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Martini, Carlo Maria - Pan Para Un Pueblo

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Academic year: 2021

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Carlo Maria Martini

Pan para un pueblo

Índice

Presentación

CIEN PALABRAS DE COMUNION (Carta)

PAN PARA UN PUEBLO (Escuela de la Palabra)

I La actitud de fondo En presencia de Dios

Introducción

Los tres momentos de la acción Puntos de meditación y preguntas

II La palabra en el desierto

El silencio interior

Introducción

Curaciones con gestos y palabras y predicación del Reino Vivir de la Palabra

Preguntas para todos nosotros

III El pan para un pueblo La aridez en la oración

Introducción

La hora de la revelación y la incomprensión de los apóstoles El pueblo de Dios

El pan para un pueblo

Preguntas para todos nosotros

IV Pan partido y repartido La oración rítmica

Introducción

Una comunidad ordenada

La responsabilidad de los discípulos Conocer el misterio de Jesús

Preguntas para todos nosotros

V El gozo de compartir La contemplación

Introducción

«Los discípulos distribuyeron los panes entre la gente» «Comieron todos hasta saciarse»

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«Recogieron los trozos sobrantes: doce canastos llenos» Preguntas para todos nosotros

VI La comunidad de los santos

Introducción

Un cuadro pascual

Diversos tipos de comunidad de los santos El germen al pie de la cruz

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PRESENTACIÓN

Presentamos aquí las meditaciones de la Escuela de la Palabra que el Cardenal Arzobispo de Milán propuso en la catedral todos los primeros jueves de enero a junio de 1987, especialmente dirigidas a los miembros de los Consejos pastorales parroquiales.

Su publicación obedece a la favorable acogida que han obtenido no sólo en la diócesis, sino también en toda Italia y en otros muchos países, las recopilaciones de años anteriores.

Los encuentros consistieron en una relectura de los planes pastorales de la diócesis milanesa a partir de la maravillosa experiencia que supuso la Convención «Hacerse prójimo», celebrada en Assago en noviembre de 1986, a la luz del evangelio de Marcos.

Junto a su Arzobispo, los participantes en la Escuela de la Palabra recorrieron un camino contemplativo destinado a captar en toda su profundidad el misterio de Dios, que en Jesús se hace pan y alimento para la vida de su pueblo. De hecho, el tema de la Escuela era: «Pan

para un pueblo», abordado mediante la lectio divina del relato de la

multiplicación de los panes según san Mateo (14,13-21) y los pasajes paralelos de los otros evangelistas.

Los distintos encuentros se desarrollaron conforme al siguiente esquema: - la actitud de fondo

- la palabra en el desierto - pan para un pueblo - pan partido y repartido - el gozo del compartir

- la comunión de los santos.

La introducción a la oración de los cinco primeros jueves estuvo a cargo de don Domenico Ghinelli, párroco de una populosa barriada de Milán, y hemos querido que figure en estas páginas, al menos en sus puntos más sobresalientes, para dar una mejor idea del clima en que se desarrollaron los encuentros. (Estas introducciones figuran en letra cursiva al comienzo de cada una de las meditaciones). El último encuentro, el del mes de junio, contó también con la presencia de todos los jóvenes de la diócesis que a lo largo del semestre habían seguido por su cuenta, en diversas zonas de la archidiócesis, un itinerario vocacional, escuchando y meditando la Palabra de Dios con el deseo de comprenderse a sí mismos y las diversas modalidades del seguimiento de Cristo en el ámbito de la iglesia local.

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Querríamos subrayar que los planes pastorales diocesanos son (como perfectamente lo expresa el propio Cardenal Martini) «un reflejo de la Palabra de Dios» y «la aplicación a la vida de una iglesia local de dicha Palabra, que revela el misterio inefable de la Trinidad y lo traduce en las contingencias históricas cotidianas».

Por eso nos ha parecido de gran utilidad publicar al comienzo del libro la carta «Cien palabras de comunión», enviada por el Arzobispo el 10 de febrero de 1987 al clero y a los fieles, porque en ella se exponen, con brevedad y claridad, los principios de su acción pastoral y, consiguientemente, puede ayudar a saborear mejor las enseñanzas de la

Escuela de la Palabra.

Podrá observarse que el itinerario de los planes pastorales de la diócesis de Milán puede también ser visto bajo una perspectiva «mariana»: desde la dimensión contemplativa de la vida hasta el testimonio de la caridad que, fluyendo de las comunidades cristianas, se difunde hacia fuera para abarcar todas las realidades de la historia. Resuena aquí la invitación de Juan Pablo II a vivir el actual Año Mariano prestando especial atención a la interioridad de Nuestra Señora y a su capacidad para escuchar la Palabra, con el fin de participar en su vida de fe y de caridad y confiarle nuestras vicisitudes, las de nuestra Iglesia y 1as de todos los hombres y mujeres del mundo.

Confiamos estas páginas a la gracia del Espíritu Santo, para que quien las lea se sienta movido a asumir su responsabilidad en la construcción de la Iglesia: una Iglesia carente de toda belleza si no es capaz de reflejar la belleza única del rostro de Jesucristo; si no consigue ser el Arbol (según la expresión de Agustín) cuya raíz es la Pasión de Jesucristo; si su doctrina y su vida no anuncian con toda limpieza la verdad que es Jesucristo.

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CIEN PALABRAS DE COMUNIÓN

Carta

Leí en cierta ocasión que, al finalizar su visita pastoral a una determinada región, escribió san Carlos Borromeo una «carta de comunión de

intenciones». Se trataba de una carta en la que resumía una serie de

principios y normas de acción pastoral sobre los que solicitaba el consenso y la colaboración de todas las comunidades cristianas que había visitado.

Al concluir el séptimo año de mi estancia en la diócesis, me ha parecido oportuno redactar el esbozo de una parecida «Carta de comunión de

intenciones pastorales» y enviarlo a todos aquellos con quienes me he

encontrado en estos años y a todos los bautizados de la diócesis.

Se me podrá objetar que el contenido de una carta de tal naturaleza debería ser bastante amplio, mientras que yo querría escribir una carta breve y sencilla. De hecho, una «Carta de comunión» propiamente dicha tendría que apelar a Ios documentos fundantes de la fe y a los textos de la Tradición. Tendría que hacer referencia, ante todo, a la Sagrada Escritura, y en especial a los evangelios y a todo el Nuevo Testamento. También tendría que hacer referencia al Credo, o Símbolo de los Apóstoles, y a las afirmaciones dogmáticas de los concilios ecuménicos, entre los cuales, naturalmente, habría que conceder un lugar privilegiado al Vaticano II, que puede ser considerado como la verdadera y auténtica

«Carta de comunión de intenciones» para la pastoral de nuestros días. Y

todavía habría que hacer referencia al nuevo Código de Derecho Canónico, a nuestro XLVI Sínodo y a las recientes encíclicas de los Sumos Pontífices, especialmente a la «Redemptor hominis», que constituye la carta programática del pontificado de Juan Pablo II. Y, finalmente, habría que mencionar las cinco Cartas Pastorales de estos últimos años, que constituyen justamente un intento de extraer, del tesoro tradicional que hemos mencionado, una serie de líneas aplicables a la pastoral de nuestra iglesia en los años ochenta.

Ante la comprensible confusión que supone el reconsiderar todo este material, me he preguntado si no sería posible escribir una «Carta de

comunión de intenciones» que no excediera las dimensiones de una

tarjeta de visita y que respondiera a la siguiente pregunta: si tuviera usted que decir en cien palabras los principios fundamentales en que se apoya el itinerario pastoral que propone a nuestra iglesia, ¿cómo lo haría? Se trata, pues, de elaborar un breve resumen que no repita cuanto se dice en los citados documentos, sino que se limite a hacer resaltar aquellas líneas que, por así decirlo, constituyen el fundamento próximo del edificio

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que estamos construyendo. Se trata de responder a la pregunta: teniendo como trasfondo la Escritura, la Tradición, los Concilios, etc., ¿podría decirnos en unas cuantas líneas qué principios de acción considera más importantes para una comunión de intenciones con su clero y con sus fieles?

Naturalmente, para respetar la brevedad que permite una tarjeta de visita y, a pesar de ello, decir algo que no sea una simple lista de temas, sino que posea la fuerza de un mensaje, tengo que recurrir al lenguaje parabólico. Y hay precisamente una parábola de Jesús que se adapta perfectamente a este propósito y que está precisamente formulada en cien palabras (para ser más exactos, digamos que en el texto griego de

Mc 4,3-8 contiene justamente noventa y ocho palabras): la parábola del

sembrador.

Voy a limitarme, pues, a una breve interpretación de dicha parábola en el sentido indicado: trazando una serie de coordenadas fundamentales sobre las que, personalmente, me resulta de decisiva importancia la comunión de intenciones del pueblo de Dios que está en Milán.

¿Qué hombre?

La parábola contiene lo que podría llamarse un «esbozo de antropología pastoral». Es decir, no se trata de una antropología elaborada, tal como se enseña en las facultades de teología, sino de unas cuantas alusiones al tipo de hombre que presupone un determinado itinerario pastoral. Y este hombre lo presenta la parábola a través de la imagen del terreno en el que cae la simiente, a través

de las diversas configuraciones y situaciones de dicho terreno y a través de la capacidad del mismo para recibir la simiente y hacerla germinar hasta su completa maduración.

El terreno es el hombre, la humanidad, cada uno de los hombres, cada uno de nosotros...

Nosotros somos la tierra que aguarda la simiente, una tierra rica en posibilidades y en sustancias vitales, una tierra rociada por las lluvias y regada por los ríos, una tierra lombarda enriquecida a lo largo de su historia por innumerables dones del Señor.

La tierra, pues, significa el hombre, nuestra gente, dispuesta a recibir la simiente de la Palabra de Dios, capaz de acogerla y de hacerla fructificar. La tierra sin simiente es tierra pobre e infecunda; la tierra sembrada puede trocarse en un frondoso jardín.

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mismo modo que la tierra se realiza recibiendo la simiente.

Traducido a términos pastorales: el hombre ha sido hecho para acoger la Palabra; el hombre es capaz de acoger la Palabra; el hombre da fruto en la medida en que sepa acoger la Palabra, en la medida de su fe. No se puede obligar al hombre a hacer el bien, y es inútil pretender doblegar su libertad con medios externos; únicamente la siembra abundante de la Palabra hace posible esperar el fruto. Por lo demás, no existe persona que, por naturaleza, sea absolutamente impenetrable a la Palabra. Ni existen tampoco personas verdaderamente «irrecuperables» mientras se encuentren en el terreno de la vida.

La simiente y el terreno

Veamos ahora el otro elemento simbólico de la parábola: la simiente. Como dice el propio Jesús: «La simiente es la Palabra de Dios» (Lc

8,11). El verdadero protagonista de toda esta historia es la Palabra. La

Palabra sembrada, la Palabra pisoteada, la Palabra sofocada, la Palabra disipada, la Palabra acogida y que hunde sus raíces en la

tierra para, más tarde, germinar y llegar a producir el ciento por uno. Esta Palabra no es simplemente algo extrínseco, algo añadido al hombre, algo de lo que el hombre pueda prescindir. Terreno y simiente han sido creados el uno para el otro. No tiene sentido pensar en la simiente sin tener en cuenta su relación con el terreno; y este último, sin la simiente, es un desierto inhóspito. Hablando sin metáforas: el hombre, tal como lo conocemos, se convierte en estepa árida, en torre de Babel, si corta toda su relación con la Palabra.

Defender la relación del hombre con la Palabra significa, pues, defender sencillamente al hombre, sus espacios de expresividad y de relación auténtica, sus horizontes de sentido.

Ser cristiano significa haber reconocido la primacía y la importancia decisiva de esta Palabra. Significa reconocer que ésta se encuentra en actividad desde el origen del mundo, y que llega a nosotros y nos interpreta en cada momento de nuestra peripecia humana.

Pero la Palabra es para el terreno. Su eficacia se manifiesta no en abstracto, sino suscitando, interpretando, purificando y salvando las vicisitudes históricas de la libertad humana. La Palabra se encuentra y se entrecruza con las aspiraciones del hombre, con sus problemas, sus pecados, sus ansias de salvación y sus realizaciones en el campo personal y social.

El verdadero protagonista de la acción pastoral, por lo tanto, es la Palabra: toda la historia del itinerario pastoral de una comunidad es la

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historia no tanto de sus realizaciones externas, de sus reuniones, de sus congresos, de sus procesiones o de sus iniciativas, sino de la siembra abundante y repetida de la Palabra y de la solicitud para que ésta encuentre las condiciones necesarias para ser acogida.

La Palabra hecha hombre

¿Quién es esta Palabra? Sé que a más de uno le resulta difícil comprender este lenguaje, porque nos dice que hay que hablar únicamente de Jesús, no de la Palabra. Y estoy plenamente de acuerdo, con tal de que entendamos a Jesús precisamente como «la Palabra que se hizo hombre y habitó entre nosotros» y tengamos en cuenta que esta Palabra fue preparada y anunciada por las palabras de los profetas, resuena en las palabras de los evangelistas y de los apóstoles y se hace presente en la palabra de la Iglesia, tanto a través del anuncio y del magisterio como a través de la celebración litúrgica.

La centralidad y la unicidad de Jesucristo constituyen también, de hecho, la «singularidad» de Jesucristo, es decir, que Jesús no es cualquier ideal religioso, ni siquiera el más elevado, ni es tampoco una personalidad profética de tantas, sino «ese Jesús a quien vosotros habéis asesinado y que ha sido resucitado de entre los muertos» (cf. Hch 2,23-32). Es este Jesús crucificado y resucitado el que se halla presente en la liturgia eucarística y alimenta a los fieles con su cuerpo y su sangre. Hablar de «este Jesús» significa referirse a aquel Jesús a quien únicamente podemos conocer a través de la predicación y la palabra de la Iglesia, la cual se apoya y se refiere totalmente a la predicación del Nuevo Testamento, a las palabras y los gestos de Jesús que refieren los evangelios y a las palabras de la Escritura en general que lo anuncian y lo explican. ¿Qué sabes tú de Jesucristo, tú que a lo mejor te llamas «cristiano comprometido» y jamás has leído a fondo los evangelios ni los meditas a diario ni has aprendido aún el método de la «lectio divina»? Escucha lo que te dice el Concilio: «Todos los cristianos aprendan "el sublime conocimiento de Jesucristo" (F1p 3,8) con la lectura frecuente de las divinas Escrituras. Porque el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo» (cf. Dei Verbum 25). No es posible, pues, recia t. a Jesucristo y permitirle hacerse hombre en la tierra de nuestro corazón sin hacer referencia continua a su Palabra y a las palabras inspiradas que hablan de él. No hay que separar a Jesús de su Palabra, ni de su Cuerpo y Sangre, del mismo modo que no hay que separar a Cristo del Padre y del Espíritu Santo. Quien pretenda efectuar semejantes separaciones no posee el Espíritu de Jesús.

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Sintetizando algunos de los puntos fundamentales que subyacen al itinerario indicado en las Cartas Pastorales, diría, pues, lo siguiente:

1. El hombre ha sido hecho por la Palabra y se encuentra a sí mismo en la escucha de la Palabra.

2. El hombre, consiguientemente, es merecedor del máximo respeto y ha de ser constantemente servido con esmero y dedicación, ayudándole a encontrar la verdad de sí mismo y su propia autenticidad.

3. La «contemplación» es la dimensión ideal y necesaria para la acogida de la Palabra, para lo cual hay que eliminar las piedras, las espinas, la disipación...

4. La Palabra hunde sus raíces en el «corazón», es decir, en lo más íntimo de la persona, en el lugar de sus decisiones más profundas y auténticamente humanas. Por eso el verdadero itinerario cristiano es un itinerario de interioridad y de convicciones, y no sólo de gestos y costumbres. Los gestos y las costumbres sólo son útiles si nacen de un convencimiento interior y saben expresarlo, encarnarlo e irradiarlo. No hay cristianismo posible sin libre convencimiento interior.

Esta última afirmación me llevaría a un más amplio discurso que, como sabéis, me preocupa mucho, pero que aquí sólo puedo insinuar, porque lo he desarrollado en otras ocasiones a lo largo de estos años. Me refiero al principio agustiniano del «maestro interior» y al principio «espiritual» que preside todo el obrar del cristiano, según la lapidaria sentencia de Tomás de Aquino: «la ley del Nuevo Testamento consiste, ante todo, en el Espíritu Santo». Es, pues, el Espíritu Santo quien, penetrando en lo más íntimo del hombre mediante la Palabra inspirada proclamada por la Iglesia y con el rocío de su gracia, genera al hombre interior. El cristiano es el que vive según el Espíritu; y la comunidad de los creyentes es suscitada por el Espíritu de Dios, que la hace obrar en la historia a imitación de Jesús. Pero aquí estamos entrando ya en el segundo momento de la parábola, el más propiamente eclesiológico.

Para un esbozo de «eclesiología pastoral».

La parábola del sembrador se ha interpretado siempre en un sentido antropológico: se trataría de la historia de la Palabra sembrada en los corazones de los hombres. Cada persona reaccionaría a su modo, según las diversas vicisitudes simbólicamente representadas por el camino, las espinas, la tierra pedregosa y la tierra buena. El hombre sería juzgado conforme a su modo de responder a la Palabra.

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Pero la parábola puede también ser leída pensando en la humanidad que se hace Iglesia. No se trataría de otra lectura, sino de la misma lectura antropológica ampliada en clave eclesiológica, según una continuidad muy propia del Nuevo Testamento. Puede ser desarrollada teniendo presente su relación con las parábolas afines de «la semilla que crece por sí sola» (Mc 4,26-29) y del «grano de mostaza» (Mc 4,30-32).

La Iglesia es la respuesta global del campo a la siembra de la Palabra: «La simiente sembrada en buena tierra son los que escuchan la Palabra, la reciben y dan fruto, unos treinta, otros sesenta, otros cien...» (Mc

4,20).

Si queremos considerar más de cerca la peripecia unitaria de este crecer y fructificar de la simiente, lo tenemos en Mc 4,26-29, donde se dice que «la semilla florece y germina» y que «la tierra da fruto por sí sola, primero hierba, luego espiga y, más tarde, trigo abundante en la espiga». A esta imagen se añade la del grano de mostaza (Mc 4,30-32), que «es la más pequeña de todas las semillas que se siembran en la tierra; pero, una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas, y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra». Yo diría, sencillamente, lo siguiente: alimentado por la Palabra, el árbol de la Iglesia crece frondoso. Si lo comparamos con un grano de trigo, culmina en una espiga maravillosa: la Eucaristía, culmen de la vida de la Iglesia y síntesis de toda su vitalidad. La espiga está formada por granos de trigo dispuestos, a su vez, a ser nuevamente diseminados, o bien a ser molidos y convertirse en pan para el hombre. Pues bien, el fruto de la Eucaristía y el término operativo de la acción de la Iglesia es la misión y la caridad.

Es la caridad la que hace de la Iglesia un árbol visible y acogedor, dispuesto a acoger bajo su sombra a todas las lenguas y a todas las culturas.

Aquí se abriría la posibilidad de expresar cuál es la verdadera imagen de la Iglesia (generada y constantemente regenerada por la Palabra), que tiene su centro y su forma en la Pascua del Señor, en la Eucaristía; que da sus frutos, hasta el ciento por uno, en la misión y en la caridad. También sería éste el lugar de considerar, dentro del único árbol de la Iglesia, la abundancia de agrupaciones y movimientos que actúan en ella y que poseen una función ministerial, referida al conjunto del cuerpo, para el servicio del bien general, y ello tanto en el ámbito de la Iglesia universal como en el de la iglesia local.

Pero ya he hablado muchas veces de esta imagen de la Iglesia, concretamente en las Cartas Pastorales de todos estos años; y también ha aparecido en los diversos eventos que hemos celebrado juntos, desde el Congreso Eucarístico hasta la Convención Catequística de Busto Arsizio o la Convención de Assago sobre «Hacerse prójimo». Además, ya hice referencia a esta imagen de la Iglesia en la carta que dirigí a la

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diócesis en el primer aniversario de mi entrada en Milán, el 10 de febrero de 1981.

Sobre el punto concreto de la ministerialidad de las agrupaciones y movimientos, convendrá que volvamos una vez que el Sínodo, ya inminente, haya indicado las líneas válidas para toda la Iglesia.

Una carta de comunión para todos

Considero, pues, que una «Carta de comunión» que pretenda expresarse en pocas palabras puede concluir aquí.

El compromiso de obrar en comunión de intenciones pastorales en todos los campos que hemos evocado es lo que nos hace a todos discípulos obedientes del Señor Jesús.

Esta obediencia deseo pedírsela a todos los bautizados de la diócesis, sin distinción. De hecho, en la iglesia local viven y trabajan todos los fieles presentes en ella: presbíteros, religiosos, laicos, asociaciones y grupos. El único espacio eclesial en el que todos ellos han sido llamados a expresarse y a servir es el de esta iglesia, la cual, a su vez, se halla en comunión con la iglesia de Roma y con todas las demás iglesias católicas de la tierra. Incluso quienes sirven en ministerios orientados a la comunión misionera con otras iglesias y con la Iglesia universal, en cuanto que viven en esta realidad local, es a ella a la que sirven y edifican en la fe y en la caridad. Todos están llamados a ser miembros vivos y vivificantes de esta realidad territorial, signos y fermentos evangélicos en este campo que es la iglesia diocesana de Milán. Que cada cual camine conforme a su carisma y a su inspiración interior, pero dirigiendo su atención a aquellas metas eclesiales que se proponen a la mirada contemplativa y al propósito operativo de todos.

Nadie permita que el centro de su atención y de su contemplación se aparte de las realidades verdaderamente esenciales y ciertas, como son la Palabra de Dios, la Eucaristía y el Espíritu Santo, para orientarse a proyectos o visiones parciales; ni preste nadie su adhesión, antes de ser aprobados por la Iglesia, a supuestas revelaciones o mensajes que pueden hacer perder de vista el papel central de la fe en el camino del cristiano. Es de especial importancia no confundir el grano con la cizaña, aunque ésta jamás dejará de estar presente en el campo de la Iglesia. Que el Señor nos conceda saber caminar juntos hacia la meta común, en plena comunión de intenciones y saboreando de antemano el inmenso gozo ocasionado por la cosecha mesiánica del ciento por uno.

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I

LA ACTITUD DE FONDO

En presencia de Dios

Estos encuentros que pretendemos vivir juntos llevan el nombre de

«Escuela de la Palabra». Como sabéis, se trata de un ejercicio de

interiorización, de un itinerario metódicamente ordenado (conforme, por lo tanto, a unos métodos y a unas normas muy claras) al contacto vivo con la Palabra de Dios que es Cristo. Un contacto personal y vivo con Jesús que nos lleve a responder con generosidad a sus exigencias de conversión y de edificación de nuestras comunidades cristianas.

Debemos predisponernos a través de la oración, que es algo que jamás puede improvisarse. De hecho, la oración exige una serie de condiciones para que pueda efectuarse el paso, de un plano puramente especulativo, a una auténtica experiencia del Señor.

En su realidad más profunda, la oración es la participación en la vida filial de Jesús, el eterno orante del Padre. Naturalmente, el tomar conciencia de esta participación es un don, porque no somos nosotros los que buscamos al Padre, sino que es él quien toma la iniciativa de buscarnos y dirigirse a nosotros. Sin embargo, sí podemos implorar este don, y de vez en cuando trataré de sugerir algún aspecto o actitud necesaria para acogerlo.

Esta noche vamos a detenernos brevemente en esa actitud de fondo que consiste en ponerse en la presencia de Dios.

Me pongo en la presencia de Dios dejándome invadir por una especie de enorme reverencia, sintiendo una amorosa dependencia de él, acompañada de una sincera humildad adorante.

La reverencia y la humildad son indispensables para relacionarse con Aquel que lo es todo: el creador, el eterno, el inmutable, el altísimo, el todopoderoso... Nos viene aquí a la mente el estupor y el asombro de que están impregnadas las palabras de los salmistas, de los profetas y de los propios Apóstoles. San Agustín, de cuyo bautismo celebramos este año el XVI centenario, explicará su tardanza en convertirse del siguiente modo: «No tenía aún la suficiente humildad como para poseer a mi Dios» (Confesiones, VII, 18. 24).

La reverencia y la humildad son actitudes que engrandecen al hombre y dan razón de la verdadera dignidad, que consiste en haber sido querido, pensado y amado desde toda la eternidad por aquel Dios de quien el

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propio hombre resulta ser el más genuino reflejo.

Precisamente por ello, reverencia y humildad se transforman también en temor filial, es decir, en preocupación por no ofender ni disgustara un Padre de infinita ternura.

La experiencia de la oración cristiana es, pues, una maravillosa aventura de amor que nos hace llegar progresivamente a la contemplación de la belleza y la bondad divinas.

No podemos entrar en ella de un modo apresurado o distraído, sino que (como nos enseñan la Escritura y el ejemplo de los santos) debemos prepararnos a ella con seriedad y tranquilidad. En el Seminario, para prepararnos a la oración, empleábamos una fórmula que podemos hacer nuestra no sólo para estos encuentros de la «Escuela de la Palabra», sino también para todas las ocasiones en que nos demos a la oración, tanto personal como comunitaria y litúrgica.

Adoro, Señor, tu divina majestad, en cuya presencia me encuentro. Te

pido humildemente perdón por mis pecados y la gracia de obtener fruto de la meditación que voy a hacer, para mayor honor de tu gloria y santificación de mi alma.

Introducción

Reiniciamos hoy la Escuela de la Palabra, que, como ha quedado perfectamente explicado, es un ejercicio de interiorización de la Palabra de Dios, alimento y pan para nuestra vida.

Y alimento también, por consiguiente, para la vida de los Consejos pastorales parroquiales (instrumento privilegiado para la edificación de la comunidad), a los que va especialmente dirigida la oferta de estos encuentros, a través de los cuales se ofrece el pan de la Palabra a todo el pueblo de Dios que está en Milán. Se trata, como dice el título que hemos dado al itinerario de este año, del pan para un pueblo.

El pasaje evangélico sobre el que vamos a meditar es el relato de la

multiplicación de los panes, tan rico en significados que escapaz de

abarcar la tierra, el cielo y la historia entera.

A la luz de esta página del Nuevo Testamento trataremos de leer una síntesis de los programas pastorales que concluyeron en noviembre de 1986 con la celebración de la Convención «Hacerse prójimo».

En las anteriores Escuelas de la Palabra veíamos cómo la Biblia es la narración, por boca dé Dios, de su propio misterio. Por eso el reflexionar

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sobre nuestro itinerario pastoral con la ayuda de un pasaje evangélico impedirá que se banalicen o se minimicen los programas, que, de hecho, podrían ser tomados como algo cuya importancia se reconoce, pero sin llegar a hacerlos operativos; o bien, como si se tratara de una receta práctica para obtener un éxito pastoral; o incluso podrían ser tomados como un distintivo (como una insignia que se coloca en la solapa) que indique la pertenencia a una parroquia o a un grupo de esta iglesia diocesana.

A lo que se nos llama, por el contrario, es a leer en los planes pastorales, como en cualquier otra expresión autorizada de la jerarquía, un reflejo de la Palabra de Dios, la única que nos sostiene, nos anima, nos alienta y nos hace comprender que el Señor se halla dentro de nosotros. ¡Porque tú, Señor, estás de nuestro lado, quieres hacer una alianza con nosotros y solicitas nuestra colaboración para la obra de tu Reino!

Los programas pastorales son, pues, un modo de repetir las realidades fundamentales:

l que Dios misericordioso nos libera de nuestra angustia, nos hace

partícipes de la libertad de espíritu de Jesús y nos invita a confiarnos, en cualquier circunstancia, al misterio del Padre y a movernos con desenvoltura, como hombres y mujeres libres, en el mundo y en la historia;

l que Dios nos exhorta a que, olvidándonos de nosotros mismos,

amemos a quienes son hijos de un mismo Padre con ese amor tierno y valeroso que resplandece en las obras, en la vida y en la muerte del Señor Jesús.

En otras palabras: los programas pastorales son la aplicación al itinerario de una diócesis de la Palabra divina, la cual revela el misterio inexpresable de la Trinidad y lo traduce en las contingencias históricas cotidianas.

Los tres momentos de la acción

Vamos a referirnos, sobre todo, al relato de la multiplicación de los panes según san Mateo, pero teniendo en cuenta la sinopsis. Esta noche consideraremos los dos primeros versículos del pasaje:

«Al oírlo Jesús, se retiró de allí en una barca, aparte, a un lugar solitario. En cuanto lo supieron las gentes, salieron de las ciudades y fueron tras él a pie. Y al desembarcar, vio a mucha gente, y sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos» (Mt14,13-14).

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l Jesús se retira; l la gente lo busca;

l Jesús lo ve y se conmueve.

Ante todo, vamos a escuchar de nuevo y a examinar esos tres momentos. Más tarde, y haciéndonos una serie de preguntas, meditaremos lo que aquí se nos refiere. Por último, vendrá el momento de la contemplación, contemplación, en el que adoraremos a Jesús silenciosamente delante de la Eucaristía.

1. «Al oírlo Jesús, se retiró de allí en una barca, aparte, a un lugar

solitario» (Mt 14,13a).

La acción central que aquí se proclama es el hecho de retirarse de Jesús. La raíz del verbo griego empleado es precisamente la de la palabra «anacoreta», que designa a quien vive en el desierto.

Son muchas las veces que, en el evangelio de Mateo, Jesús «se retira». Por ejemplo, cuando sobreviene la persecución de Herodes, «Jesús se retiró a Egipto» (2,14); cuando Juan Bautista es encarcelado, «Jesús se retiró a Galilea» (4,12); cuando los fariseos tratan de prenderlo, tras haber curado Jesús al hombre de la mano paralizada, «Jesús se retiró» (12,15).

Evidentemente, Jesús tenía la costumbre de practicar el «anacoretismo», de retirarse.

• ¿Por qué se retira Jesús? ¿Cuál es, en este pasaje, el motivo inmediato

por el que se dirige a un lugar desierto? El primer motivo lo indica el propio evangelista: «Al oírlo Jesús...», es decir, al enterarse de la trágica noticia de la ejecución de su gran amigo Juan Bautista. Un acontecimiento doloroso mueve a Jesús a retirarse aparte durante un cierto tiempo.

Un segundo motivo, más específico, podemos deducirlo del relato

paralelo de Marcos, que comienza hablando del regreso de los apóstoles de su primera misión apostólica: «Y se reúnen los apóstoles con Jesús y le anunciaron todo cuanto habían hecho y enseñado. Y él les dice: "Venid aparte vosotros a un lugar solitario y descansad un poco"» (Mc 6,30-31). De hecho, había una considerable confusión, porque la gente iba y venía, y los apóstoles no tenían tiempo ni para comer.

Son dos, por tanto, los motivos que nos indica la narración evangélica: uno se refiere a Jesús y a su necesidad de silencio y de oración tras haberse enterado de la violenta muerte del Bautista. También a nosotros nos ocurre, cuando se muere una persona querida o nos impresiona un determinado hecho, que sentimos necesidad de retirarnos a reflexionar, a

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llorar en silencio o, simplemente, a estar solos.

El otro motivo se refiere a los apóstoles, que están cansados y con los nervios de punta por la labor realizada, y se encuentran al borde del agotamiento. Jesús les invita a retirarse a un lugar solitario para impedir que se afanen en exceso y se dejen atrapar por el engranaje del activismo excesivo.

• ¿Adónde se retira Jesús? Es interesante observar que en el pasaje se

repite por dos veces la misma idea: «aparte, a un lugar solitario».

La expresión griega katídian significa, simplemente, retirarse, sin más connotaciones.

Puede uno retirarse en su propia casa, encerrándose en una habitación. Pero Jesús busca el retiro en el desierto, tal vez para librarse de cualquier visita imprevista; los evangelistas subrayan el hecho de que Jesús se retira a un lugar donde, casi con toda seguridad, no se va a ver condicionado por ninguna otra presencia. De hecho, sabemos que la multitud fue en su busca, pero Jesús desea de veras tener un momento de silencio, para sí y para los suyos, en un lugar tranquilo.

Ya aquí podemos admirar el valor de Jesús, porque también nosotros sentimos a menudo ese mismo deseo y, sin embargo, nunca lo hacemos realidad. Jesús lo desea eficazmente, a pesar de que la gente lo busque con insistencia, y probablemente muchas personas se sentirían molestas y desilusionadas. Pero Jesús considera que en aquel momento es absolutamente necesario retirarse.

• ¿Qué hace Jesús en el desierto? El final del relato, que no hemos incluido en el pasaje elegido para nuestras meditaciones, lo explicita: luego de la multiplicación de los panes, Jesús, «después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Al atardecer estaba solo allí» (Mt

14,23).

La soledad de Jesús, que se menciona al comienzo y al final del relato, es para nosotros una advertencia que nos indica la suprema importancia de esta dimensión para nuestra vida.

2. «En cuanto lo supieron las gentes, salieron de las ciudades y fueron

tras él a pie» (Mt 14,13b).

La gente busca a Jesús, inquiere, se informa y consigue enterarse, quizá por alguna indiscreción, de adónde ha ido.

Y a pie (arrostrando el cansancio, por lo tanto) sale de las ciudades (en las que hay de todo) y se adentra en el desierto únicamente para tener la

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oportunidad de escucharlo y vivir un instante con él.

3. En el tercer momento, Jesús lo ve y se conmueve: «Y al desembarcar, vio a mucha gente, y sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos» (Mt 14,14).

No es difícil recordar otros episodios que conocemos perfectamente: lo

vio y se conmovió. Es la descripción de la reacción del samaritano ante el

herido, tan diferente de la reacción del levita y la del sacerdote, que lo vieron y, fingiendo no haberlo visto, pasaron de largo (cf. Lc 10,25-37). Jesús lo vio y se dejó invadir por la conmoción y la compasión: lo mismo le había sucedido ante el hijo muerto de la viuda de Naim (Lc 7,11-15) y ante el leproso (Mc 1,40-42); y se refiere a sí mismo cuando habla precisamente del samaritano.

A pesar de verse obstaculizado en su búsqueda de silencio y de soledad, no pierde los nervios ni se deja invadir por la cólera.

Se había retirado por un acto de amor, y por eso puede pasar con libertad, de dicha búsqueda, al encuentro con la gente. Es la misma historia de amor por la que, en el silencio, vive el contacto con el Padre por causa de sus hermanos.

Nosotros, en cambio, cuando nos retiramos únicamente por nuestra comodidad, por mero deseo de tranquilidad, nos enojamos facilísimamente si se le ocurre a alguien venir a pedirnos algo.

Puntos de meditación y preguntas

A partir de las palabras evangélicas podemos hacer una serie de preguntas:

• El gesto de Jesús de retirarse aparte nos interpela. ¿En qué consiste mi

retirarme al silencio? ¿Qué puede significar para mí el saber retirarme en el momento apropiado?

Tal vez para algunos de nosotros signifique no dejarnos arrastrar por la maquinaria de los compromisos y tener al menos el valor de efectuar de vez en cuando una breve pausa. La cola del metro o del autobús, la espera de una persona que llega tarde, son ocasiones que debemos saber aprovechar.

O, tal vez, podemos también tratar de interrumpir la lectura de un libro o de un periódico para acostumbrarnos a las pausas, a detenernos un momento.

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Pero, de ese valor de saber hacer breves pausas, debemos pasar a hacerlas más prolongadas: un rato de oración, la lectura del Evangelio por la mañana o por la noche, un cuarto de hora de meditación diaria... Poco a poco llegaremos a ser capaces de hacer un día entero de retiro, dos o tres días, o incluso una semana de Ejercicios.

Este es nuestro modo de imitar a Jesús, que se retira a solas, aparte, para orar.

Una segunda pregunta: ¿forma parte de mi actitud de fondo el retirarme? ¿Poseemos la virtud contemplativa que hemos tratado de promover desde nuestra primera Carta pastoral, «La dimensión contemplativa de la

vida»? ¿O somos, por el contrario, personas que nos dejamos arrastrar

con facilidad y, consiguientemente, andamos siempre afanados, nerviosos, descontentos, sin encontrar tiempo para estar en silencio y detenernos delante del Señor? ¿Somos, quizá, de los que siempre andan diciendo: «¡Qué bueno sería tener un poco de tiempo libre...! ¡Cómo envidio a los que lo tienen...!»?

Pero si ese tiempo lo encuentra el propio Jesús, que tiene la misión de salvar a la humanidad, ¿por qué no lo encontramos nosotros?

Naturalmente, el deber de retirarse a un lugar apartado es propio también de los Consejos pastorales. Ante todo, creo que para los miembros de tales Consejos la imitación de Jesús significa no dejarse «envenenar» por una discusión, como tantas veces ocurre. Se empieza dialogando; luego aparece la pasión, todo el mundo quiere tener razón... ¡y al final las palabras son como dardos!

¡Qué útil sería, en cambio, efectuar una pausa para comprender de veras la importancia de lo que se está diciendo, el motivo de la discusión, la necesidad del compromiso...! Pienso, concretamente, en unas breves interrupciones que permitan recuperar el control y ser objetivos.

Hay que tener, pues, el valor de crear espacios intermedios de auténtico silencio. Cuando me reúno con un Consejo pastoral y rezamos la oración inicial, enseguida me doy cuenta de si la oración se hace con reposo y tranquilidad o si, por el contrario, no pasa de ser un mero recitado de palabras, un puro trámite, para enzarzarse lo antes posible en la discusión. En tal caso, la oración no tiene la dimensión de retiro ni de respiración contemplativa.

Y, por supuesto, se necesitan también las pausas prolongadas: los Consejos pastorales deberían programar un día de retiro al comienzo de cada año para pensar en las opciones pastorales, que habrán de hacerse en un clima de oración; otro día, al final del año, para reflexionar acerca de lo realizado; y alguna que otra tarde a lo largo del año, con ocasión de los «momentos fuertes» de la labor pastoral de la parroquia.

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Sugiero la siguiente pregunta: ¿forma parte de la actitud constante de mi Consejo pastoral la capacidad de retirarse, como hacía Jesús? ¿Salimos de las reuniones turbados, angustiados y frustrados o, por el contrario, serenos, tranquilos y apaciguados?

• Nuestra meditación se dirige ahora al segundo momento de la acción: la

gente que busca, que se informa, que sigue a Jesús.

¿Por qué sigue a Jesús esta gente dejando la seguridad de las ciudades y haciendo el sacrificio de andar a pie? ¿Por qué escucha la llamada del desierto?

Pienso que el motivo radica en el hecho de que la gente confía en que el estar con Jesús, el permanecer en silencio junto a él o el dialogar con él no es una ocupación vana; esa gente confía en que algo ha de suceder. En cambio, los encuentros y diálogos entre nosotros son a menudo puramente formales y no conducen a ningún tipo de cambio. A veces resulta frustrante vivir determinadas situaciones sabiendo que todo va a continuar exactamente igual que antes. Con Jesús, sin embargo, sucede algo, porque Jesús es Dios, Creador y Señor, y alimenta nuestro espíritu: sus palabras son Espíritu y Vida.

Con Jesús hay algo que esperar, y es con esta actitud de fe como debemos entrar en la oración.

Entonces comprenderemos que también en nuestra vida puede producirse un acontecimiento nuevo que, si tenemos confianza, habrá de cambiarnos; aprenderemos que en nuestros encuentros puede haber hechos verdaderos, gente que camina, progresos en la caridad...

• Por último, nos interrogamos sobre el tercer momento: Jesús mira y se

conmueve.

Cuando conseguimos dejar de acostumbrarnos a la realidad, perdemos esa pátina de grisura y de rutina con la que solemos ver a los demás y el propio correr de los días. Entonces adquirimos la capacidad de experimentar el estupor, el asombro y la compasión. Nos hacemos como niños, y nos resultan hermosos los colores, los pequeños gestos, los distintos acontecimientos... Caemos en la cuenta de si una persona sufre, y nos preguntamos cómo ayudarla. Y es que en el corazón contemplativo se hace presente la solicitud, la capacidad de mirar como Jesús, de conmoverse y de dejarse implicar con amor.

¿Cómo miro a los demás? Esta es la pregunta que cada cual puede hacerse a sí mismo.

¿Miro a los demás con apresuramiento, distraídamente, pensando exclusivamente en mí, como si tuviera los oídos tapados con unos

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auriculares para escuchar tan sólo lo que quiero oír, como si tuviese los ojos vendados para ver únicamente lo que me agrada?

¿Cómo miro a los demás: con confianza o con nerviosismo, con ternura o con dureza, con interés o con aburrimiento?

«Y al desembarcar, vio a mucha gente, y sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos» (Mt 14,14).

«Señor, si nos permitieras participar en tu retirada al desierto, en tu silencio y en tu oración; si nos dieras, como a la muchedumbre, la confianza en que estando contigo siempre sucederá algo, porque tú hablas con la verdad; si nos hicieras capaces de mirar a los demás como tú los miras y participar en tu compasión... entonces también nosotros podríamos sanar. Primero, Señor, sanarnos a nosotros mismos de nuestro nerviosismo, de nuestro cansancio y nuestra angustia, de nuestro miedo a la vida, de nuestra árida soledad.

Y luego, Señor, sanar a nuestros hermanos, del mismo modo que tú sanaste a los enfermos en el desierto, después de tu momento de silencio, mirando con infinito amor a cuantos te rodeaban.

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II

LA PALABRA EN EL DESIERTO

El silencio interior

La oración, a pesar de ser un don, es también un arte, y exige conocer «los secretos del oficio» para poder entrar en ella, antes incluso de experimentarla como encuentro personal con el Señor.

Una actitud de fondo que yo querría sugerir esta noche, además de la de ponerse en la presencia de Dios, es la del silencio interior, a lo cual nos invita explícitamente Jesús: «Tú, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto» (Mt 6,5).

Incluso a un nivel puramente humano, podemos constatar cómo las distracciones y el parloteo no facilitan la reflexión.

En nuestro caso, para que el silencio sea fecundo es menester liberarse de las múltiples preocupaciones y de los afanes y agitaciones de ánimo inútiles. De hecho, la oración guarda una relación íntima con la capacidad de poner el corazón a la escucha de la Palabra divina y de descubrir el eco de la voz de Dios, con el fin de recibir y vivir los influjos de su gracia.

A esta auténtica experiencia del Señor alude Job cuando dice: «Yo te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos» (Job 42,5).

En el silencio, el hombre descubre o se hace más consciente de los inmensos valores y los misterios que habitan lo más profundo de su ser. Sin esta actitud corremos el peligro de quedarnos permanentemente en los umbrales de la oración, incapaces de entrar en ella y de dejarnos conmover por la presencia, las palabras, los sentimientos y las provocaciones de Jesús.

Es en el silencio donde han madurado las más bellas vocaciones, precisamente porque el silencio es el lugar privilegiado para acoger a Dios como amor vivo que llama e interpela.

Quizá recordéis lo que se cuenta del pequeño Guido de Fongallans, el cual, cuando su madre le pregunta qué es lo que ha pedido a Jesús el día de su primera comunión, responde: «Yo... no he pedido nada... Ha sido él, Jesús, quien me ha hablado, y yo le he escuchado y me he

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limitado a decirle "sí"».

El del silencio es un ejercicio que no debemos cansarnos de practicar y que podemos hacer nuestro cada vez mejor respondiendo, por ejemplo, a las reiteradas invitaciones a participar en los retiros espirituales, en Ejercicios, en experiencias «de desierto»... O también estableciendo un tiempo determinado cada día, aunque sea breve, en el que aislarnos de todo y de todos para habituarnos a crear zonas de silencio antes de la oración vocal e incluso antes de hacer el signo de la Cruz.

De especial utilidad puede ser repasar la Carta pastoral titulada «La

dimensión contemplativa de la vida» (8 de septiembre de 1980).

El Salmo 94, que en breve vamos a recitar, expresa en síntesis cuanto hemos dicho hasta ahora:

-ante todo, la adoración. Adoramos a Dios, creador del cielo y de la tierra, que nos ha hecho a su imagen y nos ha plasmado con inmensa misericordia. Nosotros somos el pueblo que el Señor conduce, y todo cuanto hay en nosotros es puro don de su infinita bondad;

-el silencio de escucha, para percibir su voz y responder a su llamada.

Para prepararnos, podemos repetir en nuestro interior la segunda oración que la liturgia ambrosiana propone en los Laudes del sábado de la 3.° semana del tiempo ordinario, justamente después de haber cantado el

Salmo 94:

«¡Oh Dios, (...) haz que, dóciles a tu voz, nos gocemos en tu palabra y en tu comunión».

Introducción

«Tú, Señor, sientes por nosotros en estos momentos una gran compasión y un enorme afecto, porque somos una multitud que, a pesar del frío, se ha reunido para escuchar tu Palabra, honrarte, amarte y conocerte.

Tú estás con nosotros y nos acompañas en el difícil camino que conduce al interior de tu Evangelio. Con nosotros están también tu Madre, María, los santos y los ángeles, que te adoran y contemplan el esplendor de tu rostro.

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unidos a nosotros a través de la radio. Somos, oh Señor, una inmensa multitud trata de comprender tu misterio y escuchar tus palabras.

En esta noche querríamos meditar las últimas palabras del versículo 14

del capítulo 14 de san Mateo, que en nuestra reunión anterior nos

limitamos a leer, y donde se dice que Jesús, compadecido de la multitud que le buscaba, «curó a sus enfermos».

Para comprender toda la profundidad de la expresión, vamos a recurrir a los pasajes paralelos de los otros evangelistas.

• Lo que Marcos subraya no son las curaciones, sino la enseñanza:

«[Jesús] sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas que no tienen pastor, y se puso a instruirles extensamente» (6,34).

• Lucas, en cambio, insiste en ambas cosas: «El, acogiéndolas, les

hablaba acerca del Reino de Dios y curaba a los que tenían necesidad de ser curados» (9,11).

• Juan, finalmente, sintetiza a su manera los datos, poniéndolos en forma indirecta: «Le seguía mucha gente, porque veía las señales que

realizaba en los enfermos» (6,2).

Nosotros vamos a intentar comprender el conjunto:

-¿quién es ese Jesús que sana, enseña, habla del Reino de Dios y realiza señales?;

-¿quién es la humanidad que se encuentra frente a Jesús?

Curaciones, con gestos y palabras, y predicación del Reino

1. Preguntémonos, ante todo, por el significado de la brevísima expresión de Mateo: «curó a sus enfermos»

Juan, al calificar de «señales» las curaciones, nos orienta hacia la interpretación más exacta: las curaciones son señales, lenguaje; es decir, indican más de lo que concretamente realizan.

Puede ser útil, además, recordar cómo cura Jesús en los evangelios: en general, lo hace mediante gestos, como, por ejemplo, el de tocar al enfermo:

«Extendió su mano [hacia el leproso], le tocó...» (Mc 1,41).

Otras veces es el gesto de la imposición de las manos: en Nazaret, efectivamente, «curó a algunos enfermos [pocos, según observa Marcos

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explícitamente, porque la gente era incrédula] imponiéndoles las manos» (Mc 6,5). Y en el mismo evangelio de Marcos vemos cómo Jesús «metió sus dedos en los oídos [del sordomudo] y con su saliva le tocó la lengua» (7,33).

Las curaciones realizadas por Jesús no se producen en virtud de la mera cercanía física (a excepción, quizá, del caso de la hemorroísa, que se cura al tocar la orla del manto de Jesús (cf. Mc 5,25-34), e incluso en este caso se trata de un «tocar» con fe que es advertido por el propio Jesús, el cual dice: «¿Quién me ha tocado?»).

Por lo general, Jesús hace un gesto explícito, casi siempre acompañado de palabras; más aún, en ocasiones el milagro se produce a través únicamente de la palabra.

A la hemorroísa curada le dice: «Tu fe te ha sanado» (Mc 5,34); al leproso, a la vez que le toca, le dice: «Quiero; queda limpio» (Mc 1,41); al sordomudo, tras haberle tocado la lengua con su saliva, «elevando los ojos al cielo, dio un gemido y le dijo: "Effatá", que quiere decir: "¡Abrete!"» (Mc 7,34).

Todos estos gestos y palabras revelan atención, amor, voluntad de curar, misericordia, cercanía de Dios... Son señales que manifiestan el infinito amor de Dios, que está con el hombre, y que revelan una intención profunda del corazón de Jesús.

2. Veamos ahora la expresión del evangelista Lucas: «Les hablaba del Reino de Dios y curaba a los que tenían necesidad de ser curados» (9,11).

No es difícil detectar la relación entre las curaciones, realizadas con gestos y palabras (que constituyen un lenguaje), y la predicación de Jesús en el desierto acerca del Reino de Dios.

Y es que las palabras de Jesús son imperativas, no meramente informativas. Ya hemos visto cómo dice al leproso: «Quiero; queda limpio». Y nos viene a la mente otro célebre episodio, el del joven rico: «Vete [ordena Jesús], vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme» (Mc 10,21b).

Otras veces son palabras de promesa: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,43); «Vosotros, que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, ...os sentaréis sobre tronos para juzgar a las doce tribus Israel» (Lc 22,28.30); «Venid conmigo, y haré de vosotros pescadores de hombres» (Mc 1,17).

Y otras veces, por último, son palabras reveladoras del ser de Jesús y del misterio del Padre: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn

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Se trata, pues, de palabras que en su conjunto, con los gestos y las curaciones, comunican la voluntad de Dios de darse al hombre.

3. Si ahora preguntamos al Señor: ¿cuál era tu discurso en el desierto cuando curabas a los enfermos?, él nos responderá: en el desierto comunicaba con gestos de caridad y con palabras de revelación el

misterio de Dios, que os ama; el misterio de Dios, que viene a colmar a

todo hombre con el don de sí.

La palabra de Jesús acerca del Reino de Dios es el culmen de todo lenguaje, el acto de comunicación más excelso que el mundo puede conocer, porque comunica no sólo cosas o símbolos, sino también la persona misma de Dios.

Releyendo las expresiones de Mateo y de Lucas («curó a sus enfermos», «les hablaba acerca del Reino de Dios y curaba a los que tenían necesidad de ser curados») y escuchándolas de nuevo en la oración, llegaremos a comprender la realidad de la palabra de Dios al hombre y, consiguientemente, lo que significa la multitud que vive de aquella escucha.

Vivir de la Palabra

¿Quién es la gente que se encuentra en el desierto frente a Jesús?

Esa gente, esos hombres, somos nosotros; es la humanidad que vive de

toda Palabra que sale de la boca de Dios.

Es una afirmación antropológica fundamental: el hombre es el que vive, oh Señor, de tu Palabra. Nosotros somos los que encontramos en ti, que te revelas, nuestra realización, nuestro alimento, nuestra medicina, nuestra curación y nuestra plenitud.

En este punto, las palabras ya no bastan, y es menester adoptar ese silencio que es la raíz y la atmósfera de toda contemplación y que, hasta cierto punto, constituye el método mismo de la contemplación.

Mirando cómo Jesús predica la palabra de Dios a la gente, sentada frente a él en el desierto, podemos sentir cómo nace en nuestro interior el grito del profeta Jeremías: «Tus palabras, Señor, me salían al encuentro, y yo las devoraba; tu palabra era para mí el gozo y la alegría de mi corazón» (Jr 15,16). 0 aquella exclamación de Agustín: «Nos hiciste para Ti, Señor, y nuestro corazón no halla reposo mientras no descanse en Ti» (Confesiones, 1, 1.1). 0 bien, la sentida exhortación de nuestro cardenal Andrea Carlo Ferrari: «¡Doctrina cristiana, doctrina cristiana, doctrina cristiana!», que era una invitación a nutrirse de la Palabra divina.

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Por eso celebrábamos la Convención «Hacerse prójimo» a partir de la palabra reveladora de la Cruz, sin la cual no hay Iglesia, no hay caridad. Y por eso, cuando afirmamos la primacía de la Palabra, nos referimos a ella no como un simple medio para llegar a conocer a Dios, sino como el fin, en cierta manera, de la vida cristiana. Escuchar la Palabra es ya la eternidad, el comienzo de la vida eterna; es vivir ya la contemplación de la Trinidad; es acceder a ese misterio que no ha de tener fin.

Esta noche, en el silencio íntimo y amoroso, nos ha sido dado gustar al Señor que habla y experimentar la realización plena de la existencia humana.

Así nos lo sugiere la meditación sobre aquel «pueblo» que en el desierto aguarda el milagro del pan y escucha la Palabra de Jesús.

Preguntas para todos nosotros

Llegados a este punto, quisiera formular una serie de preguntas para mí mismo y para cada uno de vosotros:

1. ¿Soy consciente de que en el diálogo con la Palabra de Dios estoy viviendo mi propia plenitud y eternidad, y que todo cuanto hay en mí se pacifica, porque he alcanzado ya mi meta? (Una meta que, naturalmente, es tan sólo una chispa del fuego divino).

¿He descubierto mi verdadera raíz: Dios, que me habla y se me entrega amorosamente? ¿Vivo la plenitud del estado de gracia, de su comunicación en Espíritu y en Verdad?

2. En diversas ocasiones hemos dicho que el Consejo pastoral parroquial debe ser una imagen de la Iglesia, de esa multitud que en el desierto se alimenta de la Palabra. Os invito, pues, a reflexionar acerca de tres puntos:

• La lectura de una página bíblica o la recitación de un Salmo que solemos hacer al comienzo de las reuniones del Consejo pastoral, ¿es verdaderamente escucha y alimento para nosotros? ¿Nos sentimos pueblo en el desierto ante Jesús?

¿O es, por el contrario, un momento que sirve para esperar a los que llegan retrasados?

¿Damos su verdadero valor a esos instantes sagrados, aunque sean breves, que constituyen el signo de nuestra dependencia de la Palabra? • ¿Tenemos la costumbre, en nuestros Consejos pastorales, de dedicar

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tiempos más prolongados a la escucha, quizá con ocasión de acontecimientos importantes en la vida del propio Consejo? ¿Vivimos esos tiempos como auténticos momentos de silencio y escucha de la Palabra?

Esta pregunta, en comparación con la que nos hacíamos en nuestro anterior encuentro, subraya la primacía de la Palabra en la oración y en las jornadas de retiro espiritual.

• ¿Nos referimos a la Palabra durante los debates del Consejo? Y no hablo de una referencia instrumental, tendente a sacar adelante la decisión que nosotros deseamos o a lograr un consenso en torno a nuestros puntos de vista, sino de una referencia inspiradora. Porque es la Palabra de Dios la que ensancha los corazones y los horizontes cuando éstos son demasiado estrechos. La Palabra de Dios no es un medio para llegar a una determinada conclusión práctica, sino el pan que alimenta, regenera las fuerzas y sana las heridas producidas por un determinado malestar o por una diferencia de criterios. Escuchando hablar a Jesús, sanamos de nuestras enfermedades comunicativas y de los bloqueos en nuestras relaciones mutuas.

Es sumamente importante aprender a referirse a la Palabra de un modo auténtico, tratando de descubrir a qué situación evangélica corresponde la situación concreta que estamos viviendo.

3. Finalmente, quisiera hacer una aplicación a la parroquia, para lo cual me limitaré a repetir lo que ya escribí en 1981 en mi segunda Carta Pastoral, «En el principio, la Palabra», donde proponía cuatro cometidos fundamentales: «Si, al término de esta carta, tuviera que decir qué indicaciones prácticas considero más importantes, ...no dudaría en señalar cuatro puntos: la homilía, las Escuelas de la Palabra, la "Diurna

laus" y la "lectio divina" .. .

Todo ello puede dar ocasión al Consejo pastoral a realizar un examen de conciencia sobre la vida de la parroquia.

• La homilía (que en sí misma compete, ante todo, al sacerdote) se prepara en algunas parroquias unos días antes de la celebración eucarística dominical con la ayuda de algunos laicos, lo cual no merece más que elogios.

• Las Escuelas de la Palabra, difundidas ya por toda la diócesis, no han encontrado aún resonancia en algunas parroquias. Sería, pues, deseable que los Consejos pastorales hicieran algo al respecto.

• La «Diurna laus», que ya se realiza habitualmente en algunas parroquias, está inédita o arrumbada en otras.

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comprometidos y propuesta de manera renovada a todos los fieles.

«Te pedimos especialmente, Señor Jesús, que nos concedas la actitud de escucha para que sepamos oír de tus labios aquellas palabras sobre el Reino de Dios que no somos capaces de imaginar ni de reproducir con nuestras propias palabras, pero que tu Espíritu escribe de un modo vibrante en nuestros corazones, en estos momentos de adoración y de silencio.

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III

EL PAN PARA UN PUEBLO La aridez en la oración

La oración es una fantástica historia de amor. Es la experiencia vivida por dos amantes (Dios y la criatura), propia de un afecto llevado al más alto grado de amistad, que acontece en el intercambio recíproco de lo que se es y lo que se tiene.

En esta clave de lectura deben leerse determinadas páginas de la Sagrada Escritura: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo» (Ap 3,20). «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él» (Jn 6,56).

La oración se convierte entonces en iluminación, en sustancioso alimento espiritual que proporciona vigor, fuerza, pasión y solución a todo problema.

Y, naturalmente, cada uno de nosotros está llamado a esta maravillosa experiencia.

Ya hemos dicho que, si no tomamos conciencia de estar en la presencia de Dios y no aprendemos el silencio interior, nos estamos privando de esas actitudes que son indispensables para entrar en contacto vivo con el Señor.

Sin embargo, aun cuando ya hayamos atravesado los umbrales de la oración, puede sobrevenirnos en ocasiones una cierta sensación de apatía, de torpor, de aridez.

Me gustaría hablaros hoy precisamente de la aridez, que es un estado de ánimo bastante penoso. Ante todo, es preciso establecer sus causas, que básicamente yo distinguiría del siguiente modo:

l La aridez provocada por el maligno, que nos hace experimentar una especie de agitación, de tendencia a las realidades más vulgares y sensuales, de tristeza o de falta de amor. En tal caso debemos suplicar humildemente al Señor que nos libere de ella; para lo cual no podemos omitir ni reducir el tiempo de oración, por muy duro que nos resulte, sino que hemos de hacer nuestro, gritándolo si es preciso, el abandono en la misericordia de Dios. También será muy útil la práctica de la penitencia e incluso, previa consulta con el sacerdote-confesor, algún tipo de ayuno.

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l La aridez puede también derivarse de mi propio comportamiento. Esto es bastante fácil de comprobar. Tal vez lleve algún tiempo relegando a Dios al último puesto, con la excusa de que no tengo tiempo para la oración o de que debo atender a excesivos compromisos pastorales y caritativos. O quizá he descuidado el ejercicio del silencio interior, de la presencia de Dios. O a lo mejor, en determinadas situaciones, me he comportado como una persona mundana, sin hacer incidir en lo cotidiano las actitudes internas de fe. Tal vez he puesto mi voluntad, mis proyectos y mis deseos en el centro mismo de la oración, olvidando invocar al Señor y dejarme interpelar por él. Quizá me haya dejado arrastrar por la curiosidad intelectual, olvidando que no es el mucho saber lo que sacia al alma, sino el gustar, saboreándola internamente, la verdad que me ha impactado.

l Finalmente, la aridez puede ser algo querido por Dios para educarme en la pura fe, es decir, en buscarle a él no tanto por el consuelo que pueda procurarme cuanto por él mismo; por él, más que por sus dones.

En este caso, si, a pesar de la aridez, sigo siendo fiel a la oración, apoyándome exclusivamente en la Palabra divina, entonces el sufrimiento que siempre acompaña a la aridez conferirá a ésta un esplendor y un valor especiales, transformándola en sacrificio de alabanza agradecida a Dios.

Y así podré cantar con el salmista: «Aunque me encontrare abandonado en una tierra desierta y árida, siempre lo alabaré con todas mis fuerzas, porque él es mi Dios, mi Señor y mi Rey» (Salmo

33).

Ahora podemos comprender la importancia de las Escuelas de oración, que nos ayudan a leer la Palabra escrita en la Biblia, a conocer lo que verdaderamente significa entrar en contacto con el Dios vivo y verdadero, abandonándonos a su designio de amor y de salvación, y a afrontar con seriedad y valor el largo y fascinante camino de la oración.

El Salmo 29, que ahora recitaremos, hará que cada uno de nosotros descubra la etapa que estamos recorriendo: del fervor a la aridez, y de la aridez a la súplica, siempre en dirección al sosiego y el gozo de la divina presencia: «Has trocado mi lamento en danza, mi sayal en túnica de fiesta» (v. 12).

Introducción

La meditación de esta noche es particularmente importante, porque el pasaje en el que vamos a detenernos constituye la revelación del pueblo

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de Dios:

«Al atardecer se le acercaron los discípulos diciendo: "El lugar está deshabitado, y la hora es ya pasada; despide, pues, a la gente para que vayan a los pueblos y se compren víveres". Pero Jesús les dijo: "No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer". Dícenle ellos: "No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces". Díjoles: "Traédmelos acá"» (Mt 14,15-18).

Pidamos al Señor la gracia de sentir estas sus palabras en nuestro corazón, de modo que la respuesta que le demos en la adoración silenciosa ascienda de lo más profundo de nosotros mismos.

La hora de la revelación

y la incomprensión de los apóstoles

Releamos atentamente cada uno de los versículos de este episodio:

1. «Al atardecer». La expresión trae inmediatamente a la memoria otro

famoso encuentro: el de Emaús. Al atardecer, el caminante se dispone a seguir su camino, pero los dos discípulos le ruegan que se quede, y él se da entonces a conocer: es el Señor (cf. Lc 24,13-32).

El atardecer es, pues, la hora del reconocimiento eucarístico. Esto lo sabe perfectamente el evangelista Mateo, que describirá el comienzo de la cena pascual con las mismas palabras: «Al atardecer, Jesús se sentó a la mesa con los Doce» (26,20).

En nuestro pasaje se indica de manera más directa que se trata de la hora del adiós, de la separación, de marcharse todo el mundo a su casa. Es también el momento típico de la nostalgia, como lo canta el poeta: «Era la hora en que el deseo oprime al navegante y el corazón se le enternece al pensar en el día en que dijo adiós a sus amigos» (Dante, La

Divina Comedia, Purg. VIII, 1).

Sin embargo, para la multitud en el desierto y para los discípulos de Emaús el atardecer no da paso a la despedida ni a la tristeza, sino que es la hora de la manifestación plena de Jesús.

No es difícil comprender con cuánta reverencia y veneración debemos orar sobre este pasaje, que encierra tantos misterios. Un pasaje, además, que conviene meditar en relación con la revelación de Emaús y con la última cena del Señor.

No es casual, por tanto, que lo refieran los cuatro evangelios, y dos de ellos (Marcos y Mateo) por dos veces. Ni es casual tampoco que nosotros lo veamos como la síntesis de nuestro camino pastoral a partir

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de 1980.

Lucas relata la multiplicación de los panes describiendo el atardecer con las mismas palabras que en la versión griega empleará para narrar el episodio de Emaús: «El día había comenzado a declinar» (9,12;24,29). 2. ¿Qué es lo que ocurre al atardecer?

Los apóstoles se acercan al Maestro para advertirle: «El lugar está deshabitado, y la hora es ya pasada; despide, pues, a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren víveres» (Mt 14,15).

A ellos, el hecho de que se acerque la noche no les sugiere nada romántico ni nostálgico. Es, sencillamente, el momento de apresurarse a despedir a todo el mundo para que a nadie le sorprenda la oscuridad ni le ocurra ningún percance.

En el acercamiento de los discípulos a Jesús podemos detectar las ganas que tienen de volver a tomar la iniciativa. Durante la jornada se habían mostrado fundamentalmente pasivos; esperaban pasar tranquilamente dicha jornada en la intimidad con el Señor y, en cambio, al desembarcar de su travesía del lago se habían encontrado con la multitud.

Jesús casi se había olvidado de ellos, ocupado como estaba en curar a los enfermos y en hablar y predicar a la gente.

¡Al fin se acerca la noche, y es preciso que la situación vuelva a la normalidad, a la concreción!

La advertencia de los apóstoles, por lo tanto, pretende ser también una llamada a la sensatez: Señor, ¿no ves que se hace tarde? ¿Por qué sigues entreteniendo a la gente en un lugar desierto, donde no hay nada que comer?

En este énfasis en lo tardío de la hora y lo desértico del lugar podemos detectar un asomo de critica, una especie de reproche a la imprudencia del Maestro, al que tales detalles no le preocupan lo más mínimo.

Se me ocurre en este momento que quizá pueda alguien haber pensado lo mismo acerca de nosotros: ¿por qué organizar un encuentro en la catedral precisamente en esta noche del jueves de carnaval? ¿Por qué hacer venir a la gente con el frío que hace?

Vosotros, sin embargo, habéis superado la perplejidad e indecisión de los prudentes con vuestro deseo de buscar y escuchar a Jesús.

Pues bien, volviendo a nuestro pasaje, los discípulos dan una orden al Señor, convencidos de saber cómo hay que comportarse. Recordemos

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que también Marta sabía lo que Jesús debía decir a Maria: «¡Di a mi hermana que me ayude!» (Lc 10,40), porque era ella la encargada de poner orden en la casa.

Los apóstoles saben que, si «le dan cuerda» al Maestro, la cosa puede prolongarse indefinidamente, sin llegar jamás a una conclusión práctica. Y es sumamente interesante la ironía del relato: ¡los que ordenan a Jesús que despida a la multitud, al final tendrán que ser despedidos a la fuerza, porque ya no querrán irse! Mateo dice que Jesús les obligó a marchar, haciéndoles subir a la barca casi a empujones (cf. Mt 14,22). Los discípulos, que tenían la certeza de que a aquellas horas de la tarde ya no quedaba nada por hacer, no imaginaban que aún estaba por producirse lo verdaderamente importante.

En su sabiduría carnal y mundana, en su falta de fe, pensaban que la gente tenía que irse a comprar víveres, que cada cual debía pensar en sí mismo, porque Jesús ya había predicado más que de sobra. Y, en mi opinión, esta actitud se asemeja a una cierta visión funcionalista de la pastoral que podría calificarse como pastoral «de estación de servicio»: nosotros proporcionamos a los fieles la Palabra y los Sacramentos cuando lo requieren; luego, que cada cual viva su vida. Es, justamente, el mismo razonamiento de los apóstoles: ya han recibido la Palabra y han visto los milagros; ¡ahora, que se vayan! ¿Qué más quieren?

El pueblo de Dios

1. Jesús, en cambio, está a punto de efectuar la nueva revelación de su poder, y lo que piensa es exactamente lo contrario de lo que piensan los apóstoles. ¿Ha escuchado la multitud mi Palabra? Perfecto. Ahora, pues,

hagamos comunidad. Comienza a emerger el nuevo pueblo de Dios.

Antes eran simples individuos, enfermos en busca de salud, pequeños agricultores, empleados y obreros ansiosos de escuchar una palabra auténtica y de dar sentido a su propia existencia. Había padres que tenían un hijo enfermo, mujeres abandonadas por sus maridos, personas solas y llenas de angustia y de miedo. Habían seguido a un profeta que proporcionaba valor a quien no lo tenía, que conseguía convencer de que era posible hallar en el mundo bondad y comprensión.

Pero ahora el Señor desea que nazca una comunión de vida que se

exprese, ante todo, en una comunión de mesa.

Por eso asume personalmente el control de la situación, expresándolo con muy pocas pero muy tajantes palabras: «No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer» (Mt 14,16).

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