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PARA COMPRENDER EL ECUMENISMO 1 0

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y las instituciones ecuménicas

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n op olio de la acción imprevista, libre y eficaz de Dios. Es un vicio arraigado en ciertos ambientes eclesiásticos considerar la institución eclesial com o la poseedora exclusiva de las m ediaciones por las que el Espíritu asegura su presencia entre los hom ­ bres y mujeres.

Por lo que respecta a la cuestión ecuménica, es­ to quiere decir que aquellos que aseguran, al frente de los organ ism os eclesiásticos, las aspiraciones unionistas, deberán estar a la escucha de grandes sectores del pueblo de Dios, e incluso de nuestra so­ ciedad, en cuyas ansias y búsquedas de unidad sue­ na tam bién la vo z de Dios, porque es deber perm a­ nentem ente eclesial «e l escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del evangelio» (G S 4).

Quizá pocos han expresado esta idea com o el patriarca Atenágoras:

«... No soy un hombre de Iglesia que se deja ence­ rrar en el ambiente eclesiástico... Lo que más falta a los hombres de Iglesia es el espíritu de Cristo, la uni­ dad, la entrega de sí mismo, la aceptación desintere­ sada, la capacidad de ver lo mejor en los demás; nos movemos fuera de la vida. Hemos hecho de la Iglesia una organización como cualquier otra. Después de haber malgastado nuestras fuerzas en construirla, es­ tamos malgastándola en mantenerla en marcha; y esa marcha es la de una máquina, no la de una vida. La unión tiene que progresar. Los laicos de todo el mun­ do la desean, y se unirán sin nosotros, sin la jerar­ quía, si ésta no hace nada. Los responsables deben escuchar este vibrante reclamo de unidad, que eleva sobre todo la juventud, y deben percibir lo que tiene de acuciante. Los responsables deben descender de su trono y deben pronunciar las palabras y ejecutar los gestos que voltearán el muro divisorio. La juventud exige la intercomunión, la juventud nos apostrofa. ¡Ay, quisiera que la impaciencia de los jóvenes conta­ gie a los teólogos y que éstos se vean a sí mismos con la mirada de la juventud, que no acepta medias tin­ tas! ¡Ay de los teólogos, ay de las autoridades eclesiás­ ticas, si la unión se logra sin ellos, más aún, contra ellos! Si los jóvenes, con su ardiente fervor, compar­ ten el pan y el vino entre ellos, en secreto, fuera de la Iglesia... La unión, como todos los acontecimientos importantes, puede producirse en forma inesperada... Todo es posible, la unidad se realiza en una atmós­

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fera de quemante fervor. El Espíritu Santo no sólo es luz; también es fuego»

Dos apartados vertebran este capítulo:

1. El don del Espíritu manifestado en el acerca­ miento de Iglesias e individuos a través de la tole­ rancia mutua, de la m isión y de la plegaria común. 2. Las instituciones ecum énicas que ayudan a preparar el don de la unidad.

1. El don del Espíritu

La Iglesia es una «com u n ión », una com unidad de personas, una «k oin on ía » según la expresión téc­ nica griega. Pero esa comunidad no se reduce, sin embargo, a la suma total de los individuos que la componen. Su realidad sobrepasa el núm ero socio-' lógico de sus miembros. P or eso se puede orar con toda verdad diciendo: «... no m ires nuestros peca­ dos, sino la fe de tu Iglesia».

La unidad que se atribuye a la Iglesia tiene un principio que es el Espíritu Santo. Porque hay un solo Espíritu, podem os afirm ar que hay una sola Iglesia. Pablo dirá en una de sus cartas: «T od os fui­ mos bautizados en un solo Espíritu para poder fo r­ m ar un solo cuerpo» (1 Cor 12, 13; E f 4, 4).

Quienes form an parte de la Iglesia, los hom bres y las mujeres cristianos, son diversos. Cada uno co­ mo persona individual es principio de experiencias y sensibilidades, principio irrepetible de creatividad y de acción. Pero cada uno tiene, en el Espíritu de Dios, el principio m ism o de su ser, la fuente últim a de su intim idad, porque, al decir de san Agustín: «es más interior que lo más íntim o m ío » ( Confesio­ nes, 1. III, c. 6, n. 11).

Diversidad de dones, pero el Espíritu es el m is­ mo. Se ha escrito m ucho sobre el Espíritu co m o principio de unidad de la Iglesia, y m ucho sobre el don de la unidad com o realidad escatológica, en cuanto el Espíritu será siem pre «e l p rom etid o» del que aquí abajo tenemos sólo sus arras (R o m 8, 23; 2 Cor 1, 22). El Espíritu com o principio de com u-

1 Citado en H. M eyer (ed.), E l fu tu ro del ecu m en ism o. L a Au­ rora, Buenos Aires 1975, 83-84.

nión hace que los cristianos se unan entre sí, siendo esa unión reflejo de su unión con Dios m ismo. Pero todo lo que se ha escrito tan bellam ente sobre el Espíritu Santo com o principio de unidad de la Ig le­ sia y com o principio de la diversidad de los cristia­ nos en el único cuerpo de Cristo requiere traduccio­ nes concretas en la vida cotidiana. L a vida es la prueba de fu ego p o r la que debe pasar la verdadera teología. Y ahí radica el problema.

N o basta profesar una misma com unión al nivel de la fe y de los credos, no es suficiente practicar una m ism a liturgia y acudir a los m ism os templos. La c o m u n ió n eclesial nacida del Espíritu im plica tam bién una com u n ió n en la vida, que algunos au­ tores han calificado de «com unión hum ana», inclu­ so de «com u n ió n sociológica». El padre Congar re­ cuerda una anécdota muy significativa en su libro E l Espíritu Santo:

«En un estudio detallado y cargado de cifras, el sociólogo Jean Séguy se hizo la siguiente pregunta: ¿Cómo es posible que la Iglesia católica de los Esta­ dos Unidos, que era la menos segregacionista en el siglo XIX, tenga, relativamente, pocos miembros ne­ gros, mientras que éstos se agregan más a las comu­ nidades bautistas o metodistas? Responde el autor di­ ciendo que, entre los católicos, existía, ciertamente, una comunión al nivel de la fe, de la práctica litúrgi­ ca, pero no había lo que Séguy denomina la comu­ nión sociológica; podríamos decir una comunión hu­ mana, eficaz y concreta. El negro y el blanco comul- " gaban codo con codo en el mismo altar, pero volvían ]' a sus asientos con los brazos cruzados, con los ojos > entornados; y salían de la iglesia sin hablarse, sin dar- . se la mano, sin intercambiar. En resumen, que la co- ; munión mística, de la que el Espíritu es el principio soberano, requiere traducciones concretas en el plano \ de las relaciones humanas, personales» 2.

La cuestión reviste especial gravedad cuando se exam ina desde la perspectiva ecuménica. ¿Qué tra­ ducciones concretas se requieren para que la c o m u ­ nión eclesial, cuyo principio es el Espíritu Santo y cuyo don de la unidad nos dará el m ism o Espíritu, sea una realidad entre las distintas Iglesias?

2 Y. Congar, E l Espíritu Santo. Herder, Barcelona 1983, 226.

Estas traducciones concretas, en las que el Espí­ ritu tiene también su papel junto al cristiano, pasan por estos estadios:

- La tolerancia ante los otros.

- La m isión y el testimonio con los otros. - La plegaria junto a los otros.

1.1. La tolerancia ante los otros

Buena parte de la historia cristiana europea, a partir de las reform as del siglo X V I, está escrita desde la intolerancia dentro del clim a polém ico que hemos recordado en el capítulo 2. El problem a de la tolera n cia e in tolera n cia relig iosa había sido abordado ya, de alguna form a, por los grandes teó­ logos medievales que tuvieron com o telón de fondo el axiom a agustiniano: «C redere non potest hom o nisi volens».

Santo Tomás de Aquino dedica en la Suma teo­ lógica un artículo a esta cuestión: «U trum ritus infi- delium sint tolera n d i» 3. En general, los teólogos medievales apelan al acto libre de la fe y rechazan la coacción com o m edio para que el cristianismo sea aceptado p or los infieles. M arsilio de Padua, rector de la Universidad de París, en su Defensor pa- cis (1324) llega a rechazar los tribunales eclesiásti­ cos en cuanto encargados de castigar a los herejes, aunque admite simultáneamente la capacidad del tribunal civil para reprim ir al hereje en cuanto v io ­ lador de las leyes humanas.

El problema, sin embargo, adquiere una actuali­ dad sin precedentes en el siglo X V I cuando el plura­ lism o de confesiones cristianas es un hecho dentro del régim en de cristiandad. El problem a ahora se ha desplazado. La cuestión no radica ya en la per­ m isividad ante judíos o musulmanes, el problem a se form ula en estos términos: ¿Se puede tolerar o perm itir varias confesiones cristianas en un reino que se llama cristiano? Desde la paz de Augsburgo (1555), la solución, en térm inos generales, será el reagrupam iento confesional según la religión del príncipe. El principio «cuius regio, eius re lig io » po­

3 Tomás de Aquino, Summa Tkeologica, 2-2, q. 10, 11.

ne fin m om entáneam ente a disputas encarnizadas, pero llevará irreversiblem ente al distanciam iento y al desconocim iento mutuo entre las distintas con fe­ siones cristianas.

Joseph L e c le r ha escrito un lib ro im p ortan te cuyo título m erece nuestra atención, Historia de la tolerancia en el siglo de la R e form a 4. E n v una bien apretada síntesis se recogen las voces cristianas que, contra corrien te, abogaron p o r un en tendi­ m iento con los «o tro s». Fueron voces minoritarias, pero voces que desde las distintas com unidades creyeron todavía en la posibilidad de la reconcilia­ ción cristiana a través del respeto mutuo y de la to­ lerancia en las cuestiones doctrinales consideradas secundarias.

Existen m anifestaciones de este tipo, en prim er lugar, en los ambientes y círculos del humanismo erasmista. Pero abundan también, dentro del «b an ­ do re fo rm a d o », corrientes «espirituales m ísticas» que se desentienden de lo que consideran actitudes intransigentes de Lutero y de Calvino y desconfían en los «nuevos yu gos», una vez han rechazado el «yu go papista». ¿Qué significado tiene apelar a una Biblia con m il interpretaciones que se elevan a ca­ tegoría dogm ática, o recurrir al «príncipe cristiano» para castigar incluso con la muerte a los considera­ dos herejes? L a hoguera que consume a M igu el Ser- vet provoca una reacción en el m ism o bando refor­ m ado que Calvino no hubiera imaginado.

Dentro de esta línea «m ística» que aboga por un «entendim iento en el Espíritu», al m argen de d o g ­ mas y sutilezas teológicas, cabe considerar a un Se­ b a s t iá n F r a n c k (1 4 9 9 - 1 5 4 2 ) y a u n C a s p a r Sch w en ck feld (1489-1561), así com o algunas c o ­ rrientes anabaptistas no violentas. Unos y otros sueñan con un cristianism o basado en la «tolera n ­ cia».

Desde los m ism os ambientes de la R eform a hay que destacar a un hom bre de notable valía que cla­ m a p o r la toleran cia entre las diversas facciones e c le s iá s tic a s . Se tra ta de S e b a stiá n C a s te llio n (+1563), an tigu o co rreligio n a rio y más tarde en ­ frentado a Juan Calvino precisam ente en la cues­ tión de la tolerancia respecto a los herejes. En su

4 J. Lecler, H is to ria de la tolera ncia en el siglo de la R eform a. Marfil, Alcoy 1969, 2 vols.

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tratado De haereticis, an sint persequendi (1554), desarrolla la idea de que el verdadero cristianism o reside en la pureza de la vida m oral más que en la exactitud de la doctrina. Y demuestra su tesis a tra­ vés de valiosos textos de autores de la antigüedad y contem poráneos que ju stifican la tolerancia ante las opiniones consideradas com o heréticas. L a m is­ ma noción popular de herejía es tratada con cierto sarcasmo por Castellion:

«Vemos que casi todas las sectas (que hoy son in­ numerables) consideran heréticas a las otras, de suer­ te que, si en esta ciudad o región eres considerado como verdadero fiel, en la vecina te juzgarán como hereje. De tal forma que, si alguien quiere vivir en nuestros días, le es necesario tener tantas creencias y religiones cuantas ciudades o sectas existen, absoluta­ mente igual que el que recorre diferentes países tiene necesidad de cambiar su moneda todos los días, pues la que aquí es buena, carece de valor en otra parte». Y en su tratado De arte dubitandi et credendi... (1563) concede a la razón -a la que llam a «h ija de D io s »- la posibilidad de discernir en la Escritura las verdades eternas de aquellas que son sim p le­ m ente proposiciones discutibles, y de alcanzar la unión de los cristianos en la aceptación p or parte de todos de las enseñanzas esenciales requeridas para la salvación. Esa m ism a razón educará a los cristianos en la duda legítim a y en la tolerancia ante las opiniones diferentes:

«Si enseño que a veces hay que dudar, no lo hago sin razones serias. Pues veo con claridad que el hecho de no dudar no lleva consigo menores males que el hecho de no creer cuando hay que creer... Los israeli­ tas jamás hubieran matado a tantos profetas y santos varones, no hubieran condenado a muerte en fin al mismo Hijo de Dios y a sus apóstoles, si hubieran sa­ bido dudar. Imitando a los israelitas más que al mis­ mo Cristo, los cristianos jamás hubieran matado a tantos santos mártires a lo largo de tantos siglos, si hubieran sabido dudar. Y hoy todavía en las Iglesias cristianas, ¿no se condena a muerte un poco por to­ das partes a las personas más santas? Pues bien, si los cristianos dudasen un poco de sí mismos, no co­ meterían todos esos homicidios...» 5.

Por parte católica, dos hombres, W itzel y Cas- sander, m erecen especial mención. Jorge W itzel, de form ación humanista, en su Vida regia, sive de con - troversis religionis capitibus conciliandis sententia, intenta hacer ver que cada uno de los artículos de la Confesión de Augsburgo es susceptible de conci­ liación con las creencias católicas. Su libro es una exhortación a la unidad de católicos, luteranos, cal­ vinistas y zw inglianos, que a veces tom a acentos paulinos:

«Que en adelante no se oigan ya estas palabras, carísimos hermanos, ‘yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas', o como se dice en nuestros días: yo soy del papa, yo de Lutero, yo de Zwinglio, yo de Rink, yo de Calvino'. ¿Está Cristo dividido? ¿Ha sido el papa cru­ cificado por nosotros? ¿Hemos sido bautizados en nombre de Lutero, de Zwinglio, de Rink o de Calvi­ no?» 6.

Jorge Cassander (1513-1566), otro gran hum a­ nista católico, trabajó por esos años en la idea de tolerancia. Algunos han visto en Cassander el p re­ cursor de la teoría de los «artículos fundam entales» que tanta vigencia tendrá en ambientes irenistas de principios del siglo X X . En su obra De officio p ii ac publicae tranquillitatis vere amantis v irí in hoc reli­ gionis dissidio (1562) afirm a que la verdadera Ig le ­ sia estará constituida por los católicos, luteranos, calvinistas, zw inglianos y orientales, «si consienten en vivir en paz y caridad», porque ya poseen la m is­ ma doctrina fundam ental sobre Cristo redentor. Y escribirá más adelante:

«Todo lo que yo encuentro de puro, sano y confor- , me a la doctrina evangélica, todo esto lo venero y lo acepto como propio de la Iglesia de Cristo. Toda Igle­ sia que reposa en el fundamento de la doctrina verda­ dera y apostólica contenida en el breve símbolo de la fe, y que no se separa por un cisma impío de la co­ munión de las otras Iglesias, yo la considero como la verdadera Iglesia, miembro de la verdadera Iglesia y de la Iglesia católica de Cristo.Y digo esto, no sólo de las Iglesias de occidente, sino también de las Iglesias orientales» 7.

6 J. Lecler, H is to ria de la tolerancia en el I, o. c., 316. 7 J. Lecler, H is to ria de la tolerancia en e l I, o. c., 320.

Un siglo después, y en m edio de difíciles dispu­ tas que desgarran el seno del calvinismo holandés a propósito de la rígida doctrina sobre la doble pre­ destinación, un hom bre de la altura intelectual de Hugo Grocio (1583-1645) se muestra decidido de­ fensor de la tolerancia mutua y enem igo del empleo de la fuerza al servicio de la religión. En su obra De jure belli ac pacis (1625), G rocio descalifica las gue­

rras civiles que tengan por objeto im poner el cris­ tianismo por la fuerza. Su invitación a la mutua to­ lerancia no se lim ita a las dos facciones calvinistas enfrentadas -las representadas por los arminianos y por los gomaristas-, sino que su llamada se dirige a todos los cristianos. En una de sus epístolas, escri­ be: «...durante toda m i vida, m i corazón ardía por reconciliar el mundo cristiano». Grocio quiere unir las Iglesias separadas sobre la base de los «artículos fundamentales» en que creen todos los cristianos. En un mom ento dado, su simpatía por la Iglesia ca­ tólica -aunque él siem pre permanecería fiel al pro­ testantismo- le hace com prender la función del pa­ pado. Y en su últim a obra, réplica a un rígido pas­ tor calvinista francés, Andrés Rivet, llegará a decir: «Todos los que conocen a Grocio saben que siem­ pre ha deseado el retorno de los cristianos a la uni­ dad de un solo cuerpo. El creía que se podría empe­ zar con la unión de los protestantes entre sí. Pero muy pronto vio que esto era imposible, porque, apar­ te de que todos los calvinistas son muy hostiles a la paz, los protestantes no están unidos entre sí por nin­ gún órgano director apto para asegurar la comunión eclesiástica... Por esta, razón, Grocio piensa ahora, y muchos piensan como él, que los protestantes no pueden unirse entre sí más que uniéndose a los que están vinculados a la Sede de Roma, esta Sede sin la cual no se puede esperar ningún gobierno común en la Iglesia...» 8.

Son las voces de quienes abogan por algún tipo de tolerancia. Pero voces perdidas en el tumulto de los que exigen Estados estrictamente confesionales, perseguidores de aquellos que socavan la paz reli­ giosa con «doctrinas novedosas».

La tolerancia no parece ser, desde luego, la solu-

8 J. Lecler, Historia de la tolerancia en e l II, o. c., 331.

ción final al problem a ecuménico. Pero es la prim e­ ra ventana abierta para que el don del Espíritu lle­ gue a las Iglesias. Los hombres «tolerantes» de los siglos X V I y X V II no im pusieron sus ideas, en p ri­ m er lugar porque el fanatism o intransigente de la m ayoría era m ucho más «realista» que sus débiles demandas. Pero tam bién porque la tolerancia sola nunca es la alternativa final, aunque sea el preám ­ bulo necesario. La tolerancia ante las otras Iglesias com ienza p o r el reconocim iento positivo de sus d i­ ferencias en cuanto diferencias, por el respeto a su identidad religiosa y espiritual, por el respeto a sus credos y convicciones, aunque no se compartan, y por la convicción profunda de que los derechos de la «verdad en sí» no pueden estar reñidos con los

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