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Oculto en el corazón

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Academic year: 2021

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Oculto en el corazón

Sin sospecharlo, era la jefa de un poderoso millonario...

Caroline Portman debería haber estado satisfecha con su nuevo empleado, pues necesitaba ayuda en el rancho urgentemente. Sin embargo, había algo en Sam Beaumont que le hacía preguntarse si aquel hombre solitario no ocultaría algo.

Sam tenía una presencia poderosa, la de un hombre acostumbrado a conseguir lo que deseaba… incluso lo que no podía tener. Y cuando le echó el ojo a Caroline, ella supo que no tardaría en acabar en la cama con el verdadero jefe.

Capítulo Uno

El bar restaurante Ponte Una era conocido por dos cosas: la música country a todo volumen y sus preciosas clientas. A Sam Beaumont le gustaban ambas cosas y, sentado en una esquina, escuchaba el último éxito de Toby Keith mientras miraba a una rubia alta que estaba en la barra. Había llamado su atención desde que entró.

La rubia explosiva lo miró con interés y entonces, después de hablar un momento con el camarero, se dirigió a su mesa con dos cervezas en la mano.

-Necesito un hombre -anunció, sacudiendo la melena hacia atrás. Los rizos rubios volvieron a su sitio mientras dejaba las dos cervezas sobre la mesa y se quedaba esperando.

-¿Ah, sí?

-Chuck, el camarero, me ha dicho que usted podría estar interesado.

Sam miró a la rubia de arriba abajo. Era muy guapa, pero él había visto muchas mujeres guapas. No, había algo especial en sus ojos, una mirada que él conocía bien. Un brillo de inseguridad. Aunque se había plantado en su mesa para decirle con todo descaro que necesitaba un hombre... y eso lo intrigaba.

Mientras tomaba un trago de cerveza, observándola, sintió algo que no había sentido en un año. Una punzada de deseo que había creído muerta y enterrada.

Eso era suficiente para mandar a la chica a paseo. El no quería sentir nada. Nunca jamás.

-¿Está interesado o no?

-Depende de para qué lo quiera.

A pesar del humo del bar, no le pasó desapercibido que la rubia se había puesto colorada. Aun así, parecía decidida y se sentó a su lado.

-Necesito un peón... durante un mes. Sueldo, comida y alojamiento incluidos. Chuck me ha dicho que estaba buscando trabajo.

Sam volvió a tomar un trago de cerveza y pensó en los eventos que lo habían llevado hasta allí. Director general de una constructora que huía no de la ley sino de su pasado, Sam intentaba escapar de cosas con las que no podía enfrentarse. No

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necesitaba el dinero, pero el trabajo duro hacía que se olvidase de todo. Yeso sí lo necesitaba.

-Es posible.

La verdad, no le importaría estar en un mismo sitio durante más de una semana. Por el momento, nadie lo había encontrado y quería que siguiera siendo así. Desde que dejó su antigua vida, con sus cargas y sus enormes responsabilidades, había llamado de vez en cuando a su hermano Wade, pero nunca le había dicho dónde estaba.

Necesitaba espacio y esfuerzo físico para no recordar.

-Soy Caroline Portman -la joven le ofreció su mano y Sam la estrechó, un poco sorprendido.

No estaba acostumbrado a estrechar la mano de una chica y aquélla tenía un apretón firme, aunque su piel era suave como la seda.

-Necesito gente desesperadamente, así que puede aprovecharse de mí, pero sólo un poco.

Estaba sonriendo y Sam se fijó en los dos hoyitos de sus mejillas. Sí, guapísima. Entonces volvió a sentir eso que hacía tanto tiempo que no sentía.

-Tengo un mes para poner en marcha mi rancho. Son muchas horas de trabajo duro, pero pago bien.

-¿Qué clase de trabajo?

Sam se maldijo a sí mismo por preguntar. Tenía claro que la chispa que había sentido antes era algo que no quería volver a sentir. Había estado casi un año ajeno a todo y quería que siguiera siendo así. Si esa chispa volvía a aparecer, no lo superaría.

Tenía que decirle que no a la bonita Caroline Portman.

-Estoy reconstruyendo mis establos. Quiero que vuelvan a ser lo que eran antes de... antes de...

Se detuvo, parpadeó varias veces y se mordió los labios. No era algo ensayado, él tenía experiencia suficiente para saber cuándo alguien estaba mintiendo. La joven no podía hablar y Sam se percató de que intentaba controlar la emoción.

Pero no quería saber nada de su vida. Él tenía penas suficientes como para que le durasen una vida entera. Llevaba meses yendo de un pueblo de Texas a otro,

intentando olvidar. Eso era lo que lo mantenía con vida. Olvidar.

Le gustaba aquel pueblo. Hope Wells le recordaba al sitio en el que había crecido desde los cinco años, un lugar pequeño y agradable donde la vida era sencilla. Pero, mirando los ojos de Caroline Portman, quizá debería pensarse dos veces lo de «sencilla». Sam sabía que la vida no era sencilla en absoluto y que a veces era demasiado complicada para un hombre.

0 para una mujer.

A él le encantaban los caballos. Construir unos establos y trabajar con animales sonaba interesante. Había pasado parte de su infancia en un rancho, sabía algo sobre ganado y disfrutaría haciendo ese trabajo, pero seguía sin parecerle buena idea.

-No estoy interesado, lo siento. Caroline parpadeó.

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-Pero...

-Gracias por la oferta.

Atónita, la rubia se quedó mirándolo con cara de pena.

Sam se levantó, dejó unos billetes sobre la mesa y salió del restaurante. Aunque sólo fuera eso, conocer a Caroline Portman le había aportado algo nuevo a un día normal.

Iba caminando por la acera hacia el hostal anexo al restaurante y casi había llegado a su habitación cuando un ruido de pasos hizo que volviera la cabeza.

-¡Espere, señor Beaumont!

Caroline Portman se dirigía hacia él. Sin aliento y colorada por el esfuerzo estaba incluso más guapa, como una mujer que acabara de levantarse de la cama... después de una noche de sexo. Sam imaginó que el hombre con el que había pasado la noche fuera él y esa momentánea fantasía lo hizo temblar.

-Tengo que saber... ¿por qué?

-¿Por qué qué? -Sam siguió caminando, aunque a paso más lento. -¿Por qué ha rechazado mi oferta?

-No recuerdo haberle dicho mi nombre.

-Éste es un pueblo pequeño, señor Beaumont. Está buscando trabajo, ¿no? -Sí.

-Pues yo le ofrezco uno.

-Ya -Sam siguió caminando hasta que llegó a su habitación y se apoyó en la puerta. La luz de la luna iluminaba la figura de Caroline. Llevaba vaqueros y una camisa con un bordado de brillantitos en la pechera. Nada muy rebuscado, sino con estilo, el color de la camisa destacando el azul de sus ojos. Era una mujer que no vestía para llamar la atención, pero que jamás podría pasar desapercibida.

-Los hombres no suelen decirle que no? Caroline parpadeó.

-Los hombres me dicen que no todo el tiempo, señor Beaumont, pero eso no es asunto suyo. Sé que está buscando trabajo y uno de mis peones se ha roto una pierna. Supongo que podríamos llegar a un acuerdo.

Él miró la puerta de la habitación, levantando una ceja. -No ese tipo de acuerdo -dijo ella rápidamente.

Sam sonrió y ella se cruzó de brazos, esperando. Desde luego, era obstinada.

-Antes tengo que saber algo. Caroline asintió.

Entonces Sam la tomó entre sus brazos y, apoyándose en la puerta, la apretó contra su pecho. Caroline estaba tan sorprendida que no reaccionó, de modo que él pudo hacer lo que había querido hacer desde que la vio en el bar: besarla.

No fue un beso largo y tampoco dulce; más bien una exploración tentativa de sus labios. Sam intentó no sentir nada mientras respiraba su perfume, una mezcla frutal que le recordaba una noche de verano. No sintió nada. En absoluto. Aliviado, la soltó. Ahora sabía lo que quería saber.

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-Acepto el trabajo.

Caroline sonrió dulcemente mientras daba un paso atrás. -Estupendo. Porque ahora puedo despedirlo, señor Beaumont.

El amanecer llegó demasiado rápido para una mujer que no había pegado ojo. Caroline Portman se levantó de la cama, se vistió rápidamente y fue a la cocina para hacer el desayuno. Le dolía la cabeza, pero no podía perder más tiempo. Tenía trabajo que hacer. Además, mientras trabajaba no podía pensar en Annabelle, su hija de cinco años, a quien había enviado a Florida para que pasara las vacaciones con sus abuelos.

Cómo la echaba de menos.

Annabelle y ella no se habían separado nunca, pero sus padres habían insistido en llevarse a la niña y la oferta era irresistible para Annabelle porque vivían a unos

minutos de la fantasía de cualquier niño: Disney World.

Sus padres sabían lo importantes que eran los establos para ella y cuánto le dolía que el rancho estuviera casi en la ruina. Por culpa de su difunto marido, a quien había entregado su corazón y su confianza. Y él se había aprovechado de ambas cosas.

Gil la dejó endeudada hasta el cuello y sólo gracias a su seguro de vida había conseguido solucionar los problemas con el banco.

Gil Portman no tenía cabeza para los negocios. Se gastaba el dinero y liquidaba las deudas con préstamos que luego no podía pagar...

Caroline estaba ocupada cuidando de Annabelle y tenía absoluta confianza en su marido, pero había aprendido una dura lección y Jamás volvería a poner su confianza en otra persona. Cuando Gil se marchó, dejando a su mujer y a su hija en la ruina, se juró a sí misma que jamás permitiría que un hombre dirigiera su vida. Sólo podía confiar en sí misma y en sus padres.

Edie y Mike Swenson sabían que su hija necesitaba trabajar sin la distracción de una niña pequeña. Querían que su rancho volviera a ser un éxito porque sabían que eso significaba estabilidad e independencia para Caroline. Y necesitaba ambas cosas, por ella y por Annabelle. Además, que la niña pasara algún tiempo con sus abuelos sería bueno para todos.

De modo que aceptó que se la llevaran durante un mes. Durante ese tiempo tendría que trabajar mucho para levantar los establos. Incluso les había dado un nuevo nombre. Su hija estaría encantada al saber que los establos Portman ahora iban a llamarse Establos Belle Star.

Caroline puso pan en el horno eléctrico, encendió la cafetera y se sentó para leer el anuncio que había puesto el día anterior en el Hatee

Wells Reponer.

El teléfono no sonaba y nadie llamaba a su puerta para pedir trabajo. Su última esperanza se había esfumado el día anterior con Sam Beaumont. Pero no quería pensar en él. Encontrar un trabajador temporal no era fácil, pero debía encontrar a alguien o sus planes para el Belle Star se hundirían.

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Agotada, Caroline se reclinó en el respaldo de la silla intentando mantener los ojos abiertos. Miró el Reponer, pero las letras bailaban ante sus ojos y se le cerraban los párpados. Quizá si echaba una cabezadita se sentiría mejor.

Si apoyaba la cabeza en la mesa unos minutos...

La explosión hizo que Caroline se sentara de golpe en la silla.

Desorientada, tardó unos segundos en entender lo que había pasado. El horno se había sobrecalentado. El electrodoméstico, literalmente «tostado» ahora, había hecho explotar una botella de aceite que había sobre la encimera y ella estaba cubierta de grasa.

Y, en unos segundos, las llamas alcanzaron los armarios de arriba. -¡Ay, Dios mío!

Corrió a buscar el extintor del pasillo e intentó quitar la palanca, pero no era capaz. Nunca había usado un extintor en toda su vida y el calor le quemaba la cara. El fuego se estaba extendiendo...

Aterrada, siguió intentando mover la palanca del extintor mientras maldecía a su marido por ponerla en esa situación, el marido que había abandonado a su esposa y su hija cuando las cosas se pusieron difíciles, el marido que había muerto recientemente dejándola viuda.

-¡Maldito seas, Gil!

Pero no tenía tiempo para hablar mal de los muertos. Desde que Gil la abandonó, todo había ido mal. Casarse con él había sido el mayor error de su vida, pero sin él no tendría a Annabelle. Ésa era la única cosa buena que le había dejado.

Caroline dejó de intentar usar el extintor y decidió llamar a los bomberos. Por supuesto, sabía que se le quemaría toda la cocina antes de que llegaran, pero no podía hacer otra cosa.

Pero entonces, de repente, un par de manos masculinas le quitaron el extintor. Atónita, Caroline volvió la cabeza y se encontró con el hombre que le había robado el sueño.

-Salga de la cocina -le ordenó Sam Beaumont.

Caroline dio un paso atrás mientras lo observaba quitar la palanca y dirigir la espuma hacia el fuego. Unos segundos después, cuando las llamas habían desaparecido, se volvió hacia ella.

-¿Se encuentra bien? -Sí, gracias.

Beaumont dejó a un lado el extintor y echó un vistazo para comprobar los daños. Caroline miró lo que antes había sido una ordenada y limpia cocina. Aquello era un desastre, pero la cocina seguía allí y ella también.

-¿Qué está haciendo aquí? -Aparentemente, apagando un fuego -contestó él. El humo hacía que le picaran los ojos y cuando miró a Sam Beaumont no vio al hombre duro que la había rechazado el día anterior sino un hombre que parecía

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genuinamente preocupado por ella. Desde luego, no podía haber aparecido en mejor momento.

Y le debía una. Pero aún no le había explicado qué hacía allí. -¿Quiere contarme qué ha pasado?

Caroline se encogió de hombros, pero estaba seriamente preocupada. Podría haberse incendiado toda su casa y los bomberos no habrían llegado a tiempo.

-Creo que el horno se recalentó. Es viejo y el otro día saltaron unas chispas... -de repente, se le hizo un nudo en la garganta y no pudo terminar la frase.

-Salgamos de aquí -dijo Sam, tomándola del brazo.

Salieron al porche y el aire fresco fue como un bálsamo para sus nervios. -¿Quiere sentarse?

Caroline se sentó en el balancín y, para su sorpresa, él se sentó a su lado. Permanecieron en silencio durante unos segundos. Hacía tanto tiempo que nadie cuidaba de ella, que nadie le echaba una mano... Tanto tiempo tomando decisiones sola. Necesitaba un poco de paz.

Y Sam Beaumont parecía entenderla.

Los pájaros cantaban en las ramas de los árboles y Caroline cerró los ojos, respirando profundamente.

Sam Beaumont era una de las razones por las que no había podido pegar ojo la noche anterior. Desde que su marido la dejó dos años antes, no había tenido contacto físico con ningún otro hombre. No la habían besado. No la habían abrazado.

Sam Beaumont le recordaba todas esas cosas. Él la había abrazado, la había besado... la había hecho sentir como una mujer por primera vez en dos largos años. Había despertado algo que llevaba dos años dormido en su interior.

Ella ya no era una niña ingenua que creía en los finales felices. No, su matrimonio la había curado de todo eso. Pero no sabía que estaba seca, como un árido desierto, desperdiciando su juventud.

El beso de Sam, el brillo de sus ojos justo antes de que la besara le habían recordado que no era sólo una madre, sino una mujer.

Una mujer que encontraba a Sam Beaumont muy sexy. Cómo le quedaban los vaqueros, la anchura de sus hombros... nada de eso se le había escapado.

-Aquí se está bien -dijo él.

Caroline asintió, volviéndose para mirarlo con curiosidad. -¿Qué está haciendo aquí?

-Podría decir que pasaba por aquí. Eso es lo que pensaba decirle, además. Pero la verdad es que he visto su anuncio en el periódico.

-¿Y?

-Había venido a pedirle disculpas. -Ah.

Eso era lo último que Caroline esperaba oír. No estaba acostumbrada a que la gente pidiera disculpas, sobre todo los hombres. Gil, desde luego, no solía hacerlo. Su arrogancia no se lo habría permitido jamás. De modo que sólo veía el lado bueno de su

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marido cuando quería algo. Y, tristemente, no se percató de esa táctica hasta que Gil abandonó a su familia. Había estado cegada por el amor, o lo que pensaba que era amor, y ahora, mirando los ojos castaños de Sam Beaumont, se preguntó si debía creerlo.

-Iba a llamar a la puerta cuando oí la explosión. Y luego la oí gritar... la puerta estaba abierta... por cierto, debería cerrarla con llave

si vive sola, y... en fin, el resto ya lo sabe. -¿Dice que ha venido a pedirme disculpas?

-Ayer me pasé. Anoche no pude dormir pensando en eso.

De modo que ella no era la única que no había dormido. Aparentemente, Sam Beaumont tenía escrúpulos y conciencia... pero no iba a perdonarlo tan fácilmente. Había aprendido la lección de la forma más dura y no pensaba confiar en nadie sin conocerlo bien.

-Ya veo. ¿Viene a disculparse por rechazar el trabajo, por su arrogancia o por el beso?

Sam rió mientras se levantaba del balancín. -Supongo que por las tres cosas.

Había algo muy encantador en aquel hombre, pero Caroline no pensaba bajar la guardia del todo.

-Lo que no entiendo es por qué me besó.

Sam, sin poder evitarlo, bajó la mirada hasta sus pechos. -Se ha manchado la blusa.

Caroline bajó los ojos. El aceite hacía que la blusa pareciera casi transparente. Y, por supuesto, había manchado los objetivos más protuberantes: sus pechos. De modo que se cruzó de brazos para taparlos.

-Es aceite. ¿Va a contestar a mi pregunta o no? Sam se metió las manos en los bolsillos del pantalón. -¿Por qué besa un hombre a una mujer guapa?

Caroline tuvo que disimular una sonrisa. Oír esas palabras le gustaba más de lo que quería reconocer, pero no pensaba rendirse tan fácilmente.

-No lo sé, dígamelo usted.

Él apartó la mirada, pero dudaba que estuviera estudiando el paisaje. Después de todo, un granero y un establo en ruinas no eran precisamente un panorama interesante.

-Muy bien, merece que le diga la verdad. Era una prueba. -¿Y la pasé? ¿0 suspendí? -preguntó Caroline.

-No se lo tome a mal, pero la prueba no tenía nada que ver con usted. Era para mí. Tenía que saber una cosa.

-¿Qué? Yo le ofrecí un trabajo y usted me besó. ¿Qué clase de prueba quería hacer? -preguntó ella, exasperada. Pero de repente entendió-. Ah, ya veo. Me besó porque quería saber si se sentía atraído por mí. Y como no fue así, aceptó el trabajo. ¿Es eso?

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-¿Yo?

-Acercarse a mí en el bar diciendo que necesitaba un hombre... yo sólo estoy buscando trabajo.

-Sí, muy bien, podría haberlo dicho de otra forma -reconoció Caroline-. Pero no tenía usted ningún derecho a besarme.

De modo que era eso. Sam Beaumont le había hecho recordar todas las cosas que se estaba perdiendo como mujer para decirle luego que no se sentía atraído por ella. La había hecho sentir cosas que no había sentido en años para luego decirle que no le inspiraba nada. Que no sería una tentación.

Genial.

-Mire, he venido a pedirle disculpas. Sé que cometí un error y lo siento mucho. Había sinceridad en sus ojos. Y, por alguna razón, Caroline lo creyó. Y eso era decir mucho. Después de lo que le hizo Gil, ella no ponía su fe en nadie.

-Muy bien, acepto sus disculpas.

-Me alegro. Y ya que estoy aquí... yo sé algo de carpintería. Puedo arreglar los armarios de la cocina si quiere. Tardaré todo el día, pero no tengo nada mejor que hacer.

Caroline respiró profundamente. -No sé si puedo pagarle...

-Lo haré gratis -dijo él rápidamente.

-No puedo aceptar eso, Sam -suspiró Caroline, tuteándolo por primera vez. Una pena que tuviera un cuerpazo, un rostro más que atractivo y unos ojos que podrían agujerear su alma. Porque Sam Beaumont no la encontraba atractiva en absoluto.

-¿Seguro que sabe algo de carpintería? -Tengo cierta experiencia.

Caroline asintió. Ella no sabía cómo arreglarlos y no parecía que una horda de carpinteros fuera a pasar por allí aquel día.

-Muy bien.

Sam asintió con la cabeza. -Dime una cosa, Caroline. -¿Qué?

-Antes te oí gritar... ¿quién es Gil? Capítulo Dos

Caroline se quedó tan sorprendida por la pregunta que su expresión se ensombreció.

-Gil era mi marido. Murió hace unos meses. -Ah, lo siento.

El sabía bien lo que dolía perder a una persona amada. Sabía lo que era la agonía del día a día sin esa persona. No había podido seguir enfrentándose con sus demonios y

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se había marchado para escapar de la verdad, para intentar controlar el dolor, para sobrevivir de alguna forma.

Caroline suspiró, las comisuras de sus labios levantándose en un amago de sonrisa.

-Ya que estamos siendo sinceros, puedo decirte que Gil sólo hizo dos cosas buenas en la vida. La primera, darme una hija a la que adoro. Tiene cinco años y es el amor de mi vida. Y la segunda, que tenía un seguro de vida. Con eso tendremos suficiente dinero para salir adelante y, si hago bien las cuentas, podré levantar el rancho.

¿Caroline tenía una hija de cinco años? Sam asintió con la cabeza, pero esa noticia había sido como un puñetazo en el estómago.

-¿Dónde está la niña?

-¿Annabelle? Con sus abuelos, en Florida , -contestó Caroline, con una sonrisa que iluminaba su rostro.

Si él le hubiera mostrado ese cariño a su propia hija. Si hubiera sido más... -Van a quedarse con ella todo el mes y no sabes cómo la echo de menos. Sam también echaba de menos a su hija. Pero ella nunca volvería a casa. Se le encogió el corazón al pensarlo. Era un dolor del que intentaba huir. Había soportado meses y meses ese sufrimiento, esa agonía, hasta no sentir nada. Eso le gustaba más. Llevaba meses así. Olvidando.

Pero la hija de Caroline tenía la misma edad que tendría su hija... de haber vivido. Y Tess habría vivido si Sam hubiera estado a su lado.

-Mis padres se la han llevado a Florida para que pueda arreglar los establos -siguió Caroline.

-Así que necesitas ayuda y rápido -consiguió decir Sam. -Eso es.

-¿Has encontrado a alguien? -No.

Sam se lo pensó un momento. El instinto le había dicho que saliera corriendo en cuanto Caroline le contó que tenía una hija de cinco años. Porque no podría soportar verla todos los días. Pero la niña no estaba allí. Y no estaría durante un mes.

Y él estaba cansado de ir de ciudad en ciudad. Podría quedarse en Hope Wells durante un mes. Pero ya había cometido un error con Caroline.... y además, había herido sus sentimientos.

Seguramente le haría un favor si le dijera que sí. Él conocía el trabajo de un rancho y había pasado gran parte de su vida dirigiendo una constructora, la Triple B, en nombre de su padre: Blake Beaumont Building, a quien había ayudado hasta que la empresa se convirtió en una corporación multimillonaria. Y decir que tenía «cierta experiencia en carpintería» era quedarse corto.

Sam había hecho una fortuna, pero había pagado un precio enorme por su éxito. El coste de su dedicación a la empresa había sido la muerte de su hija.

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estarían terminados en un mes y, además, echaba de menos trabajar con sus propias manos. Reparar los establos sería un reto.

Y estaba seguro de que podría trabajar con Caroline Portman, por muy guapa que fuera. Sencillamente, no estaba interesado en una relación romántica.

Afortunadamente, porque el paquete «viuda-con hija» lo mataría.

-Mira, quiero hacerte una proposición. Si a final del día te gusta lo que hago y si nadie más aparece para solicitar el puesto, me quedo.

Caroline levantó una ceja. -¿En serio?

-Sí. Si tú estás de acuerdo. -Me parece que no tengo elección. -Entonces, ¿hacemos trato?

Caroline pareció vacilar, pero Sam sabía que necesitaba ayuda

desesperadamente. Era una mujer decidida. Tenía un plan y pensaba llevarlo a cabo con su ayuda o sin ella.

-Vamos a ver qué haces con esos armarios. -Sí, señora.

Caroline hizo un recuento de daños, no de la cocina sino los de su corazón, y decidió que era mejor que Sam Beaumont sólo estuviera interesado en trabajar para ella.

Al menos, había sido sincero. Ya era algo. Mucho más de lo que le había ofrecido Gil.

Y si Sam Beaumont era el hombre adecuado, estaba a un paso de hacer su sueño realidad. Eso era lo más importante. No había ido a ese bar el día anterior buscando un novio, sino un empleado.

Caroline tomó la bolsa con hamburguesas, patatas fritas y dos helados de chocolate y caramelo, aún congelados con un poco de suerte, y subió a su camioneta. Había salido de casa tres horas antes para hacer recados y luego, como la cocina estaba hecha un asco, decidió comprar la cena.

Eran casi las ocho cuando entró en casa. Sam llevaba todo el día trabajando y si los armarios estaban tan bien como él con aquellos vaqueros gastados y esa camiseta blanca, había encontrado un empleado.

-La cena -anunció, dejando la bolsa sobre la mesa. -Ya casi he terminado -dijo él.

Caroline tragó saliva. Había sustituido los armarios quemados por armarios nuevos y no se notaba la diferencia.

-Te han quedado fenomenal.

-No he encontrado la misma madera, así que he comprado suficiente para cambiar todas las puertas.

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cocina... esas puertas nuevas deben haber costado caras.

-No, qué va -sonrió Sam. Yesa sonrisa hizo que a Caroline se le encogiera el estómago-. He hecho un trato con el dueño de la carpintería y he conseguido un precio estupendo.

-¿Qué clase de trato?

-A partir de ahora, cuando tengas que comprar madera se la comprarás a él y le darás clases de equitación gratis a su hijo.

-Clases de equitación gratis? -Sí. Pensabas dar clases, ¿no? Caroline rió.

-Ahora sí.

En realidad, además de alojar allí a los caballos, había pensado dar clases durante los fines de semana. Sam acababa de hacer realidad lo que había sido una mera idea.

Cuando dejó la factura de la carpintería sobre la mesa, Caroline le echó un vistazo. Desde luego, había conseguido un buen precio.

-Bueno, parece que sí voy a poder pagarte. -Entonces, ¿estoy contratado?

-Durante un mes. Y no pienso matar de hambre a mi único empleado. He traído la cena. Nada especial, pero la carne de Hope Wells es la mejor del condado. ¿Tienes hambre?

-Sí, podría comer algo -contestó él-. Pero antes quiero lavarme un poco. ¿Te importaa si me doy una ducha?

¿Una ducha? ¿Saín Beaumont, con su piel bronceada, desnudo en su ducha? Caroline pensó entonces que quizá no era tan buena idea contratarlo.

Era guapísimo y tenía una sonrisa... «Chica, tranquilízate».

-Sí, claro que puedes darte una ducha. Ven, voy a enseñarte dónde está el baño. Caroline tomó una toalla del armario mientras iban por el pasillo.

-Es de color rosa, lo siento. -Mientras seque, me da igual.

-Tómate tu tiempo -dijo ella, abriendo la puerta del baño.

Y luego volvió a la cocina, intentando apartar de su cabeza la imagen de Sam desnudo bajo la ducha. Afortunadamente, no era el tipo de machito que no puede tocar algo de color rosa. A un hombre de verdad no le importaban esas cosas. Un hombre de verdad sabía de qué estaba hecho y qué era importante.

Caroline había tardado veintinueve años en saber cómo era un hombre de verdad y, desgraciadamente, no había conocido a muchos en su vida.

Estaba sacando las hamburguesas de la bolsa cuando recordó los helados de chocolate y caramelo.

-¡Oh, no!

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el congelador.

Diez minutos después, Sam entraba de nuevo en la cocina. Había vuelto a ponerse los vaqueros, pero llevaba el torso desnudo. Caroline parpadeó, pero no dijo nada. Su fantasía de Sam Beaumont desnudo no podía compararse con la realidad. Los vaqueros, bajos de cadera, dejaban su ombligo al descubierto. Y tenía el estómago

absolutamente plano. No era un torso gigante ni lleno de músculos, pero tampoco tenía una pizca de grasa.

Con el pelo echado hacia atrás y algunas gotas de agua sobre la piel, resultaba más sexy de lo que hubiera podido imaginar.

-Perdona -murmuró, pasando a su lado para tomar la camiseta, que había dejado colgada en el respaldo de una silla-. Huele bien.

-Sí, bueno... vamos a cenar. La fantasía había terminado.

Afortunadamente. Porque si Sam Beaumont hubiera tomado su mano, ella lo habría seguido a cualquier parte.

Incluso al dormitorio.

-Me gustaría barnizar los armarios esta noche para poder empezar mañana con los establos. Puedo barnizar las puertas en el porche, pero el líquido huele muy mal y no sé si podrás dormir en casa.

Sam estaba ayudándola a limpiar la cocina después de cenar. -No importa, puedo dormir en uno de los cajones del establo. -¿Estás segura?

-Claro. Hay que terminar los armarios y yo tengo un saco de dormir. Además, he dormido allí más veces.

-¿Siempre has vivido aquí? -preguntó Sam.

-Sí, casi siempre. Cuando me casé con Gil, mis padres se mudaron a Florida y nos dieron los establos y la casa como regalo de boda. No les hacía mucha gracia que cambiáramos el nombre, pero al final aceptaron que, a partir de entonces, fueran los establos Portman. Para Gil eso era muy importante... en fin, las apariencias eran muy importantes. Y cuando todo se fue a la porra, por lo menos no llevaban el nombre de mi familia. Mis padres habían trabajado mucho para construir lo que él arruinó en un par de años.

Caroline no quería compasión. Y ya no miraba hacia atrás. Ahora tenía el dinero del seguro de vida y estaba decidida a sacar a su hija adelante. Un día, todo aquello sería de Annabelle.

-Pues parece que vamos a tener mucho trabajo. En fin, tardaré un par de horas en barnizar estas puertas y te garantizo que huele fatal.

¿Vamos a tener mucho trabajo? Caroline no había sido parte de un «vamos» en mucho tiempo. Era ella quien tomaba todas las decisiones, la que hacía todos los planes. Y le gustaba ese «vamos», aunque debía recordarse a sí misma que Sam

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Beaumont sólo estaría allí un mes.

Tenía demasiado que perder. Le había costado mucho sobrevivir durante esos dos años, usando los establos como picadero y aceptando todo tipo de trabajo temporal para poner comida en la mesa y pagar a los acreedores. No volvería a

arriesgar el futuro de su hija otra vez. Y tampoco volvería a arriesgar su corazón. De modo que aquel arreglo de un mes con Sam Beaumont era la solución perfecta.

-Muy bien. Voy a los establos. De todas formas, tenía que comprobar cómo está Dumpling. Me echa de menos si no paso por allí un rato todas las noches.

-¿Dumpling?

-Es una yegua. Encantadora.

-¿Yo también tendré que dormir en los establos?

De nuevo, la traidora mente de Caroline fabricó una imagen de Sam Beaumont esperándola sobre un montón de paja fresca...

-No, hay una habitación en la parte de atrás. Solía ser la habitación de los arreos, pero la he convertido en un cuarto de invitados. Yo que tú no esperaría gran cosa, pero al menos hay luz y he puesto una cama muy cómoda.

-Muy bien.

Pero Sam ya no estaba mirándola. Estaba, en cambio, mirando los armarios. Chuck, el del bar, estaba en lo cierto. Era un trabajador serio y había hecho bien en contratarlo.

Pero tendría que preguntarle por qué lo conocía tan bien y por qué parecía tan interesado en que hablase con él.

Sam Beaumont seguía siendo un misterio para ella; un desconocido que viajaba de ciudad en ciudad sin quedarse en ninguna parte y que parecía un hombre muy capaz.

Pero, ¿quién era en realidad?

El olor a madera, a paja, a estiércol y a cuero le llevó recuerdos felices de su infancia. Sam entró en la habitación y miró alrededor. Se había alojado en los mejores hoteles del mundo, pero aquella habitación con sus cortinas de cuadros, sus paisajes enmarcados y sus muebles antiguos lo atraía como no lo había hecho ninguna suite.

El y su hermano pequeño, Wade, habían vivido parte de su infancia con su tío Lee y su tía Dottie en un rancho cerca de El Paso. Tenían algunas cabezas de ganado, no muchas, y se ganaban la vida decentemente. Sam quería pensar que Wade y él le habían aportado algo de alegría a sus vidas. Sus tíos no habían podido tener hijos y el padre de Sam aprovechó esa circunstancia para librarse de ellos mientras levantaba su empresa. De modo que su tío Lee y su tía Dottie habían sido los únicos padres que Wade y él habían conocido.

Sam dejó su mochila en la cama y se tumbó sobre el colchón. Muy cómodo, pensó, estirando las piernas. Se quedó mirando al techo un rato, intentando encontrar una paz que siempre le era esquiva...

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oponentes en el mundo de los negocios, pero nunca había experimentado más miedo que por las noches, cuando cerraba los ojos.

Porque era entonces cuando pensaba en Tess. La memoria le negaba los más dulces recuerdos de su hija. Aún no se los merecía. Quizá nunca. Había perdido tanto aquel día: a su hija, a su mujer... y una parte de su alma.

-Lo siento, Tess -murmuró-. Lo siento tanto, cariño mío.

Sam se incorporó y empezó a pasear por la habitación. No tenía intención de dormir en aquella cama, de modo que agarró el picaporte y abrió la puerta.

Pero Caroline Portman estaba al otro lado, con una bandeja en la mano, a punto de llamar.

-Ah, hola. Casi se me olvida el postre. Helado de chocolate y caramelo, un poquito deshecho, pero está muy rico de todas formas -anunció, entrando en la habitación-. ¿Ya te has instalado?

-No voy a dormir aquí esta noche -dijo Sam- mientras tú duermes en un cajón. -No me importa -sonrió Caroline.

-Pero a mí sí. 0 duermes aquí esta noche o no hay trato. -¿Lo dices en serio?

-Naturalmente. Las señoras son lo primero. Caroline inclinó a un lado la cabeza. -No hace falta, de verdad. -Insisto.

-Bueno, si insistes... en fin, es un detalle. Gracias.

Sam tuvo la impresión de que no la habían tratado con demasiada amabilidad en el pasado.

-Eso tiene buena pinta -dijo, señalando los helados.

-Vamos a tomarlos fuera, antes de que se derritan del todo.

Se sentaron en una bala de paja en la puerta del establo. Hacía una noche preciosa, cálida, el cielo cubierto de estrellas. Sam respiró profundamente,

disfrutando de esa paz y del perfume frutal de Caroline, que estaba devorando su helado. Sam encontraba pocas alegrías en la vida, pero ver comer a alguien con tanta ilusión lo hizo sonreír.

-¿Por qué te ríes?

-Porque comes como una leona.

-Sí, bueno, es que no suelo tomar helados a menudo. Pero cuando los tomo, cuidado.

Estaba muy guapa bajo las estrellas. Tenía unas facciones muy suaves, una sonrisa dulce, unos ojos preciosos. Y Sam se preguntó qué otras cosas no haría a menudo. Pero no quería pensar en eso.

-Oye, quiero darte las gracias por rescatarme esta mañana -dijo Caroline entonces.

De nuevo, la sinceridad que había en su tono le hizo pensar que aquella mujer, que merecía mucho más, no había sido tratada con demasiado afecto.

-No soy ningún héroe.

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-De todas formas, me alegro de que estés aquí. -Porque estos establos lo son todo para ti. Caroline asintió.

-Me rompieron el corazón una vez, Sam. No puedo dejar que vuelva a pasar. El la entendía bien. Perder a alguien querido era muy duro. No había manera de medir el dolor que causaba una pérdida. Y, evidentemente, Caroline sabía mucho de eso.

-Mañana nos espera un montón de trabajo. Será mejor que nos vayamos a dormir. Caroline se levantó abruptamente, tirando al suelo el vaso del helado y la

servilleta. Los dos se inclinaron a la vez para recogerlos y se dieron un golpe en la cabeza.

Cuando la oyó reír, su cuerpo reaccionó instantáneamente. No fue sólo una punzada de deseo sino una descarga eléctrica que fue directamente hasta su entrepierna.

Sam hizo uso de toda su fuerza de voluntad para contener una erección masiva. Pero era imposible. Era algo que no había experimentado en mucho tiempo. Esa parte de su cuerpo, muerta hasta aquel momento, había vuelto a la vida y por mucho que intentase controlarla, no era capaz.

Entonces se apartó, asustado. ¿Se había mentido a sí mismo la noche anterior, al besarla? ¿Se había convencido de que era inmune a sus encantos cuando no era

verdad?

No tenía respuestas para esas preguntas. Lo que tenía era una erección que lo estaba matando.

-¿Sam?

-No pasa nada. Hasta mañana, Caroline. Tenía que dormir, se dijo. Y esperaba que cuando despertase aquello hubiera pasado.

Capítulo Tres

-Eres una belleza -dijo Sam, acariciando el cuerpo de la hembra, disfrutando de aquella encantadora criatura. Y su corazón se alegró al ver que ella respondía de igual forma.

-Veo que ya conoces a Dumpling -sonrió Caroline, acercándose al cajón-. Y parece que habéis hecho amistad.

Sam acarició el cuello de la yegua. -Es un encanto.

-Sí, Dumpling lleva mucho tiempo conmigo.

Caroline miraba a la yegua con cariño y Sam imaginó que reservaba esa mirada sólo para los que se ganaban su afecto, para las personas en las que confiaba.

-Qué tal has dormido?

Cuando lo miró con esos ojos azules, Sam tuvo que tragar saliva, el efecto pillándolo por sorpresa. Esas chispas, esos malditos fuegos artificiales no habían

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desaparecido como él esperaba. Al menos su anatomía por debajo de la cintura no lo estaba traicionando. Aún.

-Bien.

-¿De verdad? ¿Estabas cómodo en el saco?

La noche anterior, Sam no había podido dejar de imaginar a Caroline con él en el saco de dormir, contando estrellas y haciendo el amor. Intentó apartar de sí esa imagen, pero le resultaba imposible y lo único que deseaba era salir corriendo. Pero no podía hacerlo. No quería abandonar a Caroline. Ya había abandonado -a demasiada gente en su vida. Esta vez cumpliría su promesa y estaría allí durante un. mes. Había dado su palabra y no pensaba echarse atrás.

Caroline pensaba que sólo estaba interesado en el trabajo y así sería, por mucho que le costase.

-He dormido bien.

-Yo también -suspiró ella-. Mejor que en mucho tiempo, aunque echo de menos a Annabelle.

Sam se volvió al oír el nombre de la niña. Aún no había podido superar la muerte de su hija y no podía oírla hablar de Annabelle sin revivir el horrible día en el que Tess murió.

Porque se culpaba a sí mismo. Y siempre lo haría.

-Bueno, ¿por dónde empezamos?

-Después de desayunar había pensado que hiciéramos una lista de todo lo que hay que hacer. Podríamos hacer una lista de las reparadones más importantes.

-Me parece bien. Pero no suelo desayunar. -¿Un café entonces?

-De acuerdo.

-Bueno, pues voy a hacerlo y te traeré una taza. ¿Te parece? -Tú eres la jefa.

Caroline sonrió. -Sí, es verdad, lo soy.

El aroma de su perfume se quedó en el aire mientras iba hacia la casa, su

perfecto trasero llamando la atención de Sam. Caminaba con gracia, el movimiento de sus caderas absolutamente natural. Llevaba una camisa de cuadros y vaqueros

gastados. Ropa de trabajo. Pero él la miraba con más entusiasmo que si fuera una bailarina exótica.

De nuevo, su cuerpo reaccionó de una forma muy poco oportuna.

Y Sam, furioso, tomó un rastrillo de hierro. Tendría que quemar energía

trabajando, pensó. Se pondría a limpiar un cajón... y tenía la impresión de que durante aquel mes iba a tener que limpiar muchos cajones.

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uno absorto en sus pensamientos. Caroline estaba contenta con el trabajo que habían hecho ese día. Sam había demostrado que era un buen trabajador y un hombre de palabra.

Pero no contaba nada sobre sí mismo. Y ella no quería preguntar. Por el momento, sabía todo lo que tenía que saber sobre Sam Beaumont.

-¿Crees que podremos terminar todas las tareas de la lista en un mes? -preguntó, no por primera vez aquel día.

-Creo que sí. La reparación más complicada es el tejado y algunos de los cajones que se encuentran en muy mal estado. Luego tenemos que pintar, arreglar partes de la cerca que se han caído... La entrada hay que arreglarla también y hace falta comprar paja. Pero creo que podemos hacerlo.

Caroline asintió.

-Eso espero. Me gustaría tenerlo todo listo antes de que empiece el colegio. Annabelle empieza con la enseñanza primaria este año y estará en el colegio casi todo el día. Así podré seguir trabajando sin distracciones.

-¿Ya tienes a alguien contratado para que te ayude?

-Siempre puedo contar con los chicos del instituto... ya sabes, necesitan ganar algo de dinero para los fines de semana. Lo sé porque yo solía ser uno de ellos -rió Caroline-. Estuve trabajando en la heladería del pueblo durante varios meses.

Le gustaba hablar con otro adulto. Y ese adulto en particular aceleraba su corazón cuando menos lo esperaba. Sam Beaumont tenía su propio estilo. Su seriedad, su ética en el trabajo y su atractivo físico lo convertían en un hombre que,

sinceramente, había empezado a formar parte de sus fantasías. -¿Y tú? ¿Sueles hacer trabajos eventuales?

Sam asintió con la cabeza.

-Trabajé para mi tío. Tenía un rancho en El Paso. -Ah, entonces sabes algo de esta vida.

-Bueno, teníamos algunas cabezas de ganado y eso es muy parecido a trabajar con caballos. Mi tío Lee usaba un viejo helicóptero para vigilar al ganado y yo iba con él siempre que tenía oportunidad.

Caroline podía imaginar a Sam de joven deseando ser él quien pilotase el helicóptero.

-Me sorprende que no fueras tú quien llevaba los mandos. -Lo hice. Tengo licencia de piloto desde los veinte años. -¿Eres piloto?

Lo poco que sabía de aquel hombre no coincidía con su presencia en un pueblo como Hope Wells. Había pensado que era una especie de vagabundo, una persona sin ataduras de ninguna clase. Pero el hombre que empezaba a conocer no cuadraba con esa descripción.

-Lo era. Ya no vuelo.

-¿Puedo preguntar por qué?

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sonó el teléfono. Ah, perdona.

Sam la observó levantar el auricular y jugar con el cable mientras hablaba. -Hola, Joanie. Cuánto me alegro de que llames. Sí, sí, ya lo sé... es que he estado liadísima.

Sonriendo, Sam se levantó de la mesa y llevó su plato al fregadero.

-Salir con las chicas? Me encantaría, pero no puedo. Sí, ya sé que ha pasado mucho tiempo desde la última vez. Pero ya sabes que sólo tengo un mes para arreglar los establos. Estoy trabajando todos los días.

Sam metió la jarra de té helado en la nevera, junto con la bandeja de queso parmesano y Caroline le dio las gracias con un gesto.

-Sí, lo sé. No puedo usar a Annabelle como excusa porque no está aquí. Pero... ay, se me había olvidado que era el cumpleaños de Lucille. ¿Van a ir todas las chicas?

Él terminó de limpiar la mesa, preguntándose si debería salir de la cocina para que Caroline pudiese hablar tranquilamente, pero cuando la miró ella le hizo un gesto como para que esperase.

De modo que se apoyó en la encimera, de brazos cruzados y esperó, viendo cómo los ojos de Caroline brillaban, alegres, la coleta moviéndose de lado a lado mientras hablaba. Le gustaba mirarla... le gustaba demasiado.

-Muy bien, el sábado por la noche. ¿Vendrás a buscarme? Genial. Nos vemos entonces.

Caroline colgó el teléfono y se acerco a él sin dejar de sonreír. -Gracias por limpiar la mesa.

-De nada. Gracias por la cena.

-No soy precisamente una gran cocinera, pero lo intento. -Eres mejor de lo que crees.

-Gracias. Ah, y parece que no vamos a poder trabajar todo el sábado como habíamos planeado. He quedado con mis amigas. Voy a salir por primera vez desde... bueno, da igual. Seguiremos trabajando el lunes.

-Yo puedo trabajar el fin de semana.

-No, eso no sería justo. Trabajaremos el sábado por la mañana y descansaremos el domingo. El acuerdo era trabajar juntos.

Sam no necesitaba un día libre, pero Caroline sí, lo supiera ella o no. Él llevaba tanto tiempo trabajando siete días a la semana que ya estaba acostumbrado. Aunque otros no lo entendían. Yése había sido el problema en su vida. Que no había acertado con las prioridades.

Pero no volvería a cometer ese error. -El domingo descansaremos entonces. -Estupendo.

Caroline sonrió, mirando los armarios.

-Nadie podría decir que esto se quemó ayer. Y ahora son más bonitos con las puertas nuevas. Has hecho un trabajo estupendo, Sam. ¿Te he dado apropiadamente

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las gracias?

A Sam se le ocurrían una docena de formas en las que podría darle las gracias, pero ninguna de ellas era «apropiada».

-Dos veces. Me has dado las gracias dos veces.

-¿Ah, sí? -sonrió Caroline, poniéndose de puntillas para colocar un plato en el armario. Pero resbaló y cuando el plato estaba a punto de hacerse pedazos contra el suelo, Sam se acercó de una zancada para sujetarlo. Al hacerlo, aplastó a Caroline contra la encimera y se quedó inmóvil, excitado de repente.

-tSam?

-No te des la vuelta.

Pero ella se dio la vuelta. Se movió para mirarlo de frente, atrapada entre su rígida erección y la encimera.

Sam cerró los ojos.

-A lo mejor yo también necesito hacer una prueba.

Caroline se acercó un poco más, rozándolo con sus pechos, y lo besó suavemente, la tierna caricia tocándolo muy dentro. Sam le devolvió el beso con urgencia, su cuerpo espoleado por el deseo, sin pensar en las consecuencias.

Su erección se clavaba en el abdomen de Caroline que, tan excitada como él, le echó los brazos al cuello. El apasionado beso duró hasta que los dos, sin aliento, se apartaron para respirar.

Vaya... me parece que ahora sé la respuesta.

Sam no se había sentido tan vivo en muchos meses, pero no quería ese

sentimiento. No quería sentir las palpitaciones de su cuerpo, los salvajes latidos de su corazón.

Apoyándose en la encimera, Caroline se cruzó de brazos, el gesto levantando sus pechos, que Sam quería tocar. Recordó entonces lo de «necesito un hombre» y se preguntó si habría sido un desliz freudiano. Eso le provocó un escalofrío. Caroline era una viuda con una niña pequeña, se recordó a sí mismo.

El había vivido esa vida una vez y fracasó miserablemente. Él no era hombre para Caroline Portman.

-Cariño, tenemos un mes para poner este sitio en funcionamiento. Podemos trabajar o podemos... jugar. En cualquier caso, en un mes me habré marchado de Hope Wells.

Caroline abrió mucho los ojos. Parecía sorprendida. Incluso él estaba sorprendido. Pero era mejor poner las cartas sobre la mesa.

-Tienes razón. Ya me ha dejado un hombre y tardé mucho tiempo en recuperarme. No quiero arriesgarme otra vez. Renovar el Belle Star es lo más importante para mí. Gracias por tu sinceridad.

¿Sinceridad? Si hubiera sido completamente sincero le habría dicho que lo que quería era subirla en esa encimera, bajarse los pantalones y enterrarse en ella hasta que los dos cayeran al suelo, agotados.

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-Será mejor que me vaya -Sam se dirigió a la puerta, pero se volvió antes de salir-. Pero, para que lo sepas, no me resulta fácil hacer esto.

Caroline se mordió los labios y asintió con la cabeza. -¿Sam?

-¿Sí?

-Mañana empezamos de nuevo. Y nada de pruebas. ¿De acuerdo? -De acuerdo.

Sam salió de la cocina, pero ni siquiera el aire fresco de la noche consiguió hacerle olvidar el aroma de Caroline. 0 el calor de su cuerpo.

Suspirando, fue a la habitación en la que Caroline había dormido la noche anterior.

De repente, un mes le parecía una eternidad.

Caroline se puso el único vestido de fiesta que tenía en el armario: una prenda de satén y encaje con escote en la espalda y unas sandalias a juego, que le parecían

incomodísimas después de tanto tiempo acostumbrada a llevar botas de trabajo. Incómodas pero bonitas. Aunque al final de la noche le dolerían los pies como demonios.

-El precio de la belleza -murmuró para sí misma, mientras se pintaba los labios de rojo.

No debería sentirse culpable por salir con sus amigas, pero así era. Después del «incidente» de la cocina, Sam y ella habían vuelto a trabajar como si no hubiera pasado nada. Y no podía estar más contenta con el resultado.

Mientras él reparaba los establos, Caroline se dedicaba al jardín delantero de la casa, cortando malas hierbas y plantando nuevo césped.

Los dos trabajaban muchas horas, compartiendo cenas y hablando poco. Caroline sentía que él la miraba, su mirada oscura siguiendo cada uno de sus movimientos. Y, a pesar de todo, tenían una buena relación profesional.

Pero, aunque estaba contenta por lo que habían conseguido en una semana, se sentía culpable por salir esa noche.

Su mejor amiga, Maddie Walker, recién casada con uno de los solteros

recalcitrantes de Hope Wells, la había definido perfectamente: «Ca roline, se te ha olvidado cómo pasarlo bien».

Pues sí, era cierto. Le hacía falta un poco de diversión. Y, como su amiga le había dicho, se la merecía.

De modo que decidió olvidarse de Sam Beaumont y del sentimiento de culpa, al menos por esa noche.

Porque esa noche Caroline Portman se iba de fiesta.

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buscar tranquilidad. Sam debería haberlo imaginado, pero después de un duro día de trabajo y después de ver a Caroline con aquel vestido negro, necesitaba una copa.

Mientras estaba sentado en su mesa, tres mujeres se habían acercado a él, sin duda esperando consolar a un hombre solitario. Sam las rechazó amablemente y se levantó para mezclarse con la gente que miraba hacia la pista de baile.

A medianoche, estaba tomando su tercera y última cerveza cuando un grupo de cinco chicas entró en el bar riendo y bromeando. Pero sólo se fijó en una de ellas.

Caroline.

Con aquel vestido negro que dejaba al descubierto unas piernas estupendas. Su pelo era una masa de rizos rubios y sus ojos azules, bailando de alegría, le parecieron los más bonitos que había visto en toda su vida.

Era un cañón de mujer, la única que le gustaba.

Pero era su jefa, se recordó a sí mismo. No podía haber nada entre ellos. Eso lo habían dejado bien claro.

El único problema era que Sam ya no lo creía.

La vio bailar con un tipo que llevaba un sombrero Stetson y luego volver a la barra con sus amigas. Riendo, giró la cabeza... y entonces lo vio. Entre la multitud, sus ojos se encontraron.

Sam sintió una descarga eléctrica que lo recorría de arriba abajo. Estaba tan guapa bajo las luces del bar... Los hoyitos de sus mejillas le parecían tentadores e infantiles al mismo tiempo.

Caroline dejó sobre la barra el vaso que tenía en la mano sin dejar de mirarlo. Sam leía tantas cosas en aquellos ojos, un ansia tan poderosa como la suya, la promesa de lo que podría haber...

La atracción era real, potente.

Hipnotizado, su cuerpo reaccionó de inmediato. Sin dejar de mirarla, Sam dio un paso adelante. El del Stetson volvió a acercarse a Caroline y la vio decirle que no con la cabeza, pero el tipo no entendió el mensaje porque, en lugar de apartarse, tiró de su brazo para llevarla de nuevo a la pista de baile.

Sam llegó a su lado en un segundo. -La señorita está conmigo.

-No lo creo, amigo -replicó el desconocido. -¿Caroline?

Ella miró de uno a otro.

-Estoy con él -dijo, señalando a Sam.

El tipo se echó hacia atrás el sombrero, miró a Sam con cara de pocos amigos y, murmurando algo seguramente poco agradable, se alejó.

-Vámonos de aquí.

Caroline asintió. Le dijo algo a una de sus amigas, tomó su bolso y se despidió de las demás.

-Adiós, chicas.

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después de rodear el local, se apoyó en la pared y la aplastó contra su pecho.

Buscó sus labios entonces con un beso apasionado y frenético, el fuego que había dentro de él quemándolo con una intensidad desconocida.

-No es mi estilo, pero es que me tienes loco. El hostal está aquí al lado y yo llevo protec...

Caroline lo silenció con otro beso. -Sí -dijo, sonriendo.

Sam volvió a besarla y luego la tomó de la mano para llevarla al hostal. No quería pensar en todas las razones por las que no deberían hacer aquello, pero no se engañaba a sí mismo.

Sabía que era un problema.

Y, sin embargo, no podía hacer nada para evitarlo. Capítulo Cuatro

Caroline entró en la habitación del hostall con el corazón latiendo a mil por hora. Oyó el clic de la puerta y luego sintió los brazos de Sam envolviendo su cintura. Se apoyó en su pecho, disfrutando del calor de su torso, de su olor tan masculino, de cómo sus cuerpos parecían ajustarse el uno al otro perfectamente, incluso en aquella posición.

-¿Por qué sigues teniendo esta habitación? -le preguntó.

-He pagado todo el mes -contestó él-. Pero no pensaba volver por aquí.

-Yo tampoco -dijo Caroline, dándose la vuelta-. Yo no... quiero decir que no suelo... no se me da bien...

Sam la silenció con un profundo beso.

-Sé qué clase de mujer eres, Caroline. Por eso, si lo deseas, puedes marcharte. Quiero que te lo pienses porque, pase lo que pase, me marcharé de Hope Wells en un mes.

Caroline lo sabía. Y no pensaba pedirle nada más. Llevaba años encerrada en un capullo, empeñada en hacer feliz a su hija, incapaz de arriesgarse con otro hombre. Era una mujer viuda que había encontrado una oportunidad y no tenía que darle explicaciones a nadie. Y si quería hacer realidad sus fantasías, ¿quién mejor que el único hombre que era capaz de acelerar su corazón? Sam Beaumont era ese hombre. Aunque le gustaría hacerle muchas preguntas: por qué iba de ciudad en ciudad, por qué no se quedaba en ninguna parte... pero no pensaba hacerlas en aquel momento.

Ahora sólo quería volver a sentirse como una mujer. Ser abrazada y amada por un hombre que la atraía. Además, que le hubiera ofrecido la posibilidad de marcharse cuando veía el deseo brillando en sus ojos decía mucho de él.

-Un mes, Sam. Lo has dejado bien claro. -¿Y no te importa?

Ella negó con la cabeza. Y sonrió, mientras se quitaba el vestido. Se quedó

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de tacón..

Sam dio medio paso atrás, sus ojos oscureciéndose hasta parecer casi negros. Luego levantó una mano para tocar su pelo dorado y un gemido ronco escapó de su garganta.

-Esto va a ser muy rápido -murmuró, quitándose la camisa botón por botón, sin dejar de mirarla-. La primera vez, quiero decir.

Caroline tragó saliva. -¿La primera vez? Sam sonrió.

-Tenemos toda la noche. -Sí, sí, es verdad.

Si era tan bueno como parecía, su fantasía no tendría rival, pensó Caroline. -Tócame, cariño -dijo Sam. Y antes de que ella pudiera reaccionar tomó sus manos para ponerlas sobre su pecho. Luego la abrazó, buscando sus labios como un hombre hambriento.

Caroline reaccionó de la misma forma, emitiendo suaves gemidos de placer mientras sus lenguas jugaban la una con la otra. Sam apretaba sus nalgas, acercándola más para aplastarla contra su miembro duro como una piedra.

A partir de ese momento, los dos se olvidaron del tiempo y el espacio. Parte de la ropa voló por la habitación mientras caían sobre la cama y daban vueltas hasta que los dos estuvieron satisfechos con la postura. Sam guió sus manos de nuevo, esta vez hasta su cintura, y ella, con una sonrisa traviesa, empezó a bajar la cremallera del pantalón. Él se quitó las botas a toda prisa y tiró los vaqueros al suelo.

Sam tomó su mano de nuevo y, bajo su guía, empezó acariciarlo, deslizando la mano por la superficie de su miembro. El deseo era urgente, sus bocas hambrientas. Para Caroline habían sido demasiados años de abstinencia. Demasiado tiempo para una mujer joven. Así que se entregó a Sam de todo corazón y pronto llegó su turno. La tumbó de espaldas y abrió sus piernas con una rodilla y cuando deslizó los dedos entre sus muslos, acariciándola con movimientos rápidos, se puso húmeda inmediatamente.

-¿Estás lista para mí, cariño? Porque yo estoy a punto de explotar.

Caroline asintió con la cabeza porque no podía hablar. Con el corazón latiendo salvajemente, levantó las caderas para recibirlo. Unos segundos después, con el preservativo puesto, Sam la penetró, su miembro erguido llenándola. Le dolió un poco, pero era un dolor placentero y cuando empezó a moverse, Caroline echó la cabeza hacia atrás.

Sus movimientos eran los de un hombre loco de deseo. Rápidos, precisos, controlados. Caroline se movía con él, levantando las caderas para recibirlo mejor, el deseo compartido. La habitación recibía el eco de sus gemidos, de sus jadeos, de sus gritos de placer.

Saciada como no lo había estado nunca, suspiró por dentro de pura satisfacción. Sam estaba tumbado a su lado y cuando los dos consiguieron recuperar. Un poco el resuello, él tomó su mano, enredó los dedos con los suyos y se inclinó para besarla

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tiernamente.

-Eres una mujer preciosa, Caroline Portman.

Ella miró los ojos oscuros y vio en ellos algo que tocó su corazón: gratitud. La oyó también en su tono de voz y supo que no se había equivocado.

Levantó una mano para tocar su cara, con sombra de barba. En un par de días se había acostumbrado a él, a su cara, a su sonrisa, a su cuerpo.

Si Sam se sentía agradecido, también lo estaba ella por la intimidad que acababan de compartir. Caroline nunca se había sentido más como una mujer. Nunca había estado tan excitada, tan perdida en el momento. Y tampoco había sido tan descarada. Debería cubrirse la cara de vergüenza por haberse portado como lo había hecho, pero no se sentía ni remotamente avergonzada. ¿Cómo iba a hacerlo cuando Sam la miraba como si fuera un regalo que quería desenvolver una y otra vez?

-Sam, ha sido maravilloso.

Él rió suavemente, encerrándola en sus brazos.

-No voy a negarlo, pero la próxima vez iremos más despacio. Bueno, eso si quieres que haya una próxima vez.

Sam acariciaba sus brazos, deslizando las manos arriba y abajo, llevándolas luego a sus pechos, sintiendo su peso, sus dedos deslizándose por la suave piel como un guante de seda.

-Por favor, dime que quieres que haya una próxima vez -le dijo al oído. -Estoy lista cuando tú lo estés -contestó Caroline, excitada por sus caricias. -Dame un minuto, cariño -rió él, con buen humor-. Necesito un descanso. -No quería decir ahora mismo. Bueno, sí, pero si tú no...

-Cerremos los ojos un momento. Es tarde y tenemos el resto de la noche por delante.

Caroline se regañó a sí misma por haber metido la pata. No tenía experiencia, estaba claro. Pero cuando Sam la apretó contra su pecho todas sus dudas

desaparecieron. Se olvidó de sus inseguridades y disfrutó estando allí con él. Y cuando cerró los ojos encontró la paz en los brazos de Sam Beaumont. Caroline despertó de un profundo sueño y, durante unos segundos, se sintió ligeramente desorientada. ¿Dónde estaba? No reconocía la habitación. La cama, las paredes, todo le parecía extraño.

Y entonces recordó.

Y tuvo que sonreír, estirándose perezosamente. Aún no había amanecido y estaba tumbada al lado de Sam Beaumont. Estaba en la cama con Sam teniendo su primera... ¿qué? Aventura parecía una palabra muy cruda para lo que habían compartido. Además, aquello sólo era algo temporal. ¿Cómo podría llamarlo? ¿Un revolcón? Caroline sacudió la cabeza. No, ella no hacía eso.

Pero fuera lo que fuera, decidió disfrutarlo. Sin remordimientos. Sin pensar en las consecuencias. Cuando el Belle Star estuviera funcionando se dirían adiós. Y no

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pasaría nada.

Si no podía llamarlo una aventura o un revolcón, tendría que pensar que era una «viuda que se había soltado el pelo». Riendo, Caroline decidió que soltarse el pelo estaba muy bien. Y si tenía la suerte de mantener el interés de Sam durante todo el mes, estupendo.

-Ya era hora -dijo en voz alta, olvidando que no estaba sola en la cama. Las viejas costumbres...

Sam la abrazó por detrás. -¿Estás esperándome, cariño? Sí.

-No. Estaba pensando en voz alta. Siento haberte despertado. -No me has despertado.

A Caroline le gustaba aquella intimidad, que le hablase al oído, así que no volvió la cabeza para contestar.

-Mejor.

-Ahora estoy descansado -dijo Sam.

-¿Ah, sí? -Caroline se mordió los labios pa ra no reír. Le gustaba jugar con él.

-Sí, y me siento muy... fortalecido. -Eso está bien, Sam.

-Sí. Y para tu información, yo no hago esto... bueno, quiero decir que ha pasado mucho tiempo desde la última vez.

A Caroline le resultaba difícil creerlo. Sam Beaumont era un hombre demasiado atractivo, demasiado viril como para no tener amplia experiencia con las mujeres. ¿Un hombre guapo como él y sin ataduras? Estaba segura de que tendría que quitárselas de encima.

-Pues no parece que hayas olvidado cómo se hace. Sam acarició su cadera, haciendo círculos con la mano. -Entonces, ¿no tienes queja?

-Ninguna. -Me alegro -¿Y tú?

-Lo dirás de broma, ¿no?

-No quiero halagos, pero me gustaría saber -contestó ella. -Cariño, un hombre no podría pedir nada más.

Su admisión la ayudó a olvidar pasadas afrentas y, secretamente, le dio las gracias al cielo por llevar a aquel hombre a su vida. Quizá ése había sido el plan. Quizá había estado esperando a alguien como Sam Beaumont para que curase viejas heridas.

No volvieron a decir nada. Y como Sam le había prometido, la segunda vez fue más suave, más sosegada. Como un delicioso bombón de chocolate caliente

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-Pensé que los domingos estaban hechos para descansar -dijo Caroline, su cuerpo desnudo apretado contra el de Sam. Él la besaba en los labios, pasando una mano por su espalda.

Habían salido de motel a las seis de la mañana, con cuidado para que nadie los viese. Los dos sabían cómo eran los pueblos pequeños y, seguramente, mucha gente los había visto salir juntos del bar. Sam no quería ensuciar su reputación. Todo lo

contrario. Quería dejarla intacta y los establos reparados cuando se fuera de Hope Wells.

Pero en cuanto llegaron a casa, cayeron uno en brazos del otro y acabaron en la cama otra vez. Sam no había experimentado un deseo como aquél en toda su vida. Ni siquiera cuando era un recluta a los veinte años o cuando se casó con su mujer, Lydia. Debía ser por los meses de celibato voluntario, pensó. 0 por los solitarios meses yendo de un sitio a otro. Pero una cosa era cierta: si seguían así nunca terminarían los

establos.

-Y eso es lo que estamos haciendo, descansar -contestó, sonriendo.

-Ahora estamos descansando -dijo Caroline-. Pero a lo que ha pasado hace un minuto yo lo llamaría un entrenamiento exhaustivo.

-Tú pones las reglas, jefa. Los domingos descansamos. Pero creo que hemos redefinido el verbo descansar

Caroline se apartó un poco para mirarlo a los ojos. Estaba tan guapa en aquel momento, tan dulce, con los ojos brillantes y la expresión de una mujer saciada sexualmente. Sam la deseaba de nuevo. No se cansaba de ella y tuvo que hacer un esfuerzo para no volver a ponerse encima.

-Sam, ¿tú crees que acabaremos haciendo esto todo el día? -Nodo el día? No sé si podré, pero si es un reto...

-No, no quería decir eso. Bueno... no sé qué quería decir. Pero es que yo nunca... bueno, ya sabes. Nunca había sido tan...

-¿Caliente?

Ella asintió con la cabeza. -¿Excitante?

Caroline asintió. -¿Asombrosa?

Caroline le dio un empujón. -No me tomes el pelo.

-No estoy tomándote el pelo. Y si pones la mano ahí abajo sabrás que hablo en serio.

Ella tragó saliva. Y, para su asombro, metió la mano bajo la sábana para acariciarlo. Al sentir el roce de su mano, un gemido escapó de su garganta.

-Oh, Sam, ¿qué nos pasa?

-Quizá tengamos que revisar la norma de «descansar» los domingos, querida. -Sí, creo que tienes razón. ¿Nos levantamos? Haré café y podremos trabajar un

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poco.

Sam puso una mano sobre la suya para presionar más.

-Me parece que ahora mismo no puedo. El café puede esperar.

Luego la animó con besos y susurros. La necesitaba una vez más antes de poder concentrarse en el trabajo. Caroline parecía sentir lo mismo y le ofrecía

generosamente lo que él deseaba. Sam se colocó encima, mirándola a los ojos, sus cuerpos ya familiares el uno con el otro. Mientras la penetraba, empujando

suavemente, se maravilló de su naturaleza generosa, de cómo parecía confiar en él completamente.

Acariciaba sus pechos, apretándolos, pasando un dedo por las aureolas oscuras... y el rostro de Caroline mostraba tal placer que las hormonas de Sam reaccionaron de inmediato y las embestidas se hicieron más fuertes.

El orgasmo les llegó a la vez, cada uno en su mundo, y luego volvieron juntos a la tierra.

Sam se quedó inmóvil, absolutamente saciado, mirando al techo.

-¿Puedo decirte que eres asombrosa sin que pienses que te estoy tomando el pelo?

Caroline emitió un gemido de satisfacción. -Gracias. Lo mismo digo.

Y preciosa. Eres tan preciosa...

Ella. sonrió, acariciando su torso, jugando con la mata de vello oscuro. -Creo que deberíamos quedarnos aquí todo el día.

Sam tomó su mano para llevársela a los labios.

-Una oferta muy tentadora, jefa, pero tenemos trabajo que hacer.

Le había prometido arreglar los establos y tenían una fecha tope para la gran inauguración. Y él también. No se quedaría en Hope Wells más que un mes, así que debía ponerse manos a la obra.

Cuando se levantó de la cama y volvió la cabeza para ver a Caroline desnuda, con el pelo extendido sobre la almohada y los ojos brillantes, supo que no había visto a una mujer más bella en toda su vida.

Pero entonces se fijó en una fotografía que había sobre la la mesilla. Era una niña con carita de ángel. Una niña de ojos azules y pelo rubio. El corazón de Sam empezó a latir de rabia y remordimientos. Sentía un dolor que no podía disimular. Caroline lo consumía en cuerpo y alma. Pero Caroline tenía una hija tan parecida a Tess que no podía mirarla siquiera.

-Sam, ¿qué pasa?

El sonrió, intentando transformar en sonrisa su mueca de dolor. -Nada, voy a darme una ducha.

Salió de la habitación de Caroline mientras una pena antigua y lacerante le recordaba por qué iba de ciudad en ciudad, por qué no podía volver a su antigua vida. 0 por qué tendría que marcharse de Hope Wells en unas semanas.

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Capítulo Cinco

Maddie Brooks Walker miraba por la ventana de la cocina, observando atentamente al hombre que estaba reparando el tejado del establo más grande.

-Dices que Chuck te sugirió que lo contrataras?

Caroline asintió, mientras disfrutaba de una limonada con su mejor y más embarazada amiga.

-Sí. Me contó que habían estado juntos en el ejército. Maddie arrugó el ceño.

-No parece... no sé. No quiero juzgar sin conocerlo, pero no parece el típico peón. Caroline sonrió, recordando los diez días que había pasado con Sam. No era el típico nada, en ningún sentido. Trabajaba con las manos en el establo como si lo

hubiera hecho desde siempre. Y cuando trabajaba con las manos en ella... entonces era mejor.

-Yo sólo sé que lo hace todo bien.

Maddie se volvió bruscamente para mirarla. Debía haber sido algo en su tono de voz lo que despertó sospechas en los ojos de su amiga.

-¿Todo lo hace bien? -Sí.

-Cuéntamelo ahora mismo.

Caroline se sentó y Maddie hizo lo mismo. Un pequeño accidente de tráfico en el centro del pueblo las había convertido en amigas de por vida. La joven veterinaria se había enamorado del soltero más recalcitrante y más guapo de Hope Wells y, con un poquito de ayuda de Caroline y las otras amigas, Trey Walker por fin se dio cuenta de que Maddie era la mujer de su vida.

Para Caroline su amistad era muy importante y no le mentiría. Pero esos diez días con Sam habían sido algo tan privado, tan íntimo. Durante el día, trabajaban sin parar en el Belle Star y por la noche se metían juntos en la cama y hacían el amor. Y durante esas noches, cuando uno de ellos o los dos estaban agotados, sencillamente se

abrazaban hasta quedarse dormidos.

Para Caroline, era una fantasía hecha realidad.

Estaba viviendo un sueño mientras reconstruía sus queridos establos y compartía las noches con un amante increíble. Sin remordimientos. Sin consecuencias.

Caroline aceptaba esas semanas como un regalo antes de que Annabelle volviera de Florida y tuviera que concentrarse en cuidarla y cuidar del negocio.

-Es... muy bueno.

Maddie se inclinó hacia delante. -Ya me lo has dicho. ¿Cómo de bueno?

Caroline tomó un sorbo de limonada. No volvería a cometer los errores que había cometido con Gil. Sabía muy bien lo que estaba haciendo con Sam, .pero no quería preocupar a su amiga.

(29)

-Si vuelves a decir que es muy bueno...

-Dulce, cariñoso. Y apasionado. Justo lo que necesito ahora mismo.

No añadió «más sexy que el pecado» porque, seguramente, Maddie ya lo habría imaginado.

-Muy bien, de acuerdo. ¿Estás segura de lo que haces, cariño?

-Nunca he estado más segura. Sam está aquí para ayudarme con el Belle Star. Está contratado por un mes y ha sido como un regalo caído del cielo.

-Lo que me temía. ¿Y qué pasará cuando se marche?

-Nada. Se marchará cuando los establos estén reparados. Sé que no va a quedarse en Hope Wells -contestó Caroline-. Cuando el trabajo esté hecho y

Annabelle vuelva a casa, Sam se irá de aquí. Pero no pasa nada, no me hago ilusiones. Esta vez, controlo lo que quiero. Y tú, querida amiga embarazada, no tienes que preocuparte. Concéntrate en el niño que llevas dentro. Por cierto, ¿cómo está Trey?

Maddie volvió a mirar por la ventana como si no quisiera cambiar de tema. Luego, suspirando, se concentró en Caroline.

-Está nervioso, emocionado, asustado. Los dos lo estamos. Y ahora me mira de otra forma. Casi como si tuviera miedo de que fuera a romperme o algo así. Es muy tierno.

Caroline rió.

-Ya me lo imagino. Trey... el soltero más recalcitrante de Hope Wells, felizmente casado y a punto de ser padre. Menos mal que viniste al pueblo. La vida de Trey habría sido muy diferente de no haber aparecido tú.

-Sí, esto del destino es asombroso, ¿verdad? -En vuestro caso, desde luego.

En el suyo, no. Ella no tuvo ese cariño, esa atención de su marido cuando estaba embarazada de Annabelle. Gil no quería ser padre y no había hecho nada para que se sintiera especial. Su indiferencia era muy dolorosa, pero se culpaba a sí misma por no haber visto antes la clase de hombre que era.

No, el destino no había sido amable con ella en ese sentido. Pero le había tocado la lotería con su hija, que era una niña maravillosa.

-¿Qué tal está Annabelle? -preguntó su amiga. Caroline sonrió.

-Lo está pasando de maravilla, pero no sabes cómo la echo de menos. Tengo que llamarla para oír su voz todas las noches. Seguro que sus abuelos le están dando todos los caprichos, pero me da igual. Annabelle se lo merece. Dios sabe que su padre no le dio nada... -Caroline cerró los ojos un momento-. En fin, no debería haber dicho eso.

-¿Cómo que no? Es la verdad -replicó Maddie, levantándose para acercarse a la ventana. Las dos miraron a Sam Beaumont, descamisado y tomando un trago de agua-. Y me alegro de que estés haciendo progresos.

Caroline agradecía la comprensión y la lealtad de su amiga.

-Gracias. Las cosas van bastante bien y creo que podré inaugurar los establos el día previsto. Y no te preocupes, esta vez tengo los ojos bien abiertos.

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