PROYECTO
ENRAMADA
Fronteras y bagazo
KAREN LORENA PALACIOS MÉNDEZ
UNIVERSIDAD FRANCISCO JOSÉ DE CALDAS FACULTAD DE ARTES - ASAB
ARTES PLÁSTICAS Y VISUALES BOGOTÁ
PROYECTO
ENRAMADA
Fronteras y bagazo
KAREN LORENA PALACIOS MÉNDEZ
PROYECTO DE INVESTIGACIÓN-CREACIÓN
PARA ACCEDER AL TÍTULO DE MAESTRA EN ARTES PLÁSTICAS Y VISUALES
TUTORES: DIEGO AGUILAR RAFAEL MÉNDEZ
UNIVERSIDAD FRANCISCO JOSÉ DE CALDAS FACULTADA DE ARTES ASAB
ARTES PLÁSTICAS Y VISUALES BOGOTÁ
ENRAMADA
Fronteras y bagazo
INTRODUCCIÓN AL ESPECTADOR
SE VENDE
Bienes familiares y núcleos de reflexión
PILANDO CAÑA
Consolidación histórica y crisis cultural.
1. RADIOGRAFÍA DE LA ESPERANZA. Descripción de los espacios.
2. ¡EXPRÓPIESE! La herencia, causa de la extinción.
3. LA RAIZ ES LA TIERRA QUE LLEVO EN LAS UÑAS. Hacia la creatividad en el exilio. (Breve diálogo entre Exilio, Progreso y Creatividad)
4. EL “AMORSECO”. Con la cámara en el trabajo de campo.
5. FRONTERAS Y BAGAZO SOMOS. Propuesta Plástica. Pantalla móvil
una intervención en comunidad.
INTRODUCCIÓN AL ESPECTADOR
Un día decidimos abandonar todo lo que nos pertenece. Quisimos rescatar de nosotros no más que el “nosotros” y descubrimos (en la orilla de un Río Negro1) que esperábamos más que solo asentarnos en un lugar, discutimos el porqué de estar aquí y no allá, donde estuvieron los otros, aquellos de quienes somos herederos. Tomamos la decisión de residir y apropiarnos de un espacio para luego dejarlo ir.
Elijo como territorio de mi investigación a Tobia, Cundinamarca, lugar donde están mis raíces familiares entre la caña de azúcar y las enramadas2. Presento la relación que ha llevado mi vida por cultivos y trapiches3, a la creación desde la interpretación de un patrimonio cultural, que propone las bases de mi experiencia y que espera generar un espacio común con quienes han probado la caña, la panela, el guarapo4 o el chirrinche5.
Parto de un exilio voluntario de mi familia, la cual reparte y vende la herencia de la finca La Esperanza, vereda Cañaditas en Tobia. Se fragmenta la tierra, creando una división de bienes que, al mismo tiempo, fracciona el hogar, exiliando modos de ser y de hacer en la idea de un progreso que se genera por el acelerado desarrollo económico al que obliga el capitalismo. Con este caso específico quiero hablar de una comunidad campesina que, en general, está abandonando el cultivo de la caña de azúcar.
Presento el lugar del que hice una radiografía para que usted lo conozca. Construyo con la cámara una interpretación, un punto de vista del territorio. Preguntandome por la ausencia: si ese "hay" se convierte en "no hay", "dejó de existir", "ya no está ahí". Entonces, ¿qué se hace si se ha separado todo? ¿Cómo es que un día decimos abandonar lo que nos pertenece? ¿Cómo decidimos pelearnos por ello?
1
El Rio Negro es la fuente fluvial que recorre los alrededores del pueblo Tobia en Cundinamarca.
2 ENRAMADAS: Espacio arquitectónico donde se fabrica artesanalmente la panela. 3
TRAPICHE: Molino que se encarga exprimirle el jugo a la caña de azúcar. 4
GUARAPO: Bebida fermentada a base de fécula de maíz y melcocha de caña.
5
SE VENDE
Bienes familiares y núcleos de reflexión
Decidieron poner un anuncio: “SE VENDE”. Reconocieron que la situación estaba dura y que había que desistir a la idea de continuar en ese lugar. Partieron de allí, tratando de identificar el porqué de vender la tierra, el porqué de crear fronteras con aquello que fueron.
Detallar y describir estos lugares, nace de proponer un espacio para lo rural dentro del espectro del progreso. Este último término, que se define en un avance experimentado hacia un estado más desarrollado, hace que, en este caso, haya una extinción de estrategias de vida específicamente rurales, desaparición dada por dos factores importantes: la herencia, ya mencionada, que debe ser repartida, y las aceleradas dinámicas de producción en un sistema capitalista que organiza la vida, cada vez, con tiempos más escasos.
Este lugar es mi campo de trabajo y de origen. Parto de la extinción de su cultura como núcleo de análisis y la evidencio en la experiencia de perder el hogar, el trabajo, la educación y la herencia. Abordo la temática de la frontera como barrera entre los miembros de mi familia, dadas aquí por el exilio del campo a la ciudad, insitado por la repartición de la herencia.
Propongo que el arte y la imagen sean voces con la capacidad de hacer evidente, y eficiente, una advertencia de reconocimiento, una llamada de atención en un momento de metamorfosis. Planteo espacios para discutir directamente con la comunidad, a través de proyecciones de video en el espacio público. Generando, así, conexiones con los protagonistas de las historias y con todo aquel que conozca, o no, la existencia de los trapiches y la molienda6.
6
PILANDO BAGAZO
Consolidación histórica y crisis cultural
Las semillas de caña llegaron hacia el año 1550, fecha en que los conquistadores Alonso de Olalla y Hernando de Alcocer, habitan la región que hoy es Villeta. Este pueblo, que para entonces se llamaba La villa de San Miguel, está asentado en las riveras del Río Negro, era y sigue siendo pueblo de intersección en el camino que por Honda y Güaduas, comunica el norte con el centro del país, ruta imprescindible para el desarrollo económico de la época. Se empieza, entonces, con una gestación de trapiches en esta zona de Cundinamarca, que incluye el pueblo de Tobia y la Vereda Cañaditas.
Trapiches que en principio tuvieron como motor esclavos de raza negra, los únicos que soportaban el trabajo. Luego vienen a ser las mulas, que dando vueltas en redondo, van moliendo caña por caña. Procesos con transiciones paulatinas, que llevan a una modificación de herramientas y que hoy desemboca en maquinaria de punta que “garantiza” una mayor producción.
Según dice el Ministerio de Agricultura en una investigación hecha por FEDEPANELA (Federación Nacional de Productores de Panela), Colombia es el segundo productor mundial de panela y el primero en consumo por habitante. Trabaja en los trapiches alrededor del 12% de la población rural activa en el país. Sin embargo, la migración ha alejado de esta realidad a los productores artesanales, con la posibilidad de dos caminos: abandonar o resistir. Esto lleva al campesino a sustituir y a modelar nuevas formas de proyectarse.
Serán unos doscientos años de cultivos que me llevan a analizar este pasado, sin la intención de idealizarlo o calificar el cambio como una facultad nociva e innecesaria para el campesino. Es el momento de transición desde donde analizo las mutaciones de esta ruralidad específica que decide abandonar el trabajo con estos cultivos, acontecimiento desde el cual me permito registrar la desterritorialización que se hace realidad en las decisiones de residencia.
lucha armada, la falta de oportunidades y la influencia de la globalización -todo sustentado en la expansión de un problema milenario que basa la existencia del ser humano en la competencia, en la propiedad y en la lucha por el territorio-.
Sucede que el desarrollo aquí sustentado en la alucinación del progreso inicia una transformación: reemplaza la arquitectura de las enramadas artesanales por una industria a vapor más tecnificada. La necesidad de la mano de obra campesina es baja; hay desintegración de las familias; extinción de tradiciones culinarias y transformación del pensamiento campesino respecto de la tierra, todo desemboca en un dilema que los obliga a vender.
Habitar un espacio depende, entonces, de los factores sociales y de la noción de progreso en el país, así como al desarrollo de la economía al servicio de la capitalismo. Aquí seguimos recibiendo con las puertas abiertas la entrada de un progreso acumulativo, que promete que viviremos con “seguridad social y económica”, lo cual, en vista de ser un espectro, nos lleva a pensar el desarraigo como un lugar cada vez más común, al estar al borde del abismo por ser despojados de una pertenencia.
Karen Palacios Fotografía digital 2013
El hogar en una ciudad que domestica placeres. Irene llegó a la ciudad a temprana edad, trabajaba en una casa de familia. Se escapó una y otra vez; una y otra vez impidió ser domesticada. Procuró siempre zafarse de la idea de pertenecer a alguien. Efectivamente encontró la soledad, aunque después de un largo tiempo y seis hijos de por medio. Ya habiendo vuelto al campo, Don Héctor, su esposo, el que compró el motor del trapiche, murió. Irene construyó su hogar, disfrutó de sus placeres más mundanos, ahogó sus penas y siguió en el mismo lugar del que hice una radiografía. Abandonando la ciudad para siempre.
1.
RADIOGRAFÍA DE LA ESPERANZA
Finca La Esperanza. Vereda Cañaditas
De lo ajeno en lo propio
Hay molienda en la casa. Irene se levanta, pero no como cualquier otro día. Ella disfruta el tono de la madrugada, no discute el frío que hace a las tres de la mañana, cuando se levanta a hacer tinto para los obreros que trabajan desde la media noche en la enramada. Pareciera ser esa la única necesidad, un buen tinto. Hoy la soledad no acompaña a Irene, ni el silencio habitual de la casa. Los animales esta vez no son la única banda sonora, ella por si acaso saca su grabadora para poner la emisora, pero ya desde la media noche ha empezado el sonido del trapiche que acompaña la casa y rompe el silencio.
La entrada, que aquí es siempre una bienvenida, la conforman cinco escalones que estuvieron algo abandonados, pero que hace poco repararon con cemento. Las paredes de adobe están cascadas y a punto de echarse abajo junto con todas las ventanas y puertas color café.
A la derecha, la entrada principal a la casa y a la izquierda la cocina. Serán ya las cinco de la mañana y encuentro un olor de melcocha caliente que llega desde la enramada. Hay un acceso de madera que da a la puerta principal, medirá quizás un metro cuadrado. Lo abro, chirrea y me delata, es el aviso, alguien llegó. El piso rojo que sigue agrietándose. A la derecha un cuarto con chécheres y ese olor particular a cajas de cartón donde empacan las cargas de panela “La Tobiana”. ¡¡Cuántas veces cambió este espacio!! Y, sin embargo, ahí está esa misma cama en donde hoy reposarán los trabajadores, después de una larga jornada en la enramada. Todo ha sido modificado y la historia de los inquilinos que algún día habitaron ahí, ya se hace ausente.
Una ventana entreabierta, de repente, es cerrada. Usted dirá ¿quién la cierra? Nadie lo hace. Entre por la puerta grande y levante su mirada, están las fisuras del techo que dejan ver la estructura de guadua formando figuras.
polvo a diario y confirmaría con la misma frecuencia su levedad, su deseo inconsciente de dejar de existir— es inolvidable.
Abajo la nevera con patas de madera y cerca de la mesa que ha sido el altar para los muertos, las celosías en la pared para darle libertad al viento. Al fondo, en el patio, viéndose por entre las rejuelas, el gallinero. Un cuarto a cada lado. Nunca hubo luz en esta sala, el bombillo en la habitación de la izquierda consigue alumbrar con dificultad. Allí, la misma cama amarilla y destartalada de siempre lleva nombre propio: Carlos, él, gordo y rubio, él se entiende con las bestias, logra mirarlas a los ojos y con gritos que emana su boca, logra sutilmente domarlas. Él, ajeno a todos. Su mesa de noche, un puesto de escuela muy viejo y en las paredes de su cuarto cuadros con impresiones de iglesias de alguna ciudad europea que nunca conocería.
Al frente, el cuarto principal, con una puerta de madera y sobre ella una calcomanía de Pastrana, promocionando su ejercicio como presidente entre 1998 y 2002. Algunos nombres que escribimos con esfero sobre la madera, mis hermanos y yo. Uno que otro trapo de la cocina colgado sobre tres barandas.
Abro la puerta y está ahí, su cama, la de Irene que me llama desde la cocina. Una ventana y al frente, en el cuarto siguiente otra; no intento discutir con ellas, me gustan más que las puertas, tienen un algo de misterio al estar siempre abiertas, al estar viendo sin poder ver.
Arriba de esta ventana, cerca de la cama de Irene, el purgatorio: un cuadro inmóvil y polvoriento carente de sentido y de malicia. Su ropa y su olor por la casa, sus tijeras, sus algodones de colores.
Aquí no hay frío ni desaliento, hay una escopeta y un bolso de cuero que lleva las balas, las de matar algún fara7 para que no se coma las gallinas. En la pared lateral a la ventana y al purgatorio, un hoyo que da acceso para ver al exterior de la casa, es un sistema espía que da a la enramada y al camino.
¡Primero quite la cabeza del muñeco viejo que lo tapa, ahora ya puede ver
afuera, puede ver la molienda!
Todo en la enramada sucede con una delicada definición de sobriedad, como si cada trabajador le dijera: ¡tómese su tiempo!
Entre. Vamos al siguiente cuarto. …y preguntará usted para qué le presento mi casa, bueno no es mía. Quizás olvidé que lo fue, así como también olvidé el purgatorio y las otras cosas no tan importantes.
Arriba en el techo de este cuarto, en la esquina superior derecha, hay un vacío que, si me pregunta, no sé para qué existe, allí están los murciélagos que esperan la noche.
¡La cama! ¿Cuál cama? ya no está, pero estuvo.
La guitarra de Don Héctor, esposo de Irene y las telas que hacían de cortinas. Medicamentos y cosméticos en la barda, junto a un cepillo de cerdas fuertes, al lado un espejo de cerveza costeña.
Y los muebles de un cuero azul que luego fue una tela de figuras geométricas con tonos de azules, rojos, verdes, amarillos y violetas, gracias a Aurora, hija de Irene. Muebles que chirreaban. El tiempo solo les dejo su olor. Otra puerta café y otra vez afuera.
La casa logra comunicar todas las habitaciones excepto la primera, allí donde están las cajas de cartón de panela “La tobiana”. Y así se pueden dar vueltas en redondo por todos los cuartos, la sala, el altar de los muertos, la cama de ella, por el purgatorio. Hoy se escucha el sonido del motor por la molienda.
Salgamos un momento, ahí está Irene en el comedor para servir la gallina que prepara, y que ya nadie come porque la familia se ha ido. Un comedor amplio sin paredes y con tejas negras. El piso rojo, el tanque del agua, las escaleras y un lavadero de cinco o seis piedras apiladas, que dan su mirada a la quebrada. Y con la presencia de Irene que prepara su gallina.
grandezas, no hay nada pequeño, ni insignificante. En la cocina todo es preciso y suficiente. Desde el medio día y hasta las cuatro entra la luz por cinco ranuras. Una butaca de madera relata todas las historias al nivel de los palos que encienden la estufa de leña; Irene corre las escotillas de la hoguera con la misma vara de metal de siempre.
Intenta decirme algo pero no la escucho. Ya entiendo, no quiere que me queme, su estufa rojiza arde pero no hace daño. Me siento en su mesón para escuchar una historia. Y hubo muchas, pero, como al purgatorio y las cosas no tan importantes, las olvidé.
Hoy, con la molienda, ella se concentra en su cocina, atiende a los obreros y al final del día solo resta dejar todo listo para, a las tres de la mañana, volverse a levantar.
¡A Irene no le pida que le enseñe, solo observe cada preciso movimiento. Siempre con su angustia por tener todo listo!
Yo vuelvo a la banca y veo, al final de la cocina, la última puerta, esta vez es de lata y pretende la seguridad en una cuerda de fique. ¡No hay lío, nadie entrará! Y me quedo mirando, y la cocina es oscura, solo entran cinco rayos de luz al medio día.
¡Siéntese!, le dejo sentarse en mi banca. ¿Ve? Pasa de todo y a veces no pasa nada; hoy con el trajín del trabajo de la panela, todos caminan por ahí. Y se hace invisible por unos cuatro días la inmediatez de la que carece la casa. ¡Salgamos!
Los cultivos de caña
El punto de vista del Exilio
Este es el fragmento donde están las raíces. ¿Conoces el olor de la caña? ¿Conoces el “amorseco” del monte? Repetidamente tuve estas lagañas en las botas, lagañas del monte, pedazos de una hierba peluda que se adhiere a la ropa a medida que caminan sobre la caña seca y que los campesinos aquí llaman “amorseco” del monte. Esquivo el cogollo de la caña para que sus pelos no me lastimen. Campos llenos que tapan la mirada; no hay horizonte y el paisaje se describe en caña.
Los cultivos ya cada vez más escasos han suscitado la incertidumbre de su desaparición. Se camina por entre ellos atento, el tacto es la herramienta principal y los trabajadores como Olivo y Humberto, que hace más de veinte años cortan caña, abren paso con su machete, sacan las cargas y las montan en las mulas que, camino abajo, llevan la caña hasta la enramada. Salen luego con un poco de “amorseco” en las botas y el pantalón.
Los cultivos acompañan senderos que se han hecho un tanto más amplios, (aunque, quizás por las fotografías viejas, construí una idea de pasajes angostos y mi imaginación me da para pensar en vías de herradura). Estas mismas rutas, donde están las mulas con las cargas de caña bajando y subiendo constantemente cuando hay molienda, son las rutas que construyeron el carácter y la cultura de todos quienes trabajaron y vivieron entre la caña de azúcar.
La enramada y el trapiche
¿Por dónde prefiere entrar? ¿Por arriba o por abajo? A decir verdad por cualquier lado estaría muy bien. Mire, arriba está el motor, abajo la hornilla. Bueno entremos por arriba.
Ahí está el camino que conduce a la carretera principal. Se desvía a la izquierda y está la casa. Al frente la enramada. Hay un árbol de naranja agria. Una alberca de agua para refrigerar el motor y la caneca de acpm. Las mangueras que lo alimentan y lo comunican con estos dos depósitos están cerca del motor: LISTER, BLACKSTONE hecho en Inglaterra, comprado hace ya más de 50 años por Don Héctor, esposo de Irene.
El trapiche, una composición de círculos perfectos, de engranajes y tuercas irregulares. Aquí, del volante y la polea se sostiene una correa que se mueve y gira con la cinta; se introduce la caña y el trapiche la aprieta, solo deja el bagazo y el jugo que se lleva a los calderos por un tubo. El piso de la enramada ha disminuido.
¡Los olores son penetrantes! ¡mire! La gente ha caminado tanto por aquí… está gastado, y ésta esquina en la que estamos ahora… ¡venga siéntese! Aquí jugué, creo que a subir y bajar esta frontera de tierra entre el bagazo y los cinco calderos que han hervido tres días seguidos. ¡No los toque, se quema! Puede sentir los vapores, ahí está el aroma.
En estos días, por la molienda, la pila de bagazo se hará más grande y los olores más presentes, a veces más agrios, como de guarapo, a veces más dulces de jugo de caña puro, en ocasiones de melado y agua panela.
A la derecha de los calderos, un tronco ahuecado llamado por ellos batea o tacho, donde se da punto a la melcocha, y los bancos donde se ponen las gaveras8, están siempre llenos de abejas; sin embargo, nadie intenta esquivarlas.
¡…baja estos tres escalones de tierra…! Aquí está la hornilla.
Dos ventanas de fuego que se alimentan de bagazo, siempre cerca las herramientas de trabajo, una pala y una escoba de matas.
¡Ya estamos atrás!
Subimos por una montaña que rodea la enrramada, por un camino de quizás diez metros: de un lado la pila de bagazo, del otro lado el camino y aparece de nuevo el árbol de naranja agria.
8
La molienda
1:OO am Se ha dejado arrumada la caña en un extremo de la enramada
desde el día anterior. Olivo y Humberto trabajadores desde hace más de veinte años, recopilan las cañas y cargan las mulas.
1:30 am Cantan los gallos, ya no suena el motor. Miguel le pega al palo de guácimo, le retira su corteza para limpiar los calderos.
2:50 am Todo parecía familiar y, claro, lo era: una enramada, las luces encendidas, las pilas de bagazo llenas. Un sonido fuerte, pesado y constante, el del motor.
2:57 am Hornillas listas y calderos hirviendo con el fuego.
3:22 am Sale una carga de panela. La vierten en las gaveras, la reparten, retiran la panela que sobra. Limpian las gaveras, las quitan, sale el molde. Ya hay panela de libra. Las almacenan en las cajas de cartón de “Panela La Tobiana”, más tarde las habrán de recoger para ser llevadas al pueblo y luego distribuidas.
4:40 am Las cajas medio llenas de panela y empieza el amanecer.
5:19 am Se enciende el motor. El olor es cada vez más penetrante. Melao, guarapo, panela. Una melcocha tostada.
5: 25 am Hay luz de día. Ellos trabajan.
2.
¡EXPRÓPIESE!
Como dice mi abuela: Se muere el perro, se acaba la cancha.
La muerte de Don Héctor, dueño de la finca, es el inicio de la discordia, la excusa para pelear por la tierra desde hace treinta años. Quince hectáreas, con quince mil metros cuadrados de cultivos, pastizales o potreros. La muerte, que lleva a la repartición y venta de la tierra, genera desacuerdos que transforman la noción y la experiencia de hogar.
La finca La Esperanza, en la vereda Cañaditas, es la segunda de las siete que hace parte de la vereda y que pertenecen todas a la familia Méndez Fierro. El núcleo ha perdido su forma por la fragmentación y venta de la tierra. Situación ineludible por el acelerado cambio en la economía capitalista que obliga la globalización. Es entonces, cuando la parcelación impide el deseo humano de organizarse y hablar desde un hogar, imposibilitando la capacidad de dialogar desde la zona de origen, momento en el cual existe una desintegración, un punto de quiebre.
En primera instancia, planteo la extinción del hogar. Reestructuro de manera crítica el pasado de mi familia, exprimido como la caña y hecho bagazo, por el espectro del progreso. Ilusión sustentada en la obtención de bienes, único centro activo de nuestro presente, que evidencia el punto de transición, el porqué del emigrar. Es ahí cuando sale a flote el bagaje histórico del lugar, resaltando su valor olvidado en el presente. Estudio, así, aquellas generaciones que, intentando no frustrar sus anhelos, apelaron por la modernidad. Por último, procuro crear puentes culturales que pongan en contacto el mundo olvidado en la enramada, con la experiencia de los emigrantes.
Las imágenes encontradas, tan arraigadas al territorio, logran definir mi concepto de hogar, rodeado de quienes lo habitan y al mismo tiempo de quienes lo abandonan. En este sentido el hecho de abandonar no significa despojarse de una historia, sino por el contrario, convertir las raíces en nuevas rutas que nos llevan a resignificar ese concepto.
su carácter, pero, hay una estrategia aquí de superación, que incluye necesariamente los inevitables procesos de movilidad que caracterizan la cultura global.
La hoya, la montaña, el topacio, el recuerdo, el hoyo y la pradera; lotes en los que se divide la finca. La esperanza fue dividida. Se crean fronteras entre aquellos quienes hacen parte del hogar.
La palabra Hogar proviene del latín Focus (o Fogar), que significa, originalmente, fuego o brasero. El culto a este, fue uno de los primeros que se realizaban entre los griegos y latinos. En cada casa, a la entrada o en el centro de ella, había siempre una hoguera, un brasero, una llama viva que era presencia sagrada. Una necesidad de fuerza, calor y luz.
Este concepto de hogar lo hago metáfora en la gallina, comida campesina que dio alimento a muchos hogares en Latinoamérica y que hoy es vista como los restos de una condición criolla menospreciada. Yo le doy un lugar a la gallina porque se sitúa precisamente en la cocina, ese espacio donde está el fuego, la brasa, el calor y la luz, en la estufa de leña que aún conserva Irene.
Realizo entonces, en medio de mi investigación un video experimental titulado “Una gallina que no se come nadie”. A través de esta imagen audiovisual relato todo el proceso de preparar la gallina. Un acto bizarro a primera impresión. Yo lo observaba con detenimiento, tratando de descifrar qué parte de la gallina era la que Irene sacaba primero, cuáles conservaba y qué era basura. Intentaba aprender a matar una gallina, aunque no me atreví. Esas gallinas determinaron mi forma de apreciar estos espacios, como una relación de caracteres que me definen hoy.
Las abuelas que las preparaban, se han ido y las familias que se sentaban a la mesa, ya no están. Llega a ser una metáfora de los muchos hogares en Colombia, despresados y mutilados
¡A la familia, como a la gallina, la despresaron también!
RECETA - LA GALLINA ALIÑADA- POR IRENE FIERRO
Para hacer un almuerzo con gallina, hay que corretearla primero en el patio, cuando es de esas criollas. Pero hay que correr y yo sola no puedo,
toca cuando estén los muchachos y haya quien ayude.
Se coge, luego se le pone un palo en el cuello, en la nuquita. El pie encima del palo, se estira y se desnuca. Pero hay que tener el agua ya calentando. Cuando este hirviendo, se mete la gallina en una vasija y se le echa el agua
caliente para pelarla y quitarle las plumas. Luego de quitarle bien las plumas, se hace una hoguera con bagazo y se charruzca9.
Se pasa al lavadero para que quede bien limpia. Se le echa jabón, agua, se raspa con el cuchillo, ¡bien lavadita! y luego cuando esté lista, se coge un
pedazo de cebolla y se le refriega para que no quede sabiendo a jabón.
Ahí ya se lleva a una olla en el fogón. Primero hay que destriparla bien, sacarle todo, lavarla bien por dentro. Retirarle la asadura que se lava y también va allá a la olla. Y echarle candela que hierva, que cocine.
El sancocho se hace con eso.
Se le agrega una cucharada de sal, un pedazo de cebolla para que le de sabor, cilantro (de ese que llaman barraquero o pieres nada, ese se da por
ahí en el patio no más, ese cilantro le da muy buen sabor), se le agregan unas seis hojas a la olla, que hierva.
Cuando hierve, se abre el plátano por la mitad y se hace en pedacitos, se va a la olla, se le echa yuca, papa blanca y criolla, arracacha y mazorca.
Todo cocina ahí con la gallina.
Cuando ya está la gallina, se saca y se pone a reposar. Se despresa, ¡bien despresadita!. Luego en un plato se hace un aliño con ajo macerado, sal y del mismo caldo que está hirviendo en la olla se le echa un poco, para que suelte la mezcla. Se coge luego presa por presa y se aliña. ¡Bien aliñadita!
Y cuando este todo, se hace el ají. Se comienza a servir, la gallina con arroz seco y el sancocho para que se la coman, que queden conformes, que
les guste a todos.
9
Karen Palacios Pintura al óleo sobre tela,
1 m x 2m 2014
"Siéntese usted a la mesa, recorra las grietas de la madera, llegue a su plato y sírvase su presa. El cubierto, la mano. Y alrededor, unas seis personas, que ya no se sentaran más con usted a comer esa gallina que sólo prepara Irene. En el cuello de la gallina, pone el palo seco de escoba que utiliza para barrer. Agarra el madero con seguridad pero sin pensar en ello, casi ignorando el tener que hacerlo. Lo ubica en paralelo a sus hombros con una mano y con la otra el animal. Está la gallina en el piso, el palo en la posición adecuada, sus manos firmes y le estira el pescuezo. Ha muerto. La pringa. Cincuenta metros hacia atrás, un árbol viejo, el mismo de siempre. La cuelga, la despluma, le habla, le cuenta. No habrán pasado más de diez minutos y ya está ese olor de poros abiertos y carnes desplumadas.”
Ahora bien, estas intenciones de subvertir, con el arte, los proyectos del Estado que llevan al exilio, aquí voluntario, demuestran que, las condiciones de nuestro tiempo exigen una novedad, una condición alentadora de poder traspasar las fronteras, desafiando posturas compactas que nos impiden relacionarnos de otras maneras con el mundo, ese que nos urge conocer.
La causa de esto, la modernidad:
y, sin embargo, es cierto: el mundo en el que vivimos hoy – en el cual la modernidad está decididamente desbordada, con irregular conciencia de sí y es vivida en forma desparejada, supone, por supuesto, un quiebre general con todo tipo de pasado (Appadurrai, 2001, p. 6).
Las condiciones de migración, que se dan en el marco de este paulatino cambio, generan ruptura en las relaciones interpersonales y con el espacio mismo que habitamos. Lo cual nos hace mudar de pensamiento: haciendo resistencia o dejándolo todo, de manera que hay mutación entre hábito y renovación.
Jorge Panchoaga, Antropólogo y fotógrafo de la Universidad Nacional, investiga en el Cauca una historia familiar, basada en el lenguaje y la tradición oral. “La casa grande”, proyecto fotográfico que hace referencia a la identidad y el valor de la historia, habla de un eje fundamental en el Cauca, donde se da la necesidad de un territorio y la resistencia generada por la expropiación de tierras es, entonces, cuando las familias deciden desplazarse o manifestar una resistencia. Se conspira en las noches para recuperar las tierras, con la idea de devolvérselas a su familia.
Jorge Panchoaga Serie “La casa grande” Fotografía
La migración, del campo a la ciudad, no es un acontecimiento nuevo en nuestra sociedad, teniendo en cuenta nuestras condiciones políticas inestables y poco equitativas. Cuando tenemos en paralelo la migración y el flujo de imágenes, músicas, noticias: aquello que es “productivo” para la industria. Vemos, cómo influye la noción de tiempo, eficiencia y utilidad en el migrante, visto como aquel que se expone a las condiciones de un nuevo hábitat. Puesto que el flujo de información es constante y veloz, esto tiende a gestar subjetividades en el migrante, es entonces, cuando nos convertimos en seres “apreciablemente globalizados” o “globalmente inútiles”.
Es cada vez más común que las personas deseen hacer realidad la posibilidad que se encuentra, primero en la imaginación, de que ellos o sus hijos vayan a vivir y trabajar en otros lugares, lejos de donde nacieron. Este es el resultado de una serie de informaciones que influyen en el nivel de vida, tanto local y nacional, como en general un sistema global que nos induce a despegarnos de nuestros orígenes. “En ese sentido podemos decir que las personas y las imágenes se encuentran, de forma impredecible, ajenas a las incertidumbres del hogar” (Appadurrai, 2001, p. 8).
Encuentro realizadores audiovisuales que relatan a través del lente, esas tramas que se entretejen entorno a la historia de Colombia. “La mancha es
la sangre del plátano y no es suciedad, es estética”, es un documental del
yo le dije aquí así: El campo pa’ mi es una página en blanco dónde el hombre con sus manos va escribiendo la historia de Colombia”...
Mientras tanto sus hijos dicen: “… Mis padres aman el campo pero no, nosotros ya queremos trabajar en otra cosa, eso es muy duro…”
Esta producción, retrata la identidad en los espacios que se habitan los protagonistas; el cielo que pueden ver; la comida diaria, el producto mismo de la tierra que define la relación directa entre territorio y habitante.
Colectivo CAMPO JUSTO “La mancha es la sangre del plátano y no es suciedad, es estética”
Documental – min 1:42
A esta investigación sobre la enramada le da marco histórico la consolidación cultural que deviene del desarrollo dado por este oficio que emplea la caña de azúcar. Las noches de molienda en las que los trabajadores como Olivo, Humberto, Irene, Carlos, Iván o Marly son mano de obra, de creación intelectual y gestores culturales, en este procedimiento de hacer la panela. Tal como se conoce este oficio, desde hace unos sesenta años, se agota y se transforma. Deriva de ahí, la condición humana de estos habitantes en la vereda Cañaditas, quienes reaccionan a la supervivencia, generada por un sistema económico del que ya no logran hacer parte de manera independiente y donde empieza a reinar la idea de unirse a la competencia o morir.
Allí, se solicita la mano de obra en menos cantidad. Los insumos de fabricación de la panela varían dependiendo del productor. Se deja de trabajar en las noches. Las producciones son más rápidas pues el gobierno, que instaura estas plantas de vapor, tiene mayor presupuesto para comprar más caña, entonces, se pasa de hacer dos moliendas al año a hacer una semanal. Los subproductos que se derivan de la caña de azúcar como bien pueden ser: la melcocha, el chirrinche o el guarapo, dejan de tener su espacio dentro del desarrollo cotidiano del lugar.
La arquitectura del espacio que en las enramadas tradicionales es abierta, dejando ver la pila de bagazo, los calderos y el motor, se modifica por una planta a vapor cerrada, cimentada con ladrillos y metal. Desaparece el tacho o batea: tronco ahuecado, donde se da punto a la panela. La madera se sustituye por el hierro. Las pilas de bagazo y el olor que proporciona al lugar, desaparece. El motor deja de sonar.
Calderos en una enramada artesanal – Vereda Cañaditas
Sin duda, para estos procesos artesanales (sin idealizarlos), competir con la nueva industria significaría perder el eje que articula la existencia de su cultura que se evidencia en las moliendas, tal como existen aún.
Esto me lleva a hablar del sistema en el que se ven envueltas las políticas económicas, que definen los sistemas de producción, llegando a ser una causa, así como lo es la herencia, de la movilidad hacia la ciudad.
En toda ciudad y en toda época existen bandas, fuerzas sociales, infraestructuras y servicios necesita la multitud para producir más cooperación, más libertad, más autonomía, más creatividad, más alegría colectiva?10
La economía expropia la tierra. Iván Urrea, lleva Treinta años trabajando en el sector panelero, en una entrevista hecha el día martes, 27 de mayo de 2014, él nos cuenta:
“Uno hace un cultivo de media hectárea y para invertirle se le van a uno tres millones de pesos; cuando ya se tiene un tiempo de veinte meses para dar producción y se vaya a hacer la panela, le dará por ahí a uno veinticinco cargas, que hoy en día cuestan tres millones de pesos, pero los costos que se le han ingresado a eso son por ahí de cuatro millones de pesos, entonces, el campo está muy mal por eso, porque nos tiene muy abandonado el gobierno.
El trabajo es completamente independiente, aquí no hay ninguna garantía, los salarios son bajos… A nosotros no nos colaboraron en estas enramadas por hacer una vaina de esas de vapor, entonces, más nos acabaron de joder ahí… Estamos muy mal con la producción de panela porque los precios son muy bajos y los costos son muy altos. Para invertir uno en esto, escasamente hace uno por sobrevivir y el resto malo, malo… Toda la gente ya no quiere es como saber del campo, se han ido a otros lados
10
Expósito, Marcelo, La potencia de la cooperación. Diez tesis sobre el arte politizado en la nueva onda global de movimientos, Buenos Aires, 2012. Recuperado de:
abandonando por falta de garantías… se han ido desplazando y desplazando porque aquí se pone cada vez más berraco para trabajar… se van a las grandes ciudades y los campos están abandonados, abandonados completamente…”
Cómo nos cuenta Iván, no hay garantías, precisamente porque el interés de las instituciones del Estado, es acabar con estos pequeños empresarios. Su voz expresa los síntomas de la extinción.
Nos da las cifras que corresponden a tres millones de pesos para el cultivo, lo cual se recupera en veinte cargas de panela, pero no se tiene en cuenta en estos costos: la mano de obra, los materiales de elaboración aparte de la caña de azúcar y la infraestructura para hacer la molienda. Entonces, según nos cuenta Ivan, se invierten cuatro millones de pesos de los cuales se recuperan, solamente, tres millones de pesos. Esto corresponde al impacto de los nuevos modelos de desarrollo económicos sustentados en la cantidad y no en la calidad, lo cual desemboca en la paulatina pérdida de las enramadas de producción independiente, las cuales, por falta de presupuesto para sembrar, se dejan de usar.
Los campesinos de esta vereda han optado por vender su caña de azúcar a la enramada de vapor presente en la vereda, pues genera más rentabilidad.
Ahora, otro punto importante en esta población sería la perspectiva de educación, que da origen al oficio:
La relación que guardamos con el conocimiento, ha mutado desde siempre. La educación que recibieron estos campesinos, distinta a la que recibimos tradicionalmente en las escuelas o colegios, se da con conocimientos que se transmitieron de manera directa entre familias: en los cultivos de caña, en el proceso de la molienda (corte, trapiche, calderos, gaveras, hornillas, cocinas, tejidos, cuentos, canciones) y puede resultar para nosotros: “citadinos”, algo anacrónico y carente de fundamentos teóricos. Sin embargo, el trabajo de la molienda deriva de una educación adoptada por generaciones. La institución: la enramada. Así, este proceso de aprendizaje, prolonga la existencia del conocimiento.
Ahora, la aparición de estos factores de riesgo de separación y frontera, de desarrollos económicos inalcanzables, de mutaciones de espacio y familia, hacen que elementos de esta educación como: el tejido de las esteras11; el uso de la escopeta para matar a los faras; la elaboración de envueltos; la chicha, el masato, el guarapo, el chirrinche y los cuentos, todo desaparece con Irene, Olivo, Flor, Humberto, Iván y Marly. Porque las generaciones venideras, como la mía, procuramos migrar y proyectarnos en otros escenarios de la sociedad. Ya sea por nuevos intereses o desconocimiento, pero, en principio, por la búsqueda del “progreso”.
11
3.
LA RAIZ ES LA TIERRA QUE LLEVO EN LAS UÑAS Hacia la creatividad en el exilio.
El árbol está virtualmente presente en la semilla.
Pierre Levy
Progreso dialoga con exilio y creatividad media la conversación.
Creatividad: — Soy el punto de claridad y origen, como consecuencia para aquellos que deciden o tienen que emigrar. Porque todos intentan asimilar y superar de la mejor manera el extrañamiento de su tierra. Todos dicen sobrevivir. Sí, en este país es sobrevivir. ¡…Que campo, que ciudad…! Aquí o haya igual es sobrevivir, lo importante es: qué vamos a hacer si nos quedamos sin nada. Esta conversación busca encontrar una manera de crear puentes culturales, que unan el desarraigo y la novedad. ¿Creen ustedes, progreso y exilio, que se pueden inventar puentes culturales entre generaciones, a través del arte?
Progreso: — Voy a iniciar leyendo este fragmento de un texto: “Cada generación se reinventa, y en tal sentido lo que podemos percibir es que, en el viaje hacia la globalización, el arte postula un paradigma para sobrevivir, tanto a la homogeneización como a la fragmentación y al aislamiento
totales.” (Bernal. 2013, Revista Errata). Crear puentes culturales es una de
sus funciones, Creatividad, y claro que sí podemos trabajar en ello.
— A mí me enseñaron a ir cada vez más alto, volar con tanta altura que parezca inalcanzable. Creo que lo puedo lograr. A ver si usted, Señor Exilio, algún día me alcanza. Aunque, sin ofender, lo veo difícil teniendo en cuenta el país dónde estamos y el exceso de usted que tienen aquí.
Exilio: — Yo opino que los desafíos que tienen que atravesar aquellos que deciden usar de mí, voluntariamente o por fuerzas mayores, consisten no solo en encontrar un lugar donde logren identificarse, además, por naturaleza, en hallar la manera de atrapar la esencia de su origen en medio de las constantes transformaciones del espacio, en muchos casos, para establecer relaciones que se puedan dar como nuevas experiencias.
Creatividad: — Comprendo su punto Exilio, Progreso sufre de una excesiva compinchería con el señor Egocentrismo, dejándonos a muchos por instantes y no solo a usted, fuera de su círculo social. A veces yo sufro de una negativa falta de Progreso en mi esencia. Pero, ¿piensa entonces, que Progreso también anda llevando su nombre encima?
Progreso: — Pido la palabra. El señor Egocentrismo no se encuentra presente, sin embrago, ya que nos acreditan una maravillosa relación de amistad, podría describir su personalidad colmada de una gran valoración de sí mismo. Él es el centro de todas las atenciones. ¿Está mal, acaso, eso de querer ser el centro y la vía de desarrollo? Yo lo encuentro bastante benéfico. ¿O no es eso lo que busca señora Creatividad, no es eso lo que busca usted señor Exilio? ¡Ascender!
Exilio: — Considero que usted, Progreso, es la meta de todos. -Y con esto que diré, respondo a su pregunta Creatividad-. Usted, Progreso, es una meta que se mueve constantemente y en eso pierde la característica de ser meta. En ese sentido anda por ahí volando tan alto, que no logra arraigarse a ninguna corriente, porque sus alas son tan grandes que no concibe la posibilidad de no usarlas. Se exilia incluso de sí mismo, en una búsqueda constante que me exige a mí, incluso a usted Creatividad, ir más allá de nosotros, a encontrar nuevos puntos de partida desde donde impulsarnos para alcanzarlo y eso lo encuentro bastante bueno.
— Sin embargo, creo que usted Progreso tiene otros rumbos que no ha querido mostrar ¿o no? Vive en medio de una lujosa ascendencia hacia lo superior y eso, en ocasiones, hace olvidar lo realmente esencial y nos mantiene viviendo en lo incomodo de estar sobreviviendo a diario. Es muy cierto eso que decía: en el país en el que estamos se sufre de un exceso de mí y se escasea de usted. Por eso señor Progreso, ha hecho usted que estos humanos, carentes ahora de simpleza, lo busquen tanto que olvidan lo que están buscando.
Progreso: — ¿Y qué buscan?
Progreso: — Ellos buscan eso, pero yo no prometí nada.
Creatividad: — Las promesas no existen. No son actos. En mi opinión, creo que no lograremos reinventarnos libremente, sin conocer lo que fuimos, o… en otros casos…, quizás sea mejor no haberlo sabido. ¡Depende de lo agudo de la historia!
— Sin embargo, mi punto es: habiendo pasado ese momento de transición y cambio que nos da usted señor Exilio, se les haya prometido, o no, monedas de oro o a la señora Felicidad que anda exponiéndose por ahí, dejándose conquistar, sea como sea, hay que gestar puentes culturales de reconocimiento. Yo puedo darles las estrategias, los modos de hacer, pero necesito que ustedes dos interpreten este patrimonio cultural, que pertenece a esta historia de vida particular, pero que cada vez más deja de ser, por su paulatina pero constante extinción.
Progreso: — Siento la necesidad de aclarar mi existencia en este punto de la conversación. No estoy seguro de que tan necesaria sea Riqueza en este punto, seguramente y sí, todos la buscamos, ella es demasiado atractiva. Pero, ando con Egocentrismo porque me exige. Mi estrategia de volar más alto es exigirles a todos. No me voy a poner con moralidades, simplemente, siento que hace tiempo desde los años ochenta con la caída del muro de Berlín, se crea esa noción de derribar la frontera; de ir más allá; de volar, de no estancarse; de ser libre en la comunicación. Y yo proveo todas esas cosas, ese puede ser mi puente cultural, Señora Creatividad: estructurar una sociedad en base al libre transporte de la información.
— En cuanto a este caso específico, sin ofender, considero que tuvo su momento de esplendor, pero ahora, los niños y jóvenes de este lugar no pueden impedir el empujón que le hace falta a ese hogar tan anhelado. Cada vez van perdiendo fuerza. Están al borde de un abismo y el empujón no depende de ellos.
— Considero entonces que Exilio y yo hemos ido siempre de la mano. Pero, somos las medusas de nuestros tiempos, tenemos tantos caminos como posibilidades, de agarrarse a nosotros o perderse. ¿Qué opina usted Exilio?
experimentan. En eso mismo considero que el migrante no se hace libre negando su pertenencia al hogar perdido, sino correspondiendo a su
perdida” (Bernal, Revista Errata, 2013)
Así, que será momento de dejar perder algo, para renacer en la disolución de aquello que concebimos como nuestro. A mí:
“me fascina sentir y entender que el hogar y su ubicación pueden cambiar constantemente de acuerdo a la acogida del lugar a donde se llega, a la mayor o menor sensación de desarraigo del último sitio donde se vivió o trabajó, y a la intensidad de la nostalgia hacia aquellos lugares donde se creció. Para mí el hogar es un concepto vacilante, temporal, que no está fijo y que no se asocia a ningún estado-nación, sino más bien a un sentimiento y a una experiencia de pertenencias diversas (Caicedo, 1978, p. 185).
— Procuramos, entonces, pertenecer. Pero como le dije un día a la ignorante y despreciable pareja, la señora Guerra y el señor Capitalismo:
“Ustedes no me quitan nada, mi hogar me lo llevo conmigo: mis padres, mis hermanos, mis hijos y mis raíces que se quedan en la tierra que llevo en las uñas, de aquello que trabaje y de lo que seguramente seguiré trabajando”.
4.
EL AMORSECO
Ya conoció el “amorseco” ¿Verdad? Lagañas del monte que me acompañaron durante mis trabajos de campo por la vereda. Caminaba con mi cámara por entre los cultivos y al final del día tenía en los zapatos estos diminutos y peludos fragmentos que da la tierra.
El vídeo y la fotografía son el medio de registro. Sin embargo, con el tiempo entendí que la manera en que la cámara me acompañaba no era sólo con la intensión de documentar espacios, también de inmortalizar noches de molienda, enramadas solitarias, entrevistas o conversaciones, rostros de familias, voces y sonidos desapercibidos.
Entonces empezamos a entender que cada cosa por ver, por más quieta, por más neutra que sea su apariencia, se vuelve ineluctable cuando la sostiene una perdida, aunque sea por medio de una desde lo que defino como la pérdida del patrimonio cultural. La enramada: entendida como espacio común que gesta la cultura de este territorio y que los define como comunidad.
Didi Huberman (2013), lo expresa cómo un punto de tensión contra el cual no se puede luchar, si lo sostiene una ausencia o una futura pérdida. Es ahí, cuando no queda más que detenerse para observar y ser observados. Una manera de residir el espacio, un adentro-afuera, cómo las ventanas de la casa edificada en adobe, de Irene; siempre abiertas para mirar, pero que impiden acceder a aquello que vemos. Es la existencia de una imposibilidad:
Entendí que, irremediablemente, algo desaparecería, excepto el “amor seco”, fiel acompañante en los trabajos de campo.
Adopté, entonces, una metodología de carácter etnográfico. Mi investigación inició hace dos años, cuando trabajé con los niños del pueblo de Tobia, en la Escuela Departamental “San Juan Bosco”. Esto se da con el objetivo de tener una cercanía con la población. Allí, desarrollé talleres de pintura, dibujo y experimentaciones con el video, todo en torno a la perspectiva de su espacio cotidiano: el campo. Cómo resultado de este primer acercamiento, me surgió un cuestionamiento: ¿entorno a qué espacio común se relacionan las personas de este territorio? y de acuerdo a esto, ¿qué los hace ser una comunidad?
Posteriormente, me centré en la vereda Cañaditas, donde encontré que todo el desarrollo cultural se da por el cultivo de la caña de azúcar y es la enramada el espacio común que da consistencia y valor a la comunidad de este pueblo. Se desenvuelve así la investigación y creación, en este espacio donde se generan las tradiciones orales, laborales, de arquitectura y construcción, dando paso al desarrollo del hogar y a la tradición culinaria.
Hice un recorrido por la vereda y encontré las seis enramadas que la conforman. Trapiches con su arquitectura en pie. Algunos habitados, otros solitarios y silenciosos. Todos conservaban su olor de caña seca, de bagazo.
Encontré la enramada de la señora Flor, quién muy amablemente me recibió en su casa. Vive sola, con sus pollos y sus gallinas. Los pasillos silenciosos de su casa, llenos de fotografías viejas e imágenes religiosas. Todos los objetos contaban una historia, ya fuera por su exceso de uso o por el abandono, al ser ya inservibles.
En paralelo a mi indagación etnográfica, recurrí al vídeo, como registro y expresión plástica. Encontré artistas como Rocio Belarra, quien tiene varias propuestas experimentales de proyección. Su video “Hogar”, muestra imágenes de una familia, de la que solo nos muestra las fotografías. Todas estas, proyectadas sobre objetos que se refieren a los espacios de las personas: paredes o puertas texturadas, pisos, cercas. En la instalación se ven incluidos tres perros sobre los cuales también se proyectan las imágenes y quienes se convierten en personajes de la historia.
Rocio Belarra Hogar
Video Experimental – Min 02:54
Estos espacios que se residen, buscan contar cosas, buscan comunicar y la familia es la excusa para que la casa, como la de doña Flor, hable.
Vista de la casa de la señora María Elisa. Vereda Cañaditas.
Vista de la enramada en la finca de la señora María Elisa. Vereda Cañaditas.
En las historias encontradas, a lo largo de la vereda Cañaditas y el territorio colombiano, vemos que de norte a sur hay despojo de las raíces. Hay un constante desinterés de quienes hacemos parte de la otra cara de la moneda, llamada ciudad. Pareciera que, desde aquí, vemos todo con una claridad que más parece neblina, creemos ascender tanto la montaña que ya no vemos nada y el progreso, del que nos cuentan historias, se pierde.
Otro proyecto documental, que soporta la investigación es: “Charco azul”. Al mismo tiempo que genera una pieza audiovisual, desarrolla un proyecto para la web. Utilizando la estrategia del dibujo, el cine y la música “Charco
azul”, retrata la historia de Buenaventura, ciudad que la violencia ha
dejado en el abandono.
En un redescubrimiento de espacios del pacífico colombiano: La loma, la casa, el charco azul y las carrileras del tren. Los artistas y realizadores cuentan la historia desde las voces de Flor, Luz Mery, Saida, Don Alberto y Willy, residentes del Charco. Un proceso, como relatan ellos: “fue de decantación, donde en más de una ocasión fue necesario ‘hacer de tripas corazón’ ante esas tantas verdades que, inevitablemente, le sacuden a uno
los sentimientos y la cabeza.12”
El charco azul
Página web: www.elcharcoazul.com
12
El plátano, la loma, la casa, la caña de azúcar, el bagazo… De vuelta a las enramadas, encontré algunas más enteras, otras con intentos de echarse abajo, todas con la misma estética, con objetos elementales para la molienda. Estructuras de madera y adobe, tejas de zinc, calderos, pilas de bagazo más grandes, otras un tanto más escasas.
Mi metodología de estudio, incluye entrevistas a los habitantes, fundamentadas en la observación de las prácticas culturales de este grupo social al que, de alguna manera, pertenezco. Exalto sus herramientas de trabajo cotidiano y la interpretación que hacen de su entorno rural que está en crisis. Encuentro en la arquitectura de este espacio las bases de su hogar y de su cultura, que como práctica común define el carácter de esta comunidad. Construyo a través de la fotografía instantes dentro de lo incierto de su existencia.
Habiendo hecho un censo de opiniones respecto de sus períodos de abundancia y crisis, los habitantes dicen que tuvieron toda una vida productiva, pero se acercan a la muerte de un período de cultivos de caña, de panela y guarapo. Constatando que son, probablemente, el bagazo de una época, como lo somos todos al final de cada historia. El bagazo de cada época en la que hicimos algo y de la que contarán, un poco más, un poco menos de lo que fue, pero con la capacidad de ser el combustible de una nueva producción que llevará su propia velocidad, dependiendo de la noción de progreso que se tenga. Cada uno decidirá el tipo de resistencia que hace, para que cada espacio que ocupamos alguna vez, no se lo coma la carrera hacia un algo más que desconocemos.
Vista de la enramada en la finca de la Señora Marly. Vereda Cañaditas.
Vista de la enramada en la finca de la Señora Marly. Vereda Cañaditas.
5.
PANTALLA MÓVIL
Intervención en comunidad
La proximidad entre obra y público se da por la familiaridad con el territorio/cultura.
Gilberto Mariotti, Tatiana Ferraz
La propuesta plástica se estructura en dos momentos fundamentales. La primera etapa se da con la pantalla móvil, cómo estrategia artística y de comunicación, poniendo en escena el trabajo etnográfico que realicé con los habitantes de la vereda Cañaditas y como resultado de ello: una feria de vídeo para el pueblo.
La muestra del trabajo, se da en agradecimiento por su colaboración, que partió de una experiencia relacional. La participación de los campesinos de la región, permitió obtener la información de manera solidaria. Esta iniciativa de proyectar los videos, se da para hacer evidentes los procesos en el trabajo de campo. También, se dan como espacio para comunicar la inconformidad de parte de los habitantes, haciendo un llamado de atención ante una futura perdida, generando en ellos sentido de pertenencia.
Uno de los desafíos del arte residiría en la capacidad de diálogo en diversas escalas. El arte desarrolló habilidades tales, como las que algunas prácticas artísticas aprovechan para generar una interlocución, en escala micro-política, de la comunidad (Mariotti, Ferraz, Revista ERRATA, 2012)
El dispositivo móvil busca generar espacios de interacción con la comunidad que es protagonista de la investigación. La pantalla diseñada se pone en diálogo con el espacio del pueblo, para proyectar sus voces y sus acciones en el espacio público, pues concibo el arte como un medio de comunicación capaz de ser directo con los públicos a los que se dirige.
Proyección en la plaza del pueblo - 12 de octubre de 2014
Programar una feria de vídeo para el pueblo, se da con el objetivo de crear un público diverso que igualmente se hiciera homogéneo en el espacio artístico que se estaba proponiendo.
de la “película”. Hice una invitación cordial a todas las personas que se encontraban en la plaza, e inauguré la proyección con una presentación del proyecto y el porqué de estar allí.
Se congregaron alrededor de cien personas como esperando la llegada del cine por primera vez al pueblo. Algunos cruzados de brazos con cara de asombro y confusión, otros sin darle la menor importancia pero con curiosidad. Los niños corriendo, los viejos sentados. Las caras de familia y amigos en redondo a la pantalla y a la plaza, la presencia del núcleo familiar: hermanos, padres, tíos y abuelos -esos mismos a los que la herencia y el progreso los había separado-. La satisfacción de haber cumplido con el objetivo principal de la muestra: reunir a la familia. Este día, un 12 de octubre, dedique la primera muestra de este dispositivo móvil, al hogar que estaba presente en sus rostros. La pantalla por primera vez muestra mi vida y la idea de proyectar los sueños de otros.
El primer video fue “La casa está en molienda”. Todos murmuraban: ¿de
Se hace visible la crisis en la que está el campo a través del diálogo entre una pieza audiovisual y el espectador, posibilitando otros caminos de acción diferentes a los ya trazados por el Estado en la vida de estos campesinos, que supuestamente dan vía al progreso: definido como la adquisición de bienes en la ciudad, que solicita de ante mano la venta de sus tierras o por el contrario la pleitesía y el trabajo mal remunerado.
La pantalla es objeto artístico, pero también es acción y da una llamada de aviso para generar sentido de pertenencia por la tierra que ya no se trabaja. En este sentido, la intención de documentar, se transforma en la función de denunciar. Punto de transición en el que ellos son conscientes que, como ciudadanos de este país, injustamente reciben poco de la seguridad social que profesa su gobierno y del desarrollo agrícola que, evidentemente, escasea en Colombia, insitando la deshumanización de quienes habitamos el país.
Es un intento de posicionar, a los viejos que cada vez son más viejos y a los jóvenes que ya no desean trabajar allí, en la idea de NO SE VENDE: las casas de adobe, las enramadas abiertas de columnas grandes y pilas de bagazo. NO SE VENDE LA TIERRA, SE CULTIVA.
Vídeo “Una gallina que no se come nadie” proyectado en la feria para el pueblo.
La segunda parte de la creación se titula “Fronteras y bagazo somos”.
Instalación donde hago uso del material de creación que elijo como metáfora de toda la investigación que planteo: el bagazo, residuo exprimido de la caña.
Fotografía de la enramada en la finca de la Señora Marly, intervenida con bagazo.
La frontera es una consecuencia que encontré de la herencia, de la fragmentación, de la crisis económica y del exilio. Analizando la repartición de bienes, la discordia familiar, la pelea por la tierra. Fronteras que se crean entre el humano, su hábitat y su cultura. Entre el migrante y su pasado. Entre el campo y la ciudad. Entre todos y la familia. Entre un pasado abundante en la enramada y un presente lejano de aquellos espacios olvidados. Fronteras y bagazo: aquellos residuos de luchas, peleas, ambiciones, todo lo que nos impide acceder al hogar.
6.
Habiendo liderado la investigación hecha en las enramadas de la Vereda Cañaditas e identificándome como el migrante, puedo deducir:
El migrante, aquí, expropiado de su hogar por condiciones económicas inestables, se rindió ante la idea de seguir siendo lo que era. Así, reconoció que algo había cambiado: su lenguaje, su paisaje, su cocina, su lugar de trabajo. Obvió el hecho de haber pertenecido a un entorno, así apartó su anterior cultura.
Consideró redundante e innecesario habitar la enramada. El migrante decidió exiliarse, perderse en un mar de información y creó una frontera con los restos de aquello que alguna vez fue.
Logró convertir la información que recibía a diario, para soportar la idea del cambio. Procesó los datos y dejó de ser un individuo ajeno al nuevo espacio para constituir un hogar.
Encontró una manera de sobrevivir al cambio, que voluntario o no, igual implicó una necesidad perpetua de creatividad.
Buscó el emigrante, encontrar las raíces de un hogar, sin saber que las llevaba consigo. Y encontró, que la creatividad en el exilio, es como la creación en el arte.
Aprendió el migrante, que la comunidad se puede reunir en torno a una causa de pertenecía por su territorio y rectificó el poder de la imagen para decir: esta tierra no se vende.
Valoró la mano de obra, la gestión de espacios, de recursos, de ganas. Halló que todo esto se da en torno al significado de pertenencia.
Intervino en la comunidad y cómo echando su/versión afectó de manera crítica la ineficiencia de sus gobiernos.
Concluyó que el arte edifica relaciones entorno a la construcción de espacios para la vida.
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