas. La moda en términos de ropa, se define como aquellas tendencias y géneros en masa que la gente adopta o deja de usar. La moda se refiere a las costumbres que marcan alguna época o lugar específicos, en especial aquellas relacionadas con el vestir o adornar”. (Entwistle, 2002)
Parafraseando a Joanne Entwistle, culturalmente, vestirse abarca todas las situaciones, incluso aquellas en la que se puede estar desnudo: la playa, el baño turco, el quirófano. Los cuerpos que evaden los códigos y convenciones determinados por la cultura, son considerados subversivos y se exponen a la exclusión y al rechazo. La experiencia de la desnudez es menos común que la de vestirse y estar vestido, y aun el desnudo está condicionado por las modas dominantes del momento: maquillado, adornado, moldeado, intervenido, tatuado; así, nunca estamos desnudos. La ropa y accesorios son el medio de volver sociales nuestros cuerpos, y adquieren sentido de identidad, el atuendo es la forma en que los sujetos “viven sus cuerpos” y se acomodan a ellos. “La ropa es una experiencia íntima del cuerpo y una presentación pública del mismo” (Entwistle, 2002)
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(..) De hecho, con frecuencia se habla de la ropa en términos morales, con palabras como “impecable”, “muy bien”, “correcta” (Entwistle, 2002)
El hecho de que el sujeto debe presentarse apropiadamente vestido, señala un aspecto social de la acción del vestirse, vinculando la sociología con las actividades del cuerpo lo que enfoca la mirada en estudios del vestido llevados por un cuerpo, y por ende los estudios sobre cuerpo, han de ser sobre cuerpos vestidos.
Es también necesario observar el atuendo no solo desde el aspecto semiológico, como un sistema de símbolos, sino desde la experiencia del cuerpo entre esas prendas, desde las huellas, marcas y pliegues impresos por los movimientos y las posturas de quien las porta y desde las memorias y secretos que he registrado en mi experiencia con dichas prendas. Las prendas solas también dicen cosas. "Más impúdico que un hombre sin pantalones, son unos pantalones sin hombre", decía Luis Tejada, escritor costumbrista bogotano de principios del siglo XX. …. La ropa tendida en desorden sobre la silla al lado de la cama, camiseta por el revés, una media aquí la otra allá, los pantalones en el piso con unas medias insertadas, como rastro de sus pies saliendo de él, dejando un par de cilindros de tela remangados sobre el piso … como la cáscara de un mango, … La prenda cotidiana es mucho más que una “cascara” o una “envoltura” es un aspecto íntimo de la experiencia y la presentación de la identidad; prenda- cuerpo- identidad, no se perciben por separado.
El traje encarna una actividad y está integrado en las interacciones sociales. Es necesario considerar la prenda cotidiana como una práctica personificada que implica acciones individuales del cuerpo, con el cuerpo.
“Ataviarse en la vida cotidiana está relacionado con la experiencia de vivir y actuar sobre el cuerpo”. (Entwistle, 2002). En su libro el Cuerpo y la Moda, esta autora explica cómo la comprensión de la moda y el vestir requiere entender los significados que ha adquirido el cuerpo en nuestra cultura, puesto que es al cuerpo a quien va dirigida la moda y el que se viste para casi todos los acontecimientos sociales. Ella confirma que la identidad reside en la corporalidad y que esta se expresa al mundo a través del vestido, que a su vez se torna un elemento fundamental en la significación del individuo y en su relación con el entorno y su colectividad. Joanne señala que la moda es un determinante importante en el vestir diario, pero que ésta solo es reconocida y válida cuando las personas la integran en su vestuario.
Entwistle, propone la idea del vestir como “una práctica corporal contextuada como marco para comprender la compleja relación dinámica entre el cuerpo, la ropa y la cultura” (…) En este marco se reconoce que los cuerpos están constituidos social y culturalmente y que la vestimenta es el resultado social de una práctica individual, presionada desde unas normas y expectativas para la “presentación del yo en la vida cotidiana” de Goffman, para ser definidos como individuos “normales”. Por lo tanto, “vestirse es una experiencia tanto íntima como social”. (Entswistle, 2002).
“La ropa es la forma en que las personas aprenden a vivir en sus cuerpos y se sienten cómodos con ellos. Al llevar las prendas adecuadas y tener el mejor aspecto posible, nos sentimos bien con nuestros cuerpos y lo mismo sucede a la inversa: aparecer en una situación sin la ropa adecuada nos hace sentir incómodos, fuera de lugar y vulnerables”. (Entwistle, 2002).
Vestido performativo - Vestir el género
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el “Hacer Cosas con palabras” de John Austin (1982), como práctica crítica social o medio para confrontar, define lo que por el hecho de ser nombrado constituye una acción.
Una imagen performativa es capaz de producir aquello que enuncia, una fotografía es un acto performativo. Es la capacidad que tienen las palabras e imágenes para producir realidad. La caracterización desde el vestir, produce performativamente a un sujeto que no existía, la interacción de este sujeto con su grupo objetivo elimina la distancia entre la representación y lo representado abonando un espacio para la acción Poética o acción artística que transforma las acciones cotidianas en actos conscientes, en juegos lúdicos; es un filtro que resalta la realidad transgrediendo desde lo cotidiano al explorar la vida desde lo sensible y desde las interacciones humanas. Aunque lo confronta, la performatividad no busca público y resulta ideal para registrar la experiencia localizada y directa desde mi exploración dentro de un atuendo en particular.
Judith Butler, en "Los cuerpos que importan" (1993) refiere la "performatividad de los géneros" al rechazo de quienes su apariencia no coincide con el género con el que socialmente han sido nombrados. Aquí me obliga a abordar el tema del vestido como evidencia de la construcción de género y sexo, fundamentales en la construcción de sujeto.
Dice Butler que no se pueden fijar los cuerpos como simples objetos del pensamiento. Lo que nos remite directamente al vestido como objeto materializador del cuerpo. A nivel filosófico se ha ignorado la materialidad del cuerpo, aún hoy descrito semánticamente también es ignorado, las palabras han sido insuficientes.
¿Qué hay con la materialidad de los cuerpos? Solo el hecho de pronunciar nuestro nombre en diminutivo, nos remite a una condición corporal con todo lo que esto implica: tamaño, peso, volumen, masa. El cuerpo nos hace presentes en todas las características con las que en él nos definimos: género, edad, raza, silueta, postura, modos de interacción con el entorno; en el cuerpo, los atuendos, y en todas sus extensiones, intervenciones y adornos, nos definimos como personas. "hay una vida corporal que no puede estar ausente de la teorización" (…). "Y si yo persistía en esta idea de que los cuerpos, de algún modo, son algo construido, ¿tal vez realmente pensaba que las palabras por sí solas tenían el poder de modelar los cuerpos en virtud de su propia sustancia lingüística?". (Butler, 1993).
¿Es el cuerpo una construcción hecha de discursos que se aplican sobre él durante todas nuestras vidas, configurándose en una representación performátiva de lo que el entorno espera ver de nosotros mismos?
Podemos afirmarlo desde una perspectiva del género impuesto, regulado por las relaciones de poder, que normatizan y restringen a los diversos seres corporales desde unos presupuestos biológicos del cuerpo, decidiendo la existencia del sujeto. Sin embargo, la práctica confirma que, por el contario el sujeto es quién determina su género, no es un artificio que se pueda adoptar o rechazar a voluntad de nadie y esto inevitablemente se materializa en una imagen corporal.
Las necesidades corporales determinan las experiencias primarias, aunque no haya un discurso para afirmarlas, aunque no hayan sido pensadas como parte de una construcción. "Concebir el cuerpo como algo construido exige re concebir la significación de la construcción misma, y si ciertas construcciones parecen constitutivas, es decir, si tienen ese carácter de ser aquello "sin lo cual" no podríamos siquiera pensar, podemos sugerir que los cuerpos solo surgen, solo perduran, solo viven dentro de las limitaciones productivas de ciertos esquemas reguladores en alto grado generalizados." (Butler, 1993)
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las diferencias sexuales y políticas de los cuerpos. No hay tal estabilidad para definir la sexualidad en términos del género, como una construcción discursiva, o pre discursiva, por lo que resulta difícil explicar la manera cómo se materializa este concepto. No alcanza el "discurso" de la "inteligibilidad cultural" para entender la materialidad del cuerpo y sexo, escasamente describe la de lo femenino y lo masculino, los otros cuerpos no importan.
Se aplica la "generización" de los cuerpos en "un proceso mediante el cual las normas reguladoras materializan el sexo y logran tal materialización del individuo en virtud de la reiteración forzada de esas normas" (Butler, 1993). Volviendo a la performatividad del lenguaje planteada por Austin (1982), que significa producir una acción con solo mencionarla, performativamente resulta difícil definir los límites del cuerpo, la realidad no está afuera, hay que buscarla dentro de nosotros.
El vestido deviene en el campo de exploración de mi cuerpo con el mundo, el elemento comunicador de códigos comunes o ajenos a otros cuerpos individuales o institucionales. Un lenguaje de gestos traducidos en prendas, accesorios y afeites, en discursos de colores, texturas, olores, sensaciones y, sobre todo, movimiento, porque éste que habito, es un cuerpo que vive en el vestido.
Yo soy mi Cuerpo
Arturo Rico Bovio (1998) define el cuerpo como un todo: lo tangible y lo intangible, lo visible y lo invisible. El ser humano interpreta la realidad a partir de su cuerpo individual y su cuerpo social, ya que interpretamos el mundo desde perspectivas aprendidas y reflejadas en los otros. Nuestra referencia es la imagen del otro. Se define el cuerpo como un todo, desde muchas miradas, pero no solo desde lo visual sino desde todo lo sensible, muchas verdades. El cuerpo no es algo manipulable que como el vestido nos podemos quitar y poner. Desde la dualidad mente-cuerpo hemos definido al cuerpo como solo aquello que podemos ver, tocar intervenir, con la certeza de que el cuerpo muere y se acaba la vida. (Rico Bovio, 1998)
El contexto define los cuerpos, el encuentro con los otros semejantes o distintos influye en la formación de una consciencia de los cuerpos. La manera de interpretar y satisfacer las necesidades del cuerpo constituye la cultura, por lo que la cultura es una creación colectiva, es todo lo que se produce para satisfacer las necesidades que se “cree” tener, diferentes interpretaciones de las necesidades. El hombre hoy, se rige más por interpretaciones que por sus necesidades. Nos preocupa cómo nos ven, ser aceptados, “vendernos” en el terreno social, el éxito es la meta. Un cuerpo joven, saludable impulsado al consumo de cosméticos, cirugías y moda para llenar las expectativas; un nuevo culto al cuerpo perfecto y a la apariencia para exhibir en lo público: si no trasciende mi aspecto, no tendré acceso a la intimidad del otro.
El cuerpo que somos se cubre con diversas pieles sociales y culturales. En la indumentaria, como una extensión de la piel, se evidencian jerarquías, condiciones de clase y género que construyen la piel colectiva. Somos el conjunto de necesidades y capacidades biológicas, sociales y personales. El arte es la expresión de la dimensión personal del cuerpo, es la creatividad cultural que trasciende, es la existencia que trasciende en lo creativo, la dimensión no visible de la realidad.
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El cuerpo también es lo invisible. No solo somos “nuestro” cuerpo, los cuerpos que se encuentran en la construcción del entorno: cuerpos pasados, también son parte de nuestro cuerpo, somos seres colectivos que debemos asumir nuestra singularidad para construir ese colectivo, por eso estamos transformándonos constantemente, no hay cuerpos estáticos. No somos una imagen. Una fotografía es una manera de construir un esquema corporal incierto porque no ilustra lo corpóreo ni lo invisible. Lo invisible es más lo que somos, que lo visible de nuestros cuerpos.
Dice Rico Bovio que hoy, nos preocupa nuestra apariencia exterior y la manipulamos, la estereotipamos eliminando la singularidad, la identidad; entonces, ¿en dónde queda el yo? Se ha distorsionado la concepción de la belleza tratando de “aprisionarla” en cánones para poseerla produciendo, culturas alienantes. La belleza se aporta, la belleza es para darla y se genera, se hace en la autenticidad de culturas liberadoras. El único modelo para el arte es la autenticidad, la genuina expresión de la condición humana propia con sus propios límites. Si me conozco mejor, interpreto mejor al mundo y al cuerpo total que es el universo movido por una consciencia colectiva, inquietud de mí, volver a la naturaleza.
El cuerpo que somos no es solo nuestro, es una realidad compartida generada por diversas relaciones. Ya no más categorías analíticas para definir el cuerpo desde la anatomía, la biología, desde la dualidad cuerpo-mente, o desde solo lo visual. Mejor definirlo como una unidad sistémica, una relación de afectos con lo físico tangible y lo intangible, no más desde el concepto de materia y energía.
El cuerpo es la medida de todas las cosas, vivimos el mundo a través de la corporeidad, desde las propias valencias corporales fisiológicas. Somos más un cuerpo entendido desde el pensamiento artístico menos lineal, más integral; desde la experiencia del cuerpo que somos, desde diversas perspectivas.
El cuerpo vivido. Es la dimensión inmediata del cuerpo. Una consciencia reflexiva porque nos involucra: pienso, siento, respiro, existo. La auto contemplación, consciencia de mí mismo. Desplazamientos de la consciencia de las percepciones corporales antes de la explicación semántica. Es el estado para el arte muchas veces inexplicable con palabras, simplemente se experimenta. La consciencia corporal es un proceso que evoluciona desde el cuerpo vivido. Por ejemplo, pensar en alguien o ser pensado por alguien involucra la consciencia corporal con el otro, consciencia de la sorpresa ante la novedad de la expresión estética: apreciación de mis capacidades, potencia, disfruto o sufrimiento, miedos, alegrías, inquietudes, dudas. Lo corporal individual se circunscribe a lo grupal. Somos una “red corporal”.
El cuerpo pensado. El cuerpo pensado es el talón de Aquiles de nuestra integralidad individual. Pensar el cuerpo es tomar distancia, lo pensamos desde lo semántico y desde lo visual (un cuerpo vestido). El lenguaje es la sociedad. Entre yo y mi cuerpo está lo social. El lenguaje puede salvarnos o destruirnos. Existen las razones corporales que son las necesidades expresadas desde el lenguaje, y el sistema de lo corporal visible y lo invisible que es lo no pensado, lo no controlado, lo vivido. Las intervenciones de mi cuerpo, como el vestido, afectan la red corporal de la hago parte.
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El cuerpo es ritmo del cambio, ritmo del movimiento. Los cuerpos negados son como una infección evidenciada por la singularidad: edad, sexo, raza, clase, limitaciones físicas. América latina es un cuerpo negado por Europa y Estados Unidos. Desde lo visible: físico, ropa, accesorios, se establecen jerarquías, clases y aceptación. Imagen más actitud, siempre venden.
Resultan deformaciones del pensamiento colectivo que parten de un dialogo interno, de un pelear consigo mismo y actuar un rol para pertenecer, para ser aceptado. Por qué no la acción singular, actuar con nuestro propio argumento: usar lo mío, lo que ya tengo para los otros, para no autodestruirme, en vez de ocultar mi vacío personal haciendo mucho ruido para no escuchar mi silencio interior. No soy dueño de mi cuerpo, somos copartícipes de un cuerpo colectivo, en la red colectiva no son invisibles las interconexiones, no hay tiempos previos, todo se construye. Somos seres vibrantes, porosos, afectados en las interacciones con otros.
Pero si el sujeto es vestido en colectivo ¿Cómo vestir un cuerpo que no es mío?
Las masas no tienen posibilidad de pensarse desde la singularidad. Somos comunicación y conocimiento social, desde lo personal más damos, más somos. La naturaleza tiende a la singularidad. El ser humano ha sido homogenizado por occidente, aquel como el artista, que exhibe su diferencia, es un enfermo. Cada ser tiene un acceso único a la realidad: ES. Soy a través del cuerpo. He de aprender a escuchar el cuerpo que soy en relación con los otros.
Este es el llamado de Rico Bovio, a florecer en una totalidad del cuerpo como sistema con los otros cuerpos, en este orden de ideas, me inclino a sugerir la posibilidad de un atuendo único, individual para cada quien, hecho por uno para uno, con textiles e insumos materiales, pero también con pensamientos, deseos y sueños que queden consignados en cada corte, en cada puntada, en cada aplique y que estos momentos de construir y de llevar mi atuendo sean la reflexión permanente de los eventos, las relaciones y las experiencias vividas.
Pensar el vestido desde estas perspectivas nos permite definir la moda y el vestir como condiciones inherentes a la configuración de subjetividades, por lo que, en adelante hablare de personas o sujetos entendiendo el cuerpo como el “ser persona” no como un objeto.
Me visto, ¿me resisto?
Si sujeto se define como aquel que se distingue del objeto por ser racional, y como aquel que determina el objeto: ¿Hay algo distinto del cuerpo que es el sujeto? No hay nada más "sujeto" que el cuerpo. El cuerpo es un sujeto, no es una utopía.
Para Foucault el cuerpo es y existe en un sistema político, cuerpo superficie de inscripción, depósito de la verdad, lugar de vigilancia, los esquemas de control producen cuerpos propios de su contexto. Las técnicas de relaciones de poder producen cuerpos cotidianos, homogéneos, reconocibles para el sistema, NO anónimos. Otros contextos, producen otros cuerpos: grupos étnicos o comunidades al margen del sistema. Estoy donde está mi cuerpo, mi cuerpo es mi realidad, mi verdad.
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actuales y abre una discusión sobre las diversas resistencias subjetivas a las mismas desde el conocimiento y el cuidado de sí, replanteando la tensión entre sujeto y verdad.
Para Foucault, el poder es un conjunto de relaciones dentro de un campo de posibilidades, el poder elegir dentro de estas posibilidades nos hace sujetos libres. La libertad es la relación de todas las posibilidades subjetivas. El poder es la capacidad de manejar la conducta de otro sujeto que tiene cierto grado de libertad, se destaca la necesidad de contextualizar estos conceptos según el momento histórico.
La resistencia es una relación de poder que se enfrenta a otra. Si no hay con que enfrentarla no tiene sentido la resistencia. Estamos insertos entre muchas luchas, y muchas de ellas se dan en el cuerpo. La moda entonces, se puede plantear como un mecanismo que permite al sujeto elegir qué ponerse, dentro de unas opciones limitadas que funcionen dentro de las normas que a su vez condicionan las decisiones del sujeto. La moda es un esquema de control de la imagen del sujeto.
Las representaciones sociales de los cuerpos surgen de las formas individuales de asumir los procesos configuradores de la cultura corporal, y dependen de las prácticas corporales realizadas por los sujetos en diversos espacios de la vida social. Las miradas de los otros influyen radicalmente en ese proceso de construcción de la propia imagen corporal.
Vestirse es una experiencia cotidiana regulada por sistemas de productividad y de mercado expuestos en las tendencias de moda que son las instrucciones a seguir en el vestir, para pertenecer, para estar en lo correcto, aunque resulten uniformadoras y desaparezcan lo particular de los sujetos. Las tendencias de moda son un conjunto de entidades enunciadas en prendas que dan cuenta de los sistemas de poder definidos en la moda como un sistema de símbolos de estatus. Por lo tanto, la moda en el vestir está condicionada por factores de clase, ingresos, sexo y tradición. La moda es un elemento de control de los cuerpos que define lo bello, lo bueno, lo correcto, lo aceptable, es decir lo homogéneo que a la larga nos invisibiliza como sujetos. El cuerpo se muestra en lo público a través de elementos determinados por la moda, que nos ofrece en prendas y marcas, un paradigma de belleza y de éxito.
La resistencia surge en las manifestaciones particulares del sujeto, y su vigencia llega solo hasta el momento en que los esquemas de control, en este caso, la moda, las absorben y difunden como las “nuevas tendencias” y son replicadas masivamente, hasta que la novedad se agota. Esta es la dinámica del mercado de la moda. Pero existen otras maneras de relación diferentes al mercado que se dan a partir de las elecciones del sujeto y la mutua afectación con los otros, congregando así nuevas comunidades o grupos sociales, nuevas tribus.
“Universidad, prensa, política, sindicato, podríamos continuar la lista: administración, clubes, formación, trabajo social, patronato, iglesias, etcétera. El proceso tribal urbano ha llegado a contaminar el conjunto de las instituciones sociales. Y es en función de gustos sexuales, de solidaridades de pensamiento, de relaciones amistosas, de preferencias filosóficas o religiosas que van a instalarse las redes de influencias, los compadrazgos y otras formas de ayuda mutua de las que ya se ha hablado, que constituyen el tejido social. "Redes de redes", en las que el afecto, el sentimiento, la emoción bajo sus diversas modulaciones desempeñan un papel esencial”. (Maffesoli, 2004).
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El filósofo francés Michelle Maffesoli retoma la Estetización de la Existencia propuesta por Foucault y así como Rico Bovio, también nos invita a explorar no nuevas, sino nuestras maneras de relacionarnos desde lo sensible. Explorar la acción de vestirse, como “tecnología de sí”, aunque no profundizare con Foucault, no es la construcción del atuendo ideal, sino una manera de llegar al sujeto. Transformación permanente para más autonomía. PRÁCTICAS DE SÍ: liberadoras, poderosas, resistentes a las tecnologías de dominación; una reflexión permanente para la configuración de sujeto que referencian las diversas posibilidades de convivencia colectiva como espacio para ejercer subjetividades y se constituyen en un ritual reafirmante de las identidades y de la pertenencia a la comunidad.
Me propongo pensar el vestido como el elemento constitutivo de mi subjetividad expresada en mi imagen corporal: lo que enuncian mis prendas y la manera como las uso.
Vestirse en Colombia
La historia del traje en Colombia pierde sus límites en las descripciones costumbristas y las escasas ilustraciones que registran escenas del mismo orden en los siglos XVIII y XIX. Podemos recurrir a los registros de las grandes textileras de la primera mitad del siglo XX y publicaciones seriales de moda como la revista Cromos y otras de su género, para observar las adaptaciones y cambios que se han hecho de las pasarelas internacionales en diversas versiones para los mercados locales.
Rico Bovio señala que “en Latinoamérica existe un falso concepto de lo corporal producto de una especie de “despojo corpóreo” desde la conquista, que privó a los pueblos nativos de sus tierras, sus gobernantes, su religión y de su lengua negando así el cuerpo físico”.
Podemos observar el origen de la manera como nos vestimos ahora en Bogotá en paralelo a la historia de la definición de la nacionalidad colombiana, más que a la historia oficial del país. Una nacionalidad siempre desdibujada por la hibridación* perpetuada desde la conquista y la colonia; forjada a punta de himnos, escudos y un folclore fosilizado que produjo un corto oasis de “ser colombianos” a finales del siglo XIX y principios del XX, periodo del que tenemos registros pictóricos y narrativos que dan origen a lo tradicional bogotano de hoy. Pero este oasis se ha venido diluyendo en las nuevas hibridaciones de la globalización que han desaparecido casi por completo la identidad colombiana que creímos tener a principios del XX, y hemos quedado inmersos, perdidos, camuflados en una suerte de “masa” latinoamericana.
Para ilustrar, a nivel de América Latina podemos mencionar el trabajo de artistas como: Alejandra Mizrahi, Regina Silveiro, Lorena Wolffer y Ligia Clark, en cuyas obras el vestido es un objeto recurrente.
En Colombia también se han hecho exploraciones en el tema del vestido Desde el campo del diseño de modas, desde los gustos y tendencias en los diferentes mercados como la música y las estéticas de la moda en y coincidencia con la creciente aparición de grupos urbanos visibilizados principalmente por su indumentaria, han surgido diversos intereses por indagar el vestido como un medio comunicador aglutinante que trasciende a las fronteras del mercado y del consumo al definir las prendas y atuendos como medio de expresión individual desde lo cotidiano hasta las artes relacionales y el performance.
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no necesariamente usables para la practicidad de la vida cotidiana, pero que una vez más evidencian al vestido como el elemento comunicador de las emociones más íntimas.
Algunos artistas bogotanos que desarrollan trabajos sobre y desde el vestido como el estudio de Vanessa Reinoso sobre el vestido como segunda piel en el ejercicio de la prostitución en Bogotá, la Pasarela de Cuerpos solidarios de Sonia Castillo, la relación que hace Natalia Marín en su proyecto sobre entidades e identidades a través del vestido de personajes en juegos de rol en los medios virtuales, exponen los diversos frentes en los que el vestido deviene en representaciones construidas cultural y socialmente.
Ser colombiana
Una de las principales preocupaciones de la sociedad colombiana del siglo XIX, para mantener concentrado el poder económico en manos de unas cuantas familias, fue el intento, a mi parecer, utópico de definir una nacionalidad colombiana.
La autodeterminación de nuestros pueblos o regiones se remonta a los primeros años de independencia, cuando hubo que tomar decisiones sobre la marcha de diversas guerras civiles y brotes de violencia que, en el afán de apoderarse de la tierra, perduran hasta la actualidad.
El monopolio ejercido por un puñado de poderosos que por generaciones decidieron el destino de todos nuestros recursos, fue el encargado de acallar aquellas otras voces que fueron emergiendo desde las profundas selvas, llanos y montañas que conforman nuestro país Colombia, y aunque excluidas sistemáticamente, estas minorías son las que han perdurado en nuestra esencia cultural.
Hasta la década de los 50 el ¨ser¨ colombiano, era una identidad impuesta por una serie de símbolos y próceres que representaban a un ser urbano aislado completamente del país verdadero, más tarde como lo describe esta canción de Ana y Jaime, comienza a vislumbrarse un consolidado más amplio de una sociedad que ya no podía ignorar más la fragmentación y conflicto en el que seguimos inmersos:
Tu patria es mi patria
Tu problema es mi problema Gente, gente,
Tu bandera es mi bandera Amarillo oro
Azul, sangre azul
Y el pobre rojo sangra que sangra Que sangra, que sangra
Café y petróleo, cumbia del mar Joropo del llano, aguardiente y ron Hola chico, hola cocacolo
¡Cónchale vale, como son las vainas! A cinco el saco, a ocho el barril Vendo, vendo, vendo, vendo ¿Quién da más? ¡Nadie da más!
Entonces vendido a la Coffee Petrolum Company
Simón Bolívar libertador, murió en Santa Marta y en Caracas nació
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Sin embargo, se genera una consciencia ambigua de la identidad colombiana que conlleva una búsqueda entre lo ancestral y lo urbano que se impone con fuerza. A partir de una economía cerrada impulsada por los polos del desarrollo industrial configurado desde una perspectiva económica y política de carácter conservador – excluyente, se reafirma la cultura y la identidad determinada por las regiones que comienzan a tomar peso.
Somos el producto de nuestro entorno. La ubicación geográfica de nuestro país, la particular mezcla étnica y la cultura producida por el manejo centralista que durante casi dos siglos controló el territorio nacional, generan lo diverso, pluriétnico y multicultural que reza la constitución. Hoy, también somos el producto del inevitable crecimiento mediático global que nos ha absorbido no solo desde la producción y el consumo de productos básicos, sino sobre todo desde una cultura reinventada como público objetivo para una industria que crece a la par de las demandas de la economía global.
Somos hijos del banano, el café y la marihuana, pero abordados desde el cine de Hollywood y la música pop, y desde las pantallas de Time Square. Crecimos con la conciencia adormecida por décadas de violencia a la que nos hemos habituado como a una realidad paralela y ajena.
Vivimos en burbujas de sistemas económicos que apenas se rozan unas con otras para abordar posibles consumidores de otras esferas para los mismos productos: el comercio informal, el contrabando y otras vías ilícitas que conviven con la oficialidad de un país derechizado que se mide por modelos y valores de vida impuestos desde afuera sin ninguna consideración.
¿Soy, como colombiana, un producto más de esta economía global que genera en las personas necesidades y deseos de vivir la ¨vida loca¨ y que arrasa a su paso cualquier rasgo de cultura propia o tradiciones ancestrales?
La identidad se define por una suma de factores históricos tradicionales y culturales del contexto donde vivimos. Según Jorge Larrain (1994), la identidad es un proceso histórico de autoconstrucción, de constitución y reconstitución continua que cobra su mayor importancia en los momentos de crisis de las sociedades y que no es un concepto estático que se detiene en ninguna etapa de la historia, por privilegiada que haya sido. No existe una esencia o matriz cultural sepultada que hay que recuperar. Para definir identidad es necesario entenderla como un proceso discursivo que permite una variedad de versiones. La identidad no es un concepto, es un conjunto de acciones que nos conforman culturalmente.
La identidad latinoamericana comienza del encuentro entre la diversidad de los modos de vida, y se ha consolidado a través de las profundas crisis que hemos vivido y de las prácticas cotidianas desarrolladas para sobrellevar dichas crisis.
Sentir para Aprender.
Recuperando la estética del arte para la vida.
Un estudio realizado recientemente en la universidad de Northwestern, dice confirmar que el "hábito sí hace al monje". Se introduce el concepto "cognición vestida" que arroja que las habilidades cognitivas cambian con el uso de ciertas prendas:
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puesta la bata y conoce el significado simbólico de esa prenda que (…) los médicos tienden a ser cuidadosos, rigurosos y buenos para prestar atención (…) No sólo pensamos con el cerebro, sino también con el cuerpo y nuestros procesos de pensamiento se basan en experiencias físicas que desencadenan conceptos abstractos asociados. Siempre se ha sabido que la ropa afecta cómo somos percibidos por los demás, así como la forma en que uno se percibe”
Muchos son los esfuerzos de la ciencia por fraccionar las relaciones que entablamos con los otros y con el mundo. En cuanto a la estética se refiere, como a un concepto ajeno a toda sensibilidad humana, alejándola de la experiencia sensible en la que se define epistemológicamente y elevando su condición a un nivel casi divino reservado para unos pocos mortales. Sin embargo, en la vida práctica, la cotidianidad, todos los días con cada acción en nuestros procesos de intercambio social, estamos refutando este concepto.
Dice Mandoki que, entre las condiciones primordiales para la sobrevivencia física y mental del ser humano, está su dignidad estética y que esta ejerce un papel constitutivo en la producción de imaginarios, la legitimización del poder, la construcción del conocimiento y, sobre todo, la presentación de las identidades. “Un acercamiento subjetivo de las prácticas estéticas, resolvería muchos de los problemas que enfrentan las sociedades”. (Mandoki, 2006).
El vestir como practica estética, desde las interacciones sociales, “Matrices Sociales” criaderos de Identidades de donde brotan los grupos sociales congregados por intereses comunes, puede evidenciar cómo, dichos grupos han aprendido y desarrollado otras maneras de convivir juntos.
Música, danza y arte urbano, entre otras prácticas estéticas, revelan una sincronía tácita propia de cada contexto, y a menudo se decanta en la imagen de sus participantes. La diversidad de imágenes corporales manifestadas mediante el atuendo de los grupos urbanos que comparten realidades comunes no normalizadas y que genera cambios considerables en el paisaje urbano de una ciudad como Bogotá, reclama una mirada profunda de revisión y reconocimiento de las motivaciones socioculturales que definen la estética de sus atuendos.
Identificar los procesos sensitivos-creativos en el vestuario de estos sujetos, que devienen en la producción de diversos fenómenos estéticos construidos desde una evidente búsqueda de visibilizarse y de ser reconocidos para un análisis material de las prácticas del vestir, desde la perspectiva de la indagación de estas estéticas sociales, que proponga otras comprensiones posibles de los intercambios sociales y de las sensibilidades humanas arraigadas en la compleja configuración de subjetividades y colectividades en Bogotá, sería un área muy fértil para explorar en futuros estudios sobre las prácticas del vestir.
“Las diversas formas de agregación social que surgen, poseen contornos indefinidos: el sexo, la apariencia, los modos de vida y hasta la ideología se ven cada vez más a menudo calificados en términos ("trans...", "meta...") que sobrepasan la lógica de la identidad y de lo binario. En pocas palabras, al prestar a estos términos su acepción más fuerte, se puede afirmar que asistimos tendencialmente a la sustitución de un social racionalizado por una socialidad de predomino empático. (..) Asimismo, la utilización constante del término inglés “feeling” en el marco de las relaciones interpersonales merece particular atención; servirá de criterio para medir la calidad de los intercambios y para decidir acerca de su prosecución o del grado de su profundización. Ahora bien, si nos referimos a un modelo de organización racional, ¿qué cosa hay más inestable que el sentimiento?” (Maffesoli, 2004)
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nos permiten describir. Para estudiar las prácticas estéticas, además del verbal, hay que retomar los otros registros de la comunicación: corporal, sonoro y visual-espacial, para interpretar y describir diferentes realidades de vida.
El estudio de la estética desde la condición de estésis está totalmente vinculado a la subjetividad no solo como objeto de estudio sino como lugar de enunciación, dependientes por completo del contexto, de la matriz donde se ubica el sujeto. Esta condición subjetiva le impide llegar al estatus de ciencia, pero esto no resta su potencial teórico y cognitivo. Mandoki invita a explorar la vida cotidiana desde el contexto y lo subjetivo para encontrar aspectos nunca antes vinculados con la estésis y propone una cartografía para interpretar la diversidad de la actividad estética desde una configuración “matricial” es decir desde la particularidad del contexto de cada individuo o grupo social observado. Somos de donde nacimos.
Se retorna a la estética como la condición de estésis, es el estudio de la condición del sentir remitiéndose directamente al sujeto y a la relación de su corporeidad con el entorno y con los otros sujetos, por lo que las prácticas estéticas se pueden definir como todas las acciones que relacionan al sujeto con el mundo, intercambios corporales abiertos desde la sensibilidad, muy lejos ya de la tradicional contemplación de una obra artística. Mandoki define la bio- estésis comprendida por la citoestésis o sensibilidad celular, la fitosestésis o sensibilidad vegetal y la zooestésis o sensibilidad animal, como exploración de las criaturas vivas en tanto membranadas y expuestas al mundo, para concebir al campo de los estudios estéticos. La bioestética es la exploración de la estésis de los seres vivos. Aquí se define la estésis como percepción y como experiencia individual de disfrute de las interacciones cotidianas para aprender el mundo cotidiano desde lo prosaico, y desde lo poético administrado desde la matriz del mundo del arte, conforman los dos aspectos de la socio- estética.
“Se trata de examinar la prosaica desde el punto de vista de los intercambios estéticos que cargan los signos codificados en el lenguaje no verbal y definen el valor (tanto económico como semiótico) de la estética. Partiendo de la percepción (fenomenológica) de la sensibilidad del sujeto, como una capacidad propia y con los otros, “en procesos de sustitución o conversión, equivalencia y continuidad que el individuo establece consigo mismo, con los otros y con su entorno, mediante enunciados que ponen en juego identidades individuales y grupales en términos de su valorización.
(…) Los intercambios son actos concretos, caracterizados dramática o retóricamente, son una condición del existir social del ser humano en todos los órdenes: Prosaicos – sensibles y Poéticos – artísticos. Son los vínculos o “eventos estésicos”, con los demás desde la dramática (eje Simbólico) por medio de la retórica (eje sígnico). Toda participación social desde los sentidos y los movimientos.
(…) Sin embargo, la estética no son solo los sentimientos pasivos del sujeto, sino que implica la provocación de ciertos efectos de valoración en los intercambios sociales que, mediante estrategias estéticas, produce el sujeto para negociar su identidad. Tales efectos de aprobación, integración, admiración, pertenecía o simpatía constituyen el ethos del enunciante y pueden ser aceptados o rechazados por sus destinatarios”. (Mandoki, 2006).
Para examinar la prosaica desde los intercambios estéticos, en vez desde la historia del arte, Mandoki clasifica las estrategias de enunciación estética: la mirada, la postura, los gestos, todo el manejo del cuerpo y de los objetos que lo rodean y sus extensiones, en términos de registros retóricos: léxico, acústico, somático y escópico que, al conformar discursos persuasivos, son retóricos y por ende estéticos.
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con los otros y con su entorno, a través de enunciados que ponen en juego identidades individuales y grupales en términos de su valorización. La sensibilidad es percibida fenomenológicamente por el sujeto como una capacidad suya, y por extensión o analogía, como una capacidad del otro a través de actos concretos en el intercambio estético.
Interacciones Sociales, toda una puesta en escena
Las prácticas del vestir están condicionadas por factores motivados por la intención de comunicar a través de representaciones sociales cargadas de significados y símbolos producto de los discursos culturales, políticos, económicos, históricos y tradicionales implícitos en la ropa, los cuales intercambiamos a través de las prendas y de la manera como las llevamos, y de a dónde y cuándo las llevamos. Vestirse constituye un aspecto importante en nuestra relación con los otros, por lo tanto, el vestido como todas las cosas que componen la dimensión material del ser humano y que son el fundamento del ser personas, resulta definitivo en la configuración de identidades o, mejor dicho, la dimensión material del yo/sujeto, mediante su cuerpo vestido y hace parte del conjunto de símbolos que, conscientes o no, usamos para la comunicación interpersonal en nuestras actividades cotidianas.
Retomo aquí, a mi experiencia como vestuarista en la que a menudo acudo a la observación de mi entorno y de las prácticas cotidianas, como fuente inagotable de los insumos, a nivel de tendencias, estilos, y siluetas corporales, para caracterizar a los personajes escénicos a los que visto, y para configurar la representación de su imagen desde el significado de su vestuario.
Encuentro en el modelo de metáfora teatral que trabaja Erving Goffman, un paralelo interesante para indagar desde y sobre la práctica del vestir cotidiano. Para Goffman el teatro es un modelo que nos permite entender la vida social. Toda su obra se basa en metáforas referentes al teatro, afirma que existe una realidad entre bastidores y otra realidad en el escenario: los roles son asumidos en función de estar en el escenario o fuera de él. Así, los roles serán eventuales en las interacciones con otros actores y, de esta manera, se organizarán por sistemas de reglas. También importante es la consideración que hace del “self”, entendiendo que éste se va definiendo por el contexto interaccional y por la forma en que la persona enmarca o comprende el contexto y las reglas.
En su libro, La Presentación del sujeto en sociedad, Goffman elabora la metáfora teatral para denominar el comportamiento de las personas en una realidad determinada. Considera a las personas con un enfoque de actores dramaturgos, para definir así las actuaciones de los individuos en sus interacciones, como si de una obra de teatro se tratase. Crea así una distinción básica en la interacción de los individuos, entre la escena y la tras escena (backstage): en el escenario existen todas las interacciones que la gente hace delante de los demás, mientras que la parte trasera domina toda las que se mantienen ocultas o se guardan. Para Goffman en la vida diaria, desde que nos levantamos, nos ponemos una máscara la cual va cambiando según la situación en la que estamos inmersos en ese momento, acorde a la interacción que estamos teniendo en ese instante. Creamos nuestra máscara mediante las máscaras del otro, el yo es creado por el otro. Esta máscara también cambia dependiendo de si estamos en lo que él llama el backstage el que es donde nos preparamos y estudiamos nuestro papel para salir al stage, para entrar en escena. Normalmente los actores que se encuentran en escena son dos, el protagonista, quien desarrolla el tema central de la acción y el antagonista, que es quien lleva una idea contraria. Existen también coactores pero estos no participan en la idea central tampoco llegan a ser antagonista simplemente son actores auxiliares.