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Prolegómenos_a_toda_Metafísica

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Biblioteca de Obras Maestras del Pensamiento

Prolegómenos

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Immanuel

KANT

Biblioteca de Obras

Maestras del Pensamiento

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Prolegómenos

a toda metafísica

del futuro

Observaciones sobre el sentimiento

de lo bello y de lo sublime

Traducción: Ju l i á n Be s t e i r o A . SAn c h e z Ri v e r o

EDITORIAL LOSADA

Bu e n o s Air e s

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Kant, Immanuel

Prolegómenos a toda metafísica del futuro. Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y de lo sublime. - Ia ed. - Buenos Aires: Losada, 2005,264 p.; 22 x 14 cm. (Biblioteca de Obras Maestras del Pensamiento)

Traducción de: Julián Besteiro ISBN 950-03-9392-1

1. Metafísica. I. Julián Besteiro, trad. II. Título C D D 110

Título del original:

Prolegomena zu einer jeden künftigen Metaphysik die Wissenschaft wird auftreten können.

Beobachtungen über das Gefühl des Schönen und Erhabenen

Ia edición en Biblioteca de Obras

Maestras del Pensamiento: diciembre de 2005 O Editorial Losada, S. A.

Moreno 3362, Buenos Aires, 2005 Distribución:

Capital Federal: Vaccaro Sánchez, Moreno 794 - 9o piso

(1091) Buenos Aires, Argentina.

Interior: Distribuidora Bertrán, Av. Vélez Sársfield 1950

(1285) Buenos Aires, Argentina. Composición: Taller del Sur

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723 Libro de edición argentina

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Prolegómenos a toda

metafísica del futuro

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Análisis

1. Or í g e n e s d e l a o b r a. La c o n t r o v e r s i a Er d m a n n-Ar n o l d

La Crítica de la razón pura era demasiado innovadora como pa­ ra ser comprendida y, sobre todo, aceptada en los círculos acadé­ micos. El propio Kant tuvo la sospecha, recién publicada la obra, de que ésta “contaría al principio con pocos lectores” Su conjetu­ ra superó todo vaticinio. Tuvo que escuchar de todas partes que su libro era oscuro, enigmático. Moisés Mendelssohn (1729-1786), tan admirado por Kant, decía que la obra se miraba como un libro sellado, escrito en jeroglíficos, inclusive para el público culto.

La justificada sospecha llevó al filósofo a pensar en la redac­ ción de otro libro acerca de la propia doctrina, pero asequible a ma­ yor número de lectores. De ello hay claros testimonios en la co­ rrespondencia de Hamann con Herder y en la de Kant con su editor Hartknoch. Ya en el curso de la tarea sobrevino, empero, un hecho decisivo. Se publicó en enero de 1782 una recensión, acerba y sorpresiva, sobre la Crítica de la razón pura, a manera de suple­ mento, en el periódico Göttinger Anzeigen von gelehrten Sachen (Noti­ cias de Gottinga sobre temas eruditos).

Hasta entonces, según juicio de Kant,* se había honrado a su libro con el silencio. A decir verdad, los críticos no se atrevían a dis­ cutir públicamente una obra tan prolija y saturada de inéditos, hondos y espectaculares filosofemas. Cristiano Garve era el autor de la recensión, la cual fue mutilada al publicarse por J. G. H.

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der, entonces director del mencionado periódico. La recensión se había publicado sin nombre de autor.

El contenido de ella es ciertamente débil, como quiera que no capta los principios de la nueva doctrina. Asimila en lo fundamen­ tal la teoría kantiana a la concepción del idealismo subjetivo de Berkeley, muy a pesar de que en la Crítica de la razón pura se refuta aquí y allá el subjetivismo de este filósofo inglés. La recensión da el efecto de que fue formulada hojeando, no leyendo concienzuda­ mente el libro por censurar. Por ello, la respuesta de Kant, publica­ da en el Apéndice de los Prolegómenos, fue contundente. Figura con este título: Prueba de un juicio sobre la Crítica que precede a su examen.

La posición hostil a la obra de Kant, provenía del círculo de los llamados filósofos populares, de los cuales hay que mencionar, entre otros, a Feder, Garve, Nicolai (editor de la Biblioteca General Alema­

na) y al propio Moisés Mendelssohn. La recensión, a decir verdad,

provocó un fuerte impacto. Nadie menos que Hamann, amigo de Kant, la consideró “fundamental, justa y decorosa”. Así se confir­ ma la indignación que provocó en Kant, y la urgencia de poner re­ medio en lo posible a tal situación.

Y bien: ¿en qué medida influyó la recensión en el texto de los

Prolegómenos't Para contestar a esta pregunta hay dos opiniones en­

contradas; ambas de dos importantes investigadores de las obras de Kant: Beño Erdinarin y Emil Arnold. El primero sostiene la hipó­ tesis (en la Introducción a su edición de los Prolegómenos, Leipzig, 1878) de que el texto de esta obra persigue un doble objetivo: 1) una exposición clara y compendiada de la Crítica de la razón pu­

ra:; 2) una réplica a la reiterada recensión. Esto último, según juicio

de Erdmann, aparece en añadidos interpolados en el ya redactado compendio.

Contra esta hipótesis se pronuncia E. Arnold en su trabajo

Kants Prolegomena nicht doppelt redigiert, Berlin, 1879. Para éste, tras

la publicación de la Crítica, quiso Kant redactar un compendio de su doctrina asequible incluso a los versados en filosofía. Poco des­ pués cambió de idea. Sería preferible redactar un manual de meta­ física conforme a los principios del criticismo para uso de lecciones académicas. Ni una cosa ni otra fueron en definitiva los Prolegóme­

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para gente informada era difícil aceptar la nueva doctrina, había que componer los Prolegómenos “no para estudiantes sino para fu­ turos maestros” La nueva obra, por otra parte, pondría en práctica, de preferencia, el método analítico, con la mira de subsanar los ma­ lentendidos de que era objeto la Crítica. Las interpolaciones a lo largo de los Prolegómenos, de que habla Erdmann, no se explican una vez redactada la respuesta de Kant e incluida in extenso en el

Apéndice de la propia obra.

Tomando una actitud conciliadora, intervinieron en la contro­ versia H. Vaihinger (La Controversia Erdmann-Amold sobre los Prole­

gómenos de Kant, Philos. Monatshefte, 1880) y K. Vorländer (Los Prolegómenos de Kant, Biblioteca Filosófica, Leipzig, 1905). Sin gé­

nero de duda, los Prolegómenos simplifican y clarifican en general la doctrina. Por otro lado, no se opone el hecho de las interpolacio­ nes con el propósito académico de la obra. Asimismo Vaihinger y Vorländer consideran que la controversia es poco importante en orden al propio sistema de Kant.

2 . Elt e x t o r e g u l a t i v o. La h i p ó t e s i s d e Va i h i n g e r d e UNA TRASPOSICIÓN DE PÁGINAS

Las ediciones clave que han servido para fijar el texto definiti­ vo de los Prolegómenos mediante variados retoques del mismo (erra­ tas, ortografía, puntuación, etc.) son las siguientes:

1. Prolegómenos a toda metafísica futura que haya de poder presen­

tarse como una ciencia, por Manuel Kant. Editor Juan Federico Hartk-

noch, 222 págs. Riga, 1738.

2. De esta edición original se hicieron después diversas publi­ caciones. En ellas figura en la portada el mismo año y el mismo nombre de editor. G. Hartenstein y B. Erdmann consideran que fueron publicadas por la propia casa editora. Son, por tanto, edi­ ciones legítimas, Erdmann coteja diez diferentes y descubre cinco especies, o series de ejemplares. De todas las ediciones, la segunda y tercera aparecieron muy pronto. Quizá la cuarta edición pertene­

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ce también al siglo XVIII. Por lo que concierne a retoques, éstos son de muy poca monta: rectificaciones de folios, diferentes viñetas, ti­ pos de imprenta...

3. Ediciones no legítimas, ello es, ediciones piratas. Se cono­ cen dos: una publicada en Frankfurt y Leipzig, en 1794, y otra en Grätz, en 1795.

4. En el tercer volumen de la edición de las Obras Completas de

Kant, al cuidado de R. Rosenkranz y Fr. Schubert (Leipzig, 1838).

5. En el tercer volumen de la edición (por materias afines) de las Obras Completas de Kant, al cuidado de G. Hartenstein (Leipzig, 1839).

6. En el cuarto volumen de la edición (por orden cronológico) de las Obras Completas de Kant, al cuidado también de G. Hartens­ tein (Leipzig, 1867).

7. Edición como volumen XXII de la Biblioteca Filosófica, al cuidado de J. H. von Kirchmann, Leipzig, 1870, 3a ed. 1893.

8. Prolegómenos a toda metafisica futura que haya de presentarse co­

mo una ciencia,, por Manuel Kant, editada e históricamente explica­

da por Benno Erdmann. Leopold Voss, CXIV y 155 págs. Leipzig, 1878.

9. Como números 2469/70 en la Biblioteca universal de Reclam, al cuidado de Karl Schulz, sin fecha. El prólogo de Schulz; está fe­ chado en julio de 1888.

10. Dentro del tomo IV de la edición de Obras Completas de la

Academia de Ciencias de Berlín, al cuidado de B. Erdmann, quien se

ocupa de la Introducción y de los análisis de las variantes. Notas so­ bre ortografía, puntuación y lenguaje, por E. Frey, Berlín, G. Rei­ mer, 1903.

11. En el cuarto volumen de la edición de las Obras Completas

de Kant, al cuidado de E. Cassirer y otros. Se estudian las variantes

en las páginas 529-537, Berlín, 1911.

12. En el tercer volumen de la edición de las Obras Completas de

Kant, al cuidado de Bueky otros. Introducción de K. Vorländer, Fé­

lix Meiner, Leipzig, 1913.

Respecto de los filósofos que han contribuido a mejorar el tex­ to de alguna manera, cabe mencionar, además del viejo Grillo (Cfr. su obra Druckfehleranzeiger in den Schriften des Hemn /. Kant, Registro

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de erratas de imprenta en las obras de Manuel Kant, en Jakobs Phi­ losophischen Anzeiger, 1795), a K. Schulz, Rosenkranz, A. Scho­ penhauer, Hartenstein, Erdmann, E. Arnold, H. Vaihinger, P. Men- zer, A. Riehl, P. Natorp, K. Vorländer.

De todas las variaciones del texto, la más importante fue suge­ rida por H. Vaihinger, Eine Blattversetzung in Kants Prolegomena. (Una trasposición de páginas en los Prolegómenos de Kant, publi­ cada en Philosophische Monatshefte, vol. XV, 1879, págs. 321-332 y 513-532.) Afecta la trasposición los parágrafos 2 y 4. J. H. Witte en su artículo Die angebliche Blattversetzung in Kants Prolegomena. (La su­ puesta trasposición de páginas en los Prolegómenos de Kant, Phi­ losophische Monatshefte, vol, XIX, 1883) vino a objetarla, bien que sin mayor eficacia, como lo prueba, entre otros, el profesor K. Schultz en su enjundioso trabajo introductivo a la edición de los

Prolegómenos en la Biblioteca universal de Reclam, ya mencionada.

3. Co n t e n id o

La obra consta de un prefacio, una introducción (§§ 1-5), tres partes (§§ 6-13; §§ 14-38; §§ 40-55), una observación general (§§ 56), una conclusión general (§§ 57-60), una respuesta a la pregunta gene­ ral ¿cómo es posible la metafísica como ciencia? y un apéndice.

Prefacio

El autor ante todo señala el destino de los Prolegómenos. “Estos no son para uso de los alumnos. Se dirigen a los futuros maestros, a los cuales debe servir incluso no para la exposición metódica de una ciencia ya existente, sino señaladamente para inventar esta ciencia.” Por ello, los Prolegómenos no fueron escritos para quienes identifican la filosofía con la historia de la filosofía. El quehacer de estos pensadores reside en esperar a que otros hagan, para repetir cómodamente lo ya hecho.

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A continuación, justamente se propone Kant destacar lo esen­ cialmente nuevo de su criticismo, lo que lleva a cabo a través del problema de la metafísica. ¿Es posible como ciencia la metafísica hasta ahora existente? Entre otras apreciaciones hace ver Kant que “resulta casi ridículo advertir que mientras otras ciencias avanzan con paso incesante, la metafísica sigue siempre en el mismo lugar, pese a ser la propia sabiduría a la que cada cual consulta como un oráculo”. (Este saber pretende mostrar el origen y fin del mundo, la existencia de Dios y la inmortalidad del alma.)

De todos los filósofos anteriores, es Hume quien ha planteado el problema con más circunspección y profundidad. Con acierto lo vincula al tema de la causalidad, a diferencia de los filósofos del sentido común (Reid, Oswald, Neattie...), quienes confunden el carácter objetivo de la verdad con el juicio subjetivo de un asenti­ miento mayoritario de los hombres. Este último tipo de filósofo, dice Kant con gracejo, es un “hablador popular”.

La causalidad para Hume es una suerte de hábito mental, que proviene, como todo saber, de la experiencia. Con ésta y otras pa­ recidas ideas, el filósofo inglés dio una batalla aleccionadora en la historia de la filosofía. “Confieso, dice Kant, que debo a David Hu­ me, el haber salido hace muchos años del sueño dogmático.” Pero Kant supera este empirismo en dos direcciones: 1) advierte que no sólo existe el enlace de causa y de efecto, sino que existen otros; 2) que tales enlaces no provienen de la experiencia (aunque sólo tie­ nen validez para la experiencia), sino que son formas a priori que el entendimiento pone en el acto de conocer.

Kant recalca que la causalidad y demás categorías tienen vali­ dez en la ciencia natural, ello es, poseen objetividad, pero que no pueden ser aplicadas fuera de la experiencia. Esta limitación anun­ cia el camino de una nueva metafísica, una metafísica crítica, que, dentro de sus propios límites, descubra su contenido y principios. El desarrollo de tal disciplina ya fue dado en la Crítica de la razón pu­

ra. En un sentido, los Prolegómenos se empeñan en esclarecer y, tam­

bién como ya se dijo, hacer más asequible el contenido de aquella obra. Para tal propósito empléase ahora el método analítico (o re­ gresivo), a diferencia del sintético (o progresivo) que predomina en la Crítica.

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Este apartado, unido al de las Preguntas generales, correspon­ de en su contenido a la Introducción de la Crítica de la razón pura, bien que ahora el desarrollo y planteamiento de los temas es más diáfano y preciso.

En toda ciencia hay que distinguir tres cosas: el objeto, las fuentes y el método de conocimiento. Tratándose de la metafísica, ésta tiene una materia de estudio que supera el saber empírico, y una fuente de conocimiento, más allá de la experiencia (§ 1). “Ni la experiencia extema, que es la fuente de la físicj^f ni la^intema^que jes el fundamento de la psicología empírica, pueden servirle de ba­ se. Es un conocimiento a priori o de entendimiento puro y de razón pura.”

Todo conocimiento se da a través de juicios. Estos pueden ser analíticos o sintéticos. Los primeros son explicativos: sólo dan en el predicado algo contenido en el sujeto del juicio. Ejemplo: “To­ dos los cuerpos son extensos”. Los segundos, los sintéticos, son ex­ tensivos: agregan en su predicado algo no contenido en el sujeto. Ejemplo: “Algunos cuerpos son pesados”.

La no contradicción es el principio común que rige en los jui­ cios analíticos. Así, el juicio: “Todo cuerpo es extenso”, es válido, ya que la noción de extensión no contradice la del cuerpo. Al con­ trario, aquélla es un elemento de ésta. El juicio sólo analiza las no­ tas del sujeto. Por ello, todo juicio analítico es a priori. En el juicio sintético, la relación de sujeto y predicado es diferente. El predica­ do no es un elemento contenido en el sujeto; es algo nuevo que en­ riquece el conocimiento. Los juicios Sintéticos son: 1) juicios de experiencia (“algunos cuerpos son pesados”); 2) juicios matemáti­ cos (5 + 7 = 12; (a + b) > a). ¡Importante teoría ésta para los estu­ dios subsiguientes! (§§ 2, 3).

Preguntas generales (§§ 4> 5)

Y ¿los juicios de la metafísica? Hasta ahora, aunque sin adver­ tirlo claramente, la metafísica tradicional aspira a juicios sintéticos.

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Un ejemplo: “Todo cuanto es sublime en las cosas es constante”, es un juicio sintético y metafísico. Otra cosa es que, a la vez, sea ver­ dadero. Justamente la filosofía crítica tiene la tarea de decidir acer­ ca de los límites del conocimiento; mas, para ello, habrá de servir­ se ella misma de juicios sintéticos a priori (§§ 4).

Hay un hecho irrecusable: existen juicios sintéticos a priori (en la matemática y la ciencia natural pura). Cabe preguntar ahora: ¿cómo son posibles en general estos juicios? De la respuesta a esta cuestión dependerá, en definitiva, la posibilidad o no de una me­ tafísica. He aquí la tarea origmaria de la filosofía trascendental, o crítica, que, por lo dicho, se desenvuelve en cuatro cuestiones ca­ pitales (§§ 5):

Io ¿Cómo es posible una matemática pura? 2o ¿Cómo es posible una física pura?

3o ¿Cómo es posible una metafísica en general? 4o ¿Cómo es posible una metafísica como ciencia?

Este agrupamiento de temas figura ya en la Crítica de la razón

pura,b\en que bajo títulos más generales y comprensivos. Aquí, en

los Prolegómenos, dentro de las dichas cuestiones fundamentales se encuadra toda la obra. Por ello, ésta se divide en tres partes (que se ocupan respectivamente de la posibilidad de la matemática pura, de la ciencia natural pura y de la metafísica en general), de una con­ clusión (que ha de dar respuesta a la cuarta pregunta) y un apéndi­ ce (destinado a contestar ciertos malentendidos y aleccionar sobre el futuro de la filosofía).

Pr i m e r a p a r t e

¿ Cómo es posible la matemática pura ? (§§ 6-13)

El método en acción de los Prolegómenos es analítico. De ahí que no parta como en la Crítica de la razón pura de las nociones de espacio y tiempo y, sintéticamente, descienda después a los princi­ pios apodícticos de la matemática (§§ 6). Justo: analizando estos

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principios, descubre que su fundamento reside no en conceptos, si­ no en intuiciones puras, ello es, en formas no sacadas de la expe­ riencia (§ 7). ¿Cómo puede aceptarse este intuir a priori? Respues­ ta: porque el dicho intuir contiene las formas que permiten captar los objetos; ello es, que los hacen posible en la representación (§ 8). Estas formas son el espacio y el tiempo. Sólo por ellas son posibles, por tanto, la geometría, la aritmética y la física pura (§ 10). Como formas puras, constituyen ellas la condición formal de todas las re­ presentaciones, el fundamento del intuir empírico (§ 11). Los si­ guientes parágrafos exhiben esta fimdamentación a través de ejem­ plos ilustrativos de la geometría plana (§ 12) y de la geometría esférica (§ 13), respectivamente.

La primera parte de los Prolegómenos termina con tres observa­ ciones (a cual más importante) encaminadas así a desenvolver más la doctrina de las intuiciones puras, como a poner a ésta a buen se­ guro de las objeciones lanzadas contra ella.

1) Se prueba y se defiende la realidad objetiva de la geometría ha­ ciendo ver que la intuición pura representa las cosas no en sí, sino en la manera espacial como éstas aparecen a los sentidos. Las formas de intuición sólo existen en la experiencia; son inmanentes a ella. El es­ pacio matemático no es un producto de nuestra fantasía, sino la for­ ma o ley que ha posible el espacio concreto de toda representación.

2) La segunda observación se propone fundamentalmente di­ ferenciar la doctrina crítica del llamado idealismo subjetivo. (En el texto se le llama simplemente idealismo.) Como se sabe, éste afir­ ma “que no hay otros seres que los que piensan, que todo lo demás de las cosas que creemos percibir en la intuición, no son más que representaciones en los seres que piensan, y en los cuales no co­ rresponde en realidad objeto alguno distinto”. Kant declara en con­ tra de esta tesis, que sí hay cosas exteriores a los sujetos pensantes y, a decir verdad, perceptibles por ellos mediante las formas de in­ tuición. Qué sean las mencionadas cosas fuera de estas formas, a sa­ ber, qué sean las cosas en sí, es lo que no es dable conocer. Se de­ sarrolla tal aserto hablando y tomando posición en tomo de la doctrina empirista de Locke.

3) El espacio y tiempo son formas a priori, y, como tales, idea­ les. Puede , hablarse, de cierto, de una idealidad del espacio y del

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tiempo. Pero de aquí a considerar que estas formas convierten al mundo externo en mera apariencia, no es consecuente. Sólo quie­ nes reputan que el conocimiento sensible es más oscuro y más con­ fuso que el conocimiento obtenido por la razón (racionalismo) pueden caer en ese error. Las formas puras de la intuición, al con­ trario, garantizan nada menos que la objetividad de la aritmética y de la geometría. Al propio tiempo, el ser consciente de ello, pre­ viene de tomar las apariencias cual cosas en sí, y, como se verá des­ pués, de enredar a la razón en contradicciones (antinomias). Pun­ tualmente, el delimitar las posibilidades del conocimiento gracias al carácter a priori, ideal, de las formas de la conciencia, lleva a Kant a designar a su doctrina idealismo crítico, diferenciándolo del idealis­

mo adormecido, de Descartes, y del idealismo delirante, de Berkeley.

Se g u n d a p a r t e

¿Cómo es posible la ciencia naturalpura? (§§ 14-38)

Los Prolegómenos abundan en frases felices por conceptuosas. De éstas, cabe mencionar el concepto de naturaleza, con la que se inicia la segunda parte. Naturaleza no significa cosas en sí. Éstas no pue­ den ser conocidas a priori ni a posteriori. Una cosa contiene siempre en cuanto tal formas a priori. Por ello, la naturaleza, la naturaleza co­ nocida (la újiica de que se puede hablar con sentido) es “la existen­ cia de las cosas en tanto se halla determinada con arreglo a leyes” (formas) (§§ 14). He aquí relaciones legales que la conforman: la per­ manencia de la sustancia, el enlace de causa y efecto. El repertorio de estas leyes a priori constituye la física pura. ¿Cómo ésta es posible? (§§ 15). La naturaleza significa también el conjunto de todas las co­ sas (§§ 16). Hay que preguntar consecuentemente por la legalidad de todas las cosas como objetos de una posible experiencia, o, dicho con brevedad, por la legalidad de la experiencia misma. Buscar las condiciones de la posibilidad de la experiencia equivale a descubrir las fuentes de las leyes puras a priori de la naturaleza (§§ 17).

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A continuación se establece la diferencia entre juicios de per­

cepción y juicios de experiencia. Los primeros son concretos, perso­

nales; por tanto, valen subjetivamente. (Ejemplo: esta alcoba me parece caliente.) ¿Qué es aquello que confiere a los juicios validez objetiva, ello es, validez universal y necesaria y, de esta suerte, los convierte en juicios de experiencia? (Ejemplo: el aire es elástico.) (§§ 18, 19). He aquí la respuesta: cuando la percepción se conci­ be a la luz de un concepto puro del entendimiento, por ej., el de causalidad. Así, de un juicio de percepción que exprese: “Si el sol se refleja en una piedra, ésta se calienta”, puede llegarse a uno de experiencia: “El sol calienta (como causa) la piedra.” Dicho en otro giro: la validez universal y necesaria de los juicios sintéticos reside en las formas a ρήοή del conocimiento, incluso en los pro­ pios axiomas de la matemática (§ 20).

Hay una correspondencia entre las clases de juicios, los con­ ceptos puros del entendimiento (categorías) y los principios gene­ rales de la posibilidad de la ciencia natural. En tres tablas se ofrecen los términos de la serie: tabla lógica de los juicios, tabla trascen­ dental de los conceptos puros y tabla fisiológica de los principios de la ciencia natural (§ 21). Una vez presentadas las tablas, se re­ cuerda al lector que aquí se encara el ángulo epistemológico, no el psi­

cológico de la cuestión; no se averigua el origen cronológico de la ex­

periencia, sino la estructura de ella, “lo que ella contiene” (§21 a). Los principios de la ciencia natural computan así las formas de in­ tuición como las categorías. De ahí su función conformadora de la realidad misma. En seguida, el autor ofrece los resultados obteni­ dos en una serie de usuales definiciones, tales las de pensar, perci­ bir, juicio subjetivo, juicio objetivo, clases de juicios, conceptos puros del entendimiento, experiencia (§ 22). Dentro de esta termi­ nología, reitera la identificación de principios fundamentales de toda experiencia y leyes generales de la naturaleza. Con todo lo di­ cho hasta aquí, queda resuelta la segunda cuestión capital que ver­ sa acerca de la posibilidad de la física pura (§ 23).

Tras el parágrafo 23, tiene lugar un cambio en el tratamiento de los problemas. El empleo del método analítico ya no predomina en el enfoque. Lo que se advierte también, ahora, como lo ha su­ brayado Erdmann, es un buen intento de resumir capítulos de la

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Crítica de la razón pura que se ocupan de los propios temas. De pa­

recida manera, como lo hizo Kant en esta obra anterior, aquí pre­ domina el método sintético. Así lo expresa el filósofo en nota del parágrafo 24.

Los axiomas de la intuición se fincan en este principio: Las intuiciones son magnitudes extensivas, vale decir, hacen posible la aplicación de la matemática a la experiencia, El fundamento de las anticipaciones de la experiencia, que se desenvuelve de parecida manera, declara: Todos los fenómenos tienen una mag­ nitud extensiva (§ 25). Las analogías de la experiencia son prin­ cipios dinámicos, a saber, la conservación de la materia, la cau­ salidad de los fenómenos y la acción recíproca de los mismos. Como se advierte, gracias a estos principios, es dable elaborar la ciencia natural; pero hasta allí llega su poder y eficacia terréti­ cos. Quien pretende levantar con ellos el edificio de una meta­ física de las cosas en sí, sucumbe a un engaño, a una apariencia trascendental (§ 26).

Seguidamente intercala Kant (§§ 27-30) su posición respecto a la tesis epistemológica de Hume. De éste acepta que el uso de con­ cepto de causalidad tiene como campo insuperable la realidad de la experiencia; pero difiere del filósofo inglés al establecer que las formas todas del entendimiento no son subjetivas, sino que com­ parten validez general y necesaria. Por esta vía, agrega Kant, queda lógicamente salvada la ciencia. Más allá de la experiencia los con­ ceptos puros del entendimiento (incluyendo la matemática pura y la ciencia natural pura) no tienen significación alguna: “sólo sirven, dice Kant, en una preciosa metáfora, para deletrear los fenómenos, para enseñar a leer en la experiencia (§ 30). De esta guisa se ofrece el argumento decisivo contra toda filosofía dogmática que no re­ conoce barreras insuperables del conocimiento, poco importa que lo representen los filósofos del “sano entendimiento”, tan dados a la popularización de las ideas (§31).

Tras esta interpolación sobre la mencionada tesis de Hume, los parágrafos que siguen retoman a recapitular las partes correspon­ dientes de la Crítica de la razón pura. Ahora toca su tumo a los con­ ceptos de fenómeno (lo que aparece según leyes del entendimien­ to puro) y de noúmeno (lo que sólo es susceptible de pensarse fuera

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de la realidad) (§§ 32-34). También aborda la teoría del esquematis­

mo>: procedimiento mediador para vincular conceptos puros y re­

presentaciones concretas. En fin, discurre con ingenio y agudeza acerca de la tarea y función creadoras de la imaginación, del enten­ dimiento y de la razón (§ 35).

De esta manera está ya preparado el lector para contemplar el “punto culminante” de la filosofía trascendental, o sea la pregunta:

éCómo es posible la naturaleza? La respuesta ya es conocida: materia- liter, por la estructura de la sensibilidad. (Estética trascendente, de­

senvuelta en la parte primera de los Prolegómenos), formaliter, por la estructura del entendimiento. (Lógica trascendental, desenvuelta en la segunda parte de los Prolegómenos.) La mente humana no pue­ de ir más allá de esto: la legalidad de la experiencia; pero la legali­ dad (posibilidad) de la legalidad misma (apercepción trascenden­ tal) no puede ser dilucidada. Posibilidad de la experiencia y ley universal de la naturaleza significan lo mismo.

Las leyes puestas por el entendimiento conforman la naturale­ za (§ 36). Para explicar esta atrevida tesis (§ 37), se echa mano de ejemplos sacados de la matemática (teoremas del círculo y de las secciones cónicas) y de la astronomía (leyes de Kepler). Los teore­ mas y leyes mencionados son conformados no en la representa­ ción del espacio, sino en la función legal del entendimiento. Por ello, puede decirse que éste constituye el origen lógico del orden universal de la naturaleza (§ 38).

Cierra la segunda parte de la obra un estudio intitulado Apén­

dice de la ciencia natural, con el subtítulo Del sistema de las categorías

(§ 39), cuyo texto evidentemente fue incorporado más tarde. A te­ nor de su contenido, debería haber figurado el dicho texto acaso in­ mediatamente antes o después del parágrafo 21, que ofrece, en su orden, como ya fue dicho, las tablas de las especies de juicios, de los conceptos puros del entendimiento y de los principios de la ciencia natural. Justamente este Apéndice viene a justificar la doctri­ na de las categorías, de Kant, las cuales, hasta ahora, habían sido llamadas conceptos puros del entendimiento. El filósofo da noticia primero de las razones que lo llevan a rechazar la doctrina de Aris­ tóteles, una composición rapsódica de nociones sin unidad; des­ pués, “tras largas reflexiones”, elabora un sistema de ellas, nuevo y

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articulado metódicamente. El hilo conductor del sistema de las ca­ tegorías es la operación lógica del juicio. Las categorías, empero, sólo tienen significación en cuanto formas que organizan las re­ presentaciones y experiencias. No puede omitirse el señalar aquí las importantes observaciones consignadas en la nota al pie de este pa­ rágrafo, dentro de las cuales advierte el carácter dialéctico del siste­ ma al indicar que la tercera de las categorías de cada grupo de tres, resulta de la combinación de la primera y de la segunda. Así de las categorías de la unidad y la multiplicidad, sale la categoría de la to­ talidad, que es la unidad de una multiplicidad. El texto final de es­ te parágrafo, constituye el tránsito hacia la tercera parte de la obra, que se ocupa del tema de la metafísica. Para ello, se habla muy bre­ vemente de las nociones ontológicas más abstractas, a saber, de las nociones de algo y de nada.

Te r c e r a p a r t e

¿ Cómo es, en general, posible la metafísica ? (§§ 40-56)

Hasta ahora, han sido estudiadas dos especies de formas a prio­

ri: las formas puras de intuición y las categorías (conceptos puros del

entendimiento). Las primeras hacen posible la matemática; las se­ gundas, la ciencia natural. De unas formas y otras se generan los principios puros de la ciencia natural (axiomas de la intuición, anti­ cipaciones de la percepción, analogías de la experiencia y postulados del pensamiento empírico en general). Formas y principios poseen realidad empírica: sólo valen dentro de la experiencia posible.

Pero al lado y por sobre estas formas y principios, existen otras formas de la conciencia humana, cuyo esencial carácter reside en ser recursos para conocer lo absoluto, ello es, las cosas en sí, las que, por no ser objetos de experiencia posible (fenómenos), cabe designarlos como noúmenos (sólo imaginables por la razón). Por ello, Kant los llama Ideas (con mayúscula). Tres Ideas satisfacen de continuo estos afanes: la inmortalidad del alma (Idea psicológica),

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la totalidad del mundo (Idea cosmológica) y la existencia de Dios (Idea teológica). Al hablar de estas nuevas formas, Kant distingue entre razón y entendimiento. Las Ideas son producto de la razón; las categorías, producto del entendimiento. Aquéllas son ideales de la razón; éstas, conceptos del entendimiento.

Las Ideas, que constituyen la materia y tarea de la metafísica, poseen realidad subjetiva, como quiera que arraigan en la naturale­ za de la razón humana. ¿Cómo explicar su esencia y función? Ya fue dicho. Por sobre la experiencia, siempre relativa, obtenida gra­ cias a las categorías, el hombre quiere captar lo absoluto (§ 40) y, para ello, recurre a las Ideas (§41). Éstas no son formas de la expe­ riencia, no son inmanentes a ella. La trascienden: son trascenden­ tes de ella. Sucumbe la razón a un error, al creer que le es dable asir­ las con sus razonamientos (ilusión trascendental). Hay más: no existe medio de disuadir al hombre de que es una ilusión, a no ser por la razón misma (§ 42). Ésta es la extraordinaria empresa que se pro­ pone Kant en este lugar de la obra.

Así como las categorías tienen su origen común en las fun­ ciones sintéticas del juicio, propias del entendimiento, el origen de las Ideas proviene de la capacidad de la razón de inferir silogís­ ticamente. A las tres clases de silogismos (categóricos, hipotéticos y disyuntivos) corresponden los tres grupos de Ideas metafísicas: las Ideas psicológicas, las Ideas cosmológicas y la Idea teológica, con sus peculiares contrafíguras, a saber, los paralogismos, las an­ tinomias y las pruebas de la existencia de Dios (§ 43). Las Ideas no son cosas baladíes, encierran una noble tarea. Quieren llevar al hombre a objetos que anhela conocer: Dios, la inmortalidad del alma, el origen y fin del universo, pero no hay modo de hacerlo por obra del entendimiento con sus categorías y sus principios a

ρήοή de la ciencia natural. Quizás las Ideas, forjadas por la razón

humana, constituyen sólo meros ideales de conocimiento, ello es, orientaciones para dirigir los afanes ascendentes del hombre (§ 44). Las Ideas se convertirían así en derroteros hacia la perfec­ ción del género humano.

Una vez que el autor previene de los peligros que acarrea el confundir el uso de las categorías (que hacen posible la experien­ cia) con el uso de las Ideas (que confirman la inextirpable tenden­

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cia humana hacia lo infinito) (§ 45), pasa a considerar éstas por se­ parado. Comienza con las Ideas psicológicas (§§ 46-49). La Idea de que el alma es inmortal merced a que es una sustancia simple (fun­ damento de la psicología racional), no puede ser demostrado, toda vez que tal hipótesis trasciende el mundo de la experiencia. La ca­ tegoría de sustancia tiene vigencia sólo dentro de hechos empírica­ mente existentes. La sustancia es cuanto permanece, sí, pero a tra­ vés de cambios dentro de la experiencia misma. Más allá de la vida humana, más allá de la muerte no es dable aventurar nada crítica­ mente. Todos los argumentos en favor de la inmortalidad del alma caen en paralogismos. No se puede deducir del simple “yo pienso”, determinaciones metafísicas del alma.

La cosmología racional es objeto de crítica a través de cuatro antinomias (§§ 50-54). En Kant, antinomia es la contradicción existente entre dos proposiciones (tesis y antítesis) en cuanto se in­ tenta pensar lo absoluto mediante las categorías, sólo aplicables objetivamente al mundo de la experiencia. Las dos primeras anti­ nomias, llamadas matemáticas, se refieren al origen y composición del mundo. Ia Tesis: El mundo tiene un comienzo (un límite); an­ títesis: El mundo es infinito. 2a Tesis: El mundo se compone de partes simples; antítesis: En el mundo no hay nada simple, todo es­ tá compuesto. Las otras dos antinomias, dinámicas, tocan los te­ mas de la libertad y la divinidad del mundo. 3a Tesis: En el mundo hay causas por libertad; antítesis: En el mundo todo es necesidad. 4a Tesis: Hay una causa absoluta del mundo (Dios); antítesis: En el mundo todo es contingente.

La cuarta antinomia lleva, como de la mano, a la Idea teológi­ ca. La metafísica tradicional ha creado una disciplina para estu­ diarla: la teología racional, cuyo cometido reside en averiguar la asencia y existencia de Dios. Dios es el ser primero, perfecto en su posibilidad y causa en la realidad de todas las cosas. Respecto a las pruebas de su existencia, Kant remite al lector a la Crítica de la razón

pura. Allí se ofrecen las tres pruebas de su existencia: la prueba on-

tológica, la prueba cosmológica y la prueba físico-teológica (§ 55), acotados de los argumentos que exhiben su error.

En resumen: no es dable resolver por la vía racional los pro­ blemas del alma, del mundo y de Dios; mas la vía crítica, una vez

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que descubre la ilusión a que sucumben psicología y teología ra­ cionales, ve de explicar el hecho de los afanes humanos hacia la perfección, y frente a cuestión tan delicada, formula Kant su doc­ trina de las Ideas regulativas. Las Ideas no tienen una función cons­ titutiva, conformadora, como la tienen las categorías, pero encie­ rran una función regulativa, orientadora. Todas las ciencias crecen sin cesar, y, al hacerlo, se ven obligadas a considerar en conjunto sus resultados. Aquí arraigo la Idea de totalidad. Lo ya conquistado es sólo peldaño de un nuevo saber más amplio y profundo. Justa­ mente las Ideas prestan este servicio: señalan la orientación unita­ ria y sistemática del saber (§ 56).

Conclusión de la determinación del límite de la razón pura (§§ 57-60)

Ésta y colaterales reflexiones quedan expuestas en los siguien­ tes parágrafos de la Conclusión, que lleva por subtítulo el expresivo epígrafe: De la determinación del límite de la razón pura. Por una parte, sin relación a la experiencia, las Ideas carecen de significación. Por otra, la razón no se satisface nunca con el saber adquirido. Trata de avanzar hacia el conocimiento de la totalidad de la vida psicológi­ ca y de la totalidad del mundo. Hay más, trata de llegar a la raíz de todas las cosas (Dios). Frente a ello, impónese tanto una reflexión crítica de los límites del conocimiento contra toda ilusión metafí­ sica, como una réplica consecuente del escepticismo, que de todo duda. “El escepticismo salió en sus orígenes de la metafísica y de una indisciplinada dialéctica.”

He aquí la respuesta: las Ideas trascendentales son problemas, tareas, metas por alcanzar, que sirven de mediadoras entre lo co­ nocido y lo desconocido. Para ilustrarlo, Kant trae a cuento el con­ cepto de ser supremo. De Dios sólo puede haber un conocimiento por analogía. Se le atribuye la capacidad intelectual más poderosa posible, concepto, de fijo, inspirado en la experiencia y potenciado al infinito por la razón (§ 58). Los confines de la propia experien­ cia encuentran un límite que la crítica de la razón establece, seña­ lándole al propio tiempo el camino hacia la totalidad, dentro de sus reales posibilidades. La Idea de totalidad no es objeto de

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expe-rienda, cierto, pero incita al hombre de ciencia a seguir adelante sobre lo ya alcanzado en su trabajo creador (§ 59).

Todo esto revela a las claras el sentido y la significación de la metafísica como disposición natural, bien que concebida y decan­ tada en su función reguladora. A eso hay que agregar otras aprecia­ ciones a manera de escolios. Uno de éstos -y no de poca monta- tiene que ver con las concepciones filosóficas acerca de la psique humana, de la naturaleza del mundo y de Dios. La crítica de la Idea psicológica alecciona contra una concepción bio-fisiológica del al­ ma. La crítica de la Idea cosmológica, persuade en contra de un ma­ terialismo naturalista, y la crítica de la Idea teológica previene de una actitud fatalista de la vida.

Otro escolio contempla el tema de la unidad de la conciencia humana y, por tanto, de la filosofía misma. El vínculo de las Ideas (en su función reguladora) con la ciencia en su creciente desarrollo, toca el agudo tema de la libertad y la necesidad, ello es, la unidad del uso teorético y del uso práctico de la razón (§ 60).

Solución de la pregunta general de los Prolegómenos: éCómo es posible la metafísica como ciencia ?

Es pertinente resumir cuanto se viene diciendo. La metafísica como disposición humana, es real, pero engañosa. Únicamente una crítica de la razón puede hacer de ella una ciencia. Puede y de­ be llamarse, una vez logrado esto, metafísica crítica, o simplemen­ te Crítica, sustantivando el adjetivo.

La dicha Crítica reviste un vasto y hondo cometido. La cons­ tituyen todas las formas puras a priori que pone en práctica la con­ ciencia del hombre en su existencia. Punto de arranque es la de­ terminación conceptual de estas formas; en seguida, precisa clasificarlas (intuiciones, categorías, principios, Ideas), a tenor de su origen (sensibilidad, entendimiento, razón); viene a continua­ ción el tema, en extremo difícil, de su fundamento (deducción trascendental); después, el de consignarlas en inventario sistemá­ tico. En fin, hay que señalar los principios de su uso y los límites de su uso.

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La Crítica así se opone a la filosofía anterior y la supera. Se comporta respecto de la metafísica tradicional como la química respecto de la alquimia y la astronomía respecto de la astrología. Por desgracia, todavía se oyen las inepcias de la filosofía dogmática en academias y círculos universitarios, pues si bien ya se supera la metafísica precedente, aún no está terminado el nuevo sistema de la filosofía.

La filosofía se halla en una etapa de transición. La metafísica es tan imprescindible al hombre como respirar. Se impone cuanto an­ tes llevar adelante este renacimiento, para sanear la respiración in­ telectual, “para que no se tenga que absorber aire impuro”. ¿Será posible? A ello alienta la irresistible ley de la necesidad, como lo prueba el nuevo descubrimiento.

De cierto, hasta ahora no se había dado un solo paso en la iné­ dita ruta. El propio Kant lamenta que sus trabajos anteriores, precrí- ticos, corrieron la misma suerte. Dicho en un giro de la Crítica y de los Prolegómenos: no se había podido probar ningún juicio sintético

a priori de la disciplina en cuestión. Pues no prueban nada meras

conjeturas o reiteradas invocaciones al sano entendimiento huma­ no. Hay que subrayarlo: descubierto el principio de su constitución, precisa desarrollar la metafísica como ciencia, en todas sus partes.

Apéndice de lo que puede ocurrir con referencia a la constitución de la metafísica como ciencia

Como lo delata el título, Kant trata de someter sus nuevas ideas al examen ilustrado del público. Para ello, considera que los Prole­

gómenos constituyen un libro “preciso y circunstanciado”.

Hay de hecho dos actitudes en esta tarea. Una injustificada. La que practica quien juzga la obra desde una postura considerada verdadera de antemano. Se actúa con juicio ya tomado, con pre­ juicio. Es una apreciación que precede al examen. La otra actitud es jus­ tificada. La practica quien, sin prevención, examina la obra para to­ mar partido acerca de ella. Es la apreciación que sigue al examen.

Prueba de un juicio sobre la Crítica que precede al examen. -Esta ac­

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blicado en las Göttinger Anzeigen von galehrten Sachen, el 19 de enero de 1872. Mostrando, en verdad, poca información y peor com­ prensión de la obra, ve en la doctrina expuesta un sistema de “idea­ lismo trascendente o de idealismo superior”. Frente a tal situación, la respuesta de Kant en parte mayor se limita a esclarecer al autor del artículo lo que no quiso o no pudo entender.

Pero se saca provecho de la contestación. Kant viene a elucidar y confirmar, con esta oportunidad, conceptos medulares del criti­ cismo, ofreciendo de paso, nuevas precisiones terminológicas. Así los conceptos de a priori, trascendental y trascendente (diferentes en mucho), los tipos de idealismo, etc., sobre todo en las notas al pie.

Proposición de un examen de la Crítica, tras el cualpuede seguir el jui­ cio. -Es la segunda actitud para juzgar una obra. Puede calificarse

de reflexiva en toda la fuerza del término. Quien juzga así una obra se hace cargo, primero, de las ideas de la obra en cuestión; en se­ guida, por propio y mediato esfuerzo, las coteja con otras a la luz de la verdad, para tomar acerca de ellas, al fin, una posición justifi­ cada.

Esta actitud reflexiva es de todo punto necesaria tratándose de la filosofía, que, hoy, por desgracia, no disfruta, ni con mucho, de un probado reconocimiento y, que, consecuentemente, requiere de una transformación radical, so pena de caer más abajo. Estos

Prolegómenos, en buena parte, pueden servir “como plan y motivo

conductor” de tal examen, como quiera que exponen la doctrina de la Crítica en una versión ad hoc para los dichos propósitos.

La reforma de la filosofía no sólo reclama una justipreciación, más negativa que positiva, de los viejos filosofemas. Una vez acep­ tados los principios de la Critica, viene la tarea de una constitución

definitiva de esta rama de los saberes humanos, lo cual supone el

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Texto*

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Prefacio

Estos Prolegómenos no son para uso de principiantes, sino pa­ ra futuros maestros y, aun a éstos, no les deben servir para la expo­ sición de una ciencia preexistente, sino, ante todo, para la inven­ ción de la ciencia misma.

Hay sabios, para los cuales, la historia de la filosofía (tanto la vieja como la nueva) es su filosofía misma; para ellos no se han es­ crito estos Prolegómenos. Necesitan esperar hasta que hayan ter­ minado su tarea los que se esfuerzan por coger el agua de la fuente misma de la razón y, entonces, les llega su tumo y dan al mundo noticia de lo sucedido. En cambio, según su opinión, nada puede decirse que no haya ya sido dicho en otro tiempo, y esto puede, en efecto, valer como una infalible predicción para todo lo porvenir; porque, como el entendimiento humano, durante muchos siglos, ha fantaseado de muchos modos sobre infinitos objetos, no es di­ fícil que, para cada cosa nueva, se pueda encontrar alguna otra vie­ ja que tenga con ella alguna semejanza.

Mi intención es convencer a todos los que encuentran de algún valor ocuparse en el estudio de la Metatísica, de que es absoluta­ mente necesario, antes de emprender su trabajo, que consideren co­ mo no sucedido todo lo que ha pasado hasta aquí, y, ante todo, se formulen esta pregunta: ¿es posible algo semejante a la Metafísica?

Si es una ciencia, ¿por qué no puede ser objeto, como las otras ciencias, de una aprobación permanente? Si no es ciencia, ¿por qué hace incesantes alardes de tal y detiene al entendimiento humano con esperanzas, si nunca extintas, jamás satisfechas? Sea su ser o su no ser lo que se pueda demostrar, es preciso llegar a una conclusión segura acerca de la naturaleza de esta ciencia arrogante; porque,

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con respecto a ella, es imposible que permanezcamos más largo tiempo en la misma situación. Parece casi digno de risa que, mien­ tras todas las ciencias progresan incesantemente, la que se tiene por la sabiduría misma, cuyo oráculo todos los hombres consultan, dé vueltas siempre en la misma dirección, sin poder avanzar un paso. Así, sus partidarios han perdido mucho, y no se ve que, los que se sienten bastante fuertes para brillar en otras ciencias, quieran arries­ gar su gloria en ésta, donde cualquiera que, por lo demás, es igno­ rante en todas las otras cosas, se atribuye un juicio decisivo, por­ que, de hecho, en este campo no hay aún peso ni medida algunos para distinguir la profundidad de la charlatanería superficial.

Pero, precisamente, no es algo inaudito que, después de mu­ cho estudiar una ciencia, cuando se piensa con admiración lo mucho que se ha avanzado en ella, se le ocurra a alguien preguntar si tal ciencia es posible, y, en general, cómo es posible. Pues, la razón humana, es tan constructiva que, con frecuencia, después de acaba­ da la torre, la ha derribado de nuevo para ver si el cimiento mismo está bien fabricado. Nunca es demasiado tarde para hacerse racional y sabio; sin embargo, es tanto más difícil poner el conocimiento en camino cuanto más tarde éste llega.

Preguntar si una ciencia es posible, supone que se ha dudado de su realidad. Pero tal duda ofende a todos aquellos cuyo patri­ monio consiste sólo, tal vez, en esta joya aparente: y de ahí que siempre, el que manifiesta esta duda, puede esperar sólo resistencia de todas partes. Los unos, orgullosos de su vieja propiedad, y pre­ cisamente por vieja considerada como legítima, con sus compen­ dios de Metafísica en la mano, le mirarán con desprecio; otros, que no ven en parte alguna más que lo idéntico a lo que ya antes han visto en otra parte, no le entenderán, y todo permanecerá durante algún tiempo como si no hubiese ocurrido lo que hace temer o es­ perar un próximo cambio.

Sin embargo, me atrevo a predecir que, el lector de estos Prole­ gómenos, si piensa por sí mismo, no sólo dudará de su ciencia hasta aquí existente, sino que en lo sucesivo, quedará perfectamente con­ vencido de que nada semejante puede existir sin que sean cumplidas las exigencias aquí formuladas, sobre las cuales descansa su posibili­ dad, y de que, allí donde nunca se han cumplido, no puede existir

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Metafísica alguna. Porque su demanda no puede nunca fallar, por­ que el interés de la razón humana, en general, está con ella conti­ nuamente enlazado, tendrá que confesar que, necesariamente, ha de producirse en ella una total reforma, o más bien un nuevo naci­ miento, según un plan completamente desconocido hasta ahora, aunque se oponga a ello, como quiera que sea, algún tiempo.

Desde los ensayos de Locke y de Leibniz, o, más bien, desde el nacimiento de la Metafísica, hasta donde llega su historia, no ha su­ cedido ningún acontecimiento que, en relación a la suerte de esta ciencia, haya podido ser más decisivo que el ataque que le dirigió David Hume. No hizo luz alguna en esta forma del conocimiento, pero hizo saltar una chispa con la cual, si hubiese encontrado una yesca a propósito, hubiese podido muy bien encender un fuego cu­ yas brasas, sin duda, se habrían conservado y acrecentado.

Hume partía de una concepción particular, pero sólida, de la Metafísica, a saber, la de la conexión de la causa y el efecto (por consiguiente también la de la relación entre la fuerza y la acción, etc.), e invitaba a la Razón, que pretendía haberla engendrado en su seno, a declararle con qué derecho cree que pueda existir algo de tal naturaleza que, una vez supuesto, haga necesario suponer otra cosa; pues esto es lo sobreentendido en la noción de causa. Prueba Hume, de un modo irrefutable, que es completamente imposible para la razón pensar, a priori y con nociones puras, una conexión, puesto que esto supone necesidad; pues no es, en modo alguno, concebible que, porque algo exista, deba alguna cosa existir tam­ bién necesariamente, ni tampoco cómo la noción de un enlace puede producirse a priori. De aquí concluye, que la razón se enga­ ña completamente en ese concepto, que, aunque la tiene falsa­ mente por su propio hijo, no es otra cosa que un bastardo de la fan­ tasía, la cual, fecundada por la experiencia, ha comprendido tales representaciones bajo las leyes de la asociación y ha sustituido una necesidad subjetiva, esto es, una costumbre que de ahí nace, por una necesidad objetiva que nace del conocimiento. De aquí con­ cluye que la razón no tiene capacidad alguna para concebir tal re­ lación y para concebirla sólo en general, porque, en ese caso, su concepción sería pura fantasía y sus pretendidos conocimientos, subsistentes a priori, no serían otra cosa que experiencias comunes

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falsamente impresas; lo cual es tanto como decir: no hay Metafísi­ ca alguna ni puede tampoco haberla.1

Mas, por precipitadas e injustas que sus conclusiones fueran, estaban, al menos, fundadas en la investigación, y esa investigación era bien digna de que se hubieran reunido las buenas cabezas de su tiempo para resolver el tema en el sentido que él expuso, más feliz­ mente, si es posible, de lo cual hubiese podido brotar pronto una reforma total de la ciencia.

Sólo que, la suerte, siempre desfavorable, de la Metafísica, qui­ so que Hume no fuera entendido por nadie. No se puede conside­ rar, sin sentir cierta pena, cuán plenamente sus adversarios Reid, Oswald, Beattie y, por último, también Priestley, dejaron a un lado el punto fundamental de su trabajo y, mientras suponían concedi­ do lo que él precisamente dudaba, y ponían, por el contrario, en duda, con vehemencia, y muchas veces con gran inmodestia, aque­ llo de lo cual jamás se le había ocurrido dudar, desatendieron su ad­ vertencia para el perfeccionamiento, de tal modo, que todo per­ maneció en el antiguo estado como si nada hubiese ocurrido. La cuestión no era si la noción de causa es justa, útil e indispensable en relación a todo el conocimiento natural, pues esto jamás se le había ocurrido dudarlo a Hume, sino si ha sido concebida por la razón a priori y, en cierto modo, como una verdad interior inde­ pendiente de toda experiencia, y, de aquí, tiene también una apli­ cación más extensa no limitada solamente a los objetos de la expe­ riencia; sobre esto esperaba Hume una explicación. Se trataba del origen de la noción, no del carácter indispensable de la misma en

1 Sin embargo, Hume llamaba Metafísica a esta misma filosofía destrui­ da y le atribuía un gran valor. “La Metafísica y la Moral, decía (Ensayos, 4a par­ te, pág. 214, traducción alemana), son las dos más vigorosas ramas de la ciencia; las Matemáticas y las Ciencias Naturales no tienen ni la mitad de valor.” El perspicaz escritor vio aquí solamente la utilidad negativa que podía tener la moderación de las pretensiones exageradas de la razón espe­ culativa para terminar completamente las múltiples, inacabables y continuas disputas que perturban a la humanidad; pero, con eso, perdió de vista el perjuicio positivo que resulta de aquí si se priva a la razón de las más gran­ diosas perspectivas, según las cuales solamente puede presentar a la volun­ tad el más alto objeto de todos sus esfuerzos.

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el uso; si aquél hubiera sido reconocido, se hubiera resuelto por sí misma la cuestión de las condiciones de su uso y de las esferas en las cuales puede ser válido.

Los adversarios del célebre escritor, para realizar su trabajo, hu­ bieran debido penetrar muy profundamente en la naturaleza de la razón en cuanto tiene simplemente por objeto pensamientos pu­ ros; pero esto era para ellos molesto. De ahí que inventaran un me­ dio más cómodo para presumir sin fundamento alguno, a saber: la apelación al sentido común humano. En efecto, es un gran don de los cielos poseer un entendimiento humano recto (o, como se ha dicho recientemente, simple). Pero la prueba debe consistir en he­ chos, en reflexiones y razonamientos sobre lo que se dice y piensa, no en aquello a lo cual, cuando no se sabe alegar nada inteligente para su justificación, se apela como a un oráculo. Apelar al sentido común humano, precisamente cuando el conocimiento y la cien­ cia descienden al abismo, y no antes, es una de las más sutiles in­ venciones de los nuevos tiempos, en los cuales, el insustancial char­ latán compite confiadamente con las más profundas cabezas y puede mantenerse en contra de ellas. Pero, en tanto que contemos con un pequeño resto de inteligencia, nos guardaremos bien de echar mano de este auxilio. Y, mirada a la luz, esta apelación no es otra cosa que un recurso al juicio de la multitud; una ovación al­ canzada por esto enrojece al filósofo, mientras el ingenio popular triunfa y se envanece. Pero yo debía pensar que Hume podía pre­ sumir de un entendimiento sano, tanto como Beattie, y, además, de lo que éste ciertamente no poseía, a saber: de una razón crítica, la cual contiene al sentido común, a fin de que no se extravíe en es­ peculaciones demasiado elevadas, o, si se trata simplemente de es­ to, de que no se incline a no decidir nada, porque no encuentra jus­ tificación de sus principios, pues solamente así se conservará como un entendimiento sano. El escoplo y el martillo pueden servir muy bien para trabajar un trozo de madera de construcción; pero para grabar se necesita un buril. Así, son también utilizables el sano en­ tendimiento y el especulativo, pero cada uno a su modo: aquél, si se trata de juicios, que encuentran su inmediata aplicación en la ex­ periencia, y éste, donde se debe juzgar en general acerca de nocio­ nes puras,, por ejemplo, en la Metafísica, donde el que,

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frecuente-mentz, per antiphrasin, se llama a sí mismo entendimiento sano, no tiene que dar dictamen alguno.

Confieso con franqueza que, la indicación de David Hume, fue sencillamente la que, muchos años antes, interrumpió mi ador­ mecimiento dogmático y dio a mis investigaciones en el campo de la filosofía especulativa una dirección completamente distinta. Es­ taba yo muy lejos de prestarle oídos en relación a sus conclusiones, las cuales se deducían sencillamente porque no se representó su te­ ma en su totalidad, sino que se fijó solamente en una parte del mis­ mo, la cual, sin tener en consideración el todo, ninguna informa­ ción puede ofrecer. Si se empieza por un pensamiento fundado, aunque no desarrollado, el cual nos pone en relación con otros, se puede esperar llegar más allá por medio de la reflexión continuada, como le ocurrió al perspicaz escritor, al cual hay que agradecer la primera chispa de esta luz.

Yo inquirí, pues, primeramente, si la objeción de Hume no puede presentarse en general, y pronto encontré: que la noción del enlace de causa y efecto, no es, ni con mucho, la única por medio de la cual el entendimiento concibe a priori los enlaces de las cosas, sino que la Metafísica toda consiste en eso. Traté de asegurarme de su número, y por haber logrado esto según mi deseo, o saber, por un principio único, llegué a la deducción de que, estas nociones, de las cuales estaba yo ahora seguro, no se derivaban de la expe­ riencia, como Hume había recelado, sino que brotan de la razón pura. Esta deducción, que parecía imposible a mi sagaz antecesor, la cual a nadie fuera de él se le hubiera ocurrido, aunque todos se hayan servido confiadamente de la noción sin preguntar sobre qué se fundaba su validez objetiva, esta deducción, digo yo, era la más difícil que jamás pudo ser emprendida por la Metafísica; y lo peor era que, toda la Metafísica, existente dondequiera, no podía pres­ tarme para esto el menor auxilio, porque aquella deducción debe, ante todo, decidir la posibilidad de una Metafísica. Por no haber li­ mitado el problema de Hume a un solo caso, y por haber logrado extenderle a toda la capacidad de la razón pura, pude yo progresar más seguramente, aunque siempre con lentitud, para determinar al fin, completamente y según principios generales, la esfera total de la razón pura en sus límites, así como en su contenido, lo cual era

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lo que necesitaba la Metafísica para desarrollar un sistema según un plan seguro.

Pero temo que, al desarrollo del problema de Hume, en su ma­ yor extensión posible (es decir, a la Crítica de la Razón Pura), le pue­ da suceder lo que le sucedió al problema mismo cuando fue ex­ puesto. Se le juzgará mal por no entenderle; no se le entenderá, por hojear, sí, el libro, pero no meditar con gusto sobre él, y no se que­ rrá tomar esta molestia, porque la obra es seca, oscura, contradice todas las habituales nociones y, además, es prolija. Ahora bien; yo confieso cuán inesperado es para mí oír quejarse de un filósofo por falta de popularidad, amenidad y comodidad, cuando se trata de la existencia del mismo alabado conocimiento, indispensable para la humanidad, el cual no puede ser tratado de otro modo que según las más estrictas reglas de una exactitud escolar, después de lo cual es cierto que, con el tiempo, se sigue la popularidad, pero jamás se puede hacer de ella el principio. Solamente es justa la queja que se refiere a cierta oscuridad que brota de la prolijidad del plan, por lo cual no se puede abarcar bien con la vista el punto capital, que im­ porta mucho a la investigación; y esto lo remediaré yo con los pre­ sentes Prolegómenos.

La obra que explica la pura facultad racional en su contenido y en sus límites, se constituye siempre, además, como la base a la cual se refieren, sólo como preliminares, estos Prolegómenos, pues aque­ lla crítica debe, como ciencia, mantenerse sistemática y completa hasta en sus más pequeñas partes, antes que se piense en hacer apa­ recer la Metafísica o en concebir sobre ella una esperanza lejana.

Se está desde hace tiempo acostumbrado a ver nuevamente en­ galanados los viejos y gastados conocimientos, cuando se les sepa­ ra de sus precedentes enlaces, adaptándoles una vestidura sistemá­ tica según el propio corte deseado, pero bajo un nuevo título; y, de antemano, no esperarán otra cosa de aquella crítica la mayor parte de los lectores. Solamente estos Prolegómenos le inclinarán a com­ prender que se trata de una nueva ciencia, en la cual a nadie se le había ocurrido pensar antes, cuya misma mera idea era desconoci­ da, y para la cual nada podía ser útil sino la sola indicación que po­ día ofrecer la duda de Hume, el cual, igualmente, no adivinó la ciencia formal, también posible, sino que, para poner en seguridad

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su nave, la hizo fondear en la costa (del escepticismo) donde podía estacionarse y pudrirse, en vez de lo cual a mí me importa darla un piloto que, provisto de los seguros principios del arte del timonel, los cuales están sacados del conocimiento del globo, con un mapa completo del mar y un compás, pueda dirigir seguramente el barco adonde le parezca bien.

Para una ciencia nueva, que está completamente aislada y es única en su género, proceder con el prejuicio de que se la puede juzgar con ayuda de sus pretendidos conocimientos, ya antes ad­ quiridos, aunque éstos sean precisamente aquellos cuya realidad debe ser, de antemano, por completo puesta en duda, no produce otro resultado que el creer ver por todas partes lo que le era a uno ya antes conocido, porque quizá suenen las expresiones de un mo­ do semejante; solamente que le debe parecer a uno todo extraordi­ nariamente desfigurado, absurdo y como una jerga, porque no se toma por base el pensamiento del autor, sino siempre solamente su propia manera de pensar, convertida en naturaleza tras larga cos­ tumbre. Pero, en tanto que está fundada en la ciencia misma y no en la exposición, la prolijidad de la obra, la inevitable sequedad y la minuciosidad escolástica, son cualidades que pueden, cierta­ mente, ser muy ventajosas a la cosa misma, pero, para el libro mis­ mo, se hacen completamente desaprovechables.

No es dable a cualquiera escribir tan sutilmente, y, al mismo tiempo, sin embargo, de modo tan atractivo como a David Hume, o tan fundamentalmente y, por eso, de un modo tan elegante co­ mo a Moisés Mendelssohn. Sólo hubiese podido dar popularidad a mi exposición (cosa que me halagaba), si solamente me hubiese importado trazar un plan y encarecer a otro su desarrollo, y no hu­ biese yo llevado en el corazón el deseo del bien de la ciencia en la cual me hube ocupado durante tanto tiempo; pues, por lo demás, se necesita mucha perseverancia, y aun no poca abnegación, para posponer el atractivo de una pronta aceptación favorable a la pers­ pectiva de una aprobación tardía, aunque más duradera.

Hacer planes es muchas veces una exuberante y jactanciosa ocupación del espíritu, por la cual se da uno a sí mismo una apa­ riencia de genio creador, mientras se postula lo que no se puede ha­ cer efectivo, se censura lo que no se puede hacer mejor y se propo­

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ne aquello mismo que no se sabe dónde se puede encontrar, aun­ que sólo para un buen plan de una crítica general de la razón sería necesario ya algo más, que se puede adivinar, si no ha de ser éste, como de costumbre, una mera declamación de devotos deseos. Pe­ ro la razón pura es una esfera tan aislada y, en sí misma, tan enla­ zada por todas partes, que no se puede poner la mano en ninguna de ellas sin tocar todas las demás, y nada se puede efectuar sin ha­ ber determinado previamente la posición de cada una y su influjo sobre las otras; pues no habiendo nada fuera de ella misma que pueda corregir interiormente nuestro juicio, la validez y utilidad de cada parte depende de la relación en que está en la razón con res­ pecto a las otras, y porque, como en la estructura de un cuerpo or­ ganizado, el fin de cada miembro puede solamente ser deducido de la noción completa del todo. De aquí que se pueda decir, de una crítica tal, que nunca puede ser segura si no está completamente acabada hasta en los más pequeños elementos de la crítica de la ra­ zón pura, y que, de la esfera de esta facultad, se debe determinar o decidir todo o nada.

Pero aunque pueda ser ininteligible, incierto e inútil el sencillo plan que preceda a la crítica de la razón pura, por el contrario, es muy útil si la sigue. Pues, por este medio, se pone uno en situación de abarcar el todo, de probar, parte por parte, los puntos capitales que importan a la ciencia y, muchas veces, de ordenar la exposición mejor de lo que estaba la primera composición de la obra.

Cabe, pues, un tal plan después de acabada la obra, la cual aho­ ra puede ser expuesta según el método analítico, mientras que la obra misma debió ser redactada absolutamente según el método sintético, a fin de poner ante los ojos la ciencia con todas sus arti­ culaciones, como el organismo de una completa y especial facultad de conocer en sus relaciones naturales. El que encuentre nueva­ mente oscuro este plan que yo pongo ante toda Metafísica del por­ venir, como Prolegómeno, debe pensar que no es precisamente ne­ cesario que todos estudien Metafísica, que hay muchos talentos, los cuales logran completamente su objeto en ciencias fundamen­ tales y muy profundas que se aproximan más a la intuición, pero que no pueden lograrlo en investigaciones acerca de conceptos pu­ ramente abstractos, y que, en tal caso, sus dotes espirituales deben

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ser empleadas en otro objeto; pero debe también pensar que, el que trata de juzgar la Metafísica y, aún más, de escribirla, debe sa­ tisfacer completamente los postulados que aquí han sido estableci­ dos, ya pueda suceder de modo que acepte una solución o que la refute fundamentalmente y la sustituya por otra (pues rechazarla no puede), y que, al fin, la tan ponderada oscuridad (una máscara habitual de su indolencia y miopía) también puede tener su utili­ dad; porque todos los que, respecto a las otras ciencias, guardan un prudente silencio, hablan magistralmente de las cuestiones de la Metafísica y deciden con osadía porque su ignorancia no contrasta aquí distintamente con la ciencia de otro, sino con los principios críticos, de los cuales se puede también gloriar.

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Prolegómenos

RECUERDO PREVIO

A c e r c a d e l a c a r a c t e r í s t i c a d e t o d o C O N O C IM IEN TO METAFÍSICO §1 De lasfuentes de la Metafísica

Si se quiere uno representar un conocimiento como ciencia, debe, ante todo, poder determinar exactamente lo diferenciado, lo que en ella no es común a alguna otra y constituye su peculiaridad; de lo contrario, los límites de todas las ciencias se entremezclan, y ninguna puede ser tratada fundamentalmente según su naturaleza.

Esta particularidad puede, pues, depender de la diferencia de los objetos, o de las fuentes del conocimiento, o del modo de co­ nocer, o de algo, o del todo de estas partes juntamente; a eso se re­ fiere, ante todo, la idea de la ciencia posible y de su territorio.

Ante todo, por lo que a las fuentes de un conocimiento metafí- sico se refiere, está ya implícito en su concepto que no pueden ser empíricas. Los principios de éstas (a los cuales corresponden, no so­ lamente sus axiomas, sino también sus conceptos fundamentales) ja­ más deben ser tomados de la experiencia, pues deben ser conoci­ mientos, no físicos, sino metafísicos; esto es; de más allá de la experiencia. Así, pues, no tendrán por base ni la experiencia externa que constituye la fuente de la Física propiamente dicha, ni la inter­ na, que es el fundamento de la Psicología empírica. Es, pues, un co­ nocimiento a priori, o del entendimiento puro, o de la razón pura.

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En eso no se diferenciará, pues, de la pura Matemática; se de­ berá, pues, llamar conocimiento filosófico puro; con respecto al significado de esta expresión, me remito a la Critica de la Razón Pu­

ra (pág. 712 y sig.), donde ha sido clara y suficientemente expues­

ta la diferencia entre estos dos modos de usar la razón. Y nada más he de decir con respecto a las fuentes del conocimiento me- tafísico.

§2

Del modo de conocer que puede solamente llamarse Metafísica

a) De la diferencia entrejuicios sintéticos y analíticos en general

El conocimiento metafísico debe solamente contener juicios a

priori, como exige la naturaleza de sus fuentes. Pero, entre los jui­

cios, cualquiera que sea su origen o la forma lógica que adopten, hay, sin embargo, una diferencia según su contenido, gracias al cual, o son simplemente explicativos y con respecto al contenido nada añaden, o son amplificativos y aumentan el conocimiento da­ do; los primeros podrán llamarse juicios analíticos; los segundos, juicios sintéticos.

Los juicios analíticos no dicen en el predicado otra cosa que lo que en la noción del sujeto era ya verdaderamente pensado, aun­ que no tan claro y con igual conciencia. Si yo digo: todos los cuer­ pos son extensos, no he ampliado absolutamente nada mi concep­ to de cuerpo, sino que lo he resuelto, porque la extensión de aquel concepto estaba ya antes del juicio realmente pensada, aunque no declarada expresamente; el juicio es, pues, analítico. Por el contra­ rio, la frase: algunos cuerpos son pesados, contiene algo en el pre­ dicado que no estaba realmente pensado en el concepto general de cuerpo; aumenta, pues, mi conocimiento, porque añade algo a mi concepto y debe llamarse, por esto, un juicio sintético.

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