Primera edición: febrero de 2011
© Cobel
© Antonio Pérez Villahoz ISBN: 978-84-15024-39-2 Cobel
Avda. Benito Pérez Galdós, 40 4º 03004 Alicante
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ÍNDICE
Introducción ... 5
1. La alegría, enemiga de la tibieza ... 7
2. La dejadez, puerta de la tibieza ... 13
3. Conocerse a uno mismo y darse a conocer ... 19
4. A la búsqueda de compensaciones ... 25
5. Pureza de corazón ... 29
6. En lo pequeño se esconde la grandeza del hombre ... 35
7. El sacrificio, fuente de alegría ... 41
8. Actuar por motivos humanos ... 47
9. Manifestaciones de tibieza ... 51
10. El pecado venial ... 65
11. Darse a los demás, antídoto contra la tibieza ... 71
12. ¿Cómo salir de la tibieza? ... 75
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Pretendemos en estas páginas abordar de ma-nera sencilla esta situación. Ojalá te sirvan estas líneas para estar siempre precavido, pero sobre todo te sirvan de verdad para grabar en tu alma y en tu corazón que la vida sin Dios y sin las almas carece por completo de sentido.
1. La alegría, enemiga de la tibieza
Todo hombre quiere ser feliz. Nadie, en su sano juicio, quiere ser un infeliz, un desgraciado, un apocado. Pero la alegría es un bien difícil de lo-grar. Todos la buscamos y pocos la encuentran. La buscamos con empeño en mil y un sitios y pronto descubrimos que ahí no estaba ¡Cuántos chascos se lleva uno pensando que lo que da la felicidad es el dinero, el placer, el estar a gusto, el que las cosas vayan bien…!
Sólo el que posee a Dios, el que se ha jugado su vida a la carta de Dios, el que ha puesto en Él sus ilusiones, sus empeños, sus esfuerzos y su vida descubre –más antes que después– que Él si da la felicidad, que con Dios se está bien aunque sean grandes las miserias o aunque sean grandes las penas y las dificultades.
Pero también esa alegría de estar con Dios en-tra de vez en cuando en crisis; es una especie de
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terremoto del alma que, sin saber muy bien ni cómo ni por qué, vemos que vamos perdiendo; se difumina esa alegría, entran periodos de aba-timiento, de algo que sin ser tristeza se parece mucho al cansancio del alma, al cansancio de la lucha, a la ilusión escondida por descubrir nue-vos alicientes en la vida que sin dejar de ser Dios –o por lo menos eso pretendemos–, pretende-mos buscarlos al margen de Dios.
Se va perdiendo –apenas sin darse uno cuen-ta– la prontitud y la alegría de la entrega. La fe y la audacia quedan adormecidas porque se ha enfriado el amor. La oración se hace tediosa, aburrida, con poco gancho para el alma; vamos huyendo de esos encuentros con Dios, de esas vi-sitas al Sagrario en las que antes descargábamos el alma, de esos piropos a Jesucristo o a su Ma-dre que antes decíamos en la calle, o al coger el autobús; se va perdiendo la visión sobrenatural y vemos las cosas humanas –lo que nos ocurre a diario– con ojos sólo humanos. Las dificultades se agigantan; el apostolado parece estéril, y se van colando en el alma y en el corazón modos de pensar puramente humanos. Atrae más el pecado, o al menos el deseo de no pecar pero
sin que suponga esfuerzo. En definitiva, el amor de Dios se difumina sin perderse, pero se debi-lita tanto que en ocasiones nos planteamos si lo nuestro no será una pantomima. Y es que en esto del amor y en la lucha solo hay dos calificaciones posibles: sobresaliente o suspenso.
La tibieza es una enfermedad del amor que pue-de darse en cualquier edad y en las circunstan-cias más variadas. Es uno de esos virus invernales de los que hay que estar atento para no pillar, porque hay que reconocer que pasa algo pareci-do al resfriapareci-do. Se va uno descuidanpareci-do y la gripe hace acto de presencia. Si se coge a tiempo, la solución es sencilla. Si se deja anidar en el alma, alimentar, coger cuerpo y terreno, puede conver-tirse en una de esas neumonías que nos llevan directo a la muerte espiritual. Por eso, esto de la tibieza conviene tomárselo muy en serio desde el principio.
Y es que no hay nada más lejano a la tibieza que la alegría. El tibio “está de vuelta”, entra en ese mundo de la apetencia donde no ilusio-na ya ilusio-nada luchar por mejorar en la vida cris-tiana. Nuestra amistad con Cristo se oscurece, las
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terremoto del alma que, sin saber muy bien ni cómo ni por qué, vemos que vamos perdiendo; se difumina esa alegría, entran periodos de aba-timiento, de algo que sin ser tristeza se parece mucho al cansancio del alma, al cansancio de la lucha, a la ilusión escondida por descubrir nue-vos alicientes en la vida que sin dejar de ser Dios –o por lo menos eso pretendemos–, pretende-mos buscarlos al margen de Dios.
Se va perdiendo –apenas sin darse uno cuen-ta– la prontitud y la alegría de la entrega. La fe y la audacia quedan adormecidas porque se ha enfriado el amor. La oración se hace tediosa, aburrida, con poco gancho para el alma; vamos huyendo de esos encuentros con Dios, de esas vi-sitas al Sagrario en las que antes descargábamos el alma, de esos piropos a Jesucristo o a su Ma-dre que antes decíamos en la calle, o al coger el autobús; se va perdiendo la visión sobrenatural y vemos las cosas humanas –lo que nos ocurre a diario– con ojos sólo humanos. Las dificultades se agigantan; el apostolado parece estéril, y se van colando en el alma y en el corazón modos de pensar puramente humanos. Atrae más el pecado, o al menos el deseo de no pecar pero
sin que suponga esfuerzo. En definitiva, el amor de Dios se difumina sin perderse, pero se debi-lita tanto que en ocasiones nos planteamos si lo nuestro no será una pantomima. Y es que en esto del amor y en la lucha solo hay dos calificaciones posibles: sobresaliente o suspenso.
La tibieza es una enfermedad del amor que pue-de darse en cualquier edad y en las circunstan-cias más variadas. Es uno de esos virus invernales de los que hay que estar atento para no pillar, porque hay que reconocer que pasa algo pareci-do al resfriapareci-do. Se va uno descuidanpareci-do y la gripe hace acto de presencia. Si se coge a tiempo, la solución es sencilla. Si se deja anidar en el alma, alimentar, coger cuerpo y terreno, puede conver-tirse en una de esas neumonías que nos llevan directo a la muerte espiritual. Por eso, esto de la tibieza conviene tomárselo muy en serio desde el principio.
Y es que no hay nada más lejano a la tibieza que la alegría. El tibio “está de vuelta”, entra en ese mundo de la apetencia donde no ilusio-na ya ilusio-nada luchar por mejorar en la vida cris-tiana. Nuestra amistad con Cristo se oscurece, las
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cosas de Dios cansan, se regatea con el tiempo dedicado a Él, la santa Misa aburre y el corazón deja de estar presente en nuestro dialogo con Dios –antes encendido o al menos bien dispues-to–, y ahora repleto de distracciones a las que se da juego y tiempo de dedicación. Y entonces aparece el desaliento, la pérdida paulatina de la ilusión por Dios y las cosas de Dios. Y ya no hay alegría sincera en el alma. Como mucho, risa fá-cil, sonrisa forzada, que engaña a algunos pero jamás podrá llenarnos de verdadera satisfacción. Ya Santo Tomas de Aquino definía la tibieza como una cierta tristeza, por la que el hombre se vuel-ve tardo para realizar actos espirituales a causa del esfuerzo que comportan. Es como si el alma pretendiera acercarse a Dios con regateos, sin esfuerzo, sin detalles de cariño verdaderos con Dios. Se busca hacer compatible esa lucha por la santidad con el ceder a ciertos pecados veniales, con una lucha mediocre que cede a la comodi-dad, a la falta de vibración, a la búsqueda de la satisfacción del propio yo por encima de la satis-facción a Dios. Y así es como el alma se llena de ese pesar, de esa tristeza que es tibieza.
Gracias a Dios, todo tiene remedio. No hay nada perdido aunque nos encontremos así: tibios, desganados, desenamorados. Es la hora de la reacción, de ver con valentía donde fallamos, donde nos estamos equivocando y entonar en-tonces ese ¡nunc coepi! (ahora comienzo) que tantos santos ha hecho. No somos ni los únicos ni los últimos que tengamos el alma abrazada a la tibieza. Con la gracia de Dios y un poco de humildad volveremos a esa alegría originaria y aprenderemos –otra vez y mil veces que nos queden– que sin Él no podemos nada.
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cosas de Dios cansan, se regatea con el tiempo dedicado a Él, la santa Misa aburre y el corazón deja de estar presente en nuestro dialogo con Dios –antes encendido o al menos bien dispues-to–, y ahora repleto de distracciones a las que se da juego y tiempo de dedicación. Y entonces aparece el desaliento, la pérdida paulatina de la ilusión por Dios y las cosas de Dios. Y ya no hay alegría sincera en el alma. Como mucho, risa fá-cil, sonrisa forzada, que engaña a algunos pero jamás podrá llenarnos de verdadera satisfacción. Ya Santo Tomas de Aquino definía la tibieza como una cierta tristeza, por la que el hombre se vuel-ve tardo para realizar actos espirituales a causa del esfuerzo que comportan. Es como si el alma pretendiera acercarse a Dios con regateos, sin esfuerzo, sin detalles de cariño verdaderos con Dios. Se busca hacer compatible esa lucha por la santidad con el ceder a ciertos pecados veniales, con una lucha mediocre que cede a la comodi-dad, a la falta de vibración, a la búsqueda de la satisfacción del propio yo por encima de la satis-facción a Dios. Y así es como el alma se llena de ese pesar, de esa tristeza que es tibieza.
Gracias a Dios, todo tiene remedio. No hay nada perdido aunque nos encontremos así: tibios, desganados, desenamorados. Es la hora de la reacción, de ver con valentía donde fallamos, donde nos estamos equivocando y entonar en-tonces ese ¡nunc coepi! (ahora comienzo) que tantos santos ha hecho. No somos ni los únicos ni los últimos que tengamos el alma abrazada a la tibieza. Con la gracia de Dios y un poco de humildad volveremos a esa alegría originaria y aprenderemos –otra vez y mil veces que nos queden– que sin Él no podemos nada.