LO GRUPAL 7

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Colección "PROPUESTAS" Directores de la colección:

Eduardo Pavlovsky (Coordinación General) Hernán Kesselman, Gregorio Baremblitt y Juan Carlos De Brasi

Primera edición: abril de 1989 © AYLLU S.R.L

Sede: México 355, Capital Federal Postal: Casilla 227, Sucursal 1 1401 Buenos Aires

Todos los derechos reservados Impreso en la Argentina

Hecho el depósito que marca la ley 11.723 I.S.B.N. 950-560-061-5

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Vera Lucia Batista - Armando Bauleo

Heliana Conde - Juan Carlos De Brasi

Ana M. Fernández - Carolina Pavlovsky

Marcelo Porcia - Osvaldo Saidón

LO GRUPAL 7

EDICIONES BUSQUEDA

de AYLLU S.R.L.

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INDICE

HORIZONTE, J. C. De Brasi - E. Pavlovsky 7 I. LABERINTOS, LINEAS, MULTIPLICIDADES. Un

más allá de lo instituido y lo instituyente

VIOLENCIA Y TRANSFORMACION. Laberintos grupales e institucionales en lo social-histórico, Juan

Carlos De Brasi 11 Hacia una clínica institucional, Osvaldo I. Saidón.. 33

La dimensión institucional de los grupos, Ana María

Fernández 49 Introducción al pensamiento grupalista en la

Argenti-na y algunos de sus problemas actuales, Marcelo

Percia 65 La disciplinación de la marginalidad, Carolina

Pav-lovsky 97 II. ORIENTACIONES INSTITUCIONALES.

Institu-cionalización de una práctica y crítica de la profesio-nalización.

Corredores terapéuticos, Armando Bauleo 107 La idea y la práctica de "los corredores terapéuticos",

A. Bauleo, J. C. Duro, R. Vignale 115 El análisis institucional y la profesionalización del

psicólogo, H. de Barros Conde Rodrigues y V. L.

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HORIZONTE

En el campo de las producciones subjetivas y de las for-maciones grupales, siempre nos hemos guiado por una idea sencilla: cuanto más sepamos sobre la complejidad de lo da-do, más eficaces seremos para actuar. Casi una perogrulla-da, aunque sea, en realidad, un doble desafío. Por un lado, manejar la multiplicidad de situaciones, sus ocurrentes co-nexiones, sus relaciones constantes, sin restar fuerza a las peculiaridades que la caracterizan. Por otro, ir señalando

los diferentes estratos por los cuales se deslizan los movi-mientos de análisis, sus direcciones posibles y las distin-tas creaciones instrumentales apresadas en un inestable acontecer. Desde él suena, como una vía para la investiga-ción y el recuerdo, la admoniinvestiga-ción de Bachelard: "Una medi-da precisa es siempre una medimedi-da compleja". Vale sólo co-mo una, lejana señal de huco-mo, porque aquí no se trata de "medir", sino de algo más elemental: para nosotros, en es-tos tiempos de betunes y tinieblas, es más importante seguir pensando, que pensar de manera exacta, o sea: correcta, es decir, aséptica

Hacia ese horizonte tiende "lo grupal", y el "7", como ca-da volumen anterior, lo ex-tiende en imprevisibles deveni-res.

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LABERINTOS, LINEAS, MULTIPLICIDADES.

Un más allá

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VIOLENCIA Y TRANSFORMACION.

Laberintos grupales e

institucionales en lo social-histórico

por JUAN CARLOS DE BRASI Si Kafka hubiera nacido en la Argentina, sería un costumbrista.

Alguien "Lo que se reivindica y sirve de objetivo es la vi-da...La vida, mucho más que el derecho, es lo que ahora está en juego en las luchas políticas, incluso si éstas se formulan a través de las afir-maciones de derecho. El derecho a la vida, al cuerpo, a la salud, a la felicidad, a la satisfac-ción de las necesidades..., ese derecho tan incom-prensible para el sistema jurídico clásico".

Michel Foucault "Todo parece obvio.

Si parece obvio, no lo es. Su obvio, en cambio, es lo que parece: una coartada para la resigna-ción".

Jeancha Sibrade

"Violencia y transformación" es un texto que se acopla tenazmente con "Apreciaciones sobre la violencia simbóli-ca, la identidad y el poder"1. En éste indagaba la violencia

en algunas constelaciones de las prácticas significantes, así como ciertas formas de su credibilidad e institucionali-zación. En la actualidad intento situarla en oposición a

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otro fenómeno, a través de los laberintos congelados e insti-tuyentes de los más ocurrentes dibujos sociales.

Como un Alud

Estamos viviendo tiempos en que "hasta los perros son desgraciados", como diría Paul Eluard.

Creímos sacar el monstruo por la ventana, pero se había instalado en el lugar central de la casa, una casa, semi-hos-picial, cuyo "orden" existía sólo en el tono persuasivo de una voz y en las "órdenes" atronadoras de las "voces de mando". Mientras tanto la realidad visitaba los andurria-les de la miseria, a los niños escupidos por las mesas de di-nero, las escuelas de cara al firmamento, a los hogares fati-gados. Y la gente sufría las retorcidas volteretas de la sobre-vivencia y los grandes caudales reducidos a pocos bienes-tares, la "especulación" con la que Hegel (o filósofo algu-no) jamás pudo soñar, el "cholulismo", la ostentación del mandato como fin en si por representantes "de derecho" (y derecha). Y contemplaba atónita el "carnaval genocida", el traslado obsceno de la "acción comiteril" a la "gestión institucional", con el alto costo negativo que eso implica pa-ra los 'verdaderos genepa-radores de recursos, las ocurrencias lastimosas confundidas con el "pragmatismo", la sordera con una estricta voluntad de (des) información y la indife-rencia con el estilo de funcionamiento. Y padece hasta hoy las modalidades y tipos subjetivos —casi intactos— que se produjeron durante la dictadura militar, y la vigencia de los mismos en los espacios públicos e institucionales con su mentalidad de saqueo, arbitrariedad y feudalidad. Etcéte-ra. Todo ello actualiza la reflexión sobre violencia y trans-formación, sus deslizamientos, tramados, hibridaciones y discriminaciones necesarias para evitar que el escepticis-mo sea el arma de dominación más eficaz. O algo peor aún, que, de manera indeseable, la vida se convierta en des-tino.

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Convergencia

Una mirada que intente abordar estos fugaces y perma-nentes fenómenos, en sus múltiples constelaciones (institu-cionales, grupales, interpersonales, etc.) exige ubicar, en primera instancia, su "matriz" generadora, las conexio-nes privilegiadas que mantiene con procesos de cambio, sus dimensiones imaginarias y sus repercusiones mitoló-gicas.

Coincidimos en este espacio, figura de un diálogo posi-ble, para hablar conjuntivamente de violencia y transfor-mación. Pero asimismo de aquello que constituye el "sopor-te" de cualquier variante autoritaria.

Ignoro si todo está debidamente acotado, si emergió una provocativa sugerencia o un título para reflexionar.

Seguramente podríamos jugar en infinitas especulacio-nes con los términos, sus estimologías y pregnancias^ No creo que este ajedrez nominalista sea muy serio. Y serio es lo opuesto de lo grave, carece de su peso y opacidad.

Ligazones inciertas

Quizás la relación propuesta aquí no sea tan prístina, ni tan segura la conexión causa-efecto que más de uno supon-dría.

Es probable que nos encontremos ante una forma enig-mática, que debe haber desesperado a más de un historia-dor, quitándole de paso el sueño a muchos psicólogos, soció-logos, politólogos y ciudadanos del mundo.

La conjunción desde sus inicios aparece como una rela-ción cifrada. La Y más que unir cifra, esperanzas, disyun-ciones, implicadisyun-ciones, rechazos, posibilidades e imposibili-dades, exclusiones e inclusiones, lo deseable y lo legítimo, lo abominable y su exorcismo, o sea, las ramificaciones inagotables que una cifra encierra. Y más ésta que nos po-ne siempre en el camino de una historia vivida, trágica o grotescamente, en común.

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De ahí la necesidad de elaborar, descifrar y emitir un juicio que no deja impune ninguna proposición ni

circuns-tancia vital. Sirvan esas metáforas, para marcar un sus-cinto espectro (disparador sin mayores fundamentaciones, para pensar en común) de !o que la relación condensa.

Interrogantes y Puntualizaciones

Dejo planteadas algunas interrogaciones y puntualiza-ciones. Ellas pueden servirnos para aludir a un intercam-bio todavía en reposo.

1- ¿La violencia, se equipara a la transformación so-cial?

A menudo un cierto imaginario compartido concibe a los procesos de transformación colectiva como producto-efecto de la violencia, mientras ésta es considerada motor de todo cambio estructural.

Si la equiparación es reductiva y unilateral, es decir, sin observar la complejidad del ámbito donde se actúa, se cae en una posición ingenua (mecanicista) que supone a la "acción directa" como clave de las metamorfosis posibles. Esos mecanismos pierden su carácter "mecánico" sólo cuando funcionan como un movimiento repetido de desgas-te, mediante contradicciones palpables (de explotación, ra-za, etc) y vienen encabalgadas en largas temporalidades históricas. Es el caso de la violencia que ejercen, justa y ne-cesariamente, las mayorías sojuzgadas de Sudáfrica. O también en un nivel distinto es la canalización de duras tensiones y bloqueos de intensidades durante un trabajo grupal; o la forma de suponer las "cristalizaciones" con que somete una institución esclerosada a sus componentes. Situaciones todas donde sólo los diversos modos del accio-nar directo producen las reversiones buscadas.

En cambio si lo esperado por el sistema en su globalidad y los distintos aparatos represivos, es la acción inmediata, responderá a ella con operaciones de mayor calibre para

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justificar una "cirujía" de todos aquellos elementos que ha-cen peligrar la elemental "seguridad nacional", el "carac-terístico estilo de vida local", las "tradiciones intocables" o cualquier otra entelequia. Desde esta perspectiva la violen-cia sin mediaciones juega para fortalecer lo que parecería desarticular.

2- ¿Es la violencia una elección excluyente?

Como contracara de la anterior, innumerables orienta-ciones perciben a la violencia como enemiga de las muta-ciones sociales, pues su ejercicio conduciría a la disolución misma de la sociedad.

Esta "butología negativa" de la violencia no resuelve el problema, ya que sólo lo plantea para anular su positivi-dad. Los estados anímicos que la caracterizan son "reacti-vos", la argumentación de base apunta a que "se destruiría la naturaleza humana misma, si algún tipo de violencia la justificara", y el corolario que la define es totalmente

"re-accionario" ya que los cambios se darán de una u otra ma-nera en la historia, pero en una historia sin sujetos, distin-ta a la de las funciones y poderes que realmente la van cons-tituyendo.

3- ¿Es la violencia una operación inclusiva?

En ella se estima la validez parcial de la violencia en la metamorfosis de lo social. Pero tal violencia exige ser con-ceptualizada en términos de su dirección, propuestas, capa-cidad para revertir un estado de cosas, legitimidad, bloqueo en el uso de mecanismos existentes, única salida que dejan ciertos poderes, opresión absoluta de un estado clasista, de casta o de rasgos imperiales, etc., sobre el conjunto de la so-ciedad.

A estos esbozos siguen otras preguntas que no intentan agotar cuestiones cuyo listado sería lo suficientemente grande como para quitarnos el aliento. Sólo anoto algunas antes de delinear el asunto primordial. ¿Con qué noción de ' social, sociedad, estamos operando? ¿Cuál es la categoría

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trans-formación aplicamos? Quedan abiertas a completamientos diversos, sin que ningún cierre sea probable.

La cascada de interrogantes que se precipitó, quizás pro-duzca, asimismo, las reacciones esperadas. La más conoci-da sería aferrarse a la seguriconoci-dad de las definiciones. Sin embargo, ¿a qué definición de la definición (destino tautoló-gico de la misma) nos atendríamos?

Una nominal de sociedad por aquí; otra estipulativa de lo social por allá; o una contextual de violencia que nos per-mita interpretar de manera liper-mitada el problema Obvia-mente nada de esto podría satisfacernos, pues donde una certidumbre se instala, un nuevo interrogante se ocupa de quitarle consistencia. Dejemos, entonces, la afinación de tales empresas para los sociólogos del conocimiento o sus partenaires empiristas, o quienes desmenucen "la socie-dad" —objeto mimado del siglo XIX—, y cuyas resonancias siguen vigentes en las preocupaciones actuales.

En el mismo "Soclus"

La noción "simple" que atraviesa este escrito se puede enunciar así: tanto la violencia rasa (y arrasante) como la violencia simbólica (que atraviesa las prácticas discursi-vas) son inmanentes y operantes en los diversos planos donde transcurrimos.

Es por ello que la idea de violencia y violencia simbóli-ca, van implicadas en la misma definición de "sociedad", o más precisamente de formación social, que estemos utili-zando. Si borramos una borraremos, en consecuencia, la otra; o de forma inconsistente, renunciaremos deliberada-mente a entender la composición -de las "realidades" que padecemos, sea en nombre de las "ficciones" íntimas o del velo que "un profundo deseo de paz" arroja sobre la historia como fábrica de infinitas desventuras.

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conce-siones habituales para sobrevivir, una angustia omnipre-sente por la falta de direcciones, la frustración permanente de casi cualquier proyecto, el acentuamiento de la domina-ción y la dependencia, y tantos otros fenómenos no ocasio-nales, pueden empujar a que el analista (interdependiente) en el dominio de la historia de las ideas, o el operador técni-co-profesional en un campo determinado, se convierta en odalisca; breve lapsus que nos transporta de occidente a oriente y a distintas formas de concebir la violencia, sus asociaciones pertinentes o sus delicados equilibrios.

Hendiduras

Anclemos para ponernos en movimiento. Las formacio-nes sociales en que vivimos están atravesadas por múlti-ples separaciones, asincronías, combinaciones y cambian-tes mixturas. Existen divisiones fundamentales que ope-ran en una constelación determinada de acontecimientos, tales constelaciones son las que aparecen, para quien las analiza, como niveles discriminados y diferenciados unos de otros. Pero los niveles no son más que simulacros de con-tinuidades perdidas, que reniegan del armado explicativo causa-efecto, o sobredeterminación con causa jerarquiza-da, o de cualquier causación unificada. Sin embargo no es la dispersión de aconteceres—garantía deseante en otra di-mensión— lo que importa establecer aquí, sino el hecho de que nuestras sociedades son paradigmas de cortes y desi-gualdades básicas, cuyas "suturas" son las vías regias pa-ra el esbozo de una teoría de las ilusiones. Son las mismas que alimentan ciertas formaciones grupales en sus redes metafóricas (el grupo análogo al "sueño" o captado como un "organismo viviente") y faníasmáíicas (el grupo como una "boca", un "pecho" o algo de ese registro). Pero más ilu-sionadas que nunca cuando tales formaciones son vividas

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y concebidas dentro de una "totalidad" unificada en sí mis-ma, denominada "grupo", siendo esta la ficción que la ma-yoría se traga al hablar de grupos estatuidos y precisamen-te respetados porque se les atribuye el saber de su propia constitución, es decir, de la eficaz promoción de sus fantasí-as consumadfantasí-as. Lo que se busca, a partir de ahí, es que sus productos imaginarizados sean consumidos. Al "hecho con-sumado" se le alucina como contrapartida el "hecho consu-mido". El primero caracteriza el mecanismo clave de todo "poder de facto" (e infatuado). El segundo a los que "de fac-to" han sido arrojados de cualquier poder de decisión. Por eso la clave será tanto en un grupo, institución o coyuntura social-histórica reflexionar sobre las maneras en que los "hechos" —sean cuales fueren— deben ser "des-hechos" en el momento justo de su circulación e intentos de sacraliza-ción. El asunto reside en que el acontecer no se paralice en los glaciales de la creencia. Evoquemos un ejemplo inquie-tante y revelador por lo cercano. El conjunto de patéticos sol-dados amotinados en diciembre de 1988 en Buenos Aires surge como una "totalidad auténtica" que expresa un "fun-damento idéntico" (fundamentalismo), y cuya última e in-finita fuerza reside .en excluir cualquier rasgo diferencial. La verdad es, entonces, sólo aquella que pasa, como leit-mo-tiv, por la "boca" de algunos de sus integrantes reales o po-tenciales, adscriptos o simpatizantes, y desde ella se emite. Así los que no se pliegan a ese "espíritu de cuerpo" (donde aparece la condensación "orgánica" del grupo-secta iniciá-tica y de la institución-corpo-rativa) o sea: todos los demás, pueden, según la expresión de los carapintadas, "joderse por haber votado a los radicales", a los peronistas que "son peores", a los "liberales o comunistas" entre los cuales no hay distinción porque ambos "son ateos". Y la salvación so-cial general vendrá cuando ellos sean dirigidos por un "ti-po con huevos, que no sea chupamedias, ni manejados "ti-por un civil boludo que no sabe siquiera lo que es un FAL...". Pero ahí no termina el asunto. Toda la potencia del argu-mento reside en hacer de la exclusión un mecanismo sin

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fi-suras (como corresponde a una postura integralista). Ya quedaron fuera de concurso millones de votantes, los prin-cipales partidos políticos, el gobierno y sus funcionarios que no merecen el nombre de tales puesto que no funcio-nan. Enseguida le toca el tumo a los sectores que parecían estar alejados de la iracunda enumeración. Las "figuras eclesiásticas" y los medios de comunicación quedan bajo la "mira" de un fusil imaginario, "Estos curas siempre chupando el culo. A esos también hay que barrerlos" y el miedo de la gente no es causado por el alzamiento militar, sino "porque el periodismo la engaña" respecto de las ver-daderas intenciones que guian la asonada. Los otros, en es-ta fales-ta de pensamiento, siempre son desconfiables o exter-minares, simplemente por ser diferentes y no extensión de uno mismo.

Sin embargo en el ejemplar de interlocución sin diálo-go 2 que acabo de señalar no se carece de estrategias, ni de

una lógica específica. Las primeras anticipan en el lengua-je mismo las acciones de "choque" físico por venir (en espe-cial bajo la forma de "represalia" por no haberse compren-dido el mensaje "esencial"). Por eso los intercambios son escuetos, terminantes, y los puntos de vista están despoja-dos de todo intento de fiindamentación, pues responden a un "fundamento" que no requiere explicitación alguna. Se su-pone como tal, y como tal se imsu-pone. Ese es su único objeti-vo. Así las estrategias referidas son operaciones concretas de una lógica "soldada", donde el número de sus elementos y combinaciones está fijado de antemano. Lógica "solda-da" —y no sólo "cerra"solda-da" o "formal"— carne misma del "soldado mesiánico", sea del ejército o de cualquier otra

M ti causa .

2 Cuya estructura es homóloga —y se puede probar— a la que encontra-mos en otros órdenes discursivos donde se estipula de modo inapelable: "esto es..." (grupal, individual, científico,etc.) o "aquello no es..." (idem). Los mecanismos responden a la lógica después mencionada.

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Concatenaciones

A las marcas previas se agrega la separación creciente del estado, sus instituciones y sus "representados".»

El representante es representativo, ante todo, de la propia obra que el poder ubica en la escena imaginaria de lo políti-co y sus políti-concreciones. Espejo que se pone a sí mismo políti-como modelo de lo que debe someterse a sus designios, si se quie-re confirmar la marcha del orden quie-repquie-resentativo y sus emblemas, la ley, la justicia, en fin, el estado de derecho. ¿De qué hecho?. Mala pregunta, ninguno aparece para vali-dar tales secuencias legislativas; se trata simplemente, de la concreción del poder central o periférico, y esto no es "he-cho en otra instancia", sino apropiación, arrebato, forcejeo, en una palabra: acto de dominación. La escisión clave no puede pensarse fuera de su contrapunto: la sumisión. Las relaciones productivas y reproductivas se continúan en las relaciones de fuerzas, en las tensiones que conservan las alianzas, en las líneas de acuerdos, siempre realizadas sobre los recuerdos de mantener las diferencias. Así es co-mo la desposesión y la desigualdad tqjante se tornan consti-tutivas, y la "obediencia debida" a los poderes instaurados conlleva el mandato explícito de la más realista obediencia de-vida.

Apuntábamos que en un orden de derecho, las relaciones de dominio, los ejercicios de subordinación, los modos visi-bles e invisivisi-bles de dependencia, se confunden con la vio-lencia como una de las tantas formas rutinarias que es pre-ciso incorporar para insertarse en la vida cotidiana.

El hábito de la coacción convierte a ésta en inobservable, la distribuye y redistribuye constantemente en lugares de

s La disgregación y la virulenta autonojnización que mantienen entre si las instituciones estatales, hablan de dos tendencias difícilmente rever-sibles en el corto y mediano plazo. Una, la hegemonía de los modelos priva-dos en el accionar del campo público. Otra, que este proceso de alienación institucional es deseado desde amplios sectores de la población e impulsa-do por cuadros tecnocráticos con amplio margen de manipulación.

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explotación directa e indirecta, en espacios de poder ostensi-bles o esbozados, haciendo que los sujetos miren hacia lo alto, desde donde vendrá el consentimiento o sanción de la ley, al tiempo que permanecerán ocultas las proveniencias, servicios y fines del aparato legal mismo.

Los avatares de la justicia argentina en este período de "retorno a la existencia" y reacomodación, evidencian las modalidades que señalo. Claros ejemplos son los bombar-deos de tecnicismos legales que sufre la población, en fun-ción de convencerla sobre alguna "presunta" y oscura situación. O ante negociaciones políticas que después se rotulan como "imperiosas para el país", su "crecimiento", su "pacificación", donde la interpretación de un determina-do operadetermina-dor o núcleo dirigente expresa la "necesidad objeti-va de la sociedad global". La cuestión es totalmente antide-mocrática. Cada interpretación del "representante" es el saber entero y lo que "más conviene al soberano". Ningu-na grieta permite distinguir la representación de la cosa misma. Así los aparatos de gobierno se alienan progresiva e irremediablemente de sus referentes.

Una muestra. El juez R. Basavilbaso, funcionario de la Cámara Especial Antisubversiva —El Camarón— es nom-brado en 1988 miembro de la Cámara Federal de la Capital. Según la tintorería curricular el suyo es un "expediente hi-giénico, meritorio y honesto". El designado es el legista "Delfín" de los jefes del Estado Mayor del Ejército y la Ar-mada.

Otra muestra inversa (perversa). En 1977 una adolescen-te de 17 años es baleada por la espalda y a quemarropa sin decir agua va agua viene— por el jefe de un "grupo de tare-as". Ella, Dagmar Hagelin. El, teniente Alfredo Astiz. Ella circulaba hilarante y apolítica por una provincial calle de ignominia, y fue confundida con otra (María Anto-nia Berger). El ensayó su cotidiano tiro al blanco y metió un sueño ensangrentado en el baúl de un taxi. Ella fue vis-ta por otros secuestrados "semiparalítica (el balazo pudo ha-ber tocado la médula) y atada con cadenas a una camilla".

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El tiene prescripta su causa, deambula angelical, espera su ascenso y funge como jefe de operaciones de un homónimo de su temple, un destructor, que lleva el nombre ( Heroí-na") con el que seguramente droga sus fantasmas, t,lia, de ella ignoramos su causa, aunque sí sabemos que la tiene sesgada antes de haberla podido ensayar. Y con ella se en-sañan dos veces. Ahora la justicia en un Supremo corte con-sigo misma caratula un expediente "Corte Suprema de Justicia contra Ragmar Erlan Hagelin", padre de aquella planetaria desesperación. Y con un rasgo de identificación genocida ordena "seguir adelante la ejecución contra Rag-mar Hagelin". Claro que se trata de embargarle sólo un televisor, equivalente a las "costas" del juicio. Extraño jui-cio, éste de la gente juiciosa, donde contra las personas ino-centes la justicia "sigue adelante" con sus ejecuciones.

Decía el viejo Nietzsche, "el desierto va creciendo. ¡Des-venturado el que alberga desiertos!". Y no es con los ojos vendados (símbolo de la justicia, pero también justo el^sím-bolo del que no quiere ver) como vamos a dejar de habitar-los.

Una vida regida por el continente de los mandatos racio-nales y su observancia continua obviamente es más apeteci-ble y toleraapeteci-ble que cualquiera de las variantes autoritarias,

ciegas y destructivas que imperaron durante las décadas superinfames que atravesaron varias naciones y en espe-cial la nuestra; pero ello no debe anular la capacidad criti-ca y la discordancia creativa, situadas más acá de las im-putaciones desligadas o los lemas estereotipados.

Entonces, pensar nuestras ramificadas formaciones so-ciales desde sus relaciones (de fuerzas) contradictorias, en lucha sostenida, estructurada de mil maneras desde esa evidencia que discrimina muchos polos, ocasionalmente condensada como "central" y que se organiza en distintos subsistemas de tensiones, significa que es imposible consi-derarlas desde sus armonías, compensaciones o equili-brios sea cual fuere el grado de perfección que las caracteri-cen.

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Figuraciones

Abordar desde otro ángulo nuestras formaciones socia-les daría el cuadro tentativo siguiente:

Como conjuntos divididos, ellas se mueven bajo la figu-ra de los antagonismos. Por lo tanto la violencia es la con-dición de sus peculiares tipos de funcionamiento.

Articuladas fallidamente como unidades parciales, jue-gan realmente en multiplicidades irreductibles. De ahí la necesidad permanente de conciliación, cuya instancia su-prema la representa el estado, aunque otras —por ejemplo, la Iglesia—, puedan tener una demanda eventual en la me-diación.

Como totalidades aspiradas se definen desde la vigen-cia de las dispersiones. Por eso la ilusión de sutura se con-jugará en tiempo pluscuamperfecto.

La conclusión relativa de nuestro andar previo es que las nuestras son sociedades para la violencia. La paz, las fusiones coyunturales, y demás amalgamas son intercam-bios, arreglos o concesiones normalizadas, no constituyen-tes, entre distintos estratos, sectores, grupos, u otras forma-ciones específicas.

Derivas

Algunas reflexiones nos permitirán ilustrar mejor la argumentación. El sistema de alianzas en nuestras socie-dades es mutable en casi cualquiera de los niveles que dese-emos analizarlo, sea en el político-institucional o en el pro-fesional. Aquí es aceptado —no sin resistencias— como tal. Sin embargo es rechazado de plano en el interior de nú-cleos "juramentados" (familias, sectas, equipos, etc.), don-de las alianzas toman la rocosa consistencia don-de los pactos de sangre, imago de la duración del vínculo per vitam. Las uniones ejercen un simulacro de "eternidad" porque no

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circulan por calles desconocidas, sino por el torrente san-guíneo mismo. Sin él la muerte sería una presencia senti-da. Cuanto más cerca esté el compromiso de sangre ("lo lle-va en la sangre", "está firmado con sangre"), mayor será la fascinación de vencer, y la terrible experiencia de ser vencido (pues el otro llevará su victoria "en la sangre" y és-te "sí és-tendrá sangre").

De modo idéntico al de las sociedades que creíamos en un "estadio inferior al desarrollo", las nuestras están cons-tituidas a partir de la violencia. Pero en las primeras el cambio imprevisto de ligas y acuerdos no es un mero cam-bio de frente, un olvido efectivo que posibilita el recomienzo de otro ciclo, sino que lleva a la extinción social y personal del grupo de referencia. Así se le demarca el límite en el que puede operar. Un nuevo funcionamiento requerirá una formación colectiva y un escenario distintos, donde se ensa-yen diferentes uniones y se postulen objetivos inéditos.

La semblanza muestra que la pugna precede a cualquier modalidad de alianza o juramentación que se ponga en cir-culación entre los miembros de una agrupación o entre cír-culos determinados. Inclusive ese nosotros al que arriban los pequeños grupos está desdoblado en el nos-otros que se manifiesta en una riña sorpresiva.

Tampoco escapan de esa trama los grupos "autónomos", o sea, los que están focalizados desde su "pura autoafirma-ción"; no sólo mantienen a los demás como sus diferentes y potenciales antagonistas en ausencia, sino que señalan un intermedio, un "idilio" entre su esperanza (auténtica y quizás merecida) de aislamiento y el retorno forzoso al es-pectro de las contradicciones que los constituyen. Habría que considerar, en trabajos posteriores, cuáles son capaces de transfigurar una cierta imagen de "destino" en potente creatividad. Ello denunciará el destino como una exten-sión quimérica e ilegítima del "principio de sujeción". Es innegable que el sujeto ha muerto, y que un sujeto se extin-gue, aunque también lo es que uno siempre dará que hacer y que pensar.

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Hacia complejas positividades

Volviendo ahora de los senderos por los que nos desliza-mos, afirmábamos que vivíamos en sociedades donde las dimensiones de la violencia eran constitutivas. Se compor-tan, entonces, como los requisitos básicos para que las mis-mas puedan subsistir. La violencia así considerada es do-minantemente conservadora, enemiga de la tan ansiada transformación social.

Antes de jugar con los espejitos y creer que bastaría opo-nerle a la violencia conservadora la revolucionaria para solucionar la cuestión, es necesario aclarar que eso incorpo-ra dos asuntos paincorpo-ralelos que complican el panoincorpo-rama, en vez de simplificarlo. En primer lugar, traemos cierta no-ción a un campo conceptual, donde no tiene sus condiciones de esclarecimiento, ya que ella parecería ser la "solución" al problema planteado; pero con la dificultad de que partici-pa de lo mismo (violencia) que intentamos despejar.

En segundo término la violencia revolucionaria es una respuesta posible, ya que funciona en el límite de una muta-ción; con el agregado de que se desconoce, en la enuncia-ción, su direcenuncia-ción, signo y sentido.

Aquí se trata de otra cosa, de pensar desde los bordes del concepto de violencia un proceso de transformación efec-tivo.

Las formaciones sociales en que estamos inmersos re-quieren ser cambiadas; lentamente la imagen aniquilada del otro debe ofrecernos algún trazo que indique su existen-cia; el balbuceo lanzado al azar debe prefigurar un interlo-cutor posible; la reconstrucción de la sociedad civil se torna un imperativo. Pero no se trata de ningún deber ser, sino de un poder hacer con los demás en un ámbito común y singu-lar a la vez. Retomar una tradición valiosa, rehacer cier-tas identidades colectivas, posibilitar condiciones de indi-viduación crecientes, impulsar potencialidades creativas recuperar mitos vitales, criticar imaginerías de muerte' anudar valores deshilvanados, combatir carencias

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esen-cíales, entronizar infinitos modos de solidaridad, impli-can una progresión que apunta a revertir, sin poder anular en el corto tiempo, la violencia fundamental.

La transformación adquiere así un sentido propio e indu-ce a enfocarla desde un análisis inmanente; cómo, por qué, en qué situaciones opera, orientada de qué modo, cómo dis-tinguirla de otras ideas y prácticas, y las cuestiones ético-veritativas que desencadena.

Además, con qué otra noción que la de la violencia se re-lacionaría, siendo esa unión más pertinente. Los mayéuti-cos ("la violencia es partera de la historia"), están condena-dos a la esterilidad; esterilidad mayor aún cuando se desli-zan hacia la ventrilocuía, y con gran pasión no hacen otra cosa que hablar de sus anhelos.

Por otro lado paz, no-violencia, etc., no parecen los con-ceptos más felices. Paz se define como ausencia de violen-cia. No-violencia se limita a hablar de la misma en térmi-nos privativos. Aspiraciones y desconocimientos sirven de garantía a retornos indeseados, y esto se da porque es lo mismo enseñoreado en el núcleo del sistema lo que insiste sin sosiego. Es preciso apartar las marcas negativas, no es como anti que algo ejerce su eficacia y un fenómeno aconte-ce. La transformación social es un acto positivo, abierto, él mismo objeto de innúmeras matamorfosis, inclusive de la panacea optimisma que convertiría en superficial la formu-lación.

Desde mi punto de vista, existe una cadena más cercana a lo que busco significar con los actos de transfiguración; ella se eslabona mediante una compleja práctica de consoli-dación de los vínculos socio-comunitarios, práctica pensa-da desde la realización de los agentes mismos que la lle-van a cabo; el fortalecimiento de las identificaciones varia-das con tales sujetos; la incorporación de las modificacio-nes operadas; la formación incesante de una conciencia in-terpersonal y social, y la construcción (no arquitectónica ni coactivo-legal) de nuevos valores práctico morales y ana-líticos que eviten cualquier reduccionismo. Esta "base" es

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el punto de referencia constante tanto de las operaciones grupales, como de su lábil fantasmática.

Desde estos punteos podrían arrojarse fluctuantes identi-dades, los siempre inquietantes sentimientos de patria, tie-rra, residencia, y los imprescindibles proyectos de nación. La trama que venimos desplegando no hace más qué volcar en su comienzo una reflexión a fondo sobre lo que es y entra-ñaría un proceso de participación y convivencia en estos tiempos.

Lo dominante de la secuencia está recorrido por la idea de solidaridad vista como condición de existencia de lo so-cial mismo. Todo voluntarismo de la acción comunitaria queda fuera de sus alcances, pues depende de situaciones históricas variables y no de constantes, sin las cuales la so-ciedad civil desaparece. Montadas sobre sus fragmentos brotan, entonces, caciquismos y autoritarismos difícilmen-te condifícilmen-tenibles. Las acciones directas apuntan a pulverizar los macro y micro tejidos conjuntivos que se puedan armar como defensa contra los fantasmas operantes de la disolu-ción y la impotencia colectivas. En oposidisolu-ción a ese espectro, funciona la solidaridad mencionada. Correlativamente a su ejercicio van decreciendo las formas individuales de apropiación de los bienes y el espacio común, el hundimien-to de las ceremonias cotidianas o la coacción física, modos privilegiados de la violencia rápida, con sus mayores o me-nores grados de contundencia. Todos ellos, con sus conoci-das situaciones (atropellos, altercados, imputaciones, etc.)4 surgen unos de otros sin que podamos diferenciar

origen y originado. Si un mediador aceptado como tal inda-gara, por ejemplo, sobre el origen de la disputa que se da en-tre un número cualquiera de personas no obtendría

ningu-4 Tales modos no por fugaces son menos efectivos. Sobre su

persisten-cia se reproduce sin cesar, por ejemplo, ese prototipo de sujeto (soberbio en la medida de su ignorancia, infantüizado, oportunista, virulento, competi-tivo en abstracto, fraudulento, desmemoriado, etc.) que intentó meter a pre-sión, como "modelo" de argentino, el siniestro "Proceso de Reorganiza-ción Nacional".

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na contestación acerca del mismo, sino un relato de descar-go y de renovadas acusaciones. Por eso tales hechos están lejos de ser comprendidos cuando se los aborda como proble-mas, no requieren soluciones, exigen un corte, al que siem-pre siem-precede, como forma de racionalidad, una intersiem-preta- interpreta-ción situacional.

La solidaridad vertebra la existencia de lo social, circu-lando por un recorrido que no tiene adentro ni afuera, se transforma en consolidación, movimiento inacabado que rechaza lo "felizmente consolidado", cuando ello reclama toda la energía disponible para su mantenimiento.

En ese momento las instituciones deben ser modifica-das o declaramodifica-das obsoletas, pues succionan sus fines y fun-ciones para reciclar una insaciable iatrogenia.

Al respecto la muerte de una estudiante ocurrida en un colegio religioso porteño, emblema del recato y la educa-ción privada, constituye un paradigma de análisis del "de-seo de morir" de la misma institución, así como el atrave-samiento por todos los parámetros ideológicos que la dicta-dura militar deslizó en la sociedad, a costa de su eventual pulverización.

Una niña aparece muerta en la piscina del "Santa Unión de los Sagrados Corazones". Típica escena de nove-la policial "negra". Interviene un juez de triste pasado cer-cano que dictamina: accidente. Las autoridades del colegio en conveniente ecolalia dicen lo mismo. El caso, desde las operaciones legales y del mencionado establecimiento, pa-rece concluir, pero desde lo social recién se abre y comien-za. El fiscal de cámara determina otra cosa. Quince diputa-dos solicitan una revisión de la causa y de la conducta del juez interviniente. Diversos actores (alumnas, padres, pro-fesores) concurren a la oficina del fiscal para declarar es-pontáneamente sobre pormenores del caso.

Finalmente el Ministerio de Educación decide investi-gar el colegio en todas sus instancias, barajando la posibili-dad de su cierre o desaparición. A la "sequía" de informa-ción por parte de los "sagrados corazones", le sigue una

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lluvia" de variadas amenazas (a la madre, a periodistas, a la comunidad) contra aquellos que se atreven a transgre-dir el "sagrado" legado de la impunidad. Y con éste térmi-no térmi-nos metemos en los tres items que signan el destitérmi-no mor-tuorio de un "organismo perfecto".

Primero. Las explicaciones son rápidamente sustitui-das por las sospechas, acusaciones, atribuciones personales (sexualidad de la niña) y al núcleo familiar ("principal responsable de la conducta privada de nuestros hijos"). Ob-viamente la paradoja (lo que ocurre en el colegio no es asun-to del colegio, sino responsabilidad de...), tiene un sentido, el loco sentido que late en el "corazón" de sus reglas de jue-go. Hace sospechar de aquello insospechable (la niñez). Ataca lo que debería defender (la familia). Dice a sus cre-yentes patrocinadores que no crean en ninguno de esos "pi-lares" de sustentación social, esgrimidos como "eternos" por la propia congregación.

Pero las alternancias previas no son "dobles mensa-jes", sino mandatos autoritarios (como los objetos de dog-ma), supuestos de los mismos mensajes.

Segundo. Se lateraliza por desdén (mediante complicida-des y arreglos de facto que asegurarían la partida) el trasto-camiento de la presunción (accidente) en hecho real (asesi-nato de la menor). A su vez la "humildad" de la vida reli-giosa se convierte en despreciativa soberbia de los poderes civiles. Como si un "carapintada" más habitara bajo las ce-ráficas máscaras.

Tercero. La negación del crimen es, simultáneamente, renegación de la justicia, y repudiación de una prueba ("no hubo ningún delito") insoslayable.

La impunidad es ahora carne de un estado conventual: nada debe alterar la paz divina del vicariato. Y si algo pa-sa, como es pasajero, entonces no sucedió.

Un leve intercambio consonántico real y el vicario pue-de volverse sicario. Y a la "lógica soldada" le corresponde-rá una "lógica de clausura". El método de razonamiento es similar: si "desapareció" un sujeto civil o fue "asesinada"

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una estudiante, por algo será, se trate de subversión, hosti-gamiento, distinta ideología, seducción, exceso sexual o mirada indiscreta. Extraños paralelos institucionales, donde la muerte reina como "valentía sin límites" o "amor al supremo", y por lo tanto infinito desprecio hacia los bienes terrenales (el Colegio es un castillo alzado en medio de varias manzanas), y aún más hacia las repudia-bles perturbaciones sociales. ¿Muerte de las instituciones?. Probablemente. ¿Establecimientos de la muerte?. Segura-mente.

Vemos, entonces, que la consolidación no es un dato de lo instituido, sino una lucha instituyente. Así la noción de lucha por la consolidación determina, limita y reviste a la de la violencia, reduciéndola a uno de los elementos plura-les que juegan en los procesos globaplura-les de cambio.

Por un lado le da su sentido dominante (legítima, ilegíti-ma, orgánica, inorgánica, etc.); por otro su orientación (revolucionaria o burguesa, de derecha o izquierda, racio-nal o irracioracio-nal, etc.).

De manera análoga el bregar por la consolidación puede tener, según el período, como uno de sus oponentes principa-les las formas de violencia más características y acep-tadas, sean implementadas desde "arriba" o ejercidas des-de "abtgo".

En este registro, la puja instituyente se une con la liber-tad potencial que el sujeto va desarrollando aquí y ahora, a través del ser-con-otro en la consolidación efectiva.

Esto nos lleva a plantear, más allá de cualquier posición política (sus máximos exponentes, los partidos políticos, siempre indican una escisión, están partidos, separados de los demás, ellos también son el síntoma de la división omnipresente que mencionaba al comienzo del trabajo), la relación entre libertad y verdad, a la vez que debemos rede-finir en profundidad la función de la utopía, ese realizar-realizando (e irrealizar-realizando) los diferentes logros históricos —y cuestionar si son tales—, mediante una cambiante lu-cha por consolidar el espacio social donde se actúa. Un

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ejemplo de esto lo da cierto periodismo combativo, la convo-catoria a armar núcleos de resistencia civil no violenta frente a la impostura de las bayonetas caladas, las radios li-bres o comunitarias que difunden los acontecimientos dia-rios de una localidad, con el fin de orientar a sus habitan-tes, o las formas de organización fugaces e inéditas para subsistir, donde se aprovechan los mínimos recursos y los saberes tradicionales que circulan por esos pueblos, zonas periféricas o espacios barriales, y el saludable llamado a la transgresión de leyes inoperantes por algunos funciona-rios que han decidido revertir desde sus puestos un Estado que, en los devaneos de muchos "expertos", se había torna-do una extensión caprichosa de sus "estatorna-dos de ánimo".

Así podremos pensar una articulación novedosa entre moral, utopía y libertad, concebida ésta última como poten-cia infinita frente al poder como ejercicio de la división, do-minación y captura fetichista de representación, es decir, como progresiva autonomización de los representados y sus realizaciones.

Potenciación y singularización del sujeto humano entra-ñan, asimismo, la desmistificación creciente de las maqui-narias terroristas y cómplices montadas como "guardia-nas" del estado, la fe o los destinos patrióticos, que confor-man un verdadero y actual ser-para-la-aniquilación, si-niestramente reactualizado en cada instante.

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HACIA UNA CLINICA INSTITUCIONAL

por OSVALDO I. SAIDON "Una vea que nos damos cuenta de que lo que te-nemos que estudiar no es la oración, sino el acto de emitir una expresión en una situación lin-güística, entonces se hace muy difícil dejar de ver que enunciar es realizar un acto."

J. L. Austin

Sedentarios y nómades en la Institución

Vamos a partir de un mito sobre los grupos y las institu-ciones que escribí a raíz de un trabajo de intervención insti-tucional. "La institución está constituida por una articula-ción entre grupos nómades y grupos territoriales. Dentro de ella, los grupos-territorio tienen un objetivo, trazan un ca-nino En cuanto a los grupos nómades, pasean, descubren posibilidades, realizan encuentros. El grupo-territorio organiza, acumula, trabaja y hace trabajar. El grupo nóma-de se dispersa, nóma-derrocha, rechaza las órnóma-denes y es incapaz de dar órdenes. El grupo-territorio es genital o por lo menos quiere serlo. El goce está en la reproducción. Cuantos más sean, es mejor. La identidad de grupo, el espíritu de cuerpo una misma bandera para todos son su meta y la garantía de su sobrevivencia. El grupo nómade no tiene discurso sobre la sexualidad, no sabe donde colocarla. Para él sólo existen cuerpos, no entiende por lo tanto la idea de un

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espíri-tu de cuerpo, sólo percibe diferencias. La identidad es un mero accidente, quiere combinar de Aferentes. maneras los colores y considera la restricción a una bandera un hecho por lómenos estéticamente pobre. El grupo-temtorio, tiene una política institucional, negocia, conspira, milita divide y agmpa en función de una estrategia de poder. Sabe fo que quiere y vive en crisis por no poder alcanzar su objeti-vo Observa con cuidado a sus enemigos, pero con muchísi-mo más cuidado todavía se observa a si mismuchísi-mo, la lucha ñor el poder, es un momento para el goce, pero la lucha inter-na porel poder lo apasiointer-na como ninguinter-na otra consigue hacerlo. Algunas veces, coloca sus lanzas para afuera, pero la mayor parte del tiempo, tienen dirigidas sus lanzas para adentro. El grupo nómade, tiene una p o l í t i c a

anti-institu-rional, aun en el interior de las instituciones. Su estrategia es la generosidad para adentro y la guerra para afuera. Tie-ne un exacerbado sentimiento de grupo, pero confunde todo el tiempo quiénes lo integran, le gusta pertenecer a algo, pero T e s t ó dispuesto a ningún gasto para garantizar su permanencia. Su apatía, su cinismo y su desinterés son el modo en que consigue transformar la crisis en unpasaje un cambio de juego. Su crítica está siempre

organización, nunca al deseo. La relación entre estos dos gSpos es difícil. Al grupo nómade le g u s t a muchas veces

someterse, es su tendencia a la reterritorialización perver-sa se hace el intereperver-sado en colocar las coperver-sas en orden. Se « L a de burócrata o de rebelde sin causa Levanta banderas: liberalización, espontaneísmo, autenticidad democratización. Juega a hacerse de esclavo o explotado y conduce una lucha contra los grupos territoriales montado en arcaísmos y en analogías fáciles: represión sexuales represión social, los alumnos son la clase obrera de la

Uni-V e t f Í ^ t S t o r i o también tiene sus treta, Al

observa-dor se le aparece más melancólico que perverso, se autocríti-ca, siente la inutilidad de su sacrificio, a veces se fantasea de Dionisio y amenaza con acabar con todo. Pide análisis o

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psicoanálisis o socioanálisis o cualquier otro medicamento para espantar la tristeza. Pero es sólo un descanso. El gru-po-territorio sabe que su actividad esta más allá de la mera subjetivización y el propio grupo nómade esta allí para recordárselo".

El texto anterior no fue escrito para ofrecer un pensa-miento verdadero sobre la institución, su intención fue ofre-cer algunos signos que den para pensar lo que nos acontece en las relaciones entre los grupos y las instituciones por las que estamos permanentemente atravesados. Hasta aquí se han usado las denominaciones de nómade y territorial como modos de funcionamiento de lo grupal.

Gilíes Deleuze nos habla también de estos dos modos como calidades de pensamiento que atraviesan toda la historia de occidente y en otro sentido, como dos modos de agenciamiento del deseo: uno sedentario-molar y otro nó-made-molecular. Estas formas recorren a diferentes mo-dos la historia social e individual y se van transformando en los diferentes modos de producción dominantes.

Muchas de estas nociones orientan tanto nuestra escu-cha como las características de nuestra intervención. Pase-mos a desarrollar algunas de estas nociones en su relación con las disciplinas que organizan el trabajo en los grupos y en las instituciones.

Especlallzación y espaclalizaclón en las instituciones

El trabajo en y con instituciones nos plantea una serie de desafios que apuntan a un trabajo transdisciplinario. No se trata de un intento ecléctico de armonizar diferentes pensamientos y saberes ya reconocidos. Hacemos uso de terapias y técnicas parciales pero no con referencia a una totalidad que en realidad no está en ninguna parte, sino en cuanto a estrategias de paso dentro de saberes instituidos y diagramados.

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esta-blecimiento, sin espacio aparente y manifiesto. Esta carac-terística es la que le permite a estos satures, todo el tiempo, diagramatizar el mundo, organizar los espacios, fijar los límites, así como por ejemplo la geometría euclidiana parti-cipa en el trazado de la segmentación de las ciudades a par-tir de su concepción del espacio. Entonces, hacer análisis institucional es cuestionar el lugar, el espacio del especia-lista, y atravesarlo por otras prácticas que la especializa-ción 'y las disciplinas intentan recortar o dejar fuera de su campo.

La geometría De Estado o mejor, la ligazón de la geome-tría con el Estado, se manifiesta en el primado del elemen-to teorema, que sustituye formaciones morfológicas flexi-bles por esencias ideales y fijas. Sustituye afecciones corpo-rales por propiedades de los cuerpos, segmentaciones en acto por segmentaciones predeterminadas. La geometría adquiere así la potencia de un bisturí, un marcador, que graba y diagramatiza el espacio social. La propiedad priva-da implica un espacio escudriñado donde capriva-da línea tiene sus segmentos y los segmentos de una se corresponden claramente con los segmentos de otra.

Analizar, transversalizar, es pasar una línea que no se segmentariza o que por lo menos produce una segmentan-zación que no está prefijada. Veamos por ejemplo el espacio urbano y cómo los saberes y las instituciones van marcan-do los territorios.

El imperio romano impone a la ciudad una razón de Estado segmentarizada o geométrica que implica en un diseño general de los campos y las plazas-fuertes. Constru-ye un arte universal de demarcar, una planificación de los territorios, una sustitución del espacio por territorialida-des, una transformación del mundo en ciudad, una segmentaridad cada vez más endurecida.

Varios autores (Foucalt, Deleuze, Senett) nos han mostra-do cómo modernamente la planificación urbana tiene co-mo objetivo simplificar y reducir a lo previsible y a lo visto, el movimiento y la sociabilidad en las grandes ciudades.

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La ciudad en la actualidad es percibida como un contex-to de caos y desorden, por lo tancontex-to, es necesaria la organiza-ción institucional y la construcorganiza-ción de una personalidad conservadora en el uso del espacio que permita evitar y reducir el imprevisto. Así vemos por todas partes la apari-ción de territorialidades, segmentaciones duras, centrali-zaciones, que organizan nuestros trayectos de ocio y de trabajo, en un afán de capturar la expansión del deseo mas allá de lo previsible y controlable.

Pero así como hay una geometría que llamamos De Esta-do, hay una geometría operatoria, una geometría nómade, primitiva, en que las figuras no son separables de sus efec-tos, las líneas de su devenir: hay curvaturas en lugar de círculo. Digamos entonces que en los márgenes del espacio instituido, se debate un espacio instituyente, no previsible, recorrido por líneas flexibles que entran en permanente contacto con las segmentarizaciones que impone lo insti-tuido.

Volvamos ahora al análisis institucional para ver cómo en el mismo se debaten estas diferentes concepciones del espacio que apuntábamos. Por un lado, el espacio institucio-nal nos remite a la idea de establecimiento como el lugar que organiza las diferentes acciones e intercambios de los miembros de una institución. En especial el establecimien-to hospitalario y el establecimienestablecimien-to escolar han sido objeestablecimien-to de estudio de diversas corrientes en psicología social y análisis institucional.

Esta concepción ha sido criticada por la corriente socioa-nalítica que mostró la confusión que se produce cuando se trate analógicamente al establecimiento y la institución: se impide así captar el sentido de las fuerzas instituyentes. La institución no se define más como un lugar, sino como una relación entre lo instituyente y lo instituido que da lugar a la institución como un espacio inacabado y en gesta-ción permanente.

A partir de que el objeto de trabajo e intervención deja de ser la institución entendida como establecimiento, la

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no-ción de espacio institucional comienza a ensanchar su sen-tido. La institución es captada como un espacio contradicto-rio, atravesado por fuerzas que escapan a los límites que le fija la física del establecimiento. Así no podremos investi-gar el quehacer institucional si no es en sus relaciones con otras instituciones. Comienza a definirse una física del espacio constituida por líneas de fuerza que se ejercen en un sentido centrífugo o centrípeto a la institución.

Cuando ante una demanda institucional debemos defi-nir nuestro campo de trabajo, necesitamos precisar la cons-titución de un campo de análisis por un lado y del campo po-sible de intervención por el otro. La propuesta del análisis institucional es extender el campo de intervención lo más próximo posible al campo de análisis.

Así entendemos la liberación de la palabra en la institu-ción. Otro concepto que nos obliga a cuestionar y mantener viva la reflexión sobre los límites o la extensión de nuestro trabqjo institucional es la idea de transversalidad. Esta se refiere a la necesidad de evaluar permanentemente hasta qué punto el índice de apertura que estamos usando en un grupo tanto para el análisis como para la intervención, es extremadamente conservador de sus formas instituidas de funcionamiento o por el contrario excesivamente disper-sante hasta el riesgo de su demolición.

El análisis institucional realiza su trabajo a través de los analizadores y no solamente a través de los analistas o especialistas. Los analizadores construidos o espontáneos son acontecimientos, situaciones, crisis, que producen espa-cios contradictorios y transversalizados donde los grupos van realizando el diagnóstico de situación y su práctica de intervención en un mismo acto.

La estratificación del espacio que realiza una institu-ción implica en una distribuinstitu-ción de lo visible y lo enuncia-ble que se produce en ella, por ejemplo hay un determinado modo de ver y de enunciar la locura como enfermedad men-tal que genera la institución manicomial. Analizar es recuperar un espacio, desterritorializarlo, conjurar los

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efec-tos de sobrecodificación o rotulación, posibilitando así la creatividad o el surgimiento de otros efectos de sentido.

Las líneas, los diagramas y los estratos del poder Institucional

Diversas líneas de investigación vienen desarrollándo-se entre nosotros a partir de estas nociones. Muchas de estas líneas varían en su desarrollo, en la velocidad que to-man y en zigzagueos que enfrentan, según las viscisitudes institucionales y la conyuntura teórico-política que transi-tan.

Cuando usamos la palabra línea, no lo hacemos como metáfora o representación, sino por concebir el propio pensa-miento y la investigación que intenta darle plano de susten-tación, como trazadora de líneas que encuadran, segmen-tan, centralizan o producen líneas de fuga según como se articulen con diferentes modos de funcionamiento en lo social. Se trata de una investigación que abriendo en lo social el camino del nómade, intente conjurar la prepoten-cia del estado, y sus figurones que en nuestro campo toman la forma del "discurso competente" o del "patrullamiento ideológico".

Elegimos un camino de reversión donde el "pensar para hacer" lo desplazamos hacia un "hacer para pensar". Esto sería en nuestro caso un trabajo que nos lleva a partir de las innumerables prácticas y producciones que generamos en nuestra actividad grupal e institucional, ir trazando los diagramas que permitan ocupar esos espacios de trabtyo con una potenciación del pensamiento que al tiempo que pro-duce denote los medios de esa producción.

Desarrollemos algunas ideas en relación a la cuestión del poder, a los estratos que instala y a los diagramas que traza en el saber.

Los estratos están del lado del saber y se constituyen a través del ver y el hablar. El poder actúa al agenciarse de

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las fuerzas por donde pasa una cierta visibilidad o un deter-minado enunciado. El poder es ocupado de manera varia-ble según las fuerzas en relación. Pensar el poder entonces es: pensar las formas compuestas que toman las fuerzas, como se agencian y como se diagraman. Esto puede ser re-alizado en los intersticios entre el hablar y el ver dominan-tes, entre la visibilidad y la enunciación.

Cuando el poder se basaba en el modelo de soberanía, aparecía más clara su manifestación a través de la palabra del soberano o de la percepción de éste. Cuando abandona el modelo de soberanía, para proporcionar un modelo discipli-nario, aparece una microfísica del poder, una normativa, una gestión institucional de la vida que va a dar lugar a una prepotencia de los enunciados. Los estratos (el saber) son donde lo instituido traza los diagramas, donde prepara su afirmación, pero también donde encuentra su contacto con el afuera que prepara los nuevos diagramas. Entonces, el diagrama es lo que siempre nos remite a una relación con el afuera, pero no se confunde con él. El desviante insti-tucional o el dispositivo grupal a veces realizarían esta función. Un diagrama representa las fuerzas de las singu-laridades de poder y también a las resistencias, sus puntos de detención y sus nudos. Las resistencias son los puntos del diagrama que están en un contacto permanente con el afuera y del que proceden los nuevos diagramas. G. Deleu-ze lo dice en una bella frase: "La vida deviene resistencia al poder, cuando el poder tiene como objeto a la vida". Así, la vida, el pensamiento, sería la capacidad de resistir de la fuerza que no se detiene en espacios o en tal o cual dia-grama.

Pensar, no se refiere a una interioridad, sino que se rea-liza con una ingerencia del afuera que abre un intervalo, en el interior, lo fuerza y lo desmembra en nuevos dia-gramas.

Surge toda una estrategia de desanudamiento de las rela-ciones entre poder y saber que llamamos de pensamiento nómade o transdisciplinariedad o clínica institucional.

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¿Desde qué lugar usted habla?

Cuando hablamos de tránsito o nomadismo como estrate-gia para recorrer los diferentes saberes que se articulan en lo grupal y lo institucional, ya estamos conjurando o inhi-biendo una departamentalización o una especialización en la investigación. La transdiciplinariedad no puede funcio-nar, si no es trabándose allí donde encuentra un exceso de especialización o un regionalismo epistemológico que intenta imponerle su lugar. Ante aquella reiterada pregun-ta sobre "¿Desde qué lugar usted habla?" solo nos respregun-ta la ri-sa o la fuga, si queremos sustentar un penri-samiento expansi-vo que haga del accidente un desafío para la intensifica-ción, en lugar de instalar un drama psicologizante.

La afirmación de los elementos instituyentes en el traba-jo de análisis institucional, nos ha llevado a una crítica

del modelo sistémico de institución (Grupo de grupos). La institución debe dejar de ser considerada como un recep-táculo vacío de las fuerzas sociales para poder observarla a ella misma en su permanente actividad, productora cons-tante de nuevos agenciamientos que transforman efectiva-mente relaciones y prácticas en el espacio social. Se trata entonces no solo de realizar la tarea crítica a aquella concepción que considera a la institución como un mero receptáculo normativo donde se desarrollan los grupos y las diferentes fuerzas sociales, sino también producir los instrumentos y las técnicas que obliguen a las fuerzas insti-tuyentes a afirmar su palabra y su acción.

Una discusión teórica con enormes consecuencias en nuestra práctica es la que surge de la confrontación de la concepción de la escuela de análisis institucional con su conceptualización dialéctica y la corriente de pensamiento que nos indican los trabajos entre otros de Deleuze, Guatta-ri o Foucault. Estos últimos, inscGuatta-riptos en un movimiento que trabaja con las afecciones, las afirmaciones, la produc-ción y el deseo, señalan una nueva concepproduc-ción del incon-ciente abierto a lo social y con inmensas implicaciones en

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el campo de la intervención. Este trabajo aporta una fuerte sustentación para nuestra práctica de intervención y de crí-tica al trabajo puramente interpretativo tanto en el dispositi-vo clínico como en el de formación.

Por otra parte, los desarrollos actuales sobre el problema del poder, nos obligan a realizar una serie de consideracio-nes sobre el modo en que venimos trabajando con algunos operadores del análisis institucional.

La relación entre instituyente e instituido, desde una perspectiva dialéctica, acaba anulando muchas veces la posibilidad de hacer hablar al poder. Eso porque a veces las relaciones contradictorias son el propio modo en que el poder se oculta para realizar su proyecto de gerenciar la vida. Así, el llamado "método de avanzar por las contradic-ciones" es ya una de las posibles estrategias que el mismo poder dispone.

El instituyente no debe ser pensado como un determinan-te o una fuerza de la que resulta un instituido. El instituyen-te, el mismo es permanentemente diagramado como una re-lación de fuerzas que comportan frente a frente tanto su poder con sus singularidades como las singularidades de resistencia y de producción de nuevos sentidos.

Dispositivos y encuadre

El trabajo clínico en las instituciones y los grupos en su relación con el psicoanálisis, encuentra su alimento, pero también sus límites. Ya hemos firmado, junto con Castel, su máxima: "Lo que el psicoanálisis nos cuesta, es lo que nos oculta." Pero esto no basta. Nuestro trabajo específico consiste en desarrollar esta idea viéndola funcionar deteni-damente en las diferentes singularidades donde el psicoa-nálisis nos muestra su cara despótica y capturadora de sentidos, o por el contrario nos posibilita una interpretación de la relación entre subjetividad e historia. Aquí por ejem-plo, el trabajo psicoterapéutico que se desarrolla en las insti-tuciones de derechos humanos, nos ofrece un espacio

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