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Sarno, John - Curar El Cuerpo, Eliminar El Dolor

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Academic year: 2021

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CONTRAPORTADA:

Dolor crónico de espalda, jaquecas, alergias, problemas

gastrointestinales; el Dr. Sarno lleva más de 30 años tratando los

casos más difíciles: personas que ya han probado todos los

tratamientos imaginables y que acuden a él porque todo lo demás

les ha fallado. Sin embargo, consigue curar a casi el 90 por ciento

de ellas.

¿Cómo lo logra? La clave de su tratamiento está en que la gran

mayoría de los dolores que padecemos no se deben a ningún

problema físico. El problema no está en la espalda o en el

estómago, sino en la propia mente. Así, lo que necesitamos no

son sesiones de fisioterapia ni antiácidos, sino una mayor

comprensión de nosotros mismos. Lo que necesitamos es

identificar esas emociones reprimidas que están en la base de los

síntomas que padecemos.

El tratamiento del Dr. Sarno es tan revolucionario y tan sencillo

que a veces cuesta creer que pueda funcionar. Pero la prueba

está en los miles de pacientes curados, muchos de ellos gracias a

la mera lectura de sus libros. En Curar el Cuerpo, Eliminar el

Dolor, el Dr. Sarno amplía enormemente las teorías presentadas

en su libro anterior, Libérese del Dolor de Espalda, y abarca

nuevos trastornos como la úlcera, la jaqueca, el asma, el colon

irritable, y la fiebre del heno, entre muchos otros.

El Dr. John E. Sarno es profesor de rehabilitación clínica en la

facultad de Medicina de la Universidad de New York.

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Prólogo

El dolor, la incapacidad física, la información errónea y el miedo —este cuarteto ha sido una plaga para el mundo occidental durante décadas, y esta plaga no da ninguna muestra de que vaya a remitir—. El dolor de espalda, de cuello, y en las extremidades es más común que nunca, y las estadísticas indican que la epidemia se extiende. La incapacidad laboral debida al dolor de espalda continúa aumentando año tras año en los Estados Unidos.

Las empresas que emplean a gran cantidad de gente que trabaja con ordenadores están teniendo altas tasas de incapacidad laboral y muchos problemas con el seguro de salud debido a una nueva dolencia conocida como

lesión por estrés repetitivo (LER). Millones de estadounidenses, sobre todo

mujeres, padecen una dolorosa enfermedad de causa desconocida llamada fibromialgia. A pesar de que han surgido gigantescas empresas médicas para diagnosticar y tratar estas dolencias, la plaga continúa.

Este libro trata acerca de esta epidemia. Describe tanto la experiencia clínica que ha identificado la causa de estas dolencias como el método para tratarlas. Desgraciadamente, la medicina convencional rechaza nuestro diagnóstico porque éste se basa en la teoría de que los síntomas físicos han sido producidos por fenómenos emocionales. Sin embargo, mucha gente inteligente no especializada ha aceptado la idea, sin duda porque están libres de los prejuicios que impone la educación médica tradicional.

Y por si la epidemia de dolor no fuera lo suficientemente importante, numerosas enfermedades han sido identificadas como equivalentes del síndrome de dolor, dado que parecen tener como origen el mismo proceso psicológico. Estas enfermedades llevan años siendo muy comunes y, junto a las afecciones dolorosas, son universales en la sociedad occidental. Me refiero a los muchos dolores de cabeza, síntomas gastrointestinales y alergias, así como a las enfermedades respiratorias, dermatológicas, genitourinarias y ginecológicas que son características de la vida cotidiana.

Si la mayoría de estos problemas son psicogénicos —es decir, tienen su origen en la mente (y mi meta es demostrar que es así)—, tenemos un problema de salud pública de proporciones gigantescas. Las consecuencias médicas, humanitarias y económicas son obvias, y las enumeraré todas.

Este libro trata de la relación que existe entre las emociones y las enfermedades, y sobre lo que uno puede hacer para mejorar la salud y combatir ciertos trastornos físicos. Las ideas presentadas aquí están basadas en los éxitos obtenidos a lo largo de los últimos veinticuatro años en el tratamiento de un desorden físico de origen emocional conocido como el síndrome de miositis tensional (SMT). A pesar de que voy a proporcionar una descripción actualizada de este desorden, el tema principal de este libro es el impacto que las emociones provocan en el funcionamiento corporal.

Esta conexión estuvo a punto de ser aceptada por la medicina occidental durante la primera mitad del siglo XX, pero luego cayó en un desprestigio casi

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total. El repudio de la teoría psicoanalítica, el creciente interés por las investigaciones de laboratorio y la tendencia de los médicos a evitar los asuntos psicológicos (ellos se ven a sí mismos como ingenieros del cuerpo humano) son las razones más probables de esta tendencia histórica. Hoy, son pocos los profesionales, tanto en la medicina física como en la psicológica, que creen que las emociones reprimidas puedan originar enfermedades físicas. Los psicoanalistas son los únicos que han seguido aceptando esta idea, pero su influencia en el campo de la psiquiatría y de la medicina general es limitada. En el campo de las especialidades médicas no hay prácticamente nadie que sea partidario de esta idea.

Pero a pesar de la falta de interés de la medicina convencional, se ha escrito muchísimo sobre el tema de la «conexión psicosomática». Se han realizado cuidadosos estudios sobre la relación existente entre los factores psicológicos y ciertas patologías como la hipertensión o la enfermedad coronaria. Sólo conozco un investigador fuera del campo del psicoanálisis que haya identificado las emociones como la causa de una enfermedad física. El estrés, la ira, la ansiedad, la soledad y la depresión son abordadas como si fueran emociones puramente subjetivas. En muchos casos, se cree que estos sentimientos agravan los procesos patológicos estructurales subyacentes, tales como las hernias de disco, la fibromialgia o la lesión por estrés repetitivo.

Mis ideas están basadas en las observaciones clínicas y en las teorías de Freud. Supongo que esto será visto con bastante desaprobación dado lo mucho que se ha atacado a Freud en los últimos tiempos. De cualquier manera, mi objetivo nunca fue mostrar que Freud tenía razón. Mis ideas son producto de mis observaciones clínicas; nunca han estado basadas en nociones preconcebidas sobre la conexión mente-cuerpo. Al igual que sucedió con los pacientes de Freud, descubrí que los síntomas físicos de los míos son el resultado directo de fuertes emociones reprimidas en el inconsciente. Además, me he basado también en las teorías de otros tres psicoanalistas: Franz Alexander, fundador del Instituto de Psicoanálisis de Chicago, y que realizó investigaciones pioneras en la medicina psicosomática; Heinz Kohut, que conceptualizó lo que se conoce como la psicología del yo y señaló la importancia de la rabia narcisista, y Stanley Coen, que sugirió la idea crucial de que el trastorno psicosomático que yo estaba estudiando era en realidad una defensa, una estrategia evasiva diseñada para desviar la atención de las aterradoras emociones reprimidas.

Este libro aborda los problemas físicos que son causados por los sentimientos reprimidos e inconscientes. Al ser muy específicos, estos problemas pueden ser diagnosticados con precisión y tratados con éxito.

El síndrome de miositis tensional es actualmente el trastorno físico de origen emocional más común en los Estados Unidos y probablemente en todo el mundo occidental. Desde la publicación de Libérese del dolor de espalda, han surgido otras dolencias que también tienen un gran impacto en la salud pública. Ellas también son manifestaciones del SMT.

Este libro está dividido en tres partes. La primera es un comentario sobre la psicología que origina estos trastornos físicos, e incluye un capítulo que puede ser

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considerado puente, porque describe la psiconeurofisiología de los procesos psicogénicos; en otras palabras, cómo las emociones estimulan al cerebro para que produzca síntomas físicos. Después de atravesar este puente (algo que parece más difícil de lo que en realidad es), la segunda parte cubre los distintos trastornos de origen emocional, comenzando por el SMT, la enfermedad que me introdujo en el campo de la medicina psicosomática, e incluye trastornos físicos como los dolores de cabeza, las alergias, los problemas gastrointestinales y las afecciones de la piel.

La tercera parte aborda los tratamientos para todas estas dolencias.

Para aquellos que puedan estar interesados, el apéndice cubre los aspectos más académicos del proceso muerte-cuerpo (o psicosomático).

Una advertencia para el lector: lo que sigue es una descripción de mi experiencia clínica y de las teorías derivadas de mi trabajo. Nadie debería dar por sentado que sus síntomas tienen un origen psicológico hasta que un médico haya eliminado la posibilidad de una enfermedad grave.

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Introducción:

Una perspectiva histórica

Desde que me gradué como médico, el problema de los distintos tipos de dolor se ha convertido en una gran epidemia en la mayoría de los países industrializados. Es como un cáncer que crece sin parar. En los Estados Unidos, el diagnóstico y tratamiento de estas dolencias se ha convertido en una industria gigantesca. Sólo el problema del dolor de espalda le cuesta al país más de setenta mil millones de dólares al año, y si le agregamos todas las epidemias de dolencias modernas, como el síndrome del túnel carpiano, esa cifra probablemente se duplicaría. Estos problemas médicos no son considerados una epidemia porque en general no suponen un riesgo para la vida y porque el público no es plenamente consciente de sus consecuencias financieras, sociales y emocionales. El hecho de que no representen un riesgo para la vida es lo único positivo que se puede decir sobre ellos, dado que pueden ser física y emocionalmente más incapacitantes que muchas enfermedades aparentemente catastróficas. Una persona con parálisis en ambas piernas que ha pasado por un buen proceso de rehabilitación puede llevar una vida esencialmente normal, mientras que alguien con un fuerte dolor crónico puede quedar completamente incapacitado, sin poder trabajar y con problemas para realizar la más mínima actividad física.

La pregunta inevitable es: ¿cómo y por qué ha sucedido esto? Después de millones de años de evolución, ¿es posible que nos hayamos convertido de repente en seres incapaces de funcionar normalmente? ¿Tendrán acaso nuestros cuerpos defectos estructurales que sólo se han hecho aparentes en los últimos cuarenta años? Si estas dolencias no han sido causadas por anormalidades estructurales, ¿de qué otra forma se puede explicar esta epidemia?

Mi trabajo inicial en el diagnóstico y tratamiento de los síndromes de dolor en la espalda, el cuello y los hombros fue decididamente frustrante y desagradable. Los diagnósticos convencionales y los tratamientos conservadores (no quirúrgicos) producían resultados decepcionantes y poco duraderos. Me sentía incómodo incluso cuando les explicaba los fundamentos del diagnóstico y del tratamiento a los pacientes porque las explicaciones parecían carecer de lógica fisiológica y anatómica.

Ya en el año 1904 los médicos habían descrito una dolorosa patología muscular —llamada diversamente fibromialgia, miofascitis, fibrositis o fibromiositis—, pero nadie había sido capaz de identificar la patología exacta o la causa de esta dolencia. Al final comencé a tratar el dolor de espalda como si no se supiera nada sobre sus causas. Pronto me di cuenta de que el músculo era el principal tejido comprometido en este proceso. Algo les estaba ocurriendo a los músculos del cuello, de los hombros, de la espalda y de las nalgas.

Como son fácilmente identificables en una radiografía, la mayoría de los profesionales atribuyeron los síntomas a una variedad de anormalidades estructurales de la columna, tales como cambios producidos por el envejecimiento, anomalías congénitas o mala alineación. Otros creyeron que los músculos dolían

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porque estaban débiles o debido a algún tipo de sobrecarga o de desgarro. Además, los dolores de espalda, de cuello o de hombro venían a menudo acompañados de dolor (y otros síntomas neurológicos) en un brazo o en una pierna. Por lo tanto, si se hubiese encontrado una anormalidad estructural en la proximidad de un nervio vertebral cuyo destino fuese un brazo o una pierna, el clínico se habría sentido muy tentado a atribuir los síntomas de dolor a esa anormalidad, sin preocuparse demasiado por hacer un diagnóstico científico riguroso. Sin embargo, un cuidadoso examen físico y del historial médico solía revelar que el presunto culpable era inocente y que la distorsión ósea o de disco no podía ser la responsable de los síntomas. A pesar de todo, se le seguía echando la culpa del dolor a la columna vertebral.

Surgió una improbable alianza entre disciplinas dispares. Los quiroprácticos, criticados por los médicos durante años por no ser muy científicos, poco a poco comenzaron a ser plenamente aceptados como los especialistas en el tratamiento y diagnóstico de la espalda. Ellos siempre habían mantenido que las anormalidades estructurales de la columna eran la causa del dolor de espalda. Y como los médicos también creían lo mismo, era inevitable que los quiroprácticos se convirtieran en miembros de la comunidad de los terapeutas de la espalda. Los otros componentes de esta comunidad terapéutica son los osteópatas, los fisiatras (especialistas en medicina física y rehabilitación), los ortopedistas, los neurólogos, los neurocirujanos, los fisioterapeutas, los acupuntores, los quinesiólogos y una multitud de otros profesionales que usan regímenes especiales de ejercicio o de masaje. Lo que todos tienen en común es la idea de que la columna vertebral y su musculatura circundante son deficientes y fácilmente susceptibles de lesión, y necesitan algún tipo de intervención física. La cirugía es la intervención más drástica y una de las más comunes.

Como se supone que algún tipo de inflamación de origen estructural, cuya

naturaleza nunca ha sido aclarada, es el responsable de la mayor parte del dolor, se

suele recetar una gran cantidad de medicamentos esteroides y no esteroides. En vista de los muchos programas terapéuticos y de diagnóstico que se siguen hoy en día para el tratamiento de estas dolencias, cualquier interrupción importante en la aplicación de las terapias existentes produciría un gran descalabro económico, ya que el diagnóstico y el tratamiento del dolor crónico son actualmente una industria gigantesca en los Estados Unidos. Pero un diagnóstico y un tratamiento acertados economizarían enormes cantidades de dinero.

En el inicio de la década de los setenta y en medio de esta creciente epidemia, comencé a dudar de la validez de los diagnósticos convencionales —y por lo tanto de los tratamientos— sobre los síndromes de dolor de cuello, hombro y espalda. Un examen más detallado había indicado que los músculos de esta última, desde la nuca hasta las nalgas, eran los principales implicados. Esto confirmaba el trabajo de todos los profesionales que a través de los años describieron aquello que llamaron fibromialgia, fibrositis o dolor miofascial. Mi estudio de la literatura médica y una creciente experiencia con mis pacientes me llevaron a pensar que estas dolencias formaban parte de una patología dolorosa que llamo el síndrome de miositis tensional (SMT) (miositis quiere decir alteración

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fisiológica de los músculos). El SMT es un doloroso pero inofensivo cambio en el estado de los músculos.

Pero ¿qué sucede con las señales neurológicas y los síntomas en las piernas y los brazos? Durante un tiempo pensé que debían de ser causados por una compresión estructural en la columna o por esa misteriosa «inflamación» tan cita-da por otros profesionales. Sin embargo, a medicita-da que el número de inconsistencias aumentaba, me vi obligado a concluir que el proceso que provocaba el dolor muscular también era el causante de los síntomas nerviosos. Pero ¿cuál era ese proceso?

Cuando los médicos realizan el historial del paciente, normalmente preguntan sobre enfermedades o síntomas pasados o presentes. Comprobé que el 88% de mis pacientes tenía un historial de enfermedades gastrointestinales menores tales como acidez, síntomas preulcerosos, hernia de hiato, colitis, colon espástico, síndrome de irritación intestinal y otras reacciones inducidas por la tensión como el dolor de cabeza, la migraña, el eccema y la micción frecuente. Aunque no todos los médicos están dispuestos a aceptar que estos problemas estén relacionados con fenómenos emocionales o psicológicos, mi experiencia clínica como médico de familia y mi propio historial médico hacen que me sienta muy tranquilo con esta conclusión. Por ejemplo, durante varios años he padecido frecuentes dolores de cabeza, con las típicas visiones de «luces» que preceden el inicio del dolor. Alguien me sugirió que la base de estos dolores podía ser la rabia reprimida. La siguiente vez que vi las luces —presagio de jaqueca—, me senté e intenté pensar cuál era esa rabia que estaba reprimiendo. No conseguí encontrar una respuesta,

pero por primera vez en mi vida el dolor de cabeza no se manifestó. Fue una clara

prueba de que el dolor de cabeza era causado por fenómenos emocionales.

Por lo tanto, era lógico suponer que los dolores de espalda también pudiesen formar parte del mismo grupo de trastornos de origen emocional. Cuando puse a prueba esta hipótesis y le dije a los pacientes que creía que su dolor se debía a la «tensión», me sorprendió comprobar que aquellos que aceptaban el diagnóstico mejoraban. Aquellos que lo rechazaban seguían igual.

En aquellos primeros tiempos, todos mis pacientes acudían a sesiones de fisioterapia, y yo le pedí al fisioterapeuta que les dijera que el objetivo de la terapia era solamente proporcionar un alivio provisional de los síntomas y que la verdadera recuperación dependía de que se reconociera la naturaleza del proceso. Aquellos que mejoraron estuvieron de acuerdo con el diagnóstico. Fue algo parecido a mi experiencia con el dolor de cabeza: el reconocimiento de una causa emocional en la génesis de los síntomas servía de alguna manera para eliminar esos síntomas. Tendrían que pasar muchos años antes de que llegara a comprender la razón de este fascinante y misterioso fenómeno.

En aquel tiempo se me hacía difícil decirles a los pacientes que su dolor era causado por la «tensión». Cualquier médico se reiría de esa idea; la persona corriente se sentiría insultada si uno le sugiriese que sus síntomas físicos estaban «en la cabeza». Esta es una frase que yo evitaba a causa de su connotación peyorativa, aunque muchas veces era el propio paciente el que la mencionaba. En ocasiones conseguía explicar satisfactoriamente la conexión entre la tensión y el

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dolor, pero me veía obstaculizado por mi propia falta de comprensión de la psicodinámica implicada. Otras veces mencionaba ciertas características personales que eran muy corrientes entre los pacientes con SMT, y explicaba cómo podían producir tensión y ansiedad. También señalé que los síntomas eran una expresión física de la ansiedad y que los individuos perfeccionistas, meticulosos, responsables, compulsivos y muy trabajadores eran más proclives al SMT. No pude proporcionar una definición clínica del vocablo tensión, pero era una palabra con la que la gente se podía identificar. Psicológico y emocional eran términos peyorativos que parecían insinuar que el paciente tenía algo raro; también evité la palabra psicosomático porque para la mayoría significaba que el dolor era falso o imaginario. Pero seguí haciendo el mismo diagnóstico y mi tasa de éxito comenzó a subir sustancialmente. En ese momento sentí que comprendía la naturaleza de la dolencia y que podía predecir con alguna precisión quién iba a experimentar una mejoría y quién no.

Durante el examen físico, casi todos los pacientes experimentaban sensibilidad a la palpación de ciertos músculos, independientemente del lugar del cuello o de la espalda en que sentían dolor. Por ejemplo, alguien podía sentir dolor únicamente en el lado derecho de la región lumbar pero luego también lo experimentaba cuando apretaba la parte superior de los hombros (músculo trapecio superior), la musculatura paraespinal lumbar y la parte exterior de las nalgas (glúteos). Este hecho indica que el síndrome se origina en el sistema nervioso central (cerebro) y no en una anormalidad estructural local.

Hacia la mitad de la década de los setenta yo ya había concluido que la mayoría de los síndromes dolorosos de la espalda, el cuello y los hombros, acompañados de los dolores frecuentemente observados en las piernas y los brazos, eran el resultado de un proceso inducido psicológicamente. Es decir, se trataba de un clásico problema psicosomático en que factores emocionales desencadenaban una reacción en ciertos tejidos del cuerpo, lo cual producía dolor y otros síntomas neurológicos.

¿Cuál era la naturaleza de esta reacción? El tratamiento de fisioterapia consistía en la aplicación de calor profundo (ultrasonido), masaje profundo y la realización de ciertos ejercicios. La mayor parte de los pacientes experimentaba como mínimo un alivio temporal. Como yo sabía que estos tratamientos aumentaban la circulación local de la sangre, era lógico concluir que la causa de los síntomas era una reducción del flujo sanguíneo hacia los tejidos implicados. La circulación de la Sangre está controlada por un subsistema del sistema nervioso central conocido como el sistema nervioso autónomo. Muchas de las otras patologías psicosomáticas (la úlcera péptica, la colitis, la migraña y los dolores de cabeza) también están bajo el control del sistema nervioso autónomo. Nada podría ser más simple: algo en el cerebro decide iniciar este proceso; los centros autónomos son activados, y en una fracción de segundo se reduce la circulación de sangre hacia las zonas implicadas. Esto quiere decir que los tejidos no reciben su dosis completa de oxígeno, lo que es casi con certeza la causa de los síntomas. Esto encaja con el descubrimiento de dos investigadores alemanes en 1975, según el cual existe una pequeña deficiencia de oxígeno en el núcleo de las

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células musculares de los pacientes con dolor de espalda, así como con los estudios, publicados en la literatura médica, de un equipo de reumatólogos suecos en la década de los ochenta.

Como esta premisa de que la falta de oxígeno era la causante del dolor ofrecía una explicación lógica de los síntomas, seguí avanzando en ella. Además, incluso si la causa del dolor acabase siendo algún otro proceso inducido por el cerebro, seguía estando claro que el tratamiento definitivo debía orientarse hacia él, y no hacia los tejidos locales.

Les dije a mis pacientes que sus espaldas estaban sanas. Les expliqué que tenían un trastorno inofensivo que debía ser tratado a través de la mente y no del cuerpo. Toma de conciencia, comprensión, conocimiento e información eran los medicamentos mágicos que iban a curar este trastorno —ninguna otra cosa iba a servir.

En 1979 comencé a reunir a los pacientes y a darles una conferencia sobre los detalles físicos y psicológicos del SMT. El razonamiento estaba claro: si la información era la cura, yo debía buscar la mejor manera de proporcionarla. Hoy en día, estas conferencias son la piedra angular del programa terapéutico y parecen ser todo lo que necesita la gran mayoría de mis pacientes (entre un 80 y un 90% de ellos) para seguir avanzando hacia una curación total.

Mi visión del problema a inicios de la década de los ochenta queda bien reflejada en una carta que le escribí al columnista del New York Times Russell Baker, cuya columna del 16 de agosto de 1981 tenía por título «¿Dónde se han ido todas las úlceras?». Como pensé que era algo que le iba a interesar, el 23 de septiembre de ese mismo año le envié la siguiente carta:

Estimado señor Baker:

Como usted es un hombre bien informado, pensé que le interesaría conocer la verdadera razón de la disminución en la incidencia de las úlceras, un tema sobre el cual escribió hace unos días. Las úlceras gástrica y duodenal son miembros de una familia de trastornos físicos que, como usted señaló correctamente, reflejan la presencia de grandes cantidades de tensión. Otros miembros de esta infame familia son la colitis, el colon espastico, el dolor de cabeza y una gran variedad de alergias, por nombrar sólo los más prominentes. Sin embargo, existe otro trastorno que no ha sido advertido por la comunidad médica y que es el que ha asumido el importante papel de la anteriormente omnipresente úlcera. El porqué de este intercambio de papeles constituye una historia muy interesante, a la que regresaré en un momento. Este otro trastorno es el muy común dolor de espalda (o el dolor de cuello o de hombros). Durante años se ha dado por sentado que el dolor de espalda se debe a alguna deficiencia de la columna y de sus estructuras adyacentes, pero este diagnóstico no es más que una cortina de humo que ha logrado confundir a los médicos y a otros pro-fesionales de la salud. De hecho, el dolor de espalda se debe a una hiperactividad en la misma rama del sistema nervioso que produce úlceras, y el culpable de esta hiperactividad es el mismo de siempre: la tensión. Estoy muy convencido de lo que estoy afirmando y mis ideas han sido publicadas en la

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literatura médica. Sin embargo, no es para preocuparse demasiado, ya que incluso el más doloroso e incapacitante de estos trastornos refleja un proceso bastante benigno, —mucho menos peligroso que una úlcera que puede sangrar o causar una perforación y crear un problema grave. Todos estos trastornos son miembros de la misma familia y representan variantes de un proceso subyacente idéntico, el proceso mediante el cual la tensión produce manifestaciones físicas. Esta es justamente la definición de un trastorno psicosomàtico. Los ataques cardíacos son manifestaciones de un tipo más serio de proceso psicosomàtico y no son equiparables a una úlcera péptica. Veamos ahora el asunto del porqué de ese intercambio de papeles. Esto no se entiende a menos que uno comprenda que el propósito de una manifestación física de la tensión consiste en engañar. Nuestros cerebros han decidido que sentirse tenso, que es la respuesta adecuada a estar tenso, es mucho más insoportable y mucho menos socialmente aceptable que tener algún dolor físico. De modo que el cerebro hace algunos ajustes en los circuitos y, en lugar de hacerte parecer un manojo de nervios, hace aparecer un dolor de estómago o de espalda. La razón por la cual la úlcera tenía que desaparecer era que todo el mundo comenzó a darse cuenta de que era una impostora, de que lo que había tras ella era tensión, y eso no es socialmente aceptable.

El antiguo dolor de espalda siempre ha sido lo que es hoy en día, un asunto de tensión, pero nadie le prestó mucha atención hasta el advenimiento de la medicina moderna. "Aquí tenéis algo genuino", dijo el cerebro. Todo el mundo cree que los dolores de espalda son lo último en trastorno «físico» y por lo tanto constituyen un sustituto perfecto para la tensión. La úlcera ha perdido su valor y hoy en día el dolor de espalda es el nuevo abanderado del ejército de bs tensos. Y así pues, casi toda la gente que uno conoce tiene una historia de dolor de espalda que contar. La incidencia de todos bs tipos de síndromes dolorosos relacionados con la espalda del homo sapiens occidental ha aumentado dramáticamente en bs últimos veinte años, mientras que la desacreditada úlcera caía en el olvido. ¿No es ésta una historia fascinante? Al cabo de unos días recibí la siguiente nota, reproducida aquí con la amable autorización del señor Baker:

Estimado doctor Samo:

Esa fue sin duda una historia fascinante y me ayudó a entender muchas cosas acerca de mi propio «dolor de espalda». Esta aflicción se presenta después de cuatro o cinco horas frente a mi máquina de escribir y es más intensa cuando me doy cuenta de que b que escribo está mal.

La semana pasada ayudé a mi hijo en una mudanza pero le advertí que probablemente no iba a aguantar mucho tiempo por culpa de mi espalda. Resultó que la mudanza fue una actividad bastante placentera, en el sentido de que era una labor manual que consistía en levantar, cargar y empujar objetos, y todo ello realizado en un agradable ambiente rústico. Además, mi mente estaba totalmente relajada. Pues bien, después de diez horas de actividad, me acordé

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de mi espalda por primera vez desde la mañana, y sólo para percatarme de que no había sentido la menor molestia en todo el día. Atentamente,

Russell Baker En 1981 yo creía que las manifestaciones físicas eran un sustituto para la ansiedad. Más adelante, una nueva idea me llevó a una mucho mejor comprensión del problema y, por consiguiente, a una forma más efectiva de tratamiento. Esta idea consistía en que los fenómenos emocionales inconscientes requerían síntomas físicos.

Y, desde luego, las úlceras no han caído en el olvido; hoy en día se dice que son causadas por la presencia de una bacteria en el estómago. Mi opinión es que las úlceras siguen siendo inducidas por el estrés y que la bacteria no es más que una parte de ese proceso. Pero ya no son tan comunes como antes y ni tan frecuentes como los trastornos dolorosos.

En 1982 llevé a cabo el primer control de seguimiento de mis pacientes. Ciento setenta y siete escogidos al azar entre los que recibieron tratamiento entre 1978 y 1981 fueron entrevistados sobre su nivel de dolor y su capacidad funcional. El 76% de ellos llevaba una vida normal y esencialmente se encontraba libre de dolor. Catorce pacientes habían experimentado alguna mejora y veintiocho (16%) no mejoraron y fueron considerados fracasos de tratamiento.

Hay que mencionar dos hechos importantes respecto a este último grupo: antes de acudir a mí, la mayoría de ellos tenía una larga historia de dolor de espalda y había recibido múltiples tratamientos, incluyendo cirugía en algunos casos, y a pesar de todo continuaba con síntomas agudos; además, no tuve la oportunidad de preseleccionar a ninguno de ellos antes de que pidiera una cita. Desde 1987 he entrevistado a los pacientes que piden una cita para determinar si nuestro programa es adecuado para ellos. La mayoría de los que presentan estos síndromes de dolor rechaza la idea de que su problema tenga un origen emocional y por lo tanto no podría beneficiarse de nuestro programa terapéutico, ya que la aceptación del diagnóstico es esencial para el éxito del tratamiento. En la actualidad acepto alrededor del 50% de los que me llaman. Cuando soy criticado por aplicar este criterio de selección, le recuerdo a mis críticos que, al igual que un cirujano que se niega a operar cuando el riesgo es excesivo, tengo todo el derecho a trabajar únicamente con pacientes que tengan unas aceptables posibilidades de éxito. Esta selección no me beneficia sólo a mí; le evita gastos inútiles y molestias al paciente.

A pesar de esta falta de selección antes de 1987, un segundo control de seguimiento ese año reveló un aumento en la eficacia del tratamiento desde 1982. Esta vez pusimos el listón más alto y limitamos el grupo examinado a la gente con tomografía computarizada de su hernia de disco. Esta anormalidad es la responsable de la mayoría de las cirugías de espalda y, sin embargo, según nuestra experiencia, rara vez es la responsable del dolor. Ciento nueve de estos pacientes elegidos al azar fueron entrevistados. Entre uno y tres años después del fin del tratamiento, noventa y seis personas (88%) llevaban una vida normal y no sentían ningún dolor, once habían experimentado alguna mejoría y sólo dos

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seguían igual —un avance considerable con respecto a los resultados de 1982. ¿A qué se debió esta notable mejora en nuestros resultados? Mi capacidad para explicar la naturaleza del SMT había aumentado y por lo tanto los pacientes tenían más confianza en el diagnóstico; además, en 1985 dejé de recetar fisioterapia. Aunque todos los fisioterapeutas eran plenamente conscientes de la naturaleza del proceso que estaban tratando y recalcaban el hecho de que los factores psicológicos y no los físicos eran los verdaderos causantes del dolor, comprobamos que algunos pacientes se centraban en el tratamiento físico, fingían creer en lo que yo enseñaba y experimentaban como máximo una «cura placebo» (una cura basada en la fe ciega y generalmente transitoria). Además, al solicitar un tratamiento físico dos o tres veces a la semana, estábamos centrando la atención de nuestros pacientes en sus cuerpos, mientras que el éxito del tratamiento requería que la atención pasase del plano físico al emocional. El perjuicio potencial era mayor que el beneficio potencial. Creo que este cambio desempeñó un importante papel en la mejora de las estadísticas.

Aunque no hemos hecho un tercer control de seguimiento, creo que nuestros resultados son hoy mejores de lo que eran en 1987. Esto lo atribuyo al proceso de selección y también a mi mayor comprensión de la psicología del SMT.

Cuando colaboraba en un artículo médico con Stanley Coen, un colega psicoanalista, él sugirió que probablemente los síntomas físicos no fuesen una expresión física de la ansiedad, lo que había sido mi hipótesis de trabajo durante años, sino el resultado de lo que los psicoanalistas llaman un mecanismo de defensa, un término que considero algo engañoso. El objetivo de un mecanismo de defensa (de los síntomas físicos, en este caso) consiste en desviar la atención de la gente hacia el cuerpo, de modo que pueda evitar tomar conciencia de ciertos sentimientos inconscientes (reprimidos). Esta nueva comprensión del papel de la represión fue un hito importante en el viaje que había iniciado hacía unos quince años. Esta idea no sólo encajaba perfectamente con el diagnóstico, sino que me proporcionaba por primera vez una explicación de por qué la gente mejoraba cuando comprendía y aceptaba lo que estaba ocurriendo. En ese momento se explicaba el hecho de que alguien en Peoría, Illinois, leyese alguno de mis libros sobre el SMT y experimentase una mejoría completa sin haber hablado nunca conmigo o haber sido examinado por mí. El misterio había sido resuelto. Una vez que el paciente aceptaba el diagnóstico, el conocimiento de lo que estaba sucediendo destruía la estrategia del cerebro. Aunque siempre habíamos sabido que el SMT era un proceso inducido por el cerebro, no sabíamos por qué éste lo llevaba a cabo. Ahora estaba claro que el objetivo de los síntomas era desviar la atención del paciente y alejarla de las emociones escondidas, y que, al desenmascarar esta operación encubierta y de ese modo ponerle fin, el dolor desaparecería, como de hecho ocurrió.

Aunque estas ideas sobre la conexión psicosomática representan la culminación de la experiencia clínica de veinticuatro años, son, de hecho, el punto inicial para este libro. Y aunque estas ideas se desarrollaron a partir de mi experiencia con el diagnóstico y el tratamiento del dolor, creo que pueden aplicarse a muchos trastornos médicos. De hecho, pienso que todo el mundo tiene

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síntomas psicosomáticos (es decir, derivados de la conexión psicosomática). Muy pocas personas, si es que hay alguna, viven sin experimentar una o más de estas manifestaciones, ya que éstas reflejan la organización evolutiva de la psique humana. Y lo más importante, estas manifestaciones demuestran que no hay separación entre la mente y el cuerpo; que los dos están inextricablemente interconectados. Uno no puede estudiar la patología de las enfermedades humanas sin tomar en cuenta el papel de la psique. Mi experiencia con los síndromes de dolor más comunes me ha demostrado la insensatez de descuidar los componentes emocionales de la enfermedad humana. En algunos casos las emociones desempeñarán un papel secundario; en otras, el principal. Descuidar esta dimensión es una omisión tan grande como ignorar el papel de los microorganismos en una enfermedad.

¿Qué emociones son tan terribles para hacer que el cerebro someta a alguien a un fuerte dolor físico y a espantosos síntomas neurológicos? La respuesta a esta pregunta es básica para la comprensión no sólo de estos síndromes dolorosos sino de la gama completa de trastornos psicosomáticos.

Los conflictos siempre están presentes en el inconsciente, nacidos de los varios elementos que constituyen el mosaico de la psique humana. Estos conflictos generan el desarrollo de emociones que no pueden ser toleradas y que, por lo tanto, deben ser reprimidas. Como estos sentimientos indeseables parecen querer manifestarse, la mente tiene que hacer algo para evitar que lleguen a la conciencia. De ahí vienen los síntomas derivados de la conexión mente-cuerpo. Este libro explora la naturaleza y el contenido de estos sentimientos indeseables y explica por qué la mente elige camuflar la agitación emocional mediante el dolor físico.

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P r i m e r a p a r t e

La psicología y fisiología de los

trastornos psicosomáticos

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La psicología de los trastornos psicosomáticos:

una historia de dos mentes

Como el SMT y otros trastornos equivalentes son iniciados por fenómenos psicológicos, una explicación de la psicología de los trastornos psicosomáticos es el lugar lógico por dónde empezar. Estos trastornos no son enfermedades, sino más bien estados sintomáticos inducidos por el cerebro para cumplir un determinado propósito psicológico. Creo que vas a poder sentirte identificado con alguno de los siguientes escenarios. Eres una mujer soltera y tienes entre veinte y cuarenta años. Puedes tener o no un grado universitario, pero intentas abrirte camino en tu profesión. Tu historia familiar podrá ser buena, indiferente o pésima, pero puedes recordar cosas de tu infancia que te resultan dolorosas o desagradables. Tu vida amorosa, seas heterosexual u homosexual, es claramente mejorable y no nubes si casarte o no casarte, si establecer o no una relación a largo plazo. Te preguntas si quieres o no formar una familia. Es posible que tengas problemas de dinero y estés preocupada por tus padres.

Te sientes presionada por todas estas circunstancias y, para empeorar más las cosas, sientes una fuerte necesidad de hacer que todo funcione, a la perfección si es posible, una fuerte compulsión por ser una «buena persona», alguien que le caiga bien a todo el mundo, alguien en quien pueda contar para ayudarlos en los momentos difíciles.

Quizá tienes la misma edad que esta mujer pero estás casada. Tu matrimonio puede estar entre bastante bueno y espantoso, pero en cualquier caso el estar casada ha agregado una gran cantidad de presiones a tu vida, presiones que no tenías antes. Te está costando mucho más encontrar el tiempo necesario para progresar en tu profesión. Incluso mantenerse en forma se ha convertido en un reto. Si el matrimonio anda mal, el estrés es aún mayor. ¿Intentas luchar por salvar tu matrimonio? ¿Habrás escogido mal tu pareja? ¿Encontrarás algún día la pareja ideal? El tiempo vuela y ya puede ser demasiado tarde para tener hijos.

Compliquemos aún más las cosas. Tienes uno o más hijos. Si eres una mujer trabajadora, las presiones son enormes. Incluso si eres un ama de casa, los niños cambian de forma drástica tu vida, especialmente si eres una madre dedicada y responsable. ¿Deberías dejar de trabajar? ¿Qué es lo mejor para tus hijos? ¿Qué es lo mejor para ti? Paradójicamente, los niños por regla general aumentan el estrés de un matrimonio. Ahora hay mucho menos tiempo para el romanticismo, los juegos y la diversión; la despreocupada vida de la joven pareja recién casada ha terminado. Para loa padres de un bebé, una buena noche de sueño es algo poco común. Cada año, la paternidad y la maternidad crean nuevas responsabilidades, más restricciones a la libertad de la pareja. Esto se aplica tanto al padre como a la madre, por supuesto, a menos que el primero sea un machista de la viejaescuela cuyo lema es: «La madre cuida a los niños, yo me encargo de conseguir el dinero».

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Es posible que pertenezcas a una tradición cultural en que las familias numerosas son la regla y en que cinco, seis, siete u ocho hijos es algo común. Te encanta la idea de tener muchos hijos, nunca te has sentido agobiada, pero por alguna extraña razón has comenzado a tener dolor de espalda. (Resulta que eres una persona meticulosa y aprensiva.)

¿Por qué todos estos escenarios se refieren únicamente a los aspectos negativos de la vida? La realidad psicológica es que mientras todos tratamos conscientemente de hacerlo lo mejor posible, las presiones de la vida producen reacciones internas en el inconsciente de las cuales no tenemos conciencia. Seguimos sin tener conciencia de ellas incluso cuando llegan a ser lo suficientemente perturbadoras para producir síntomas físicos. La dimensión emocional incluye dos tipos de mente: la conocida mente consciente y la mente Inconsciente, una tierra remota que de hecho tiene una Influencia más profunda en nuestras vidas, en lo que hacemos y dejamos de hacer, que su contrapartida consciente. Aunque mucha gente piensa que el poder de la decisión radica en la mente consciente, el hecho es que se trata de un proceso que se basa en todo lo que se ha aprendido y sentido en el pasado, incluyendo la información que reside en el inconsciente.

Adelantemos el reloj algunas décadas: ahora tienes entre cuarenta y cinco y setenta años. Los hijos han crecido y se han ido; es posible que te sientas vacía y desmotivada. Si tu matrimonio no ha sido bueno, puede que se deteriore aún más, haciéndote sentir atrapada, queriendo marcharte pero sin atreverte a hacerlo por una serie de razones, a menudo económicas. Comienzas a preguntarte si tu vida ha valido la pena. Y, por extraño que parezca, fuertes sentimientos negativos acerca de tu padre o tu madre aún no han desaparecido. De hecho, siguen reprimidos y pueden dar lugar a síntomas.

Es posible que nunca hayas tenido un hijo y, en un nivel emocional profundo, sientas tantas carencias que comiences a desarrollar síntomas.

Unos padres ya muy mayores pueden necesitar de muchos cuidados, provocando enormes cantidades de rabia interna, de la cual no tendrás ninguna conciencia. A pesar de tu genuino amor por tu padre o tu madre, la ira inconsciente surgirá espontáneamente. Cuando alcance un cierto nivel crítico, aparecerán los síntomas.

La jubilación es generalmente «peligrosa para tu salud», seas hombre o mujer. La pérdida de estatus y el cambio de estilo de vida casi siempre producen perturbadoras reacciones internas que pueden causar síntomas emocionales o físicos.

Algunos de los sentimientos más intensos surgen en la vida de la mujer de un jubilado. Ahora tienes que convivir continuamente con tu marido; es posible que tengas que cocinar tres veces al día. Una mujer comentó que es como tener de nuevo a un adolescente en casa.

Si tu marido enferma, puedes multiplicar la ira interna por diez. No importa lo mucho que lo quieras; el inconsciente no es ni lógico ni razonable. Si tu matrimonio fue algodifícil antes de su enfermedad, lo más probable es que ésta empeore las cosas y aumente tu ira interna.

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Eres un joven soltero, has acabado tus estudios y te resulta muy difícil encontrar y mantener un empleo adecuado. O quizá tienes uno bueno pero es una verdadera olla a presión. Trabajas muchas horas, realizas una buena labor, pero no hay ningún ascenso a la vista. Es posible que no ganes lo suficiente para vivir por tu cuenta y tienes que seguir en casa de tus padres, lo cual se te hace muy difícil de sobrellevar a causa de la problemática relación que mantienes con tu padre (o con tu madre, o con tu hermano o hermana).

Las mujeres pueden resultar un problema, o al menos encontrar una con la que te sientas a gusto. A veces sales con chicas poco adecuadas para ti, pero tu necesidad de gustar y de ser aceptado hace que te conformes con menos que tu ideal. Como te sientes inseguro, aceptas trabajos de poco nivel que están por debajo de tus capacidades. En el fon-lio de tu ser sientes que no vales gran cosa. Eso te enfurece.

O quizá seas homosexual. Tu pareja es VIH positivo. O no tienes pareja y desearías poder encontrar una. Aún no has salido del armario y hecho pública tu tendencia sexual: ni tu padre ni tu jefe están al tanto. Puede que ni tú mismo estés muy seguro.

O tienes alrededor de treinta y cinco años, estás casado y con dos hijos pequeños, eres el propietario de un pequeño negocio o trabajas para una gran empresa. Tienes éxito pero siempre has sido una persona que se preocupa por todo, incluso cuando eras niño. Eres extremadamente sensible y fácil de herir; siempre te denigras a ti mismo; crees que le tienes que caer bien a todo el mundo y haces lo imposible por ayudar a cualquiera que lo necesite, para luego quedar en la duda sobre si has hecho lo suficiente o fuiste Io bastante «bueno». Siempre sientes la necesidad de probarte a ti mismo. Sabes que eres una persona ansiosa; has tenida ataques de pánico. Curiosamente, muy poca gente sabe esto de ti porque proyectas una imagen de fuerza. Físicamente eres bastante imponente.

Es posible que siempre hayas sido una persona físicamente muy activa: tenis, jogging, baloncesto, voley, esquí… Llevas varios años casado, no tienes hijos y trabajas en publicidad o en un bufete de abogados. Tu jefe es un tirano y te tiene siempre bajo presión. Tu mujer quiere comenzar una familia pero tú no estás seguro de si es un buen momento. Hace un año te comenzó a doler la espalda; la resonancia magnética reveló una hernia de disco. Ahora tienes miedo de practicar cualquiera de los deportes que tanto te gustaban y estás comenzando a deprimirte.

Quizá ya estés cerca de los cincuenta años. Has tenido mucho éxito, has logrado una, buena estabilidad económica, pero siempre te estás metiendo en nuevos proyectos y buscando nuevos desafíos. Por lo visto, te resulta imposible relajarte y disfrutar de tus logros. Comienzas a desarrollar síntomas físicos.

Has jugado al golf durante toda tu vida y te encanta este deporte. A tu mujer le gustaría que practicaseis algún deporte juntos. Como no le interesa el golf, sugiere el tenis. Has intentado aprender a jugar al tenis sólo para agradarla, pero no se te da bien y no te gusta. Después de muchos años sin darte problemas, tu espalda ha comenzado a dolerte de nuevo.

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trabajo pero tienes un nuevo supervisor que te hace la vida imposible y no te deja tomar decisiones. Además, está continuamente asignándote tareas que deberían ser realizadas por empleados más jóvenes y con menos experiencia. Estos días no te estás sintiendo bien físicamente.

Y, coincidentemente, ese joven que trabaja en tu departamento desde hace un año parece tener problemas en el cuello y en los brazos; ha estado a menudo de baja por enfermedad durante los últimos meses. Después de hablar con él, te ha dado la impresión de que odia su trabajo y que sólo sigue en la empresa porque el sueldo es bueno. Además, está casado y tiene tres hijos.

Tienes setenta años. Hace un año, en contra de tu opinión, tu familia vendió la empresa a la que le habías dedicado tu vida. Ellos eran el cerebro financiero de la empresa, pero tú fuiste el genio creativo que la fundó. Hace seis meses que tienes un fuerte dolor de cadera, un dolor para el que los médicos no encuentran explicación. A veces es tan intenso que ni siquiera puedes caminar un par de manzanas.

Probablemente estos breves bosquejos no describan la vida de todos los lectores. Su objetivo es resaltar uno de los mensajes principales de este libro: todos estamos sometidos a algún tipo de presión. Todos reaccionamos interiormente ante estas presiones, y todos desarrollaremos síntomas físicos en respuesta a estos sentimientos interiores. No importa cómo reaccionemos conscientemente ante las presiones de la vida, otro mundo de reacciones existe en el inconsciente. Como no somos conscientes de estos sentimientos y no los podemos controlar, y dado que son tan amenazadores y aterradores, el cerebro va a producir automáticamente síntomas físicos para evitar que los peligrosos sentimientos se manifiesten y accedan a la conciencia. Así es como aparecen los síntomas psicosomáticos, unos síntomas que son universales en la sociedad occidental. No son una señal de enfermedad mental o emocional. Verlos como algo anormal o aberrante conduce a grandes errores médicos.

La estructura de la mente emocional (psique)

Sigmund Freud desarrolló el concepto de inconsciente y el de represión de las emociones en el inconsciente. Creo que los trastornos físicos psicogénicos (es decir, los trastornos inducidos por las emociones) se desarrollan a causa de los sentimientos reprimidos. Por lo tanto, mis teorías están basadas en los conceptos psicoanalíticos fundamentales. No soy psicoanalista y no tenía ninguna idea preconcebida acerca de la naturaleza psicológica de estos trastornos cuando comencé a estudiar este problema. Sin embargo, pronto me quedó claro que los complejos de síntomas que estaba estudiando eran el resultado de un proceso que había comenzado en lo que los psicólogos llaman el inconsciente, esa parte del mundo emocional de la cual no tenemos conciencia, y que los síntomas físicos eran una reacción ante los sentimientos inconscientes. Por lo tanto, como ocurre con tantos otros elementos del mundo de la psicología y de la psiquiatría, sin Freud aún estaríamos buscando una respuesta. Si él no hubiese introducido la

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idea de represión, seguiríamos atribuyendo los síntomas a los «nervios» y no tendríamos lamenor idea de qué camino terapéutico seguir.

Según Freud, la mente emocional consta de tres componentes que sus traductores han llamado el superego, el ego y el id. Los psicólogos transaccionales se refieren a estos tres componentes como el padre, el adulto y el niño. Para la enseñanza de mis teorías prefiero esta última terminología.

El padre es la parte de la mente que nos dice qué es lo que está bien y qué es lo que está mal, cómo debemos comportarnos y cómo debemos actuar ética y moralmente. Este pudre reside tanto en la mente consciente como en la Inconsciente y desempeña un papel fundamental en los trastornos físicos psicogénicos. El padre es sinónimo de conciencia moral, es lo que nos hace perfeccionistas y nos convierte en lo que yo llamo «buenistas». Un «buenista» siente una compulsión por agradar, por ser una buena persona, por ser amable; evita la confrontación, es un pacificador, siempre está alerta para ver si puede ayudar a alguien, Incluso si eso implica algún sacrificio. El «buenista» siente una gran necesidad de gustar, aunada al miedo de no gustar.

El perfeccionista es trabajador, meticuloso, responsable, una persona ambiciosa que persigue el éxito y que tiene tendencia a preocuparse demasiado por todo. El ultraperfeccionista no se contenta con sobresalir en su campo de actividad V está siempre buscando compulsivamente nuevos desafíos.

El adulto opera tanto en la esfera consciente como en la inconsciente. Es el mediador, el ejecutivo, el capitán de la nave. Su papel consiste en hacer que funciones en un óptimo nivel y en protegerte de peligros tanto externos como internos. El adulto inconsciente puede reaccionar de forma automática ante ciertas situaciones; de ahí que sus decisiones no sean siempre lógicas o racionales desde un punto de vista consciente. Esta tendencia a la irracionalidad en el funcionamiento mental inconsciente es fundamental para comprender los trastornos psicosomáticos. El mundo de las emociones está compuesto de dos mentes; muchas veces experimentamos el dominio de la parte inconsciente sobre la consciente. El SMT y otros trastornos equivalentes son ejemplos de ese dominio.

Por último está el niño, la parte de la mente que no reconocemos pero que desempeña un papel crucial en nuestra vida diaria. Todo es inconsciente, desde luego, o nos sentiríamos continuamente avergonzados. Al igual que un niño real, esta parte busca el placer, tiene tendencia al ensimismamiento, es dependiente, irresponsable, encantadora a menudo ilógica e irracional. Pero, a diferencia del niño esta parte está continuamente enfadada. También es poderosa, por mucho que se vea a sí misma débil e inferior —«después de todo, no soy más que un niño»—. Está continuamente en conflicto con el padre —una lucha de gran importancia para los trastornos psicosomáticos.

Las ideas presentadas por Heinz Kohut, un eminente psicoanalista del siglo XX, son esenciales para comprender la secuencia de hechos que llevan a los síntomas físicos. En lugar de hablar del niño, Kohut postuló la existencia de un yo en cada uno de nosotros que se desarrolla bien o mal durante los primeros meses de vida. Kohut creía que el ensimismamiento, técnicamente conocido como

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narcisismo, es normal y saludable si se desarrolla adecuadamente, ya que el narcisismo indica un yo más o menos cohesionado. Señaló la existencia de una línea de desarrollo para el narcisismo que va desde éste hasta la plena madurez. Según Kohut, el narcisismo nunca es abandonado y constituye un fenómeno potencialmente saludable que, en un ambiente favorable, se desarrolla hasta alcanzar las formas maduras de la autoestima.

Sin embargo, lo que me interesó especialmente fue la referencia que hizo Kohut a lo que llamó rabia narcisista. Sugirió que el trauma emocional experimentado durante los años de desarrollo infantil era el responsable de esta rabia. Yo pensé que quizá podía haber algo de esta rabia en todos nosotros, y me pregunté si la presión sobre este yo inherentemente narcisista que reside en todos nosotros podría producir la rabia-ira que parecía ser la responsable de los trasturnos psicosomáticos. Esta idea está desarrollada más «tensamente en la sección que sigue.

Con estos antecedentes, podemos examinar ahora qué es lo que sucede exactamente en el inconsciente y qué da lugar a los síntomas físicos.

Presión y rabia en el inconsciente

Creo que la rabia en el inconsciente tiene tres fuentes potenciales:

1. Aquello que puede haber sido generado en la infancia y que nunca se ha disipado.

2. Aquello que es producto de una presión autoimpuesta, como le ocurre a la gente voluntariosa, perfeccionista o «buenista».

3. Aquello que constituye una reacción ante las presiones concretas de la vida diaria.

He usado la analogía de una cuenta corriente para explicarle esto a los clientes. Los depósitos de rabia no sólo se hacen durante la infancia, sino a lo largo de toda la vida de una persona. Como nunca se realizan reintegros, la rabia que hay en la cuenta se va acumulando. Así, la rabia se convierte en ira, y cuando alcanza un nivel crítico y amenaza con irrumpir en la conciencia, el cerebro crea dolor o algún otro síntoma físico como una maniobra de distracción para evitar una violenta explosión emocional.

La siguiente historia real es una gráfica y dramática demostración de este proceso. Sólo una pequeña proporción de los pacientes con SMT tiene un historial tan problemático y difícil como éste. Sin embargo, uso el ejemplo de esta paciente porque deja clarísima la relación entre los sentimientos reprimidos y el dolor.

Una carta de Helen

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curado de su dolor de espalda. Al cumplir cuarenta y siete años, recordó haber sufrido abusos sexuales a manos de su padre durante su infancia y adolescencia. Helen decidió entrar en un grupo de apoyo para mujeres adultas víctimas de incesto. El día de la primera reunión la espalda comenzó a dolerle, pero como había sido paciente mía no se preocupó ya que conocía la razón psicológica que estaba detrás de ese dolor. Para describir lo que sucedió a continuación, es mejor usar las propias palabras de Helen: «Fui a la reunión con las otras seis mujeres e Intenté controlarme y no dejarme llevar por mis emociones y mi infelicidad frente a personas que acababa de conocer. Quería ver si este tipo de grupo era el indicado para mí. Pero por mucho que intentara mantener una cierta distancia, me vi abrumada por la cantidad de dolor y sufrimiento que el abuso sexual había causado en las vidas de estas mujeres —y también en la mía».

Durante las cuarenta y ocho horas siguientes, el dolor fue aumentando gradualmente hasta obligar a Helen a quedarse postrada en cama: estaba paralizada por el sufrimiento. Le dijo a su marido que no entendía por qué sentía tanto dolor. Como había seguido mi tratamiento, comprendía el propósito psicogénico del dolor y se preguntaba por qué la terapia habitual no estaba funcionando.

Él le respondió: «Estás hablando de cuarenta años de Ira reprimida». Esto es lo que sucedió a continuación (según cuenta en su carta):

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Y entonces, en un instante, comencé a llorar. A llorar como nunca he llorado. A derramar lágrimas llenas de ira, de angustia y de desesperación. Lágrimas duras y profundas, lágrimas sin control, que eran mucho más que una queja sobre mi dolor de espalda. Y me escuché a mí misma decir cosas como: «por favor, protégeme, no quiero salir nunca de debajo de estas mantas, tengo tanto miedo; por favor protégeme, no he hagas daño, quiero cortarme las venas, por favor, déjame morir, tengo que escapar, me siento enferma» y muchas otras cosas más. No podía parar, y Dios lo bendiga, mi marido me abrazó durante todo el tiempo. A medida que lloraba y que exteriorizaba todos estos sentimientos, fue como si hubiese, literalmente, un canal o una tubería entre mi espalda y mis ojos, a través del cual el dolor fluía hacia fuera. Yo SENTÍA cómo el dolor fluía hacia fuera a medida que lloraba. Fue una experiencia extraña e increíble. Supe —realmente supe— que lo que estaba sintiendo en ese momento era exactamente lo mismo que sentí cuando niña, cuando nadie me protegió ni cuidó de mí, el mismo miedo, el mismo dolor, la misma soledad, Ia misma vergüenza, el mismo horror. Mientras lloraba volví a ser nuevamente esa niña y reconocí las emociones que había sentido toda mi vida y que siempre había considerado absurdas o, como mínimo, extrañas. Quizá había perdido toda conexión con mi cuerpo y había reprimido todo lo que sentí cuando era joven. Pero los sentimientos estaban ahí y ahora fluían hacia fuera de mi ser. Le estoy muy agradecido a Helen (he cambiado su verdadero nombre) por dejarme incluir partes de su carta; ilustran perfectamente el proceso que existe tras el SMT y otros síndromes parecidos. Su historia demuestra los siguientes

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Importantes puntos:

1. Los sentimientos generados en la infancia y la niñez residen permanentemente en el inconsciente y pueden causar síntomas psicológicos y físicos a lo largo de la vida.

2. Los sentimientos intensos, dolorosos, embarazosos y amenazadores como la ira, la rabia, la tristeza y la vergüenza son reprimidos y se acumulan en el inconsciente.

3. Las emociones reprimidas intentan constantemente acceder a la conciencia —es decir, salir del inconsciente y manifestarse de una forma consciente. 4.El objetivo de los síntomas, físicos o emocionales, consiste en evitar que los

sentimientos reprimidos se hagan conscientes, y para ello desvían la atención hacia el mundo físico. Es una estrategia evasiva, una maniobra de distracción.

La historia de Helen ilustra estos cuatro puntos. En menos de dos días su dolor aumentó a pesar de que ella conocía su origen. Gracias a sus conocimientos sobre el SMT, sabía que la comprensión de aquello que estaba siendo reprimido normalmente sería suficiente para eliminar el dolor. En este caso no fue así porque poderosos, dolorosos y amenazadores sentimientos estaban a punto de irrumpir en la conciencia. El dolor aumentó en un intento desesperado por evitar esta irrupción. Pero fue imposible reprimir estos sentimientos, y cuando éstos irrumpieron en la conciencia, el dolor desapareció. El dolor había perdido su razón de ser; había fracasado en su misión.

En la gran mayoría de los casos, la estrategia del cerebro funciona; logra reprimir los sentimientos, y el dolor persiste. Sin embargo, los psicoterapeutas que trabajan conmigo me dicen que reacciones como la de Helen, aunque no tan dramáticas, suelen ocurrir en el curso de una terapia efectiva. Al igual que le sucedió a ella, el dolor desaparece después de la experiencia emocional.

Se ahorraría mucho tiempo y esfuerzo si todos mis pacientes pudiesen experimentar un cambio tan radical. Pero como no suele ser así y como yo no sé de qué manera provocarlo, tenemos que seguir un proceso más laborioso para eliminar el dolor. El paciente promedio con SMT no tiene el mismo nivel de rabia reprimida que Helen y, por lo tanto, no explota de la misma forma que ella.

Ira inconsciente y sentimientos insoportables: los culpables ocultos

En realidad, poseemos tres mentes: la consciente, la inconsciente y la subconsciente. Este libro se ocupa principalmente de las dos primeras. La tercera, la mente subconsciente, es el asiento de la percepción, la cognición, la producción del lenguaje, la comprensión, la razón, el juicio, las habilidades físicas e instrumentales y es la fuente de la creatividad. Es un área fascinante de la mente pero en este caso sólo es relevante en la medida en que el aprendizaje tiene lugar en el subconsciente, y el aprendizaje es la base del proceso terapéutico.

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Para comprender el proceso que tiene lugar entre el cuerpo y la mente, son necesarios algunos conocimientos sobre la mente inconsciente. Ya he preparado un poco el terreno con la descripción del padre, del adulto y del niño, todos los cuales residen en el inconsciente. La siguiente tabla puede servirnos de ayuda:

La mente consciente La mente inconsciente

Externa Interna

Lógica Irracional

Intelectual Emocional

Controlada Salvaje

Madura Infantil

Preocupada por los demás Narcisista, ensimismada Busca la perfección Se siente presionada —ira Intenta ser bondadosa Se siente presionada —ira

Culpable Despreocupada

Valiente Miedosa

Independiente Dependiente

Segura de sí misma Baja autoestima

Civilizada Salvaje

Moral Amoral

El inconsciente no es totalmente negativo, como se podría deducir de las características presentadas. Sólo estoy enfatizando aquellas que llevan a síntomas físicos. La mente consciente es perfectamente capaz de lidiar con las presiones de la vida diaria. Son las reacciones internas a estas presiones las que dan lugar a la ira acumulada, y a la amenaza de que esa ira irrumpa en la conciencia. Esa amenaza es la que requerirá un trastorno físico como distracción. La ira en el inconsciente es percibida por éste como peligrosa y amenazadora, y de ahí la reacción excesiva en forma de dolor y otros síntomas físicos.

Para evitar cualquier confusión es esencial dejar clara la importante diferencia que existe entre la ira o la rabia que sentimos conscientemente y la emoción reprimida a la que me estoy refiriendo aquí.

La investigación médica actual sobre la relación entre las emociones y el dolor, especialmente el dolor crónico, se concentra exclusivamente en lo que podemos llamar emociones percibidas. Esto incluye sentimientos como la ira, la ansiedad, el miedo y la depresión. La persona que experimenta estos sentimientos es consciente de ellos, ya que no se encuentran reprimidos en el inconsciente.

Según mi experiencia, estos sentimientos conscientes pueden agravar pero nunca causar un cuadro de dolor. El SMT nos enseña que los sentimientos que la mente percibe como peligrosos, y que por lo tanto reprime, son los únicos que producen reacciones físicas.

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La represión de la ira consciente

El eminente psicoanalista Willard Gaylin escribió en 1984 un libro muy importante titulado The Rage Within (La ira interior). Se trata de un lúcido y erudito tratado sobre las musas y los efectos de la ira y la rabia en la era moderna. El doctor Gaylin deja claro que el control de la ira es un hecho de la vida diaria y, por lo tanto, un problema psicosocial de gran magnitud.

La ira inhibida o conscientemente anulada contribuye a aumentar la acumulada en el inconsciente. Mi trabajo consiste en el tratamiento de trastornos dolorosos que son el resultado directo de la ira-rabia reprimida (inconsciente) y anulada (consciente). Si bien la ira contenida (y consciente) desempeña un papel en la génesis del SMT, es mucho menos importante que la generada en el inconsciente a raíz de:

1. Un conflicto interno.

2. El estrés y las tensiones de la vida diaria.

3. La ira residual proveniente de la infancia o la niñez.

Además, la gente que recibe tratamiento para su SMT mejora consistentemente; y no se puede decir lo mismo en el caso de todos los que reciben tratamiento para el dolor crónico dentro de la comunidad médica en general.

Ira - no enfado

La intensidad del enfado, hasta alcanzar el nivel de la Ira, es la que determina la necesidad de síntomas físicos que sirvan como estrategia evasiva. La amenaza de que la ira irrumpa en la conciencia debe ser lo suficientemente grave para generar un síndrome de miositis tensional o algún otro síndrome parecido.

¿Cómo sabes que la ira es la culpable?

Los pacientes han sido mi principal fuente de información a lo largo de mis experiencias con los trastornos psicosomáticos. He aprendido mediante la observación. Además, nuestros psicólogos encuentran repetidamente evidencias de tristeza y de ira reprimida, así como un miedo inconsciente de estos sentimientos. Helen es un clásico ejemplo.

Abundan los ejemplos, como el del hombre cuya familia vendió, pese a sus objeciones, una empresa que era el orgullo y la alegría de su vida; el que se sentía obligado a participar en actividades que no le gustaban para agradar a su mujer; las docenas de hombres y mujeres que tienen que cuidar a unos padres ya muy mayores, sin poner objeciones conscientemente, pero hirviendo por dentro;

Referencias

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