De una vez y para siempre

105  11  Download (0)

Full text

(1)

Novela

DE UNA VEZ Y PARA SI EMPRE

MARÍ A CRI STI NA RESTREPO

© María Cristina Restrepo López

(2)

1

Tarde o temprano tenía que enterarme. Mi bisabuela, Rosita Posada, nunca estuvo enamorada de mi

bisabuelo. El hombre a quien amó hasta el último día, fue el general Acosta.

El secreto me lo reveló su propia hija, Helena Gómez, una tarde en la sala de su apartamento. El

principal adorno de aquella habitación era una fotografía de mi bisabuela, en la que aparecía como una joven

de facciones perfectas, con el pelo recogido en lo alto de la cabeza y la mirada perdida en un sueño que ya

nunca podría alcanzar, porque hacía años estaba muerta.

Después de contemplar durante unos segundos el retrato, mi abuela añadió:

— Era apenas lógico que mamá hubiera seguido amando al general, porque no tuvo tiempo de

desengañarse.

Aquel día quise pedirle que me contara algo más sobre la pasión de Rosita Posada por el misterioso

general, pero no me atreví por temor a molestarla. Ignoraba que no sería ella la persona que me permitiría

seguir la huella de un amor largo tiempo olvidado, sino Solina Uribe, una amiga de la familia que había

crecido en casa de mi bisabuela.

2

La amistad de Solina Uribe y Helena Gómez comenzó en la niñez.

Helena vivía con su madre, con Pedro, el hermano medio, y con las tres hermanas que como ella habían

sobrevivido a las enfermedades de la infancia, Rosa, Maruja y Mariana Gómez, en una casita en la carrera

Sucre, que en ese tiempo quedaba en los linderos de Medellín. Solina vivía a tres cuadras de allí en una

quinta de la calle Bolivia. Las cinco estudiaban en el colegio de las monjas francesas a donde llegaban juntas

cada mañana. Por las tardes, antes de regresar a casa, iban a ver los trabajos forzados de los presos que

levantaban la catedral de Villanueva en lo que habían sido unas mangas sembradas de guayabos y

borracheros, y que después fueron donadas para la construcción del templo por un extranjero conocido

como Míster Moore.

Las cuatro hermanas Gómez eran rubias como su padre, al que los amigos llamaron siempre el Mono

Gómez, y casi tan bellas como su madre. La pobreza les enseñó a no tenerle miedo al trabajo, de manera

(3)

bisabuela, que trabajaba de sol a sol en una vieja máquina de coser en el corredor de la casa, acompañada

por el canto de los turpiales y, según aseguraba Céfora, la criada, por las voces apagadas de los muertos

que venían a acompañarla.

Sin embargo Solina no conocía las privaciones de sus amigas, o por lo menos no las conoció durante

los primeros años. Pero después las cosas cambiaron.

Don Justino Uribe, su padre, tenía un almacén en el Parque de Berrío donde vendía espejos, cepillos de

barbas de ballena, madejas de piola, lazos, espuelas de cobre, estribos, rollos de lino y sedas importadas. El

negocio era bueno y habría rendido para vivir cómodamente, de no haber sido porque don Justino, que era

de carácter débil y le daba más importancia a la amistad que al dinero, adquirió la mala costumbre de fiarle a

los amigos. Hasta que un día se encontró lleno de deudas y sin dinero para encargar más mercancía. Las

deudas lo obligaron a cerrar el negocio, a vender la casa de la calle Bolivia y a trasladarse a la vecina

población de Hatoviejo, donde había heredado una casa en el marco de la plaza.

Con lo que le quedó después de cancelar las obligaciones, don Justino pudo abrir una tienda de

miscelánea en el primer piso de la casa. Doña Clemencia, la madre de Solina, que de ahí en adelante se

encargaría de administrar las ventas, colgó un letrero en la puerta que decía, Almacén de Novedades. Y

debajo, la frase que los habría salvado de la ruina: no se fía.

El día de la partida para Hatoviejo Solina se despidió de las Gómez, segura de no volver a verlas en

mucho tiempo. La falta de dinero no le permitiría viajar a Medellín, ellas no podrían ir a visitarla por el mismo

motivo y doña Clemencia le había advertido que tan pronto terminara el año, la pondría frente al mostrador

de la tienda para que aprendiera un oficio útil y no fuera a cometer los mismos desaciertos del padre.

Seguramente las cosas habrían resultado como esperaba de no haber llegado al pueblo una mañana, casi

dos años después, un forastero vestido con un traje de paño oscuro, montado en una bicicleta.

El forastero pedaleaba sin prisa. Miraba a lado y lado, y al frente también, como si quisiera reconocer

algo. En ese momento Solina salía a la plaza acompañada de Manolito, el niño que servía de paje en la casa y

de ayudante de doña Clemencia en la tienda. Sin atender a los ruegos del paje que insistía para que no lo

hiciera, Solina se acercó al desconocido y le pidió prestada la bicicleta. El forastero accedió con una sonrisa,

le dijo que pasadas dos horas se encontraría con ella en la puerta de la cantina para que se la devolviera, y

se alejó en dirección a una de las últimas calles del pueblo, donde Solina tenía prohibido acercarse.

Solina practicó primero en un callejón detrás del solar, y cuando pudo pedalear sin que le temblara el

manubrio sucumbió a la tentación de dar una vuelta por la plaza. Hizo su entrada a toda velocidad. Sentía

que el suelo se deslizaba como una cinta bajo las ruedas de la bicicleta, veía brillar los destellos del sol en las

(4)

Estaba poseída por una deliciosa sensación de libertad. Se había amarrado el ruedo de la falda por encima

de las rodillas para que no se le enredara en los pedales y mostraba sin recato las piernas enfundadas en

unas medias oscuras, remendadas una y otra vez a la luz de la vela de sebo.

Notó que la gente se agolpaba en la calle, se asomaba a los balcones y a las puertas de las casas.

Unos arrieros aplaudieron cuando pasó frente a ellos. Las mulas se espantaron, un niño gritó, otro le arrojó

una pepa de mango sin acertar a pegarle. Las beatas que rezaban la novena salieron de la iglesia y formaron

un grupito en una esquina del atrio. Solina pedaleó bajo las ventanas de la casa cural, tan altas que no se

alcanzaban a ver los muebles de cuero cordobés.

Casi ochenta años más tarde, cuando Solina dedicó tardes enteras a revelarme el pasado, reconoció

que se había arriesgado a dar esa demostración en la bicicleta con el único propósito de impresionar a las

Barrientos, unas vecinas que después de dos años todavía la trataban como a una recién llegada.

De repente vio a su madre frente a la iglesia. Una figura vestida de negro, con el pelo anudado detrás

de la cabeza y el delantal blanco que le llegaba al suelo y que no se quitaba sino para dormir después de

haber trabajado durante el día lavando, cosiendo, amasando galletas para vender en la tienda, regando y

abonando las matas, atendiendo a los clientes que llamaban por la ventana para que les vendiera un carrete

de hilo o unos metros de tela, y rezando rosarios para que Solina acabara de crecer, sentara cabeza y

encontrara un buen muchacho que se casara con ella y la obligara a vivir con fundamento.

Doña Clemencia extendió el brazo en un ademán que pulverizó la risa, la embriaguez de viento y

velocidad. Solina se detuvo frente a ella y trató de hablar pero no pudo. Sentía que el aire le faltaba en los

pulmones. Las miradas que antes la habían entusiasmado tanto le pesaban ahora como una culpa. No sabía

qué hacer con la bicicleta.

— Tiene que confesarse — dijo doña Clemencia allí, delante de la gente.

Esa noche Solina durmió tranquila. Pensaba que el párroco, iluminado por la sabiduría del Espíritu

Santo, saldría a defenderla. Lo único que le preocupaba era la suerte de Manolito, a quien su madre había

despedido por cómplice, cuando no había hecho más que rogarle para que no se montara en la bicicleta.

Apenas sonaron las primeras campanadas Solina se vistió y salió a la calle. Una de las beatas de la

novena desvió la mirada... ¡Esa fue la primera señal! La iglesia estaba casi vacía. Tres viejas enlutadas

rezaban a los pies del Señor Caído. Se sentó junto a una señora que esperaba el turno para confesarse,

teniendo cuidado de no mirarla.

La mañana abría. Una muchacha tuerta, el ama de llaves del padre, entró por la puerta de la sacristía y

(5)

confesionario. Acercó la cara a la reja de esterilla y rezó el Yo Pecador a toda carrera, para que no se le

olvidaran las palabras.

— ¿Cuánto hace que no se confiesa? — preguntó el padre.

— Tres semanas — respondió.

— ¿De qué se acusa?

— Me acuso de… de… — Ya Solina le iba a decir, cuando el padre pegó un grito que retumbó en la

nave:

— ¿Vos sos la que monta en bicicleta?

Y sin darle tiempo de responder, la maldijo gritando con toda la fuerza:

— ¡Más vale que te amarrés una piedra al cuello y te arrojés al fondo del mar, que sos motivo de

escándalo!

Nunca se supo quién le había contado a su madre, porque cuando Solina volvió a la casa, doña

Clemencia la esperaba con otra especie de maldición:

— Acabo de saber que el padre le negó la absolución. Como usted ya no puede vivir aquí, mañana

salgo para Medellín a ver qué puedo hacer.

Y así fue. Al día siguiente doña Clemencia estaba sentada en el despacho del gobernador, Pedro José

Berrío, que era pariente suyo. Esperó en la antesala sin comer nada, sin tomarse un tinto ni moverse del

asiento hasta que él la recibió. Le contó la desgracia de Solina y le pidió que le concediera una beca en la

Normal de Señoritas, sin importarle que no tuviera vocación de maestra.

A su regreso anunció que Solina tenía puesto en la Normal, y que su acudiente en Medellín sería Rosita

Posada.

De esa manera, pasados apenas dos años, se reanudó la amistad de Solina con Helena Gómez y sus

hermanas. El destino cambió por completo gracias a ese capricho. Por haber recorrido en bicicleta la plaza

de Hatoviejo siendo una niña, vivió la vida en esa forma y no en otra. Por eso pasaron las cosas que

pasaron, y llegó a saber de la vida de Rosita Posada mucho más de lo que supieron nunca sus propias hijas.

3

Solina volvió a la casita de las tres ventanas — así se referían los vecinos a la casa de Rosita, porque tenía

(6)

Empujó la puerta del zaguán con la maleta en una mano y el abrigo en la otra. Rosita estaba cosiendo

en el corredor, donde mantenía la mesa para cortar las telas, el costurero y una vieja máquina de coser

alemana de la que nunca se quiso separar, negándose a usar otra más moderna. Solina pudo entreverla

desde la puerta del zaguán, medio oculta por las matas del patio. Estaba hablando con un señor que se

encontraba de pie junto a ella, de espaldas a la puerta. El canto de los turpiales llenaba la casa.

— ¿Quién hay en el zaguán? — preguntó Rosita, tratando de ver por encima de las matas.

— Soy yo — respondió Solina— . Mientras avanzaba por el corredor sintió vergüenza porque a esas

alturas todo Medellín sabía que había tenido que salir por las malas de Hatoviejo.

— ¿Qué miras, niña? ¿No vas a saludarme? — preguntó Rosita con esa sonrisa radiante que dejaba a

la gente alelada.

— Sí, señora...pero es que… es que me pareció que usted conversaba con un señor.

— Pues te equivocas. Aquí no hay nadie, mijita, ni siquiera Céfora, que salió a hacer un mandado. Las

niñas también salieron, pero no tardan en volver. Vamos a instalarte en el cuarto de Helena y Mariana a ver

si aprendes a ser ordenada — dijo, rozando con los labios la mejilla que Solina le ofreció, inclinándose hasta

su rostro resplandeciente.

Solina pudo comprobar cuánto habían crecido cuando llegaron Helena y sus hermanas. Las Gómez se

habían puesto muy lindas. Tanto, que por un momento sintió envidia. Comprendió que nunca tendría la gracia

ni la elegancia que las acompañaría siempre. Rosa, que era la mayor, y que ya tenía un pretendiente, Gonzalo

Mejía, había aprendido a confeccionar sombreros y trabajaba en el Salón Rojo, un almacén donde se vendían

artículos para señora. Maruja se veía callada, segura de poder encontrar un marido rico que la rescataría de

las humillaciones de ser “ pobre pero bien” . Mariana saludó con una sonrisa capaz de iluminar el mundo

entero y Helena, la más bella, con los ojos azules y el pelo rubio que le caía como una cascada de oro por la

espalda, le dio una bienvenida calurosa, como si presintiera que a lo último sólo quedarían ellas dos.

Aquel día Pedro se demoró para llegar a almorzar.

Pedro era el hermano mayor de las Gómez, hijo del primer matrimonio de Rosita con un general del que

nada sabían, porque un silencio obstinado se apoderaba de los mayores cuando trataban de averiguar algo.

Era como si Rosita hubiera cometido una falta en el pasado que la gente se empeñaba en borrar a fuerza de

silencio.

El hermano mayor hacía las veces de un padre. Trabajaba en un banco y por las noches copiaba las

actas de una notaría. Al verlo, Solina pensó que había envejecido. Pedro caminaba con el paso lento y los

(7)

Solina tuvo que repetir delante de Pedro la historia de la bicicleta. Rosita escuchaba con una sonrisa,

sin dejar de acariciar el camafeo que siempre llevaba prendido al cuello de la blusa. Mientras tanto Céfora se

afanaba alrededor de la mesa, puesta en honor de Solina con la vajilla de porcelana alemana y los cubiertos

de plata. Los ojos de Céfora conservaban esa vieja manía de escudriñar los rincones, como si de verdad

creyera que la casita de las tres ventanas estaba poseída por ánimas en pena que susurraban a media

noche, abrían y cerraban puertas, caminaban por el corredor o dejaban caer cosas en el patio. Esa idea se le

metió en la cabeza la noche en que Helena, que tenía cuatro años, estuvo al borde de la muerte.

Helena tenía difteria. Rosita acababa de enterrar en el cementerio de San Pedro a las dos hijitas

menores, que se le murieron con pocas horas de diferencia, ahogadas por una nata blanca que le cerró el

paso a la respiración. Helena también estaba enferma. Se veía tan grave que el médico ya le había dado

instrucciones a Céfora para que ayudara a que la niña sufriera lo menos posible en el momento de la agonía.

Céfora y Rosita velaban a la cabecera de Helena, cuando a media noche alguien llamó a la puerta.

Sintieron miedo porque a esas horas no se veía a nadie en la calle, pero como los golpes se repitieron,

Céfora tomó una vela y fue a abrir.

Allá, en la oscuridad, estaba el desconocido. Un hombre de edad mediana, al que no pudo reconocer

por los rasgos, que adivinó mal a la luz de la vela. Sin embargo le pareció que el hombre esperaba ver a otra

persona, porque miró con insistencia hacia el interior de la casa.

El desconocido le entregó una estampa de San Blas, y le pidió que le dijera a la señora que la colgara

sobre la cabecera de la niña enferma. Y que rezara por las ánimas en pena, que ellas estarían velando hasta

que la muerte se alejara. Así lo hicieron. Al día siguiente Helena estaba fuera de peligro. A partir de esa

noche la casa de Rosita se llenó de presencias.

Apenas comprobó que Helena se había salvado, Rosita regresó a la costura. Para ganarse la vida

cortaba y cosía camisas de hombre que vendía en el comercio. Se levantaba a las cuatro de la mañana, iba a

misa de cinco, disponía con Céfora las comidas del día, limpiaba las jaulas de los turpiales y les daba pan

remojado en leche o en vino, arreglaba las matas del patio, recorría la casa componiendo desórdenes y a las

nueve se sentaba a trabajar en el corredor. Cosía horas enteras, vestida con elegancia aunque no tuviera

más que dos trajes, perfumada y hermosa, dispuesta a hablar con el que llegara o a pasarse el día en

silencio, si se quedaba sola.

(8)

4

Cuando doña Zoraida Robledo sintió los primeros dolores del parto apenas despuntaba el día en San

Juan de los Andes.

Doña Zoraida sufría en ese pueblo que no había querido ir a fundar, al lado de un marido al que no

comprendía. Ella y don Lázaro Posada habían vivido los primeros años de matrimonio en Medellín en una

casa en la Plazuela de San Roque, vecina a la casa de los padres de don Lázaro.

Al parecer tenían la felicidad al alcance de la mano. Pero los hijos que les nacían se morían a los pocos

días, sin ninguna explicación. Entonces don Lázaro decidió seguir a un abogado, que para espantar el

aburrimiento del destierro al que lo había condenado la política, había resuelto fundar un pueblo en unas

tierras del suroeste, hasta entonces habitadas por dos tribus indígenas, y por algunas familias provenientes

de Amagá y Titiribí.

Pedro Antonio Restrepo, que así se llamaba el abogado, eligió para fundar a San Juan de los Andes un

lugar abrigado por la montaña, regado por una quebrada de buen caudal y bendecido con todos los climas,

desde los vientos cálidos de las riberas del Cauca hasta las heladas ventiscas de los páramos, y donde la

tierra era tan fértil que una sola mata podía producir seis arrobas de yuca, la caña de azúcar no se agotaba y

el maíz daba cosechas a destiempo. Una vez elegido el terreno donde se levantaría la iglesia, se hizo el

trazado de la plaza principal con un azadón. Pasado un año ya vivían allí trescientas familias, entre las que se

contaba la de don Lázaro Posada y doña Zoraida Robledo.

El matrimonio, que desde los primeros meses en San Juan de los Andes comenzó a mostrar los signos

inequívocos del distanciamiento, llevó a esas tierras la maldición que lo había acompañado en Medellín. Cada

año les nacía un niño que pasados unos días se moría, sin que nadie acertara a saber por qué. Uno lloró

hasta que se le reventaron los pulmones, otro amaneció helado, como si el calor de la vida se le hubiera

apagado durante la noche, un tercero dejó de respirar en brazos de doña Zoraida. Con el correr de los días

don Lázaro adquirió la costumbre de mantenerse alejado de aquella casa donde el dolor había reemplazado

al amor, y donde doña Zoraida disimulaba la pena detrás de un silencio que se ahondaba a medida que los

años pasaban y el número de tumbas aumentaba en el cementerio.

Cuando su mujer lo buscó en la pesebrera para anunciarle que le habían empezado los dolores, don

Lázaro fue por la comadrona que había visto nacer y morir a los últimos hijos, y que esta vez se negó a

ayudar porque consideraba que aquel asunto era de mal agüero. Finalmente una morrocota de oro la

(9)

La niña nació sin dificultad cuando en la plaza sonaba la última campanada del medio día. Al verla la

comadrona comprendió que aquella hija de la luz, la niña más linda que había visto en la vida, no se iba a

morir como los otros.

Con el primer vahido de la recién nacida doña Zoraida se volvió de cara a la pared y pidió que la

llevaran al último cuarto de la casa con el fin de no escuchar su llanto, ni enterarse de los pormenores de la

agonía. Esa misma tarde mandó por una nodriza para que la alimentara y la cuidara hasta que se muriera. Le

llevaron a una cuarterona llamada Vicenta, que siguió las instrucciones sin decir lo que pensaba de una

madre que se negaba a conocer a la hija, y le ofreció el pecho a la niña como si ella misma la hubiera parido.

A los seis meses Rosita seguía viva. Doña Zoraida todavía no la conocía, pero don Lázaro andaba

dichoso con ella. La llevaba a las pesebreras, la sacaba a la plaza, le hablaba como si pudiera entender lo

que decía y aseguraba que su hija iba a ser la mujer más bella del mundo. Como era ateo y no creía en el

limbo, ni mucho menos en el infierno, o en la resurrección de los muertos, no se había preocupado por

hacerla bautizar.

Sin embargo, el día en que la vio dar los primeros pasos en aquel cuarto del que estaba prohibido

sacarla antes de advertirle a doña Zoraida para que se encerrara en el suyo, consideró que era hora de

volverla cristiana, como la mayoría de la gente. Entonces le ordenó a doña Zoraida que fuera a conocer a la

niña, que la cargara y le diera el amor de una madre. El día del bautizo él mismo la llevó en brazos a la

iglesia y no la soltó sino para entregársela a los padrinos.

Apenas regresaron a la casa, una construcción de dos plantas al otro lado de la plaza frente a la

iglesia, don Lázaro le dio a la niña unas gotas de vino para que acabara de derrotar a la muerte. No valieron

ni las protestas indignadas de doña Zoraida, ni los ruegos de los padrinos, el estupor de los invitados o las

amonestaciones del padre Marulanda, molesto por haber tenido que bautizar a esa criatura que no debería

haber sobrevivido a las demás, engendradas cuando la madre era una joven vigorosa y no una mujer vencida

por el dolor y los descalabros del marido, como ahora.

— Yo también voy a bautizar a mi hija — dijo don Lázaro ofreciéndole a la niña una copa con unas

gotas de vino.

— Que este vino le permita vivir libre de temores, Rosita. Que le ayude a enfrentar el dolor y a gozar

del placer que la vida le ofrezca. Que bañe sus noches de descanso, inunde sus días de esperanza y le

permita el don del olvido y el consuelo del recuerdo — dijo don Lázaro ante el asombro de las vecinas y el

silencio del padre Eleazar Marulanda, quien mentalmente lo excomulgó por liberal, por ateo, por jugador y

(10)

A los dos años Rosita escapó con vida de la tos ferina, a los tres del sarampión. A los cuatro montaba a

caballo con don Lázaro. De él se decía que era un hombre colérico. Tanto, que le daban hasta diez rabias en

una sola ensillada. Pero con la niña no tenía más que paciencia y ternura.

Don Lázaro sonreía con orgullo cuando la veía galopar loma arriba en la yegua mora o en el potro

recién domado, erguida y segura sobre la silla, con el pelo del color de la miel agitándose al viento y las

mejillas encendidas de placer. Rosita era la única persona que podía montar en Lucero, la potranca

peseteada que conocía el camino de las fondas y se detenía en la puerta de las cantinas sin necesidad de

tirarle de las riendas.

— ¡Lázaro! — llamaba doña Zoraida desde la puerta— . Rosita está muy crecida para montar como un

muchacho.

— Es un peligro hacerlo de lado, como les gusta a ustedes — respondía don Lázaro. Y se llevaba a la

niña a ver el Tapartó, el San Juan o el Cartama, y le contaba de otros ríos todavía más caudalosos, como el

Río Grande de la Magdalena.

En la cocina mandaba Vicenta, que después de criar a la niña se fue quedando sin que nadie se lo

pidiera, o le dijera lo contrario. A doña Zoraida le molestaba su afición por la chicha, que la criada preparaba

con agua de panela y harina de maíz fermentada en una olla de barro.

A medida que Rosita crecía doña Zoraida y Vicenta le enseñaban los oficios que harían de ella una

buena ama de casa, ordenada, ahorrativa y eficiente. Doña Zoraida le enseñaba a coser, a salar carne, a freír

hojuelas, a calar dulces, a remendar y a guardar la ropa blanca en el escaparate entre ramitas de espliego, a

ensartar en una mecha de pabilo los granos del higuerillo para ahorrar velas y alumbrarse por la noche.

Vicenta, que según decían había aprendido brujería de un indio tapartó, le enseñaba los secretos de las

hierbas que recogían en el monte o que cultivaban en el solar. Rosita aprendió que el cidrón era bueno para

calmar los nervios y asentar las comidas, las hojas de brevo para las fluxiones del pecho, el boldo para los

males del hígado, la manzanilla para secar orzuelos y conservar el color del pelo de las rubias, las hojas de

coca para los dolores de estómago y los ánimos desbaratados, las flores de amapola para adormecer los

dolores del cuerpo y alejar las tristezas del alma.

— El que acude al poder de las hierbas no tiene que dejarse robar por los médicos, niña María Rosa

— aseguraba Vicenta, mientras le enseñaba a reconocer las hojas del llantén.

Decían las malas lenguas que junto con estas cosas, Vicenta le enseñaba otras: a invocar a las ánimas

del purgatorio para hablar con ellas y a conjurar al demonio para ser la mujer más bella del mundo.

A la caída de la tarde doña Zoraida se reunía con Vicenta y Rosita en la cocina para rezar el rosario. El

(11)

sobre el entejado. En noches de luna llena las tapias se iluminaban con una luz azulada y proyectaban su

sombra sobre las lajas del piso. Mientras respondía en coro a las salves, Rosita recordaba que una noche

Vicenta le había leído el destino en las cenizas del tabaco. En ellas estaba escrito que algún día se marcharía

de San Juan de los Andes para no regresar jamás. Y que conocería la dicha más profunda y el dolor más

grande que alguien pudiera imaginar.

5

Al cumplir los quince años, Rosita notó que los hombres la miraban de una manera desesperada.

Aquel año comenzaron a llegar a San Juan de los Andes partidas de arrieros con el único propósito de

verla cuando salía a barrer el portón de la casa. Rosita se había convertido en una muchacha alta, con una

brillante cabellera del color de la miel, la piel clara, la nariz recta, una boca sonriente y unos ojos que se

elevaban hacia el arco perfecto de las cejas y que tenían un color indefinible, con un fondo dorado en el iris.

— Los ojos del demonio — pensaba el padre Marulanda al verla caminar por la plaza.

Sin saber cómo, ni en qué momento, se había descubierto derrotado por una pasión por Rosita que le

trocaba el sueño por delirios inconfesables durante la noche, y lo ahogaba en malos pensamientos durante

el día.

A pesar de la admiración que despertaba, Rosita hubiera querido ser como la mayoría de las

muchachas del pueblo, ni bonitas ni feas, así fuera para no tener que apaciguarlas, para no verse obligada a

ignorar los desaires de las madres que después de hacerle algún desplante, buscaban a Vicenta en los

toldos del mercado con el fin de preguntarle qué ungüentos se untaba la niña, en qué baños de hierbas se

sumergía para salir tan resplandeciente a barrer el frente de la casa.

— Nada, mi ama, si la niña María Rosa es así porque mi Dios quiso — respondía Vicenta, asustándolas

con la fijeza de esos ojos de india sin asomo de ternura.

Entonces las mujeres de San Juan de los Andes se encerraban en las casas a ensayar infusiones de

romero, mascarillas de panela raspada con gotas de limón, baños con agua de rosas amanecida a la luz de

la luna llena. Algunas hasta se atrevían a pintarse las cejas y a colorearse las mejillas. Pero ninguna llegaba a

parecerse a la joven que hacía enmudecer al pueblo con solo asomarse al balcón.

Días antes de que Rosita cumpliera diecisiete años, don Lázaro recibió la visita del padre Marulanda.

Aunque para nadie era un secreto que al párroco de San Juan de los Andes le gustaba el aguardiente, y

(12)

Lázaro le ofreció después de invitarlo a sentarse. Sólo cuando doña Zoraida entró a la sala llevando un plato

de loza con panderos recién horneados y una jarra de vino de naranja, el padre Eleázar Marulanda vaciló. Le

quedaba difícil aceptar el vino después de haber rechazado el anís, asegurando que se tomaba un trago, uno

nada más, los domingos antes de la comida. Su rostro anguloso, de labios delgados y ojos juntos, parecía

contraído por un secreto dolor.

— Bueno, doña Zoraida — dijo al cabo de algunos reparos— . Acepto para no desairarla.

Entonces se atrevió a recostar la espalda en la silla esterillada frente al sofá de medallones donde don

Lázaro no hacía nada para disimular la impaciencia. El sacerdote se comió dos panderos, vació de un trago la

copa de vino y agradeció que doña Zoraida la volviera a llenar antes de retirarse.

Ella salió confundida. Había esperado que el padre le pidiera quedarse. La presencia del sacerdote que

había enterrado a varios de los hijos muertos al nacer, le inspiraba una angustia que se le aferraba al pecho

como las uñas de un gato rabioso. ¡Seguro que venía a traer malas noticias! No había sino que ver la cara de

preocupación que ponía, hasta cuando vaciaba la copa de vino.

Apenas se quedó a solas con don Lázaro, el padre Marulanda habló de las lluvias, preguntó por el

potro zaíno, por la huerta, por la plaga de cucarrón, peor que en años anteriores, por el ganado, por la mina

que estaban abriendo quebrada arriba, por las dalias de doña Zoraida. Acabó de tomarse el vino y sus ojos

se posaron en la jarra que descansaba sobre la consola, junto a los panderos todavía tibios.

— A usted como que le gusta el vino que prepara mi mujer. ¿Quiere otra copita, padre?

El aire vibró con el tañido de las campanas de la iglesia. Se acercaba la hora del Viacrucis y el padre

Marulanda no encontraba las palabras para decir lo que quería. La helada cortesía de don Lázaro lo

intimidaba. Jugó con el escapulario y miró por la ventana.

— ¿Seguro que no quiere otro vinito, padre? — repitió don Lázaro.

— No, mil gracias. Tengo que irme ya. He venido a pedirle un favor.

— Usted dirá.

— Se trata de su hija Rosita.

Don Lázaro guardó silencio y miró fijamente a su interlocutor.

— Su hija se ha puesto muy linda.

— Así es. Rosita es una mujer hermosa.

— Más de lo conveniente… ¿No le parece, don Lázaro?

El padre Marulanda volvió a escudriñar la plaza a través de los barrotes de la ventana, como si

(13)

de la hija, lejos de la jarra de vino que no se atrevía a tocar, lejos del cuerpo voluptuoso y los andares

tentadores de Rosita, que debía de estar por ahí.

— No considero que la belleza sea un inconveniente para una mujer. Al contrario, padre.

— Bueno, don Lázaro, tal vez usted tenga razón. Además, la belleza es un don de Dios. Pero puede

llegar a ser una… ¿cómo decirlo? una perturbación. Usted, que es un hombre tan… tan recorrido, se dará

cuenta de los peligros que entraña.

— Pues no, padre, no veo peligro alguno. Especialmente cuando se trata de una mujer virtuosa. ¿O es

que acaso duda de la honestidad de mi hija?

— ¡No, no, en absoluto! ¡Ni más faltaba! No obstante, en mi condición de pastor del rebaño, me he

dado cuenta de las emociones que la belleza de Rosita despierta en algunos caballeros. Por eso quiero

pedirle un favor… a la niña no le costará ningún trabajo y…

— Acabe de hablar.

— Pienso que sería mejor si Rosita entrara los domingos a la iglesia un cuarto de hora antes de la

misa. Así nadie tendría malos pensamientos al verla pasar.

— ¿Se da cuenta de lo que está diciendo, padrecito?

— Le ruego que no se altere, don Lázaro. Entienda usted: si Rosita llega a la iglesia un cuarto de hora

antes, hasta puede rezar un rosario en acción de gracias por su hermosura.

— Cuénteme una cosa, padre: ¿esta idea ha sido suya?

El padre Marulanda miró la jarra de vino. Pero ni don Lázaro le ofreció otra copa, ni él la pidió. Después

miró por la ventana. El templo se recortaba al fondo, detrás de las ceibas, recostado contra las montañas

donde los búcaros habían florecido. Desde la sala se oía la algarabía de las guacharacas asentadas en los

árboles. Sobre las montañas descendía un cúmulo de nubes de un gris plomizo, anunciando lluvias para más

tarde. Amarrada a un árbol frente a la ventana, una mula amarilla espantaba moscas con la cola.

Esa semana había recibido la visita de varias señoras del pueblo. Sin disimulo, como si fuera lo más

natural, le pidieron que alejara a Rosita Posada, acusándola de lo que no era pecado, ni siquiera obra suya,

porque había nacido hermosa. Temían el poder de la joven que volvía a despertar en sus hombres unos

instintos que ellas creían apagados. El padre Marulanda prometió hablar con don Lázaro pensando que no

era Dios, sino el Diablo, el que le daba la oportunidad de entrevistarse a solas con Rosita antes de empezar

el servicio. A don Lázaro le diría lo de las idas a misa. A doña Zoraida lo de las cabalgatas a horcajadas, los

mandados al granero y la diaria barrida del portón de la casa.

— Digamos que no, don Lázaro — respondió el cura— . Lo que ocurre es que algunas señoras están

(14)

— ¡Y usted se prestó para pedirme que la aparte, como si fuera una apestada!

— ¡Don Lázaro! No les dé a mis palabras el sentido que no tienen.

— ¿Acaso tienen otro sentido que el que usted y yo les damos? ¡Ni que yo fuera un imbécil para no

entender lo que esas malditas mujeres se traen entre manos! Les encantaría desacreditar a Rosita. Apartarla

para dejar caer una sospecha que con el tiempo se irá convirtiendo en certeza. ¡Dígales que se vayan al

carajo! ¡Que el diablo se las lleve con todo y su maldita putería!

— Recuerde que está en presencia de un hombre de Dios.

— ¡Valiente hombre es usted, padre Eleázar! No tiene que hurgar mucho en su conciencia para saber

que está cometiendo una injusticia, pero le da miedo alborotar a esas arpías, ¿no es cierto? Y de paso

tampoco le molestaría quedarse un cuarto de hora a solas con mi hija. ¡Váyase ahora mismo de mi casa!

— Le repito que está ofendiendo a un hombre de Dios.

— Y yo le repito que usted no es ningún hombre. Váyase y no vuelva. Y no se preocupe, que a partir de

hoy ni mi mujer, ni mi hija, volverán a poner los pies en su iglesia. Bien pueda decirles a esas beatas que

estén tranquilas porque muy pronto ni ellas, ni los cabrones de sus maridos, volverán a ver a Rosita!

6

Esa misma noche empezaron los preparativos para el viaje de Rosita Posada a Medellín. Ella aceptó

contenta la idea de conocer otras tierras, de vivir por un tiempo con los parientes que tanto mencionaba don

Lázaro, quien después de la conversación con el cura había decidido mandarla a pasar una temporada con

su padre, don José Antonio Posada, que vivía con su mujer y con Paulina, la hija menor, en una casona de la

Plazuela de San Roque.

Apenas supo que la nieta, a la que no conocía, iba a pasar una larga temporada con ellos, don José

Antonio le consiguió puesto en el colegio de Santa Teresa. Ese cambio inesperado le permitiría a Rosita, que

sabía leer y escribir, pero no mucho más, aprender algo de francés, de geografía, de música y de pintura. Ella

aguardaba el día de la partida con un presentimiento que no le confió ni siquiera a Vicenta: iba a Medellín, no

para instruirse, ni para calmar el enojo de su padre con el cura, sino para algo que tenía que ver con el

cumplimiento de ese destino cifrado en las cenizas del tabaco.

Entre tanto las vecinas hacían cábalas sobre el hecho de que doña Zoraida, Rosita y Vicenta se

hubieran ausentado del templo. Las que conocían la razón disimulaban. Otras aseguraban que doña Zoraida

(15)

particular, que cada misa a la que faltaban añadía uno más a la ya extensa lista de pecados mortales. Don

Lázaro, que alcanzó a oírla una mañana, respondió con una sonrisa:

— ¡No se preocupe Zoraida, que Dios me anota los pecados de todas ustedes! Por lo menos los que

tienen que ver con lo de faltar a esa maldita iglesia. Porque me imagino que serán los únicos… ¿verdad?

Doña Zoraida se encerraba a coser y a remendar en el cuarto más alejado, el mismo en el que había

instalado a Rosita para no verla morir cuando nació, esta vez para no oír las campanas de la iglesia llamando

a misa. Pero era inútil, porque de todas formas las oía.

Entonces cortaba una hebra de hilo con los dientes y trataba de enhebrar de nuevo la aguja,

maldiciendo en silencio la vida que obligaba a las mujeres a obedecer al marido aún a expensas de los

mandamientos, pensando en los desengaños, en las penas y las humillaciones que tendría que soportar

Rosita, no sólo por el hecho de ser mujer, sino también por ser tan bella. Sentía miedo de ese rostro perfecto

que su hija tendría que llevar durante años todavía.

7

El viaje de Rosita a Medellín se cumplió en cuatro jornadas. En el momento de la despedida Vicenta la

abrazó y le anudó al cuello un escapulario junto con un amuleto para el mal de ojo. Doña Zoraida le dijo

adiós con una bendición y los ojos secos, aunque aquella noche le había aparecido otra arruga en el

entrecejo. Habría preferido que Rosita no se moviera de su lado. Complacer al padre Marulanda y esperar

hasta que uno de los jóvenes del pueblo pidiera la mano de su hija y la pusiera a vivir como ella, como su

madre y su abuela, sirviéndole a él y a los hijos que llegaran, cuidando del orden y la economía de la casa,

enfrentando los azares del destino con resignación. Poco a poco la vida iría convirtiendo a Rosita en una

como las demás, quebrantada por los partos, cansada de prodigar cuidados, de vivir en un duelo

permanente y secreto por haber ido enterrando, uno tras otro, todos los sueños.

El pueblo todavía dormía, así que nadie vio bajar a Rosita por el camino real. Doña Zoraida y Vicenta se

quedaron de pie en la puerta del solar, alumbradas por la pálida luz de las estrellas, hasta que el sonido de

los cascos de las mulas se apagó en la distancia.

Como no quería verla salir del pueblo después de haberla obligado a marcharse sin que fuera su

intención, el padre Marulanda se había ido para Jericó, donde vivían Paula, Rosario y Mercedes Castillo, sus

(16)

Los habitantes de Jericó estaban tan acostumbrados a ver al cura párroco de San Juan de los Andes

paseándose por la plaza en compañía de las tres hijas, que el espectáculo no les llamaba la atención. Se

limitaban a saludarlo o a cambiar con él unas palabras mientras las niñas hablaban con las amigas. Pero

aquel día un forastero observaba el insólito paseo desde el balcón de la casa del señor Valenzuela, donde

había instalado el cuartel. Se trataba del general Antonio Acosta, llegado con el ejército de ocupación del

general Julián Trujillo al Estado de Antioquia.

El general miraba al sacerdote y a sus hijas apoyado en el balcón, mientras se fumaba un habano. Una

sonrisa le plegaba los labios. El padre Marulanda ignoraba que algún día tendría que pagar por aquello que a

los ojos del militar aparecía como una perfecta demostración de la doble moral del clero. No porque el

general Acosta tuviera algo en contra de los hijos naturales. Al contrario, pensaba que la gente estaba en

libertad de tenerlos como quisiera. Pero rechazaba una conducta que contradecía abiertamente las prédicas

desde el púlpito.

Cuatro días más tarde don Lázaro y Rosita llegaron a Medellín. A horcajadas en la mula, Rosita miraba

los balcones, las ventanas cerradas con tranca desde los primeros toques de la oración, las calles estrechas

y mal empedradas. Al doblar una esquina tropezaron con un sereno, aburrido y con frío, que para no

dormirse trazaba caminos invisibles de un lado al otro de la calle.

Apenas entraron a la pesebrera de don José Antonio, Rosita desmontó ágilmente, como si no llevara

cuatro días cabalgando por trochas escarpadas, durmiendo sobre esteras tendidas en el piso de las fondas

al pie de don Lázaro, que no la desamparaba. Don José Antonio, un anciano con barbas de patriarca y ojos

amarillos, se acercó y alzó el candil para estudiar el rostro que había causado tanto inconveniente. Con una

sonrisa le acarició la cabeza. Después se volvió para abrazar al hijo en un gesto desacostumbrado que nunca

en la vida volvería a repetir. Entonces habló para disculpar a doña Rafaela:

— Su mamá los estuvo esperando con Paulina, pero como no se sabía a qué horas iban a llegar,

resolvieron irse a dormir.

Sin decir más los invitó a entrar a la casa. Don José Antonio se cuidó de decir que doña Rafaela andaba

mortificada desde que les llegó la primera carta del hijo pidiéndoles que recibieran a Rosita. Ella no quería

cargar con una nieta que había tenido el desacierto de llamar demasiado la atención, ni responder por una

persona a la que tildaba de desobediente y altanera, aún sin conocerla. Por ese motivo llevaba varias

semanas repitiendo que la mujer del César no sólo debía ser, sino pa-re-cer, pronunciando el verbo bien

despacio, como para grabarlo en la consciencia de su hija Paulina, apenas un año mayor que Rosita.

(17)

— Su papá se volvió para Andes y me encargó que le diera saludes. Por lo demás, sepa y entienda que

aquí va a tener que manejarse muy bien. ¿Me oyó?

8

Rosita se dispuso a vivir en Medellín como lo había hecho en San Juan de los Andes, amoldándose a la

rutina de trabajo y estudio. Pero su llegada coincidió con la aparición de una plaga de langostas que

comenzó a devorar la vegetación del Valle del Aburrá, amenazando con arruinar a los agricultores y con

matar de hambre a la gente. Eran muchos los que se tapaban los oídos con cera de abejas desde el

amanecer para no oír el crujido de las mandíbulas de los insectos que parecían anunciar el fin del mundo.

Don José Antonio cerraba más temprano que de costumbre el almacén, donde les vendía a los mineros

sombreros de paja y artículos de minería, y salía al campo con una partida de hombres para combatir con

palos, escobas y redes la plaga que asolaba las cosechas.

Al llegar a los linderos los cazadores de insectos se repartían en grupos. Unos se dirigían hacia el cerro

del Pan de Azúcar, otros hacia el río, otros hacia El Aguacatal, algunos hacia el norte. Detrás marchaban los

sacerdotes bendiciendo los huertos, las quebradas, los campos y los sembradíos.

Trataban de aplacar la ira divina que en opinión de muchos había sido provocada un año atrás por la

llegada del general Julián Trujillo que había entrado a la ciudad como jefe civil y militar del gobierno, al mando

de cuatro mil hombres del ejército de ocupación. También se culpaba a los traidores de la soberanía del

Estado de Antioquia que recibieron al usurpador cuando llegó a la Puerta Inglesa, montado en un caballo que

hacía caracolear debajo de los arcos triunfales levantados desde allí hasta la Plaza Principal, con unas

charreteras de oro macizo y una espada con la empuñadura cuajada de piedras preciosas.

Además de la zozobra causada por la plaga devoradora, Rosita encontró un clima en el que hervían el

odio, el miedo y la arrogancia de los partidarios de los liberales radicales que llegaban para terminar con

años de hegemonía conservadora. Ahora comenzaban a proclamarse ideas libertarias como la supremacía

del poder civil, la importancia de la educación común y la libertad de conciencia, ideas que horrorizaban a

personas como doña Rafaela.

Ella no se cansaba de enumerarle a Rosita los horrores de la ciudad ocupada hacía apenas unos meses

por el ejército, en el que se destacaban por su crueldad los negros del Cauca que atacaban y saqueaban las

casas, molían a palos a los ancianos en las calles, mataban a los padres de familia, robaban a los criados y

(18)

invasores, obligándola a persignarse cada vez que le hablaba de los templos cerrados, de la prohibición de

sacar el Viático, de tocar las campanas o de celebrar procesiones, así como del destierro de muchos

sacerdotes entre los que se contaba el obispo Montoya, su confesor. Temía por Paulina y ahora también por

Rosita. Por ese motivo les había prohibido asomarse a las ventanas o salir al balcón.

— Ahora sí parece que se acerca el fin del mundo. Al fin y al cabo no falta mucho para el siglo veinte

— decía doña Rafaela, fulminando con la mirada a Rosita que la escuchaba por educación.

El temor de la gente, que sospechaba hasta de los parientes más cercanos, se traicionaba en los

rumores que acompañaron la llegada de Rosita a Medellín, y que pasaban como un soplo de aire tibio por las

calles y las plazas, por las alcobas y los salones, por los patios, los zaguanes y hasta por la misma sacristía

de los templos, donde los sacerdotes se estremecían al recordar los sacrilegios.

—¡Venganza divina por las infamias cometidas!

Se murmuraba en voz baja porque la gente tenía miedo. Había espías, los amigos se acusaban unos a

otros, nunca se sabía quién podía ser el delator.

— ¡Ave María Purísima! — exclamó una tarde en el solar de la casa Ana Felisa, la criada que había

ayudado a levantar a los hijos de don José Antonio. Estaba aterrada porque había visto desaparecer las hojas

del papayuelo, las del naranjo y las del cidrón, que tanta brega le había dado prender y que le sentaba tan

bien a doña Rafaela cuando se le alborotaba el genio— . ¡Dicen que es por haber obligado la huída del señor

obispo Montoya!

— ¡Y por las orgías de los soldados en El Cuchillón y en el Camellón de Guanteros! — respondió otra de

las criadas hablando pasito, no porque temiera ser delatada, sino por miedo a una reprimenda de doña

Rafaela, que no toleraba que se hablara de política en su cocina— . ¡Pensar que la tropa llegaba a las casas,

sacaba a los dueños y armaba fiesta de varios días con músicos y con mujeres!

Camino a la iglesia o al colegio, Rosita oía hablar del saqueo de los templos donde los soldados habían

cometido toda clase de profanaciones, disfrazándose con las casullas de los sacerdotes, bebiendo

aguardiente y chicha en los copones, amarrando las bestias en los altares y fornicando con las mujeres sobre

los altares frente al Santísimo expuesto, o peor aún, bajo la mirada escandalizada de La Virgen.

— La plaga devoradora la provocaron con magia negra los conservadores en venganza por haber sido

expulsados del poder. ¡Por eso, y para desacreditar al gobierno liberal!

— ¡Qué va, ni los mismos liberales escaparon!

— ¡Pensar que doña Teresita Santamaría, don Fernando Vásquez, los Misas, los Restrepo, hasta el

propio don Recaredo de Villa, el que fue gobernador, se quedaron en la calle! ¡Pensar que esos brutos

(19)

— Es lo que pasa en las guerras: el que viene ganando, viene mandando.

— ¡Castigo por haber permitido que se derogaran las leyes que prohibían la vagancia y el

amancebamiento!

— ¡Como que los liberales son muy aficionados a esos dos vicios!

— Los conservadores tampoco se salvan. Lo que pasa, es que son más disimulados.

Estos y otros eran los rumores que corrían por Medellín hacia comienzos de 1878. Una mañana, Rosita

le pidió permiso a doña Rafaela para ir a cazar langostas con don José Antonio y los muchachos.

— ¿Cómo se le ocurre semejante barbaridad? ¿Salir al campo con José Antonio y los muchachos? ¡Ni

riesgos!

Ana Felisa le había dicho en voz baja que la culpa por la desaparición de los cultivos de yuca y plátano,

de fríjol y maíz, la tenía la guerra, no la plaga:

— ¡Los hombres no tienen derecho a matarse, niña Rosita!

— ¡Los hombres no tienen derecho a matarse! — repitió Ana Felisa. Y Rosita sintió un dolor

inexplicable, algo así como el aviso de una muerte que llenaría sus días de ausencia.

A la mañana siguiente se asomó al balcón para ver la partida que salía a combatir la plaga. Por la casa

de enfrente pasaba un sacerdote seguido de un monaguillo que tocaba enérgicamente una campana. Los

que marchaban en la fila, invitaban a gritos a los vecinos.

— ¡Rositaaa! ¡Para adentro! — llamó doña Rafaela desde el primer piso.

Pasados cinco minutos la calle quedó desierta. Rosita bajó a la sala y se sentó de espaldas al paso, un

apóstol Santiago de tamaño natural. Doña Rafaela aseguraba que estaba en la familia desde que el primer

antepasado, un andaluz que vivió primero en Santa Fe de Antioquia, después en Popayán y por último en

Medellín, lo había traído de España.

Rosita tomó una pizarra y se puso a dibujar tratando de no pensar en las guerras, ni en las palabras

de Ana Felisa. Una de las vacas de la casa, que sacaban diariamente a pastar en una manga vecina, mugió

llamando al ternero. Pocas eran las noticias que Rosita recibía de San Juan de los Andes. Doña Zoraida se

limitaba a mandarle razones: que fuera obediente, que no saliera sola ni hablara con desconocidos. Que se

cuidara de mirar a los soldados. Si tenía, don Lázaro enviaba dinero para ayudar a cubrir sus gastos.

Muy pronto Rosita comprendió que doña Rafaela era orgullosa, llevada de su parecer, que la toleraba,

nada más, sin quererla. Aprendió a no contradecirla aunque seguía asomándose a la ventana cuando ella no

andaba por ahí, caminando descalza por la casa, comiendo mangos biches con sal y bañándose

completamente desnuda en el agua fría que llegaba hasta el baño de inmersión por una cañería de guadua.

(20)

sacudía la puerta preguntándole por qué se estaba demorando tanto. Entonces Rosita se apresuraba a mojar

el chingue que debía cubrir su hermosura hasta de sus propias miradas y salía fresca y resplandeciente, con

esa sonrisa que tanto admiraba a la gente.

Doña Rafaela la miraba con recelo, como si estuviera esperando que cometiera un error irreparable.

Una semana antes de conocer al general Acosta, el mismo que había observado con tanto interés el

paseo del padre Marulanda con sus hijas en Jericó, Rosita estaba cosiendo junto a la puerta de la despensa

donde caía bien la luz del atardecer, cuando llegó un paje con una noticia que casi enloquece de dolor a

doña Rafaela. Su hermana Flora, a la que quería como a una madre, se estaba muriendo, carcomida por un

mal que había ocultado con un celo feroz.

Durante los últimos años Flora se había dedicado a la devoción y a la penitencia. Tal vez por eso a

nadie le extrañó que la piel se le fuera poniendo cerosa, ni que esa figura que vagaba por los cuartos en

galería repitiendo jaculatorias se estuviera secando igual que un muerto. Nadie la oyó quejarse jamás. Nadie

observó el menor rictus de dolor en su rostro.

Don José Antonio y doña Rafaela no podían creerlo cuando el paje les dijo entre sollozos que el ama

Flora estaba agonizando y que no quería dejarse examinar por el médico. Flora murió pocas horas después

sin haberse tomado una bebida calmante, sin haber permitido que el médico de la familia cruzara el umbral

de la puerta.

Doña Rafaela y las monjitas que ayudaron a ponerle la mortaja descubrieron horrorizadas la razón de

esa muerte al parecer intempestiva: un tumor maligno le había carcomido el seno izquierdo, que ya no era

más que una masa putrefacta y sanguinolenta. En el escaparate encontraron los trapos ensangrentados con

los que Flora se oprimía el pecho para que nadie notara el mal que la iba devorando lenta e inexorablemente.

— ¡Cuando yo estaba chiquita creía que Flora era mi mamá! — sollozaba doña Rafaela retorciéndose

las manos— . ¡Si yo hubiera sabido que estaba enferma!

— ¡De todas maneras se iba a morir, mija! — decía don José Antonio, tratando de consolarla— . De

todas maneras se iba a morir…

Hasta que cansado de tanto repetir la frase inútil, se refugió en un rincón de la sala y no volvió a decir

palabra.

Cuando ocurrió el episodio de la ventana, algunos atribuyeron la severidad de doña Rafaela al dolor de

(21)

9

El día en que Rosita y el general Acosta se conocieron, doña Rafaela aceptó que ella misma había

tenido la culpa por no haber sido más severa con la nieta, que a diario desoía sus órdenes y salía al balcón,

o se sentaba horas en la ventana.

Lo que no sabría nunca era que Rosita se asomaba a la ventana, no con la intención de desobedecer,

sino con el ánimo de espantar el silencio de la casona. Con el tiempo el recuerdo de las personas y de los

lugares que le eran familiares se había vuelto más preciso y doloroso.

Rosita sentía nostalgia especialmente por las noches cuando ella y Paulina oían desde el piso de arriba

las voces de los amigos de don José Antonio, que se reunían para hablar de revueltas, de partidos políticos,

de los trabajos en el campo o en las minas. Pero ni ellas, ni doña Rafaela, que después de saludar se

retiraba con discreción, podían asistir a esas veladas exclusivamente masculinas. Rosita oía cómo las voces

de los visitantes se iban alzando en la sala iluminada por velas de sebo. A ella le habría gustado bajar para

enterarse de lo que hablaban, pero obedecía la orden de ir a rezar otro rosario en el cuarto de doña Rafaela.

Respondía a las avemarías y para no dormirse estudiaba los cuadros que colgaban de las paredes: La

Última Cena, el Sagrado Corazón, la Virgen del Carmen, la de La Candelaria, la del Perpetuo Socorro, el Niño

Jesús de Praga, San Antonio. Se quedaba mirando a San Roque, un anciano de aspecto enfermizo con una

calavera en la mano, señal de aceptación ante la inminencia de la muerte. No bien se cansaba de mirar a los

santos, Rosita se volvía hacia el lecho de madera de cedro con columnas que sostenían un baldaquín.

Le parecía increíble que en esa cama se hubieran engendrado doce personas. No podía imaginar a

doña Rafaela entregándose a don José Antonio con la fogosidad con que las yeguas en la pesebrera de don

Lázaro recibían al caballo padrón. Aunque nadie le hubiera dicho nada, ella sabía que algo parecido, a la vez

terrible y hermoso, sucedía entre un hombre y una mujer cuando se amaban.

— ¿Por qué sonríe, Rosita?

— Por nada, señora. Santa María, madre de Dios…

Así corrían las semanas, hasta que finalmente llegó la tarde de aquel miércoles que marcó para siempre

el destino de Rosita. Ella y Paulina se habían acomodado en el hueco de la ventana de la sala, aprovechando

que doña Rafaela estaba ocupada en la cocina preparando una gelatina de pata para un enfermo.

El viento mecía las ramas de los árboles, las hojas y las flores que habían caído al suelo giraban en

remolinos cuando soplaba una ráfaga de aire tibio. Era una de esas tardes luminosas. Las montañas se

recortaban azules contra el cielo transparente y el silencio de la siesta se prolongaba con el calor. El único

(22)

A medida que se acercaba el trote de los caballos se redujo al paso, como si los jinetes hubieran

aflojado las riendas.

— ¡Cómo me gustaría salir a dar una vuelta a caballo! — dijo Rosita.

El viento hizo sonar las hojas en las ramas de los árboles.

Paulina los vio primero. Los tres jinetes cabalgaban en silencio. Dos oficiales del ejército invasor y un

indio de piel cobriza y mirada esquiva que venía detrás. A diferencia de los oficiales iba descalzo, con los pies

apoyados apenas en los estribos, como una persona acostumbrada a pasar largas horas sobre la silla de

montar.

Los jinetes se acercaron a la ventana y saludaron a las jóvenes con una cortesía que desmentía las

historias de atropellos y violencias denunciadas a diario por la gente. El indio se mantenía detrás de los

oficiales, mal encarado y como al acecho. Paulina respondió al saludo con una audacia que en otro momento

habría hecho reír a Rosita. Pero ella callaba, sobrecogida por la mirada del mayor de los tres hombres.

Antonio Acosta la miraba asombrado. Tenía los ojos y el pelo oscuros, los rasgos bien definidos y la piel

cetrina de las personas con unas gotas de sangre india en las venas. El trazo sensual de la boca suavizaba la

dureza del rostro y el fuego de la mirada lo hacía parecer más joven. Sin pronunciar palabra el general

Acosta acercó el caballo a la ventana. Rosita contuvo el aliento.

Volvieron a mecerse las ramas de los árboles, las hojas y las flores secas giraron entre las patas de los

caballos. Antonio Acosta y Rosita Posada acaban de mirarse por primera vez. Las palabras de Paulina y el

oficial sonaban distantes, como si se estuvieran pronunciando en otro tiempo y en otro lugar, lejos del

general llegado a Medellín con el ejército radical, lejos de Rosita Posada, llegada desde San Juan de los

Andes para amarlo como no volvería a amar en la vida. El brillo apasionado de esos ojos oscuros la

conmovía. Habría podido seguir allí, de pie en el hueco de la ventana, con las manos aferradas a los barrotes

y el corazón empeñado en una carrera enloquecida. Volvió a percibir los ruidos que hasta ahora habían

acentuado el silencio de la siesta.

Lejos, muy lejos, sonó la risa de Paulina.

El general Acosta contemplaba a Rosita como si quisiera grabar en la memoria la forma perfecta del

rostro, la línea de las cejas que se elevaban hacia las sienes, el pelo que brillaba como si fuera cobre

bruñido. Reconoció la importancia de ese encuentro que bien habría podido no darse. Una leve presión en

las riendas para que los caballos pasaran por otra calle, la ventana cerrada, una tarea cualquiera en el

interior de la casa y ellos jamás se habrían conocido.

Rosita temía el instante próximo, inevitable, en que el oficial tendría que marcharse. El momento en que

(23)

cabeza hacia la sala donde los muebles oscuros, los candelabros de bronce y la figura fantasmal del apóstol

Santiago presenciaban el diálogo callado que se llevaba a cabo entre ella y el hombre que ya la amaba.

Haciendo gala de un atrevimiento que doña Rafaela habría considerado vergonzoso, quizás más que la

charla imprudente de Paulina con el otro oficial, Rosita sonrió. Lo hizo mirándolo a los ojos. Acababa de

reconocer, en el mismo instante en que lo hacía el general Acosta, que ambos habían nacido para ese

encuentro.

La voz de doña Rafaela estalló a sus espaldas. Era la misma voz que había doblegado la voluntad de

don José Antonio, disciplinado una docena de hijos, dirigido sin descanso la marcha de la casa, sermoneado

a las amigas, rezado miles de rosarios:

— ¡Para adentro!

Rosita sintió que aquella orden le arrebataba la felicidad, robándole la certeza que acababa de nacer en

su corazón. ¿Cuándo volvería a verlo? ¿Podría repetirse alguna vez ese encuentro? A partir de ese día se

pasaría la vida buscando en otros ojos el fuego de la mirada del oficial que seguía sonriendo, indiferente a la

indignación de doña Rafaela.

Antonio Acosta la miró como si la suerte estuviera en sus manos. Como si en sus manos estuviera el

poder de impedir que les negaran la dicha perfecta que ambos habían experimentado con sólo cambiar una

mirada.

La voz de doña Rafaela volvió a sonar con la violencia de un latigazo. El oficial acercó todavía más el

caballo a la ventana. Rosita olió el sudor del animal, el olor a cuero de los aperos. El general Acosta se inclinó

para cubrir con la suya la mano prendida a los barrotes. Rosita sintió la tibieza de los dedos, la aspereza de

la mano acostumbrada a llevar las riendas y a empuñar las armas, la deliciosa familiaridad de ese contacto

que parecía conocer desde siempre. En lugar de sentirse avergonzada volvió a sonreír. Antonio Acosta la

miró a los ojos:

— Vendré a buscarte — dijo.

10

Don José Antonio salió en defensa de Rosita alegando que hasta el episodio de la ventana no había

dado brega, que asistía puntual a la primera misa, se dejaba pulir en el colegio sin hacer reparos como

(24)

Balbuena, sin pedir permiso para unirse a las romerías que iban hasta las playas del río. No obstante la

voluntad de doña Rafaela pudo más que la suya y llegado el momento le mandó razón a don Lázaro para que

viniera a Medellín por la hija.

Rosita regresó a San Juan de los Andes tres semanas más tarde en medio de un aguacero que había

empezado después del almuerzo. El agua bajaba en arroyos por las montañas, volviendo las trochas

resbaladizas y traicioneras. Se había cubierto con el encauchado pero aún así el agua le calaba las ropas.

Los dientes le castañeaban como si tuviera fiebre y desde hacía varias horas tenía hambre. Los jinetes

cabalgaban en silencio como si el rumor incesante de la lluvia los hubiera adormecido.

— Ya vamos llegando — dijo por fin don Lázaro— . Apenas las mulas sientan la pesebrera andarán con

más ánimo.

Rosita abrigaba un pensamiento que se imponía a los demás. La mirada de Antonio Acosta, y su

promesa de venir a buscarla. Volvió a recordar lo que le había dicho Vicenta cuando le leyó las cenizas del

tabaco y se preguntó cuánto tiempo tendría que esperar para irse definitivamente del pueblo en compañía de

ese hombre en el que había puesto la fe de una vez y para siempre, desafiando las razones que le habrían

impedido confiar.

Apenas entraron al corral desmontó y saltó por encima de los charcos hasta la cocina donde flotaban

los olores a hierbas aromáticas, a humo, a chocolate, a miel de panela y a leña recién cortada. Doña Zoraida

y Vicenta rezaban el último rosario para que el viaje se completara sin peligro.

— ¡Gracias a Dios regresaron con bien! — dijo doña Zoraida, poniéndose de pie, aunque no pudo

abrazar a Rosita. Algo en el alma le impedía cualquier manifestación de cariño hacia la hija. Por eso jamás la

abrazaba, ni recordaba haberle dicho alguna vez que la amaba. No obstante sintió celos al ver que Rosita se

arrojaba en brazos de Vicenta.

— ¡Si viera Vicenta, que en Medellín no cocinan con leña sino con carbón!

— ¡Vaya cámbiese de ropa, niña Rosita, no sea que se le meta en el cuerpo una enfermedad como la

que le dio a la hija de don Patricio Mejía, ¿se acuerda? ¡La que tenía el pulmón picado! La semana pasada la

enterraron.

La alegría de doña Zoraida volvió a convertirse en temor no bien tuvo a la hija en frente. Temía que

volviera a hacerse notar, que no quisiera casarse cuando apareciera un buen partido, si es que aparecía

alguien a quien no le importara llevarse a una muchacha que había sido desterrada de Andes y también de

Medellín. Le preocupaba lo que la gente pudiera pensar, no solo de Rosita, sino de la familia, y no entendía

por qué gracia Dios le había mandado una hija así, cuando lo que a ella más le gustaba era pasar

(25)

Pero esta vez las preocupaciones de doña Zoraida estaban de sobra porque ahora a nadie le

interesaba conocer el verdadero motivo del viaje de su hija a Medellín, ni las razones de su regreso.

El paso de las tropas liberales por aquellas tierras había desencadenado una serie de hechos violentos.

Entre ellos se contaba como el más infame la tortura del padre Marulanda, que había sido llevado a la fuerza

a Jericó donde un general del ejército invasor, de nombre Antonio Acosta, le había ordenado que se pusiera

la chaqueta militar y marcara el paso con la tropa.

Una mañana, poco después de la partida de Rosita para Medellín, cuando la niebla que cubría la parte

más alta de los montes se había despejado, llegó a San Juan de los Andes un piquete de soldados

pertenecientes al ejército invasor. Eran cuatro o cinco hombres mal alimentados y peor vestidos, pero

estaban armados y eso les daba autoridad. Venían a lomo de mula y traían otra aperada y sin jinete.

No pareció importarles que al verlos la gente se encerrara en las casas, ni que misiá María Ignacia Cano

se negara a abrir la puerta de la fonda alegando a gritos desde el balcón que tenía a la cocinera enferma de

buenamoza y al paje a punto de morirse de un tifo. Los soldados se encogieron de hombros y patearon la

puerta de la casa contigua hasta que el dueño se resolvió a abrirles, temblando de miedo por lo que pudiera

pasarles a la mujer o a las hijas. Nadie supo qué ocurrió allá dentro. Los soldados salieron una hora más

tarde completamente borrachos a juzgar por las carcajadas que estremecieron la plaza.

Fue entonces cuando se dirigieron hacia la casa cural y empezaron a llamar a gritos al padre

Marulanda.

— ¡Que salga el cura! ¡Que salga el padre Marulanda! ¡Padre Marulanda! — gritaban.

Los pájaros que anidaban en los árboles emprendieron el vuelo, espantados.

El padre Marulanda se hizo llamar varias veces. Cuando salió tenía puesta la sotana nueva y llevaba en

la mano un breviario.

— ¡Bien pueda montar ahora mismo, que el general Antonio Acosta lo necesita en Jericó! — ordenaron

los hombres antes de que el padre hubiera podido pronunciar palabra.

— ¿Como para qué será? — preguntó el padre Marulanda.

— ¡No será para que le diga una misa! — respondió un soldado, y los demás secundaron la ocurrencia

con otra ruidosa carcajada. Uno de ellos, un muchacho con el rostro picado de viruela y una cicatriz en la

frente, arrojó el breviario al suelo de un manotazo y lo obligó a montar.

Al padre Marulanda le habría gustado pedirles que le permitieran cambiarse la sotana nueva, que había

anhelado durante cuatro años, por algo más cómodo para cabalgar, o que le alargaran los estribos. Pero

(26)

apostadas detrás de los postigos lo vieron salir con la sotana remangada, las rodillas encogidas y la cabeza

hundida entre los hombros.

Ninguno de los soldados le habló por el camino. Como lo vieron tan asustado no se tomaron la molestia

de amarrarle las manos detrás de la espalda, limitándose a llevar la mula de cabestro. Llegaron a Jericó con

las primeras sombras de la noche. La gente que todavía andaba por la plaza se detuvo para ver pasar a los

hombres con el prisionero que trataba de aparentar indiferencia, aunque le dolía el cuerpo y tenía unas

ganas horribles de orinar.

El general Acosta seguía acuartelado en la casa del señor Valenzuela, una cómoda vivienda de dos

pisos decorada con un piano, muebles franceses, candelabros de cristal, y adornada con un jardín de rosas

que se había hecho famoso por la belleza y el colorido de las flores. Los hombres que lo llevaron hasta el

cuartel encerraron al padre Marulanda en un cuarto junto a la pesebrera, con la ventana clavada por gruesos

tablones en cruz y la puerta asegurada con un enorme candado. En señal de respeto le dieron un colchón de

paja aunque sin una cobija que ahuyentara el aire helado que por las noches caía sobre Jericó. El indio que le

dio vuelta a la llave del candado le llevó, entrada la noche, una taza de agua de panela.

Al padre Marulanda le faltó valor para preguntar de qué se le acusaba. Además, bien se veía que aquel

hombre con cara de indio, descalzo y mal aseado, era un subalterno.

Una hora después del amanecer, cuando en Jericó se habían abierto los balcones y algunos de sus

moradores iban y venían por la plaza, el capitán Ignacio Uribe, el mismo oficial que más tarde conversaría con

Paulina en la ventana, le ordenó al indio que abriera la puerta del calabozo donde tenían encerrado al

párroco de San Juan de los Andes. Lo encontraron hecho un ovillo sobre el colchón, con la cara vuelta hacia

la pared y la taza de loza con el agua de panela en un rincón del cuarto, en el que se sentía un penetrante

olor a orines.

— ¡Padre Marulanda! — llamó el capitán.

El sacerdote se puso de pie lentamente porque le dolían los huesos, y trató de limpiar con la mano las

manchas de barro y del sudor de la mula que le ensuciaban la sotana. Jamás había deseado con más

urgencia el consuelo de una copa de anís. Finalmente miró al capitán Uribe, un hombre de rostro anguloso

que más parecía un maestro de escuela que un soldado.

— Padre Marulanda — dijo, sin detenerse a saludarlo— . El general Antonio Acosta ordena que se

ponga la chaqueta militar y que salga a la plaza a marchar con la tropa, que está aguardándolo en formación.

La respuesta del sacerdote no se hizo esperar:

— ¡Dígale al general que yo soy un hombre de Dios, no un miserable soldado! Mi trato es con el Señor,

(27)

— ¿Entonces se niega a acatar las órdenes de mi general?

— Me niego rotundamente.

El capitán Uribe lo miró como si midiera la sinceridad de aquellas palabras.

— Está bien. Le llevaré su respuesta al general Acosta — dijo, y salió cerrando el candado, no sin antes

ordenarle a Arcadio que no se moviera de allí.

Apenas había transcurrido un cuarto de hora cuando la puerta del improvisado calabozo se volvió a

abrir.

— En vista de su desacato, el general Acosta ordena que se le aplique el cepo llanero — anunció el

capitán Uribe— . Le aconsejo que deponga su orgullo celestial, padre. El cepo es una tortura horrenda. Es

cosa de ponerse la chaqueta roja y dar una o dos vueltas por la plaza.

— Un soldado no tiene por qué darle órdenes a un sacerdote.

— Eso ya lo veremos — respondió el capitán haciéndose a un lado para darle paso al indio Arcadio,

que agarró al padre Marulanda por el cuello de la sotana y lo llevó a empellones hasta la sala del señor

Valenzuela, una hermosa habitación en el segundo piso con puertas de madera tallada que se abrían al

balcón con barandas de macana.

Uno de los soldados que habían traído al cura desde San Juan de los Andes lo despojó de la sotana y le

amarró ambos tobillos con dos sogas, una para cada pierna. Después lo arrojó al suelo y pasó las sogas por

encima de la viga más fuerte del techo. Con ayuda de otro soldado comenzó a tirar de ellas hasta que el

sacerdote quedó suspendido en el aire, con la cabeza hacia abajo y las plantas de los pies apuntando hacia

el techo.

Entonces los soldados comenzaron a golpear las sogas que estaban muy tensas, con lo cual le

ocasionaron los más horribles dolores. El padre Marulanda se retorcía de dolor y gritaba que lo bajaran de

allí, pero los verdugos respondían con risas y obscenidades, redoblando los golpes con más fuerza. Sólo se

detuvieron cuando el general Acosta entró en la habitación.

Fue así, con la cabeza hacia abajo y el mundo al revés, como el padre Marulanda conoció al general

Acosta, que se acercó a su víctima con paso decidido y una expresión indescifrable, tal vez indiferente, en el

rostro. El padre Marulanda tuvo que hacer un esfuerzo para no maldecir a su enemigo, para no pedir

misericordia ni seguir retorciéndose de rabia y dolor. El general Acosta fue breve:

— Padre Marulanda, vengo para informarle que si no acata mis órdenes recibirá cincuenta azotes en

los pies.

El padre Marulanda sentía la cabeza a punto de estallar. Le parecía que los ojos se le iban a saltar de

Figure

Updating...

References