SEMANARIO PINTORESCO ESPAÑOL. 3 3 7
E S P A Ñ A PIN T O R E SC A .
Z L C A S T I L L O D I A O C I L A m .
' r mfrlidas l n huestes mn6ulmin»5 desdi lis v \ orillas del T ijo b u l» el otro Udo del Ge-
—' nil por Daestris ira iss vencedoras, la guerra se encrudeció entre ambos pueblos, pugnando el infiel por recobrar el usurpado señorío, y el castellano por lauzar del suelo de sus mayores la raza proterva de Jos Lijos del Islam. Las villas y castillos fionlerizos al reino de Granada opusieron fuerte dique á la saña de los prim eros, abriendo campo i los segundos en que ejer
citar sus virtudes militares, sus planes de conquista, y mas de una vez sus enconos y peculiares venganzas; que de todo nos enseña la historia de aquellos siglos.
Poley, villa fuerte y poderosa, asentada sobre las m inas del Ipagro de los griegos, á siete leguas de Córdoba bácia el Sur y en el corazón de Andalucía, fue reputada punto importante desde su conquista por Fernando 111 en 1240. A ello contiibuia no poco su posición geográ
fica y la antigua fortaleza erigida por los romanos en la parte oriental de la pobla’cion, capaz aun de resistir á los embates del enemigo, siempre que intentase invadir la frontera. Esta tazón, unida á las circunstancias del país , pingüe por su riqueza agricola, determinaron al santo rey á conservarla en su corona, cediendo en tanto el señorío de algunos de los lugares so m etid o s,! los maestres, prelados y rico-hombres que le ayudaron y airvicron en esta guerra. El del castillo de Poley com
prendía un vasto territorio, en el cnal babia edificados varios fuertes de menor importancia, que, andando los tiempos convirtiéronse en otras tantas villas ó ciudades, depositarías de sus primitivos nombres. Eran estos, Mon-
S e g u n d a s è n e__ Tomo II.
lerique (hoy M onlnrque), MonlOIe, el Pontón (hoy puente de D. Gonzalo) y Castil-Anzur, lugares todo, de
fendibles por I. naturaleza y por el arte, de las irrupcio
nes estrenas, y pontos de contacto con los limites de vatios estados poderosos, cu vos concejos y pendones, auxiliándose mutuamente en lo» mayores peligros, ar
rancaron en diferentes encuentros á los infieles los des
pojos de sus victorias, 6 reprimieron sus álgaras por el P ' Muerto San Fernando y corriendo los años de 125S, D. Alonso el Sábio su hijo trocó el señorío de Cabra, incorporado recientemente á sn corona, con el de Agui
la! ó Poley , propio á la sazón del concejo y ciudadI de Córdoba, según nos muestra el privilegio rodado de Va- lladolid , fecha 5 de febrero del mismo año. El objato de esta permuta parece fue. el otorgar nueva merced de los estados de Poley por juro de heredad perpéluo á fa
vor de D. Gonzalo Yanez Dobinal, rico-hombre porlu-
"uds. de la antigua familia de los Agui.res o Aguilares de aquel reino, y aventajado en armas no menos que se
ñalado en lealtad y buenos servicios i los reyes de Cas
tilla Pero tan raras prenda» en tiempos turbados y aza
roso» no quedaron exentas de lunares, que empanaron su lustre. Aceptada I . merced del »«Borio de A ^ d e r por D. Gonzalo, y prestado el juramento de fidelidad á D. Alonso, vióse con escándalo poco después , que alzada la bandera de rebelión por el m ían » D- S « * 1*«. y co
municando el fuego i estas provincias, quebrantó el p ri
mero sus palabras, rompió los lasos de gratitud que pa-
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cite príncipe, siguiéndole despucs; liaste que, por los ( años de 1283 trabada una sangrienta refriega entre las gentes de D. Sancho y los moroí de la Viga de Granada, con grave riesgo de la vida de sn gefe Don Gonzalo, ansioso de libertarle, se internó en la lid , y cayó alra vesado por los golpes de los contrarios: castigo terrible, pero justo, de su anterior alevosía.
Sucedióle en el estado un hijo suyo del icismo nom
bre y de notable fama, asi por sn valor corno por su ri
queza, el cual adoptó para sí y dio por blasón ó su si
lla de Aguilar un tfgoi'.a negra en campo de plata y las barras del condado de Barcelona, de cuyos señores des
cendía por línea de hembra. Muerto este en 1 3 )2 , he
redóle su hijo primogénito D. Gonzalo, de quien tanto nos dicen las historias. Acompañado de su hermano Fer
nán González de A guilar, sirvió á D. Alonso XI en su minoría, adquiriendo ambos grao loa do buenos vasallos y capitanes valerosos. Pero las turbulencias de Andalucía y la rebelión de Córdoba contra los tu to res, á cuya ca
beza estaba el adelantado de la Frontera I). Juan Pouce, señor de Cabrera, los envolvieron en la común desgracia:
pues personándose el rey en aquella ciudad , como supie
se los desmaneado D . Ju a n , y las injusticias, robos y cohechos de Di Sánchez, gobernador de J .c n , que ayu
dado de los Agoilares mantenía secretes tratos con el rey moro de Granada, lu'zolos juzgar, y condenó al primero 4 ser degollado, precipitando al segundo por el puente del Guadalquivir. Temerosos de igual suerte los hermanos Aguilares, pasáronse 4 los infieles, cenctrl4ronse coa el rey Jusef, y lomaren la vuelta de su estado, en el que hicieron la guerra 4 su soberano I-güimo : mas aper
cibido con tiempo D. Alonso, partió con buen golpo de los sayos contra Aguilar, el cual sin esfuenzo ni comba
te so entregó, solicitando los rebeldes el peidon del m o
narca. Olvidando este en apariencia la ofensa, dejóles ir libremente en su compañía, dando 4 poco eu le batalle del Salado el mando de U retaguardia 4 D. Gonzalo de Aguilar, juntamente con D. Pedro Nuñez. Pero como su comportamiento eu ella no desmintiese la anterior con
ducta, fue arrestado y preso de órdeu del rey en la tor
re de Csrlagona , donde morid , dejando un hijo peque
ño que buyd 4 Portugal. Fernán González su lio tomó posesión del estado; pero 4 poco murió también i manos de los infieles, yendo 4 socorrer 4 los cristianos sitiados en aquella torre.
Entonces D. Alonso agregó 4 la corona el señorío de Aguilar, año de 1343, quedando así unido hasta el rei
nado de D. Pedro, el cual, por los de 13S2, lo donó á su ayo y favorito D. Alonso Fernandez Coronel, con la gracia de rico-hombre. Muy mal correspondió D. Alon
so 4 esta gracia; porque desavenido con Alburqnerqne 4 poco tiempo, volvió zas armas contra el re y , hacién
dose fuerte en su castillo de Aguilar. Mas D. Pedro le cercó allí, y al cabo de algunos meses se rindió la villa, ue fue entrada á saco ¡ después la fortaleza con sns efensores, en l.° de febrero de 1353 , en cuyo dia fue
ron delante del castillo decapitados, D. Alonso Fernan
dez Coronel, su sobrino D. Pedro, con otros deudos y cómplices de sn delito: con esto volvió tercera vez el es
tado 4 la corona; pero el rey lo dió nuevamente, tres
■ños después, al Maestre «le Calatrava D . Martin López de Córdoba, del cual es bien sabido qne murió defendien-
• do los hijos y tesoros de D. Pedro en el cerco de Car- mona en 1370; ó mejor, que fue de sus resoltas preso y degollado en Sevilla de orden del rey D. E nrique, en el citado año.
Su muerte1 dejó vacante el señorío de Aguilar, cuya posesión solicitaron porfiadamente D. Bernardo de Ca
brera y D. Gonzalo Fernaudez de Córdoba, alguacil ma
yor de esta ciudad,. U cual había mantenido con bizarro denuedo p o r D- Enrique , durante su ausencia en Fran
cia, y libertado del asedio de las huestes de! rey su her
mano. Ambos alegaban deudo con los primitivos Aguila- res , y aun lo había muy cercano D. Bernardo de Ca
brera ; prevaleció sin embargo el derecho de la privanza al de la sangre, y D. Gonzalo obtuvo el estado, si bien por pora y simple merced , que uo por parentesco, ni por herencia de familia. En 30 de julio de 1370 se des
pachó carta reul 4 su favor, y desde entonces hasta nuestros dias lo lian poseído sus descendientes los mar
queses de Pliego y condes de Feiia. Hoy anda en los duques de Medmtceli, juntamente con sus castillos jr aledaños, reducidos, como va dicho, 4 otros tantos pue
blos do notable riqueza y vecindario.
Fortaleció, reedificó y ensanchó D. Gonzalo su villa de Aguilar, y para mayor defeusa erigió sobre el antiguo baluarte romano, desmantelado y casi destruido desde la remitencia de Don Alouso Coronel, un espacioso é ines- pngnable castillo , no menos célebre por la estructura so
lidísima de sus obras esteriores, que por su bella arqui
tectura.
Sobre un cu ad rillero ó estribo de sillería, antiguo cimiento de la fortaleza de Ipagro, arranca el lienzo de muro y frente meridional del castillo, de 240 pies de lougitud, ol cual se baile sostenido por dos anchos cubos circulares, y un» torre cuadrada que defiende toda la parte oriental, y principalmente la puerta situada cerca del ángulo, que la enlaza coa la fachada del mediodía. Admira
ble por su sólida construcción sobro un tajido peñasco, ofrecen sus muros por algunos sitios masas enormes do cercs de cuatro vares de espesor: y como si aun todavía no bastase tan bien meditada defensa 4 icsguardsr la entra
da de cualquier asalto imprevisto, adelántase el lado iz
quierdo y i respetable distancia del muro interior un ba
luarte, circular también, coronado de almenas, penetra
do con aspilleras, y defendido de un foso, t i cual servia de barbacana 4 la fortaleza, dominando las obres citerio
res el circuito autiguo y parte do la población derrama
da en le prójima vertiente de la colina. Esta torro tuvo sn entrada única por el muro meridional, y te baila á Su vez dominada por el torreón circular do la izquierda, en
tre el cual y la puerta hay practicadas garitas salientes, sosteaidas en vistosos rem ates, sobresaliendo entre bus
labores águilas rapantes, Símbolo del estado de aquel nombre. Este signo y los detnrs blasones de los primeros Aguilares fueron colocados por Don Gonzalo de Córdoba sobre la puerta principal del castillo, donde subsistían todavía en 1782.
Los demas lados esteriores de él guardan la misma proporción, alternando los torreones ó cobos en loe án
gulos con las garitas intermedias, siendo tal la prolijidad del arquitecto de esta obra que para que cada una de sus partes correspondiese »1 lodo, czornó los cubos con festones, cadenas, hojas y goirnaldas en relieve del mas acabado gusto.
La distribución interior, aunque casi borrada por la mano del tiempo y el vaodalismo de la ignorancia, se de
ja bien conocer: después de pasado el ámbito ó soportal abovedado, dentro del cual giraban las puertas, nótese el lugar que debió ocupar la escalera , y b4cia la mitad del muro los machones y arcos de sillería qne sostenían el pavimento del salón del homenage, situado hácia la parte de oriente en la misma torre cuadrada de que va becba mención. Tiene este de largo cerca de 75 pies por SO de anchura, y aun se notan eo sus frentes los estribos de la grande ojiva que le cerraba, y los junquillos ó aristas
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cruzando en opuesta» direcciones Licia la clave princi
pal. Tres ventanas, casi borradas hoy, hubieron de dar luz á Un grandiosa estancia ; la una sobre la p u erta, la otra sobre el patio grande del Castillo, y la tercera tu la misma torre oriental, llácía el lado del sur corre ons galería, destinada sin dada en su parte baja i lo* depar- lamculos donde se alojaba la guarnición, y en el segundo piso & los de los dueños y su servidumbre. Entre la ga
lería y el grau salón so encuentra el palio, de proporcio
nadas y vastas dimensionra, de 110 pies de largo, y cer
ca de 85 de ancbo , el enal enlazaba las habitaciones me
ridionales con las septentrionales del castillo por pasadi
zos, destruidos boy totalmente. Ocupan su centro dos algives, largos como de 2-í pie» por 13 de anchura, en el mas deplorable estado, obstruidos de escombros, y quebrantadas ó hundidas sus bóvedas de ladrillo por los enormes sillares derrumbados de la fortaleza, sillares que, mas bien qne el transcurso de los siglos, lia desprendido una órden bárbara y antinacional; una medida q u e , so prelesto de mejorar el piso de las aceras de Ib villa, dió en tierra cou un monumento ilustre do las arles, testigo dé nuestras glorias, teatro de sucesos im portantes, y cuna de varones eminentes. Cuando el presbítero Don F er
nando I.opcz de Cárdenas esciibia sus apuntes de la his
toria do Aguilar (1) (de donde liemos estrsetado estas noticias) & fines del pasado siglo, el castillo de Aguilar se eocontriba habitable , casi ¡utactos sus muros, útiles sus torres, y digno do ser visitado; boy, gracias á una re prensible despreocupación mas funesta que todas las
I
inocupaciones de la antigua aristocracia española , es so- o un estéril mentón de ruinas, blanco de la ingratitud y olvido de la generación presente.M. DE LA CÓRTE.
H E L IA S A R T E S .
EHPOSlCtO.H DE LA ACADEMIA DE SAS »EIIVANDO.
tristísimas rcllexiooes nos conduciría la pública osposicion do pintura y vrcullura que acaba de variGcarsccn las salas de la Academia , si tratásemos de meditar sobre las causas que han debido influir en la 06cesiva escasez de obras presen
tadas eu ella. Pero esas reflexiones, por mas dolorosas que fuesen, no alcanzarían á remediar un mal positivo y evidente, un oiaJ que descubre el estado de desaliento en que hace algunos años se eucuentran las bellas arles en España; y por cierto que las declamaciones filosóficas no bastarían para sacarlas del estado de postraciou en que las vemos, ni para allanar los obstáculos quo á su fomento se oponen. Baste saber, por lo mismo, que la efposicion de este año ha sido sumamente p obre, no solo cu el nú
mero , sino en la calidad de las obras presentadas.
Cortísimo es el cstálogo de Isa que merezcan hacer de ellas mención honoríGca; coa el seulimieuto ademas de n o bailar, entre l.s que están eu ese caso, uiuguna perte
neciente al género historial; á ese góuero que descubre á toda luz la eslemiou de los conocimientos artísticos de uo (I) ( I ) Este n isn u tciílo exilie hoy en poder de un lugctu i ñ - eionadu . natural y iccinu de esta villa.
E l diseño que va p o r cabcia del artículo presente fue tacado en presencia de su o rig in a l, (al como existe actualm ente, en mayo de 1839,
profesor, su imaginación , su sensibí'idad y el estudio que ha debido hacer del hombre moral, única fuente del idea
lismo, y de la sublimidad del pensamiento dominante en la ejecución de su obra. No por eso se emienda que nues
tras doctrinas artísticas desechan , de cuadros que no sean históricos , lis condiciones que eu eslos exigimos; pero si bien rabe en los retratos el estudio GlosóGco que de ellos debe hacerse, siempre seiá en menor escala, y con re
lación á una condición espresa , cual es la semejanza, de la que ningún artista puede ni debe desentenderse.
Dejando para después consideraciones de natnrsleza análoga á la de las presentes, pasemos á dar alguna idea de las obras mas acabadas de la esposicion de este año.
El cuadro que sin dispula campea á la cabeza de to
dos es el del seJor Tejco, compuesto de retratos de fa
milia, de cuerpo entelo y tamaño natural. La composi
ción está bien cnteudida; tiene sencillez y buen efecto;
su dibujo es correcto y severo, cual era de esperar de un profesor que se distiuguc siempre por esa aventajada cua
lidad: buen partido en los paños, con esceleotc efecto en la sedería; entonación vigorosa y reposada en lo general;
dureza en algunos tonos poco jugosos de las carnes, con especialidad en la cabeza de la señora: la Ggura de su es
poso es la que ludamos mejor dibujada y piulada.
A la inmediación de este cuadro babia otros dos de familia de menor tamaño que el tercio del n atu ral, pin
tados en París por Don Cárlos Rivera. I.ss Gguras tienen buena casta Ja color; mas no nos atreveremos á decir otro tanta del pais quo les sirve de fondo; en este uo vemos bastantemente estudiada la variedad y rl reposo convcnieula de tonos paro un pais quo sirve de fondo i una composición. Tal vez tenga en ello mucha parte la premura con que se boy* ejecutado; y á la verdad no dejan de udverlirso en la misma algunos accidentes que dan bástanlo valor á semejante sospecha. De todas mane
ras , no liemos bailado en estos dos cuadrilos la mino maestra quo pintó la marcha al suplicio de Don Rodrigo Calderón.
En la misma sala se veia un busto do mármol blanco, bastante bien trabajado por Don Francisco Pcrez, retra
to de la difunta marquesa de Santa Coloma.
Muy pocas obras ocupaban la salí de entrada, otros años llcnn de las pre entallas por los señores académicos.
Lo mas notable que en ella babia, era un basto eu yeso de nuestro cólebte Calderón, ejecutado por Don Sabino Me
dina ; no grupo igualmente en y e s o , mitad del natural, que represeula á Cuín matando (con la vulgar quijada de quo no habla la Sagrada Escritura) i su hermano Abel.
Este g ru p o , ejecutado por Don Francisco Elias, descu
bre las felices disposiciones del autor, y la utilidad que podrá sacar de los modelos del antiguo que para ello ba consultado, si acierto, como es de esperar, á conocer los primores del arte que en aquellos se eocierrsu. Del mis
mo autor es también un bajo relieve en yeso, que si no nos equivocamos representa i Priamo á los pies de Aqni- Ics, pidiéndole el cadáver de Héctor. Composición difícil para un bajo relieve, y muy delicada por la fuerza de expresión que debe animar el rostro de esos dos per- socagcs.
En la sala inmediata llamaba solamente la atención nn cuadro al olio de la señorita W t i i , que no sabemos lo que representaba, pintado con bastante ligereza
y
diafanidad de tintas, aunque un poco frias: uoa vista de la casa que habitó en Segovia Juan Bravo , uno de los gefes de las comunidades de Castilla en el siglo X V I, pintada con bastante verdad y buen efecto por el señor Akrial; y el interior del salón de embajadores de la Alhambra, eje-, catado á la aguada por Don Manuel Ruis de Ogarrio, en
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SEMANARIO PINTORESCO ESPAÑOL.«I cual do sabemos qué cota H a mas digna da admiración, ai la rigorosa exactitud con que están ejecutados los ¡n-
— írrahlri adornos, grecas y leyendas arábigas de dis*
tintos colores y matices que resaltan en el dibajo, ó la incomparable paciencia y fatigosa constancia de que es
■seaester hallarse provisto para llevar á cabo tan impro
be trabajo. Obra de raro mérito que siempre b a rí honor á los conocimientos del Sr. Ogarrio.
Sentimos de todas veras no poder Lacer mención de varios cuadros que hallamos al paso hasta llegar al gabi
nete de retratos de la academia, eo el qne habla uno, de que hablaremos abora ; porque asi aquellos, como la ma
yor parle de los colocados en las restautes salas hasta la salida, darían motivo á largas censuras artlsticrs, con particularidad los 1res únicos cuadros que represeulaban
•acetos histéricos; ademas de no saber si sus autores se conformarían con ellas, é ti nuestro buen deseo seria equivocadamente interpretado de otra manera. Sabemos, t i , apreciar como es debido los esfuerzas de un artista qne desea adelantar en su profesión ; sabemos también qne debe errar en sus ensayos, y hasta sabemos respetar
•sos mismos errores que á su tiempo sirven de útilísima lección al mismo que los cometié. Si hay en efecto talento y disposición en el artista , el estudio y la práctica le eu- aeñarán el camino del acierto; no es menester desalen
tarle anticipadamente con un cúmulo de observaciones y
r
captas que no pueden ser abarcados ni comprendidos ana vez. Repelimos que respetamos hasta los errores de un principiante, porque tal vez se oculta detras de•Uos un artista eminente. Estos motivos nos obligan á guardar silencio respecto de esos cuadros para detenernos en uno pequeño pintado por el Sr. Alcnza, tan conocido j a como imitador del célebre Goya.
Ese cuadro representa un sacerdote que va á adminis
tra r el santo viático, sin duda á algún pobre, según las pocas luces que lleva, y la clase de personas que le acom
pañan. Toque libre y fácil, que es la mauera peculiar del autor ; suma verdad en loa caractères de los parsona- ges, y agradable efecto de claro-oscuro por el gusto y tono vigoroso de Rerobract. Son también del mismo pro
fesor varias aguadas y dibujos de plum a, ejecutados con la ligereza, buen efecto y gracia que tan diestramente
•abe emplear siempre que pinta escenas populares.
En la sala de la biblioteca liabia dos cuadritos del se
ñor Romero; el uno era retrato de un sacerdote, pintado con bastante verdad en las tintas: el otro representaba una jéven sentada , á quien un mancebo sorprende por detras, tapándola los ojos con las manos. Estos dos cua
dros pertenecen i la escuela particular del señor Gutiér
r e z , de quien acaso el autor será discípulo. El segando de estos dos cuadros nos llamé la atención por la trasparen
cia y jugo de sus tintas, especialmente en las carnes , y por las buenas máximas en la distribución del claro- escuro.
Nuestras doctrinas, que nunca son exclusivas en nin
guna materia, nos conducen á aplaudir lo que esencial- OMntc es bueno, aunque lo hallemos en una escuela dis
tinta de la nuestra. He aquí por qué en la manera espe
cial de la actual escuela de Sevilla, nos agrada esa casta de color que, sin ser la de Murillo, como pretenden sus discípulos, participa sin embargo de las buenas máximas de la antigua escuela en cuanto al ambiente, entonación y blandura de sus tintas ; y solo desearíamos un poco mas de limpieza en estas, y mas corrección eo el dibujo.
Eo la misma sala se ha espueslo una copia de un cua
dro de Horacio V crn et, ejecutada en París por el señor O rtega, uno de los jévenes que sobresalen entre nosotros por sus grabados en madera. El asunto versa sobre uua
anécdota ocurrida entre Miguel Angel y Rafael, en oca
sión de encontrarse estos dos grandes artistas eo una de las escaleras del Vaticano. Julio I I , protector de ambos, apetece en lo alto de estas, imponiendo silencio á sus cortesanos para escuchar la contienda de los dos célebres rivales (I).
La composición es buena, con bellos y bien distribui
dos grupos, excelente dibujo según el gusto de la escuela romana. Pero se advierte escesiva dureza en las tintas, y sobre lodo absoluta falta de perspectiva aérea ; porque careciendo de ambiente la composición, sus diversoepla- nos é términos se vienen adelante como si estuvieran en uno mismo todas las figuras que entran en ella.
Con este motivo no podemos menos de -hacer una observación importante acerca del estado de la pintura entre nosotros. Demasiado apegados á seguir la escuela romana y la fraocesa, no tan solo eu el dibujo, lo cual aplaudimos, sino también en el colorido, que para na
da necesitábamos imitarlo de esas escuelas, hemos aban
donado las verdaderas y escalentes máximas de color que nos legaron en sus obras nuestros grandes artistas, y los principios que les guiaban en el interesante estudio de la perspectiva aérea; hemos renunciado, eo suma, á tener una escuela original, una escuela verdaderamente española, de que actualmente carecemos.
Algunas veces hemos llegado á creer que la causa de no tener escuela original consista en que varios de nuestros profesores de pintura han hecho su priocipal estudio del colorido en Rama y en París. Sabemos muy bien que la escuela romana, como conjunto de obras clásicas de pintura y escultura, es la mas á propèsilo para formar grandes artistas. Pero ¿es indispensable que estudien en ella el colorido? ¿No bastaría para el objeto que allí les conduce, limitarse á estudiar el dibujo y la composición en presencia de los escalentes originales del antiguo, de Rafael y Miguel Angel? E l estudio del modelo vivo y de los cuadros de la escuela flamenca , ve
neciana y española, de que hay abundante copia en nuestro Museo, ¿no bastaría para formar excelentes co
loristas? Por nuestra parte no vacilamos en la afirmativa.
En buen hora que vayan á Italia á ensanchar la esfe
ra de sus conocimientos á viste de los restos de la anti
güedad y con presencia de los cartones de los artista mas celebrados, ya que no sea posible adquirirlos para nues
tras galerías ; pero á lo menos resérvese á su patria la gloria de haberles dado una escuela de color que será original, y sin duda mas aventajada, que la imitada por moda en pais extranjero.
Concluiremos por fin escitando el celo de los señores que intervienen en las públicas expoiiciones de la Aca
demia de San Fernando, para que procuren verificarlas en local mas ventajoso al efecto que se busca en las obras del arte. Las salas de la Academia, pequeñas, sin pun
tos de distancia, con luces bajas y de mala calidad, son lo mas á propèsilo para privar de una parte de su mé
rito al cuadro de mas bien estudiado colorido.
(I) No podemos meno» de llamar la atención del gobierno ao- bre la ciorbilancia de loa deiechoi de entrada, impuesto! al cua
dro de que hablamos. Aunque á punto fijo no poderaoa señalar la cantidad, tenemos entendido que subid á unos S00 rs. poco roas ó menos. No alcanzamos por qué á un artista que lia trabajado una obra , y la trae i su patria tal rea para honrarla con e lla , se le impooe tan asombroso derecho. Y en el caso_ de haber causa legitima para hacerlo a s i, ¿ cuántos miles deberían recargarse i los cuadros franceses que se introducen en la Península?
SEMANARIO PINTORESCO ESPAÑOL.
C U E N T O D Z u A l H i H B B i .
(ConcluiiuD. Véase el número anterior )
l.i en.bargo, *1 cabo de algunos instau- tej creí distioguT, i pesar de la oscuridad, una multitud de individuos en trape 01 ien- fa l, unos 4 caballo , ottos i pie, que de los treinta y dos vientos babian acudido i la embocadura de la sima , como abejas 4 la puerta de una colmena. Pero mi guia, antes de darme tiempo i que le pidiese esplicaciou, apretando los bijares de su caballo, se había lanzado con la multi
tud en la caverna. Descendimos largo ralo per una senda tenebrosa en forma espiral, que me parecía iba i condu
cirnos 4 los antípodas de la montaña. Por fin empezó 4 vislumbrarse ana débil claridad , c u ja causa un podía yo descubrir: iocierta y pálida al piiucipio como el crepús
culo del dia, fue aumentándose poco 4 poco , y permitién
dome reconocer losobgelos que me rodeabao. llabia g r u i
das salas embovedadas, talladas en la roca 4 derecha é izquierda de nuestro camino. E n unas le adverlisu mul
titud de corazas, yelm os, lanzas y cimitarras colocadas en órden como en loa árleosles; otras contenían equipes y municiones de guerra. En ana nueva séiie de subterrá
neos, que le perdían de vista, se dcscubiisn prolonga
das filas de caballeros simados basta las uñas y con la lanza en ristre , dispuestos 4 cargar al enemigo ; peí o pa
recían pslrificados sobre las sillas como otras tantas es
tatuas. Mas allá estaba la iufanteria en buen órden;
pero también inmóvil. Todos estos guerreros llevaban el traga y armas como los antiguos moros de Andalucía.
Finalmente llegamos 4 la entrada de una gruta in
mensa, en cuyaa par edes embutidas de o r o y piala brilla
ban las m is preciosas pedrerías orientales. A uno de los asiremos se veia un rey moro sentado sobre un trono que deslumbraba, rodeado de su corte y de una guardia de esclavos negros , con sable en mano , mientras que una numerosa multitud pasaba y se renovaba incessoteiiiente inclinando la rodilla al llegar delante del tnon:rca. Dúos llevaban magnificas túnicas flotantes, otros armaduras, ya bien pulimentadas é intactas, ya abolladas y cubiertas de orín. Yo entretanto me frotaba los ojos, y la lengua se me escapaba de la boca. Camarada , dije 4 mi intro
ductor después de un largo silencio, ¿dónde citamos y qué significa todo esto?— Todo esto, contestó, es un gran
de y terrible misterio. ¡Cristiano, tienes 4 tu vista la córte y el ejército de Boabdil, último rey de Granada.
— ¿Qué diablos me decís? si hace ya algunos centenares de años que este príncipe y los suyos desterrados del con
tinente fueron 4 morir miserablemente al Africa.
— Eso es en efecto lo qne se lee en vuestras falsas crónicas , replicó el moro con desden; pero habéis de saber que Boabdil y los guerreros que sostuvieren la úl
tima lucha de Granada están aquí encerrados por uo en
canto invencible. El rey y el ejército qne salieron de la Alhambra después de la capitulación de la ciudad, era on ejército de fantasmas, 4 las que Alá permitió tomar aquella forma para engañar 4 los monarcas cristianos;
porque no ignoréis, amigo mió, que la España toda es un pais encantado; qne no bay una caverna ni una torre antigua que no encierre algunos hijos del profeta sumer
gidos en un sueño mágico hasta !• espiacion completa de los pecados por los caaies permitió Alá que la posesión d e este reino fuese temporalmente usurpada 4 los verda
deros creyentes. Desde entonces una vez al año en la
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víspera de vuestro S. Juan ven suspenderse sn fatal en
canto desde que se pone t i sol hasta que aparece de nue
vo; y en este intervalo acorren de todos los ángulos de España para venir 4 rendir homenage 4 sn soberano , co
mo habéis presenciado ; y yo mismo he venido como sa
béis desde Castilla la Vieja donde debo hallarme de snel
la mañana antes de araaueccr. Esta es una muy corta y rara distracción ; pero nos coosolimos acordándonos que está escrito en el libro del destino que 4 la espiración de nuestro encanto, Boabdil debe descender de la montaña del sol 4 la cabeza de sos escuadrones, y después de ha
ber restablecido sn autoridad en Granada, someteré de nuevo la península 4 la ley musulmana.
— ¿Y cuando sucederá eso? pregunté.— Solo Alá lo sabe. Hace algunos años hablamos operado que ese día se acercaba , pero desgraciadamente vino de gobernador é la Albambra un soldado viejo conocido bajo el Dombre del comandante Manco , que él con un solo brizo hace mas daño que los mas espedilos con los des , y qne por la noche dicen qae duerme coa solo na ojo 4 fin de tener el otro sobre su fortslezs. Y seguramente en tanto que semejante hombre ocupe ese puesto y se halle dispuesto i repeler nuestra primera irrupción, temo que tengan bien poca esperanza Boabdil y sos guerreros. » Entonces el comandante Manco ajustó su cinturón . acarició sn vigo- te , y se estiró sobre so csmspe de forma que parecía babrr crecido vara y medís.
— «Pero psrs abreviar tan larga historia, y economi
zar los momentos de V. E ., continuó el soldado, mi com
pañero después da haberme hecho esta confitara, echó pie 4 tierra. «Quédate ah í, me dijo , mientras que voy i inclinarme ante el mirasnamolin » , y se perdió entre la multitud qne se precipitaba bácia el trono. Luego que roe vi solo dije para m í, ¿qué liaré? esperar al infiel que vuelva y me Heve sabe Dios donde, «obro su caballo del otro mendo? ¿O me escurriré bonitamente de esta cue
va de espectros para respirar el aire de los vivos? Un soldado larda muy poco en lomar sa partido, y yo roe de
cidí por el último. Eo caíalo el cabello, como qne per
tenecía 4 un eoemigo del reino y de la fé católica , ere de buena presa seguo las reglas da !■ guerra. Asi qne, saltando de la grupa 4 la silla, volví bridas, introduje los estribos moriscos en sus hijares , y le hice tomar roas que de paso el camino por donde había venido.
Era e m p re sa arriesgada ; porque mientras atravesaba les salai donde estaban los escuadrones y batallones s r - roados, se oyó un fuerte pataleo acompañado de gritos amenazadores. Piquó de espuela , pero al mismo tiempo se oia detrás de mi el ruido sordo de nn formidable galo
pe de caballos , que bacia temblar lodo el subterráneo;
y 4 poco rato fui alcanzado y cnvaello por ana multitud que me condujo 4 la salida de la caverna desde donde se dispersó en la dirección de los cuatro vientos eardioales.
En medio de aquel terrible turbión , fui lanzado 4 tierra sin conocimiento , y cuando volví en mí me bailé sobre la cima de ana montaña con un caballo árabe al lado y mi brazo enredado entre las bridas , Io enti me persua
do que le impidió regresar 4 su guarida en el fondo da Castilla la Vieja.
« V. E. puede juzgar de mi sorpresa cuando mirando en d erredor, reconocí las producciones y los indicios de una comarca mocho mes meridioni! qne la ea qne roe ha
llaba la víspera; con una gran ciudad , torres, palacios, y una catedral 4 mis pies. Me levanté, descendí de la montaña con precaución conduciendo del diestro 4 nú caballo, porque no me atreví i snbír eo él temiendo a l
gún nuevo sortilegio, y entonces fue cuando eoconlrd vuestra patrolla, por la qae sape qne roe bailaba delan-
SEMANARIO PINTORESCO ESPAÑOL.
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le de la celebre ciudad de Granada. Tal noticia roe hito manifestarle mi deseo de ser presentado 4 V . E. para revelarle los peligros invisibles que le rodean, i fin de que tome las medidas oportunas para preservar á esta for
taleza y 4 ludo el reino de las tentatisas del ejército in
fiel que debe salir nn día de los senos de la montaña del Sol.
— Está bien , muy bien, dijo el comandante Manco rascándose la oreja Lomo quien uo sabiendo que pensar de esta comunicación concordante con la tradición mas acreditada del peis, trataba de leer en los ojos del fran
ciscano que por desgracia los tenia cerrados 4 impulsos del sueño. — ¿Y vos , «roigo , que parecéis hombre de re
cursos y de imaginación, qué roe aconsejáis contra ese pe
ligro ? — No lo toca 4 uo simple soldado remontar hasta su general, y mucho menos uu general de la esperien- cia y sagacidad de V . E. ; pero me parece que debería desde luego cerrarse la entrada de la caverna con una sólida pared maestra 4 fin do aprisionar en ella 4 Banb- dil y su ejército; en seguida , añadió santiguándose devo
tamente y volviéndose hácia el fraile, se debería consa
grar solemnemente el lugar por medio de la cruz , do re
liquias é imágenes de santos en número suficiente para neutralizar los encantamientos. ¿Qué os parece, reveren
do padre ?
— Seguramente, contestó el franciscana con tono dis
traído; porque en aquel momento su atención se habia fi
jado sobre una borla de oro que pendí» por debajo do la casaca del soldado. Se acercó.de repente, y 4 pesor de la resistencia de esto, logró poner I» mano sobre una cnormo bolsa de terciopelo que no parecía desprovista. Desocu
pada sobre la mesa ilul gobernador deslumbró sus ojos y los do la coucurrenria nna tica colección do cruces de diamsntes, de rossrios , do perlas, de monedas antiguos do oro , muchas de las cuales caytron saltando sobre el suelo . y no pararon de rodar hasta lo* estreñios de la ha
bitación.
— - Infamo sacrilego, esclamó el reverendo transpor
tado de furor 4 vista do los cruces y do los rosarios, ¿que iglesia ó que capilla has despojado de estos objetos sagra
dos?— Ni una ni otra , contestó el soldado con serenidad, cuando sucedió este accidente iba 4 informar 4 S. E. de que al apoderarme del Cibnllo del infiel habia descubier
to debajo del orzon de su silla la presente bolsa que yo suponía podría contener el botín de su» antiguas corre
rías en tierra de cristianos. « Esta nueva declaración y el tono con que fue hecha renovaron la perplejidad del valiente gobernador; pero algunas palabras que en voz baja le dijo su director esphitonl le hicieron decidirse.
— «C ispita, amigo, dijo entonces al soldado fruncien
do las cejas ; te equivocas miserablemente si crees dar
me que temer con tus historias de montañas y de sarra
cenos encantados.— Yo o» protesto Excino. S r... — Si
lencio: tu puedes ser soldado viejo; pero has dado con otro aun inas viejo que lií, y muy poco diípucsto 4 de
jarse borlar. Hola, guardias, conducid 4 este hombre 4 la torro Bermeja. « La malagueña quiso interceder por el p reso , pero una mirad» severn del gobernador la cerró la boca. — ■ V. E. pensará lo que guste con re s
pecto 4 mí, replicó el soldado con toda su serenidad; pe
ro no por eso dejsré de suplicarle que tome en conside
ración el aviso que acaba de recibir tocante 4 la caver
na de la montaña del.... — Bueno, bueno, perillán; pien
sa en tus propios asuntos que acaso no llevan buen ca
mino. Hasta la vista.
Aquí se concluyó el interrogatorio; el preso fue con- dncido 4 las torres Bermejas, y el cab-llo a las cuadras
de S. E. En cnanto 4 la bolsa del soldado no obstante de algunas recJaroáeiones del franciscano con respecto 4 lai santas alhajas que contenía, y 4 su entender pertenecían i la iglesia , el comandante Manco consignó provisional
mente el lodo en sus arcas guarnecidas de hierro.
Para esplicar la medida severa empleada contra el desconocido, nos será preciso decir que las Alpujarras, montañas inmediatas 4 Granada, se hallaban 4 la sazón infestadas de bandidos bajo el mando de un atrevido sal
teador llamado J u a n B o r r a s c o , que por medio de inil disfraces se introducía hasta eo la misma ciudad para es
piar Ib salida de convoyes, de mercancías ó de viajeros bien provistos. Estos rasgos de audacia reiterados babian llamado I» atención de las autoridades, y provocado de su parle uua vigilancia rigurosa con respecto do los fo
rasteros y vagabundos ; de forma que el gobernador de la Alhauibra se lisongcaba de tener bajo su férula al ca
pitón de la terrible banda.
No lardó en esparcirse la voz. Todos afirmaban que el formidable Borrasco , el terror de las Alpujarras ha
bia caido en poder del comandante Manco. Asi fue que todos cuantos lubian ó creían haber sido robados por aquel, acudían 4 las torres Bermeja» para complacerte en ver al bandido en el fuudo de un calabozo como qnien vé 4 la hiena por entro los hierros de la jaula. Pero ningu
no ccnoció en él 4 Juan Borrasco, porque aquel ter- riblo salteador era de una fisonomía feroz y repugnante, al pmo que la del soldado era cu estremo agradable y cspresal.a la alegría y la franqueza. Asi es que empezó 4 correr la voz de que eu la relación del último podía h a ber algo de cierto; y un gran concurso de curiosos se dirijió hacia la monUña del Sol, para registrar la entra
da do la caverna, y aun algunos so utrevicron 4 descen
der no se »»be basta que profundidad, pero no osu- ron decir lo que bnbian visto Sil oido.
La popularidad fue gradualmente oumenténdose en fa
vor del soldado. Porque los bandoleros , los contraban
distas y generalmente todos los demas que ejercen otres industrias do este jaez no suelen llevar entre el pueblo el sello do reprobación que les imprime la ley ; ion por el contrario una especie de personeges caballerescos 4 los ojos de las clases bajas; por consiguiente empezaron muy luego 4 murmurar contra el rigor que se cjereia »obre el preso, que concluyó por verte considerado como un m a n ir.
Éste entretanto se consolaba con una mala guitarra, acompañando con rila su ínagotsblo repertorio de roman
ces y seguidillas que lo proporcionaba tantos oyentes co
mo sugetos transitaban por aquel punto. Ademas do esto, las proposiciones galantes que dirigía 4 las mujeres le ha
cían parecer hermoso 4 los ojos de estas, y sobre todo después que se habí» despejado de su barba espesa. La malsgucfiita de que arriba hicimos mérito no fue I» últi
ma cu quion bailó simpatía. Después de haber solicitado tn vano de! ceñudo gobernedor algo menos de rigor en favor del soldado, resolvió tomar bajo su responsabilidad este caritativo cuidado , poniendo eD contribución todas las noches la cocina y la bodega del potentado de la Al
lí a robra.
Mientras se trnmaba este pequeño complot en lo in
terior do 1» cindadela, se formaba una tempestad aun mis terrible en lo tslerior. El franciscano habia dicho algu
na cosa en cnanto 4 la bolsa del soldado al inquisidor ge
neral , y este funcionario reclamaba el botín del sacri
lego para la iglesia, y sn cuerpo para el primer auto de fé. El gobernador no quería ceder ni lo uno ni lo otro reivindicando los despojos para el real fisco , y alegando en cuanto al preso que 4 el le correspondía hacerle abor-
SEMANARIO PINTORESCO ESPAÑOL. 3 4 3 c t r d e las almenas como espía apresado ¡unto a' los m u
ros de la ciudadcla.
La cuestión se acaloró ; el santo oficio sostenía sos pretensiones, y fijó definitivamente un aia para la entrada y el libre ejercicio de sus familiares en la Alhambra.—
Que entren, respondió el Manco, ya que todas las puer
tas los están abiertas ; pero ya veremos cual se dispon
drá mas pronto ; si la hoguera ó las baterías. Y en se
guida dió las órdenes correspondientes. — •Salicilica, di
jo i su ¡óveu ama antes de acostarse , mañana llama á mi puerta antes del primer canto del güilo ; tengo cierto asunto que me precisa á vigilar por mí mismo. »
' El gallo cantó, pero nadie fue á llamar á la puerta del gobernador: ya bacia tiempo que el sol doraba los hie
los de Sierra Nevada cuando el veterano fue repentina
mente interrumpido en sus ensueños matutinos por el sargento de quien hablamos arriba que con el terror im
preso eu su frente tartamudeaba estas palabras.
— Se fugó!... comandante!... se fugó...
— Se fugó!... ¿Quitín?
— El soldado, el contrabandista, el bandido, el dia
b lo .... ¡que se yo quién es! Su calabozo está vacio y la puerta cerrada , de suerte que se ignora como ha podido escaparse : lo que cu definitiva podría probar que ea as- tanás ó Betcebú !
— ¿Quiño fué el último que le vió ayer?
— Salicilica , que le llevó la cena.
— a Pues llamar á Sancllica inmediatamente, a Nuevo desastre: la habitación de la doncella estaba desocupada, y su cama vacia; claro es que se habla fu
gado con el preao. Esto fue uua puñalada para el coman
dante Manco ; pero aun le «aperaba otra desgracia. Al en
tra r en su gabiuele bailó su arca estroptad», y de ella le faltaba la bolsa del aoldado, con mas dos lalrgos de do
blones que componían toda su fortuita.
Pero ¿quii camino habian tomado los fugitivos? Un pastor que durante la noche había bajado do la sierra del Sol declaró que había oido á lo lejos un poco sutes do amanecer el galope de un caballo acompañado de un dia
logo interrumpido por algunas carcajadas.
— a Qué visiten las cuadras » esclamò el gobernador fuera da si.
Asi lo ejecutaron. Todos los caballos ocupaban sus plazas escepto ol árabe; en su puesto babia una eicarpia clavada sobre el pesebre, de la que pendió una piel de un jumento desollado el día anterior, y entre las dos orejas colocado oo papel en qoe se leían estas palabras. « ¿fe
gato d e u n s o ld a d o v ie jo a l c o m a n d a n te M a n co .»
« X T I O I O B B R O .
t r nn ser en el reino animal que no lia
! «do aun descrito por los naturalistas, y que merece sin embargo fijar un momen
to 1« atención del observador carioso. Ora se le eleve 1 la dignidad de honA reporqut tiene sus formas, ora se le coloque en la rata d e las fieras porque participa de tu instinto ; el h o m b r e 'fic r a , ó la fi e r a - h o m b r e , pues am
bos epítetos le coovietien, es u n . aberración de la a r t a , raleza digna de -ser presentada .1 público * acreedor» &
que se la dediqamMMalr» Untas siquiera en no S e m a n a r i o P in to r e s c o .
Eu el corazón de una fragosa sierra, donde no se des
cubre ninguna humana huella, se encuentra como eos-
pendida sobre la vertiente de uo.s descarnadas y antiquí
simas rocas una choza miserable de paja y espinos, man
sión donde vegeta una familia salvsge que jamás conoció los encantos ni los peligros de la sociedad. Un hombre atezado, miserable, tan inmundo como los auimalcs cu
ya carne está vedada á loa musulmanes por la ley de sa profeta, tan destrozado como cualquier drama traducido por uu escritor de munición, tan cerdoso, en fin, y de tan fiero aspecto como el oso del Pirineo, yace en el sue- lo que le sirve de lecho , apoyando la cabeza en nn lobo recicn degollado, cuya sangre brota aun en abnudancia, y cuya boca entreabierta deja descubrir los aguzados col
millos y las hambrientas fauces. Un chicuelo de cuatro años, forrado de piel de z o n a , juguetea en nn riocon con seis lobeznos que se sgrupau y encaraman sobre una cazuela que contiene algunas gotas de leche. El tierno iufaute, que á primera vista parece hermano de aquellos, los arrastra de las pBtas, los zambulle en la vasija, los aprieta y estruja, y se sonríe bárbaramente de verlos padecer.
Un vestiglo que se escapa á toda descripción, y qne sin embargo tiene la osadía de titularse mujer, atiza con trémulas manos una hoguera donde se asan y consumen Tos ahumados miembros do uu erizo. Al ver las faccio
nes de la vieja, ¡laminadas por la llam a, se creyera des
cubrir cu ella el gcuio del romanticismo que inspiró i Víctor Hugo el H a n d e ls l a n d i a , y á sus sectarios y dis
cípulos las m o n s tr u o s a s novelas y los d r a m a » p a tib u la r io s . Aquel hom bre, pues, que dutrme sobre su victima, es el cazador de alimañas; el lobezno que retoza con los lobeznos es su hijo; y el vestiglo que prepara el asado es la madre del uuo y la mujer del otro. Estos seres salra- ges viven aislados en medio de la sociedad ; caminan á oscuras entro las luces del siglo; no pertenecen al pue
blo ni á la nobleza , ni jamás se ccoparon de gerarquías;
son libres sin haber tenido que conauistar sil libertad;
ricos eu medio de las privaciones y dé la pobreza ; robus
tos sin conocer á los doctores de la medicina, y felices porque no tienen p o r v e n i r ni p a s a d o . Elloi ven trans
currir sus días con la impasibilidad de nn tronco á quien los año) mutilan la corteza, y no piensan cu el término de su vida, á la manera que la roca batida por las olas no imagina que desprendida alguna vez La de rodar has
ta el abismo de loa mares. Cuarenta años luce que habi
tan la misma cabaña, que hacen las mismas tareas, que se alimentan y vegetan del mismo modo. El sol es para ellos una hoguera que calicDla , y nada mas ; el mundo solo un monte donde hay erizos y leña ; la vida uo con
junto de cuatro ó cinco necesidades, de donde brotan otros tantos placeres. Sos almas no son susceptibles de re tener las impresiones , ni aun casi de recibirlas: se aseme
jan al agua donde instantáneamente desaparecen Icssulcos trazados por un remo.
El lo b e r o , padie y patriarca de esta pequeüa tribu, no es el Robinson de la fábala , ni el salvage del Canadá, ni el caribe del Africa, y sin embargo participa del as
pecto, hábitos é inclinaciones de estos tres aeres. No pertenece i la república hum ana, y sin embargo cgerce en ella una-industria con la cual trafica y se sostiene. Bas
ca á las alimañas, las sigue, vigila b u s movimientos, r e conoce sos huellas, las sorprende, las acomete, y las ren - ce. La práctica le ha enseñado las sendas y trochas mas frecuentadas de la» fieras, las épocas eu que producen sos
«rías, y las guaridas donde las encaman. El tiene una exac
ta estadística de los habitantes del monte . sabe i punto cierto el número de loboa que en él se abrigan, con dis
tinción de sexos y aun de edades; las grutas en que se , y las horas en q a t las abandonan para buscac-su
SEMANARIO PINTORESCO ESPAÑOL.
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sustento. Tin familiarizado está con el trato de estos fe
roces animales, que pasa cerca de ellos sin echar mano á sa cuchillo j y cuando alguna vez entre las sombras de la noche cruza silencioso por las cañadas donde reposan los rebaños, ladra el mastín , y se estremecen las orejas teniéndole por una fiera que v i i devorar los recentales.
Como la ley señala un premio i los esterminadores de animales dañinos, el lo b e r o tiene su principal interés en el beneficio de esta mina , pero no en su completa es- plotacion. Asi es que al apoderarse de los lobatos pcrdo na la vida á la madre para que pueda rendirle otros fru
tos, y solo lucha freote i frente con ella cuando la ne
cesidad le reduce i este estremo.
Terminaré estas ligeras apuntaciones sobre el h o m b r e - f i e r a , refiriendo una anécdota de su vida; página suelta que podrá servir para el libro de su historia , si algún curioso sa ocupase en escribirla. Es el caso que una tar
de á puestas del sol caminaba el li o o b ero en dirección á su cabaña, rendido de cansancio, y pesaroso del mal éxito de sus trabajos de aquel dia ; se sentó á reposar sobre una piedra , dirigiendo en derredor sus torvas miradas por ver si descubría alguna raposa de las que á tales horas suelen andar cazando las descuidadas aves que se retiran á sus nidos. Largo rato permaneció así sin descubrir ningún ob
jeto de los que ocupaban su imaginación , cuando repen
tinamente vé agitarse las ramas de nna parte del rnont«
bajo, percibe las pisadas de un animal que so acerca h i- cia un grupo de rocas, y le siente escarvar la tie rra , sa
cudirse , y rastrear al parecer sobre la yerba para meter
se en una caverna. Entonces el hombre de las selvas se pone en p ie , observa los matorrales y carrascos inme
diatos, mide distancias, compara alturas, analiza mental
mente la posición de los objetos, y saca finalmente por consecuencia que aquella gruta es la guarida de una loba de poca edad, cuyos veloces pies bau burlado por mu
cho tiempo su vigilante persecución. No bien concibe es
ta sospecha , cuando un rayo de esperanza le ilumina:
pone mano i su cuchillo de monte, arroja al suelo el ca
yado , envuelve el brazo izquierdo en la piel que á pre
vención lleva siempre sobre su hombro, y se adelanta con paso firme hicia la entrada de la caverna. Sondea con es
cudriñadores ojos el interior,'y percibe eo confuso, al tra
vés de la oscuridad que en ella reina, una pata de la fie
ra : entonces fuera de lino la ase con violencia, la arras
tra con hercúleo empnge Licia lí, y cuando iba á herir
la con el cuchillo , le deja caer de la mam, y lanza un «bu
llido de terro r.... el lobo á quien iba i inmolar era su hijo, el cual aun en su tierna edad descubría ya el ins
tinto de su padre de perseguir i las alimañas en sas gua
ridas. C. Días.
MADRID: IMPRENTA DE D. TOMAS JORDAN-