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2,3, El ministerio de la unidad

In document Para Comprender El Ecumenismo (página 159-163)

Pablo V I, con ocasión de su visita a la sede del Consejo Ecum énico de las Iglesias, en 1966, afirm a­ ba:

«Yo soy Pedro: el ministerio de Pedro, creado para la unidad de la Iglesia, se ha convertido en su mayor obstáculo» l6.

E l realismo de las palabras de Pablo V I venía a recordar una lección de la historia: que la institu­ ción papal -sus justificaciones teóricas, el m odo de su ejercicio y las formas absolutistas en que tantas veces se m anifestó- está en m edio de las grandes escisiones del cristianismo. En el núcleo de las se­ paraciones de oriente y occidente y en las profun­ das escisiones de la Iglesia occidental durante el si­ glo X V I se halla presente, de una u otra forma, el debate sobre el papado.

E l contexto en el que se celebra el Concilio Vati­ cano I (1869-1870) posibilita además un nuevo én­ fasis en la doctrina sobre el prim ado romano. Las mutuas hostilidades entre el pensamiento liberal de la época moderna y la línea oficial de la Iglesia ca­ tólica -que desea garantizar la objetividad de la ver­ dad de la fe frente a las «veleidades» del subjetivis­ m o im p era n te- desem b ocan en las d efin icion es dogm áticas del prim ado rom ano con ju risdicción universal y de la infalibilidad del m agisterio del pa­ pa. E l rechazo por parte de sectores católicos a la constitución conciliar Pastor aeternus está, una vez más, en el origen de una nueva escisión: la Iglesia vétero-católica.

La difícil cuestión del papado debía, por tanto, aparecer en la agenda de las cuestiones ecuménicas pendientes. Para la Iglesia católica no es ésta una cuestión menor. La existencia del prim ado rom ano es tema que afecta al núcleo de la fe católica. Por eso la entrada de Rom a en el m ovim iento ecum éni­ co debía insoslayablemente poner sobre el tapete la cuestión papal.

Si el tema puede hoy analizarse en un contexto no polém ico, se debe al hecho de haberlo planteado en el horizonte de la eclesiología de com unión de Lum en gentium, en la que la Iglesia, descrita com o sacramento y pueblo de Dios, goza de una ministe- rialidad que im plica a todos los bautizados. El m i­ nisterio episcopal -c o m o servicio especial e irre-

16 Citado en H. Fríes, en La U n ió n de las Iglesias (U n a p o s ib ili­

dad real). Herder, Barcelona 1987, en tesis IVa, 82.

nunciable al m ism o pueblo de D ios- está form ado colegialm ente, con una cabeza que es el papa y cuyas funciones no están al margen ni enfrentadas a la colegialidad de los obispos. Ciertamente, el V a­ ticano I I no ha desautorizado al Vaticano I en la cuestión del prim ado, pero lo ha situado en un con­ texto que ya no es un callejón sin salida.

Nuevos estudios bíblico-históricos sobre la figu ­ ra de Pedro -su servicio especial, su papel dirigente en la comunidad apostólica, su función de funda­ m ento y roca con textos neotestamentarios muy se­ rios, las reflexiones sobre la necesidad de una suce­ sión histórica en el servicio de responsabilidad de Pedro-, así com o la innegable atribución a Rom a, p o r parte de las Iglesias locales, de ser instancia orientativa y el am plio reconocim iento prim itivo de que estar en com unión con Rom a significa estar en com unión con todas las Iglesias, avalan la seriedad de la posición católica en esta m ateria 17.

Hay, evidentemente, un largo trecho -c o m o dice F ries- desde el servicio petrino, tal com o lo descri­ be el Nuevo Testamento, hasta el papado en su fo r­ ma y acuñación históricas, sobre todo en las expre­ sadas en las sentencias del Concilio Vaticano I ]8, N o obstante, se ha recorrido, una vez más, p or el buen cam ino en d irecció n a la com p rensión del sentido profundo del servicio de Pedro.

Una lectura maximalista del Vaticano l, en espe­ cial el pasaje referente a que las decisiones doctri­ nales del papa son irreform ables p o r sí mismas y no en razón del consentim iento de la Iglesia (ex se- se, non ex consensu Ecclesiae irreform abiles), p o ­ dría dificultar los trabajos en curso. Para evitar ese m axim alism o papal, se necesita una paciente exége- sis de las fórmulas, com o se hace por ejem plo en la tesis IV a del libro La Unión de las Iglesias, o las pre­ cisiones que, respecto a la Iglesia ortodoxa, hace el m ism o cardenal Ratzinger. Su texto dice así:

17 Y. Congar, La fu n c ió n de Pedro según e l N u ev o Testam ento, en M ysteriu m salutis, IV, I. Cristiandad, M adrid 1969, 593-605; Ch. Joumet, The Prim acy o f Peter fro m the Protestant and fro m

the C ath olic P o in t o f View. New m an, Westminster, M d. 1954; A.

Vogtle, Petrus Apostel, en L exikon f ü r Theologie u n d K irch e, 8. Herder, Friburgo 1964, 334-340; E. Timiadis, S a in t Pierre dans

l ’exégèse o rth od o xe: Istina I (1978) 57-74.

18 H. Fries, La U n ió n de las Iglesias, o. c., tesis IVa, 85.

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PARA COMPRENDER EL ECUMENISMO

«Roma no debe exigir de oriente una doctrina del primado distinta de la que fue formulada y vivida en el primer milenio. Si el 25 de julio de 1967, con oca­ sión de la visita del papa a Fanar, el patriarca Atená- goras le reconoció como sucesor de Pedro y como el primero en honor entre nosotros y presidente de la caridad, se encuentra ya, en labios de este gran diri­ gente eclesiástico, el contenido esencial de las senten­ cias sobre el primado del primer milenio. Y Roma no debe pedir más. La unión podría conseguirse aquí so­ bre la base de que, por un lado, oriente renuncie a combatir como herética la evolución occidental del segundo milenio y acepte como correcta y ortodoxa la forma que la Iglesia católica ha ido adquiriendo a lo largo de esta evolución. Y, viceversa, occidente de­ bería reconocer como ortodoxa y correcta la Iglesia de oriente bajo la forma en que ha acreditado su vita­ lidad» ,9.

Pero esto significa que las form ulaciones del Va­ ticano I no deben convertirse en referencias absolu­ tas, com o si estuviesen por encim a de la historia y com o si el patrón único y definitivo de lo que es y puede hacer el papa deba encerrarse en la literali­ dad de las sentencias del Vaticano I. Sólo así pue­ den entenderse los estudios em prendidos p o r las com isiones mixtas de teólogos ante el espinoso te­ m a del papado. Se trata de analizar el sentido del m inisterio universal de unidad y las condiciones de su ejercicio para que un día pueda convertirse en un servicio real a la oikoum ene lo que hoy es el m ayor obstáculo de la unidad.

Entre otros documentos ya concluidos, con re­ sultados nada despreciables en el plano doctrinal, cabe citar el texto luterano-católico E l evangelio y la Iglesia (o Relación de M alta: 1972) cuando afirm a que

«el primado de jurisdicción debe entenderse, ante to­ do, como servicio a la comunidad y como vínculo de la unidad de la Iglesia. Este servicio de la unidad es ante todo un servicio de la unidad de la fe. La función

19 J. Ratzinger, T eoría de los p rin c ip io s teológicos (M ateriales

para una teología fu nd am ental). Herder, Barcelona 1985. E n el

capítulo « L a situación ecuménica: Ortodoxia, Catolicismo y R e­ fo rm a», 231-244. El texto en p. 238-239.

papal incluye también la tarea de preocuparse por las legítimas diferencias de las Iglesias locales» 20. Igualmente, el documento E l prim ado del papa. Puntos de convergencia, declaración del Grupo T e o ­ lógico Luterano-Católico de Estados Unidos (1974), ofrece unas pistas de renovación a la institución pa­ pal en razón de tres principios supremos: la legíti­ ma diversidad, la colegialidad de las Iglesias y de los obispos, y la subsidiariedad. E llo exige, con toda evidencia, el abandono de posiciones centralistas. Los pasos concretos hacia el consenso en la cues­ tión papal precisan respuestas sin ambigüedad. Los autores del docum ento se atreven a form ular este tipo de preguntas:

«Preguntamos a las Iglesias luteranas si están dis­ puestas a afirmar con nosotros que el primado del papa, renovado a la luz del evangelio, no es necesa­ riamente un obstáculo a la reconciliación. Si son ca­ paces de reconocer no sólo la legitimidad del ministe­ rio del papa en cuanto servicio a la comunión católi­ co-romana, sino incluso la posibilidad y la convenien­ cia del ministerio del papa, renovado a la luz del evangelio y comprometido para con la libertad cris­ tiana, en una comunión más amplia que englobaría a las Iglesias luteranas».

«Preguntamos a la Iglesia católica si, a la luz del resultado de nuestras conversaciones, no debería dar una total prioridad en sus preocupaciones ecuméni­ cas al problema de la reconciliación con las Iglesias luteranas. Si está dispuesta a dialogar sobre las posi­ bles estructuras de reconciliación que protegiesen las legítimas tradiciones de las comunidades luteranas y respetaran su herencia espiritual. Si querría conside­ rar la posibilidad de una reconciliación que recono­ ciese el gobierno autónomo de las Iglesias luteranas en el seno de una misma comunión. Si, a la espera de una eventual reconciliación, está dispuesta a recono­ cer a las Iglesias luteranas; representadas en nuestro diálogo, como Iglesias hermanas que tienen derecho a cierto grado de comunión eclesiástica» 21.

20 E l evangelio y la Iglesia ( R elación de Malta, 1972), en E n c h i­

rid ion O ecu m e n icu m , o.c., 265-292. E l texto en p. 286.

21 E l p rim a d o del papa. P u n to s de con vergen cia . D ecla ra ción

c o m ú n del g ru p o T eológ ico Lu te ra n o -C a tó lico de Estados U nidos (1 9 7 4 ), en E n c h irid io n O ecu m e n icu m , o. c., 745-781. E l texto en

p. 761.

El documento titulado La autoridad en la Iglesia, I I (o Declaración de Windsor; 1981), inform e final de la Comisión Anglicano-Católico-Romana, es qui­ zá una de las expresiones de m ayor aproxim ación y entendimiento entre cristianos respecto a la cues­ tión del papado. Algunos textos que transcribimos 22 no dejan dudas respecto al grado de maduración en el tema:

«Estamos de acuerdo en la necesidad de una pri­ macía universal en una Iglesia reunificada, y que de forma apropiada debería ser la primacía del obispo de Roma... En una Iglesia unificada, un ministerio a imitación de la función de Pedro será un signo y sal­ vaguarda de tal unidad» (n. 9).

« ... dado el desarrollo reciente en la comprensión católico-romana acerca del status de otras Iglesias cristianas, esta dificultad concreta puede dejar de ser un obstáculo para la aceptación por parte anglicana de una primacía del obispo de Roma...» (n. 14).

«El primado universal debe ejercer y mostrar que ejerce su ministerio, no por su cuenta, sino en asocia­ ción colegial con sus hermanos en el episcopado. Es­ to no limita de ninguna forma su propia responsabili­ dad cuando tenga que hablar y actuar en nombre de toda la Iglesia... La primacía no es un poder autocrà­ tico sobre la Iglesia, sino un servicio en y para la Igle­ sia, que es una comunión de Iglesias locales en la fe y la caridad» (n. 19).

«La Iglesia ejerce su autoridad doctrinal por me­ dio de varios instrumentos y mediaciones de diversos modos. Cuando se trata de materias de fe, las decisio­ nes puede tomarlas la Iglesia en concilios universales; estamos de acuerdo en que éstas son vinculantes. También hemos reconocido la necesidad de un pri­ mado universal en la Iglesia unificada, quien, presi­ diendo la koinonía, pueda hablar con autoridad en nombre de la Iglesia. A través de estas dos mediacio­ nes, la Iglesia puede dar un juicio decisivo en mate­ rias, excluyendo así el error» (n. 26).

«... también reconocemos que la atribución de la infalibilidad al obispo de Roma, aunque bajo ciertas condiciones, ha contribuido a conceder una impor­ tancia exagerada a todas sus declaraciones» (n. 32).

«Hemos logrado llegar a un acuerdo en estimar

22 La autoridad en la Iglesia, I I (W indsor, 1981), en E n c h iri­ d io n O ecu m en icu m , o. c., 59-74.

que la conciliaridad y la primacía son complementa­ rias. Ahora podemos afirmar conjuntamente que la Iglesia necesita tanto de una autoridad múltiple y dis­ persa, con la cual el pueblo de Dios se halla activa­ mente implicado, como también de un primado uni­ versal, servidor y punto central de la unidad visible en la verdad y en el amor... Las discusiones actuales sobre conciliaridad y primacía en ambas comuniones indican que no mantenemos posturas estáticas. Apuntamos que ciertas dificultades no podrán ser to­ talmente superadas mientras no se tomen iniciativas prácticas, y nuestras dos Iglesias vivan conjuntamente y de forma más perceptible la única koinonía» (n. 33). Estos documentos con afirm aciones tan elabora­ dos no son los únicos intentos de análisis serios so­ bre la cuestión del papado desde perspectivas ecu­ m énicas. C abría recordar, adem ás de un clásico te x to en la m a te ria c o m o es el de O scar C ull- m a n n 23, la tesis IV del libro La U n ión de las Iglesias de Fríes y R a h n e r24, las obras de J. M. R. T illa r d 25, el excelente estudio titulado Pedro en el Nuevo Tes­ tam ento 26 y otros trabajos aparecidos en los últi­ m os a ñ o s 27.

Habrá que reconocer, sin em bargo, que las Ig le ­ sias están todavía muy lejos de haber llegado a un consenso en esta materia. Las dificultades aparecen tanto en áreas doctrinales com o en las actitudes concretas y en la disposición a llevar a la práctica los pequeños acuerdos que parecen haber alcanza­ do algunos diálogos bilaterales.

2J. O. Cullm ann, S a in t Pierre. D is c ip le -A p ó tre -M a rty r. D ela- chaux et Niestlé, Neuchâtel 1952.

24 K. Rahner-H. Fries, La U n ión de las iglesias (U n a p o s ib ili­

dad real). Herder, Barcelona 1987. L a tesis IV, en dos partes, 77-

119.

25 J. M . R. Tillard, E l O bispo de R om a . E s tu d io sobre el papa­

do. Sal Terrae, Santander 1986.

26 R. Brow n-K . Donfried (eds.), Pedro en e l N u e v o Testamento.

D iá lo g o U SA L u te ra n o -C a tó lic o , 1973. Sal Terrae, San tander

1976.

27 W . Löser, Papa, en W . Beinert (ed.), D ic c io n a rio de Teología

D o g m á tica . Herder, Barcelona 1990, 512-514.; H. Döring, Papa­ do. Teología S istem á tica C atólica, en D ic c io n a r io de co n cep tos teológicos, II. Herder, Barcelona 1990, 164-175; J. Lell, Papado. Desde u n p u n to de vista protestante, en D ic c io n a rio de conceptos teológicos, o. c., 175-177; R. Aguirre, (ed.), Pedro en la Iglesia p r i­ m itiv a . V erbo Divino, Etella 1991; cf. ¿U na p rim a c ía papal?: Con­

cilium, n. 64 (1971), núm ero m onográfico dedicado al tema.

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PARA COMPRENDER EL ECVMENISMO

Dos opiniones de autores no católicos nos ponen delante de dificultades todavía m uy im portantes pa­ ra los hermanos ortodoxos y protestantes. E l respe­ to e incluso el afecto de ambos hacia la Iglesia cató­ lica no les im pide manifestar con gran honestidad intelectual su opinión respecto al obstáculo de la institución papal.

Stylianos Harkianakis, teólogo ortodoxo, decla­ ra:

«El problema de si el primado romano, tal como ha sido formulado por el Concilio Vaticano I y por el Vaticano II, puede ocupar un puesto en esta teología eclesiológica habrá de recibir, por tanto, una respues­ ta decididamente negativa. Lo cual no significa negar sin más la idea de un primado en el seno de la orto­ doxia, sino, por el contrario, el reconocimiento de un obispo como el primero entre los demás obispos, es decir, a admitir un primado, pero no en el sentido de un Pontifex maximus, sino como primas inter pares... Entendido el primado del obispo de Roma en el senti­ do de un primus inter pares, tendría la posibilidad de expresar su opinión decisiva en cuestiones importan­ tes para la Iglesia universal y de ser respetado por to­ dos, con lo que podría prestar, de hecho, un verdade­ ro servicio a la Iglesia universal... Cuando el papa ba­ sa su potestad en la sucesión de Pedro y no en la suce­ sión episcopal, universal y apostólica, se aísla a si mismo no sólo de la comunidad de los obispos, sino también de la totalidad de la Iglesia... Por eso la es- - tructura sinodal es algo tan querido para la ortodo­

xia, no sólo por razones de constitución o de derecho eclesiástico, sino también por un motivo hondamente soteriológico...» ÍS.

Es de esperar que el diálogo teológico entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas llegue a nue­ vos planteamientos en este viejo contencioso, tras las reuniones ya celebradas en M unich (1982), Barí (1987), Válam o (1988) y M unich (1990).

El segundo testim onio, del teólogo protestante W. Pannenberg, se refiere a la praxis y al ejercicio del papado. Pannenberg, que ha reconocido desde

28 S. Harkianakis, ¿Tiene sentido en la Iglesia el m in is te rio de-

Pedro? Respuesta de la orto d oxia griega : Concilium, n. 64 (1971)

la perspectiva reform ada la necesidad de un m inis­ terio universal de unidad cuyo centro incuestiona­ blem ente estaría en Rom a, ha llegado a escribir:

«¿Puedo continuar todavía afirmando todo lo que dije, delante del espectáculo de una glorificación de la persona pontificia, delante de sus manifestaciones marianas, delante de la suspensión de teólogos con los que confraternizamos...?».

E l padre Congar, que cita este testim onio, aña­ de:

«Creo que tales reacciones están demasiado entre­ mezcladas a las circunstancias como para impedir la búsqueda de fondo. Pero el papado nos plantea tam­ bién cuestiones a nosotros mismos, no en cuanto a sus principios, sino en cuanto a ciertas formas histó­ ricas que ha tomado. No se evitará este formidable obstáculo sino al precio de revisiones críticas de la verdad histórica, como las que están siendo esboza­ das, por ejem plo, en los estudios del P. W. de Vries» 29.

2.4. El papel de María

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