La realidad no es sino el resultado de lo que construimos juntos

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“La realidad no es sino el resultado de lo que

construimos juntos”

Proyecto de Grado

Taira Rueda – Dayana Romero

2011

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En ese momento queríamos hablar de la ciudad, de nuestra ciudad, nuestro entorno, las fronteras culturales dentro de las que nos movemos, del espacio público, de lo popular (y así podríamos seguir), es decir, de todo y también de nada pues no sabíamos aún hacia dónde mirar o por donde “caminar”.

Buscábamos entre las ideas de Estética de la Emergencia y sus ecologías culturales, entre Si Vivieras Aquí y sus lugares geopolíticos y también entre la Estética Relacional dábamos vueltas en círculos entre teorías de lo que debe ser el “arte contemporáneo”, lo que nos alejaba hasta ese momento de las posibilidades y ganas de viajar construyendo nuestra propia experiencia más allá de esos postulados que nos estaban haciendo frio y distante lo que podríamos conocer, vivir, sentir desde “adentro”.

El caminante transforma en otra cosa cada signiicante espacial.

El caminante constituye, con relación a su posición, un cerca y un lejos, un aquí y un allá.

El andar airma, sospecha, arriesga, transgrede, respeta, etcétera, las trayectorias que “habla”.

(De Certeau 2008).

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guiadas un poco por la deriva, un poco por el instinto y otro tanto por los intereses concretos de nuestra búsqueda, llegamos a Santa Bárbara sur, llegamos andando y decidimos que en ese barrio tendría lugar nuestro viaje; un viaje del que hasta ese momento ignorábamos dónde terminaría o si tendría más destinos.

Aún con la incertidumbre y la confusión (además de los aportes) que teníamos desde nuestra búsqueda teórica, empacamos maletas y partimos de la comodidad de nuestras casas, de nuestros barrios y de nuestras familias, a lo desconocido de Santa Bárbara.

Viajamos, y el proyecto-iniciativa empezó a ser vida, nuestra vida; la teoría se transformó en el diario habitar, en experiencia, nos empezamos a cuestionar por lo que nos signiicaba familiaridad, por lo cotidiano, por las particularidades que componen cada lugar, por los hábitos que se trastornaron y por la intimidad que empezamos a compartir.

Asumimos en este momento un riesgo del que las teorías no podrían cuidarnos, ellas no podían indicarnos qué nos esperaba con este cambio, ni lo que podría pasar.

Llevamos con nosotras mucho de lo leído, de lo pensado y de lo aprendido, pero empezamos a verlo desde el calor de lo que vivimos y desde la distancia que sentimos frente a los conceptos preestablecidos, una vez en la particularidad de nuestra historia.

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de mira, formas de relacionarnos e interactuar, relaciones y conciencias diferentes con los lugares que habitamos, desde nuestra complicidad e intimidad y desde el impacto que todo signiicó en lo más personal.

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El principio fue así

¿Cómo vamos a proceder? Aparte de las reglas fundamentales del juego, no tenemos la menor idea. Escribir. Pero tal vez no directamente: los acontecimientos necesitan un poco de tiempo para volverse palabra. Como si su sentido, e incluso su forma, debieran recorrer un largo camino interior antes de encontrar su cohesión. (Cortázar y Dunlop 2004).

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Teníamos claro que esta experiencia se iría desarrollando en el transcurso del año y que sería el resultado de una investigación y de una producción alejadas de las posibilidades del mundo que compartimos y habitamos y de las realidades que en él encuentran espacio. Encontramos desde el imaginario de nuestro viaje (hasta su realización), posibilidades de construir y de crear juntas, con lo difícil que puede ser no “hacer caso” solamente a la individualidad.

Queríamos viajar a uno y otro lugar, al principio sin tener en cuenta el peso y el paso del tiempo. Queríamos conocer y reconocer muchos lugares, personas, características de nuestra ciudad; ese fue el momento en que empezamos a leer sobre arte relacional y otras prácticas contemporáneas de arte. No se trató de una decisión caprichosa. Algunos de nuestros intereses nos acercaron a teorías, lecturas y prácticas especíicas que nos abrieron más inquietudes y cuestionamientos que nos fueron (momentáneamente) alejando de nuestro instinto de partir, de viajar. Mientras más leíamos, más claros parecían los “métodos” y las herramientas con las que debíamos acercarnos a cualquiera que fuera el lugar al que llegáramos. Aún no podíamos tener idea de que en estos lugares los métodos dejan de serlo si te acercas desde la sensibilidad de tu propia cotidianidad dispuesta a ser afectada por una situación, por un lugar o por las personas que uno pueda encontrarse.

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hecho; algunas de ellas fueron: cotidiano, kitsch, popular, territorio, recopilar, recolección, reproducir, archivo, frontera, interacción, bestiario, espacio público, lenguaje, mito y tradición, entre otras.

Por ese entonces leíamos “El artista como etnógrafo” de Hal Foster. Nos entusiasmamos con la idea de que el artista fuera un agente capaz de cambiar la cultura como trabajador revolucionario, desarrollando proyectos en comunidades; sin embargo, todo estaba ligado a una cultura norteamericana y nosotras buscábamos generar diálogos y encuentros desde nosotras mismas y desde lo que sucede localmente. Más adelante nos daríamos cuenta de que nuestro papel en Santa Bárbara no sería etnográico, sino que nos conectaríamos con todo lo que nos daría el habitar en la especiicidad del lugar.

En otro momento saltábamos a la Estética Relacional de Nicolás Bourriaud, que nos hacía pensar en las relaciones sociales y en los nuevos medios de producción basados en estas relaciones; en cómo abordar las problemáticas de la sociedad actual a través del arte. Todo esto parecía muy acorde a los supuestos, pero tuvimos la impresión de que estos textos se convertían en un requisito para todos los jóvenes artistas entusiastas, casi que era una verdad innegable, y esto generaría confusiones.

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Las lecturas de recorridos pierden lo que ha sido: el acto mismo de pasar. La operación de ir, de deambular, o de “comerse con los ojos las vitrinas” o, dicho de otra forma, la actividad de los transeúntes se traslada a los puntos que componen sobre el plano una línea totalizadora y reversible. Sólo se deja aprehender una reliquia colocada en el no tiempo de una supericie de proyección. En su calidad de visible, tiene como efecto volver invisible la operación que la ha hecho posible. (De Certeau 2008)

La información era deslumbrante y desbordante de cierta manera y los textos estaban bien relacionados con nuestros intereses, por lo que nos empezamos a cargar de teoría que, aunque se acomodaba perfectamente a nuestra búsqueda, nos hacía perder algo de sensibilidad y de lo rico de las experiencias propias.

Nuestros planes de viaje estaban para ese momento condicionados y esquematizados por esas “verdades” y esas experiencias que aprendíamos de otros, en otros lugares y con intereses especíicos muy diferentes, que para nosotras han sido muy importantes, inluyentes e inspiradores, pero inalmente distantes de nuestro entorno y de nuestro momento personal, entre otros.

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Nuestra siguiente manera de proceder fue salir y caminar, acercándonos amistosamente a la localidad y a nuestros propósitos, primero por lugares “conocidos” y de ahí extendernos en caminatas por nuevas calles y lugares (esto una vez habíamos decidido que buscaríamos un lugar donde establecernos dentro de la localidad de La Candelaria). Este mecanismo de transitar por los barrios, a veces quedándose en uno solo y otras pasando de uno a otro, fue una parte esencial de nuestro proceso; empezar el contacto con el entorno de la localidad, con sus particularidades y sus horarios, con sus riesgos y varias de sus dinámicas nos fue dejando ver (a partir de las fotografías que tomábamos en cada caminata y de las charlas que surgían entre nosotras dentro de estas) intereses y “pequeñas cosas” que desde esos momentos llamaban nuestra atención y concentraban nuestra mirada.

La historia comienza al ras del suelo, con los pasos. Son el número, pero un número que no forma una serie. No se puede contar porque cada una de sus unidades pertenece a lo cualitativo: un estilo de aprehensión táctil y de apropiación cinética. Su hormigueo es un innumerable conjunto de singularidades. (De Certeau 2008).

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De todo eso quiere dar cuenta este escrito, de todo un proceso que cambió mientras nosotras cambiábamos nuestras dinámicas, nuestras estrategias y formas de proceder en el día a día, para luego intentar darles forma a nuestros pensamientos y consideraciones posteriores.

Es cierto que escribir es esta experiencia (…) como siempre hemos considerado los dos, habría que empezar también a abrir las puertas de este libro. Salir del tanteo, decidirnos. Escribir es siempre aceptar el riesgo de decirlo todo, incluso –y sobre todo- sin saberlo (…). Si hemos decidido verdaderamente escribir este libro, hay que decirlo todo (no en sentido de “no callar nada”, sino de darle al todo su libertad mientras se escribe).” (Cortazar y Dunlop 2004). Bueno, y entonces, ¿a dónde nos dirigiríamos?

Ni La Concordia, ni La Candelaria, ni Belén, ni Egipto nos habían convencido de ser el lugar en el que residiríamos. Ya que no sabíamos cuánto tiempo íbamos a estar, podía ser bastante o poco, podríamos desarrollar un proyecto de arte relacional en el que el viaje fuera solo la estrategia de acercarnos a “algo más” o podríamos hacer algo netamente personal y, sea como fuere, en cualquiera de estas opciones, algo nos faltaba en esos barrios que recorríamos; era extraño, porque aunque nos gustaban muchas cosas, no era precisamente lo que buscábamos.

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exclusivamente para una persona, otras con ofrecimientos súper atractivos: internet, agua caliente, en algunos casos comida, bicicletas, amoblado y con lavado de ropa incluido. ¿Y los precios? Variaban entre $250.000 y $800.000 al mes. ¿Y los contratos? Aunque no en todos eran requisito los contratos de mínimo 3 o 6 meses, no era muy alentadora nuestra demanda de “un mes… en principio”, digamos que, para los arrendadores, así no era negocio.

Un día de abril, en uno de nuestros recorridos, nos extendimos una tarde de caminata por la localidad hasta el barrio Santa Bárbara, el único barrio por el que no habíamos andado y que casi un año atrás habíamos conocido gracias al proyecto de la ASAB Ángelus Novus, en el que tuvimos la oportunidad de participar, de acercarnos al barrio y a sus habitantes más directamente; una realidad irrefutable que nos separó de las verdades teóricas que habíamos atesorado (más adelante hablaremos de nuestra participación en este proyecto). Ese día vimos un par de cosas y de personas que reconocimos, al igual que dinámicas totalmente diferentes y en varios aspectos opuestas a las del resto de la localidad. Este antecedente, sumado a los momentos de búsqueda de casa, le dieron un matiz diferente al proyecto.

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un futuro vecino que nos indicó algunos lugares en los que podíamos preguntar si tenían algo para arrendarnos (la mayoría pensiones de noche a noche), llegamos a la casa de doña Teresa, que nos abrió la puerta solo gracias a que íbamos acompañadas por su vecino, un desconocido para nosotras, pero que nos dio algo de su tiempo y de su ciega y coniada referencia como carta de presentación y “garantía” para ella.

La visita a la casa fue algo fría y pasó por la oferta de un cuarto en el primer piso: húmedo, frío y que en términos generales nos pareció horrible, a ampliar su oferta y conianza al mostrarnos una segunda opción, en el segundo piso, en medio de su espacio privado; un cuarto mucho más cálido y a un precio que se convirtió en un respiro ante las opciones anteriores: $150.000 al mes, para las dos. El hecho de quedar cerca a Teresa nos hizo sentir más cómodas y seguras dentro del panorama general del lugar: una casa inquilinato con aproximadamente siete inquilinos en ese momento.

Le hicimos saber a Teresa en esa misma visita que estábamos interesadas, pero en la segunda oferta, que a ella la hacía titubear más. “De todas formas voy a hablar con mis hijos”, nos aclaró doña Teresa, y así le dio espacio a la duda (qué arriesgado en tantos sentidos es, y más en nuestra sociedad, abrirle las puertas de la casa a un montón de extraños; qué arriesgado y qué necesario también). “llámenme el Domingo por la tarde y les tengo la razón”.

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esperar la respuesta deinitiva mientras hacíamos planes y nos alegrábamos de haber llegado a este lugar de Bogotá.

Santa Bárbara, un barrio que muchísimos no conocen, que es una “cara” del centro de Bogotá bien diferente a la del reconocido centro histórico con sus ofertas culturales y maravillas gastronómicas; un barrio alejado de los planes del “progreso” y del “desarrollo” urbano, lejos del Plan Centro y de la amplia oferta de hostales para gringos, lejos (no espacial, sino socialmente) de los museos, de los recorridos turísticos, de las restauraciones arquitectónicas, de las ofertas de rumba y, en contraste, conectada al resto de la ciudad por dinámicas especiicas y pasadas por alto por nosotras.

Las primeras cuadras del barrio (de norte a sur) son en gran parte los parqueaderos de los ministerios, la Dian y otras instituciones famosas de la ciudad que quedan alrededor de La Casa de Nariño, así que en estas calles y en el inicio y in del “horario de oicina”, caminan los más distinguidos ejecutivos.

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Los días, las semanas, los meses

en Santa Bárbara

Así, una cierta historia de mis gustos (su permanencia, su evolución, sus fases) se inscribirá en este proyecto. Con mayor precisión, se tratará una vez mas de un modo de delimitar mi espacio, de una aproximación algo oblicua a mi práctica cotidiana, un modo de hablar de mi trabajo, mi historia, mis preocupaciones, un esfuerzo para asir algo que pertenece a mi experiencia, no en el nivel de sus relejos lejanos, sino en el corazón de su emergencia. (Perec 2008).

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Nos trasladamos a Santa Bárbara en la primera semana de abril. Estábamos en el receso de semana santa. Llegamos en taxi a la casa de Teresa, un taxi en el que llevábamos todo lo que creíamos necesario para el transcurso de un mes, así que las maletas que decidimos trastear con nosotras eran el resultado de todo un proceso de selección, tanto conjunta como individual. Ambas, por separado, escogimos y alistamos solas nuestros objetos, necesidad y caprichos personales: la ropa, las cosas de aseo personal, la cantidad que cada una creía necesitar de cobijas, la toalla, uno que otro libro y, al tiempo, nos repartíamos quién llevaría ciertos objetos de uso conjunto (o cuál de las dos podía llevar algo que le sirviera a la otra): un par de sillas, víveres, elementos de aseo del cuarto, colchones, colchonetas, lámpara, almohadas, olla arrocera, sanduchera y reverbero, entre otras cosas.

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Lucas, el perro Pinscher de la casa, ladraba mientras nosotras en dos viajes subimos todo nuestro trasteo del primer al segundo piso. Una amiga fue la que nos ayudó a subir las cosas y nos aconsejó: “tienen que decorar el cuarto… que se sienta que de verdad es su espacio», luego se fue y nos quedamos por primera vez solas en el cuarto que desde ese momento empezaríamos a habitar. Solas en un cuarto grande, vacío, de paredes desnudas y altísimas, de piso en madera de esa que suena cuando uno se desplaza de un lugar a otro; un cuarto con puerta también en madera que nos demoramos en cerrar por completo, pensando en que Teresa pudiera ver (desde afuera) que no pasaba nada “anormal” dentro de su cuarto, que no estábamos desempacando algo de lo que debiera desconiar. Un gesto para generar tranquilidad y conianza en ella, tal vez.

Estábamos en el cuarto, empezando a pensar en cómo distribuir el espacio. Nuestra amiga tenía razón, este espacio se convertiría en nuestra cotidianidad, la que merecía, por decisión nuestra, ser el eje central de todo lo que desencadenaría el proyecto.

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pensando en cómo sería menos duro el frío; paralelos y equidistantes de la puerta resultó una buena opción. Entre los dos colchones estaba el espacio que dispusimos como closet: unas repisas incrustadas en un hueco en la pared, ahí dejamos nuestros libros, libretas, ropa y algunas cosas de aseo personal, dividiendo el espacio “imaginariamente” por mitades. En otra pared del cuarto también había un hueco, pero este era el espacio para poner una puerta que no existía; ahí empezamos a organizar la olla, la sanduchera, los dos vasos que teníamos y unos platos desechables que serian nuestra vajilla permanente. Esta improvisada “zona de cocina” en ese hueco de la pared, daba directamente a la habitación de Teresa, no se veía nada porque la parte trasera de un armario bloqueaba el paso entre un cuarto y otro y así se dividía e independizaba el espacio; no se veía nada, pero halos de luz y sonidos diversos invadían de un lado a otro los cuartos.

Esta distribución del espacio que nos inventamos en el transcurso de la primera tarde y noche no varió signiicativamente durante el tiempo que estuvimos allá. Incrementaba o disminuía nuestro desorden o nuestra cantidad de objetos, pero la distribución se mantuvo en esencia. Ese día no teníamos aún objetos como el televisor, ni computador, mucho menos internet (que no tuvimos durante el tiempo que vivimos en esta habitación); solo teníamos un radio.

¿Qué pasaba esa tarde, esa noche por nuestras cabezas? Nervios, emoción, novedad, incertidumbre, posibilidades de improvisación, prevención en algunos aspectos, etcétera.

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suicientemente preparadas para el frío, por ejemplo, y el de esa noche nos logró interrumpir varias veces el sueño. Pensar en las cosas que estábamos dejando también ocupó un gran lugar en el transcurso de esa noche: nuestras madres, las familias, las mascotas, el baño, nuestras camas, la temperatura y los aromas de nuestras respectivas casas.

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incomodidades que sentíamos en esos primeros momentos no necesitarían de hablar… los acuerdos son tácitos, algunas veces requieren de tiempo y no de palabras, y lo más importante era que corriera, precisamente, el tiempo para ir conociendo y reconociéndonos a nosotras en un “nuevo lugar-hogar”; asumir que el espacio era nuestro, sentirnos cómodas en él eran las cosas que requerían de tiempo para lograrse y el no hacerlo de inmediato era lo que generaba incomodidad en algunos de los primeros momentos y días en esta casa.

Varias situaciones se hicieron más fáciles con el paso de los días, otras al menos más tolerables y algunas nunca llegaron a ser cómodas. Lucas, a los pocos días de nuestra llegada a la casa, ya no nos ladraba y, de hecho, su exceso de conianza se hacía sentir; él se convirtió en compañía para nosotras, entraba al cuarto cada vez que se daba cuenta de que no ajustábamos la puerta y nos hacía visita por ratos cada vez más prolongados. La compañía de Lucas fue muy bonita para nosotras y pese a su abrumadora y molesta cantidad de pulgas, hizo de nuestros días en casa de Teresa algo cálido y más familiar.

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veníamos de casas en las que nuestro baño, nuestro cuarto eran “solo para nosotras”; en casa de Teresa no solo no teníamos espacios para que cada una estuviera sola, sino que no teníamos tiempo: los momentos de intimidad y soledad, se limitaban a los cortos periodos de tiempo en que alguna fuera al baño y a los ratos en que una estuviera despierta mientras la otra dormía. Dayana se dormía entes (aunque empezó a acostarse más tarde de lo que acostumbraba) y Taira se despertaba siempre después (aunque empezó a levantarse más temprano de lo que acostumbraba).

Salvo en la niñez, o al salir de paseo, no estábamos acostumbradas a compartir tanto todos los momentos del día con alguien más; aunque ninguna vivía sola, no estábamos acostumbradas a compartir cada hábito, cada maña y cada fragmento de intimidad. Así que compartirlos se fue convirtiendo en actos de conianza, de generosidad en muchas formas, y de limitarnos también.

Algunas personas decían “les dio la locura de independizarse de sus casas, quieren sentir libertad”; qué airmación más equivocada: por un lado, nunca fue esa opción cercana a nuestros intereses e intención y, por otro, en ningún otro momento de nuestra vida nos movimos dentro de tan marcadas restricciones; calculábamos todos los días, desde nuestra posición de inquilinas, los horarios, recursos, espacios de acción, etcétera.

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Las implicaciones en nuestra vida real se sentían todos los días y en pequeñas cosas, en los recorridos diarios, en los hábitos, en las comidas, en las conversaciones, en los lugares que frecuentábamos y hasta en la gente a la que veíamos. Nos movíamos en un ambiente novedoso en algunas cosas, diferente al habitual en otras y así se fueron dando nuevos espacios para la creatividad, para los planes y los proyectos. Pensábamos en nuestra vida y en nuestro proyecto como una cosa inseparable, sin horarios que determinaran momentos para lo uno y lo otro. Era nuestra vida la que (aunque sea un poquito) cambiaba y se amoldaba; nos dimos cuenta de que cualquier cosa merecía ser observada, de que “todo merece el afecto de la mirada” (como le escuchamos alguna vez a Manuel Santana); sin embargo, no es que nos interesara todo por igual, nuestra observación era más sensible a ciertos lugares, objetos y personas.

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En esos meses caminamos mucho, intentábamos aprovechar la cercanía al centro para movernos a pie por la ciudad y para conocer, desde los ojos de un “local”, todo el lugar.

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Cuando nos dimos cuenta de que había pasado un mes tuvimos que tomar la decisión de si seguir ahí o parar; debíamos detenernos a pensar si estábamos buscando algo para lo que valiera la pena permanecer allí, debíamos pensar en que si “no habíamos hecho nada” durante ese mes (o parecía que no), ¿qué cambiaría por quedarnos más tiempo ahí? Las dos sentíamos que nos faltaba tiempo, así fuera para “no hacer nada”, queríamos estar más tiempo en el barrio para conocerlo más, para tomar decisiones, para aterrizar la experiencia y para, de alguna manera, justiicar nuestra estadía. Le pagamos entonces a Teresa un mes más y, luego, un mes más.

Una parte de nosotras se encontraba tan preocupada por el qué hacer en el barrio, por qué proyecto desarrollar allí, por el qué generar en las personas, que no notábamos bien lo que pasaba, lo que nos venía pasando. Una vez más, solo con el tiempo transcurriendo, reconocimos que hacer algo parecido a ese “arte relacional” que tanto habíamos observado en los primeros meses del año, era solo una opción, que no necesariamente era lo que nosotras debíamos o teníamos que hacer, no era una obligación ni la única respuesta a nuestra motivación; se nos habían ocurrido posibilidades de intervención-acción, pero no las habíamos desarrollado por diferentes razones. Cada vez más, nos fuimos dando cuenta de que, al menos para nuestra primera experiencia de este tipo, o para su duración, el impacto sería a nivel personal, no local, y no es que no se pueda hacer algo apenas uno llega a un lugar, pero para nosotras la cosa no ocurrió así.

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conocerlo o integrarnos a él, para resaltar su historia y características, llevar algo del “mundo del arte” a un espacio y personas ajenas a él; sin embargo, desde el impacto de lo cotidiano, esas pretensiones cambiaron, fue ocurriendo no lo que habíamos pensado, sino lo que empezamos a sentir (y que no habíamos imaginado o considerado, lo más obvio tal vez), lo que estábamos viviendo, lo que ocurría era el impacto del barrio en nuestra vida y costumbres, en nuestra intimidad. Nos pareció absurdo entonces esa ocurrencia de que en tan corto tiempo, nosotras transformaríamos alguna dinámica propia del barrio y no haber intuido o esperado que los cambios los generaría el barrio y la experiencia dentro de nosotras.

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en ese determinado sector de la ciudad: desde los torneos de futbol como la Copa América (Argentina) que se veía en los bares y tiendas o el Mundial de Futbol Sub 20 en Colombia, que colapsó aún más la ciudad, a las obras en vías como la carrera séptima o la décima para dar paso al Transmilenio, y todas las consecuencias físicas (polvo, desvíos, cierres, personas hacinadas en espacios reducidos) y económicas, entre otras, que esto implicó y que han “deformado temporalmente” la ciudad; los bloqueos con los que nos encontrábamos y que aumentaban cada vez más para poder llegar a Santa Bárbara; la puesta en vigencia de la ley que la alcaldesa temporal (¡destituyeron a un alcalde!) ordenó para que las tiendas, mercados y demás sitios más baratos que una discoteca o un bar no pudieran vender bebidas alcohólicas en las noches; en consecuencia, también presenciamos el cambio de “estatus” de muchas tiendas que ahora debíamos llamar bares.

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El mundo es lo que nos rodea y hacemos parte de él. El arte es una manifestación de lo político que diversiica la manera de hacer las cosas y no pretende estandarizar sino tener en cuenta otras voces y posibilita decir cosas que no son posibles de otras formas. (Santana 2011).

Se dio la coincidencia, para el tiempo en que vivíamos por aquí, de que se realizara La Noche sin Miedo, una de las cosas más bonitas en que nos involucramos dentro de la localidad y a la que nos pudimos acercar por la coyuntura del viaje.

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La Noche sin Miedo fue un proyecto-evento que se realizó en el parque de Egipto, al oriente de Santa Bárbara; se trataba de convocar, a través de diferentes actividades, a la relexión colectiva de la localidad alrededor de problemáticas en torno al miedo, la violencia, el conlicto armado extendido del país a barrios como Egipto, la recuperación y reivindicación de la memoria y la historia de los barrios del sector; intervenciones artísticas, graiti, sancocho, torneo de futbol, música, todo formaba parte de la estrategia para convocar a un espacio de encuentro, entre personas de cualquier lugar de Bogotá, aunque especialmente de La Candelaria como localidad y de cualquier edad o condición sociocultural. Este fue un proyecto en que la imagen y la palabra se apoyaban y se reforzaban, así como el trabajo entre artistas y “no artistas” planteaba formas de coexistencia y encuentros, reapropiándose de lugares a los que la gente habría renunciado por cuestiones como la inseguridad y los miedos con los que en Bogotá nos hemos “acostumbrado” a vivir. El evento se realizó en la plaza pública y fue el primero de esta iniciativa de reapropiarse de espacios públicos y comunitarios; entonces, parte del propósito de esta noche era vivir y habitar el lugar, dándole connotaciones diferentes, pensando en lo que se podría construir.

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Otros inquilinos, nuestros vecinos

Cada vez más nos damos cuenta de que estamos conquistando un territorio que podaríamos llamar libertad o incluso residencia secundaria, puesto que es seguro que aquí hemos encontrado todas las ventajas de esta última, aunque el terreno sea móvil y los vecinos inexistentes o cambiantes. Es una tierra de gran silencio, tierra de tiempo que se alarga y que sin embargo avanza. (Cortázar y Dunlop 2004).

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trabajos, lugares de origen, familias, razones por las que vivían en un inquilinato como este y así seguíamos; pensábamos en que esas razones de ellos no tenían nada que ver con las nuestras y en que, de hecho, contrastaban fuertemente entre sí.

Las reliquias verbales de las cuales se compone el relato, ligadas a historias perdidas y a acciones opacas, están yuxtapuestas en un collage donde sus relaciones no están pensadas y forman, por eso, un conjunto simbólico. (De Certeau 2008).

Con algunos sí nos encontrábamos, al llegar, o los días en que nos quedábamos largo tiempo en la casa; a algunos los veíamos lavar, hacer visita (muy ocasional), llegar cansados, llegar borrachos, a alguno lo escuchamos tocar guitarra encerrado, veíamos también sus ropas, sus uniformes (recordamos mucho el de aseo capital), extendidos en el patio. Nuestras interacciones se movieron dentro del intercambio formal y de alguna forma inevitable; sin embargo, no se convirtieron en conversaciones extensas como las que teníamos con Teresa.

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todo esto impactó mucho nuestra forma de entender el barrio, pero además, de ver nuestra realidad más allá de la historia personal; no es que antes desconociéramos otras opciones u otras posibilidades de llevar la vida, pero en estos días las entendimos de modo diferente; dormíamos con ellas, caminábamos, llegábamos al barrio con ellas y además nos enterábamos de casos particulares. Así, era inevitable ponernos a pensar en nuestros propios modelos y metas en la vida.

Nos preguntábamos cosas: ¿Por qué ninguno tiene familia?, o, ¿alguno tuvo y la dejó o lo dejaron? ¿Por qué vivir en el lugar de otro? ¿Necesidad o decisión? ¿Costumbre? ¿Por qué es tan difícil que generen lazos entre ellos, así llevaran años viviendo juntos? ¿Cuánto pagaban ellos por el arriendo del mes? Sabíamos que no era lo mismo que pagábamos nosotras por ser dos, pero también porque no todos los cuartos eran del mismo tamaño y porque las consideraciones que Teresa tenía con ellos eran muy diferentes a las que podía tener con nosotras.

El joyero que vivía en uno de los cuartos del fondo del segundo piso, era el inquilino más apreciado por Teresa, era, según ella nos decía, un hombre responsable que no entraba personas (mujeres) desconocidas a la casa, que no llegaba tarde, que no hacía ruido, que no llegaba borracho, que además pagaba muy cumplido y es de los que más tiempo llevaba viviendo en la casa nueve años, era un inquilino ejemplar pero, al igual que la mayoría, viejo y solo.

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Había hombres jóvenes y viejos, desempleados o que se mantenían de algún artículo para comerciar: gafas, zapatos, dulces. Solo a una señora que atendía una cafetería en el centro y que era, junto al joyero, quien más tiempo llevaba en la casa, nunca la vimos; vivía en un cuarto del primer piso.

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Caminando por el barrio, nuestros recorridos

La alteración paulatina de la noción usual de la autopista, la sustitución de su funcionalidad insípida y casi abstracta por una presencia llena de vida y de riqueza: las gentes, los altos, los episodios en sus escenarios, actos sucesivos de una pieza de teatro que nos fascina y de la que somos espectadores. (Cortázar y Dunlop 2004).

Nuestros momentos en el barrio, nuestras observaciones del lugar, nuestras búsquedas gastronómicas, nuestras rutas de partida y de regreso, las acomodábamos a los recorridos y caminos dentro del barrio y la localidad, algunos los convertimos en cotidianos y, otros, fueron de paso excepcional.

Nuestras rutinas y las innovaciones en estas, en los recorridos por Santa Bárbara, muchas veces estuvieron marcados por los horarios dentro de los que se movía la vida en el barrio y estos hábitos nos hicieron adquirir a su vez ciertas costumbres y gustos.

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A lo largo de la carrera séptima, en nuestros propios septimazos, tenían lugar varias paradas. Algunos días, por ejemplo, si llegábamos a cruzar la Plaza de Bolívar, Dayana cedía al gusto de comprar mango, nunca lo encontrábamos con el “corte perfecto”, pero pasando por este lugar el antojo llegaba.

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nos reanimó tanto en las noches de regreso al barrio; mil seiscientos pesos por el chorizo y la arepa; la señora tenía su clientela regular, como nosotras: era en este sitio donde gastábamos nuestro recién adquirido limón.

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caminábamos con el paso acelerado, algo nerviosas por el desconocimiento de la ruta a esas horas, alertas pero tranquilas por estar acompañadas.

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Casi siempre entrabamos juntas al barrio, pero al salir, según a donde fuera cada una, la cosa cambiaba; caminábamos juntas de nuevo por la séptima hasta la universidad o una salía del barrio por el sur para esperar un bus o simplemente nos despedíamos en la entrada de la casa. Estaban esos hábitos favoritos, como salir en un día sin afán a tomar tinto frente a la biblioteca (BLAA), o visitar a nuestra vecina de barrio y amiga para almorzar, amanecer, charlar.

Cuando llegamos al barrio, varias cosas nos generaban incomodidad, como ya lo hemos expresado; todos los días de ida y vuelta en ese mismo tramo que cerraban en las noches y hasta las seis am, los policias requisaban las maletas, bolsas y mochilas de todo el que pasaba por ahí; con la costumbre y el tiempo, los policías que nos requisaban y que empezamos a reconocer, se hicieron también parte de nuestros vecinos y el trámite incómodo se transformó en una amable costumbre.

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El barrio cambiaba según la hora del día o el momento de la semana. El día mas lleno de gente, en Santa Bárbara, era el Domingo, y no solamente por cuestiones de iglesias y costumbres católicas, aunque también, pero es que el domingo el comercio en las cruces y en el centro, las actividades en familia, las visitas de parientes a “los viejos”, llenaba de gente las calles del barrio, las cantinas y las tiendas, los parques y las iglesias.

En cambio, entre semana, a las siete pm la mayoría de las tiendas estaban ya cerradas o cerrando; los parqueaderos más cercanos a los ministerios y a la Casa de Nariño eran el negocio que movía más gente por el barrio durante las horas de entrada y salida de las oicinas pero, después de las siete pm, ni carros, ni ejecutivos; más bien algunas madres con sus hijos pequeños atravesando el barrio o personas solitarias buscando sus respectivos refugios en él. La estación de policía es uno de los puntos más ajetreados del sector, queda en diagonal a nuestra casa, la casa de Teresa, y representaba para nosotras, de alguna forma, un seguro; al llegar a este punto, sentíamos con satisfacción que ya habíamos llegado bien.

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Sobre Teresa

Nunca le preguntamos la edad a Teresa, es probable que tenga entre 75 Y 85 años. Lo que supimos de ella fue gracias a los momentos en que nos invitó a seguir a su sala, a su cocina o algunos en que nos encontramos con ella en la sala de estar que quedaba frente a nuestro cuarto y frente a su “apartamento” (que mantenía con llave), era el hall por donde uno subía desde el primer piso y el espacio conjunto entre Teresa y nosotras (además del baño).

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Algunas noches ella nos invitaba a su sala y nos contaba cosas mientras miraba algún programa de televisión. Nuestras conversaciones generalmente eran interrumpidas por el timbre del teléfono; sus hijos la llamaban varias veces al día en largas llamadas; Teresa les reportaba cómo se sentía de salud y qué había ocurrido en la casa durante lo que hubiese transcurrido del día.

Tinto, café con arepa o frutas que había traído de algún paseo o que sus hijos le habían llevado, era lo que solía compartir ella con nosotras para acompañar las charlas a través de las cuales la conocimos un poco.

Las constantes llamadas telefónicas y las visitas de los hijos, nietos y uno que otro vecino nos hacían sentir y pensar en la calidad humana de Teresa: ella vive sola porque le gusta, pero no está sola, hay mucha gente a su alrededor cuidándola, protegiéndola, acompañándola. Las conversaciones de algunas de esas visitas que recibía eran los primeros sonidos que escuchábamos algunas mañanas; por ejemplo, Teresa y alguna vecina se quejaban de diferentes cosas, como la salud, o Teresa y su nieto repasaban a qué familiares habían visto recientemente y a cuáles no.

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las cosas que hacíamos o que nos respondió “feo”, o las noches en que se encerraba y nos hablaba más bien poco; no fueron pocas las cosas que mutuamente nos incomodaron durante el tiempo que estuvimos en su hogar.

Y, ¿de qué nos hablaba Teresa?, de los vecinos: nos contaba lo que sabía de sus historias, se quejaba de sus mañas e incumplimiento o agradecía que en algunos cuartos estuvieran algunos a los que ella consideraba “mejores personas”; nos contaba de sus planes de desalojar a algunos por vagos, por borrachos, por mujeriegos o porque nunca aparecían por la casa y no coniaba en ellos; nos contaba de la muchacha que antes de nosotras ocupaba nuestro cuarto y que solía “llegar con un policía diferente cada noche”, lo que hizo que Teresa dejara de coniar en ella; pero, sobre todo, Teresa nos hablaba de su familia, de su esposo, de sus hijos, algo acerca de su salud y de cómo esas historias habían encontrado un curso en Santa Bárbara, desde su llegada a la casa hasta la partida de cada uno de sus seis hijos para “hacer sus propias vidas” y la partida de su esposo, al morir, pero también hasta este año, con lo que le había ocurrido a ella al decidir quedarse “sola”, al decidir permanecer en esa casa; por todo esto nos comportaríamos como buenas señoritas, nos empezamos a acomodar a su estilo de vida y, contrario a lo que pensábamos hacer en el barrio, que era más bien transformar realidades e intervenir en la cotidianidad con nuestros pretenciosos proyectos artísticos, ahora nos estábamos transformando nosotras.

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Sobre Lucas

Ya hemos mencionado a Lucas, sí, el perro de Teresa. Este animal fue una parte tan importante de nuestra estadía en la casa que, aun después de partir, es de lo que más recordamos y extrañamos al pensar en Santa Bárbara.

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tiene frío y lo más común si no está caminando por ahí, o comiendo, o tomando el sol cuando Teresa lo deja ir al patio, es encontrarlo en su silla, en el hall frente a nuestro cuarto, con varias cobijas sobre él, entre las cuales se envuelve y desaparece.

Varias noches, por causa de ese frio extremo que lo aqueja y por ganas de compañía, Lucas entraba a nuestro cuarto (ya fuera por el pequeño espacio que dejábamos en la puerta sin ajustar o bien golpeando a altas horas de la noche fuertemente la puerta ajustada), y se acomodaba a los pies de nuestras camas (especialmente la de Taira), escarbaba para lograr también acá arroparse con nuestras cobijas y ahí se quedaba dormido entre ruiditos y temblores; pensamos que debíamos ser buenas personas para merecer el cariño de este difícil canino.

Teresa, que en las noches lo dejaba por fuera de su apartamento, se molestaba al darse cuenta de que Lucas había pasado la noche dentro de nuestro cuarto. Ella se levantaba antes que nosotras y en ese momento Lucas despertaba y salía a buscarla, entonces Teresa lo regañaba por abusivo y conianzudo; nunca supimos si le molestaba esta situación por pena (injustiicada, pues queríamos a Lucas con nosotras), o más bien por celos de que el perro buscara afecto de alguien más. A nosotras Teresa nos decía que ajustáramos bien la puerta, que no lo dejáramos seguir, le explicábamos que igual él golpeaba durísimo y preferíamos que entrara, que a nosotras no nos molestaba; igual, cada mañana que el perro salió de nuestro cuarto, Teresa repetía el regaño.

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bolsa sacaba un montoncito y le daba con mucho cariño, de a poquito. El perro también comía pollo y se le podía ver royendo un hueso con fascinación cada tanto. Tomaba agua o leche hervida.

A veces se portaba mal y orinaba el baño, al entrar uno debía tener cuidado. Si Teresa se iba de paseo un puente o algo así, Lucas se quedaba solo en la casa esos días y ella encargaba al inquilino don joyero para que, de vez en cuando, le echara una mirada para conirmar que estuviera bien, pero nada más. Si algún día Teresa salía a pasar la noche con alguno de sus hijos, Lucas podía tener la fortuna de acompañarla. Algunos días salían juntos a caminar por el barrio, esos eran los paseos de Lucas fuera de la casa, no seguían ningún patrón o regularidad, pero a veces pasaba.

Gracias a Lucas, ambas extrañamos un poco menos esa compañía animal que nos esperaba a cada una en nuestras respectivas casas.

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La Casa

Esta expedición no tiene nada de escapista. Ojalá fuera así, murmura el pequeño lado perverso de nuestro doble corazón, sintiendo de sobra que jamás querremos escaparnos de cosas que a lo mejor lo merecían pero en las que seguimos creyendo. (Cortázar y Dunlop 2004).

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Esta sí que es una casa grande, grandísima, vieja, de espacios enormes, de baños pequeños, de entrada mínima al lado de lo que le espera a uno dentro. No sabemos, Teresa no sabe, cuántos años tiene la casa, pero ella lleva allí más de treinta años y sí sabe que antes perteneció a un obispo, un hombre de mucho dinero, claro, esa casa no le podía pertenecer a “cualquier persona”, con semejantes dimensiones y ubicada en un barrio que aunque hoy está, digamos, “devaluado”, ha sido un lugar muy central y muy importante, más pensando en las tradiciones católicas de Bogotá.

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La casa ha cambiado en estas décadas, algunas remodelaciones se han llevado a cabo en el lugar, respondiendo a momentos y necesidades que fueron llegando con el paso de los años. La casa tiene una escalera amplia, en madera, en la parte delantera (escalera que solo usa la gente que se dirija al espacio privado de Teresa, que incluye nuestro cuarto), y una angosta, en baldosa, que une los patios traseros del primer y segundo piso. Nosotras, al igual que el resto de los inquilinos, solíamos subir por esta última, por esa escalera de atrás que tenía un grado signiicativo de diicultad para algunos inquilinos que llegaran sin luz solar o eléctrica que indicara cómo medir los pasos, o para aquellos con varios tragos de más. Nosotras nos acostumbramos a utilizar esta escalera sin agarrarnos de la baranda, porque la experiencia nos indicó que alguna sustancia o luido poco coniables podían estarla cubriendo. Dayana alistaba una linternita o la luz del celular, si llegábamos de noche, para subir en mejores condiciones por esta escalera de atrás. La escalera de adelante la utilizamos a veces, más para salir de la casa, la utilizamos tanto para el trasteo de nuestra llegada como para el de la partida.

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segundo piso, queda el patio donde los vecinos cuelgan la ropa que lavan y es donde Teresa tiene las plantas que adornan su hogar; es la zona comunal, allí tuvieron lugar las charlas de las contadas visitas que nos hicieron a nosotras en esta casa. También en esta parte de la casa se construyó un ascensor, sí, uno rustico, de poleas y cadenas a la vista, como una jaula grande de metal que funcionó durante los últimos años de vida del esposo de Teresa que, por su estado de salud, no podía sin este aparato trasladarse de un piso a otro de la casa; ahora la estructura se oxida, pero hace parte fundamental de la historia de este hogar.

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abstuvimos de llegar si íbamos muy tarde, otras tantas nos tocó esperar interminablemente a que Teresa nos dejara pasar; esos eran los momentos de incomodidad y, a veces, de desesperación, los momentos en que más nos sentimos fuera de lugar: noches de lluvia, sin luz, sin dinero, sin la posibilidad de salir y devolvernos hacia algún lugar y solo estar “sentenciadas” a esperar; tardes atascadas en el patio aguantando calor, contando minutos y horas para ver a Teresa por in llegar.

En algún momento llegamos al límite, y ese límite es un alto alambrado de púas, como en los campos de concentración. Mas allá sigue el mundo pero no podríamos ir hacia él, ahora que por una vez las reglas del juego tienen también su lado maligno, una amarga negatividad. (Cortázar y Dunlop 2004).

Teníamos sensaciones encontradas respecto a la situación, porque muchas veces por pena nos absteníamos de reclamar, y otras, sabíamos que pagábamos por el lugar y que lo menos que merecíamos era la facilidad para salir y entrar con libertad; en todo caso, no le íbamos a decir a Teresa “es que nosotras pagamos”, pues sabíamos el valor que tenía el que ella nos hubiera dejado entrar al lugar más privado, el más seguro de la casa (como lo sentíamos nosotras).

Algunas noches, algún vecino que nos desconocía, intentaba no dejarnos pasar, protegiendo la casa, sin mala intensión o grosería, como nos explicaban ellos mismos cuando salía Teresa para aclarar que nosotras hacíamos parte de la casa.

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un tiempo para acá, arrienda: es una tienda-miscelánea que ya lleva años allí. En este negocio nos abastecimos algunas veces, tanto de artículos de primera necesidad que se nos habían agotado, como de cerveza, dulces o algo para preparar una comida más agradable.

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En el Baño

Los baños eran los lugares tenebrosos de la casa de Teresa. Al principio, cuando exploramos los que nos correspondía usar, estábamos asustadas, preocupadas, algo espantadas. Estaban sucios, olían mal, los compartiríamos solo con hombres y, además, pensábamos en ir hasta ellos a orinar o a bañarnos y que todos los señores nos vieran; para ser sinceras del todo, teníamos mucha prevención y asco, aun cuando Teresa nos dijo: “yo voy a hacer que un día venga una señora y los limpie, esos están buenos”; de todas formas, ella o se compadeció o nos entendió o solo consintió, pero accedió a compartir su baño propio con nosotras; le dijimos que la ayudaríamos a mantenerlo limpio.

En todo caso, las primeras semanas nos daba pena pasar al baño y que siempre que lo hiciéramos las maderas del piso lo publicaran o ella misma estuviera tan pendiente. Cada vez tuvimos más conianza, pero siempre estuvimos conscientes de que nuestro uso del baño debía estar dentro de ciertos límites de tiempo, sobre todo al ducharnos; después de cinco minutos bajo el chorro de agua, afuera Teresa se impacientaba hasta el punto de bajar los tacos, tal vez pensaba “el agua fría les enseñará”. Toda esta situación hacía que los mejores baños que nos dimos en Santa Bárbara fueran cuando aprovechábamos la calma e intimidad de una ducha cuando Teresa salía a misa o a hacer alguna vuelta.

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La situación no era ideal ni para Teresa ni para nosotras, pero pese a la incomodidad, la sobrellevamos. Algunos días de mal genio de Teresa, se llevaba su papel higiénico, la crema dental e incluso la caneca, lo cual signiicaba un verdadero problema, solo la parte de la caneca, pues nosotras nos valíamos de nuestros propios papel, crema y hasta jabón de loza (porque allí lavábamos los platos, si lo recuerdan). Algunos días, cuando sí estaba la caneca en su lugar, nosotras nos encargábamos de sacar la basura. Nos cuidábamos de no hacer mucho reguero de agua al salir de la ducha, tanto por Teresa como por un intento de que la que siguiera en bañarse no encontrara el baño desastroso.

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Empacando, el regreso, pero no el final

Yo tenía necesidad de hablar, y tenía un arsenal de historias, de problemas, de preguntas, de asociaciones, de fantasmas, de juegos de palabras, de recuerdos, de hipótesis, de explicaciones, de teorías, de referencias, de refugios. Recorría alegremente los bien señalizados caminos de mis laberintos. Todo quería decir algo, todo se encadenaba, todo estaba claro, todo se dejaba descortezar sin diicultad, en un gran vals de signiicantes que exponían sus amables angustias. (Perec 2008).

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habían formado, reconformado o habían perdido forma esos pensamientos con los que habíamos empezado? Ni para el barrio, ni para sus habitantes y menos aún para la ciudad habían cambiado las cosas durante el tiempo de nuestra estadía en Santa Bárbara(tal vez solo un poco para Teresa, por lo acompañada que se sentía) y, sin embargo, para nosotras, todo había cambiado.

Durante la mitad de las vacaciones de mitad de año, otra vez con muchas dudas e incertidumbres, como al principio, decidimos que nos iríamos. Decidimos que partiríamos o que regresaríamos, dos sentimientos, dos acciones que parecen contrarias pero que tenían mucho de lo mismo; estábamos partiendo de un destino. No sabíamos, como al salir de las casas, qué “pasaría ahora”, cómo sería volver, no sabíamos ahora qué extrañaríamos y qué costumbres y rituales adquiridos sin ni siquiera darnos cuenta empezaríamos a perder; tres meses pueden parecer muy poco como para desacostumbrarse de cosas, tal vez, pero no son pocos para poder extrañar, recordar, querer, añorar.

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a partir de otro punto focal; nuestro proceso no paró allí, solo lo hizo la parte de ocupar juntas un lugar que antes no nos “había pertenecido”, solo terminó la parte de ocupar “otro lugar” y en sentido estricto, la parte de viajar dentro de la ciudad.

Claro que debemos confesar que esos desgastes que hace un momento mencionamos no pesaron menos que las relexiones sobre nuestro espacio y lugar: nuestras costumbres dejadas en pausa, algunos lugares o recorridos que no frecuentamos más durante estos meses, las limitaciones de movilidad por los horarios, la escases de recursos y por lo tanto la mala comida, las sardinas enlatadas, el té sin azúcar, la granola que seguía esperándonos como nuestra única forma de calmar el hambre, la falta de comida casera, del colchón, la comodidad y el recuerdo de esa enorme sensación de espacio propio e intimidad, nos tentaban de gran manera a volver ya a nuestras respectivas casas sin contemplarlo más.

Tristeza: eso había. Una tristeza que empezó dos días antes de la llegada (del inal), cuando por primera vez aceptamos de lleno que al día siguiente entraríamos en la etapa inal. Oh, qué poco duró el viaje. Un triunfo nublado de lágrimas. (Cortázar y Dunlop 2004).

El viaje tuvo momentos difíciles y momentos hermosos para agradecer, conocimos, aprendimos, nos inquietamos, paseamos, descansamos y nos agotamos; los meses con diicultades y dulces beneicios, rápidamente se habían pasado.

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caneca escondidos, parecían insigniicantes. Caminábamos más despacio en cada recorrido que hacíamos, mirábamos los ediicios con la conciencia plena de que si pasábamos en una semana por ahí ya no sería lo mismo, ya no nos dirigiríamos por la misma ruta trazada al que en ese momento era nuestro destino. Parábamos a comer arepa y chorizo y la nostalgia la sentía cada una, a ratos diciéndolo y a ratos guardando silencio: “vamos a dejar también esto” decía cualquiera de las dos, reiriéndonos a costumbres adquiridas y disfrutadas durante el viaje.

No queríamos ir tan cargadas el día del trasteo de regreso, no sabíamos cómo organizarlo, era como un trámite por el que no queríamos pasar, dejar a Teresa, la despedida, la empacada, la última noche, eran momentos que deinitivamente preferíamos no pasar pero que, claro, iban a llegar igual; nos llevamos con anticipación algunas cosas: ropa, la olla, alguna silla, libros, y así tendríamos menos que trastear el día inal, para cuando el cuarto se veía más vacio que de costumbre y la tristeza, aunque suene tonto, invadía el lugar.

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nosotras, más bien) triste sabiendo que algo pasaba, Teresa afuera esperando y un poco, solo un poco, de afán. Esa noche, para cada una, si bien se podría decir que todo volvería a su curso, a la normalidad, no sería tan fácil de pasar.

El tiempo que ha seguido lo hemos pasado, sí, dentro de lo que solía ser nuestra normalidad, pero llenas, como ya lo hemos dicho, de nuevas memorias, intereses e historias; de nuevos lugares y personas a las que regresar. Pensamos constantemente en los días que pasamos en Santa Bárbara, miramos el diario que allí hicimos y lo hemos replanteado, retomado, aprovechado para hacer un nuevo registro, ya desde esta etapa inal de toda la experiencia, de todo nuestro proyecto; pero no, no es realmente una etapa inal, hay muchas cosas que sabemos que aún podemos hacer con lo que vivimos dentro de nuestro viaje, hay posibilidades de volver, de ir a nuevos destinos, diferentes formas en que podríamos hablar de los sitios que vimos y de la gente que conocimos; no sentimos que nuestro proyecto o nuestras intenciones e impulsos estén concluidos, solo una parte, una etapa y una forma de mostrarlo y de compartirlo. Aunque lo que observamos, sentimos o vivimos, nos gustó, sabemos que solo nos pasó a nosotras y que tal vez solo afecte nuestra historia individual, pero hay algo que nos impulsa a compartirlo, aunque sea algún fragmento, algún pedacito, no sabemos si a manera de incentivo, de relato, de icción o de entregar un poco de lo que ambas somos y de lo que nos ha comprometido, conformado y conmovido en un momento de nuestras vidas, en este momento.

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de generar rupturas con los modos de experiencia rígidos, establecidos dentro de nuestros esquemas sociales; hoy, lo sigue siendo.

«¿Ya me dejan sola?» Nos preguntó Teresa cuando le contamos que ya nos íbamos. Luego, nos preguntó qué era lo que nos había aburrido y dijo estar segura de que era en gran medida culpa de Lucas, de esas visitas nocturnas que nos hacía. Nos invitó a volver cuando quisiéramos y concluyó, “y que perdonen”.

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Cuando de vuelta los amigos nos rodearon para divertirse con la versión oral del viaje, una visión diferente del viaje se abrió paso en muchos comentarios. Casi en seguida hubo quienes quisieron saber si nuestras intenciones habían sido meramente lúdicas o si detrás alentaba una búsqueda de otra naturaleza, la inmersión en un paisaje no solamente geográico, el enfrentamiento de la vida ordinaria y de ese

no mans land desaiante instaurado en pleno vértigo de la civilización. ¿El viaje tenía por verdadero objeto un encuentro interior, una liberación de tensiones en el orden personal e incluso histórico?

(...)

¿No estamos dando al mundo de hoy un buen ejemplo de que la imaginación puede REALMENTE tomar el poder si se olvida de las rutinas?.

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Anexo: sobre una experiencia previa en

Santa Bárbara

La lógica del lugar no la va a cambiar el artista, lo que puede es trabajar sobre ésta; estos proyectos tienen un carácter orgánico y entienden la práctica artística como un proyecto-proceso. (Santana 2011).

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Nosotras, pensando en las tradiciones y en el poder que tiene la palabra de revivir historias, conversamos con los adultos mayores de la comunidad en torno al tema de la Chucula como bebida ancestral, como bebida típica de los capitalinos; hablamos de sus recuerdos, conocimientos y recetas, encontramos variaciones de la tradición y ganas de que no se pierda u olvide. En la noche del Ángelus Novus lo que quisimos fue darle vida nuevamente a la tradicional receta, desde la preparación, hasta tomarla y compartirla. Los vasos en los que compartimos la chucula llevaban stickers con frases y testimonios que recopilamos de los diálogos con los adultos mayores del barrio; también incluimos frases en torno a la historia del cacao en nuestra cultura.

Esta experiencia la acompañamos con la realización de un mural: la adaptación de una imagen precolombina de un hombre que sostenía entre sus manos un fruto de cacao como un tesoro.

De los diálogos con los adultos mayores del barrio recogimos frases y las trasmitimos, acompañando lo que fue parte de la oportunidad de compartir con las personas del barrio una comida típica y una experiencia en torno a la Chucula como bebida ancestral de los capitalinos; las conversaciones que manteníamos con los habitantes del sector siempre iban encaminadas a esta bebida, a los conocimientos y recuerdos que tenían, la mayoría eran mujeres dispuestas a rememorar el pasado del sector, casi todas conocían muy bien la chucula, así que empezamos a revivir la receta.

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el cacao, se muelen los granos y se combina todo para hacer bolitas pegadas con agua, listas para hacer y tomar la bebida ancestral.

Esta bebida, que ya no se consigue en el mercado, es el equivalente al chocolate en barra que también se ha convertido en una tradición bogotana, pero la chucula tiene un valor nutricional y ancestral mayor; como el producto se ha hecho obsoleto a ojos del mercado, la tradición de la chucula, como la de tantas otras cosas, está a punto de desaparecer.

Finalmente, se recogieron frases de los encuentros que habíamos tenido y para la muestra preparamos la chucula como un acto de revivir las tradiciones y en los vasos donde se sirvieron estaban algunas frases pegadas de las que habíamos recogido para que se siguiera dando una discusión entre los invitados alrededor de la chucula.

Con este proyecto más que generar signifcados que se puedan asimilar, lo que se busca es CONSTRUIR SENTIDOS. (Santana 2011).

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Referencias citadas

Cortázar, Julio, y Carol Dunlop. Los autonautas de la cosmopista (un viaje atemporal Paris-Marsella). Alfaguara, 2004.

De Certeau, Michel. «Bifurcaciones.» Revista de Estudios Culturales Urbanos, Chile. 2008. www.bifurcaciones.cl/007/ reserva.htm (último acceso: Mayo de 2011).

Perec, George. Pensar/Clasiicar. Barcelona: Gedisa, 2008. Santana, Manuel. «Diplomado Teorias del arte contemporaneo. Apuntes.» Bogotá, 9 de Abril de 2011.

Bibliografía adicional

Rosler, Martha. “Si Vivieras Aquí”, en Blanco, Paloma (ed.)

Modos de hacer, Universidad de Salamanca, 2001

Ladagga, Reinaldo. Estética de la Emergencia, Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora, 2006

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Referencias

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