LA QUINTA VELA DE ADVIENTO
JOSÉ GRANADOS, dcjm
LA QUINTA VELA
DE ADVIENTO
Meditaciones para cada día
La quinta vela:Caminar con Mari a 17/10/08 13:19 Página 3Diseño de cubierta y maquetación:
Antonio Santos
© 2007, Editorial Ciudad Nueva José Picón 28 - 28028 Madrid
www.ciudadnueva.com ISBN: 978-84-9715-150-4
Depósito Legal:
M-Impreso en España - Printed in Spain
A mi padre, sembrador de advientos
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Introducción
La corona de Adviento –es bien sabido– tiene cuatro velas, casi siempre de color morado. Las vamos prendien-do una a una en la misa del prendien-domingo, según se aproxima la Navidad. Nosotros, en nuestra familia, las encendíamos también cada tarde de Adviento, cuando nuestros padres nos reunían para rezar un rato, en preparación al naci-miento de Jesús. Nos sentábamos en torno a un misterio con san José y la Virgen, la mula y el buey: faltaba sólo el Niño, que escondía nuestra madre en el cajón del come-dor, para llevarlo en procesión, entre villancicos, la No-chebuena. Compartíamos allí un rato breve de oración e íbamos contando los días que faltaban para Navidad.
Las velas eran nuestro camino, nuestros pasos por las noches frías del Adviento. El color morado represen-taba nuestro esfuerzo por allegarnos al pesebre, junto con los demás pastores y tamborileros. Recuerdo que junto a la corona de velas había siempre un pequeño frasco donde cada uno iba colocando durante el día, se-cretamente, un garbanzo por cada pequeño sacrificio ofrecido al niño Jesús en preparación de su venida. Lue-go he leído que la Madre Teresa de Calcuta hacía alLue-go parecido, pero en vez de garbanzos utilizaba pajitas, que luego servían de pesebre al Niño. Sin duda, la cuna le saldría mucho más blanda.
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Así es el Adviento: tiempo de esfuerzo alegre, de ten-sión gozosa. Otros momentos de converten-sión, como la Cuaresma, pueden representarse como un camino en el desierto, bajo el sol ardiente, cargando con el fardo pesa-do de nuestras culpas. No así el Adviento: es éste, más bien, una ruta nocturna en que el peregrino camina lige-ro, con las alas que le presta la esperanza, sintiendo en el rostro el fresco de la noche.
Cierto, este camino de Adviento tampoco es fácil, pues si no pesa ahora el cansancio del desierto, hay que llevar otro fardo no menos incómodo: la oscuridad. El do-lor del Adviento, el montón de garbanzos acumulados día tras día, tiene esta forma: no saber qué aparecerá a la vuel-ta de la próxima curva, tener que caminar a tienvuel-tas y a pe-queños pasos. Y requiere de nosotros una actividad espe-cial: mantener vivo el deseo de la luz para que no nos durmamos cansados de aguardarla.
Las velas del Adviento nos recuerdan que es tiempo de poner ante Dios las sombras que habitan nuestra vida: ese proyecto empezado que no sabemos cómo acabará; los baches que atraviesa nuestro trato con alguien de la familia o con un compañero de trabajo; el lío en que nos hemos metido y del que no encontramos muy bien la sa-lida; el curso de una enfermedad que nos preocupa… To-dos llevamos un puñado de incógnitas en la mochila; po-der tomarlas entre las manos es el don y la tarea del Adviento.
Y así las velas de nuestra corona jalonan las etapas de este tiempo litúrgico. Nos recuerdan que nuestro avance hacia la Navidad no se mide por la longitud de nuestra zancada, sino por el tiempo que falta hasta que llegue el
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9 día. Y es que para el caminante nocturno no es esencial tanto el avance de sus pasos como el curso silencioso de los astros, la esperanza de que la luz vaya creciendo.
Las cuatro velas, por eso, quedarán siempre incom-pletas. Permanece en el horizonte del Adviento la espe-ranza de una quinta vela, la vela que el esfuerzo humano nunca puede encender, la única capaz de iluminar nuestra noche como el alba dispersa las tinieblas. Esta vela ha de alumbrarla Dios, y para ello utiliza la cera que ha prendi-do generosamente en nuestra corona, ponienprendi-do en ella una nueva luz.
Por eso, el gran misterio del Adviento no es nuestro camino, sino el camino de Dios hacia nosotros. Es tiempo para descubrir que el Dios cristiano es un Dios que viene, que está siempre viniendo para encontrarnos; un Dios cu-ya ciencia más profunda consiste en saber acercarse. Es un Dios viajero, un Dios que desciende y rasga los cielos pa-ra iluminar la noche.
En nuestro camino del Adviento nos preparamos pa-ra reconocer la luz de esta vela, la quinta de la corona, que brillará en la noche de Navidad. Su claridad nos sorpren-derá por su pequeñez.
En el camino de la vida buscamos muchas veces una luz que lo resuelva todo, que nos entregue de un golpe la visión entera del camino por recorrer, como los relámpa-gos dejan entrever en las sombras, por un breve instante, el entero valle. Acostumbremos nuestros ojos en este Ad-viento a otro tipo de luz. La luz de Dios, más clara que el mediodía, será siempre luz humilde, luz que la Madre pro-tegerá en Belén, como las manos guardan la llama de una vela por temor a que el viento la apague. Hecha pequeña,
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esta luz podrá entrar en nuestros hogares y alumbrarlos por dentro: no de otra forma ilumina la luz del amor.
A reconocer la luz de esta quinta vela y a mantener los ojos abiertos para recibirla quieren ayudar estas medita-ciones. Se pueden seguir al ritmo de los días litúrgicos, a modo de breve oración para cada jornada de nuestra es-pera. Ténganse en cuenta entonces las dos etapas del Ad-viento: hasta el tercer domingo se siguen los días de la se-mana, de lunes a sábado; a partir del 17 de diciembre, se empieza la cuenta atrás hasta el 24, y cada fecha tiene lec-tura propia. Al final del libro hemos incluido algunas fies-tas que siempre o casi siempre ocurren durante el Ad-viento: san Andrés (30 de noviembre) y la Inmaculada (8 de diciembre). Añadamos que este libro se deja también leer de seguido, independientemente del ritmo litúrgico. Quiere ser entonces un vademécum de la esperanza. Y ja-lona las etapas de un Adviento que va encendiendo su co-rona mientras aguarda la luz misteriosa, deslumbrante en su humildad, de esa quinta vela.