Selección de poemas de la Generación del 27 (y otros)

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Selección de poemas de la Generación del 27 (y otros)

Federico García Lorca (1898-1936)

de Romancero gitano (1928) Las piquetas de los gallos cavan buscando la aurora, cuando por el monte oscuro baja Soledad Montoya. Cobre amarillo, su carne, huele a caballo y a sombra. Yunques ahumados sus pechos, gimen canciones redondas. Soledad, ¿por quién preguntas sin compaña y a estas horas? Pregunte por quien pregunte, dime: ¿a ti qué se te importa? Vengo a buscar lo que busco, mi alegría y mi persona. Soledad de mis pesares, caballo que se desboca, al fin encuentra la mar y se lo tragan las olas. No me recuerdes el mar, que la pena negra, brota en las tierras de aceituna bajo el rumor de las hojas. ¡Soledad, qué pena tienes! ¡Qué pena tan lastimosa! Lloras zumo de limón agrio de espera y de boca. ¡Qué pena tan grande! Corro mi casa como una loca, mis dos trenzas por el suelo, de la cocina a la alcoba. ¡Qué pena! Me estoy poniendo de azabache carne y ropa. ¡Ay, mis camisas de hilo! ¡Ay, mis muslos de amapola! Soledad: lava tu cuerpo con agua de las alondras, y deja tu corazón

en paz, Soledad Montoya. *

Por abajo canta el río: volante de cielo y hojas. Con flores de calabaza, la nueva luz se corona. ¡Oh pena de los gitanos! Pena limpia y siempre sola. ¡Oh pena de cauce oculto y madrugada remota!

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Rafael Alberti (1902-1999) De Marinero en tierra (1924) El mar. La mar.

El mar. ¡Sólo la mar!

¿Por qué me trajiste, padre, a la ciudad?

¿Por qué me desenterraste del mar?

En sueños, la marejada me tira del corazón. Se lo quisiera llevar.

Padre, ¿por qué me trajiste acá?

**

Si mi voz muriera en tierra llevadla al nivel del mar y dejadla en la ribera. Llevadla al nivel del mar y nombardla capitana

de un blanco bajel de guerra. ¡Oh mi voz condecorada con la insignia marinera: sobre el corazón un ancla y sobre el ancla una estrella y sobre la estrella el viento y sobre el viento la vela!

Pedro Salinas (1891-1951) de La voz a ti debida (1933) (Versos 1449 a 1470)

Perdóname por ir así buscándote tan torpemente, dentro

de ti.

Perdóname el dolor, alguna vez. Es que quiero sacar

de ti tu mejor tú.

Ése que no te viste y que yo veo, nadador por tu fondo, preciosísimo. Y cogerlo

y tenerlo yo en alto como tiene el árbol la luz última

que le ha encontrado al sol. Y entonces tú

en su busca vendrías, a lo alto. Para llegar a él

subida sobre ti, como te quiero, tocando ya tan sólo a tu pasado con las puntas rosadas de tus pies,

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en tensión todo el cuerpo, ya ascendiendo de ti a ti misma.

Y que a mi amor entonces, le conteste la nueva criatura que tú eras

Versos 1765-91

Se te está viendo la otra... Se te está viendo la otra. Se parece a ti:

los pasos, el mismo ceño, los mismos tacones altos todos manchados de estrellas. Cuando vayáis por la calle juntas, las dos,

¡qué difícil el saber

quién eres, quién no eres tú! Tan iguales ya, que sea imposible vivir más así, siendo tan iguales. Y como tú eres la frágil, la apenas siendo, tiernísima, tú tienes que ser la muerta. Tú dejarás que te mate, que siga viviendo ella, embustera, falsa tú, pero tan igual a ti que nadie se acordará sino yo de los que eras. Y vendrá un día

—porque vendrá, sí, vendrá— en que al mirarme a los ojos tú veas

que pienso en ella y la quiero: tú veas que no eres tú.

Vicente Aleixandre (1898-1984)

De La destrucción o el amor (1932-33) Se querían.

Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada, labios saliendo de la noche dura,

labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?

Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz. Se querían como las flores a las espinas hondas, a esa amorosa gema del amarillo nuevo,

cuando los rostros giran melancólicamente, giralunas que brillan recibiendo aquel beso. Se querían de noche, cuando los perros hondos laten bajo la tierra y los valles se estiran

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caricia, seda, mano, luna que llega y toca. Se querían de amor entre la madrugada, entre las duras piedras cerradas de la noche, duras como los cuerpos helados por las horas, duras como los besos de diente a diente solo. Se querían de día, playa que va creciendo, ondas que por los pies acarician los muslos, cuerpos que se levantan de la tierra y flotando... Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo. Mediodía perfecto, se querían tan íntimos, mar altísimo y joven, intimidad extensa, soledad de lo vivo, horizontes remotos ligados como cuerpos en soledad cantando. Amando. Se querían como la luna lúcida,

como ese mar redondo que se aplica a ese rostro, dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,

donde los peces rojos van y vienen sin música. Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios, ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas, mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal, metal, música, labio, silencio, vegetal,

mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo. Luis Cernuda (1902-1963)

de Donde habite el olvido (1934) Donde habite el olvido,

En los vastos jardines sin aurora; Donde yo sólo sea

Memoria de una piedra sepultada entre ortigas Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios. Donde mi nombre deje

Al cuerpo que designa en brazos de los siglos, Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible, No esconda como acero

En mi pecho su ala,

Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento. Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya, Sometiendo a otra vida su vida,

Sin más horizonte que otros ojos frente a frente. Donde penas y dichas no sean más que nombres, Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo; Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo, Disuelto en niebla, ausencia,

Ausencia leve como carne de niño. Allá, allá lejos;

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De Los placeres prohibidos (1931) Si el hombre pudiera decir lo que ama,

si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo como una nube en la luz;

si como muros que se derrumban, para saludar la verdad erguida en medio, pudiera derrumbar su cuerpo,

dejando sólo la verdad de su amor, la verdad de sí mismo,

que no se llama gloria, fortuna o ambición, sino amor o deseo,

yo sería aquel que imaginaba;

aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos proclama ante los hombres la verdad ignorada, la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;

alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina por quien el día y la noche son para mí lo que quiera, y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu como leños perdidos que el mar anega o levanta libremente, con la libertad del amor,

la única libertad que me exalta, la única libertad por que muero. Tú justificas mi existencia: si no te conozco, no he vivido;

si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido. Dámaso Alonso (1898-1990)

de Hijos de la ira (1944)

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).

A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,

y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.

Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.

Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma, por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,

por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo. Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?

¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches? Antonio Machado (precedente a la Generación del 27)

El crimen fue en Granada a Federico García Lorca I

EL CRIMEN Se le vio, caminando entre fusiles

por una calle larga, salir al campo frío,

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aún con estrellas, de la madrugada. Mataron a Federico

cuando la luz asomaba. El pelotón de verdugos no osó mirarle a la cara. Todos cerraron los ojos; rezaron: ¡ni Dios te salva! Muerto cayó Federico

—sangre en la frente y plomo en las entrañas—. ... Que fue en Granada el crimen

sabed —¡pobre Granada!—, ¡en su Granada!... II

EL POETA Y LA MUERTE Se le vio caminar solo con Ella,

sin miedo a su guadaña.

—Ya el sol en torre y torre; los martillos

en yunque, yunque y yunque de las fraguas—. Hablaba Federico,

requebrando a la Muerte. Ella escuchaba. «Porque ayer en mi verso, compañera, sonaba el eco de tus secas palmas, y diste el hielo a mi cantar, y el filo a mi tragedia de tu hoz de plata, te cantaré la carne que no tienes, los ojos que te faltan,

tus cabellos que el viento sacudía, los rojos labios donde te besaban... Hoy como ayer, gitana, muerte mía, qué bien contigo a solas,

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