k) Comunidades pentecostales
PARA COMPRENDER EL ECUMENISMO 8
2.2. La ruptura en la Iglesia
de occidente
El siglo X V I significa en la historia del cristia nism o una nueva división que afecta, esta vez, a la Iglesia de occidente. Varias reform as eclesiásticas, iniciadas por doctores de la Iglesia y no p or las je rarquías, contemporáneas en el tiem po y comunes en sus objetivos, han hecho posible que pueda ha blarse de «la R eform a » -e n singular- para designar la ruptura que tiene lugar en la cristiandad occiden tal y que atañe a la sustancia de la fe.
El análisis de las causas de la R eform a es com plejo en extrem o y debe situarse desde la perspecti va que tan acertadamente ha form ulado R. G. Vi- lloslada:
«... El año 1483, en que viene al mundo Martín Lutero, toda Europa es católica y obediente al pontí fice de Roma...; el año 1546, en que muere el refor mador, casi la mitad de Europa se ha separado de Roma. ¿Qué ha ocurrido entre esas dos fechas?... ¿Cómo explicar la escisión religiosa de Europa?...» 40. Se han hecho muchas lecturas que intentan ex plicar el fenóm eno de la Reform a. Lecturas con fe sionales del pasado hechas desde la óptica de la po lém ica; y lecturas más recientes, confesionales o no, elaboradas con el sentido crítico del historiador leal o del teólogo fiel a la investigación realizada con rigor que intenta penetrar en las verdaderas in tuiciones cíe los reform adores. Partim os de un he cho constatado en la historiografía de la R eform a y confirm ado p or los mejores especialistas del tema: ninguna explicación de las ofrecidas se basta por sí m ism a para dar razón total del fenóm eno de la R e form a. Habrá que tener en cuenta, p or tanto, que a principios del siglo X V I concurren una serie de cir-
40 R. G a rcía V illo s la d a , R a íce s h is tó r ic a s d el lu te r a n is m o (B A C ). M adrid 1969, 45-46.
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cunstancias de diversa índole -históricas, políticas, teológicas, culturales, e t c - , preparadas desde mu cho tiem po atrás, que posibilitan que intuiciones y program as religiosos opuestos a R om a sean escu chados y tomados en serio, lleguen después a fo r m ar comunidades «reform ad as» con cierta am b i güedad de pertenencia eclesial, y cristalicen, final mente, en Iglesias separadas de la gran com unidad c a tó lic a 41.
La m ayoría de los historiadores y teólogos que han tratado en los últimos decenios esta cuestión son conscientes de que, junto a las demandas ver daderam ente religiosas de los reform adores, hay que tener en cuenta factores no teológicos que favo recen el nacimiento de comunidades separadas de Roma.
P or razones de claridad, se ofrecen aquí de m a nera m uy esquemática algunas de las tesis explica tivas del fenómeno de la Reform a.
a) Tesis tradicional: los abusos de la Iglesia
Durante mucho tiem po se tuvo com o perfecta m ente válida la tesis según la cual las reform a s eclesiásticas en la Europa del siglo X V I se debieron a los abusos de la Iglesia. Y se ponían com o ejem plos, entre otros, la inm oralidad reinante en el clero secular y regular, la falta de celo apostólico en la m ayoría de los obispos, la simonía, la ignorancia de los clérigos, el despotismo de los papas, etc. Podría añadirse una larga lista de abusos eclesiásticos.
L o curioso de esta explicación de tipo m oral ra dica en que sus autores -com enzando por el m ism o Lutero, que en su tratado Llam am iento a la Nobleza
41 Para el estudio de las «causas de la reform a», se pueden consultar los siguientes trabajos: J. Lortz, H is to ria de la R eform a, I. Taurus, M adrid 1963, principalmente el capítulo «D e las cau sas de la Reform a», 15-31; K. Algermissen, Iglesia Católica y C on
fesiones Cristianas, o. c., el capítulo «Las causas de la R efo rm a»,
765-790; E. Léonard, H is toria General del Protesta ntism o, I. Pe nínsula, M adrid 1967, en la «Introducción», 15-37; J. Delum eau,
Naissance et a ffirm ation de la Réform e. PUF, Paris 1968, el capí
tulo «L a s causas de la reform a», 255-280; R. Garcia Villoslada,
R aíces h istóricas del luteranism o, o. c., en la «Introducción», 3-
Cristiana de la N a ción Alemana (1520) ofrece un pa noram a m uy som brío del estado de la Iglesia que es necesario «r e fo r m a r »- no son exclusivamente auto res protestantes, sino que pertenecen tam bién a la Iglesia católica. Prelados de la Iglesia com o Adriano V I, el cardenal Reginaldo Pole y san Clemente M a ría H ofb a u er hablaron ya en aquel m om ento histó rico de la necesidad de reformas urgentes ante la m anifiesta decadencia de las costumbres de los clé rigos. Autores tan diversos com o Erasmo, Bossuet, H. D enifle (1904) o J. M aritain (1925) han descrito la vida del reform ador alemán dentro del ambiente general de un decadente clero sin fuerzas espiritua les para regenerarse.
Esta lectura, manifiestam ente incom pleta si se invocase com o la sola razón para explicar el surgi m iento de la Reform a, cuenta además con un ele m ento que no debe olvidarse: la desconfianza cada vez m ayor, p o r parte de los fieles, respecto a la Ig le sia com o institución. El papado había perdido la autoridad indiscutible, que gozaba antes del cisma de Avignon, desconfianza que se acrecienta a m edi da que papas com o Urbano V I se asignan poderes que m anifiestam ente están en contra de una sana tradición del ejercicio del prim ado rom ano. L a ins titución del papado, que casi todos ven más com o un «p o d e r» que com o un «servicio pastoral», ya no g oza en aquel m om ento del prestigio espiritual que había tenido en la alta Edad Media.
Una reform a se hace necesaria ante el estado de plorable de la Iglesia... La Reform a era la respuesta.
b ) Lectura política y nacionalista
Cuando Lu tero escribe -todavía en 1521—: «... he nacido para el servicio de los alem anes», y más tar de, «y o no büsco m i interés, sino la felicidad de to da A lem an ia», está apuntando a uno de los centros del problem a de la Reform a.
H oy ya nadie discute que el apoyo recibido por parte de los príncipes alemanes fue decisivo para el triunfo de la reform a luterana. Un tal apoyo no era, sin em bargo, escandaloso en un mundo en el que la política y la religión estaban estrechamente vincula das. P o r eso, años más tarde, en aquel m undo re vuelto p o r las polém icas religiosas y políticas, se h a lla rá el p r in c ip io «c u iu s r e g io , eiu s r e lig io »
(1555) (la distribución de la población según la reli giosidad del príncipe para evitar nuevas querellas) com o la m ejor y la más lógica solución que encuen tran quienes veían con toda norm alidad aquel esta do de cosas.
Lutero con su Llam am iento a la Nobleza Cristia na de la Nación Alemana -o b ra de un éxito insospe ch ad o- sabe apelar perfectam ente al sentim iento nacionalista germ ánico contra las injerencias rom a nas. El viejo asunto de los Gravamina Nationis Ger- manicae vuelve a ponerse sobre el tapete con más éxito que nunca. G. Villoslada dirá:
«En las Dietas imperiales, en que Federico III y Maximiliano I exigen a los príncipes, a los obispos y a las ciudades fuertes contribuciones para las guerras y otras empresas, los representantes de los Estados no se cansan de repetir y alargar la lista de gravámenes, quejándose de las grandes sumas de dinero que la cu ria romana extrae mediante el ius pallii, los servida en el nombramiento de los prelados, las dispensas de los preceptos eclesiásticos, y con otras tasas tan one rosas, como las annatas, las vacantes, los diezmos, los expolios, las indulgencias, las expectativas: laméntan- se de que el papa, violando el concordato, se reserva la colación de los obispados y de los beneficios meno res, para venderlos al mejor postor, generalmente a gente que está en Roma a caza de tales prebendas; de que anula sin motivo muchas elecciones hechas canó nicamente por los cabildos; de que arruina muchas abadías, concediéndolas en encomienda a cardenales y a otros personajes extraños al monasterio» 42. «¿Fueron, pues, los príncipes quienes favorecie ron o perm itieron la Reform a?», se pregunta el pa dre Congar. Y su respuesta no deja lugar a dudas.
«Desde luego... los príncipes favorecieron la Refor ma allí donde sus Estados eran demasiado débiles, demasiado fragmentados, demasiado poco protegidos para resistir eficazmente al poder eclesiástico, al aca paramiento de los grandes dominios de los prelados y a las exigencias de la hacienda pontificia. Es el caso de Alemania, y será el de Inglaterra. Francia, más li bre respecto a Roma, mejor defendida contra sus exi-
42 R. García Villoslada, Raíces h istóricas del luteranism o, o. c., 69.
gencias fiscales por un poder real ya fuerte... no ten drá los mismos motivos para aceptar la Reforma; en Francia, los motivos religiosos y culturales entrarán en juego casi en estado puro. Por otra parte, los prín cipes verán frecuentemente en la Reforma un medio para asegurarse una prepotencia absoluta; tratarán de convertirse en dueños no solamente de los bienes de la Iglesia, sino de la conciencia de sus súbdi tos...» 4\
Cabría colocar a Gerhard Ritter entre los auto res que han dado gran im portancia a la antítesis R o m a -A le m a n ia para ex p lica r có m o la r e fo rm a hunde sus raíces en el tem peram ento religioso y na cional, tan diversos, de ambos pueblos. Y Lucien Febvre, en un libro clásico entre los estudios erudi tos sobre el reform ador alemán, dirá:
«... Y todo esto es Lutero. Todo esto es también Alemania, desde Lutero hasta nuestros días. Ahora bien, en este complejo de hechos, de ideas y de senti mientos, ¿quién hará exactamente la división entre lo que vino de Alemania a Lutero o, inversamente, de Lutero a Alemania? ‘El luteranismo -se ha dicho- es una concepción de la vida. Y es en toda la vida alema na donde habría que estudiarlo'. Es verdad. Lutero, uno de los padres del mundo y del espíritu moderno, si se quiere. Uno de los padres del mundo germánico y del espíritu alemán, sin duda» 44.
En el caso de la reform a inglesa, es innegable, igualm ente, el peso del sentimiento nacional. Todos los pasos de la revuelta inglesa contra R om a se to man políticam ente, todos están apoyados p o r actas del parlam ento, desde el desafortunado asunto del divorcio de Enrique V III hasta el estatuto definitivo de una «Iglesia de Inglaterra» bajo Isabel I con su propia constitución, no exactamente protestante, y con una organ ización nacional y autónom a en la que los sentim ientos de pertenencia n acion al se unen a los de una religiosidad enraizada en la m is ma historia del cristianism o inglés.
Cabría hacer, finalm ente, unas referencias a las reform a s llevad as a ca b o con éx ito en H u n g ría
43 Y. Congar, C ristianos desunidos, o. c., 41-42.
44 L. Febvre, M a rtín L u tero . U n destino. FCE, M éxico 1966, 273.
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(Juan Hus), y mucho después en Ginebra (Juan Cal- vin o) y en los países escandinavos (Christian I I I y Gustavo Vasa), para entender con qué profundidad y con cuánta frecuencia las reformas religiosas en contraron en el sentimiento nacionalista uno de los mejores aliados para llevarse a cabo con toda efic a cia.
c) Lectura econom icista
Durante algún tiem po gozó de notable cre d ib ili dad, en algunos ambientes, una tesis que podría re montarse hasta K. M arx y F. Engels, y que ha teni do sus últimas m anifestaciones en las celebraciones del V centenario del nacim iento de M artín Lu tero (1983) en la, hasta hace poco, República D em ocrá tica Alemana.
La lectura que hace el m aterialism o histórico de todo fenóm eno humano vendría a reducir el hecho religioso a una m anifestación más de los desarre glos económicos, sociales y nacionales. Consecuen temente, la R eform a m ism a era producto de una form a nueva de econom ía que estaba im poniéndose en el mundo que surge tras el ocaso de la Edad M e dia. Esta tesis ha trabajado sobre tres o cuatro te mas fundamentales: el Lutero instigador de la re vuelta de los campesinos (1524-1525), la revolución anabaptista de Thom as Müntzer, y las transform a ciones económicas surgidas en Inglaterra.
Esta tesis privilegia algunos aspectos incuestio nablemente históricos, que parecen, sin em bargo, para la m ayoría de los especialistas de im portancia menor. Así, por ejem plo, el hecho de que M artín Lutero fuese «h ijo del pueblo», de las clases hu m il des, poseído de un lenguaje popular capaz de arras trar las masas oprim idas contra sus opresores, es razón suficiente para que K arl Kautski considere a Lutero y a su reform a bajo la perspectiva del líder dem agogo, más que bajo la razón del hom bre arre batado p o r una fuerza estrictam ente religiosa. El hecho de que el m ism o reform ador arengue a los campesinos a una revolución contra los señores en realidad dura muy poco, ya que, ante los desmanes cometidos, escribe a continuación un terrible pan fleto Contra las asesinas y ladronas bandas de cam pesinos, llamando a los príncipes a reprim irlos sin piedad.
La figura de Thom as Müntzer ha presentado un atractivo especial a la interpretación marxiana. E n cam a al «revolu cion ario plebeyo» dispuesto a llevar adelante una verdadera revolución, quizá la «p r i m era revolución social importante que ha conocido Europa», según M . M. S m irin 45. Su visión apocalíp tica, el deseo de establecer un reino de los santos e iniciar un nuevo orden social y religioso en el que desapareciera cualquier form a de propiedad priva da, se suprim iesen las clases sociales y se decapita sen príncipes y sacerdotes, arrastró a m iles de cam pesinos pobres que no tenían nada que perder, ex cepto su p o b r e z a 46. El 15 de junio de 1525, las tro pas de M ü ntzer fueron déstrozadas p or las fuerzas conjuntas del príncipe protestante Felipe de Hesse y las del ca tó lico Jorge de Sajonia. M ü n tzer fue capturado, tortu rado y ejecutado. M ü ntzer había dado el paso capital de teólogo a «revolu cionario político».
James Atkinson, un especialista en Lutero, ha podido escribir, tras una visita a Alem ania Oriental que realizara en 1965, lo siguiente:
«Existe una considerable simpatía hacia la figura de Thomas Müntzer, y una revalorización de su per sona como líder socialista. Indudablemente esto obe dece a una inspiración oficial; sin embargo, las ideas no carecen de fundamento y necesitan un juicio cui dadoso. Müntzer ha sido juzgado duramente por el tribunal de la historia, debido al fracaso abismal y ca tastrófico de su rebelión y a la firme crítica a Lutero. Unicamente es justo señalar que Müntzer era un teó- L v logo por derecho propio, un hombre con una notable experiencia mística, un dirigente nato y un socialista con una visión poco común. Los comunistas hacen una selección en su interpretación de Müntzer. Noso tros estamos dispuestos a juzgarle de nuevo» 47. Desde perspectivas más amplias, autores com o Oscar A. M a rtí y C orrado Barbagallo han recon oci
43 J. Delumeau, N aissance et a ffirm a tion de la R éfo rm e, o. c., 260.
46 M. Bensing, T h om a s M ünzer, en vísperas de la guerra de los cam pesinos, en In tro d u c c ió n a la H istoria S o cia l de la R eform a.
M iguel Castellote Editor, M a d rid 1976, 77-90.
47 J. Atkinson, L u te ro y e l n a cim ien to del protestantism o. Alian za Editorial, M a d rid 1968, 397.
do la incapacidad radical de la Iglesia católica en el siglo X V I para hacer frente a la naciente econom ía urbana, burguesa y capitalista. Ligada fuertemente a las estructuras rurales del m edievo, Rom a se opo ne a la Reform a «n o principalm ente en un trabajo de reconquista católica de la sociedad», sino en el esfuerzo común con ciertos príncipes y grupos so ciales muy interesados «para una restauración del orden social antiguo». La R eform a representa para Barbagallo «e l progreso económ ico y social», que fundamenta más tarde las revueltas de los Países Bajos, las «guerras de religión » en Francia, las su blevaciones de Escocia y de Inglaterra en tiempos de los Estuardos. O. M arti dirá:
«Las raíces de la reforma (inglesa) se hunden pro fundamente hasta un subsuelo constituido por cues tiones de dinero y de fundamentales transformacio nes económicas a punto de producirse en aquel mo mento. Solamente a la luz que aportan tales hechos puede comprenderse claramente la Reforma en Ingla terra» 4S.
Un texto del citado Barbagallo se muestra con frecuencia com o representativo de esta tesis:
«La Reforma se considera en general como un proceso de conversión religiosa de una parte de Euro pa... No he llegado a comprender, sin embargo, cómo se puede pensar que multitudes, en unos países y otros, hayan sido capaces de interesarse en las sutili dades teológicas de un Lutero, de un Zwinglio, de un Melanchton o de un Oecolampadio, que a duras pe nas entienden los profesionales de la teología... Por tanto, considero la Reforma, no como un fenómeno sustancialmente teológico, sino como expresión, as pecto, disfraz religioso de la crisis que cada país de Europa atraviesa durante la segunda mitad del siglo XVI, y como síntoma de un malestar universal» 49. d) Lectura religiosa y teológica
Desde hace varios decenios se m ultiplican las in vestigaciones sobre Lutero, Calvino y otros refor-
48 J. Delumeau, N aissance et a ffirm a tion de la Réform e, o. c., 258.
49 J. Delumeau, N aissance et a ffirm a tio n de la Réform e, o. c., 258.
madores, llevadas con mucho rigor científico y sin concesiones ideológicas o confesionales, que han acabado p o r im pon er la tesis de que la R eform a es antes que nada un fenóm eno religioso. Cualquier consideración que m argine o descuide com o cen tral este hecho deja sin explicación coheren te el problem a de las causas de la grave escisión ecle siástica de la Europa del siglo XVI. Esta tesis no es excluyente, sin em bargo, de muchas de las aporta ciones que se han recordado en las anteriores lectu ras explicativas.
El padre C ongar escribía en 1937:
«Está perfectamente claro que la Reforma fue, en unas condiciones concretas..., un movimiento esen cialmente religioso, una tentativa de renovar la vida religiosa retrotrayéndola a sus orígenes... Lutero y los que a él se unen son sin duda, en su intención prime ra, almas que buscan a Dios... De lo que se trata, al principio, es de descubrir, más allá de los conceptos, el misterio inviolable; más allá de la literatura edifi cante, un evangelio vivo, bebido en su misma fuente; más allá de las prácticas devotas, a veces desfigura das por la puja y la farsa (las indulgencias), una reli gión sencilla, pura, viril, desnuda; más allá de los sa cerdotes de cualquier hábito y de los prelados de cualquier título, un solo a solo con Dios en el secreto de la conciencia...» 50.
Joseph L o rtz es, sin embargo, el autor que de manera definitiva ha dejado sentada la tesis de que Lutero es esencialm ente un hom o religiosus, en una línea diam etralm ente opuesta a los estudios de H. Denifle y H. Grisar. Su libro Historia de la Reform a -u n clásico de la literatura católica sobre L u tero - m antiene la tesis de que Lu tero debe analizarse desde perspectivas religiosas, aunque el m ism o au tor ha tenido en cuenta las raíces rem otas que en Alem ania van preparando el cam po que propiciará en un m om ento dado que alguien lleve a cábo una revolución religiosa. Ese hom bre fue M artín Lu te