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UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID

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Academic year: 2022

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FACULTAD DE FILOSOFÍA

Departamento de Teoría del Conocimiento, Estética e Historia del Conocimiento

TESIS DOCTORAL

Estímulo, significado, consciencia: un estudio sobre los fundamentos de la psicología cognitiva y la eficacia causal de lo mental

MEMORIA PARA OPTAR AL GRADO DE DOCTOR

PRESENTADA POR

Juan Hermoso Durán

Director Pedro Chacón Fuertes

Madrid, 2014

©Juan Hermoso Durán, 2014

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ESTÍMULO, SIGNIFICADO, CONSCIENCIA:

UN ESTUDIO SOBRE LOS FUNDAMENTOS DE LA PSICOLOGÍA COGNITIVA Y LA EFICACIA CAUSAL DE LO MENTAL

Memoria para optar al título de Doctor por la Universidad Complutense de Madrid, presentada por D. Juan Hermoso Durán bajo la dirección del Dr. D. Pedro Chacón Fuertes, en el seno del Departamento de Teoría del Conocimiento, Estética e Historia del Pensamiento de la Facultad de Filosofía de dicha Universidad.

Madrid, 2014

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ESTÍMULO, SIGNIFICADO, CONSCIENCIA:

UN ESTUDIO SOBRE LOS FUNDAMENTOS DE LA PSICOLOGÍA COGNITIVA Y LA EFICACIA CAUSAL DE LO MENTAL

Juan Hermoso Durán

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A mis padres A Pablo y Martín A Olga

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[…] nuestra alma se ufana del privilegio de reducir a su condición todo aquello que concibe, de despojar de cualidades mortales y corporales todo lo que le llega, de obligar a las cosas que estima dignas de su intimidad a desvestirse y despojarse de sus circunstancias corruptibles, y a hacerles dejar de lado, como vestidos superfluos y abyectos, espesor, longitud, profundidad, peso, color, olor, aspereza, lisura, dureza, blandura y todos los accidentes sensibles […], de tal manera que la Roma y el París que tengo en el alma, el París que imagino, lo imagino y lo comprendo sin extensión ni lugar, sin piedra, sin yeso y sin madera.

Michel de Montaigne

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DE LA PSICOLOGÍA COGNITIVA Y LA EFICACIA CAUSAL DE LO MENTAL

Sumario

Captatio beneuolentiae . . . 11

Agradecimientos . . . 13

Exordio . . . 17

MUNDO, PALABRA, MENTE El genio de la lámpara . . . 77

Actitudes, proposiciones, hecho . . . 85

La sombre de Frege . . . 89

La cuestión del naturalismo . . . 96

Motivos para quebrar el hechizo . . . 101

Pensar sin pensar . . . 111

Coda. Quimera de la nube equivocada: la naturalización y el error . 122

RAÍCES Y DESARROLLO DE LA CONCEPCIÓN COGNITIVISTA DE LO MENTAL Crisis y vigencia del conductismo . . . 131

Fingida austeridad, o entender qué aprendemos . . . . 150

Divergencias y oscilaciones: las fuentes freáticas del funcionalismo . . 168

El dolor y la fragilidad: la naturaleza de las disposiciones en el conductismo lógico . . 180

El (retorno del) problema del retorno de lo mental . . . . 193

Despliegue y alcances del fisicalismo . . . 204

Nadar y guardar la ropa: conductismo, fisicalismo y teoría de autómatas . 212 Eficacia causal, relevancia explicativa, autonomía . . . . 223

Ab Architae columba lignea: madrugada del autómata . . . . 231

La extenuación del computador: contra capitis defatigatione, mathesis universalis . . . . 240

Las máquinas pensantes y la crisis de fundamentos de la matemática . 256 Mentes y máquinas: metáforas de una metáfora . . . . 266 Interludio. Autómatas y oficinistas: el cognitivismo como ideología . 284

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La mudable encarnación de lo mental . . . 288

Funcionalismos: cartografía teórica . . . 298

Espíritu, materia, función. Lecturas ontológicas del funcionalismo . . 337

Proteo también encadenado: nuevos esfuerzos por la unificación de la ciencia . . . 362

El dolor y la piedra de ijada: coextensividad nomológica y herencia causal . . . . 375

Prácticas de taxonomía neurológica y psicológica: estructura y función . 407 Obras o buenas razones: caridad contra herencia causal . . . 421

Aparejos para apresar lo mental . . . 435

Sobre explicar y comprender . . . 459

ENTRE EL MUNDO Y LA MENTE: LITIGIOS FRONTERIZOS Los lazos con el mundo: cómo describir estímulos y respuestas . . 469

El mundo en la mente y viceversa . . . 486

Un cerco invisible . . . 502

Lingua mentis, recinto umbrío . . . 517

La metáfora de la llave y la soberanía del significado . . . . 524

Cadenas causales díscolas y leyes cæteris paribus . . . . 548

Nociones de lo sintáctico: pensamiento y lenguaje . . . . 573

Un ensayo de restitución . . . 596

Naturaleza en la naturaleza . . . 604

Summary . . . 611

Índice onomástico . . . 627

Bibliografía . . . 637

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Las indagaciones que abrigan estas páginas han ocupado, con desigual intensidad, los últimos quince años de mi vida. Estaba ya embarcado en esta investigación cuando me fue por primera vez dada, formalmente, una labor de enseñanza: muchas de las reflexiones que aquí se perfilan provienen del esfuerzo por explicar alguna cuestión difícil a un estudiante que, a diferencia de tantos, tenía la sagacidad de saber que no entendía y el coraje de admitirlo. En el tiempo que ha abarcado esta investigación han nacido mis dos hijos, que me han enseñado tanto más de lo que hubiera podido yo aprender nunca; también la enfermedad y su mirada huera han hecho mella en mi corazón. Las más de las veces, sin embargo, no ha sido la presencia dichosa o terrible de los extremos de la vida lo que me ha apartado de las lecturas o las reflexiones que habían de ir dando forma a estas páginas, sino el ajetreado día a día que conlleva tratar de mantener a punto los engranajes en que descansa el quehacer de una nutrida comunidad de profesores y alumnos. Las demoras que todo ello ha ido imprimiendo a este trabajo, y que tantas veces parecían no tener fin, permitieron quizá, por otro lado, que los pensamientos que en él se plasman bebiesen de multitud de fuentes a las que de otro modo no habría tenido tiempo de acercarme.

A menudo, en estos años, me han preguntado de qué trataba esta investigación. Cuanto más iba adentrándome en ella, más difícil se me hacía contestar, y desde hace ya un largo tiempo vengo eludiendo la respuesta. Creo que va siendo hora: esta investigación trata sobre las diferentes maneras en que podemos intentar explicar las acciones humanas –las acciones de nuestros semejantes y las nuestras propias– y sobre la relación entre esas diferentes maneras; en particular, esta investigación trata sobre si existe una manera de explicar las acciones humanas – presumiblemente, la que articulan la fisiología, la bioquímica y, en último término, la física– sobre la que a la larga hayan de revertir todas las demás o si por el contrario hay otras que puedan reclamar para sí el don de hacer comprensibles aspectos de la acción humana que de otro modo permanecerían opacos; más en particular, esta investigación trata sobre si en las raíces del modo de construir teorías psicológicas que bajo el nombre de cognitivismo acabó, hará poco más de medio siglo, con cierta, breve hegemonía del movimiento conductista en seno de la psicología científica, es posible encontrar o no un fundamento sólido para la idea de que la explicación psicológica puede en efecto reclamar tal don para sí, y hacerlo además, como se ha pretendido, sin cuestionar que en última instancia todo cuanto existe en cada uno de nosotros es lo que en última instancia se conforma en su cuerpo; más aún, esta investigación trata sobre si la discutida autonomía de la explicación psicológica depende crucialmente o no de que nuestros cuerpos puedan encontrarse en estados cuyos lazos causales con el entorno que habitamos y con nuestras acciones sólo queden adecuadamente aislados si los describimos en el lenguaje teórico que nos proporciona la psicología. Al intentar desmadejar los muchos hilos que se enredan en esas preguntas, fue cobrando fuerza la convicción de que el concepto de significado

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formaba la urdimbre sobre la que habían de tejerse las respuestas; después, la de que el concepto de consciencia perfilaba el horizonte hacia el que esas respuestas habían de mirar; por último, la de que las raíces del problema, en su despliegue histórico, se intricaban en torno del concepto de estímulo. Estímulo, significado, consciencia sería, así pues, un título acertado para un estudio sobre los fundamentos de la psicología cognitiva y la eficacia causal de lo mental.

Esta investigación nunca tuvo un final, no al menos el final que yo, ingenuamente, había esbozado para ella. Tuvo, a lo sumo, una capitulación: me di por vencido cuando la medida del tiempo que le había consagrado parecía ya tan estrafalaria como la extensión de estas páginas. Me temo que sería presuntuoso, en consecuencia, pretender que tuviera una conclusión –a lo sumo podré ofrecer una recapitulación. Es ésta: creo que no encontraremos una respuesta convincente a la pregunta en torno al estatus de la explicación psicológica si no logramos antes descifrar el papel que en nuestra noción de causalidad desempeñan las causas mentales y, con ellas, el significado propio de los estados mentales que las conforman y la consciencia de la que de tanto en cuanto vienen revestidos. Pero aclarar por qué he llegado a esta convicción es mucho más laborioso, y llevará sin duda algo más de tiempo.

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“Παρὰ τοῦ πάππου Οὐήρου”, se lee al comienzo del libro I de las Meditaciones que a modo de notas para sí mismo –“Τὰ εἰς ἑαυτόν”– dejara escritas Marco Aurelio a lo largo de los años finales de su vida: “De mi abuelo Vero”, dice quien sería bautizado por Nicolás Maquiavelo como el último de los emperadores buenos, “el buen carácter y la serenidad”. Agradecer es, nos enseña Marco Aurelio, no sólo corresponder al beneficio que se nos ha hecho con la mínima ofrenda de su reconocimiento, sino también obligarnos a no perder de vista la huella que ha dejado en nosotros la generosidad ajena: no sólo algo que decimos a quienes dirigimos nuestro agradecimiento, sino también a nosotros mismos, como recordatorio de los muchos débitos que nos conforman.

Antes de seguir adelante, así pues, debe quedar anotado que sin la paciencia inagotable del profesor Pedro Chacón y sus siempre mesurados consejos –el más importante de los cuales, que acotara férreamente el objeto de la investigación, nunca logré obedecer–, este trabajo, como es obvio, nunca habría llegado a buen puerto;

tampoco habría habido, sin su generosidad, primeras publicaciones ni primeras experiencias docentes. Es precisamente su benevolencia lo que hace impensable achacarle ninguna de las tachas que se encontrarán en este trabajo, a la vez que hace obligado reconocerle cualquier virtud que pueda atesorar, pues él sin duda la habrá alentado.

Cuando, sin conocerle, llamé a la puerta de su despacho de la Facultad de Psicología, en la primavera de 1996, para hablarle de la tesis doctoral que entonces tenía pensado escribir –y que en bien poco se parecería a ésta–, venía de pasar no pocas mañanas en un improvisado seminario en lo que era entonces la Sección Departamental de Psicobiología, en el que el profesor José María Velasco nos había adentrado, a mi compañero Adolfo Maldonado y a mí, en el debate contemporáneo sobre filosofía de la mente.

La lectura a la que más tiempo habíamos dedicado en aquel seminario era El redescubrimiento de la mente, de John R. Searle, así que cuando en septiembre de 1997, merced a una beca del programa de intercambio académico entre la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad de California, llegué al campus de Berkeley, no tardé en matricularme en todas y cada una de las asignaturas que aquel año impartía el profesor Searle. Ya se tratara de un curso introductorio pensado para freshmen, ya de un seminario de doctorado, mi idea de la reflexión filosófica fue quedando punteada al escuchar cómo el profesor Searle desplegaba sus argumentos sobre las nociones de intencionalidad y consciencia –razonando en voz alta, volviendo sobre sus pasos para reexaminarlos, esquivando las objeciones de algún alumno, despertando a menudo la sonrisa o incluso la contenida hilaridad que no pocas veces acompañaba a la inconfundible mezcla de rigor lógico y apego al sentido común en que solía descansar su crítica de la razón cognitiva. El interés que en él y en su ayudante de docencia, Jennifer Hudin, evocaron los trabajos que en torno al concepto de dolor en los argumentos de Saul A. Kripke hube de presentarles fue

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entonces, y volvería a ser en algunos momentos de flaqueza, un acicate para perseverar en esta investigación, pues aquellos no eran sino sus balbuceos primeros.

Pero otro tanto podría decir de los profesores Hubert L. Dreyfus y Walter J. Freeman, que exploraban cada semana antes nuestros ojos las lindes entre fenomenología y neurofisiología, transitando con toda naturalidad de la trabajosa descripción del funcionamiento del córtex auditivo a la no menos trabajosa lectura de Merleau- Ponty, y de las penetrantes preguntas con que Sean Kelly iba dando forma a sus reflexiones y a nuestros apuntes; también de las pausadas pero inexorables indagaciones del profesor Barry Stroud acerca de la naturaleza del color –un asunto que me había inquietado desde niño– y de las igualmente inexorables y pausadas matizaciones con que el profesor Bernard Williams iba acechándolo –“But Barry…

don´t you think…?”, o incluso del fugaz paso por Howison Library de Ned J. Block para disertar en torno a la viabilidad de predicar propiedades cromáticas respecto de representaciones mentales, una ya lejana tarde de 1998.

Al otro lado del campus, en Tolman Hall, la reflexión sobre el color servía también de gozne entre lo mental y lo físico, y las restricciones empíricas meticulosamente fijadas por el profesor Stephen Palmer a la posibilidad conceptual de una inversión de las relaciones entre longitudes de onda y experiencias cromáticas –cuestión, como es sabido, muy cara al profesor Block– me ayudaron a entender algo mejor no sólo los tornadizos lazos entre lo concebible y lo posible, sino también el tiento con que es obligado avanzar cuando se conjugan premisas construidas con diferentes vocabularios teóricos. Ese mismo cuidado aprendería a reconocer –ojalá también a remedar– en las investigaciones del profesor John Kihlstrom sobre la naturaleza de la consciencia, en las que la voz de William James o Wilhelm Wundt podía escucharse, distante pero nítida, en una frase entresacada de un artículo de Larry Weiskrantz acerca del síndrome de visión ciega o incluso de un trabajo sobre protocolos de anestesia. Conciencia, experiencias de dolor o de color e intencionalidad conformaban, con todo, una visión un tanto solipsista de la vida psíquica, y sería en el vivo debate suscitado en el seminario sobre teoría de la mente que dirigía la profesora Alison Gopnik donde empezaría a vislumbrar el carácter constituyente de la presencia de los demás en cada uno de nosotros. Después, ya en primavera, las sosegadas reflexiones de la profesora Eleanor Rosch en torno a la construcción de la memoria autobiográfica harían arraigar ese convencimiento, y dejarían sembrados mis apuntes de otras muchas intuiciones que aún espero algún día tener tiempo de explorar.

Aquel año de intensísimo aprendizaje no habría sido posible sin la fascinación que habían sabido suscitar en mí la profesora Susana López Ornat y los profesores Luis Enrique López Bascuas y Fernando Colmenares, pero tampoco sin su apoyo expreso: a sus desconcertantes lecciones sobre el desarrollo del lenguaje y de la visión espacial, sobre la etología del comportamiento social y, sobre todo, sobre las conclusiones que de ello cabía derivar en cuanto hace a la naturaleza de lo mental – desconcertantes, claro, para un estudiante poco acostumbrado a que la labor docente

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dejara abiertas tantas preguntas como respondía–, se sumaría luego su generosidad al redactar las tres cartas de presentación que exigía Berkeley.

El regreso a Madrid traería consigo la ocasión de ahondar, de la mano otra vez de Pedro Chacón, en la espinosa cuestión del lugar de la consciencia en los modelos cognitivistas de lo mental, así como de seguir desbrozando el camino que para mí abriera primero Fernando Colmenares y luego Alison Gopnik, ahora bajo la pujante luz de las palabras de Ángel Rivière: su seminario sobre teoría de la mente en la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid fue una prolongación del embeleso que había sentido, en Berkeley, al contemplar el ejercicio vivo e insobornable del pensamiento. También nos falta hoy, como Ángel, el profesor Eugenio Fernández, cuya acerada inteligencia de Spinoza y del afán con que el Barroco tratara de domeñar la inquietante ubicuidad de las pasiones –develando, como él certeramente decía, el orden de los afectos– tanto me ayudó a hacerme cargo de que la investigación sobre la naturaleza de la mente, por mucho que se impregne de tintes conceptuales o empíricos, no puede desligarse de la reflexión moral. Aún me dejaría tiempo aquel curso, por último, para afianzar mis desordenadas lecturas sobre representación del conocimiento aprendiendo con la profesora Felisa Verdejo, del Departamento de Lenguajes y Sistemas Informáticos de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, a construir un rudimentario sistema experto en el viejo PROLOG.

Unos diez años después, en un seminario sobre sistemas expertos en evaluación psicológica impartido en el Colegio Universitario Cardenal Cisneros, tuve el privilegio de volver a fatigar ese terreno codo con codo con el profesor Luis María Laita de la Rica, de la Universidad Politécnica de Madrid, que con su bondad sin término insistía en hacerme ver la destreza con que lo transitaba. Pero diez años atrás, cuando habían transcurrido ya casi otros diez desde que abandonara los estudios de programación con que mis padres intentaran labrarme un futuro, escribir de nuevo línea tras línea de código se me había hecho tan arduo que no tuve otro remedio que pedir auxilio a un buen amigo suyo de siempre –suyo, digo, de mis padres–, y mío de los días de la infancia, el profesor Rodolfo Fernández. Él antes que nadie, apenas llegado yo a la Facultad de Psicología, había intentado mostrarme el horizonte que de cara a nuestra comprensión de nosotros mismos abrían esas mentes artificiales que se adivinaban en las computadoras. Su abrupta ausencia le ha impedido ver que el fruto de su empeño, aunque escueto, habría de llegar, pero le agradaría, creo, saber que su recuerdo tiñe las páginas de este trabajo.

Durante el largo tiempo que esta investigación se ha demorado, ha sido la confianza inquebrantable de Luis Lázaro la que ha procurado el sustento que, tanto como los seminarios o las lecturas, la ha hecho posible. No menos decisiva ha sido su generosidad al permitirme pasar alguna que otra mañana de trabajo en esta o aquella biblioteca, hojeando tantas referencias pasajeras, o en casa, redactando algún fragmento de estas páginas. Que, con desmedida benevolencia, él viese en mí, a quien había encomendado apenas dos años antes la enseñanza de la hoy extinta Filosofía de la Psicología en la División de Psicología del Colegio Universitario

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Cardenal Cisneros, a la persona idónea para hacerse cargo también de impartir la hoy maltrecha Historia de la Psicología acabaría imprimiendo un giro a esta investigación mucho mayor de lo que yo podía entonces suponer: ya nunca pude desistir de una mirada histórica sobre los asuntos que el desarrollo de los argumentos me abocaba a abordar.

A lo largo de los otoños de 2009 y 2010, además, la oportunidad de impartir en el campus de Madrid de la Universidad de Saint Louis una introducción al pensamiento griego, que debo a la confianza de John R. Welch, no sólo contribuyó a ese sustento, sino que también me permitió afrontar como un gozoso deber lo que hasta entonces había sido una pasión que reservaba para el verano. Inevitablemente, también de aquello pueden encontrarse huellas en este trabajo, desde la lectura del Crátilo hasta el modo en que el intento de ahondar en la idea de lógos lo suficiente al menos como para poder explicarla me llevó a entrever en su intimidad y su distanciamiento con la nuda realidad las raíces del lugar que la posibilidad del error ocupa, creo, en la noción de intencionalidad.

Por lo demás, he mencionado ya que esta aventura germinó bajo los auspicios de una beca del programa de intercambio académico entre la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad de California, pero no que continuó brevemente, durante los primeros meses del curso 1999-2000, bajo los de una beca predoctoral de la Universidad Complutense, a la que renuncié cuando hube de asumir mis primeras responsabilidades docentes.

La mayor parte de estas páginas ha sido escrita en Madrid, pero al releerlas reconozco también largos fragmentos redactados en Molino de la Hoz, en Cádiz, en Rota, o en Madrigal de la Vera, y que son por tanto deudores del cobijo prestado por mis padres –es decir: al margen del modo mucho más hondo en el que todo este trabajo está en deuda con ellos–, o por los padres de mi esposa. Aún sobrevive algún párrafo perdido al que di forma en Berkeley, y algunos más que maduraron en Lima, en la primavera austral del año 2002, merced a la hospitalidad del profesor Ricardo Silva-Santisteban, de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Otros fragmentos, que recuerdo anotados a vuelapluma en La Habana, Lisboa, Londres, Venecia o Moscú, hablan más que otra cosa de cómo la investigación que aquí se presenta lleva tanto tiempo engarzada en cada peripecia de lo que ha sido mi vida.

Mi vida, es decir: el amor inconmensurable de Olga Muñoz, que ha dado sentido a todo este esfuerzo –como ha dado sentido a todo lo demás desde que la conocí–; nuestros dos hijos, Pablo y Martín, en quienes ese aliento de sentido cristaliza cada día, tibio e irrepetible; mis padres, de quienes he aprendido todo cuanto en verdad sé –y habría sin duda aprendido mucho más si hubiera sido más espabilado, pues es mucho más lo que tienen que enseñar. Al igual que a cada uno de ellos ha pertenecido cada minuto de este trabajo, les pertenecen sus frutos, exiguos, quizá, y de sabor un tanto extraño. Acaso comenzaba ya a entenderlos Pablo cuando, al ver sobre la mesa de la cocina un tratado de epistemología que yo andaba consultando entonces, dijo complacido: “Papá está leyendo un libro sobre cómo espistar”.

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Exordio

Como la aparición del Djin –El genio de la lámpara– cuando Aladino acariciara su insospechado tesoro: éste es el símil que Thomas H. Huxley empleó en las primeras ediciones de sus Lessons in Elementary Physiology para perfilar la relación entre el surgimiento de un estado de consciencia y la irritación de un determinado tejido nervioso. Un abismo –chasm– escribiría poco después John Tyndall que mediaba entre ambos fenómenos; Émil du Bois-Reymond imaginaría un golfo –Klüft– alzado

“[…] frente a los límites de nuestro ingenio”. Estas metáforas de lo inabarcable, de lo incomprensible, forman el espacio del que parte la presente investigación, y se materializan en el resignado dictum que el propio du Bois-Reymond pronunciaría, en las lindes del siglo, respecto de la naturaleza y origen de las sensaciones: Ignorabimus!

La resignación, a su vez, se muestra como uno de los vértices de un campo de fuerzas en el que opera también la frugal modestia de que hacía gala Claude Bernard al excluir de nuestras capacidad de comprensión el porqué de los hechos, así como la tenacidad arrolladora de Santiago Ramón y Cajal, convencido tal vez de que en el ámbito del saber toda rendición es prematura.

La sospecha de que la consciencia pudiera ser un “[…] hecho último de la naturaleza” –éste es el giro que Huxley elegiría, después, para librarse del Djin–

sigue viva en el debate acerca de lo mental en nuestros días, un debate cuyo tejido parece tensado por las mismas fuerzas y articulado en torno a parecidas metáforas: el hiato explicativo –gap– al que alude Levine, o la “[…] llama misteriosa” que parece querer convocar McGinn. Se ha dado, no obstante, un giro de cierta envergadura.

Buena parte de nuestros esfuerzos recientes se ha centrado en el intento de entender los lazos entre un pensamiento –o un deseo, o un temor…– y aquello en lo que pensamos –o deseamos, o tememos…–: un trabajo en la estela de la idea de in- existencia intencional en la que Franz Brentano cifró la singularidad de lo mental, salvo en que se acomete dejando entre paréntesis la cuestión de la consciencia. Si du Bois-Reymond creía que el sexto de sus Welträtsel –la naturaleza del pensamiento–

caería ante nosotros como fruta madura si pudiéramos desvelar el quinto –el surgimiento de la sensación–, nuestro propio empeño, como con ánimo bien distinto hacen ver Zenon W. Pylyshyn, Colin McGinn, Daniel C. Dennett, John R. Searle o Jerry A. Fodor, ha sido perseverar en el asedio de aquél asumiendo nuestra ignorancia respecto a éste.

Actitudes, proposiciones, hechos son, así pues, las madejas con las que se teje la indagación acerca de los lazos entre mente y mundo. Si bien la pregunta por las relaciones entre –digamos– una creencia y aquello que creemos es a todas luces diferente de la que concierne a las relaciones entre la creencia y –por recrear el lenguaje de Huxley– la irritación nerviosa, no es menos obvio que entre una y otra cuestión han de existir pasadizos que valga la pena iluminar: que Brentano consignara la intencionalidad como marca de lo mental puede verse entonces como un modo de advertirnos de la profundidad de dichos pasadizos. Pero es en la idea de Bertrand Russell de que es fructífero pensar en creencias o deseos como actitudes que

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mantenemos hacia determinadas proposiciones, las cuales a su vez se refieren a tales o cuales hechos, así como en el marcado giro lingüístico que Roderick Chisholm diera al estudio de estas actitudes proposicionales al centrarlo en el análisis del comportamiento lógico de los enunciados del lenguaje coloquial que se emplean para atribuir tales actitudes a otros o a nosotros mismos, donde el cognitivismo ha encontrado la más caudalosa fuente de inspiración para dar forma al abierto recurso a representaciones internas en la explicación de la conducta que le sirvió para desligarse de la tradición conductista. A pesar de que la armazón conceptual alzada por Russell o Chisholm queda lejos de proveernos de explicación alguna –pertenece más bien, como se dirá, a la topografía del explanandum que a la fábrica del explanans; es, si se prefiere, explicativamente inerte–, lo cierto es que al ceñir los cimientos de dicha fábrica deja ya fijados algunos de sus rasgos principales. Así, pongamos por caso, el cognitivismo se aboca a perfilarse como una reivindicación de la psicología que de algún modo se halla implícita en ese lenguaje coloquial –reivindicación cuyos términos habremos de esmerarnos en delimitar. Con ello, asuntos como la proliferación en el seno de dicho lenguaje de contextos intensionales –i.e., refractarios al principio de sustituibilidad salva veritate de términos correferenciales que ha quedado consagrado como ley de Leibniz– aparecen como claves de las que una teoría psicológica madura debería rendir cuentas. En el desarrollo del cognitivismo resultaría decisiva, en efecto, la idea de que el control efectivo de la conducta compete a las representaciones internas, y no a los estímulos –idea que es, según se verá más adelante, se revela como un trasunto de la de intensionalidad.

Si reemplazar un término por otro que se refiere a lo mismo puede hacer falso un enunciado verdadero –o viceversa–, es razonable pensar que esto ocurra porque el término no se emplee en virtud de aquello a lo que se refiere –su extensión, su denotación–, sino del modo en que lo hace –su intensión, su connotación. Tanto los trabajos lógicos de Aristóteles como los de John Stuart Mill destellan, pues, entre los orígenes de la concepción cognitivista de lo mental, pero mucho más rotunda es sin duda La sombra de Frege. Como es bien sabido, en el transcurso de las investigaciones de Gottlob Frege sobre la naturaleza de la relación de identidad, el sentido –Sinn– de un signo (o una expresión) se va perfilando como las propiedades semánticas que lo diferencian de otro signo (o expresión) con el (o la) cual comparte una misma referencia –Bedeutung–; aquello, por tanto, que permite que un enunciado que una a ambos signos (o expresiones) en torno a un signo de identidad, “=”, no resulte forzosamente tautológico. El sentido es, entonces, no sólo aquello que determina su referencia, sino además aquello que aprehendemos cuando entendemos un signo o una expresión. Pero el sentido no puede ser –piensa Frege–

una representación interna –una intuición o presentación, Vorstellung–: tales representaciones, que atañen a la psicología, pueden variar indefinidamente entre sujetos, pero el sentido de un signo, so pena de hacer imposible toda forma de diálogo, ha de ser estable. Al destilar de esa idea ingenua del sentido como Vorstellung todo vestigio psicológico acrisola Frege su noción de pensamiento: aquello que asevera una oración afirmativa –un juicio–, y que equivale a su sentido.

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Naturalmente, además de expresar un pensamiento –esto es, de albergar un sentido–

un juicio bien puede ser verdadero o falso. Comoquiera que ese valor veritativo no es el pensamiento expresado –esto es, el sentido–, Frege lo identifica con la referencia del juicio. Pero sabíamos que es el sentido lo que determina la referencia –y lo que captamos cuando entendemos–; ahora sabemos, por tanto, que el sentido de un juicio porta consigo su valor de verdad. Entre los bastidores de la concepción fregeana del significado, así pues, se opera una exhaustiva purga cuyo propósito no es otro que desproveer a la lógica de cualquier tonalidad psicológica, y cuyas consecuencias para nuestra concepción de lo mental son múltiples y de profundísimo alcance.

Constatamos, por un lado, cómo la verdad o la falsedad de un juicio, que depende de su sentido, han quedado expulsadas de los dominios de la psicología: tal como nos recordaría Kenny, si hubiera leyes que describieran el encadenamiento de estados mentales, éstas no harían “[…] ninguna distinción entre pensamientos verdaderos y […] falsos”. De nuevo, es fácil entrever en este punto las fuentes de la primacía que la representación adquiriría en el seno del cognitivismo en detrimento del estímulo –es decir, de los hechos; es decir, de la verdad de la representación. La argumentación de Frege, con todo, ofrece una primera oportunidad de bosquejar una reivindicación de la relevancia, en la explicación psicológica, de los lazos que las representaciones internas traben con el mundo: en pocas palabras, si asumimos que estados psicológicos como las creencias se originan en ese tráfago causal que comienza en la estimulación de los sentidos –aun cuando aceptemos que recibe también el caudal de otros afluentes– y no incorporamos una explicación de la posibilidad del error en los fundamentos de nuestra teoría psicológica, ya de poco servirá que intentemos –como el propio Frege– hacerlo después.

Por otro lado, asistimos también en Frege a un riguroso pupilaje de las peculiaridades del lenguaje psicológico coloquial a un caso más general, el de la mera cita: “Duncan creía que Macbeth era digno de confianza” no es entonces esencialmente diferente de “Tales dijo que el agua es el principio de todas las cosas”;

en ambos enunciados, lo que la oración subordinada aporta al sentido de la principal –es decir, al pensamiento expresado por el juicio–, y por esa vía a su referencia, no es su propia referencia –es decir, su valor de verdad– sino su sentido, y sólo podría por tanto quedar reemplazada salva veritate por otra de sentido idéntico. Así pues, tomar, de la mano de Chisholm, el comportamiento lógico de determinadas expresiones del lenguaje psicológico coloquial como brújula para nuestra comprensión de lo mental aparecería como una maniobra que sólo ha resultado viable al amparo de una lectura de Frege de la que cuidadosa o burdamente se ha segado cualquier retazo de aire antipsicologista –como muestra, por ejemplo, la reinterpretación de la idea del sentido en tanto que modo de determinación de la referencia como la de un modo de presentación de la referencia, confundiendo así Sinn y Vorstellung. Ha sido quizá Ullin T. Place quien de forma más certera ha escrutado las limitaciones del giro lingüístico emprendido por Chisholm, su origen –que él cifra en la influencia perniciosa de la distinción entre saber qué y saber cómo trazada por Gilbert Ryle al hilo de ciertas observaciones pasajeras de Wittgenstein–, y algunos de sus frutos menos apetecidos

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–fundamentalmente, la postergación del análisis de estados psicológicos tan cruciales como puedan serlo la creencia o el deseo, pero menos ajustados al rígido esquema de la actitud proposicional.

Entre la convicción de raigambre brentaniana según la cual la intencionalidad distingue a lo mental de lo físico y el infatigable empeño por encontrar una explicación de los fenómenos mentales que podamos incardinar sin fisuras en el edificio de la ciencia natural –encarnado quizá ya en Ramón y Cajal, pero que a efectos del debate contemporáneo cristaliza en Willard V.O. Quine–, se circunscribe La cuestión del naturalismo. La idea de naturalizar la intencionalidad –de explicarla, digamos, en términos de propiedades que no la presupongan– se perfila hoy a menudo como un tributo mínimo, pero ineluctable, a cierta concepción reduccionista de la ciencia, un tributo expresado en ocasiones mediante el concepto de superveniencia y ligado a la idea de que la relación entre una creencia o un deseo y aquello que creemos o deseamos no puede de ningún modo constituir una propiedad primitiva –elemental, básica– de la realidad, como lo serían –como sólo lo serían– las propiedades que postula la física. Otras veces, la idea de naturalización aparece sencillamente como un canon epistemológico irrevocable, casi como una mera exigencia de transparencia en la explicación. Pero también, claro está, cabe entender el afán de naturalizar la intencionalidad como fruto de una mostrenca obstinación en asemejar cuanto no entendemos a “las cosas”, que creemos entender mejor. Así que, como queda claro al hilo de una célebre discusión entre Fodor y Searle, lo que se dirime es a fin de cuentas si a la intencionalidad le cuadra el viejo adagio del obispo Butler según el cual todo es lo que es y no otra cosa: si es uno de esos hechos últimos vislumbrados por, si al apelar a ella hemos topado con el lecho rocoso en el que –ya lo anunciaba Wittgenstein– “[…] las explicaciones tienen que terminar […]” o si, por el contrario, apenas hemos nombrado aquello que pretendemos comprender. O, tal vez, si el desencantamiento del mundo que procura el conocimiento científico ha de alcanzar también a todos los reductos de la propia mente que lo ha forjado.

La pregunta se torna, entonces, en la de cuáles podrían ser nuestros Motivos para quebrar el hechizo, cuál es la mies que nos aguardan, si es que nos aguarda alguna, si finalmente hubiéramos de rendir el cobijo que habíamos creído hallar en la singularidad de lo mental. Pues bien: quebrar el hechizo empieza a entreverse así como un mal menor, un modo de soslayar una cosecha más aciaga. El mal mayor, claro, no es otro que la perspectiva de que haya que decretar la radical inexistencia de aquello que anhelábamos salvar. Ciertamente, que la intencionalidad –o cualquier otra cualidad que queramos hacer distintiva de lo mental– sea una propiedad última de la realidad o que se derive de otras de naturaleza en algún sentido elemental no son las únicas posibilidades lógicas abiertas: cabría pensar también que sencillamente no exista tal propiedad, ya porque la utilización que de ella hacemos en el discurso filosófico o en nuestras explicaciones ordinarias de la conducta no sea más que una ficción útil, ya que porque, además de ficticia, la noción de intencionalidad se torne perfectamente inservible tan pronto como sepamos construir una más acertada, en el vocabulario de ciencias más básicas. Instrumentalismo y eliminacionismo son, pues,

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los polos menos y más severo de una interpretación antirrealista de lo mental que su naturalización, después de todo, nos permitiría al menos rehuir. Las dificultades que afronta el naturalismo pueden leerse entonces –el locus classicus de ese giro se encuentra en Palabra y objeto, de Quine– como un acicate para promover la abolición sin paliativos del vocabulario psicológico tradicional. Desde esta atalaya, en fin, el paisaje resulta suficientemente lúgubre como para que la naturalización de lo mental se vislumbre como un destello esperanzador, como una forma de humanismo.

La tesis de que no haya otra forma de entender la intencionalidad que incorporarla a un presunto inventario de propiedades últimas de lo real o al de sus derivados –o, al menos, que no haya otra forma de entenderla sin vernos arrastrados al antirrealismo– es puesta en tela de juicio por Terry Horgan, quien considera viable construir una idea de propiedad fundamental que deje indemnes las convicciones naturalistas. La articulación de ese delicado equilibrio requiere, no obstante, conceder a Horgan un conjunto de premisas acerca de los motivos que subyacen a dichas convicciones, la relación entre la intencionalidad y las propiedades elementales sobre las que descansa, la idea misma de propiedad elemental, y la naturaleza de los conceptos humanos en general, en torno a las cuales es fácil sembrar dudas. En particular, el argumento de Horgan depende de la tesis de que cualquier caracterización naturalista de las propiedades elementales en las que en el fondo consiste la intencionalidad nos resultaría intratable. Pero el único modo de que eso sostenga sus conclusiones es que la intratabilidad en cuestión no sea asunto de una circunstancial penuria, sino más bien –digamos– de una indigencia constitutiva de nuestro entendimiento, y Horgan está lejos de haber dejado afianzada tal cosa. En realidad, la idea de que el vínculo entre lo mental y lo físico desborda nuestra capacidad de concebir hunde sus raíces en un territorio que nos es conocido –Huxley, Tyndall, du Bois-Reymond. Tan convencido, no obstante, como pudiera mostrarse du Bois-Reymond de que incluso un sabio fáustico habría de rendirse a su ignorabimus lo estaría poco después Edward L. Thorndike de lo contrario –Max F.

Meyer, en la estela de Thorndike, pronto comenzaría, de hecho, a dar forma, en el seno de un conductismo temprano, a la osada conjetura de la inexistencia de esa realidad mental que otros veían impenetrable: a la equiparación de deseos, anhelos o creencias a fantasmas, dioses o demonios.

Pensar cómo podríamos Pensar sin pensar se perfila entonces como el reto crucial al que nos enfrenta la pujanza de esa avidez por abolir lo mental que arraiga en el pensamiento de Meyer. La fuente de la que manan los juicios más severos acerca de la realidad de la mente –o, entre éstos, los más firmemente fundados– se halla en la idea de que el discurso psicológico bien pudiera incorporarse al vocabulario propio de la ciencia en tanto reconociéramos su naturaleza teórica. De ese modo parece que pretendían Rudolf Carnap o Wilfrid S. Sellars –pero también, antes, Carl G. Hempel– proclamar que el positivismo lógico admitía en el seno del saber científico a la psicología, antaño desterrado por Auguste Comte. Ahora bien: si los conceptos que conforman ese discurso psicológico son en efecto conceptos teóricos, no cabe negar entonces que pudieran pertenecer a una teoría tan falsa como

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longeva; de ser así, ¿qué otra cosa podríamos razonablemente hacer salvo prescindir de ellos, como ya prescindimos de los espíritus animales o el éter?

Consideraciones de esta índole labraron, sin duda, el humus del que brotaron las dudas de John J.C. Smart –“Jack” Smart– sobre el estatus de realidad de los fenómenos psicológicos, que Ullin T. Place y él mismo habían dado por idénticos a sus correlatos neurológicos. Ante las implacables críticas que la tesis de identidad psicofísica y la noción de análisis temáticamente neutral en la que Smart trataba de sustentarla recibieran de manos de Jack T. Stevenson o Marshell C. Bradley, Smart, en la estela que había trazado Paul K. Feyerabend, no pudo sino escuchar el canto de la sirena y conceder que acaso, después de todo, no nos fuera dado identificar un deseo con un estado del sistema nervioso, sino afirmar la inexistencia de aquel en beneficio de la inequívoca existencia de éste. Aunque el mismo Smart tildaría poco después de veleidades sus titubeos eliminacionistas, otros muchos se han esforzado en tantear las consecuencias que acarrearía la inhabilitación del vocabulario psicológico. Entre los hilos de esa discusión vale la pena detenerse en el que trata de hilvanar Stephen Stich o, poco después, David Braddon-Mitchell y Frank C. Jackson:

la naturalización de la intencionalidad, o la inviabilidad de tal empeño, resultan indiferentes –insiste Stich– en lo que atañe al estatus ontológico de ésta, según nos muestran otros conceptos incontestablemente científicos, como el de “fonema” en lingüística o el de “conducta de acicalamiento” en etología, cuya naturalización resulta igual de espinosa; los conceptos psicológicos –aseguran Braddon-Mitchell y Jackson– encuentran su nicho entre las ciencias toda vez que no exijamos que éstas únicamente empleen conceptos referidos a clases naturales, o bien que permitamos que tales clases vengan delimitadas, como vienen los conceptos psicológicos, según criterios funcionales. Asemejar creencias o deseos a fonemas, conductas de acicalamiento o, como hacen Braddon-Mitchell y Jackson, a constelaciones –ya Place había explorado en su día las similitudes entre la naturaleza de los estados mentales y la de los electrometeoros–, en lugar de a fantasmas, dioses o demonios, se perfila así pues como un modo de limar las aristas del eliminacionismo. Otro, quizá más acre, pasaría por mostrar cómo hay más conceptos, tan medulares o casi a nuestra visión del mundo como los de deseo o creencia, que habrían de correr la misma suerte: pocos años después de que Meyer diera el paso de desmentir la realidad de lo mental, Francis G. Crookshank, un médico de Londres, abogaba con vehemencia por la abolición del concepto de enfermedad.

Tal vez con maneras demasiado expeditivas ha tratado Searle de abatir las tesis eliminacionistas haciendo ver que la relevancia o irrelevancia de los conceptos psicológicos en la explicación científica es inocua con respecto a la existencia o inexistencia de los referentes de dichos conceptos, como ocurre con tantos otros conceptos de uso cotidiano para los que no hay cabida en el discurso de la ciencia. El error que subyace al eliminacionismo residiría entonces, como ha señalado John Heil, en la identificación de los conceptos psicológicos como parte del explanans de una teoría –movimiento que proviene de Carnap, y cuya impugnación Lycan ha ligado al pensamiento de Sellars –, y no como parte del explanandum que una ciencia madura

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ha de abordar. Hay, desde luego, otros ensayos de aplacar los conatos eliminacionistas, como el de convertirlos en gestos auto-refutatorios que, al defender la inexistencia de creencias, implicarían la imposibilidad de creer en su propia verdad –según intenta Heil–, o el de hacer de ellos palabrería estéril, trivialmente verdadera o trivialmente falsa según cuál sea la teoría de la referencia que adoptemos –con el que Stich de desliga de sus anteriores requiebros con la abolición del vocabulario mentalista. Pese a la encendida controversia que a menudo se ha desencadenado en torno a estas cuestiones, no es difícil reparar en que las tesis eliminacionistas han ido colonizando cierta oratoria sobre lo mental y lo cerebral, aún a costa de convertirse más de una vez en aseveraciones tan solemnes como nimias, en las que la contradicción aflora casi a simple vista; otras veces, en cambio, en la tensión que provoca la presencia de lo inexplicado cobra vigor el mismo aliento poético que desde los tiempos de du Bois-Reymond, y antes, ha venido impulsando no pocos avances científicos.

Como en las fábulas de antaño, la Quimera de la nube equivocada nos enseña el modo en que el intento de entender que nuestras palabras o nuestros pensamientos puedan designar o describir erróneamente el mundo ha ido entrelazándose con el propio intento de entender que nuestras palabras o nuestros pensamientos puedan, sin más, designar o describir el mundo. De hecho, como veremos, la posibilidad del error se ha ido erigiendo recientemente como la clave que habría de permitirnos dar cuenta de la relación entre la mente y el mundo, en tanto que nota que diferenciaría lo propiamente semántico del signo natural. A modo de coda de estas secciones de aire propedéutico, se hace, entonces, irrefrenable la tentación de articular, aun muy deslavazadamente, un relato de cómo esa distancia que entre las cosas del mundo y los pensamientos o palabras con que tratamos de apresarlas entraña el error ha ido abriéndose paso en nuestra comprensión de nosotros mismos. Hay en ese relato una transparencia originaria, que desde la metafísica biblíca en virtud de la cual el Apocalipsis puede aludir a la muerte de un nombre –por la de quien es por él nombrado– alcanza hasta las conversaciones entre Agustín de Hipona y su querido Adeodato, y que apresta también el trasfondo sobre el que se va dibujando en el pensamiento griego la paulatina consciencia de que, si bien lógos es tanto el orden fundamental oculto en el mundo como el discurso o la razón que lo develan, entre esas dos orillas suyas media a menudo un ancho cauce.

Así, en el desdén que Heráclito comparte con Parménides hacia “las opiniones de los mortales” encontraremos los primeros destellos de la minuciosa indagación sobre el error que se despliega en el diálogo platónico entre Sócrates, Hermógenes y Crátilo al que éste último da nombre. Ese hiato entre pensamientos y cosas, entre palabras y cosas, habrá de abocar a Platón a una acerba renuncia al lenguaje como norte de los pasos del philó sophos –“el más profundo dolor”, según expresión de Giorgio Colli, se escondía en la constatación de la pobreza del lenguaje, y las sospechas que ello arrojaba sobre la propia razón. Ese hiato habría de conducir también, a la larga, a la perplejidad moderna ante aquello que comenzó mostrándosenos claro y diáfano: los lazos entre el pensamiento, las palabras que lo expresan y las cosas que designa, que,

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mucho después, acabarían por verse –así, tempranamente, en Thomas H. Pear– casi como la esfinge que guarda todos los secretos de la psicología. Muy medularmente, entonces, dicha perplejidad es también la perplejidad, que con inigualable lucidez expresara Wittgenstein, ante el modo en que la posibilidad misma del pensamiento o el lenguaje –por no decir del conocimiento– parecen descansar sobre la posibilidad del error.

No es posible entender siquiera vagamente la reflexión contemporánea acerca de la naturaleza de lo mental y de la explicación psicológica sin hacerse cargo de lo que ha supuesto en este ámbito el movimiento conductista. El tópos de la Crisis y vigencia del conductismo perfila una breve hegemonía –entendida a menudo como enfermedad de juventud de la psicología– a la que habría seguido un súbito desplome tras el que nada, salvo ciertos hábitos de higiene metodológica, habría quedado en pie. No es difícil, sin embargo, encontrar reconstrucciones más juiciosas del proceso, en las que figuran también la posterior reparación de algunos de los planteamientos de los conductistas –en un esfuerzo por desgranar lo más clarividente entre cuanto pudiera haber en ellos de obcecado–, o, como se verá más adelante, profundas y vigorosas vetas de continuidad entre dichos planteamientos y la concepción cognitivista de la mente, que, según el relato canónico, habría venido a reemplazarlos. Es preciso, además, tener presentes las fluctuaciones en los presupuestos epistemológicos que acerca de las peculiaridades de la explicación psicológica y su relación con otras modalidades de explicación científica agitaban el subsuelo de la comprensión de lo mental, tanto en el seno del propio conductismo como en la transición hacia el cognitivismo. Así, será obligado atender a la relación entre el pensamiento de John B. Watson y el positivismo lógico –que dista mucho de ser la de buena vecindad, pues Watson se aferra a una epistemología de aire comtiano que resulta ya obsoleta para el propio Hempel, y éste se cuida mucho de ligar la suerte del positivismo lógico a la del programa experimental de Watson–, a la renuencia de Burrhus F. Skinner –para quien no hay más lógica de la ciencia que la ciencia de la conducta de los científicos– a aceptar toda epistemología que no sea un escueto inductivismo no ya comtiano, sino baconiano, o al papel de Meyer y del físico Percy W. Bridgman como arquitectos de los puentes entre conductismo y positivismo lógico que luego transitarían neoconductistas como Edward C. Tolman y Clark L. Hull. A todo ello debe añadirse, desde luego, el recuento de las numerosas anomalías que el conductismo iba viendo germinar en su propio seno –las más estrepitosas, tal vez, las que acabarían enfrentando a Karl S. Lashley con Watson a cuenta del problema del control central de la conducta, y a Keller y Marian Breland con Skinner a cuenta de la utilidad de los principios conductistas fuera del laboratorio–, así como el de las diversas presiones externas que cuestionaban su credibilidad –como el desarrollo de la teoría de la disonancia cognitiva por parte de Leon Festinger, la influencia de Kurt Z. Lewin en el seno de la psicología social, o el vertiginoso desarrollo teórico y tecnológico que, de la mano de Herbert A. Simon, Alan Newell o John McCarthy, había de propiciar el concepto de procesamiento de información. Al hilo de todas estas consideraciones, es de rigor, además, hacer

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hincapié en la inmensa heterogeneidad de los planteamientos de los propios conductistas –la “torre de Babel conductista” que acertadamente describe Leahey–, que, emborronada por la historiografía cognitivista, se hace imprescindible perfilar mínimamente de cara a una cabal comprensión de buena parte de los problemas que acotan la reflexión actual sobre lo mental. Bajo el prisma, por último, de una revisión de la temprana y duradera polémica acerca de si la transición del conductismo al cognitivismo en psicología constituye una revolución científica en el sentido acuñado por Thomas S. Kuhn, se hace preciso abordar también cuestiones como la continuidad de los planteamientos mentalistas en la psicología europea durante los años de auge del conductismo, el papel de los intereses bélicos o de otras fuentes de apoyo institucional en el ímpetu del cognitivismo, o la propia regularidad y elegancia de ciertos resultados experimentales cosechados en los laboratorios conductistas como acicate de la teorización cognitivista.

En definitiva, frente al lugar común que dicta a un tiempo, sin aparentemente advertir contradicción alguna, que el conductismo sucumbió víctima de su propia, descomedida severidad metodológica y que es en los principios metodológicos donde se observa más claramente su pervivencia en las entrañas del cognitivismo, todo esto nos abocará a la conclusión de que la crisis del conductismo no atañó tanto a sus directrices metodológicas como a sus supuestos teóricos o, quizá más exactamente, preteóricos –aunque, como ya dejara apuntado Yela, a esa crisis de supuestos teóricos subyaga el cuestionamiento de ciertos principios metodológicos, primero, de los principios de interpretación de los resultados experimentales, después, y, sólo entonces, de la naturaleza del objeto de estudio. La piedra angular sobre la que había de construirse la nueva psicología cognitiva –que el propio Skinner reconoció con notable perspicacia–, su núcleo preteórico, no es otra que la idea de que lo que controla la conducta de los organismos no es el entorno sino la representación que se forman de ese entorno: la idea, pues, de que el organismo habita un entorno intencional –o un mundo nocional, si queremos reemplazar el vocabulario de Charles Taylor con el de Dennett. Pero esa idea nos remite de nuevo irremediablemente al terreno ya hollado de la necesidad de rendir cuentas de la posibilidad de que alberguemos representaciones erróneas del mundo –es decir, de explicar la normatividad de los estados intencionales–, y anuncia, además, el ancho horizonte que abre la pregunta por el papel que tales estados intencionales puedan tener reservado en la determinación de las causas del comportamiento.

En el empeño por entender qué aprendemos cuando aprendemos –a reconocer ciertas formas, a tararear una melodía, a hablar…– el cognitivista habría luchado entonces por denunciar la Fingida austeridad del conductismo, mostrando la penuria explicativa que ocultaba. Los argumentos que con mayor vigor impulsaron la teorización sobre representaciones internas –los de Noam Chomsky y Jerry Fodor– compartían la idea de que el entorno del organismo no basta por sí solo para dar cuenta ni de nuestra capacidad de aprender un lenguaje –como Chomsky reprochaba a Skinner– ni de nuestra capacidad de aprender otras destrezas en apariencia mucho más sencillas –como Fodor desgranaría en su disputa con Ryle,

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como Lashley había hecho ya, en diferentes términos, en su litigio con Watson–, y enlazaban sin ambages esa necesidad de cartografiar el territorio que separa al estímulo de la representación interna con la terra incognita que Miller, Galanter y Pribram, en la estela de Edwin R. Guthrie, habían sabido adivinar entre la representación interna –el mapa cognitivo– y la conducta. Ver que aquello que otros dan por entendido clama en realidad por una explicación se perfilaría, así, como el signo último del giro que el pensamiento cognitivista imprimiría a la psicología científica. Ante esos gestos de tesón veremos alzarse las ya casi inertes advertencias de Malcolm, de claras raíces wittgensteinianas, de que mudar al reino de lo mental nuestras herramientas explicativas conlleva un grave riesgo de artificio y mistificación, que podríamos esquivar si no desoyéramos la enorme riqueza de tales herramientas que, pese a que las ignorasen Chomsky o Fodor, nos ofrece el entorno en el que se desenvuelve el organismo. Nada podría, en efecto, la exhortación de Malcolm a volver a mirar fuera después de las devastadoras críticas de Chomsky al uso vacuo y subrepticio de nociones mentalistas en el análisis del aprendizaje lingüístico, presuntamente ceñido al vocabulario de estímulos y respuestas, que había forjado Skinner: la mera homonimia entre los términos definidos en el trabajo experimental y los que obraban en dicho análisis, el empleo ritual de la jerga del laboratorio para usurpar la fisonomía de una teoría científica madura, la incapacidad para abordar la cuestión de la intencionalidad siquiera en los casos más sencillos –la utilización de un nombre propio para designar algo que se encuentra ausente del campo estimular–, o, en suma, el dilema entre la irremediable ambigüedad que viciaba las formulaciones skinnerianas bajo una interpretación amplia de su terminología teórica y la lastimera irrelevancia que inexorablemente las infectaba si se hacía de ellas una interpretación más estricta… todo hacía indefendible la resistencia a postular procesos y estructuras internas. Rastrear las huellas que dejarían en la teorización cognitivista los planteamientos de Chomsky –desde Miller, Galanter y Pribram hasta Pylyshyn– es probablemente una tarea inabarcable, pero podremos al menos aprestarnos a ella, algo mejor guarnecidos, indagando primero en las raíces de dichos planteamientos: la polémica sobre la validez de las máquinas markovianas como modelos de la producción lingüística humana, el pensamiento de Lashley –de quien Chomsky se reconocía abiertamente deudor–, pero también ciertas propuestas de Verplanck o de Scriven, y, desde luego, las objeciones de Geach y Chisholm a los análisis disposicionales de creencias y deseos adelantados por Ryle, objeciones en las que cobraría forma la noción de círculo de lo mental que habría de acabar con el conductismo lógico.

Ahora bien: las dificultades que el conductismo afrontaba en su pretensión de articular una explicación global del comportamiento humano exenta de toda alusión a lo mental se manifestaban, casi con tanta claridad como por boca de sus críticos más destacados, en las múltiples Divergencias y oscilaciones que se producían en su seno, y que conforman de hecho las fuentes freáticas del funcionalismo. Que ya en el manifiesto de 1913 Watson se refiriese al conductismo como una variedad de funcionalismo, aludiendo a cuanto en su llamamiento a una nueva psicología

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provenía de las enseñanzas de James R. Angell, señala un sendero a lo largo del cual hemos de encontrarnos también con Watson, Skinner, Weiss, Meyer, Tolman o Guthrie. Así, distinguiremos matices en los que cabe presentir el desarrollo del cognitivismo en la decidida defensa de la autonomía de la psicología frente a la fisiología que Watson empuñaría ante Jacques Loeb, y en la que, por influencia de William J. Crozier, habría de embarcarse también Skinner, al igual que en la insistencia de Skinner en proporcionar definiciones netamente funcionales de estímulos y respuestas –que si pueden figurar en la explicación de la conducta, diría Skinner, es en tanto que clases de estímulos y respuestas, definidas según cierto

“nivel de restricción”–, pese a su obstinado rechazo a aplicar abiertamente tales definiciones a estados internos y su consiguiente proclividad, denunciada por Chomsky, a hacerlo furtivamente. Aunque ese rechazo no era compartido por Max F.

Meyer, que abogaba por la introducción de conceptos psicológicos como abreviaturas de procesos nerviosos complejos –haciendo así patente que sus presupuestos epistemológicos estaban más cerca de los que venía auspiciando el Círculo de Viena que los de Watson o Skinner, anclados en Comte cuando no en Bacon–, la determinación con que tanto él como Albert P. Weiss buscarían el modo de conciliar el conductismo con un matizado reduccionismo de lo mental a lo fisiológico evoca también vívidamente las preocupaciones de los primeros cognitivistas. De la misma manera, que Mayer cifrara su énfasis en la dimensión social de la conducta en la tesis de que lo biofísico y lo biosocial constituyen criterios diferentes de clasificación de los procesos sensoriomotores –y, más aun, que supiera ver en ello un modo de articular diferentes vocabularios teóricos sin dejarse arrastrar por el dualismo–, hace de su pensamiento un precedente tan rotundo de las ideas capitales del funcionalismo como lo pueda ser, bien a su pesar, el del propio Skinner. La naturalidad con que Tolman o Guthrie arrostraran la utilización de conceptos mentalistas bajo la forma de constructos teóricos es solamente el más tardío, y quizá también el más conocido, de estos afluentes que el cognitivismo recibe de la concepción conductista de las explicaciones psicológicas. Junto a planteamientos irremisiblemente lejanos de los que darían forma al cognitivismo, cabe, en definitiva, encontrar también en el conductismo, incluso en sus variedades más hostiles a la teorización sobre procesos o estructuras internas, intuiciones en las que dicha teorización queda prefigurada con llamativa nitidez. No sólo, eso sí, se roturaban ya los surcos que habría de transitar el cognitivismo en la agudeza de algunas intuiciones conductistas, sino también en la torpeza de otras: de la notoria ambigüedad, por ejemplo, con que Watson o Skinner tratarían de acotar la lectura ontológica de sus tesis, zigzagueando una y otra vez entre posturas reduccionistas y eliminacionistas cuando no, inadvertidamente, refugiándose en un peculiar compromiso con el epifenomenismo, se alimentaría sin duda la exigencia de esclarecer las relaciones entre nuestra idea de lo mental y nuestra idea de la explicación psicológica que sería característica del incipiente cognitivismo. Sea como sea, parece claro que la concepción de la mente y de su estudio científico que habría de reemplazar al osado proyecto que Watson presentara

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en 1913 se encontraba ya en gran medida forjada en el propio seno de dicho proyecto, tal como éste se fue desarrollando en las décadas posteriores.

Las constantes oscilaciones de Watson o Skinner en cuanto a los compromisos ontológicos que entrañaba su concepción de la psicología contribuyeron a hacer del pensamiento de Ryle, notablemente más firme a ese respecto, un eje primordial en el descrédito del conductismo y el avance del cognitivismo. Las dificultades que atenazaban al ensayo de traducción de cualquier enunciado sobre estados o procesos mentales a un conjunto de enunciados sobre conductas o disposiciones a la conducta, tal como Ryle lo había hilvanado, formarían buena parte de la urdimbre sobre la que se tejería el cognitivismo. En particular, dos eran los núcleos problemáticos: la incalculable cantidad de acotaciones referidas precisamente a estados mentales que cada presunta traducción conductual parecía ocultar en su seno, y la ineludible pregunta por el fundamento categórico de las disposiciones a la conducta que figuraban en dichas traducciones. Fragilidad, dolor, solubilidad, o la simple creencia de que va a llover se convirtieron en paradigmas contrapuestos de un análisis que se iría antojando cada vez más impracticable: el que se libraba entre el conductismo lógico y la naturaleza de las disposiciones. En el trasfondo del debate cobraría un enorme relieve la cuestión de si un determinado estado mental puede darse en ausencia de las conductas o incluso de las alteraciones fisiológicas que habitualmente lo acompañan, una cuestión que contribuiría a precipitar el declive del conductismo a través de un célebre Gedankenexperiment sobre el dolor propuesto en 1963 por Hilary Putnam –aunque anticipado por Hempel casi tres décadas atrás– , pero que venía ocupando ya la reflexión psicológica desde que William James expusiera en 1884 su atrevida hipótesis sobre la relación entre las emociones y lo que común –y, a juicio de James, erróneamente– llamamos su expresión corporal. Si las intuiciones de Putnam, pace James, eran correctas, tendríamos ubicada la tara que vicia los cimientos del conductismo lógico: la confusión entre los efectos de un estado mental –sus manifestaciones, sus signos…– y sus constituyentes –o, si se prefiere, entre relaciones causales y relaciones lógicas. Pero incluso si fuésemos capaces de delimitar una determinada disposición conductual que pudiera vincularse sin fisuras a un determinado estado mental (y de hacerlo sin mencionar otros estados mentales), seguiría siendo más sensato –piensa Putnam– identificar el estado mental con el estado del organismo que explica tal disposición que con la disposición misma. La idea de que nuestra vida mental no sea sino una sucesión de disposiciones conductuales sin sustrato categórico, que ya había sido rechazada por Geach, conduciría de la mano de David Armstrong a la madurez de la tesis de que los estados mentales son más bien los estados fisiológicos que sustentan tales disposiciones, y en esa confluencia de conductismo y teoría de la identidad psicofísica germinaría el funcionalismo.

La controversia, sin embargo, no cesó en ese punto: Place, por una parte, ensayaría tiempo después una reivindicación de la postura de Ryle que pasa por analizar el papel epistemológico de la noción de disposición distinguiendo entre formas válidas y formas tautológicas de la explicación por virtus dormitiva; el propio

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