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La inquisición española, por B LLORCA

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CON L I C E N C I A E C L E S I Á S T I C A

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COLECCION PRO ECCLESIA ET PATRIA

LA INQUISICIÓN

EN ESPAÑA

POR BERNARDINO LLORCA, S. J. T E R C E R A E D IC IÓ N

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Al lector

Lo que decíamos en el prólogo de la segunda edición, fuerza es repetirlo ahora. E n realidad, ha sido mucho m ás rápid a de lo que suponíamos la difusión de la se­ gunda edición, por lo cual, ya a fines de 1951 se nos avisó que debíam os proceder a la tercera. Indudable­ m ente es la m ejor señal del interés con que el público ha acogido este sencillo m anual, y, por consiguiente, del ansia que m anifiesta por tener una idea clara sobre la Inquisición española. E n este sentido debemos añadir, con verdadera satisfacción, que no es sólo el lector es­ pañol al que interesan estos tenias, movido por el más sincero deseo de conocer la verdad sobre un asunto tan m anoseado y discutido. Son muchos los extranjeros, y de m uy diversas nacionalidades, quienes han acudido a nosotros pidiéndonos información am plia sobre esta m ateria, siempre de actualidad, y para obtenerla, han adquirido el presente m anual.

A hora bien, precisam ente du ran te los años tran scu ­ rridos desde que salió la segunda edición, nos hemos ocupado directa y activam ente de la Inquisición espa­ ñola. Lo que desde hacía ta n to tiem po veníam os acari­ ciando, y anunciábam os entonces en el prólogo de la edición segunda, es ya una realidad. El Bulario de la Inquisición española (1) salió, por fiú, llenando con ello un vacío que teníam os en la bibliografía sobre la In ­ quisición española. En él se comprenden todos los do-( 1 ) B. Ll o h c a, Bulario pontificio de la Inquisición española en su periodo constitucional (1478-1525). En Mlscellanea Histo- rlae Pontiflciae, vol. 15. Roma, 1949.

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cumentos pontificios (y alguno de los Reyes) relacio­ nados con la Inquisición española duran te su prim er período constitucional desde 1478 a 1525. Muchos de ellos habían sido ya impresos principalm ente por el P. Fidel F ita (1); pero existían otros muchos inéditos, y, por o tra parte, era necesario tenerlos todos ju n to s en una edición uniforme y al alcance de todos.

Es verdad que nos hemos circunscrito casi exclusiva­ m ente a los docum entos que se guardan en el Archivo H istórico Nacional de M adrid, si bien hemos ju n tad o algunos del Archivo V aticano y otros Archivos, no en­ contrados en M adrid ; ciertam ente, nos consta que en el Archivo Vaticano se pueden encontrar todavía otros documentos com plem entarios ; pero con esta colección poseemos las fuentes pontificias m ás im portantes y básica para la Inquisición español?. Con ulteriores trab ajo s se podrá com pletar y perfeccionar nuestro Bulario. Más aún. Debemos lam entar vivam ente que por la circunstancia de imprimirse la obra en Roma se deslizaran b astan tes erratas de im prenta y otros defectos similares ; pero éstas serán subsanadas por la buena voluntad de los lectores.

Con esto tenem os ya adelantado un im p o rtan te tra ­ bajo para nuestro plan ulterior de presen tar al público español una historia más voluminosa y com pleta de la Inquisición española, en la que estam os trab ajan d o . Mucho debemos tra b a ja r todavía, y, sobre todo, será necesario buscar y estudiar- otros muchos m ateriales que yacen en los archivos ; pero no queremos escatim ar esfuerzo ninguno para llegar al final de un plan que ta n to tiem po hemos acariciado.

Por esto, m ientras llega el día en que podamos ofrecer nuestra obra m ayor, nos lim itam os a reproducir esta

(1) En el mismo Bulario..., póg. 7 y s., puede verse un elenco completo de las diversas ediciones de Bulas sobre la Inquisi­ ción española. He aquí las citas del P. Fi d e l Fi t a : en Boletín

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edición, introduciendo en ella solam ente las correcciones que en m ultitud de citas exige la aparición del B ulario, y algunas o tras de escasa im portancia. Además pro­ curamos com pletar la bibliografía, incluida al final de esta obrita.

* * *

Esto supuesto, y repitiendo algunas ideas de la pri­ m era edición, creemos oportuno dar a conocer, al menos de una m anera general, los trab ajo s que se han reali­ zado últim am ente en el estudio y publicación de fuentes, indispensables para d ar la m ayor objetividad posible al juicio sobre la Inquisición española.

A nte todo debe ser conmem orado el escritor ale­ m án E. Scháfer, el cual, sobre un estudio de los procesos y de las actas pertenecientes a las relaciones de la In­ quisición con los p ro testan tes españoles, presentó una exposición amplia y bien fundam entada sobre sus pro­ cedimientos.

Al miámo tipo de tra b a jo s de investigaciones p erte­ necen las publicaciones del P. Fidel F ita, en las que reproduce la m ayor p a rte de las Bulas Pontificias y diversos documentos reales referentes al origen y pri­ m er desarrollo de la Inquisición en España. Todo ello acompañado de atinadísim as observaciones críticas sobre la verdadera actuación de los primeros inquisidores. E ste estudio del desarrollo, digámoslo así, oficial de la prim era Inquisición queda com pletado con la publica­ ción hecha por el mismo benem érito crítico, de diversos procesos y actas de la Inquisición pertenecientes al mismo período.

Añádase a esto el tra b a jo del ilustre polígrafo Me- néndez y Pelayo, quien, aunque no escribió de asiento ninguna obra sobre la Inquisición española, sin embargo, en el marco general de su « H istoria de los heterodoxos esp año les» dió cabida a muchos asuntos particulares

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del Santo Oficio, los cuales, según su costum bre, estudió sobre una buena base de docum entación original e inédita.

Si a esto se ju n ta n los estudios sobre algunos procesos de la Inquisición, incipiente hechos por los señores Ma­ nuel Serrano y Sanz, y Ram ón de Santa María, publica­ dos en el Boletín de la Real Academia de la H istoria, y los más recientes sobre el proceso contra F r. Luis de León, Francisco Sánchez de las Brozas y algunos otros hechos sobre diversos hum anistas, quedará indi­ cado todo lo que se ha producido de algún valor cien- > tífico d u ran te los últim os decenios.

A ello hemos procurado contribuir nosotros con nuestras sencillas aportaciones. Iniciamos ya en 1930 nuestros trabajos de investigación referente a la Inqui­ sición española. El prim ero fué. nuestro estudio sobre los procesos de los alum brados, que presentam os en alem án, como tesis' doctoral en la U niversidad de Mu­ nich (1). P ara ello tuvim os que ver varias docenas de procesos de la Inquisición y una gran can tid ad de actas de diversa índole que dan a conocer la activ id ad de los inquisidores. Con esto nos creimos autorizados para d ar una idea general sobre el procedim iento del Santo Oficio en lo que se refiere a los alum brados. P o sterio r­ m ente publicamos ese mismo tra b a jo , refundido y aum entado, en lengua española, y, sobre todo, enrique­ cido con m ayor abundancia de docuQientos originales. Mas, por desgracia, este segundo trab ajo , cuya impresión había term inado en julio de 1936, quedó todo él conver­ tido en p asta de papel duran te la G uerra española, y solam ente se han salvado un p ar de ejem plares (2).

Mucho m ejor suerte cupo en estas circunstancias a este Manual de « L a Inquisición española ». T erm inada

(1) Die spanische Inquisition und die < Alumbrados *. Bona, 1934.

(2) La Inquisición española y los Alumbrados (1509-1667). En Biblioteca de • Estudios Eclesiásticos », n.° 4. Madrid, 1936.

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tam bién su impresión poco an tes de estallar la Guerra civil española, pudo, sin em bargo, perm anecer oculto ju n tam en te con las existencias de la colección « Pro Ecclesia et P a tria », y al term in ar la Guerra el año 1939, sálió, finalm ente, a la luz pública. Por esto, aunque lleva el año 1936 como año de su publicación, en realidad no apareció h asta 1939, en que pudimos ver los prim eros ejem plares de un hijo que creíamos perdido y m á rtir de los rojos.

Un trab ajo ulterior que hemos realizado en orden al conocimiento de la práctica de la Inquisición española, fué un estudio detenido sobre los procesos más a n ti­ guos. No h ay duda que esté estudio es de suma trascen­ dencia para el conocim iento de la prim era actividad de la Inquisición, que f.orma la base de sus procedimientos, en los siglos siguientes. A fortunadam ente poseemos to­ davía gran cantidad de docum entos que ilu stran este interesante periodo. A ellos pertenecen, por un lado, los centenares de procesos de ía Inquisición de Toledo, algunos de los cuales son ya conocidos, y que nosotros hemos seguido estudiando ; y por otro, varias series enteram ente desconocidas h a sta el presente y que ab ar­ can los primeros decenios de la Inquisición española. Nos referimos a los de la Inquisición de Valencia, de la que hemos podido estu d iar algunos centenares, y loa que se conservan de la de Teruel de los años 1484-1487, menos en núm ero, pero sum am ente instructivos.

A estos trabajos, que y a habíam os hecho al d ar a la im prenta en 1935 el presente M anual, debemos añadii* ahora varios, publicados posteriorm ente en diversas re­ vistas, todos los cuales pueden verse reunidos en el apéndice I. De este modo, repetim os, aunque no nos sentimos capacitados todavía para presentar una his­ toria amplia y com pleta de la Inquisición, creemos poseer una base suficientem ente segura para d ar una síntesis o idea general de la misma.

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No se nos oculta, direm os para term inar, que m uchas de n u estras ideas y apreciaciones no están conformes con el modo tradicional con que se ha venido defendiendo a la Inquisición española ; pero creemos, francam ente, que se hace m ejor servicio a la verdad y se defiende m ás eficazmente a la misma Inquisición presentándola ta l como fué en la realidad, con sus cualidades y defectos, que em peñándose en defenderlo e idealizarlo todo. Al fin y al cabo se tr a ta de una institución, en la que to m a­ ron p a rte los hombres, con todos los defectos y virtudes inherentes a la natu raleza hum ana.

P a ra poner térm ino a esta advertencia prelim inar, llamamos la atención de nuestros lectores con el fin de que a nádie sorprenda el que en nuestra exposición nos extendam os m ucho más en el prim er desarrollo de la Inquisición española. La razón debe buscarse, no précisam ente en el hecho de que en realidad ese prim er período nos es m ás conocido por las investigacionés de que antes hablábam os, sino en que sinceram ente ju z­ gamos que es lo m ás conducente al conocimiento de la verdadera naturaleza de la Inquisición. P o r la misma razón exponemos tam bién algo detenidam ente todo lo referente a los procedim ientos del Santo Oficio.

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ÍNDICE DE MATERIAS

C a p í t u l o I Págs.

A manera de lntroducolón... 15 1. J u a n Antonio Llórente y su «H istoria Critica» . . . . 16 2. E nrique Garlos Lea y su « H istoria de la Inquisición de

E s p a ñ a » ... 25 3. O tras obras más im portantes sobre la Inquisición espa­

ñola ... 29 Ca p í t u l o II

La Inqtüslolón medieval en la Península Ibérica... 35 1. Desarrollo del principio de la represión violenta. . . . 36 2. Introducción graduada del sistem a de la Inquisición. 42 3. La Inquisición medieval en la Península ibérica. . . . 52

Ca p í t u l o III

Establecimiento de la Inquisición española... 61 1. Verdadera causa que le dió origen : el peligro de los

conversos... 61 2. Intervención de los diversos personajes en el estable­

cim iento de la Inquisición... 68 Ca p í t u l o IV

Primera actividad de la Inquisición española... 77 1. Principio de la Inquisición española en Sevilla... 77 2. Rigor de la Inquisición de S e v illa ... 81 3. Benignidad de la Inquisición para con los penitentes . 86

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Capítulo V Pág».

Organización de la In q u isic ió n ... 91

1. R azón de haber sustituido a la Inquisición m edieval. 91 2. D ificultades pontificias contra la nueva Inquisición. 94 3. Reacción producida en E spaña por las disposiciones p o n tific ia s ... . ... 100

4. Creación del Inquisidor general y organización defi­ n itiv a de la Inquisición. . ... ... 105

5. P untos más característicos de la organización de la Inquisición e s p a ñ o la ... 114

Capítulo VI El primer Inquisidor general, fray Tomás de Torquemada .. 121

1. Característica personal de T o rq u e m a d a ... 121

2. E l Tribunal de Ciudad R eal. Su traslación a Toledo. 124 3. E l Tribunal de Zaragoza. San Pedro de A r b u é s .... 138

4. Los Tribunales de Teruel, Valencia y C ataluña . . . . 154

Capítulo VII Procedimientos : denuncias y a c u s a c ió n ... 168

1. Denuncias y diversas cuestiones relacionadas con ellas. 169 2. Prisión preventiva. Las cárceles s e c r e ta s ... 179

3. Prim eras a u d ie n c ia s ... ... 184

4. Acusación del fiscal y respuesta del r e o ... 188

Capítulo V III Defensa y pruebas de te stig o s... 196

1. P rim era defensa del abogado o l e t r a d o ... 196

2. L a prueba de te s tig o s ... ... 199

3. E l secreto de los nom bres de los testigos... 202

4. Publicación de testigos y testigos de abono... 207

5. Cuestión del to r m e n to ... 213

Capítulo IX Castigo* de la Inquisición. Auto de f e ... 227

1. Sentencia final... 227

2. Las penas más graves de la Inquisición e sp a ñ o la . . 229

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Ca p í t u l o X

Acontecimientos m&s notables de la Inquisición... 1. E l cardenal Cisneros y el inquisidor Lucero... 2. Relaciones de la Inquisición con los hum anistas. . . 3. L a Inquisición española y e] P ro te s ta n tis m o ... 4. Los alum brados y los místicos e sp a ñ o le s... 5. Antonio P é r e z ...

Ca p í t u l o X I

Cuestiones generales. Fin de la Inquisición... 2. Los índices de libros prohibidos. L a Inquisición y la

Ciencia... ... 2. Declive y supresión de la In q u isició n ... C o n c l u s i ó n : Juicio de conjunto sobre la Inquisición . .. A p é n d i c e I. Trabajos del autor sobre la Inquisición espa­

ñola ... A p é n d i c e II. Bibliografía selecta sobre la Inquisición . . . . Ilustraciones... Pégs. 246 246 254 259 270 277 284 284 295 302 315 317 321

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Ca p í t u l o I

A m anera de Introducción

1. Al tr a ta r de exponer lo que fué y lo que hizo la Inquisición en E sp añ a, vienen espontáneam ente a la memoria los nom bres de algunos historiadores que h án escrito sobre ella o, al men.os, el hecho mismo de la extraordinaria ab u n d an cia de libros acerca de la In q u i­ sición. E n electo, ¿quién que esté m edianam ente ins­ truido en las cuestiones generales de cultura no sabe que Llórente escribió largas diatribas contra ta n terrible trib u n al? ¿Quién no e stá prevenido por éste y por otros escritores co n tra la actividad de los siempre tem idos inquisidores? ¿Quién no tiene llena la cabeza de las innum erables p a tra ñ a s que se han esparcido y se espar­ cen aún en nuestros días contra el Santo Oficio?

Y esto aun tra tá n d o se de personas bien intenciona­ das y de principios sanos y ortodoxos. Porque si escu­ chadlos a los adversarios tradicionales de la Iglesia católica y a todos aquellos que sistem áticam ente hacen la guerra a todas sus instituciones y enseñanzas, oire­ mos verdaderas m onstruosidades contra la Inquisición y contra los principios en que se basaba, el sistem a inquisitorial. P a ra los tales la Inquisición es como la encarnación y quintaesencia de todo lo m alo y per­ verso ; el sistem a inquisitorial es sinónimo de refina­ m iento de m aldad y de injusticia ; el inquisidor es el prototipo del hom bre a stu to y sin conciencia.

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P o r esto es de suma u tilid ad que nuestros lectores a n te to d o se orienten sobre el valo r de las obras más conocidas acerca de la Inquisición española. Con esto tendrem os y a an d ad a buena p a rte del cam ino que hemos de reco rrer con el exam en de los diversos problem as que ofrece el estudio de la Inquisición. P ero, claro está, en un m an u al como el presente es im posible d ar una idea cum plida y detallada de la inm ensa bibliografía que existe sobre el tem a que nos ocupa. N i siquiera es nece­ sario ni aun conveniente descender a ta n to s porm eno­ res, dado el carácter de este tra b a jo , pues en realidad la rev ista de ta n to s libros como se h an escrito acerca de la Inquisición española, m ás bien estorbaría la vista de con ju n to que deseamos ofrecer.

Así, pues, vam os a circunscribirnos a d ar una idea general sobre los dos autores m ás leídos hoy día y que, con sus respectivas obras acerca de la Inquisición espa­ ñola, m ás han influido y siguen influyendo en la opinión, por no decir apasionam iento, co n tra el S anto Oficio. Con ésto será fácil a cualquiera form arse un juicio aproxi­ m ado acerca del valor de otros adversarios.

1. Ju a n Antonio Llórente y su «H istoria Crítica»

2. J u a n A ntonio L lórente es, sin disputa, el escritor que m ás influencia ha ejercido d u ra n te todo el siglo pasado en todo lo que se refiere a la Inquisición espa­ ñola. Débese esta influencia, por un lado, a la circuns­ tancia de coincidir su incansable cam paña contra la Inquisición con el am biente hostil que dom inaba en to d as p artes co n tra este trib u n al después de la invasión fra n c e s a ; y por otro lado, al hecho de haber sido Lló­ ren te d u ra n te muchos años secretario de la Inquisición y presen tarse, por ende, en sus escritos como profundo conocedor de sus intim idades. P o r esto la m ayor p arte de los que desde entonces han venido copiando los

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datos recogidos y publicados por Llórente, han hecho siempre hincapié en esta circunstancia im portantísim a de la supuesta buena inform ación del famoso secretario.

E n 1811 leyó Ju an A ntonio Llórente en la Academia de la H istoria una « M emoria H istórica sobre cuál ha sido la opinión nacional de E spaña acerca del trib u n al de la Inquisición ». Ya en este tra b a jo , que vió la luz pública al año siguiente, m anifiesta Llórente, con toda claridad, sus puntos de vista y sus m étodos de trabajo. Bien claram ente expresa Menéndez y Pelayo el juicio que le merece (1). E n dicha obra, dice, «con hacinar mu ­ chos y curiosos docum entos n i por semejas hiere la cues­ tión, ya que la opinión nacional acerca del T ribunal de la Fe no ha de buscarse en los clamores, intrigas y sobor­ nos de las fam ilias de judaizantes y conversos..., ni en las am añadas dem andas de contrafuero prom ovidas en Aragón po r los asesinos de San Pedro de Arbués y los cómplices de aquella fazaña..., sino en el unánim e te sti­ monio de nuestros grandes escritores y de cuantos sin­ tieron y pensaron alto de E spaña, desde la edad de los Reyes Católicos ; en aquellos juram entos que prestaban a una voz inm ensas m uchedum bres congregadas en los autos de fe, y en aquella popularidad inaudita que por tres siglos, y sin m udanza alguna, disfrutó un tribunal que sólo arla opinión popular debía su origen y su fuerza y que sólo en ella podía basarse. E l mismo Llórente se asom bra de esto y exclam a : parece imposible que ta n ­ tos hom bres sabios como h a tenido E spaña en tres siglos, hayan sido de una m ism a opinión. P or de con­ tado que él lo explica con la universal tiranía, recurso tan pobre como fácil, cuando no se sabe encontrar la verdadera cau¡>a de un gran hecho histórico, o cuando, encontrándola, fa lta valor p a ra confesarlo virilm ente ».

(1) H istoria de los Heterodoxos españoles. 2 cd. 1002 y ss., tom o V II, pág. 16.

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3. La segunda obra de Llórente sobre la Inquisi­ ción española comenzó a publicarse el mismo año 1812. Su títu lo es « Anales de la Inquisición de E s p a ñ a ». Al retirarse los franceses en 1813, a quienes estaba Llórente enteram ente vendido, acababa de publicar el segundo volum en de esta obra y tu v o que suspenderla, tra slad á n ­ dose a P arís con sus protebtores. Con el objeto de pro­ seguir sus tra b a jo s, llevóse consigo gran copia de apun­ tes y aun muchos papeles originales de la Inquisición. Como dice m uy bien Menéndez y Pelayo en el lugar citado, «el ap arato de docum entos que L lórente llegó a reunir p ara su H istoria fué ta n considerable, que ya difícilm ente ha de volverse a ver ju n to ».

E n efecto, du ran te los años siguientes refundió todos los m ateriales reunidos, y en 1818 dió a luz, finalm ente, un a edición francesa de la « H istoria Crítica de la Inqui­ sición de E sp añ a ». E n esta obra, publicada cu atro años después en castellano, es en donde reunió L lórente todo lo que quiso decir sobre ta n debatido trib u n al. P o r esto la opinión m anifestada en este libro es la que caracteriza el m odo de ver de Llórente y la que ha servido de arm a de com bate p a ra todos los enemigos del Santo Oficio. Pero no obstante la abundancia de docum entación de que su a u to r dispone, un estudio detenido de su obra ha inducido a los autores m ás sensatos, algunos de ellos nada favorables a la Inquisición, a q u ita r to d a la a u to ­ ridad a sus apreciaciones. Con su estilo acerado y sus certeras observaciones, expresa bien claram ente Menén­ dez y Pelayo su opinión sobre la obra de L lórente (1): «E s tá ta n m al hecho el libro de Llórente, que ni siquiera puede aspirar al títu lo de novela o de libelo, porque era ta n seca y estéril la fantasía del a u to r y de ta l m anera la m iseria de su carácter m oral a tab a los vuelos de su fantasía, que aquella obra inicua, en fuerza de ser

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gesta, resultó menos perniciosa, porque pocos, sino los eruditos, tuvieron valor p a ra leerla h asta el fin. Muchos la com enzaron con ánim o de en co n trar en ella escenas m elodram áticas, crímenes atroces, pasiones desatadas, y un estilo igual, por lo menos, en solem nidad y en n er­ vio con la grandeza terro rífica de las escenas que se n arrab an . Y en vez de esto, halláronse con una relación ram plona y desordenada, en estilo de proceso, oscura e incoherente, atestad a de repeticiones y de fárrago, sin a rte alguno de composición ni de dibujo ni de colo­ rido...

» El plan (si algún plan h ay en la «H istoria de la In ­ quisición »...) no en tra en ninguno de los m étodos cono­ cidos de escribir historia... U n capítulo p a ra los sabios que han sido víctim as de la Inquisición; otro en seguida p a ra los atentados cometidos p o r los inquisidores contra la au to rid ad real y m agistrados ; luego un capítulo sobre los confesores solicitantes... Libro, en fin, odioso y an ti­ p ático, mal pensado, mal ordenado y m al escrito... Lló­ ren te, clérigo liberal a secas, asalariado por Godoy, asalariado por los franceses, asalariado por la masone­ ría y siem pre para viles em presas, ¿qué hizo sino ju n ta r en su cabeza todas las vergüenzas del siglo pasado, m o­ rales, políticas y literarias, que en él parecieron mayores por lo mismo que su nivel intelectual era ta n bajo? »

4. No menos decididam ente que Menéndez y Pe- layo reb ate C. J . Hefele en su biografía del cardenal Cisncros la opinión defendida por Llórente en su «His­ to ria Crítica » (1). Lo mismo podríam os decir de otros m uchos historiadores católicos. Pero resulta más in te­ resan te y más útil p ara nu estro propósito el tra e r los testim onios de autores n ada sospechosos de partidism o católico. Así entre los p ro testan tes, y a R ankc demostró la in ex actitu d de los datos de Llórente, particularm ente

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los referentes al núm ero de victim as (1). P ero el que ha dado m odernam ente el juicio más acertado y m ejor fundado sobre la inconsistencia de la « H istoria Crítica » es el alem án E. Schafer, tam bién p ro testan te. Dice, pues, este ilu stre investigador, resum iendo su juicio acerca de Llórente (2) : « A la verdad, de ta l m anera se deja llevar Llórente de su tendencia a presen tar a la Inquisición como una m ancha vergonzosa de la Iglesia y la perdición de E spaña, que no puede darse fe a sus palabras sin exam inarlas antes con detención. Sobre todo ha sido atacad a aquella p a rte de su obra en que, a base de los m uchos docum entos originales que nos dice tener en su poder, pero en realidad... con un frívolo cálculo de probabilidades, in te n ta calcular el núm ero de víctim as, llegando a números espantosos, aunque continuam ente está insistiendo en que to m a los más bajos ». A continuación cita Schafer algunos ejemplos de estos cálculos de Llórente que, com parados con la realidad, son suficientes p a ra desacreditar a cualquier historiador que quiere ser objetivo. De la misma m anera hace ver Schafer, con varios ejemplos, las inexactitudes que comete en la relación de los hechos. Por supuesto que ta n to los cálculos de las víctim as como las inexac­ titu d es y falsedades históricas van encam inados a pre­ sen tar con los colores m ás negros el cuadro de la Inqui­ sición.

Con juicios tan claros y contundentes sobre la obra clásica de Llórente, no parece pueda quedar duda nin­ guna sobre su valor histórico. No obstante, por tra ta rs e del historiador de la Inquisición española m ás traíd o y llevado en to d a clase de polémicas, queremos añadir1 algunas observaciones basadas en un estudio propio sobre las ideas directrices de Llórente.

(1) Véase Sc i i a f e r, Dcilragc..., tomo i, pág. 24, nota 3. (2) Ibídem, pág. 25.

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5. U na som era lectura de unas pocas páginas de la « H isto ria Crítica » o « A n a le s...» b asta p a ra convencer al menos prevenido de que el a u to r desde un principio está dom inado de una serie de prejuicios. Así, por ejem ­ plo : la injusticia fundamental de la Inquisición, la mala intención de los inquisidores. E sta idea aparece reflejada en cada u na de sus páginas y es expresada siem pre como la cosa m ás n a tu ra l y con las frases más variadas. Y a en el prólogo nos dice (1) : « Conocí el establecim iento b a sta n te a fondo p a ra rep u tarlo vicioso en su origen, constitución y le y e s ». Toda la descripción v a dirigida por esta idea. E n las Instrucciones de T orquem ada, de 1484, no ve m ás que in ju sticias; todos los actos de los inquisidores son constantem ente interpretados de la m anera m ás desfavorable.

No menos ciará aparece su impiedad, su falta de ideas religiosas. Escogemos igualm ente al azar algunas expre­ siones de en tre las innum erables que ocurren constan­ tem ente. Dice, pues, sobre las, indulgencias (2 ): « Hemos visto la indulgencia plenaria in v en tad a p o r el p ap a J u a n V III en favor de los que m orían peleando »... Del mismo modo se burla del entusiasm o de las Cruzadas. L a falta de respeto p a ra con el Rom ano Pontífice, su verdadera m anta co n tra Rom a, es uno de los rasgos m ás característicos de to d a la actividad de Llórente. L a descripción que hace de la canonización de San Pedro de Arbués (3) v a encam inada a ponerla en ridículo, y term in a con esta burla de los m ilagros (4) : « E s lástim a que no se llam en por testigos de curaciones milagrosas en los procesos de canonización a los médicos y- ciruja­ nos que hubiesen asistido a los enfermos. Leeríamos algunas especies graciosas en sus declaraciones ». E n tre

(1) Tomo I, pág. 5. (2) Tomo I, pág. 90.

(3) Tomo II, págs. 28, 33, 37. (4) Tomo II, 40, Nota.

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o tras cosas, prueba aquí Llórente una ignorancia ver­ daderam ente culpable en un sacerdote ; pues en realidad, en el exam en y aprobación de los m ilagros por la Iglesia es indispensable oír el dictam en de los médicos, a quienes siempre se llam a.

U n pun to inagotable $n la descripción de Llórente, verdadera idea directriz de to d a su obra, es su predis­ posición contra Roma y contra la Curia romana. Con la m ayor n atu ralid ad habla de la « insolencia de R o m a », de las «pretensiones de la Curia rom ana ». Los papas son, p a ra Llórente, los déspotas que ab u san de su au to ­ ridad y siem pre en perjuicio de los demás. A Grego­ rio V II le dedica frases como éstas (1) : « ejerció un poder sobre los soberanos del cristianism o... nada con­ forme con el esp íritu del Evangelio »... ; « el estado de las luces era ta n infeliz, que ni los reyes ni los obispos supie­ ron... contener el abuso que aquel P ap a y sucesores hi­ cieron de la excom unión en todo el siglo x n ». Toda su descripción v a encam inada a p resen tar a los Romanos Pontífices como astutos, ansiosos de au m en tar su poder tem poral, desm esuradam ente avarientos. De un Breve pontificio de 11 de febrero de 1482, que.según confiesa, no ha podido ver, dice (2) : « pero es creíble que fuese... ta n ageno de las reglas de derecho, como que al instante produjo infinitas quejas ». Y en otro lugar (3) : « esta bula (de Sixto IV, de 2 de agosto de 1482) era contraria a lo dispuesto con los Cardenales en la de 25 de mayo ; pero los curiales rom anos no se detenían en esto. Les valió mucho dinero... y esto b a s ta b a ...» No es necesario m ultiplicar citas en una m ateria que se v a repitiendo en todas las páginas de la obra de Llórente.

P u n to céntrico tam bién y como idea m adre de la « H istoria Crítica » es la contraposición constante entre

(1) Tomo I, págs. 88, 89. (2) Tomo I, pág. 270. (3) Tomo I, pág. 277.

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perseguidos xj perseguidores. P o r supuesto, los persegui­ dores son siem pre los inquisidores, los frailes, los curia­ les de R om a o el R om ano Pontífice. Los perseguidos son todos los procesados p o r la Inquisición. Aquéllos m ere­ cen constantem ente las censuras m ás acerbas de Lló­ ren te ; éstos su com pasión y defensa m ás decidida. La única causa, según L lórente, del odio de los cristianos contra los judíos a fines del siglo xv, era « p orque los judíos llegaron a ser los m ás ric o s ...; casi todos los cris­ tianos, p o r menos industriosos, se vieron reducidos a deudores suyos... y de ahí que concibieran odio y envi­ dia contra los judíos y (1). A pesar de los tre s edictos que precedieron en Sevilla el año 1481 al principio del procedim iento judicial, afirm a Llórente con to d a deci­ sión (2) : « en v irtu d de este edicto, la prim era noticia que un herege ten ía de comenzarse procedim iento con­ tr a su persona, solía ser e n tra r en los calabozos de la

Inquisición ». E n o tro lugar da un juicio de conjunto sobre la intervención de los inquisidores (3) : « estando como estab an los jueces preocupados contra el infeliz acusado ¿cuáles h ab ían de ser las resultas? La hoguera, de que sólo se lib rab a uno que otro hipócrita ».

6. Si se quiere te n e r de una vez una idea del plan que se propone L lórente en to d a su obra y del concepto que tiene form ado de la Inquisición española, léase el prólogo, plagado de inexactitudes históricas, en que, después de alard ear de su buena información, presenta una larga serie de acusaciones gravísim as contra la In ­ quisición, »in que in te n te siquiera tra e r prueba ninguna de sus asertos. Bien claram ente indica con esto cuán hondos son los prejuicios con que comienza a escribir esta obra. Pero m ás graves todavía que los prejuicios, con ser éstos los peores enemigos de un historiador, son

(1) Tomo I, pág. 239. (2) Tomo I, pág. 256. (3) Tomo II, pág. 16.

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los errores y falsedades históricas, con que no duda en afianzar sus diatribas co n tra el odiado trib u n al. A estas falsedades históricas pertenecen las « 10 220 víctim as en las llam as» (1), que atrib u y e a T o rq u em ad a; la afirm ación de que fueron 800 000 los judíos desterrados por los Reyes Católicos, y to d a la narración del asesinato de San Pedro de Arbués, de quien nos dice que andaba vestido de « cota y malla, casco de hierro y una cachi­ p o rra con que defenderse » (2). B aste decir, para colmo de la crítica histórica de L lórente, que cree en la papisa Ju a n a , y saca buen partid o de ta n trasn o ch ad a leyenda.

Con esta evidencia sobre la fa lta de objetividad de L lórente y el mínimo valor de sus afirm aciones históri­ cas, debería perder su au to rid ad , p o r lo que se refiere a la Inquisición española. No o b stan te, todavía en nues­ tro s días quieren presentarlo algunos como escritor fide­ digno y se apoyan sin ru b o r en sus afirm aciones. Tal hizo, en tre otros, el conde de H oensbroeck en su obra « E l P apado en su actividad so d a! y c u ltu r a l». La razón de esta conducta del célebre a p ó sta ta la expresa clara­ m ente el historiador B. D uhr en u na recensión publicada en la rev ista « Stimmen der Zert » (3) en la que se dice que llegó a ta n alto grado su odio co n tra la Iglesia y el Papado, que ya las expresiones m ás duras de Lutero co n tra el R om ano Pontífice le parecían insuficientes p ara llenar las páginas de sus libros. E l mismo E. Schafer enjuicia m agníficam ente esta conducta de H oensbroeck de cuyas d iatribas contra la Inquisición española dice lo siguiente (4) :« Mucho m ás sospechoso es el capítulo acerca de las víctim as de la Inquisición española ;. pues H oensbroeck se atiene absolutam ente a los falsos núm e­ ros de L lórente..., presentando sin prueba ninguna, en

(1) Tomo II, pág. 136. (2) Tomo II, pág. 26.

(3) Noviembre de. 1929, págs. 135 y ss. (-1) Beitragc..., tomo I, pág. 32.

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una larga nota, la fidelidad de Llórente como digna de to d a fe, contra los ataq u es de los escritores u ltram o n ­ tanos, y dando salida a su desprecio contra los defen­ sores de la Inquisición... »

2. Enrique Carlos Lea y su « Historia de la Inquisición de España»

7. Si grande es la au to rid ad atrib u id a a Llórente en lo que se refiere a la Inquisición española, no lo es menos la de E nrique Carlos Lea, polígrafo norteam ericano, que escribió a fines del siglo x ix y principios del x x . E n efecto, en sus diversos escritos sobre la Inquisición en general, y en p articu lar sobre la Inquisición española, presenta Lea una copia ta n ab u n d an te de m ateriales recogidos en los archivos y en to d a clase de colecciones de fuentes originales, que sobrepasa, y de mucho, al mismo Llórente, quien como secretario de la Inquisición pudo recoger a m anos llenas los tesoros de sus archivos. P o r esto se ha presentado a Lea en nuestros días como al a u to r m ejor inform ado sobre un asunto ta n espinoso, y, por consiguiente, se ha dado a sus afirm aciones una au to rid ad incontrovertible. P o r esto juzgam os de abso­ lu ta necesidad, al lado del juicio sobre Llórente, dar asi­ mismo una idea de conjunto sobre el valor histórico de las obras de Lea.

E ste incansable polígrafo, aunque p ro testan te, de­ dicó su energía y su a b u n d an te fortuna a la publicación de una serie de estudios históricos sobre asuntos im por­ tantísim os de la Iglesia católica. Tales son, prescindiendo de otros muchos trab ajo s publicados en revistas : « H is­ to ria de la confesión y de las indulgencias en la Iglesia la tin a », en tres volúm enes ; « E studio histórico sobre el celibato sacerdotal en la Iglesia cristiana »; « Form ula­ rio de la Penitenciaría p ap al en el siglo x m » ;« Supersti­ ción y fuerza » ;« E studios sobre la historia de la Iglesia».

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Pero en lo que desplegó m ás p articu larm en te su a c ti­ vidad fué en lo referente a la Inquisición, y así escribió prim ero su « H istoria de la Inquisición m e d ie v a l», en tre s volúmenes, y luego una serie de obras acerca de la Inquisición española. A la cabeza de todas se encuentra su « H isto ria de la Inquisición de E s p a ñ a », en cu atro gruesos volúmenes. Como11 com plem ento de esta h istoria hay que añadir los dos volúm enes « Capítulos sobre la h isto ria religiosa de E sp añ a relacionados con la Inqui­ sición » y « Los moriscos de E sp añ a, su conversión y expulsión ».

¿Qué juicio de conjunto merecen todas estas obras, y en general, el sistem a de tra b a jo de Lea? ¿Qué valor tienen, particularm ente, sus tra b a jo s sobre la Inquisi­ ción española? Lo vam os a decir con pocas palabras, que procurarem os corroborar luego con. el testim onio de personas autorizadas y citas directas.

8. . Creemos que toda la obra de Lea adolece del peor de los defectos que pueden te n er los tra b a jo s his­ tóricos de las ideas preconcebidas. E n todas las páginas de sus libros aparece expresado en las más diversas for­ m as un prejuicio contra la Iglesia católica y contra sus instituciones más características. L a agrupación de los hechos, la misma elección de los tem as, m anifiestan clarisim am ente que Lea tiene y a form ado a priori su juicio, y así sólo tr a ta de reunir la m ayor copia de m ate­ riales de prim er orden, haciéndoles decir lo que conviene para su objeto. Lea es una m u estra clarísim a de lo que se llam a escritor tendencioso en el peor sentido de la p ala­ b ra, con la agrav an te de que produce la im presión de que no se esfuerza en disim ular esta tendencia. ¡Lástim a que p a ra una exposición de esta índole haya empleado ta n to tra b a jo y ta n ta erudición! Porque cualquiera ve que constando como consta evidentem ente su te n ­ dencia, no se puede hacer caso ninguno de sus aprecia­ ciones.

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E ste tra b a jo de enjuiciar el sistem a de Lea y la falta de objetividad de su exposición, lo hizo m agníficam ente P. M. B aum garten el año 1907 en una serie de artículos publicados en la revista « Theologische R evue » y resu­ midos después en un folleto ap arte, del que nos servim os nosotros (1). E l juicio es por extrem o duro y desfavo­ rable, sobre todo si tenem os presen La que se tr a ta de obras históricas.

Los graves defectos que B aum garten hace v er en el m étodo de Lea tienen una aplicación m uy p articu lar a la « H istoria de la Inquisición de E s p a ñ a ». Así, por ejemplo, la ignorancia que se m anifiesta continuam ente sobre las instituciones, costum bres y verdadero sentido de los dogm as de la Iglesia católica, todo lo cual quiere Lea discutir y enjuiciar ; la facilidad con que in terp reta a su modo los docum entos. Más características del sis­ tem a empleado p o r Lea son las expresiones con que nos encontram os frecuentem ente, tales como « douútless, evidently, we can readily conceive, we m ay casily im a­ gine, i t can readily be understood » (sin duda, evidente­ m ente, podem os fácilm ente concebir, podem os im aginar fácilmente, es fácil de entender). Pero una d é la s carac­ terísticas más sorprendentes de Lea es el ju zg ar los usos y costum bres de los siglos x v y x v i conform e al gusto de nuestros días. De ahí se originan gran can tid ad de los prejuicios e ideas preconcebidas que ta n to nos llam an la atención en las obras de nuestro escritor norteam eri­ cano. E stos prejuicios, dice resum iendo P . M. B aum gar­ te n (2), « se extienden p o r toda la obra, la cual se lee como una apología o m ás bien una apoteosis de los judíos y m udé jares... Toda la injusticia está de p a rte de los españoles, de. la Iglesia, de la Inquisición, de los Reyes ; todo el derecho, de p a rte de los judíos y sa rrac e n o s».

(1) Dio W erke von C. H . Lea und verw andte Bücher. M ünster, 1908.

(2) Loe. cit., pág. 35.

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« P o r lo demás, sigue m ás adelan te B aum garten, Lea es de parecer que solam ente por las excitaciones de la Iglesia se convirtió E spaña, del pueblo m ás tolerante en el más in to leran te de E uropa. »

9. Más expresivo todavía, si cabe, es el juicio que dió H ábler sobre el m étodo de Lea. E ste juicio tiene un valor especial p o r venir de un p ro testan te, que por lo general está conforme con las ideas del escritor n o rte­ am ericano. Pero esto no obstante, caracteriza m uy bien su sistem a tendencioso con las siguientes palabras (1) : « L a agrupación de la m ateria v a toda encam inada a echar en cara a la Inquisición un registro de crímenes lo m ás voluminoso posible. Puesto que no podían m an­ tenerse en la form a en que se ha hecho hasta el presente, todos los reproches de crueldad, ansia de persecución y opresión de la inteligencia, han sido reforzados por medio de una inm ensa mole de las particularidades más triviales, etc., todo con el objeto de. que la imagen de la Inquisición resu ltara lo m ás repugnante posible ».

A unque esta apreciación del valor objetivo de la obra de Lea es hoy día b a sta n te general en tre los histo­ riadores más serios, aun en tre les enemigos de la Iglesia católicá, sin em bargo se encuentran to d av ían algunos que pretenden presentarlo como un historiador fide­ digno. Tal es, por no c ita r m ás que un ejemplo, don Quintiliano Saldaña en su opusculito « La Inquisición e sp a ñ o la », de cuyas cualidades es preferible no hablar aquí. No creemos, con todo, que después de pesar las razones y juicios apuntados haya todavía nadie que, en buena conciencia de historiador objetivo, pueda acep tar en serio la exposición de Lea. B asta, para aca­ bar de convencerse de ello, echar una ojeada p or l a « His­ to ria de la Inquisición de E spaña » o leer únicam ente algunas páginas del largo capítulo final « R e tro sp e c t».

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La tesis o, con o tras palabras, la idea preconcebida de Lea es la intolerancia de la Iglesia y su fanatismo. De esta intolerancia y fanatism o nacieron el fanatism o e intolerancia de los españoles. P o r esto llega a estam p ar estas frases (1) : « L a h istoria de la perversidad hum ana no nos presenta un ejem plo m ás significativo de la faci­ lidad con que las m alas pasiones del hom bre pueden justificarse con el p re te x to del deber, que la m anera como la Iglesia... infundió con to d a deliberación la semilla de la intolerancia y persecución en el género hum ano »... ; «ella (la Iglesia) es la principal responsa­ ble, si no la única, de todas las injusticias com etidas contra, los judíos d u ran te la E dad Media, como tam bién de los prejuicios que aún existen en algunas p artes ».

3. Otras obras más im portantes sobre la Inquisición española

10. Con lo expuesto acerca de las obras de Llórente y Lea, que son indudablem ente los m ás peligrosos adver­ sarios de la Inquisición española, podríam os d ar por term inada esta sencilla introducción bibliográfica. Sin embargo, creemos será de utilidad p ara este estudio añ ad ir aquí, a m odo de complemento, la característica de algunas o tras obras m ás conocidas y utilizadas.

Si el tono de los dos autores analizados es decidida­ m ente contrario a la Inquisición, no lo es menos el de otros muchos que h an escrito sobre el m i s m o asunto obras más o menos voluminosas. La única diferencia que existe entre éstos y los demás es que Llórente y Lea se presentan con un arsenal inmenso de información original, m ientras la m ayoría de los otros no hacen más que repetir lo que ellos ya dijeron, arreciando siem pre el tono hasta la insensatez. B aste citar, a títu lo de mues­ tra , algunas de estas obras.

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E l año 1835 vió la luz pública en Barcelona una obra en dos volúm enes con el títu lo « E l T ribunal de la Inquisición, llam ado de la Fe o del Santo Oficio. Su origen, prosperidad y ju sta abolición », p o r don Joaquín Castillo y Magone. E s el tip o de las obras sectarias, sin argum entación de ninguna clas.e, am asadas con el odio m ás desatado contra la Inquisición y contra la Iglesia. Las prim eras frases del prólogo indican y a con toda claridad el contenido de los dos volúm enes :« Bajo cual­ quier aspecto que se le m ire, el horrendo trib u n al de la Inquisición, que afo rtu n ad am en te ha desaparecido de ; en tre nosotros (merced a la ilustración y a la ley), se nos p resen ta odioso, ilegal, tiran o , antipolítico y d iam etral­ m ente opuesto a la verdadera doctrina del Salvador... E l judaism o sirvió de p retex to p ara establecer la Inqui­ sición en E spaña ; pero el verdadero objeto fué la codi­ cia de confiscaciones. La superstición y el despotism o convirtieron aquel trib u n al en m inisterio de policía y en aduanero m ayor, haciendo declarar herejes a los c o n tra­ b an d istas »... P o r este estilo sigue todo el libro, que se convierte en u na continua d ia trib a c o n tra la Inquisición y co n tra el Rom ano Pontífice y la Iglesia católica.

E l cuadro de estadística sobre las victim as de la Inquisición con que se cierra la obra, pone una digna corona a la absoluta fa lta de objetividad del a u to r. B aste decir que hace ascender a 61 910 el núm ero de los quem ados vivos en todo el tiem po de existencia de la Inquisición española, y a 17,.895 el de los quem ados en e sta tu a ; es decir, queda m uy por encim a de los cálculos, y a exageradísim os, de Llórente. E l lenguaje de todo el libro se m anifiesta claram ente en este párrafo, que da comienzo a la exposición sobre el to rm en to (1):

« U na nueva escena de horror, a que resisten los oídos cristianos, se presenta. Prescindam os de hablar

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de ta n ta s víctim as inocentes, sacrificadas al encono, la envidia, la m aledicencia y la calum nia, pues que a todos abrigaba este santo trib u n al. Supongam os al herege más obstinado, al más descarado ap ó sta ta , al m ás rebelde judaizante. Si era confeso, se le condenaba después de mil preg u n tas capciosas ; si convicto, adem ás de la p ri­ sión en oscuros calabozos, destituido de todo hum ano consuelo, se em pleaban con él horribles torm entos, que estrem ecen a la hum anidad, p a ra que confesase. Los m inistros lo cargaban de grillos, le a ta b a n a las gargan­ tas de los pies cien libras de h ierro... E l últim o comple­ m ento de esta escena sangrienta era el torm ento del brasero, con cuyo fuego lento le freían cruelm ente los pies desnudos untados con grasa y asegurados en. un cepo »... Mas no sigamos adelante. Si los lectores tienen paciencia p a ra leer la presente exposición, basada en las actas originales de la Inquisición, se convencerán de que todo esto es falso, pues nunca la Inquisición espa­ ñola em pleó esa clase de torm ento.

11. Más repugnante, si cabe., es todavía la obra de Julio Melgares M arín, titu la d a « Procedim ientos de la In q u isició n ». Ya el títu lo m anifiesta lo que puede esperarse de un libro de esta índole, pues a continuación de las p alab ras tran scritas, a modo de subtítulo, se añade lo siguiente : « Persecuciones religiosas, origen y carác­ te r eclesiástico de la Inquisición, escándalos de los inquisidores, de los frailes y de los Papas, terrible lucha de la Inquisición contra el pueblo e sp a ñ o l; engaños, tre ta s, misterios, injusticias, crím enes, sacrilegios y abe­ rraciones del clero inquisitorial ».

Y p ara que no quede duda ninguna sobre el objeto de la obra, nos lo indica el a u to r en el prólogo con toda c la rid a d : « L a compilación de procedim ientos... que hoy ofrecemos al público tiene p o r principal objeto popularizar una verdad, ya tiem po hace sabida entre los hom bres doctos, a saber : la de que el clero

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inquisi-to n a l y frailuno, que alcanzó poder inmenso y riquezas incalculables en E spaña d u ran te los siglos xv al x v m , fué un clero vicioso y fanático, sensual y avaro ; clero incapacitado, por ta n to , p ara practicar el bien y para ad m in istrar la justicia ».

Con este estilo y con esta saña nada disim ulada co n tra la Iglesia católica sigue llenando el a u to r dos volúm enes e n te ro s «sin avergonzarse ni ten er asco, como dice de él el p ro te stan te alem án E. Schafer, de recoger to d as Tas inm undicias que pudo haber a las manos de en tre las actas de las inquisiciones de Toledo y de Va­ lencia » (1). Mas con esto sólo está suficientem ente ca ­ racterizad a sa obra.

12. Vamos a c e rrar esta introducción con breves indicaciones sobre los m ás notables trab ajo s escritos en favor de la Inquisición española.

E n general podemos afirm ar de todos los trab ajo s escritos h asta el presente en defensa de la Inquisición española, que tra ta n ta n delicado asunto m ás o menos a priori, es decir, que no conocían a fondo, y aun la m a­ y o r p a rte de ellos en m uy escasa cantidad, los docum en­ tos originales. Claro está que p ara reb atir m uchas de las acusaciones de los adversarios y dem ostrar su apasiona­ m iento no se necesita investigar en los archivos, sino que b asta sencillam ente despojarse de prejuicios e in te r­ p re ta r debidam ente las fuentes ya conocidas. Con todo, no podemos negar que en este pun to los adversarios de la Inquisición llevan una v en taja a los defensores. Pues varios de aquéllos poseen una docum entación original copiosísima, que falta a los segundos...

Como resultado, sin duda, de esta deficiencia, a d ­ viértese igualm ente en los defensores de la Inquisición que generalm ente exageran el sistem a de defensa, y asi tr a ta n frecuentem ente de defender a ra ja tab la todo lo que hizo la Inquisición. En esto pasan instintivam ente

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al extrem o opuesto de los adversarios. Pues al paso que éstos, llevados de sus prejuicios, no hallan apenas nada bueno en la Inquisición y la a tac a n a carga cerrada como u n m onstruo de iniquidad e injusticia, los defensores acep tan sin distinción todo lo que hicieron los inquisi­ dores y se em peñan en defenderlo.

A fuer de historiadores im parciales, debemos procla­ m ar que si es malo un extrem o, no es menos reprensible el otro. Lo que hay es que ha sido ta l la furia de los ene­ migos del Santo Oficio y ta n m anifiestas e injustas sus d ia trib a s contra el mismo, que espontáneam ente se ex citab a la reacción co n traria en los elem entos más acti­ vos y adictos a la Iglesia católica. P o r esta razón es m uy com prensible el partidism o y exageraciones que ellos a su vez em plearon en la defensa.

E ste carácter tienen, en prim er lugar, las obras sobre la Inquisición española, escritas p o r Rodrigo, O rti y L ara y R . Cappa. Aunque con alguna pequeña lim ita­ ción, merecen substancialm ente el m ismo juicio los tr a ­ bajos de M aistre, Hefele, Gams y los largos artículos sobre la Inquisición española publicados en la Enciclo­ pedia E spasa y K irchenlexikon.

13. Muy distintos de todos los citados hasta aquí son los trab ajo s de E. Schafer, y a varias veces aludido. Sus estudios sobre el protestantism o en. E spaña han puesto en sus manos gran cantidad de procesos y to d a clase de actas originales pertenecientes a uno de los períodos más im portantes de la Inquisición española. Con esto puede decirse que es sin du d a uno de los inves­ tigadores que más a fondo conocen al Santo Oficio. Pues b ie n : las diversas obras que ha publicado sobre las m aterias de su investigación, y particularm ente su obra fundam ental « El protestantism o español y la Inquisi­ ción son verdaderam ente dignas de todo elogio por el esfuerzo que en ellas pone su a u to r por guardar la obje­ tiv id ad propia del historiador.

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E ste esfuerzo p o r la objetividad aparece de modo p articular en el juicio que form ula al principio sobre la m ayor p arte de los historiadores de la Inquisición espa­ ñola, juicio que hemos reproducido varias veces en las páginas precedentes y en la exposición general sobre el origen, organización y procedim ientos de la Inquisición, que constituye una buena p a rte del tom o I de su obra. E n general podemos afirm ar que con sus atin ad as ob­ servaciones reb ate victoriosam ente la m ayor p a rte de las calum nias que suelen lanzar contra la Inquisición to d a la caterv a de sus adversarios.

No quiere esto decir que estemos conformes con todos sus puntos de vista. Más a ú n : debemos observar que en m uchas ocasiones Schafer se deja llevar de sus prejuicios p ro testan tes y habla con un apasionam iento que des­ dice notablem ente del tono reposado que caracteriza su exposición. Pero repetim os que en general ha guar­ dado una objetividad no alcanzada p o r ninguno de los historiadores de la Inquisición, y esto es de ta n to más valor cuanto que conoce a fondo las actas originales y no está conforme, en principio, con el sistem a de la

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Ca p í t u l o II

La Inquisición medieval en la Península ibérica

14. P ara que se tengan ideas claras acerca de una buena p a rte de las cuestiones que se debaten sobre la Inquisición española, es indispensable distinguir dos clases de Inquisición que han intervenido en E spaña. La prim era es la Inquisición medieval, y la segunda la española. Aquélla fué establecida a principios del si­ glo x m e introducida al mismo tiem po en la Península ibérica ; ésta fué fundada a fines del siglo x v ; la medie­ val fué extendiéndose rápidam ente por todas las nacio­ nes cristianas medievales y ejerció su actividad durante los siglos x i i i al x v ; la española, en cambio, tuvo su cam­ po de acción exclusivam ente en E spaña y en los domi­ nios españoles de U ltram ar, a p a rtir de los Reyes Cató­ licos don Fernando y doña Isabel, que le dieron prin­ cipio.

E sta distinción es de suma trascendencia, no sola­ mente porque se tr a ta de períodos históricos com pleta­ m ente diversos, sino, sobre todo, porque por su organi­ zación y procedim ientos difieren notablem ente las dos

Inquisiciones, y así no debe atribuirse a una lo que es propio y característico de la otra. Pero, además, hay que añ ad ir o tra razón que, a nuestro juicio, tiene mucha fuerza. Al juzgar a la Inquisición española se le suelen atribuir, como si ella los hubiera inventado, muchos de los procedim ientos ya usados por la Inquisición medie­

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val, y que, p o r consiguiente, la española no hizo o tra cosa que heredar y seguir aplicando, según el am biente y opinión general de su tiem po. E s, pues, un verdadero anacronism o histórico el hacérsela, responsable, por ejemplo, del hecho mismo de ap licar la pena del fuego co n tra los herejes, de la confiscación de bienes y cárcel p erp etu a ju r to con otros castigos y procedimientos. Lo único conforme con la crítica im parcial, y con lo que suele hacerse en o tra s cuestiones, es a trib u ir a cada uno la responsabilidad que le corresponde.

Así, pues, an tes de e n tra r en la exposición del esta­ blecim iento, organización y funcionam iento de la Inqui­ sición típicam ente española, darem os un breve resumen de la fundación de la m edieval y de su introducción en E spaña.

1. Desarrollo del principio de la represión

violenta

15. Los adversarios de la Inquisición, al tra ta r de exponer su origen, insisten generalm ente en la intole­ rancia de los eclesiásticos y, sobre todo, de los Romanos Pontífices. Al hablar así, quieren naturalm ente atrib u ir únicam ente a la exaltación de las ideas religiosas el ori­ gen del sistem a inquisitorial con todo el procedim iento que lo caracteriza. A un autores, por otro lado bastante sensatos y ecuánimes, hablan de ta l m anera como si únicam ente la cuestión religiosa hubiera dado principio a la Inquisición medieval.

Así, p o r ejemplo; el em inente canonista p ro testan te P. H inschius afirm a, sin más explicaciones, al tra ta r de exponer el principio de lá Inquisición (1) : « Una inno­ vación tu v o lugar, empero, cuando Gregorio IX, en sus esfuerzos dirigidos a la extirpación de las herejías, y en

(1) Das Kirctaenrecht der K atholiken und P rotestanten in Deutschland. Berlín, 1805, 1897. Tomo V, pág. 450.

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atención a la negligencia del episcopado, comenzó, por su parte, a d a r órdenes directas encam inadas a la inves­ tigación y persecución de los herejes ».

De la misma m anera se expresa B en rath en la E nci­ clopedia p ro testan te (1) : « E ra un tiem po en que una nueva y peligrosa doctrina, que recordaba ciertos prin ­ cipios gnósticos antiguos, con su mezcla de elem entos cristianos y gentiles, viniendo del Oriente, iba llenando gran p a rte de las regiones del M editerráneo. Llam ábase a sus partidarios con nom bres diversos : aquí maniqueos, allí cátaros. H a sta 1179 eran y a ta n numerosos en el Sur de Francia, que Alejandro II I había exhortado ya a reprim irlos por medio de la violencia. La guerra religiosa en toda form a fué organizada po r Inocencio III. En estas circunstancias se tra tó de hallar una form a de inquisición p o r la que se obrara con más seguridad y firmeza ».

Como se ve, el único m otivo que aparece es el reli­ gioso. Sin em bargo, un exam en detenido de las circuns­ tancias en que fué establecida la Inquisición y de las causas que le dieron origen, convence fácilm ente a cualquiera que lo juzgue sin prejuicios, de que c^e modo de hablar es parcial y tendencioso. E n realidad, no fueron propiam ente los m otivos religiosos o, si se quiere, no exclusivam ente los móviles religiosos los que dieron principio al sistem a inquisitorial. Más a ú n : no fueron precisam ente los Rom anos Pontífices los que llevaron la iniciativa en este sistem a de represión sangrienta de la herejía, sino los príncipes seculares, los reyes y los emperadores, los cuales, justo es confesarlo, se movie­ ron a ello m ás bien por los inmensos males m ateriales que les ocasionaban los herejes, que por el celo por la Religión, aunque tam bién esta consideración tenia en

(1) Realenzyklopádie íiir protest antische Thcologie. Artículo Inquisition, 3 ed., pág.

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155-ellos grande influencia. E ste m ovim iento general de los príncipes y em peradores cristianos, secundados por el pueblo, indujeron, por fin, a los Rom anos Pontífices, los cuales term inaron por aliarse con aquéllos en la repre­ sión de la herejía por medio de la violencia. Pero, aun después de llegar a esta decisión, eran los m otivos de orden social, el peligro que todos veían én la herejía p a ra la paz y bienestár de los E stados cristianos, los que form aron la base de la represión sangrienta.

16. U na ráp id a ojeada al desarrollo de los aconte­ cim ientos b a sta rá p ara dem ostrar lo que llevamos dicho. ' Todos los historiadores están conformes en afirm ar que

h a sta más allá del año 1000 la Iglesia católica y los Rom anos Pontífices se inclinaron más bien a la benig­ nidad con los heterodoxos. Bien claro lo m anifestaron sus m ás conspicuos representantes du ran te todo este período. Así se vió en la horrible lucha que hubo de sostener la Iglesia co n tra los m aniqueos y donatistas a fines del siglo iv y principios del v. Los em peradores, convertidos ya al Cristianismo, sobre todo después de V alentiniano I y Teodosio I, declararon la guerra más encarnizada a todas las herejías. Nótese, con todo, que las m ás terribles penas, incluso la pena de m uerte, afec­ ta b a únicam ente a los herejes que a te n ta b a n contra el orden público. Bajo este concepto en tra b an directa­ m ente los m aniqueos y donatistas.

F ren te a este movim iento de rigor, los representan­ tes m ás legítimos de la Iglesia repugnaron constan­ tem ente contra la violencia, al menos co n tra las penas m ás graves y en p articu lar la pena de m uerte. Así San A gustín defendió duran te m ucho tiem po el sistem a de benignidad con los herejes, creyendo que con una franca discusión podría convencerlos y atraerlos. E s verdad que, aleccionado por la experiencia y por los grandes daños que ocasionaban los herejes a la Religión y a la paz social, cambió de m odo de pensar y más tard e

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defendió el empleo de la fuerza ; pero se m antuvo siem­ pre dentro de ciertos lím ites, excluyendo la pena de m uerte.

E ste horror de los grandes san tas de la Iglesia cató­ lica con tra el empleo de las ú ltim as penas se m anifestó más claram ente en el asu n to de la m uerte de Prisciliano. Acusado por sus acérrim os adversarios los obispos Idacio e Itacio ante el Concilio de Burdeos el año 385, temiendo la condenación, que evidentem ente se hubiera circuns­ crito, según el uso general, a la deposición o al destierro, apeló al Em perador, y en efecto, juzgado por el tribunal im perial en Tréveris, y convencido, no precisam ente de herejía, sino de magia, fué condenado a la últim a pena y ejecutado con varios de sus com pañeros.

No es éste el lugar de hacer v er la inconsecuencia de las acusaciones que suelen lanzarse contra la Iglesia católica p or haber sido la causa, dicen, de esta ejecución de algunos herejes, por lo cual los consideran algunos como las prim eras victim as del fanatism o de la Iglesia ; porque no fué la Iglesia la que los condenó a m uerte, sino el trib u n al c iv il; ni fueron condenados por herejía, sino por convictos y confesos del delito de magia, con­ denado por las leyes rom anas con la pena de m uerte. Lo que deseamos hacer n o ta r aq u í es que lejos de ser la Iglesia católica culpable de estas ejecuciones, abominó c o n tra las mismas po r las circunstancias que las acom­ pañaron.

Efectivam ente, los dos santos más ilustres de la Iglesia occidental del aquel tiem po, San M artín de T ours y San Ambrosio de Milán, hicieron primero todo lo que pudieron p ara evitar fuera entregado un obispo a trib u n al civil, y luego de ejecutada la sentencia, p ro testaro n contra ella con to d a energía. La indignación de San M artín de Tours contra la conducta del acusa­ dor obispo Itacio fué ta n grande, que rehusó durante m ucho tiem po el com unicar con él y con los suyos, y

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aun todo el pueblo cristiano sintió ta l repugnancia contra aquel hecho, que el infeliz acusador tuvo que m antenerse d u ran te el resto de su vida alejado de su diócesis.

No es menos clara la repulsa do las medidas sangui­ narias contra los herejes en la conducta del gran po n tí­ fice San León Magno, a quien por cierto ¡suelen tra e r algunos historiadores comb defensor de las m edidas rigurosas. Los daños y los escándalos causados por los priscilianistas volvieron a excitar en muchos, a m edia­ dos del siglo v, el ansia de represión. El gran Pontífice participa de este deseo de cohibir a los perturbadores >del orden público y de todo derecho divino y hum ano ; pero, con todo, se resiste al empleo de las últim as penas. Seria tarea fácil acum ular aquí los testim onios de San J u a n Crisóstomo, de San Isidoro de Sevilla y otros m u­ chos representantes del sentir de la Iglesia p rim itiva, que m anifiestan su opinión contraria a la represión vio­ len ta de la herejía.

17. E n este estado continuaron las cosas h asta m uy en trad a la E d ad Media. Alrededor del año 1000 comienza a reto ñ ar en E u ro p a el antiguo maniqueísmo, nunca enteram ente desarraigado. Mas esta vez se presenta con un carácter m ás violento. Bien pronto, con otros nom ­ bres y con otras form as, se le ve aparecer y desarrollarse p u jan te en todos los E stados de la E uropa occidental, en Italia, en Alemania, en Francia y en E spaña. Inm e­ diatam ente comienza a emplearse contra ellos el rigor más extrem ado ; pero es el plieblo, unido a sus reyes, el que se levanta co n tra los perturbadores de la paz. Son innum erables los casos particulares en los que sabe­ mos que los príncipes, los reyes y los em peradores y el pueblo en m asa procedieron a la ejecución de los here­ jes, a quienes todos consideraban como el m ayor peligro.

Con todo, esto no eran m ás que chispazos aislados de la indignación popular. Lo que conviene hacer cons­ ta r aquí, contra las afirmaciones g ratu itas de tan to s

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