PALABRAS DE APERTURA EN LA SESION SOLEMNE DE INSTALACION, POR EL DR. CARLOS FELICE CARDOT, DIRECTOR DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA Y PRESIDENTE DEL CONGRESO, EL DIA
17 DE JULIO DE 1983
Antes de que la Academia Nacional de la Historia convocase este Congreso, había ya celebrado seis importantes reuniones de carácter internacional dedicados al estudio y análisis de diversos períodos del proceso histórico de Venezuela, aun- que proyectadas, como es natural, a otras áreas del Continente. Esto, natural- mente, porque mal puede concretarse el estudio a un parcialidad política, sin que de inmediato se estableciese la íntima vinculación con otras entidades, tanto más cuanto que formábamos parte del inmenso mosaico de pueblos que integraron el vasto imperio español, y antes de su disgregación, con las variantes del caso, cons- tituíamos unidades, regidas en su mayor parte por disposiciones legales comu- nes; gobernados por funcionarios de mayor o menor categoría; y separados de la Metrópoli por respetables distancias. Sin embargo manteníamos, a través de la diversidad, no un todo estructural propiamente dicho, pero sí, en esencia, unos lazos que nos conservaban unidos; unos ideales que constituían la esperanza cifrada en un porvenir idéntico y unos conceptos filosóficos y políticos afincados profun- damente en las mentes de los dirigentes criollos, que fueron el poderoso impulso encaminado hacia la realización, casi conjuntamente, de la emancipación definitiva.
Este Congreso, el séptimo que ha convocado nuestra Academia, tiene un ám- bito distinto. Cuando Venezuela, el mundo americano y buena parte del occi- dente, se apresta a conmemorar los doscientos años del nacimiento del Libertador Simón Bolívar, es forzoso dedicarle a éste no una mera reunión recordatoria, en- marcada solamente en el estudio de su acción de emancipador de pueblos y de estructurador de estados, sino extendida a ese ámbito mucho más amplio, que abarcase las facetas más señaladas del occidente en un tiempo que apenas llegase al medio siglo, algo menos de la vida de Bolívar. Porque a partir de 1780, tres años antes de ocurrir el nacimiento del caraqueño ilustre, hasta su muerte, al finalizar 1830, ocurrieron acontecimientos trascendentales de variada índole; im- pactos ideológicos de importancia inusitada; cambio en las estructuras políticas;
derrumbamiento de imperios; surgimientos de nuevos estados; trasmutaciones en la realeza tradicional europea; alteraciones profundas en las doctrinas económicas y políticas; cambios en el pensamiento filosófico; surgimientos de escuelas literarias
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que golpearían la tradición imperante, y un deslumbramiento en el arte musical que tal vez no había tenido precedentes.
Ese mundo le tocó vivir a Bolívar, y si en la primera década del siglo x:rx:
fue un atento espectador, situado por las circunstancias de su vida, en el mismo centro neurálgico en donde se operaban aquellas profundas mutaciones, en los veinte años siguientes, de espectador pasó a actor, y se convirtió en el eje de los sucesos y de cambios ya no contemplados desde lejos, sino en el ejercicio de una acción totalizadora y unánime encaminada a lograr la emancipación de su patria, y subsiguientemente, de otras entidades geográficas y políticas de la Amé- rica, convencido de que la independencia debía ser un movimiento de conjunto para poder lograr la estabilidad y el nuevo orden en los países que surgirí,an por la rotura y desgarramiento de la unidad hispánica allende los mares.
Bolívar fue en Venezuela uno de los grandes discípulos que formó el gene- ralísimo Francisco de Miranda desde su casa de Londres. A través de toda la América regó la semilla; y sus discípulos, unos que habían escuchado de viva voz sus enseñanzas; otros alimentados espiritualmente por sus cartas y mensajes, respondieron de inmediato al llamado del gran Precursor, y la América comenzó a convulsionarse. Los ideólogos, filósofos y letrados pusieron su mente en acción directa a favor de los nuevos ideales y los encaminaron a un destino que cons- tituía la ambición de todos; y cuando llegó la hora de la acción, todos acudieron a la lucha hasta ofrendar su vida.
Bolívar personificó la idea y la unió a la acción. Ninguno más firme en sus convicciones políticas y más constante en conducirlas a una realidad, despojada de toda utopía. Para Bolívar esta palabra estaba al parecer, apartada de su sistema, a pesar de que, en el desenvolvimiento de su mundo político, ya en el centro de la revolución, algunas de sus acciones y proposiciones se consideraron fuera de una circunstancial realidad. Pero no pueden considerarse utópicas y como conse- cuencia, irrealizables, sus ideas de integración, de fraternidad y unidad americanas, porque de ese proyecto, visto con excepticismo en la época, dependía en cierto modo la estabilidad de los países ubicados en un subcontinente.
Por el desarrollo armónico y sin malos entendidos muchos hombres han lu- chado y continúan haciéndolo, al considerar que en la unidad y cohesión, dentro de ]a diversidad, está cifrado el porvenir de América, y habría de constituir la legí- tima defensa ante las asechanzas foráneas, así sean económicas, militares o ideoló- gicas. Y estas ideas las plasmó en el curso de su vida política en muchos de sus documentos y quiso llevarlas a la realidad en el Congreso de Panamá, convocado dos días antes de que sus ejércitos afirmaran en la batalla final de Ayacucho, la emancipación de América; pero la desunión americana, y en cierto modo el celo de algunos países hicieron que la reunión fracasase, hundiendo así uno de los proyec- tos bolivarianos de mayor alcance continental.
Los "Pactos del Istmo" como se han llamado, aceptados por sus signatarios, si hubiesen sido adoptados por otros estados no representados en la Reunión, y cumplidos de buena fe por todos, habrían evitado el espectáculo de una América desunida y anárquica. Las ideas de Bolívar al particular no estaban en el marco de
la utopía. Los dirigentes americanos fueron miopes y no midieron el alcance de las ideas bolivarianas. Y el tiempo y los hechos lo han confirmado. Tal vez la utopía en que incurrió reflexivamente fue al presentar al Congreso de Angostura su pro- yecto sobre el Poder Moral dentro de la Constitución que le tocó redactar. Utópico y todo esboza unas ideas encaminadas a lograr para la nueva república, la perfec- tibilidad del ciudadano dentro de un ambiente de normas y principios éticos de especial elevación, pero de impracticable pragmatismo en una nación que apenas estaba saliendo del coloniaje y se encaminaba a la emancipación política.
Utópica pero de noble visión fue su iniciativa. Sus mismos compañeros de armas y de ideas, ahora reunidos en Congreso, las declararon como tal, pero no vacilaron en ponerlas en el apéndice de la Constitución, para que hombres sabios y prudentes, la estudiasen debidamente.
Bolívar estaba inmerso en el pensamiento y en las doctrinas que fueron una constante en el siglo pre-independentista. Tuvo la vivencia personal de una Europa que cada día presenciaba una nueva transformación. Y luego, ya en el centro de los acontecimientos americanos, contimió observando un mundo convulso, transmu- tante, que marchaba a tanta prisa como lentos habían sido los acontecimientos que les habían precedido en el tiempo. Y Bolívar desde la cúspide de su acción america- na permanecía atento a todo y seguía con preocupación e interés todos los cambios;
observaba ese mundo político e ideológico en completa ebullición, y lo que pare- da estabilizado hoy, ya al día siguiente se mostraba en trance de una nueva variación.
Caía y parecía eclipsarse el absolutismo; surgían nuevas dinastías bajo la apa- rente ruina de las antiguas, pero todo era poco durable y aquellas desaparecerían para volver a las antiguas. Lo único que pervivían eran las ideas, porque éstas no las hacen desaparecer ni las circunstancias pasajeras y mutables y mucho menos la eterna cólera de los hombres. Y especialmente las ideas de libertad y el concepto de dignidad humana. A éstas estaban afiliados un selecto grupo de hombres que en Europa y en América cantenían ideales unívocos. Y junto con aquéllas, mu- chas otras aunque de antigua data, pero cuya vigencia constituían, en la hora, ma- terias de contenido progresista y lección diaria encaminada a hacerlas penetrar en la conciencia de todos con miras a lograr el efectivo adelanto de los pueblos.
Ese mundo, el mundo de la época de Bolívar; el mundo que abarca un agita- do y cambiante medio siglo, constituye el eje central de la temática de este Congre- so. Lo rematará el análisis de la dimensión universal de Simón Bolívar, en cuyo desarrollo intervendrán como expositores figuras señeras del pensamiento ameri- cano y español: Germán Arciniegas, Gilberto Freyre, Antonio Tovar, Enrique de Gandía y Arturo Uslar Pietri.
La Academia de la Historia siente especial satisfacción en realizar este certa- men. Ha sido una labor de larga preparación. Han colaborado personalidades na- cionales y extranjeras. De entre éstas no puedo dejar de mencionar a los profeso- res Magnus Morner y Charles Verlinden eminentes cultores del americanismo en Europa, y abanderados de 'una corriente que ha afincado sus enseñanzas y desa- rrollo en tierras europeas.
532 BOLETIN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA IIlSTORIA La Academia por espíritu de justicia quiere testimoniar su agradecimiento al señor Doctor Luis Her~ra Campíns, Presidente de la República, por el apoyo moral y econ6mico brindado a estas jornadas culturales y patri6ticas, así como por el estímulo y aliento que en todo momento le ha ofrecido.
A las instituciones universitarias y culturales, nacionales y extranjeras, por su ayuda y colaboraci6n.
A los destacados conferencistas, ponentes, expositores e invitados especiales, extranjeros y nacionales por la fina atención y especial deferencia que han tenido al aceptar la invitaci6n de la Academia y distraer un precioso tiempo de sus norma- les actividades docentes y culturales, para venir a compartir estos días de reflexi6n, estudio, enseñanzas y proyecciones, destinada a rendir un especial y significativo homenaje a Sim6n Bolívar, dentro de un marco esencialmente científico.
Gracias a todos.
PALABRAS DEL DR. MAGNUS MORNER, DE LA UNIVERSIDAD DE GOTEMBURGO, SUECIA, Y PRESIDENTE DE LA ASOCIACION DE HISTORIADORES LATINOAMERICANISTAS EUROPEOS, EN REPRESEN-
TACION DE LOS INVITADOS EXTRANJEROS
Excelentísimo Señor Presidente de la República de Venezuela,
Ilustrísimo Señor Director de la Academia Nacional de Historia de Venezuela, Excelencias, Señoras y Señores:
La celebración del Bicentenario de Simón Bolívar es, desde luego, un aconte- cimiento sin paralelo para los pueblos que él mismo fundó y a los que dedicó los mejores esfuerzos de su vida, y para todo el mundo latinoamericano. La significa- ci6n de este Bicentenario, sin embargo, va mucho más lejos: se trata de una fecha histórica que merece una dimensión universal, porque el hombre a quien hoy ren- dimos homenaje y recuerdo, es uno de los personajes más extraordinarios de la evolución política de la humanidad. Sea que consideremos su vida y su pensamien- to, sea que intentemos analizar y valorar las consecuencias de su acción, Simón Bolívar se nos presenta siempre como un torrente inagotable de energía que es, al mismo tiempo, elemento decisivo para estudiar y comprender la prodigiosa rea- lidad de estos pueblos y de este continente. Para nosotros, historiadores latinoame- ricanistas esparcidos por el mundo, Simón Bolívar tendrá que estar siempre presente en nuestra labor, no solamente porque él encarna aspectos muy importantes de la personalidad histórica de América Latina, sino además porque los valores boliva- rianos tienen un vigor universalista que nos ayuda a superar las diferencias de na- cionalidades y de ideologías para unirnos en una empresa común.
Por estas razones, la decisión del Gobierno y de las Academias Nacionales de Venezuela, de transformar este acontecimiento nacional en un Congreso verdade-
ramente internacional, significa para nosotros, los latinoamericanistas extranjeros, una ocasión muy propicia para comprobar cómo esos valores bolivarianos, univer- salistas, siguen vigentes, y con qué generosidad se nos ha permitido llegar hasta aquí, desde las más diversas regiones del mundo, y participar incluso en la organi- zación misma de esta Asamblea que, de este modo, amplía su carácter y su repre- sentatividad. Al dar este carácter internacional a la celebración de este Bicentena- rio, el Gobierno y las Academias científicas y culturales de Venezuela han sabido demostrar que su justo orgullo por la memoria del más destacado hijo de esta tie- rra, se expresa con la misma actitud generosa y abierta que el Libertador preconiza- ba en el campo de la cooperación internacional.
Es natural que un personaje de la talla histórica de Simón Bolívar sea consi- derado de muy distintas maneras, dependiendo esto, en gran medida, de la posición relativa de cada observador. En este Congreso tendremos la oportunidad de escu- char a destacados representantes de algunos países del Tercer Mundo, para quienes la lucha de Simón Bolívar y de los pueblos de Hispanoamérica en los inicios del siglo diecinueve, ha de representar sin duda, en alto grado, significaciones parecidas a la lucha de independencia nacional, anticolonialista, que ellos mismos vivieron a mediados de este siglo. Para los historiadores norteamericanos, en cambio, la perspectiva histórica será probablemente la de considerar la gesta de la emancipa- ción grancolombiana, el papel del héroe Bolívar y de su pueblo, en la óptica del moviiniento liberador y democrático que el gran Washington y los pueblos de las colonias del Norte habían librado pocas décadas antes. Y en este mismo orden de ideas, tal vez sea bueno preguntarnos qué significaciones, qué perspectivas, qué referencias de valor, adquieren fuerza cuando se trata de comprender y observar a Bolívar desde nuestro punto de vista europeo.
Yo pienso en primer lugar en el Simón Bolívar adolescente, descubridor de los encantos y de la cultura de París, revolucionario romántico, de fogoso corazón, que lanza en alta voz su juramento libertario en Montesacro, aristócrata caraqueño imbuído de las lecturas de Locke y de Spinoza, de Montesquieu, de Voltaire y, so- bre todo, de Rousseau. Pienso en el joven cosmopolita a quien tocó vivir, y vivió plenamente, la agonía del Siglo de las Luces y el nacimiento de la época Román- tica, del Nacionalismo y del Liberalismo precoz. Yo no encuentro otro personaje de primera magnitud que encame y exprese la simbiosis de estas grandes corrientes de la cultura occidental, del modo extraordinario y cabal como Bolívar la encarna y expresa. El pertenece a una generación especial y privilegiada, formada a la som- bra de Jefferson, Goethe y Mirabeau, fascinada y decepcionada al mismo tiempo por la figura imperial de Napoleón, en la misma actitud que en el mundo de la música había expresado Ludwig van Beethoven. En efecto, pese a trece años de diferencia, Beethoven y Bolívar iban a expresar, el primero como genio de la mú- sica, el segundo como genio de la política, el gran conflicto espiritual de su época de una manera esencialmente similar. Ninguno otro de sus contemporáneos posee tan rica gama de energías vitales e intelectuales. Napoleón, 16 años mayor, es de- masiado frío, no conoce ni las emociones ni los planes románticos; Lord Byron es ya plenamente romántico y, por añadidura, no posee la complejidad ideológica de Bolívar.
534 BOLETIN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA Racionalismo y romanticismo, oscilaciones violentas entre sentimientos e ideas encontrados: por un lado, fe y esperanza en la capacidad del hombre; por el otro decepción y pesimismo profundo, con su inevitable repercusión en la acción política. Tal se nos presenta el ideario y la figura singular de Bolívar, cuya vida corta y sorprendentemente fuerte, sirvió de puente, como un hilo vivo y actuante, entre concepciones intelectuales diferentes, e incluso paradigmáticamente opues- tas. La cuna de este acervo ideológico y cultural era la vieja Europa, pero yo no encuentro ningún personaje europeo de la época que simbolice y encarne este cho- que, esta confluencia, esta tormenta de corrientes, tan cabal y completamente como lo hace este latinoamericano, este hijo de Caracas, Simón Bolívar.
Decimos la palabra Bicentenario, y la repetiremos muchas veces en el curso de esta Asamblea. Desde un punto de vista cronológico, la época de Bolívar nos parece lejana, y evocamos la era de la transición del Siglo de las Luces al Romanticismo, la Revolución Francesa, el proceso de la industrialización. La historia nunca se repite por entero, pero, sin embargo, muchos acontecimientos nos parecen, a la vuelta de unas centurias, extrañamente familiares. ¿No vemos acaso, en nuestros propios días, estos choques, estos conflictos, estas simbiosis, estas paradojas sor- prendentes? El ritmo vertiginoso de una revolución tecnológica, que cambia día por día la faz de la producción, con sistemas de computación y de coordinación que se modifican y perfeccionan sin cesar, está ácompañado, también, por las con- vulsiones y rebeliones de países e individuos que se sienten victimados por el orden político y social establecido. Lo racional y lo irracional, la estrategia política fría- mente concebida y ejecutada, y la emoción patriótica o religiosa, mística, luchan entre sí pero también confluyen y se combinan, porque vivimos una época de crea- ción y destrucción, una época en que los pueblos como entidades humanas, y la humanidad como especie, se acercan a la encrucijada en la cual se resuelve si será posible continuar tejiendo el hilo de la historia con formas sociales y políticas más evolucionadas, o si por el contrario las fuerzas de autodestrucción se impondrán y el hilo de la historia humana será cortado para siempre.
Estas contradicciones, pues, tienen una decisiva importancia para el futuro del hombre. Hoy más que nunca necesitamos de líderes geniales, capaces de conte- ner y superar en sí mismos estas paradojas y violentas contradicciones de la época.
Necesitamos personalidades excepcionales, que hoy no tenemos ni en el mundo político ni en el ámbito del intelecto y del espíritu. Hombres que, como Bolívar, concentren en su propio ser el caudal de las fuerzas de destrucción, de creación, de liderazgo intelectual y de jefatura moral que sean capaces de suscitar en los pue- blos la voluntad colectiva de renovar la historia. Esta es, para mí, la justificación
• para celebrar, a un nivel mundial, este homenaje al Libertador Simón Bolívar, doscientos años después de su nacimiento en las tierras de Latinoamérica, en esta bella ciudad de Caracas.
Muchas gracias.
DISCURSO DE ORDEN DEL DR. BLAS BRUNI CELLI, EN LA INSTALACION DEL CONGRESO, EL 17 DE JULIO DE 1983
Señores:
Ha querido la Academia Nacional de la Historia conmemorar el Bicentenario del Nacimiento del Libertador con la realizaci6n en su sede de un Congreso de His- toria cuya temática fundamental fuera el análisis del mundo de Simón Bolívar, o sea el período hist6rico comprendido entre 1780 a 1830. Participarán en este Con- greso distinguidos historiadores y notables intelectuales de todas partes del mun- do, con un espíritu de investigación, búsqueda y análisis. Por supuesto no podrá escapar a esta erudita asamblea estudiar las influencias declaradas, sutiles o veladas que aquel tiempo tuvo sobre la formaci6n de Bolívar y a través de él sobré la his- toria americana.
El período de 1780 a 1830 es sin duda un trecho hist6rico complejo donde se producen hechos trascendentales en las ciencias, en las artes, en la economía y en la política. Podría decirse que le correspondi6 al Libertador crecer y formarse en una etapa de profundos cambios, cuando se está produciendo la obsolecencia de la ilustraci6n y el nacimiento del romanticismo. De ambas corrientes se nutre la pro- digiosa inteligencia de Bolívar en los mejores años de su juventud cuando en com- pañía de Sim6n Rodríguez recorre extensos escenarios europeos. Fue Rodríguez en ese momento el traductor permanente, el guía orientador, el catalizador de ideas novedosas y el que mejor aproxima todo el mundo europeo a la ávida curiosidad intelectual del joven Bolívar.
Crítico, racionalista, reformador y revolucionario había sido el período de la I1ustraci6n, que venía dando manifestaciones evidentes desde comienzos del si- glo :XVIII. Kant en 1784 la definía como la salida del hombre de su culposa minori- dad. "Es minoridad -decía- la incapacidad de servirse del propio entendimien- to sin la tutela de otro. Y es culposa minoridad cuando su causa no radica en la carencia del entendimiento sino de resoluci6n y de ánimo para servirse del propio sin la direcci6n de otro. Ten el ánimo de servirte de tu propio entendimiento. Tal es la divisa de la Ilustración".
Con esta consigna podemos decir que desde el siglo XVII se venía gestando el pensamiento ilustrado, pero es en la segunda mitad del siglo XVIII cuando alcan- za su plena vigencia y da sus frutos más importantes. Cuando en la I1ustraci6n se aplican las leyes naturales a los problemas sociales se produce repentinamente en los pensadores políticos un cambio radical. Así en cierta forma el movimiento lo había iniciado Juan LocKE { 1632-1704) en su célebre "Ensayo sobre el Entendi- miento Humano". Locke, el fil6sofo político del sentido común, establece la reali- dad primaria de la Sociedad. La Sociedad existe primero, el individuo nace en su seno y por primera vez se habla de los derechos naturales del hombre. Juan Jacobo Rousseau { 1712-177.3), que puede enmarcarse entre los más genuinos represen- tantes de este movimiento, en su "Contrato Social" de 1762 establece que "la hum.anidad está compuesta por el pueblo. El hombre es el mismo en todos los estra- tos sociales y siendo ello así las clases más numerosas son las que merecen mayor
536 DOLETIN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA respeto". Según Rousseau en la sociedad hay una voluntad general que es la que tiene que decidir la política. Carlos de Secondat, Barón de la Brede, o simplemen- te Montesquieu ( 1689-1753) decía en "L'esprit des lois" que "las leyes nacen de las circunstancias vitales de un pueblo a las cuales deben adaptarse". Fue Montes- quieu el padre de la doctrina de la división de los poderes: según él los poderes ejecutivo, legislativo y judicial deben estar separados. Claudio Adrian Hervetius (1715-1771) formula por primera vez en 1773 en su obra "El hombre" una filo- sofía política hedonística en que establece la regla de la mayor felicidad para el ma- yor número posible y por tanto el provecho de los muchos está por encima del provecho individual. Otro filósofo ilustrado Paul Henry Thiry, Barón de Holbach ( 1723-1789) declara en su "Sistema Social" de 1773 que el gobierno absoluto explota a la clase productora en interés de un estrato social parasitario. Para Mario Juan Antonio Nicolás de Caritat, Marqués de Condorcet (1743-1794) la ciencia es la fuente de una revolución social pacífica orientada hacia el progreso. Pronosticaba que ese progreso determinaría la creciente igualdad de todos los pueblos. "Llegará el día -decía- en que el Sol alumbrará sólo a un mundo de hombres libres, que no reconoce más señor que a la propia razón. Entonces tiranos y esclavos sólo apa- recerán en la Historia o en el teatro". Thomas Paine con su folleto "Sentido Co- mún" preparó el camino de la Declaración de la Independencia Americana. El Prólogo de su primera Constitución es una síntesis bien lograda del pensamiento político de la Ilustración. Estos principios aparecen perfeccionados en la Declara- ció de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Convención francesa de 1793.
El fin de la sociedad es la felicidad común. El gobierno ha sido constituido para garantizar al hombre el goce de sus derechos naturales e imprescriptibles. Estos derechos son
la
igualdad,la
libertad, la seguridad y la propiedad. Todos los hom- bres son iguales por naturaleza y ante la Ley. La Ley esla
expresión libre y solem- ne de la voluntad general; es la misma para todos, sea que proteja, sea que castigue.NO puede ordenar sino lo que es justo y útil a la sociedad: sólo puede prohibir lo que le es perjudicial. La libertad es 1a potestad del hombre de hacer todo lo que no dañe a los derechos de otro: tiene por principio a 1a naturaleza, por regla a 1a jus- ticia y por salvaguardia la ley. La soberanía reside en el pueblo: es una e indivisi- ble, imprescriptible e inalienable. Se elevaban a derechos constitucionales la asis- tencia pública, la instrucción, la garantía social.
El 16 de junio de 1799 el joven Simón Bolívar ataviado con el uniforme de Subteniente de las Milicias de Aragua es llevado por su tío Esteban a conocer la Corte de Aranjuez. Es el momento en que está en el rojo vivo la escandalosa luju- ria de María Luisa y la vida vergonzosa de Carlos IV. "Semejante desorganización moral -dice Mijares- debió producir en Bolívar, que sin duda jamás la había sospechado desde la provinciana Caracas, una impresión indeleble". En ese primer viaje a Europa el joven Bolívar pasa una larga temporada con su pariente el Mar- qués de Ustáriz, quien según Miranda que lo había visitado, era "sujeto amable e instruído; profundos sus conocimientos en las ciencias morales y políticas". O'Lea- ry nos dirá en su Biograrfía que en él se figuraba Bolívar ver a uno de los sabios de la antigüedad. Fue este el viaje en que Bolívar hizo una primera excursión a Pa- rís entre enero y marzo de 1802 y posteriormente tuvo lugar su matrimonio con María Teresa Toro y su regreso. Muy pronto ocurre su viudez. Maria Teresa mue-- re el 22 de enero de 1803 y en ese mismo año regresa a Europa.
Coinciden varios historiadores, entre ellos Mancini, que en el camarote de este viaje lo acompañaban los libros de Plutarco, Montesquieu, Voltaire y Rou- sseau. Pero oigamos mejor al propio Bolívar, a través de la narración de Perú de Lacroix, contarnos sus recuerdos de esta época: "muerta mi mujer y desolado yo con aquella pérdida precoz e inesperada, volví para España y de Madrid pasé a Francia y después a Italia; ya entonces iba tomando algún interés en los negocios públicos, la política me interesaba, me ocupaba y seguía sus variados movimien- tos. Ví en París, en el último mes del año 1804 el coronamiento de Napoleón;
aquel acto o función magnífica me entusiasmó, pero menos su pompa que los sen- timietitos de amor que un inmenso pueblo manifestaba al héroe francés; aquella efusión general de todos los corazones, aquel libre y espontáneo movimiento popu- lar excitado por las glorias, las heroicas hazañas de Napoleón, victoreado en aquel momento por más de un millón de individuos, me pareció ser, para el que obtenía aquell0$l sentimientos, el último grado de aspiración, el último deseo como la últi- ma ambición del hombre. La corona que se puso Napoleón en la cabeza la miré como una cosa miserable y de moda gótica; lo que me pareció grande era la acla- mación universal y el interés que inspiraba su persona. Esto, lo confieso, me hizo pensar en la esclavitud de mi país y en la gloria que cabría al qge lo libertase ... ".
El período de la Ilustración que había dejado profundas huellas en el pensa- miento político había determinado también decisivos progresos en las ciencias:
Pierre Simón Laplace (1749-1827) establece la mecánica celeste. William Hers- chel ( 1738-1822) descubre el planeta Urano, cataloga 2.500 nebulosas e infiere la forma lenticular de la vía láctea. L. Euler ( 1707-1783) introduce en la mecáni- ca los conceptos de punto masivo, centro de fuerza y vector. Luigi Galvani ( 1737- 1798 ) descubre la electricidad animal y Alessandro Volta (17 4 5-1827 ) crea la pila eléctrica y la electricidad ya no es sólo "chispa" sino que también es "corriente".
J.
Prie:.stley (1733-1804) descubre el Oxígeno y Antoine Laurent Lavoisier ( 1743-1794) cimenta la Química Moderna. Carl Linneo (1707-1778) clasifica las plantas.También los filósofos se acercan a las ciencias: D'Alambert introduce la idea de razón como instrumento de conquista y no puramente de especulación. El propio Voltaire se aferra a la idea de experimento para conocer la verdad natural. El Con- de de Buffon ( 1707-1788) en su Historia Natural formula la visión descriptiva para decir que no está bien definido sino lo que ha sido exactamente descrito.
Alexander Pope ( 1688-1744) en su "Ensayo del hombre", en 1733, quizá sin saberlo, estableció el mejor hilo conductor del pensamiento ilustrado cuando dijo que el más adecuado estudio para conocer la humanidad es el hombre.
Pero toda esta estructura cultural va rápidamente a ser cuestionada por un poderoso movimiento intelectual que la somete a duras pruebas.
Federico Maximiliano von Klinger ( 1752-1831) presentó en 1776 su drama
"Sturm und Drang", Tempestad e Impulso, que produce una efervescencia conta- giosa que se propaga por toda Europa. Klinger presentaba en su obra una inspira- ción juvenil, caracteres con una obstinación de voluntad extrema; la enseñanza de la lucha contra la fatalidad y el legítimo orgullo del hombre justo de sentirse supe- rior al azar y al destino. En la obra reina un exceso de vigor, de energía, una pro-
538 BOLETIN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA fusión de efectos sombríos y terribles. Sturm und Drang se extiende por toda Eu- ropa. Hasta España llega su influencia tentadora. Goethe le responde al viejo Haller: "Puesto que pensamos estamos en el interior de la naturaleza". Schelling revive las viejas teorías de Demócrito: la vida envolvente y perfectiva del Univer- so consistiría en una oscilación constante, en un ritmo de movimientos contrapues- tos: a la atracción se opone la repulsión; al magnetismo positivo el negativo; a la acidez la alcalinidad; a la injusticia la justicia. Estos antagonismos como también para el sabio Abdera lo conducen a la idea de identidad: para él la naturaleza es espíritu visible y el espíritu naturaleza invisible, o de otra manera la naturaleza sería espíritu inconsciente y el espíritu naturaleza consciente y capaz de conocerse a sí misma. Para Schelling filosofar sobre la naturaleza es construir la naturaleza.
Surge con este pensador la radical superioridad de la especulación sobre el expe- rimento.
La propia revolución francesa que había sido producto genuino de la Ilustra- ción va a ser el mejor alimento del Romanticismo: las nuevas generaciones se dan cuenta de que en la revolución jugó un papel fundamental la carga pasional que fomentó el fervor revolucionario y había substituído al racionalismo frío de la razón. Por primera vez habían aparecido las masas como protagonistas de hechos históricos fundamentales y había suficiente razón para pensar que las ideas de la Ilustración por su racionalidad eran abstractas y poco prácticas. Una caderia de hechos históricos había conducido a un despertar del sentimiento individual en el plano psicológico; del sentimiento de pueblo en el plano sociológico; el de nación en el plano político y el de Historia en el plano filosófico: en esto principalmente asentaba la nueva sensibilidad política, el sentimiento romántico. Esto lo divulga la revista Athenaeum en los primeros años del siglo x1x. Sturm und Drang se di- funde como pólvora y aparecen en los pueblos nuevos valores: el empeño patrió- tico, la exaltación, el amor por la libertad. Hay nostalgia por la edad media como la época de la creación de las nacionalidades; hay un gusto por la reconstrucción realista de la Historia, y la poesía deja de ser un fin en sí mismo para estar al servi- cio de los ideales de la libertad, la independencia de los pueblos oprimidos y la redención nacional.
En las ciencias sólo una poderosa lupa puede distinguir los dos períodos pero en la Filosofía es muy claro el cambio. El viejo Kant nos dice que el hombre debe proceder personal y moralmente como si fuese Dios. Unos años después Schelling y Hegel afirmarán que el Hombre es semidiós en acto y pleno Dios en potencia y el más romántico aún Friedrich Schlegel afirma que "llegar a ser Dios, ser hombre, desarrollarse, todas éstas son expresiones que significan lo mismo".
Estos puntos de vista nos explican claramente los modos de expresión de la cultura romántica: su entusiasmo, su oposición al clasicismo porque el hombre clá- sico acepta siempre una norma exterior y superior a él; su carácter soñador y poé- tico; los raptos de desesperación; su fe en la capacidad creadora del espíritu huma- no; su impaciencia por un estado histórico perfecto. Hay fundamentalmente en este período una firme creencia en la capacidad creadora del hombre: por primera vez en la Historia el hombre se siente capaz de crear a la manera divina. El espí- ritu del mundo a caballo llamó Hegel a Napoleón. En el reino de la verdad el hom- bre se siente capaz de crear verdades; el arte en el romanticismo es pura creación;
y en las ciencias los químicos preparan sintéticamente cuerpos que no existen en la realidad natural y la geometría no euclidiana es capaz de engendrar entes ajenos al mundo real.
Cuando Bolívar llega a París en 1804 este movimiento está en su pleno apo- geo. Se está iniciando el crescendo de las sinfonías de Beethoven con sus mensajes tempestuosos. Delacroix y Corot han comenzado a preparar la gran revolución de la pintura. Allí se encuentra con dos ecuatorianos: Vicente Rocafuerte y Carlos Montúfar y con su viejo maestro caraqueño don Simón Rodríguez. Va a ser éste el período de su gran contacto con el mundo romántico. Simón Rodríguez estaba en el epicentro de esa turbulencia y era un lector· ávido de los novelistas y filósofos.
De Francisco Augusto Chateaubriand había traducido en 1801 la novela "Atala o los Amores de dos salvajes en el desierto", como todas las de Chateaubriand en- marcada dentro de la corriente del Sturm und Drang. Con Rodríguez Bolívar debió de visitar a muchos de estos escritores. El propio Chateaubriand había estado en Norte América y había explorado parte de la América Central. No es extraño que Rodríguez su traductor le hubiera presentado al joven caraqueño. Es de esos tiem- pos también la amistad con Humboldt y Bonpland. La entrevista con Humboldt debió ser un impacto estimulante en la formación de Bolívar. El gran científico ale- mán organizaba entonces sus apuntes de la reciente expedición y pudo transmitir a Bolívar la exacta visión y dimensión del continente americano. Parece tener cer- teza histórica la frase de Humboldt a Bolívar en una de sus conversaciones, cuando hablando de la independencia americana le dijo: "Yo creo que su país está ya madu- ro; mas no veo al hombre que pueda realizarla". En abril de 1805 pasa a Italia acompañado siempre por don Simón Rodríguez. Permaneció algún tiempo en Mi- lán. Perú de Lacroix nos ha dejado vívidos detalles de este tiempo cuando presen- ció la revista de Napoleón en la llanura de Montequiaro. De Milán fueron a Vene- cia, Ferrara, Bolonia, Florencia, Perugia y Roma. Posiblemente la última parte del trayecto la hicieron a pie, y si saborearon el vino de Orvieto no pudieron dejar de ver en su catedral dos frescos de Luca Signorelli. El Juramento que en el Monte Sacro nos ha transmitido Rodríguez y el propio Bolívar registra ya un gesto acorde con la efervescencia de la época. A fines de 1805 regresó a París y permanece aquí hasta octubre de 1806 cuando fue a Hamburgo para luego regresar a América en 1807.
Habían sido sus dos permanencias en Europa tiempos decisivos en su forma- ción política: en todos sus gestos, en sus campañas y su obra política podemos ras- trear con absoluta precisión la influencia de aquellos años de peregrinaje fecundo.
El mismo Bolívar lo confiesa en la muy conocida carta de 1824 a Simón Rodrí- guez: "Ud. formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso". En efecto en toda su obra política van a estar fundidas las influencias del choque vital y fecundo de la Ilustración y el Romanticismo. Locke, Hume, Mon- tesquieu, Rousseau, Holbach, Helvetius, Klinger van a estar en sus grandes piezas políticas, transformados en pensamientos americanos. Su genio sabe condensar, enriquecer y transformar aquellas elaboradas teorías políticas para adaptarlas al suelo americano.
Cuando Bolívar regresa en 1807 trae una carga emocional que lo impulsaba a la acción. El recuerdo del reto de Humboldt, el juramento con Rodríguez, la ca-
540 BOLETIN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA rrupción de la corte española, el bullicio del París de Chateaubriand: todo, todo debió de prepararlo para la explosión de 1810. Desde este momento ya no dejará de ser el guía, el alma de la revolución americana. Pero Bolívar percibe muy clara- mente la diferencia de la luz: los colores son distintos en la fronda tropical y así vemos que en cualquiera de sus piezas fundamentales hay una sabia síntesis ameri- canista. Tomemos por ejemplo el Mensaje al Congreso de Angostura el 15 de fe- brero de 1819. Es un Discurso sembrado de todo de la Filosofía ilustrada y salpica- do con la inspiración tempestuosa de su genio.
"La esclavitud --decía- es la hija de las tinieblas; un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción ... ". "¿ No dice el espíritu de las leyes que éstas deben ser propias para el pueblo que se hacen? ¿Que es una gran casuali- dad que las de una nación puedan convenir a otra? ¿Que las leyes deben ser relativas a lo físico del país, al clima, a la calidad del terreno, a su situación, a su extensión, al género de vida de los pueblos?"
Sus conceptos hedonísticos y éticos son maravillosos: "Moral y luces son los polos de una República; moral y luces son nuestras primeras necesidades". "El sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política".
"Un pueblo pervertido si alcanza su libertad muy pronto vuelve a perderla; porque en vano se esforzarán en mostrarle que la felicidad consiste en la práctica de la vir- tud; que el imperio de las leyes es más poderoso que el de los tiranos, porque son más inflexibles, y todo debe someterse a su benéfico rigor; que las buenas costum- bres y no la fuerza son las columnas de las leyes; que el ejercicio de la Justicia es el ejercicio de la Libertad".
La estabilidad democrática, tema de permanente vigencia, la planteaba así el Libertador: "Por lo mismo que ninguna forma de gobierno es tan débil como la Democracia, su estructura debe ser de la mayor solidez: y sus instituciones consul- tarse para la estabilidad. Si no es así, contemos con que se establece un ensayo de gobierno y no un sistema permanente: contemos con una sociedad díscola, tumul- tuaria y anárquica y no con un establecimiento social, donde tengan su imperio la felicidad, la paz y la justicia ... " "Para formar un gobierno estable se requiere la base de un espíritu nacional, que tenga por objeto una inclinación uniforme hacia dos puntos capitales: moderar la voluntad general y limitar la autoridad pública".
Pero no es el momento para analizar la concordancia de aquella integral for- mación política con su obra y su mensaje. Pero sí lo es para decir que el mensaje integral de Bolívar representado en el ejemplo de su ética obstinada, en el carisma de su genio, en la riqueza de su ideario político, en la constancia de sus propósitos, la nobleza de sus gestos y la entrega de su vida debe ser en los tiempos modernos tema de profunda reflexión.
Señores:
El 25 de febrero de 1831 muere en Dorpat Federico Maximiliano de Klinger, el autor de Sturm und Drang. En la mañana del 5 de mayo de 1831 a los 53 años de edad, en forma extraña, moría Napoleón Bonaparte en Santa Elena; el 26 de
marzo de 1827 en Viena expiraba Ludwig van Beethoven después de haber termi- nado su Novena Sinfonía, el más grande monumento de la emoción occidental; el 14 de noviembre de 1831 fallecía en Berlín Jorge Guillermo Federico Hegel el filó- sofo que había descubierto y explorado al espíritu y el 17 de diciembre de 1830 moría en una solitaria costa de Colombia. el Libertador del Nuevo Mundo. Casi a un tiempo habían desaparecido los dioses de Schelling. Cuando amainó la tempes, tad había quedado un mundo diferente.
Señores.
DISCURSO DE CLAUSURA DEL CONGRESO BICENTENARIO DE SIMON BOLIVAR, POR EL MINISTRO DE EDUCACION,
PROFESOR FELIPE MONTILLA
Tarea más grata y honrosa no es posible para cualquier ciudadano de América o del Mundo, como ésta que me toca cumplir, en mi condición de Ministro de Edu- cación de Venezuela, de pronunciar unas palabras de instalación de este Congreso de Historiadores y el de expresar a sus prominentes participantes, llegados en representación de países amigos de todo el mundo, la palabra de bienvenida cordial y afectuosa, en nombre del gobierno y del pueblo de Venezuela.
Estamos inaugurando esta tarde, uno de los más relevantes y significativos eventos que, en homenaje a la Memoria de nuestro Padre Libertador Simón Bolí- var, en la ocasión feliz de conmemorar el Bicentenario de su nacimiento, va a tener como escenario a su ciudad natal y predilecta de Caracas.
Convocado por nuestra prestigiosa Academia Nacional de la Historia, se va a reunir durante estos días inmediatamente cercanos a la fecha bicentenaria, este
"Congreso Bicentenario de Simón Bolívar" con la participación de acreditados y prestigiosos exponentes del pensamiento historiográfico contemporáneo, proceden- tes de las más diversas latitudes y en representación de las Academias Nacionales de la Historia de países de todos los continentes.
El tema central que ha congregado aquí a tan selecto grupo de historiadores de todo el mundo no podía ser más llamativo y estimulante: "El Mundo de Simón Bolívar 1783-1830", y los valiosos aportes que en relación con el tiempo de su vida terrenal, corto pero prolífero y fecundo, habrán de producirse en el curso de las deliberaciones, van a constituir uno de los más esclarecedores y perdurables home- najes, tributados al estudio del Caraqueño inmortal, en la ocasión de cumplirse los dos siglos de su nacimiento.
El adecuado homenaje que este Congreso de Historiadores se apresta a ren- dir al Libertador, no solamente aparece justificado plenamente por tratarse de un personaje histórico de relieve y proyección singulares, cuyo nombre descuella con atrayente perfil por los nobles ideales que encarnó, por la obra que llevó a cabo y por la perdurable valía de su orientador pensamiento, sino también por otras razo- nes de muy especial significación.
542 BOLETIN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA Bolívar tuvo marcada predilección por el estudio de la Historia y puso particu- lar empeño en conocerla, tanto en profundidad como en extensión, en las obras de los autores que gozaban de mayor celebridad en su tiempo.
Es bien sabido que le fueron familiares, por asidua lectura, los clásicos anti- guos y modernos, entre los cuales, al lado de los filósofos, oradores y poetas, colo- có a los historiadores. Tal puede verse en la esclarecedora carta que dirigió al Ge- neral Santander desde Arequipa, con fecha 20 de mayo de 1825, donde alude al proceso de educación que había recibido y menciona los autores que había leído para acrecentar el caudal de su cultura, cuya variedad y calidad se trasparenta con visible contorno en sus escritos. Y aquí, precisamente, en las diversas muestras de sus creaciones intelectuales, como son sus discursos, manifiestos, proclamas, circu-- lares, artículos de prensa y cartas privadas, donde se encuentran en profusa men- ción, las referencias de tipo histórico, que acreditan el conocimiento y dominio que sobre la Historia llegó a poseer aquella mente de potencialidad genial.
Pero Bolívar no fue estudioso del pasado por una simple curiosidad intelec- tual, sino que le reconoció a los conocimientos históricos un papel de primacía ductora y de rectorado firme y cierto, pues siempre proclamó con énfasis que los conocimientos sobre el pasado deben ser tomados muy en cuenta como guías orien- tadores tanto por el legislador como por el gobernante. Es lo que aparece muy claramente señalado en su Discurso de Angostura, cuando expresó ante el Segundo Congreso Nacional de Venezuela:
"Extendiendo la vista sobre el vasto campo que nos falta por recorrer, fijemos la atención sobre los peligros que debemos evitar.
Que la Historia nos sirva de guía en esta carrera".
Al hacer esta rotunda afirmación, Bolívar coincide plenamente con aquella recordada frase de Cicerón, quien dio a la Historia el rango de ser "Maestra de la vida".
Bolívar reitera, en otro párrafo de ese célebre Discurso, su valoración de la Historia como mentora de un acertado proceder legislativo, al decir:
"Que no se pierdan, pues, las lecciones de la experiencia; y que las es- cuelas de Grecia, de Roma, de Francia, de Inglaterra y de América, nos instruyan en la difícil ciencia de crear y conservar las Naciones con leyes propias, justas, legítimas y sobre todo útiles, no olvidando jamás que la excelencia de un gobierno no consiste en su teoría, en su forma, ni en su mecanismo, sino en ser apropiado a la naturaleza y al carácter de la Na- ción para quien se instituye".
Otra muestra reveladora del aprecio e interés que por la Historia tuvo el Li- bertador, y de su anhelo de asegurar una mejor enseñanza de esta disciplina a los jóvenes, se encuentra en el método que diseñó para educar bien a su sobrino Fer- nando Bolívar, donde enumera y justifica con gran acierto, las materias que deben ser objeto de aprendizaje por parte de este familiar suyo, por quien sentía predi- lección de padre. Allí en ese escrito, señaló una pauta, más que novedosa, revoluciona-
ria, como lo demuestran las novísimas orientaciones de la Didáctica moderna para la enseñanza de la Historia, al hacer ver:
"La Historia a semejanza de los idiomas, deben principiarse a aprender por la contemporánea, para ir remontando por grados hasta llegar a los tiempos oscuros de la fábula".
Pero lo más relevante de Simón Bolívar en relación con la Historia, no es el haber sido un estudioso y conocedor de ella, ni su panegirista, convencido y entu- siasta sobre su utilidad para servir de guía a los que tienen relación con la marcha de las sociedades humanas, además de atinado y adelantado orientador de su ense- ñanza. Lo que tiene verdadera y excepcional significación, lo que justifica real- mente el que los más prominentes historiadores del mundo se hayan congregado para tributarle este homenaje es el hecho de que Simón Bolívar es en grado des- collante y en forma tal vez única por su perdurable proyección, un típico prota- gonista de la Historia.
Un típico protagonista dijimos, y así es en efecto, pues Bolívar fue un pro- pulsor de cambios históricos, al convertirse con sus cualidades excepcionales de hombre de pensamiento y de hombre de acción, en intérprete iluminado y en adalid irradiante de los anhelos colectivos y de los retos comunes de la América Hispana de su tiempo y de todos los tiempos.
La grandeza protagónica de Simón Bolívar resplandece más si lo ubicamos en el marco de la generación americana en la que le correspondió sobresalir como el mejor, pues Bolívar tuvo que convertirse en la figura estelar y aglutinante de una generación inmensa integrada por pensadores profundos y maduros, por in- telectuales cultivados, por estadistas potenciales, por combatientes fecundos y por estrategas natos llamados a brillar en los campos de batalla de todo el continente.
Pero es él, Simón Bolívar, el que le imprime a la revolución el sello de su recia personalidad, de su pensamiento profundo y original y de su conducción genial para llevarla a la victoria. Fue él, en efecto, quien concibió las grandes estrategias para abrirle a la Revolución el camino de la adhesión popular y es él también quien concibe y concreta la unidad de Colombia, ambas cosas indispensa- bles en la consolidación de la independencia de todo el continente.
Como guerrero, el papel protagónico de Bolívar fue la lucha contra el colo- nialismo opresor para hacer de América un continente de libertad, de indepen- dencia y de prosperidad, todo bajo el soporte de su integración y su unidad.
Como hombre de pensamiento, su papel protagónico fue el abrir paso a un nuevo orden de convivencia humana, sobre bases de libertad civil y política, de igualdad social, de abolición de la esclavitud y de los privilegios sociales, de supresión de viejas injusticias, de respeto a la dignidad personal, de implantación de los Derechos del Hombre, de fomento educativo y cultural y de creación de un nuevo ritmo internacional que hiciera posible convertir la . América Hispana en "una Nación de Repúblicas" para actuar como un sólido bloque de países uni- dos, integrados y solidarios, capaz de convertirse en factor de equilibrio del universo.
544 BOLETIN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA Ese gran programa de cambios transformadores de las situaciones que regían en la América Hispana lo realizó el Libertador en quince años de acción empeci- nada entre 1810 y 1825, mediante un sostenido y simultáneo esfuerzo de lucha guerrera, de creación legislativa e institucional y de política· bien inspirada de estadista provisor, que lo convierte según gráfica y atinada frase suya en un
"alfarero de repúblicas" bajo los cielos de América, pues supo modelar, a base de constancia para superar los obstáculos más disímiles, patrias independientes y soberanas, con régimen constitucional y forma republicana de gobierno.
Todo este formidable proyecto político, cuya construcción nos parece casi inverosímil, sólo fue posible gracias al despliegue victorioso de sus inagotables energías físicas y de su excepcional consistencia intelectual.
Después de doscientos años de su nacimi~nto, Bolívar sigue siendo el único hombre con autoridad para hablarnos en nombre de América y quienes nos han propuesto y nos propongan proyectos de dimensión continental, sólo lo podrán hacer hablando en nombre de Simón Bolívar.
Fue bajo la conducción y el liderazgo de Simón Bolívar, que la América His- pana vivió su mejor hora histórica; entonces los pueblos nuestros realizaron tareas que trascendieron más allá de su propia independencia pues América dejó de ser una región olvidada y menospreciada para levantarse al nivel de los pueblos que decidían la historia del universo.
Fue él, Simón Bolívar, el único que pudo conducir a su América para con- vertirla en comunidad de pueblos emergentes y dinámicos capaces de hacer sentir su presencia modificando situaciones y venciendo obstáculos.
De su éxito, lamentablemente circunstancial, como conductor genial, que hizo vivir a su América su hora estelar, no hay dudas, que lo digan por ejemplo el éxito de la diplomacia colombiana inspirada por él, frente a la imparcialidad insólita de los Estados Unidos ante el conflicto de España con sus antiguas colo- nias, que lo diga el manejo hábil y exitoso de la diplomacia colombiana frente a la política mercantilista y utilitaria de Inglaterra, y que lo diga también la vic- toria diplomática de Colombia frente a las pretensiones expansionistas y reaccio- narias de la Santa Alianza.
Pero también es verdad que después de Bolívar la América Hispana ha vi- vido horas menguadas, hemos estado y aún estamos lejos de superar y aun de igualar esos momentos de relevancia universal que vivimos bajo la conducción de Simón Bolívar, y la verdad es que sólo bajo su inspiración podríamos volverlos a vivir.
Al cumplir esa tarea ingente, de asombrosa magnitud, Bolívar se movto con impaciente y acelerado ritmo de realizaciones concretas, en un tiempo y en un mundo extraordinariamente excitante para la acción histórica de alto rango, como fue la época comprendida entre fines del siglo XVIII y los comienzos del siglo XIX, tiempo extraordinario de cambiante perfil signado por aliento de tormenta e impulso revolucionario como pocas veces se ha visto en el curso del acontecer humano. El siglo XVIII había producido como legado intelectual el pensamiento
de la Ilustración condensado en la Enciclopedia, y esa herencia ideológica, cargada de racionalismo y de espíritu crítico, sirvió de plataforma conceptual para pro- ducir en las conciencias anhelo incontenible de rápidos cambios y al influjo de esta nueva ideología fueron engendrados cuatro procesos revolucionarios de inno- vadores resultados, para implantar el imperio de la libertad de hombres y de pueblos en reemplazo del absolutismo monárquico, del despotismo arbitrario y del colonialismo opresor.
Primero había ocurrido la revolución de las trece colonias inglesas de Amé- rica del Norte, de lo cual resultó la aparición de la república federal denominada Estados Unidos de América; después, a poco andar, se produjo el tormentoso y cambiante proceso de la Revolución Francesa, que destruyó el viejo régimen político-social de predominio aristocrático y monarquía absoluta y proclamó los Derechos del Hombre y del Ciudadano con proyección universalista; luego ad- viene la Revolución de Haití, que abrió paso a la abolición de la esclavitud y a la independencia de esa colonia francesa del Caribe, y finalmente, con influjos estimulantes de todos esos cambios revolucionarios, se verifica la Revolución emancipadora de las colonias españolas del Nuevo Mundo, en la cual Bolívar va a ser el más lúcido intérprete, guía y realizador en la vasta área comprendida entre las bocas del Orinoco y las cumbres del Potosí, en el altiplano andino del Alto Perú, en cuya cima, el 26 de octubre de 1825, pronunció el Libertador pala- bras inflamadas de satisfacción espiritual por la obra libertadora de patrias que había podido realizar, al decir ante un nutrido grupo de personalidades y ante las banderas desplegadas de Colombia, Perú, Chile y Río de la Plata:
"Venimos venciendo desde las costas del Atlántico y en quince años de una lucha de gigantes, hemos derrocado el edificio de la tiranía formado tranquilamente en tres siglos de usurpación y de violencia.
¡Cuánto no debe ser nuestro gozo al ver tantos millones de hombres restituidos a sus derechos por nuestra perseverancia y nuestro esfuerzo!".
A su lado, mientras el héroe hablaba, como decoración hermosa de aquel escenario geográfico de legendaria montaña de plata, desplegaban al aire con orgullo, los colores de sus paños las banderas de las Repúblicas libres de América que él mismo había clavado y que flameaban orondas bajo un mismo cielo sacudidas por el mismo viento fresco que las elevaba bajo el impulso de un mismo soplo de libertad.
Nunca como ahora, en este momento de dificultades, había resultado tan imperativo volver los ojos hacia Simón Bolívar y a su pensamiento ductor.
Su mandato agónico de unidad e integración continental sigue resonando en todos los confines de la América, como una clarinada. El no fue un integra- cionista utópico, creyó en la unidad y en la integración de los pueblos de Amé- rica como el único camino para la solución de sus problemas y para el logro!
de sus retos.
Los hechos incontrastables de la historia le han dado la razón, la América parcelada y dividida no ha podido ofrecer solución valedera a sus problemas sociales, políticos, económicos e históricos y al desviarse el continente en su último
546 BOLETIN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA mandato: "Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la unión", comenzó la larga hora de nuestra decadencia que ha sumido a los países de la América del Sur en una etapa de desviaciones morales y políticas de las cuales en buena parte no hemos podido sobreponernos todavía. Pero por fortuna, Bolívar llega a sus doscientos años con la frescura de su pensamiento siempre vigente y la lozanía de su ejemplo y su lección; la mejor para alentarnos es sin duda su constancia;
esa resistencia suya para enfrentarse a la adversidad, ese no dejar doblegar su espíritu ante el infortunio, ese saber sacar, buscar y encontrar fuerzas para ven- cer en la desgracia, ese poder tener siempre nuevas motivaciones para perseverar en la lucha es la lección que tenemos que aprender de él, en esta hora en que se confabulan los problemas agudos con las predicciones fatalistas de los débiles de espíritu.
Distinguidos Delegados asistentes a este Congreso de Historia.
Para el gobierno y el pueblo de Venezuela es una gratísima ocasión tener a ustedes en el seno de Caracas como huéspedes de honor que han venido a pres- tigiar con su saber las jornadas de este Congreso que hoy iniciamos. Tenemos plena seguridad de que el aporte que ustedes harán para esclarecer y valorar el· tiempo y el mundo de Bolívar, será de mérito sobresaliente y de una calidad de alto grado valiosa. Quien fue estudioso insigne de la Historia, apreciador eminente de ella como guía y orientadora del proceder humano, y quien supo, como realizador de excepcionales dotes, añadir nuevos capítulos a su contenido, de alcances y pro- yecciones beneficiosos para la Humanidad, bien merece el homenaje que ustedes le· están rindiendo al congregarse en su ciudad natal para deliberar con lujo de aciertos en torno a sus relevantes actuaciones, a su obra imperecedera, a su pen- samiento inmarcesible.
Esto representa una valiosa contribución que aplaudimos y agradecemos.
Muchas gracias.
EL MUNDO DE SIMON BOLIV AR
DISCURSO DE CLAUSURA DEL CONGRESO BICENTENARIO DE SIMON BOLIVAR, POR EL DR. CARLOS FELICE CARDOT, DIRECTOR DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA Y PRESIDENTE DEL CONGRESO
El mundo de Simón Bolívar comenzó cronológicamente mucho antes de que viera la luz el insigne americano quien en estos días conmemora los doscientos años de su nacimiento. Es cierto que es a partir de 1783 cuando se inicia su ciclo vital, pero es evidente también que las ideas que alimentaron su pensamiento, le dieron alas para elevarse a alturas mentales y políticas poco igualadas, tuvieron su arraigo, se expandieron, nutrieron la mente de muchos pensadores e ideólogos y prepararon el advenimiento de sucesos que transformaron el mundo de occidente,
fueron en cierto modo una constante del siglo XIII, e impactaron las conciencias anhelantes de transformaciones profundas en todo el curso de dicho siglo, y funda- mentalmente en el siguiente.
Los ideólogos franceses y los pensadores de la Ilustración española marcaron con un sello positivo e indeleble el pensamiento que se desarrolló en América, y en no poca medida, las transformaciones que ocurrieron en la Europa de occidente y en las viejas colonias inglesas de la América del Norte.
La simultaneidad de un pensamiento común encauzado a romper los moldes de un orden establecido; sistemas tradicionales contra los que gravitaba cierto consenso tendiente a modificarlos fundamentalmente; legítimas aspiraciones hacia cambios estructurales que ya parecían constituir una postura insostenible en un mundo convulsionado por ideas políticas que eran incompatibles con situaciones imperantes, todo se conjugaba para hacer del siglo XVIII un laboratorio ideológico y político del cual salieron los elementos indispensables para una transformación de conjunto. Se inicia la gran revolución industrial y comienza el desarrollo de la máquina.
Lo que Descartes había puesto de presente en su pensamiento y difundido por la Francia absolutista pero pensante, lo habían recibido, y en cierto modo macerado, otros pensadores que llegaron más cerca de la realidad. Si aquel grande hombre no desarrolló una doctrina política propiamente tal, preparó las mentes para que pensasen y dudasen, y no aceptasen las orientaciones tal como parecían ocurrir y precipitarse en la mente de la mayoría. Las ideas debían someterse al crisol de una crítica, que en Descartes, era la duda; el de no aceptar los hechos sino cuando sobre ellos o alrededor de los mismos, podían estructurarse un cúmulo de afirmaciones o de situaciones que estuviesen ínsitamente cerca de una verdad.
Lo que no fuese evidencia estaba distante de la enseñanza cartesiana.
Esos planteamientos tuvieron sus seguidores y naturalmente, sus negadores.
Pero lo cierto es que influyeron decididamente en el siglo, y se prolongaron por diversos caminos. Sus discípulos, o quienes disentían de algunos de sus plantea- mientos, comenzaron una tarea tendiente a establecer un progreso creciente en las diversas ramas de las ciencias, de las letras y del pensamiento occidental. No fue el cartesianismo una doctrina política; una orientación humana con fines determi- nados. No. Fue una doctrina filosófica, el desarrollo de unas ideas determinadas, encaminadas a formar la mente y encauzarla por caminos intelectuales basados en evidencias, o por lo menos, cercanas a ellas. En cierto modo, enseñó a pensar, y el siglo XVIII lo colmaron una serie de personalidades que, atentos a las realidades, establecieron cátedras un tanto universales, destinadas a cambiar los esquemas tra- dicionales, y, fundamentalmente, a influir en el pensamiento político de los hom- bres y conducirlos a la orientación, al principio integrados por un grupo pequeño de mentalidades, y luego, hacia otras más numerosas, para concluir en corrientes masivas de opinión y de presión.
Cuando el siglo XVIII estaba en toda su mitad, aparece la Enciclopedia, des- tinada prácticamente a las clases dirigentes, ya que la obra por su extensión estaba fuera del alcance económico de quienes no poseían recursos suficientes, que eran la gran mayoría. La obra, en cuya redacción intervinieron una serie de