A0140101~0~~
tJavier Echeverría
Introducción
Ea la Metodología
de la Ciencia
La Filosofía de la Ciencia
en el siglo )0(
BARCANOVA
TEMAS UNIVERSITARIOSÍNDICE ) ) ) ) ) ) ) ) ) Prólogo ... 1 ) 1. El Círculo de Viena ... 7 ) 1.1. Introducción ... 1.2. La ciencia unificada ... 1.3. El lenguaje fisicalista ... 7 10 12 ) ) 1.4. El criterio empirista de significado ... 13 -)
1.5. Verificación ... 16
1.6. Inducción y probabilidad ... 19
2. La concepción heredada ... 23 )
2.1. Introducción ... 23
2.2. Contexto de descubrimiento y contexto de justifi- ) cación ... 25 )
2.3. Versión inicial de la concepción heredada ... 28 )
2.4. La axiomatización de teorías ... 30
2.5. La distinción teórico/observacional ... 34 )
2.6. Las reglas de correspondencia ... 37 )
2.7. Modelos de una teoría científica ... 44 )
2.8. Reducción y explicación científica ... 2.9. Críticos de la concepción heredada ... 50 59 ) 2.9.1. Quine y Putnam sobre la distinción analítico/ ) sintético ... 59 )
2.9.2. Toulmin y el instrumentalismo ... 2.9.3. Hanson y la observación científica ... 63 66 ) ) 3. El falsacionismo popperiano ... 75 )
3.1. Introducción ... 75 )
3.2. Las teorías científicas ... 77
Índice Índice
VIII
3.4. La falsabilidad como criterio de demarcación ... 83
3.5. Grados de corroboración de una teoría ... 86
3.6. La tesis del tercer mundo ... 91
3.7. El realismo crítico ... 94
3.8. La verosimilitud ... 98
4. Paradigmas y revoluciones científicas ... 103
4.1. Introducción ... 103
4.2. Los paradigmas científicos ... 105
4.3. Ciencia normal y revoluciones científicas ... 108
4.4. Las matrices disciplinarias ... 113
4.5. Inconmensurabilidad entre paradigmas ... 115
4.6. Filosofía de la ciencia e historia de la ciencia ... 119
5. Los programas de investigación científica ... 123
5.1. Introducción ... 123
5.2. El falsacionismo metodológico refinado ... 124
5.3. Los programas de investigación científica ... 130
5.4. Heurística positiva y negativa ... 134
5.5. Historia interna e historia externa ... 140
5.6. La filosofía de las matemáticas de Lakatos ... 143
6. La concepción estructural de las teorías científicas 149 6.1. Introducción ... 149
6.2. Suppes y la concepción no enunciativa ... 152
6.3. El problema de los términos teóricos ... 155
6.4. Estructura de las teorías científicas ... 164
6.5. Kuhn y la concepción estructural ... 171
6.6. Redes teóricas y elementos teóricos ... 175
6.7. Reducción en la concepción estructural ... 183
6.8. Aplicaciones de la concepción estructural ... 195
6.9. La concepción semántica ... 198
7. Crítica de la ciencia ... 209
7.1. Introducción ... 209
7.2. Feyerabend y el pluralismo metodológico ... 212
7.2.1. Crítica del método científico ... 213
7.2.2. Todo vale ... 216
7.2.3. Inconmensurabilidad ... 218
7.2.4. Ciencia, arte y sociedad libre ... 221
7.3. Ciencia e ideología ... 7.3.1. El cientifismo ... 7.3.2. La proletarización de la ciencia ... 7.4. Ciencia y política ...
Apéndice. Consideraciones sobre una semiología de la ciencia ...
I. Introducción ... II. El Tractatus y La filosofía del atomismo lógico ... III. La designación y las figuras de los hechos en las cien-
cias formales y en las ciencias empíricas ... IV. Ensamblajes de signos ... V. Propuestas para una semiología de la ciencia ... Bibliografía sobre la filosofía general de la ciencia ... Bibliografía en castellano sobre filosofía de la ciencia ... Índice de nombres propios y términos ...
IX 224 224 229 234 241 241 242 247 253 259 263 295 313
PRÓLOGO
El predominio de la ciencia entre los seres humanos como modo de conocimiento de la realidad manifiesta en el presente siglo su máxima influencia. No sólo la naturaleza, sino también la sociedad e incluso los propios individuos van siendo estudiados conforme al método científico. Profundamente interrelacionada con la tecno-logía, la ciencia no se limita a conocer el mundo: también lo trans-forma. Las consecuencias de dicha actividad resultan hoy en día evidentes.
Y, sin embargo, la noción misma de ciencia queda por definir. Casi toda forma de saber reclama para sí el calificativo de
científi-ca, presuponiendo que ello es bueno, prestigioso y clarificador. Los
filósofos de la ciencia, sin embargo, no han conseguido ponerse de acuerdo en lo que respecta al criterio de demarcación. El Círculo de Viena, Popper y muchos otros han intentado, a lo largo del si-glo xx, ya que no definir la ciencia, sí al menos establecer un criterio que permitiera distinguir lo científico de lo que no lo es. No cabe duda de que se ha progresado en el tratamiento de esta cuestión. Pero, aun así, cada una de las propuestas ha podido ser criticada y rectificada.
La versión tradicional, que encuentra sus orígenes en el racio-nalismo del siglo XVII e incluso antes, caracteriza la ciencia por su
método. Se trata de una idea muy difundida. Los científicos, en
particular, usan la noción de método científico con convicción, casi como si fuese equivalente o sinónima de la propia ciencia. Una amplia tradición avala esta tesis. El método axiomático, el método experimental, la inducción y la deducción, el análisis y la síntesis, las conjeturas y las hipótesis, la formalización y la matematización, el recurso a las reglas de inferencia lógica, el razonamiento proba-bilístico y, en general, la fijación de una serie de reglas que deben
2 Prólogo Prólogo 3 seguirse en la investigación científica, muestran que el método
científico posee un rico contenido, que ha dado lugar a importan- tes avances en el conocimiento de lo real.
La definición del método científico tropieza, sin embargo, con dificultades similares a las que plantea la delimitación de la noción de ciencia. Hay métodos que valen, que son efectivos, que permi-ten el descubrimiento, cuando no la invención. Esto puede bastar para el uso de la ciencia, pero no para reflexionar sobre ella. Otra forma de abordar el problema consiste en distinguirla de otras formas de saber, como la religión, el arte o la metafísica, basándose en métodos que le sean propios. Mas, como veremos, la cuestión sigue abierta. No basta con decir: la ciencia, para los científicos. Ni siquiera América es para los americanos; porque, ¿quiénes son éstos? 'Y sobre todo, ¿quiénes no lo son? Definir las fronteras de la ciencia, aunque sea epistemológicamente, constituye una labor condenada al fracaso. También la topología es una ciencia, que tiene como objeto de estudio, entre otras cuestiones, la propia distinción interior/exterior/frontera. Si tuviera fronteras, la ciencia también podría tener temperatura, densidad o cualquier otro atri-buto estudiado en una ciencia concreta que, metafóricamente, se le atribuyese a la ciencia en su globalidad.
Tampoco es suficiente afirmar su infinitud, su ilimitación, su apertura. Aparte de que la historia de la ciencia proporciona mu-chos contraejemplos de ello, y algunos muy actuales (no hay que olvidar el renacimiento de la ciencia como saber secreto), postular ese tipo de calificativos supone una actitud tan susceptible de crítica como la tendencia demarcacionista.
De ahí que en la presente obra se opte por una opción mucho más modesta. Siendo su tema la metodología científica y su propó- sito general e introductorio, parece obligado aludir con cierto detalle a los métodos científicos efectivamente usados a lo largo de la historia. Y no sólo a los métodos: también a los instrumentos. Suele olvidarse, en efecto, que la actividad científica conlleva la utilización de una serie de recursos (números, figuras, esquemas, tablas, algoritmos, instrumentos de medida, aparatos de laborato-rio, medios de procesamiento, difusión y almacenamiento de cono-cimientos, etc.) cuya materialidad y conformación ha de ser anali-zada, y en su caso explicada, en la medida en que el desarrollo de la ciencia y sus aplicaciones han ido parejas a la invención de todos esos artefactos, cuyo uso competente caracteriza al científico. Por
otra parte, la ciencia es una actividad social y, en los últimos siglos, está fuertemente institucionalizada. Los medios de investigación son costosos, sobre todo en las ciencias experimentales, y la cien-cia produce beneficios económicos, al igual que consecuencien-cias sociales de todo tipo. Considerada tradicionalmente como factor de progreso, e incluso como uno de los más importantes, el presen-te siglo ha puesto en presen-tela de juicio esta aseveración, a la vista de algunos de los resultados que la ciencia, junto a su inseparable aliada, la tecnología, ha producido en los medios natural y social. Ello sin tener en cuenta que hablar de la ciencia, pero no de las
ciencias, y de la metodología científica, pero no de las metodologías científicas, implica ya una opción unificadora que,• cuando menos,
habrá de ser sometida a crítica y a eventual justificación.
El segundo volumen de la presente obra estará dedicado bási- camente a estas cuestiones. Antes, sin embargo, ha parecido opor- tuno dedicar un volumen previo a los diversos debates teóricos, o metateóricos, que han tenido lugar entre epistemólogos, científi- cos, historiadores y filósofos a lo largo de este siglo. La filosofía de la ciencia, a diferencia de la Wissenschaftstheorie del siglo xIx en Alemania, es un producto de nuestra época. Su nota distintiva estriba, quizás, en haber tratado de ligar directamente la reflexión sobre la ciencia a la actividad concreta de los científicos. En este sentido, para la filosofía de la ciencia, es incuestionable la impor-tancia de la historia de la ciencia, incluida la actual. Pero teniendo siempre en cuenta que la actividad misma del historiador está
cargada de teoría, por aludir a una expresión de moda en los
últimos años. No basta un acercamiento ingenuo a la ciencia; menos que a ninguna otra forma de saber. De ahí que, antes de tratar de los métodos e instrumentos científicos, haya parecido conveniente introducir diversas concepciones de la metodología que, contrapuestas entre sí, ayuden al lector a aproximarse a la metodología y al instrumental científico con ánimo crítico. El triunfo de la ciencia y la gloria de los científicos no deben impedir-nos analizar su actividad con tanto rigor, si ello fuera posible, como el que ellos mismos aplican a sus objetos de estudio.
El presente volumen, con excepción del apéndice sobre una
semiología de la ciencia, en el que se proponen algunas tesis
propias, básicamente se pretende informativo y, a poder ser, episte-mológicamente neutro. Intento fracasado a priori. La propia selec-ción de los temas tratados (el Círculo de Viena, la concepselec-ción
4 Prólogo Prólogo 5 heredada, Popper y el falsacionismo, Kuhn, Lakatos, la
concep-ción estructural, la concepconcep-ción semántica y algunas de las diversas críticas de la ciencia), así como la extensión relativa en el desarro-llo de la materia, implican ya una teoría, una concepción previa sobre lo que es más relevante en la filosofía actual de la ciencia. Y hay presupuestos, cómo no. Sin embargo, ello no impide que la pretensión del autor haya sido, en primer lugar, exponer las distin-tas epistemologías, abordadas desde sus propios planteamientos, teniendo en cuenta en segundo lugar las críticas a las que otros autores las han sometido posteriormente, para terminar agrupán-dolas en tendencias o líneas de pensamiento que hayan tenido una amplia repercusión internacional, desbordando los límites gremia-les y nacionagremia-les. Muchos filósofos de la ciencia relevantes no son tratados, acaso, con la debida atención. Y entre los seleccionados, muchas cuestiones importantes quedan sin abordar. Se ha preten-dido huir de la excesiva especialización, tratando de componer un volumen que pueda servir a un público amplio y, sobre todo, interesado en la ciencia en general, además de en su propia ma- teria.
Se ha pretendido asimismo ofrecer una guía introductoria al amplio campo de la epistemología de la ciencia, sin entrar en filosofías particulares (de la física, de la matemática, de la biología, de las ciencias sociales, de la tecnología), que serán abordadas en parte en el segundo volumen. Cada capítulo está precedido de una breve introducción a los temas que van a tratarse, así como de las referencias bibliográficas más directamente accesibles al público lector en lengua castellana. También la bibliografía general, que aparece al final del libro, responde a los mismos criterios. Se ofrece, por una parte, una bibliografía básica sobre filosofía general de la ciencia, sin entrar en precedentes históricos anteriores al siglo xx y, por otra, una selección relativamente amplia de las obras existentes en castellano sobre estos temas, sean originales o traducciones. Se intenta así facilitar un primer acceso a un públi- co no especializado.
Al cabo, esta obra ha sido pensada como un instrumento auxi-liar para la docencia, en los últimos niveles del bachillerato y en los primeros de la universidad, pero sin presuponer unos conocimien-tos filosóficos o científicos previos. Huyendo de la trivialización, se pretende más bien señalar problemas epistemológicos que resol-verlos. Aun así, se parte de la idea de que la filosofía de la ciencia
ha realizado en este siglo progresos considerables, aunque sólo sea en el sentido de afinar sus instrumentos para la crítica y el análisis conceptual. En función de ello, se han preferido subrayar los momentos y autores que más han contribuido a desmentir los tópicos y los lugares comunes que, con demasiada frecuencia, siguen predominando en los discursos plausibles que hacen refe-rencia a la ciencia. Si no se llega a delimitar lo que es la ciencia o el método científico, sí se clarifican al menos algunas de las cosas que no son científicas, conforme al viejo talante crítico de la filosofía. De esta manera, y aunque la lectura de los dos volúmenes de la presente obra pueda hacerse perfectamente por separado, al estar escritos desde perspectivas distintas, la reflexión epistemológi-ca previa permitirá afrontar la lectura de la parte dediepistemológi-cada pro-piamente a los métodos e instrumentos científicos, basada en ejemplos históricos procedentes de varias disciplinas, en mejores condiciones para una aproximación ponderada a la metodología científica, tal y como ésta ha sido efectivamente practicada.
La génesis de esta obra reside en la prolongada actividad docente desarrollada por el autor desde 1978 en sus clases de metodología de la ciencia, para alumnos de primer curso de las secciones de filosofía, psicología y pedagogía de la Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea. Si algún acierto hubiera, se debe sin duda a todos los estudiantes que han seguido esos cursos. Pero también a profesores que han colaborado con el departamento y han impartido junto conmigo esta docencia, como María Sol de Mora, Óscar González, María Albisu, Andrés Rivadu-lla, Yosu Yurramendi, Alfonso Martínez de Lizardui, Nicanor Ur-súa, Jesús Ezquerro, Álvaro Moreno y Agustín Arrieta. Procedentes de la Universidad Complutense de Madrid, Mari Carmen Mataix y Javier Ordóñez también aportaron su amplia experiencia en la materia en la fase de creación de la facultad de Filosofía. Especial elogio merece Andoni Ibarra, que además de esa labor docente se tomó el trabajo de leer todo el original e introducir valiosísimas mejoras, sobre todo en el capítulo 6, referente a la concepción estructural. Miguel Sánchez Mazas, como director de departamen- to, orientó en todo momento las líneas generales de la enseñanza de la metodología en la facultad de Zorroaga, además de impulsar- me al estudio y a la investigación. Y en último lugar, porque fue el primero, quiero mostrar mi especial agradecimiento a Ramón Valls, fundador de la facultad, con quien tuve el privilegio de
Prólogo 6
compartir la docencia de la metodología de la ciencia durante el curso 1978-1979. Y aunque pueda parecer egoísta decirlo, las críticas a que dé lugar esta obra deben dirigirse a quien esto firma. Sólo así se avanza en el pensamiento.
JAVIER ECHEVERRÍA Febrero de 1988
1. EL CÍRCULO DE VIENA
1.1. Introducción
El Círculo de Viena se constituyó formalmente en 1922, en torno a la cátedra de filosofía de las ciencias inductivas que había pasado a ocupar Moritz Schlick. Al principio era un centro de reunión y debate, pero a partir de 1929, tras la publicación de su primer manifiesto teórico (obra de Carnap, Neurath y Hahn), adquirió consistencia como una escuela con concepciones propias sobre la ciencia.
Suele atribuirse al Círculo, si no la fundación, el primer impul-so a las investigaciones y estudios impul-sobre filoimpul-sofía de la ciencia. Sin embargo, sus tesis básicas provienen de la combinación en un programa articulado de posturas que ya habían mantenido previa-mente otros autores, precedentes de lo que Blumberg y Feigl llamaron en 1931 positivismo lógico. Aunque tenga a Hume y a Comte como predecesores lejanos, el Círculo de Viena es una escuela netamente alemana en su origen. Tras la crítica del mate-rialismo mecanicista por parte del neokantismo de Helmholtz y Hermann Cohen con su escuela de Marburgo, el fisico Ernst Mach derivó hacia un neopositivismo que negaba todo tipo de elementos a priori en las ciencias empíricas. Paralelamente, la física teórica iba a dar un giro fundamental con la aparición de la teoría einstei-niana de la relatividad y de la mecánica cuántica, cambios que tuvieron una influencia enorme en los neopositivistas. La inciden-cia del convencionalismo de Poincaré y Duhem también se dejó sentir en el Círculo de Viena, al igual que la creación de la lógica matemática, perfectamente configurada a partir de la publicación de los Principia Mathematica por Russell y Whitehead en 1905.
8 El Círculo de Viena
Introducción
9
Ya en 1907, el economista Neurath había fundado un grupo de trabajo con el matemático Hahn y el fisico Frank, que se ocupaba de filosofía de la ciencia, término netamente opuesto en Alemania a la Naturphilosophie, en la medida en que rechazaba la especula-ción metafísica sobre las ciencias de la naturaleza, y propugnaba el contacto directo de los filósofos con los científicos. En este sentido, la publicación del Tractatus Logico-Philosophicus de Wittgenstein en 1921, con su célebre tesis según la cual «el mundo es la totali-dad de los hechos, no de las cosas»,' reforzó notablemente las ideas neopositivistas, máxime por cuanto Wittgenstein ofrecía un enlace perfectamente adecuado entre la tradición empirista y la nueva lógica matemática: Schróder y Hilbert, junto con la Escuela de Varsovia, que agrupaba a importantes lógicos polacos, pasaron a ser referencias obligadas desde la misma constitución del Círculo. Sus miembros fueron en su mayor parte personas con forma-ción científica: Karl Menger, Hans Hahn, Philipp Frank e incluso Kurt Gódel asistían regularmente a las sesiones, junto con Schlick, Carnap, Neurath, Feigl, Kraft, Waismann y otros muchos. Momento importante fue la publicación en 1923 de Der logische Aufbau der Welt por Carnap, así como las explicaciones de éste a los miembros del Círculo sobre el contenido de dicha obra a partir de 1925. La distinción de Russell entre hechos atómicos y moleculares,' con la paralela distinción entre proposiciones atómicas y moleculares, permitía aplicar el aparato de la lógica de enunciados a las ciencias con contenido empírico. Por este motivo pasó a ser habitual la denominación empirismo lógico o, incluso, atomismo lógico, junto a otras como empirismo científico o empirismo consistente. En 1926 surge la Sociedad de Ernst Mach, formada por este mismo grupo de pensadores, los cuales a partir del Manifiesto de 1929 pasan a denominarse definitivamente Círculo de Viena. Con ellos vino a confluir la Escuela de Berlín, formada en torno a Hans Reichen-bach, y que contó con figuras como Richard von Mises y posterior-mente Carl Hempel. También el conductismo norteamericano, por lo que se refiere a la psicología, acabó coincidiendo con las postu-ras básicas del Círculo, motivo por el cual en 1929 ya estaba en condiciones de organizar su primer congreso internacional en
1. L. WITTGENSTEIN, Tractatus..., § 1.1, p. 35 de la traducción castellana. 2. B. RUSSELL, La filosofía del atomismo lógico, p. 278 del volumen Lógica y
conocimiento, traducción de J. Muguerza.
Praga, que tuvo continuidad en las reuniones de Kónigsberg, Co-penhague, otra vez Praga, París y Cambridge.
En 1930 salió la revista Erkenntnis, bajo la dirección de Carnap y de Reichenbach. Asimismo se publicaron una serie de monogra-fías bajo el lema «Ciencia unificada», y se logró llegar a la fase de máxima actividad en la primera mitad de la década de los treinta. Pero el ascenso del nazismo, junto a las diversas vicisitudes perso-nales de miembros relevantes del Círculo (Carnap y Frank pasaron a ser catedráticos en Praga, Feigl se trasladó a Iowa, y Hahn murió en 1934), señalaron el principio del fin del Círculo de Viena. La condición de 'judíos de muchos de sus miembros contribuyó en buena medida a que comenzasen a pensar en salir de los países de habla alemana, y así Carnap se estableció en Chicago en 1936, y Neurath marchó a Holanda tras el asesinato de Moritz Schlick en 1938, a manos de un perturbado. Neurath trató de continuar la publicación de Erkenntnis en La Haya, bajo el título de The Journal of Unified Science, y Carnap sacó a la luz en los Estados Unidos la International Enciclopedy for the Unified Science. Finalmente, el propio Feigl hubo de huir a los EE.UU., y el nazismo disolvió los grupos de Berlín y de Varsovia, con lo cual el Círculo de Viena dejó de existir como tal.
Esto no significa que su influencia decayera. Muy al contrario. La emigración de varios de sus miembros a los Estados Unidos y a otros países, prestigiados por la aureola de perseguidos por el nazismo, permitió una rápida internacionalización de sus teorías, principalmente en los países y universidades anglosajones. Ello dio lugar, si se quiere, a una segunda fase del empirismo lógico. Aquí adoptaremos el criterio de distinguir estas dos etapas, tanto por motivos históricos como por las diferencias entre las posturas del Círculo de Viena propiamente dicho y de lo que más tarde se ha venido en llamar concepción heredada.
Para leer los principales escritos de los miembros del Círculo de Viena hay que remitirse a las publicaciones ya señaladas: Er-kenntnis, Journal of Unified Science, International Enciclopedy for the Unified Science. En lengua castellana la recopilación más acce-sible es sin duda la de Ayer,' aunque también Kraft4 y Weinberg5
3. A. J. AYER (comp.), El positivismo lógico (México, FCE, 1965).
4. V. KRAFT, El Círculo de Viena (Madrid, Taurus, 1966).
10 El Círculo de Viena
escribieron obras expositivas accesibles sobre las tesis y la evolu-ción del Círculo. También hay traducidas varias obras de Carnap, así como algunas de Reichenbach y de Brigdman (véase la biblio- grafía).
Entre los estudios sobre el positivismo lógico que no son traducciones, conviene consultar el ensayo de Pascual Casañ Mu-ñoz titulado Corrientes actuales de filosofía de la ciencia: I. Positi- vismo lógico, aparecido en 1984.
1.2. La ciencia unificada
El proyecto institucional —y también teórico— común a casi todos los miembros del Círculo de Viena es la elaboración de la Enciclo-pedia para la ciencia unificada. Dentro de la tradición de Mach, Avenarius, etc., sus posturas son netamente contrarias a la metafísi-ca, y muy particularmente a tendencias como las de Hegel o Heidegger. Carnap escribió el célebre artículo «La superación de la metafísica mediante el análisis lógico del lenguaje»,6 afirmando que «en el campo de la metafísica, el análisis lógico ha conducido al resultado negativo de que las pretendidas proposiciones de dicho campo carecen totalmente de sentido»? Los textos metafísicos clásicos están constituidos por pseudoproposiciones, totalmente estériles desde el punto de vista del conocimiento científico. Según Carnap, en esas obras se encuentran dos tipos de pseudoproposi-ciones: unas porque contienen palabras a las que con criterio erróneo se supone un significado, y otras que están mal construidas sintácticamente. Lo que luego ha llamado Hempel criterio empiris-ta de significado, así como la inadecuación de la forma de las proposiciones filosóficas a las prescripciones de la lógica matemá-tica, permitieron al positivismo lógico aplicar radicalmente la na-vaja de Ockham, descartando del pensamiento científico numero-sos conceptos y trabajos llevados a cabo por la filosofía especulativa.
El proyecto del Círculo estriba en conformar una filosofía científica. Las matemáticas (y la lógica), así como la física, son los
6. R. CARNAP, en A. J. AYER, El positivismo lógico, pp. 66-87. 7. Id., ibíd., p. 66.
La ciencia unificada 11
dos grandes modelos a los que debe tender toda forma de discurso científico. El programa positivista de Comte en el siglo xix debía ser culminado, convirtiendo la biología, la psicología y la sociolo-gía en ciencias positivas. En la convocatoria de la Preconferencia de Praga, en 1934, cuyo objeto era preparar el Primer Congreso Internacional sobre Ciencia Unificada, este objetivo se señala como general para todas las ciencias:
Hay que tratar sobre los fundamentos lógicos de todos los ámbitos científicos, y no sólo de la matemática y de la física.8
El tema del que iba a ocuparse inicialmente era «Filosofía científica», pero se modificó: «Congreso para la Unidad de las Ciencias». Se convocaba a científicos de diversas disciplinas para reflexionar sobre la unidad de la ciencia y sobre la manera de lograrla: los problemas lógico-sintácticos, los de la inducción y la probabilidad, las aplicaciones de la lógica a otras disciplinas, la sociología científica y la historia de la ciencia eran señalados expre-samente como ámbitos de trabajo del Congreso. Pero, de hecho, la historió de la ciencia fue muy poco investigada por el Círculo de Viena, que abundó, en cambio, en trabajos sobre biología, psicolo-gía y semiótica, entendidas desde un punto de vista conductista.
Entre las distintas tendencias existentes dentro del Círculo en relación con dicha unificación de la ciencia, acabó imponiéndose el fisicalismo, formulado por Otto Neurath, y aceptado finalmente por Carnap, cuyo estricto empirismo e inductivismo le había acer-cado en un principio9
al solipsismo. El fisicalismo se interesa por los enunciados observacionales, que serian la base de cada una de las ciencias positivas. Al comparar la forma lógica de dichos enun-ciados (por ejemplo, Karl observa y la máquina fotográfica saca fotos) se comprueba que es la misma: la unificación de la ciencia debe llevarse a cabo reduciendo todas las proposiciones observa-cionales a lenguaje fisicalista, con lo cual se mostraría que existe un núcleo común a todas las ciencias positivas. La reducción a lenguaje fisicalista es, pues, el medio de llevar a cabo el programa para la unificación de la ciencia, y para ello hay que partir siempre de enunciados empíricos, y preferentemente observacionales.
8. Erkenntnis, 5 (1935), p. 1.
9. Sobre todo en su Der logische Aufbau des Welt (Berlín, Welkreis-Verlag, 1928).
12 El Círculo de Viena
1.3. El lenguaje fisicalista
Carnap defendió en un primer momento la reducción de los con-ceptos sociales, culturales e históricos a los concon-ceptos del psiquis-mo propio, mediante reducciones sucesivas: tanto los conceptos ajenos como los propios debían ser reducidos primero a concep-tos físicos, y luego a concepconcep-tos psíquicos propios. Los fenómenos del psiquismo individual, en la medida en que traducen hechos físicos, fundamentarían desde el punto de vista epistemológico la reducción del conocimiento de las distintas ciencias a una misma ciencia unificada. Pero esta posición fenomenalista de Carnap en-contró oposición, por no garantizar suficientemente la intersubjeti-vidad del conocimiento científico. De ahí que el fisicalismo, que se basaba directamente en proposiciones expresadas en lenguaje ob-servacional, y con la misma forma lógica para todas las ciencias empíricas, acabara imponiéndose. Tal y como afirma el propio Carnap en 1932,
el lenguaje fisicalista es un lenguaje universal, esto es, un lenguaje al cual puede traducirse cualquier proposición»
Dicho lenguaje fisicalista tiene como elemento característico y constitutivo las proposiciones protocolares, las cuales fueron estu-diadas por Otto Neurath en su conocido artículo titulado, precisa-mente, «Proposiciones protocolares»."
Según Neurath, la ciencia unificada consta de proposiciones protocolares y de proposiciones no protocolares; en todo caso, unas y otras son proposiciones fácticas. Las primeras no son las proposiciones primarias (por ejemplo, para el sujeto individual), como a veces tendió a pensar Carnap, sino que son discernibles por su forma lingüística:
Por ejemplo, una proposición protocolar completa podría decir:
10. R. CARNAP, Psicología en lenguaje fisicalista», en A. J. AYER, El positivis- mo lógico, p. 171.
11. En A. J. AYER, El positivismo lógico, pp. 205-214.
El criterio empirista de significado 13
«Protocolo de Otto a las 3.17: {la forma lingüística del pensamiento de Otto a las 3.16 era: (a las 3.15 había en el cuarto una mesa percibida por Otto)'} .»12
Todavía estamos, sin embargo, en un lenguaje fisicalista trivial. El len áíaj'é`
-filealista altamente científico, que estaría completa-mente dépuradb.
& elementos metafísicos, exigiría que cada uno de los térmirid' Presedés en dicha proposición (por ejemplo, 'Otto') fuese sustituiddj51:11:un sistemá'de determinaciones fisicalis-tás, por ejemplo definiendo la pos'ici'ón del-
nombre 'Otto' en
reía
Ción 'a otros nombres propios: 'Enrique', etc. Pero en una pi-olosiCi&ri protocolar del' re—
nguaje fisicalista trivial, es esencial que aparéca alkúnilinbre própio, con lo cual se trata de conser-var el' caráCtera
41¿rVaCiónal de dicha proposición. . •
Las, leyes
,
cientmcas y, en general, los enunciados utilizados por los científicos„súrgirían a partir de las proposiciones protoco-lares por vía inductiva. Esta es otra de las características principa-les, desde el punto de vista metodológico, del Círculo de Viena, así como de la Escuela de Berlín: las ciencias empíricas están basadas en la inducción.Por supuesto, las proposiciones protocolares no pueden con- tradecirse; Neurath precisa que, en estos casos, también es posible eliminar proposiciones protocolares, por su forma, del sistema científico. En este sentido, las proposiciones protocolares requie-ren verificación, y están regidas por el criterio empirista de signi-ficado.
1.4. El criterio empirista de significado
El Círculo de Viena distinguió la ciencia de la metafísica basándose en un criterio epistemológico de significatividad cognoscitiva. En-tre la multiplicidad de enunciados posibles, hay dos tipos propia-mente científicos: las proposiciones analíticas o contradictorias y las que pueden ser confirmadas por la experiencia. Las primeras recogen los enunciados de las matemáticas, de la lógica y, en
14 El Círculo de Viena El criterio empirista de significado 15
general, de las ciencias formales. El positivismo lógico considera todas estas ciencias no empíricas o, si se quiere, estrictamente sintácticas. En cuanto a las ciencias que poseen un contenido empírico, todos y cada uno de sus enunciados han de ser confirma-bles, al menos en principio, por la experiencia.
La verificabilidad pasa a ser, por tanto, el criterio para distin-guir la ciencia de otros tipos de saber. Pero, a su vez, este criterio de significación empírica ha sufrido algunas modificaciones. Tal y como afirma Hempel en su artículo «Problemas y cambios en el criterio empirista de significado»" el Círculo de Viena exigía al principio que dicha verificación fuese completa y por medio de la observación:
Una oración S tiene significado empírico si y sólo si es posible indicar un conjunto finito de oraciones de observación 0,, 02, ... O,,, tales que, si son verdaderas, S es necesariamente verdadera también."
Al depender dicho criterio de las propiedades del condicional lógico, hubo que matizarlo, dado que toda proposición analítica sería inferible a partir de un conjunto finito de oraciones cuales-quiera; y asimismo oraciones observacionales contradictorias entre sí nos permitirían inferir correctamente cualquier proposición, que de esta manera tendría significación empírica. Para evitar estas consecuencias inadecuadas de la primera formulación del criterio, hubo que excluir de la significatividad empírica los enunciados analíticos, así como exigir que el conjunto de proposiciones obser-vacionales 0„ fuese consistente.
Esto produjo dos consecuencias importantes: por una parte, las ciencias formales quedaron radicalmente escindidas de lo que Carnap llamó ciencias reales (Realwissenschaften), y por otra, las ciencias empíricas debían satisfacer determinados requisitos lógi-cos en sus inferencias, y en particular debían de adaptarse a las formalizaciones derivadas de la lógica matemática entonces vigen-te. El modelo de una ciencia será aquel que ha podido ser
axiomati-zado, total o parcialmente, y que funciona en su razonamiento en virtud de reglas de derivación adaptadas a los preceptos de la meta- lógica.
13. En A. J. AYER, El positivismo lógico, pp. 115-136.
14. lbíd., p. 118.
Pero, aun así, el criterio de significación empírica seguía pre-sentando problemas. El principal de ellos estribaba en que los enunciados universales en general, y más concretamente las leyes científicas, quedaban excluidos del edificio de la ciencia. Un enun-ciado del tipo
«todos los cisnes son blancos»
no puede ser inferido necesariamente a partir de un número finito de observaciones. Surge aquí el llamado problema de la inducción, ya señalado por Hume, pero que en el siglo xx va a ser ampliamen-te discutido a partir de las argumentaciones de Popper.
Aparte de otros problemas ligados a las peculiaridades de la tabla de valores de verdad del condicional lógico, Hempel señaló una nueva dificultad: de acuerdo con el criterio empirista de signi-ficado, una oración existencial («existe un cisne blanco») es plena-mente verificable, desde el punto de vista observacional, pero su negación no, por ser universal; ello plantea una importante dificul-tad lógica, pues algunos enunciados serían admisibles mientras que su negación no, siendo así que, desde tiempos de Aristóteles, está plenamente admitido que si un enunciado pertenece a un determi-nado dominio científico, su negación también tiene sentido en él, independientemente de que sea verdadera o no.
El debate que surgió en torno a estas cuestiones fue muy amplio, y no se trata aquí de desarrollarlo." Hempel, por ejemplo, consideró que «mientras nos esforcemos por establecer un criterio de verificabilidad para las oraciones individuales de un lenguaje natural, en términos de sus relaciones lógicas con las oraciones observacionales, el resultado será demasiado restrictivo o demasia-do amplio, o ambas cosas»." Algunos autores, como Carnap, inten-taron resolver la cuestión tratando a fondo el problema de la inducción y, en particular, la lógica probabilitaria.'7 Otros prefirie-ron distinguir en la estructura de una teoría aspectos distintos de los estrictamente lógicos, suscitando la cuestión de los términos teóricos, los términos observacionales y las reglas de correspon-
15. Véase por ejemplo A. RIVADULLA, Filosofía actual de la ciencia (Madrid,
Editora Nacional, 1984), donde se estudian detalladamente estas cuestiones. 16. A. J. AYER, El positivismo lógico, p. 123.
16 El Círculo de Viena Verificación 17 dencia." Pero sobre todo la crítica de Popper a la verificabilidad
como criterio de significación empírica tuvo un impacto enorme, haciendo que estas posturas iniciales del Círculo de Viena fueran consideradas como un empirismo excesivamente ingenuo. Vere-mos todas estas cuestiones más adelante.
1.5. Verificación
Las expresiones y fórmulas de la lógica y de las matemáticas no han de verificarse, por ser analíticas. Pero el resto de los enunciados científicos ha de ser comprobable en la realidad, y a poder ser por observación.
Wittgenstein estableció en el Tractatus una dependencia lógica entre los enunciados científicos y las proposiciones elementales (cuyo equivalente en el Círculo de Viena son las protocolares):
La proposición es una función de verdad de la proposición elemen-ta1.19
Pero este criterio se reveló excesivamente estricto: no es posi-ble inferir los enunciados generales a partir de los atómicos. Y
desde el punto de vista de la metodología de la ciencia, las leyes científicas, que son proposiciones cuantificadas universalmente, constituyen componentes fundamentales en una teoría científica. El Círculo de Viena osciló entre la verificación y la simple confirmación de dichos enunciados. En su primera época, aún creía en la posibilidad de una verificación concluyente de los enunciados científicos, a partir de las proposiciones elementales. Pero posteriormente fue derivando hacia tesis menos estrictas, aun afirmando, como sucede con Schlick,2° que el último paso de verificación ha de consistir en observaciones o en percepciones de los sentidos.
18. Véase, más adelante, 2.6.
19. Tractatus..., § 5, p. 113 de la traducción castellana.
20. M. SCHLICK, «Meaning and Verification», en Philosophical Review, 45 (1936), pp. 337-369.
Los enunciados generales, las leyes científicas y, muy en parti-cular las teorías, no pueden ser verificadas directamente, confron-tándolas con la empiria. Lo que sí puede hacerse es extraer las consecuencias lógicas concretas de una ley o de una teoría y comprobar que, efectivamente, la experiencia ratifica dichos resul-tados. Este procedimiento de verificación, que en realidad nunca es total respecto de la ley o de la teoría, ya que siempre hay otras consecuencias que todavía no han sido verificadas, reviste particu-lar importancia en el caso de las predicciones. Para el Círculo de Viena, y posteriormente para otros muchos filósofos de la ciencia, lo esencial del saber científico es su capacidad de predecir exacta-mente fenómenos fisiconaturales. Al ser verificada la corrección de una determinada predicción, las teorías y las leyes, si no verifica-das, quedan al menos confirmaverifica-das, aunque sea parcialmente. El astrónomo Leverrier, por ejemplo, predijo la existencia de un octa-vo planeta en el sistema solar, Neptuno, como una consecuencia que se derivaba lógicamente de la mecánica newtoniana. Años después, el 23 de septiembre de 1846, otro astrónomo, J. G. Galle, comprobó por observación que, efectivamente, el planeta predicho existía. Y otro tanto sucedió ulteriormente con Plutón. Para el empirismo lógico, estos logros son paradigmáticos de lo que debe-ría ser la metodología científica. No puede decirse que la teodebe-ría haya quedado totalmente verificada, pero sí tiene lugar una confir-mación objetiva de dicha teoría. Consecuentemente, una determi-nada ley universal, o teoría, ha de reducirse por la vía de la inferencia lógica a sus consecuencias empíricas concretas y deter-minadas: una vez llevada a cabo esta labor, propiamente deductiva (y común a las ciencias formales), tiene lugar lo más propio de las ciencias empíricas: la confrontación de dichas predicciones con la experiencia, que puede confirmar o no lo previsto. La verificabilidad experimental de sus predicciones caracterizaría a la ciencia frente a otros tipos de saber humano.
Verificar, al decir de Kraft» es «comprobar la conformidad de un hecho predicho con uno observado». Una teoría científica posee contenido empírico porque es capaz de predecir hechos concretos y perceptibles; es aceptable en la medida en que sus predicciones hayan sido confirmadas empíricamente.
18 El Círculo de Viena Ahora bien, estudios ulteriores han mostrado que los procedi-mientos de verificación no son metodológicamente tan inocuos como se supuso en el Círculo de Viena. Sucede con frecuencia, por ejemplo, que los aparatos de observación y de medición presupon-gan por su propia construcción algunas otras teorías científicas, e incluso la teoría misma que se trata de verificar, con lo cual se incurriría en cierto círculo vicioso, desde el punto de vista metodo-lógico, en los procesos de verificación empírica. Los términos teóricos (por ejemplo, masa, electrón, etc.) sólo son traducibles a términos directamente observacionales por medio de una serie de artilugios científicos que genéricamente suelen denominarse re-glas de correspondencia. Posteriormente" habremos de ocuparnos de esta cuestión, que desborda el marco epistemológico del Círcu-lo de Viena, pero que supuso una fuerte objeción a sus postulados observacionales como criterios de verificación empírica.
Aunque basándose en otras argumentaciones, ya en el propio Círculo de Viena surgieron objeciones al criterio wittgensteiniano de verificación concluyente (por derivación lógica a partir de pro-posiciones elementales) e incluso contra la propia noción de verifi-cación. Neurath y Hempel, por ejemplo, afirmaron que las proposi-ciones sólo pueden ser confrontadas con otras proposiproposi-ciones, y no con hechos: de ahí su insistencia en la delimitación de los enuncia-dos protocolares como base empírica de una determinada teoría.
La cuestión de la verificación y de la confirmación, por otra parte, está ligada a un tema fundamental para la filosofia de la lógica: la teoría de la verdad. La concepción clásica de la verdad, presente ya en Parménides, pero formulada de manera explícita por Aristóteles, la conceptuaba como una adecuación entre el decir y el ser: decir las cosas como son era sinónimo de discurso ver-dadero. El empirismo lógico renunció a la categoría de ser, así como a la de cosa, por metafísicas, sustituyéndolas por la de he-chos; pero desde el punto de vista de la concepción de la verdad, siguió adherido al criterio clásico de la adequatio o corresponden-cia entre proposiciones y hechos. Los enuncorresponden-ciados científicos pue-den ser verificados en la medida en que se correspondan a los hechos observados o, si se prefiere, las observaciones empíricas han de concordar con las predicciones realizadas por los científi-cos. El criterio de verificación sufrió, por tanto, nuevos embates
22. Véase, más adelante, 2.6.
Inducción y probabilidad 19
desde los defensores de otro tipo de teorías sobre la verdad científi-ca, como la teoría de la coherencia o la concepción pragmatista de la verdad. Todo lo cual dio lugar a diversas modificaciones de dicha noción de verificación.
Una de las distinciones que, en etapas ulteriores, fue general-mente aceptada por los miembros del Círculo es la que diferencia verificación y verificabilidad. Una proposición es verificable cuan-do, al menos en principio, es posible llevar a cabo experimentos y observaciones empíricas concordes con lo dicho en la proposición. En cada momento, no todas las proposiciones empíricas han sido efectivamente verificadas, pero sí lo han sido algunas, y las demás son verificables en principio. Esta corrección, muy importante, matizaba el criterio de cientificidad inicial.
Schlick habló de una comprobabilidad en principio, mientras que Carnap prefería el término de verificabilidad en principio. Asimismo Ayer" introdujo otro matiz, al distinguir entre verificabi-lidad en sentido fuerte, cuando una proposición puede quedar establecida concluyentemente por medio de la experiencia, y veri-ficabilidad en sentido débil, cuando la experiencia sólo permite determinar que esa proposición es probable en un grado lo sufi-cientemente elevado. Surge así un nuevo concepto de verificación, cuyos orígenes están en Reichenbach y en el propio Carnap: el probabilístico, ligado a las investigaciones que se llevaron a cabo en esta época sobre lógica inductiva y lógica probabilitaria.
1.6. Inducción y probabilidad
Tal y como ha mostrado Rivadulla,24
las tesis de Carnap fueron evolucionando,- desde sus posiciones verificacionistas iniciales ha-cia una afirmación de la confirmación progresiva, e incluso de un grado de confirmación de los enunciados empíricos. En 1936 ya admitía la confirmabilidad como criterio, y a partir de 1949 va a desarrollar su teoría del grado de confirmación, que enlazará el empirismo inicial del Círculo de Viena con la lógica probabilitaria.
23. A. J. AYER, Lenguaje, verdad y lógica (Barcelona, Martínez Roca, 1971), página 41.
1
20 El Círculo de Viena
La confirmación de un enunciado, según Carnap, es estricta-mente lógica: los datos observacionales han de ser confrontados lógicamente con las consecuencias que se derivan de una determi-nada ley o teoría. Si en un momento dado disponemos de una serie de datos, oi, obtenidos por observación, y de una serie de hipótesis explicativas de esos datos, hemos de determinar la probabilidad de cada una de las hipótesis
h.
con respecto a las observaciones con que se cuenta en un momento dado. La comparación entre las probabilidades respectivas, que definen el grado de confirmación de cada hipótesis, nos permite elegir como hipótesis confirmada aquella que, para unos determinados datos observados, posee ma-yor grado de probabilidad. Considerar como admisible una hipóte-sis, y como descartable otra, es una decisión estrictamente lógica; pero en dependencia de una lógica probabilitaria, que no lleva a elegir la hipótesis verificada o totalmente comprobada, sino aque-lla que, en relación con las demás y con los datos observacionales, tiene un mayor grado de probabilidad.Surge así el concepto de grado de confirmación de un enuncia-do científico, que conlleva la previa cuantificación de la noción de confirmación: lo cual es posible apelando a la teoría de la probabi-lidad. Una hipótesis posee una probabilidad inductiva, que va au-mentando o disminuyendo según las nuevas observaciones confir-men o no dicha hipótesis. El valor de una hipótesis va ligado al mayor o menor número de datos empíricos conformes a dicha hipótesis. Consiguientemente, el científico admite unas u otras hipótesis en función del aumento de su grado de confirmación. Hay una lógica inductiva, de base netamente probabilista, subya-cente a las teorías empíricas. Lejos ya del criterio wittgensteiniano de la verificación concluyente, por vía deductiva a partir de unas proposiciones elementales cuya verdad ha sido sólidamente esta-blecida por la vía de la observación, en los últimos desarrollos del Círculo de Viena se acaba apelando a una lógica inductiva, que a su vez Carnap intentó axiomatizar en forma de cálculo lógico. En la obra ya mencionada de Rivadulla pueden seguirse las sucesivas tentativas de Carnap en este sentido.
En cualquier caso, el empirismo lógico acabó confluyendo en una afirmación de la inducción como el método principal de las ciencias empíricas. La lógica inductiva permitiría fundamentar el criterio de significación empírica, inicialmente basado en la verifi-cabilidad observacional, y finalmente en el grado probabilístico de
Inducción y probabilidad
21 confirmación de una determinada hipótesis. Entretanto, y desde otras posturas, se hacían críticas de principio a las tesis del Círculo de Viena y de sus epígonos. Así sucedió, en particular, con Popper, quien va a orientar la metodología científica en un sentido muy dis-tinto.
2. LA CONCEPCIÓN HEREDADA
2.1. Introducción
A partir de la dispersión del Círculo de Viena, el programa del
empirismo lógico siguió desarrollándose, principalmente en los países anglosajones, donde fue la tradición dominante hasta 1950. La Lógica de la investigación científica de Popper, que ya había sido publicada, tardó en adquirir influencia, debido al predominio insti-tucional del verificacionismo y del inductivismo frente al falsacio-nismo y deductivismo popperianos, como también al simple hecho de que la obra no había sido traducida al inglés. Cabe afirmar, por tanto, que todos los avances habidos en filosofía de la ciencia hasta prácticamente el final de la década de los cincuenta tuvieron lugar en la estela del positivismo lógico, convenientemente corregido y mejorado por diversas influencias, como la de la filosofía analítica oxoniense o el pragmatismo norteamericano. El análisis de las teorías por medio de la lógica fue matizándose y haciéndose más complejo, tanto por la influencia de la filosofía del lenguaje como por el propio desarrollo de la lógica, y en concreto de la metamate-mática. Las aportaciones de Tarski, al revitalizar la semántica de los sistemas formales, o los resultados de Gódel, poniendo límites a las investigaciones metateóricas exclusivamente sintácticas, contri-buyeron asimismo a dichas modificaciones del positivismo lógico. La crítica epistemológica, por su parte, obligó a renunciar al empi-rismo ingenuo del Círculo de Viena.
Pero, en cualquier caso, durante más de veinte años los filóso-fos de la ciencia estuvieron implícitamente de acuerdo en una serie de postulados básicos sobre las teorías científicas a los que, a partir del momento en que los críticos de dichas presuposiciones comen-
La concepción heredada 24
zaron a llevar a cabo sus ataques, Putnam englobó en 1962 bajo el apelativo de concepción heredada (received view). Carnap, Hempel y Nagel son nombres claves en el desarrollo de dicha concepción, pero también el operacionalismo de Brigdman o el conductismo de Skinner, junto a una pléyade de científicos que, tanto en las ciencias naturales como en las sociales, participaban de facto en dicha epistemología. El mismo Popper, uno de los primeros críti-cos de la received view, admitía algunas de sus tesis principales.
A partir de los años cincuenta comienza a producirse una serie de críticas concretas sobre diversas afirmaciones de la concepción heredada: así las de Quine y Putnam sobre la distinción analítico/ sintético; las de Chisholm y Goodman en torno a los condicionales contrafácticos y a la tesis de la extensionalidad de las leyes científi-cas; las de Rapoport, Kaplan y Achinstein en relación con la Achinstein nuevamente, pero esta vez con respecto al problema clave de la oposición entre lo observacional y lo teórico, o la de Patrick Suppes al analizar la noción de reglas de correspondencia. Todas estas críticas y dificultades, junto a las que los propios defensores de la concepción heredada, habían encontrado, como el dilema del teórico de Hempel, la solución Ramsey a la cuestión de los térmi-nos teóricos; o los propios progresos de Carnap, en su desarrollo de la lógica probabilitaria, dieron lugar a que en la década de los sesenta hubiera una profunda crisis de confianza en las tesis de la concepción heredada, apareciendo incluso las primeras alternati-vas a la misma debidas a Popper, Hanson, Putnam y Toulmin. Todo este proceso de debilitamiento de sus postulados culminó con la publicación por Kuhn de La estructura de las revoluciones
científi-cas de dicha concepción, fundamentalmente por ahistóricas y desliga- (1962), en la que se echaba por tierra la mayor parte de las tesis
das de la ciencia real.
El debate cristalizó en un simposio celebrado en Urbana del 26 al 29 de marzo de 1969, cuya convocatoria refleja bien las tesis centrales de la concepción heredada y también da cuenta de las profundas críticas de que se les ha hecho objeto: «Tradicionalmen
-te, los filósofos de la ciencia han construido teorías científicas como cálculos axiomáticos, en las cuales a los términos y enuncia-dos teóricos se les da una interpretación parcial y observable por medio de reglas de correspondencia. Recientemente, la pertinen-cia de este análisis ha sido discutida por un buen número de
Contexto de descubrimiento y de justificación 25
filósofos, historiadores de la ciencia y científicos».' El simposio debatió a fondo dichas cuestiones, y con ello levantó el acta de defunción de la concepción heredada, que a partir de ese momento quedó abandonada por casi todos los epistemólogos.
Pese a que no sea hoy en día una concepción aceptada, su conocimiento resulta imprescindible para comprender los debates posteriores y las nuevas concepciones sobre metodología científi-ca. De ahí que la lectura de obras como las de Carnap, Hempel y Nagel, así como la edición de Frederick Suppe de las Actas del simposio de Urbana, con una amplia introducción suya a la con-cepción heredada, sean imprescindibles para quien quiera conocer más a fondo esta tendencia epistemológica que, durante muchos años, preponderó netamente con sus concepciones sobre las teo-rías científicas, y de cuya influencia todavía quedan muchas secue-las, sobre todo entre los científicos no especialmente versados en la evolución de las ideas sobre metodología.
Los lectores en lengua castellana pueden remitirse, por ejem-plo, al tratado de Nagel, La estructura de la ciencia, así como a los dos libros de Hempel, Filosofía de la ciencia natural y La
explica-ción científica: estudios sobre filosofía de la ciencia. En cuanto al
simposio de Urbana, sus Actas, que incluyen los interesantes deba-tes entre autores tales como Hempel, Cohen, Achinstein, Bohm, Putnam, Kuhn, Shapere, Suppes, Toulmin y el propio editor, Frede-rick Suppe, también han sido traducidas en 1979 al castellano.'
2.2. Contexto de descubrimiento y contexto de justificación
Una de las ideas más ampliamente aceptadas por todos los defenso-res de la concepción heredada, implícita o explícitamente, es la
I. Las actas de dicho simposio, incluidos los debates que siguieron a cada ponencia, fueron publicadas por Frederick Suppe en la obra The Structure of
Scientific Theories (1974), que ha sido traducida al castellano por Pilar Castrillo y
Eloy Rada (Madrid, Editora Nacional, 1979) con el título La estructura de las teorías
científicas. Suppe añade una amplia introducción a los orígenes, desarrollo y
críti-cas a la concepción heredada, que se ha constituido en la versión estándar de la misma. En este capítulo seguimos en varios puntos dicha introducción de Frederick Suppe.
La concepción heredada 26
propuesta por Reichenbach en 1938.3 No es lo mismo cómo se llega a un resultado científico y cómo dicho resultado se expone y justifica luego ante el público. En el caso de Kepler, mencionado expresamente por Reichenbach, la analogía entre la Santísima Trinidad y el sistema solar le sirvió para desarrollar sus investiga-ciones; pero la teoría final, empíricamente justificada, nada tenía que ver con expeculaciones teológicas. De ahí que, según Reichen-bach, las cuestiones relativas al contexto en que se verifican los descubrimientos científicos no son objeto de la epistemología ni de la filosofía de la ciencia, sino de la psicología y de la historia. Lo único que interesa a la filosofía de la ciencia es el resultado final, la manera en que son expuestas y justificadas las teorías cuando ya constituyen un producto elaborado. La génesis de las teorías y su descubrimiento no poseen virtualidad desde el punto de vista de la epistemología científica.
Durante muchos años esta distinción, así como la exclusión del contexto de descubrimiento de la reflexión epistemológica, fue generalmente admitida por los filósofos de la ciencia. La influencia de las investigaciones metamatemáticas de la escuela de Hilbert fue, en este sentido, muy grande. No sólo había que partir de las teorías tal y como habían quedado finalmente articuladas por sus descubridores o divulgadores, tomando como referencia principal, por ejemplo, los libros de texto o las grandes obras de los científi-cos, sino que incluso había que intentar un paso más, reduciéndo-las a sistemas formales al modo de reduciéndo-las teorías matemáticas: la aritmética y la teoría de conjuntos reducidas a la lógica por autores como Frege, Zermelo, Fraenkel, Von Neumann, Russell, etc.; la geometría axiomatizada por Hilbert; el cálculo de probabilidades por Kolmogorov; la teoría de números por Gentzen, etc. Como consecuencia de esta concepción, los estudios de historia de la ciencia y las primeras tentativas de hacer una historia social de la ciencia, o posteriormente una sociología de la ciencia (propues-ta por Merton ya en 1945), quedaban separados de la filosofía de la ciencia.4 Para la concepción heredada, la elaboración de una epis-
3. H. REICFIENBACH, Experience and prediction (Chicago, University of Chi- cago Press, 1938), pp. 6-7.
4. Para la historia de la ciencia interpretada en función de la evolución social, económica y técnica, la obra clásica es la de John D. Berna, dos de cuyos libros han sido traducidos al castellano: Historiasocial de la ciencia,
l
traducción de
Contexto de descubrimiento y de justificación 27
temología general de la ciencia sólo podía hacerse a partir de los resultados finales de la investigación científica, investigando su estructura sintáctica, así como sus relaciones con la experiencia. El origen histórico de los conceptos, leyes y teorías científicas, y el modo en que sus descubridores habían ido llegando a ellos, era cuestión de los historiadores de la ciencia. Los epistemólogos ha-bían de trabajar a continuación, partiendo de esas construcciones científicas como algo ya elaborado y terminado, presto a confron-tarse con la experiencia.
En el seno mismo del positivismo surgieron algunas tenden-cias criticas al respecto, en buena medida por influencia del segun- do Wittgenstein, y concretamente de sus Philosophische Untersu-chungen, traducidas al inglés en 1953.5 La insistencia en el uso del lenguaje científico, así como en la filosofía psicológica por parte de Wittgenstein, supuso un primer revulsivo en contra de la distinción de Reichenbach, sobre todo para autores como Hanson y Toulmin. Surgió así una tendencia a considerar a las teorías científicas como auténticas Weltsanschauungen o concepciones del mundo, en la medida en que todo lenguaje lo es. La tarea de la filosofía de la ciencia pasaría así a convertirse en el estudio de las especificida-des de las Weltsanschauungen científicas, en función de los siste-mas lingüístico-conceptuales que las caracterizan, incluyendo el uso de dichos sistemas, con sus aceptaciones y rechazos. Surgían así las primeras tendencias a interrelacionar la filosofía de la cien-cia con los estudios de historia y sociología de la ciencien-cia, que posteriormente culminarían en la obra de Kuhn.
Pero estas primeras tentativas apenas afectaron a la mayoría de los defensores de la concepción heredada, que permanecieron fie-les a la distinción estricta entre la fase del descubrimiento y la fase de la justificación de lo descubierto, dentro de la investigación científica. En la primera fase, en efecto, puede haber influencias metafisicas, religiosas, políticas, etc., que impulsen la actividad del científico. Pero en el momento de la justificación de sus teorías se impone la racionalidad más estricta y la dura confrontación de sus
J. R. Capella (Barcelona, Península, 1967), y La ciencia en la historia, traducción de Eli de Gortari (México, Nueva Imagen, 1979). En lo que respecta a la sociolo-gía de la ciencia, puede consultarse la obra de Robert K. Merton, La sociolosociolo-gía de la
ciencia,
traducción de Néstor A. Míguez (Madrid, Alianza, 1977, 2 volúmenes). 5. L. WITTGENSTEIN, Philosophical investigations (Oxford, Blackwell, 1953).
La concepción heredada 28
predicciones y de las consecuencias de sus teorías con la experien-cia. De ahí que el empirismo antimetafisico de la concepción heredada se haya centrado exclusivamente en el análisis del con-texto de justificación de las teorías científicas.
2.3. Versión inicial de la concepción heredada
Ya Mach, complementado por algunas aportaciones de Poincaré, había expuesto las tesis principales de la concepción heredada. Para él las teorías se ocupan de las regularidades de los fenóme-nos, proponiendo téi-minos teóricos para caracterizar —e incluso explicar— dichas regularidades. Conforme a la matización de Poin-caré, esos términos teóricos, al igual que los axiomas de cada teoría, caso de haberse llegado a la axiomatización de la misma, son simples convenciones utilizadas para referirse a los fenómenos, pero los términos teóricos han de ser definidos explícitamente en lenguaje fenoménico y no son otra cosa que abreviaciones de tales descripciones fenoménicas, tal y como lo subraya Suppe.6 Los términos teóricos, en las teorías más desarrolladas, llegan a ser matemáticos, al igual que las leyes fundamentales de la teoría. Pero todo este utillaje teórico siempre ha de ser traducible a lenguaje fenoménico por la vía de las definiciones.
La primera versión de la concepción heredada aparece con la obra de Carnap en 1923, Der Logische Aufbau der Welt.
7 En dicha
versión todas las proposiciones o teoremas de una teoría científica, y en particular sus predicciones, han de ser expresables en lenguaje observacional acerca de fenómenos, tal y como ya vimos en el capítulo anterior. La experiencia sensorial propia es, para Carnap, el último criterio de verdad de las descripciones fenoménicas que los científicos hayan llevado a cabo. El solipsismo implícito fue corregido posteriormente por el fisicalismo en el Círculo de Viena, pero la concepción heredada en sus desarrollos posteriores vino a establecer como nociones fundamentales de su teoría de la ciencia
6. Véase F. SUPPE, La estructura de las teorías científicas, pp. 25-27. 7. La edición estándar de la obra es, sin embargo, la de 1928, y está publicada en Berlín por Welkreis-Verlag.
Versión inicial de la concepción heredada 29
la distinción entre lo teórico y lo observacional, así como las reglas de correspondencia o definiciones operacionales como modo de conectar ambas componentes de una teoría científica. Surge así la versión inicial estándar de la concepción heredada, que Frederick Suppe ha resumido de la manera siguiente:
Esa versión inicial de la concepción heredada concebía las teorías científicas como teorías axiomáticas formuladas en una lógica matemática
L, que reunía las siguientes condiciones:
I. La teoría se formula en una lógica matemática de primer orden con identidad, L.
II. Los términos no lógicos o constantes de L se dividen en tres clases
disjuntas llamadas vocabularios.
a) El vocabulario lógico que se compone de constantes lógicas
(inclui-dos términos matemáticos).
b) El vocabulario observacional yo que contiene términos
observacio-nales.
c) El vocabulario V„ que contiene términos teóricos.
III. Los términos de 1/0 se interpretan como referidos a objetos
físicos o a características de los objetos físicos, directamente observables. IV. Hay un conjunto de postulados teóricos T, cuyos únicos térmi-nos no lógicos pertenecen a V,.
V. Se da una definición explícita de los términos de V, en términos de
Vo mediante reglas de correspondencia C, es decir, para cada término 'F' de V, debe darse una definición de la siguiente forma:
(x) (Fx Ox),
donde `Ox' es una expresión de L que contiene símbolos sólo de V ° y
posiblemente del vocabulario lógico."
Con lo cual las teorías científicas, supuestas axiomatizadas, y
teniendo en cuenta que en sus inferencias, razonamientos, dilemas, ejemplificaciones, etc., hacen uso de cierto aparato lógico L, mues-tran en cualquier caso una primera estructura, cuyas componentes principales serían: una lógico-matemática, que incluye las constan-tes y los funtores lógicos, pero también los números y el aparato
matemático utilizados (en el caso de la teoría de Newton el cálcu-lo diferencial), otra teórica, específica de la teoría, que incluye
30
tanto los términos teóricos (masa, fuerza, etc.) como las leyes de la teoría, las cuales se expresan por medio de dichos términos (leyes del movimiento, ley de gravitación, etc.), otra observacional, en la que se incluyen los fenómenos observables explicados por la teoría (movimiento de los astros, caída de los graves, etc.), y una de
intercorrespondencia de la componente teórica y la observacional,
que permite definir con criterio observacional los términos teóri-cos así como, recíprocamente, interpretar conforme a las leyes de la teoría los fenómenos (aparatos de medida y de observación, significado de los términos, etc.). La concepción heredada preten-día así tener una caracterización general de las teorías científicas más desarrolladas, corno la mecánica, la termodinámica, el elec-tromagnetismo, etc. La tercera exigencia (III) precisaba el requisi-to fisicalista, y de alguna manera también la tendencia a la unifica-ción de la ciencia por reducunifica-ción de todas las teorías científicas a lenguaje fisicalista.
Sin embargo, esta versión inicial de la concep¿ión heredada pronto iba a encontrarse con diversas dificultades, que afectaban a todas y cada una de sus cinco exigencias, con exceppión, quizá, de la cuarta, que fue la menos afectada por los debates ulteriores.
2.4. La axiomatización de teorías
La axiomatización de las teorías científicas tiene su primer paradig-ma en los Elementos de Euclides, con sus definiciones, nociones comunes y axiomas como punto de partida para la demostración de los teoremas propios de la geometría de aquella época. Pero en el siglo xix, a partir del descubrimiento de las geometrías no euclídeas, la autoevidencia de los axiomas, que siempre había sido una convicción ligada al axiomatismo more geometrico, va a desa-parecer por completo, suscitando profundos cambios en la propia concepción del método axiomático. Obras como la de Hertz en mecánica o la de Hilbert en geometría,9 pasaron a ser los nuevos
9. Véase H. HERTZ, Die Prinzipien der Mechanik (Leipzig, J. A. Barth, 1894), y D. HILBERT, Die Grundlagen der Geometrie (1930), de la cual existe traducción al castellano de F. Cebrián, Los fundamentos de la geometría (Madrid, Consejo Supe-rior de Investigaciones Científicas, Instituto Jorge Juan, 1953).
31 modelos de teorías axiomatizadas. En cuanto a los epistemólogos, acaso las posturas más claras a la hora de expresar ese cambio de concepción del método axiomático sea Poincaré, cuando en su
Ciencia e hipótesis afirma:
Los axiomas geométricos no son, pues, ni juicios sintéticos a priori ni hechos experimentales.
Son convenciones: nuestra elección entre todas las convenciones posi-bles está guiada por los hechos experimentales, pero permanece libre, y sólo está guiada por la necesidad de evitar toda contradicción [...]. En otros términos, los axiomas de la geometría no son sino definiciones
disfra-zadas.i°
El axiomatismo moderno no sólo no acepta la evidencia de los axiomas de las teorías, sino tampoco la intuitividad de los términos básicos de las mismas: para Hilbert los términos 'punto', 'recta', 'plano', etc., no tienen significado por sí mismos. Son conceptos indefinidos, que sólo cuando se combinan por medio de unos u otros axiomas comienzan a quedar implícitamente definidos. Esta-blecidas unas reglas de inferencia lógica, a partir de los axiomas puede deducirse una serie de teoremas, pero hasta este momento nada tiene significado; el cálculo es pura sintaxis. Únicamente cuando, una vez derivadas las expresiones bien formadas que pue-den inferirse de los axiomas y de los términos primitivos (no definidos), comenzamos a buscar interpretaciones de dicho cálculo formal, los términos comienzan a adquirir significado y los axio-mas pasan a ser verdaderos o falsos. Cada sistema axiomático puede poseer varios modelos o interpretaciones empíricas diferen-tes. La semántica de una teoría axiomatizada nos permite hablar de verdad o falsedad.
Si esta concepción del axiomatismo, que procede de las mate-máticas y de la lógica, se aplica a las ciencias empíricas, estamos en plena concepción heredada. Lo primero que hay que indagar en una teoría con contenido empírico es su estructura sintáctica, que consta de los siguientes elementos:
1) Los términos primitivos de la teoría, no definidos.
10. H. POINCARÉ, La science et l'hypotése (1902), traducida al castellano por A. B. Besio y J. Banfi, La ciencia y la hipótesis (Madrid, Espasa-Calpe, 1963,
3.a
edición), p. 57.