EN AMÉRICA CENTRAL
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TIRANÍAS,
REBELIONES
Y DEMOCRACIA
ITINERARIOS POLÍTICOS
EN AMÉRICA CENTRAL
Edita:
Salvador Martí i Puig, 2013
Diseño y maquetación:
www.elaticogra co.com
Fotografía de portada: Vanesa García
TIRANÍAS,
REBELIONES
Y DEMOCRACIA
ITINERARIOS POLÍTICOS
EN AMÉRICA CENTRAL
EL AUTOR ... 9
PRÓLOGO ...11
INTRODUCCIÓN ...15
I. ESPACIOS ...23
La creación del Estado: “el progreso y la barbarie” ...23
El vecino del norte entra en escena ...29
La crisis de los años treinta y sus desenlaces ...39
II. TIRANOS ...51
Los regímenes despótico-reaccionarios ...51
Crecimiento, modernización y desequilibrios ...71
La crisis del orden excluyente ...81
III. SUEÑOS ...89
El imaginario de la revolución ...89
Las guerrillas: estructura orgánica y estrategia ... 106
La hegemonía sandinista y la democracia popular ...131
El FSLN y su organización ...136
El ámbito cultural y simbólico ...142
El proyecto económico sandinista ...150
V. GUERRA ...157
La contrarrevolución imperial ...157
La coalición contrarrevolucionaria en Nicaragua ...166
El Salvador: la larga guerra ... 175
Guatemala: ¿guerra o genocidio? ...186
La guerra de agresión en Nicaragua y sus efectos ...192
VI. DESENLACES ...199
Pactos, paz y votos ...199
La derrota sandinista y la victoria neoliberal ... 218
Desmovilización... ¿y paci cación? ...231
VII. RETOS ...239
Instituciones inestables ...241
Los frutos del Consenso de Washington ... 249
Los actores en escena ... 251
MAPAS ...259
BIBLIOGRAFÍA ...267
SIGLAS Y ACRÓNIMOS ...283
ÍNDICE DE TABLAS ...287
SALVADOR MARTÍ I PUIG
Es doctor y licenciado en Ciencia Política y Máster en Historia de América Latina. Actualmente es profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Salamanca e in-vestigador del CIDOB, y ha impartido docencia en varios centros de investigación en América Latina, Estados Unidos y Europa.
Su área de interés es la política latinoamericana y la acción colectiva. Sobre Amé-rica Latina ha trabajado sobre procesos de democratización y sobre emergencia de nuevos actores (como los pueblos indígenas). Y sobre acción colectiva ha trabajado sobre movimientos sociales, redes sociales y participación. Es autor de diversos libros y artículos en revistas especializadas.
Para mayor información sobre sus trabajos véase: http://usal.academia.edu/SALVADORMARTIPUIG http://campus.usal.es/~acpa/?q=node/64
PRÓLOGO
AMAR CENTROAMÉRICA...
Salvador Martí es un enamorado de Centroamérica y de sus gentes. Y es preci-samente esto lo que le impulsa a contarnos la realidad del istmo y a expresar sus perspectivas de futuro.
La realidad que nos presenta —analizada desde un punto de vista histórico, político y social— se descubre muy dura, con todo, Salvador intenta siempre en-contrar un contrapunto de esperanza que si bien en un inicio parece un anhelo vago, poco a poco va convirtiéndose en un conjunto de retos que se pueden materializar a fuerza de conciencia y coraje.
Nada mejor para criticar y cambiar una realidad que tener un conocimiento adecuado de ella. El libro que tienen en sus manos va desplegándose a través de un relato ameno en el que asaltan, de vez en cuando, re exiones clari cadoras y lúci-das que nos hablan del impacto del colonialismo, de las execrables dictaduras, de la necesaria revisión de los conceptos de democracia representativa, de la pobreza y del descenso constante de la calidad de vida, de las diferencias en los niveles de renta, de la ine cacia del mercado neoliberal, de la inutilidad de las guerras, de la nefasta realidad de los organismos internacionales que siguen a rajatabla el llamado
“Consenso de Washington” y de tantas otras lacras que hoy en día afectan al pueblo centroamericano.
Pero tal como decíamos, más allá de una situación política y económica deso-ladora, siempre existen colectivos que están demostrando una notable capacidad de reacción a través de respuestas innovadoras —a la vez que recuperadoras de viejas tradiciones. La reaparición de redes de solidaridad, la reactivación de movimientos sociales heterogéneos y, sobre todo, la convicción de la propia dignidad son un buen augurio.
Todos estos elementos nos los presenta Salvador Martí Puig con un tratamiento original y una prosa que nos estimula constantemente a proseguir en la lectura. Y es que el interés del libro aumenta en la medida en que Centroamérica representa exactamente un microcosmos de los problemas actuales que afectan a la economía y a la política de los países del Tercer Mundo. Las di cultades para acceder al uso de la tierra, la dudosa conducta que tienen sobre el terreno muchas compañías transnacionales, la carga nanciera de la deuda externa, la constante emigración, la pésima calidad de las democracias, el velado poder militar propio y ajeno, la difícil disponibilidad tecnológica y el urbanismo desbocado son algunas de las caracterís-ticas más destacadas de esta y de muchas otras zonas de un mundo globalizado y enormemente desigual.
...Y ENTENDER QUE SON NECESARIOS MUCHOS CAMBIOS...
Pero una parte creciente de la sociedad mundial empieza a mostrar su desacuerdo con el monopolio del libre mercado, con la economía puesta al servicio del lucro y el reino del consumo de la mayoría de los habitantes del Norte frente del universo de la precariedad de los del Sur. Los movimientos sociales, muchas ONG y nuevas sensibilidades políticas piden ya cambios que supongan la aparición de formas más justas de comercio, un mayor control de las empresas deslocalizadas, la abolición de la deuda externa, el aumento de la cooperación, una scalidad supraestatal, la desmilitarización y la reforma en los nes y los métodos de los organismos inter-nacionales.
Nos alegra pensar que en el caso de Centroamérica las reformas recomenda-bles podrían ir en la dirección señalada. Sería necesario un pago remunerador a sus exportaciones que evitara hambrunas cíclicas —como las que hoy se viven a raíz de los míseros precios del café. Cabría hacer vigentes las normativas de la Organización Internacional del Trabajo para mejorar las a menudo infrahuma-nas condiciones de trabajo de las maquilas. Cabría impulsar una cooperación más certera y responsable, puesto que dadas las dimensiones del istmo podría resultar
fácilmente signi cativa. Cabría pensar en la culminación real de unos procesos de paz extremadamente frágiles y, para la mayoría de combatientes, aún con demasia-das promesas incumplidemasia-das. Y cabría la puesta en marcha de un activo —y no solo retórico— Mercado Común Centroamericano que diera a la región las capacidades de autoabastecimiento, de negociación comercial y de seguridad alimentaria.
Pero evidentemente es preciso que estos cambios se vean complementados por la gestación de iniciativas económicas alternativas que supongan la creación de unidades productivas comunitarias, de cooperativas de servicios, de formas de con-sumo colectivo, de instituciones nancieras de microcrédito, de sindicatos fuertes y de sistemas de formación profesional. Probablemente en muchas de estas inicia-tivas correspondería a la mujeres tener un papel de liderazgo. Contando con tales elementos podríamos pensar que la economía cumpliría su principio básico de ser-vir a la satisfacción de las necesidades humanas.
...PARA HACER REALIDAD LAS ILUSIONES
Las reformas económicas serían pues el primer paso pero solo eso: el primero. De-trás de ellas tendrían que llegar las transformaciones políticas mediante la puesta en marcha de instituciones más participativas, la completa paci cación que supondría el desarme y la desmovilización, una dignidad ciudadana basada en la vigencia de los derechos humanos, y la creatividad cultural apoyada en la convicción de un orden justo y libre.
Pensar en una Centroamérica sin oligarquías, sin corrupción, sin “la embaja-da”, sin paramilitares, sin guerrillas, sin hambre, sin monocultivos, sin emigración, sin maquilas, es una ilusión por la que interpreto que Salvador Martí apuesta en su
Rebeliones, bananas y volcanes. Quedarían los volcanes pero, como es sabido, son
mucho mayores las desgracias producidas por los hombres que no las derivadas de la naturaleza.
Aprovechemos el libro que tenemos en las manos, nos acercará a una Améri-ca Central dura y entrañable. Quizás ello nos haga también sentirnos plenamente miembros del género humano.
Arcadi Oliveres
Presidente de Justicia y Paz
INTRODUCCIÓN
POR QUÉ ESTE LIBRO?
Tras una época de euforia, América Central ha desaparecido. O, por lo menos, así parece. Más allá del boom mediático del cual la región fue objeto durante la década de los ochenta, hoy muy pocos se acuerdan de aquella gente entrañable, de aque-llos paisajes de vegetación exuberante, de sus volcanes adormecidos de perezoso humear, y de tantas ilusiones y sufrimientos.
Posiblemente, este hecho haya sido una de las razones por las cuales decidí escribir un libro como este: para recordar un lugar de nuestro planeta que despertó un notable interés entre aquellos que creyeron —¿y creemos?— que se debían y podían cambiar las cosas desde los con nes del mapamundi. Fue a partir de esta convicción y posteriormente de la posibilidad de compartir vivencias en esa región, que América Central y su gente quedó enraizada para siempre en mi geografía sentimental.
Es por ello que el libro que tienen en sus manos es a la vez una deuda y un reto. La deuda es doble: en primer lugar con los amigos que habitan en el istmo, pues estas páginas nunca se habrían escrito si no hubiese podido compartir las alegrías, los quebraderos de cabeza, la desesperanza, los anhelos y el tiempo
per-dido y ganado con ellos. Por otro lado, es también una deuda con todas aquellas personas que, desde nuestra patria chica, y desde hace ya mucho tiempo, están dando a conocer la realidad hiriente del Sur a todas aquellas personas que lo quieran escuchar y sentir. Es a esas personas a las que muchos jóvenes (y otros ya no tan jóvenes) les debemos la gratitud de haber podido conocer mundos re-motos —pero a la vez muy próximos— de los cuales la realidad cotidiana y las preocupaciones del día a día nos alejan. Es a estos últimos, quienes desde hace mucho tiempo (mucho antes de que todas las “movidas solidarias” y las ONG se pusieran de moda) fueron tejiendo un entramado de vínculos entre colectivos de aquí y de Centroamérica, a quienes dedico este libro. Pues no solo nos enseñaron a conjugar la palabra solidaridad, sino que además, en un tiempo en que muchos estaban ensimismados y preocupados por convertirse en europeos satisfechos y altivos, también propiciaron que nos diésemos cuenta de la necesidad de aprender de otras realidades que no guran en el escaparate goloso del Primer Mundo. A todos ellos, a todas las personas que desde hace tantos años están ofreciéndonos los bienes —tan escasos como preciados— de la lucidez, la crítica, la paciencia y el tiempo, les dedico todo lo interesante que haya en este libro. En cuanto al reto, es fácil de entender: se trata de estar a la altura de las dos deudas contraídas y anteriormente mencionadas.
Qué puede encontrarse en este libro
El contenido de este libro es de cariz histórico y analítico: el propósito es hacer un balance crítico de los acontecimientos acaecidos a lo largo de la vida de los países centroamericanos tomando Nicaragua como caso vertebrador del relato (1), desde su
creación hasta hoy. Sin embargo, es importante mencionar que el libro ahonda su análisis a partir de lo acontecido en los años treinta, pues es la historia más reciente
1) Es preciso que se tenga en cuenta que el libro que tienen en sus manos expone la historia de Centroamérica a partir de lo que ocurrió en Nicaragua. Las razones de este sesgo son múltiples. En primer lugar, debido a la necesidad de articular el texto a partir de un referente, sin el cual el texto hubiese podido no tener n. En segundo lugar, porque la cualidad y la cantidad de las fuentes disponibles sobre Nicaragua no tuvieron parangón con las fuentes de que pude disponer sobre el resto de países de la región. En tercer y último lugar, debido a la convicción de que Nicaragua se convirtió en el epicentro político de cuanto ocurrió en el istmo durante las últimas décadas y, pre-cisamente por ello, era preciso un tratamiento más exhaustivo de todo lo relativo a dicho país. Aún así, y a pesar de las razones mencionadas, es posible que algunos lectores echen en falta referencias sobre algún capítulo de la historia de algún país de la región. Si así fuese, se espera satisfacer la curiosidad de los interesados con la bibliografía que se incluye al nal del libro.
la que nos aporta mayores elementos para entender lo que ocurre en la actualidad y por qué.
En el primer capítulo denominado Espacios, se expone lo que supuso el le-gado de la colonización española y la posterior división de la región en distintas Repúblicas, así como los distintos proyectos liberales de raíz oligárquica que hubo durante el sigloXIX. Unos proyectos que se fraguaron a partir de la divisa de “orden y progreso” y en un modelo de desarrollo basado en el monocultivo destinado al mercado internacional. Finalmente, en el mismo capítulo se aborda la creciente in uencia de los Estados Unidos en la región y el desenlace político del Crack de 1929 y la posterior crisis de los años treinta.
El segundo capítulo, cuyo título es Tiranos, es una radiografía de los regímenes despóticos que se impusieron en cada uno de los países de la región (con la excep-ción de Costa Rica) durante los años treinta y que perduraron hasta la década de los setenta. A través de la personalidad de aquellos mandatarios y de los esperpénticos sistemas políticos que fueron creando, se analiza la época más oscura de la historia del istmo. Una época de yugo caracterizada por la opulencia de unos pocos y la represión indiscriminada, que fue expresada por el poeta Ernesto Cardenal, en su poema Hora cero, con estas palabras:
Noches tropicales de Centroamérica, con lagunas y volcanes bajo la luna y luces de palacios presidenciales, cuarteles y tristes toques de queda.
Se trata de la misma realidad que Pablo Neruda re ejó, al referirse a la región en su obra Canto general, con estos versos:
Delgada tierra como un látigo, calentada como un tormento, tu paso en Honduras, tu sangre en Santo Domingo, de noche, tus hojos desde Nicaragua me tocan, me llaman, me exigen, y por la tierra americana toco las puertas para hablar, toco las lenguas amarradas, levanto las cortinas, hundo la mano en la sangre:
Oh, dolores
de tierra mía, oh, estertores del gran silencio establecido, oh, pueblos de larga agonía, oh, cintura de los sollozos.
El tercer capítulo —Sueños— trata del imaginario que inspiró a la coalición alternativa y revolucionaria que se alzó y luchó contra el orden excluyente que durante tantas décadas había impuesto la ignominia y la represión. En primer lugar se abordan los impactos de la revolución cubana, de la Teología de la Liberación y de la Teoría de la Dependencia. Luego se expone lo que supuso la creación, la orga-nización y los objetivos de los grupos guerrilleros que pusieron contra las cuerdas a los regímenes mencionados, así como el amplio proceso de movilización social que acabó por hundirlos. Era la época en que Eduardo Galeano retrataba la realidad de estos países —en el tercer volumen de su trilogía Memorias del fuego— dicien-do: “Se ha vuelto loco este país: el plomo ota, el corcho se hunde, los muertos se escapan del cementerio y las mujeres de la cocina”. Fue un tiempo de esperanza. Una época en que aquellos que pensaron no estuvieron solamente preocupados por interpretar la realidad, sino también por hacer la realidad más vivible... Pues, como diría Roque Dalton en el poema Carita, los pequeños países de la región necesita-ban algo más que losofía y ensayo:
Queridos lósofos,
queridos sociólogos progresistas, queridos psicólogos sociales, no jodan tanto con la enajenación aquí donde lo más jodido
es la nación ajena.
El cuarto capítulo trata exclusivamente del proceso revolucionario que vivió Nicaragua desde 1979 hasta el año 1990. Se exponen, en suma, las directrices ins-titucionales, políticas y económicas que se trazaron en esos años para hacer frente a siglos de pobreza, exclusión social y opresión política. En el mismo capítulo también se aborda la organización y la losofía del actor que dirigió este proceso, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), así como sus aciertos y sus limitaciones. Si bien se trata de un período enredado y complejo, es necesario ana-lizarlo desde un ángulo muy preciso: la revolución nicaragüense fue el detonante de un nuevo orden de esperanza y de justicia que se extendió por toda la región y
que trascendió al resto del continente. Por ello, no es gratuita la anécdota (propia de esos años de ilusión desbordante) que recuerda la escritora Gioconda Belli cuan-do explica que un día, en una comunidad de una región remota de la geografía de Nicaragua, se encontró a una niña de nueve años que le dijo: “Yo, en las venas, en vez de sangre tengo alegría”.
En el quinto capítulo se hace presente una amarga tristeza. Su título es Guerra y, naturalmente, trata de los con ictos armados —sarcásticamente llamados “gue-rras de baja intensidad”— que se instalaron en las sociedades de la región y, sobre todo, en El Salvador, Guatemala y Nicaragua. El capítulo comienza con la descrip-ción del perverso proyecto diseñado por la administradescrip-ción norteamericana (bajo el mando de Ronald Reagan primero, y luego de George Bush) para combatir los an-helos de aquellos que luchaban por un futuro mejor. En este sentido, no es ninguna locura a rmar —como anuncia Ken Loach en su película La canción de Carla— que ambas administraciones deberían algún día pedir perdón por sus responsabi-lidades. Y es que todavía hoy clama al cielo la necesidad de hacer justicia por los crímenes y las reiteradas violaciones de los derechos humanos (y por el genocidio en Guatemala con las políticas del entonces presidente golpista Efraín Ríos Montt, el mismo individuo que desde el año 2000 al 2003 presidió la Asamblea Nacional de ese país) perpetrados con total impunidad a lo largo de más de una década.
A pesar de todo, tras el desafuero del dictador Pinochet, tras la exigencia de la verdad histórica a los miembros de la Junta Militar argentina y la acusación r
llevada a cabo por Rigoberta Menchú contra Efraín Ríos Montt, podríamos decir que hoy el recuerdo de los desaparecidos nos increpa. Quizás estaba en lo cierto el poeta Roque Dalton cuando decía:
Los muertos están cada día más indóciles [...] Hoy se ponen irónicos
y preguntan.
Me parece que caen en la cuenta de ser cada vez más la mayoría.
En cualquier caso, sobre esta cuestión sería preciso repetir —y tener muy pre-sente— la sentencia que Stanley Baldwin escribió y que dice: “Todas las guerras se terminarían si los muertos pudiesen volver”.
El sexto capítulo trata sobre —y se denomina— Desenlaces. En él se exponen y se analizan las negociaciones, los procesos de paz y las reformas institucionales de los regímenes de la región. En este sentido, podría decirse que a nales de los años ochenta Centroamérica se convirtió en un laboratorio de ingeniería
institu-cional. Como se explica en el libro, la creación de democracias representativas no era lo que perseguían las guerrillas ni la oligarquía. Sin embargo, no resulta difícil a rmar que estos regímenes son mucho mejores que los anteriores, aunque su fun-cionamiento no sea precisamente el óptimo.
Respecto a estos desenlaces, a menudo se ha dicho que el orden actual repre-senta la derrota de las ilusiones y de los objetivos de tantos cuantos lucharon por un futuro mejor. Es discutible. Es obvio que las propuestas transformadoras (a ex-cepción de lo ocurrido en Nicaragua, a pesar de la agresión que sufrió) no salieron adelante. Pero, tal como dijo Mario Benedetti, poniéndolo en boca de uno de los personajes de su novela Andamios, “Hay una dignidad que los vencedores nunca pueden tener [...] Y debe tenerse en cuenta que esto lo escribió ni más ni menos que Borges, un señor bastante victorioso. Por otro lado, no creo que todas las luchas hayan sido en vano. Artigas, Bolívar, San Martín, Martí, Sandino, el Che, Allende o Gandhi fueron derrotados. Es cierto que el mundo de hoy es más bien horrible, pero si ellos no hubiesen existido, seguramente todavía sería peor”.
Finalmente, el último capítulo, cuyo título es Retos, tiene cierta voluntad con-clusiva. En el capítulo se habla de los años noventa e inicios de la década actual, de su ambivalencia y de sus contradicciones. Se expone en él el problema de cómo cla-si car las democracias que han permanecido (más que “consolidado”) en la región. Pues sus debilidades no se deben solo a disfunciones de ingeniería institucional, ni a la torpe gestión de sus dirigentes (que a veces también), sino que muy proba-blemente se deban a causas más profundas. Y es que durante los años noventa, por primera vez en la historia de Centroamérica (y de América Latina), se ha observado la convivencia generalizada de regímenes democráticos con políticas que empeo-ran las condiciones de vida de amplias mayorías. Pero la democratización resulta harto difícil si no va acompañada de una democratización de la sociedad y de una reducción de las profundas fracturas económicas y culturales que hoy resquebrajan los países del istmo. Por esta razón, quizás sea necesario un análisis renovado, más crítico con el estudio de los regímenes que todavía distan mucho de ser plenamente democráticos. Por qué la democracia, más allá de ser un mecanismo competitivo por el cual se decide quién tiene que gobernar un país durante un período, también es una apuesta a favor de la dignidad y la libertad de las personas.
Antes de nalizar la obra, sin embargo, también se menciona el activo que las sociedades centroamericanas de hoy tienen y que no tuvieron tiempo atrás: han ganado en coraje y conciencia. Fruto de este activo, que ha sido el resultado de una década de luchas y de movilizaciones, a menudo ha emergido la capacidad de orga-nizarse y manifestar demandas con cierta autonomía. Este avance, recordemos, se consiguió a un alto precio: el esfuerzo de sobreponerse al terror y al miedo vivido a
lo largo de tantos años de despotismos. Pues nadie es valiente si antes no pasa por el miedo. El coraje viene luego, cuando es posible superarlo y sobreponerse a él.
Es precisamente este esfuerzo de tantas y tantas personas anónimas que han luchado por una Centroamérica mejor lo que es preciso mostrar con insistencia a los habitantes de la vieja y hedonista Europa. Una Europa muy proclive al propó-sito de desmiti car. Propópropó-sito que ha llegado muchas veces al extremo de romper todos los espejos en los que poder vernos para ser mejores. Y este exceso se pone de mani esto cuando al nal caemos en la cuenta de que, habiendo roto todos los espejos, todavía nos queda uno: el de la bruja del cuento de la Cenicienta, que nos repite (siendo en realidad nosotros los que ponemos las palabras) que somos los más bellos y elegantes. Es sintomático que en una época de la que se suele decir que rompe todos los moldes, terminemos por quedarnos con el narcisismo y el infantilismo (Fernández Buey, 1998: 11). Por fortuna, en Centroamérica todavía hay muchas imágenes y mitos para proyectar el futuro. Un futuro —según reza la máxima del zapatismo— en un mundo donde tengan cabida todos los mundos. Gracias a quién se ha podido escribir este libro
La confección del presente libro ha sido posible gracias a muchas personas e insti-tuciones. Por ello, antes de entrar en la lectura de cuanto sigue, es necesario hacer referencia a todos aquellos que, directa o indirectamente, lo han hecho posible.
En primer lugar es necesario citar a los amigos del equipo de trabajo sobre Amé-rica Latina que se creó en el área de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Barcelona durante el período 1992 a 2003 (2). A todos ellos, a los profesores Ricard
Gomà, Quim Brugué, Joan Font y Josep Maria Sanahuja, les agradezco sus comenta-rios, su colaboración en diversas investigaciones y sus múltiples sugerencias. También debo explicitar el apoyo y los comentarios recibidos por parte de los compañeros del Instituto Interuniversitario de Estudios de Iberoamérica y Portugal de la Universidad de Salamanca y del área de Ciencia Política de la misma universidad. Especialmente a su director, Manuel Alcántara, por ofrecerme el espacio, el tiempo necesario y los ma-teriales con los que poder elaborar la traducción y actualización de esta obra —que vio la luz inicialmente en catalán, en el año 2001. También agradecer a diversos especia-listas —sobre todo a Guillermo Mira, Fátima García y Salvador Santiuste de la
Uni-2) Dicho equipo pudo formarse gracias al apoyo de la Comisión Interministerial de Ciencia y Tecnología (CICYT), institución que nanció cuatro proyectos de investigación durante el período citado.
versidad de Salamanca, David Close de la Memmorial University, Alfonso Dubois de la Universidad del País Vasco, Andrés Pérez de la University of West Ontario, Frances Kinloch del Instituto de Historia de Nicaragua, Carlos Figueroa de la Universidad de Puebla, Orlando Núñez del CIPRÉS-Managua, Álvaro Artiga de la UCA de San Sal-vador, Jorge Rovira Mas de la Universidad de Costa Rica y Matilde Zimmermann del Sarah Lawrence College de Nueva York— su paciencia y buena disposición a la hora de leer, comentar y enmendar partes del presente libro. También fue importante para la consecución de este trabajo el apoyo que recibí, durante todo el período en que realicé las tareas de trabajo de campo y análisis, de la Fundació Jaume Bo ll, del Institut de Ciències Polítiques i Socials, del Institute of Latin American Studies de la Universidad de Londres y de la Casa de Nicaragua de Barcelona. A cada una de estas instituciones así como a sus miembros les agradezco el apoyo y la con anza recibidos (3).
Así mismo, expreso mi deuda hacia los amigos que me cuidaron durante las dis-tintas estancias que realicé en Nicaragua, El Salvador, Costa Rica y México entre 1992 y 2003. En primer lugar, debo agradecer el hogar, la sabiduría y el buen humor de mis colegas Alejandro Bravo, Sergio Flores, Montse Julbe, Nelly Miranda, Quim Rabella, Alberto Romero, Eduardo Mangas, Gabriel Álvarez, Alexei Huper, María Amanda Martínez, Joan Costa, Pedro y Magui Hernández. Debo también mencionar la buena disposición de las personas que integraban los equipos del Instituto de His-toria de Nicaragua y Centroamérica de la Universidad Centroamericana (IHN-UCA) y del Instituto NITLAPÁN, de la misma universidad, en Managua.
Finalmente, y de forma especial, quiero agradecer con vehemencia —sin ne-cesidad de citarlos— a todas aquellas personas que con proximidad y dulzura han seguido el desarrollo de este libro y me han dado su apoyo en todo aquello que las instituciones no prestan.
A cuantas personas he mencionado, y a muchas otras que no me es posible mencionar en este breve espacio, es a quien el sufrido lector deberá parte de cuanto le satisfaga la lectura y a ninguno de ellos podrá reclamar nada de lo que no le guste cuando se adentre en el texto que a continuación sigue.
Banyoles-Salamanca, otoño/invierno de 2003
3) El libro que tienen en sus manos es un trabajo deudor de múltiples investigaciones (entre otras mi tesis doctoral) y textos elaborados con anterioridad, algunos de ellos inéditos. Es posible que el lector observe a lo largo del libro algunas ideas que ya se encuentran en otros trabajos editados pre-viamente, como en Nicaragua 1977-1996. La revolución enredada (1997), América Central,ll las democracias
inciertas (1998),s The Origins of the Peasant-Contra Rebellion in Nicaragua, 1979-87 (2001) y 7 Revoluciones, rebeliones y asonadas. Transformaciones económicas y violencia política en Nicaragua (2004).a
I. ESPACIOS
1. LA CREACIÓN DEL ESTADO: “EL PROGRESO Y LA BARBARIE”
El fraile dominico Bartolomé de las Casas, en sus crónicas (1535) se dirigió al Consejo de Indias exponiendo lo siguiente: “Centroamérica es un paraíso del Se-ñor, un goce y una alegría para el linaje humano, con campos tan verdes y fértiles como el mejor jardín de España, y aún así, en veinte años su población ha quedado maltrecha por la crueldad de los conquistadores. En Nicaragua, por ejemplo, de los seiscientos mil habitantes que allí vivían solo han quedado unos quince mil, debido a las enfermedades, a los malos tratos y a las deportaciones de esclavos en masa hacia el Caribe y Perú”.
Asimismo, Fernández de Oviedo y Valdés (1478-1557), otro de los pocos cro-nistas que captó el carácter y el espíritu de la conquista, da una referencia de la primera Centroamérica colonial. En su obra Historia general y natural de las
In-dias lamentaba la incapacidad de los primeros conquistadores para establecerse en
el Nuevo Mundo y a rmaba que sus vidas y haciendas se malograban en vano y denunciaba, también, a los funcionarios de la Corona, poniendo como ejemplo a un juez que se estableció en la región con el único propósito de gozar del trabajo ajeno
y, en ningún caso, para realizar la tarea que le era propia, a saber, la de administrar justicia (Oviedo a Brading, 1991: 55).
Junto con el expolio y el desgobierno de la administración colonial, otra de las características básicas de la dominación colonial española en Centroamérica, articulada bajo la Capitanía General de Santiago de Guatemala, fue su limitada implantación territorial, circunscrita a las tierras altas y a las zonas litorales del Pací co —que representaban solamente un tercio del área geográ ca del istmo.
Desde el inicio de la conquista hasta la segunda mitad del sigloXVII, se desarrolla-ron en América Central, dos polos económicos claramente diferenciados. Uno gravi-taba alrededor de la ciudad de Guatemala y comprendía el actual estado mexicano de Chiapas, los países contemporáneos de El Salvador y Honduras, y el norte de Nicara-gua hasta el golfo de Fonseca y la ciudad de León. El otro polo, en el sur, se extendía desde la ciudad nicaragüense de Granada, a través del Lago de Nicaragua y del río San Juan, hasta el enclave portuario de Portobelo —hoy en Panamá— y constituía el eje comercial de la zona meridional. Posteriormente, tras la ocupación inglesa de Jamaica en el año 1655, apareció un tercer polo que se extendió a lo largo del litoral caribeño, desde el actual Belice hasta la Costa Atlántica nicaragüense (1). Por lo tanto,
el territorio que actualmente conforma Centroamérica estaba dividido en tres áreas de in uencia distintas, como puede observarse en el mapa n.º XX.
Desde la segunda mitad del siglo XVII, la economía colonial española, con-trolada básicamente por los comerciantes de la ciudad de Guatemala, empezó a funcionar como un espacio integrado. No obstante, los con ictos entre estos y las distintas elites provinciales fueron constantes. Los con ictos entre los intereses locales y las autoridades administrativas de la Corona de los Borbones, que pro-movían sus pretensiones centralizadoras, perduraron durante todo el tiempo que el istmo estuvo vinculado al poder colonial español.
Con la quiebra del vínculo colonial entre estos territorios y la Corona española, la Capitanía General de Guatemala se convirtió, en el año 1821, en una Repúbli-ca independiente, aunque en aquellas latitudes (a diferencia de lo que ocurrió en otras regiones del imperio español) no se dio ningún episodio bélico, ni tampoco hubo combate alguno entre rebeldes y lealistas. La Corona española tampoco opu-so resistencia a su emancipación. El mantenimiento del dominio político, en un territorio marginal para los intereses de la antigua metrópoli, se evaporó cuando la
1) Se denomina Costa Atlántica nicaragüense a la región oriental del país que se extiende desde el cabo de Gracias a Dios hasta San Juan del Norte, en el litoral del Mar Caribe, y que se adentra varios kilómetros hacia el oeste. Su super cie, 66.542 kilómetros cuadrados, corresponde al 56 % del territorio de Nicaragua.
Corona perdió el control sobre el virreinato de México. El tránsito de la colonia a la Federación Centroamericana se hizo de forma pací ca e inesperada, a la vez que quedaron intactas tanto la estructura administrativa y política de la Colonia, como la persona de su último Capitán General, máxima autoridad del antiguo régimen (Pinto Soria ed., 1993; Woodward, 1991).
Pero al fracasar la Federación Centroamericana
—que sucumbió en el año
1839 cuando las provincias integrantes rompieron el pacto federal—, paulatina-mente fueron surgiendo las distintas repúblicas centroamericanas que heredaron el raquítico espacio económico conformado durante el tiempo de la colonia, así como las antiguas rivalidades y con ictos comerciales.Las cinco provincias que con guraban la Federación (con unos límites impre-cisos, aunque aisladas entre sí), no pudieron permanecer dentro del pacto federal al no poseer una base económica e institucional su ciente para mantener dicho pacto. En ese contexto, las fuerzas centrífugas que se habían cimentado sobre un fuerte localismo provincial (y debido también a distintas concepciones políticas e institu-cionales) acabaron por imponerse.
En los países surgidos con la independencia, las autoridades del gobierno prác-ticamente no llegaban más allá de los límites de la ciudad en la que residían los funcionarios. En esta dirección, es ilustrativa la sorpresa que el viajero alemán Karl
1838. TEGUCIGALPA
Centroamérica se rompe a pedazos mientras el líder federalista Morazán se pelea con una multitud agitada por los monjes. Uno tras otro, se deshacen los frágiles hilos que habían cosido las provincias de esta patria. Costa Rica y Nicaragua rompen el pacto federal y también Honduras se declara indepen-diente. La ciudad de Tegucigalpa celebra con ruido y discursos el fracaso de su héroe que, desde esta tierra, hace diez años que lucha por la uni cación. Los rencores provincianos, las envidias y las codicias, viejos venenos, han po-dido más que la pasión de Morazán. La República Federal de Centroamérica yace rota a pedazos. Pronto serán cinco, pronto seis. Pobres pedazos. Sien-ten más odio que lástima.
Schrezer tuvo cuando constató el grado de fraccionamiento del poder político, al descubrir que la carta de presentación que poseía
—escrita por el mismo
presiden-te de la República de Nicaragua—no tenía valor alguno en la población cafetalera de Matagalpa. El Prefecto local se lo explicó de esta forma: “El presidente está muy lejos. ¡La autoridad más cercana es siempre la mejor!” (Schrezer, 1857).En el conjunto de Centroamérica, los patriarcas aspiraban a lograr el desarrollo de una economía agroexportadora vinculada al mercado mundial capitalista, con la exportación de café, añil y metales preciosos; mientras, el pueblo organizaba su vida en las comunidades locales practicando una agricultura de subsistencia que proporcionaba todo lo necesario para la alimentación, así como un pequeño excedente que se colocaba en los mercados más cercanos. En el momento de la in-dependencia, todavía había un equilibrio económico y social entre ambos mundos
—situación que perduró hasta la primera mitad del siglo
XIX.En todos los países de la región (a excepción de El Salvador, que era el país más pequeño y más densamente poblado) el suelo apto para la agricultura era abundan-te y había distintas formas de propiedad de la tierra: había propiedades estatales, eclesiásticas, municipales, las tierras de las comunidades indígenas, los ejidos y las propiedades agrícolas privadas. Las propiedades estatales representaban aproxima-damente el 80 % del total, y en su mayor parte eran vírgenes.
La abundancia de tierras y la escasez de mano de obra constituían los rasgos principales de las sociedades centroamericanas del sigloXIX. Por lo general, cual-quier persona interesada en cultivar la tierra podía tener acceso a una parcela. A consecuencia de esto, la mayoría del pueblo prefería dedicarse a la agricultura de subsistencia que buscar trabajo en las plantaciones y ncas ajenas. De resultas de ello los terratenientes se desesperaban buscando trabajadores, a la vez que el peo-naje por deudas u otras formas de trabajo forzoso no era muy común en la región
—sobre todo en los países meridionales (Burns, 1993: 26).
Ante esta realidad, los patriarcas, indistintamente del partido al que pertenecie-sen, estaban indignados con las comunidades indígenas, al tiempo que compartían los postulados derivados de la doctrina siocrática que idealizaba el progreso
—
entendido como la creciente vinculación de las economías domésticas al mercado internacional y la acumulación de bienes materiales. En consecuencia, el objetivo de los terratenientes era reorientar la economía y la sociedad hacia el mercado internacional. Pero el desarrollo de la economía agroexportadora que dichas elites pretendían exigía, principalmente, la concentración de la tierra, así como la dispo-nibilidad de mano de obra barata.Por otro lado, el pueblo, que continuaba bene ciándose del libre acceso a la tierra para cultivar lo necesario para sobrevivir, ignoraba y evadía el trabajo en las
plantaciones destinadas a la producción para la exportación. A partir de la indepen-dencia, y sobre todo después de la segunda mitad del sigloXIX, el interés de la clase dirigente se centró en “rede nir” a su favor los mecanismos de control social para así imponer sus valores inspirados en la idea liberal de “progreso”.
La experiencia liberal en Centroamérica (y con mayor énfasis en Guatemala, Costa Rica y El Salvador) conllevó un período de cambios institucionales cuya -nalidad fue el desarrollo de una economía exportadora, en detrimento de la mayoría de los habitantes. Este “nuevo orden” supuso la disminución del poder económico y político de la Iglesia, el sometimiento de los poderes regionales al poder central y la desestructuración de las comunidades indígenas.
Durante la primera fase de este período, que según los historiadores va des-de la década des-de los setenta des-del sigloXIX hasta nal de siglo, se registró un cierto X crecimiento económico, aunque a un precio social muy alto y distribuyéndose los bene cios de forma extremadamente desigual. Como consecuencia, se produjo un débil desarrollo del mercado interno en los distintos países y se dio una mayor de-pendencia del mercado mundial (Pérez-Brignoli, 1993).
Frente a las pretensiones “modernizadoras” de las elites, la mayoría de la po-blación indígena y el creciente sector mestizo nunca mostraron el menor interés en el proyecto de construir un Estado-nación según el patrón europeo. Estos sectores sociales disponían de su ciente tierra para trabajar y se sentían satisfechos circuns-critos en sus comunidades tradicionales, a la vez que su modo de vida se funda-mentaba en un sistema de valores derivado de su propia experiencia local. Así, en la medida de sus posibilidades, los indígenas intentaban mantenerse alejados de los criollos así como de los problemas de estos, y preferían vivir dentro de sus comu-nidades manteniendo sus propias autoridades y costumbres.
A pesar de todo, el choque entre las pretensiones modernizadoras de los pa-triarcas y los intereses de las comunidades desembocó en prolongadas rebeliones populares que se prolongaron hasta la segunda mitad del sigloXIX. En Nicaragua, por ejemplo, tras veinte años de pasividad y aislacionismo de los colectivos indí-genas y populares, estallaron violentas manifestaciones. La promulgación de la ley del monopolio del aguardiente en 1845 y, tres años más tarde, la formulación de un proyecto que pretendía endurecer el control de la distribución y la propiedad de la tierra, fueron los detonantes de múltiples sublevaciones populares. Estas subleva-ciones constituyeron las amenazas más serias que tuvieron que enfrentar las elites de la región a lo largo del sigloXIX (Burns, 1993; Wheelock, 1981).X
Bajo la amenaza de sublevaciones de este tipo, los patriarcas —independien-temente de su a liación partidaria— a menudo congelaron momentáneamente sus rivalidades y unieron sus ejércitos para aplastarlas. Los diversos triunfos militares
de los patriarcas sobre las comunidades indígenas permitieron la progresiva impo-sición del proyecto económico y político “civilizador”.
Los patriarcas interpretaron este progresivo dominio como el inicio de una nueva época para la región. Creyeron prever una época marcada por el signo del
progreso. Se trataba, desde su perspectiva, del triunfo de la civilización (concebida
como su proyecto agroexportador) sobre la barbarie (materializada en los valores, las costumbres y condiciones de las comunidades indígenas). A partir de ese
mo-EL TRABAJO FORZADO EN GUATEMALA
Declaración de los habitantes del pueblo de Concepción Chiquirichapa ante el presidente Vicente Cerna, realizada el mes de marzo de 1871, para mani-festarle las razones por las cuales se oponían a participar en la apertura de un camino:
“En la construcción de un camino carretero de Quetzaltenango a Costa Cuca, que solamente bene ciaba a aquellos que tenían ncas de café en aquellos lugares, nos quisieron obligar en nombre del Señor Corregidor Occidental del Departamento, el licenciado Don José Flamenco, a que prestásemos sin excepción nuestro servicio personal. Tenemos miles de razones para negar-nos a obedecer esta disposición, siendo la primera de ellas que por un pacto celebrado entre nosotros y la autoridad de Quetzaltenango, esta se compro-metió solemnemente a no robarnos tiempo si permitíamos, tal como hicimos, que sacasen agua de nuestra fuente comunal [...]. También debemos decir que, si bien sembramos milpa y algodón en Costa Cuca, siempre llevamos a cuestas el producto de nuestras cosechas, y no necesitamos un camino
ca-rretero ni carretas para transportar nuestras miserables cosechas. Por estas
razones, nos negamos a cooperar con nuestro trabajo en la obra proyectada del camino de carretas, motivo por el cual encarcelaron a nuestro Alcalde y al Secretario, sacándoles encadenados a trabajos públicos. Por todo lo ex-puesto, solicitamos no ser forzados ni vejados a un trabajo caminero, que ningún bien particular nos proporciona, siendo solamente los terratenientes de Quetzaltenango los que se lucran de esta empresa”.
mento, las relaciones entre la mayoría de los habitantes y los “nuevos amos” serían de subordinación y dependencia. Pero los primeros mantuvieron su independencia a través de una ritualidad propia y de un lenguaje ajeno a los vencedores. En Nica-ragua, este tipo de expresión cristalizaría en la gura del guegüense, representado todavía hoy en obras de teatro con personajes enmascarados que hablan una nueva lengua, que no es nahuatl ni castellano, sino una lengua mestiza que se alimenta de miles de expresiones creadas para confundir, desa ar y reírse de los amos. El
guegüense es un trasgresor, nunca dice lo que cree ni escucha lo que oye, y así
consigue que no le aplasten los poderosos.
Desde nales del sigloXIX, con un Estado ya dotado de nuevos poderes, los pa-triarcas impulsaron drásticas reformas para construir a su semejanza las pequeñas Repúblicas que nacían. A partir de ese momento, las estructuras de propiedad y uso de la tierra se transformaron, se desheredó al pueblo y se le empobreció cultural y eco-nómicamente. Era el nacimiento de las denominadas repúblicas agroexportadoras. A partir de entonces, en la totalidad del istmo se cerró una coyuntura crítica a la vez que cristalizaron nuevos y profundos desequilibrios sociales, económicos y políticos, en nombre de un progreso que bene ciaba a unos pocos perjudicando a la mayoría. 2. EL VECINO DEL NORTE ENTRA EN ESCENA
El interés de la administración estadounidense hacia los países de América Central se desarrolló tardíamente y de forma lenta. La guerra entre Estados Unidos y Méxi-co, así como las pretensiones nancieras y geopolíticas de británicos y franceses en la zona, conllevaron que la presencia del vecino del norte no empezara a no-tarse hasta las postrimerías del sigloXIX. También la dureza del clima y el “escaso desarrollo” de la región supusieron graves inconvenientes para los diplomáticos estadounidenses allí destinados. Un buen ejemplo de ello fue que de los once di-plomáticos de Washington acreditados en el istmo antes de 1849, tres murieron durante el viaje, dos dimitieron antes de empezar la misión, uno (a pesar de cobrar los honorarios durante más de un año) nunca apareció en la zona y otro, cuando llegó a la capital del país asignado, el gobierno de dicho país nunca le reconoció como tal. De los cuatro que llegaron a su destino y fueron recibidos formalmente, solamente uno permaneció allí más de un año (Black, 1998).
Pero a partir de las últimas décadas del sigloXIX, el interés estadounidense (tan-to de la administración como de particulares) hacia los asun(tan-tos de América Central y del Caribe se incrementó: fue la época en la que se elaboró la Doctrina Monroe. De este “nuevo interés” surgiría la invasión y el posterior dominio de Nicaragua por parte de las tropas mercenarias (reclutadas en Nueva Orleáns y San Francisco)
dirigidas por el libustero William Walker. Walker, hijo de Tennesee, periodista y visionario, intentó anexionar Nicaragua (y posteriormente toda la región) a la con-federación sudista de los Estados Unidos, en nombre de la civilización anglosajona y de la superioridad de la raza blanca, en 1855. En este capítulo de la historia —de-nominado generalmente como el de la Guerra Nacional Anti libustera— las elites centroamericanas tuvieron que unir de nuevo sus fuerzas para evitar caer bajo la dependencia directa de la administración estadounidense y para mantener vivo el sueño de crear pequeñas repúblicas liberales (2).
Sin embargo, las inquietudes estadounidenses se distribuyeron de forma des-igual entre los países de la región. En Guatemala, El Salvador y Costa Rica, las in-terferencias del vecino del norte fueron discretas e intermitentes. En dichos países las elites estaban atareadas en modernizar las instituciones estatales e integrar sus r
pequeñas repúblicas en el mercado internacional mediante el desarrollo de econo-mías agroexportadoras
—en las que el café y el añil eran los rubros principales.
2) Fue tras una cruenta guerra cuando, en 1857, los ejércitos de todo Centroamérica pudieron expulsar al invasor Walker. Para más información sobre mercenarios, empresarios y nancieros en Centroamérica a nales del siglo XIXX y principios del XX, consultar LANGLEYY y SCHOONOVER, 1955; SCROGGS, 1974.
EL COROLARIO ROOSEVELT Y LA DOCTRINA MONROE Frente a la incapacidad permanente y el comportamiento erróneo de los go-biernos latinoamericanos, cuyas políticas pueden suponer la disolución ge-neralizada de los vínculos que suponen una sociedad civilizada, se requiere la intervención de una nación que posea un carácter civilizado. Es debido a este hecho que en el ámbito del hemisferio occidental, los Estados Unidos se sienten comprometidos a actuar. Tal como expone la Doctrina Monroe, las circunstancias a veces nos obligan, a menudo contra nuestra voluntad, a ejercer un papel de gendarme del continente en aquellos lugares donde los gobernantes son incapaces de mantener el orden o tienen un comporta-miento extremadamente irresponsable.
Extraído de un discurso pronunciado por el presidente
En Nicaragua y Honduras las cosas anduvieron por otros derroteros, aunque las razones y las formas de la intervención en ambos países respondieron a lógicas par-ticulares y distintas. En Nicaragua, el interés de la administración estadounidense era fruto de su posición geoestratégica, es decir, debido a la posibilidad de construir en su territorio el anhelado canal intraoceánico. En Honduras la razón era otra: la presencia directa de intereses económicos de ciudadanos estadounidenses en las exportaciones mineras y, principalmente, bananeras.
Tabla 1.1.
Intervenciones y ocupaciones militares estadounidenses en América Central y el Caribe, 1898-1933 Cuba 1898-1902, 1906-1919, 1912, 1917-1922 Guatemala 1920 Haití 1915-1934 Honduras 1903, 1907, 1911, 1912, 1924, 1925 México 1914, 1916-1917 Nicaragua 1909-1910, 1912-1925, 1926-1933 Panamá 1903 Puerto Rico 1898 República Dominicana 1903, 1904, 1905, 1912, 1916-1924 XIX, las elites vincularon la construcción nacional a dos proyectos: uno, parecido a los de sus vecinos, era la creación de una república exportadora, y el otro, especí co de Nicaragua y más deseado aún, era hacer realidad el célebre proyecto
cana-lero. Precisamente por eso, en el proceso de creación del imaginario nacional,
las elites nicaragüenses nunca apelaron a un sujeto social (como sí hicieron las elites guatemaltecas con los colectivos hispanizados del istmo
—a causa de la
incapacidad de integrar a la mayoría de la población indígena—, o las elites de Costa Rica con su población relativamente homogénea (3)), sino que pensaron quesu rasgo distintivo sería el de ser un país franco entre dos mares. Como expone Frances Kinloch (1994: 39-41), quizás no sea exagerado a rmar que entre 1838 y 1909, la clase gobernante tejió su imaginario nacional alrededor de la idea de
3) Sobre la construcción del imaginario nacional en Guatemala y Costa Rica durante el período liberal, es muy aconsejable el trabajo: PALMER, 1994.
un destino histórico colectivo —asignado por la naturaleza o por la Divina Pro-videncia— que debía cumplirse, y que era la construcción de un canal interoceá-nico en territorio nicaragüense.
Paradójicamente dicho proyecto precisaba, para materializarse, de la media-ción de una potencia extranjera debido a la imposibilidad de nanciar el coste de la obra con recursos internos. Pero encontrar un aliado poderoso dispuesto a asu-mir los costes de la obra suponía, también, un notable peligro para la soberanía y la integridad territorial del país
—al tiempo que generaba contradicciones en las
relaciones entre Nicaragua y los demás países centroamericanos. Debido a estas contradicciones, se generó un complejo juego de relaciones entre Nicaragua, las repúblicas vecinas y los Estados Unidos. Como expone el escritor Sergio Ramírez (1994: 408): “la maldición de Nicaragua ha sido su posición entre dos mares y ser la tentación permanente de convertirse en un puerto franco que los uniese”.Fue a partir del año 1869, una vez terminada la obra del Canal de Suez por una compañía francesa presidida por Fernando de Lesseps, cuando se demostró la viabilidad y la importancia estratégica de este tipo de empresas. Evidentemen-te, ello estimuló el interés del gobierno de los Estados Unidos en la construcción de un canal interoceánico. In uenciado por esta idea, a principios de 1870, el pre-sidente de los Estados Unidos, Ulises Grant, organizó una misión para estudiar las distintas vías del posible canal, que iban desde Tehuantepec (México) hasta el Darién (Colombia). En 1876, las expectativas nicaragüenses se con rmaron: el informe nal de la Interoceanic Canal Commission recomendó la opción de Nicaragua (Marck, 1944).
A raíz de estos hechos, la oligarquía nicaragüense empezó a ver la posibilidad de hacer realidad, a corto plazo, el proyecto del canal. La primera determinación del presidente Joaquín Chamorro (uno de los múltiples miembros del linaje de los Chamorro que han ocupado la más alta magistratura del país) fue precisar la soberanía de Nicaragua en toda la vía, rechazando las reclamaciones de los países vecinos y las pretensiones del presidente de Guatemala —que pretendió, una vez más, la reuni cación de toda la región bajo una federación. Paralelamente, el go-bierno nicaragüense empezó a establecer contactos para decidir a quién se con aba la construcción del canal, sobre la base de qué términos y bajo qué condiciones.
Entre los meses de diciembre de 1876 y febrero de 1877, el gobierno de Ni-caragua intentó negociar un tratado con los Estados Unidos, pero no se llegó a ningún acuerdo debido a las “excesivas pretensiones del Secretario de Estado, Hamilton Fish”. Posteriormente, el gobierno nicaragüense estableció contactos y negociaciones con distintos gobiernos y compañías. En un primer momento, en 1879, se selló un contrato para la excavación del canal con una compañía
france-sa presidida por Fernando de Lesseps, aunque nalmente este contrato no llegó a concretarse.
A partir de entonces se inició un rosario de ofertas y contraofertas realizadas tanto por compañías privadas
—como la Provisional Interoceanic Canal Society
(que posteriormente adoptó el nombre de Maritime Canal Company ofNicara-gua)
—
como por la propia administración de Washington (4). Finalmente, endi-ciembre de 1884, el gobierno nicaragüense aceptó la última oferta estadounidense y rmó el tratado Zabala-Frelinghuysen, pero la introducción de la cláusula que estipulaba una alianza con los Estados Unidos contra cualquier otro Estado provo-có la reacción de Gran Bretaña. Poco después, el nuevo presidente estadounidense, Gover Cleveland, enterró el tratado al considerarlo perjudicial para sus relaciones con las potencias europeas.
Posteriormente, durante el período 1893-1909, cuando se planteó nuevamente el asunto, el jefe del estado de Nicaragua, el liberal reformador y nacionalista José Santos Zelaya, se mantuvo rme en la negativa de ceder a los Estados Unidos la jurisdicción civil sobre la franja territorial de la vía transoceánica. Debido a ello las autoridades estadounidenses nalmente pre rieron la opción de Panamá, que sería refrendada por el Senado de los Estados Unidos el 17 de marzo de 1903 (5).
Desde entonces, una vez adoptada la opción del istmo del Darién por par-te de los Estados Unidos, la administración estadounidense procuró asegurarse el monopolio de las comunicaciones interoceánicas mediante la instauración en Nicaragua de un régimen afín a sus intereses. El pretexto esgrimido para inter-venir en dicho país fue el propio de la Doctrina Monroe: poner n a la actitud anti-estadounidense del gobierno de Zelaya y también a la “potencial inestabili-dad” que representaba para la región esta actitud soberanista e independiente (6)
(Black, 1988: 25-27).
Con la caída del gobierno liberal de Zelaya, en agosto de 1910, se dio paso a una administración provisional en la que se sucedieron distintos mandatarios con-servadores caracterizados por su total sumisión a los intereses del vecino del norte.
4) Para una visión más amplia y detallada de las negociaciones para el proyecto del canal de Nica-ragua y del “problema” de la soberanía, es preciso ver las obras de KINLOCH (1993) y RIPPYY (1964). En lo referente al canal de Panamá, es recomendable leer el trabajo exhaustivo de HOGAN (1986). 5) En el trabajo de FINDLING (1971) puede encontrarse un detallado estudio del curso de las nego-ciaciones y las discusiones que culminaron con la aprobación, por parte del Senado de los Estados Unidos, del itinerario del canal a través de la selva del Darién.
6) La acusación esgrimida fue que eeste había pedido créditos a entidades nancieras franco-britá-nicas y que había establecido acuerdos con sociedades alemanas para la construcción de una línea de ferrocarril que uniese la Costa Atlántica con el Pací co.
Aún así, el 4 de agosto de 1912, con la excusa de sofocar una rebelión, los Esta-dos UniEsta-dos desembarcaron más de 2.700 marines que ocuparían Nicaragua para convertirla en un protectorado (7). La muestra más representativa de sumisión de
la República de Nicaragua para con los Estados Unidos fue la rma del tratado Bryan-Chamorro, el 5 de agosto de 1914.
Mientras, en Honduras —y en menor medida en Costa Rica y en la Costa Atlántica de Guatemala, Colombia y Nicaragua— la intervención
estadouni-7) La vida política de Nicaragua, desde la ocupación estadounidense de 1912 hasta la década de los años treinta, se desarrolló bajo el signo del sucursalismo. Desde la llegada de los marines, el país perdió su independencia política y scal (B(( ULMER-THOMAS, 1987: 228). En 1911, con la rma de los Dawson agreements—en los que se establecía que la estabilidad scal era la precondición para la estabilidad política, y que la primera era imposible sin una estrecha supervisión de la administración estadounidense—— la intervención de Washington en los asuntos nancieros y monetarios se pro-longó a lo largo de todo el período de la política del buen vecino, hasta la década de los años cuarenta.
TRATADO BRYAN-CHAMORRO
El gobierno de Nicaragua y el gobierno de los Estados Unidos, animados por el deseo de fortalecer su antigua y cordial amistad [...] y por la posible y futura construcción de un canal interoceánico por la vía del río San Juan y el Gran Lago de Nicaragua, o por cualquier otra ruta sobre el territorio de Nicaragua, [...] han resuelto celebrar una convención para estos nes y, en consecuencia, han nombrado como respectivos plenipotenciarios al General Don Emilio Chamorro, enviado extraordinario y Ministro Plenipotenciario de Nicaragua en los Estados Unidos, y el Honorable William Jennings Bryan, Secretario de Estado, para que rmen los siguientes artículos:
1. El gobierno de Nicaragua concede a perpetuidad al gobierno de los Estados Unidos, libre de toda tasa o cualquier otro impuesto, los derechos exclusivos y propietarios, necesarios y convenientes para la construcción, operación y mantenimiento de un canal inte-roceánico, por la vía del río San Juan y el Gran Lago de Nicaragua o cualquier otra ruta en el territorio de Nicaragua [...].
dense mantuvo un patrón distinto. Si bien las repúblicas agroexportadoras ha-bían basado su producción en el cultivo del café y del añil, en el último cuarto del siglo XIX apareció un nuevo cultivo: el banano. Este cultivo, sin embargo, respondía a un modelo de explotación singular: se producía en zonas agrícolas alejadas de las áreas urbanas y de los centros de decisión política, y tanto el capital como la infraestructura necesaria para su producción y los directivos de las empresas eran de origen exclusivamente estadounidense. Se trataba de una relación económica que tenía como piedra de toque la concesión. De este modo, la vertiginosa inversión de capital estadounidense en Centroamérica —princi-palmente en explotaciones bananeras, aunque también en la construcción de ferrocarriles y en explotaciones mientras— dejó a los gobiernos de la región sin ninguna capacidad de maniobra frente a las presiones de las poderosas compa-ñías concesionarias.
La producción y comercialización del banano fue la actividad más representa-tiva de las economías de enclave de raíz concesionaria. La siembra de este fruto
2. Para facilitar la protección del Canal de Panamá y los derechos propietarios concedidos al gobierno de los Estados Unidos en el artículo anterior, el gobierno de Nicaragua alquila por un período de 99 años al gobierno de los Estados Unidos, las islas del Mar Caribe conocidas con el nombre de Great Corn Island y Little Corn
Island; y el gobierno de Nicaragua concede a la vez al gobierno de
los Estados Unidos por el mismo período, el derecho de establecer, operar y mantener una base naval en cualquier lugar del territorio de Nicaragua. El gobierno de los Estados Unidos tendrá la opción de renovar por otro período de 99 años los anteriores alquileres y concesiones cuando expiren sus respectivos términos.
3. En consideración de las estipulaciones anteriores, y con el objeto de reducir la deuda actual de Nicaragua, el gobierno de los Es-tados Unidos, en la fecha de la rati cación de esta convención, pagará a favor de la República de Nicaragua la suma de tres mi-llones de pesos oro, que se depositarán a orden del gobierno de Nicaragua en el banco o bancos que designe el gobierno de los Estados Unidos
se inició en la isla hondureña de Roatán, alrededor de la década de los sesenta, y se vendía a comerciantes estadounidenses de Nueva Orleáns y de Mobile. Fue la sorprendente aceptación que tuvo este fruto entre la población estadounidense lo que motivó a otros propietarios a cultivarlo a gran escala en la costa atlántica de Honduras y en otras zonas del litoral caribeño.
En el año 1899 se fundó la más poderosa de las compañías bananeras: la
United Fruti Company (UFCO), o como se denomina en Honduras, el pulpo. La
creación de la UFCO fue el resultado de la fusión de la Boston Fruit Company con otras empresas de capital estadounidense radicadas en Costa Rica, Panamá y Colombia.
EL CONTRATO SOTO-KEITH
El contrato Soto-Keith, rmado en el año 1883 por el gobierno de Costa Rica y el Sr. Minor Keith, fue el primero de este tipo y sirvió de modelo para acordar concesiones en otros países. A cambio de un convenio para el pago de una deu-da contraídeu-da por el gobierno del país centroamericano, y del compromiso para construir un tramo de la línea férrea, la Compañía del Ferrocarril de Costa Rica (de propiedad estadounidense) recibió tierras y el derecho de explotar el ferro-carril durante noventa y nueve años y, además, fue eximida del pago de los dere-chos de aduana. Una de las cláusulas más nocivas para la soberanía del estado rmante es la XXII, y dice:
“El gobierno de Costa Rica concede a la empresa ochocientos mil acres de te-rrenos baldíos, ya sea en los márgenes del ferrocarril o en cualquier otra parte del territorio, a elección de esta, con todas las riquezas naturales que en ellas se encuentren, además de la franja de terreno para la construcción del ferrocarril y los edi cios necesarios, así como toda clase de materiales que se precisen para la obra y se encuentren en los terrenos mencionados, y los dos lotes que hoy se han medido en Puerto Limón, de propiedad nacional, para construir muelles, bodegas y estaciones, todo ello sin indemnización alguna...”.
Fuente: Archivo Nacional de Costa Rica, Serie Congreso, en: Fonseca, 1996: 199.
Tabla 1.2.
Inversiones directas de los Estados Unidos en Centroamérica, 1897-1929 (en millones de dólares).
País 1897 1908 1914 1919 1924 1929 Costa Rica 3,5 17,0 21,6 17,8 13,0 20,5 El Salvador - 1,8 6,6 12,8 12,2 24,8 Guatemala 6,0 10,0 35,8 40,0 47,0 58,8 Honduras 2,0 2,0 9,5 18,4 40,2 80,3 Nicaragua - 1,0 3,4 7,3 6,8 17,3 AC* 11,5 31,8 76,9 96,3 119,2 201,7 AL ** 304,3 748,8 1275,8 1977,6 2779,3 3645,8 % de AC sobre el total de AL 7 5,1 7 5,8 5,1 6,9
*AC: América Central **AL: América Latina
Fuente: Torres-Rivas, 1969: 144.
Los rasgos más signi cativos de estas compañías fueron la concentración de capital y su capacidad de disfrutar del monopolio de los servicios necesarios para llevar a cabo todo el ciclo productivo —básicamente el transporte ferroviario y el control de los puertos y de los buques mercantes. Obviamente, ambas caracterís-ticas supusieron que las compañías bananeras tuvieron la capacidad de obtener fabulosas fortunas que rápidamente se trasladaban a los Estados Unidos. Al mismo tiempo, las mismas compañías se encargaban del establecimiento y la gestión de los únicos almacenes (los denominados comisariatos) que había en los enclaves productivos —que eran los únicos lugares donde los trabajadores podían obtener los productos de consumo que, claro está, se importaban de los Estados Unidos.
Con el tiempo, estas compañías tuvieron también sus propios sistemas de co-municación inalámbrica —la compañía más importante de este sector fue la
Tro-pical Radio Telegraph Company, subsidiaria de la UFCO— y muy a menudo se
introdujeron en otras actividades económicas como, por ejemplo, el suministro de energía eléctrica a las comunidades en las que operaban, el cultivo de cacao, la fa-bricación de hielo y bebidas, la elaboración de jabón, mantequilla, aceite, cerveza y zapatos, y el procesamiento de caña de azúcar. En Honduras (8), país en el que
8) Entre 1925 y 1935, Honduras se convirtió en el primer productor mundial de bananas: exporta-ba más de veinticinco millones de manojos de esta fruta al año.
las compañías bananeras tuvieron más importancia (hasta el punto que se conocía a dicho país con el sobrenombre de Banana Republic), las empresas “fruteras” se introdujeron también en la ganadería y en el mundo nanciero.
En lo respectivo a las zonas de producción, como ya se ha mencionado, las plantaciones bananeras se localizaban en zonas aisladas y, por lo tanto, las compa-ñías debían construir asentamientos para alojar a los trabajadores. En dichos asen-tamientos los directivos y los obreros vivían en zonas claramente separadas. Los capataces, los controladores y los superintendentes vivían en cómodas residencias construidas en madera, y disfrutaban del acceso a un club social con sus propios almacenes. Por el contrario, los obreros —que se diferenciaban según las tareas que realizaban (ya fueran corteros, junteros, muleros, estibadores)— vivían en peque-ñas barracas que conformaban una especie de poblado en el que, con costo, había un dispensario médico, una escuela y un campo de fútbol. Las condiciones de tra-bajo de los obreros eran especialmente duras y las pequeñas mejoras que se fueron consiguiendo a lo largo del tiempo, se debieron a las arduas luchas sindicales que convirtieron a los trabajadores de esos enclaves en uno de los colectivos más beli-gerantes de la clase obrera centroamericana.
Lo que acontecía en estos enclaves tenía poco que ver con la vida en el resto del país. Un dato fehaciente de ello es que generalmente la comunicación entre las plantaciones bananeras con las capitales de las respectivas Repúblicas era más cos-tosa que entre dichas plantaciones y algunas ciudades portuarias norteamericanas. Honduras era un buen ejemplo de ello al no haberse construido ningún ferrocarril interoceánico —como sí ocurrió en Costa Rica o en Guatemala. Así las ciudades del litoral hondureño estaban mejor comunicadas con Nueva Orleáns que con Te-gucigalpa. A principios del sigloXX, un viaje de La Ceiba a Nueva Orleáns podía durar tres días, mientras que para ir de La Ceiba a la capital del país difícilmente podía emplearse menos de una semana (Posas, 1993: 112).
Una de las particularidades más relevantes de la actividad bananera fue el limitado efecto que tuvo en la economía de los países del istmo —debido al aislamiento geográ co de las plantaciones y a la inexistente política scal de esos estados—, así como la independencia que gozaron las compañías bananeras frente a las autoridades políticas nacionales. Precisamente y debido a esta última característica, cuando dichas compañías se convirtieron en grandes transnacio-nales incidieron cada vez con más intensidad en la política doméstica de estos países. El caso más extremo fue el de Honduras, donde las compañías bananeras pusieron en cuestión en más de una ocasión la soberanía del estado en el litoral atlántico, otorgando sobresueldos a los funcionarios locales y regionales para subordinarlos a su voluntad.