Para comprender
EL ECUMENISMO
Juan Bosch
EDITORIAL VERBO DIVINO Avda. de Pamplona, 41 31200 ESTELLA (Navarra)
A l Padre Yves Congar,
a los teólogos de la escuela de Le Saulchoir, y a los m iem bros del Centro «Is tin a » de París, en reconocim iento p o r
su rica con trib u ció n a la renovación de la teología católica.
© Juan Bosch - © Editorial Verbo Divino, 1991. Printed in Spain. Fotocomposición: Cometip, S. L., Plaza de los Fueros, 4. 31010 Barañain (Navarra). Impresión: Gráfi cas Lizarra, S. L., Ctra. de Tafalla, km. 1. 31200 Estella (Navarra). Depósito Legal: NA. 1616-91
ISBN 84 7151 725 6
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PARA COMPRENDER EL ECUMENISMO-zV^o-¿LLe3--OOl
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Pról
D os ideas vertebran esta obra q » e pretende ■ ser una aproxim ación serena y rigurosa al ecum enism o. L a prim era idea está expresada en la constitución Lu m en gentium , del Concilio Vaticano II, cuando se afirm a que «la Iglesia es sacramento de salvación». L a segunda surge, más bien, de una triste experiencia histórica: las Iglesias cristianas, enfrentadas entre sí, desdibujan el signo de aquella sacram entalidad salvífica, y desvirtúan, sin duda, otra definición con ciliar que habla de la Iglesia co m o «sacram ento de unidad» (SC 26).
T eología e historia, profesión de fe y experiencia cristiana y hum ana vienen a entrem ezclarse en este libro -¿ p od ría ser de otra m anera?- cuya preten sión es presentar el deseo de reconciliación cristia na que se deja sentir en amplios sectores de todas las Iglesias cristianas.
Pero el deseo de reconciliación cristiana no nace de un va go idealism o sentimental, ni de puros de seos pragm áticos que buscan m ayor eficacia a la hora de presentar la buena noticia de Jesús al m un do. El deseo de reconciliación cristiana hunde sus raíces en la m ism a reconciliación entre Dios y el m undo que, a in iciativa divina, llevó a cabo Jesús de N azaret a través de su vida, pasión, m uerte y re surrección.
Aquella obra de reconciliación efectuada en la «plenitud de los tiem p os» se ofrece en la historia p o r m edio de la com unidad de los discípulos del Señor, que en la revelación bíblica tom a diferentes nombres: pu eb lo de Dios, cuerpo de Cristo, fam ilia de Dios... C onocida más com únm ente com o «ekkle- sía», esta com unidad hace presente en el tiem po la reconciliación divina y ayuda y acompaña a cada
ser humano a que se abra a la experiencia de ser y sentirse «h ijo de D ios». Su acom pañam iento no lo hace desde perspectivas individualistas, invitando a cada uno a vivir en un m undo aparte. P or el contra rio, la Iglesia invita a los hom bres y mujeres a des cubrir en el mundo el «esp a cio de salvación», el «lugar único» en el que el «V erb o se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14).
Acertó plenamente quien dijo que «la Iglesia es para los otros». Si es verdad que su centro se halla en Dios y su razón de ser consiste en la alabanza divina, ella no puede ser entendida sino en relación con los hombres y mujeres, con el mundo, con la humanidad entera. El reino anunciado por Jesús ha em pezado ya. Las nuevas relaciones de los seres hu manos entre sí, basadas en la justicia, en la verdad, en el amor, han em pezado ya. Sin esa relación fun damental hacia los otros -h a cia la construcción de ese reino-, la Iglesia pierde sentido.
La verdad es que la com unidad eclesial no es una realidad que pueda estudiarse y entenderse ex clusivamente desde perspectivas sociológicas e in cluso históricas. Hay en ella algo que escapa siem pre a la mirada, al análisis frío del observador im parcial. Y es que la «Iglesia es un m isterio» -la cali ficación es también de Lum en gentium -, y ella mis m a es confesada com o «una, santa, católica, apos tólica » en los credos prim itivos de los cristianos.
Pero calificar de «m is te r io » a la Iglesia no es una fina argucia para eludir las tareas que le co rresponden, o una sutil tram pa para desentenderse de sus responsabilidades históricas contraídas en el pasado o en el presente. L a Iglesia com o misterio es la manera más directa de decir que su razón de ser
última se halla en la libre voluntad del Dios creador y salvador que positivam ente quiso la salvación de los hombres y mujeres creados a su im agen y sem e janza. Y esa identidad sólo se «adivin a» desde la fe, es decir, desde la respuesta creyente que ha con oci do el designio de salvación.
Sin recurrir a un ju ego fácil de palabras, habrá que reconocer que la Iglesia es también un «m iste rio » para los hom bres y mujeres de nuestra socie dad. Pero «m isterio» en el sentido más pequeño del término. M isterio p or sus anomalías, por sus con tradicciones y ambigüedades, p or sus incoherencias y pequeñeces. En definitiva, p or su pecado. Se p ro clama justa, y en ella anidan tam bién las injusti cias. Se presenta com o defensora de los pequeños y débiles, y estuvo muchas veces con los poderosos. Se reconoce fundada en un sólo Dios, y se apoyó tantas veces en reyes y emperadores. Se presentó com o pacificadora, y ha bendecido las armas de destrucción... Un m isterio porque se confiesa una y hay muchas Iglesias que no form an precisam ente una sinfonía eclesial nacida de la diversidad com plem entaria y enriquecedora, sino protagonistas de un triste espectáculo cuyas divisiones em pobrecen mucho aquella «sacram entalidad» de salvación que define realm ente a la Iglesia de Cristo.
Esta obra no es, sin em bargo, un libro de ecle- siología, sino de ecumenismo. Es decir, de un capí tulo im portante del tratado eclesiológico que afecta directam ente al tem a de la unidad de la Iglesia. E n ella se habla, pues, de la Iglesia y de las Iglesias, de la unidad íntim a que no ha podido ser borrada a pesar del pecado humano, y de las divisiones ecle- siales que desvirtúan su significatividad. P ero su discurso trata sobre todo del intento de recuperar aquella unidad expresam ente pedida p or Jesús al Padre en la víspera de su pasión (Jn 17, 21),
El ecum enism o se sitúa, pues, en un m om ento determ inado de la historia de las Iglesias en el que se experim enta de m anera m uy viva la oración del Señor: «...que todos sean uno para que el mundo crea». E l ecum enism o es un acto de obediencia; pe ro es a la vez una aventura iniciada p or el Espíritu en el interior de las Iglesias para que puedan p re sentarse a la sociedad de h oy con toda la expresivi dad de aquella «Iglesia in divisa» del tiem po de los padres.
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PARA COMPRENDER EL ECUMENISMOLa redacción del libro transcurre en el prim er año de la década de los noventa. L o que quiere de cir que están muy lejos aquellos fervores ecum éni cos intensam ente viv id o s tras la celeb ra ció n del Concilio Vaticano II. La experiencia ecuménica, las dificultades doctrinales, los mismos altibajos de la andadura hacia la unidad de todas las Iglesias po nen, sin duda, una nota de realism o a esta obra que pretende avivar la «esperanza ecum énica» de los cristianos de todas las tradiciones eclesiales.
Cinco capítulos estructuran esta obra. El prim e ro quiere responder a la pregunta más obvia de nuestro libro: Qué es el ecum enism o, Com o la res puesta se encierra en una sim ple afirm ación: la res tauración de la unidad, será necesario -tras un rá pido escarceo p or el análisis del m ism o térm ino y de algunas definiciones- introducirse en el estudio de algunos m odelos y proyectos de unidad. E l apar tado sobre la m etodología ecum énica brinda una de las claves mayores para entender el «m ila g ro » del ecumenismo: el diálogo.
E l capítulo segundo, de tip o histórico, ofrece una panorámica del hecho decisivo de las divisiones cristianas. Se repasa la geografía de las divisiones; las raíces profundas de las disensiones que son re sultado directo de la libre voluntad de los cristianos y que más parecen, sin em bargo, «m isterio» ines crutable; y se analizan, en el ú ltim o apartado, algu nos de los elementos que ayudan a m antener toda vía hoy, en los albores del siglo X X I, tantas distan cias y enemistades eclesiásticas.
El tercer capítulo se titula E l don del Espíritu y las instituciones ecuménicas. Quizá hubiera resulta do más cóm odo redactar dos capítulos diferentes. Pero expresamente hemos querido analizar conjun tam ente el don y las instituciones de las que se vale el Espíritu para ofrecer su m ism o don. Hem os uni do, sin confundir, el acon tecim ien to y la institu ción, lo carismàtico y lo institucional. Seguramente no será muy popular en ciertos ambientes conside rar de manera conjunta lo que está tan en boga: se parar una y otra cosa hasta el enfrentamiento. Una teología de la encarnación nos invita, sin em bargo, a rechazar las nuevas form as maniqueas que niegan la presencia del Espíritu en lo humano.
N o caem os -es o b v io - en la terrible ingenuidad de creer que la institución es la acaparadora del Es píritu. Desde las Iglesias sabemos demasiado bien que ese peligro acecha constantemente. Pero el pe ligro no perm ite negar que el Espíritu inspire y se aproveche de las mediaciones institucionales para que el don de la unidad se vaya haciendo más visi ble entre las mismas Iglesias.
Dos partes, bien diferenciadas, vertebran ese ter cer capítulo. La prim era habla del don del Espíritu. Un don que había com enzado m anifestándose co m o «toleran cia», com o aceptación de los otros; que surge después con más fuerza cuando «lo ecum éni c o » se ve com o dim ensión lógica de la m isión; y que p or fin se vislum bra en toda su gratuidad a tra vés de unos hom bres que han descubierto en la «ora ción sacerdotal» de Jesús, transmitida en el ca pítulo 17 de san Juan, la auténtica raíz bíblica del ecum enism o espiritual.
La segunda parte trata de las instituciones ecu m énicas. Se rec o g en en un p rim er apartado las aportaciones pioneras que algunas Iglesias ofrecie ron al m ovim iento ecum énico en sus orígenes. Si éste es ante todo un «m ovim ien to del Espíritu», da da la com p lejid ad de los problem as que im plica, han tenido que ir creándose diversas instituciones capaces de prestar un servicio eficaz al m ism o m o vim iento. En diferentes apartados se analizan las dos más grandes instituciones: el Consejo Ecum éni co de las Iglesias y el Consejo P o n tificio para la Prom oción de la Unidad. H ay una breve referencia a otras instituciones ecuménicas de tipo local.
Los problem as doctrinales se abordan en el ca pítulo cuarto, titulado Hacia la verdad plena. A lre dedor de los dos vértices que nunca deberán ser o l vidados en el trabajo ecum énico: unidad y verdad, se analizan algunos de los grandes problem as de doctrina que continúan siendo obstáculo para la restauración de la unidad plena entre las Iglesias cristianas: el concepto m ism o de Iglesia; la cuestión de los m inisterios, con especial referencia al prim a do del papa; el papel de M aría; la cuestión sacra m ental y el tem a de la intercom unión... En otro apartado se revisan algunos de los diálogos más im portantes, así com o los docum entos emanados de esos m ism os diálogos doctrinales.
El último capítulo, muy breve, titulado A modo de conclusión, es com o una invitación a mantener viva la esperanza ecuménica a pesar de los retos y obstáculos que siempre están al acecho delante del m isterio de la unidad cristiana. Es una esperanza sólida -la unidad es obra del Espíritu-, y a la vez frágil, porque depende de los cristianos. Los retos son nuevos: el m undo d e las sectas últim as, el atractivo de los Nuevos m ovim ientos religiosos, la llamada de las religiones orientales... Los obstácu los son los de siempre: la intransigencia revestida de fidelidad, el inm ovilism o cam uflado de «santa paciencia», los integrismos y autoritarismos mante nidos a fuerza de amenazas...
Sin embargo, el horizonte u tópico del cercano tercer m ilenio está preñado de esperanza ecuméni ca. Y la convicción de que el m ovim iento ecuméni co es una «gracia del E spíritu» hace generar en las mismas Iglesias búsquedas incansables de esa uni dad p o r la que el Señor de la Iglesia oró antes de su pasión.
Este libro tiene una lim ita c ió n expresam ente reconocida y asumida. A pesar de sus 230 páginas, falta, aquí un capítulo im portan te en la historia del ecumenismo. E l autor es dem asiado consciente de que ha escrito desde E u ropa y para lectores eu ropeos. Pero en ningún m om en to ha pretendido decir la últim a palabra, sen cillam en te porque el cristianism o europeo ya no tiene la últim a palabra en ningu na cuestión. L o s c ris tia n o s del T e rc e r M undo, sin culpa alguna, han heredado las divisio nes que los cristianos de occidente un día les lleva mos.
Ellos tienen también m ucho que decir - y ya han d ich o- en el terreno ecum énico. En el libro hemos recordado solamente algunas, m uy pocas, de sus aportaciones. Pero estamos lejos de haber hecho justicia a la labor ecuménica que desde tantos paí ses del sur hacen los cristianos para derribar los muros de incomprensión que todavía existen entre las denominaciones cristianas. La Asociación Ecu m énica de Teólogos del T ercer Mundo; el Instituto para una Teología Contextual, de Suráfrica; los tra bajos ecuménicos de la llam ada Black Theology, de los Estados Unidos; las aportaciones de la Teología de la Liberación latinoam ericana, tanto desde el punto de vista docente com o desde la reflexión de
las comunidades de base, significan una creatividad ecuménica no recogida en este libro, pero no por ello olvidada o menospreciada.
Solamente una palabra final. Estas páginas son un sencillo y m erecido hom enaje al padre Congar. A lo largo del libro se le cita con frecuencia. Apare ce casi en cada página. Inspira todo el trabajo. N o podía ser de otra manera. Congar ha estado a lo
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PARA COMPRENDER EL ECUMENISMOlargo de su prolongada vida en m edio de esa aven tura del Espíritu que es el m ovim iento ecum énico. E l contagió con su vida y con sus libros muchas vo caciones ecuménicas. Tam bién la del autor del pre sente trabajo. Había, pues, una deuda contraída. H o y está, en parte, saldada p o r el respeto y el cari ño al profesor, al hermano dom inico, al ecumenista insigne.
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Qué es
el ecumenismo
1. El término «ecumenismo»
E
l térm in o ecum enism o no es de fácil com prensión. Cuenta A ntonio M. Javierre una anécdota que nos introduce de lleno en la dificultad que supone, de entrada, la palabra «ecu m enism o».«En el curso de la segunda sesión del Vaticano II, tocó al cardenal Cicognani hacer la presentación del esquema de ecumenismo. Lo hizo en breves palabras: 'Ahí tenéis, Reverendísimos Padres -vino a decir en latín-, un documento cuyo contenido nos es perfecta mente familiar. La Iglesia católica, en efecto, es ecu- menista desde su origen. Es bien conocido el servicio ecuménico que viene ejerciendo sin solución de conti nuidad a lo largo de su historia\ Momentos después, el entonces arzobispo Martin, más tarde elevado a la púrpura, hubo de presentar en detalle los tres prime ros capítulos del mismo documento. Lo hizo en len guaje sensiblemente diverso: ’Atención, Reverendísi mos Padres. Tenéis ante los ojos un texto inédito, to talmente nuevo, por su factura y por su contenido. Es la primera vez que un concilio afronta su estudio. Ha brá de resultaros particularmente arduo su juicio, porque no os será fácil contar con teólogos conve nientemente preparados’».
N o se trataba de un desacuerdo sobre los conte nidos. El desacuerdo provenía de un equívoco de orden lingüístico. En realidad, el cardenal y el ar zobispo empleaban el m ism o vocablo con acepcio nes diversas. La Iglesia, m anteniendo la unidad en la catolicidad, podía sentirse «ecu m énica». Pero el arzobispo usaba el vocablo en sentido técnico y ri guroso. Y desde su punto de vista, la Iglesia de R o ma -c o m o recuerda m onseñor
Javierre-«... no podía decirse que fuera ecuménica. No lo ha bía sido jamás. Todo lo contrarío: resultaba sencillísi mo espigar en sus declaraciones oficiales multitud de matices de orientación francamente antiecuméni ca...» ’ .
Se hace necesario ir a la raíz del térm ino para con ocer su procedencia. Después se esbozará un poco su h is to ria 2, hasta llegar al sentido técnico que com ienza a tener a principios de nuestro siglo entre cristianos de diferentes Iglesias y que tam bién la Iglesia católica acepta a partir del C oncilio Vati cano II.
1 A. Javierre, La u n ió n de las Iglesias. Instituto Teológico Sale- siano, Guatemala 1977, 17-18.
1 Para una visión más am plia del término «ecum enism o», ver
W . A. Visser't Hooft, The W ord ‘E c u m e n ic a l’. Its H istory and Use, en R. Rouse-St. Neill (eds.), A H istory o f the E c u m e n ica l M ove
m ent (1517-1948), SPCK, Londres 1967, 735-740.
La palabra oikoumene pertenece a una fam ilia de palabras, del g riego clásico, relacionadas con térm in os que tien en que ver con la vivienda, el asentamiento, la peimanencia. H e aquí algunos tér m inos-raíz de esta fam ilia lingüística:
- Oikos: casa, vivienda, habitación, pueblo. - Oikeiotés: relación, emparentado, amistad. - Oikeiow: habitar, cohabitar, reconciliarse, es tar fam iliarizado.
- Oikonom ed: administración, encargo, respon sabilidad de la casa.
- O ikoum ene: tierra habitada, mundo conocido y civilizado, universo.
La raíz prim era de la que provienen los otros térm inos es, pues, oikos, casa, lugar donde se mora, espacio habitable y habitado. Oikoumene, de donde p ro c ed e d ire cta m en te ecu m en ism o, será, conse- I cuentemente, el m undo habitado en el que coexis- ¡ ten diversos pueblos, con diversidad de lenguas y , culturas. Pero en su sentido prim ero y más obvio í sería la «tierra habitada p or los helenos», es decir, p o r un pu eb lo civ iliza d o que ofrece una cultura abierta a todos dando esa unidad básica de cosmo- visión que exige una civilización auténtica. De ahí que oikoum ene llegara a entenderse com o el «m u n do habitado» hasta donde se extendía la influencia griega, porque más allá es el m undo de los bárba ros... Las perspectivas geográfica y cultural, entrela zadas, aparecen com o el significado prim ero de la palabra ecumenism o.
R om a aportará, después, una perspectiva p o líti ca, y la «p ax rom an a» será el sím bolo de la o ik o u mene, es decir, de todos los pueblos que aceptan v i v ir bajo la influencia del «m undo civiliza d o », que viene a identificarse con el im perio rom ano.
El térm ino oikoum ene aparece tam bién en la li teratura bíblica. En el N uevo Testam ento se em plea en quince ocasiones, en algunas da las cuales recu pera el viejo sentido de m undo (H ch 11, 28), o de im perio rom a no (L e 2, 1). En la carta a los H ebreos (2, 5) se pone especial énfasis en el carácter transi torio de la presente oikoumene, para afirm ar con fuerza la inm inente llegada de una nueva y trans form ada oikoum ene regida directam ente p o r Jesu cristo.
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PARA COMPRENDER EL ECUMENISMOOikoumene, desde una perspectiva neotestamen- taria parece que debe entenderse com o un proceso en con tin uo desarrollo que se inicia com o la «tierra habitada», que va haciéndose «lu gar h abitable», la casa en la que cabe toda la fam ilia humana y cuya realidad no se encierra en la frontera inm inente de la historia. La respuesta del hom bre en esta tierra, ante la llamada de Dios, es com o el germ en de una nueva oikoumene, que viene com o obra de Dios, pe ro con la colaboración humana.
En el cristianismo prim itivo, el térm ino o ik o u mene -siguiendo la trayectoria bíb lica - es usado en las acepciones ya conocidas: mundo, im perio rom a no, m undo civilizado, etc. Así, por ejem plo, el autor del M a rth io de Policarpo (un escrito del siglo II ) se refiere varias veces en su escrito a «la Iglesia católi ca extendida por la oikoum ene». La palabra se in troduce en el lenguaje eclesiástico oficial cuando el concilio de Constantinopla (381) denom ina al con cilio de Nicea -celebrado en el 325- com o «co n cilio ecum énico». Desde ese m om ento, el térm ino «ecu m én ico» v& a designar aquellas doctrinas y usos eclesiales que son aceptados com o norm a autorita- tiva y con validez universal en toda la Iglesia católi ca.
Con la caída del im perio rom ano, el térm ino de ja de tener obviam ente connotaciones políticas y pasa a tener ya un sentido exclusivamente eclesiás tico: la oikoum ene es la Iglesia universal. Tres gran des hombres de Iglesia serán designados «doctores ecum énicos»: B asilio el Grande, G regorio Nacian- ceno y Juan Cristóstomo. A partir de ahí, se em plea ' para designar los concilios que hablan en nom bre de toda la Iglesia. Se ha recordado muchas veces . que las condiciones para que un concilio pueda ser denom inado verdaderam ente ecum énico varían se gún las Iglesias. Para la Iglesia católica, un con cilio es ecum énico solamente cuando representa a toda la Iglesia y sus decisiones son confirm adas p o r el obispo de Roma; en cam bio, para la O rtodoxia, so lamente será ecum énico cuando toda la Iglesia ex tendida por el orbe haya aceptado sus decisiones. De ahí que estas Iglesias hablen de sólo siete conci lios ecuménicos, porque en ellos está expuesta la «doctrina ortodoxa» aceptada p o r todas las Iglesias de oriente y occidente.
grandes credos de la antigua Iglesia, y así son lla mados «credos ecum énicos» los de los apóstoles, el de N icea y el de san Atanasio.
Durante el siglo X IX aparece un nuevo significa do que con el tiem po tendrá la acepción técnica m oderna. En 1846 se constituye en Londres una Alianza Evangélica, con el fin de preparar un «c o n cilio ecum énico evangélico universal». Sus partici pantes pertenecen a diferentes denominaciones. En la clausura de aquel encuentro, el pastor calvinista francés A dolphe M onod agradecía a los organ izado res británicos «e l fervor de su piedad» y el «espíritu verdaderam ente ecum énico» que habían dem ostra do. Visser t H o o ft ha recordado que aquella expre sión del pastor francés
«parece haber sido la primera cita consignada respec to del uso de la palabra para indicar una actitud más que un hecho...» 3.
Igu alm ente, H en ry Dunant, el fu ndador de la Cruz R oja y uno de los pioneros del YM C A , escribió am pliam ente sobre la necesidad de que esta asocia ción fuese «ecu m én ica » en el sentido de
«propagar aquel espíritu ecuménico que trasciende la nacionalidad y la lengua, las denominaciones y las cuestiones eclesiásticas, la clase y la profesión...». Pero el uso del térm ino en la acepción recorda da no g o za todavía de una aceptación universal. Así, por ejem plo, en 1900 se celebra en la ciudad de Nueva Y o rk una Conferencia Ecum énica M ision e ra. Los o rg a n iza d o re s dejan m uy cla ro que han aceptado ese calificativo porque se han propuesto un plan de expansión m isionera que «abarque toda la tierra». La acepción común continúa siendo la del p rim itiv o sentido geográfico, universal. P o co después, en la fam osa Conferencia M isionera M u n dial de E dim bu rgo (1910), el título de «ecu m énica» es elim inado, pues la ausencia de las Iglesias orto doxas y católica -segú n sus organ iza d ores- hace inapropiado su uso.
Los m ovim ien tos «F e y Constitución» y «V id a y A cción » -d e los que se hablará en el capítulo 3 - van
3 W . A. Visser't H ooft, The W ord ’E cu m en ica l'. Its H istory a nd
Use, o. c., 738.
a suponer un drástico cam bio en el significado del térm ino «ecum enism o». El arzobispo luterano Na- than Soderblom durante la Prim era Guerra M un dial sugiere la creación de una «reunión internacio nal de Iglesias» con el apelativo de «ecum énica» pa ra intentar resolver el problem a de la paz. Y propo ne la puesta en marcha de una especie de Consejo Ecum énico de las Iglesias. Su idea, no obstante, só lo tom ará cuerpo varios decenios después. Pero la palabra adquiere ya una nueva acepción: la relación amistosa entre Iglesias con la finalidad de prom o ver la paz internacional, de tratar de la unión de varias Iglesias, o incluso de generar el espíritu de acercamiento entre cristianos de diversas confesio nes.
«Me atrevo a esperar la unidad de todos los cristianos a la luz que da al espíritu un amor verdadero hacia los hermanos; esto es, esforzándonos por convertimos cada día más en hombres de verdad, por medio de una caridad sin fingimientos y un esfuerzo efectivo de renovación de nuestra Iglesia. ¿No es esto, en el fondo, lo mismo que decía san Pablo: 'Veritatem facientes... in caritate non ficta?».
Christophe Dumont, 0. P
La conferencia de Estocolm o (1925) unlversaliza todavía más el nuevo uso del térm ino «ecum énico». E l vocablo es aceptado sin reticencias por parte de los alemanes, suecos y franceses. Más dificultades hallan los cristianos de lengua inglesa, que prefie ren em plear los térm inos «m u n dial» o «universal». L a razón es obvia: en la tradición inglesa, «ecu m é n ico » se asocia m uy fuertem ente a los «concilios ecum énicos», lo que dificulta su em pleo para desig nar cualquier otro significado.
A partir de la conferencia de Oxford (1937), el térm ino «ecu m énico» designa ya con toda claridad las relaciones amistosas entre las diferentes Iglesias con el expreso deseo de realizar la Una Sancta y de estrechar la com unión entre todos los creyentes en
Jesucristo. Tras la fundación del Consejo Ecum éni co de las Iglesias -e n el mundo anglosajón prefieren referirse a él com o Consejo Mundial de Iglesias- en Amsterdam (1948), el térm ino «ecu m énico» expresa i ya sin duda alguna el intento de reconciliación de las Iglesias cristianas com o expresión visible de la | «universalidad del cristianism o» y com o signo «p a
ra que el m undo crea».
A las prim eras acepciones de tipo g eográ fico , cultural y político, se añade después la referencia a la Iglesia, tanto la Iglesia universal extendida por todo el universo, com o más tarde al interés p or la tarea m ision era y al deseo inequívoco de unidad cristiana que se extiende por las distintas Iglesias separadas durante siglos.
1.1. Hacia una definición del ecumenismo
Teniendo com o telón de fondo la pequeña histo ria del térm ino «ecu m enism o», es conveniente re cordar ahora algunas descripciones que se han dado del ecum enism o, tanto p or parteTHe quienes han re flexionado desde instancias eclesiales y teológicas -y a sean católicas, protestantes, ortodoxas o angli canas- com o de aquellos que desde la sociología re ligiosa han encontrado en el ecumenismo un fen ó m eno digno de la m áxim a atención.
a) Desde la experiencia cristiana
Resulta in ú til buscar una «d e fin ic ió n » -e n el sentido clásico de esta palabra- para adentrarse en la esencia del ecum enism o. Y ello fu n d am en tal m ente porque el ecum enism o se sitúa en una diná mica, en un m ovim iento. P o r eso preferim os reco ger algunas descripciones que desde la teolog ía y desde el m agisterio de algunas Iglesias se han o fre cido en estos últim os decenios.
«Es un movimiento constituido por un conjunto de sentimientos, de ideas, de obras e instituciones, de reuniones o de conferencias, de ceremonias, de
manifestaciones y de publicaciones que tienden a preparar la reunión, no solamente de los cristianos, sino de las
1
2
PARA COMPRENDER EL ECUMENISMOdiferentes Iglesias actualmente existentes, en una nueva unidad» A.
«El ecumenismo comienza cuando se admite que los otros -y no solamente los individuos, sino ios grupos eclesiásticos como tales- tienen también razón, aunque afírmen cosas distintas que nosotros; que poseen también verdad, santidad, dones de Dios, aunque no pertenezcan a nuestra cristiandad. Hay ecumenismo... cuando se admite que otro es cristiano no a pesar de su confesión, sino en ella y por ella»5.
«El ecumenismo no es, en modo alguno, el resultado sincretista de una suma de Lutero o de Calvino a santo Tomás de Aquino, o de Gregorio Palamas a san Agustín. Pero, enfocado desde la vertiente teológica que nos interesa, implica un esfuerzo hacia dos cualidades de la vida cristiana, que, a veces, parecen opuestas una a otra, pero que deben alcanzarse y conservarse conjuntamente: la plenitud y la pureza» 6.
«Movimiento suscitado por el Espíritu Santo con vistas ! a restablecer la unidad de todos los cristianos a fin de que ! el mundo crea en Jesucristo. En este movimiento
; participan quienes invocan el Dios Trino y confiesan a , Jesucristo como Señor y Salvador, y que en las
_ comunidades donde han oído el evangelio, aspiran a una j Iglesia de Dios, una y visible, verdaderamente universal,
enviada al mundo entero para que se convierta al evangelio, y se salve para gloria de Dios»7.
«El ecumenismo es una actitud de la mente y del corazón que nos mueve a mirar a nuestros hermanos cristianos separados con respeto, comprensión y esperanza. Con respeto, porque los reconocemos como hermanos en Cristo y los miramos como amigos más que como oponentes; con comprensión, porque buscamos las verdades divinas que compartimos en común, aunque reconozcamos honestamente las diferencias en la fe que hay entre nosotros; con esperanza, que nos hará crecer juntos en un más perfecto conocimiento y amor de Dios y de Cristo...»8.
4 Y. Congar, C ristianos desunidos. V erbo Divino, Estella 1967 (la edición original de esta o b ra es de 1937), 12.
5 Y. Congar, C ristianos desunidos, o. c., 214-215.
6 Y. Congar, C ristianos en diálogo. Estela, B arcelon a 1967, 158.
7 J. E. Desseaux, 20 Siècles d ’H is to ire O ecum énique. Cerf, Pa rís 1983, 106.
8 C. Meyer, en S teps to C h ris tia n U nity. Collins, Fontana Books, Londres 1965, 35.
«El ecumenismo es un movimiento de pensamiento y acción cuya preocupación es la reunión de los cristianos»9.
«El movimiento ecuménico no es el lugar de encuentro para el triunfo de una Iglesia sobre otra. Es la
confrontación fraterna de los cristianos divididos pero hermanos... La finalidad del diálogo ecuménico no es hacer conversiones. Es un esfuerzo del amor cristiano para dar y recibir testimonio del evangelio»1(l.
«Es el movimiento cristiano nacido hacia principios del siglo XX, en ambientes misioneros protestantes y
anglicanos, con el deseo de testimoniar juntos el evangelio de Jesucristo entre los pueblos paganos, para lo cual se debería llegar a ser miembros de la sola Iglesia de Cristo»11.
«Con todo, el Señor de los tiempos, que sabia y pacientemente prosigue su voluntad de gracia para con nosotros los pecadores, en nuestros días ha empezado a infundir con mayor abundancia en los cristianos separados entre sí la compunción de espíritu y el anhelo de unión. Esta gracia ha llegado a muchas almas dispersas por todo el mundo, e incluso entre nuestros hermanos separados ha surgido, por impulso del Espíritu Santo, un movimiento dirigido a restaurar la unidad de todos los cristianos. En este movimiento de unidad, llamado ecuménico, participan los que invocan al Dios Trino y confiesan a Jesucristo como Señor y Salvador, y esto lo hacen no solamente por separado, sino también reunidos en asambleas en las que oyeron el evangelio y a las que cada grupo llama Iglesia suya y de Dios» 12.
«Puesto que hoy, en muchas partes del mundo, por ' inspiración del Espíritu Santo, se hacen muchos intentos,
con la oración, la palabra y la acción, para llegar a aquella plenitud de unidad que quiere Jesucristo, este Sacrosanto ■ Concilio exhorta a todos los fieles católicos a que, f¿ reconociendo los signos de los tiempos, cooperen
-diligentemente en la empresa ecuménica»,
«Por movimiento ecuménico' se entiende el conjunto de actividades y de empresas que, conforme a las distintas 'necesidades de la Iglesia y a las circunstancias de los
9 G. Tavard, en Steps to Christian Unity, o. c„ 33. 10 W eigel, en Steps to C hristia n Unity, o. c., 33.
11 J. Bosch, Iglesias, sectas y N u ev os Cultos, Bruño, M adrid 1981, 146-147.
12 U R 1.
tiempos, se suscitan y se ordenan a favorecer la unidad de los cristianos...»!3.
Desde una visión estrictam ente religiosa, y se gún las descripciones expuestas, parece que tres ele mentos esenciales deben ser resaltados en el ecu menismo: originalidad, actitud y voluntad de diálo go, espiritualidad.
- Originalidad. El ecum enism o es una experien cia inédita, original, sin precedentes en la historia del cristianismo. Su novedad radical estriba en que las Iglesias confrontadas en diálogo -superada ya la etapa de la polém ica- m antienen viva la convicción de que no se han agotado las posibilidades en la in telección del misterio que supone la realidad ecle- sial de las otras comunidades cristianas. Contradice por ello de manera frontal la teoría de que todo está dicho y experimentado en la Iglesia y en la teología.
La dimensión utópica del proyecto ecum énico soslaya, por una parte, el peligro de caer en el es cepticismo o el relativism o ante la verdad que pue da desprenderse de las otras Iglesias y, por otra, su pera la dificultad que se antojaba insuperable de llegar a ver algún día la com unión de Iglesias sepa radas secularmente no sólo p or una lectura distinta de la buena noticia de Jesús, sino tam bién por unos condicionamientos sociales, geográficos y cultura les que las moldearon de maneras tan radicalmente diversas.
Quizá nadie com o Congar ha expresado en tér m inos más claros este elem ento de originalidad de la experiencia ecuménica.
«Creemos lícito entablar hoy un diálogo del que el pasado cristiano no ofrece ningún precedente. No to do ha sido previsto en el pasado... La situación es, en efecto, inédita. En el mundo de las divisiones, que es casi tan antiguo como la Iglesia, puesto que los após toles conocieron ya las primeras traiciones a la uni dad, hay verdaderamente algo nuevo...14. Resulta muy difícil, y tal vez sea imposible, pensar el ecumenismo
13 U R 4.
14 Y. Congar, C ñstianos en diálogo, o. c., 154.
con sólo las categorías de la teología clásica: el ecu menismo es nuevo. O mejor aún, es un movimiento, algo que aún no está hecho, algo sin definir, pero que cada día va haciéndose y definiéndose. El ecumenis mo es una realidad que nace más de la historia de la salvación, de una voluntad libre del Dios de la gracia, que se traduce en unas vocaciones, que de la revela ción hecha...»15.
- Actitud y voluntad de diálogo. En las descrip ciones anteriores que se han dado del ecumenismo, y a pesar de su notable variedad, aparece siempre com o telón de fondo la actitud dialogal Cabe decir que el ecum enism o es fundamentalmente una acti tud. Es tam bién muchas otras cosas: organización, estructura, estudio sistemático, etc., pero en el fo n do es una actitud del espíritu que se define com o dialogal.
La historia de las relaciones entre los cristianos y las Iglesias separadas es la historia del eterno m o nólogo. Fue la larga noche de la polém ica. Cada Iglesia daba su opinión sobre sí misma, pero tam bién sobre las demás. P o r eso la condena era la fo r ma habitual de las relaciones interconfesionales. Uno sólo era el agente que se interpretaba a sí m is m o y hacía además la interpretación de los otros. En la actitud dialogal, p or el contrario, existen dos agentes. Cada uno da la propia interpretación de sí m ismo, pero escucha la del otro. Y es que existe v o luntad de escucha. Se tom a en serio lo que los otros dicen de ellos mismos.
La actitud y voluntad de diálogo llega, sin em bargo, más pronto o más tarde a la convicción de las dificultades que supone franquear los lím ites de la com prensión de las otras Iglesias. Dificultades debidas al peso de la propia tradición, de las p ro pias costumbres, de la manera propia de presentar y viv ir la fe cristiana. Pero la actitud dialogante, precisam ente p or su conciencia de las lim itaciones, produce una incesante m ovilid ad en los plantea m ientos de la problem ática de la desunión cristia na. P o r ello es una actitud creativa. Es el ensayo continuo de nuevos enfoques, ya que desde uno só lo las oposiciones son casi siem pre irreductibles. Es rastreador de nuevas pistas, fo rja d o r de utopías.
15 Y. Congar, Cristianos en diálogo, o. c., 162.
14
PARA COMPRENDER EL ECUMENISMOM olesto, sin duda, para aquellos que se conform an con la situación, anómala pero segura, de la des unión cristiana.
- M o v im ie n to espiritual. Los cristianos saben que en el fondo de la problem ática ecuménica -tras los años hermosamente ingenuos de los orígenes- existe como un acuerdo im plícito y una conciencia ! m uy viva de que las divisiones son humanamente l insuperables, y que la unidad tendrá que ser obra I de Dios. A partir de esa fundam ental convicción,
surge espontáneamente una actitud orante.
A medida que han pasado los años, se ha ido com probando que la cuestión ecuménica no consis te sólo en resolver problem as doctrinales aislados - e l tem a de la intercom unión, o el del recon oci m iento mutuo de los ministerios, o la aceptación de una autoridad común, etc.-. La fe cristiana es un cuerpo total -una co sm ovisión - que im plica tam bién un determinado com portam iento ético y una manera de ver y afrontar la vida.
Sin embargo las Iglesias cristianas se desunie ron también en esas cosm ovisiones que trascienden los problem as m eram ente doctrinales. Y así cada com unión cristiana fue encarnándose de tal mane ra en una particularidad que la universalidad del evangelio sufrió deterioros irreparables generándo se factores nuevos de división. Piénsese, p o r ejem plo, en la presentación latina del catolicism o rom a no, o en la germ anidad del luteranismo, o en la bri- tanización del anglicanism o. E l problem a se agrava cuando estas visiones -m arcadam en te eurocéntri- ca s- fueron presentadas a los pueblos del Tercer M undo com o inseparablem ente unidas a la esencia del evangelio. La incapacidad humana para afron tar la cuestión ecuménica aparece así con todo su realism o. No sólo separan puntos doctrinales dis tintos. La división llega a la visión misma de la vi da, a la lectura profunda del evangelio, a la concep ción del hombre y a sus relaciones con Dios.
P or eso, casi desde los com ienzos m ism os del m ovim iento ecuménico, las asambleas y reuniones ecuménicas han estado casi siem pre precedidas por «cultos de apertura» y se han clausurado con plega rias interconfesionales. El C oncilio Vaticano I I lie-1 gará a afirm ar que la «p leg a ria » es el alma del ecu- i. m enism o (U R 8).
, El llam ado ecum enism o espiritual, que tiene en 1
Paul Couturier uno de sus grandes inspiradores, y en la Semana de oración por la Unidad (18-25 ene ro ) su más fuerte expresión, es reflejo de la con ciencia que existe respecto a la eficacia de la plega ria en orden a la reconciliación cristiana. La unidad -b a jo esta perspectiva- se revela entonces más co m o «m isterio» que com o «p roblem a», y su acceso requiere una actitud orante, humilde, de súplica y oración. N o es de extrañar que el m ism o padre Congar declarase en una ocasión que se había acer cado más al anglicanism o participando en los o fi cios vespertinos de la «Ig lesia de In glaterra» que leyendo grandes libros escritos por autores anglica nos.
El ecum enism o, pues, im plica una vida teologal Dentro del «m onasterio invisible» p or la unidad -la expresión es de Paul Couturier y designa con ella la oración callada a través del mundo que se eleva al Padre por m ediación de Jesús- hay unas vivencias en la fe y en la caridad que hacen al cristiano vivir en un clim a espiritual com o si ya se hubiese adelan tado el tiem po definitivo del reino, aunque en reali dad todavía no ha llegado a su plenitud. V ivir en esa dialéctica es lo que da sentido teologal a la ex periencia ecuménica.
b) Desde la sociología religiosa
Los análisis de tipo sociológico que se vienen haciendo últim am ente sobre el ecum enism o son de indudable interés. Es claro que desde la m ayoría de los círculos teológicos y sobre todo desde las ins tancias jerárqu icas apenas se han abordado con realism o las vicisitudes por las que atraviesa el m o vim iento ecum énico. Interesa, pues, conocer la lec tura sociológica del fenóm eno ecum énico, porque viene a com pletar , la visión estrictamente religiosa que acabamos de recordar.
Jean-Paul W illa im e ha hablado recientem ente del ecum enism o descuartizado, y R oger M ehl ha es crito sobre las estrategias ecuménicas, extrem ada m ente com plejas, que han posibilitado su reem er gencia cuando desde tantas instancias -dem asiado su perficialm ente- se estaba vaticinando el «fin del ecum enism o». N ingun o de estos autores cree que pueda afirm arse con cierta coherencia el fin de la
era ecuménica. Pero la lectura que hacen ambos autores -co m o aquellos otros autores de la obra en colaboración Vers de nouveaux oecuménismes 16~ in vita á clasificar en dos grandes momentos la expe riencia ecuménica vivida p o r las Iglesias cristianas durante el siglo X X .
1. P o r una parte estaría la com prensión del ecu m enism o com o m ovim iento social. Sus agentes, en su m ayoría personalidades carismáticas y muchos de ellos intelectuales laicos, poseían una clara con ciencia del papel que tiene el individuo dotado de ciertos carismas dentro de la institución eclesial. Se trataba de trabajar p or el cam bio de la propia insti tución, con miras evidentes al reagrupamiento de las Iglesias cristianas, pero con una intencionalidad de lucha por el control del cam bio social. Habría que recordar los intentos ecuménicos, aunque esté riles finalmente, p or m antener a cualquier precio la paz europea en los años previos a las dos guerras mundiales, para llegar a calibrar lo ecuménico co m o una fuerza con clara vocación de historicidad.
El ecumenismo com o fenóm eno social tiene un prim er desarrollo en un contexto en el que se valo ran hasta el extremo los intercam bios ideológicos y culturales. Ayudan, con toda evidencia, a que se agilicen y potencien estos espacios fluidos de circu la ció n in terideológica, los «m ass m ed ia » que se convierten en verdaderas m ediaciones para el m ovi m iento ecuménico.
L a evolución del sentimiento religioso contem poráneo influye también -desde el punto de vista so ciológico- en el desarrollo del ecumenismo. W i llaim e habla de la elevación del nivel cultural de la población y del cuestionam iento de los esquemas de «autoridad», lo que lleva directam ente a la indi vidualización del sentimiento religioso y, a veces, a una relig io s id a d p referen tem en te vivida, experi mentada, en definitiva em ocional. Pero ambos fe nóm enos se traducen en una relativización de las di ferencias confesionales, cuando menos en un sos- layam iento de aquellas aristas claram ente antagóni cas entre las diversas cristiandades.
16 J. P. W illaime (éd.), Vers de n ou v ea u x oecum énism es. Cerf, Paris 1989.
Pero la apertura ecuménica - a pesar de su espe cificid a d - es parte de un capítulo mucho más am p lio en el que las Iglesias buscan resituarse de m a nera nueva en la sociedad. En esta búsqueda de un nuevo protagonism o social, las Iglesias se ven abo cadas a encontrarse frente a las otras Iglesias en una relación que no puede prim ar el enfrentam ien to polém ico del pasado, sino más bien favorecer y estimular las corrientes autocríticas dentro de cada una de las comunidades eclesiales para encontrarse m ejor unas a otras.
Un ecumenismo com o m ovim iento social de re novación, con voluntad expresa de integrarse en el contexto histórico del m om ento, m otor de creativi dad eclesial y de diálogo abierto, instancia crítica que augura una unidad interconfesional muy próxi ma, son algunos de los rasgos que desde perspecti vas sociológicas se han resaltado en el prim er esta d io del m ovim ien to ecum énico. Pero los m ism os sociólogos han detectado que este tipo de ecumenis m o toca a su fin. L o cual no significa necesaria m ente la «m u erte del ecum enism o», sino el final del ecum enism o com o m ovim iento social.
2. En una segunda fase, el m ovim iento ecumé nico presenta unas características ciertamente diver sas que permiten hablar de la evolución o, si se pre fiere, de la transform ación del ecumenismo.
Com o prim er dato de este nuevo estadio, cabe a fir m a r su in s titu c io n a liz a c ió n . M ás que de un «a c o n te c im ie n to » o de un «m o v im ie n to » -c o m o gustaban hablar los pioneros-, éste es hoy una «in s titu ción». La institución ecuménica es producto de varias premisas, entre las que sobresale el cam bio de las clases sociales que protagon izan la acción ecuménica. Los expertos, los especialistas, las jerar quías, los teólogos han venido a relevar a los «p ro fetas» y los «vision a rios» en los puestos de direc ción.
Aquellos prim eros intelectuales laicos han sido sustituidos -incluso en los niveles de la base- por los nuevos agentes que, según todos los indicios, no están capacitados para llevar adelante el tipo de crí tica ejercido en la fase anterior. N i los m atrim onios m ixtos, ni los jóvenes que se acercan a espacios ecum énicos -piénsese en los m iles de jóvenes que visitan anualmente Taizé, p or ejem plo-, ni los pá
1
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PARA COMPRENDER EL ECUMENISMOrrocos y pastores interesados en el intercam bio ecu m énico a niveles locales parecen dispuestos a m an tener aquel protagonism o que caracterizó la prim e ra etapa.
Pero este relevo de los agentes sociales del ecu m enism o ha tenido un efecto que va a defin irlo -se gún la perspectiva sociológica- de m anera nueva en esta segunda etapa. Una etapa en la que cada Igle sia -tras un período de apertura a las otra s- vuelve a una reafirm ación de sí misma, a una nueva toma de conciencia de su propio pasado, no para recha zarlo, sino para justificar precisam ente sus diferen cias.
Estamos delante, sin duda, de un fenóm en o no exento de ambigüedad, que habla de la necesidad de subrayar la propia identidad precisam ente tras un encuentro en el que se acentuaron tan fuerte m ente las convergencias esenciales. E l nuevo y am p lio m arco social demanda con vig o r las «segurida des» y certezas perdidas. N o parece ser el tiem po p rop icio para ningún género de utopías. La p rolife ración de tantas sectas y Nuevos m ovim ientos reli giosos -co n su carga de ofertas de seguridad- apa rece com o un capítulo de ese fenóm eno universal de vuelta a las seguridades.
En ese marco tam bién las Iglesias cristianas re cuperan en su vuelta a la propia tradición m ayor seguridad que aquella que podía ofrecer una even tual e hipotética unión de Iglesias que está todavía por conseguir. Si la vuelta al pasado fortalece las seguridades, el futuro suele abrigar incertidumbres.
L a institucionalización del ecum enism o ha lleva do, pues, a una revalorización de la propia confe- sionalidad, es decir, a un efecto quizá no expresa m ente deseado p o r los p ion eros del m ovim ien to ecum énico, pero efecto que configura el ecum enis m o de hoy. En éste ha adquirido m ayor im portan cia lo institucional, la reafirm ación de las identida des confesionales en detrim ento de aquellas prim e ras intuiciones que trataban de llegar a cualquier precio a una reunificación del cristianism o. Aquel ecum enism o se inscribía tam bién en un vasto m ovi m ien to social de cam bio de la sociedad y de las mism as comunidades eclesiales.
El m ism o W illaim e habla de que el ecumenismo se ha desenganchado de su carga utópica y social
U nidad de los Cristianos, y sin los textos elaborados p o r esta institución, entre los que vale la pena m en cionar el D ire cto rio Ecum énico. Y la com pleja y va riada acción del Consejo Ecum énico de las Iglesias sería inconcebible sin los organism os y com isiones que desde la sede de Ginebra generan, sostienen y es tim u la n la a cció n ecu m én ica de sus Ig lesia s- m iem bros.
E l ecum enism o institucional, que desde la pers pectiva sociológica antes recordada viene a sustituir al ecum enism o com o m ovim iento social, ha tom a do una doble dimensión, más marcada en las Ig le sias de tradición «católica » que en las Iglesias de tradición «refo rm a d a ». Así aparece, por una parte, el ecum enism o oficial, detentado p o r las autorida des jerárquicas o por los representantes nom brados directam ente p o r ellas y que marca, de manera le gal, las relaciones existentes entre las diversas Ig le sias cristianas.
El cam ino hacia la unidad, aunque no im pulsa do necesariam ente p or las jerarquías, está supervi sado p or ellas. El futuro del cam inar ecum énico es tá ligado, de alguna manera, a la capacidad de es cucha, de discernim iento y de transform ación que poseen los m iem bros de la jerarquía. N o es, pues, indiferente para la causa ecum énica el talante de apertura sincera de los hom bres que rigen las Ig le sias. Y no resulta inocente -desde el punto de vista ecu m én ico- la elección, en m om entos determ ina dos, de h om b res con cargos de resp on sab ilid a d eclesial de tendencia muy conservadora.
Dentro de este ecumenismo oficia l cabría pensar en los Secretariados Nacionales de Ecumenismo, di rectam ente dependientes de las respectivas Confe rencias Episcopales, de las Delegaciones Diocesanas de Ecumenismo, así com o de cualquier organismo directa o indirectam ente vinculado con los obispos, 0 con el Secretariado Rom ano para la Unidad de los Cristianos, recientem ente llam ado Consejo Pontifi cio para la Prom oción de la Unidad. P o r parte de las Iglesias reform adas y anglicanas existen igualmente organism os ecuménicos oficiales que representan di rectam ente a esas Iglesias en cualquier tom a de p o sición vinculante para las mismas.
Es fácil entender, sin em bargo, la crítica que desde diferentes m edios se hace a las instituciones ecuménicas, cuando éstas han dejado la fluidez y la
1 8 PARA C O M P R E N D E R E L E C U M E N IS M O
apertura a la novedad m arginando las dimensiones utópicas del quehacer ecuménico. Las grandes ins tituciones llevan consigo peligros que están en la base de muchas críticas: el gigantism o, la burocra cia, la lentitud, las prudencias, el desnivel de sensi bilidades ante problem as ecum énicos acuciantes, etc. Todos ellos dan pie a que muchos cristianos, incluso pastores y teólogos, hablen de la «crisis ins titu cional» del ecumenismo moderno.
E l ecum enism o d octrinal es la otra dim ensión que cabe analizar dentro del llam ado ecumenism o in s titu cio n a l La cuestión de la verdad, tan estre chamente unida a la profesión de la fe verdadera (ortodoxia), ha estado presente tanto en las raíces de las separaciones eclesiales -recordam os a título de ejem plo que los reform adores del siglo X V I eran en su inmensa m ayoría teólogos profesionales- co m o está ahora m ism o en los intentos de alcanzar convergencias en lo esencial.
Num erosas cuestiones doctrinales, controverti das todavía entre las diferentes Iglesias, suscitan ahora mism o innumerables coloquios, encuentros y diálogos a diferentes niveles que perm iten hablar con propiedad del ecum enism o d octrin a l De él de penden, para la m ayoría de las jerarquías, los ver daderos pasos hacia la unidad cristiana en su pleni tud. Es innegable que existen otras dim ensiones ecuménicas no estrictamente doctrinales y que sin resolverse difícilm ente se hace creíble una eventual unión cristiana. Pero es del todo incuestionable que el diálogo doctrinal está hoy en el núcleo del m ovi m iento ecuménico. Resulta por ello obsoleta la vie ja fórm ula de algunos pioneros: «L a acción une, la doctrina separa».
Las com isiones mixtas de teólogos -representan tes de las diversas Iglesias en el diálogo doctrin al- constituyen la m ejor prueba de que las com unida des cristianas están seriamente com prom etidas en el m ovim iento ecuménico. El capítulo 4 trata dete nidam ente de este tipo de ecumenismo.
b) E cum enism o espiritual
Existe una larga tradición en todas las Iglesias cristianas de oración oficial p or la unidad. Los tex tos litúrgicos oficiales de las com unidades ca tóli cas, ortodoxas, anglicanas y protestantes poseen
be-confinándose en los límites más estrictamente ecle- siales. Se está centrando en diálogos teológicos y doctrinales, dirigidos siempre desde la cúspide de las jerarquías eclesiásticas.
En este sentido, los sociólogos intuyen la em er gencia de un ecumenismo diplom ático, generador de excelentes y armoniosas relaciones interconfe sionales, pero cada vez menos interesado en conse guir realmente la unidad visible y orgánica que se presentó com o la utopía ecuménica. Y es que resul ta cada vez más difícil arm onizar unidad ecum éni ca y propia identidad confesional.
Esta perspectiva sociológica que acabamos de esbozar complementa, sin duda, la visión del ecu m enism o que se hace desde las instancias estricta mente religiosas y teológicas. Pero con toda seguri dad que la so ciología -p o r lúcidos que sean sus análisis- tam poco tiene en este asunto la última pa labra. N o obstante, el análisis precedente facilita, sin duda, algunas pistas para la com prensión del fe nóm eno ecum énico en la actualidad.
1.2. Diversidad de ecumenismos
En realidad, el ecumenismo es un todo. Congar dice que es una plenitud.
«Es como un órgano con cuatro teclados y con muchos registros. El ecumenismo está todo él dirigi do hacia el futuro, hacia el reino, pero mantiene su referencia a la Escritura y la tradición, a la vez que revisa nuestras antiguas querellas tomadas desde sus raíces. Se centra en la unidad de la Iglesia y en la uni dad de la humanidad. Es teológico y práctico, «Faith and Order» y «Life and Work», doctrinal y secular, espiritual y socio-político. No debe restringirse su ambición...» ,7.
Razones pedagógicas y el deseo de una m ayor claridad perm iten hablar con propiedad de diferen tes ecumenism os o, mejor, de la am plia variedad de tareas ecuménicas. Esta variedad es com o el telón de fondo que encuadra los capítulos de este libro.
17 Y. Congar, F orm es prises p a r l'exigence o e c u m é n iq u e a u
jo u r d ’h ui, en Essais oecum éniques. Le Centurion, Paris 1984, 69.
a) Ecum enism o institucional
El padre Congar -ya en 1937- definía el ecum e nismo com o
«un-movimiento constituido por un conjunto de sen timientos, de ideas, de obras e instituciones, de reu niones o de conferencias, de ceremonias, de manifes taciones y de publicaciones, que tienden a preparar la reunión no solamente de los cristianos, sino de las di ferentes Iglesias actualmente existentes, en una nueva unidad» '8.
Y el Vaticano I I dirá a su vez:
«Casi todos, sin embargo, aunque de modo diver so, suspiran por una Iglesia de Dios única y visible, que sea verdaderamente universal y enviada a todo el mundo, para que el mundo se convierta al evangelio, y se salve para gloria de Dios» (UR 1).
N o cabe pensar en el ecumenismo sin tener en cuenta la tensión entre lo personal y lo institucio nal. La historia enseña, sin embargo, que la prim a cía recae al principio sobre el individuo. Y a se ha recordado que hombres carismáticos -lo s pioneros ecum énicos- con una visión profètica em prendie ron la andadura ecuménica antes de que éste tom a se las formas propias de «lo institucional». Pero la pertenencia eclesial de aquellos pioneros que nunca renunciaron a ella, los sencillos organismos surgi dos a partir de la Conferencia M isionera M undial de Edim burgo (1910), y de las Asambleas de Lausa- na y de Edim burgo que dieron vida a los M o v i m ientos «F e y Constitución» (Faith and Order) y «C ristianism o P rá ctico» (Life and W ork), nos ha blan de la im periosa necesidad que hay en el mis m o m ovim iento de apoyarse en la estructura, por sencilla que sea, para su misma supervivencia.
Este es el sentido prim ero que se da aquí al tér m ino ecum enism o institucional. Sin cierto grado de organización no cabe la acción ecuménica. Desde la Iglesia católica resulta impensable que la doctrina ecum énica em anada del C oncilio hubiese p o d id o ser «traducida» a la Iglesia universal sin la m edia ción, p or ejemplo, del Secretariado Rom ano para la
18 Y. Congar, C ristianos desunidos, o. c., 12.
-^SiDO
lias plegarias para p ed ir al Espíritu preservar la unidad de la Iglesia.
Pero además de las expresiones litúrgicas o ficia les p or la unidad, aparece m uy p ron to entre los cristianos divididos una orientación m arcadam ente ecum énica que pone todo el énfasis en la plegaria p or la unidad de las Iglesias divididas, que sin m e noscabo de la tarea doctrinal se da cuenta de que el cam ino real hacia la plenitud de la unidad pasa por la convergencia en la espiritualidad cristiana com partida p o r todos.
«Todos los años, en los campos de concentración, hemos celebrado la semana por la unidad de los cristianos. Y de una manera bastante diferente de aquellos de nuestros amigos que permanecieron en medio del torbellino del mundo. Nos hallamos aquí reunidos en un gran encierro, reducidos a la simple condición de hombres dispuestos a escuchar la voz del Verbo interior. Católicos, protestantes, incrédulos llenos de nobles inquietudes, todos se han visto mezclados en los barracones. Bien pronto, en medio de aquella existencia yuxtapuesta y sin ningún respiro de soledad, pudieron ponerse a charlar de los mismos elevados temas de religión que, a la vez, les oponían y les armonizaban... Una buena mañana, apareció el padre Congar en la barraca vecina a la mía. Nos trajo el apoyo de su fervor, de su erudición, de su violento y tranquilo coraje, de su competencia inigualable en los problemas ecuménicos que ya habían hecho de él uno de los grandes teólogos de nuestro tiempo. Muchas veces tuvimos reuniones con el pastor en la capilla protestante. Esta capilla tiene como guardián al sacerdote del bloque Iv. El es el que conserva la llave, el que vela por ella. La capilla es de una pura austeridad, con sus maderas severas, y sobre el altar, siempre abierta, en el lugar del 'tabernáculo católico, la santa Biblia. Esto me ha hecho
pensar en aquellas palabras de la Imitación que dicen que la verdad nos habla íntimamente a través de las dos voces del libro y de la presencia...».
Jean Guitton, La unión cristiana en los campos de concentración (1940-1945), 10 enero de 1943
Si las Iglesias tienen sus fronteras bien definidas por ortodoxias y por reglamentaciones jurídicas, los pioneros encontraron m uy pronto caminos legíti mos para trascender las barreras eclesiásticas que parecían infranqueables. La plegaria común apare ce así com o el pasaporte válido para sentirse unidos al menos en una tensión dialéctica: la oración com partida permite sentirse ya unidos en el Señor de todos, aunque todavía no sea posible la proclam a ción de pertenencia plena a una comunidad eclesial unida.
El Concilio Vaticano II afirm ará sin titubeos que «la conversión de corazón y santidad de vida, junta mente con las oraciones privadas y públicas por la unidad de los cristianos, han de considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico, y con razón puede llamarse ecumenismo espiritual» (UR 8). Pero mucho antes de que el Concilio dé oficiali dad al térm ino ecum enism o espiritual, existe una larga tradición ecum énica de tipo espiritual que se remonta, al menos, a hombres com o Spencer Jones y Paul Wattson, cardenal M ercier, Dom Lam bert Beauduin, Antoine Martel, Paul Couturier, Maurice Villain, Gabriella de la Unidad, etc., que form an to dos ellos un capítulo vital en la historia del ecum e nismo.
La comunión entre cristianos de distintas Ig le sias al nivel de las realidades espirituales es objeto de nuestro capítulo 3. Una tema de especial dificul tad lo constituye el hecho de la participación en el culto eucarístico de las otras tradiciones eclesiales, llam ado técnicamente hospitalidad eucarística, in- tercom unión.
c ) Ecum enism o local
La expresión ecum enism o local resulta más com pleja -qu izá tam bién más am bigua- que las anali zadas hasta ahora. Y no solamente porque algunos autores prefieren em plear en su lugar el térm ino ecumenism o de la base, o incluso lo identifican con el ecumenism o secular, sino porque aquella expre sión recoge significados que se introducen en terre nos de otro tipo de ecumenismo. Así, por ejemplo, cabe un ecumenismo local que es, a la vez, verdade
ram ente institucion al (com o es el caso de las D ele gaciones diocesanas de ecum enism o), y es igu al mente com patible la práctica del ecumenism o espi ritual a niveles locales, e incluso desde el ecum enis m o local se hacen ricas aportaciones al ecum enism o doctrinal.
R econ ocien d o estas dificultades de term in olo gía, hemos aceptado el térm ino ecum enism o local porque describe una realidad ecuménica m uy rica y distinta de aquella en la que directamente se cen tran los diversos tipos de ecum enism o descritos hasta el m om ento.
E cu m enism o local significa la entrada, en el es pacio ecum énico, de los laicos, de las parroquias, de las gentes que en una determinada term inología constituyen «la base» y que en la term inología ecle- sial fo rm a n los grandes espacios d el p u eb lo de Dios. Si el ecum enism o puede haber dado im p re sión de ser un asunto de especialistas, de clérigos, de teólogos, de las jerarquías -u n asunto, en d efin i tiva «e c le s iá s tic o »-, el ecum enism o loca l vien e a desm entir tal idea y recupera aquel legado de los prim eros ecumenistas en el que los seglares dieron el prim er em pujón a la acción ecuménica. L a pre gunta es obvia, ¿de qué serviría un ecum enism o protagonizado p or las jerarquías, por los teólogos y peritos si no fuese tam bién una experiencia cristia na «v ivid a » p or todo el pueblo de Dios?
El Vaticano I I ha sido muy explícito:
«El empeño por el restablecimiento de la unión corresponde a la Iglesia entera, tanto a los fieles co mo a los pastores, a cada uno según su capacidad, ya en la vida cristiana, ya en las investigaciones teológi cas e históricas. Este interés manifiesta la unión fra terna existente ya de alguna manera entre todos los cristianos y conduce a la plena y perfecta unidad, se gún designio de la voluntad de Dios» (UR 5). Las expresiones del ecum enism o local son m últi ples; desde aquellas con una cierta oficialidad com o las Delegaciones diocesanas de ecum enism o y los Centros ecum énicos, hasta los pequeños grupos in formales, reuniones de oración, discusiones de p a rroquia, grupos bíblicos ecuménicos, reuniones de «m a trim o n io s m ix to s» o de preparación para las Semanas de la Unidad, etc. Sin duda alguna, el ecu m enism o loca l o de base ha dado con frecuencia ese
20
PARA COMPRENDER EL ECUMENISMOcarácter de audacia, de «im pru dencia» y de espon taneidad del que está tan necesitado siem pre el m o vim iento ecuménico.
d) E cum enism o secular
La expresión ecum enism o secular, aunque de re ciente creación, disfruta de una amplia aceptación en nu m erosos m ed ios creyentes. V a rio s autores (M a r c Lien hardt, P er Lon n in g, G eorges Casalis, etc.), al referirse a las grandes etapas del m ovim ien to ecum énico, no han dudado en enum erar tres m uy claras.
- En prim er lugar, la era de los pioneros, aquella que se inicia con la Alianza Evangélica (1846) y lle ga hasta la form ación del Y M C A y de la Federación Mundial de Estudiantes Cristianos, a finales del si glo X IX . Sus protagonistas son en su m ayoría laicos que militan en estos m ovim ientos de carácter inter confesional, cuya acción es un tanto m arginal res pecto a las jerarquías de las Iglesias.
- Viene después, en segundo lugar, la etapa ecle siástica., Es el m om ento en que las Iglesias com o
ta-«Es posible corroborar la pertinencia de la acción ecuménica popular: el punto de encuentro es una persona, Jesucristo. El camino de convergencia son las luchas que testimonian la presencia del reino de Dios entre nosotros. Si el reino de Dios es el punto final del camino de todas las liberaciones, y si la unidad del pueblo de Dios en la oikoumene tiene una estrecha relación con este proceso, entonces hay que aceptar una vez más que los pobres, incluso en este campo, nos evangelizan. Ellos son los que nos enseñan, según lo recordaban las palabras de Emilio Castro, que ecumenismo es solidaridad. Solidaridad en la búsqueda del reino, en el servicio de los pobres. En consecuencia, el ecumenismo es indisociable de la liberación. Es resultado del poder del Espíritu Santo: y allí ‘donde está el Espíritu del Señor está la libertad’ (2 Cor 3, 17). Como lo afirma la Quinta Asamblea General del Consejo Mundial de Iglesias: ‘Jesucristo libera y une'».