Durante el siglo veinte, criaturas a quienes se llamó heterosexuales emergieron de las tinieblas del mundo médico del siglo diecinueve para convertirse en una especie comúnmente reconocida bajo la brillante luz de la era moderna.
La heterosexualidad hizo su entrada a la defensiva en este siglo como una práctica privada no sancionada en público por la respetable clase media, y como modo de afirmación de una forma de placer, reprobada en público, de los jóvenes de la clase trabajadora urbana, de los negros del sur de los Estados Unidos y de los bohemios de Greenwich Village. No obstante, para finales de la década de 1920 la heterosexualidad había triunfado como una cultura venerada y dominante.1 En el primer cuarto del siglo veinte el heterosexual salió del clóset en un destape público de autoafirmación que sería duplicado por el homosexual hacia finales del siglo.2
El discurso sobre la heterosexualidad tuvo una prolongada evolución hacia la salida del clóset que no se completó en la cultura popular estadounidense sino hasta los años veinte. Fue de una manera muy lenta que la heterosexualidad se estableció como un signo constante de la normalidad sexual, ya que la asociación de la heterosexualidad con las perversiones continuó hasta ya bien entrado el siglo veinte.
En 1893, por ejemplo, Charles Hughes, un prominente médico de Saint Louis, aseguraba a sus colegas que por medio de tratamiento médico, la mente y los sentimientos podían "volver a la normalidad y que el homosexual y el heterosexual podían convertirse en seres con inclinaciones eróticas naturales, con impulsos normales”.3
Como tratamiento para dichos heterosexuales y homosexuales anormales, el Dr. Hughes sugería medidas radicales: hipnosis y algunas veces cirugía. Para Hughes, al igual que para el Dr. Kiernan en 1892, al ser el heterosexual una persona que tenía tanto inclinaciones no procreadoras como procreadoras, se encontraba junto al homosexual no procreador en el salón de la fama de los pervertidos sexuales.
Aunque la nueva terminología heterosexual / homosexual comenzó a cobrar popularidad rápidamente, no fue portadora de inmediato de una distinción entre lo bueno y lo malo. En 1895, una revista médica de los Estados Unidos publicó una traducción del francés de un artículo del poeta y ensayista Marc-André Raffalovich, un ruso-judío que posteriormente se convirtió al catolicismo.4 Apoyándose en la antigua moral procreadora, Raffalovich utiliza los nuevos términos heterosexual / homosexual para criticar la emergente ética del placer entre individuos de sexo diferente. Su cáustica crítica de la heterosexualidad brinda una percepción asombrosa de la relatividad histórica de la norma heterosexual que se ha impuesto como victoriosa en nuestros días.
Si "no se suprime la heterosexualidad", sostiene Raffalovich, "la homosexualidad debe ser igualmente privilegiada". No es que él favorezca la expresión de la homosexualidad o la heterosexualidad. La "represión de la heterosexualidad", enfatiza severamente, "es uno de los problemas del futuro”.5
Ambas formas de erotismo son condenables: “la sexualidad no puede ser el propósito de la existencia para los seres superiores, sean homosexuales o heterosexuales”.6 La actividad sexual de los heterosexuales y de los homosexuales se equipara con un vicio: “No existe una línea divisoria
entre el heterosexual y el homosexual.”7
Raffalovich protesta porque, al darse cuenta de que se trata a la heterosexualidad con “indulgencia y entusiasmo, la conciencia del invertido ya no lo atormenta". Sale en defensa de las conciencias atormentadas y refrenda la bajeza del sexo: "Es sólo cuando aprende a [...] despreciar o superar la sexualidad y la sensualidad que el invertido congénito puede alejarse de la homosexualidad”.8
Ya en la época de Raffalovich había homosexuales que hacían proselitismo a favor de la igualdad de derechos. Él dice que su demanda de igualdad:
se fundamenta en la teoría de que todo hombre tiene derecho a la satisfacción sexual. Si se otorga dicho derecho a los heterosexuales, no sé cómo podría negárseles a los invertidos... pero en mi opinión ningún hombre tiene derecho a reclamar la satisfacción sexual de sus deseos.9
Este autor está convencido de que los homosexuales no deben disfrutar de un amor sexual que a los heterosexuales les resulta difícil lograr. Hace hincapié en que a los heterosexuales no les es fácil encontrar a una persona que de manera simultánea satisfaga los criterios "del sexo, del alma, de la sociedad y de la familia". Entonces, pregunta más bien con saña:
¿Por qué habría de tener el invertido lo que el heterosexual encuentra con tanta dificultad? ¿Cuántos heterosexuales son desdichados a causa de su vida sexual?10
Los homosexuales, sugiere, deberían resignarse a la misma infelicidad que los heterosexuales.
Raffalovich se resiste a la innovación moral que puso al erotismo en el núcleo de la personalidad, colocando una sexualidad revalorada en el centro de la vida moderna. Se opone a la modernización del sexo reflejada en su propio uso de los términos heterosexual y homosexual —categorías que contribuyeron a convertir la satisfacción erótica en un valor central y oficializado. En su artículo observamos el primer auge de los términos heterosexual y homosexual, antes del florecimiento pleno de la mística pro-heterosexual.
Como lo señala Raffalovich, si la heterosexualidad no procreadora es legítima, resulta difícil entender por qué no debería aprobarse también la homosexualidad no procreadora. En los años 1890, los antihomosexuales no habían superado aún la norma procreadora para poder abanderar una heterosexualidad no procreadora. Aún no habían condenado la homosexualidad por algún otro defecto fundamental.
El ensayo de Raffalovich apunta hacia la convergencia de la heterosexualidad y la homosexualidad no procreadoras, juzgada desde la perspectiva de la norma reproductora de finales del siglo diecinueve. Una convergencia de la heterosexualidad y la homosexualidad puede observarse también a finales del siglo veinte, juzgada desde la perspectiva de la norma de la búsqueda del placer actual. Ahora bien, el decreciente valor que se le asigna a la procreación y el creciente valor que se le asigna al sexo placentero, hacen que el heterosexual y el homosexual luzcan aún más parecidos. Como veremos, esto socava los antiguos fundamentos lógicos de un trato desigual y, en última instancia, la base misma de la distinción heterosexual / homosexual.
En los primeros años del siglo veinte, heterosexual y homosexual aún eran términos médicos poco conocidos, aún no se convertían en palabras de uso común. En la primera edición de 1901 del volumen correspondiente a la letra "H” del extenso Oxford English Dictionary todavía no aparecían heterosexual y homosexual. La heterosexualidad tampoco había alcanzado en ese momento el estatus de normal. En 1901, el Dorland’s Medical Dictionary, publicado en Philadelphia, seguía definiendo la "Heterosexualidad” como "El deseo anormal o pervertido por el sexo opuesto”.11 La heterosexualidad para este diccionario médico es un nuevo “deseo” que se identificaba claramente con un apetito por "el sexo opuesto”, pero dicho apetito todavía era considerado aberrante. El que el diccionario Dorland llamara a la heterosexualidad "anormal o pervertida” es, según el primer suplemento del Oxford English Dictionary (1933) una definición "mal aplicada”,12 pero contrario a lo que dice el OED, el diccionario Dorland expresa perfectamente el concepto que se tenía de la heterosexualidad de acuerdo con la norma procreadora.
El siglo veinte fue testigo de la pérdida de legitimidad del imperativo reproductivo y del aumento de aceptación pública del nuevo principio del placer heterosexual. De forma gradual, la heterosexualidad llegó a identificarse con una sensualidad entre individuos de sexo diferente que estaba libre de cualquier vínculo esencial con la procreación, pero no fue sino hasta mediados de la década de 1960 que el heteroerotismo se diferenciaría completamente de la reproducción y que el placer hombre-mujer se justificaría por sí mismo.
Dado que el amor verdadero de principios del siglo diecinueve no había estado vinculado con el deseo, los reformistas del eros de finales del siglo diecinueve y principios del siglo veinte comenzaron a hablar de un nuevo "amor sexual”. (El guión que con frecuencia se utiliza en la palabra en inglés "sex-love” enfatizaba visualmente el nuevo vínculo horizontal que ligaba al sexo y al amor en un apretado abrazo mutuo). La invención de "amor sexual” tenía la intención de distinguir al amorío heteroerótico cada vez más predominante y públicamente ensalzado de la clase media, del antiguo y espiritual amor verdadero de esa misma clase. Ahora, con la aparición del "amor sexual”, la atracción erótica entre los hombres y las mujeres debía conducir al amor, el que a su vez debía conducir al matrimonio, el cual conducía a las relaciones sexuales las cuales podían o no conducir a la reproducción.
En muchas de sus primeras versiones populares, el imperativo heterosexual del siglo veinte seguía asociando el erotismo entre individuos de sexo diferente con una supuesta "necesidad”, "impulso” o "instinto” humanos de propagación, pero ahora se ligaba inexorablemente a esa necesidad urgente por procrear con el deseo carnal, algo que no se hacía antes. El deseo de las mujeres del siglo diecinueve por ser madres, por ejemplo, no se vinculaba con el erotismo. Sin embargo, a principios
del siglo veinte la clase media experimentaba una tasa de natalidad a la baja, una tasa de divorcios al alza y una "guerra de los sexos”, todo lo cual era cuestión de creciente interés público. Por lo tanto, se exaltaba el desfogar las emociones heteroeróticas como una forma de incrementar la capacitad reproductiva, la intimidad marital y la estabilidad familiar.
Un pionero preponderante de la nueva heterosexualidad fue, como hemos visto, el Dr. Sigmund Freud, quien en 1909 viajó a Worcester, Massachusetts y disertó sobre el "amor sexual” y el "placer sexual” entre los sexos, y cuyo ensayo principal "Tres ensayos de teoría sexual” se publicó por primera vez en inglés en 1910, en Nueva York.13 En el siglo veinte, por todos los Estados Unidos, en el nombre de Freud y de la psicología popular, se proclamó a la heterosexualidad como equivalente de perfección.
Otro de los primeros e importantes creadores de la mística heterosexual fue Havelock Ellis, cuya obra en varios volúmenes Studies in the Psychology of Sex comenzó a publicarse en Filadelfia en 1900.14 Aunque realizó estudios de medicina, Ellis nunca ejerció la profesión, pero sí utilizó su título de médico para conferirle autoridad a su discurso público a favor del "amor sexual” entre los hombres y las mujeres.
En Sex in Relation to Society, texto escrito en 1910, Ellis defiende ese "amor sexual normal” en contra del cristianismo, el que, dice Ellis, ha "envenenado tanto los manantiales del sentimiento" que "todas nuestras palabras para referirnos al sexo están salpicadas de inmundicia”, razón por la que “no tenemos una palabra que sea natural, precisa y simple para hablar del amor entre los sexos”.15
Sin embargo, ya en la edición de 1915 de Sexual Inversión para los Estados Unidos, Ellis utiliza "heterosexual” en el sentido moderno de una palabra natural, precisa y simple para hablar del "amor sexual entre los sexos”.16
En oposición deliberada al concepto freudiano de una libido en un principio neutral, Ellis asegura que un erotismo heterosexual u homosexual generalmente es innato, un aspecto de la mecánica biológicamente determinada de "tumescencia” y “detumescencia”, los términos que utiliza para referirse a las altas y bajas del sentimiento erótico.17 Con inquietud, Ellis rechaza la idea de que la especie depende para su tumescencia y, en última instancia, para su reproducción, de la abierta guerra intrafamiliar y del proceso falible de desarrollo propuesto por Freud.
A pesar del desacuerdo entre Ellis y Freud sobre el origen fisiológico o familiar de la heterosexualidad, ambos fueron divulgadores importantes entre un público "progresivo” de la nueva norma erótica entre individuos de sexo diferente. Sin embargo, para finales del siglo veinte, el superficial modernismo sexual de Ellis ya había sido olvidado, mientras que las investigaciones a fondo realizadas por Freud sobre el melodrama de la familia de la clase media siguen brindando una fuente predominante de análisis psicológico y beligerante debate social.
La primera parte de la nueva norma sexual —lo hetero— planteaba una divergencia sexual básica. Se aducía que la "oposición” de los sexos era la base para una atracción erótica normal y universal entre varones y mujeres. Ese énfasis en la oposición de los sexos, que recordaba los inicios
del siglo diecinueve, de ningún modo abanderaba simplemente las características y funciones biológicas o las distinciones de género socialmente determinadas que son únicas a mujeres y varones, sino que el enfoque en el dimorfismo fisiológico y de género reflejaba las profundas ansiedades de los hombres con respecto a los cambios en el trabajo, en los roles sociales y en el poder de los hombres sobre las mujeres y los cambiantes ideales sobre la feminidad y la masculinidad.
En 1895, por ejemplo, el Dr. James Weir Jr. escribió en The American Naturalist sobre "The Effect of Female Suffrage on Posterity”, advirtiendo que si las mujeres obtenían el derecho al voto, cambiarían física y psíquicamente y heredarían patologías a sus hijos. Esto causaría "una revolución social en la que se destituirá la forma actual de gobierno y se establecerá un matriarcado”. El Dr. Weir Jr. declaraba que las mujeres “ya tienen demasiada libertad” y enfatizaba: “Veo en el establecimiento de una igualdad de derechos el primer paso hacia un abismo de inmorales horrores que resulta repugnante para nuestros refinados gustos éticos”. Igualmente advertía que las “aberraciones psicosexuales de las mujeres “se incrementaban cuando las mujeres dejaban de ser amas de casa y madres”.18
En 1897, The New York Times publicó la diatriba del reverendo Charles Parkhurst contra la “andromanía”, una "enfermedad” de las mujeres que causaba una "mímica apasionada” de “todo lo hombruno”. A las mujeres que trataban de "minimizar las diferencias por las que la masculinidad y la feminidad se diferencian” las llamaba "andromaníacas”.19
En 1913, la crítica que apareció en The New York Times alababa el libro The Nature of Woman, del biólogo J. Lionel Taylor como un "cuidadoso estudio científico" que sostenía que "la campaña a favor del sufragio de la mujer” era "un esfuerzo de ciertas mujeres [...] para darles un estatus que correspondería al [...] concepto que ellas tienen de que son ni más ni menos que un hombre femenino”.20
Más tarde ese mismo año, The Times reseñó un libro escrito por el científico Walter Heape que argumentaba que "el actual movimiento de las mujeres tiene sus orígenes en el antagonismo sexual” y en el deseo de "alterar las leyes que regulan las relaciones y por ende el poder relativo de los sexos”. Si se concedía el poder a las mujeres, éste caería en manos de las "insatisfechas y podemos presuponer toda una clase insatisfecha de mujeres llamadas solteronas”.21
La ansiedad de estos hombres ante la diferencia de géneros era una respuesta conservadora a la cambiante división socio sexual de actividad y sentimiento que dio origen a la independiente "nueva mujer" de los años 1880 y a la heteroerotizada flapper, la descocada jovencita de la década de 1920, arquetipo de la nueva mujer que buscaba el placer y que era la compañera del nuevo hombre que también buscaba el placer.22
La segunda parte de la nueva norma heterosexual se refería definitivamente a la "sexualidad”. Ese novedoso y optimista enfoque en las hedonistas posibilidades de las uniones físicas del hombre y la mujer también reflejaba una transformación social; una reevaluación del placer y de la procreación, del consumo y del trabajo en la sociedad capitalista y mercantil. Numerosos historiadores han analizado la caída del trabajo agrícola y artesanal independiente y de la antigua ética laboral y el
ascenso del trabajo asalariado, del "consumismo” y de la nueva ética del placer.23
La atribución democrática de un deseo sexual normal a las mujeres (así como a los varones) sirvió para autorizar a las mujeres el disfrute de sus propios cuerpos, una acción de afirmación sexual que todavía es parte de la lucha de las mujeres (como las radicales sexuales feministas lo enfatizan). De igual manera, el ideal del siglo veinte de la mujer heteroerótica socavó finalmente el ideal del siglo diecinueve de la mujer verdadera, pura. La nueva mujer heterosexual también menoscabó el pronunciamiento de las feministas del siglo diecinueve sobre la superioridad moral de las mujeres y levantó sospechas de lujuria carnal en las apasionadas amistades románticas de las mujeres con otras mujeres.
La recientemente heterosexualizada mujer hizo posible a su antítesis, un amenazador monstruo femenino, "la lesbiana”.24Bajo la perspectiva de la historia heterosexual, el surgimiento a principios del siglo veinte de la lesbiana en la cultura popular se origina en el interés por definir la antítesis de la lesbiana: la nueva mujer heterosexual.
Entre 1877 y 1920 los estadounidenses se embarcaron en una búsqueda de orden, como lo documenta un libro del historiador Rober H. Wiebe, titulado precisamente The Search for Order. Aunque Wiebe no lo menciona, esta búsqueda de regularidad dio origen en el campo de la sexualidad a la nueva heterosexualidad estandarizada.Esto era comparable con otras iniciativas del siglo veinte para estandarizar, por ejemplo, la anchura de las vías de ferrocarril, los husos horarios, los procedimientos comerciales y manufactureros (comentados por Wiebe), al mismo tiempo que se procedía a evaluar y regularizar la inteligencia y la feminidad y la masculinidad.25
Ciertas evidencias contundentes llegadas del otro lado del Atlántico sugieren que para la segunda década del siglo veinte los términos heterosexual y homosexual se abrían paso lentamente dentro del habla estándar de Inglaterra. Alrededor de 1918, J. R. Ackerley, un inteligente joven inglés de poco más de veinte años que era hijo de un importador de plátanos, "conoció en Suiza a un tipo bromista y divertido”, Arnold Lund, que tenía "una risa chirriante y demoníaca” que lo convertía en "la chispa y el terror de la comunidad”.26 Ackerley refiere:
Una de las primeras preguntas picaras que me lanzó fue: "¿Eres homosexual o heterosexual?" Yo nunca antes había escuchado ninguna de esas dos palabras. Me las explicaron y parecía haber sólo una respuesta...
Ackerley se identificó como "homosexual”. Ante sí mismo ya se había confesado su atracción por los hombres, pero no se le había ocurrido asignarse un mote por esa atracción. Las palabras heterosexual y homosexual, ya utilizadas en público y que le fueron develadas por primera vez por su sexualmente "avanzado” amigo heterosexual, le proporcionaron un nombre para su deseo sexual, que antes era privado y no estaba tipificado. La pregunta de Lund también le brindó a Ackerley un nombre para designar una identidad basada en su deseo.
Cuando ocurrió su decisivo encuentro con Lund, dice Ackerley, fuera de algunos manoseos entre escolares, "no había tenido ningún contacto físico con nadie, ni siquiera un beso y siguió en estado de virginidad” hasta su llegada a Cambridge, donde se le curó de su castidad. La pregunta de Lund,
"¿homosexual o heterosexual?” introdujo a Ackerley en la necesidad propia del siglo veinte de ser uno u otro, o una combinación "bisexual".
Ackerley agrega: “Lund me prestaba o recomendaba libros para leer: Otto Weininger, Edward Carpenter, Plutarco, y fue así y con su punto de vista demoledor y taimado que me abrió la mente”. En encuentros como éste, los heterosexuales y los homosexuales entraron en la conciencia, cultura y conversación del siglo veinte.
A lo largo de la década de 1920, un variado grupo de novelistas, dramaturgos, educadores sexuales,