(Contraportada)
Apoyándose en profundas
investigaciones históricas, Théodule Rey-Mermet, escritor conocido por sus obras de amplia difusión, relata la vida desconcertante de este sacerdote francés de los años 1700, las etapas originales de su experiencia cristiana, su peregrinar místico, su predilección por los pobres y su sentido de la misión que, en el siglo de Luis XIV, lo condujo a recorrer pueblos y ciudades del occidente de Francia proclamando la Buena Noticia.
En su prefacio, el cardenal Marty nos recuerda la irradiación universal del P. De Montfort —el Tratado de la verdadera
devoción a la Santísima Virgen ha sido
traducido a más de veinticinco lenguas—, el influjo directo o indirecto del “Misionero Apostólico” sobre múltiples institutos y movimientos, su personalidad profética en la Iglesia, y nos invita a la lectura de estas páginas:
“¿Quieres encontrar a este santo en toda su autenticidad, descubrir las múltiples facetas de su personalidad, entrever cómo transformó Dios ese material denso, pero áspero? Lee este libro ágil, que, con escrupuloso respeto a la verdad, nos muestra a un hombre en marcha hacia la realización de su vocación. En su época no siempre captaron el aspecto profético de la misión de San Luis María Grignion de Montfort. Hoy comprendemos mejor que es un testigo para nuestros días”.
LUIS MARIA
GRIGNION
DE MONTFORT
1673-1716
POR
THEODULE REY-MERMET
PREFACIO POR EL CARDENAL MARTY
MADRID 1988
Título de la edición original: LOUIS-MARIE GRIGNION DE
MONTFORT. 1673-1716. Nouvelle Cité, París 1984.
La traducción ha sido realizada por Pío Suárez Bohórquez y Luis Salaün Perrot.
INDICE
Prefacio...7
1. ¿Qué va a ser este niño?...9
En Montfort esperan un nacimiento...10
Una infancia poco abierta en Iffendic...13
2. El secreto del adolescente...16
Un alumno diferente de los otros...17
¿En qué piensa este muchacho?...19
3. En la tradición espiritual de San Sulpicio de París...24
Entre seminarios y Sorbona...25
Entre Dios y el hombre: el misterio de la Encarnación...28
Cristo y María en el corazón de la vida cristiana...31
4. Un seminarista fuera de serie...36
En la argolla del reglamento...38
En los puños de los directores de San Sulpicio...42
5. Pobre entre los pobres en Poitiers...47
Capellán del hospital general...50
La locura de la Sabiduría...53
Hacia otra forma de estar con los pobres...58
6. El descubrimiento de La Sabiduría...61
El encuentro de la Esposa...62
“El Amor de la Sabiduría eterna”...66
7. En la larga noche...72
¿Ermitaño en el Monte Valeriano?...73
¿Vendrá de Roma la luz?...75
Éxitos y fracasos en las diócesis de Saint-Malo y Saint-Brieuc...81
8. Movilización de un pueblo entre el Loira y el Vilaine...87
Su ascendiente en parroquias de la región de Nantes...88
El Calvario de Pont-Château...92
9. La experiencia del misterio de la Cruz...97
La meditación sobre la cruz...98
10. Una pastoral misionera original en la región de la Rochelle...105
El misionero y la misión...107
El horario de un día de misión...112
El desarrollo de una misión...114
Para que la misión no fuera fuego de paja...118
El rosario...120
11. Las realizaciones de la edad madura...125
La Compañía de María...127
Las Hijas de la Sabiduría...130
Un santo que se humaniza...134
La redacción del Tratado de la verdadera devoción...137
12. Una experiencia mística de María...142
María y el joven Luis María...143
María en la misión de la Iglesia...145
María en la purificación del corazón...146
María y el Espíritu Santo...148
13. En la esperanza de una iglesia pobre y libre...150
Tras las huellas de los Apóstoles y de Jesucristo...151
Dos visiones de la Iglesia...153
La esperanza de discípulos pobres y libres...155
PREFACIO
“El mundo moderno necesita testigos”, decía el Papa Juan Pablo II en Lisieux, el 2 de junio de 1980, antes de abandonar el suelo de Francia. Sí, necesitamos testigos, testigos para hoy. Los hay que vivieron ayer y profetizaron el mundo de hoy. Algunos nombres: Francisco de Asís, Fran-cisco Javier, FranFran-cisco de Sales, Vicente de Paúl, Carlos de Foucauld, Teresa de Lisieux...
Y ¿por qué no podría serlo también el buen Padre de Montfort — como lo llamaban las gentes del oeste de Francia?—. Presidía yo una peregrinación montfortiana a Lourdes cuando era arzobispo de Reims. Entonces descubrí a San Luis María Grignion de Montfort. Se acababa de clausurar el Concilio Vaticano II y el Papa Pablo VI había dicho a los obispos en la plaza de San Pedro el 8 de diciembre de 1965: “Salid al encuentro de la humanidad”. San Luis María salió en su época al encuentro de la humanidad con su fe profunda, su ardor misionero, su amor a la Iglesia.
Montfort tiene discípulos directos que actualizan su misión: los Padres y Hermanos de la Compañía de María, las Hijas de la Sabiduría, los Hermanos de San Gabriel. Que extienden directamente su irradiación por los diversos continentes: Estados Unidos y Canadá, Argentina y Colombia, Haití, Zaire y Madagascar, India y Tailandia y hasta Papuasia, para no citar sino algunas regiones donde han hecho fundaciones fuera de los países de Europa occidental. Otros movimientos se refieren más o menos explícitamente a San Luis María: la Legión de María, los Foyers de Charité, los Focolares..., entre otros.
San Luis María es conocido universalmente gracias a una de sus obras, el Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, traducido a 25 lenguas. Para cristianos de todos los continentes, Grignion de Montfort significa fervor mariano.
Y esto nos alegra. Leyendo el libro del Padre Rey-Mermet, descubrimos otros aspectos de su vida interior y de su audacia misionera.
Y esto, lejos de perjudicar al aspecto mariano de su mensaje, lo hace resonar con mayor precisión.
¿Quieres encontrar a este santo en toda su autenticidad, descubrir las múltiples facetas de su personalidad, entrever cómo transformó Dios ese material denso pero áspero? Lee este libro ágil que, con escrupuloso respeto a la verdad, nos muestra a un hombre en marcha hacia la realización de su vocación.
En su época no siempre captaron el aspecto profético de la misión de San Luis María Grignion de Montfort. Hoy comprendemos mejor que es un testigo para nuestros días.
Felicito al Padre Rey-Mermet por habernos entregado, con la colaboración de los Institutos Montfortianos, los secretos del alma de este santo y por revelárnoslo como un apóstol seductor y atrayente para la vida de la Iglesia en esta época postconciliar.
18 de febrero de 1984,
en la fiesta de Santa Bernardita. † Fr. Card. MARTY.
1. ¿QUÉ VA A SER ESTE NIÑO?
(1673-1684)
Últimos días de 1672. El reino de Francia se halla en plena expansión económica. El joven Luis XIV, sediento de gloria y de conquistas, ha declarado la guerra a los Países Bajos. Una guerra que le valdrá el apelativo de Grande. El “Rey Sol” acaba de consagrar su culto instalándose definitivamente en los esplendores del castillo de Versalles.
Sin embargo, diciembre toca a su fin. En medio del frío, cristianos e irracionales saludan el solsticio de invierno. El sol verdadero parte a la conquista de días más largos, mientras que nobles, burgueses y campesinos sólo tienen pensamientos y cánticos para un establo y para el Rey eterno, que viene al mundo sobre la paja entre la muía y el buey.
“¡Qué fría es la nieve que cayendo está! Al recién nacido, ¡qué frío le dará!
Vámonos, pastores, marchémonos ya, que su linda madre nos esperará.
¡Ya las avecillas con trinos de amor, la venida cantan del Dios Salvador!”
Los villancicos resuenan de Flandes a Provenza, de Alsacia a Bretaña, despertando los ecos con el nombre de un pueblo que Versalles envidiará siempre: Belén.
Precisamente en Bretaña, cuatro leguas al oeste de Retines, la capital, una pequeña ciudad aguarda el nacimiento de alguien que llevará su nombre mucho más allá de las fronteras del reino. Montfort-la-Cane (hoy Montfort-sur-Meu) está edificada en la confluencia de dos riachuelos, el Meu y el Garún. Después de atravesar el suburbio de San Nicolás, pasamos bajo la puerta del reloj. Allí está la sede de la “Comunidad de la villa” —hoy diríamos: la alcaldía—. A la izquierda se levanta el increado, donde, con ocasión de las cuatro grandes ferias anuales, debaten y discuten los mercaderes de la región. A la derecha, la única verdadera calle que trepa a flaneo del cerro señorial, la calle de la Saulnerie. En realidad, es
más bien una callejuela entre casas mal alineadas que avanzan sus pisos colgantes. Vestidas por igual de esquisto violeta, las modestas casas alternan con las residencias de los ricos.
A mecha pendiente, a la izquierda, un inmueble de dos pisos, con dos alas que encuadran un pequeño patio. Allí vive Juan Bautista Grignion, abogado y procurador señorial, y su esposa, Juana Robert. Habían contraído matrimonio en Rennes el 10 de lebrero de 1671. El dueño de casa es “Señor de la Bachelleraic”. No se trata de un título de nobleza. Es sólo un “aire” que se daban gustosos los burgueses de la época.
En Montfort esperan un nacimiento
En estas vísperas de Navidad de 1672, mientras cada familia se prepara a celebrar el nacimiento del Hijo de Dios, la joven pareja Grignion piensa más en el bebé que espera para las semanas siguientes. ¿Será niño o niña? ¿Qué le deparará la vida? Y, ante todo, ¿será fuerte o enfermizo?, ¿bien o mal formado? Quizá las estrofas que ya se cantaban en la región de Rennes reavivan la esperanza de los Grignion:
“¿De dónde vienes, pastora, de dónde vienes?
—Vengo ahora del portal de ver al Niño Jesús: sobre pajas frías, dormido lo vi.
¿Es bello el niño, pastora, es bello el niño?
—Es más bello que la luna, mucho más bello que el sol:
jamás en la vida he visto otro igual”.
A decir verdad, la casa de los Grignion no se. parece en nada al establo de Belén. El inmueble principal, con sus dos alas, se prolonga por un patio y un jardín hasta el muro de la ciudad. Juan Bautista se ha instalado muy pronto entre la alta sociedad de Montfort-la-Cane. Más aún, acaba de ingresar en la “Comunidad de la villa”. En cuanto a Juana, su esposa, por más discreta que sea, es hija de un magistrado de Reúnes, procurador de esta capital de provincia. El niño que va a nacer encontrará una cuna prepararla y provista con algo mejor que unas “pajas frías”.
Pero la pareja ha experimentado ya la prueba. Su espera se halla indudablemente surcada por nubes de inquietud. Va en el lebrero anterior les había nacido a los Grignion un primer hijo que, por desgracia, murió cuatro meses después. Hoy día, una prueba de esta clase es cosa rara. En aquellos tiempos moría, por término medio, uno de cada ocho pri-mogénitos... ¡Quizá la pequeña mortaja esté ya casi olvidada, envuelta en la esperanza!
La esperanza... ¿No la garantiza acaso el pasado? Como María y José de camino a Belén podían evocar su ascendencia davídica, así Juan Bautista y Juana tienen raíces familiares que les permiten soñar un poco. En 1609, el padre del “Señor de la Bachelleraie” representó a la ciudad ame los Estados de Bretaña. El abuelo empezó a hacer de los Grignion una familia de peso en la buena sociedad monfortesa. Si nace niño, quizá pueda él proseguir el ascenso social de la “dinastía”. Juana, por su parte, mirando a su propia familia, puede esperar para su hijo —pero ¿será niño? — una promoción no menos brillante. Sin embargo, en estas vísperas de Navidad, quizá piense ella en otra de las tradiciones de la familia: su hermano mayor, Pedro, ha profesado con los Capuchinos hace cuatro años; sus hermanos menores. Alan y Gil, han podido confiarle su proyecto de hacerse sacerdotes...
A medida que se acerca el momento, ambos esposos Grignion y sus amigos se plantearían a menudo unos a otros la pregunta que había suscitado el nacimiento ya próximo del Precursor: “¿Qué va a ser este niño?”
Viene al mundo el 31 de enero de 1673. Es un niño. Hoy no. acabaríamos con las precauciones de higiene infantil; entonces tenían prisa por incorporar al recién nacido en la familia de Dios. Había, pues, que reunir pronto a los padrinos. El padrino será Luis Hubert, cirujano mayor, señor de Beauregard. La tradición era que el transmitiera su nombre al ahijado. A su lado, María Lemoyne, dama de Tressouéë, sostendrá al pequeño Luis en la pila bautismal. La ceremonia tiene lugar al día siguiente, 1.” de febrero, en la iglesia de San Juan, ubicada fuera de los muros, cerca de la actual casa cural. Era la parroquia burguesa de la ciudad.
¿Recibió el niño de su madrina el segundo nombre —María— o lo tomó con ocasión de su confirmación, como lo asegura algún testigo? Luis María no responderá nada a nuestra curiosidad.
En la ceremonia, por lo menos ocho personas de la parentela rodean a don Pedro Hindré, “rector y deán” de Montfort. Y mientras del campanario se desgrana un jubiloso repique, las conversaciones —los pensamientos, por lo menos— versarían a no dudarlo acerca del provenir de este angelito. Todo niño es una promesa. Hijo de magistrados, ¿qué aportará a su pequeña ciudad? Luis les responderá a su manera treinta años más tarde, cuando, una vez misionero, opte por dejar su apellido en la sombra y hacerse llamar “Señor de Montfort” o, en forma más sencilla y sonora, “Montfort”.
Unas semanas más tarde, el lactante abandona a su madre y la casa paterna. Siguiendo una lamentable tradición de la época, la madre deja de amamantarle y lo confía a una nodriza, la “madre Andrea”, una fuerte campesina de una aldea cercana. Hoy no entendemos que se prive así a un recién nacido de lo que para el es aún más necesario que la leche: las caricias, los besos y la voz de la madre. Pero en aquella época, guardar al niño en casa hubiera significado que no tenían con qué pagarle una nodriza. El honor del padre no podía soportarlo.
Además, no soplaban aún los vientos de la contracepción: dejar de amamantar significaba para la madre la posibilidad de quedar embarazada y entrever sin tardar un nuevo nacimiento. De hecho, este tendrá lugar menos de trece meses después del de Luis María. Y así sucesivamente, como en cadena: de 1672 a 1691, la esposa de Juan Bautista dará a luz dieciocho veces; en cada primavera, hasta 1679 y, en cada otoño, entre 1680-1686. Si los tres últimos sólo ven la luz tras dos años completos de descanso, la causa podría atribuirse a algún accidente de salud.
Sin embargo —en contra de lo que se ha repetido durante demasiado tiempo—, el ritmo de un nacimiento cada año no era, en forma alguna, general en la Francia de aquella época: la media nacional se situaba entre ocho y nueve hijos por pareja; pero el embarazo anual era frecuente en algunas regiones francesas, entre ellas Bretaña. ¿Hay que añadir que al menos la mitad de esos niños moría antes de cumplir los diez años? Es prácticamente el caso de los Grignion: de los dieciocho hijos, ocho morirán antes de esa edad. Y de estos, cuatro al menos, antes de cumplir los dos años. ¡Hay un abismo entre el siglo XVII y nuestra época!
Ahora bien, durante estos dos decenios de nacimientos (1672-1691), la familia Grignion va experimentando un revés tras otro. Juan Bautista había empezado bien, en 1672, para lograr un éxito social. Pero al año siguiente pierde un proceso que le es muy caro. Pronto 1c reprochan el haber actuado demasiado a su antojo en la gestión de los bienes de la
pa-rroquia: dos sacerdotes y varios notables firman incluso una censura en contra suya. Siente que cada vez es más el blanco de las críticas de sus conciudadanos, se ve comprometido en varios procesos espinosos y sumergido en las dificultades administrativas. El pobre hombre rodará de desilusión en desilusión hasta su muerte, en 1716.
De momento, ¿quiere en su irritabilidad romper con un ambiente que le exaspera? O, lleno todavía de optimismo, ¿piensa en ensanchar sus dominios? El caso es que, durante el verano de 1675, adquiere a bajo precio la casa solariega del Bois-Marquer, en la vecina parroquia de Iffendic. adonde se traslada con toda su familia.
Una infancia poco abierta en Iffendic
Hoy día, el Bois-Marquer no es más que una granja de dos pisos. Entonces era una presuntuosa casa solariega medieval, con portal grande, patio interior y dependencias, fosos y torrecillas de prestigio: un pequeño castillo rodeado de setos verdegueantes y gigantescos árboles.
El padre había soñado encontrar allí la paz y levantar cabeza haciéndose pasar por noble castellano. Esta mansión le daba derecho, en la iglesia de Iffendic, a un banco señorial con escudo de armas y una tumba para sepultura de los suyos bajo una de las losas funerarias. En espera de encontrar allí el descanso eterno, hubiera podido conformarse con la ad-ministración de sus tierras —las dos granjas de Le Plessis y La Chesnaie— y el desempeño de algún cargo lucrativo como el de procurador o notario en los pequeños juzgados señoriales del vecindario.
Pero ha heredado de sus antepasados el afecto al dinero y a la fama. ¿No está acaso tan dotado como su hermano menor, Félix, quien en 1689 conseguirá el resonante título de Consejero real? No se resuelve, pues, a desaparecer de Montfort, donde lo veremos aún, en 1680, disputar dos pleitos. Y el dinero... Ciertamente en el Bois-Marquer va aumentando el número de bocas que es preciso alimentar. Pero da la impresión de no carecer de fondos, ya que él mismo presta dinero.
Precisamente lo ha prestado a su suegra Robert. Y ésta, consciente de que envejece, decide en 1683 repartir sus bienes entre sus cinco hijos que aún viven. Juan Bautista se dirige, pues, a Rennes para la reunión de familia, a fin de cobrar sus haberes y la parte de su esposa. Pues bien, ¡conseguirá además que le reintegren los gastos del viaje!
Lo habrá logrado sin discusiones, porque en la medida en que vive obsesionado por la posible falta de dinero, la familia de su esposa se muestra desapegada. Empezando por el cuñado Gil Robert, quien en 1683 renuncia a su herencia y, nombrado rector de Lanrelás en 1687, hará entrega de todos sus bienes a sus hermanos. Por cierto, ¡los Robert y los Grignion no estaban hechos de la misma madera!
Intuimos que en Iffendic el clima hogareño insuflaba a la vez calor y frío en torno al pequeño Luis María. ¿Cómo entender de otra manera el único testimonio que nos queda de esta época? Proviene de su tío Alán Robert, vicario de San Salvador de Rennes, uno de los tres hermanos sacerdotes de la madre:
“Desde su más temprana edad dio muestras de lo que llegaría a ser un día; pues no tenía aún más de cuatro o cinco años cuando ya hablaba de Dios y se acercaba a su madre para consolarla y exhortarla a sufrir con paciencia”.
Ahora bien, es esa la edad en que normalmente el muchacho debe comenzar a desprenderse de la madre para tratar de identificarse con el modelo paterno. Toda su vida futura pondrá de manifiesto que el niño tenía más de los Robert que de los Grignion.
Pero Luis María es también el mayor de una “fraternidad” que aumenta en una unidad cada año. Pronto tiene que ofrecer la mano y el corazón para vestir o dar de comer, entretener o consolar a los más pequeños. Eran nueve sobrevivientes cuando el andaba por los once años.
Entre sus hermanos tenía como preferida a Guyonne Juana, nacida en 1680, a quien de ordinario llamaban Luisa:
“Desde su niñez trabó una amistad estrecha con la que llamaban Luisa, porque la encontraba más dócil en seguir los sentimientos y prácticas de piedad que él quería inspirarle... Ponía en juego todos los medios posibles para alejarla de las diversiones propias de la juventud; la llamaba en secreto y con astucias de entre sus pequeñas compañeras para llevarla a rezar a Dios”.
Este testimonio de su tío Alán Robert nos muestra a un niño ya muy piadoso e inclinado al apostolado: un pequeño misionero. Pero nos descubre también en él cierto gusto por la soledad, gusto que intenta
comunicar a su hermanita. ¿No es acaso todo auténtico apóstol, antes que nada, un contemplativo?
“Alejándose de la compañía de los jóvenes de su edad... para evitar sus diversiones, se retiraba a algún rincón de la casa para dedicarse a la oración y rezar el rosario ante una pequeña imagen de la Santísima Virgen”.
Hoy día, padres normales se preocuparían, no sin razón, ante una falta así de relaciones con los muchachos de su edad. En aquel entonces, probablemente se alegraban ante esa inclinación a la oración y ante la presencia del hermano mayor juicioso en medio de una muchachada siempre necesitada de vigilancia. Sin embargo, ¿no se mezclaba Luis María con sus compañeros de escuela para aprender a leer y escribir? Si nos fiamos de la primera firma suya que conocemos —1691: tiene entonces ocho años y medio—, quedamos con la impresión de que su letra es menos hábil que la de otros niños de su edad. Hay biógrafos que pretenden que su única escuela para aprender a leer y escribir fue la de su madre; y los hay según los cuales habría seguido los cursos impartidos por un sacerdote de San Nicolás de Montfort, Juan Monazán. Fiémonos más bien del testimonio de su tío Alán:
“Sus maestros aseguraron que jamás les causó disgusto alguno; cumplía por iniciativa propia todos sus deberes, sin que fuera necesario obligarlo a ello mediante castigos o amenazas”.
Y ¿cómo hubiera podido “alejarse de la compañía de los jóvenes de su edad..., para evitar sus diversiones”, sino después de las clases, cuando deshacía a la carrera los pocos kilómetros que separan el Bois-Marquer de Iffendic o de Montfort?
Pero los años pasan. La enseñanza primaria se completa rápidamente. Luis María va a cumplir doce años. Por eso, en 1684, sus padres deciden enviarlo a estudiar al colegio de los jesuitas de Rennes. La madre se alegra también, al ver que su hijo mayor puede entablar relaciones más estrechas con su ciudad natal y con su propia familia. El padre es más sensible a las oportunidades que ofrecerán a su muchacho unos estudios realizados en un colegio donde se congregan y educan los hijos de las mejores familias de toda Bretaña. Tal vez ambos esposos se comunican la respuesta que dan, cada uno a su manera, al mismo interrogante: “¿Qué va a ser este niño?”
2. EL SECRETO DEL ADOLESCENTE
(1684-1692)
Cierta mañana de octubre de 1684, Luis María se desprende de su familia y toma el camino del colegio de Rennes. Luego de franquear el río Vilaine por el puente de San Germán, descubre la iglesia y la mole cuadrada de los edificios escolares. Desde que en el año 1604, se encargaron los jesuitas de esa institución, el número de estudiantes ha pasado de seiscientos a unos tres mil, desde primero de bachillerato hasta teología. Luis María se sentirá un poco perdido entre los cuatrocientos aprendices de latín.
Esta afluencia sólo se explica por el carácter muy democrático del reclutamiento. Gracias a la escolaridad gratuita, al menos en casa de los jesuitas, los niños de los bajos estratos del “Tercer Estado” tenían acceso al latín, al griego, a los estudios literarios clásicos, que constituían entonces la escala de la promoción social. Pero los colegios no tenían internado. Los escolares vivían en casa de familiares o amigos o en las ‘pedagogías’, es decir, en los hogares para estudiantes.
Rennes, capital de provincia, orgullosa de su Parlamento, centro intelectual de toda Bretaña, quería ser ante todo una ciudad cristiana. Las intenciones de la Corporación municipal sobre toda esta juventud no eran sólo de orden intelectual: el procurador síndico había escrito en 1606 a los Padres de la Compañía de Jesús que los había llamado “no tanto y en primer lugar para enseñar letras humanas cuanto para cultivar nuestras almas y para la instrucción espiritual”. El celo de los religiosos irradiaba, pues, entre los muros de la ciudad y no sólo entre los del colegio. La pedagogía misma era ‘abierta’, con sus funciones teatrales y sus discusiones teológicas, donde los alumnos se enfrentaban en sesiones públicas anunciadas por medio de carteles. Ya en 1609 se había dotado al colegio Santo Tomás de un “salón de actos”, amplia aula de fiestas “para las declamaciones, discusiones y funciones públicas”.
Al entrar en Rennes en ese otoño de 1684, Luis María Grignion no llegaba a un país desconocido. Ya había estado allí de paso, tal vez había permanecido algún tiempo con la familia de su madre. Tomará pensión en casa de su tío Alán Robert, sacerdote de la iglesia de San Salvador.
A pesar de eso, en la mañana del ingreso al colegio, perdido en esa marea de alumnos, experimentaría el mordisco de la angustia igual que todo nuevo estudiante. ¡Qué diferencia entre esta marea escolar y las clases reducidas de Montfort o de Iffendic, donde en aquella época al menos las tres cuartas partes de los niños quedaban analfabetos!
De buen grado, sin embargo, se ha amoldado a la voluntad paterna para ir a estudiar a Rennes, conforme a la tradición familiar. Pero es consciente de que, esta vez, al cruzar el Vilaine, ha franqueado el dintel de la adolescencia para encaminarse solo por la senda misteriosa donde Dios le espera.
Un alumno diferente de los otros
Luis María adelantará en el colegio de Rennes ocho cursos, entrecortados cada verano por largas vacaciones. De 1684 a 1690 estudia humanidades clásicas con los Padres Le Camus y Gilbert. Entre 1690 y 1692 completa los dos años de filosofía bajo la dirección del Padre Provost; en el otoño de 1692 iniciará incluso la teología antes de partir hacia París.
De su aplicación al estudio, sólo tenemos el testimonio, tan breve como elogioso, de su tío Alán:
“Todos sus maestros le tuvieron afecto y aprecio singulares. Lo proponían a todos sus compañeros como ejemplo excepcional de diligencia y aplicación al estudio; por lo cual se llevaba todos los premios al final de cada año”.
Inteligente y trabajador, nuestro colegial es también “espontá-neamente inventivo y de fecunda imaginación”. Parece que le apasionan el dibujo y la pintura:
“Pasaba la mayor parte de su tiempo libre —prosigue su tío Alán— haciendo miniaturas y pequeños cuadros piadosos. Y alcanzó tal éxito, que habiendo mostrado cierto día una estampa hecha por él
de un pequeño Niño Jesús jugando con San Juan Bautista a un concejal del Parlamento, ese oficial le dio por ella un luis de oro”. Este rasgo hace pensar que Luis María, no obstante su asiduidad en las clases, crece más bien fuera del colegio. Un joven de Rennes, veintiún meses menor que él, Juan Bautista Blain, que entró probablemente a primero de bachillerato el mismo año que Luis María, nos lo confirma expresamente:
“Aunque hayamos cursado juntos las humanidades con el Padre Le Camus... sólo comencé a conocerle cuando estudiábamos retórica con el Padre Gilbert, porque el señor Grignion era muy retirado y casi no tenía trato con los demás estudiantes”.
¿Le parecía quizá que muchos de ellos eran ‘libertinos’? Habría que ponernos de acuerdo sobre el significado del término. Con él se calificaba entonces a cualquiera que se entregara a regocijos que hoy nos parecen normales entre los jóvenes:
“Su tío materno sacerdote... da testimonio de que Luis... tenía horror a las mascaradas carnavalescas, no podía tolerarlas. Le habían invitado un día de carnaval a cenar en casa de uno de sus amigos. Un joven enmascarado entró en la sala donde cenaban. Luis se levantó en seguida de la mesa para no ser testigo de un espectáculo tan escandaloso”.
Decididamente, Luis María se nos presenta como un muchacho muy serio, demasiado serio.
Su compañero Juan Bautista Blain atestigua que, aún a los diecinueve años, “era tan ignorante de cuanto puede alterar la pureza que, un día, hablándole de las tentaciones contra esa virtud, me dijo que no sabía lo que era”.
Además de una delicadeza admirable, ¿no habrá que ver en ello cierto retraso afectivo?
Sin embargo, Luis María se nos presenta como un muchacho muy cariñoso: “Tenía el corazón más tierno que nadie”, asegura el mismo Blain, quien tuvo la oportunidad de pasar por la casa de la familia en Iffendic, durante el verano de 1692. Luis le mostró entonces en el jardín “lugares
apartados y aptos para la oración, donde estaba a gusto y donde pasaba lo mejor de su tiempo en ese santo ejercicio”.
¿No será éste el secreto de su inocencia y de su vivo afecto hacia la Madre del Señor?
En efecto, para hablar de la devoción mañana de Luis María, Blain no encuentra expresiones lo suficientemente fuertes: “Cuando se encontraba delante de una imagen de María, el joven Grignion parecía no conocer a nadie más”. Y este compañero ilustra su afirmación con hechos concretos. Por ejemplo, respecto del santuario de Nuestra Señora de los Milagros, aún hoy tan querido por los habitantes de Rennes, anota:
“La iglesia de San Salvador, su parroquia, lo veía todos los días, al ir y volver de clase, acudir a visitar una antigua y milagrosa imagen que había allí; y su tío da testimonio de que a veces pasaba allí una hora... Acudía a Ella con la sencillez de un niño a implorarla en todas sus necesidades, tanto temporales como espirituales... A su parecer, todo estaba resuelto cuando había implorado a su buena Madre...”
Ya está ahí, alta y fulgurante, esa llama que, un cuarto de siglo más adelante, llevará a Montfort a escribir el Tratado de la verdadera devoción
a la Santísima Virgen.
¿En qué piensa este muchacho?
El año 1686 abre una nueva secuencia en la vida de nuestro escolar. En primer lugar, su familia deja Iffendic para instalarse en Rennes. Así se facilitarían los estudios de otros dos hijos, José Pedro y pronto Gabriel Francisco: “Luis sirvió de preceptor a los otros dos y los llevaba a la piedad por sus discursos y más aún por sus actuaciones”.
En segundo lugar, ese año se ordena Julián Bellier. Destinado al servicio de la catedral, su celo se multiplica en seguida en nuevas formas de apostolado: predicación de misiones, ayuda a los pobres, formación de candidatos al sacerdocio...
Apenas iniciado su ministerio, había empezado, en efecto, a reunir en su casa a escolares que pensaban en el sacerdocio. “Luis Grignion fue uno de los primeros y más asiduos en acudir a esas reuniones”.
El celo puede ser intempestivo y utópico. El del señor Bellier era inteligente, pastoral y eficaz. Con sus jóvenes, mataba dos pájaros de un tiro: preparaba sacerdotes según el Evangelio, es decir, pobres y sensibles ante los pobres, y multiplicaba su ministerio en los hospitales:
“Este sacerdote los enviaba cada semana, los días de descanso, después de la conferencia, de dos en dos o de tres en tres, a servir a los pobres del hospital general y del hospital de incurables, a leerles algún libro bueno y enseñarles luego el catecismo. Luis no dejó nunca de cumplir todos estos ejercicios”.
Servir a los pobres para amarlos y hacerse amar, leer con ellos la vida de los santos, enseñarles el catecismo, era un apostolado misionero. Además, Julián Bellier se alejaba a veces de sus jóvenes amigos para dedicarse a la predicación de misiones con un tal Padre Juan Leuduger y su equipo. Era suficiente para despertar a Luis María, quien, nos confiesa Blain, “había nacido con la inclinación para las funciones de la vida apostólica”.
El círculo del señor Bellier era una escuela de amor cristiano. Y el de Luis María desbordó pronto los hospitales para mostrarse atento y caritativo frente a cualquier necesidad.
Fue la suerte de un estudiante pobre cuyos vestidos gastados provocaban las burlas despiadadas de los escolares. Grignion se hizo mendicante en favor de su condiscípulo. Y los burlones compañeros, que no eran malos chicos, contribuyeron con su óbolo. La colecta —nos cuenta Blain— “sólo alcanzaba a la mitad de la suma requerida”. ¡Qué importa!
Nuestro limosnero lleva al escolar mal trajeado a casa del mercader: —Este es hermano mío y suyo —le dice, sin preámbulos—. He recogido en clase cuanto he podido para vestirle. Si esto no alcanza, añada usted lo que falte.
El comerciante accedió. Y el estudiante mal vestido volvió muy elegante al colegio, en medio del asombro de los burlones.
Este acto de caridad, concluye Blain, “fue el primero que se sepa entre mil más que irrumpieron después”.
En el colegio mismo no faltaban los necesitados, ya que, según anotan los Archivos municipales, “todos los estudiantes... pobres o no son recibidos e instruidos gratuitamente, sin que tengan que pagar nada por el ingreso ni por ningún otro concepto”. Luis María prestaba ayuda con todo
su poder, o mejor dicho, con todo su haber, a sus condiscípulos necesitados. Y cuando no tenía nada que darles, acudía a personas que sabía eran ricas y caritativas y les pedía limosna para ellos.
Pero su amor a los pobres desbordaba ampliamente el recinto del colegio. Sus pinceles y los hospitales no absorbían todo su tiempo libre: le gustaba dedicar unos días de descanso a la visita de los enfermos a domicilio. Su tío Alán relata este hecho sugestivo:
“Cierto día, su madre, que había venido a Rennes..., fue al hospital San Ivo a visitar a los enfermos. Reconoció allí a una pobre mujer y le preguntó quién la había llevado allá. La mujer le contestó: Fue su hijo, señora, quien me consiguió la entrada a esta casa y me hizo traer a ella”.
No cabe duda que la señora Grignion se sintió feliz y orgullosa. La connivencia entre la madre y el hijo parece haber sido total.
No se puede decir lo mismo de las relaciones con el padre por lo que de ellas nos relata J. B. Blain.
Empecemos por el hecho siguiente, acaecido probablemente en 1692, y a propósito del cual este compañero, en tono épico, compara a Luis María con José, el hijo de Jacob, que rechaza las solicitaciones de la mujer de Putifar:
“Su padre tenia en casa un libro inmundo y lleno de dibujos obscenos. El casto José toleraba en casa con pena y dolor desde hacía mucho tiempo ese material de las llamas impuras. Pero el temor a un padre violento lo detenía y le impedía exponerse a su furor echando el libro al fuego. Finalmente su celo, acrecentado por la edad, incapaz de contenerse, supo escoger el momento oportuno para arrebatarle sus armas al demonio de la impureza. Hallándose solo en casa, consumió en las llamas el libro infame, resuelto a padecer todos los malos tratos que le amenazaban si su padre llegaba a enterarse. El santo joven acababa de dar el golpe cuando lo encontré en casa, temeroso y casi temblando, por el temor a la llegada de su padre, pero muy contento, por lo demás, por haber hecho su sacrificio”.
¿Qué era ese libro “lleno de dibujos obscenos”?¿Una obra picaresca o realmente pornográfica? Conocemos la reserva de Luis María en esta materia. El hecho no demuestra, pues, que su padre fuera un obseso sexual,
pero sí que las relaciones con su hijo mayor eran difíciles. Al respecto, Blain nos cuenta escenas dolorosas:
“En casa, no era poco lo que tenía que sufrir de parte de un padre de temperamento violento. La dulzura y docilidad de Luis María no hubieran podido a menudo defenderle de sus arrebatos caprichosos de no haberse sustraído a sus ojos mediante una juiciosa huida. Como esto ocurría, varias veces, cuando estaban a la mesa y durante la comida, el piadoso joven se veía obligado a una abstinencia que le resultaba muy penosa, porque era... de un temperamento que exigía abundante alimento”.
Oponer la violencia del padre a la dulzura del hijo sería ignorar que este último demostrará, a lo largo de su existencia, una tendencia muy clara a gestos arrebatados y excesivos. Desde este punto de vista, es muy hijo de su padre. Pero ¿por qué se halla éste tan a menudo de humor machacante y muy especialmente con su hijo mayor?
Parece que, Juan Bautista Grignion no fue feliz ni en los negocios ni en las relaciones sociales. Durante los veinte años de su permanencia en Rennes cambiará de domicilio no menos de seis veces, además de un regreso al Bois-Marquer por seis años. Cuando uno se encuentra a gusto y feliz en su ambiente, se queda donde está. Pero probablemente a nuestro pequeño hombre de leyes no le sonríe la fortuna. Entonces tiene que moverse y cambiar de piel para disimular lo mejor posible sus fracasos e intentar mantener una posición honorable entre la burguesía de Rennes, donde ha tomado esposa.
Entendemos sin dificultad que el padre haya contado con su hijo mayor para que le ayudara a devolvía a los Grignion el prestigio de antaño. ¿Quería el muchacho hacerse sacerdote? Juan Bautista, buen cristiano, no se oponía: ese proyecto permitía esperar un honroso curato con buena renta o una canonjía que redundaría indirectamente en beneficio de toda la familia. Y si piensa en una carrera de predicador de misiones al estilo de Juan Leuduger, pase todavía: llevaría el apellido de los Grignion hasta Saint-Malo y Saint-Brieue. Pero Luis María tenía en mente planes muy diferentes y no conseguía ocultarlos del todo. Más tarde hablará de ellos a su más fiel compañero de misiones, quien dará testimonio en estos términos:
“Desde su más tierna juventud... había pensado muy en serio dejar la casa paterna y viajar a un país desconocido, a fin de poder vivir pobremente y mendigar su sustento... Y al preguntarle yo… qué oficio hubiera escogido, me contestó que hubiera preferido... el más ruin de todos”.
En resumen, padre e hijo habían vivido más o menos de espaldas: el uno para el dinero, el otro para la desnudez; el uno para la vanidad, el otro para la humillación. En el primero, por buen cristiano que fuera, alentaba el espíritu del mundo; en el segundo, el espíritu del Evangelio, o —a secas — el Espíritu.
Pues bien: en la fiesta de Todos los Santos de 1692, el Espíritu pone fin, en forma brusca, a esa insostenible falla de armonía. A Luís María le faltan tres meses para cumplir los veinte años. Por fin, escribirá a su amigo Blain, puede responder a la llamada liberadora del Señor a Abrahán: “Sal de tu país, de tu familia, de la casa de tu padre…”
Ignora sin duda “la patria que Dios le mostrará”, Pero cuando franquea el viejo puente en forma de caballete que salva el río Vilaine en Cesson, tiene el corazón dilatado porque comienza una etapa que, lo intuye, será decisiva hacia su libertad.
3. EN LA TRADICIÓN ESPIRITUAL DE SAN SULPICIO
DE PARÍS
(1693-1695)
¿A que ha venido a Rennes esa parisiense de la elegante sociedad? La señorita Montignv —así se llama— vive en la capital, en el barrio de Saint-Germain, en la parroquia de San Sulpicio. Piensa haber venido a Rennes para tratar “algunos asuntos” ante el Parlamento de Bretaña. El Señor la condujo allá con designios muy distintos: arrancar a Luis María de su familia y provincia y trasplantarlo al ambiente espiritual e intelectual más estimulante de aquel tiempo para un candidato al sacerdocio.
¿Se conocían ya? ¿O la señorita Montignv necesitaba la ayuda del hombre de leyes para defender su causa? El caso es que tomó pensión en casa de Juan Bautista Grignion.
Pronto se dio cuenta de que el abogado tenía más bocas que alimentar que monedas contantes y sonantes. Propuso, pues, a los padres que se llevaría a París y tomaría a su cargo a una de las hijas, Guyonne Juana, llamada Luisa.
La caritativa parisiense se había fijado en el hermano mayor. Le habló sin duda de los seminarios establecidos en San Sulpicio. “El señor Grignion no sabía nada de estos santos lugares”, escribirá Blain, su confidente, un cuarto de siglo más tarde. Y los describirá como “la escuela de las más puras virtudes eclesiásticas”. ¡Un sueño paradisíaco para nuestro teólogo del colegio Santo Tomás!
Pero hay sueños que llegan a hacerse realidad. De regreso a París, la señorita Montignv logra interesar por este estudiante pobre a una dama de entre sus amigas. Pudo escribir a Rennes que había una plaza para Luis María en esa “tierra de santos” que eran los seminarios de San Sulpicio.
Juan Bautista, el padre, es más sensible al prestigio que a la santidad; ¡que esperanza tan bella para encaminar a su hijo hacia una prestigiosa carrera eclesiástica! Es, además, en lo inmediato, la oportunidad
‘providencial’ de alejar a este hijo mayor en el cual no se reconoce en absoluto. Para celebrarlo, le ofrece incluso un caballo que le ahorrará fuerzas en el trayecto Rennes-París.
Luis María rehúsa el caballo. Acepta, en cambio, un traje nuevo, diez escudos y un hatillo que se echa a las espaldas.
Así, por la fiesta de Todos los Santos de 1692 dice adiós a Rennes, al colegio Santo Tomás, a su familia... Su hermano José y su tío Alán —y el padre, ¿dónde está?— le acompañan durante una legua, hasta Cesson. Franquea solo el río Vilainc... como quien pasa a otro mundo...
Tiene ahora por delante las 76 leguas —364 kilómetros— que lo separan de París. Pero ya nadie se interpone entre él y su ideal de despojo total del que tiene hambre “desde su más tierna juventud”. A los primeros pordioseros que encuentra les entrega los diez escudos y el hatillo. Cambia incluso su traje nuevo por el de un mendigo.
En diez días, Luis María, con los harapos empapados, el estómago vacío y las piernas pesadas, ha recorrido la distancia que lo vincula ahora a París.
Entre seminarios y Sorbona
En la parroquia de San Sulpicio coexistían varios seminarios: “el seminario” propiamente dicho, para quienes tenían salud y dinero suficiente para pagar pensión completa; “la pequeña comunidad”, para quienes no tenían la salud; “el pequeño seminario”, para quienes no tenían el dinero: la pensión allí era mucho más barata. Varias casas más, regen-tadas por sulpicianos o en órbita suya, gravitaban en torno al seminario de San Sulpicio, tales como la comunidad del señor de la Barmondière o la del señor Boucher para los alumnos más pobres. Luis María pasará primero por estas dos últimas, de 1692 a 1695, antes de llegar al “pequeño seminario”.
Sin embargo, estos diferentes establecimientos no eran otra cosa que ramas diversificadas de un mismo árbol: el que Juan Jacobo Olier (1608-1657) había plantado, primero en Vaugirard, en 1641, y luego en el mismo París, en la parroquia de San Sulpicio, en 1642. Su finalidad, proseguida por la Compañía de San Sulpicio fundada por él, era la formación de sacerdotes más apostólicos, más dignos en su comportamiento de la grandeza del sacerdocio y, por fin y sobre todo, más arraigados en el misterio de Cristo.
En ninguno de estos puntos había sido precursor el señor Olier. Había entrado en la corriente de Francisco de Sales, del cardenal de Bérulle y del Oratorio, de Vicente de Paúl y los sacerdotes de San Lázaro, de Saint-Cyran y de Port-Royal, de Adriano Bourdoise en San Nicolás de Chardonnet, sin hablar de Luis Lallemant y toda una generación de jesuitas. Pero al instaurar definitivamente la fórmula de los seminarios, Olier era tal vez quien mejor había captado y fusionado todas las fuentes místicas y misioneras de la Iglesia de Francia hacia 1640.
Es verdad que medio siglo más tarde, cuando Luis María Grignion llegue a París, el rostro de la institución sulpiciana estará marcado ya por algunas arrugas. Ciertas fórmulas de oración, algunas prácticas fechadas estarán ya inmovilizadas por la esclerosis. Con todo, los seminarios de San Sulpicio seguirán siendo el ambiente ideal donde aprender y vivir la espiritualidad de lo que Enrique Bremond denominó “la Escuela Francesa”.
En efecto, constituían ante todo escuelas de vida interior. Los estudiantes acudían a la Sorbona a sacar lo esencial de la enseñanza; los seminarios sólo aseguraban la asimilación de los conocimientos. Sin embargo, el señor de la Barmondière velaba por los estudios de sus discípulos:
“Dos veces al año... examinaba personalmente a los que había admitido para evaluar sus progresos en teología. Y aunque había varios jóvenes muy consagrados al estudio y brillantes en él, el santo superior declaró, en cierta ocasión, que el señor Grignion había superado a todos los demás.
Algunos años más tarde tuvo que sostener una disertación sobre la gracia ante sus condiscípulos. Era, en el siglo XVII, el lema candente en que partidarios absolutos de la gracia y defensores incondicionales de la libertad se enfrentaban en épicos combates.
“Sus condiscípulos resolvieron plantearle argumentos tan fuertes que no podría contestarlos y citarle los pasajes más difíciles de los Padres para ponerlo en aprietos y, de esta manera, obligarle a dedicar más tiempo al estudio que a la contemplación. Pero quedaron muy sorprendidos a oírlo contestar con maestría y acotar largos pasajes de San Agustín y demás Padres de la Iglesia para explicar los que le presentaban como objeciones”.
Entre tanto, el terrible invierno de 1693-1694 había causado estragos. Francia, agotada ahora por las victorias de Luis XIV, había experimentado el hambre en la capital y en las provincias. En esos meses de calamidad, la bienhechora de Luis María había dejado de pagar la pensión. El señor de la Barmondièrc no hubiera abandonado a su suerte por nada del mundo a un estudiante de la calidad del señor Grignion. Lo escogió, pues, junto con tres compañeros tan carentes de todo como él, para velar a los muertos de la parroquia de San Sulpicio. Las retribuciones correspondientes a este macabro y piadoso oficio ayudarían a los vivos a pagar su pensión.
En esta inmensa parroquia, las defunciones eran numerosas. El ‘trabajo’ no escaseaba: Luis María dedicaba dos o tres noches semanales a estas veladas fúnebres. Lejos de sentir repugnancia, encontraba en ellas la oportunidad para saciar esa sed de ‘contemplación’ que le reprochaban sus condiscípulos:
“Dedicaba a la oración cuatro horas completas...; luego, dos a la lectura espiritual; las dos horas siguientes, al sueño; y las restantes, al estudio de los cuadernos de teología, cuyas lecciones iba a tomar a la Sorbona”,
Sólo frecuentó durante tres años la prestigiosa Universidad. En 1693 lo admitieron en el “pequeño seminario” de San Sulpicio y los superiores no juzgaron conveniente obligarle a seguir frecuentando los cursos. Se conformó con las repeticiones que daban, por la noche, dentro de la casa.
Podríamos pensar que semejante destete era una prueba para un estudiante tan dotado. Nada de eso. Muy al contrario, porque —dice Blain — “tenía mayor interés por la ciencia de los santos que por la teología”.
¡Qué contraposición tan extraña, ya que la “teología” es el “conocimiento de Dios”! De hecho, hasta Santo Tomás de Aquino, todos los grandes teólogos fueron santos. Pero, por lo que podemos saber a través de los voluminosos manuales publicados después de 1700, la ciencia del Dios vivo, que hubieran debido brindar en la Sorbona, no era más que la repetición estereotipada de los maestros de la Edad Media que habían constituido la gloria de esa casa. En el siglo XVII, la innovación
teológica —al menos en Francia— se incubaba más entre los escritores espirituales.
Si nos atenemos al único documento personal que nos queda del seminarista Luis María, diríamos que no se benefició mucho de la inspiración de Juan Jacobo Olier ni de “la Escuela Francesa” de espiritualidad, en la que se alimentaban los sacerdotes de San Sulpicio. Empieza, en efecto, a organizar un Cuaderno de notas, que irá enriqueciendo poco a poco durante sus años de ministerio. El plan y el texto han sido tomados, en lo esencial, de la obra del jesuita Francisco Poiré: La triple corona de la Bienaventurada Virgen María. Toma de ella ahora pasajes sustanciales, ahora sólo algunas líneas; intercala notas tomadas de autores diversos, aunque todos hijos de San Francisco de Asís o de San Ignacio de Loyola. Sólo después de 1703, al rellenar poco a poco los espacios dejados en blanco en ese Cuaderno, añade, entre numerosas citas más, breves extractos sacados de Bérulle y sus discípulos, es decir, de los fundadores de “la Escuela Francesa” de espiritualidad. ¿Habrá quedado poco sensible a estos grandes autores y, finalmente, al espíritu de San Sulpicio?
En realidad, el Cuaderno de notas sólo nos revela algunas de las fuentes utilizadas por Luis María. El mismo nos dice que leyó muchos autores espirituales. Recordemos que en cada una de sus frecuentes noches de vela junto a los muertos dedicaba “dos horas” a la lectura espiritual. Sallemos en particular por J. B. Blain que se alimentó durante largo tiempo con las obras de Enrique María Boudon (1624-1702). La extensa producción de este arcediano de Évreux —unos treinta volúmenes— alcanzaba un éxito extraordinario. En efecto, estaba enriquecida con las mejores corrientes espirituales —Teresa de Avila, Juan de la Cruz, Francisco de Sales, la joven tradición sulpiciana—, corrientes asimiladas por un santo.
Sin embargo, como es normal, si las Notas de nuestro seminarista recogen ante todo la miel de sus lecturas hechas pluma en mano, él mismo se halla más impregnado aún de los temas de meditación, de las fórmulas de oración, de las tradiciones de la casa y de la irradiación de los maestros de San Sulpicio. Durante toda su vida, la espiritualidad sulpiciana será la base y el alimento de su propio pensamiento.
Entre Dios y el hombre: el misterio de la Encarnación
Toda espiritualidad cristiana se inspira, evidentemente, en la Revelación divina, especialmente en el Evangelio. Pero, dado que el Espíritu Santo sopla donde y como quiere, hay formas diferentes de pensar y vivir la propia fe. Así, Francisco de Asís se desposa con la pobreza, Vicente de Paúl con la caridad, Francisco Javier con la evangelización de los pueblos, Alfonso de Ligorio con la adhesión a Jesús y Jesús cru-cificado.
San Sulpicio vivía de “la Escuela Francesa” de espiritualidad, cuyo jefe fue el cardenal Pedro de Bérulle (1576-1629), fundador del Oratorio de Francia. El Papa Urbano VIII lo caracterizó como “el apóstol del Verbo encarnado”. Montfort lo será después de él y como él. Pero en la perspectiva del siglo XVII, muy diferente de la actual.
Para entenderla, tenemos que preguntarnos primero que visión tenían ellos de Dios y del hombre.
Se ha dicho de Bérulle que realizó una “revolución” al colocar a Dios en el centro de la vida cristiana. Este “teocentrismo” —es evidente— no lo inventó él: todos los cristianos deben colocar a Dios como centro de todo. Pero en las obras del cardenal asume un relieve extraordinario.
“Con él y por él —escribe Enrique Bremond—, el teocentrismo, ya caro a los místicos, se libera, se dilata, se simplifica, se manifiesta en pleno día, se ofrece y se impone a la oración de todos”.
A un Dios tan grande, ¿cómo no exaltarlo y adorarlo “en su esencia y en sus personas, en su ser y en sus obras”?
“Está infinitamente presente e infinitamente distante; está infinitamente elevado e infinitamente cercano a cada creatura; es infinitamente delicioso e infinitamente riguroso”.
La actitud fundamental de Bérulle marca profundamente a sus discípulos. La expresión clave de Boudon es “Dios solo”, mientras Olier se halla en constante actitud de “religión” delante del Soberano absoluto, Aquel cuya grandeza no tiene medida.
En Montfort, esta visión de Dios queda absolutamente fundamental. Con frecuencia lo manifiesta, sea por actitudes concretas, como su costumbre de caminar con la cabeza descubierta por respeto a la presencia divina; sea mediante comparaciones populares, por ejemplo, cuando evoca al campesino que quiere ofrecer una manzana a Dios: “Acercarte directamente a la santidad divina sin recomendación alguna... es hacer menos caso de este Rey de reyes del que harías de un soberano o príncipe de la tierra”. A veces, también su pluma adopta un tono más abstracto: “El Altísimo, el Incomprensible, el Inaccesible, el que es, ha querido venir a nosotros, gusanillos de tierra que no somos nada”.
¡Ahí está el contraste entre Dios, que lo es todo, y el hombre, que no es nada! Esta falta de estima por el hombre es común a muchos autores espirituales del siglo XVII. Es el pesimismo de San Agustín, llevado a su
paroxismo por Lutero: “El hombre no es nada, no vale nada, no puede nada, sino pecar”. En particular para J. J. Olier, la “carne”, es decir, todo lo humano, no merece sino rechazo y menosprecio.
En Montfort, esta visión inhumana —hay que confesarlo— llega a lo excesivo:
“Conocerás tu mal fondo, tu corrupción e incapacidad para todo lo bueno, si Dios no es su principio... Y, a consecuencia de este conocimiento, te despreciarás y no pensarás en ti mismo sino con horror”.
“Persuádete bien de que cuanto hay en nosotros ha quedado corrompido por el pecado de Adán y los pecados actuales... y de que tan pronto nuestro espíritu corrompido mira algún don de Dios en nosotros con... complacencia, esta gracia queda totalmente manchada y corrompida”.
El cardenal de Bérulle no compartía semejante pesimismo: la nada del hombre ante Dios, sí; la corrupción radical de la “carne”, no. Bérulle consideraba al hombre ante todo como una creatura capaz de abrirse a Dios. En el curso del siglo XVII, los escritores espirituales, pujando unos
sobre otros, se fueron deslizando de la nada del hombre a la corrupción radical del mismo. ¿Que culpa tiene Luis María de pertenecer al final de ese siglo, tan alejado de la visión optimista propuesta por el Vaticano II?
Entre el Dios Altísimo y este hombre que no es nada (Bérulle) e incluso se halla corrompido (Olier, Montfort...), es necesario un puente: la Encarnación, que realiza al Hombre-Dios. A partir de entonces, dice Bérulle, “el principal empeño y la mayor piedad de la religión cristiana no se dirigen a la Trinidad, sino a la Encarnación”. El misterio de la Encarnación lo sumerge en el arrobamiento. Bérulle escribe:
“Hemos nacido en la tierra y renacido en la gracia para ver el sol de justicia, la luz increada y personal, luz de luz, Dios de Dios, el Hijo único de María, Jesucristo, nuestro soberano Señor”.
Esta luz, que es también llama de amor, abrasa con destellos diferentes a cada uno de los discípulos del fundador del Oratorio. Luis María se ubica bajo esta ardiente iluminación. Cuando quiere establecer el fundamento de la devoción mariana y, en forma más amplia, de la vida cristiana, parte exclusivamente de la Encarnación:
“Profesarán singular devoción al gran misterio de la Encarnación... Este es, en efecto, el misterio propio de esta de-voción... Es el primer misterio de Jesucristo, el más oculto, el más elevado y el menos conocido... En este misterio ha operado ya todos los misterios de su vida que vinieron después”.
Y lo explica en otro lugar, hablando de María:
“Este Dios hecho hombre encontró su libertad al verse prisionero en su seno; hizo estallar su fuerza dejándose llevar por esta doncellita...; glorificó su independencia y majestad al depender de esta Virgen amable...”
Cristo y María en el corazón de la vida cristiana
El señor Grignion permanece también muy cercano a Bérulle cuando define la actitud fundamental del cristiano ante el Hijo de Dios. Más allá de los actos pasajeros de devoción, el cardenal preconizaba “el estado de servidumbre”: entregar a Cristo no sólo las acciones, las palabras, los sufrimientos, sino también la libertad y el mismo ser. Es la consagración de sí mismo a la “santa esclavitud” —para utilizar el lenguaje de la época — que Luis María hizo durante su seminario. Cuando, en su Tratado de la
verdadera devoción a la Santísima Virgen, busque fundamentar su
propósito de entrega total a Jesucristo, se referirá precisamente con mayor extensión a Pedro de Bérulle:
“El Cardenal de Bérulle... fue uno de los más celosos en propagar por Francia esta devoción, a pesar de todas las calumnias y persecuciones que le hicieron los críticos... Pero este ilustre y santo varón… los refutó victoriosamente, demostrando que esta práctica se funda en el ejemplo de Jesucristo, en las obligaciones que tenemos para con El y en las promesas de santo bautismo”.
¿Se entregó Jesucristo al Padre sólo en forma intermitente? ¿Puede el cristiano dejar su bautismo en el guardarropas como se guardan en él los vestidos del domingo? Para Bérulle u Olier, la “entrega de servidumbre” no puede limitarse a actos ni a momentos pasajeros. Consiste en formar un solo ser con Cristo, continuamente presente en el corazón y en la vida del bautizado.
En Montfort también. Cristo ocupa realmente todo el campo:
“No trabajamos —como dice el Apóstol— sino para hacer a todo hombre perfecto en Jesucristo... Efectivamente, sólo en El hemos sido bendecidos con toda clase de bendición del Espíritu... Quien no está unido a Cristo como el sarmiento a la vid, caerá, se secará y lo arrojarán al fuego. En cambio, si permanecemos en Jesucristo y Jesucristo en nosotros, no pesa ya sobre nosotros condenación alguna. ... ni los hombres de la tierra.... ni creatura alguna podrá separarnos de la caridad de Dios presente en Cristo Jesús”.
El señor Grignion recoge aquí con toda su fuerza las fórmulas demasiado desconocidas de San Pablo. El verdadero cristiano “está en Cristo”; está unido a El “como el sarmiento a la vid”. No se trata, pues, de encuentros intermitentes, de imitación pasajera, sino de un estado en el que “ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí”.
Los maestros de “la Escuela Francesa” distinguen, en efecto, los
actos y los estados del Verbo encarnado, lo exterior y lo interior de los
misterios de Cristo.
Los actos de la vida de Jesús son exteriores, pasajeros, cambiantes: por ejemplo, su nacimiento, su permanencia en el portal, su infancia, su
predicación, la institución de la Eucaristía, su pasión, su muerte. El cristiano puede tratar de imitar tal actitud, tal gesto de Jesús, pero tiene pocas oportunidades para ello. Además, ese es el Jesús de antaño.
Pero el estado interior de Jesús, las disposiciones y sentimientos que lo llevaban a actuar en cada uno de esos misterios, no cambian, son permanentes en Jesús. Constituyen el Jesús de ayer, de hoy y de siempre. Tales misterios de Cristo son para siempre actuales y resplandecen sin cesar sobre quienes los contemplan y se consagran a ellos. No dice San Pablo: “Reproducid los actos del Señor”, sino “tened los mismos sentimientos de Jesucristo”.
Contemplar los estados de Jesús, abrirse a ellos para asimilarlos, sumergirse en ellos como en la fuente permanente de la santidad cristiana, este es el método de la Escuela beruliana. No se trata de imitar los actos de Jesús, sino de permitirle que viva en mí sus estados y sentimientos permanentes que, de un solo golpe, me transforman en El.
Montfort lo explica en lenguaje simbólico y brinda su mejor secreto: dejarse formar y moldear en la que dio a luz al Verbo encarnado:
“Paréceme que los directores y devotos que quieren formar a Jesucristo en sí mismos o en los demás por prácticas diferentes a ésta pueden muy bien compararse a los escultores que, confiados en su habilidad, destreza y arte, descargan infinidad de golpes de martillo y cincel sobre una piedra o un trozo de madera tosca para sacar de ellos una imagen de Jesucristo. Algunas veces no aciertan a representar a Jesucristo a la perfección, ya por falta de conocimiento y experiencia de la persona de Jesucristo, ya a causa de algún golpe mal dado que echa a perder toda la obra. Pero a quienes abrazan este secreto de la gracia que les estoy presentando, los puedo comparar, con razón, a los fundidores y moldeadores que... se arrojan y pierden en María para convertirse en retrato perfecto de Jesucristo”.
En lugar de tratar de repetir ciertos gestos del Jesús de hace dos mil años, convertirse en la cotidianidad de la vida en “el retrato perfecto” del Jesucristo de hoy, viviendo sus sentimientos e intenciones de siempre: esta es toda la dinámica espiritual de Bérulle y de sus discípulos. Y ¿cómo rea-lizar mejor esa continuada Encarnación del Hijo en nuestros comportamientos que mediante la acción de Aquella que le dio la vida, la Virgen María?
Igualmente, con su Método para recitar con fruto el santo rosario, quiere Luis María que pasen a la vida de los fieles los misterios siempre vivientes de Cristo. Compara el alma a un lienzo en el que “un pintor, para sacar un retrato perfecto, coloca ante sus ojos el original, y a cada pincelada que da, vuelve a mirarlo; así el cristiano debe tener siempre ante los ojos la vida y virtudes de Jesucristo para no decir, pensar ni hacer nada que no este conforme a El”.
Por eso propone a las gentes sencillas que, al rezar el rosario “con modestia, atención y devoción, como si fuera el último de su vida”, contemplen, de decena en decena, a Jesús anonadado en la humildad, niño pobre, condenado, agonizante, torturado, resucitado... y pidan, “por intercesión de su Santísima Madre”, las actitudes y “sentimientos propios de Jesucristo” (Flp 2,5). J. J. Olier no expresaba otra cosa cuando hablaba del “interior de Jesús y de María”.
El siglo XVII francés manifiesta una gran devoción mariana. En los
colegios florecen las congregaciones de la Santísima Virgen, y en el campo, las cofradías del rosario. La Asunción es la fiesta patronal de toda la nación, en conmemoración del voto de Luis XIII a fin de obtener un heredero.
En el plano espiritual y doctrinal, la renovación de la piedad mariana fue, en parte, obra de Bérulle y de sus discípulos. El misterio de la Encarnación no permite deshacerse de la Madre y pretender guardar al Hijo. El cardenal escribe en su Vida de Jesús:
“Esta alma santa y divina es en la Iglesia lo que la aurora en el firmamento y precede inmediatamente al sol. Pero Ella es más que la aurora, pues no sólo precede, sino que debe llevar y dar a luz y comunicar la vida, la salvación, la luz del universo, y producir en éste un Sol de Oriente, del cual el sol que nos alumbra es sólo la sombra y la figura”.
En Montfort, esta devoción mariana asume una tonalidad mucho más afectiva, resonancia de su ser profundo más que herencia de Bérulle y Olier. Pero cuanto escriba sobre María descansa sobre el mismo fundamento doctrinal: el puesto de Nuestra Señora en el misterio de la encarnación.
“Dios Padre no entregó su Unigénito al mundo sino por María... El Hijo de Dios se hizo hombre para nuestra salvación, pero en María y por María. Dios Espíritu Santo formó a Jesucristo en María, pero sólo después de haberle pedido su consentimiento”.
Luis María revestirá esta elevada teología con expresiones más concretas, más afectuosas, tomadas de los autores más diversos del Gran Siglo. El mismo atestigua que “leyó casi todos los libros que tratan de la devoción a la Santísima Virgen”. Pero su piedad mariana se nutrió también con las fórmulas de oración, las prácticas particulares inspiradas en Bérulle y dejadas como herencia por J. J. Olier a los Sacerdotes de San Sulpicio. Citemos, entre otras, relatadas por Blain, la peregrinación que hizo, durante el verano de 1699, con un cohermano seminarista, a Nuestra Señora de Sous-Terre, en Chartres, siguiendo una tradición de San Sulpicio.
Limitándonos al interior del seminario, conocemos la oración más célebre de esta casa, y que sirve de apoyo a Luis María para justificar su “esclavitud” de Jesús encarnado en María:
“¡Oh Jesús, que vives en María! Ven a vivir en nosotros, con tu espíritu de santidad, con la plenitud de tus dones, con la perfección de tus caminos, con la realidad de tus virtudes, con la comunión de tus misterios. Domina en nosotros sobre todo poder enemigo (el mundo, el demonio y la carne), por la fuerza de tu Espíritu Santo y para gloria del Padre. Amén”.
La piedad mariana había llevado a J. J. Olier a enriquecer la liturgia de su seminario con fiestas olvidadas o incluso contestadas, como la de la Presentación de María en el templo, el 21 de octubre. Esta leyenda, nacida de un texto apócrifo, el Protoevangelio de Santiago, dio lugar incluso a la solemnidad por excelencia de todo el clero francés, desde el siglo XVII
hasta el XX, con la renovación de las promesas sacerdotales. Para
comprender esta innovación es preciso saber que Olier, más que sus antecesores, había subrayado la sublimidad del sacerdocio de Cristo y las exigencias espirituales que implica para el sacerdote. No cabe duda de que, durante sus años de seminario, Grignion vivió esta espiritualidad sacerdotal. ¿Será por eso que, al igual que otros clérigos, duda ante su acceso a las órdenes sagradas? Blain nos dice:
“Lejos de apresurarse, retrasaba la ordenación. Lejos de incomodarse por los largos intersticios que ponen en San Sulpicio entre una y otra orden, los hallaba demasiado cortos y trataba de alargarlos”.
Pero aún no hemos llegado a este punto. Antes tenemos que descubrir que Luis María, tan profundamente marcado por la tradición espiritual que representaba San Sulpicio, no por eso era un seminarista como los demás.
4. UN SEMINARISTA FUERA DE SERIE
(1695-1700)
Junio de 1095. ¿Qué le pasó a don Antonio Brenier para que aquel día hiciera añadir un Te Deum a las oraciones acostumbradas? Prudente y discreto, el superior del “pequeño seminario” no dará explicaciones al respecto; pero en la comunidad cada uno adivinó y cuchicheó que se debía a la llegada del seminarista Grignion. “El señor Grignion —escribe Blain fue recibido en la casa como un ángel del cielo... por el señor Brenier”.
Las cosas empezaban demasiado bien... ¿Qué había pasado?
Luis María llevaba unos treinta meses en París. Lo habían acogido, recordémoslo, en la comunidad fundada por el señor de la Barmondière para los estudiantes pobres.
Pobre, nuestro estudiante lo era y quería serlo. No hemos olvidado que su proyecto fundamental era la privación total, incluso más que el sacerdocio mismo. Es así como sus vestidos de pordiosero excitaron cierto día la compasión de una persona generosa, que lo puso a estrenar ropa. Pero la sotana nueva y caliente pasó en seguida a cubrir las espaldas de otro clérigo necesitado, mientras nuestro pobre hombre seguía tiritando en sus propios andrajos.
Al salir del retiro preparatorio a las órdenes menores, se enteró de que el señor de la Barmondière había fallecido casi de repente, el 18 de septiembre de 1694. Con ello, nuestro estudiante lo perdía todo..., menos la paz. En efecto, dos días después escribía a su tío Alán Roben:
“El señor de la Barmondière. mi director y superior, que me hizo aquí tanto bien, fue enterrado el domingo pasado... Fundó el seminario en que me encuentro y tuvo la bondad de recibirme en él gratuitamente. No sé todavía cómo se resolverán las cosas... pues aún no se ha abierto su testamento. Pase lo que pase, nada me preocupa;