Jonathan Ned Katz
La invención de la heterosexualidad
Traducción José Luis Cisneros
Ta Erotiká Me cayó el veinte
Índice de contenido
1. La genealogía de un concepto sexual
De la historia homosexual a la historia heterosexual 2. El debut del heterosexual
Richard Von Krafft-Ebing y los médicos de la mente Psychopathia sexualis de Krafft-Ebing
El Sr. Z El Sr. von X El Sr. von Z El Sr. R
3. Antes de la heterosexualidad Una mirada retrospectiva
El amor terrenal y el amor celestial
Procreación maximizada y el pecado sodomítico
La organización del verdadero amor a principios del siglo diecinueve La interpretación del instinto sexual a finales del siglo diecinueve Cómo se llegó a esos términos
4. Creación de la mística heterosexual
Conceptos fundamentales de Sigmund Freud Placeres privados, silencio público
La heterosexualidad según Freud La creación de un heterosexual El conjuro de lo normal
5. El destape del heterosexual
Del discurso médico a los medios masivos de comunicación 6. Cuestionando la mística heterosexual
Algunos veredictos de las feministas liberales y de las feministas radicales Friedan y la mística de la feminidad
Atkinson y la odisea de una amazona Millett y la política sexual
Rubín y “el tráfico de mujeres” 7. La amenaza lesbiana contraataca
Algunas críticas de las “feministas lavanda”
“La mujer identificada-a-mujer" de las Radicalesbians El lesbianismo “Myron y Bunch”
Wittig y “el pensamiento heterosexual” Rich y “la heterosexualidad obligatoria” 8. Hacia un nuevo sistema de placer
Perspectivas
El cuestionamiento de las categorías de Mlchel Foucault Epilogo
1. La genealogía de un concepto sexual
De la historia homosexual a la historia heterosexual
A principios de la década de los años setenta, un gran número de homosexuales comenzamos, de manera exuberante, a salir de nuestras antiguas vidas secretas. Al fraguar una forma nueva y franca de vivir nuestros deseos y amores, pasamos de un ordenamiento histórico de la homosexualidad a otro. Observando el cambio que habíamos vivido, percibimos la homosexualidad con una visión doble: la imagen de nuestra anterior vida amorosa oculta, y la perspectiva de nuestra actual homosexualidad descubierta. Al romper con el viejo y estático modelo psicológico de la homosexualidad, algunos de nosotros llegamos a vernos fascinados por la exploración de la cambiante historia de la homosexualidad y luego, lentamente y sin premeditación, por la de la heterosexualidad.
En esa época muchos de nosotros cambiamos del vergonzoso "homosexual” al afirmativo "gay" y "lesbiana”, convirtiendo el poder de esas palabras en un foco de nuestra agitación política.
Quince años antes, con un naciente pavor, había aplicado por primera vez de forma consciente la palabra homosexual a mis sentimientos por los hombres la mañana después de que dormí con uno por primera ocasión. Era un amigo de la escuela preparatoria, estábamos en junio de 1956 y yo tenía tiernos y ansiosos 18 años. Incluso ahora, después de todos estos años, recuerdo todavía el terror que la palabra homosexual evocaba en esa conservadora mañana de los años cincuenta.
También recuerdo la posterior y humillante mordacidad del ¡maricón! y la mortificante punzada del ¡marica! que se me lanzaban por ver un segundo de más al hombre heterosexual equivocado.
Estos choques con las palabras explican, en parte, la exploración que hace este libro de la historia, el poder y los usos sociales de la lengua. Primero, como víctima de las palabras, sentí su capacidad de lastimar. Aquí, como historiador, las analizo minuciosamente y las cuestiono, para comprenderlas y socavar su fuerza.
Tras esa decisiva mañana de los años cincuenta, pasé los siguientes quince años avergonzado y aislado, torturado por la palabra homosexual y por mis sentimientos homosexuales. Sin embargo, imbuido de un profundo espíritu rebelde, examinaba minuciosamente los Grandes Libros del canon antiestablishment. Estar en el clóset alentaba la lectura. A inicios de los años sesenta, marché por la paz en Vietnam y aplaudí (desde la barrera) la lucha por los derechos civiles de los negros y, posteriormente, la ascensión del movimiento del Black Power.
Pero a finales de la década de los sesenta, al oír las noticias ocasionales sobre manifestaciones por parte de grupos incipientes en pro de los derechos de los homosexuales, me sentía profundamente incómodo. Los homosexuales eran anomalías psicológicas, fenómenos. ¿Por qué no se callaban y guardaban su vergonzoso problema para sí mismos? No me enteré en absoluto de los disturbios de Stonewall, de junio de 1969 —el clóset amortiguaba los sonidos del cambio que llegaban del mundo
exterior.
En septiembre de 1970 la revista Harper’s publicó: Hommo/ Hetero: The Struggle for Sexual
Identity de Joseph Epstein, y un simpático hombre heterosexual con quien compartía terapia de grupo
me dio un ejemplar. El artículo de Epstein tuvo un profundo impacto en mí.1
Su ensayo podría estudiarse ahora como un magnífico documento personal de historia heterosexual en un momento de una nueva e insegura actitud defensiva. Los heterosexuales enfrentaban un desafío insólito: "últimamente los homosexuales parecen haber adoptado el atacar la heterosexualidad como forma de vida”. Entre los nuevos militantes se encontraba, al parecer, un tal Elliot, “el peluquero de una amiga mía”:
No me cuenten sobre la gloria y las dichas de la vida de casados, dice Elliot. Sé de ellas por las mujeres con las que trabajo. Y por supuesto, en cierto modo, tienen razón. La heterosexualidad también ha tenido sus propios horrores especiales. En los últimos años yo mismo he sido testigo de cómo, mi alguna vez maravilloso matrimonio, se desmoronaba, caía y se disolvía en un divorcio. Veo a mi alrededor y veo tan pocos buenos matrimonios: conozco tanta gente que si pensara que pudiera llevarlo a cabo, no regresaría esta noche con la persona con quien está casada.2
Las hordas de heterosexuales de Epstein, encadenadas por incontables noches de desencanto a seres desamados, eran en verdad una visión lúgubre.
"Aun así, si la vida heterosexual ha llegado a parecer imposiblemente difícil” Epstein tranquilizaba a sus lectores —y a sí mismo—, "la vida homosexual parece todavía más imposible.” Escribiendo en ese género que ofrece odio presentado como sinceridad, Epstein confesaba aborrecimiento: "Pienso que la homosexualidad es una abominación y, por lo tanto, que los homosexuales están malditos [...]”.3 "Los homosexuales están malditos”, repetía después Epstein, "aquejados por un mal inexplicable [...] cuyo origen es tan poco claro que resulta, al final, un misterio”.4 El que los homosexuales se vean dañados por ensayos como éste resultaba un misterio sólo para el autor. Cerca de la conclusión de esta petulante confesión, Epstein declara:
Si tuviera el poder de hacerlo, desearía que la homosexualidad desapareciera de la faz de la tierra. Lo haría porque trae infinitamente más dolor que placer a quienes se ven forzados a vivir con ella; porque creo que no hay resolución para este dolor en nuestra vida, sólo hay, para la inmensa mayoría de los homosexuales, más dolor y varios grados de irritante adaptación; y porque de forma totalmente egoísta, me descubro completamente incapaz de aceptarla.5
Al leer las palabras de Epstein en 1970 experimenté con nueva y sorprendente fuerza la intensidad del odio a los homosexuales. Después advertí que desear es la única cosa que todos podemos hacer. Así que el condicional expresa Epstein, “desearía que la homosexualidad desapareciera de la faz de la tierra”, es una mentira. En realidad deseaba que la homosexualidad (y los homosexuales) "desapareciesen de la faz de la tierra”, pero no podía decirlo. El deseo genocida es algo vergonzoso
para un judío.
El odio que alimentaba el ensayo de Epstein también tuvo un efecto revelador en mí. Comprendí que mis sentimientos homosexuales nos convertían a mí y a otros en objetos de "prejuicio” —sujetos como grupo a estigmas, como los negros, como las mujeres. Aunque resulte extraño decirlo, esta era una idea nueva.
Con lentitud, esa conciencia naciente me hizo salir al mundo. Temblando de miedo, empecé a explorar los recientemente fundados grupos de liberación homosexual de la ciudad de Nueva York. La elocuente oratoria de los líderes gay retumbaba en mis oídos. Veía el mundo con ojos nuevos. Participaba en actos públicos y tomé parte en intensos grupos privados de debate. Marché con un póster que proclamaba en inglés; “HOMOSEXUALS ARE REVOLTING. YOU BET WE ARE!"* (Los asquerosos homosexuales están rebelándose. ¡Puede usted apostar que sí!)
En el invierno de 1971, a la edad de treinta y tres años, me sentía mejor con respecto a mí mismo después de años de psicoterapia con un heterosexual bondadoso y compasivo quien, cuando niño, había observado de primera mano el odio nazi. Años antes, él había rechazado mi queja inicial de que la homosexualidad era mi problema. Ahora, yo comenzaba a asistir a las estridentes reuniones semanales de la Gay Activists Alliance de Nueva York, y en sólo unos cuantos meses, superé un cambio desestabilizador. De esas frenéticamente estimulantes reuniones, llegaba a casa exhausto y tambaleante por el cambio intenso y abrupto en comprensión y emociones que estaba experimentando tan de prisa.6
Mi experiencia de ese cambio histórico fue, creo yo, típica de muchos homosexuales de clase media que llegaron a la adultez antes de los disturbios de Stonewall de 1969. Experimentamos una transformación fundamental —de una percepción sobre nosotros mismos de ser monstruos-fenómenos individuales, a una percepción compartida sobre nosotros como insumisos agraviados.7 Dentro del movimiento gay reafirmé mis sentimientos afectivos y eróticos por los hombres, las emociones particulares por las que mi sociedad me denigra —y por las cuales, durante muchos años, yo me denigré.
Aunque entonces, de manera despreocupada, me identificaba como un "hombre gay", en mi mente estaba reafirmando mis sentimientos hacia los hombres y no alguna "personalidad” gay. A principios de los años setenta, aún cuando no empleaba estos términos, empecé a abrazar una política de sentimiento y placer, no de identidad.8
Mi participación en el movimiento gay pronto me llevó a imaginar por primera vez algo como una historia de la homosexualidad. En una reunión del comité para medios de comunicación de la Gay
Activists Alliance discutimos formas de describir nuestro nuevo movimiento y decidí realizar
investigaciones para una obra de teatro documental sobre la vida y liberación lésbico-gay. Utilizaría materiales históricos y literarios de los Estados Unidos para evocar de manera dramática nuestra cambiante situación, nuestras emociones y entendimiento.9
La investigación para mi obra teatral comenzó "con sólo una suposición: que la historia gay estadounidense debe de existir”.10 La idea de una historia gay era en verdad una presunción. En
ese entonces la homosexualidad se encontraba absolutamente reducida a lo psicológico. La obra teatral de agitación y propaganda Corning Out! fue producida por la Gay Activists Alliance en junio de 1972 y vuelta a montar el siguiente junio en un diminuto teatro de Chelsea.11 Los comentarios de Martin Duberman sobre la producción, que aparecieron en la primera página de la sección dominical sobre teatro de The New York Times, motivaron a un editor a darme un contrato para un libro de documentos sobre la historia homosexual y Gay American History: Lesbians and
Gay Men in the U.S.A. se publicó tres años después, a finales de 1976.
Ese título anunciaba el libro de manera adecuada para su tiempo: El Gay proclamaba su punto de vista liberacionista, el American traía a los homosexuales a casa y el History reclamaba su recuperación de un pasado desconocido. Ese título atraía emocional e intelectualmente a los muchos hombres y mujeres que estaban ansiosos de descubrir sus oscuras "raíces” y ávidos de reafirmar sus sentimientos homosexuales y lésbicos.
La meta de ese libro, proclamado sin modestia por mí en la forma belicosa propia de ese tiempo, era nada menos que "revolucionar el concepto tradicional de la homosexualidad”. Porque ese "concepto es tan profundamente ahistórico”, declaro, "la existencia misma de la historia gay puede ser recibida con incredulidad”.12 En 1976, la frase "historia gay" en verdad se escuchaba extraña. Aunque, en retrospectiva, un número sorprendente de libros y artículos habían comenzado a mencionar las actitudes cambiantes hacia los homosexuales en la historia, la existencia de una "historia gay estadounidense” todavía se dudaba. Incluso a este historiador y militante gay la frase le resultaba abrumadora.
Cerca de la publicación del libro, mucho después de que había acumulado montones de documentos, recuerdo que me senté en un muelle del Río Hudson con un antiguo novio y le pregunté si realmente debía atreverme a llamar el libro Gay American History. Mi preocupación no tenía en lo absoluto nada que ver con el efecto aplastante, negador de diferencias y universalizante de referirse a cuatrocientos años de historia como "gay". Me preocupaba que el título Gay American
History afirmara de una forma demasiado osada la existencia de una historia que yo no estaba seguro
de tener el valor de declarar y sostener tan airadamente.
Entre las publicaciones que hicieron que una historia homosexual pareciera posible y menos extraña, estuvieron los nuevos libros y artículos que entonces aparecían sobre la historia de las mujeres — generalmente los sujetos adoptados eran mujeres heterosexuales. Recuerdo la tremenda emoción que sentí cuando los problemas encontrados y las revelaciones ofrecidas sobre las mujeres heterosexuales por esas osadas primeras historiadoras feministas seguían resultando paralelos e iluminaban la historia lésbico-gay.
Asimismo, una desestabilización básica de la dicotomía heterosexual / homosexual se encontraba ya en marcha. A principios de la década de los años setenta, varios manifiestos de liberacionistas gay y lesbianas radicales imaginaban un futuro en el que la distinción heterosexual / homosexual sería anulada.13 En 1970, un grupo de “lesbianas radicales" declaró: “En una sociedad en la que los hombres no oprimieran a las mujeres y se permitiera a la expresión sexual guiarse por los sentimientos, las categorías de homosexualidad y heterosexualidad desaparecerían.”14 En 1971, Dennis Altman, profesor australiano de política, dijo en Homosexual Oppression and Liberation:
“La visión de liberación que tengo es precisamente una que convertiría la distinción homosexual / heterosexual en irrelevante".15 En ese vertiginoso, esperanzador y vigorizante amanecer de la liberación lésbico-gay, la abolición de la heterosexualidad y el fin de la homosexualidad flotaban en el aire. Nos atrevíamos a imaginar un futuro sexual radicalmente libre y diferente. Aún nos quedaba por imaginar un pasado sexual radicalmente diferente.
Gay American History trata someramente la idea de que las relaciones "homosexuales” y
"heterosexuales” tienen "rasgos” históricos cambiantes.16 Pero eso es prácticamente hasta donde llegué sobre la historia heterosexual —no muy lejos. Mi objetivo principal en aquel entonces era demostrar la existencia de una vasta cantidad de materiales sobre la historia homosexual que eran originales, reveladores y entretenidos, y estimular la investigación y el análisis de una historia que no se había contado.
Sin embargo, sugiero que no es una buena idea ‘‘‘acomodar’ relaciones pasadas en uno u otro polo de la tradicional dicotomía heterosexual-homosexual”. Un año antes, la historiadora Carroll Smith-Rosenberg había publicado un revolucionario artículo sobre las intensas y eróticas amistades de mujeres estadounidenses del siglo diecinueve, The Female World of Love and Ritual. Para entender esa intimidad, sugería, necesitamos ir más allá de la división "o bien heterosexual o bien homosexual” y acoger la idea de un "continuo” de dichas relaciones. Ella imaginaba que ese continuo (siguiendo la pauta establecida por Alfred Kinsey en 1948), tenía a la "heterosexualidad comprometida” en un polo y a la "homosexualidad intransigente" en el otro.17
En 1976, modificando el planteamiento de Smith-Rosenberg, sugerí que “la categorización de las relaciones humanas como homosexuales o heterosexuales debería ser remplazada por investigaciones que tengan como propósito revelar los múltiples aspectos de las relaciones particulares que sean objeto de estudio".18 Junto con otros, comenzaba a percibir el efecto deformante de emplear la distinción heterosexual / homosexual en el análisis histórico retrospectivo.19
Como la mayoría lo entendía entonces, una homosexualidad y una heterosexualidad atemporales y universales toman diferentes formas históricas. En el momento en que yo escribía, nadie a quien yo conocía le preocupaba mucho el efecto deformante de plantear la hipótesis de una esencia homosexual eterna. Nos preocupábamos aún menos por una heterosexualidad sempiterna. Hoy, después de dos décadas de investigación, la idea de formas históricas variantes de una homosexualidad y una heterosexualidad esenciales todavía funciona como el concepto de trabajo dominante, incluso para los investigadores enfocados hacia la historia. En 1988, por ejemplo, bajo la paralizante manecilla de este existencialismo, el autor de una enorme y erudita historia de "la formación social de la homosexualidad” se refiere a "la homosexualidad” en el período “antes de la homosexualidad”, sin que al parecer la contradicción le moleste.20 Cómo trascender el concepto de una esencia heterosexual (y homosexual) sin cambios es un problema al que me enfrento en este libro.
En 1977, con enorme emoción, ávidamente, leí la primera historia social de la lucha por la emancipación lésbico-gay inglesa: Coming Out: Homosexual Politics in Britain, from the
Nineteenth Century to the Present, de Jeffrey Weeks.21 Ese libro confirmó la dirección de mi propio pensamiento, alentando y estimulando creativamente mi trabajo. Le escribí a Weeks de inmediato,
ansioso de ponerme en contacto con un historiador gay de mentalidad similar de izquierda, complacido de que un pequeño grupo internacional de conspiradores gay y lesbianas estuviera iniciando de manera callada cierto trabajo de recuperación de la historia homosexual.
También había investigaciones pioneras que comenzaban a ser publicadas por diversos especialistas, motivando más trabajo sobre el tema desde dentro y desde fuera de la comunidad académica.22 En 1980 la prestigiosa University of Chicago Press publicó la monumental obra de John Boswell Cristianismo, Tolerancia Social y Homosexualidad.23 La ostentada obsesión de ese autor por las notas al pie de página, su dominio de numerosos idiomas, su abundancia de datos empíricos sobre un tema de gran interés para muchos, las críticas positivas y prominentes, las grandes ventas de su libro, constituyeron un importante evento legitimador en el avance de la investigación de la historia sexual en general y de la investigación de la historia homosexual en particular. El siguiente año, Surpassing the Love of Men: Romantic Friendship and Love Between Women from the
Renaissance to the Present, de Lillian Faderman,24 nuevamente validó el estudio de la historia lésbica.
Sin embargo, una historia específicamente heterosexual permanecía generalmente todavía desapercibida e inadvertida, aunque unas cuantas historiadoras feministas comenzaban a establecer de manera explícita la heterosexualidad en el tiempo. Una de ellas era Mary P. Ryan, en su Womanhood in America: From Colonial Times to the Present.25
En el invierno de 1997 hice una reseña del libro de Ryan en la prensa homosexual, fascinado por la "simple innovación conceptual” de esta historiadora. Era su desenfadada referencia a "relaciones heterosexuales” y a "mujeres heterosexuales", en lugar del usual "relaciones sexuales” y "mujeres". El que puntualizara la heterosexualidad hacía que surgiera nuevamente un problema. Comenté: “la existencia de algo en particular llamado historia heterosexual, junto con la historia homosexual, aún no ha sido reconocido de manera general, ni se han analizado sus implicaciones".26 Mencionar la "historia heterosexual” aseveraba su existencia, un paso necesario para analizarla.
El siguiente año, 1978, en un congreso de la Universidad de Nueva York sobre "El poder y la sexualidad”, mi conferencia inaugural versó sobre los problemas empíricos y teóricos que emergían en los trabajos recientes sobre historia homosexual. Esas investigaciones, dije:27
sugieren la existencia de una historia heterosexual que necesita reconocerse y explorarse, más bien que simplemente darse por sentada.
Procedí a explicar con más detalle:
La investigación sobre el pasado homosexual nos inspira a poner en duda la necesidad de la división actual de las personas, actividades y sentimientos en heterosexuales y homosexuales. Incluso el famoso continuo de Kinsey de las actividades y sentimientos sexuales mantiene la actualmente dominante y tradicional división homosexual-heterosexual. Las investigaciones sobre las relaciones entre individuos del mismo sexo en el pasado ponen en duda la aplicabilidad de este modelo heterosexual-homosexual en las sociedades que no reconocían dicha polaridad. Si nos
causa problemas imaginar un mundo sin heterosexuales u homosexuales, una perspectiva histórica resulta útil. El término "homosexual” se inventó apenas en 1869 (en la actualidad el año se ha cambiado a 1868). El primer uso de "heterosexual” incluido en el Oxford English Dictionary Supplement data de 1901. (El más reciente Oxford English
Dictionary Supplement ubica la fecha en 1892 y “heterosexual” también se ha remontado a
1868.)28Aparentemente, los términos heterosexual y homosexual se volvieron de uso común sólo a partir del primer cuarto de este siglo; antes de entonces, si las palabras sirven como guías para los conceptos, la gente no concebía un universo social polarizado entre heterosexuales y homosexuales. Si no deseamos imponer nuestra visión moderna al pasado, necesitamos primero preguntar qué términos y conceptos utilizaba la gente de una era determinada para referirse a las relaciones sexuales y afectivas entre mujeres y entre hombres. Necesitamos trascender la división heterosexual-homosexual.
29
Desde la traducción en 1978 del primer volumen de La historia de la sexualidad de Michel Foucault,30 el trabajo de este pensador ha influido de manera profunda en la interpretación de la historia sexual realizada por los investigadores de habla inglesa. Como lo aclararé más adelante, mi análisis de la historia homosexual y heterosexual le debe mucho a Foucault. Pero, dado que en la actualidad los eruditos más jóvenes con frecuencia escriben como si Foucault hubiera iniciado la investigación sobre la historia sexual desde su puesto en las alturas del mundo académico francés, hago la observación de que la investigación sobre la historia homosexual debe su impulso principal a los movimientos gay, lésbico y feminista, no a este gran hombre por sí solo.31
La influencia de Foucault resulta clara en el ampliamente leído Sexual Matters: On Conceptualizing
Sexuality in History (1979) de Robert A. Padgug,32 quien advertía: "Las categorías sexuales que a nosotros nos parecen tan obvias, aquellas que dividen a la humanidad en ‘heterosexuales’ y ‘homosexuales’ parecen desconocidas para los antiguos griegos". Este autor advertía que debemos evitar proyectar nuestras categorías actuales sobre sociedades pasadas, las que organizaban a la gente y a la sexualidad de maneras muy diferentes. La necesidad de evitar el anacronismo al leer y escribir la historia sexual —reiterada repetidamente por varios autores— indica una fuerte tendencia hacia tales proyecciones retrospectivas engañosas.
Padgug también criticaba específicamente la noción común de que las "esencias sexuales” definen a personas llamadas homosexuales y heterosexuales. En la sociedad de la antigua Grecia, decía, “no existían los ‘homosexuales’ y los ‘heterosexuales’ en el sentido moderno”. La redacción concedía que los heterosexuales y los homosexuales podrían haber existido en algún sentido antiguo.
También cuestionaba, de manera ambigua, la aplicación de homosexual y heterosexual a actos en la antigua Grecia. Para los griegos del período clásico, "la homosexualidad y la heterosexualidad [...] eran en efecto grupos de [...] actos”, pero “no necesariamente actos relacionados muy de cerca...”.33 Este historiador negaba, por último, que heterosexual y homosexual tuvieran ninguna existencia significativa en la antigua Grecia: Esas "categorías en sí mismas [...] no tenían significado en la antigüedad”.34 Estos planteamientos alentaban mi interés en cuestionar las categorías.
Para 1981, había escuchado a Lisa Duggan —una joven historiadora feminista amiga mía— leer el borrador de un ensayo sobre las mujeres, la sociedad estadounidense en la década de 1920 y "la imposición social de la heterosexualidad”.35 Unos cuantos días después la frase de Duggan provocó en mi cabeza un destello de inspiración. Me llegó de repente e incluso murmuré en voz alta: "la heterosexualidad no sólo fue ‘impuesta’, fue ‘inventada’”. Algunos meses después de esa epifanía, leía a nuestro pequeño grupo de estudio del sexo en la historia, la primera versión de un ensayo, "The Invention of Heterosexuality”, que exploraba la hipótesis de que la heterosexualidad, al igual que la homosexualidad, son una creación histórico-social.36 El grupo me animó a que continuara.
El comentario sobre la "invención” histórica de la heterosexualidad se incorporó en tres ensayos analíticos en mi segundo libro sobre la historia homosexual estadounidense. Pero cuando el Gay /
Lesbian Almanac apareció en 1983, pocos lectores parecían estar tan emocionados como yo por su
más sorprendente revelación: el discurso histórico sobre la "heterosexualidad” era una invención moderna. Nuestro término heterosexualidad, adoptado para describir un amor sexual que es más viejo que Matusalén, era de un origen bastante reciente, y tenía una historia de definiciones cambiantes y rebatidas.37
Mis ideas sobre la invención de la heterosexualidad habían tomado mayor claridad a principios de los años 1980, al analizar más de cerca algunos artículos en revistas médicas de la década de 1890. En ellos, los psiquiatras describían por primera vez al "homosexual”. Empecé a notar que varios de esos doctores también se referían al "heterosexual", pero como ¡un pervertido!38Me di cuenta de que fue sólo de manera gradual que la palabra heterosexual llegó a indicar el presupuesto ideal erótico entre los diferentes sexos que conocemos hoy en día. Al ir tras la creación de la homosexualidad a través del tiempo, había tropezado, de manera inesperada, con otra escena originaria, un evento fundamental anteriormente desapercibido, la ocasión en que la heterosexualidad fue concebida. A principios de los años ochenta, planteaba yo la hipótesis de que los términos heterosexualidad y homosexualidad indican formas históricamente específicas de nombrar, concebir, valorar y organizar socialmente a los sexos y sus placeres. Este libro presenta mis argumentos.
Resulta peligroso presentar este libro sobre la historia de la heterosexualidad junto con la historia personal de un "homosexual”, sobre la "historia de la homosexualidad”. Podría darle armas a quienes están ansiosos de descalificar esta historia como el discurso rimbombante y parcial de un "interés especial” —como si un escritor con inclinaciones heterosexuales pudiera contar esta historia desde el punto de vista de lo universal. Dada la confesión con que se abre este libro, podría pensarse que trata sobre la homosexualidad. No es así.
Centro esta historia en la materialidad mundana de la palabra heterosexual porque el discurso sobre el erotismo entre individuos de sexo diferente con mucha frecuencia y facilidad se desliza hacia el discurso sobre la homosexualidad, dejando a la heterosexualidad —otra vez— olvidada. Al apegarme estrechamente a la palabra heterosexual, intento ceñirme a ese escurridizo tema. El término heterosexual brinda evidencia concreta de cambios sorprendentes en el concepto e ideal de heterosexual —las formas en que el amor sexual se ha entendido y valorado.39 Y puesto que
desde finales del siglo diecinueve el heterosexual y el homosexual han bailado en un estrecho abrazo dialéctico, también me refiero brevemente a la historia del homosexual.
También me centro en la aparentemente simple palabra heterosexual porque cualquier discusión de la heterosexualidad amenaza con expandirse, de manera amedrentadora, hasta incluir todo sobre las relaciones de las mujeres y los hombres. La noción intimidante de que la heterosexualidad alude a todo lo de sexo, género y erotismo diferentes resulta ser uno de los trucos conceptuales que evita que la heterosexualidad se convierta en el foco de un análisis sostenido y crítico. No se puede analizar todo.
Acepto de inmediato que mi referencia a la heterosexualidad como "inventada” puede muy bien parecerles excéntrica a algunos lectores. Aunque la palabra heterosexual pueda haber sido inventada recientemente, con seguridad los sentimientos y actos no lo son. Cuestionar nuestra creencia en una heterosexualidad universal va totalmente en contra del sentido común actual.40Aun así, hablo de la invención histórica de la heterosexualidad para impugnar de frente nuestra presunción común de una heterosexualidad eterna, para sugerir el estatus inestable, relativo e histórico de un concepto y una sexualidad que generalmente presuponemos fueron labrados en piedra, hace mucho tiempo.
La heterosexualidad, asumimos con frecuencia, es tan vieja como la procreación, tan antigua como la lujuria de los caídos Eva y Adán, tan eterna como la diferencia de sexo y género de esa primera dama y ese primer caballero. La heterosexualidad, imaginamos, es esencial, estática, ahistórica. Esa hipótesis es nuestro no examinado punto de partida habitual cuando pensamos en la heterosexualidad —si pensamos en ella.
Cuando se pone en duda, lo más probable es que apoyemos con tres argumentos la idea de una heterosexualidad inmemorial:
1) un imperativo de procrear o perecer hace a la heterosexualidad una necesidad perpetua;
2) todas las sociedades reconocen distinciones básicas entre las hembras y los machos humanos,
las niñas y los niños, las mujeres y los hombres —esas diferencias biológicas y culturales son la fuente de una sexualidad inmortal que es heterosexual;
3) el placer físico generado por las uniones de hembras y machos sigue siendo la base inmutable de
una heterosexualidad eterna.
Para cuando termine este libro, espero sacudir su convicción de que esos argumentos son simples, obvios e indiscutibles. A pesar de lo que nos han dicho, voy a proponer que la heterosexualidad no es idéntica al coito reproductivo entre los sexos; la heterosexualidad no es lo mismo que las distinciones sexuales y las diferencias de género; la heterosexualidad no equivale al erotismo de las mujeres y los hombres. La heterosexualidad, sugiero, indica una disposición histórica particular de los sexos y sus placeres.
Por supuesto, una necesidad reproductiva, las distinciones entre los sexos y el erotismo entre los sexos han existido por mucho tiempo; pero la reproducción sexual, las diferencias sexuales y el placer sexual se han producido y combinado en diferentes sistemas sociales de formas radicalmente
diferentes. No fue sino hasta hace cien años, voy a argumentar, que esas formas fueron heterosexuales. Presentaré evidencia de que la diferencia sexual (lo hetero) y el placer sexual (lo sexual) no siempre han definido la esencia socialmente autorizada de las uniones de los sexos. Un ideal erótico oficial, dominante, de sexos diferentes —una ética heterosexual— no es antiguo en lo absoluto, sino una invención moderna. Nuestra creencia mítica en una heterosexualidad eterna — nuestra hipótesis heterosexual— es una idea ampliamente propagada sólo en las tres últimas cuartas partes del siglo veinte.
Acepto que la idea de una heterosexualidad primordial es fuerte en nuestra sociedad, un signo poderoso bajo cuya influencia todos aún desarrollamos nuestras vidas, sea donde sea que obtengamos nuestros placeres.41 A diferencia de la desacreditada teoría victoriana de una peligrosa masturbación que ponía en peligro la vida, un onanismo agotador, la hipótesis de finales del siglo diecinueve de un universal sexo por placer entre macho y hembra todavía representa para la mayoría de nosotros una verdad viva y atemporal. Por esa misma razón rastrear la historia del concepto sexual y heterosexual resulta particularmente sorprendente e informativo.
Pero sacudir nuestra sabiduría sexual convencional es tarea difícil. Casi nunca nos enfocamos por mucho tiempo en el acertijo de la heterosexualidad —nuestra mirada regresa con rapidez al "problema de la homosexualidad”. El problema de la heterosexualidad se resiste a la problematización de manera tan resuelta como varias otras formas peculiares de sentir, actuar, hablar y pensar.
Le damos un nombre y hablamos de un problemático “travestismo”, al deseo de vestir con ropa del otro sexo. Generalmente no le damos un nombre ni hablamos del fuerte deseo de vestir con ropa del sexo propio.42 ¿Pero por qué la mayoría de nosotros sentiría una ansiedad intensa por vestir ropa del otro sexo en público? ¿Acaso no sugiere nuestro ferviente deseo de vestir ropa de nuestro propio sexo un misterio que debe ser explicado?
Le damos un nombre y hablamos de un molesto "transexualismo", al sentimiento de ser del otro sexo, al deseo de habitar el cuerpo de ese otro sexo. No le damos un nombre ni hablamos mucho acerca del sentimiento de ser del mismo sexo —del sexo que pensamos que somos, el sexo en el que la mayoría de nosotros deseamos permanecer. ¿Pero acaso sentirnos relativamente cómodos con nuestro sexo y nuestro intenso deseo de mantener la integridad de nuestro sexo no indica algo que necesita ser explicado, tanto como el "transexualismo"?
Le damos un nombre y hablamos de "raza" y la mayoría de las veces especificamos "afroestadounidenses” o “negros", no "blancos". Mencionamos una "historia negra estadounidense", pero rara vez una "historia blanca estadounidense". Sólo recientemente el ser de la "raza blanca” y de una tradición cultural "blanca” se han convertido en objetos de investigación sistemática de la manera en que el ser de una tradición afroestadounidense se estudia ahora —después de una larga y difícil lucha por ganar visibilidad. Aunque la mayor parte de la historia ha sido escrita como la historia de los blancos, no se ha centrado con frecuencia en el cambiante ordenamiento histórico de la condición de ser blanco, sus usos y abusos. Esa categoría racial y estructura de poder dominante continúa siendo privilegiada, uniformizada, naturalizada y olvidada, como la heterosexualidad.43
Hablamos con frecuencia de la historia de las mujeres, pero con menor frecuencia de la de los hombres. Porque la historia de los hombres no ha movido las mismas cuestiones que la de las mujeres, estimulada recientemente a la investigación por el empuje compensatorio de las feministas. Dado que la mayoría de los escritos históricos del pasado se han enfocado en las actividades de los hombres e ignorado las de las mujeres, el impulso inicial de las feministas ha acentuado la recuperación de la historia de las mujeres. Es sólo recientemente que la cambiante organización social de la masculinidad y de los hombres ha comenzado a recibir el mismo minucioso escrutinio histórico.44
A menos de que nos presionen voces insistentes y poderosas, no nombramos la "norma”, lo "normal” y el proceso social de "normalización” y mucho menos los consideramos temas complicados, adecuados para ser sometidos a penetrantes cuestionamientos.45 El análisis de lo "anormal”, lo "desviado", lo "diferente" y de “otras” culturas "minoritarias", al parecer, ha tenido mucho mayor atractivo.
No obstante, el deseo profundo que se apodera de algunos de nosotros por vestir con ropa de nuestro propio sexo, y la profunda convicción de algunos de nosotros de que sentimos como siente el sexo del que somos —si pensamos en estas emociones— son tan enigmáticos y complejos como el travestismo y el transexualismo. ¿Por qué normas externas sobre el vestir y el sexo habrían de tener influencias tan profundas y poderosas sobre muchos de nosotros? Después de todo, ¿cómo es que siente nuestro sexo? ¿Cómo hemos de saberlo? ¿En realidad pensamos que existen emociones que son específicas para un sexo y no para el otro? ¿Quién lo dice? ¿Y por qué importa e importa tanto? Parece que necesitamos saber más sobre la producción social e histórica de sentimientos sexuados, cuerpos sexuados y ropa sexuada.
Pienso que el estudio crítico y profundo de la institución social e histórica de la condición de ser blanco y de la masculinidad revelará también mucho sobre la estructura social de la supremacía blanca y la dominación masculina —tanto como el estudio crítico de la historia erótica entre los dos sexos revelará sobre la creación cultural del dominio heterosexual. El examen de dichas normas y sistemas socialmente institucionalizados y antes incontrovertidos puede brindar una sorprendente nueva visión de un universo social "normal” previamente invisible y dado por sentado, el cual coexiste con el mundo “desviado”, más profundamente examinado —y tal vez incluso perturbar para siempre nuestra idea de norma y desviación.
En este momento, los heterosexuales activos podrían estar nerviosos de que un libro que desafía los supuestos sobre la heterosexualidad también cuestione la legitimidad de sus emociones, conductas, relaciones e identidades heterosexuales. Por lo tanto, permítanme explicar: este libro no pone en duda el valor de la heterosexualidad de nadie y este libro tampoco representa la venganza del homosexual, un intento de denigración a la inversa.
Otra de las ansiedades sobre las que me expreso aquí es la percepción de que la historia de una heterosexualidad socialmente construida desacredita a la heterosexualidad. Ese miedo surge porque los deterministas biológicos han convencido a muchos de nosotros de que el sentimiento sexual "real” de un individuo se encuentra fundamentado fisiológicamente y de manera inmutable y por lo tanto es "natural", "normal" y bueno.
De forma similar, algunos sexólogos han insistido en que las emociones eróticas de un individuo, aunque sólo centradas después del nacimiento en un proceso de interacciones sociales, se determinan a una edad temprana y de por vida —y, por eso, imaginamos, son auténticas y buenas. La idea de que los sentimientos heterosexuales y homosexuales son legitimados por medio de dichos determinismos biológicos o sociales constituye una creencia popular generalizada de finales del siglo veinte.
A muchos les parece que la idea de que la heterosexualidad y la homosexualidad son históricamente construidas, desafía la realidad, la profundidad y el valor de sus deseos. Esa percepción, creo yo, está equivocada. La calidad emocional, el valor estético y ético y la valía cultural y personal de cualquier eros, es independiente de la biología y de sus orígenes social e individualmente construidos.
En este libro me centro en dos períodos importantes en la historia de la heterosexualidad. El primero es la era de finales del siglo diecinueve, cuando este término y concepto fueron creados por primera vez y cuando aún eran inestables. El segundo es la época que inicia en la década de 1960, cuando la heterosexualidad fue otra vez desestabilizada —en esta ocasión, por las feministas, y después por los liberacionistas lésbico-gays.
También me enfoco en la influencia de varios hombres en la confección de la idea y del ideal heterosexual. Dado que Karl María Kertbeny, Richard von Kraft-Ebing, Sigmund Freud, y la mayoría de los demás teóricos pioneros de la heterosexualidad eran hombres, no parece ser poco probable que el punto de vista social particular de ese género haya influido profundamente sus —y nuestras— ideas acerca de la heterosexualidad. Por lo tanto, planteo la cuestión de cómo las teorías de estos doctores varones (y, más tarde, las de las feministas mujeres) sobre la heterosexualidad afectaron sus diferentes ideas de la heterosexualidad femenina y masculina.46
Cada uno de los padres fundadores de la heterosexualidad también era "blanco" y dado que la sociedad europea occidental y anglo-estadounidense ha dividido de manera insistente a la gente de color y cultura diferentes por "raza”, el residuo de una perspectiva blanca también puede ser encontrado dentro de las teorías de la heterosexualidad. La asociación de Freud de "civilización" y heterosexualidad, lo "primitivo” y la homosexualidad, viene a la mente, y se insinúan las complejas intersecciones de la raza y la heterosexualidad.47
Este pequeño libro sobre un tema vasto realiza un primer intento exploratorio para sacar a la luz las implicaciones de una heterosexualidad históricamente específica.48 Delineo en él el relato preliminar y tentativo de una historia heterosexual que aún requiere de investigación empírica detallada y de análisis extenso. Mi objetivo es impulsar el análisis crítico de la heterosexualidad iniciado en las décadas de 1960 y 1970 por las feministas y por los liberacionistas lésbico-gays. Estaré satisfecho si este trabajo estimula más investigaciones históricas sobre la heterosexualidad y nuevas interpretaciones basadas en esa revisión radical —incluso si dicha investigación revisa y corrige mis propias conclusiones.
Pero, si como digo, la heterosexualidad fue inventada, ¿quiénes fueron sus inventores?, ¿dónde hicieron su trabajo?, ¿cuándo fue inventada?, ¿qué, exactamente, fue inventado? Y, por último —la pregunta más difícil— ¿por qué?
Mientras que examinamos evidencias y exploramos algunas respuestas a esas preguntas, le pido que suspenda, temporalmente, nuestra habitual hipótesis universalizante de lo heterosexual. Venga conmigo a un viaje al pasado sexual de los sexos, para observar y examinar la invención de la heterosexualidad.
Unos cuantos escritores pioneros, que trabajan en su mayoría en departamentos de inglés, han comenzado recientemente a cuestionar de nuevo los usos sociales de la división heterosexual / homosexual. Me refiero, principalmente, a Eve Kosofsky Sedgwick, con su obra Between Men:
English Literature and Male Homosexual Desire, Columbia University Press, Nueva York, 1985, y
especialmente con su Epistemología del armario, Ediciones de la Tempestad, Barcelona, 1998; a Judith Butler, El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad, Paidós Ibérica, Barcelona, 2007; Inside/Out: Lesbian and Gay Theories, Diana Fuss ed., Routledge, Nueva York, 1990;, Talk on the Wilde Side, Cohén ed., Routledge, Nueva York, 1993. Pero este libro es el primer estudio y análisis histórico empíricamente fundamentado del discurso sobre la heterosexualidad.
Notas
1 Joseph Epstein, "Homo/Hetero: The Struggle for Sexual Identity, Harper’s Magazine 241:144, septiembre de 1970, pp. 3751.
2 Idem, p. 46. 3 Idem, p. 43. 4 Ibidem.
5 ídem, p. 51.
* El autor hace un juego de palabras con “revolting" que quiere decir tanto “asqueroso” como "rebelándose”. [N.del T.]
6 Jonathan Ned Katz, Gay American History: Lesbians and Gay Men in the U.S.A., T. Y. Crowell, Nueva York, 1976, p. 1.
7 ídem, pp. 12.
8 Sospecho que el concepto de una "identidad” basada en los sentimientos eróticos y afectivos
propios y una política que afirme dicha “identidad” no explican el activismo de muchos de aquellos cuyas energías han alimentado los movimientos gay, lésbico y, más recientemente, el movimiento queer, ni las acciones para organizarse contra el SIDA. Los conceptos de “identidades" gay y lesbianas y de "políticas de identidad" han sido los términos principales que hemos utilizado para explicar la afirmación abierta y masiva del sentimiento erótico y afectivo que alimenta el movimiento lésbico-gay moderno. Necesitamos otros términos analíticos.
9 Anteriormente, Martin Duberman había escrito una exitosa obra teatral, In White America, a partir
de documentos históricos sobre el conflicto entre los afroestadounidenses y los blancos. Probablemente yo tenía ese modelo en mente, aunque no había visto la obra de Duberman. A finales de la década de 1960 había realizado investigaciones para dos obras radiales documentales y en 1973 y 1974 publicada dos libros sobre negros de la resistencia en la era esclavista. Junto con mi padre, Bernard Katz, escribí Black Woman: A Fictionalized Biography of Lucy Terry Prince, Pantheon, Nueva York, 1973, y también mi Resistance at Christiana: The Fugitive Slave Rebellion, Christiana, Pennsylvania, September 11, 185, T. Y.Crowell, Nueva York, 1974.
10 Jonathan Ned Katz, Gay American History, op. cit.
11 Jonathan Ned Katz, Corning Out!: A Documentary Play About Gay and Lesbian Life and
Liberation, Arno Press, Nueva York, 1975. Incluye reimpresiones de facsímil de la mayoría de las reseñas de la prensa general y de la prensa gay.
12 Jonathan Ned Katz, Gay American History, op. cit., p. 6.
13 Consultar, por ejemplo, Marty Anderson, "Is Heterosexuality ‘Natural’?”, The Ladder, junio/julio
de 1969, pp. 47; reimpreso en Barbara Grier y Coletta Reid, eds., The Lavender Herring: Lesbian Essays from The Ladder, Diana Press, Baltimore, Maryland, 1976, pp. 55-60, atribuido a Martha Shelley. También reimpreso en "The Causes and Cures of Heterosexuality", de Rita Laporte, pp. 43-49.
14 Lesbianas Radicales, "The Woman-Identified Woman" (1970), en Anne Koedt, Ellen Levine, y
Anita Prapone, eds..., Radical Feminism, Quadrable Books/New York Times, Nueva York, 1973, p. 241. Consultar la discusión sobre este ensayo en mi capitulo "La amenaza lesbiana contraataca".
15 Dennis Altman, Homosexual Oppression and Liberation, .especialmente el capítulo 7, "The End of
the Homosexual?”, pp. 216-28. En 1972, el escritor gay Alien Young declaró: "Las categorías artificiales ‘heterosexual’ y ‘homosexual’ nos han sido impuestas por una sociedad sexista". "Out of the Closets, Into the Streets", de Alien Young, en Karla Jay y Alien Young, eds., Out of the Closets: Voices of Gay Liberation, Douglas Book Coto., Nueva York, 1972, p. 29.
16 Jonathan Ned Katz, Gay American History... op. cit. ,p. 6. En Gay American History mi tijereteo
inconsistente de la "dictadura heterosexual" representa una comprensión embrionaria inicial de la heterosexualidad como una institución social coercitiva, pero una a la que aún no se entiende plenamente como institución histórica. (Un comentario sobre el "amor sexual" entre individuos del mismo sexo arguye que las relaciones entre individuos de sexo diferente "también deberían ser estudiadas”, y es una primera y vaga llamada para que se realizaran estudios sobre la heterosexualidad (p.446.). "El estudio de la historia homosexual", también escribo,‘"suscita preguntas sobre [...] las relaciones entre los sexos..." (p. 8.).
17 Carroll SmithRosenberg, "The Female World of Love and Ritual," Signs 1:1 (1975), 2829;
reimpreso en su Disorderly Conduct: Visions of Gender in Victorían America, Alfred A. Knopf, Nueva York, 1985, pp. 5376.
18 Jonathan Ned Katz, Gay American History... op. cit., p. 446.
19 Gay American History... rechaza la idea de los homosexuales como individuos separados de un
"contexto” histórico particular, como los conceptualizaba el modelo psicológico. La importancia de ubicar a los homosexuales en el tiempo se enfatiza fuertemente como un antídoto a la idea del homosexual "divorciado de cualquier contexto social temporal” (p. 6). Véase también pp. 4, 7, 130.
20 Véase David F. Greenberg, The Construction of Homosexuality, University of Chicago Press,
Chicago, 1988. John Boswell señaló esta contradicción en una reseña devastadora del libro de Greenberg, "Gay History”, The Atlantic, febrero de 1989, pp. 74-78; véase especialmente la página 75. Los ejemplos de semejante esencialización complaciente siguen siendo comunes, incluso en autoproclamados antiesencialistas. La mayoría de los investigadores aún conciben una esencia atemporal de la homosexualidad y de la heterosexualidad que avanza sin cambio a través de las épocas, aunque ahora enfatizan las actitudes históricas, las respuestas y las disposiciones del poder
político radicalmente diferentes con que dicha esencia se encuentra.
21 Jeffrey Weeks, Corning Out: Homosexual Politics in Britain, from the Nineteenth Century to the
Present, Quartet Books, Londres, 1977; revisado y actualizado Quartet Books, Londres, 1990. También leí con avidez y aprendí de otros libros de Weeks: Sex, Politics and Society: The Regulation of Sexuality Since 1800, Longman, Londres, 1981; Sexuality and its Discontents: Meanings, Myths & Modern Sexualities, Londres, Routledge, 1981; [En español; El malestar de la sexualidad, Talasa Ediciones SL, Madrid, 1992]; Sexuality, Tavistock, Nueva York, 1986; [En español: Sexualidad, Paidós, México, 1998]; Against Nature: Essays on History, sexuality and Identity, Rivers Oram Press, Londres, 1991.
22 Para encontrar una lista de estas obras innovadoras, consultar Lisa Duggan, "Lesbianism and
American History: A Brief Source Review”, en Frontiers 4:3, otoño de 1979, pp. 8085 y "London’s Sodomites: Homosexual Behavior and Western Culture in the 18th Century”, en Journal of Social History 11, otoño de 1977, pp. 133.
23 John Boswell, Christianity, Social Tolerance, and Homosexuality: Gay People in Western Europe
from the Beginning of the Christian Era to the Fourteenth Century, University of Chicago Press, Chicago, 1980.[ Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad, Muchnik Editores, Barcelona, 1998.]
24 Lillian Faderman, Surpassing the Love of Men: Romantic Friendship and Love Between Women
from the Renaissance to the Present,William Morrow, Nueva York, 1981.
25 Mary P. Ryan, Womanhood in America: From Colonial Times to the Present, New
Viewpoints/Franlin Watts, Nueva York, 1975.
26 Jonathan Ned Katz, "Womanhood in America,” The Body Politic, Toronto, diciembre/enero de
1977/78, pp. 19, 21. También estaba muy interesado en que Ryan vinculara los ideales cambiantes de la feminidad con la cambiante organización del trabajo de las mujeres. Tenia un contrato para un segundo libro sobre la historia lésbico-gay estadounidense y me preguntaba si no podría correlacionar de manera similar diferentes conceptos históricos de la homosexualidad y de la heterosexualidad con cambios en el ordenamiento de la producción. Emprendí dichos análisis en Gay/Lesbian Almanac: A New Documentary, Harper and Row, Nueva York, 1983.
27 Dicho congreso, "Constructing a History of Power and Sexuality”, fue organizado por miembros de
la Graduate History Society y del Women’s Center de la escuela y se llevó a cabo el 31 de marzo de 1978. Mi conferencia, "Homosexual History: Its Import and Implications”, se revisó posteriormente y se publicó como “Why Gay History?” en The Body Politic, Toronto, agosto de 1979, pp. 1920.
28 James A. H. Murray, Henry Bradley, W.A. Craigie, C.T. Onions, eds., Oxford English Dictionary
Supplement, Clarendon Press, Oxford, 1933, p. 460, y R. W. Burchfield, ed., A Supplement to the Oxford English Dictionary, vol. II, HN, Clarendon Press, Oxford, 1976, p. 85.
por primera vez en quince años, me sorprende de la cantidad de tiempo que he estado reflexionando sobre el problema de la historia heterosexual.
30 Michel Foucault, Historia de la sexualidad I, La voluntad de saber, tr. Ulises Guiñazú, Siglo XXI,
México, 1977.
31 La innovadora historia de la homosexualidad en Gran Bretaña escrita por Jeffrey Weeks, Coming
Out, 1977, cita una vez y de manera breve Historia de la locura de Foucault; véase Weeks, Corning Out, p. 23. Creo que leí el primer volumen de Historia de la sexualidad de Foucault a principios de 1978.
32 Robert A. Padgug, “Sexual Matters: On Conceptualizing Sexuality in History,” Radical History
Review, No. 20, primavera/verano de 1979, pp. 34; reimpreso en Passion and Power: Sexuality in History, Kathy Peiss y Christina Symonds, con Robert A. Padug, eds., Temple University Press, Philadelphia, 1989, pp. 1431. En el mismo número de Radical History Review sobre el tema de la sexualidad, también noté el cuidadoso análisis de "The Historical Construction of Homosexuality” de Bert Hansen (una reseña de Coming Out), pp. 6673.
33 Robert A. Padgug, ídem, pp. 1213.
34 Idem. La dificultad que todos tenemos para pensar fuera de nuestros conceptos sexuales ahistóricos
queda indicada por las ambigüedades y contradicciones que hay en las declaraciones de Padgug. La lucha por dar fundamento histórico a una sexualidad original y fundamentalmente concebida como ahistórica da por resultado algunos mensajes encontrados.
35 Mi copia manuscrita del ensayo de Duggan está fechada en la primavera de 1981. Se publicó como
"The Social Enforcement of Heterosexuality and Lesbian Resistance in the 1920s”, en Class, Race, and Sex: The Dynamics of Control, Amy Serdlow y Hannah Lessinger, eds., G. K. Hall, Boston, 1983, pp. 7692.
36 Leí ese ensayo: "The Invention of Heterosexuality”, a Duggan, John D’Emilio, Carole Vanee y
Paula Webster, los miembros del grupo de estudio cuya asistencia logro recordar ahora. Deseaba, dije al grupo, ver qué tanto podía, de modo verosímil, promover la idea de una heterosexualidad históricamente especifica y socialmente construida. Durante más de doce años después de eso ofrecí conferencias sobre “The Invention of Heterosexuality” ante docenas de grupos universitarios lésbico-gay en la Costa Este.
37 Jonathan Ned Katz, G/LA, op.cit. pp. 13, 16, 147-50, 152-53.
38 Muchos de esos textos médicos que abordan la heterosexualidad se reproducen en G/LA.
39 A pesar de mi enfoque en las palabras, en las ideas y en los ideales, esta historia del discurso
heterosexual se propone en última instancia llevarnos más allá del mismo para suscitar cuestionamientos difíciles sobre la invención histórica de la heterosexualidad como sentimiento, acto, relación e identidad, y como un sistema social íntimamente entrelazado con el
lenguaje y las ideas, con la ética, con el poder y con la jerarquía —la supremacía de los heterosexuales y de los hombres, la subordinación de los homosexuales y de las mujeres.
40 Aunque la “invención de la heterosexualidad” presenta mi causa sin ambages, diversos eruditos
hablan ahora de la “invención” (o de la "construcción”, "producción” o "creación”) del cuerpo, de la clase, de las emociones, de la locura, de la raza, de la realidad, del sexo, de la sexualidad, de la tradición, de la homosexualidad e incluso de la heterosexualidad, como lo puede demostrar un vistazo a la bibliografía.
41 La "heterosexualidad” primordial se toma con gratitud de Gayle Rubín, "The Traffic in Women:
Notes on the ‘Political Economy’ of Sex”, en Toward and Antropology of Women, Monthly Review Press, Nueva York, 1975, p. 186.
42 Podríamos, siguiendo el modelo médico, llamar a este síndrome "homovestismo”, un término en el
que pensé hace algunos años. En Female Perversions: The Temptations of Emma Bovary, Doubleday, Nueva York, 1991, Louise J. Kaplan también habla de "homovestismo”.
43 Ahora comienza a problematizarse el "ser blanco”; véase, por ejemplo, David R. Roediger The
Wages of Whiteness: Race and the Making of the American Working Class, Verso, Nueva York, 1991. "Raza” también se ha problematizado recientemente (de nuevo) desde una perspectiva crítica; véase, Henry Louis Gates, Jr., "Editor’s Introduction: Writing ‘Race’ and the Difference It Makes", en la antología que él editó, "Race," Writing and Difference, University of Chicago Press, Chicago, 1986, pp. 120, y Anthony Appiah, "The Uncompleted Argument: Du Bois and the Illusion of Race”, en el mismo volumen, pp. 2137. Este volumen se publicó originalmente de forma ligeramente diferente como dos números de Critical Inquiry, 12:1, otoño de 1985 y 13:1, otoño de 1986.
44 Véase, por ejemplo, E. Anthony Rotundo, American Manhood: Transformations in Masculinity
from the Revolution to the Modern, Basic Books, Nueva York, 1993, ; Manliness and Morality: Middle Class Masculinity in Britain and America, 1800-1940, St. Martin’s Press, Nueva York, 1987,; Manful Assertions: Masculinities in Britain Since 1800, Routledge, Michael y John Tosh, eds., Nueva York, 1991.
45 La problematización de la norma, de lo normal y de la normalización también es el principio.
Véase Michel Foucault, op. cit,especialmente pp. 89, 105 e Historia de la Sexualidad, Volumen 2: El uso de los placeres, op. cit., especialmente p. 12. Véase también Georges Canguilhem Lo normal y lo patológico, con introducción de Michel Foucault, [Editorial Siglo XXI, México, 2005] y Ed Cohén, Talk on the Wilde Side: Toward a Genealogy of a Discourse on Male Sexualities, Routledge, Nueva York, 1993, especialmente su análisis histórico de la "masculinidad normativa", la "normalización" de la sexualidad masculina y su capítulo "Legislating the Norm: From ‘Sodomy' to ‘Gross Indecency”'.
46 Las historias bien definidas de mujeres y hombres heterosexuales siguen siendo tema para futuras
47 Véase Sander L. Gilman,Difference and Pathology: Stereotypes of Sexuality, Race, and
Madness, Cornell University Press, Ithaca, 1985 y The Case of Sigmund Freud: Medicine and Identity at the Fin de Siécle , John Hopkins University Press, Baltimore, 1993. Las intersecciones de "raza" y “heterosexualidad" quedan como tarea para investigadores futuros.
48 Varios libros y artículos han comenzado a trazar en años recientes la “sexualización" de la
sociedad estadounidense en el siglo XX —los históricos cambios emocionales y conductuales que también podrían llamarse la “heterosexualización" de los Estados Unidos. Para ver un buen resumen de dichos cambios, consulte Intimate Matters: A History of Sexuality in America, de John D’Emilio y Estelle Freedman, Harper & Row, Nueva York, 1988.
2. El debut del heterosexual
Richard Von Krafft-Ebing y los médicos de la mente
En los Estados Unidos, en la década de 1890, el "instinto sexual” se identificaba en general como un deseo procreador de los hombres y de las mujeres, pero ese ideal reproductivo comenzaba a verse desafiado, de manera callada aunque insistente, en la práctica y en la teoría, por una nueva ética del placer entre individuos de sexo diferente. De acuerdo con ese nuevo estándar radicalmente diferente, el "instinto sexual” se refería al mutuo deseo erótico de los hombres y de las mujeres, sin
consideración de su potencial procreador. Esas dos morales, fundamentalmente opuestas, moldearon
las primeras definiciones estadounidenses de "heterosexuales” y "homosexuales”. Bajo el antiguo estándar procreador, el nuevo término heterosexual no siempre indicaba, al principio, lo normal y lo bueno.
El primer uso que se conoce de la palabra heterosexual en los Estados Unidos ocurrió en un artículo del Dr. James G. Kiernan, publicado en una revista médica de Chicago, en mayo de 1892.1
Aquí no se equiparaba heterosexual con sexo normal, sino con una perversión —una definición que perduró en la cultura de la clase media hasta la década de 1920. Kiernan vinculó lo heterosexual con una de varias "manifestaciones anormales del apetito sexual” en una lista de "perversiones sexuales propiamente dichas” en un artículo sobre "la perversión sexual”. El breve comentario de Kiernan sobre los depravados heterosexuales atribuía su definición (de manera incorrecta, como veremos) al Dr. Richard von Krafft-Ebing de Viena.
Se asociaba a estos heterosexuales con un trastorno mental, el "hermafroditismo psíquico”. Este síndrome presuponía que los sentimientos tenían un sexo biológico. Los heterosexuales experimentaban supuesta atracción erótica masculina hacia las mujeres y supuesta atracción erótica femenina hacia los varones. Es decir, estos heterosexuales de manera periódica sentían "inclinaciones” hacia ambos sexos".2 Lo heterosexual en estos heterosexuales no se refería a su interés en un sexo diferente, sino a su deseo hacia dos sexos diferentes. Al sentir deseo inapropiado, supuestamente, para su sexo, estos heterosexuales eran culpables de lo que ahora conocemos como desviación erótica y de género.
Los heterosexuales también eran culpables de desviaciones reproductivas. Es decir, revelaban inclinaciones a "métodos anormales de gratificación" —modos de asegurarse placer sin reproducir la especie. También manifestaban “rastros del apetito sexual normal” —un toque del deseo de reproducirse.
El artículo del Dr. Kiernan incluía igualmente la primera publicación conocida en los Estados Unidos de la palabra homosexual. Él mencionaba que los "homosexuales puros” eran personas cuyo "estado mental general es el del sexo opuesto". Estos homosexuales eran explícitamente definidos como
andróginos, rebeldes contra la masculinidad y feminidad correctas. En contraste, sus heterosexuales se desviaban explícitamente de las normas de género, erotismo y procreación. En su debut en los Estados Unidos, la anormalidad de los heterosexuales parecía ser tres veces mayor que la de los homosexuales.3
Aunque el artículo de Kiernan utilizó los nuevos términos heterosexual y homosexual, su significado estaba regido por un antiguo y terminante ideal reproductivo. Su heterosexual describía una persona mixta y un impulso combinado —a la vez diferenciado por sexo, orientado al eros y reproductivo. En el ensayo de Kiernan, el ambivalente deseo procreador de los heterosexuales los convertía en absolutamente anormales. Este primer intento de una definición de heterosexual describía a un pervertido claro e inequívoco.
Psychopathia sexualis de Krafft-Ebing
La siguiente ocasión en que el nuevo término heterosexual apareció fue a principios de 1893, en la primera publicación en los Estados Unidos, en inglés, de Psychopathia Sexualis with
Especial Reference to Contrary Sexual Instinct: A Medico-Legal Study, de Richard von
Krafft-Ebing,4 profesor de psiquiatría y neurología en la Universidad de Viena. Este libro aparecería en numerosas ediciones posteriores en los Estados Unidos, convirtiéndose en uno de los textos más famosos e influyentes sobre la sexualidad "patológica”.5 Sus perturbadores (y fascinantes) ejemplos de un sexo llamado enfermizo comenzaron discretamente a definir una nueva idea de un sexo percibido como saludable.6
En este libro elemental, el "instinto sexual patológico” y el "instinto sexual opuesto” son términos importantes que se refieren al deseo no procreador. Su opuesto, llamado simplemente "instinto sexual”, es reproductivo. Pero esa antigua norma procreadora ya no era tan absoluta para Krafft-Ebing como lo fue para Kiernan. Está ausente, de manera notoria, en el extenso tomo del doctor vienés sobre todas las variedades de sexo enfermizo, cualquier referencia a lo que algunos otros doctores llamaron el "onanismo conyugal”, o "fraudes en la consecución de la función genitiva” —control de la natalidad.7
Al calor de la lujuria entre individuos de sexo diferente, declara Krafft-Ebing que los hombres y las mujeres no piensan generalmente en engendrar bebés: "En el amor sexual el verdadero propósito del instinto, la propagación de la especie, no está presente en la conciencia”.8 Un "propósito” procreador inconsciente forma la idea de Krafft-Ebing del "amor sexual”. Su instinto sexual es una predisposición con un objetivo reproductivo integrado. Ese instinto es procreador —sea lo que sea que los hombres y las mujeres que realizan los actos heterosexuales deseen afanosamente. Al situar lo reproductivo en el inconsciente, Krafft-Ebing creó un pequeño espacio oscuro en el cual comenzó a crecer una nueva norma del placer.
El "instinto sexual” procreador, diferenciado sexualmente y erótico de Krafft-Ebing, estaba presente por definición en su término heterosexual. Su libro presentó esa palabra a muchos estadounidenses.
Un guión entre "hetero” y "sexual” acababa de unir la diferencia sexual y el erotismo para constituir un placer definido explícitamente por los sexos diferentes de sus participantes. Su hetero sexual, a diferencia del de Kiernan, no desea a los dos sexos, sólo a uno, el sexo diferente.
El término heterosexual de Krafft-Ebing no hace ninguna referencia explícita a la reproducción, aunque implícitamente siempre incluye el deseo reproductivo. Por lo tanto, su hetero-sexual siempre indica de manera implícita la normalidad erótica. Su término gemelo, homosexual, siempre indica un deseo por el mismo sexo, patológico porque no es reproductivo.
Contrariamente a la atribución anterior de Kiernan, Krafft-Ebing utiliza de manera consistente hetero-sexual para referirse al sexo normal. En contraste, para Kiernan y para algunos otros sexólogos de finales del siglo diecinueve y principios del siglo veinte, un simple estándar reproductivo era absoluto: los heterosexuales en el texto de Krafft-Ebing parecían culpables de ambigüedad procreadora y, por lo tanto, de una perversión.
Estas distinciones entre términos y definiciones sexuales son históricamente importantes, pero complejas, y pueden resultarnos difíciles de entender. La particular y dominante norma heterosexual de nuestra propia sociedad también contribuye a obnubilar nuestra mente con relación a otros modos de categorizar.
Por asociación, lectores como el Dr. Kiernan también podrían entender que los hetero-sexuales de Krafft-Ebing son pervertidos porque la palabra heterosexual, aunque indique normalidad, aparece con frecuencia vinculada en el libro del doctor vienés con perverso no procreador —ligado con "instinto sexual opuesto", "hermafroditismo psíquico”, "homo-sexualidad” y "fetichismo”.
Por ejemplo, el primer uso de Krafft-Ebing de "hetero-sexual” ocurre en una discusión de varias historias clínicas de "hetero-sexualidad” y "homo-sexualidad” en las que "cierto tipo de vestimenta se convierte en un fetiche”.9 El hetero-sexual debuta, con el homo-sexual, como un fetichista de las prendas de vestir.
El segundo caso hetero-sexual que se presenta, evidencia un "fetiche por los pañuelos”. Krafft-Ebing cita un informe sobre "este impulso de los individuos hetero-sexuales” del Dr. Albert Molí, otro de los influyentes primeros sexólogos. El pañuelo de las damas victorianas al parecer tenía un fuerte efecto erótico para muchos hombres de esa era. Parece que una atracción intensa por los pañuelos de las damas podía incluso socavar de manera temporal el poder patriarcal. "Una pasión por los pañuelos de mujer podría llegar tan lejos que el hombre queda enteramente bajo su control [de las mujeres]”, advierte el Dr. Molí a sus congéneres en peligro.
Esta inversión de la acostumbrada relación de poder entre el varón y la mujer podía no resultar desagradable a la mujer victoriana que descubría que ella —y su pañuelo— eran el objeto del interés fetichista de un varón. Molí cita así a una mujer:
Conozco a cierto caballero y cuando lo veo a cierta distancia sólo tengo que sacar mi pañuelo de forma que se asome un poco de mi bolsillo y estoy segura de que él me seguirá como un perro sigue a su amo. Donde quiera que yo desee ir, este caballero me seguirá. Tal vez vaya montado en su carruaje o esté ocupado en algún negocio importante, pero cuando